El mundo de nuestros padres

Siempre me ha llamado la atención la delgadez de los actores en las películas estadounidenses hasta los 70s. En este video de Mocedades compitiendo en Eurovision 1973, no es diferente. La cantante principal debía considerarse pasada de peso al lado de sus compañeros que parecen más cabeza que cuerpo –quisiera pensar que eran tan felices como parecen, pero eso ya es otra historia.

(A pesar de haber salido segunda en el certamen Euroisión de 1973, en 2004 fue elegida por votación popular en Holanda como el mejor tema de la historia de Eurovisión. El tiempo es el mejor juez, y es implacable.)

 

 

 

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¿Son comunistas los militares del ejército estadounidense?

En la barra, una joven con acento mexicano se quejó de un nuevo recorte a la educación pública, propuesta por el presidente Donald Trump. Seguir sacándole dinero a los servicios sociales para dárselos al ejército, dijo, se parecía mucho a los recortes de impuestos que beneficiaban a los super ricos y dejaban limosnas a los trabajadores, aparte de una deuda impagable.

A su lado, con gorra de beisbol, un joven delgado con acento caribeño le preguntó, como si viese al mismo diablo: “¿Eres comunista?” Esa debió ser la única palabra que entendió un señor, tipo Homero Simpson pero con pelos y bigotes, que reflexionaba sobre un enorme vaso de cerveza, porque se giró para mirar a los jóvenes que, a partir de ahí, comenzaron una acalorada discusión.

“Te están lavando la cabeza”, confirmó el muchacho, “es por eso que nuestro presidente les va a recortar fondos”.

Cuando pasaron al tema Venezuela, como si se tratase de un algoritmo inevitable, me di cuenta de que aquella incipiente amistad no iba a cicatrizar fácilmente. Las sofisticaciones argumentales de la Guerra fría dejaron una marca indeleble en muchos patriotas, sobre todo en América Latina.

La mañana siguiente, mientras esperaba que se disipara un atasco en la autopista debido a un conductor apurado que le arrancó el farol trasero a otro, escuché en la radio pública una entrevista al almirante retirado James Stavridis sobre el mismo presupuesto que la joven mexicana había comentado la noche anterior.

El presupuesto que el presidente Donald Trump envió al Congreso para el 2019/2020 incluyó recortes multi millonarios para todo tipo de servicios sociales, desde la salud hasta el cuidado de preescolares (diversos estudios cuantitativos ya han probado que los millonarios no sienten lo mismo que el resto cuando ven a un ser humano caminando por la calle).

Los recortes han sido masivos, con una sola excepción: el nuevo presupuesto incluye un notable aumento en el gasto militar de treinta mil millones de dólares, el cual irá a aumentar un déficit récord alimentado por los recortes de impuestos del año pasado, como forma tradicional de burlarse de las promesas electorales que llevaron al presidente de turno al poder. Who cares, right?

 Según el almirante retirado James Stavridis y otros catorce comandantes de operaciones alrededor del mundo, el nuevo presupuesto de Trump no tiene sentido, y lo han puesto claro en una reciente carta abierta y en entrevistas: no necesitamos todo ese dinero. “Sabemos que nadie puede mantener la seguridad de un país sólo con la fuerza militar”. Pero el presidente Trump ha recortado fondos para el desarrollo y los ha transferido al ejército.

En la entrevista a la radio pública, NPR, Stavridis insistió que en lugar de seguir inyectando millones de dólares en las fuerzas armadas se debería invertir más en el cuerpo diplomático. Invertir en fuerza militar, dijo, es como realizar una cirugía: es doloroso y altamente riesgoso. Siempre es mejor llevar las cosas por el camino diplomático y, mejor aún, invertir en cooperación y desarrollo como forma de prevenir problemas mayores. Como ejemplo concreto, mencionó el hecho que todos saben: Estados Unidos tiene más gente en uno solo de los 12 portaviones que navegan por el mundo que en todo su cuerpo diplomático. Hasta el ministro de defensa, Robert Gates, lo ha reconocido. Incluso el anterior ministro, Jim Mattis, reconoció lo obvio: “Podemos gastar fortunas en operaciones militares, pero si no invertimos en desarrollo y diplomacia vamos a tener que comprar cada vez más municiones”. Hasta los halcones tienen un momento de racionalidad o de simples lapsus.

Más allá de las naturales suspicacias basadas en hechos históricos sobre la labor de los diplomáticos de las grandes potencias, no deja de ser un progreso que los mismos altos militares de la superpotencia se atrevan a reconocer los trágicos errores de las decisiones políticas en el abuso de la fuerza bruta.

 Stavridis concluyó: “Sin duda alguna, los navíos más importantes que dirigí fueron aquellos que llevaron ayuda hospitalaria al Caribe y a otras partes de América Latina. Estos barcos participaron en miles de tratamientos y puedo decirle que el impacto sobre la seguridad de Estados Unidos, a largo plazo, ha sido muy superior al resto de operaciones militares. […] Apostando a la fuerza, lo único que logras es perjudicarte a ti mismo”, reconoció.

Desde hace décadas, diversos ex agentes de la CIA, como el marine y paramilitar John Stockwell, luego de una experiencia de treinta años en América Central, África y Asia, reconoció que la arrogancia de querer imponer “nuestros intereses” en otros pueblos no produjo ningún progreso sino que les llevó muerte y miseria y “no nos creó ningún amigo, se los puedo asegurar”. Más o menos el mismo caso de otros marines, ex agentes de la CIA que participaron en engañar al pueblo centroamericano con historia fabricadas sobre el comunismo para mantener la antigua presencia económica y militar estadounidense, como Philip Roettinger, quien terminó retirándose en México para dedicarse a su familia y a la pintura.

No por casualidad, diversos generales latinoamericanos planearon asesinatos al estilo Orlando Letelier en Estados Unidos cuando la administración Carter comenzó a recortar la tradicional “ayuda militar” a las dictaduras amigas del sur. No solo el gigantesco, peligroso y criminal lobby de la industria armamentística mundial (en el cual las empresas estadounidenses han sido accionistas mayores) tenía intereses en “la seguridad” de esos países sino también sus servidores, que nunca lo reconocieron y, de hecho, hasta hoy se golpean el pecho llenos de argullo por sus crímenes, sus excusas infantiles y un honor que no vale el cobre de las medallas que se cuelgan ellos mismos.

Después de diversos conflictos nacionales, Costa Rica abolió su ejército en 1948. Desde entonces nunca tuvo una dictadura militar como sus vecinos. Tal vez por eso las grandes potencias mundiales no aterrizaron en ese pequeño país como lo hicieron en casi todos los otros países de la región donde contaban con un aparato represivo local. Tal vez por eso hoy no existe una crisis de migrantes costarricenses a Estados Unidos, como es el caso de los demás países de la región que sufrieron continuas intervenciones militares y “dictaduras amigas”. 

Tal vez por eso ni los militares estadounidenses se creen el discurso que en el pasado exportaron sus políticos y estrategas. Tal vez por eso ni ellos mismos confían en la fuerza bruta de sus propios super ejércitos como forma de asegurar la paz en su propio país.

 

JM, marzo 2019.

Mártires de cartón

A lo largo de los últimos años, el Comandante del Ejército de Uruguay, Manini Ríos, ha insistido en acumular méritos para ser destituido por el presidente de la República. Hasta un ciegosordomudo podía ver y escuchar sus ruegos en tal sentido, lo que podía presentarlo como un mártir de cartón del “régimen uruguayo”. Una mezcla de militar de alto ranguito de las antiguas repúblicas bananeras y las nuevas arrogancias autoritarias al estilo Jair Bolsonaro que tanto seduce a los neonazis latinoamericanos. Las ambiciones políticas de este general eran por demás obvias y siempre estuvieron protegidas por esa conocida y popular sensación de impunidad que ha cubierto a nuestros países desde las dictaduras miliares hasta hoy.

Desde Francisco Franco, pasando por Augusto Pinochet y tantos otros, existe una larga, asquerosa, obscena y cobarde historia de generales nombrados por gobiernos democráticos que les pica la comezón golpista y se vuelven contra sus legítimos y democráticos presidentes bajo excusas que no difieren demasiado a pesar del gastado río de la historia. Algunos lo logran.

 

JM, marzo 2019.

Hipocrecía internacional

Según Forbes, Argentina está a un paso del colapso. Para muchos, el colapso ya está instalado: la pobreza se disparó a niveles no vistos desde la gran crisis del 2001, lo mismo la inflación, el dólar, la desocupación, el déficit, la dependencia financiera y la verguenza (si es que esto último vale de algo en un mundo prostibulario).

Todo a pesar de que no es un país bloqueado, boicoteado y no hace un año recibió 50 billones de dólares de apoyo solidario del FMI.

Ese hermoso país es otro ejemplo de la flagrante, histórica, previsible, criminal hipocrecía internacional.

 

marzo 2019

An Open Letter to the Washington Office on Latin America About Its Stance on US Effort to Overthrow Venezuelan Government

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We believe that the Trump administration’s regime change effort in Venezuela is wrong in every way: morally, legally, and politically.

U.S. Vice President of United States Mike Pence and Venezuelan opposition leader and declared acting president by the National Assembly Juan Guaidó meet during the Lima Group Summit on February 25, 2019 in Bogota, Colombia. The meeting occurs after Nicolás Maduro blocked humanitarian aid in the border with Colombia in Cúcuta. (Photo: Luis Ramirez/Vizzor Image/Getty Images)

 

The following open letter, signed by 124 academics from around the globe, is addressed to the Washington Office on Latin America and voices serious concerns over WOLA’s support for various components of the Trump administration’s policy towards Venezuela.

We write out of concern for the direction that WOLA has taken with regard to a matter of life and death, and possibly war and peace, in Latin America. This letter is an attempt to engage with WOLA about your support for various components of the Trump administration’s efforts to topple the government of Venezuela.

We believe that the Trump administration’s regime change effort in Venezuela is wrong in every way: morally, legally, and politically. Since war has been openly threatened repeatedly by Trump himself and his top officials, this effort also runs a high risk in terms of the loss of human life and limb, and other unforeseen consequences of war and political violence.

For these reasons and more, WOLA should oppose this regime change effort unequivocally, just as progressives throughout the world opposed the Iraq War of 2003. But it has not done so. Rather, it has endorsed much of it. People may have differing personal opinions regarding the internal politics of Venezuela or how Venezuelans might best resolve their differences. But there is no doubt that the Trump administration’s illegal regime change operation is greatly worsening the situation and should be opposed by all who care about human life and international law.

“WOLA should oppose this regime change effort unequivocally, just as progressives throughout the world opposed the Iraq War of 2003.”

Most dangerous is WOLA’s opposition to the offers of mediation by Pope Francis as well as the neutral governments of Mexico and Uruguay. WOLA has referred to these offers ― which have been called the Montevideo mechanism ― as a “non-starter.” Instead, WOLA has chosen the European Contact Group, which is dominated by Washington and governments allied with its illegal sanctions and regime change effort, as the only legitimate place for negotiations to take place.

Since the Trump administration clearly has no desire to negotiate, and has openly stated this, WOLA’s choice implies that there will be no real negotiations until the other (European and Latin American) governments in the group are willing to make a clean break with Washington. This is not impossible, but it is unlikely in the foreseeable future. WOLA’s choice of a Trump-dominated negotiating group therefore aids Trump and his team of extremists (John Bolton, Marco Rubio, and Elliott Abrams), in their rejection of dialogue or negotiation.

WOLA even rejects the involvement of the UN in negotiations, which the UN Secretary-General Antonio Guterres has proposed, claiming that their role should be limited to overseeing a transition. The UN is the international body that has accumulated the most experience and knowledge in mediating inter- and intra-national crises. This includes successfully mediating the end to even seemingly intractable civil wars, such as in El Salvador in the 1990s. This expertise, alongside the moral authority the UN has as the most representative international body, means that a mediation process overseen by them would carry much more legitimacy than one led by the Trump administration and its political allies.

WOLA has been ambiguous about whether it supports the recognition of Juan Guaidó as “interim president,” a move that automatically creates a trade embargo on top of the current financial embargo. This is because the source of almost all of the country’s foreign exchange is from oil exports, about three-quarters of which goes to countries that have joined the Trump recognition of a parallel government, and therefore will not be expected to pay the current government of Venezuela for its oil.[1] 

This will deprive the economy of billions of dollars of foreign exchange, thus accelerating the increase in mortality (including infant and child mortality) from lack of medicines and health care, as well as worsening shortages of food ― an impact that is widely acknowledged. This is profoundly immoral. It also breaches international law, including Article 19 of the OAS Charter, the UN charter, and many other international treaties that the US has signed.

WOLA has also taken an ambivalent position on the August 2017 Trump sanctions, offering some criticisms but also offering suggestions for improvement. These sanctions imposed an illegal (for the same reasons as above) financial embargo that has been devastating, crippling oil production and thereby depriving the economy of billions of dollars for foreign exchange needed for vital imports. It also prevented any debt restructuring, as well as most other measures that would be necessary to exit from the country’s depression and hyperinflation.

WOLA defended these sanctions by arguing that “they complicate the Maduro government’s finances in such a way that they will not have an immediate impact on the population (although in the longer term, they likely would).” This is false, as anyone familiar with the sanctions and the Venezuelan economy knows. The Venezuelan economy ― not just the government ― depends on oil exports for almost the entirety of its foreign exchange. That is what pays for imports of medicine, food, and other vital necessities ― whether from government or the private sector.

“It is good that WOLA has distinguished itself from these people by opposing US military intervention and the manipulation of humanitarian aid for political purposes. But that is not enough.”

These positions are not defensible from a human point of view, and neither is the Trump administration’s apparent goal of extra-legal regime change. Why does the Trump team reject negotiation? Because they do not want a compromise solution which is necessary for the opposing political forces in a polarized country to co-exist. They are not concerned with the human costs of a winner-take-all solution; indeed it is possible that for people like Elliott Abrams and John Bolton, violence may be seen as an integral part of their strategy for vanquishing Chavismo and its followers, or gaining the control that both Trump and Bolton have stated that they want to have over the world’s largest oil reserves.

It is good that WOLA has distinguished itself from these people by opposing US military intervention and the manipulation of humanitarian aid for political purposes. But that is not enough. It should unequivocally oppose the whole sordid regime change operation, the violations of international law, and the illegal sanctions that are causing so much suffering.

WOLA should not pretend that this external regime change operation led by violence-prone extremists is actually a legitimate effort by the “international community” to help resolve Venezuela’s political and economic crisis. And most importantly, WOLA should abandon the implausible assertion that the only viable negotiation process is one that is controlled by the Trump administration and its allies, i.e., the European Contact Group.

 [1] The Trump administration subsequently carved out some temporary exceptions for some oil companies.

Signed (affiliations used for identification purposes only):

  1. Greg Grandin, Professor of History, New York University
  2. Noam Chomsky, Emeritus Professor, MIT
  3. Sujatha Fernandes, Professor of Political Economy and Sociology, University of Sydney
  4. Daniel Hellinger, Professor Emeritus of International Relations, Webster University
  5. John Womack Jr., Robert Woods Bliss Professor of Latin American History and Economics, emeritus, Harvard University
  6. Steve Ellner, Associate Managing Editor of Latin American Perspectives
  7. Richard Falk, Professor of International Law Emeritus, Princeton University
  8. Marisol de la Cadena, Professor of Anthropology, University of California-Davis
  9. Julio Yao, Professor of Public International Law, Agent of Panama to the International Court of Justice and Foreign Policy Advisor of General Omar Torrijos during Canal Negotiations
  10. Emir Simão Sader, Professor of Sociology, University of the State of Rio de Janeiro
  11. Gerardo Renique, Associate Professor, Department of History, City College of the City University of New York
  12. Mark Weisbrot, Co-Director, Center for Economic and Policy Research
  13. Sinclair S. Thomson, Associate Professor of History, New York University
  14. Brad Simpson, Associate Professor of History, University of Connecticut
  15. Thomas C. Field Jr., Associate Professor, Embry-Riddle College of Security and Intelligence
  16. Marc Becker, Professor of History, Truman State University
  17. Fred Rosen, Retired editor and director, NACLA
  18. Forrest Hylton, Associate Professor of History, Universidad Nacional de Colombia-Medellín
  19. Rosaura Sanchez, Professor of Literature, UCSD
  20. Suyapa Portillo, Associate Professor, Pitzer College
  21. Jocelyn Olcott, Professor, History, International Comparative Studies, Gender, Sexuality & Feminist Studies, Duke University
  22. John Mill Ackerman, Law Professor, National Autonomous University of Mexico (UNAM)
  23. Paul Ortiz, Associate Professor of History, University of Florida
  24. Bret Gustafson, Associate Professor of Anthropology, Washington University in St Louis
  25. Alexander Aviña, PhD, Associate Professor of History, Arizona State University
  26. Julie A. Charlip, Professor of History, Whitman College
  27. Richard Stahler-Sholk, Professor of Political Science, Eastern Michigan University
  28. Alex Dupuy, John E. Andrus Professor of Sociology Emeritus, Wesleyan University
  29. José Antonio Lucero, Associate Professor of International Studies, University of Washington
  30. Francine Masiello, Ancker Professor Emerita, UC Berkeley
  31. Elizabeth Monasterios, Professor of Latin American Literatures and Andean Studies and Co-editor, Bolivian Studies Journal, Department of Hispanic Languages and Literatures, University of Pittsburgh
  32. Roxanne Dunbar-Ortiz, Professor Emerita, California State University
  33. Guadalupe Correa-Cabrera, Associate Professor, George Mason University
  34. Christian Parenti, Associate Professor, Economics, John Jay College CUNY
  35. James Krippner, Professor of Latin American History at Haverford College
  36. William I. Robinson, Professor of Sociology and Global and International Studies, University of California-Santa Barbara
  37. James Cohen, University of Paris 3 Sorbonne Nouvelle
  38. Naomi Schiller, Assistant Professor of Anthropology, Brooklyn College, CUNY
  39. Jeb Sprague, University of Virginia
  40. Victor Silverman, Professor, Department of History, Pomona College
  41. Aviva Chomsky, Professor of History and Coordinator of Latin American Studies, Salem State University
  42. Jorge Majfud, Associate Professor of Spanish, Latin American Literature & International Studies, Jacksonville University
  43. Maryclen Stelling, Directora Ejecutiva del Centro de Estudios Latinoamericano, Celarg,  Analista político y de Medios de Comunicación
  44. Jeffrey L. Gould, Rudy Professor of History, Indiana University
  45. Jules Boykoff, Professor of Political Science, Pacific University
  46. Gavin Fridell, Canada Research Chair in International Development Studies, Saint Mary’s University
  47. Margaret Power, Professor of History, Illinois Institute of Technology
  48. Dr. Jerise Fogel, Classics & Humanities Dept, Montclair State University
  49. Clara Irazábal, Professor, University of Missouri— Kansas City
  50. Heather Williams, Associate Professor of Politics, Pomona College
  51. Kevin A. Young, Assistant Professor of History, University of Massachusetts Amherst
  52. Robert Austin, Honorary Associate, Department of History, School of Philosophical & Historical Inquiry , University of Sydney
  53. Bill Bollinger, Latin American Studies, California State University, Los Angeles
  54. Susan Spronk, Associate Professor, University of Ottawa
  55. Gregory S Kealey, CM, FRSC, Professor Emeritus of History, University of New Brunswick
  56. Rosalind Bresnahan, California State University San Bernardino (retired)
  57. Rich Potter, PhD, Assistant Professor, Chair, Department of Media Arts, The American Jewish University
  58. Silvia M. Arrom, Jane’s Professor of Latin American Studies, Emerita, History Dept, Brandeis University
  59. Christopher Helali, Graduate Student, Dartmouth College
  60. Van Gosse, Professor of History, Franklin and Marshall College
  61. Charles Bergquist, Professor Emeritus of History, University of Washington
  62. Bob Buchanan Ph.D., Faculty, Goddard College
  63. Francis Shor, Emeritus Professor, History, Wayne State University
  64. Barbara Weinstein, New York University
  65. Jessica K. Taft, Associate Professor, Latin American and Latino Studies, University of California at Santa Cruz
  66. Renate Bridenthal, emerita Professor of History, Brooklyn College, CUNY
  67. Hannah Gurman, Clinical Associate Professor, Gallatin School, New York University
  68. Pamela S. Murray, Professor, History Department, The University of Alabama at Birmingham
  69. Guillermo Calvo Mahe, Writer and political commentator; former Chair, Political Science, Government and International Relations at the Universidad Autónoma de Manizales
  70. Raymond Craib, Professor of History, Cornell University
  71. Shari Orisich, Ph.D., Assistant Professor, Department of History, Coastal Carolina University
  72. Fernando Leiva, Associate Professor, Department of Latin American and Latino Studies, University of California Santa Cruz
  73. William Smaldone, Professor of History, Willamette University
  74. Robert C. H. Sweeny, Honourary Research Professor, Department of History, Memorial University of Newfoundland
  75. Joan Paluzzi, Ph.D. Medical Anthropologist
  76. Robert Hannigan, Scholar in Residence, History, Suffolk University
  77. Elizabeth Dore, Professor of Latin American Studies, University of Southampton, UK
  78. Sanford Kelson, attorney-at-law and labor arbitrator, past president of Veterans For Peace
  79. Marian Mollin, Ph.D., Associate Professor of History, Virginia Tech
  80. Osamah Khalil, Assoc. Prof., History, Syracuse University, Maxwell School of Citizenship and Public Affairs
  81. Bruce Levine, J.G. Randall Distinguished Professor, Emeritus of History, University of Illinois at Urbana-Champaign
  82. Gabriela F. Arredondo, Associate Professor and Department Chair, Latin American & Latino Studies, University of California at Santa Cruz
  83. Patricia de Santana Pinho, Associate Professor, Department of Latin American & Latino Studies, University of California, Santa Cruz
  84. Lewis Siegelbaum, Jack and Margaret Sweet Professor Emeritus, Department of History, Michigan State University
  85. Sylvanna Falcón, Associate Professor of Latin American & Latino Studies, University of California, Santa Cruz
  86. John Marciano, Professor Emeritus, SUNY Cortland
  87. Shanti Marie Singham, Professor of History and Africana Studies, Williams College
  88. Ronald Grele, Columbia University
  89. Sandi E. Cooper, Professor Emerita, History, City University of New York
  90. Robert Samet, Assistant Professor, Department of Anthropology, Union College
  91. Keith Brooks, UFT, NWU
  92. Enrique Davalos, Chicana/o Studies Professor and Department Chair, San Diego City College
  93. Naoko Shibusawa, Associate Professor of History and American Studies, Brown University
  94. Celia E. Naylor, Associate Professor of Africana Studies and History, Barnard College, Columbia University
  95. Arnold J. Oliver, Ph.D., Emeritus Professor of Political Science, Heidelberg University
  96. Jeff Cooper, Professor of History, Santa Monica College (retired)
  97. John Munro, Associate Professor, St. Mary’s University
  98. Tanalis Padilla, Associate Professor of History, Massachusetts Institute of Technology
  99. Karen Breda, Professor, University of Hartford
  100. Pat Lauderdale, Professor and Honors Faculty, Faculty of Justice and Social Inquiry, SST, Arizona State University
  101. Pennee Bender, Acting Director, American Social History Project/Center for Media and Learning, City University of New York—The Graduate Center
  102. Dale L. Johnson, Professor Emeritus, Sociology, Rutgers University
  103. John Beverley, Emeritus Distinguished Professor of Hispanic Languages and Literatures at the University of Pittsburgh, and a founding member of Democratic Socialists of America
  104. Rachel Elfenbein, Ph.D., author, Engendering Revolution: Women, Unpaid Labor, and Maternalism in Bolivarian Venezuela
  105. Judy Ancel, President, The Cross Border Network
  106. Guy Aronoff, Lecturer at Humboldt State University
  107. Jeffrey Erbig, Assistant Professor of Latin American and Latino Studies, University of California, Santa Cruz
  108. Paul Alexander, English Professor, San Diego City College
  109. Liisa L. North, Professor Emeritus, York University, Toronto
  110. Daniel Kovalik, Adjunct Professor of Law, University of Pittsburgh
  111. Frederick B. Mills, Professor of Philosophy, Bowie State University
  112. Brooke Larson, Professor, Department of History, Affiliated Faculty, Center for Latin American and Caribbean Studies and Associated Faculty, Department of Women, Gender, and Sexuality Studies, Stony Brook University
  113. Howard Brick, Louis Evans Professor of History, University of Michigan
  114. Viviana Ramírez, BA (Hons), Dip. Ed., Senior Teacher of Spanish (retired) Queensland Dept. of Education (1994-2016), Australia
  115. Amy Chazkel, Columbia University
  116. Teishan Latner, Assistant Professor Thomas Jefferson University
  117. Richard Grossman, Instructor, Department of History, Northeastern Illinois University
  118. Chris Carlsson, author, co-director, Shaping San Francisco
  119. Tina Braxton, PhD Candidate in History, Georgetown University
  120. Emilie Vardaman, ESL Instructor, Retired
  121. Rupa Shah MD, FACC
  122. Jodie Evans, CODEPINK
  123. Roger Leisner, Radio Free Maine
  124. Frank Brodhead, Peace activist
  125. Miguel Ramirez, Professor of Economics, Trinity College

El capital político de Uruguay

Carta abierta a los políticos uruguayos

Estimados señores representantes y candidatos políticos:

Para empezar, lo obvio: este ciudadano, como cualquier otro, no está en condiciones de dar ni lecciones morales ni lecciones de vida a nadie. Bastaría con echar una mirada a los problemas familiares de esas micro repúblicas que nunca nadie ha podido resolver para curarnos en humildad. Ni siquiera me siento más autorizando que nadie para dar mi opinión por ser ciudadano uruguayo ni por ver sus problemas desde una perspectiva particular o a través de una experiencia algo diversa. El popular argumento de “yo sé lo que digo porque lo viví” es una muleta que se desarma fácilmente con la opinión opuesta de dos individuos que vivieron los mismos hechos. Por no entrar a recordar la imposibilidad de cada individuo de vivir sobre todo un país y en cada uno de los grupos y las clases sociales que lo componen.

Empecemos por las virtudes. Hasta muy recientemente, Uruguay ha gozado de un capital que escasea, y cada vez más, en la mayor parte del mundo. Me refiero al capital político que siempre tiene traducciones en la forma en que los individuos se relacionan y hasta en la economía. Ese capital político es muy simple, pasa desapercibido o desvalorizado por aquellos que lo viven desde su propia burbuja. No es sexy (como dicen los consumistas hoy) como la guillotina en la Revolución francesa, como el Gran Garrote de Theodore Roosevelt, como los tanques de las tradicionales dictaduras latinoamericanas o como el grito de yugulares hinchadas de los presidentes-pastores-ejecutivos de las nuevas democracias asaltadas por la nueva cultura cowangry.

Ese capital, que se basa en la cultura civil, en la capacidad de convivir con nuestras diferencias ideológicas e identitarias, se erosiona y se pierde fácilmente con las frustraciones individuales y colectivas (en caso que todavía exista lo colectivo).

Cuando en mis primeras elecciones de 1989 voté al partido Verde Ecologista, mi padre era un modesto candidato a edil por el partido Nacional (a esa altura su partido había vuelto a ser el partido conservador que había sido la mayor parte del siglo). El mismo día de las elecciones le dije que no había votado por él. Mi padre me respondió que había hecho lo correcto al seguir mi conciencia. Hasta su último día, nuestras profundas diferencias políticas nunca menguaron el cariño y el respeto que le tenía.

Recientemente, un amigo venezolano que detesta lo que él llama el “régimen chavista” me preguntó, sorprendido, “¿cómo es posible tener amigos en los dos bandos”? Mi respuesta fue que su pregunta explicaba gran parte del “problema venezolano”. Más allá de quién es responsable de esa cultura suicida (ya he escrito bastante, o algo, sobre esto, sobre la historia venezolana y sobre la antigua práctica hipócrita de las potencias hegemónicas, y acepto que otros no vean el problema de la misma forma). Quiero decir, no por eso los considero enemigos o necesariamente mala gente. Depende del caso.

Uno no es bueno ni malo por ser estadounidense. (¿Hay que aclarar algo tan obvio? Sí.) Uno no es ni bueno ni malo por ser uruguayo, francés o mozambiqueño. Nadie es bueno o malo por ser socialista, conservador, cristiano, judío, ateo o astronauta. Para merecer esos títulos primero hay que ser una buena o una mala persona. Razón por la cual puedo jactarme de tener amigos conservadores, católicos, ateos, comunistas, liberales, anarquistas, pro-chavistas, antichavistas… En fin, de todo menos nazis o miembros del KKK, por razones morales básicas. Son mis amigos no por sus ideas políticas sino porque los considero buenas personas. Discrepo con la mayoría de ellos, creo que se equivocan en el diagnóstico y en las soluciones (claro, ese es el orden científico, pero en política, como en religión, el orden es el inverso: primero las supuestas soluciones, las ideas políticas, luego el diagnóstico de la realidad, la crítica).

En la cultura toxica de las redes sociales (el factor global común que nació y se sustenta en el principio de la venta y el beneficio económico, no en el amor fraternal), en las reacciones epidérmicas donde los algoritmos del sistema de renqueo y popularidad siempre premian más al insulto y el agravio que a los ya vanos intentos de dialogo civilizado, mantener el Factor Uruguayo, el Capital Político, el sentido del diálogo ilustrado, es cada día más difícil.

Pero tal vez tomar conciencia de este problema ayude en algo. El capital político no significa que todo vale igual. De algún lado está la verdad o tal vez está en ambos lados y mal repartida. A veces ni siquiera se trata de la verdad sino de simples intereses. En cualquier caso, el ejercicio intelectual de des-cubrimiento, de re-velación a través de la crítica radical seguirá siendo vital para cualquier sociedad civilizada que pretenda vivir en paz y en justicia.

Es decir, seguiremos luchando, con todos los recursos intelectuales y morales por lo que creemos justo y necesario. Seguiremos siendo radicales y agresivos en el análisis y en el combate de las ideas sobre la justicia y la realidad. Seguiremos luchando por destruir las ideas que enmascaran la realidad para sufrimiento de la gran mayoría o para el abuso injusto de una minoría. Seguiremos apoyando organizaciones populares y luchando para limitar el inmenso poder elitista que nunca deja de crecer ni de secuestrar los logros del resto del mundo mientras los venden como méritos propios.

Pero en el proceso, no destruyamos el gran capital político y social, el único y verdadero capital humano (no ese cuyo único objetivo, se supone, es el capital financiero), porque en ese caso todos tendremos mucho para perder. Empezando por la razón y terminando por los recursos materiales más básicos.

Se acercan las elecciones de 2019 en ese pequeño país rodeado de maniqueos. Es natural que, en estos procesos, muchas veces meros circos, se comercie con insultos y otros ataques personales. Aquí en Estados Unidos, una democracia muy imperfecta y limitada, elegantemente corrupta, es una práctica cada vez menos disimulada. Es de esperar que lo que se hace aquí se copie allá, como lo indica la tradición.

Claro que no es algo inevitable. No sería un mal acuerdo procurar minimizar estos daños de campaña electoral, recuperar y potenciar el capital político una vez que pase el carnaval.

En Uruguay los candidatos de los partidos políticos en disputa podrían reunirse en una pizzería a tomar cerveza. Por ridículo o irrelevante que esto pueda parecer, la sola posibilidad indica un capital social que escasea en el mundo, mucho más que cualquiera de las riquezas por las cuales abundan tantas guerras, tanto odio y tanta miseria que solo les sirve a unos pocos, a casi nadie.

 

JM, febrero 2018

 

Carta abierta a la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA):

Los abajo firmantes manifestamos nuestra preocupación por la dirección que WOLA ha tomado con respecto a un posible conflicto bélico en América Latina. Esta carta es un intento de hacer reflexionar a WOLA sobre su apoyo a varias medidas e intentos por parte de la administración Trump para derrocar al gobierno de Venezuela.

Creemos que las acciones de la administración Trump para lograr un cambio de régimen político en Venezuela posee varias carencias de tipo moral, legal y político. Trump y sus principales funcionarios han amenazado, repetidamente, con iniciar una intervención bélica, acciones que tendrían un alto riesgo en términos de pérdida de vidas humanas, aparte de otras consecuencias imprevistas, como ocurre siempre con las guerras y la violencia política.

Por estas razones y por muchas otras más, WOLA debería oponerse a este esfuerzo intervencionista de manera inequívoca, al igual que los progresistas de todo el mundo se opusieron a la Guerra de Irak de 2003. Pero no lo ha hecho. Más bien, ha respaldado gran parte de estas medidas. Podemos tener diferentes opiniones sobre la política interna de Venezuela o sobre cómo los venezolanos pueden resolver sus diferencias. Pero no hay duda de que la operación ilegal de cambio de régimen de la administración Trump está empeorando enormemente esta situación y debe ser rechazada por todos los que se preocupan de verdad por la vida humana y por el derecho internacional.

Más peligrosa es aún la oposición de WOLA a las ofertas de mediación del Papa Francisco, así como a los gobiernos neutrales de México y Uruguay. WOLA se ha referido a estas ofertas, llamadas el Plan de Montevideo, como ineficientes. En su lugar, WOLA ha preferido el Grupo de Contacto Europeo, que está dominado por Washington y por los gobiernos aliados a sus esfuerzos ilegales de cambio de régimen y sanciones, como el único lugar legítimo para llevar a cabo cualquier negociación.

Como la administración Trump claramente no tiene ningún deseo de negociar, y lo ha declarado abiertamente, la decisión de WOLA implica que no habrá negociaciones reales hasta que los otros gobiernos del grupo (tanto europeos como latinoamericanos) estén dispuestos a romper con Washington. Esto no es imposible, pero es improbable por el momento. La elección de WOLA de un grupo negociador dominado por Trump, por lo tanto, ayuda a Trump y su equipo de extremistas (John Bolton, Marco Rubio y Elliott Abrams) a rechazar cualquier diálogo o la negociación.

WOLA rechaza, incluso, la participación de la ONU en las negociaciones, cuyo secretario general, Antonio Guterres, ha ofrecido, reconociendo que su papel debería limitarse a supervisar una transición. La ONU es el organismo internacional que más ha acumulado experiencia y conocimiento en la mediación de crisis domesticas e internacionales. Esto incluye la exitosa mediación en el fin de guerras civiles, aparentemente fueras de control, como, por ejemplo, fue el caso de El Salvador en la década de 1990. Esta experiencia, junto con la autoridad moral que tiene la ONU como el organismo internacional más representativo, significa que un proceso de mediación supervisado por ellos tendría mucha más legitimidad que uno liderado por el gobierno de Donald Trump y sus aliados políticos.

WOLA ha sido ambigua respecto a su respaldo o no de Juan Guaidó como “presidente interino de Venezuela”, una medida que automáticamente crea un embargo comercial, además del actual embargo financiero que ya sufre ese país. Esto se debe a que casi todas las divisas del país provienen de las exportaciones de petróleo, de las cuales alrededor del 75 por ciento de las se destinan a países que se han unido al reconocimiento de Trump de un gobierno paralelo y, por lo tanto, no es de esperar que le paguen al gobierno actual por sus compras de petróleo. (*)

Estas medidas privarán a la economía venezolana de miles de millones de dólares en divisas, lo cual acelerará el aumento de la tragedia que vive ese país (incluida la mortalidad infantil) por la falta de medicamentos y atención médica, así como el empeoramiento de la escasez de alimentos, un impacto que es ampliamente reconocido por todos. Esto es profundamente inmoral. También infringe el derecho internacional, incluido el Artículo 19 de la Carta de la OEA, la Carta de las Naciones Unidas y muchos otros tratados internacionales que los Estados Unidos han firmado.

WOLA también ha tomado una posición ambigua sobre las sanciones de Trump de agosto de 2017, ofreciendo algunas críticas pero también sugerencias para mejorarlas. Estas sanciones impusieron un embargo financiero ilegal (por las mismas razones mencionadas anteriormente) que ha sido devastador, paralizando la producción de petróleo y, por lo tanto, privando a la economía de miles de millones de dólares en divisas necesarias para importaciones vitales. También impidió cualquier reestructuración de la deuda, así como la mayoría de las otras medidas que serían necesarias para salir de la depresión e hiperinflación que actualmente sufre el país.

WOLA defendió estas sanciones argumentando que “complican las finanzas del gobierno de Maduro de tal manera que no tendrán un impacto inmediato en la población (aunque probablemente sí lo tenga a largo plazo)”. Lo cual es falso, como cualquiera que esté familiarizado con las sanciones y la economía venezolana saben. La economía venezolana, no solo el gobierno, depende de las exportaciones de petróleo para casi la totalidad de sus divisas. Son estas isas las que pagan las importaciones de medicamentos, alimentos y otras necesidades vitales, tanto en el sector público como en el sector privado.

Estas posiciones no son defendibles desde un punto de vista humano, y tampoco lo es el objetivo de la administración Trump de un cambio de régimen fuera del marco legal. ¿Por qué el gobierno de Trump rechaza la negociación? Porque no les interesa una solución basada en el compromiso necesario para que las fuerzas políticas en un país polarizado puedan coexistir. No están preocupados por los costos humanos de una solución en que el ganador se lleva todo; de hecho, es posible que para personas como Elliott Abrams y John Bolton la violencia sea vista como una parte integral de su estrategia para vencer al chavismo y sus seguidores, u obtener el control que tanto Trump como Bolton han declarado que quieren tener sobre las mayores reservas de petróleo del mundo.

No deja de ser positivo que WOLA se haya distinguido de estas personas al oponerse a la intervención militar estadounidense y la manipulación de la ayuda humanitaria con fines políticos. Pero eso no es suficiente. Debería oponerse, de forma explícita, a toda la operación de cambio de régimen, a las violaciones al derecho internacional y las sanciones ilegales que están causando tanto sufrimiento.

WOLA no debe asumir que toda esta operación de cambio de régimen liderada por extremistas propensos a la violencia es, en realidad, un esfuerzo legítimo de la “comunidad internacional” para ayudar a resolver la crisis política y económica de Venezuela.

Más importante aún: WOLA debería abandonar la inverosímil afirmación de que el único proceso de negociación viable es el que está controlado por la administración Trump y sus aliados, es decir, el Grupo de Contacto Europeo.

 

(*) Más tarde, la administración Trump estableció algunas excepciones provisorias para algunas compañías petroleras.

 

 

Firman esta declaración:

Greg Grandin, Professor of History, New York University

Noam Chomsky, Emeritus Professor, MIT

Marisol de la Cadena, Professor of Anthropology, University of California-Davis

Steve Ellner, Associate Managing Editor of Latin American Perspectives

Sinclair S. Thomson, Associate Professor of History, New York University

Brad Simpson, Associate Professor of History, University of Connecticut

Thomas C. Field Jr., Associate Professor, Embry-Riddle College of Security and Intelligence

Marc Becker, Professor of History, Truman State University

Forrest Hylton, Associate Professor of History, Universidad Nacional de Colombia-Medellín

Sujatha Fernandes, Professor of Political Economy and Sociology, University of Sydney

Rosaura Sanchez, Professor of Literature, UCSD

Suyapa Portillo, Associate Professor, Pitzer College

Jocelyn Olcott, Professor, History, International Comparative Studies, Gender, Sexuality & Feminist Studies, Duke University

Jorge Majfud, Associate Professor of International studies, Jacksonville University.

Jodie Evans, CODEPINK


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Suite 400
Washington, DC 20009
(202) 293-5380

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Les vrais murs de la démocratie étasunienne

par Jorge Majfud *

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Les murs de la démocratie étasunienne sont de deux genres : l’un est culturel et l’autre structurel. Les deux, avec un vieux objectif : maintenir le pouvoir aux mains d’une minorité qui se représente comme majorité.

 

Voyons le mur culturel, d’abord, mais commençons par son côté positif. Les dits « Pères fondateurs » furent une élite d’intellectuels, reflet des nouvelles idées radicales européennes qui ont, plus ou moins, trouvé un espace sur le nouveau continent qu’ils n’avaient pas dans le vieux, de la même manière que le fit le christianisme en Europe et non en Palestine juive. C’est-à-dire un territoire moins convoité par les empires de l’époque et moins poursuivi par la tradition millénaire d’idées fossilisées. Thomas Jefferson était devenu citoyen français avant d’être président des États-Unis et tous les autres avaient, d’une certaine manière, une profonde admiration pour les philosophes de l’illustration, mais directement de la culture française. Les idées de Jefferson, comme celle des autres fondateurs, ne coïncidaient pas beaucoup avec le reste de population, et même ses livres ont été interdits dans beaucoup de bibliothèques sous l’accusation exagérée d’être athée. L’idée de créer un mur épais qui séparait la religion du gouvernement était trop radicale.

Cependant, cette élite fondatrice partageait avec le reste le malheur du racisme et du double bâton de mesure. Le génie de Benjamin Franklin ne voulait pas d’immigration qui ne soit pas blanche et anglo-saxonne. Le savant Thomas Jefferson non seulement avait abusé d’une mineure qu’il a rendue mère plusieurs fois, mais, en plus, il ne l’a jamais libérée pour devenir mulâtre. La belle esclave, Sally Hemings, était la fille illégitime de son beau-père avec une autre esclave. Pour ne pas rentrer dans la longue et persistante histoire des lois racistes qui vont de l’idée sur la non-humanité des noirs au mépris des Latinoaméricains pour leur condition d’hybrides, comme les mules, quelque chose qui, selon les journalistes et des membres du congres du XIXe siècle, ne plaisait pas à Dieu. Le dégoût pour les chinois, pour les irlandais (avant de devenir des blancs assimilés), pour les indiens et pour les Mexicains a complété la carte du mépris et de la spoliation pour tout ce qui n’était pas anglo-saxon et protestant. La belle phrase « We the people » assumait, en fait, qu’avec ce « le peuple » ils ne se référaient ni aux noirs, ni aux indiens, ni à personne qui n’appartenait pas à la « race » des fondateurs.

Mais Jefferson était dans le vrai quand il a dit que « la terre appartient aux vivants, non aux morts ». On a l’habitude de pardonner aux pères Fondateurs (et aux leaders qui les ont suivis) parce qu’ils étaient « des hommes de leur temps » ; on ne peut pas juger quelqu’un qui a vécu il y a deux cents ans avec les valeurs d’aujourd’hui. Cependant, quelques années après que Jefferson ait laissé le gouvernement des États-Unis, un militaire rebelle nommé José Artigas, qui était contre l’abus militaire dans le gouvernement et en faveur d’une démocratie plus directe, à peine avait il pris le contrôle de l’Union des Peuples Libres (ce qui est aujourd’hui l’Uruguay et une partie de l’Argentine) qu’il a distribué des terres à des blancs, des indiens et des noirs sous la devise « les plus malheureux seront les plus privilégiés ». Un principe et une attitude vraiment chrétienne d’un homme non religieux.

Il n’est pas non plus certain que les États-Unis n’aient jamais eu de dictature. En fait, leurs lois ont eu besoin d’un siècle, même après la Guerre civile, pour reconnaître que quelqu’un pouvait être citoyen des Etats Unis indépendamment de sa couleur de peau, bien qu’ensuite ils ont continué de filtrer aussi, par loi, les immigrants qui n’étaient pas suffisamment blancs.

Actuellement, mêmes les blancs les plus blancs sont devenus des noirs. Mais ils ne le savent pas, et c’est pourquoi est re-née la haine des noirs et marrons. Ils se sentent les nouveaux noirs, mais ils ne le reconnaissent pas et alors ils ont besoin de mépriser le reste pour confirmer leur ancienne condition de blancs, c’est-à-dire, de privilégiés.

Pendant ce temps, la démocratie des Etats-Unis d’Amérique reste séquestrée par 0,1 % de sa population, par les multimilliardaires qui financent les campagnes électorales, dînent avec les vainqueurs et envoient leurs scribes s’asseoir dans les comités qui rédigent les lois ensuite approuvées par les législateurs, dont la majorité sont millionnaires.

Maintenant, jetons un regard sur les murs structuraux de la démocratie hégémonique. Ces problèmes plongent aussi leurs racines dans le racisme et l’élitisme social masqué dans un discours opposé.

Voyons cette logique rapportée à l’obsession historique des bulles ethniques. La population latine est sous-représentée à l’extrême parce que, comme d’autres minorités telle que l’afro-américaine et l’asiatique, elles vivent dans les grandes villes et celles-ci sont dans les états les plus peuplés comme la Californie, le Texas, la Floride, New York et l’Illinois. De ces états, seul le Texas est un état avec une majorité conservatrice solide. La Floride est pivotante et les autres sont des bastions traditionnels progressistes (libéraux, dans le langage US).

Cependant, bien que la Californie ait une population de 40 millions, elle dispose seulement de deux sénateurs. Le même nombre que New York, autre état avec 20 millions d’habitants. Le même nombre de sénateurs que chacun des cinquante états, comme l’Alaska, état dont la population n’arrive pas à 800 000 habitants. Le groupe des Etats du centre comme les deux Dakotas, Nebraska, etc. tournent à peine autour d’un million d’habitants (Wyoming arrive à peine au demi million) et chacun dispose de deux sénateurs. Ce qui signifie que le vote d’un fermier dans n’importe lequel de cette douzaine d’états conservateurs et dépeuplés vaut entre 30 et 40 fois plus que le vote de tout étasunien qui vit dans les états peuplés de la Californie, du Texas, de la Floride, de New York ou de l’Illinois.

Certes, ce système d’élection des sénateurs n’est pas unique dans le monde, mais aux États-Unis le déséquilibre de peuplement et politique en faveur des conservateurs ruraux, depuis le XIXe siècle, est remarquable et consistant.

Comme si ce n’était pas assez, il faut considérer que le système d’élections présidentielles non seulement refuse à Puerto Rico, avec presque quatre millions d’habitants (plus que la somme de quelques Etats centraux), la possibilité de choisir le président, mais, de plus, le système électoral en vigueur, héritage du système esclavagiste qui favorisait les Etats du sud avec une faible population blanche, rend possible qu’un président soit choisi en ayant reçu trois millions de votes de moins que le perdant.

Grâce à ce système (l’électorat reproduit non seulement le nombre de représentants mais aussi de sénateurs), des Etats plus peuplés comme la Californie, le Texas, l’Illinois ou New York (qui subventionnent économiquement les plus pauvres états), ont besoin du double ou plus de votes que les Etats dépeuplés du centre pour arriver à placer un électeur. Une autre raison pour comprendre pourquoi les minorités, qui additionnées ne le sont pas, ne sont pas traitées avec la justice électorale qu’une vraie démocratie doit garantir : un citoyen, un vote.

Ce n’est pas par hasard que la population, malgré la vieille manipulation médiatique, a l’habitude d’avoir des opinions très différentes par rapport à ses propres gouvernements. Ce qui importe à peine dans cette démocratie.

Jorge Majfud*

Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de lAmérica » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

Tequila

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Un tequila policial

 

La muerte joven se une al crimen y el misterio en Tequila (Sudaquia), novela del escritor Jorge Majfud (Uruguay, 1969). En el verano de 1998 siete hispanos recientemente egresados de la universidad parten de Jacksonville, Florida, en un motor home y un auto alquilado hacia la costa californiana del Pacífico. Cada entrada del diario de Raquel es una invitación para ahondar en ese viaje por las carreteras míticas de Estados Unidos. La música y la marihuana, como corresponde, son otra buena compañía para los jóvenes que saben muy bien que apenas concluya el viaje se acabará la fiesta: la vida adulta solo promete un trabajo, tal vez hijos, y pagar las deudas de los préstamos estudiantiles.

En ese tiempo suspendido de futuro los protagonistas continúan su celebración a la velocidad en que pasan las ciudades –Alabama, New Orleans, El Paso– y los parajes cambian: el vértigo horizontal de la américa profunda.

Tequila es un policial que no sólo propone un enigma que seduce de inmediato –un joven que no falleció cuando todos creían que había muerto– sino que toca temas como el migratorio y las identidades, el valor que realmente tienen, en un tiempo en que nada es lo que parece, fake news de por medio.

Jorge Majfud se graduó en 1996 de arquitecto por la Universidad de la República del Uruguay y publicó su primera novela, Memorias de un desaparecido. Recorrió más de cuarenta países recogiendo material para sus primeros libros mientras trabajaba como calculista de estructuras y como profesor de matemáticas. En el año 2003 abandonó definitivamente esas profesiones para dedicarse a su primera vocación. Máster y doctor en Literatura por la Universidad de Georgia en 2008, dio clases en diferentes universidades de Estados Unidos. Es el autor de varios libros de ensayos y análisis como El eterno retorno de QuetzalcóatlUna teoría de los campos semánticos, y novelas como La reina de AméricaLa ciudad de la Luna Crisis. Es colaborador frecuente de diferentes medios internacionales. Actualmente es profesor de Literatura latinoamericana y Estudios Internacionales en Jacksonville University.

 

¿Por qué elegiste narrar Tequila en forma de diario?

El género de la novela-diario tiene un clásico perfecto en La invención de Morel, de Bioy Casares. Tequila es más bien una confesión (la confesión de un crimen colectivo) en forma de investigación y de memorias de un viaje de graduados realizado quince veranos atrás. La narradora basa gran parte de su relato en sus propias memorias, pero las va ordenando y verificando en los recibos de hoteles, gasolineras, algunas fotos y en las grabaciones secretas de veintidós cassettes de la víctima. Como siempre (al menos en mi caso) la técnica narrativa no es algo que uno decide conscientemente. Bueno, casi nada en una novela que intenta ser una exploración existencial es calculado. Para cálculos están Hollywood y las megas editoriales.

Gran parte de la novela sucede on the road. Pero a esa cualidad le agregas un enigma, se vuelve entonces una novela policial. Al género le das una vuelta de tuerca sumamente interesante…

Eso espero. Que tengo algún interés. Una noche de insomnio me levanté y ya tenía la historia completa. El bosquejo de algo que pasó. Pero la escritura es otra cosa. Para un escritor, escribir es como mirar por un microscopio para un biólogo, o por un telescopio para un astrónomo. Uno va descubriendo detalles, va aclarando aquellas cosas que hasta ese momento eran solo vagas intuiciones. Después de mis últimas novelas de perspectivas múltiples como La ciudad de la LunaCrisis y El mar estaba sereno, sentía la necesidad de un camino simple, lineal. Y qué más simple y lineal que un viaje, que, además, va de costa a costa en una sola ruta. Pero ese camino tiene desvíos y la multiplicidad de perspectivas vuelve con el cruce de personajes momo el mexicano German, que tiene una visión de la muerte (y por lo tanto de la vida) significativamente diferente a la concepción materialista de los estudiantes estadounidenses.

 Sí, la estructura se asemeja a una road-trip story o un road movie y en la temática a una novela policial, pero es lo opuesto a una novela policial. Por lo general, las novelas de detectives y las policiales son producto del positivismo del siglo XIX. Básicamente se centran en la resolución de un problema, pero no un problema social o existencial sino un problema inventado por el autor que es siempre el mismo: la investigación sobre un crimen. En Tequilahay un crimen, pero el centro de la novela no consiste en “resolver el problema”. Aunque sea el objetivo de unos jóvenes desesperados, para la novela, me parece, el problema es la revelación de distintas personalidades, la fragilidad de la vida, el valor de la identidad, el instinto de sobrevivencia que se manifiesta de formas irreconocibles, dependiendo de la posición de cada uno, pero son, en el fondo, la misma cosa. Como cuando los viajeros descubren que German, el nuevo integrante del grupo, afeitado es el doble del muerto, y cuando German descubre el rostro del viajero muerto conservado en Tequila, hay una complicidad colectiva para sustituir uno por el otro. Unos lo hacen para cubrir un crimen, una culpa que nunca se resolverá, y el otro, el inmigrante ilegal, para sobrevivir a una realidad brutal, como la de muchos inmigrantes ilegales. No hay resolución del problema ni hay happy ending como en una novela, como en una película de detectivesPor lo tanto, no es una novela policial. Tal vez podría ser una antinovela policial, en el sentido de que usa su estructura, pero la niega en sus propósitos tradicionales.

Está el enigma que se une al tema de la migración en Estados Unidos, lo que confirma con la lectura de Tequila que la novela policial todavía es un reflejo de la sociedad.

Vos sos un gran lector de Ernesto Sábato, como yo lo fui en mi adolescencia. Junto con Sartre y otros, fue uno de mis maestros. Los lectores y los escritores eligen a sus maestros según ciertas afinidades. Ellos suelen articular nuestras inquietudes y nuestras intuiciones más turbias, más profundas. Para mí una novela, como la vida, tiene muchas dimensiones, muchos niveles. Si no está simplificada por las necesidades y la insensibilidad del gusto McDonald’s del mercado, la novela no puede carecer, entre otros niveles, de los problemas más acuciantes de una sociedad. Incluso La Invención de Morel, por volver a un ejemplo usado antes, que se desarrolla en una isla inexistente y parece un cuadro abstracto, revela la voluntad del autor, de su clase social, de evadirse de la Argentina de los años treinta.

Pero una novela que se precie de no comercial (y lo siento por nuestros editores, que hacen un trabajo titánico para salvar la cultura radical sin hundiese en la bancarrota) tampoco carece de una dimensión ahistórica, es decir, de los problemas universales del individuo: el amor, el odio, la envidia, el ego, la creación, la destrucción, la necesidad de la verdad y la justicia, la debilidad de la mentira y el abuso del poder, etc. Una novela es parte de su tiempo y de su sociedad. No un reflejo, porque más que frecuentemente suele exponer sus tabúes, sus problemas ocultos, todo aquello que la frivolidad diaria de los medios masivos niega de forma pornográfica.

¿Por qué una voz femenina para contar la historia?

Esa pregunta no es simplemente técnica. Es radical, en el mejor sentido de la palabra. En La reina de América, publicada en el 2002 en España, la voz narrativa también es una mujer. Más exactamente, en ambos casos es una mujer joven, tímida, y llena de miedos. Es una perspectiva que me permite explorar y observar el mundo, sobre todo la violencia moral, sin intervenir en él de forma decisiva hasta que se produce la rebelión final. Siempre me he preguntado cómo es el mecanismo de un escritor hombre que toma la voz y la perspectiva de una mujer, o viceversa; hasta dónde es legítimo y por qué me resulta tan natural siendo yo un hombre heterosexual. Pero ese cuestionamiento se derrumba en la práctica narrativa.

Cuando Consuelo en La reina de América o Raquel en Tequila hablan, son ellas y no yo, como cuando soñamos con diferentes personas. Cada personaje de nuestros sueños es producto de nuestra creación espontánea, pero nosotros, el yo despierto, no es ninguno de ellos. Lo mismo ocurre cuando tomamos la voz y la perspectiva de un asesino, de un psicópata, de alguien que dista, radicalmente, de nuestro yo. No se trata de una invención fría, de una fabricación, sino de una empatía de ser humano, más allá del género, del sexo, pero que no es ajeno a estas diferencias.

 

Leyendo la novela me preguntaba hasta qué punto conocemos a las personas que están al lado nuestro.

Ahí ya tenés un cuestionamiento existencial que proviene de la exploración propia de la ficción. Seguramente te la habrás formulado muchas otras veces antes, al menos como intuición. Creo que la respuesta es que nadie conoce completamente a nadie. Ni siquiera nos conocemos completamente nosotros mismos. Si así fuese, nunca hubiese existido la famosa recomendación del oráculo griego, grabado en el templo de Apolo, “conócete a ti mismo”. Hay gente más o menos confiable, conocemos más o menos de una persona, pero nunca, jamás, en su totalidad, por la simple razón de que no somos dioses; ni nosotros que conocemos, ni los individuos que conocemos lo son.

Es en la ficción que estos problemas se ponen sobre el escenario, mucho más desnudos que en eso que llamamos realidad. Por algo “persona” en el antiguo teatro griego significaba “máscara”. Somos actores y representamos diferentes papeles: como profesores, como cocineros, como amantes, como padres. Siempre estamos ajustando nuestros personajes. No existe esa tontería de “yo soy el que soy, alguien natural”. Todos somos lo que podemos ser y lo que queremos ser, es decir, personajes. Claro que, como en el teatro griego, hay personajes que llamamos héroes y otros definitivamente patéticos.

Los protagonistas son jóvenes y viven “en la maravillosa burbuja de la universidad”, como escribes. A diferencia de lo que ocurre en otros países, la vida universitaria en Estados Unidos es campo para todo tipo de experimentaciones. Una vez que se consigue el título, la vida vuelve a su cauce normal. ¿Por qué cree que esto sucede?  

Sí, la universidad es una burbuja maravillosa, pero no es la única. Toda sociedad está formada de burbujas, y la burbuja de la universidad no es la más alejada de eso que llaman “realidad”, que no es otra cosa que otra burbuja ficticia. La burbuja de los camioneros, la burbuja de las modelos, la burbuja de las amas de casa, la burbuja de los CEO, de los gerentes y los grandes hombres de negocios que estúpidamente se creen los inventores del mundo. Etcétera. En nuestro tiempo bastaría con considerar que el progreso tecnológico y económico depende, en buena medida, de esa burbuja, la burbuja de los estudiantes y los malditos profesores asalariados.

 Es cierto lo que dices: las universidades y, especialmente, las universidades estadounidenses son un caldo de cultivo de todo tipo de experimentos. Están llenas de locos, de radicales en el mejor sentido de la palabra, porque no hay otra forma de empujar los límites del conocimiento que estimular el cuestionamiento y no aceptar esa mediocridad llamada “realidad”, “mundo” y otras ficciones. En particular, las universidades estadounidenses suelen atraer miles de intelectos brillantes de todas partes del mundo. No en vano la mayoría de las patentes que se producen en este país tienen a un extranjero como autor o participe, y no en vano cierto sector de la sociedad nos ve como radicales peligrosos. Claro, somos peligrosos, radicales, como mucha otra gente culta que no pertenece a la burbuja universitaria, porque usamos ideas y palabras. Si usáramos armas y millones de dólares para crear opinión pública, si enviásemos a todo un país a una guerra injustificada que deje un millón de muertos, seriamos moderados.

En el caso de los personajes de Tequilatambién hay que considerar el factor etario. En cualquier cultura, en cualquier país la perspectiva existencial que tenemos a los veintidós años no es la misma que la que tenemos a los cuarenta o a los setenta. Si a eso le agregamos que muchos de nuestros estudiantes no saben lo que es pasar hambre o sufrir violencia social, económica y moral, la burbuja se reduce mucho y cualquier espina puede reventarla. Las reacciones de cada uno son reveladoras. Pero después de graduarnos, la vida no sigue “el cauce normal” sino definitivamente uno más mediocre, adaptado a la sobrevivencia y las convenciones sociales según el trabajo que consigamos. Entonces empezamos a pensar y sentir según nuestras conveniencias, no según nuestras más profundas convicciones.

¿Disfrutaste de la escritura de Tequila o sos de los autores que sufren durante el proceso creativo?

Bueno, en eso no puedo decir que tengo la experiencia de Ernesto Sábato. Tal vez sufro un poco con la escritura de ensayo, del articulo urgente que debo escribir, no porque ningún medio me lo imponga sino porque siento que no puedo no responder. Pero para mí la escritura de ficción es catártica. Es superior a cualquier otra forma de escritura. La literatura me salvó, literalmente. No necesité psicólogos. Gracias a la ficción descubrí que el mundo (social) que me rodeaba era, en su mayor parte, una enorme ficción con pretensiones de realidad. Si no es un mero aparato comercial para vender, la ficción nunca miente. Porque la ficción es una exploración interior, una exploración radical, mientras que las otras ficciones sociales (el prestigio, las narrativas políticas) son ficciones que pretenden no serlo. Entre todos los géneros de ficción, la novela es la forma más radical de explorar la interioridad humana. Porque, a diferencia del cuento, que tiene otras virtudes, la escritura de una novela te lleva a convivir con tus personajes por muchos años. Ellos te siguen a dónde vas, te hablan, te confiesan cosas, de hacen ver tus propias debilidades, obsesiones, injusticias. Una novela es un acto radical de exploración interior, de exploración existencial.

Vera

Vera

Hernán Vera Alvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977. Es escritor y dibujante. Ha publicado el libro de cuentos Grand Nocturno, Una extraña felicidad (llamada América) y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas!. Es editor de la antología Viaje One Way, narradores de Miami. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS, La Nación y Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramirez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. Desde el 2012 también es ciudadano americano. A fin de año publicará su libro de ensayos Lit Argentina. Blog: http://www.Matematicasencopacabana.blogspot.com

Los verdaderos muros de la democracia estadounidense

Les vrais murs de la démocratie étasunienne

 

Los muros de la democracia estadounidense son de dos géneros: uno es cultural y el otro estructural. Ambos, con un antiguo objetivo: mantener el poder en manos de una minoría que se representa como mayoría.

Veamos el muro cultural, primero, pero empecemos por su lado positivo. Los llamados Padres fundadores fueron una elite de intelectuales, reflejo de las nuevas y radicales ideas europeas que, más o menos, encontraron un espacio en el nuevo continente que no tenían en el viejo, de la misma forma que lo hizo el cristianismo en Europa y no en la Palestina judía. Es decir, un territorio menos codiciado por los imperios del momento y menos acosado por la tradición milenaria de ideas fosilizadas. Thomas Jefferson se había hecho ciudadano francés antes de ser presidente de Estados Unidos y todos los demás tenían, de alguna forma, una profunda admiración por los filósofos de la ilustración, sino directamente por la cultura francesa. Las ideas de Jefferson, como la de los otros fundadores, no sintonizaban mucho con el resto de la población, al extremo de que sus libros fueron prohibidos en muchas bibliotecas bajo la exagerada acusación de ser ateo. La idea de crear un muro espeso que separase religión de gobierno era demasiado radical.

Sin embargo, esta elite fundacional compartía con el resto la desgracia del racismo y de la doble vara. El genio de Benjamín Franklin no quería una inmigración que no fuese blanca y anglosajona. El sabio de Thomas Jefferson no sólo abusó de una menor a la que hizo madre varias veces, sino que, además, nunca la liberó por ser mulata. La hermosa esclava, Sally Hemings, era la hija ilegítima de su suegro con otra esclava. Por no entrar en la larga y persistente historia de leyes racistas que van desde la idea de la no humanidad de los negros hasta el desprecio de los latinoamericanos por su condición de hibridez, como las mulas, algo que, según los periodistas y congresistas del siglo XIX, no agradaba a Dios. El asco por los chinos, por los irlandeses (antes de convertirse en blancos asimilados), por los indios y por los mexicanos completó el mapa del desprecio y el despojo a todo lo que no era anglosajón y protestante. La hermosa frase “We the people” asumía, de hecho, que con eso de “el pueblo” no se referían ni a los negros, ni a los indios, ni a nadie que no perteneciera a la “raza” de los fundadores. Pero Jefferson estaba en lo cierto cuando dijo que “la tierra les pertenece a los vivos, no a los muertos”.

A los padres Fundadores (y a los líderes que les siguieron) se los suele disculpar porque eran “hombres de su tiempo”; no se puede juzgar a alguien que vivió hace doscientos años con los valores de hoy. Sin embargo, un par de años después que Jefferson dejara el gobierno en Estados Unidos, un militar rebelde llamado José Artigas, quien estaba contra el abuso militar en el gobierno y a favor de una democracia más directa, apenas tomó control de la Unión de los Pueblos Libres (lo que hoy es Uruguay y parte de Argentina) repartió tierras a blancos, indios y negros bajo el lema “los más infelices serán los más privilegiados”. Un principio y una actitud verdaderamente cristiana de un hombre no religioso.

Tampoco es cierto que Estados Unidos nunca tuvo una dictadura. De hecho, sus leyes necesitaron un siglo, hasta después de la Guerra civil, para reconocer que alguien podía ser ciudadano estadounidense independientemente del color se su piel, aunque luego continuó filtrando, también por ley, a inmigrantes que no eran suficientemente blancos.

Actualmente, hasta los blancos más blancos se han convertido en negros. Pero no lo saben y por eso tanto renacido odio a los negros y marrones. Se sienten los nuevos negros, pero no lo reconocen y, por eso, necesitan despreciar al resto para confirmar su antigua condición de blanco, es decir, de privilegiados.

Mientras tanto, la democracia estadounidense continúa secuestrada por el 0,1 por ciento de su población, por los billonarios que financian las campañas políticas, cenan con los ganadores y envían escribas a sentarse en los comités que redactan las leyes que luego aprueban los legisladores, cuya mayoría son millonarios.

Ahora echemos una mirada sobre los muros estructurales de la democracia hegemónica. También estos problemas hunden sus raíces en el racismo y el elitismo social enmascarado en un discurso opuesto.

Veamos esta lógica referida a la obsesión histórica de las burbujas étnicas. La población latina está subrepresentada en extremo porque, al igual que otras minorías como la afroamericana y la asiática, viven en las grandes ciudades y éstas están en los estados más poblados como California, Texas, Florida, Nueva York e Illinois. De estos estados, sólo Texas es un estado con mayoría conservadora sólida. Florida es pivotante y los demás son tradicionales bastiones progresistas (liberals, en el lenguaje estadounidense). Sin embargo, a pesar de que California tiene una población de 40 millones, sólo cuenta con dos senadores. La misma cantidad que Nueva York, otro estado con 20 millones. La misma cantidad de senadores tiene cada uno de los cincuenta estados, como Alaska, un estado cuya población no alcanza los 800 mil habitantes. Una colección de estados centrales como las dos Dakotas, Nebraska, etc. rondan apenas el millón de habitantes (Wyoming apenas llega al medio millón) y cada uno cuenta con dos senadores. Lo que significa que el voto de un granjero en cualquiera de esa docena de estados conservadores y despoblados vale entre 30 y 40 veces más que el voto de cualquier estadounidense que viva en los poblados estados de California, Texas, Florida, Nueva York o Illinois.

Claro, este sistema de elección de senadores no es único en el mundo, pero en Estados Unidos el desbalance poblacional y político a favor de los conservadores rurales, desde el siglo XIX, es notable y consistente.

Por si fuese poco, hay que considerar que su sistema de elecciones presidenciales no solo le niega a Puerto Rico, con casi cuatro millones de habitantes (más que varios estados centrales juntos), la posibilidad de elegir presidente, sino que, además, el sistema electoral vigente, herencia del sistema esclavista que favorecía a los estados del sur con una escasa población blanca, hace posible que un presidente sea elegido habiendo recibido tres millones de votos menos que el perdedor.

Gracias a este sistema (los electores no solo reproducen el número de representantes sino también de senadores), estados más poblados como California, Texas, Illinois o Nueva York (que subsidian económicamente a estados más pobres) necesitan el doble o más de votos que los despoblados estados del centro para alcanzar un elector. Otra razón para entender por qué las minorías, que sumadas no lo son, no son tratadas con la justicia electoral que una verdadera democracia debe garantizar: un ciudadano, un voto.

No por casualidad la población, pese a la vieja manipulación mediática, suele tener opiniones muy diferentes a sus propios gobiernos. Lo cual apenas importa en esta democracia.

 

JM, febrero 2019.

 

 

 

Jorge Majfud visits WCU

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Jorge Majfud visits WCU

 Humanities at WCU

Renowned author and scholar Jorge Majfud, professor of Latin American Literature and International Studies at Jacksonville University (Jacksonville, FL), visited campus last week. He participated in a couple of events coordinated by Alberto Centeno-Pulido, Assistant Professor of Spanish in our department. Dr. Majfud also interacted with students in two classes (WCU Spanish thanks Paul Worley – English Department – for allowing Jorge to visit one of his classes).

In the first event, Dr. Benjamin Francis-Fallon (History) joined Jorge Majfud in a panel about immigration and the Latino Vote.

Moment of the Latino Vote panel

 

The following day, Jorge Majfud joined Alberto Centeno-Pulido on stage at the UC Theater for an hour-long conversation about several topics, ranging from the spread of fake news to the role of intellectuals in public life. The interview and subsequent Q&A was video recorded and will soon be made available online.

a moment of the event

 

Dr. Centeno-Pulido wishes to thank the Department of World Languages (and especially its Administrative Assistant, Ms. Melissa Allen) for the funding and logistics support. The Campus Theme committee, the Latinx Learning Community, the Vice-Chancellor for Student Success office, and the Humanities Initiative also funded the visit of Jorge Majfud to our campus, and we thank them for their support.

 

War of the Pigs and tribal politics

Jorge Majfud 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

To distract attention from the global assault by 0.1 percent of the world’s population, we have a growing War of the Pig (Diary of the War of the Pig, novel by Bioy Casares, 1969, engL 1972) but extended to the most diverse extremes the Argentine novelist ever imagined: young against old, whites vs.  blacks, Latinos vs.  Anglos, fat vs.  skinny, truckers and miners vs.  university students, beer drinkers vs.  abstainers, vegans vs.  vegetarians and vegetarians vs.  carnivores, feminists of the first wave vs.  Instagram feminists and vs.  men, machistas vs.  feminists, men vs. women, lesbians vs. heteros and heteros vs. gays, Ford drivers vs. Chevrolet drivers, bearded Harley-Davidson bikers vs. beardless professors, third-generation vs. first-generation immigrants, gun lovers and Saturn believers vs. Uranus believers. Good haters vs. bad haters (another untranslatable word defecated in the center of the world for consumption by the periphery).

At the beginning of this century (still with some optimistic faith in a new form of radical, direct democracy of a “disobedient society” liberated from its great leaders and from the manipulations of the financial aristocracy) we began to publish on the return of “The Mental Frontiers of Tribalism” (2004, tribal, in the European sense of the word, because the “wild tribes” I found in Africa were the most civilized and peaceful people I’ve ever known in my life), about the new “Culture of Hatred” (2006) and about the possible return of Western monsters (“The Slow Suicide of the West”, 2002) such as fascism, arrogance and intolerance towards “the other”. The most recent article “The own opinion and other banalities” (2015), then read as satire, is now a reality: machines can easily opine on everyone based on their consumption habits or on their social, racial position, etc.

But we can still speculate that all that medieval mentality that has been installed in the world can be just a reaction to a major historical movement, deepened in the sixties or, in the worst case, a historical cycle in itself that has come to stay for many years. (I don’t believe that much in the latter. Most likely in a few decades, we will be talking about a reaction from those from below. We haven’t crossed the inevitable break line yet and it’s not going to be pleasant for anyone.

The new interactive media have not helped significantly to know the other better (the other individual, the other culture) but, probably, the opposite.

Why? What happened?

Many years ago, with an outside view from within the great power, we were surprised that in the United States one could guess a person’s political affiliation just by looking at her face, seeing her walk, without the need for her to say a word. That apparent absurdity is currently the fashion trend in the world.

We did not foresee that one of the repressed monsters to which we had referred before that moment and which define us as human beings, opposed to altruism, to the search for justice and coexistence, would be strengthened thanks to the same interactive media. I am referring to the blind ego, to the need to feel superior to the rest at any price, to the “Trump syndrome” in everyone as an illusory source of pleasure (not happiness) that only causes more anxiety and frustration.

In other words, it is the politics of the aforementioned tribes (nationalisms) and micro tribes (social bubbles). Many times, bubbles prefabricated by the culture of consumption.

From this atomization of politics and society into tribes, into microbubbles, our global culture has become increasingly toxic, and hatred of the other into one of the common factors that organizes it. Hate and inevitable frustration exacerbated by the struggle for social recognition, by the five-minute fame, by the desire to become viral thanks to some frivolity, by the need for “visibility”, the old word and obsession of USAmerican culture before it was adopted as its own and natural by the rest of the world. (A few months ago, an Uruguayan congresswoman, Graciela Bianchi, not a millennial but an older woman, defended herself in front of an Argentine journalist questioning her statements by saying that she had “a lot of visibility” in her country.)

But since not all individuals can be famous, “influencers” (much less when the individual no longer exists, when it is a flat, standard, repeated entity with minimal variations that each one considers fundamental), the need for individual recognition is projected in a larger group, in the tribe, in the irrational nationalist or racial feelings where the fury for a flag of a country or for the flag of a football club hardly differs but in scale. Thus, if even an individual named Donald Trump, a millionaire who has become president of the most powerful country in the world, needs to humiliate and degrade the rest in order to feel superior, it is not difficult to imagine what goes through the grey muscle of millions of other less fortunate abstainers.

The humanist idea of equality-in-diversity, the paradigm that most recently defined the Modern Era (apart from reason and secularism) and which was an absurd novelty until the 18th century, has suddenly lost much of its prestige.

Although it may seem absurd, people get tired of peace, they get tired of justice, they get tired of solidarity. That is why they need, from time to time, a great conflict, a catastrophe, in order to put aside again “the rage and pride” a la Oriana Fallaci, that toxin of the individual, of the race, of the tribe, of the group in front of  an enemy and to return to worry for the values of justice and the collective survival.

For this reason, certain periods of world peace and solidarity are possible, but humanity itself is doomed to self-destruction, sooner or later. Human nature is not content with discharging its most primitive energies in football stadiums, in presidential elections, but needs to humiliate, rape and kill. If others do it in its name and with a beautiful flag, so much the better.

History will continue to be written in the eternal struggle of power against justice, but moral arrogance, selfishness, individual or collective, will always have the sword of Damocles in their hand. The novel The City of the Moon, published late in 2009, was a clear metaphor for the world that came after this new medievalism in which we are slowly sinking as Calataid sank in the desert sands while its members hated each other in sects that considered themselves the moral reserve of the world.

No, nothing we see now was a surprise of history.

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2019/01/03/la-guerra-de-los-cerdos-y-la-politica-tribal/
Publication date of original article: 03/01/2019
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=25046 

Dictaduras eran las de antes

Las dictaduras ya no son lo que eran. Durante el siglo XX, cuando un líder opositor o cualquier modesto periodista, trabajador industrial o profesor criticaba al gobierno militar de la época, simplemente desaparecía por un tiempo y reaparecia flotando en alguna playa. Cuando aparecía, claro. 
Ahora organizan eventos sociales y mediáticos en plena calle y a la luz del día.
feb. 2019.

Serás obediente y prosperarás

Los días del presidente venezolano Nicolás Maduro parecen contados. Probablemente haya sido uno de los peores presidentes de los últimos veinte años en América Latina. La oposición no es mejor, pero le irá mejor. Por dos simples razones. Cualquier puede ser mejor presidente que Maduro, sobre todo, cuando se cuenta con el beneplácito y la ayuda económica de Estados Unidos.

Esta verdad es un patrón rígido que se repite desde finales del siglo XIX. La misma Venezuela ha sido, durante todo el siglo pasado, un país de dictaduras y democracias liberales cruzadas de conflictos sobre la mayor reserva petrolera del mundo.

En 1989, como consecuencia de las políticas neoliberales que el FMI le asignó al presidente Carlos Andrés Pérez y que hundieron al país en una crisis brutal después de la orgía petrolera de los setenta, el descontento popular terminó en el conocido Caracazo, que dejó cientos de muertos. La escalada inflacionaria de muchos años, la corrupción del gobierno y la masacre final fueron premiadas por Estados Unidos. El presidente de entonces, George H. Bush, no llamó al miembro de la oposición para que depongan al presidente, sino que rescató a éste con casi quinientos millones de dólares (más de mil millones de dólares de hoy ajustados por inflación).

Exactamente la misma cifra que pocos días atrás el presidente venezolano intentó retirar en oro del Banco de Inglaterra, pero el secretario de Estado de EE.UU. presionó al gobierno británico para que le negaran este retiro, ya que la política del jefe es bloquear todos los activos de Venezuela en el exterior.

A los amigos se los rescata. A los enemigos, aquellos que vienen con la retórica infantil de la independencia o del socialismo, se los hunde. Nacionalismo para nosotros sí. Para los otros no.

Este modus operandi con los países petroleros comenzó después de la segunda guerra y el nuevo orden mundial. En 1953, el pueblo iraní tuvo la mala idea de elegir un presidente democráticamente y Mohammad Mosaddegh, el líder de los laicos, tuvo la mala idea de prometer la nacionalización de los pozos petroleros en manos del alicaído imperio británico. A los ingleses no les gustó esta propuesta electoral y menos que Mosaddegh decidiera cumplirla, por lo cual convencieron a la nueva superpotencia mundial, Estados Unidos, para financiar grupos de desestabilización en el país. Como resultado Mosaddegh debió renunciar y en su lugar las potencias pusieron a un títere, el último Shah, que gobernó hasta la revolución islámica en 1979. El sentimiento antiamericano por esas décadas de infamias no es necesario explicarlo.

La misma historia ocurriría en Guatemala un año después del derrocamiento de Mosaddegh. Otro presidente democráticamente electo, Jacobo Árbenz, prometió nacionalizar (pagando por las tierras el precio declarado en los impuestos) una ínfima parte de las tierras en manos de la United Fruit Company para dársela a los campesinos sin tierra. La CIA contrató al publicista Edward Bernays para desestabilizar al gobierno de Árbenz, lo que logró etiquetándolo de comunista y financiando grupos rebeldes, aparte de la presión directa de la marina y la aviación estadounidense. Árbenz fue sustituido por un títere (según los ex miembros de la CIA, que reconocieron que Árbenz ni siquiera era comunista), a lo que siguió una sangrienta represión y guerra civil que duró décadas y dejó cientos de miles de muertos. Cuando el joven Ernesto Guevara abandona Guatemala tras los bombardeos y se convierte en el Che en Cuba, promete que “Cuba no será otra Guatemala”. La historia es muy lógica.

Cuando en 1964 Eduardo Frei le ganó las elecciones a Salvador Allende, no hubo protestas masivas. Washington había financiado al candidato ganador, pero no se supo hasta décadas después, como siempre, cuando la verdad ya no importa o es inofensiva. Cuando, pese a todo, Allende ganó las elecciones en 1970, Kissinger, Helms y otros ya se habían reunido durante dos años para bloquear el triunfo del socialista y, cuando esto no fue posible planificaron el sangriento golpe de Estado que llevó a uno de sus dictadores favoritos al poder. Para desestabilizar a Allende, Nixon había ordenado estrangular la economía. Cuando el golpe se consumó, todos declararon en la prensa que ellos no habían tenido nada que ver.

Cuando Pinochet llegó al poder, el dinero volvió a fluir y siguió fluyendo pese a que en 1976, a través de sicarios cubanos, hizo explotar una bomba en Washington para matar a Letelier, evento terrorista que hoy nadie recuerda.  Lo mismo continuó haciendo Washington con el resto de las dictaduras amigas, como la brasileña y tantas otras que asolaban el continente al mejor estilo nazi (y con la ayuda de algunos nazis alemanes, como en el caso de Bolivia): ayudas para el progreso, tsunamis de dólares para inversiones hasta el extremo que algunos, como en México, se quejaron de que no podían absorber tanto dinero. Claro que los intereses eran flotantes y cuando vino la crisis del petróleo y la escalada inflacionaria en EE.UU., la FED tuvo que subir las tasas de interés hasta el 18 por ciento, lo que hizo crujir y hasta caer a más de una de aquellas dictaduras amigas.

La idea de financiar grupos de rebeldes ya había funcionado cuando Teodoro Roosevelt le arrancó un brazo a Colombia para crear Panamá y así poder construir su canal sin resistencia del congreso de Bogotá. La misma estrategia fue la usada para financiar el terrorismo de los Contras (“Luchadores por la libertad”) para desestabilizar al gobierno sandinista que había derrocado a uno de los títeres preferidos de Washington, el último de los Somoza. Lo mismo en El Salvador and so on.

Por entonces, los asesores de Reagan le recomendaron embarcarse en una aventura fácil para levantar la moral de Estados Unidos por los recientes reveces en Vietnam e Irán. Nicaragua era una pieza fácil.

Ahora Trump, a un año de entrar en su propia crisis, después de una orgía de recortes de impuestos para los supermillonarios como él y una economía estable (esto lo venimos anunciando antes que ganara las elecciones), necesita distraer la atención. Las relaciones carnales con Corea del Norte no funcionaron como estrategia publicitaria. Siempre es mejor la conquista que el amor, la victoria del macho a través de la fuerza que la seducción femenina.

Es aquí que Venezuela, como en los casos anteriores, resulta la pieza ideal. Nada de ayudas multimillonarias como para Andrés Pérez o para Mauricio Macri. Lo contrario: amenaza, bloqueo y apoyo a la oposición.

Pero si mirar a la historia no agrada, miremos el presente: todas las dictaduras de los países petroleros de la península arábiga que son aliados de Washington gozan de prosperidad y buena salud. No importa que Arabia Saudí haya probado hasta el hastío que es una de las dictaduras más brutales del planeta, que encarcela homosexuales y blogueros, que mantiene a las mujeres como ciudadanas de tercera categoría o las condena a muerte por protestar. Son amigos. Irán, por el contrario, se lo castiga con repetidas sanciones económicas, violando los mismos acuerdos firmados por Washington. No importa que en Irán haya elecciones y las mujeres sean la mayoría en sus universidades. No importa que Irán sea un país mucho más libre que Arabia Saudita o los Emiratos Árabes o Kuwait. Lo que importa es que no se ha alineado a los dictados de las superpotencias occidentales y que, para peor, sea la cuarta reserva de petróleo del mundo.

Sí, Maduro ha sido una calamidad. No supo administrar y menos jugar el juego de Gran Hermano. Sí, cualquier otro va a mejorar la economía. Hasta un niño de diez años podría hacerlo. La culpa es del socialismo. Las dictaduras capitalistas son mejores. Es mejor el comunismo chino, o la monarquía Saudí siempre y cuando protejan a Don Dinero.

Como decía un aviso promocionando matrimonios convenientes que leí de paso por Los Angeles en 1995: “recuerde que cuesta lo mismo enamorarse de un rico que de un pobre”.

 

JM, enero 31, 2019.

 

 

Western North Carolina University

WCU ENGAGE

A Conversation with Jorge Majfud

Date and Time

Thursday, January 31 2019 at 5:30 PM EST to

Thursday, January 31 2019 at 7:00 PM EST

Location

UC Theater

Description

Visiting scholar, Dr. Jorge Majfud, will discuss different topics: immigration, race, the role of the humanities and intellectuals in the public sphere, etc. Dr. Majfud is Associate Professor of Spanish, Latin American Literature & International Studies at Jacksonville University, Florida.

Q&A to follow the event

Hosts: Department of World Languages; LatinXProgram; Humanities Initiative; Campus Theme: Defining America

 

 

La crisis en Venezuela

Siemrpe dije que no me gustaba ni el presidente Maduro ni la oposición en Venezeuala. Pero en las dictaduras militares que yo conocí en América Latina, casi todas promovidas o apoyadas por EE.UU., cuando un disidente decía “no estoy de acuerdo”, lo secuestraban, torturaban y desaparecían en menos de 24 horas.  
JM, enero 25, 2019

Perros sí, negros no

El hombre de barba anglosajona (candado) sostiene su perro con un brazo mientras señala con un dedo a alguien que pasa. “No, no es odio”, dice, agitado. “Tengo todo el derecho del mundo a pensar que mi raza es superior. Está probado que la raza blanca es más inteligente que la negra. No es odio, no. Quienes no nos permiten expresarnos son quienes sufren de odio. No nosotros”.

Aparte de ser una moda, esa de acusar a los demás de lo que uno mismo sufre (según Trump, no hay en el mundo alguien menos racista y menos misógino que él), este argumento se ha vuelto muy popular en el club de la OTAN: no son los racistas los que odian. Ni siquiera son racistas.

El argumento tiene, sin embargo, algunos problemas.

Primero, aun asumiendo que los blancos son más inteligentes que los negros (luego discutimos cuándo los asiáticos van a expulsar a todos los blancos y por qué los negros han mejorado tanto en sus test de inteligencia en los últimos cuarenta años si, en su raíz, se trata de un problema biológico), eso no garantiza que los racistas no sean la excepción de su raza.

Segundo, podemos asumir que los supremacistas blancos se consideran intelectualmente superiores a los perros. Sin embargo, no por eso los echan de sus casas a patadas. Por el contrario, al menos aquí en Estados Unidos, la gente duerme con sus perros y no pocos los besan en la boca después que el perrito le lamió el pene al perro del vecino.

Pero cuando se discursa contra los negros o se acosa a los inmigrantes de piel oscura (del medio millón de ilegales europeos y australianos, ni una palabra), no se trata de odio sino, simplemente de un reconocimiento objetivo de que la raza blanca es superior. Eso, eso “no es odio”. (La nueva moda de los genios aburridos será: “Sí, es odio, ¿y qué?”)

Los partidarios de construir sociedades amuralladas consideran que esa es la mejor forma de evitar conflictos y de salvar la pureza de sus culturas y de sus identidades. Esta superstición esencialista, muy popular, ignora la fuerza de la historia que todo lo cambia. Basta que una sociedad expulse a todos los “diferentes” para que, dentro de sus orgullosas murallas, físicas y mentales, como en Calataid, comiencen a surgir diferencias, sino de hecho al menos por la percepción de sus habitantes que siempre ven lo que tenemos los humanos de diferente y nunca lo que tenemos en común. Para darse cuenta de esto basta con mirar cualquier familia.

Este argumento no se sostiene más que por el ejercicio religioso aplicado en el lugar equivocado, en el mundo factual, es decir, la creencia de que algo es verdad porque uno cree en ello, y si algo parece ilógico e imposible, mejor aún, porque se necesita poseer una fe inquebrantable, verdadera, probada, salvadora, para ir contra todas las evidencias. El barco se hunde y los fieles del capitán dicen que está tomando impulso o que se prepara para convertirse en submarino.

Un mundo compuesto de sociedades amuralladas no tiene futuro. Es la mejor receta para el conflicto, las guerras y los holocaustos. Si uno se rodea de murallas porque no se entiende con otros pueblos, no es lógico pensar que por esa misma particularidad vamos a poder comunicarnos y entendernos mejor con el resto del mundo, un mundo que ha sido reducido a un pañuelo por la tecnología. Si en la Edad Madia algunos reinos menores podían sobrevivir sin mayores contactos con el mundo exterior, si luego los burgos se amurallaron con relativo éxito para su defensa, eso ya no tiene sentido. Una nueva Edad Media es un proyecto imposible, impráctico y peligroso, por lo cual podemos prever que no se trata de un gran ciclo histórico sino de una reacción a una tendencia opuesta y mayor, como lo es la aceptación de la diversidad y el avance de la igualdad a pesar del poder de las elites que siempre se las ingenian para contrarrestar sus pérdidas.

El persistente intento de presentar al nacionalismo como la base de un entendimiento universal es una broma de mal gusto. No es un elemento capaz de unir, ni como utopía ni como realidad, a una sociedad global que debe enfrentar verdaderos peligros a su propia existencia, como lo es la catástrofe ecológica en curso, la amenaza nuclear, o la ultra segregación económica, donde 49 individuos, que no han aportado absolutamente nada a la historia de la humanidad, se llevan la mitad de toda la riqueza de la población mundial.

Está de más decir que esta idea (de que los promotores de las sociedades amuralladas solo defienden sus derechos a vivir según sus propios valores) es altamente hipócrita. Esa ola nacida en el mundo que colonizó el mundo en los últimos siglos, primero con colonias esclavistas y luego con la fuerza del dinero y los cañones, nunca pensó en el “derecho de cada cultura a vivir según sus propios principios”. Por siglos, a todas las culturas que eran diferentes se las consideró inferiores y se les impuso “nuestros principios”, aparte de explotarlos y masacrarlos por millones y millones.

Ahora que unos habitantes de esas excolonias, en un número insignificante en comparación, comienzan a migrar por desesperación al centro económico del mundo, se los criminaliza, se los expulsa y se levantan murallas para mantener al “invasor” lo más lejos posible.

Así que, el repetido argumento de que no se trata de odio sino de defender “lo nuestro”, se parece del todo a los racistas que aman a sus perros, pero no pueden vivir con vecinos negros porque son inferiores.

Para que no se sientan mal están las leyes justas que siempre se cambian cuando dejan de convenir al poder. Actualmente, la ley de Lotería de Visas para la Diversidad de Estados Unidos que beneficia a pocos pero demasiados no blancos, es atacada por el mismo Partido del Muro. Personalmente estoy de acuerdo que es una ley sin mucho sentido, pero observemos que fue inventada a finales de los 80 para beneficiar a los inmigrantes irlandeses, por entonces asimilados a la idea de “raza blanca”.

Claro, los irlandeses no siempre fueron blancos. Durante varias décadas del siglo XIX, fueron el mayor grupo de inmigrantes a Estados Unidos y, porque no eran el tipo de blanco esperado y sus pelos eran de un color horroroso, imperfecto, se los discriminó de formas violentas. Los indios, los mexicanos y los negros ni siquiera contaban como candidatos a ciudadanos (la ley definía ciudadanía en base al color de piel) y en la mayoría de los casos ni siquiera contaban como seres humanos. No era raro leer carteles que aclaraban el derecho de admisión en restaurantes: “Ni perros ni irlandeses”. Hoy el cartel diría: “Perros si, mexicanos no”.

El lado positivo es que no se trata de una mayoría, por suerte, aunque sí de una minoría con un poder político desproporcionado, por desgracia y por las razones que podemos discutir en otro artículo. Una minoría con un poder desproporcionado, como la de todo gran poder.

 

JM, enero 2019

 

 

 

Cuando un muro se desnuda, no hay verguenza que lo cubra

Que un grupo numeroso de estudiantes de un colegio de secundaria católico (Covington Catholic High School) de visita en Washington, orgullosos portadores de gorros colorados con la inscripción “MAGA” (Make America Great Again”) que identifica a Donald Trump y sus seguidores, le griten a un representante de los pueblos nativos americanos “Build that Wall” (“Construyan el muro”) es otra prueba irrefutable que la obsesión del famoso muro no tiene nada que ver con la seguridad de frontera sino, simplemente, con el viejo odio racista de una considerable proporción de la población, enferma hasta los huesos desde hace siglos.

Claro, sería demasiado pedir que una prueba irrefutable significase algo para esta horda, hoy en el poder de varios países del mundo.

La madre del muchacho salió en su defensa diciendo que los “negros musulmanes” (o “musulmanes negros”, para no ofender a nadie) había provocado a los muchachos.

Sí eran negros, pero no musulmanes. Se trataba de un grupo religioso que se considera una tribu perdida de Israel (los colores de la raza humana no se deben a ninguna evolución, porque eso es contra la Biblia, ¿no?) que se autodenomina “Hebreos Israelitas Negros”. 

Según otros videos, este grupo habría provocado también los jóvenes con insultos, por llevar todos gorros y camisetas con la inscripción MAGA. ¿Vio que los colegios religiosos son políticamente neutrales? Pues, el hecho ocurrió un día antes de el feriado conmemorativo de Marthin Luther King. 

Al dís siguiente, como para dar una idea de “las dos campanas” la gran prensa salió a ofrecer esta otra versión. Siempre hay otra versión de los hechos, por lo cual hasta es posible encontrar a algún hombre bueno entre los nazis. En todo genocidio hay gente buena y gente mala de ambos lados y en América latina se tradujo como “Teoría de los dos demonios”. Fácil. Cobarde. Inmoral. 

En pocas palabras, la nueva lectura de los hechos dice, o sugiere, o quiere decir, que en realidad esos dulces muchachos que rodean al representante de los pueblos indígenas en Estados Unidos no estaban acosando con sus burlas al viejo indio. Los canticos de “Construyan el muro” en realidad se refiere al deseo solidario y compasivo de buenos cristianos que quieren construir una casa para el viejo del tambor.


En norteamerica durnte el siglo XIX , indios y otros animales salvajes huyen desesperados del progreso, la civilización y la belleza erótica del “Destino manifiesto” de la superioridad blanca, elegida por Dios. (Pintura de John Gast, 1870):

Today’s World was Already Described at the Beginning of the Century

Between 2005 and 2009, Jorge Majfud wrote two different books that explain the world we are currently living in which, in 2016, began to be perceived as an unexpected novelty.

The first book, published in 2005, is titled La narración de lo invisible. Una teoría política sobre los campos semánticos (The Narration of the Invisible. A political theory on semantic fields), an essay and analysis book [Second edition EAE], and the second book, published in 2009  and titled La ciudad de la Luna (The City of the Moon) is a novel. 

Contradicting the classic precepts of economic materialism, La narración de lo invisible analyzes the importance of the semantic struggle and social narratives as determinants in our world’s social and political outcomes.
It draws a definition of the positive semantic fields (what is) and the negative fields (what is not) defined by the association of the established/consolidated social valuations (ideolexicos) to outline the meaning of the disputed/still uncrystallized social valuations.

In the novel La ciudad de la Luna (The City of the Moon) (anticipated by the same author for years in different journalistic articles and in short stories), he describes, in a metaphorical way, a city in the Sahara desert called Calataid, inhabited by European immigrants since the Spanish Reconquest.

The city is surrounded by thick walls, and its inhabitants, divided into sects that hate each other, are considered, as a whole and with a strong patriotic pride, the moral reserve of the world. Calataid hates immigrants and every new idea that comes from outside, such as the secular thought of Enlightenment, to the point of eliminating his only contact with the outside world, a train that arrived once a month with almost no passengers. Finally, with another reference that reminds us of the current drama of climate change and the rising sea levels, the inhabitants of Calataid deny the growing threat of desert sands that will eventually sink the arrogant city, blinded by its fighting and self-indulgent narratives.

These two books, published more than a decade ago, offer two global perspectives from different literary genres. They both warned us, long ago, what we were going to live through from the second decade of the 21st century.

Today, just a few people recognize this reality. The rest simply do not see it or refuse to see it.

Translation of Jorge Majfud’s The Walled Society by Bruce Campbell