Eduardo Galeano: Los ojos abiertos de América latina

Galeano e Saramago

Image by Guilherme M via Flickr

Eduardo Galeano: The Open Eyes of Latin America

Pagina/12 (Argentina)

 

Eduardo Galeano

LOS OJOS ABIERTOS DE AMERICA LATINA

Son muy pocos los casos de escritores que sostienen una total indiferencia por la ética de su trabajo. No son pocos los que han entendido que en la práctica literaria es posible separar la ética de la estética. Jorge Luis Borges, no sin maestría, practicó una forma de política de la neutralidad estética y quizás estuvo convencido de esta posibilidad. Así, el universalismo del precoz posmodernismo borgeano no era otra cosa que el mismo eurocentrismo de la Era Moderna matizado con el exotismo propio de un imperio que, como el británico, se aferraba con la nostalgia de viejo decadente a los misterios de la India sometida y de las noches de una Arabia fuera de los peligros de la historia. No era el reconocimiento de la diversidad –de la igual libertad– sino la confirmación de la superioridad del canon europeo adornado con souvenirs y botines de guerra.

Quizás hubo un tiempo en que verdad, ética y estética eran lo mismo. Quizás fueron los tiempos del mito. También ha sido un rasgo propio de lo que llamamos literatura del compromiso. No una literatura hecha para la política sino una literatura integral, donde el texto y el autor, la ética y la estética van juntos; donde literatura y metaliteratura son la misma cosa. Diferente ha sido el pensamiento publicitario de la posmodernidad, estratégicamente fragmentado sin conexiones posibles. Legitimados por esta moda cultural, los críticos del establishment se dedicaron a rechazar cualquier valor político, ético o epistemológico de un texto literario. Para este tipo de superstición, el autor, su contexto, sus prejuicios y los prejuicios de los lectores quedaban fuera del texto puro, destilado de toda contaminación humana. Pero ¿qué quedaría de un texto si le quitamos todo lo metaliterario? ¿Por qué el mármol, el terciopelo o el sexo repetido hasta el vacío habrían de ser más literarios que el erotismo, un drama social o la lucha por la verdad histórica? Rodolfo Walsh dijo que una máquina de escribir podía ser un abanico o una pistola. ¿No ha sido esta fragmentación y posterior destilación una estrategia crítica para convertir la escritura en un juego inocente, en un calmante más que en un instrumento de inquisición contra la musculatura del poder?

En su nuevo libro Eduardo Galeano contesta estas preguntas con su inconfundible estilo –Borges reconocería: con amable desdén–, sin ocuparse de ellas. Como sus libros anteriores desde Días y noches de amor y de guerra (1978), Espejos está organizado con la fragmentación posmoderna de la cápsula breve. No obstante todo el libro, como el resto de su obra, muestra una inquebrantable unidad. Su estética y sus convicciones éticas también. Aun en medio de las más violentas tormentas ideológicas que sacudieron la más reciente historia, esta nave no se ha resquebrajado.

Espejos amplía a otros continentes el área geográfica de América latina que había caracterizado por décadas el interés principal de Eduardo Galeano. Su técnica narrativa es la misma que de la trilogía Memoria del Fuego (1982-1986): con un narrador impersonal que cumple con el propósito de aproximarse a la voz anónima y plural de “los otros” y evitando la anécdota personal, con un orden temático algunas veces y con un orden cronológico casi siempre, el libro se inicia con los mitos cosmogónicos y culmina en nuestros tiempos. Cada breve texto es una reflexión ética, casi siempre reveladora de una realidad dolorosa y con el invalorable consuelo de la belleza de la narración. Quizás no otro es el principio de la tragedia griega: la lección y la conmoción, la esperanza y la resignación o la lección mayor del fracaso. Como en sus libros anteriores, el paradigma del escritor comprometido latinoamericano, y sobre todo el paradigma de Eduardo Galeano, parece reconstruirse una vez más: la historia puede progresar, pero ese progreso ético-estético tiene por destino utópico el origen mítico y por instrumentos de lucha la memoria y la conciencia de la opresión. El progreso consiste en una regeneración, en la recreación de la humanidad tal como lo hiciera el más sabio, justo y vulnerable de los dioses amerindios, el hombre-dios Quetzalcóatl.

Si quitásemos el código ético desde el cual se realiza la lectura de cada texto, Espejos estallaría en fragmentos brillantes; pero no reflejarían nada. Si quitásemos la maestría estética con la cual fue escrito este libro dejaría de ser memorable. Como los mitos, como el pensamiento mítico que reivindica su autor, no hay forma de separar una parte del todo sin alterar el sagrado orden del cosmos. Cada parte no es sólo un fragmento alienado sino una pequeña pieza que ha desenterrado un arqueólogo consecuente. La pequeña pieza vale por sí sola, pero mucho más vale por los otros fragmentos que han sido ordenados y éstos valen aún más por aquellos fragmentos que se han perdido y que ahora se revelan por los espacios vacíos que se han formado, revelando el jarrón, toda una civilización sepultada por el viento y la barbarie.

La primera ley del narrador, no aburrir, se cumple. La primera ley del intelectual comprometido también: en ningún caso la diversión se convierte en narcótico sino en lúcido placer estético.

Espejos ha sido publicada este año simultáneamente en España, México y Argentina por Siglo XXI, y en Uruguay por Ediciones del Chanchito. Esta última continúa una colección ya clásica de tapas negras alcanzando el número 15, representado significativamente con la letra ñ. Los textos van acompañados de ilustraciones a manera de pequeñas viñetas que recuerdan el cuidadoso arte de la edición de libros en el Renacimiento además de la época juvenil del autor como dibujante. Aunque su concepción del mundo lo lleva a pensar de forma estructural, es difícil imaginarse a Eduardo Galeano pasando por alto algún detalle. Como buen joyero de la palabra que pule en búsqueda cada uno de sus diferentes reflejos, así también es cuidadoso en las ediciones de sus libros como objetos de arte.

Con cada entrega, este icono de la literatura latinoamericana nos confirma que otros premios formales, como el Premio Cervantes, se están demorando demasiado.

Jorge Majfud

Lincoln University, Mayo 2008

Inquisiciones sobre el paradigma

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cine pilitico


Inquisições sobre o paradigma. Entrevista com Eduardo Galeano (Portuguese)

Inquisiciones sobre el paradigma

Entrevista a Eduardo Galeano

Jorge Majfud

I. Pasado

Jorge Majfud: Una visión humanista considera la historia como un producto humano, es decir, producto de la libertad de sus individuos y de los diversos grupos que la han realizado e interpretado. Una visión antihumanista afirma que, por el contrario, esos individuos y esos grupos son el resultado de la historia misma y su libertad es una ilusión. Si me permitís una limitación artificial dentro de este posible espectro, ¿dónde te situarías?

Eduardo Galeano: Por lo que tengo caminado y escuchado, me da la impresión de que nosotros hacemos la historia que nos hace. Cuando la historia que hacemos nos sale más bien chueca, o es usurpada por los pocos que entre nosotros mandan, decimos que ella, la historia, tiene la culpa.

J. M.: En esta visión no hay lugar para el determinismo materialista o para algún tipo de fatalismo religioso…

E. G.: Los fatalismos son cómodos, te permiten dormir a pata suelta, el destino está escrito en los astros, la historia camina sola, no te amargues, hay que aceptar o aceptar. Los fatalismos mienten, porque si la vida no es una aventura de la libertad, que alguien venga y me explique si vale la pena vivir. Pero ojo: también mienten los iluminados, los elegidos que se atribuyen el poder de cambiar la realidad tocándola con su varita mágica: y si la realidad no me obedece, no me merece.

J. M.: Si el tiempo de las revoluciones modernas, es decir, de las revoluciones abruptas y violentas ha pasado, ¿es la progresión o la resistencia la mejor alternativa en nuestro tiempo?

E. G.: Andá a saber cuántos mundos hay dentro del mundo, y cuántos tiempos dentro del tiempo. La historia camina con nuestras piernas, pero a veces anda a paso muy lento, y a veces parece quieta. De todos modos, cuando los cambios vienen de abajo, desde lo hondo, a la corta o a la larga ellos encuentran su camino, al ritmo que quieren o pueden. Desde abajo, digo, desde el pie, como cantó Zitarrosa. Lo único que se hace desde arriba son los pozos.

J. M.: En tu último libro Espejos realizás un esfuerzo al mismo tiempo creativo y arqueológico sobre un vasto espacio geográfico y temporal. ¿Qué períodos de la historia crees que se llevarían el premio mayor a la crueldad y la injusticia?

E. G.: Hay demasiados favoritos en ese campeonato.

J. M.: Bueno, más puntual, ¿podrías resumir la crueldad en una imagen, en una situación que te ha tocado vivir?

E. G.: Me ocurrió hace años, en un camión que atravesaba la selva del alto Paraná. Salvo yo, era toda gente de ese mapa. Nadie hablaba. Íbamos muy apretados, en la caja del camión, a los tumbos. A mi lado, una mujer muy pobre, con un bebé en brazos. El bebé ardía de fiebre, se quejaba. Ella sólo dijo que precisaba un médico, que en alguna parte tenía que haber un médico. Y por fin llegamos a alguna parte, no sé cuántas horas habían pasado, hacía mucho que el bebé no se quejaba. Ayudé a que aquella mujer bajara del camión. Cuando recogí el bebé, vi que estaba muerto. El asesino que había cometido esa crueldad era todo un sistema de poder, que no iba preso ni viajaba en camiones destartalados.

J. M.: Con memorias como esa deberíamos terminar aquí. Pero el mundo sigue girando. ¿Crees que el pasado precolombino ha sobrevivido tantos años de colonización y modernización, tanto como para definir una forma latinoamericana de ser, de sentir y hasta de pensar?

E. G.: Desde hace siglos, los dioses acuden, quién sabe cómo, desde el pasado americano y desde la selva africana y desde todas partes. Muchos de esos dioses viajan con otros nombres y usan pasaportes falsos, porque sus religiones se llaman supersticiones y ellos siguen condenados a la clandestinidad.

II. Presente

J. M.: ¿Estamos presenciando el fin del capitalismo, de un paradigma basado en el consumismo y el éxito financiero, o simplemente se trata de una crisis más de la que saldrá fortalecido el mismo sistema, la misma cultura hegemónica?

E. G.: Con frecuencia recibo convites para asistir al entierro del capitalismo. Bien sabemos, sin embargo, que vivirá más de siete vidas este sistema que privatiza sus ganancias pero tiene la amabilidad de socializar sus pérdidas, y por si fuera poco nos convence de que eso es filantropía. En gran medida, el capitalismo se nutre del desprestigio de sus alternativas. La palabra socialismo, por ejemplo, ha sido vaciada de significado, por la burocracia que la usó en nombre del pueblo y por la socialdemocracia que en su nombre modernizó el look del capitalismo. Sabemos que este sistema capitalista se las está arreglando bastante bien para sobrevivir a las catástrofes que desata. No sabemos, en cambio, cuántas vidas podrá vivir su víctima principal, el planeta que habitamos, exprimido hasta la última gota. ¿Adónde nos mudaremos, cuando el planeta quede sin agua, sin tierra, sin aire? La empresa Lunar International ya está vendiendo lotes en la luna. A fines del 2008, el multimillonario ruso Roman Abramovich le regaló un terrenito a la novia.

J. M.: Quizás presume ser el primer hombre que le regala un pedazo de la Luna a una mujer, lo que viene a ser una especia de capitalismo romántico. ¿Crees que si China, por ejemplo, tuviese una economía hegemónica pronto se convertiría en un nuevo imperio, avasallante y colonialista como cualquier otro imperio?

E. G.: Si yo fuera profeta profesional, me moriría de hambre. No acierto ni en el fútbol, que de eso sí que algo sé. Todo lo que te puedo decir es lo que puedo ver: China está poniendo en práctica una exitosa combinación de dictadura política, al viejo estilo comunista, con una economía que funciona al servicio del mercado mundial capitalista. China puede proporcionar, así, baratísima mano de obra a empresas norteamericanas como Wal Mart, que prohíbe los sindicatos.

J. M.: A propósito, en el último “viernes negro”, el día del año en que en Estados Unidos las grandes cadenas de supermercados venden al costo, una avalancha de compradores no pudo esperar a que abrieran las puertas de uno de estos Wal Marts y se llevó por delante a un empleado. El hombre murió aplastado… A pesar de todo este absurdo, ¿podemos pensar que la humanidad se encuentra en un mayor estado de derechos individuales y de conciencia colectiva? ¿Qué es lo mejor de nuestro tiempo?

E. G.: En el siglo veinte, la justicia fue sacrificada en nombre de la libertad, y la libertad fue sacrificada en nombre de la justicia. Ya nuestro tiempo es el siglo veintiuno, y lo mejor que tiene es el desafío que contiene: nos invita a luchar para ayudar al reencuentro de la justicia y la libertad. Ellas quieren vivir bien pegaditas, espalda contra espalda.

J. M.: ¿Podemos comparar la aparición Internet con la revolución que produjo la imprenta en el siglo XV?

E. G.: No tengo ni idea, pero valga la ocasión para recordar que la imprenta no nació en el siglo XV. Los chinos la habían inventado dos siglos antes. En realidad, eran chinas las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento europeo: la imprenta, la brújula y la pólvora. No sé si ahora habrá mejorado la educación, pero antes aprendíamos una historia universal reducida a la historia de Europa. De Medio Oriente, nada o casi nada. Ni una palabra sobre China, nada sobre la India. Y del África, sólo sabíamos lo que nos enseñaba el profesor Tarzán, que nunca estuvo allí. Y del pasado americano, del mundo precolombino, alguna cosita folklórica, unas cuantas plumas de colores… y chau.

J. M.: ¿Cuál es el mayor peligro del progreso tecnológico en la comunicación?

E. G.: En la comunicación, y en todo lo demás. Las máquinas no son ningunas santas, pero no tienen la culpa de lo que nosotros hacemos con ellas. El mayor peligro está en que la computadora nos programe, como el automóvil nos maneja. Con asombrosa facilidad, nos convertimos en instrumentos de nuestros instrumentos.

J. M.: Como escritor y como lector, ¿qué tipo de lecturas te ocupan mayor tiempo hoy?

E. G.: Yo leo de todo, empezando por las paredes que acompañan mis pasos por las calles de las ciudades.

J. M.: Es la crueldad y la injusticia el mayor provocador de la literatura de Eduardo Galeano?

E. G.: No. Si así fuera, ya me hubiera enfermado de irremediable tristeza. Por suerte soy preguntón, curioso de nacimiento, y ando siempre buscando la tercera orilla del río, ese misterioso lugar donde se juntan el horror y el humor.

J. M.: ¿Por qué crees que será recordado nuestro tiempo en los siglos por venir?

E. G.: ¿Será recordado? ¿Habrá siglos por venir? Dios te oiga, y si Dios está sordo, que te oiga el Diablo.

III. Futuro

J. M.: ¿Eduardo, creés que el mundo se dirigirá a un mayor equilibrio de sus fracciones geográficas, sociales y culturales o, por el contrario, estamos condenados a repetir las mismas formas de lo que hoy consideramos violencia física y moral?

E. G.: Condenados, no estamos. El destino es un desafío, aunque a primera vista parezca una maldición.

J. M.: ¿Una mejora de nuestro presente radica mayormente en la profundización de los valores humanistas de la tradición europea o en una revalorización de un origen perdido en los pueblos “periféricos”?

E. G.: La tradición europea no alcanza. Los americanos somos hijos de muchas madres. Europa sí, pero hay también otras madres. Y no sólo los americanos. Los humanitos todos, el mundo entero es mucho más que lo que cree ser. Pero el arcoiris terrestre no brillará, en todo su lucerío, mientras siga mutilado por el racismo, el machismo, el militarismo, el elitismo y todos esos ismos que nos niegan la plenitud de nuestra diversidad. Y dicho sea de paso, no viene mal aclarar que los valores humanistas de la tradición europea se desarrollaron mientras Europa exterminaba indios en América y vendía carne humana en África. John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de una empresa negrera.

J. M.: Sí, algo así como las democracias imperiales, desde la antigua Atenas hasta Estados Unidos. ¿Pero quiere decir eso que la historia se repite siempre?

E. G.: Ella no quiere repetirse, eso no le gusta ni un poquito, pero muy frecuentemente nosotros la obligamos. Por ponerte un ejemplo muy actual, hay partidos que llegan al gobierno prometiendo un programa de izquierda, y terminan repitiendo lo que la derecha hacía. ¿Por qué no dejan que la derecha lo siga haciendo, ya que tiene experiencia? Se aburre la historia, y se desprestigia la democracia, cuando se nos invita a elegir entre lo mismo y lo mismo.

J. M.: ¿Qué rol cumplen hoy en la sociedad los intelectuales “no orgánicos”? ¿Siguen siendo, al menos en una minoría, una fuerza crítica y provocadora?

E. G.: Yo creo que escribir no es una pasión inútil. Pero esa generalización, “los intelectuales”, orgánicos o no orgánicos, no se parece mucho al mundo real. Hay de todo en la viña del Señor. En mi caso, te puedo decir que trabajo con palabras, que soy un inútil total y eso es lo único que me sale más o menos bien, y que me consta, por experiencia propia y ajena, que el acto de la lectura es una secreta, y a veces fecunda, ceremonia de comunión. Quien lee algo que de veras vale la pena, no lee impunemente. Leer un libro de esos que respiran cuando te los ponés al oído, no te deja intocado: te cambia, aunque sea un poquitito, te incorpora algo, algo que no sabías o no imaginabas, y te invita a buscar, a preguntar. Y más, todavía: a veces hasta te puede ayudar a descubrir el verdadero significado de las palabras traicionadas por el diccionario de nuestro tiempo. ¿Qué más puede querer una conciencia crítica?

J. M.: Pero los escritores contemporáneos tienden a evitar esa palabra, “intelectuales” ¿Por qué?

E. G.: Te contesto por mí, no en nombre de “los escritores”, que también son una generalización dudosa. Yo escribo queriendo decir y decirme en un lenguajesentipensante, certera palabra que me enseñaron los pescadores de la costa colombiana del mar Caribe. Y por eso, justo por eso, no me gusta nada que me llamen intelectual. Siento que así me convierten en una cabeza sin cuerpo, situación por demás incómoda, y que me están divorciando la razón de la emoción. Se supone que intelectual es el capaz de entender, pero yo prefiero al capaz de comprender. Culto no es quien acumula más conocimientos, porque entonces no habrá nadie más culto que una computadora. Culto es quien sabe escuchar, escuchar a los demás y escuchar las mil y una voces de la naturaleza de la que formamos parte. Para decir, escucho. Escribo en un viaje de ida y vuelta, recojo palabras que devuelvo, dichas a mi modo y manera, al mundo de donde vienen.

J. M.: A propósito, ¿cuál es tu técnica narrativa, es decir, tus hábitos y conductas de escritura?

E. G.: No tengo horarios. No me obligo. En Santiago de Cuba, un viejo tamborero, que tocaba como los dioses, me lo enseñó: “Yo toco -me dijo- cuando me pica la mano”. Y yo le hago caso. Si no me pica, no escribo. Nunca he firmado un contrato que me ponga plazos para entregar un libro. En la literatura, como en el fútbol, cuando el placer se convierte en deber, pasa a ser algo bastante parecido al trabajo esclavo. Los libros me escriben, crecen dentro de mí, y cada noche me duermo dándoles las gracias, porque me permiten creer que el autor soy yo. Y dicho esto te aclaro que escribo muchas veces cada página, que tacho, suprimo, reescribo, rompo, vuelvo a empezar, y todo eso es parte de la alta alegría de sentir que lo que digo se parece, y a veces se parece mucho, a lo que mis páginas quieren decir.

J. M.: Tus libros después de las dictaduras militares de Uruguay y Argentina, después del exilio, cambian de estilo. O quizás profundizan una característica: tu mirada sigue siendo la del rebelde inconformista, pero tu voz se vuelve más lírica. Si mal no recuerdo, fue Jean-Paul Sartre que dijo que la técnica de un escritor remite a su concepción del mundo. ¿Cómo definirías tu etilo? ¿Refleja tu percepción del mundo o, quizás, tus aspiraciones sobre él o el estilo es algo accidental, una forma de hacer las cosas que proviene de una historia de la estética, de una influencia de la adolescencia?

E. G.: Mi estilo es el resultado de muchos años de escribir y borrar. Juan Rulfo me lo decía, mostrándome un lápiz de aquellos que ahora ya casi ni se ven: “Yo escribo con el grafo de adelante, pero más escribo con la parte de atrás, donde está la goma”. Eso hago, o intento hacer. Intento decir cada vez más con menos.

J. M.: Un elemento común de la literatura del compromiso, de las utopías revolucionarias hasta los setenta, de los años previos a las dictaduras en América del Sur, parece ser la alegría. Como ejemplo ilustrativo podríamos hacer una exposición de fotografías de los rostros adustos de los Pinochet, por un lado, y de los rostros sonrientes de los Che Guevara por el otro. ¿Existe una conexión entre la “estética de la tristeza” de la literatura del siglo XX y las fuerzas conservadoras de la sociedad? ¿En qué medida es subversiva la alegría, el epicureísmo del que hablaba Américo Vespucio refiriéndose a cierta imagen de los nativos americanos?

E. G.: Vuelvo a la costa colombiana, y te cuento que allá el peor insulto es amargao.Nada más grave te pueden decir. Y no les falta razón, porque al fin y al cabo, no hay nada en el mundo que no merezca ser reído. Si la literatura de denuncia no es, al mismo tiempo, una literatura de la celebración, se aleja de la vida viva y duerme a sus lectores. Se supone que sus lectores deben arder de indignación, pero ellos se caen de sueño. Con frecuencia ocurre que la literatura que dice dirigirse al pueblo, sólo se dirige a los convencidos. Sin riesgo ninguno, se parece más a la masturbación que al acto del amor, aunque según me han dicho el acto del amor es mejor, porque se conoce gente. La contradicción mueve la historia, y la literatura que de veras estimula la energía de cambio nos ayuda a adivinar los soles secretos que cada noche esconde, esa humana hazaña de reír contra toda evidencia. La herencia hebreo-cristiana, que tanto elogia el dolor, no ayuda mucho. Si no recuerdo mal, en toda la Biblia no suena ni una risa. El mundo es un valle de lágrimas, los que más sufren son los elegidos que suben al Cielo.

J. M.: ¿Cómo imaginás el mundo dentro de cincuenta años?

E. G.: Con la edad que tengo, me imagino que dentro de cincuenta años ya no estaré. Como ves, tengo una imaginación prodigiosa.

J. M.: Alguna vez Onetti dijo que él escribía para sí mismo. ¿Galeano escribiría si tuviese la poca fortuna de ser el único sobreviviente de una catástrofe mundial?

E. G.: ¿El único sobreviviente? Uy! Me moriría de aburrimiento. Quizá escribiría igual, porque tengo el vicio, pero escribir para nadie es peor que bailar con la hermana. Onetti se enojó conmigo cuando una noche cometí una juvenil insolencia. Él me dijo eso, que él escribía para él, y yo le propuse llevarle al Correo esas cartas para Juan Carlos Onetti, calle Gonzalo Ramírez, Montevideo, etc., etc. Él se cabreó. Se cabreó porque mentía, y bien lo sabía. Quien publica lo que escribe, escribe para los demás.

J. M.: ¿Qué harías diferente si tuvieses la experiencia y la oportunidad de hacerlo de nuevo? ¿De qué se arrepiente Eduardo Galeano hoy?

E. G.: No me arrepiento de nada. Yo también soy la suma de todas mis metidas de pata.

Noviembre 2008

La ventana (Cuba)

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La República (Uruguay)

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INQUIRIES ON PARADIGM

Interview with Eduardo Galeano

By Dr. Jorge Majfud

Tranlated by Dr. Bruce Campbell

I. Past

II. Presente

III. Future

I. Past

Jorge Majfud: A humanist vision considers history to be a human product, which is to say, a product of the freedom of its individuals and the diverse groups that have enacted it and interpreted it. An anti-humanist vision asserts that, on the contrary, those individuals and those groups are the result of history itself, and their freedom is an illusion. If you will permit me an artificial restriction within this possible spectrum, where do you situate yourself?

Eduardo Galeano: Based on what I have experienced in my life, I have the impression that we make the history that makes us. When the history that we make comes out crooked, or is usurped by the few among us who rule, we blame it on history.

J. M.: In this view there is no room for materialist determinism or for any kind of religious fatalism…

E. G.: Fatalisms are comforting, they allow you to sleep soundly, fate is inscribed in the stars, history moves along by itself, don’t be bitter, one must either accept it or accept it. Fatalisms lie, because if life is not an adventure in freedom, someone should come and explain to me whether living is worth the trouble. But notice: the enlightened ones lie also, the select few who are attributed the power to change reality by touching it with their magic wand: and if reality does not obey me, it doesn’t deserve me.

J. M.: If the time of modern revolutions, that is, of abrupt and violent revolutions has passed, is it progression or resistance that is the better alternative in our times?

E. G.: Who knows how many worlds there are in the world, and how many times there are in time. History walks with our feet, but sometimes it walks very slowly, and sometimes it seems motionless. At any rate, when the changes come from below, from down in the depths, sooner or later they find their way, at their own pace. From below, I mean, from the foot, like in the Zitarrosa song. The only things made from above are wells.

J. M.: Your latest book Espejos (Mirrors) represents an effort that is both creative and archeological and covers a vast geographic and temporal space. Which periods of history do you believe would win first prize for cruelty and injustice?

E. G.: There are too many favorites in that championship.

J. M.: Okay, more to the point, could you sum up cruelty in an image, in a situation that you have experienced?

E. G.: It happened to me years ago, in a truck that was crossing the upper Paraná. Except for me, everyone was from that area. Nobody spoke. We were packed closely together, in the bed of the truck, bouncing around. Next to me, a very poor woman, with a baby in her arms. The baby was burning up with fever, crying. The woman just said that she needed a doctor, that somewhere there had to be a doctor. And finally we arrived somewhere, I don’t know how many hours had gone by, the baby hadn’t cried for a long time. I helped that woman get down off the truck. When I picked up the baby, I saw that it was dead. The killer who had committed this cruelty was an entire system of power, and was neither in prison nor travelling around on rickety old trucks.

J. M.: With memories like that one we should stop here. But the world keeps turning. Do you believe that the pre-Colombian past has survived so many years of colonization and modernization, enough to define a Latin American way of being, of feeling, and even of thinking?

E. G.: For centuries, the gods have come, who knows how, from the American past and from the African jungle and from everywhere. Many of those gods travel with other names and use fake passports, because their religions are called superstitions and they continue to be condemned to the underground.

II. Present

J. M.: Are we witnessing the end of capitalism, of a paradigm based on consumerism and financial success, or is this simply one more crisis which will end up strengthening the system itself, the same hegemonic culture?

E. G.: I frequently receive invitations to attend the burial of capitalism. We know quite well, however, that this system – which privatizes its profits but kindly socializes its losses, and as if that weren’t enough convinces us that that is philanthropy – will live more than seven lives. To a great degree, capitalism feeds off of the discrediting of its alternatives. The word socialism, for example, has been emptied of meaning, by the bureaucracy that used it in the name of the people and by the social democracy that in its name modernized capitalism’s look. We know that this capitalist system is managing quite well to survive the catastrophes that it unleashes. We don’t know, on the other hand, how many lives its main victim – the planet we inhabit, squeezed to the last drop – will be able to live. Where will we move, when the planet is left without water, without land, without air? The company Lunar International is already selling plots of land on the moon. At the end of 2008, the Russian multimillionaire Roman Abramovich made a gift of a little plot to his fiancee.

J. M.: Perhaps he intends to be the first man to give a piece of the moon to his wife, which turns out to be a kind of romantic capitalism. Do you believe that if China, for example, had a hegemonic economy it would quickly become a new empire, colonialist and dominating like any other empire?

E. G.: If I were a professional prophet, I would die of hunger. I’m not even right in soccer, and that is something I know something about. All I can say to you is what I can see: China is putting into practice a successful combination of political dictatorship, in the old communist style, with an economy that functions at the service of the capitalist world market. China can thus provide an extremely cheap workforce to U.S. enterprises like Wal Mart, which bans unions.

J. M.: Speaking of which, on the most recent “black Friday,” the one day of the year that the large retail chains in the U.S. sell at cost, an avalanche of shoppers couldn’t wait for the doors to be opened at one of those Wal Marts and it ran over an employee. The man was crushed to death… Despite all of this absurdity, can we think that humanity finds itself in an improved state of individual rights and of collective conscience? What is best about our times?

E. G.: In the 20th century, justice was sacrificed in the name of freedom, and freedom was sacrificed in the name of justice. Our time is now the 21st century, and the best it has to offer is the challenge it presents: it invites us to fight to assist the reunion of freedom and justice. They want to live real close to each other, back to back.

J. M.: Can we compare the appearance of the Internet with the revolution produced by the printing press in the 15th century?

E. G.: I have no idea, but it is important to remember that the printing press was not born in the 15th century. The Chinese had invented it two centuries earlier. In reality, the three inventions that made the Renaissance possible were all Chinese inventions: the printing press, the compass, and gunpowder. I don’t know if today education has improved, but before we used to learn a universal history reduced to the history of Europe. From the Middle East, nothing or almost nothing. Not a word about China, nothing about India. And about Africa, we only knew what professor Tarzan taught us, and he was never there. And about the American past, about the pre-Colombian world, some little folkoric thing, a few colored feathers… and ciao.

J. M.: What is the greatest danger of technological progress in communication?

E. G.: In communication, and in everything else. Machines are no saints, but they are not to blame for what we do with them. The greatest danger lies in the possibility that the computer can program us, just like the automobile drives us. With frightening ease, we become instruments of our instruments.

J. M.: As a writer and as a reader, what kind of reading occupies most of your time these days?

E. G.: I read everything, starting with the walls that accompany my steps through the streets of the cities.

J. M.: Are cruelty and injustice the greatest provocations for the literature of Eduardo Galeano?

E. G.: No. If that were the case, I would have already fallen ill from unmitigated sadness. Luckily I am a busybody, curious by birth, and I am always seeking out the third bank of the river, that mysterious place where humor and horror meet.

J. M.: Why do you think our times will be remembered in the centuries to come?

E. G.: Will be remembered? Will there be centuries to come? May God hear you, and if God is deaf, may the Devil hear you.

III. Futuro

J. M.: Eduardo, do you believe the world will move in the direction of a greater balance of its geographical, social and cultural divisions or, on the contrary, are we condemned to repeat the same forms of what we today consider physical and moral violence?

E. G.: Condemned, we are not. Fate is a challenge, although at first sight it might appear to be a curse.

J. M.: Does an improvement of our present lie mainly in the deepening of humanist values from the European tradition, or in a revaluation of a lost origin in the “peripheral” nations?

E. G.: The European tradition is not enough. We Americans are the children of many mothers. Europe yes, but there are also other mothers. And not only the Americans. All the little humans, everybody is much more than what they believe they are. But the earthly rainbow will not shine, in all its brilliance, as long is it continues to be mutilated by racism, machismo, militarism, elitism and all those isms that deny us the fullness of our diversity.  And by the way, it is fitting to clarify that the humanist values of the European tradition were developed while Europe was exterminating indigenous people in the Americas and selling human flesh in Africa. John Locke, the philosopher of freedom, was a shareholder in a slave-trading enterprise.

J. M.: Yes, somewhat like the imperial democracies, from ancient Athens to the United States. But does that mean that history always repeats itself?

E. G.: She doesn’t want to repeat herself, she doesn’t like that one bit, but very often we oblige her to. To give you a very current example, there are parties who come into the government promising a program of the left, and they wind up repeating what the right wing did. Why don’t they let the right continue doing it, since they have the experience? History grows bored, and democracy is discredited, when we are invited to choose between one and the same.

J. M.: What role do “non-organic” intellectuals fulfill in society today? Do they continue to be, at least a few of them, a critical and provocative force?

E. G.: I believe that writing is not a useless passion. But that generalization, “intellectuals,” organico or non-organic, doesn’t look much like the real world. It takes all kinds to make the world. In my case, I can tell you that I work with words, that I am totally useless otherwise, and that is the only thing that I do more or less well, and that it seems to me, based on my own and other’s experience, that the act of reading is a secret, and sometimes fertile, ceremony of communion. Anyone who reads something that is really worth the trouble, does not read with impunity. Reading one of those books that breathe when you put them to your ear, does not leave you untouched: it changes you, even if only a little bit, it integrates something to you, something that you did not know or had not imagined, and it invites you to seek, to ask questions. And more, still: sometimes it can even help you to discover the true meaning of words betrayed by the dictionary of our times. What more could a critical consciousness want?

J. M.: But contemporary writers tend to avoid that word, “intellectuals.” Why?

E. G.: I will answer for myself, not in the name of “writers,” which is also a dubious generalization. I write wanting to speak and express myself in a language that issentipensante (feeling-thinking), a very precise word taught to me by fishermen of the Colombian coast of the Caribean sea.  And for that reason, precisely for that reason, I don’t like at all to be called an intellectual. I feel like I am thereby turned into a bodiless head, which is also an uncomfortable situation, and that my reason and emotion are being divorced from one another. One supposes that an intellectual is someone capable of knowing, but I prefer someone capable of comprehending. A cultured person is not someone who accumulates more knowledge, because then there will be nobody more cultured than a computer. A cultured person is someone who knows how to listen, to listen to others and listen to the thousand and one voices of the natural world of which we are a part. In order to speak, I listen. I write on a round-trip journey, I pick up words that I return, stated in my method and manner, to the world from which they come.

J. M.: Speaking of which, what is your narrative technique, that is, your writing habits and behaviors?

E. G.: I have no schedules. I don’t make myself write. In Santiago, Cuba, an old drummer, who played like the gods, taught me: “I play” – he told me – “when my hand itches.” And I paid attention. If I don’t itch, I don’t write. In literature, like in soccer, when the pleasure turns into duty, it becomes

something pretty similar to slave labor. The books write me, they grow inside of me, and every night I fall asleep thanking them, because they allow me to believe that I am the author. And having said this I will point out to you that I write each page many times, that I scratch out, I suppress, I re-write, I tear up, I start over again, and all that is part of the great happiness of feeling that what I say is similar to, and sometimes very similar to, what my pages want to say.

J. M.: Your books after the military dictatorships in Uruguay and Argentina, after exile, are different in style. Or perhaps they deepen one characteristic: your gaze continues being that of a non-conformist rebel, but your voice becomes more lyrical. If I remember correctly, it was Jean-Paul Sartre who said that a writer’s technique transmits his conception of the world. How would you define your style? Does it reflect your perception of the world or, perhaps, your aspirations about it, or is style something accidental, a form of doing things that comes from a history of aesthetics, from an influence of the adolescent years?

E. G.: My style is the result of many years of writing and erasing. Juan Rulfo used to tell me, showing me one of those pencils that you now almost never see: “I write with the graphite in the front, but I write more with the back part, where the eraser is.” That is what I do, or I try to do. I try to always say more with less.

J. M.: One common element of committed literature, of the revolutionary utopias up until the seventies, from the years prior to the dictatorships in South America, seems to be happiness. As an example to illustrate this we could make an exhibit of photographs of the severe faces of the Pinochets, on one side, and of the smiling faces of the Che Guevaras on the other. Does a connection exist between the “aesthetics of sadness” of the literature of the 20th century and society’s conservative forces? In what degree is happiness, the Epicureanism of which Amerigo Vespucci spoke with reference to a certain image of native Americans, subersive?

E. G.: I will return to the Colombian coast, and I will tell you that there, the worst insult is amargao (a bitter person). Nothing worse can be said to you. And not without reason, because at the end of the day, there is nothing in the world that doesn’t deserve to be laughed at. If the literature of denunciation is not, at the same time, a literature of celebration, it distances itself from life as lived and puts its readers to sleep. Its readers are supposed to burn with indignation, but they are nodding off instead. It frequently occurs that the literature that claims to speak to the people, only speaks to those who are already persuaded. Without taking any risks, it seems more like masturbation than the act of love, even though according to what I have been told the act of love is better, because one gets to know people. Contradiction moves history, and the literature that truly stimulates the energy of social change helps us to find the secret suns that every night conceals, that human feat of laughing in the face of the evidence. The Judeo-Christian heritage, which so praises pain, does not help much. If I remember correctly, in the entire Bible not a single laugh is heard. The world is a vale of tears, the ones who suffer the most are the chosen ones who ascend to Heaven.

J. M.: How do you imagine the world in fifty years?

E. G.: At my age, I imagine that in fifty years I will no longer be here. As you can see, I have a prodigious imagination.

J. M.: Onetti once said that he wrote for himself. Would Galeano write if he had the bad fortune to be the sole survivor of a world-wide catastrophe?

E. G.: The sole survivor? Uy! I would die of boredom. Perhaps I would write anyway, because I have the vice, but writing for nobody is worse than dancing with your own sister. Onetti got mad at me one night when I committed a juvenile insolence. He told me that, that he wrote for himself, and I proposed to carry to the Post Office for him those letters for Juan Carlos Onetti, Gonzalo Ramírez Street, Montevideo, etc., etc. He got pissed off. He got pissed off because he was lying, and he knew it quite well. Anyone who publishes what they write, writes for others.

J. M.: What would you do differently if you had the experience and opportunity to do it all over again? What does Eduardo Galeano regret?

E. G.: I have no regrets. I am also the sum of all the times I put my foot in my mouth.

Translated by Dr. Bruce Campbell

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January 2009

Con Eduardo Galeano

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En 2009 Eduardo Galeano vino a Estados Unidos a presentar su libro Espejos. Me invitó a cenar un día y yo lo llevé por los peores lugares de Filadelfia, como si conociera el área (el GPS no me dio buenas ideas gastronómicas). Finalmente terminamos en un restaurante de comida tejano-mexicana que tenía los ventiladores al mango por un anhelo exótico. Pedimos el menú y antes de que volviese la moza desaparecimos. Estuvimos más de cinco horas hablando sin parar, primero en un bar y luego en un pequeño restaurante de Filadelfia. Eduardo habló cuatro horas y yo casi el resto del tiempo. ¿Qué más se puede hacer con alguien que te confiesa detalles inéditos de Salvador Allende, Ernesto Guevara, Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti y tantos personajes del siglo XX, como él mismo?

Una chica que pasaba por allí nos sacó estas dos fotos tan malas. ¿Por qué la gente se siente en la obligación de agacharse cada vez que quieren sacar una gran foto? De cualquier forma, gracias.

La rebelión de la alegría

Ernesto Che Guevara

Ernesto Che Guevara

La rebelión de la alegría

(Parte 1)

Si hiciéramos una exposición fotográfica de los años de la Guerra caliente en América Latina, veríamos la insistencia de la risa joven en sus revolucionarios contrastando con los rostros adustos y envejecidos de las fuerzas conservadoras de la reacción.

Fue una tradición de la cultura ilustrada criolla asumir que el carácter del indio era incapaz de las emociones, de alguna sensibilidad estética y de cualquier hábito racional para las ciencias o para el trabajo. Si en los comienzos del Renacimiento europeo Américo Vespucio y Tomás Moro pudieron sospechar con admiración el desinterés de los nativos del Nuevo Mundo por las riquezas materiales, la ausencia de la codicia europea por tener y por reinar como un atributo de virtud, en el apogeo de la Era Moderna esas carencias pasaron a significar defectos, pecados contra el progreso. La tristeza del indio, la melancolía del gaucho, el carácter sufriente del hombre y la mujer de las clases media y baja en América Latina coincidía con el precepto tradicional del cristiano sufriente que Nietzsche y Antonio Machado criticaron en Europa. No coincide con el carácter epicúreo atribuido por Américo Vespucio a los pueblos que encontró en sus cuatro viajes (1500-1504) antes de la colonización.

En la cultura popular del Río de la Plata, la clausura existencial está definida por el tango. No es un problema político sino existencial: “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé en el quinientos seis y en el dos mil también” (Discépolo). Su icono principal, Carlos Gardel, fue definido por el poeta militante Francisco Urondo como “loco de la noche, despreocupado amigo del alba, señor de los tristes”. Casi el mismo año que Jean-Paul Sartre publica La Nausée (1938) en Francia, el alter ego de Juan Carlos Onetti, en su célebre novela El pozo (1939), reconoce su incapacidad para la fe en el pueblo, su alienación y soledad existencialista: “Me acuerdo que sentí una tristeza cómica por mi falta de ‘espíritu popular’. No poder divertirme con las leyendas de los carteles, saber que había allí una forma de alegría, y saberlo, nada más”. Luego reconoce la diferencia entre su compañero de habitación y él mismo —semejante a la diferencia entre Antoine Roquentin y el Autodidacto—: “es él el poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin embargo ama la vida y sólo así es posible ser un poeta”. En el arte y la literatura el dolor y la tristeza continúan gozando de más prestigio que la alegría. Pero el yo existencialista del siglo XX era el yo romántico del siglo XIX que ya no encontraba ni en la muerte ni en el amor la comunión posible. Por el contrario, buscaba desesperadamente la comunicación. Mataba o se suicidaba, pero no encontraba el amor ni la muerte sino el sexo y la nada.

Pero hubo un tiempo en que todo cambió. Octavio Paz, refiriéndose a las revueltas de 1968 y, por extensión a la década de los ’60, había observado que “la irrupción del ahora significa la aparición, en el centro de la vida contemporánea, de la palabra prohibida, la palabra maldita: el placer” (Posdata, 1969). Mucho antes la alegría se había convertido en el gesto revolucionario. Si hiciéramos una exposición fotográfica de los años de la Guerra caliente en América Latina, veríamos la insistencia de la risa joven en sus revolucionarios contrastando con los rostros adustos y envejecidos de las fuerzas conservadoras de la reacción. Así tendríamos, de un lado, colecciones de retratos sonrientes de Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Roque Dalton, Francisco Urondo, entre otros, y del otro, las mandíbulas erguidas y los labios apretados de Augusto Pinochet, Rafael Videla, Emilio Masera, Gregorio Álvarez, etc.

Por aquellos años, Mario Benedetti decía ver en la Revolución cubana un “estilo joven”, lo que también recuerda al “espíritu joven” de Grecia, según F. Nietzsche. No obstante, como veremos más adelante, este epicureismo revolucionario se opondrá al hedonismo, que será identificado insistentemente con el vacío del mundo materialista, el imperio del oro, de la risa artificial de Hollywood. Por ejemplo, Eduardo Galeano recuerda una experiencia personal que es la encarnación de este problema histórico. Había bajado a unas tumbas etruscas sobre cuyas paredes no había representaciones de dolor y sufrimiento sino de placer y alegría. “Varios siglos antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban al júbilo de vivir”. Entonces, Galeano redescubre el antagónico cristiano, que es permanentemente identificado con la rebeldía ante la opresión de la cultura católica primero y protestante después, la cultura del conquistador: “yo había sido amaestrado católicamente para el dolor y me quedé bizco ante ese cementerio que era un placer”. Es la historia, sus creencias y prejuicios, sus paradigmas y tabúes, la que ha modelado la emoción, el dolor y la alegría en el individuo. Es decir, la clausura no es inmanente a la existencia humana. Es una clausura política —cultural, religiosa— y se puede ver una fisura en ella usando el lente de la historia.

Refiriéndose al contexto latinoamericano, el peruano Manuel Burga observa que “la risa, la fiesta popular, la alegría profana, como lo ha demostrado Bakhtin para la Europa renacentista, también tuvieron en los Andes un valor semejante para enfrentar la cultura impuesta por el sistema colonial”. Años después, Mario Benedetti, analizando Memoria del fuego (1982-86) de Eduardo Galeano, insiste en el valor revolucionario de la alegría, atribuido ahora a la metafísica amerindia, significativamente integrada y opuesta a la tradición cristiana: “cuando lejos de Cuzco, la tristeza de Jesús preocupa a los indios tepehuas, y entonces inventan la danza de los viejos, y cuando Jesús vio a la Vieja y al Viejo ‘haciendo el amor, levantó la frente y rió por primera vez’”. Por la misma época, Umberto Eco recordaba la tradición del sufrimiento como valor superior. En Il nome della rosa (1980) creó un monje malhumorado que insiste que Jesús nunca se rió, de donde se deduce la naturaleza diabólica de la risa. Ocho años más tarde, adentrado en el género de la novela histórica, Tomás de Mattos, desde su mirada revisionista de un período que se cerraba en el Río de la Plata, expone en Bernabé, Bernabé! (1988) el drama del genocidio de los indios charrúas en un país que históricamente se había considerado blanco, europeísta y civilizado. La narradora principal, Josefina Péguy, analiza en una de sus cartas la etimología del nombre del último cacique sobreviviente: “Sepé quiere decir, en charrúa, ‘sabio’. Me parece que fue un nombre bien escogido —o adoptado— porque el cacique era dueño de una risa verdadera, de la que nace del jubiloso goce de las cosas cotidianas”. Josefina Péguy agregaba que ello se debía a que el cacique Sepé no estaba contaminado con el mito del progreso, pero bien se podía entender, según nuestro análisis, que tampoco estaba marcado por la tradición del cristianismo que en su versión católica condenó el oro mientras toleraba su extracción americana y en su versión calvinista simplemente lo legitimizó, al tiempo que condenaba todo epicureismo y sensualidad.

(Parte 2)

A la clausura existencial, marcada por la angustia, el dolor y el pesimismo del individuo perdido en su propio yo, súbitamente le surge en los ’60 un temeroso rival: la alegría de la revolución, la comunión del yo con el pueblo. Paso a paso se irá confirmando la voluntad de revisión moral. En 1973 Benedetti alude directamente a Jorge Luis Borges: “por eso en este jardín no hay senderos que se bifurquen […] adiós al laberinto adiós al dédalo / adiós al relajo de antiguas lenguas germánicas / este camino es recto / el pueblo avanza puteando alegremente / y las puteadas tampoco se bifurcan / dan en el blanco…”. La misma reacción es la de Francisco Urondo, una especie de deliberado antivalor nietzscheano que no se corresponde con el canon tradicional del poeta ensimismado sino precisamente lo contrario: “No tengo / vida interior: afuera / está todo lo que amo y todo / lo que acobarda”.

El tradicional dolor del pueblo bajo la opresión es repetidas veces revertido en alegría vinculada a una posible liberación, nunca desprendida de la imagen fuerte y redentora de un individuo, casi siempre de un antagónico. De ese mismo año, 1973, es el recuerdo de Eduardo Galeano para los momentos previos al regreso de Juan D. Perón a Argentina. Antes de la tragedia, Galeano recuerda en Días y noches de amor y de guerra (1978) que “había un clima de fiesta. La alegría popular, hermosura contagiosa, me abrazaba, me levantaba, me regalaba fe”. Pero el mismo Galeano recuerda otra anécdota que revela la contracara artificial y demagógica de este gesto: “Una mañana, en los primeros tiempos del exilio, el caudillo [Perón] había explicado a su anfitrión, en Asunción, del Paraguay, la importancia política de la sonrisa” y para mostrársela “le puso la dentadura postiza en la palma de la mano”.

Otras veces, la alegría se convierte en una profesión de fe, aún cuando el individuo ha dejado por momentos de creer (la fe humanística y el carácter sagrado del texto son los dos pilares centrales de la literatura del compromiso). Bajo el título de “Introducción a la literatura”, Galeano se desdobla en yo y en Eduardo; el primero estuvo unos días escribiendo “tristezas” que una noche Eduardo rechaza con una mueca: “No tenés derecho”, le dice Eduardo a la voz narrativa y le cuenta que días atrás bajó a comprar fiambres y la mujer que atendía tenía debajo del mostrador uno de sus libros, que lee todos los días. “Ya lo leí varias veces —dijo la fiambrera—. Lo leo porque me hace bien. Yo soy uruguaya, ¿sabe?”. Por lo que Eduardo insiste: “no tenés derecho’, mientras hace a un lado las cositas lastimeras, quizás mariconas, que yo escribí en esos días”. La opción recuerda al cura de San Manuel Bueno mártir (1930) de Unamuno, quien predicaba ya sin fe en Dios pero por fe en el pueblo que necesita creer. La diferencia radica, tal vez, en que aquí es la vendedora, el pueblo, quien devuelve la fe al escritor comprometido, renovándole los votos del compromiso.

Más tarde, luego de la derrota, el exilio y el regreso de la clausura política, Galeano escapa a la clausura existencial radicalizando su regreso al origen amerindio o a una de sus representaciones. Casi como un creyente, recoge la mitología dispersa y desestimada y le da nueva vida. En el principio de Memoria del fuego (1982) el mito de la creación de los maquiritari es fundamental. No sólo recuerda que “la muerte es mentira” sino que la alegría original vence al dolor occidental. “Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento”. La primer mujer y el primer hombre “soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio”. Y al soñar con la alegría —Dios o la humanidad, es lo mismo—, la alegría era realizada. Tiempo después, debido a la muerte de un hombre de la tribu kayapó que se rió por la caricia de un murciélago y murió, “los guerreros resolvieron que la risa fuera usada solamente por las mujeres y los niños”. Así la risa y la alegría vuelven a ser secuestradas por el poder y pierden su valor original.

En Centroamérica, un Roque Dalton desafiante acusaba: “yo sé que odiáis la risa”, pero “bajo las sábanas me río”. En Taberna (1966) confiesa su lucha “para tener fe tan sólo en el deseo / y en el amor de quienes no olvidaron / el amor y la risa”. Pero Dalton también es consciente del doble filo de este gesto, un signo secuestrado. “Desde la conquista española mi pueblo ríe idiotamente por una gran herida. Casi siempre es de noche y por eso no se mira sangrar”. En la tradición, la mera risa no es subversiva sino un narcótico que impide la toma de conciencia. Sólo “la alegría es revolucionaria, camaradas, / como el trabajo y la paz”. Este estímulo se convierte en una razón de la literatura. En “Por qué escribimos”, reconoce que “uno hace versos y ama / la extraña risa de los niños / el subsuelo del hombre / que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda, / la instauración de la alegría / que profetiza el humo de las fábricas”. Alegría y liberación conforman una alianza recurrente. Según Benedetti en “Haroldo Conti: un militante de la vida” (1976), la novela Mascaró en lo más hondo “es una metáfora de la liberación, pero expresada sin retórica, narrada con fruición, atravesada de humor” (Crítica cómplice, 1988). “En la parábola de Mascaró campea un gusto por la vida, una espléndida gana de reír, como si quisiera indicarnos que las instancias liberadoras no son palabras ni posturas resecas sino actitudes naturales, flexibles, creadoras”.

El carácter de la alegría no es revindicado sólo en la literatura comprometida sino también en sus propios autores. Muerte y alegría alcanzan aquí una conjugación particular. Como hiciera Eduardo Galeano en 1978, Mario Benedetti recuerda en “El humor poético de Roque Dalton” (1981) que el salvadoreño “en el trato personal era un fabuloso narrador de chistes (los coleccionaba, casi como un filatélico), nunca llevó a su poesía la broma en bruto, sino la metáfora humorística. Refiriéndose a Urondo, el mismo Benedetti señalaba “su optimismo era incurable, pues: ‘Nada hay más hermoso que vivir, aunque sea perdiendo’. Y tenía razón”. Luego, con un guiño que es difícil separar de Ernesto Sábato, continúa: “quede el pesimismo para los esclavos de su propia pesadilla, para los que sobrevuelan como buitres su catástrofe privada. Sólo quien alcance un colmo de optimismo tendrá fuerzas para ofrendar la vida”. Más tarde en “Paco Urondo, constructor de optimismos” (1977), el mismo Benedetti completa el retrato y la valoración de este motor anímico: “en él la risa era algo así como su identidad. Siempre pensé que Paco [Urondo], cuando debía llevar una vida ilegal, no tenía más remedio que ponerse serio, ya que en él reírse era como decir su nombre”. También Juan Gelman recordará a su amigo poeta años después en Hechos y relaciones (1980) por el mismo rasgo: “andás / en la sonrisa estruendo pólvora / que atacan cada día al enemigo? / ¿Volvieron / feroz a la alegría que caía de vos?”.

El sacrificio y la muerte son entendidos, como en la tradición cristiana, como requisitos de renacimiento. Pero el Hombre nuevo que pregonaron los intelectuales comprometidos no renace en la utopía del Paraíso celestial sino en la utopía de la humanidad futura. Su martirio no pretende ser asumido con el verdadero dolor de la tortura y la crucifixión sino con la alegría de quien no teme ningún infierno eterno.

(Parte 3)

Rodolfo Walsh, con motivo de la muerte de Francisco Urondo, escribió en su obituario: “Mi querido Paco: […] lo primero que me acude a la memoria es la frase del poeta guerrillero checo, al que mataron los nazis, que dejó escrito: ‘recuérdenme siempre en nombre de la alegría’”. El mismo Walsh, un día después de la muerte de Ernesto Che Guevara, bajó a comprar el diario y lo primero que vio y recordó luego fueron “esos ojos abiertos, rompiendo el porvenir y esa especie de sonrisa con la boca fuerte, pero muerta”. Aunque otras fotografías no dejan ver con la misma claridad esta expresión viva pero ambigua del muerto, es la sonrisa lo que ven los escritores del compromiso. El nicaragüense Ernesto Cardenal en Canto nacional (1973) poetizaba que “el Che después de muerto sonreía como recién salido del hades”. Tampoco Eduardo Galeano puede dejar de observar lo mismo: “le miré largamente la sonrisa, a la vez irónica y tierna […] Pensé: ‘Ha fracasado. Está muerto’. Y pensé: ‘No fracasará nunca. No morirá jamás’, y con los ojos fijos en esa cara de Jesucristo rioplatense me vinieron ganas de felicitarlo”. Pero Jesús nunca es representado con una sonrisa sino, por el contrario, la tradición cristiana ha consagrado todas las variaciones del dolor en sus retratos imaginados por Europa.

Pablo Neruda, otro ejemplo del poeta celebrado por su compromiso político, poetizó el problema ideológico de la alegría de una forma que resume su tiempo: “Cuando yo escribía versos de amor, que me brotaban / todas partes, y me moría de tristeza” todos me aplaudían. Hasta que “me fui por los callejones de las minas / a ver cómo vivían otros hombres”, y por eso cambiaron los aplausos por la policía, “porque no seguía preocupado exclusivamente / de asuntos metafísicos / pero yo había conquistado la alegría”. La política militante aparece junto con este factor de la alegría, que se expresa por la vitalidad de la sonrisa o del cuerpo. La reivindicación del oprimido o del marginado, es motivo de esta celebración: “me voy a bailar por los caminos / con mis hermanos negros de la Habana”.

En la misma dirección apunta un discurso de otro intelectual militante, Ernesto Guevara, en el acto de entrega de Certificados de Trabajo, el 15 de agosto de 1964. Guevara recita un poema del republicano español León Felipe, exiliado en México. Este instante, captado en una breve película, insiste en la necesidad de un cambio de actitud ante el trabajo, el valor nuevo de la alegría despojada del interés material, y lo hace recurriendo a un pasado mítico, a la corrupción de la historia por ese interés material, denunciado en la ficción de Tomás Moro: “Pero el hombre es un niño laborioso y estúpido que ha convertido el trabajo en una sudorosa jornada, convirtió el palo del tambor en una azada y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo, se puso a cavar” […] quiero decir que nadie ha podido cavar al ritmo del sol, y que nadie todavía ha cortado una espiga con amor y con gracia. / Es precisamente la actitud de los derrotados, dentro de otro mundo, de otro mundo que nosotros ya hemos dejado afuera frente al trabajo; en todo caso, la aspiración de volver a la naturaleza, de convertir en un juego el vivir cotidiano”.

Jorge Edwards, reconocido crítico de la Revolución cubana, reconoce de su experiencia como embajador en La Habana a finales de los ’60 que a pesar de las frustraciones, “había en ciertos sectores de la Revolución, también, una alegría, una especie de gratitud que sobrepasaba los esquemas” (Persona non grata, 1973). La idea del héroe, de la vanguardia, es la misma para el militante, el guerrillero o el poeta: “el poeta es un optimista, pero no un iluso. […] Paso a paso, poema a poema, riesgo a riesgo, ese poeta construye su optimismo” (Benedetti, Crítica cómplice, 1988).

Pero la alegría no sólo tiene por enemigo a la tristeza y la tradición del martirio sino, también, sus falsos sustitutos: Benedetti y Viglietti entendían la necesidad de “defender la alegría como destino / de las vacaciones y del agobio / de la obligación de estar alegres” (A dos voces, 1994). Pero es Eduardo Galeano quien más claramente sintetiza, en un relato de El libro de los abrazos (1989), el valor de la risa y la alegría y la desacralización del oro capitalista, el cadáver, la máscara vacía de la emoción. Con el título de “El vendedor de risas” anota su paso por la playa de Malibú, frente a la casa donde “vivía el hombre que abastecía de risas a Hollywood”. Este mercader de la alegría se había vuelto rico grabando y vendiendo risas de todo tipo y género para el cine y la televisión, “pero él era un hombre más bien melancólico, y tenía una mujer que de una mirada quitaba a cualquiera las ganas de reír”. Es la misma observación que Cardenal y Nicolás Guillén hacen de la sonriente Marilyn Monroe, suicidándose en un mundo perfecto. Al igual que Benedetti ve en 1959 en los negros de Estados Unidos “las tres clases de seres más vivos de este Norte / quiero decir los negros / las negras / los negritos” (Hasta aquí, 1974), Galeano anota la diferencia entre la risa artificial, hecha para el beneficio capitalista, y la risa espontánea, verdadera, producto de la alegría de lo vital del latino: “Ella y él se fueron de su casa de la playa de Malibú, y nunca más volvieron. Se fueron huyendo de los mexicanos que comen comida picante y tienen la maldita costumbre de reír a las carcajadas” (Libro d e los abrazos, 1989).

Se entiende que con la alegría ha nacido la rebelión y con ella nacerá la nueva sociedad en sus orígenes heroicos. La “palabra revolución”, dice Benedetti, no es sólo alude a un concepto abstracto de la historia, sino que se encuentra encarnada: “además tiene músculos y brazos y piernas y pulmones y corazón y ojos que esperan y confían”. Es el rostro de un pueblo que “sufre y aprende, que traga amargura y sin embargo propone una alegría tangible”. Este reconocimiento del escritor, la alegría, se produce “cuando el político o el intelectual ‘descienden’ al pueblo para transmitirle su ‘fórmula infalible’, entonces sí la vanidad puede significar un seguro de incomunicación que a algunos escritores les resulta por cierto muy confortable, quizás porque no tienen nada que comunicar”.

Todavía a fines de los ’70, con las renovadas esperanzas revolucionarias provenientes de la Revolución sandinista, Benedetti insistía con el valor de la alegría: “después vino el futuro y vendrán otros / pero no volverá el pasado inmundo / nicaragua ha sido esta vez invadida / por su rotunda gana de ser pueblo”. Lo que significa, que “en algunas diáfanas temporadas”, la realidad se convierte en “alegría de un hombre / y de una suma de hombres” (Vientos del exilio, 1981). Junto con Viglietti identificó, otra vez, los dos elementos de la ecuación de la psicología militante: “defender la alegría como una trinchera”.

Pero el destino de la historia, la liberación del pueblo oprimido, debe frustrarse: “Canté como si supiera, / con el aire de mi pueblo / y al borde de la alegría / la muerte nos quitó el sueño” (A dos voces, 1994).

En los ’80 y ’90 la clausura política se convierte otra vez en clausura existencial. La posmodernidad impone un nihilismo hedonista que revive la risa de plástico de la cultura del consumo durante un par de décadas. Se promueve el deseo y se castiga el placer para que la ansiedad lubrique la gran maquinaria. Hasta que el humanismo moderno reaparece en el nuevo siglo, con su paso lento y casi siempre imperceptible desde el siglo XIV. Entonces, la alegría epicúrea vuelve a disputarle un espacio a los paraísos alucinógenos del consumismo suicida.

Jorge Majfud

Abril 2008

Memorias del subdesarrollo (II)

Memories of Underdevelopment

Image via Wikipedia

Mémoires du sous-développement (I et II) (French)

 

Una sociedad evidencia un alto grado de desarrollo por la forma en que sus miembros se conducen y relacionan entre sí; no por una simple inundación de capitales.

Memorias del subdesarrollo (II)

al gran Tomás Gutiérrez Alea

La historia de Uruguay y Argentina siempre ha padecido de cierto bipolarismo. De grandes crisis y depresiones autodestructivas se pasa a una euforia igualmente desmesurada. Pero esta montaña rusa del ánimo social rioplatense no se corresponde con una realidad más estable.

Entre una inundación de capitales y el verdadero desarrollo hay una distancia considerable. Contrariamente a los porcentajes de crecimiento económico, la cultura social rioplatense no ha avanzado. Normalmente se entiende que son los recursos económicos los que dan forma a esas relaciones pero es muy probable que en gran medida sea estrictamente lo contrario: una sociedad evidencia un alto grado de desarrollo debido a la forma en que sus miembros se conducen y relacionan entre sí (Ya dedicamos muchos otros ensayos a exponer las graves contradicciones de algunas sociedades desarrolladas que, como la antigua Atenas, como Estados Unidos, muestran un alto grado de civilidad y desarrollo fronteras adentro y salvaje arrogancia fronteras afuera.)

A pesar de ciertos progresos sociales en algunos países de la región, nuestras sociedades del boom económico latinoamericano todavía muestran ciudades exageradamente sucias y peligrosas, extremos de ostentosa riqueza y de miseria extrema, policías que todavía piden coimas o que nadie respeta, ciudadanos que rompen con cualquier norma comunitaria apenas pueden, apedreos impunes y por placer a autobuses, ingeniosas destrucciones del patrimonio público, barriadas cada vez más enrejadas, juventudes disueltas e idiotizadas por las paradójicas “redes sociales” (el diablo está en los nombres, en los ideoléxicos), personas honestas que se ofenden por cualquier crítica…

En Uruguay y Argentina nunca se respetaron a rajatabla las señales de tránsito, los carteles de PARE, pero al menos años atrás se respetaban los semáforos. Hoy los jóvenes se divierten cruzando con la luz roja. Es común ver las caras sonrientes de las muchachas que llaman la atención arriesgando sus vidas y la de los demás.

Esta es todavía la pura mentalidad del subdesarrollo que se intenta negar. No ha cedido; se ha potenciado con el remedo de un consumismo importado de cachivaches importados.

Obviamente algo está fallando en el feliz reino del “estamos mucho mejor” y no creo que sea un problema meramente político o ideológico.

Bastaría con citar el actual nivel de la educación básica, según algunos estándares internacionales. Si bien Uruguay se ha situado en el segundo lugar en América Latina en las pruebas PISA, perdiendo el primer puesto con Chile, la posición que ocupa en el último tercio entre los países participantes contradice el sitial de avanzada que ostentó durante casi un siglo hasta los años sesenta. Y como los resultados no conforman algunos optan por negar la validez de la evaluación internacional.

Tampoco deja de ser una confirmación el hecho de que los últimos gobiernos han aumentado el presupuesto de la educación y los resultados han empeorado. Obviamente la inversión económica es crucial, pero sigue fallando la organización del cambio, no sólo a nivel administrativo y estratégico sino a nivel de la cultura general: el modus operandi de la sociedad reflejado en cada individuo que prefiere actuar por reacción, sin objetivos claros, y no por creación. Así, cada medida de lucha contra una realidad desfavorable se convierte en intrascendentes protestas decoradas de discursos y repetidas pancartas, cuando no en una negación destructiva sin un objetivo alternativo claro que sea capaz de evaluar la responsabilidad propia. Falta autonomía, responsabilidad; sobran quejas, inmovilidad, temor a asumir los riesgos de no quedarse estancado en un mundo de permanentes cambios.

También la delincuencia ha rejuvenecido. Me refiero al carácter juvenil, adolescente y hasta infantil del crimen. Esto no es nada sorprendente. Trece años atrás, en medio de la otra euforia primermundista de una ideología opuesta, el neoliberalismo, alertábamos que la crisis por venir a finales de siglo era una bomba de tiempo, ya que una economía se puede recuperar en pocos años pero los efectos sociales perduran por generaciones. La abrumadora mayoría de los niños nacían y nacen en hogares en condiciones paupérrimas de salud y educación que no habían conocido los eternos campeones del mundo, el país más progresista de América Latina, el país de mayor igualdad social, de mayor nivel de vida, de las leyes más avanzadas del siglo XX.

Parte del problema es que, a nivel popular, la sociedad latinoamericana se ha quedado en una retórica congelada, hecha de retazos de viejos intelectuales europeos y norteamericanos, como en el siglo XIX, repitiendo como si fuesen novedosos descubrimientos listos para la salvación, y no ha sido capaz de elaborar un pensamiento propio. Salvo en casos excepcionales.

En Asia, particularmente en China, el desarrollo económico impulsado por el capitalismo comunista ha ido de la mano de un desarrollo de la educación formal, tan competitiva como en las olimpiadas donde los niños sacrifican su infancia en pos de la competencia y el éxito. (El desarrollo social todavía corre, de forma amenazante, muy por detrás.) Pese a las multimillonarias inversiones, China no ha tenido los mismos resultados en cuando a creatividad e innovación, aunque es de suponer que esto vendrá con el tiempo.

Siempre he pensado, desde un punto de vista marxista, que los grandes cambios culturales (supraestructura) se debían a los grandes cambios de la base económica y productiva. Muchos marxistas (ej. A. Gramsci, L. Althusser, etc.) remendaron esta dinámica décadas atrás. Pero el mundo supramoderno desafía esta visión tan clara en la historia. Ernesto Guevara, N. Chomsky, Paulo Freire, Eduardo Galeano y tantos otros tenían mucha fe en el camino inverso, en el estimulo moral, en la educación, en la concientização, etc.

Si bien hoy los cambios estructurales no son tan profundos como se los quiere presentar, lo cierto es que una sociedad posindustrial, informática, parece cambiar más fácilmente desde arriba hacia abajo, es decir, desde la cultura y la educación hacia el orden económico y productivo, que a la inversa. En casos la relativa independencia de los dos reinos (el cultural y el económico) no deja de ser notable.

Los gobiernos pueden hacer mucho (empezando por la educación formal) pero todo es muy poco al lado de lo que sería necesario para cambiar toda una cultura que adolece de dos problemas históricos: la autodestrucción y la autocomplacencia. El simple éxito económico no puede hacerlo. Podría lograrlo una profunda autocritica colectiva. Pero para eso se necesita un foco de críticos incisivos e innovadores, capaces de promover un pensamiento propio y no importado, una incisiva campaña de concientización no sólo sobre lo que “uno es”, sino sobre lo que “uno hace”. Algo parecido se logró en la lucha contra el tabaco y las poderosas tabacaleras. ¿Por qué no habría de lograrse en otros ámbitos tan simples como el respeto civil, la responsabilidad propia en el logro de soluciones personales y colectivas?

Claro, tal vez sea una tarea difícil cuando los jóvenes están tan ocupados en banalidades universalizadas por las “redes (anti)sociales” en nombre de la democracia y la liberación de los individuos.

No es que haya perdido mi fe en la futura democracia directa, en la independencia de los individuos en una sociedad hiperdesarrollada. Sólo que la realidad muestra que esa utopía está cada día más lejos, que las nuevas herramientas de liberación siguen siendo los juguetes que impiden madurar. Seguimos actuando como lobos y ovejas mientras nos creemos individuos liberados. Individuos virtuales de una sociedad virtual y con una liberación virtual, rodeados de nuevos capitales y viejos escombros.

Jorge Majfud

Diciembre 2010

Los caminos abiertos de América Latina

Galeano in 1984

Image via Wikipedia

La Republica (Uruguay)

Milenio (Mexico)

Los caminos abiertos de América Latina

El escritor y periodista del Corriere della Sera, Maurizio Chierici, en uno de sus libros sobre América Latina (La scommessa delle Americhe, 2006) se refiere a mi optimismo sobre el futuro del continente relacionado a un supuesto cambio de ánimo hacia la potencia del norte. Aunque quizás con un dejo de ironía (equivocadamente cree que soy “molto amato e premiato negli Stati Uniti”), cita algunas observaciones sobre la historia del continente que recuerdan la alternancia de amor y odio, admiración y desprecio según la percepción geopolítica de un imperio o del otro, el monarquismo español y la república norteamericana.

Pero éstos son sólo síntomas de una evolución histórica que va más allá de América Latina y que encuentra a este continente en una situación de inmejorable oportunidad, más allá de las crisis que vendrán. Sin caer en el anacronismo de asumir una “psicología de los pueblos”, independiente de sus condiciones históricas y materiales, creo que hay sobrados indicios —ya que no aún pruebas— de que las regiones culturales participan de un paradigma particular desde el cual ven el mundo y a sí mismos y actúan en consecuencia. No es el momento de ampliar aquí sobre esa “forma de pensar” de nuestro continente sino apenas recordar, en pocas líneas sintéticas, el marco histórico que también impone sus condiciones a cualquier libertad, individual o colectiva.

Entiendo que ese marco está definido por la progresiva e inevitable democracia directa, producto ideológico de la radicalización del humanismo y de la modernidad, causa y consecuencia del desarrollo de las tecnologías no militares de los últimos siglos. Toda forma de democracia es siempre relativa y progresiva; el adjetivo “directa” sugiere un imposible valor absoluto de la democracia, por lo cual sería preferible usar la definición de Democracia progresiva, a riesgo de arrastrar una especie de oximoron: una Democracia conservadora es una idea contradictoria. Pero este último es un problema menor. Dejémoslo como digresión o nota al pie.

La democracia progresiva no reemplazará las formas de la democracia representativa sino antes el significado y la práctica de la misma. Más que un problema político e ideológico es un problema cultural e histórico. Este es el punto que considero central y no los odios

y amores —a veces frívolos, a veces trágicos— entre América Latina y Estados Unidos, tal como se desprende de algunas lecturas como la que me atribuye el mismo Chierici. ¿Pero qué distingue el siglo XIX del siglo XXI, además de la progresión de la I?

Las independencias políticas del siglo XIX en Amétrica Latina no fueron tales sino, en gran medida, lo contrario: aunque necesarias e inevitables, aunque llenas de entusiasmo creativo de sus hombres de armas y letras, también sirvieron para consolidar un estado social conservador, por lo cual deberíamos llamarlas “revoluciones conservadoras” o “contrarrevoluciones del siglo XIX”. Los revolucionarios de entonces, casi todos intelectuales o militares, terminaron sus días traicionados, amargados o en el exilio. A mediados del siglo XIX la oligarquía rompió el molde y ya no surgieron militares revolucionarios sino perfectos reaccionarios. Los pueblos, que poco y nada participaron en este proyecto creador, permanecieron relegados de la dinámica de la historia, ingiriendo ideas novedosas que nunca pudieron digerir gracias a una prolongada dieta de obediencia y terror moral prescripta por los venerados señores feudales. Una de las mayores descolonizaciones de la historia se convirtió en intracolonización. Como siempre, la reacción tiene sus mejores estrategias asentadas en algún tipo de cambio. Pero el nuevo saco de fuerza no sólo se impuso por sus estructuras económicas de países meramente exportadores sino también por su ideología dependiente.

Ligados al centro mundial del industrialismo naciente quedaron las aristocracias rurales y portuarias y también los eternos discursos que acusaban a ese centro lejano de todo el mal del mundo. No reconocer la relación opresor/oprimido o beneficiario/explotado fue (y es) tan peligroso como hacer del imperialismo europeo-americano un tema único y fatal, al cual sólo queda oponer una resistencia de vidrios rotos que siempre sirve para legitimar la reacción. A veces esa “resistencia”, como en Ernesto Sábato, se convierte en una muletilla, en una abstracción sin salida, algo muy parecido a una mera reacción.

Ahora, si no podemos protagonizar una revolución creativa, mal sustituto es una revuelta conservadora —esa vieja válvula de escape del status quo— en nombre de la rebelión. No podemos renunciar al primer paso, la crítica y la protesta, pero tampoco detenernos ahí, satisfechos sin haber alcanzado el objetivo fundamental que es la creación colectiva, eso que José Martí reclamó en vano.

Por mi parte, insisto que un proyecto concreto a impulsar es la democracia progresiva, ese necesario estadio posterior a la democracia representativa, progresivamente reaccionaria. Esta nueva realidad, en América Latina irá reemplazando la independencia estructural e ideológica de las tradicionales clases dominantes, la obsesión por los líderes y caudillos y el desuso de su autocompasión. Inevitablemente replanteará el sitio desde el cual se relaciona con el resto del mundo.

Este cambio será (es) simultáneo con un proceso semejante a nivel mundial. La igualación de fuerzas nacionales y regionales, no tanto por la caída de unas sino por la emergencia de otras equivale a la progresiva derogación de las antiguas fronteras de clases, a una reformulación de la dinámica de los grupos sociales en la era digital. Y esta revolución sólo se puede materializar desde abajo. Desde arriba, desde los gobiernos, se puede acelerar este proceso delegando responsabilidades en la población, autocontroles de las gestiones públicas y promoviendo planes de integración y educación que apunten a la autonomía de la creatividad individual y colectiva que supere la cultura estandarizante y todavía vertical de la era industrial.

Si en el siglo XIX se produjo un cambio de forma más que una revolución social, el siglo XXI verá un cambio social, más que una revolución de las formas. Como subsisten las tradiciones parasitarias de las monarquías en sistemas sociales articulados por la democracia representativa, así subsistirán mañana los parlamentos en una sociedad progresivamente desobediente a esta rígida tradición. No por ser un lugar común dejaremos de repetirlo: en la educación está, ahora más que nunca, el factor más sensible para este cambio que prescribió el humanismo desde el siglo XIV. Esa educación dejará de estar fundamentalmente en el aula tradicional. El aula sólo será el punto de encuentro de estudiantes y especialistas pero ya no el pupitre uniformizador de la sociedad programada para obedecer todo lo que viene de arriba.

Sé que nuestro querido amigo Eduardo Galeano me disculpará por parafrasear en este artículo el título del libro de ensayos más reconocido en el continente. También sé que él, como muchos pero no como tantos, están deseosos de ver cicatrizar esas mismas venas para comenzar a andar.

Jorge Majfud

Noviembre 2007

Os caminhos abertos da América Latina

O escritor e jornalista do Corriere della Será, Maurizio Chierici, em um de seus livros sobre a América Latina (La scommessa delle Americhe, 2006), refere-se ao meu otimismo sobre o futuro do continente relacionado a uma suposta mudança de ânimo dirigida à potência do Norte. Porém, talvez com um toque de ironia (acredita, equivocadamente, que sou “molto amato e premiato negli Stati Uniti”), cita algumas observações sobre a história do continente que recordam a alternância de amor e ódio, admiração e desprezo, segundo a percepção geopolítica de um império ou de outro, o monarquismo espanhol e a república norte-americana.

Mas esses são apenas sintomas de uma evolução histórica que vai muito além da América Latina, e que encontram o continente em uma situação de insuperável oportunidade, para lá das crises que virão.

Sem cair no anacronismo de assumir uma “psicologia dos povos”, independentemente de suas condições históricas e materiais, creio que há indícios de sobra —já que não ainda provas— de que as regiões culturais participam de um paradigma particular, desde o qual vêem o mundo e a si próprios, e atuam em conseqüência. Não é o momento de se estender aqui sobre essa “forma de pensar” de nosso continente, mas apenas recordar, em poucas linhas sintéticas, o marco histórico que também impõe suas condições sobre qualquer liberdade, individual ou coletiva.

Entendo que esse marco está definido pela progressiva e inevitável democracia direta, produto ideológico da radicalização do humanismo e da modernidade, causa e conseqüência do desenvolvimento das tecnologias não militares dos últimos séculos. Toda forma de democracia é sempre relativa e progressiva; o adjetivo “direta” sugere um impossível valor absoluto da democracia, pelo que seria prefer��vel usar a definição de democracia progressiva, com o risco de arrastar uma espécie de oxímoro: uma democracia conservadora é uma idéia contraditória. Mas este último é um problema menor. Deixemo-lo como digressão ou nota de pé de página.

A democracia progressiva não substituirá as formas da democracia representativa, mas antes o significado e a prática da mesma. Mais que um problema político e ideológico é um problema cultural e histórico. Este é o ponto que considero central, e não os ódios e amores —às vezes frívolos, às vezes trágicos— entre a América Latina e os Estados Unidos, tal como se conclui de algumas leituras, e como a que me atribui o próprio Chierici.

Mas o que distingue o século XIX do século XXI, além do avanço do I?

As independências políticas do século XIX na América Latina assim não o foram, mas sim, em grande medida, o contrário: embora necessárias e inevitáveis, ainda que cheias de entusiasmo criativo de seus homens de armas e letras, também serviram para consolidar um estado social conservador, motivo pelo qual deveríamos chamá-las “revoluções conservadoras” ou “contra-revoluções do século XIX”.

Os revolucionários de então, quase todos intelectuais ou militares, terminaram seus dias traídos, amargurados ou no exílio. Em meados do século XIX, a oligarquia rompeu com o modelo, e já não surgiram militares revolucionários, mas perfeitos reacionários. Os povos, que pouco ou nada participaram desse projeto criador, permaneceram relegados da dinâmica da história, engolindo idéias inovadoras que nunca puderam digerir, graças a uma prolongada dieta de obediência e terror moral prescrita pelos venerados senhores feudais.

Uma das maiores descolonizações da história converteu-se em intracolonização. Como sempre, a reação tem suas melhores estratégias assentadas em algum tipo de transformação. Contudo, a nova camisa de força não somente se impôs às suas estruturas econômicas como países meramente exportadores, mas também por sua ideologia dependente. As aristocracias rurais e portuárias ficaram ligadas ao centro mundial do nascente industrialismo, assim como também os eternos discursos que acusavam esse eixo distante por todo o mal do mundo.

Não reconhecer a relação opressor/oprimido ou beneficiário/explorado foi (e é) tão perigoso como fazer do imperialismo europeu-americano um tema único e fatal, ao qual só resta opor uma resistência de vidraças quebradas, que sempre serve para legitimar a reação. Às vezes, essa “resistência”, como em Ernesto Sábato, converte-se em um estribilho, em uma abstração sem saída, algo muito parecido a uma mera reação.

Agora, se não podemos protagonizar uma revolução criativa, péssima substituta é uma revolta conservadora —esta velha válvula de escape do status quo— em nome da rebelião. Não podemos renunciar ao primeiro passo, à crítica e ao protesto, mas tampouco parar aí, satisfeitos sem haver alcançado o objetivo fundamental que é a criação coletiva, algo que José Martí reclamou em vão.

Por meu lado, insisto que um projeto concreto a ser impulsionado é a democracia progressiva, este necessário estágio posterior à democracia representativa, paulatinamente reacionária. Esta nova realidade, na América Latina, irá substituindo a independência estrutural e ideológica das tradicionais classes dominantes, a obsessão pelos líderes e caudilhos e o desuso de sua autocompaixão. Recolocará, inevitavelmente, o lugar desde o qual se relaciona com o resto do mundo. Tal mudança será simultânea com um processo semelhante em nível mundial.

A paridade de forças nacionais e regionais, não tanto pela queda de umas mas pela emergência de outras, equivale à progressiva derrogação das antigas fronteiras de classes, a uma reformulação da dinâmica dos grupos sociais na era digital. E esta revolução só pode se materializar a partir de baixo. Do alto, desde os governos, pode-se acelerar esse processo delegando responsabilidades à população, autocontrole da gestão pública, e promover projetos de integração e educação que apontem para a autonomia da criatividade individual e coletiva, que superem a cultura padronizada e ainda vertical da era industrial.

Se no século XIX produziu-se uma mudança de forma, mais que uma revolução social, o século XXI verá uma mudança social, mais que uma revolução das formas. Como subsistem as tradições parasitárias das monarquias em sistemas sociais articulados pela democracia representativa, assim subsistirão, amanhã, os parlamentos em uma sociedade progressivamente desobediente a essa rígida tradição. Nem por ser um lugar comum deixaremos de repeti-lo: na educação está, agora mais que nunca, o fator mais sensível para essa transformação que o humanismo prescreveu desde o século XIV. Essa educação deixará de estar fundamentalmente na aula tradicional. A classe somente será o ponto de encontro de estudantes e especialistas, e não mais le pupitre uniformizador da sociedade, programada para obedecer tudo o que vem de cima.

Sei que nosso querido amigo Eduardo Galeano me desculpará por parafrasear neste artigo o título do livro de ensaios mais reconhecido no continente. Também sei que ele, como muitos mas não como tantos, estão desejosos de ver cicatrizar essas mesmas veias para começar a andar.

Dr. Jorge Majfud

Novembro de 2007

Tradução do espanhol para o português de Omar L. de Barros Filho

Diez azotes contra humanismo

Onganía rezando

Image via Wikipedia

Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού (Greek)

Ten Lashes Against Humanism (English)

 

Diez azotes contra humanismo

Una tradición menor del pensamiento conservador es la definición del adversario dialéctico por su falta de moral y por sus deficiencias mentales. Como esto nunca llega a ser un argumento, se encubre el exabrupto con algún razonamiento fragmentado y repetido, propio del pensamiento posmoderno de la propaganda política. No es casualidad que en América Latina otros escritores repitieran la experiencia norteamericana con libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) o confeccionando listas sobre Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina. Lista que solía encabezar, con elegante indiferencia, el fénix Eduardo Galeano. Tantas veces lo mataron que se acostumbró a nacer.

Por regla general, las listas de los diez más estúpidos de Estados Unidos las suelen encabezar intelectuales. La razón de esta particularidad la dio hace tiempo un militar de la última dictadura argentina (1976-1983) que se quejaba ante las cámaras de televisión de las marchas de manifestantes por las calles de Buenos Aires: “no sospecho tanto de los trabajadores, porque éstos siempre están ocupados en trabajar; sospecho de los estudiantes, porque al tener demasiado tiempo libre lo dedican a pensar. Y usted sabe, señor periodista, que el exceso de pensamiento es peligroso”. Lo cual era consecuente con el anterior proyecto del general Onganía (1966-1970) de expulsar a todos los intelectuales para arreglar los problemas de la Argentina.

No hace mucho, Doug Hagin, a imagen y semejanza del famoso programa de televisión Dave’s Top Ten, confeccionó su propia lista de Las diez estúpidas ideas más estúpidas de los ideales izquierdistas (The top ten list of stupid leftist ideals). Si tratamos de desimplificar el problema quitándole la etiqueta política, veremos que cada acusación contra los llamados izquierdistas norteamericanos es, en realidad, ataques a varios de los principios humanistas:

10: Ambientalismo. Según el autor, los izquierdistas no se detienen en un punto razonable de conservación.

Claro que la definición de qué es razonable o no, depende de los intereses económicos del momento. Como todo conservador, se aferra a que la teoría del Calentamiento global es sólo una teoría, como la teoría de la evolución: no hay pruebas de que Dios no ha creado los esqueletos de dinosaurios y demás especies y las ha desparramado por ahí, sólo para despistar a los científicos y probar así su fe. La mentalidad conservadora, heroicamente inalterable, nunca pudo concebir que los mares pudiesen tener una conducta progresista, más allá de un nivel razonable.

9: Se necesita un pueblo para criar a un niño. El autor lo niega: el problema es que los izquierdistas siempre han pensado de forma colectiva. Como ellos no creen en el individualismo, confían que la educación de los niños deba ser hecha en sociedad.

En cambio, el pensamiento reaccionario confía más en las islas, en el autismo social, que en la sospechosa humanidad. Según este razonamiento de noble medieval, un hombre rico puede ser rico rodeado de miseria, un niño puede convertirse en un hombre moral y ascender al cielo sin contaminarse con el pecado de su sociedad. La sociedad, el vulgo, sólo sirve para que el hombre moral demuestre su compasión donando a los necesitados aquello que le sobra —y descontándolo de los impuestos.

8: Los niños son incapaces de soportar el estrés. Razón por la cual no pueden ser corregidos por los maestros con tinta roja o no pueden enfrentarse con las partes crueles de la historia.

El autor acierta al observar que ver lo desagradable en la infancia prepara a los niños para un mundo que no es placentero. No obstante, algunos compasivos conservadores exageran un poco al vestir a sus niños con uniformes militares y regalarles juguetes que, aunque sólo disparan luces láser, se parecen mucho a las armas de luces láser que disparan otra cosa a blancos (y negros) semejantes.

7: La competencia es mala. Para el autor, no: el que unos ganen significa que otros pierden, pero esta dinámica nos conduce a la grandeza.

No explica si existe aquí el “límite razonable” del que hablaba antes o si se está refiriendo a la odiada teoría de la evolución, que establece la sobrevivencia del más fuerte en el mundo salvaje. Tampoco aclara a qué grandeza se refiere, si a la del esclavo de una próspera plantación de algodón o al tamaño de la plantación. No tiene en cuenta, claro, ningún tipo sociedad solidaria liberada de la neurosis de la competencia.

6: La salud es un derecho civil. No para el autor: la salud es parte de la responsabilidad personal.

Este argumento es repetido por quienes niegan la necesidad de un sistema de salud universal y, al mismo tiempo, no proponen privatizar la policía y mucho menos el ejército. Nadie le paga a la policía después de llamar al 911, lo cual es razonable. Si un asaltante nos pega un tiro en la cabeza, no pagaremos nada por su captura, pero si somos pobres quedaremos en banca rota para que un equipo de médicos nos salve la vida. Somos individuos responsables sólo por lo segundo. Se deduce que, según esta lógica, un ladrón que roba una casa significa una enfermedad social, pero una peste es apenas el cúmulo de algunos individuos irresponsables que no afecta al resto. Nunca se tiene en cuenta que la solidaridad colectiva es una de las formas más altas de la responsabilidad individual.

5: La riqueza es mala. Según el autor, los izquierdistas quieren penalizar el éxito de los ricos con impuestos para dársela al gobierno federal para que gaste irresponsablemente ayudando a aquellos que no son tan exitosos.

Es decir, los trabajadores les deben el pan a los ricos. Ganarse el pan con el sudor de la frente es un castigo que administran aquellos exitosos que no necesitan trabajar. Por algo la belleza física ha estado históricamente asociada a los hábitos cambiantes pero siempre ociosos de la aristocracia. Por algo en el mundo feliz de Walt Disney no existen los trabajadores; la felicidad está enterrada en algún tesoro lleno de monedas de oro. Por la misma razón, es necesario no dilapidar los impuestos en educación y en salud. Los millonarios gastos de los ejércitos alrededor del mundo no se cuentan, porque son parte de la inversión que hacen los Estados responsablemente para mantener el éxito de los ricos y el sueño de gloria de los pobres.

4: Existe un racismo desenfrenado que sólo será resuelto con la tolerancia. No: los izquierdistas ven las relaciones raciales desde el prisma del pesimismo. Pero la raza no es importante para la mayoría de nosotros, excepto para ellos.

Es decir, como en la ficción del calentamiento global, si un conservador no piensa en algo o en alguien, algo o alguien no existen. De las Casas, Lincoln y Martin Luther King lucharon contra el racismo ignorándolo. Si los humanistas dejaran de pensar en el mundo, seríamos más felices porque no existiría el dolor ajeno ni los impiadosos ladrones que roban a los ricos compasivos.

3: Aborto. Para evitar la responsabilidad personal, los izquierdistas apoyan la idea de asesinar a un no nacido.

El asesinato en masa de los ya nacidos es también parte de la responsabilidad individual, según el pensamiento televisivo de derecha, aunque a veces se llama heroísmo y patriotismo. Sólo cuando beneficia nuestra isla. Si nos equivocamos suprimiendo un pueblo, evitamos la responsabilidad hablando del aborto. Un negocio moral doble de una doble moral.

2: Las armas son malas. Los izquierdistas odian las armas y odian a quienes se quieren defender. Los izquierdistas, en cambio, piensan que esta defensa debe ser hecha por el Estado. Una vez más no quieren asumir sus responsabilidades.

Es decir, los asaltantes, pandilleros menores, estudiantes que ametrallan en las escuelas secundarias, narcotraficantes y demás miembros del sindicato ejercen un derecho al defender sus propios intereses como individuos y como corporaciones. Nadie más que éstos desconfían del Estado y confían en su propia responsabilidad. Huelga recordar que los ejércitos, según este tipo de razonamiento, son parte principal de esa responsable defensa hecha por el irresponsable Estado.

1: Apaciguar el mal asegura la Paz. Los izquierdistas a lo largo de la historia han querido calmar a los nazis, a los dictadores y a los terroristas.

La sabiduría del articulista no alcanza a considerar que muchos izquierdistas han estado conscientemente a favor de la violencia, y como ejemplo bastaría con recordar a Ernesto Che Guevara. Aunque tal vez se trataba de la violencia del esclavo, no la violencia del amo. Es cierto, los conservadores no han calmado a los dictadores: por lo menos en América Latina, los han alimentado. Al fin y al cabo, también éstos han sido siempre miembros del Club de las Armas, y de paso eran sujetos de muy buenos negocios en nombre de la seguridad. Los nazis, dictadores y terroristas de todo tipo, con esa tendencia a la simplificación ideológica, también estarían de acuerdo con el último razonamiento de la lista: “los izquierdistas no comprenden que a veces la violencia es la única solución. El Mal existe y debe ser erradicado”. Y, finalmente: “We will kill it [the Evil], or it will kill us, it is that simple. Mataremos el Mal, o el Mal nos matará a nosotros; lo único más simple que esto es el pensamiento de izquierda”.

Palabra del Poder.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, febrero de 2007

Milenio (Maxico)

 

 


Dix fléaux contre l’Humanisme

Une tradition mineure de la pensée conservatrice revient à la définition de l’adversaire dialectique par son manque de morale et par ses insuffisances mentales. Comme ceci n’arrive jamais à être un argument, on cache la riposte avec un certain raisonnement fragmenté et répété, propre de la pensée postmoderne de la propagande politique. Ce n’est pas un hasard qu’en Amérique Latine, les autres auteurs répétaient l’expérience étasunienne avec des livres comme « Manual del perfecto idiota latinoamericano » (1996) (Manuel de l’idiot latino-américain parfait) ou en confectionnant des listes sur les dix stupides les plus stupides d’Amérique Latine. Liste à la tête de laquelle se trouve généralement, avec une élégante indifférence, le phoénix Eduardo Galeano. Ils l’ont tué tant de fois qu’il s’est habitué à renaître.

En règle générale, les listes des dix plus stupides des Etats-Unis on trouve en tête généralement des intellectuels. La raison de cette particularité fut donnée il y a quelques temps par un militaire de la dernière dictature argentine (1976-1983) qui se plaignait devant les cameras de télévision des marches de manifestants dans les rues de Buenos Aires : “je ne soupçonne pas tant les travailleurs, parce qu’ils sont toujours occupés à travailler ; je soupçonne les étudiants, parce qu’ayant trop de temps libre ils le consacrent à penser. Et vous savez, Monsieur le journaliste, que l’excès de pensée est dangereux”. Ce qui était conséquent avec le précédent projet du général Onganía (1966-1970) d’expulser tous les intellectuels pour stopper les problèmes de l’Argentine.

Il n’y a pas longtemps, Doug Hagin, à l’image et en copiant le célèbre programme de télévision « Dave’s Top Ten », a confectionné sa liste propre des dix idées les plus stupides des idéaux de gauche (The top ten list of stupid leftist idéals). Si nous essayons de dé-simplifier le problème en lui enlevant l’étiquette politique, nous verrons que chaque accusation contre la gauche étasunienne est, en réalité, une série d’attaques contre principes humanistes :

10 : Environement. Selon l’auteur, la gauche ne s’arrête pas à un point raisonnable de conservation.

Il est évident que la définition de ce qu’est raisonnable ou non, dépend des intérêts économiques du moment. Comme tout conservateur, il s’accroche à ce que la théorie du réchauffement global est seulement une théorie, comme la théorie de l’évolution : il n’y a pas de preuves que Dieu n’ait pas créé les squelettes de dinosaures et d’autres espèces et les ait pas dispersées par là, seulement pour dérouter les scientifiques et mettre à l’épreuve ainsi leur foi. La mentalité conservatrice, héroïquement invariable, n’a jamais pu concevoir que les mers puissent avoir leur « propre progression », au-delà d’un niveau raisonnable.

9 : On a besoin d’un peuple pour élever un enfant. L’auteur le nie : le problème est que la gauche a pensé toujours de manière collective. Comme ils ne croient pas dans l’individualisme, ils confient que l’éducation des enfants doit être faite en société.

En revanche, la pensée réactionnaire fait plus confiance dans « les îles », dans l’autisme social, que dans l’humanité suspecte. Selon ce raisonnement de noble médiéval, un homme riche peut être riche et entouré de misère, un enfant peut se transformer en un homme moral et monter au ciel sans être contaminé par le péché de sa société. La société, le peuple, sert seulement pour que l’homme moral démontre sa compassion en faisant don de ce dont il n’a pas besoin – et en le déduisant des impôts.

8 : Les enfants sont incapables de supporter l’effort. Raison pour laquelle ils ne peuvent pas être corrigés par les enseignants avec de l’encre rouge ou qu’ils ne peuvent pas faire face aux périodes cruelles de l’histoire.

L’auteur fait mouche en observant que voir ce qui est désagréable dans l’enfance prépare les enfants à un monde déplaisant. Cependant, quelques conservateurs miséricordieux exagèrent un peu en habillant leurs enfants avec des uniformes militaires et en leur donnant des jouets qui, bien qu’ils projettent seulement des lumières laser, ressemblent beaucoup aux armes à laser qui tirent autre choses à des blancs (et noirs).

7 : La concurrence est mauvaise. Pour l’auteur, non : le fait que les uns gagnent signifie que d’autres perdent, mais cette dynamique nous conduit à la grandeur.

Il n’explique pas s’il existe ici la “limite raisonnable” dont il parlait avant ou s’il se réfère à la théorie haïe de l’évolution, qui établit la survie du plus fort dans un monde sauvage. Il ne clarifie pas non plus à quelle grandeur il se réfère, si c’est à celle de l’esclave d’une prospère plantation de coton ou à la taille de la plantation. Il ne tient pas compte, clairement, d’aucune société type solidaire libérée de la névrose de la concurrence.

6 : La santé est un droit civil. Cela n’arrête pas l’auteur : la santé fait partie de la responsabilité personnelle.

Cet argument est répété par ceux qui nient la nécessité d’un système de santé universelle et, en même temps, ne proposent pas de privatiser la police et encore moins l’armée. Personne ne paye la police après avoir appelé le 911, ce qui est raisonnable. Si un assaillant nous colle une balle dans la tête, nous ne payerons rien pour sa capture, mais si nous sommes pauvres nous resterons en faillite pour qu’une équipe de médecins nous sauve la vie. Nous sommes des individus responsables seulement pour la seconde chose. On déduit que, selon cette logique, un voleur qui vole une maison traduit une maladie sociale, mais une telle peste est à peine l’accumulation de quelques individus irresponsables qui n’affectent pas le reste. On ne prend jamais en considération que la solidarité collective est une des plus hautes manières de la responsabilité individuelle.

5 : La richesse est mauvaise. Selon l’auteur, la gauche veut pénaliser le succès des riches avec des impôts pour les donner au gouvernement fédéral pour qu’il dépense de façon irresponsable en aidant ceux qui n’ont pas tellement réussis.

C’est-à-dire, les travailleurs doivent le pain aux riches. Gagner son pain avec la sueur de son front est une punition que distribuent ceux qui ont réussi qui n’ont pas besoin de travailler. C’est pour quelque chose que la beauté physique a été historiquement associée aux habitudes changeantes mais toujours superflues de l’aristocratie. C’est pour quelque chose que dans le monde heureux de Walt Disney il n’existe pas de travailleurs ; le bonheur est enterré dans un certain trésor plein de pièces d’or. Pour la même raison, il est nécessaire de ne pas dilapider les impôts en éducation et en santé. Les dépenses en millions des armées autour du monde ne comptent pas, parce qu’elles font partie de l’investissement que font les États responsables pour maintenir la réussite des riches et le rêve de gloire des pauvres.

4 : Il existe un racisme effréné qui sera seulement résolu par la tolérance. Non : la gauche voit les relations ethniques depuis le prisme du pessimisme. Mais la race n’est pas importante pour la majorité de d’entre nous, excepté pour eux.

C’est-à-dire, comme dans la fiction du réchauffement global, si un conservateur ne pense pas à quelque chose ou à quelqu’un, quelque chose ou quelqu’un n’existe pas. De las Casas, Lincoln et Martin Luther King ont combattu le racisme en l’ignorant. Si les humanistes cessaient de penser le monde, nous serions plus heureux parce que n’existerait pas la douleur étrangère, ni les voleurs impies qui volent les riches miséricordieux.

3 : Avortement. Pour éviter la responsabilité personnelle, la gauche soutient l’idée d’assassiner un non né.

Le meurtre en masse des déjà nés fait aussi partie de la responsabilité individuelle, selon la pensée télévisuelle de droite, qu’on appelle parfois héroïsme et patriotisme. Seulement quand elles profitera notre île. Si nous nous trompons en supprimant un peuple, nous évitons la responsabilité en parlant de l’avortement. Une affaire morale double, d’une double morale.

2 : Les armes sont mauvaises. La gauche haïe les armes et haïe qui veut se défendre. La gauche, en revanche, pensent que cette défense doit être faite par l’État. Une fois de plus elle ne veut pas assumer ses responsabilités.

C’est-à-dire, les braqueurs, mineurs délinquants, étudiants qui mitraillent dans les écoles secondaires, narcotrafiquants et autres membres du syndicat exercent un droit en défendant leurs intérêts propres comme individus et comme corporations. Personne plus que ceux-ci c’est en méfient de l’État et confient sa responsabilité propre. On doit s’en rappeler que les armées, selon ce type de raisonnement, font partie principale de cette défense responsable faite par l’État irresponsable.

1 : Calmer le mal assure La Paz. La gauche au fil de l’histoire a voulu calmer les nazis, les dictateurs et les terroristes.

La sagesse du chroniqueur ne parvient pas à considérer que beaucoup d’homme de gauche ont été consciemment pour la violence, et comme exemple, il suffirait de mentionner Ernesto Che Guevara. Bien qu’il s’agisse peut-être de la violence de l’esclave, non la violence du maître. Il est certain, les conservateurs n’ont pas calmé les dictateurs : au moins en Amérique latine, ils les ont nourris. À la fin et à l’extrémité, ceux-ci ont aussi toujours été membres du Club des Armées, et du coup faisaient de très bonnes affaires au nom de la sécurité. Les nazis, dictateurs et terroristes de tout type, avec cette tendance à la simplification idéologique, sont aussi d’accord avec le dernier raisonnement de la liste : “les gens de gauche ne comprennent pas que parfois la violence est la seule solution. Le Mal existe et doit être déraciné”. Et, finalement : “We will kill it (the Evil), or it will kill us, it is that simple. Nous tuerons le Mal, ou le Mal nous tuera ; Rien de plus simple que ceci est la pensée de gauche”.

Mot du Pouvoir.

Por Jorge Majfud, février 2007

* Professeur à l’ Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol pour Estelle et Carlos Debiasi.

Ten Lashes Against Humanism

A minor tradition in conservative thought is the definition of the dialectical adversary as mentally deficient and lacking in morality. As this never constitutes an argument, the outburst is covered up with some fragmented and repetitious reasoning, proper to the postmodern thought of political propaganda. It is no accident that in Latin America other writers repeat the US experience, with books like Manual del perfecto idiota latinoamericano (Manual for the Perfect Latin American Idiot, 1996) or making up lists about Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina (The Top Ten Stupid People in Latin America). A list that is usually headed up, with elegant indifference, by our friend, the phoenix Eduardo Galeano. They have killed him off so many times he has grown accustomed to being reborn.

As a general rule, the lists of the ten stupidest people in the United States tend to be headed up by intellectuals. The reason for this particularity was offered some time ago by a military officer of the last Argentine dictatorship (1976-1983) who complained to the television cameras about the protesters marching through the streets of Buenos Aires: “I am not so suspicious of the workers, because they are always busy with work; I am suspicious of the students because with too much free time they spend it thinking. And you know, Mr. Journalist, that too much thinking is dangerous.” Which was consistent with the previous project of General Ongaría (1966-1970) of expelling all the intellectuals in order to fix Argentina’s problems.

Not long ago, Doug Hagin, in the image of the famous television program Dave’s Top Ten, concocted his own list of The Top Ten List of Stupid Leftist Ideals. If we attempt to de-simplify the problem by removing the political label, we will see that each accusation against the so-called US leftists is, in reality, an assault on various humanist principles.

10: Environmentalism. According to the author, leftists do not stop at a reasonable point of conservation.

Obviously the definition of what is reasonable or not, depends on the economic interests of the moment. Like any conservative, he holds fast to the idea that the theory of Global Warming is only a theory, like the theory of evolution: there are no proofs that God did not create the skeletons of dinosaurs and other species and strew them about, simply in order to confuse the scientists and thereby test their faith. The conservative mentality, heroically inalterable, could never imagine that the oceans might behave progressively, beyond a reasonable level.

9: It takes a village to raise a child. The author denies it: the problem is that leftists have always thought collectively. Since they don’t believe in individualism they trust that children’s education must be carried out in society.

In contrast, reactionary thought trusts more in islands, in social autism, than in suspect humanity. According to this reasoning of a medieval aristocrat, a rich man can be rich surrounded by misery, a child can become a moral man and ascend to heaven without contaminating himself with the sin of his society. Society, the masses, only serves to allow the moral man to demonstrate his compassion by donating to the needy what he has left over – and discounting it from his taxes.

8: Children are incapable of handling stress. For which reason they cannot be corrected by their teachers with red ink or cannot confront the cruel parts of history.

The author is correct in observing that seeing what is disagreeable as an infant prepares children for a world that is not pleasant. Nonetheless, some compassionate conservatives exaggerate a little by dressing their children in military uniforms and giving them toys that, even though they only shoot laser lights, look very much like weapons with laser lights that fire something else at similar targets (and at black people).

7: Competition is bad. For the author, no: the fact that some win means that others lose, but this dynamic leads us to greatness.

He does not explain whether there exists here the “reasonable limit” of which he spoke before or whether he is referring to the hated theory of evolution which establishes the survival of the strongest in the savage world. Nor does he clarify to which greatness he refers, whether it is that of the slave on the prosperous cotton plantation or the size of the plantation. He does not take into account, of course, any kind of society based on solidarity and liberated from the neurosis of competition.

6: Health is a civil right. Not for the author: health is part of personal responsibility.

This argument is repeated by those who deny the need for a universal health system and, at the same time, do not propose privatizing the police, and much less the army. Nobody pays the police after calling 911, which is reasonable. If an attacker shoots us in the head, we will not pay anything for his capture, but if we are poor we will end up in bankruptcy so that a team of doctors can save our life. One deduces that, according to this logic, a thief who robs a house represents a social illness, but an epidemic is nothing more than a bunch of irresponsible individuals who do not affect the rest of society. What is never taken into account is that collective solidarity is one of the highest forms of individual responsibility.

5: Wealth is bad. According to the author, leftists want to penalize the success of the wealthy with taxes in order to give their wealth to the federal government so that it can be spent irresponsibly helping out those who are not so successful.

That is to say, workers owe their daily bread to the rich. Earning a living with the sweat of one’s brow is a punishment handed down by those successful people who have no need to work. There is a reason why physical beauty has been historically associated with the changing but always leisurely habits of the aristocracy. There is a reason why in the happy world of Walt Disney there are no workers; happiness is buried in some treasure filled with gold coins. For the same reason, it is necessary to not squander tax monies on education and on health. The millions spent on armies around the world are not a concern, because they are part of the investment that States responsibly make in order to maintain the success of the wealthy and the dream of glory for the poor.

4: There is an unbridled racism that will only be resolved with tolerance. No: leftists see race relations through the prism of pessimism. But race is not important for most of us, just for them.

That is to say, like in the fiction of global warming, if a conservative does not think about something or someone, that something or someone does not exist. De las Casas, Lincoln and Martin Luther King fought against racism ignorantly. If the humanists would stop thinking about the world, we would be happier because others’ suffering would not exist, and there would be no heartless thieves who steal from the compassionate rich.

3: Abortion. In order to avoid personal responsibility, leftists support the idea of murdering the unborn.

The mass murder of the already born is also part of individual responsibility, according to televised right-wing thought, even though sometimes it is called heroism and patriotism. Only when it benefits our island. If we make a mistake when suppressing a people we avoid responsibility by talking about abortion. A double moral transaction based on a double standard morality.

2: Guns are bad. Leftists hate guns and hate those who want to defend themselves. Leftists, in contrast, think that this defense should be done by the State. Once again they do not want to take responsibility for themselves.

That is to say, attackers, underage gang members, students who shoot up high schools, drug traffickers and other members of the syndicate exercise their right to defend their own interests as individuals and as corporations. Nobody distrusts the State and trusts in their own responsibility more than they do. It goes without saying that armies, according to this kind of reasoning, are the main part of that responsible defense carried out by the irresponsible State.

1: Placating evil ensures Peace. Leftists throughout history have wanted to appease the Nazis, dictators and terrorists.

The wisdom of the author does not extend to considering that many leftists have been consciously in favor of violence, and as an example it would be sufficient to remember Ernesto Che Guevara. Even though it might represent the violence of the slave, not the violence of the master. It is true, conservatives have not appeased dictators: at least in Latin America, they have nurtured them. In the end, the latter also have always been members of the Gun Club, and in fact were subject to very good deals in the name of security. Nazis, dictators and terrorists of every kind, with that tendency toward ideological simplification, would also agree with the final bit of reasoning on the list: “leftists do not undertand that sometimes violence is the only solution. Evil exists and should be erradicated.” And, finally: “We will kill it [the Evil], or it will kill us, it is that simple. We will kill Evil, or Evil will kill us; the only thing simpler than this is left-wing thought.”

Word of Power.

© Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the “Southern Voices” project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού

του ΧΟΡΧΕ ΜΑΧΦΟΥΝΤ*

Τεύχος Νο 30

Αρχική Δημοσίευση: MRZine, 6 Μαρτίου 2007

Μετάφραση: Νίκος Παπαπολύζος

Μια δευτερεύουσα παράδοση στη συντηρητική σκέψη είναι ο ορισμός του διαλεκτικού αντιπάλου ως πνευματικά ανεπαρκούς και ηθικά επιλήψιμου. Καθώς αυτό ποτέ δεν συγκροτεί επιχείρημα, το ξέσπασμα συγκαλύπτεται από κάποια ανακόλουθη και ταυτολογική συλλογιστική, ίδιον της μεταμοντέρνας σκέψης στην πολιτική προπαγάνδα. Δεν είναι τυχαίο που στη Λατινική Αμερική άλλοι συγγραφείς αναπαράγουν το παράδειγμα των ΗΠΑ με βιβλία όπως το Manual del perfecto idiota latinoamericano [Εγχειρίδιο για τον τέλειο Λατινοαμερικανό ηλίθιο] (1996) ή καταρτίζοντας λίστες σχετικά με τους «Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina » [Οι δέκα πιο βλάκες από τους βλάκες της Λατινικής Αμερικής]. Λίστες που συνήθως έχουν στην κορυφή τον φίλο μας, τον φοίνικα Εντουάρδο Γκαλεάνο, ο οποίος απαντά με αβρή αδιαφορία· τον έχουν σκοτώσει τόσες πολλές φορές που έχει συνηθίσει να ξαναγεννιέται.

Κατά κανόνα, οι λίστες των δέκα βλακωδέστερων ανθρώπων στις Ηνωμένες Πολιτείες τείνουν να φιλοξενούν στην κορυφή διανοούμενους. Η εξήγηση για αυτή την ιδιοτυπία δόθηκε κάμποσο καιρό πριν από έναν αξιωματικό του στρατού της τελευταίας αργεντινής δικτατορίας (1976–1983), ο οποίος παραπονέθηκε στις τηλεοπτικές κάμερες για τους διαδηλωτές που έκαναν πορεία στους δρόμους του Μπουένος Άιρες: «Δεν υποπτεύομαι τους εργαζόμενους, γιατί είναι πάντα απασχολημένοι με τη δουλειά τους. Υποπτεύομαι τους φοιτητές γιατί, έχοντας τόσο πολύ ελεύθερο χρόνο, τον καταναλώνουν στη σκέψη. Και όπως γνωρίζετε, κε δημοσιογράφε, η υπερβολική σκέψη είναι επικίνδυνη». Κάτι που ήταν συνεπές προς το προηγούμενο εγχείρημα του στρατηγού Ονγκανία[1] (1966–1970): την εκδίωξη όλων των διανοουμένων ώστε να λυθούν τα προβλήματα της Αργεντινής.

Σχετικά πρόσφατα, ο Νταγκ Χάγκιν, στο διάσημο τηλεοπτικό πρόγραμμα Dave’s Top Ten, παρασκεύασε τη δική του λίστα των Δέκα Πιο Βλακωδών Αριστερών Ιδεωδών. Αν προσπαθήσουμε να δούμε το πρόβλημα χωρίς την απλούστευση που προσφέρει η πολιτική ετικέτα, θα αντιληφθούμε ότι κάθε κατηγορία ενάντια στους λεγόμενους αριστερούς των ΗΠΑ στην πραγματικότητα αποτελεί επίθεση σε διάφορες ανθρωπιστικές αρχές.

10. Περιβαλλοντισμός.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί δεν σταματούν σε ένα λογικό επίπεδο προστασίας του περιβάλλοντος.

Προφανώς ο ορισμός του τι είναι ή δεν είναι λογικό εξαρτάται από τα οικονομικά συμφέροντα της στιγμής. Όπως κάθε συντηρητικός, ασπάζεται την ιδέα ότι η θεωρία της παγκόσμιας υπερθέρμανσης είναι μόνο μια θεωρία, όπως η θεωρία της εξέλιξης: δεν υπάρχουν αποδείξεις ότι ο Θεός δεν δημιούργησε τους σκελετούς των δεινοσαύρων και των άλλων ειδών και μετά τους σκόρπισε τριγύρω, απλά για να συγχύσει τους επιστήμονες και να δοκιμάσει την πίστη τους. Η συντηρητική νοοτροπία, ηρωικά αμετακίνητη, αδυνατεί να φανταστεί ότι οι ωκεανοί μπορεί να υπόκεινται στην εξέλιξη, πέρα από ένα λογικό επίπεδο.

9. Για να μεγαλώσεις ένα παιδί χρειάζεσαι μια κοινότητα.

Ο συγγραφέας το αρνείται: το πρόβλημα είναι ότι οι αριστεροί πάντοτε σκέφτονταν συλλογικά. Εφόσον δεν πιστεύουν στον ατομικισμό, θεωρούν ότι η εκπαίδευση των παιδιών πρέπει να λαμβάνει χώρα μέσα στην κοινωνία.

Αντιθέτως, η αντιδραστική σκέψη πιστεύει περισσότερο στη μονάδα, στον κοινωνικό αυτισμό, παρά στον ύποπτο ανθρωπισμό. Κατά το σκεπτικό μεσαιωνικού αριστοκράτη, ένας πλούσιος άνθρωπος μπορεί να είναι πλούσιος εν μέσω εξαθλίωσης, ένα παιδί μπορεί να γίνει ηθικός άνθρωπος και να εισέλθει στον παράδεισο χωρίς να μολυνθεί από τις αμαρτίες της κοινωνίας. Η κοινωνία, οι μάζες, χρησιμεύουν μόνο για να επιτρέψουν στον ηθικό άνθρωπο να επιδείξει τη συμπόνια του δωρίζοντας στους έχοντες ανάγκη αυτά που του περίσσεψαν – αφαιρώντας τα από τους φόρους του.

8. Τα παιδιά δεν μπορούν να χειριστούν το στρες. Εξού και δεν πρέπει να τα διορθώνουν οι δάσκαλοι με κόκκινο μελάνι, ή δεν πρέπει να έρχονται αντιμέτωπα με τις ωμότητες της ιστορίας.

Ο συγγραφέας σωστά παρατηρεί ότι το να δουν κάτι δυσάρεστο ως νήπια προετοιμάζει τα παιδιά για ένα κόσμο που δεν είναι ευχάριστος. Παρ’ όλα αυτά, κάποιοι συμπονετικοί συντηρητικοί υπερβάλλουν λίγο όταν ντύνουν τα παιδιά τους με στρατιωτικές στολές και τους δίνουν παιχνίδια που, αν και ρίχνουν μόνο ακτίνες λέιζερ, μοιάζουν πάρα πολύ με όπλα ακτίνων λέιζερ που ρίχνουν άλλου είδους βλήματα σε παρόμοιους στόχους (και σε μαύρους ανθρώπους).

7. Ο ανταγωνισμός είναι κακός.

Για τον συγγραφέα, όχι: το γεγονός ότι κάποιοι κερδίζουν σημαίνει ότι άλλοι χάνουν, όμως αυτή η δυναμική μάς οδηγεί στη μεγαλοσύνη.

Δεν εξηγεί κατά πόσο υφίσταται εδώ το «λογικό όριο» για το οποίο μίλησε πριν, ή κατά πόσο αναφέρεται στη μισητή ιστορία της εξέλιξης, που θέλει τον ισχυρότερο να επιβιώνει στον πρωτόγονο κόσμο. Ούτε και ξεκαθαρίζει σε ποια μεγαλοσύνη αναφέρεται – σε αυτή του σκλάβου στην ευημερούσα βαμβακοφυτεία ή στο μέγεθος της φυτείας; Δεν λαμβάνει υπόψη, φυσικά, κανένα είδος κοινωνίας που να βασίζεται στην αλληλεγγύη, να έχει απελευθερωθεί από τη νεύρωση του ανταγωνισμού.

6. Η υγεία είναι δικαίωμα του πολίτη.

Όχι για τον συγγραφέα: η υγεία αποτελεί προσωπική ευθύνη.

Σε αυτό το επιχείρημα αρέσκονται όσοι αρνούνται την ανάγκη για καθολικό σύστημα υγείας, αλλά την ίδια στιγμή δεν προτείνουν ιδιωτικοποίηση της αστυνομίας και ακόμη περισσότερο του στρατού. Κανείς δεν πληρώνει την αστυνομία μόλις καλέσει το 100, κάτι που είναι λογικό. Αν κάποιος μας επιτεθεί και μας πυροβολήσει στο κεφάλι, δεν θα πληρώσουμε τίποτα για τη σύλληψή του, όμως αν είμαστε φτωχοί, και θέλουμε οι γιατροί να μας σώσουν τη ζωή, θα καταλήξουμε χρεοκοπημένοι. Συμπεραίνει κανείς ότι, σύμφωνα με αυτή τη λογική, ένας κλέφτης που ληστεύει ένα σπίτι αντιπροσωπεύει μια κοινωνική ασθένεια, αλλά μια επιδημία δεν είναι τίποτα περισσότερο από ένα μάτσο ανεύθυνα άτομα που δεν επηρεάζουν την υπόλοιπη κοινωνία. Ποτέ βεβαίως δεν λαμβάνεται υπόψη ότι η συλλογική αλληλεγγύη είναι μια από τις υψηλότερες μορφές ατομικής ευθύνης.

5. Ο πλούτος είναι βδέλυγμα.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί θέλουν να ποινικοποιήσουν την επιτυχία των πλουσίων και να τους επιβάλουν φόρους, ούτως ώστε να δώσουν τον πλούτο τους στην ομοσπονδιακή κυβέρνηση για να τον χρησιμοποιήσει ανεύθυνα, βοηθώντας αυτούς που δεν είναι τόσο επιτυχημένοι.

Με άλλα λόγια, οι εργαζόμενοι οφείλουν το καθημερινό ψωμί τους στους πλούσιους. Το να κερδίζεις τα προς το ζην με τον ιδρώτα του προσώπου σου είναι η τιμωρία σου από αυτούς τους επιτυχημένους ανθρώπους που δεν έχουν ανάγκη να εργαστούν. Υπάρχει λόγος που η σωματική ομορφιά έχει ιστορικά συσχετιστεί με τις μεταβαλλόμενες, αλλά πάντοτε νωχελικές, συνήθειες της αριστοκρατίας. Υπάρχει λόγος που στον ευτυχισμένο κόσμο του Ουώλτ Ντίσνεϋ δεν υπάρχουν εργαζόμενοι. Η ευτυχία είναι κρυμμένη σε κάποιο σεντούκι με χρυσά νομίσματα. Για τον ίδιο λόγο, είναι αναγκαίο να μην χαραμίζονται λεφτά από φόρους στην εκπαίδευση και την υγεία. Τα εκατομμύρια που ξοδεύονται σε στρατούς ανά τον κόσμο δεν μας προβληματίζουν επειδή αποτελούν μέρος των επενδύσεων που τα κράτη κάνουν με υπευθυνότητα, για να διατηρήσουν την επιτυχία των πλουσίων και το όνειρο των φτωχών για δόξα.

4. Υπάρχει αχαλίνωτος ρατσισμός που θα διορθωθεί μόνο με την ανεκτικότητα.

Όχι: οι αριστεροί βλέπουν τις φυλετικές σχέσεις μέσα από το πρίσμα του πεσιμισμού. Όμως το θέμα της φυλής δεν απασχολεί τους περισσότερους από εμάς, απασχολεί μόνον εκείνους.

Σαν να λέμε δηλαδή, όπως με το εφεύρημα της παγκόσμιας υπερθέρμανσης, ότι αν ένας συντηρητικός δεν έχει στο μυαλό του κάτι ή κάποιον, αυτό το κάτι ή ο κάποιος δεν υπάρχουν. Οι Δε Λας Κάσας, Λίνκολν και Μάρτιν Λούθερ Κινγκ πολέμησαν ενάντια στο ρατσισμό γιατί ήταν αδαείς. Αν οι ανθρωπιστές σταματούσαν να σκέφτονται τον κόσμο θα ήμασταν ευτυχέστεροι, επειδή ο πόνος των άλλων δεν θα υπήρχε, ούτε θα υπήρχαν άκαρδοι ληστές που κλέβουν από τους συμπονετικούς πλούσιους.

3. Έκτρωση.

Για να αποφύγουν την προσωπική ευθύνη, οι αριστεροί υποστηρίζουν την ιδέα της φόνευσης του αγέννητου.

Ο μαζικός φόνος των ήδη γεννημένων αποτελεί επίσης μέρος της ατομικής ευθύνης, σύμφωνα με την τηλεοπτικά μεταδιδόμενη δεξιά σκέψη, αν και κάποιες φορές αποκαλείται ηρωισμός και πατριωτισμός. Μόνο όταν ωφελεί το σπίτι μας. Αν κάνουμε λάθος που καταπιέζουμε ένα λαό, αποφεύγουμε την ευθύνη μιλώντας για την έκτρωση. Ένα διπλό ηθικό παζάρι, βασισμένο σε ηθική δύο μέτρων και δύο σταθμών.

2. Τα όπλα είναι φαύλα.

Οι αριστεροί μισούν τα όπλα και μισούν όσους θέλουν να αυτοπροστατευθούν. Σε αντίθεση, οι αριστεροί πιστεύουν ότι αυτή την προστασία θα έπρεπε να την παρέχει το κράτος. Και πάλι, δεν θέλουν να αναλάβουν ευθύνη για τον εαυτό τους.

Σαν να λέμε, οι βιαιοπραγούντες, οι ανήλικοι συμμορίτες, οι μαθητές που πυροβολούν στα λύκεια, οι έμποροι ναρκωτικών και οι λοιποί γκάγκστερ ασκούν το δικαίωμά τους να υπερασπίζονται το συμφέρον τους, το ατομικό και επιχειρηματικό. Κανείς άλλωστε δεν αμφισβητεί το κράτος και δεν πιστεύει στη δική του ευθύνη περισσότερο από αυτούς. Εξυπακούεται λοιπόν ότι οι στρατοί, σύμφωνα με το παραπάνω σκεπτικό, αποτελούν το βασικό στοιχείο της υπεύθυνης άμυνας που διεξάγεται από το ανεύθυνο κράτος.

1. Ο κατευνασμός του κακού εξα σφαλίζει την ειρήνη.

Οι αριστεροί πάντοτε θέλησαν να κατευνάσουν τους Ναζί, τους δικτάτορες και τους τρομοκράτες.

Η σοφία του συγγραφέα δεν φτάνει στο σημείο να λάβει υπόψη ότι πολλοί αριστεροί ήταν συνειδητά υπέρ της βίας, και ως παράδειγμα θα αρκούσε να θυμηθούμε τον Ερνέστο Τσε Γκεβάρα – μολονότι αντιπροσωπεύει τη βία του σκλάβου μάλλον, παρά του αφέντη. Είναι αλήθεια, οι συντηρητικοί δεν έχουν κατευνάσει δικτάτορες: στη Λατινική Αμερική τουλάχιστον, τους εξέθρεψαν. Στην τελική, οι δικτάτορες υπήρξαν πάντοτε φίλοι των όπλων και μάλιστα έκλειναν πολύ καλές συμφωνίες στο όνομα της ασφάλειας. Οι Ναζί, οι δικτάτορες και οι τρομοκράτες κάθε είδους, έτσι όπως ρέπουν προς την ιδεολογική υπεραπλούστευση, θα συμφωνούσαν επίσης με το τελευταίο κομμάτι στη συλλογιστική της λίστας: «Οι αριστεροί δεν καταλαβαίνουν ότι κάποιες φορές η βία είναι η μόνη λύση. Το Κακό υπάρχει και πρέπει να εξαρθρωθεί». Και, τέλος: «Θα το σκοτώσουμε [το Κακό], ή αυτό θα σκοτώσει εμάς, είναι τόσο απλό. Θα σκοτώσουμε το Κακό, ή το Κακό θα σκοτώσει εμάς. Το μόνο πράγμα που είναι πιο απλουστευτικό από αυτό είναι η αριστερή σκέψη».

Άμπρα κατάμπρα!

[1] Στις 29 Ιουλίου 1966, κατόπιν διαταγών του δικτάτορα μόλις από την προηγουμένη Juan Carlos Onganía, η αστυνομία εισέβαλε στο Πανεπιστήμιο του Μπουένος Άιρες, ξυλοκόπησε και συνέλαβε τους ενάντιους στη δικτατορία φοιτητές και καθηγητές, και κατέστρεψε εργαστήρια και βιβλιοθήκες. Η πανεπιστημιακή αυτονομία καταλύθηκε και πάρα πολλοί καθηγητές απολύθηκαν ή αυτοεξορίστηκαν. Το περιστατικό είναι γνωστό ως «νύχτα των κλομπ» (La Noche de los Bastones Largos). (Σ.τ.Ε.)

The Slow Suicide of the West

The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  Virtues like tolerance and self-criticism have never been a weakness, as some now pretend, but quite the opposite: it was because of themthat progress, both ethical and material, were possible.  Both the greatest hope and the greatest danger for the West can be found in its own heart.  Those of us who hold neither “Rage” nor “Pride” for any race or culture feel nostalgia for times gone by, times that were never especially good, but were not so bad either.

Currently, some celebrities from back in the 20th century, demonstrating an irreversible decline into senility, have taken to propagating the famous ideology of the “clash of civilizations” – which was already plenty vulgar all by itself – basing their reasoning on their own conclusions, in the best style of classical theology.  Such is the a priori and 19th century assertion that “Western culture is superior to all others.”  And, if that were not enough, that it is a moral obligation to repeat it.

From this perspective of Western Superiority, the very famous Italian journalist Oriana Fallacia wrote, recently, brilliant observations such as the following:  “If in some countries the women are so stupid as to accept the chador and even the veil, so much the worse for them. (…) And if their husbands are so idiotic as to not drink wine or beer, idem.”  Wow, that is what I call intellectual rigor.  “How disgusting!” – she continued writing, first in the Corriere della Sera and later in her best seller The Rage and the Pride (Rizzoli International, 2002), refering to the Africans who had urinated in a plaza in Italy – “They piss for a long time these sons of Allah!  A race of hypocrits.” “Even if they were absolutely innocent, even if there were not one among them who wished to destroy the Tower of Pisa or the Tower of Giotto, nobody who wished to make me wear the chador, nobody who wished to burn me on the bonfires of a new Inquisition, their presence alarms me.  It makes me uneasy.”  Summing up: even if these blacks were completely innocent, their presence makes her uneasy anyway.  For Fallaci, this is not racism, it is “cold, lucid, rational rage.”  And, if that were not enough, she offers another ingenious observation with reference to immigrants in general:  “And besides, there is something else I don’t understand.  If they are really so poor, who gives them the money for the trip on the planes or boats that bring them to Italy?  Might Osama bin Laden be paying their way, at least in part?” …Poor Galileo, poor Camus, poor Simone de Beauvoir, poor Michel Foucault.

Incidentally, we should remember that, even though the lady writes without understanding – she said it herself – these words ended up in a book that has sold a half million copies, a book with no shortage of reasoning and common sense, as when she asserts “I am an atheist, thank God.”  Nor does it lack in historical curiosities like the following: “How does one accept polygamy and the principle that women should not allow photographs to be taken of them?  Because this is also in the Q’uran,” which means that in the 7th century Arabs were extremely advanced in the area of optics.  Nor is the book lacking in repeated doses of humor, as with these weighty arguments:  “And, besides, let’s admit it: our cathedrals are more beautiful than the mosques and sinagogues, yes or no?  Protestant churches are also more beautiful.”  As Atilio says, she has the Shine of Brigitte Bardot.  As if what we really needed was to get wrapped up in a discussion of which is more beautiful, the Tower of Pisa or the Taj Mahal.  And once again that European tolerance:  “I am telling you that, precisely because it has been well defined for centuries, our cultural identity cannot support a wave of immigration composed of people who, in one form or another, want to change our way of life.  Our values.  I am telling you that among us there is no room for muezzins, for minarets, for false abstinence, for their screwed up medieval ways, for their damned chador.  And if there were, I would not give it to them.”  And finally, concluding with a warning to her editor: “I warn you: do not ask me for anything else ever again.  Least of all that I participate in vain polemics.  What I needed to say I have said.  My rage and pride have demanded it of me.”  Something which had already been clear to us from the beginning and, as it happens, denies us one of the basic elements of both democracy and tolerance, dating to ancient Greece: polemics and the right to respond – the competition of arguments instead of insults.

But I do not possess a name as famous as Fallaci – a fame well-deserved, we have no reason to doubt – and so I cannot settle for insults.  Since I am native to an under-developed country and am not even as famous as Maradona, I have no other choice than to take recourse to the ancient custom of using arguments.

Let’s see.  The very expression “Western culture” is just as mistaken as the terms “Eastern culture” or “Islamic culture,” because each one of them is made up of a diverse and often contradictory collection of other “cultures.”  One need only think of the fact that within “Western culture” one can fit not only countries as different as the United States and Cuba, but also irreconcilable historical periods within the same geographic region, such as tiny Europe and the even tinier Germany, where Goethe and Adolf Hitler, Bach and the skin-heads, have all walked the earth.  On the other hand, let’s not forget also that Hitler and the Ku Klux Klan (in the name of Christ and the White Race), Stalin (in the name of Reason and atheism), Pinochet (in the name of Democracy and Liberty), and Mussolini (in his own name), were typical recent products and representatives of the self-proclaimed “Western culture.”  What is more Western than democracy and concentration camps?  What could be more Western that the Universal Declaration of Human Rights and the dictatorships in Spain and Latin America, bloody and degenerate beyond the imagination?  What is more Western than Christianity, which cured, saved and assassinated thanks to the Holy Office?  What is more Western than the modern military academies or the ancient monasteries where the art of torture was taught, with the most refined sadism, and by the initiative of Pope Innocent IV and based on Roman Law?  Or did Marco Polo bring all of that back from the Middle East?  What could be more Western than the atomic bomb and the millions of dead and disappeared under the fascist, communist and, even, “democratic” regimes?  What more Western than the military invasions and suppression of entire peoples under the so-called “preemptive bombings”?

All of this is the dark side of the West and there is no guarantee that we have escaped any of it, simply because we haven’t been able to communicate with our neighbors, who have been there for more than 1400 years, with the only difference that now the world has been globalized (the West has globalized it) and the neighbors possess the main source of energy that moves the world’s economy – at least for the moment –  in addition to the same hatred and the same rencor as Oriana Fallaci.  Let’s not forget that the Spanish Inquisition, more of a state-run affair than the others, originated from a hostility to the moors and jews and did not end with the Progress and Salvation of Spain but with the burning of thousands of human beings.

Nevertheless, the West also represents Democracy, Freedom, Human Rights and the struggle for women’s rights.  At least the effort to attain them, and the most that humanity has achieved so far.  And what has always been the basis of those four pillars, if not tolerance?

Fallaci would have us believe that “Western culture” is a unique and pure product,  without the Other’s participation.  But if anything characterizes the West, it has been precisely the opposite: we are the result of countless cultures, beginning with the Hebrew culture (to say nothing of Amenophis IV) and continuing through almost all the rest: through the Caldeans, the Greeks, the Chinese, the Hindus, the southern Africans, the northern Africans and the rest of the cultures that today are uniformly described as “Islamic.”  Until recently, it would not have been necessary to remember that, while in Europe – in all of Europe – the Christian Church, in the name of Love, was persecuting, torturing and burning alive those who disagreed with the ecclesiastical authorities or committed the sin of engaging in some kind of research (or simply because they were single women, which is to say, witches), in the Islamic world the arts and sciences were being promoted, and not only those of the Islamic region but of the Chinese, Hindus, Jews and Greeks.  And nor does this mean that butterflies flew and violins played everywhere.  Between Baghdad and Córdoba the geographical distance was, at the time, almost astronomical.

But Oriana Fallacia not only denies the diverse and contradictory compositioon of any of the cultures in conflict, but also, in fact, refuses to acknowledge the Eastern counterpart as a culture at all.  “It bothers me even to speak of two cultures,” she writes.  And then she dispatches the matter with an incredible display of historical ignorance: “Placing them on the same level, as if they were parallel realities, of equal weight and equal measure.  Because behind our civilization are Homer, Socrates, Plato, Aristotle and Phidias, among many others.  There is ancient Greece with its Parthenon and its discovery of Democracy.  There is ancient Rome with its grandeur, its laws and its conception of the Law.  With its sculpture, its literature and its architecture.  Its palaces and its amphitheaters, its aqueducts, its bridges and its roads.”

Is it really necessary to remind Fallaci that among all of that and all of us one finds the ancient Islamic Empire, without which everything would have burned – I am talking about the books and the people, not the Colliseum – thanks to centuries of ecclesiastical terrorism, quite European and quite Western?  And with regard to the grandeur of Rome and “its conception of the Law” we will talk another day, because here there is indeed some black and white worth remembering.  Let’s also set aside for the moment Islamic literature and architecture, which have nothing to envy in Fallaci’s Rome, as any half-way educated person knows.

Let’s see, and lastly?  “Lastly – writes Fallaci – there is science.  A science that has discovered many illnesses and cures them.  I am alive today, for the time being, thanks to our science, not Mohammed’s. A science that has changed the face of this planet with electricity, the radio, the telephone, the television… Well then, let us ask now the fatal question: and behind the other culture, what is there?”

The fatal answer:  behind our science one finds the Egyptians, the Caldeans, the Hindus, the Greeks, the Chinese, the Arabs, the Jews and the Africans.  Or does Fallaci believe that everything arose through spontaneous generation in the last fifty years?  She needs to be reminded that Pythagoras took his philosophy from Egypt and Caldea (Iraq) – including his famous mathemetical formula, which we use not only in architecture but also in the proof of Einstein’s Special Theory of Relativity – as did that other wise man and mathematician Thales.  Both of them travelled through the Middle East with their minds more open than Fallaci’s when she made the trip.  The hypothetical-deductive method – the basis for scientific epistemology – originated among Egyptian priests (start with Klimovsky, please), zero and the extraction of square roots, as well as innumerable mathematical and astronomical discoveries, which we teach today in grade school, were born in India and Iraq; the alphabet was invented by the Phoenicians (ancient Lebanese), who were also responsible for the first form of globalization known to the world.  The zero was not an invention of the Arabs, but of the Hindus, but it was the former who brought it to the West.  By contrast, the advanced Roman Empire not only was unfamaliar with zero – without which it would be impossible to imagine modern mathematics and space travel – but in fact possessed an unwieldy systemof counting and calculation that endured until the late Middle Ages. Through to the early Renaissance there were still businessmen who used the Roman system, refusing to exchange it for Arabic numerals, due to racial and religious prejudices, resulting in all kinds of mathematical erros and social disputes.  Meanwhile, perhaps it is better to not even mention that the birth of the Modern Era began with European cultural contact – after long centuries of religious repression – first with Islamic culture and then with Greek culture.  Or did anyone think that the rationalism of the Scholastics was a consequence of the practice of torture in the holy dungeons?  In the early 12th century, the Englishman Adelard of Bath undertook an extensive voyage of study through the south of Europe, Syria and Palestine.  Upon returning from his trip, Adelard introduced into under-developed England a paradigm that even today is upheld by famous scientists like Stephen Hawking: God had created Nature in such a way that it could be studied and explained without His intervention.  (Behold the other pillar of the sciences, rejected historically by the Roman Church.)  Indeed, Adelard reproached the thinkers of his time for having allowed themselves to be enthralled by the prestige of the authorities – beginning with Aristotle, clearly.  Because of them he made use of the slogan “reason against authority,” and insisted he be called “modernus.”  “I have learned from my Arab teachers to take reason as a guide – he wrote – but you only adhere to what authority says.”  A compatriot of Fallaci, Gerardo de Cremona, introduced to Europe the writings of the “Iraqi” astronomer and mathematician Al-Jwarizmi, inventor of algebra, of algorithms, of Arabic and decimal calculus; translated Ptolemy from the Arabic – since even the astsronomical theory of an official Greek like Ptolemy could not be found in Christian Europe – as well as dozens of medical treatises, like those of Ibn Sina and Irani al-Razi, author of the first scientific treatise on smallpox and measles, for which today he might have been the object of some kind of persecution.

We could continue listing examples such as these, which the Italian journalist ignores, but that would require an entire book and is not the most important thing at the moment.

What is at stake today is not only protecting the West against the terrorists, home-grown and foreign, but – and perhaps above all – protecting the West from itself. The reproduction of any one of its most monstrous events would be enough to lose everything that has been attained to date with respect to Human Rights.  Beginning with respect for diversity.  And it is highly probable that such a thing could occur in the next ten years, if we do not react in time.

The seed is there and it only requires a little water.  I have heard dozens of times the following expression: “the only good thing that Hitler did was kill all those Jews.”  Nothing more and nothing less.  And I have not heard it from the mouth of any muslim – perhaps because I live in a country where they practically do not exist – nor even from anyone of Arab descent.  I have heard it from neutral creoles and from people of European descent.  Each time I hear it I need only respond in the following manner in order to silence my interlocutor:  “What is your last name?  Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Then, sir, you are not German, much less a pure Aryan.  Which means that long before Hitler would have finished off the Jews he would have started by killing your grandparents and everyone else with a profile and skin color like yours.”  We run the same risk today: if we set about persecuting Arabs or Muslims we will not only be proving that we have learned nothing, but we will also wind up persecuting those like them: Bedouins, North Africans, Gypsies, Southern Spaniards, Spanish Jews, Latin American Jews, Central Americans, Southern Mexicans, Northern Mormons, Hawaiians, Chinese, Hindus, and so on.

Not long ago another Italian, Umberto Eco, summed up a sage piece of advice thusly: “We are a plural civilization because we permit mosques to be built in our countries, and we cannot renounce them simply because in Kabul they throw Christian propagandists in jail (…)  We believe that our culture is mature because it knows how to tolerate diversity, and members of our culture who don’t tolerate it are barbarians.”

As Freud and Jung used to say, that act which nobody would desire to commit is never the object of a prohibition; and as Boudrillard said, rights are established when they have been lost.  The Islamic terrorists have achieved what they wanted, twice over. The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  So much time imposing its culture on the other regions of the planet, to allow itself now to impose a morality that in its better moments was not even its own.  Viritues like tolerance and self-criticism never  represented its weakness, as some would now have it, but quite the opposite: only because of them was any kind of progress possible, whether ethical or material.  Democracy and Science never developed out of the narcissistic reverence for its own culture but from critical opposition within it.  And in this enterprise were engaged, until recently, not only the “damned intellectuals” but many activist and social resistance groups, like the bourgeoisie in the 18th century, the unions in the 20th century, investigative journalism until a short time ago, now replaced by propaganda in these miserable times of ours.  Even the rapid destruction of privacy is another symptom of that moral colonization.  Only instead of religious control we will be controlled by Military Security.  The Big Brother who hears all and sees all will end up forcing upon us masks similar to those we see in the East, with the sole objective of not being recognized when we walk down the street or when we make love.

The struggle is not – nor should it be – between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation.  Writings like Fallaci’s The Rage and the Pride are not a defense of Western culture but a cunning attack, an insulting broadside against the best of what Western culture has to offer.  Proof of this is that it would be sufficient to swap the word Eastern for Western, and a geographical locale or two, in order to recognize the position of a Taliban fanatic.  Those of us who have neither Rage nor Pride for any particular race or culture are nostalgic for times gone by, which were never especially good or especially bad.

A few years ago I was in the United States and I saw there a beautiful mural in the United Nations building in New York, if I remember correctly,  where men and women from distinct races and religions were visually represented – I think the composition was based on a somewhat arbitrary pyramid, but that is neither here nor there.  Below, with gilded letters, one could read a commandment taught by Confucius in China and repeated for millenia by men and women throughout the East, until it came to constitute a Western principle: “Do unto others as you would have them do unto you.”  In English it sounds musical, and even those who do not know the language sense that it refers to a certain reciprocity between oneself and others.  I do not understand why we should scratch that commandment from our walls – founding principle for any democracy and for the rule of law, founding principle for the best dreams of the West – simply because others have suddenly forgotten it.  Or they have exchanged it for an ancient biblical principle that Christ took it upon himself to abolish: “an eye for an eye and a tooth for a tooth.”  Which at present translates as an inversion of the Confucian maxim, something like: do unto others everything that they have done to you – the well-known, endless story.

Jorge Majfud,

Originally publish in La República, Montevideo, January 8, 2003

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the “Southern Voices” project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa

His family was originally from Serantes, Ferro...

Image via Wikipedia

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa (English)

 

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa


En el proceso de un reciente estudio en la Universidad de Georgia, una estudiante se entrevistó con una muchacha colombiana y grabó la entrevista. La muchacha refirió su experiencia en Inglaterra y cómo los ingleses estaban interesados en conocer la realidad de Colombia. Después que la muchacha detalló los problemas que tenían en su país, un inglés observó la paradoja de que siendo Inglaterra más pequeña y con menos recursos naturales que Colombia, era mucho más rica. Su conclusión fue tajante: “Si Inglaterra hubiese administrado Colombia como una empresa, los colombianos hoy serían mucho más ricos”.

La muchacha admitió su fastidio, porque la expresión pretendía poner en evidencia todo lo incapaces que somos en América Latina. La lúcida madurez de la joven colombiana era evidente en el transcurso de la entrevista, pero en ese momento no encontró las palabras para contestar a un hijo del viejo imperio. El calor del momento, la desfachatez de aquellos ingleses le impidió recordar que en muchos aspectos América Latina había sido manejada como una empresa británica y que, por lo tanto, la idea no solo era poco original sino, además, era parte de la respuesta de por qué América Latina era tan pobre —admitiendo que la pobreza es escasez de capitales y no de conciencia histórica.

De acuerdo: al continente latinoamericano le pesaron demasiado los trescientos años de una colonización monopólica, retrógrada y frecuentemente brutal, la que consolidó en el espíritu de nuestros pueblos una psicología refractaria a cualquier legitimación social y política (Alberto Montaner llamó a ese rasgo cultural la “la sospechosa legitimidad original del poder”). Luego de las Semi-independencias del siglo XIX, no sólo el “progreso” de los ferrocarriles ingleses fue una especie de jaula de oro —al decir de Eduardo Galeano—, de saco de fuerza para el desarrollo autóctono latinoamericano, sino que algo parecido podemos ver en África: en Mozambique, por ejemplo, país que se extiende de norte a sur, los caminos lo atravesaban de este a oeste. El Imperio británico sacaba así las riquezas de sus colonias centrales pasando por encima de la colonia portuguesa. En América Latina podemos ver todavía las redes de asfalto y acero confluyendo siempre hacia los puertos —antiguos bastiones de las colonias españolas que los nativos rebeldes contemplaban con infinito rencor desde lo alto de las sierras salvajes y los terratenientes veían como la culminación del progreso posible de países retardados por “naturaleza”.

Claro que estas observaciones no nos eximen, a los latinoamericanos, de asumir nuestras propias responsabilidades. Estamos condicionados por una infraestructura económica pero no determinados por ella, como un adulto no está atado irremediablemente a los traumas de su infancia. Seguramente debemos enfrentar en nuestros días otros sacos de fuerza, condicionamientos que nos vienen de afuera y de adentro, de la inevitable sed de predominio de potencias mundiales que no están dispuestas a cambios estratégicos, por un lado, y de la frecuente cultura de la inmovilidad propia, por el otro. Para lo primero es necesario perder la inocencia; para lo segundo necesitamos valor para criticarnos, para cambiarnos y cambiar el mundo.

Jorge Majfud

4 de octubre de 2006

Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Georgia, EE.UU.

 


If Latin America Had Been a British Enterprise

Jorge Majfud

In the process of conducting a recent study at the University of Georgia, a female student interviewed a young Colombian woman and tape recorded the interview.  The young woman commented on her experience in England and how  the British were interested in knowing the reality of Colombia.  After she detailed the problems that her country had, one Englishman observed the paradox that England, despite being smaller and possessing fewer natural resources, was much wealthier than Colombia.  His conclusion was cutting:  “If England had managed Colombia like a business, Colombians today would be much richer.”

The Colombian youth admitted her irritation, because the comment was intended to point out  just how incapable we are in Latin America.  The lucid maturity of the young Colombian woman was evident in the course of the interview, but in that moment she could not find the words to respond to the son of the old empire.  The heat of the moment, the audacity of those British kept her from remembering that in many respects Latin America had indeed been managed like a British enterprise and that, therefore, the idea was not only far from original but, also, was part of the reason that Latin America was so poor – with the caveat that poverty is a scarcity of capital and not of historical consciousness.

Agreed: three hundred years of monopolistic, retrograde and frequently cruel colonization has weighed heavily upon the Latin American continent, and consolidated in the spirit of our nations an oppositional psychology with respect to social and political legitimation (Alberto Montaner called that cultural trait “the suspicious original legitimacy of power”).  Following the Semi-independences of the 19th century, the “progress” of the British railroad system was not only a kind of gilded cage – in the words of Eduardo Galeano -, a strait-jacket for native Latin American development, but we can see something similar in Africa: in Mozambique, for example, a country that extends North-to-South, the roads cut across it from East-to-West.  The British Empire was thus able to extract the wealth of its central colonies by passing through the Portuguese colony.  In Latin America we can still see the networks of asphalt and steel flowing together toward the ports – old bastions of the Spanish colonies that native rebels contemplated with infinite rancor from the heights of the savage sierras, and which the large land owners saw as the maximum progress possible for countries that were backward by “nature.”

Obviously, these observations do not exempt us, the Latin Americans, from assuming our own responsibilities.  We are conditioned by an economic infrastructure, but not determined by it, just as an adult is not tied irremediably to the traumas of childhood.  Certainly we must confront these days other kinds of strait-jackets, conditioning imposed on us from outside and from within, by the inevitable thirst for dominance of world powers who refuse strategic change, on the one hand, and frequently by our own culture of immobility, on the other.  For the former it is necessary to lose our innocence; for the latter we need the courage to criticize ourselves, to change ourselves and to change the world.

Translated by Bruce Campbell

* Jorge Majfud is a Uruguayan writer and professor of Latin American literature at the University of Georgia.

Si l’Amérique latine avait été une entreprise anglaise.

Por Jorge Majfud *

Página 12 . Buenos Aires, le 24 Octobre 2006.

Dans le cadre d’une récente étude à l’Université de Georgia, une étudiante a rencontré une jeune colombienne et a enregistré leur entretien. La jeune femme a retracé son expérience en Angleterre et comment les Anglais souhaitaient connaître la réalité de la Colombie. Après que la fille ait détaillé les problèmes que connaissait son pays, un Anglais a observé le paradoxe selon lequel l’Angleterre étant plus petite et ayant moins de ressources naturelles que la Colombie, celle-ci était beaucoup plus riche. Sa conclusion a été tranchante : “Si l’Angleterre avait administré la Colombie comme une entreprise, aujourd’hui les colombiens seraient beaucoup plus riches”.

La jeune fille a ressenti de la gêne, parce que la démonstration prétendait mettre en évidence à quel point nous sommes incapables en Amérique latine. La maturité lucide de la jeune colombienne était évidente au cours de la rencontre, mais sur le moment elle n’avait pas trouvé les mots pour répondre à un fils du vieil empire. La chaleur du moment, le cynisme de cet anglais lui ont empêché de lui rappeler que sur beaucoup d’aspects l’Amérique latine avait été gérée comme une entreprise britannique et que, par conséquent, l’idée non seulement était peu originale mais, en outre, elle faisait partie de la réponse du pourquoi l’Amérique latine elle était tellement pauvre, en admettant que la pauvreté c’est la pénurie de capitaux et non de conscience historique.

D’accord : Les trois cent ans d’une colonisation monopolistique, rétrograde et fréquemment brutale ont pesé lourd sur le continent latino-américain , ce qui a consolidé dans l’esprit de nos peuples une psychologie réfractaire à toute légitimation sociale et politique (Alberto Montaner a appelé à cette caractéristique culturelle “la légitimité suspecte originale du pouvoir”). Après les semi indépendances du 19ème Siècle, non seulement le “progrès” des chemins de fer anglais fut une espèce de cage dorée- aux dires d’Eduardo Galeano -, de camisole de force pour le développement autochtone latino-américain, mais quelque chose de semblable à ce que nous pouvons voir en Afrique : au Mozambique, par exemple, pays qui est étendu de nord vers le sud, les chemins le traversaient d’est en ouest.

L’empire britannique sortait ainsi les richesses de ses colonies centrales en passant au-dessus de la colonie portugaise. En Amérique latine nous pouvons encore voir les réseaux routiers et des chemins de fer confluant toujours vers les ports (d’anciens bastions des colonies espagnoles que les rebelles indigènes considéraient avec une infinie rancœur depuis le haut des montagnes sauvages et que les propriétaires terriens voyaient comme l’aboutissement du progrès possible pour des pays ralentis par mère “nature”).

Il est évident que ces observations n’exemptent pas les latino-américains, d’assumer leurs responsabilités propres. Nous sommes conditionnés par une infrastructure économique, mais non déterminés par elle, comme un adulte n’est pas attaché irrémédiablement aux traumatismes de son enfance. Nous devons sûrement faire face en ces jours à d’autres camisoles de force, conditionnements qui nous viennent de dehors et de l’intérieur, à l’inévitable soif d’hégémonie de grandes puissances mondiales qui ne sont pas disposées à des changements stratégiques, d’une part, et de la fréquente culture locale de l’immobilité, d’autre part. En premier lieu, il est nécessaire de perdre l’innocence ; deuxièmement nous avons besoin de courage pour nous autocritiquer, pour nous changer et changer le monde.

* Auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de “La reina de América” et de “La narración de lo invisible”.

Traduction pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

Nuestro viejo egoísmo latinoamericano

Estoy leyendo los titulares de las primeras planas de los diarios de Buenos Aires donde, no sin orgullo, se destaca el gran crecimiento que ha registrado el turismo, colocando esta actividad en el cuarto lugar de los rubros de ingreso al país con 3.000 millones de dólares (y confirmando el elevado incremento del PBI cerca del 9 por ciento del año anterior). Esta misma semana había leído otros informes en la prensa uruguaya que referían el dramático descenso del turismo en esta temporada (un 60 por ciento), coincidiendo con los cortes de puentes de entradas al país por grupos argentinos que se autodenominan “ecologistas” y con la venia del gobernador Busti, de Entre Ríos, los cuales llevan un mes impidiendo o complicando la entrada de turistas al país vecino. Las contradicciones entre este discurso ecologista y las realidades de nuestros países ya las hemos anotado en otro ensayo. Ya todos saben que la tecnología de estas nuevas plantas de celulosa contamina varias veces menos que las que están en suelo argentino; y nadie pide el cierre de esas plantas porque eso provocaría el despido de cientos de obreros. Podríamos agregar que el sólo movimiento de turistas es altamente contaminante, si consideramos los millones de galones de petróleo que se necesitan para movilizar a millones de personas sin una necesidad de sobrevivencia, como sí la tienen los obreros de la construcción, por ejemplo. Razón por la cual siempre me ha provocado una sonrisa irónica (sino cínica) cada vez que escucho que el turismo es “la industria sin chimeneas”. Pero no vamos a levantar la perdiz ahora. Sólo digamos que se acepta sin escándalo y con orgullo los movimientos ecologistas que mantienen a los pobres sumergidos en el hambre pero se festeja en titulares la contaminación de los ricos que se divierten en el verano austral.

No creo que por estas observaciones se me pueda acusar de tener una predisposición contra el pueblo argentino o una inclinación a favor de un estrecho nacionalismo uruguayo. De hecho tener una predisposición contra cualquier pueblo del mundo sería un absurdo. Segundo porque admiro la cultura argentina. Tercero porque me unen sueños y tragedias con ese pueblo hermano (hermano como pocos). Cuarto porque quienes me conocen saben que cada vez que hay una reunión internacional me toca a mí siempre hacer de abogado del diablo, defendiendo a los argentinos en su fama de arrogancia. Muchas veces he usado el argumento de que si ellos pecan de arrogancia el resto pecamos de lo contrario. Quinto, porque, como ya lo he expuesto más de una vez, me enferman los nacionalismos, empezando por el mío propio. No es éste el punto.

Lo que ahora me interesa es señalar, brevemente, la “actitud latinoamericana” que continuamos arrastrando desde los equívocamente llamados tiempos de las independencias.

A finales del siglo XIX el cubano José Martí y después el uruguayo José Enrique Rodó, respondiendo a la propuesta de Domingo F. Sarmiento de copiar (linealmente) la cultura norteamericana e importar razas europeas, más aptas para la civilización y la prosperidad, revindicaron el viejo sueño americanista de la unión de todos los pueblos (equívocamente) llamados “latinos”. En esta utopía, que aún hoy procuramos rescatar del basurero de la historia, se sucedieron largas historias de frustraciones. En su más famoso libro, José Vasconcellos (La raza cósmica, 1925), con más buenas intenciones que rigor intelectual, quiso revindicar a los oprimidos por el racismo (de Sarmiento, entre otros) con un racismo de signo inverso: al igual que el portorriqueño Eugenio María de Hostos lo hiciera en el siglo anterior, esta reivindicación del mestizo repetía la misma estructura de opresión de una raza sobre otras, enmascarada en un aparente universalismo y una evidente “superioridad” del mestizo, hasta ahora objeto de opresión. En este sentido, como muy bien lo expuso el educador brasileño Paulo Freire (Pedagogía del oprimido, Montevideo 1971) y mucho antes lo había formulado el peruano Manuel González Prada (“Nuestros indios”, Lima 1904), el oprimido apenas sale de su condición de oprimido se convierte en el peor opresor, porque esa es la única forma de ser social que conoce. De ahí que muchas veces las Revoluciones, con mayúscula, han terminado por reproducir las viejas estructuras conservadoras, con la ilusión visual de “algo diferente”. De ahí que la idea de “liberación” haya sido un sueño largamente soñado por nuestro continente (afectado tantas veces, desde las brutales épocas de la Conquista, de “realismo mágico”). El oprimido, cuando no se ha “liberado” de verdad, simplemente reproduce la estructura que pretende destruir. Un ejemplo simple lo podemos verificar en los discursos de Eva Duarte de Perón. Su impulso revolucionario de mujer oprimida, por su clase social y por su sexo, no era despreciable. A un mismo tiempo admirable y decepcionante, Evita pretendió cambiar una cabeza opresora (la oligarquía) por otra aparentemente diferente pero igualmente elitista y opresora (la elite peronista, cuando no el mismo hombre llamado Perón). Según Evita, una verdad era verdad “primero porque lo dice Perón y luego porque, efectivamente, es verdad”. El caciquismo era reproducido por la esclava con estas palabras redentoras: “Y cuando de mis recursos no queda ya ninguno, entonces acudimos al supremos recurso que es la plenipotencia de Perón, en cuyas manos toda esperanza se convierte en realidad, aunque sea una esperanza ya desesperada”. ¿Y el pueblo qué? ¿No es esta concepción del poder semejante a la de otro caudillo grabado en las monedas de cinco francos que decía “Caudillo de España por la gracia de Dios”? En este sentido, funciona la misma dinámica psico-social de siempre, según Frederic Jameson: la idea de que existen dos partidos en eterna pugna nos hace pensar que un cambio es posible, si uno de los dos gana. No obstante, esta dinámica ilusoria sólo lleva a reproducir un orden mediante una confrontación virtual. Y si no, observemos la política estadounidense o los aparentes cambios en América latina: quizás lo más importante sea el elemento simbólico (que no es poco), como puede ser el hecho de que en Brasil llegue un obrero al poder (mejor dicho, a la presidencia) o en Bolivia un representante de una etnia oprimida y marginada por siglos suba a la cúspide simbólica, o en Chile asuma una mujer como presidenta. Los cambios son importantes, pero muchas veces se los sobredimensiona para ocultar el verdadero resultado, que es la continuidad. La fuerza del símbolo esconde las continuidades de las estructuras sociales y de la violencia económica y moral. Claro que en el mejor de los casos debemos agradecer los pequeños pasos, que siempre son mejores que no caminar o retroceder. Pero, en definitiva, las verdaderas revoluciones modernas han surgido siempre desde abajo y nunca desde arriba. Llegar a la presidencia de un país no es asumir el poder en una sociedad tradicional. No nos engañemos: los cambios vienen de otro lado, vienen de “abajo”.

Otra característica negativa de nuestro continente, además de la verticalidad, las diferencias sociales y el caciquismo, ha sido siempre la desunión. Apenas nacido Chile como país independiente, el venezolano Andrés Bello proclamaba su optimismo: la vieja unión latina sería posible; los egoísmos eran apenas un hecho circunstancial. El brillante rector de la Universidad de Santiago fustigó a aquellos que veían en la herencia social de la colonia el mayor obstáculo para lograr la justicia, el progreso y una unión que parecía “inevitable”, dadas nuestras raíces históricas y factores tan gravitantes como un idioma en común. Lamentablemente se equivocó, como si la queja desesperanzada de Simón Bolívar ante su Patria Grande hecha añicos se hubiese convertido en maldición: “nunca seremos dichosos, nunca”. Este mismo sentimiento de derrota y desilusión también debieron experimentar (recurada Eduardo Galeano) José Artigas y San Martín. Todo lo contrario a Washington, Jefferson y Madison, según lo veía el ecuatoriano Juan Montalvo en 1882: “ Bolívar fundó asimismo una gran nación, pero menos feliz que su hermano primogénito, la vio desmoronarse […] Los sucesores de Washington, grandes ciudadanos, filósofos y políticos, jamás pensaron en despedazar el manto sagrado de su madre […] Los compañeros de Bolívar todos acometieron a degollar a la real Colombia y tomar para si la mayor presa posible, locos de ambición y tiranía”. Claro que de aquellos “filósofos gobernantes” ya no queda ni la mueca.

Cien años después, otro optimista visceral, el mexicano José Vasconcellos, repetía la misma observación negativa. En un tono arielista, quiso oponer (no sin buenas razones) la cultura latina a la cultura anglosajona (aunque confundió “cultura” con “raza”) y observó nuestra mayor debilidad: si la mayor fuerza norteamericana surgía de su estratégica unión (dejemos de lado ahora las graves segregaciones raciales), América Latina había procedido de forma contraria: una progresiva y nunca superada desunión, endémica división por razones egoístas. “[Los Estados Unidos] no sólo nos derrotaron en el combate —se lamentaba Vasconcellos—, ideológicamente también nos siguen venciendo. Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a ser vida propia, vida desligada de sus hermanos […] sin atender a los intereses comunes de la raza. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente. El despliegue de nuestras veinte banderas de la Unión Panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos, cada uno, de nuestro humilde trapo […] y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. […] Nos mantenemos celosamente independientes, respecto de nosotros mismos; pero de una o de otra manera nos sometemos o nos aliamos con la Unión sajona”. Y más adelante actualiza su visión estratégica: “Es claro que el corazón sólo se conforma con un internacionalismo cabal; pero en las actuales circunstancias del mundo el internacionalismo solo serviría para acabar de consumar el triunfo de las naciones más fuertes; serviría exclusivamente a los fines del inglés”.

A pesar de los “alentadores” números registrados en los PBIs de varios países latinoamericanos en los últimos tres años, no vemos que de forma simultánea se proyecten planes de colaboración e integración continental, excepto cuando hay un discurso personalista detrás. Sólo vemos repetirse, con tristeza, otros dos antiguos males de América Latina, según el ya mencionado José Vasconcellos: uno, el cesarismo (el caudillismo); otro el “lastre ciceronaiano” (la retórica, el palabrerío). Creamos el Mercosur en tiempos desfavorables y lo ignoramos cuando el dolor de muelas aflojó un poco. Lo mismo hacemos con los discursos y las retóricas autocomplacientes. Siempre que leo los diarios financieros tengo la impresión de que si cualquiera de nuestros países tuviese el mismo PBI que Estados Unidos también nosotros seríamos naciones imperialistas. (¿Y qué sería China con la misma capacidad económica y militar? China, ese gran dragón que Napoleón evitó despertar; ese país mágico que ha logrado conjugar efectivamente todos los males del capitalismo con todos los males del comunismo).

Claro, al principio seríamos imperialistas antiimperialistas. Esta observación me desanima; no sólo porque con ella se pierde todo el romanticismo latinoamericano, sino que es una consciencia pesimista, incluso cínica, sobre el ser humano. No obstante, pese a todo, quisiera mantener mi esperanza en que los humanos no somos más miserables que sujetos de admiración. Si no es verdad al menos ayuda a vivir y seguir luchando por un mundo mejor. Pero ¿cómo luchar por un mundo mejor con una conciencia ingenua o con otra consciencia cínica? La respuesta será extender el crédito de confianza en nosotros mismos, en el pueblo latinoamericano —a riesgo de aplazar eternamente la liberación de nuestro propio discurso de egoístas campeones de la moral.

Jorge Majfud

The University of Georgia, marzo 2006

Democracias virtuales

Howard Zinn Speaking at Marlboro College - 02/...

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Democracias virtuales

Creo que si miramos a la historia podemos hacer un esquema básico sobre los cambios referidos a la lectoescritura.

I)                   Era oral (Paleolítico y Mesolítico). Una etapa donde el soporte principal era la comunicación oral y los hábitos intelectuales, aparte del desarrollo de las habilidades practicas, era la mitología, el presente perpetuo y la percepción del tiempo circular.

II)                Era de la escritura. Aquí podríamos dividirlo en: (a) una etapa donde surge la escritura (Mesolítico tardío) en sus diversos soportes y alcanza su madurez primero con los textos religiosos de Oriente Medio (la aparición del pasado concreto y percepción del tiempo lineal y fatal) y más tarde con los filósofos de la Grecia clásica; (b) la popularización a partir del siglo XV de la lectura en libros y diarios hasta fines del siglo XX.

III)              Era digital. La popularización de la escritura en detrimento de la lectura. La cultura de la urgencia, la inmediatez y la fragmentación.

Esta última etapa (III), que en cierto aspecto significa el renacimiento de la palabra escrita (II), es, en el fondo, el renacimiento de la primera etapa (I), desde el momento en que la escritura se confunde con los hábitos de la oralidad y el presente resurge sobre el prestigio del pasado como fuente de conocimiento y valoración.

Básicamente, la escritura no ha cambiado con el pasaje de una maquina de escribir Underwood a un ordenador. Se ha vuelto más simple. Es más fácil corregir, ya no es necesario reescribir páginas enteras por causa de un simple error. Ya no estamos tentados a dejar un error de estilo impune por simple pereza o cansancio. Es más fácil abusar de lo que Eduardo Galeano llama “la inflación de las palabras”.

En mi experiencia personal, debo reconocer que escribir para medios impresos es más difícil y más didáctico que hacerlo para un medio digital que no impone límites de palabras. Desde hace más de diez años mi lucha no es con la hoja en blanco sino con el recorte. Debido a las limitaciones de espacio, sea porque el soporte en papel impone un límite o porque los diarios impresos son los únicos que se cuidan de no abusar del lector, normalmente debo consumir una o dos horas de mi tiempo libre para llevar a mil palabras lo que en media hora me llevó el primer borrador de dos o tres mil palabras. Este ejercicio molesto enseña, si no a escribir al menos a respetar la literatura de ensayo periodístico o de ensayo breve, de ensayo no académico. Tal vez los nuevos medios digitales debieran conservar el simple habito, ya que no la necesidad, de imponer límites en la cantidad, así como algunos peer review (publicaciones arbitradas) ponen límites en la calidad.

En el mundo digital los tsunamis de palabras opacan la brillante tarea de aquellos trabajadores de las palabras y las ideas que tratan de tomarse algo en serio. Así he visto surgir y hundirse en el cansancio y el desestímulo excelentes proyectos. Unos pocos resisten, reman como pueden, muchas veces con el único aliento de sus creadores. Lo que persiste es la contradictoria marea de las palabras sin límites o de la hiperfragmentación. A la larga, las dos cabezas del mismo monstruo inflacionario y banal.

Para los escritores de vocación, básicamente la escritura no ha cambiado en la era digital. Sospecho que en su gran mayoría todavía escriben sus primeras ideas con un bolígrafo.

Los cambios más dramáticos están en la lectura. Incluso los cambios más importantes en los hábitos y en las habilidades de escritura proceden de los cambios en los hábitos y en las habilidades de lectura.

En el mundo digital la lectura de “largo aliento” es rara o por lo menos mucho más rara de lo que era en la cultura del libro impreso. A veces es una lectura menos obediente y otras veces es una lectura esclava de falsas urgencias de negación a través de la respuesta propia que, estimulada o protegida por el anonimato, la brevedad y la fragmentación, solo sirve como recurso catártico de lo peor que se encuentra depositado en el alma humana.

Una reciente investigación de la Universidad Normal de Pekín sugiere que los hablantes de distintos idiomas usan partes diferentes del cerebro. De manera semejante podemos entender que distintos hábitos de lectura y de escritura utilizan distintas partes del cerebro. Voy a repetirme: existe un peligro latente en ciertas particularidades de la cultura digital, como lo es la supersticiosa sustitución de la cultura de la lectura de largo aliento por la cultura de la hiperfragmentación.

La crítica contra la “cultura del libro tradicional”, como si se tratase de una critica al uso de la maquina a vapor, no solo es infundada sino que es sospechosamente autocomplaciente. Si la maquina a vapor pudiese recorrer mil kilómetros sin reabastecerse y sin contaminar y los modernos trenes fuesen incapaces de la mitad, hoy seguiríamos usando maquinas a vapor.

El punto es que hoy en día los lectores amateurs de largo aliento son una rareza. Al menos que sean lectores de Harry Potter. Lo cual no ayuda mucho, porque con “largo aliento” no me refiero a plantarse en un sillón a leer por dos horas lo mismo (algo totalmente legítimo) sino a tomar el desafío de enfrentarse a una complejidad intelectual que nos exige no sólo atención, no solo conocimiento, sino, sobre todo, entrenamiento intelectual. ¿Qué podemos esperar de un atleta olímpico que se la pasa todo el día jugando al ajedrez o leyendo a Howard Zinn? Como atleta sería un fracaso evidente.

El cerebro también es (como) un músculo que si no se usa se atrofia. Con la ventaja de que con un cerebro entrenado se puede competir en las grandes ligas aún siendo un anciano y con la desventaja de que cuando está atrofiado, por el desuso o por el mal uso, el fracaso no es tan evidente. Sobre todo para el implicado. Razón por la cual cualquiera se considera apto y facultado por el mero recurso de la negación, la obviedad y el insulto que nunca exigen método ni condición pero que siempre dan la confortable ilusión de ser más sabios y más inteligentes que Darwin y Jesucristo juntos.

Los ancianos con una saludable práctica intelectual sufren menos decadencia que aquellos que no la han tenido. ¿Qué podemos esperar cuando las estadísticas nos dicen que los estudiantes de hoy dedican la mitad del tiempo a estudiar que aquellos de los años sesenta? Están demasiado ocupados (absorbidos, chupados) en escribir banalidades en Facebook. El divorcio que existe en la elite de intelectuales de las universidades norteamericanas, islas de premios Nobel, y el resto de la población se está expandiendo al resto del mundo gracias a una cultura y a unos instrumentos que prometían lo contrario.

La twitterización de las habilidades intelectuales, la facebooquización de las emociones puede ser un día un proceso irreversible o puede provocar un efecto inverso al previsto: la democratización de la información y de a in-formación por estos medios y debido a estos hábitos corre el riesgo de llevarnos a una aristocratización aun mayor de la formación intelectual y, por ende, de los órdenes sociales.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Milenio (Mexico)

El fracaso de América Latina

Latin America

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El fracaso de América Latina


La vasta literatura ensayística de los últimos años ha dejado en claro una de las obsesiones principales de la identidad latinoamericana: explicar por qué América Latina es un continente fracasado. Como sugerí en un escrito anterior, antes del cómo deberíamos practicar el marginado y subversivo por qué, ya que si el primero hace y deshace, el segundo es capaz de ver y prever. En este caso, el por qué representa la clave reconocida y se asume preexistente a cualquier cómo liberador. ¿Cómo América Latina puede salir del laberinto de frustraciones en el que se encuentra? A su vez, este desafiante «¿por qué América Latina ha fracasado?» parte de un punto fijo —el fracaso— que se identifica con una observación presuntamente objetiva.

Las respuestas a este interrogante difieren en parte o en todo, dependiendo casi siempre del mirador ideológico desde el cual se realiza la observación. Por lo general, tesis como las sostenidas en Las venas abiertas de América Latina (1970), de Eduardo Galeano, explican este fracaso fundamentalmente como consecuencia de un factor exterior —europeo o norteamericano— según el cual América Latina no ha podido ser porque no la han dejado. Una tesis opuesta, más reciente y probablemente promovida más desde el Norte que desde el Sur, predica que América Latina ha fracasado porque, en síntesis, es idiota o sufre de retardo mental. Esta tesis extremista podemos encontrarla en libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), muy recomendada por el expresidente argentino Carlos S. Menem. Del mismo autor, de Alberto Montaner, es un libro más serio, más respetable y —vaya casualidad— más respetuoso llamado Las raíces torcidas de América Latina (2001). El título, claro, responde a otra obsesiva necesidad de atacar la perspectiva del ensayista uruguayo. Hasta el momento, tenemos tesis y antítesis, mas no síntesis. En esta oportunidad, el escritor cubano escribe con más altura y, aunque discrepemos con algunas hipótesis sostenidas en el libro, aunque encontremos páginas innecesarias o fallos metodológicos, podemos perfectamente reconocer algunas hipótesis, argumentos y pistas muy interesantes. En fin, una antítesis digna, a la altura de la “tesis original”.

Resumiendo, podemos decir que la idea de “fracaso” es un axioma incuestionado, aplicable a una infinidad de análisis sobre nuestro continente. Cada uno ve, desde su propia atalaya y siempre de forma apasionada, diferentes caminos que conducen a una misma realidad. Muchos, lamentablemente, comprometidos moral, económica o estratégicamente con partidos políticos o con comunidades ideológicas.

Existen innumerables razones para ver un rotundo fracaso en nuestro continente: crisis económicas, emigración masiva de su población, corrupción de sus dirigentes y actitud mendicante de sus seguidores, ilegalidad, violencia cívica y militar hasta límites surreales, etc. Un menú difícilmente envidiable.

Pese a todo ello, debemos cuestionar también qué significa eso que todos aceptamos como punto de partida y como punto de llegada para cualquier análisis, como si se tratase del centro religioso de distintas teologías. ¿“Fracaso”, desde qué punto de vista? ¿Se entiende “fracaso” en oposición a “éxito”? Bien, ¿y cuál es la idea de “éxito” de una sociedad, de nuestra sociedad? ¿Es una idea absoluta o lo es, precisamente, porque no la cuestionamos? ¿Fracasamos por no llegar o por querer llegar y no poder hacerlo? ¿Llegar a dónde? La necesidad de “llegar”, de “ser” ¿es una necesidad “natural” o autoimpuesta por una cultura colonizada, por una mentalidad dependiente?

Entiendo que la respuesta a estas preguntas está fuertemente condicionada por tres ataduras: (1) lo que hoy entendemos por “éxito” está definido por una mentalidad y una perspectiva originalmente europea y, en nuestro tiempo, por el modelo norteamericano; (2) la idea de éxito es fundamentalmente económica y (3) la “conciencia de fracaso” no sólo es la percepción de una realidad adversa sino su causa también.

Cuando hablamos de éxito nos referimos, básicamente, a cierto tipo de éxito: el éxito económico, al statussocial que toda sociedad impone sobre sus individuos. Por lo general, cuando hablamos de una mujer exitosa nos referimos a una profesional que desde “abajo” —nótese la carga ideológica que lleva cada palabra— ha alcanzado fama, poder y dinero o ha tomado el lugar del despreciable sexo masculino, sin importar cuánta frustración personal le pudo haber costado dicho “éxito” —concepción heredada de la sociedad masculina—, al tiempo que dejamos afuera de este grupo a aquellas otras anticuadas mujeres que bien pueden ser tanto o más felices con sus hijos y sus actividades “tradicionales” —o que lo fueron, antes de ser marginadas por la nueva idea del éxito, antes que tuviesen que sufrir el castigo de etiquetas como “fracasadas” o “sometidas”. —Nada de esto significa, obviamente, una crítica al mejor feminismo, al verdadero liberador de la mujer, sino a ciertas ideologías que la oprimen en su propio nombre— Cuando hablamos de un poeta exitoso automáticamente pensamos en su fama literaria, sin incluir en este grupo a aquel poeta que ha alcanzado la felicidad con sus propios versos y sus escasos lectores. Debería estar de más decir que algo puede ser exitoso o fracasado según el punto de vista que se lo mire. Desde el punto de vista del sujeto, dependerá de sus necesidades, expectativas y logros. Pero estos factores, de los cuales depende la idea de “éxito”, también son, en una gran medida, relativos a la mentalidad que los concibe y los juzga —a excepción, claro, del hambre, de la miseria y de la violencia física.

En este sentido, podemos decir que un país donde su población no tiene las necesidades básicas satisfechas es un país que ha fracasado. Es muy difícil sostener que la idea de violencia o de hambre depende de una condición puramente cultural, como puede serlo la idea de violencia moral. Aunque no es imposible, claro. No obstante, para reconocernos “fracasados” en un área tan vasta, compleja y contradictoria como lo es un país o un continente —ambas, abstracciones o simplificaciones—, no sólo es necesario serlo, sino, sobre todo, debemos concebirnos como tal. Es decir, el fracaso no sólo depende de los logros económicos sino que, sobre todo, depende de una “conciencia de fracaso”. Y esta conciencia, como toda conciencia, no es un fenómeno dado sino construido, adquirido y aceptado.

Cuando se habla de “éxito” se habla de economía y raramente se toman en cuenta aspectos cruciales para el desarrollo de un país. Por ejemplo, la famosa apertura de la economía española en los años ’60 es considerada por muchos analistas como el “momento de cambio” en la historia ibérica del siglo XX, matriz de la actual exitosa España. Lo cual es del todo exagerado y equívoco, a mi entender. La afirmación quita trascendencia a un momento más significativo en la creación de la España moderna: la muerte de Franco (1975), el derrumbe de una mentalidad militarista y el fracaso de los golpistas de 1981. Es cierto que la economía cambió más en los años ’60 que al regreso de la democracia. Pero no se considera la situación medieval de España en los veinte primeros años de la dictadura franquista, su marginación de Europa y del mundo que la hacía inviable.

También se olvidan dos puntos cruciales: (1) El desarrollo e, incluso, el progreso económico sostenido de un país, a largo plazo no depende tanto de los modelos económicos sino del grado de democracia que sea capaz de alcanzar. Muchas dictaduras en América Latina aplicaron modelos semejantes de capitalismo y unas pocas de socialismo —sin entrar a analizar la exactitud ideológica y práctica de cada una—; unas tuvieron números en rojo y otras en negro, independientemente de la mano ideológica que las gobernaba. Por esta razón podemos entender que el insatisfactorio grado de desarrollo de la mayoría de las democracias latinoamericanas demuestra que son más democracias formales que democracias de hecho. En una verdadera democracia, la libertad de sus ciudadanos y la confianza en sí mismos impulsa más vigorosamente cualquier desarrollo satisfactorio que en aquellas otras sumergidas en una estructura social rígida que es percibida como injusta y opresora —sin importar el número de parlamentarios, de partidos políticos o de elecciones que posea. Algunos economistas han afirmado la teoría de que para que exista desarrollo es necesario cierto grado de corrupción. Hace años dije, y voy a repetirlo, que la ética forma parte crucial de una economía próspera, en el sentido que establece reglas más justas de juego y, por ende, confianza en un sistema y en un país. Basta con recordar que el crédito se basa en la confianza, que los esfuerzos personales y sociales dependen también de este mismo sentimiento. (2) Por último, una observación puramente ética: el “éxito económico” sería dinero sucio si su causante fuera una dictadura despótica y genocida, lo que representa un rotundo “fracaso social”. Es por ello —y atando este punto con el anterior— que no bastaba con cierto “éxito económico” en la dictadura de Franco o en la de Pinochet o en la de Stalin, para generar un desarrollo social —o puramente económico, si más les gusta— que sea sostenible en el tiempo.

Es por esta razón que considero que el sostenido desarrollo económico de Estados Unidos le debe más a la percepción que han tenido sus ciudadanos de su democracia que a las puras fuerzas de un variable sistema económico que, de forma groseramente simplificada, llamamos “capitalismo”. Bastaría con imaginar el capitalismo norteamericano con un gobierno de Pinochet —ejercicio que hoy en día no es tan difícil de hacer—. Bastaría con imaginar qué hubiese sido del inmenso desarrollo material de este país con una estructura social opresiva, caudillezca, patricia y politizada como la latinoamericana.

Ahora, ¿qué significa que Estados Unidos es un país exitoso? Si Estados Unidos es un modelo a seguir por otros países latinoamericanos sólo se debe a su “éxito económico”. Podemos ir un poco más allá y decir que Estados Unidos también ha tenido éxito en otras dimensiones: en diferentes tipos de servicios —más “socialistas” que el que se puede encontrar en cualquier país que se precie de serlo—, cierta organización más justa de su población en lo que se refiere a las oportunidades de trabajo, la ya clásica concepción de la ley del angloamericano, etc. Pero cuando hablamos de “éxito” mantenemos en nuestras mentes la referencia exclusiva a la economía.

Deberíamos, en cambio, ser un poco más precisos. Estados Unidos ha tenido éxito en el área X, entendiendo “éxito” desde un punto de vista Y. Podríamos decir que este exitoso país ha fracasado en otras áreas —desde un punto de vista Y— e, incluso, que ha fracasado en todas las áreas desde un punto de vista Z. Por ejemplo, desde un punto de vista propio, occidental, ha fracasado en su lucha contra el consumo de drogas —legales e ilegales—, en el control de una ansiedad consumista reflejada en el inigualable nivel de obesidad de sus habitantes, en el acceso igualitario a la salud, en aceptar legalmente a millones de inmigrantes hispanos que están aquí desde hace muchos años, con más obligaciones que derechos pero sosteniendo una economía —y la economía de sus países de origen, remesas mediante— que sin ellos caería en una de las peores crisis económicas de su historia y, por ende, de su famoso “éxito”, etc. Desde un punto de vista no occidental, por ejemplo, se puede decir que también ha fracasado en su lucha contra el materialismo, en su lucha contra la neurosis consumista, etc. Compartamos o no estas afirmaciones, debemos reconocer que son totalmente válidas desde otros puntos de vista, desde otras mentalidades, desde otras formas de concebir el éxito y el fracaso.

Por su parte, América Latina es un continente aún más vasto, más heterogéneo y más contradictorio, con países que comparten elementos culturales comunes y a veces irreconocibles. Quizás lo que identifica a América Latina es la idea —no carente de ficción— de una historia, de un destino común y de la idea o la conciencia del fracaso. Esta conciencia nos viene desde tiempos de la conquista, claro, y luego de la “independencia”, de José Artigas y de Simón Bolívar[1].

Pero esta idea de fracaso no siempre fue tan unánime como se la considera hoy en día. El Río de la Plata, por ejemplo, vivió por largas décadas, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, quizás hasta el año 1950, en la conciencia del “éxito”. En mi país, la expresión más popular de estos tiempos fue la mítica frase “como el Uruguay no hay”, y los Argentinos podrían decir lo mismo, más si consideramos que hasta los años ’60 estaba a la par de Canadá y Australia en desarrollo científico, hasta que el dictador Onganía dijo que iba a arreglar su país expulsando a todos los intelectuales —lo que efectivamente hizo. Por otro lado, y aunque el paisaje social y urbano chileno no se diferencie mucho del argentino o del brasileño, es harto conocido que Chile goza de cierto reconocimiento en lo que se refiere a su economía. Al menos así es visto por muchos chilenos, por muchos países vecinos y, naturalmente, por muchos analistas norteamericanos. Sin embargo, y en contra de los propios deseos de los chilenos, la idea de “fracaso” como distintivo de país latinoamericano sobrevive en la obsesiva comparación con países europeos, por ejemplo.

Todo esto quiere decir que no basta con tener una economía “exitosa” para salvarse de la percepción del fracaso —es decir, del fracaso, a secas. ¿Por qué? Porque esta conciencia, como lo sugerimos más arriba, no sólo depende de una realidad sino de una construcción cultural y psicológica, lo que relativiza mucho la idea de “éxito”. Sin duda, muchos países más pobres que Argentina poseen una “conciencia de fracaso” mucho menor que la de los propios argentinos. Porque es necesario “asumirse fracasado” antes de “ser un fracasado”. No podemos decir que el pobretón de Mahatma Gandhi era un fracasado, no podemos decir que los “miserables” que vagan por el Ganges sean fracasados si poseen una “conciencia de superación”. Hace casi diez años uno de mis personajes más difíciles de comprender por mí mismo, me hacía decir: «Los occidentales consideran que un pobre sin aspiraciones económicas y pasivo ante su pobreza, carece de espíritu de superación.  Y los desprecian por ello.  En India y en Nepal ocurre estrictamente lo contrario. Para ellos, un renunciante, alguien que ha abandonado todas las comodidades del mundo material y que no aspira a más que a unas limosnas, es un hombre con “espíritu de superación”.  Y los aprecian por ello»

América Latina no es India ni es Nepal. Tampoco es África. Tampoco es Angloamérica. América Latina ni siquiera es América Latina, sino —como todo— aquello que se asume ser.

América Latina dejará de ser un “continente fracasado”, a mi entender, cuando (1) deje de definir su fracaso en función del “éxito” ajeno y de la definición ajena del “éxito”, (2) cuando abandone su retórica de izquierda y su práctica de derecha que le impiden tomar conciencia de sus propias posibilidades y de su propio valor y (3) cuando se revele contra su propia tendencia autodestructiva.

¿Debemos tomar conciencia, entonces, como paso previo? La idea de una necesaria “toma de conciencia” puede ser muy vaga, pero es vital y del todo inteligible en el pensamiento de educadores como Paulo Freire y del ensayista José Luis Gómez-Martínez.

Advirtiendo que “tomar conciencia” puede tener significados opuestos —y hasta arbitrarios, si elegimos nosotros el objeto de conciencia ajeno—, sintetizo el problema de esta forma: tomar conciencia significa salirse de su propio círculo. Lo digo desde un punto de vista cultural y estrictamente psicológico: toda “toma de conciencia” se produce cuando nos “salimos” de nuestro propio círculo, cuando somos capaces de ver un poco más allá de lo que vemos habitualmente, más allá de lo que nos rodea; cuando somos capaces de pensar más allá de los límites en los cuales hemos crecido, más allá de los límites que nos ha impuesto nuestra propia cultura y nuestra proponía educación, nuestra propia forma de entender el mundo. Siempre que nos salimos de nuestro propio círculo estamos operando una nueva toma de conciencia, independientemente del éxito o del fracaso de nuestras economías. Para un mejor desarrollo es necesaria una conciencia más amplia. Pero pensar que el éxito económico por sí mismo es una prueba de una conciencia superior o más amplia no sólo es una antigua arbitrariedad religiosa y una más moderna arbitrariedad ideológica, sino lo contrario de una “conciencia superior”: es miopía espiritual.

Jorge Majfud

The University of Georgia

14 de junio de 2004



[1] “La única cosa que se puede hacer en América es emigrar”. Simón Bolívar.

Español – Francés

L’Échec de l’Amérique Latine

par Jorge Majfud

La vaste littérature essayiste des dernières années a mis en évidence une des obsessions principales de l’identité latino-américaine : expliquer pourquoi l’Amérique Latine est un continent qui a échoué. Comme je l’ai suggéré dans un écrit antérieur, avant de poser la question du « comment » nous devrions poser la question marginale et subversive du « pourquoi », car si la première fait et défait, la seconde est capable de voir et prévoir. Dans ce cas, le « pourquoi » représente la clef reconnue et s’assume pré-existente à quelconque « comment » libérateur. Comment l’Amérique Latine peut-elle sortir du labyrinthe de frustrations dans lequel elle se trouve ? A son tour, ce provoquant “pourquoi l’Amérique Latine a échoué” part d’un point fixe – l’échec – qui s’identifie avec une observation par présomption objective.

Les réponses à cette question diffèrent en partie ou en tout, dépendant presque toujours du mirador idéologique à partir duquel se réalise l’observation. En général, des thèses comme celles soutenues dans Les veines ouvertes de l’Amérique Latine(1970), d’Eduardo Galeano, explique cet échec fondamentalement comme la conséquence d’un facteur extérieur – européen ou nord-américain – selon lequel l’Amérique Latine n’a pas pu être parce qu’ils ne l’ont pas laissé être. Une thèse opposée, récente et probablement promue plus à partir du Nord que du Sud prêche que l’Amérique Latine a échoué parce que, en synthèse, elle est idiote et souffre de retard mental. Cette thèse extrémiste nous pouvons la trouver dans des livres comme le Manuel du parfait idiot latino-américain (1996), très recommandé par l’ex-président argentin Carlos S. Menem. Du même auteur, Alberto Montaner, il est un livre plus sérieux, plus respectable – disons juste – plus respectueux, intitulé Les racines tordues de l’Amérique Latine (2001). Le titre, bien sûr, répond à une autre obsessive nécessité d’attaquer la perspective de l’essayiste uruguayen. Pour le moment prenons la thèse et l’anti-thèse, mais non la synthèse. Dans cette opportunité, l’auteur cubain écrit avec plus de hauteur et, quoique que nous divergions avec certaines des hypothèses soutenues dans ce livre, quoique nous trouvions des pages inutiles ou des erreurs méthodologiques, nous pouvons parfaitement reconnaître quelques hypothèses, arguments et pistes très intéressantes. A la fin, une anti-thèse digne, à la hauteur de la “thèse originale”.

Nous résumant, nous pouvons dire que l’idée “ d’échec” est un axiome inquestionnable, applicable à une infinité d’analyses sur notre continent. Chacun voit à partir de sa propre tour de guet et toujours de façon passionnée, différents chemins qui conduisent à une même réalité. Beaucoup, lamentablement, compromis moralement, économiquement ou stratégiquement avec des partis politiques ou avec des communautés idéologiques. Il existe d’innombrables raisons pour voir un retentissant échec sur notre continent : crises économiques, émigration massive de sa population, corruption de ses dirigeants et attitude mendiante de ses partisans, illégalité, violence civique et militaire jusqu’à des limites surréelles, etc. Un menu difficilement enviable.

Malgré tout, nous devons questionner ce que signifie cela que tous nous acceptons comme point de départ et comme point d’arrivée pour quelconque analyse comme s’il s’agissait du centre religieux de différentes théologies. « Échec », à partir de quel point de vue ? Entend-on échec en opposition à succès ? Bien, et quelle est l’idée de « succès » d’une société, de notre société ? Est-ce une idée absolue, ou l’est-elle, précisément, parce que nous ne la questionnons pas ? Échouons-nous pour ne pas vouloir arriver ou, pour vouloir arriver et ne pas pouvoir le faire ? Arriver où ? La nécessité « d’arriver », « d’être », est-ce une nécessité “naturelle” ou auto-imposée par une culture colonisée, par une mentalité dépendante ?

Comprenons que la réponse à ces questions est fortement conditionnée par trois liens : (1) Ce qu’aujourd’hui nous entendons par « succès » est défini par une mentalité et une perspective originellement européenne et, de nos temps, par le modèle nord-américain; (2) l’idée de « succès » est fondamentalement économique et (3) la « conscience d’échec » est non seulement la perception d’une réalité adverse mais aussi sa cause.

Lorsque nous parlons de succès, nous nous référons fondamentalement à une certain type de succès : le succès économique, au statut social que toute société impose à ses individus. En général, lorsque nous parlons d’une femme qui a réussie, nous nous référons à une professionnelle qui à partir “d’en bas” – a atteint réputation, pouvoir et argent, ou a pris le lieu méprisable du sexe masculin, peu importe la quantité de frustrations personnelles que peut lui avoir coûté ce dit “succès” – conception héritée d’une société masculine -, du temps où elles ont quitté ce groupe de femmes démodées qui purent être heureuses avec leurs enfants et leurs activités traditionnelles, ou qu’elles ne le furent avant d’être marginalisées par la nouvelle idée du succès, avant qu’elles eussent à souffrir le châtiment d’être étiquetées comme “ratées” ou “soumises”. – Rien de ceci ne signifie, évidemment, une critique du meilleur féminisme du véritable libérateur de la femme, mais à certaines idéologies qui l’oppriment en son propre nom. – Lorsque nous parlons d’un poète qui a du succès, automatiquement nous pensons à sa réputation littéraire, sans inclure dans ce groupe ce poète qui a atteint la félicité par ses propres vers et ses rares lecteurs. On devrait dire de plus que quelque chose peut être réussie ou ratée selon le point de vue à partir duquel on la regarde. A partir du point de vue du sujet, il dépendra de ses besoins, de ses expectatives et de ses réussites. Mais ces facteurs, desquels dépend l’idée de « succès », sont aussi, dans une grande mesure, relatifs à la mentalité de qui les conçoit et les juge – à l’exception de la faim, de la misère et de la violence physique.

Dans ce sens, nous pouvons dire qu’un pays où sa population n’a pas les nécessités de base satisfaites est un pays qui a échoué. Il est très difficile de soutenir que l’idée de violence ou de faim dépend d’une condition purement culturelle comme peut l’être l’idée de violence morale. Quoique cela ne soit pas impossible, bien sûr. Cependant, afin de nous reconnaître « ratés » dans une aire aussi vaste, complexe et contradictoire comme l’est un pays ou un continent – les deux, abstractions et simplifications -, non seulement il est nécessaire de l’être, mais, surtout, nous devons nous concevoir comme tels. C’est-à-dire, l’échec non seulement dépend des réussites économiques, mais que, surtout, il dépend d’une “conscience de l’échec”. Et cette conscience, comme toute conscience, n’est pas un phénomène donné mais construit, acquis et accepté.

Lorsqu’on parle de « succès » on parle d’économie et rarement on prend en compte les aspects cruciaux pour le développement d’un pays. Par exemple, la fameuse ouverture de l’économie espagnole dans les années ’60, est considérée par beaucoup d’analystes comme le “moment du changement” dans l’histoire ibérique du XX è siècle, matrice de l’actuelle Espagne qui a du succès. Ce qui, à mon sens, est très exagéré et équivoque. L’affirmation enlève une importance à un moment plus significatif dans la création de l’Espagne moderne : la mort de Franco (1975), l’écroulement d’une mentalité militariste et l’échec des putschistes de 1981. Il est certain que l’économie changea davantage pendant les années ’60 qu’au retour de la démocratie. Mais on ne considère pas la situation médiévale de l’Espagne durant les vingt premières années de la dictature franquiste, sa marginalisation de l’Europe et du monde qui la rendait infaisable.

Aussi, on oublie deux points cruciaux : (1) le développement et, même, le progrès économique soutenu d’un pays, à longue échéance, ne dépend pas tant des modèles économiques mais du degré de démocratie qu’il est capable d’atteindre. Plusieurs dictatures en Amérique Latine appliquèrent des modèles semblables de capitalisme et, quelques-unes, de socialisme – sans commencer à analyser l’exactitude idéologique et pratique de chacune d’elles -, certaines eurent des chiffres en rouge et d’autres en noir, indépendamment de la main idéologique qui les gouvernait. Pour cette raison nous pouvons comprendre que le degré de développement insatisfaisant de la majorité des démocraties latino-américaines démontre qu’elles sont plus des démocraties formelles que des démocraties de fait. Dans une véritable démocratie, la liberté de ses citoyens et la confiance en eux-mêmes impulsent plus vigoureusement quelconque développement satisfaisant que dans ces autres submergées dans une structure sociale rigide qui est perçue comme injuste et oppressive – peu importe le nombre de parlementaires, de partis politiques ou d’élections qu’elle possède. Certains économistes ont mis de l’avant la théorie que pour qu’existe le développement, un certain degré de corruption était nécessaire. Il y a dix ans j’ai dit, et je vais le répéter, que l’éthique forme une partie cruciale d’une économie prospère, dans le sens qu’il établie des règles de jeu plus justes et, par conséquent, la confiance dans un système et un pays. Il suffit de rappeler que le crédit se base sur la confiance, que les efforts personnels et sociaux dépendent aussi de ce même sentiment. (2) En dernier, une observation purement éthique : le “succès économique” serait de l’argent sale si sa causante était une dictature despotique et génocide, ce qui représente un retentissant “échec social”. C’est pour cela – et liant ce point à celui antérieur – qu’il ne suffisait pas d’un certain “succès économique” dans la dictature de Franco ou dans celle de Pinochet ou dans celle de Staline, pour générer un développement social – ou purement économique, si vous aimez mieux – qui soit soutenable dans le temps.

C’est pour cette raison que je considère que le développement économique soutenu des États-Unis est dû plus à la perception qu’ont eu leurs citoyens de leur démocratie que des forces pures d’un système économique variable que, de façon grossièrement simplifiée, nous appelons « capitalisme ». Il suffirait d’imaginer le capitalisme nord-américain avec un gouvernement de Pinochet – exercice qui, de nos jours, n’est pas si difficile à faire -. Il suffirait d’imaginer ce qu’il en eût été de l’immense développement matériel de ce pays avec une structure sociale oppressive, despotique, patricienne et politisée comme celles des latino-américains.

Maintenant, que signifie que les États-Unis sont un pays à grand succès ? Si les États-Unis sont un modèle à suivre par d’autres pays latino-américains, cela se doit seulement à son “succès économique”. Nous pouvons aller un peu plus loin et dire que les États-Unis ont eu du succès aussi dans d’autres dimensions : dans différents types de services – plus « socialistes » que ceux que l’on peut trouver dans certains pays qui se piquent de l’être -, une certaine organisation plus juste de sa population en ce qui se réfère aux opportunités de travail, la maintenant classique conception de la loi anglo-américaine, etc. Mais lorsque nous parlons de « succès » nous maintenons dans nos esprits la référence exclusive à l’économie.

Nous devrions, en échange, être un peu plus précis. Les États-Unis ont eu du succès dans l’aire X, comprenant le mot « succès » à partir d’un point de vue Y. Nous pourrions dire que cet heureux pays a échoué dans d’autres aires – à partir d’un point de vue Y – et, même, qu’il a échoué dans toutes les aires à partir d’un point de vue Z. Par exemple, à partir d’un point de vue proprement occidental, il a échoué dans sa lutte contre la consommation de drogues – légales et illégales – dans le contrôle d’une anxiété consumériste reflétée par un inégalable niveau d’obésité de ses habitants, dans l’accès égalitaire à la santé, à accepter légalement des millions d’immigrants hispaniques qui sont ici depuis plusieurs années, avec plus d’obligations que de droits, mais soutenant une économie – et l’économie de leur pays d’origine, moyennant remises – qui sans eux tomberait dans une des pires crises économiques de leur histoire et, par conséquent, de leur fameux « succès », etc. Depuis un point de vue non occidental, par exemple, on peut dire qu’ils ont aussi échoué dans leur lutte contre le matérialisme, dans leur lutte contre la névrose consumériste, etc. Que nous partagions ou non ces affirmations, nous devons reconnaître qu’elles sont totalement valables à partir d’autres points de vue, depuis d’autres mentalités, à partir d’autres façons de concevoir le succès et l’échec.

Pour sa part, l’Amérique Latine est un continent encore plus vaste, plus hétérogène et plus contradictoire, avec des pays qui partagent des éléments culturels communs et souvent méconnaissables. Peut-être ce qui identifie l’Amérique Latine est l’idée – non dépourvue de fiction – d’une histoire, d’un destin commun et l’idée ou la conscience de l’échec. Cette conscience nous vient depuis les temps de la conquête, bien sûr, et par la suite de “l’indépendance”, de José Artigas et de Simon Bolivar.

Mais cette idée d’échec ne fut pas toujours aussi unanime comme on la considère aujourd’hui. Le Rio de la Plata, par exemple, vécut de longues décades à la fin du XIX è siècle et au début du XX è, peut-être jusqu’en 1950, avec la conscience du « succès ». Dans mon pays, l’expression la plus populaire de ces temps fut la mythique phrase “comme en Uruguay il n’y a pas”, et les Argentins pourraient dire de même, plus si nous considérons qu’ils étaient au pair avec le Canada et l’Australie en ce qui concerne le développement scientifique, jusqu’à ce que le dictateur Onganía dise qu’il allait mettre en ordre son pays, expulsant tous les intellectuels – ce qu’effectivement il fit. D’un autre côté, et quoique le paysage social et urbain chilien ne se différencie pas beaucoup de celui argentin ou brésilien, il est assez connu que le Chili jouit d’une certaine reconnaissance en ce qui se réfère à son économie. Au moins, ceci est vu par beaucoup de Chiliens, par beaucoup de pays voisins et, naturellement, par beaucoup d’analystes nord-américains. Cependant, et à l’encontre des propres désirs des Chiliens, l’idée « d’échec » comme signe distinctif de pays latino-américain survit dans l’obsessive comparaison avec les pays européens, par exemple.

Tout ceci veut dire qu’il ne suffit pas d’avoir une économie “réussie” pour échapper à la perception de l’échec – c’est-à-dire de l’échec tout court. Pourquoi ? Parce que cette conscience, comme nous le suggérions plus haut, non seulement dépend d’une réalité mais aussi d’une construction culturelle et psychologique, ce qui relativilise beaucoup l’idée de “succès”. Sans doute, beaucoup de pays plus pauvres que l’Argentine possèdent une « conscience d’échec » beaucoup moindre que celle de ces mêmes Argentins. Parce qu’il est nécessaire de “s’assumer malheureux” avant que “d’être malheureux”. Nous ne pouvons dire que le très pauvre Mahatma Gandhi était un malheureux, nous ne pouvons dire que les “misérables” qui vont au Gange sont malheureux s’ils possèdent une « conscience de dépassement ». Il y a dix ans, un de mes personnages des plus difficiles à comprendre pour moi-même, me faisait dire : “Les occidentaux considèrent qu’un pauvre sans aspirations économiques et passif devant sa pauvreté, manque d’esprit de dépassement. Et ils le méprisent pour cela. En Inde et au Népal, il arrive strictement le contraire. Pour eux, quelqu’un qui renonce, quelqu’un qui a abandonné toutes les commodités du monde matériel et qui n’aspire pas à plus qu’à des aumônes, est un homme avec un “esprit de dépassement”. Et ils l’apprécient pour cela.

L’Amérique Latine n’est pas l’Inde ni le Népal. N’est pas l’Afrique non plus. Ni l’Amérique anglaise. L’Amérique Latine n’est ni même l’Amérique Latine, mais – comme toute chose – elle est ce qu’elle assume d’être.

L’Amérique Latine cessera d’être un continent « malheureux », à mon sens, lorsque : (1) elle cessera de définir son échec en fonction du “succès” d’autrui et de la définition d’autrui du “succès”, (2) lorsqu’elle abandonnera sa rhétorique de gauche et sa pratique de droite qui l’empêche de prendre conscience de ses propres possibilités et de sa propre valeur et, (3) lorsqu’elle se révèlera contre sa propre tendance auto destructrice.

Devons-nous prendre conscience, alors, comme démarche préalable ? L’idée d’une nécessaire « prise de conscience » peut être très vague, mais elle est vitale et tout à fait intelligible dans la pensée des éducateurs comme Paolo Freire et de l’essayiste José Luis Gòmez-Martinez.

Avertissant que « prendre conscience » peut avoir des significations opposées – et jusqu’à arbitraires, si nous choisissons nous-mêmes l’objet de conscience d’autrui -, je synthétise le problème de cette façon : prendre conscience signifie se sortir de son propre cercle. Je le dis d’un point de vue culturel et strictement psychologique : toute “prise de conscience” se produit lorsque nous « sortons » de notre propre cercle, lorsque nous sommes capables de voir un peu plus loin que nous voyons habituellement, plus loin que ce qui nous entoure; lorsque nous sommes capables de penser plus loin que les limites dans lesquelles nous avons crû, plus loin que les limites que nous a imposé notre propre culture et notre propre éducation, notre propre façon de comprendre le monde. A chaque fois que nous sortons de notre propre cercle nous opérons une nouvelle prise de conscience, indépendamment de nos économies. Pour un meilleur développement, une prise de conscience plus ample est nécessaire. Mais penser que le succès économique en lui-même est une preuve d’une conscience supérieure ou plus ample non seulement est un vieux procédé arbitraire religieux et un plus moderne procédé arbitraire idéologique, mais, tout le contraire d’une conscience supérieure : c’est de la myopie spirituelle.

Jorge Majfud
Université de Géorgie, Juin 2004

Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier
Trois-Rivières, Québec, Canada. mars 2006

1. Las venas abiertas de América Latina
2. Manual del perfecto idiota latinoamericano
3. Las raíces torcidas de America Latina



El vuelo de la serpiente (II)

Ernesto Che Guevara reunited with Simone de Be...

El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano (II)

Si la “poesía del compromiso” de la primera mitad del siglo XX, como en Pablo Neruda, gira de la intimidad del amor romántico, individual y triste, a la alegría del descubrimiento de la lucha colectiva, a finales del siglo se opera el movimiento inverso. La utopía permanece en el discurso como un recuerdo y como conciencia del fracaso o la derrota, pero ha muerto como proyecto, lo que se demuestra con la recurrencia al amor íntimo.

Esta regresión a la intimidad como refugio es propia de otros autores como Mario Benedetti: “¿Cómo voy a creer / dijo el fulano / que la utopía ya no existe / si vos/ mengana dulce / osada/ eterna / si vos/ sos mi utopía” (Soledades). El amor sensual es, otra vez, el refugio y el sustituto de la utopía derrotada. Hay una vuelta al intimismo: el individuo ya no necesita el Cosmos social ni quiere actuar en él para cambiarlo y cambiarse a sí mismo. En la poesía de Peri Rossi es un lugar casi común: “Para que nos amáramos, en fin / ocurrieron todas las cosas de este mundo / y desde que no nos amamos / sólo existe un gran desorden” (Poesía).

El mundo es, otra vez, caos y amenaza.

En una clara alusión al tango y la filosofía popular de tono gardeliano —diatópico—, Juan Gelman titula uno de sus poemas “Mi Buenos Aires querido” y no ve otra salida que la ciega, persistente y desarticulada resistencia de Ernesto Sábato: “Hay que aprender a resistir / ni irse ni quedarse / a resistir” (Sur). Su hijo desaparecido, a quien muchos poemas antes había comprado un arma como juguete para hacer la revolución, es frustrado por la desaparición y la derrota, por la clausura política. “Hijo que no acabó de vivir / ¿acabó de morir?” (Sur). Y luego, en “Carta abierta” (1980), dedicada a su hijo, se pregunta con infinito dolor: “¿paró tu deshacer en algún lado?”.

En los ’80, lo que llamo “clausura política” ya se ha convertido en “clausura existencial”, como el purgatorio cristiano o una especie de infierno, donde eternamente se experimenta el dolor. En este caso, el deshacer no sólo es la reversión del hacer revolucionario, el destino de la historia, sino es el deshacer de Tupac-Amaru, de Ernesto Che Guevara, del rebelde que se hace pedazos para confundirse en cuerpo y alma al pueblo que lo trasciende, ya no en la utopía sino en la distopía, ya no en el triunfo de la justicia sino en la trascendencia de la derrota.

La idea de resistencia no es sólo política sino histórica y cultural: ni el nuevo hombre ni la nueva sociedad se han logrado. El éxito de la resistencia es todo el éxito que se puede aspirar en una sociedad alienada, destruida o estancada. En “Tríptico del plebiscito”, Mario Benedetti alude al triunfo del “No”, la opción que en el referéndum más importante de la historia uruguaya negó a los militares la retención del poder. “Por razones obvias / no fue / exactamente / una forma de conciencia / colectiva / sino apenas la suma / de seiscientas mil / tomas de conciencia / individuales” (Exilio). La conciencia social, el individuo transformado en la acción colectiva, ha sido abortada por la dictadura, por la reacción de la distopía, y sólo queda la acción del individuo anterior, alienado, aislado. La salida de la dictadura no significa una salida de la distopía sino, precisamente, lo contrario. En “Somos la catástrofe”, Benedetti reconstruye en pocos versos la clausura política que amenaza con transformarse en clausura existencial: “desde Paco Pizarro y Hernán Cortés / hasta los ávidos de hogaño / nos han acostumbrado a la derrota / pero de la flaqueza habrá que sacar fuerzas / a fin de no humillarnos/ no humillarnos / más de lo que permite el evangelio / que ya es bastante” (Soledades).

Ahora esa esperanza ya no se refiere a la construcción de un futuro luminoso sino a la salvación de un presente oscuro. En un poema posterior ya no hay dudas: “¿Qué les queda por probar a los jóvenes / en este mundo de impaciencia y asco? / ¿sólo graffiti? ¿rock? ¿escepticismo? / también les queda no decir amen / no dejar que les maten el amor / recuperar el habla y la utopía” (Paréntesis). La reivindicación de la palabra y la utopía son un pálido reflejo del pasado que persiste aún en medio de la desesperanza y el escepticismo del mismo poeta que los condena: “ya sabemos cómo es sin las respuestas / mas ¿cómo será el mundo sin las preguntas?” (Exilio). Los temas centrales de La vida ese paréntesis (1997) son, especialmente en sus páginas centrales, los temas recurrentes del romanticismo del siglo XIX y el existencialismo de la primera mitad del siglo XX: el yo y la muerte.

Como vimos, la otra salida a la clausura, política y existencial, consiste en el regreso al origen amerindio. Eduardo Galeano, quizás el escritor más representativo de este camino en la primera página del primer libro de su trilogía Memoria del fuego (1982-1986) inicia con un mito cosmogónico de los maquiritare, tribu de la cuenca del río Orinoco. Como el título de este primer libro, Los nacimientos, el mito alude al nacimiento múltiple; no a la reencarnación. Dios —que soñaba el mundo y era soñado por la humanidad— había decidido que la mujer y el hombre “nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira”. La derrota, el desangrado de la utopía, ha clausurado otra vez el horizonte utópico, pero se convierte en una derrota necesaria para el ejemplo histórico. Es un triunfo moral que al producir conciencia se convertirá en un triunfo político y existencial en los tiempos por venir, ese tiempo sin lugar y ese lugar sin tiempo que nunca veremos.

La palabra vuelve, pero ya no es arma de combate sino instrumento de la memoria, que es resistencia al tiempo y a la injusticia de la historia. Incluso a veces sólo es una memoria est ubi: Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus. Desde las profundidades de la historia mitológica americana, dice el poeta Ernesto Cardenal que dijo el poeta Coyote Hambriento: “nosotros nos vamos, mas quedarán los cantos” (Antología).

Jorge Majfud

Jacksonville University.

La Republica (Uruguay)

La Republica II (Uruguay)