Lecciones de un limonero

El año pasado planté un pequeño limonero en el patio de nuestra casa. Hace unos miles de años, Florida estaba bajo el mar y ahora es pura arena blanca, blanquísima. Basta hacer un pozo de treinta centímetros o de dos metros para encontrarse con misteriosos, hermosos fósiles de millones de años de humilde existencia. 
Y el limonero nos dio tres limones, como un acto de magia, extraídos de la más pura, sin nutrientes arena blanca. 
La naturaleza, la vida, es tan generosa que hasta verguenza me da de mi pesimismo por cómo va el mundo.

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​Capitán ¿qué es la ideología? ¿Y el adoctrinamiento?

El presiente electo de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, ha declarado que acabará con la ideología en la educación, eliminando la educación sexual y terminando con cualquier reflexión sobre género en las escuelas. Para lograrlo, aparte de nuevas leyes y decretos, ha propuesto que los alumnos filmen a sus profesores para denunciar el “adoctrinamiento izquierdista” y la “sexualización” de los niños en las aulas.

Como consecuencia, en Brasil ya hay casos de profesores acosados y amenazados de muerte por ejercitar la libertad de academia, un principio sagrado que tiene varios siglos de antigüedad, aunque con interrupciones abruptas y trágicas. Casi todos los fascismos (de izquierda y de derecha) y hasta las democracias manipuladas por la propaganda, comienzan vigilando a los profesores (esos ignorantes históricos que no saben qué es “la realidad”) lo cual ha sido ilustrado de una forma muy precisa e íntima en la película sobre los inicios del franquismo en España, La lengua de las mariposas, por dar sólo un ejemplo.

También, aunque más débiles y limitados por sus constituciones, existen grupos de denuncia e intimidación de maestros y profesores en países como Alemania y Estados Unidos, pero América Latina tiene una tradición más larga y más trágica en ese sentido debido a la debilidad de sus instituciones democráticas y de su congénita cultura colonial.

Según el capitán Bolsonaro, es urgente terminar con el “fuerte adoctrinamiento” de “la ideología de Paulo Freire”. Siempre son los demás quienes tienen algún tipo de ideología. El famoso educador brasileño, autor de Pedagogia do oprimido (un clásico en la academia estadounidense y de casi cualquier parte del mundo), había sido expulsado al exilio por la dictadura de su país en los años sesenta “por ignorante”. Es decir, en todo aspecto, el gran país del Sur anuncia un regreso de medio siglo a sus tiempos más brutales y autoritarios. Esta vez, no por un golpe de Estado militar sino a través de un golpe parlamentario, judicial y mediático, primero, y finalmente legitimado por las urnas.

En el proyecto llamado “Escola Sem Partido”, actualmente en el parlamento brasileño, se propone la creación de una materia llamada, con toda la fuerza de tres ideoléxicos duros, “Educación moral y cívica” (exactamente como aquella que debíamos tomar en la secundaria durante la dictadura militar uruguaya, justo cuando nuestro gobierno no era ni educado ni moral ni cívico). Además, se propone prohibir el uso de las palabras “género” y “orientación sexual”. Este discurso es similar a aquellos que, por todo Occidente, ahora llaman al feminismo “dictadura de género”, sin advertir que lo hacen revindicando el tradicional estatus quo, cuando no la reacción, es decir, la vieja ideología del patriarcado (cuando no abiertamente el machismo), ideología que ha sido ejercida e impuesta con toda la fuerza y la violencia opresora de la cultura y todas las instituciones conocidas a lo largo de siglos.

El proyecto de una “Escuela sin partido”, como el repetido discurso social que la sustenta, no es otra cosa que la manipulación ideoléxica de una Escuela-con-un-Partido-Único, eso que se reprocha siempre al comunismo cubano (de los demás comunismos amigos, como el chino, ni se habla porque son comunismos ricos). Para evitar estas connotaciones, tal vez lo llamen “Escuela del Partido Universal”, lo cual, en oídos de sus fanáticos religiosos sonaría como una excelente idea.

Siempre son los otros quienes tienen ideología. Siempre son los otros quienes están adoctrinados. Para esta precaria filosofía, un ejército como el brasileño (que, por si fuese poco festeja en las calles el triunfo de su candidato político) no tiene ideología ni sus soldados ni sus seguidores están adoctrinados. Para esta filosofía del garrote, ejercer el pensamiento crítico es propio de cerebros lavados, mientras retorcerse en trance en el piso de una iglesia o repetir cien veces una misma frase es suficiente demostración de que alguien ha recibido la verdad absoluta sobre Dios, sobre el gobierno nacional y sobre los problemas fundamentales de la física cuántica. Ellos no. No son adoctrinados. Lo cual es una curiosidad histórica, ya que el adoctrinamiento procede de inocular una doctrina religiosa, cosa que se practica con niños desde hace siglos.

De la misma forma que cada una de las múltiples sectas están convencidas de ser dueñas de la única interpretación posible sobre un mismo libro sagrado (con trágicos resultados a lo largo de la historia), así también en política, en educación y sobre cualquier dilema que haya enfrentado la humanidad hasta el momento: la solución está en cerrar los ojos, levantar los brazos y repetir cien veces una misma frase para evitar que el bicho de la duda y del pensamiento crítico nos permitan ver algo de la realidad más allá de nuestros deseos.

Ahora, recordemos que, diferente a las universidades (donde, desde hace mil años se ha intentado promover la diversidad y la libertad de cátedra para desafiar y empujar todos los límites del conocimiento) la educación primaria y la secundaria están todas basadas, inevitablemente, en algún tipo de ideología (entendiendo ésta como un sistema de ideas que intentan explicar y transformar una realidad), en un modelo de ciudadano que una sociedad se da a sí misma, principalmente a través del Estado (sea la educación pública o la privada controlada por los organismos de acreditación de los Estados). Recordemos también, si de algo importa a los fanáticos, que la educación de los niños, más allá del adoctrinamiento religioso los domingos, como forma de lograr algún progreso en la historia, fue una propuesta de los humanistas del siglo XV.

Pretender que un gobierno cualquiera pueda limpiar la educación de ideología es doblemente ideológico y doblemente peligroso, porque ignora su propia naturaleza ideológica presentándola como neutral.

Lo que cualquier gobierno y cualquier educador debería hacer no es ignorar su propia ideología, sino determinar qué ideología, qué filosofía, qué metodología es la más conveniente para una sociedad, para una civilización que progrese hacia el conocimiento, hacia la libertad, la diversidad, la civilidad y la justicia. Libertad con igualdad y no libertad desigual, esa libertad tradicional para goce de un sólo grupo dominante o en el poder.

Como lo muestra la historia a través de innumerables tragedias, la ignorancia nunca es buena consejera. Mucho menos cuando se la ejercita desde la arrogancia del poder, desde la negación de un diálogo civilizado entre los individuos y los diferentes grupos de una sociedad que, por naturaleza, está compuesta de una gran diversidad de intereses y de formas de ser, de sentir y de pensar.

Cuando un gobernante, cuando una sociedad no entiende este principio tan básico, no debe esperar mejores días por delante. Porque los esclavos suelen reproducir la moral y la ideología de sus opresores, pero tarde o temprano llega ese día en el que nadie quiere estar.

JM, noviembre 2018

The old tale of corruption

The political narrative that justifies any option as a way to end corruption is as old as politics and as old as narrative. In Latin America, it’s a classic genre. It’s only possible to repeat it generation after generation as if it were a novelty thanks to the short memory of the people.

But this narrative, which only serves to consolidate or restore the power of a certain social class, focuses exclusively on minor corruption, such as when a politician, a senator or a president receives ten thousand or half a million dollars to bestow favors upon a large company. Rarely does a poor man offer half a million dollars to a politician to give him a retirement income of five hundred dollars a month.

He who pays a politician a million dollars to increase his company’s profits is corrupt, and the poor devil who votes for a candidate who buys him the tiles for the roof of his house in skid row is corrupt also.

But those who do not distinguish between the corruption of ambition and the corruption of those who desperately seek to survive are themselves even more corrupt. As the Mexican nun Sor Juana Ines de la Cruz said at the end of the seventeenth century, before she was crushed for her insubordination by the powers-that-be of that era:

Who is more to blame,

though either should do wrong?

She who sins for pay

or he who pays to sin?

Rarely do accusations of corruption refer to legal corruption. It does not matter if, thanks to a democracy proud of respecting the rules of the game, ten million voters contribute a hundred million dollars to a politician’s campaign and two millionaires contribute only ten million, a tip, to the same candidate. When that politician wins the election, he will have dinner with one of the two groups, and it is not necessary to be a genius to guess which one.

It does not matter if later on those gentlemen get the congress of their respective countries to pass laws that benefit their businesses (tax cuts, deregulation of wages and investments, etc.) because they will not need to violate any law, the law that they themselves wrote, unlike a damned thief who does not rob ten million honest and innocent citizens but rather just two or three poor workers who will only feel anger, rage and humiliation because of the plundering they witness and not because of the robbery they fail to perceive.

In spite of everything, we can still observe even greater corruption, greater than illegal corruption and greater than legal corruption. It is that corruption which lives in the collective unconsciousness of the people and comes from no other source but the persistent corruption of social power that, like a persistent dripping, eats away at rock over the years, over the centuries.

It is the corruption that lives in the same people who suffer from it, in that tired man with chapped hands or another worn down one with university degrees, in that suffering woman with dark circles under her eyes or in that other lady with a stuck-up nose. It is that same corruption that goes to bed and gets up with each of them, every day, to reproduce in the rest of their family and their friends, like the flu, like Ebola.

It is not simply the corruption of a few individuals who accept easy money for the mysterious shortcuts of the law.

No, it is not just the corruption of those in power, but instead that invisible corruption that lives as a virus feeding off the frustration of those who seek to put an end to corruption with old methods that have themselves proven to be corrupt.

Because corruption is not only when someone gives or receives illicit money, but also when someone hates the poor because they receive alms from the state.

Because corruption is not only when a politician gives a basket of food to a poor man in exchange for his vote, but also when those who do not go hungry accuse those poor people of being corrupt and lazy, as if lazy people did not exist in the privileged classes.

Because corruption is not only when a poor loafer gets a politician or the state to give him alms to devote himself to his miserable vices (cheap wine instead of Jameson Irish whiskey), but also when those in power are convinced and convince others that their privileges were won by them alone and by means of the purest, most finely distilled, most just law, while the poor (those who clean their bathrooms and buy their little mirrors) live off the intolerable sacrifice of the rich, something that only a general or a businessman with an iron fist can put an end to.

Because corruption is when a poor devil supports a candidate who promises to punish other poor devils, who are the only devils that the poor resentful devil knows, because he has crossed paths with them in the street, in bars and at work.

Because corruption is when a mulatto like Domingo Sarmiento or Antonio Hamilton Martins Mourão is ashamed of the blacks in his family and feels infinite hatred for other blacks.

Because corruption is when a self-declared chosen one of God, someone who confuses the fanatical interpretation of his pastor with the multiple texts of a Bible, someone who goes every Sunday to the church to pray to the God of Love, and when he goes outside he throws some coins to the poor. And the next day he marches against the same rights of different people, like gays, lesbians and transgendered people, and does it in the name of morality and of the son of God, Jesus. Yes, the same Jesus who had a thousand opportunities to condemn those same different and immoral people, and never did so, but rather did the exact opposite.

Because corruption is supporting candidates who promise violence as a way to eliminate violence.

Because corruption is believing and fanatically repeating that the military dictatorships that have ravaged Latin America since the nineteenth century and practiced all possible variations on corruption may themselves ever be able to put an end to corruption.

Because corruption is to hate and at the same time accuse everyone else of harboring hatred.

Because corruption is a part of culture and even in the hearts of society’s most honest individuals.

Because the worst corruption is not the kind that makes off with a million dollars but rather the kind that stops our ears to the shrieking cries of history and won’t let us hear them until it is too late.

JM, October 2018.

mi abuela

hoy, regando las plantas de mi esposa, recordé a mi abuela que las regaba sin faltar un solo día. de joven, nunca entendí esa obsesión. recordé también que, por entonces, su hijo Caíto estaba preso por la dictadura, sin haber matado a nadie, sin haberle robado nada a nada a nadie. estaba preso (y torturado) por el solo delito de ser sospechoso de pensar diferente. 
Entonces hoy, mientras aliviaba la existencia de esos seres cautivos en sus macetas, entendí a mi abuela un poco más.

The old tale of corruption

The political narrative that justifies any option as a way to end corruption is as old as politics and as old as narrative. In Latin America, it’s a classic genre. It’s only possible to repeat it generation after generation as if it were a novelty thanks to the short memory of the people.

But this narrative, which only serves to consolidate or restore the power of a certain social class, focuses exclusively on minor corruption, such as when a politician, a senator or a president receives ten thousand or half a million dollars to bestow favors upon a large company. Rarely does a poor man offer half a million dollars to a politician to give him a retirement income of five hundred dollars a month.

He who pays a politician a million dollars to increase his company’s profits is corrupt, and the poor devil who votes for a candidate who buys him the tiles for the roof of his house in skid row is corrupt also.

But those who do not distinguish between the corruption of ambition and the corruption of those who desperately seek to survive are themselves even more corrupt. As the Mexican nun Sor Juana Ines de la Cruz said at the end of the seventeenth century, before she was crushed for her insubordination by the powers-that-be of that era:

Who is more to blame,

though either should do wrong?

She who sins for pay

or he who pays to sin?

Rarely do accusations of corruption refer to legal corruption. It does not matter if, thanks to a democracy proud of respecting the rules of the game, ten million voters contribute a hundred million dollars to a politician’s campaign and two millionaires contribute only ten million, a tip, to the same candidate. When that politician wins the election, he will have dinner with one of the two groups, and it is not necessary to be a genius to guess which one.

It does not matter if later on those gentlemen get the congress of their respective countries to pass laws that benefit their businesses (tax cuts, deregulation of wages and investments, etc.) because they will not need to violate any law, the law that they themselves wrote, unlike a damned thief who does not rob ten million honest and innocent citizens but rather just two or three poor workers who will only feel anger, rage and humiliation because of the plundering they witness and not because of the robbery they fail to perceive.

In spite of everything, we can still observe even greater corruption, greater than illegal corruption and greater than legal corruption. It is that corruption which lives in the collective unconsciousness of the people and comes from no other source but the persistent corruption of social power that, like a persistent dripping, eats away at rock over the years, over the centuries.

It is the corruption that lives in the same people who suffer from it, in that tired man with chapped hands or another worn down one with university degrees, in that suffering woman with dark circles under her eyes or in that other lady with a stuck-up nose. It is that same corruption that goes to bed and gets up with each of them, every day, to reproduce in the rest of their family and their friends, like the flu, like Ebola.

It is not simply the corruption of a few individuals who accept easy money for the mysterious shortcuts of the law.

No, it is not just the corruption of those in power, but instead that invisible corruption that lives as a virus feeding off the frustration of those who seek to put an end to corruption with old methods that have themselves proven to be corrupt.

Because corruption is not only when someone gives or receives illicit money, but also when someone hates the poor because they receive alms from the state.

Because corruption is not only when a politician gives a basket of food to a poor man in exchange for his vote, but also when those who do not go hungry accuse those poor people of being corrupt and lazy, as if lazy people did not exist in the privileged classes.

Because corruption is not only when a poor loafer gets a politician or the state to give him alms to devote himself to his miserable vices (cheap wine instead of Jameson Irish whiskey), but also when those in power are convinced and convince others that their privileges were won by them alone and by means of the purest, most finely distilled, most just law, while the poor (those who clean their bathrooms and buy their little mirrors) live off the intolerable sacrifice of the rich, something that only a general or a businessman with an iron fist can put an end to.

Because corruption is when a poor devil supports a candidate who promises to punish other poor devils, who are the only devils that the poor resentful devil knows, because he has crossed paths with them in the street, in bars and at work.

Because corruption is when a mulatto like Domingo Sarmiento or Antonio Hamilton Martins Mourão is ashamed of the blacks in his family and feels infinite hatred for other blacks.

Because corruption is when a self-declared chosen one of God, someone who confuses the fanatical interpretation of his pastor with the multiple texts of a Bible, someone who goes every Sunday to the church to pray to the God of Love, and when he goes outside he throws some coins to the poor. And the next day he marches against the same rights of different people, like gays, lesbians and transgendered people, and does it in the name of morality and of the son of God, Jesus. Yes, the same Jesus who had a thousand opportunities to condemn those same different and immoral people, and never did so, but rather did the exact opposite.

Because corruption is supporting candidates who promise violence as a way to eliminate violence.

Because corruption is believing and fanatically repeating that the military dictatorships that have ravaged Latin America since the nineteenth century and practiced all possible variations on corruption may themselves ever be able to put an end to corruption.

Because corruption is to hate and at the same time accuse everyone else of harboring hatred.

Because corruption is a part of culture and even in the hearts of society’s most honest individuals.

Because the worst corruption is not the kind that makes off with a million dollars but rather the kind that stops our ears to the shrieking cries of history and won’t let us hear them until it is too late.

Les deux États-désUnis

Jorge Majfud. Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Si les élections de mi-mandat étaient un référendum sur Trump, le résultat est ambigu. D’une part, les démocrates ont reconquis la chambre basse après huit ans de majorité républicain, ce qui représente un grand triomphe politique pour l’opposition. D’autre part, l’aile la plus conservatrice des républicains (les radicaux soi-disant modérés) a démontré sa mobilisation dans tous ses bastions ruraux ou du sud. Cependant, alors que les résultats dans des États comme la Floride diront que les républicains ont conservé le siège disputé du Sénat et probablement aussi celui du gouverneur, ce qui ne sera pas si évident, c’est qu’ils ont perdu leurs avantages électoraux dans des comtés traditionnellement conservateurs. En fait, la différence entre le candidat républicain et le démocrate est de soixante voix dans un État de plus de vingt millions d’habitants.

Un autre phénomène plus évident qui a été confirmé est l’augmentation spectaculaire du nombre de femmes non blanches qui se sont présentées comme progressistes et, dans certains cas, carrément comme socialistes. De nombreuses femmes, noires, brunes, musulmanes, africaines, lesbiennes et de toutes sortes de minorités stigmatisées ont gagné leurs élections.

Au Michigan, Rashida Tlaib et Ilhan Omar Win au Minnesota ont été les premières femmes musulmanes élues au Congrès. Au cours des dernières décennies, les immigrants, tant latino-américains que moyen-orientaux, ont joué un rôle décisif dans le redressement de villes moribondes et abandonnées comme Detroit. Fille d’immigrés palestiniens, elle ne connaissait pas l’anglais quand elle est entrée à l’école primaire et elle a réussi à obtenir un diplôme d’avocate. Mère célibataire et membre du groupe des Socialiste démocrate d’Amérique (une sorte de Front de gauche), elle était déjà représentante locale du Parti démocrate au Michigan. Lors des deux élections qu’elle a disputées pour le Sénat du Michigan, en 2008, elle avait battu le républicain Darrin Daigle avec 90 % des voix, puis, en 2010, avec 92 % des voix contre le même candidat. Elle a été élue représentante nationale par l’État du Michigan et il faut espérer que sa trajectoire politique ne s’arrêtera pas là, mais qu’au contraire, elle deviendra une force symbolique et active pour le changement et antagoniste du Président Trump et de l’USAmérique du Tea Party. Pour sa part, Ilhan Omar Win, la nouvelle représentante du Michigan, également musulmane, a grandi dans un camp de réfugiés somaliens et est arrivée aux USA à l’âge de 12 ans. 

À New York, un cas très similaire est celui d’Alexandria Ocasio-Cortez, la militante portoricaine qui a surpris en remportant les primaires locales du Parti démocrate. Ocasio-Cortez est également membre de l’organisation des Socialistes Démocrates. Aujourd’hui, elle est devenue la plus jeune députée de l’histoire à seulement 28 ans, battant le républicain Anthony Pappas avec 78 % des voix.

Dans plusieurs États comme l’Oklahoma, où les candidats ont remporté par le passé une série d’élections au fil des ans en promettant de baisser les impôts et, par conséquent, se sont retrouvés avec un déficit important et les salaires d’ enseignants les plus bas du pays, un nombre historique d’enseignants du secondaire et de professeurs, dont certains ont été élus, ont participé à ces élections.

Dans les États les plus méridionaux, les plus conservateurs, la chance n’a pas été la même, bien que les démocrates aient perdu avec des marges minimales. En Géorgie, Stacey Abrams a échoué, de justesse, dans sa tentative de devenir la première gouverneure noire des USA. Définie comme progressiste dans un Etat traditionnellement conservateur, elle est en faveur d’une plus grande régulation du port d’armes. Trump l’avait définie comme une “amoureuse du crime et des frontières ouvertes”, deux expressions qui, une fois de plus, sont des allusions raciales subliminales, pour ne pas parler de ses connotations misogynes. Bien sûr, personne ne peut suspecter l’honorabilité du Président Trump en matière de « « race et de genre.

En Floride, Andrew Gillum, candidat soutenu par le sénateur socialiste Bernie Sanders, a failli devenir le premier gouverneur noir de cet État, le troisième plus peuplé du pays et avec une importance électorale croissante (chaque jour, un millier de personnes quittent les États du nord pour la Floride, ce qui pourrait aussi changer le profil idéologique de l’État), ce qui, dans cette culture, n’est pas un détail. DeSantis, son adversaire, a déclaré que “la pire chose à faire, ce sont des singeries avec les impôts”, tandis que Trump l’a accusé d’être un voleur (l’allusion aux singes et aux voleurs a une forte connotation raciale dans ce pays). Gillum est défini comme progressiste et accusé d’être socialiste. Soixante voix séparent les candidats.

Toujours au Texas, le candidat démocrate a frôlé la victoire. Au cours de la campagne, le sénateur républicain d’origine cubaine Ted Cruz a été réélu, battant le démocrate Beto O’Rourke. Cruz s’était moqué du surnom de O’Rourke, “Beto”, pour séduire l’électorat hispanique, sans remarquer que son surnom “Ted” pouvait être considéré comme une forme anglo-saxonne d’évitement de son prénom, Rafael. Le Texas, l’État qui s’est séparé du Mexique pour rétablir l’esclavage (évidemment, cette simple vérité est un tabou de près de deux cents ans), n’a jamais pu se débarrasser complètement de sa culture hispanique, mais il reste l’un des bastions conservateurs du pays, tout comme la Californie et New York le sont pour les libéraux.

La campagne électorale a été, comme toujours, occupée par les méchants d’ailleurs. Une publicité approuvée par Trump insistait sur le sourire d’un immigrant illégal accusé d’un crime, malgré le fait que le taux de criminalité parmi les immigrants illégaux est inférieur à celui des citoyens US, malgré le fait que des semaines avant les élections, différents meurtres et attaques terroristes perpétrés par des hommes blancs d’extrême droite avaient fait des morts, dont 11 dans une seule d’entre eux dans une synagogue. C’est un fait qui n’a été mentionné dans aucune publicité, comme l’épidémie de drogue qui tue 60 000 personnes par an ou le fléau des armes à feu qui fait 30 000 morts chaque année.

De nombreuses conclusions peuvent être tirées de ces élections. Je pense que le plus important est la confirmation d’une séparation culturelle et idéologique croissante qui ne peut promettre que plus de colère, de frustration et de violence.

Alors qu’aujourd’hui tout est traité comme une maladie psychologique, il est étrange que personne ne se rende chez un psychologue ou ne fasse de la méditation pour calmer la haine tribale dont nos sociétés souffrent aujourd’hui. Il y a un besoin inéluctable de combattre et d’humilier l’autre, que nous appelions il y a quinze ans “mentalité tribale”, promotrice des nouveaux “vents de haine”.

Les USA n’ont jamais cessé de mener la guerre de Sécession, et maintenant ce conflit s’aggrave, et irradie, comme tout le reste, vers d’autres pays satellites.

JM.

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24551&enligne=aff
Publication date of original article: 07/11/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24552

Los dos Estados desUnidos

Si las elecciones de término medio eran un referéndum sobre Trump, el resultado es ambiguo. Por un lado, los demócratas recuperaron la cámara baja luego de ocho años de dominio republicano, lo que significa un gran triunfo político para la oposición. Por otro, el ala más conservadora de los republicanos (esos radicales llamados moderados) demostró su movilización en todos sus bastiones rurales o sureños. No obstante, aunque los resultados en estados como Florida dirán que los republicanos se quedaron con la banca del senado en disputa y probablemente con la gobernación también, lo que no será tan evidente es que redujeron sus ventajas electorales en condados tradicionalmente conservadores. De hecho, la diferencia entre el candidato republicano y el demócrata es de sesenta votos en un estado con una población de más de veinte millones.

Otro fenómeno más evidente que se confirmó es el aumento dramático de mujeres no blancas que se presentaron como progresistas y, en algunos casos, directamente como socialistas. Múltiples mujeres, negras, morenas, musulmanas, africanas, lesbianas y todo tipo de minorías estigmatizadas ganaron sus elecciones.

En Michigan, Rashida Tlaib y en Minnesota Ilhan Omar Win fueron elegidas como las primeras mujeres musulmanas al Congreso de Estados Unidos. En las últimas décadas, los inmigrantes, tanto latinos como de medio oriente, jugaron un rol decisivo en la recuperación de ciudades moribundas y abandonadas como Detroit. Hija de inmigrantes palestinos, asistió el primer año de educación primaria sin saber inglés y logró recibirse de abogada. Madre soltera y miembro del grupo Socialistas Democráticos de América (especie de Frente Amplio de partidos de izquierda en Estados Unidos), ya fue representante local en Michigan por el partido Demócrata. En las dos elecciones que participó por el senado de Michigan, en el 2008 le había ganado con 90 por ciento de los votos al republicano Darrin Daigle y luego, en 2010, con el 92 por ciento al mismo candidato. Ahora ha sido elegida representante nacional por el estado de Michigan y es de esperar que su trayectoria política no termine ahí, sino que, por el contrario, se convierta en una fuerza simbólica y activa de cambio y una antagónica del presidente Trump y de la América del Tea Party. Por su parte, Ilhan Omar Win, la nueva representante por Michigan, también musulmana, estuvo en un campamento de refugiados somalíes y llegó a Estados Unidos a los doce años.

En Nueva York, un caso muy similar es el de Alexandria Ocasio-Cortez, la activista y puertorriquense que sorprendió ganando las primarias del partido Demócrata en Nueva York. Ocasio-Cortez también es miembro de la organización Socialistas Democráticos de América. Hoy se convirtió en la congresista más joven de la historia con solo 28 años al derrotar con el 78 por ciento de los votos al republicano Anthony Pappas.

En varios estados como Oklahoma, donde los candidatos en el pasado ganaron una serie de elecciones a lo largo de los años compitiendo por quien bajaba más los impuestos y, como consecuencia se encontraron al tiempo con un déficit importante y los sueldos de maestros más bajos del país, se presentó a estas elecciones un número histórico de maestros y profesores de secundaria, alguno de los cuales fueron elegidos.

En los estados más al sur, más conservadores, la suerte no fue la misma, aunque los demócratas perdieron por márgenes mínimos. En Georgia, Stacey Abrams fracasó, por un margen mínimo, en su intento de convertirse en la primera gobernadora negra de Estados Unidos. Definida como progresista en un estado tradicionalmente conservador, está a favor de una mayor regulación del porte de armas. Trump la había definido como “amante del crimen y de las fronteras abiertas”, dos expresiones que, otra vez, poseen subliminales alusiones raciales, por no entrar a analizar su condición de mujer. Claro que nadie puede sospechar de la honorabilidad del presidente Trump en materia racial y de género.

En Florida, Andrew Gillum, candidato apoyado por el senador socialista Bernie Sanders, pudo ser el primer gobernador negro de este estado, el tercero más poblado del país y con una creciente importancia electoral (cada día, mil personas se mudan de los estados del norte a Florida, lo que también podría cambiar el perfil ideológico del estado), lo cual, para esta cultura, no es un detalle. DeSantis, su oponente, dijo que “lo peor que se podría hacer es monerías con los impuestos”, al tiempo que Trump lo acusó de ladrón (tanto la alusión a los monos como a los ladrones tienen fuertes connotaciones raciales en este país). Gillum es definido como progresista y acusado de ser socialista. Sesenta votos separan a un candidato del otro.

También en Texas el candidato demócrata estuvo cerca de un triunfo histórico que no fue. Durante la campaña, el senador republicano de origen cubano Ted Cruz fue reelegido ganándole al demócrata Beto O’Rourke. Cruz se había burlado del apodo que usaba O’Rourke, “Beto”, para seducir al electorado hispano, sin notar que su apodo “Ted” puede ser considerado una forma anglosajona de evitar su primer nombre, Rafael. Texas, el estado que se separó de México para reestablecer la esclavitud (obviamente, esta verdad tan simple es un tabú de casi doscientos años), nunca pudo deshacerse completamente de su cultura hispánica, pero continúa siendo uno de los bastiones conservadores del país, tanto como California y Nueva York lo son de los liberales.

La campaña electoral estuvo, como siempre, ocupada con los malos de afuera. Un aviso aprobado por Trump insistió en mostrar la sonrisa de un inmigrante ilegal acusado de un crimen, a pesar de que el índice de criminalidad entre los inmigrantes ilegales es inferior al de los ciudadanos estadounidenses, a pesar de que semanas antes de las elecciones diferentes matanzas y ataques terroristas llevados a cabo por hombres blancos de la extrema derecha había dejado, en uno solo de ellos, 11 personas muertas en una sinagoga. Hecho que no se mencionó en ninguna publicidad, como no se mencionó la epidemia de drogas que mata 60 mil personas por año en este país o la plaga de armas de fuego por la cual 30 mil personas mueren cada año.

De estas elecciones se desprenden muchas conclusiones. Creo que la más importante es la confirmación de una creciente separación cultural e ideológica que no puede prometer otra cosa sino más ira, frustración y violencia. 

Mientras hoy se trata cualquier cosa como una enfermedad psicológica, es extraño que nadie vaya al psicólogo o haga meditación para calmar el odio tribal que sufren nuestras sociedades hoy. Existe una necesidad irrefrenable de combatir y humillar al diferente que hace quince años llamábamos “mentalidad tribal”, promotora de los nuevos “vientos de odio”.

Estados Unidos nunca ha dejado de pelear la Guerra de Secesión y ahora ese conflicto se profundiza –y se irradia, como todo, a otros países satélites. 

 

JM, 7 de noviembre, 2018.

Elecciones en Estados Unidos: cuando se acaba la cerveza

Tradicionalmente, en Estados Unidos las elecciones parlamentarias suelen ser una expresión crítica sobre el presidente, por lo cual el partido de la oposición casi siempre recupera el terreno perdido en las elecciones anteriores. Sin embargo, debido el hecho de que los representantes y los senadores sirvan períodos diferentes (dos años unos, seis los otros), rara vez los cambios son masivos, ya que nunca es todo o nada, como puede serlo en las elecciones presidenciales.

Este año se espera que los demócratas recuperen la cámara baja y los republicanos mantengan el control de la cámara de senadores, más allá de que pierdan votos. La verdadera sorpresa sería que los demócratas recuperen el control de la cámara alta.

Estas elecciones dejarán claro cierto hastío de un creciente número de estadounidenses, sobre todo jóvenes, hacia las políticas y la nueva cultura literaria del presidente Trump, algo que ya había comenzado muchos años antes con las movilizaciones del Tea Party.

Entre las políticas y los temas sociales que han comenzado a movilizar sectores anti-Trump está todo lo relacionado a las minorías y a la lógica misma del tejido social. Desde los movimientos de mujeres (feministas o no) hasta el resurgimiento del racismo abierto contra los negros y, especialmente contra los inmigrantes pobres, no europeos, pasando por la tendencia mundial a la violencia religiosa que nos está sumergiendo rápidamente en una nueva Edad Media.

Los frecuentes atentados motivados por el odio tribal, como la más reciente matanza en la sinagoga de Pittsburgh, están basados en las proto teorías de los nacionalistas blancos y neonazis que consideran que los judíos están ayudando a los pobres de Honduras a invadir este país para continuar el “extermino blanco”. La idea popular de un “white genocide” (genocidio blanco) lleva a lunáticos como el asesino Robert Bowers, reunido con otros cientos de miles en su propia burbuja de las redes sociales (en este caso, Gab.com) a realizar su propio extermino.

De esta forma, se produce la aparente (y solo aparente) paradoja de que una buena parte los seguidores de Trump, entre ellos su base evangélica, es radicalmente pro-Israel al tiempo que es antisemita, antijudía (otra contradicción explosiva que también observamos y advertimos hace dos años). Diferente a los judíos en países como Argentina o Uruguay, en Estados Unidos esta comunidad (dejemos de lado la minúscula y poderosa elite de los lobbies) siempre han apoyado a la izquierda y a las causas de las minorías, incluso contra las políticas de Israel en Palestina.

En este momento, la guerra semántica es lo más importante y donde se define el futuro del mundo. Siempre fue importante (es la idea central de nuestro estudio de 2005 sobre la lucha por los campos semánticos), pero ahora, más que nunca, vuelve a revelarse en todo su drama. Las palabras valen, y mucho. Hace un par de días los militares en Nigeria masacraron manifestantes que se atrevieron a arrojar piedras. Días antes Trump había afirmado que era totalmente legítimo que los militares estadounidenses usen armas de fuego si algunos en la caravana de refugiados hondureños se atrevían a lanzar piedras. Algo que, en la práctica no es ninguna novedad (basta con echar una mirada a lo que pasa diariamente en Gaza), pero que lo diga el presidente de Estados Unidos es una forma de legitimación de la barbarie. De la misma forma, en muchos otros temas, desde los sexuales hasta los raciales.

Desde ese mismo punto de vista narrativo, los republicanos tienen a favor una economía que, en sus números macros (PIB, desempleo, etc.) se encuentra en su mejor momento de los últimos cincuenta años. El pasado viernes se reportó la creación de 250 mil nuevos puestos de trabajo, y los dos cuatrimestres pasados tuvimos crecimientos del PIB de 4,2 y 3,2 por ciento, casi tan altos como dos cuatrimestres de la era Obama en el 2014. Obviamente que, si miramos todas las gráficas económicas, esos valores que se repiten en los discursos (con exageración trumpiana típica “nunca antes en la historia”) ya habían comenzado a mejorar en el primer año de la administración Obama. Cada gráfica sólo muestra la prefecta continuación de tendencias anteriores. Hay que agregar otro factor: el recorte de impuestos aprobado en el año 2017, el cual benefició ampliamente a la minoría más rica de la población y algo, como efecto colateral, a los trabajadores, lo que sólo ha confirmado esas mismas tendencias.

De la misma forma que en el 2016 dijimos, en diversas entrevistas, que los recortes de impuestos a las grandes empresas, que la desregulación de los bancos, que el aumento del gasto militar y que las tentativas de privatizar lo que todavía estaba en manos del Estado iban a darle más oxígeno a los números macroeconómicos durante los primeros años de la administración Trump, también era de esperar que la historia de esos modelos económicos ya empleados por presientes como Carlos Menem y George Bush podrían indicarnos que luego de la fiesta venía el funeral. La Argentina de Macri ya está en su funeral propio, pero Estados Unidos todavía está de fiesta. Dejemos de lado el detalle que Argentina no puede imprimir dólares ni puede enviar barcos de guerra a intimidar a la competencia comercial, como sí puede hacerlo Estados Unidos. Claro, si leemos los indicadores macroeconómicos y no atendemos a la creciente desesperación de los de abajo (podríamos detenernos en los problemas de educación, salud y desigualdades sociales), la cosa ha mejorado. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera la desmemoria del pueblo.

Estas elecciones del próximo martes significarán un leve, tímido giro de Estados Unidos hacia los de abajo. Deberemos analizar si el 2020 será un año de ruptura o, apenas, un capítulo en un proceso mayor. Lo que sí me animaría a predecir desde ya, como ya lo hemos hecho antes de las recientes elecciones de Brasil, es que, en un par de años, Estados Unidos estará a la izquierda de Brasil.

Brazil: The Eternal Country of the Future Trapped in Its Colonial Past

Days before the elections in Brazil, a young Brazilian approached me and said, “God willing, Bolsonaro to win. He is a military man and will end corruption.” I did not want to answer. I esteem this boy as a good person, maybe too young to be anything else. But these two brief sentences summed up several volumes of Latin American history to its present.

Beginning with the obvious: if there were governments and corrupt regimes on the continent, those were the military regimes. First, because every dictatorship is corrupt by definition, and second, because direct robberies were always massive, by denouncing the disappearances, then only to reappear by floating in a river with evidence of torture. It would suffice to mention the most recent investigation into the fortune of General Pinochet, a military leader who accumulated several million dollars in salary as an unelected president, without mention of such details as the thousands killed and many more persecuted during his rule. There were shams of decorated honors for assuming “moral reserve” and for the “bastion of courage” by owning weapons financed by the people’s work, only to later be threatened by their own armies in “bringing order,” by garrison and cemeteries. That same barbaric culture of innumerable generals, soldiers, and scoundrels boasting to be “macho” and valiant fighters, never won or went to any war against other armies, but dedicated themselves to serving the rural oligarchy by terrorizing and threatening their own people. In the coining of a neologism, millions of thugs are now hidden within their new condition of digital cowangry.

This military mentality applied to civil practice and domestic life (deviates from any raison d’être of an army) is a Latin American tradition born prior to the Cold War and long before the new republics were born and consolidated with corruption, deep in hypocritical racism. This is especially true in Brazil, the last country in the continent to abolish slavery. Even Captain Bolsonaro’s vice presidential candidate, General Mourão, a mulatto man like most of his compatriots, is pleased that his grandson contributes to the “branqueamento da raça (whitening of the race).” Have any of us ever crossed paths with this kind of deep racial and social disregard for 90 percent of their own family? The same historical problems permeate in other regions that stand out for their brutality in Central America and the Caribbean.

The second, and less obvious, is the appeal to God. In the same way that the United States replaced Great Britain in its consolidation of Spanish colonial verticality, the Protestant churches did the same with those ultraconservative societies (limitless landowners and silent masses of obedient poor), which had been shaped by the previous hierarchy of the Catholic church. It took some Protestant sects like the Pentecostals and others at least a century more than the dollar and the cannons. The phenomenon probably started in the Sixties and Seventies: those innocent, presumably apolitical, gentlemen, who went door to door talking about God, should have a clear political translation. The paradoxical effect of Christian love (that radical love of Jesus, a rebel who was surrounded by poor and marginal people of all kinds, who did not believe in the chances of the rich reaching heaven, and did not recommend taking the sword but turning the other cheek, who broke several biblical laws such as the obligation to kill adulteresses with stones, who was executed as a political criminal) ended up leading to the hatred of gays and the poor, in the desire to fix everything with shots. Such is the case of medieval candidates like Captain Jair Messias Bolsonaro and many others throughout Latin America, who are supported by a strong and decisive evangelical vote. These people in a trance are watered in sweat and hysterical cries and say they “speak in tongues,” but just speak their disjointed language of political and social hatred in blind fanaticism that God prefers them with a gun in their hands rather than peaceably fighting for justice, respect for the different, and against arbitrary powers.

In the midst of the euphoric golden decade of progressive governments, such as Lula’s, we note two mistakes: naive optimism and the dangers of corruption, and the ramifications of a domino effect because corruption was not a creation of any government, but instead a mark of identity of the Brazilian culture. To name just one more case, this is also the state of affairs in neighboring Argentina.

We must add to all this that the traditional social narrators of a more rancid and powerful Latin America can be found in Maduro’s Venezuela where the equally pathetic opposition is never mentioned. As the example, this is the perfect excuse to continue terrorizing about something that almost all the countries of the continent have lived with since the colony: poverty, economic crises, dispossession, impunity, civil and military violence. So it is Venezuela that is exemplifying Brazilian propaganda and not the Brazil of Lula that took 30 million out of poverty, the one with super entrepreneurs, the one of “Deus é brasileiro (God is Brazilian),” the Brazil that was going away to eat the world and had passed the GDP of U.K.

 It was the perfect alibi: for others to believe that corruption did not have 200 years of brutal exercise but had been created by the last five to 10 years of a pair of leftist governments. On the contrary, these governments were an ideological exception within a deeply conservative, racist, classist, and sexist continent. Everything that now finds resonance from Europe to Latin America, to the United States, abandons the ideals of Enlightenment and plunges neurotically into a new Middle Ages.

We still don’t know whether this medieval reaction of the traditional forces in power is just that; a reaction, or a long historical tendency of several generations that began in the Eighties and stumbled 15 years ago.

For the second round in Brazil, the coalition against Bolsonaro has already launched the slogan: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito (Together for Brazil for dialogue and respect).” This motto only goes to show that those who oppose Bolsonaro in Brazil, like those who oppose Trump in the United States, do not understand the new cowangry mentality. The cowangry need to know that there is someone else (not them) who is going to return women to the kitchens, gays to their closets, blacks to work on the plantations, and poor to the industries, that someone is going to throw a bomb in some favela (“dead the dog, dead to the rage”). Someone will torture all who think differently (especially poor blacks, teachers, journalists, feminists, critics, educated people without titles, and other dangerous subversives with foreign ideas, all in the name of God) and in that way, someone will punish and exterminate all those miserable people solely responsible for the personal frustrations of the cowangry

 

JM, October 2018

 

La corruption, une vieille rengaine en Amérique latine (et ailleurs)

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

Le récit politique qui justifie n’importe quelle option pour mettre fin à la corruption est aussi vieux que la politique et la narration. En Amérique latine, c’est un genre classique et ce n’est que grâce à la mémoire courte des peuples qu’il est possible de le répéter, génération après génération, comme si c’était une nouveauté.

Mais ce récit, qui ne sert qu’à la consolidation ou à la restauration d’une certaine classe au pouvoir, se concentre exclusivement sur la petite corruption : un politicien, un sénateur, un président reçoit dix mille ou un demi-million de dollars pour favoriser une grande entreprise. Il est rare qu’un pauvre offre un demi-million de dollars à un politicien pour une pension de cinq cents dollars par mois.

Celui qui paie un million de dollars à un politicien pour augmenter les profits de ses entreprises est corrompu. Comme est corrompu le pauvre diable qui vote pour un candidat qui lui a payé les plaques de tôle pour le toit de sa baraque de bidonville. 

Mais celui qui ne fait pas la distinction entre la corruption de l’ambition et la corruption de celui qui cherche désespérément à survivre est encore plus corrompu. Comme l’a écrit la Mexicaine Sœur Juana Inés de la Cruz à la fin du XVIIe siècle, avant que le pouvoir du moment ne l’écrase pour insubordination : 

    Ou qui est le plus à blâmer,

     Quelque mal qu’il ait fait :

     celui qui pèche contre paiement

     ou celui qui paie pour pécher ?

Les accusations de corruption font rarement référence à la corruption légale. Peu importe si, grâce à une démocratie fière de respecter les règles du jeu, dix millions d’électeurs donnent cent millions de dollars à la campagne d’un politicien et deux millionnaires seulement dix millions, un pourboire, au même candidat. Lorsque ce politicien remportera l’élection, il dînera avec l’un des deux groupes, et il n’est pas nécessaire d’être un génie pour deviner lequel.

Peu importe que ces messieurs fassent ensuite adopter par le parlement de leur pays des lois qui profitent à leurs entreprises (réductions d’impôts, déréglementation des salaires et des investissements, etc.), parce qu’ils n’auront pas besoin de violer une loi, la loi qu’ils ont eux-mêmes écrite, comme un voleur qui ne vole pas dix millions de citoyens honnêtes et innocents mais deux ou trois travailleurs pauvres qui ne ressentiront que colère, rage et humiliation pour le pillage qu’ils voient et pas pour celui qu’ils ne voient pas.

Néanmoins, nous pouvons encore observer une corruption encore plus grande, plus grande que la corruption illégale et plus grande que la corruption légale. C’est cette corruption qui vit dans l’inconscient du peuple et qui n’a d’autre origine que la corruption persistante du pouvoir social qui, comme une goutte, creuse la roche au fil des années, des siècles.

C’est la corruption qui vit dans le peuple même qui la subit, chez cet homme qui s’échine, aux mains tannées ou diplômé de l’université, chez cette femme souffrante, avec des cernes sous les yeux, ou chez cette autre, collet monté. C’est cette corruption qui va au lit et qui se lève avec chacun d’eux, chaque jour, pour se reproduire dans le reste de leur famille, leurs amis, comme la grippe, comme Ebola.

Il ne s’agit pas simplement de la corruption de quelques individus qui acceptent de l’argent facile par les mystérieux raccourcis de la loi.

Non, il ne s’agit pas la corruption de ceux qui sont au pouvoir, mais de cette corruption invisible qui vit comme un virus de frustration de ceux qui cherchent à mettre fin à la corruption avec des vieilles méthodes elles-mêmes corrompues de manière avérée.

Parce que la corruption, ce n’est pas seulement quand quelqu’un donne ou reçoit de l’argent illicite, mais aussi quand quelqu’un déteste les pauvres parce qu’ils reçoivent une aumône de l’État.

Parce que la corruption, ce n’est pas seulement quand un politicien donne un panier alimentaire à un pauvre en échange de son vote, mais quand ceux qui n’ont pas faim accusent ces pauvres gens d’être corrompus et feignants, comme s’il n’y avait pas de feignants dans les classes privilégiées.

Car la corruption, ce n’est pas seulement lorsqu’un pauvre feignant obtient d’un politicien ou de l’État qu’il lui donne une aumône à consacrer à ses vices misérables (du vin bon marché au lieu du whisky irlandais Jameson), mais aussi lorsque ceux au pouvoir sont convaincus et convainquent les autres que leurs privilèges, ils les ont tout seuls et la manière la plus pur, la plus juste, la plus raffinée,  tandis que les pauvres (ceux qui lavent leurs toilettes et achètent leurs miroirs) vivent du sacrifice intolérable des riches, une chose à laquelle seul un général ou un Homme avec une poigne de fer peut mettre un terme.

Parce que la corruption, c’est quand un pauvre diable soutient un candidat qui promet de punir d’autres pauvres diables, qui sont les seuls diables que le pauvre diable qui a du ressentiment connaisse, parce qu’il les a rencontrés dans la rue, au bar, au travail.

Car la corruption, c’est quand un mulâtre comme Domingo Sarmiento* ou Antonio Hamilton Martins Mourão [général brésilien de réserve, candidat à la vice-présidence de la République avec Jair Bolsonaro, NdT] a honte des noirs de sa famille et une haine infinie pour les autres noirs

Parce que la corruption, c’est quand un élu de Dieu, quelqu’un qui confond l’interprétation fanatique de son pasteur avec les multiples textes d’une Bible, quelqu’un qui va chaque dimanche à l’église pour prier le Dieu d’Amour, jette à la sortie quelques pièces aux pauvres et le lendemain, marche contre le droit aux mêmes droits des gens différents, comme les gays, les lesbiennes, les trans, et le fait au nom de la morale et du fils de Dieu, Jésus, oui, celui-là même qui a eu mille occasions de condamner ces mêmes personnes différentes, immorales, et ne l’a jamais fait, bien au contraire.

Parce que la corruption, c’est soutenir les candidats qui promettent la violence comme moyen d’éliminer la violence. 

Parce que la corruption, c’est croire et répéter fanatiquement que les dictatures militaires qui ont dévasté l’Amérique latine depuis le XIXe siècle, celles qui ont pratiqué toutes les variantes possibles de corruption, pourront un jour mettre fin à la corruption

Parce que la corruption, c’est haïr et, en même temps, accuser les autres de souffrir de la haine.

Parce que la corruption est dans la culture et dans le cœur même des personnes les plus honnêtes d’une société.

Parce que la pire corruption n’est pas celle qui prend un million de dollars, mais celle qui ne vous laisse pas voir ou entendre les hurlements de l’histoire, jusqu’à ce qu’il soit trop tard.

 NdT

* Domingo Faustino Sarmiento (1811 -1888), écrivain et homme d’État, septième président de la République Argentine. Il faisait partie d’un groupe d’intellectuels, connu comme Génération de 1837, qui eut une grande influence sur l’Argentine du XIXe siècle. Son chef d’œuvre est Facundo, une épopée faisant l’apologie du libéralisme inspiré de l’Europe des Lumières, contre la « barbarie » des caudillos, appuyés par leurs montoneros (troupes de gauchos). Fit l’apologie du génocide des Indiens et exprima un racisme viscéral vis—vis des Noirs.  Dans son ouvrage Voyages de 1849, il écrit entre autres : « (…) le mot mulâtre tire son origine de mule, un mélange de deux races différentes qui produisen,  entre le cheval et l’âne, la mule, et entre l’homme blanc et la femme noire, le mulâtre. Nos mulâtres verront tout l’honneur que leur font les caballeros qui ont inventé le mot » (Sarmiento, Viajes, 1849).

 

 
Courtesy of Escritos Críticos
Source: https://majfud.org/2018/10/20/el-viejo-cuento-de-la-corrupcion/
Publication date of original article: 20/10/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24390

El viejo cuento de la corrupción

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La narrativa política que justifica cualquier opción como forma de acabar con la corrupción es tan antigua como la política y como la narrativa. En América Latina es un género clásico y sólo gracias a la poca memoria de los pueblos es posible repetirla, generación tras generación, como si se tratase de una novedad.

Pero esta narrativa, que sólo sirve a la consolidación o a la restauración de una determinada clase en el poder, se centra exclusivamente en la corrupción menor: un político, un senador, un presidente recibe diez mil o medio millón de dólares para favorecer a una gran empresa. Rara vez un pobre ofrece medio millón de dólares a un político para que le otorgue una pensión de quinientos dólares mensuales.

Es corrupto quien le paga un millón de dólares a un político para ampliar los beneficios de sus empresas y es corrupto el pobre diablo que vota por un candidato que le ha comprado las chapas para el techo de su casita en la villa miseria.

Pero es aún más corrupto aquel que no distingue entre la corrupción de la ambición y la corrupción de quien busca, desesperadamente, sobrevivir. Como decía la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz a finales del siglo XVII, antes que el poder del momento la aplastara por insumisa:

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

Rara vez las acusaciones de corrupción se refieren a la corrupción legal. Ni importa si, gracias a una democracia orgullosa de respetar las reglas de juego, diez millones de votantes aportan cien millones de dólares a la campaña de un político y dos millonarios aportan sólo diez millones, una propina, al mismo candidato. Cuando ese político gane las elecciones cenará con uno de los dos grupos, y no es necesario ser un genio para adivinar cuál.

No importa si luego esos señores logran que el congreso de sus países apruebe leyes que benefician sus negocios (recortes de impuestos, desregulación de los salarios y de las inversiones, etc.), porque ellos no necesitarán violar ninguna ley, la ley que ellos mismos escribieron, como un maldito ladrón que no le roba a diez millones de honestos e inocentes ciudadanos sino a dos o tres pobres trabajadores que sólo sentirán la ira, la rabia y la humillación por el despojo que ven y no por el que no ven.

Pese a todo, aún podemos observar una corrupción aún mayor, mayor a la corrupción ilegal y mayor a la corrupción legal. Es esa corrupción que vive en el inconsciente del pueblo y que no procede de otro origen sino de la persistente corrupción del poder social que, como una gota, cava la roca a lo largo de los años, de los siglos.

Es la corrupción que vive en el mismo pueblo que la sufre, en ese hombre cansando, de manos curtidas o de títulos universitarios, en esa mujer sufrida, con ojeras, o en esa otra de naricita levantada. Es esa corrupción que se va a la cama y se levanta con cada uno de ellos, cada día, para reproducirse en el resto de su familia, de sus amigos, como la gripe, como el ébola.

No es simplemente la corrupción de unos pocos individuos que aceptan dinero fácil por los misteriosos atajos de la ley.

No, no es la corrupción de quienes están en el poder, sino esa corrupción invisible que vive como un virus de la frustración de quienes buscan acabar con la corrupción con viejos métodos probadamente corruptos.

Porque corrupción no es solo cuando alguien da o recibe dinero ilícito, sino también cuando alguien odia a los pobres porque reciben una limosna del Estado.

Porque la corrupción no es sólo cuando un político le da una canasta de comida a un pobre a cambio de su voto, sino cuando quienes no pasan hambre acusan a esos pobres de corruptos y holgazanes, como si no existieran los holgazanes en las clases privilegiadas.

Porque la corrupción no es sólo cuando un pobre holgazán logra que un político o el Estado le den una limosna para dedicarse a sus miserables vicios (vino barato en lugar de Jameson Irish whiskey), sino también cuando quienes están en el poder se convencen y convencen a los demás que sus privilegios lo ganaron ellos solos y en la más pura, destilada, justa ley, mientras que los pobres (esos que lavan sus baños y compran sus espejitos) viven del intolerable sacrificio de los ricos, algo que sólo un general o un Hombre de Negocios con mano dura puede poner fin.

Porque corrupción es cuando un pobre diablo apoya a un candidato que promete castigar a otros pobres diablos, que son los únicos diablos que el pobre diablo resentido conoce, porque se ha cruzado con ellos en la calle, en los bares, en el trabajo.

Porque corrupción es cuando un mulato como Domingo Sarmiento o Antonio Hamilton Martins Mourão siente vergüenza de los negros de su familia y odio infinito por los negros ajenos.

Porque corrupción es cuando un elegido de Dios, alguien que confunde la interpretación fanática de su pastor con los múltiples textos de una Biblia, alguien que va todos los domingos a la iglesia a rezarle al Dios del Amor y al salir tira unas monedas a los pobres y al día siguiente marcha contra el derecho a los mismos derechos de gente diferente, como los gays, las lesbianas, los trans, y lo hace en nombre de la moral y del hijo de Dios, Jesús, sí, ese mismo que tuvo mil oportunidades de condenar a esa misma gente diferente, inmoral, y nunca lo hizo, sino lo todo contrario.

Porque corrupción es apoyar a candidatos que prometen la violencia como forma de eliminar la violencia.  

Porque corrupción es creer y repetir con fanatismo que las dictaduras militares que asolaron América Latina desde el siglo XIX, esas que practicaron todas las variaciones posibles de corrupción, pueden alguna vez ser capaces de terminar con la corrupción.

Porque corrupción es odiar y, al mismo tiempo, acusar al resto de sufrir de odio.

Porque la corrupción está en la cultura y hasta en el corazón de los individuos más honestos de una sociedad.

Porque la peor de las corrupciones no es la que se lleva un millón de dólares, sino aquella otra que no deja ver ni escucha los alaridos de la historia, ni se escucha ni deja que se vea hasta que es demasiado tarde.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

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Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rural y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente (sobre todo negros pobres, profesores, periodistas, feministas, críticos, gente culta pero sin títulos, y otros subversivos peligrosos con ideas foráneas, todo en nombre de Dios) y, de esa forma, alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rual y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente, sobre negros pobres, profesores, periodistas y otros con ideas foráneas, todo en nombre de Dios, y de esa forma alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

El fenómeno del cowangry en la nueva política

Una de las interpretaciones más sólidas, casi una obviedad, tanto en los sociólogos de izquierda como de derecha, es la lectura marxista de la realidad donde los procesos materiales, como la economía y la producción, influyen de manera decisiva en los procesos psicológicos, morales, políticos, ideológicos y culturales. La reinstauración de la esclavitud en Texas a mediados del siglo XIX, debido al reemplazo de la lana por el algodón en Europa, su abolición legal, unas décadas después, por la nueva industrialización en los estados del norte de Estados Unidos, el ingreso de la mujer a las fábricas y tantos otros fenómenos no podrían explicarse sin este factor.

Pero la realidad es siempre más compleja de lo que quisiéramos. En su pluri dimensionalidad, otros, como Max Weber e, incluso, varios pensadores marxistas del siglo XX (Gramsci, Althusser) analizaron cómo esta avenida es de ida y vuelta: los procesos culturales también influyen decisivamente en el resto de la realidad, incluida la economía, el poder militar, etc.

Por estas razones, por esta tradición analítica tan largamente estudiada y elaborada, resulta casi una herejía imaginar siquiera que una realidad social puede estar definida por procesos puramente psicológicos, como la angustia, la frustración, la rabia, la depresión, tal como observamos actualmente en, al menos, medio planeta. Uno siempre tiende a pensar que esas expresiones no son más que eso, expresiones, síntomas, consecuencias, y que las causas están en otro lado. Cuando echamos una mirada a la base material de la sociedad, enseguida vemos lo más obvio, una realidad que nadie puede negar sin contradecir la mayoría de los datos: el radical desbalance entre quienes trabajan o simplemente sobreviven y quienes acaparan la mayoría de los frutos de una sociedad y una civilización que ha sufrido mucho para llegar al grado de progreso científico, tecnológico y social a la que ha llegado y que, de repente, parece al borde de un colapso, tanto social como ecológico.

Esas razones infraestructurales son innegables. No obstante, podemos hacer un esfuerzo para enfocarnos en la cultura de las últimas décadas y tratar de explicar los nuevos fenómenos, como el regreso del orgullo fascista, apenas un siglo después de que comenzara a producir las dos mayores guerras mundiales que el centro del poder, del desarrollo, sufrió en la Era Moderna (si no contamos los silenciados holocaustos de los pueblos colonizados).

Sin tiempo (ni histórico ni personal) como para hacer un análisis basado en datos duros, no me queda más remedio que especular con algunas observaciones y una hipótesis.

Me refiero al factor psicológico que ha invadido la dinámica social. Como ya propusimos hace unos años, este factor se ha magnificado con el fenómeno de las redes sociales y las nuevas tecnológicas del anonimato o de la identificación a distancia, creando un individuo o una característica personal que podríamos llamar cowangry. Por múltiples razones, el neologismo en inglés no puede ser traducido sin debilitarlo.

Cowangry podría ser la clara mezcla de cobardía (cowardice) y rabia (anger) y, al memiso tiempo, ilustrarse con la rabia vacuna (cow angry), esos pobres animales que se ordeñan cada día, que rara vez se revelan y, cuando se revelan, sus patadas son tan inefectivas e intrascendentes que no tienen otro efecto que una soga más firme entre las patas. 

Este elemento psicológico siempre existió, pero estuvo controlado por un mínimo sentido de la responsabilidad, esa misma que hasta hoy muestran dos personas que piensan diferente, pero se encuentran cara a cara y se imponen ciertos límites, propios de seres civilizados. Sin ese elemento de responsabilidad social en las redes sociales, el cowangry se reprodujo en los últimos años de forma exponencial. Pero su efecto no se limitó a los espacios virtuales.

El antiguo sistema de democracia representativa, donde los individuos expresan sus opiniones a través del voto, se parece increíblemente al sistema de las redes sociales donde cada individuo, anónimo o identificado, actúa impune o protegido por la plena distancia. De igual forma, la conciencia de que su opinión o posición política y social tiene un efecto mínimo, infinitesimal, a la hora de votar, su reacción debe ser lo más extrema posible para compensar o mitigar esa debilidad sumada a la frustración que produce no solo la realidad económica sino sus mismos intentos vanos de agresión personal.

Cuando el cowangry vota en el sistema tradicional, no solo siente la frustración de la desigualdad económica que ama, sino también la ineficiencia o la debilidad de su voz, por lo que necesita apoyar a candidatos que expresen toda esa rabia tribal prometiendo palo y metralla con los que no están de acuerdo. Considerando que la izquierda se feminizó en la segunda mitad del siglo XX (anticolonialismo, feminismo, derechos de homosexuales y lesbianas, comprensión hacia los pobres, hacia los perdedores, etc.), que la derecha se mantuvo en el poder mundial pudiendo recurrir a un nivel todavía racional, frio, calculado, dulcemente propagandístico (Coca-Cola, la chispa de la vida), ahora la opción del cowangry no podía ser otra que la derecha fascista, nacionalista, machista, tribal; la del ganador que percibe que ya no lo es o ha dejado de ser el colonizador, el semental (“estamos asistiendo al genocidio de la raza blanca”), la del macho encolerizado después que la borrachera abandona el clímax de la euforia.

En cualquier caso, es una postura extrema pero aun así vaciada del valor real de los verdaderos activistas sociales. El compromiso del cowangry es frágil, precario, puede desaparecer con un solo click, como el mismo individuo con sus múltiples identidades (definición clásica del maniático), todo lo cual nunca elimina su frustración sino que, por el contrario, la amplifica y la potencia para un retorno aún más virulento e igualmente inefectivo. 

Hasta que el cowangry vota por un candidato que promete cambiar los argumentos racionales por unos insultos y unos cuantos balazos (Trump, Bolsonaro, y un largo etcétera), no para resolver los problemas del país, de la sociedad, sino para vengarse de todos aquellos que opinan, piensan o sienten diferente al cowangry. 

El cowangry está dispuesto a empobrecerse, a morirse de hambre si es necesario, pero nunca a perder en una disputa dialéctica, ideológica.

El cowangry es un fenómeno psicológico que ha desplazado la sociología, pero que, de durar en el tiempo, se convertirá en una característica cultural que definirá una época. Lo que, desde un punto de vista social y político, significa que apenas se agote la droga de la extrema derecha se podría pasar, luego de un retorno de la moderación, a una extrema izquierda tan visceral como la derecha, no racional, como forma de recuperar la necesidad que el cowangry siente por patear la mesa, no porque el mundo sea injusto, sino porque prefiere sufrir cualquier tipo de injusticia antes que ser dialéctica y psicológicamente derrotado por el adversario que, generalmente, aunque no siempre, es otro cowangry.

Así como la mentalidad de la iglesia que se absorbe desde pequeños (creer es prueba de la verdad) o la del estadio de fútbol (la pasión es prueba de que tengo razón) se traslada a la política con efectos catastróficos, confundiendo morrones con jalapeños, así esta batalla traslada sus dimensiones puramente psicológicas a la sociedad toda –empezando por las antiguas urnas.

El espectáculo se parece mucho al brote de lo que se conoció como vaca loca (mad cow) que, como un mal augurio, asustó al mundo en los años 90. Cowangry es la furia del cobarde, la furia de la vaca, la cow-angry.

 

 

JM, octubre 2018

 

 

 

 

Nunca te olvides de Stalin

(poema funcional)

 

No me recuerdes que el saqueo de las Américas exterminó cien millones de nativos

porque Stalin ejecutó y mató de hambre a veinte millones. 

 

No me menciones que Inglaterra colonizó y esclavizó a más de medio planeta

no con flores ni con té a las cinco

sino con cañones civilizados y felices esclavos

 

Porque Stalin mató a más de veinte millones. 

 

No me importa si sólo un rey de Bélgica (¿Leopold, dijiste?)

mató diez millones en África

para mejorar sus negocios en Europa

y recibió cincuenta condecoraciones de todas partes del mundo

 

Porque Stalin mató veintidós millones.   

 

No me jodas con que Hitler, en menos tiempo,

mató sólo diez de millones

porque tal vez fueron menos

(pruebas no hay y el maldito Stalin mandó matar otros veinte millones de rusos

para terminar con el sueño del Führer)

 

Porque Stalin mató veintitrés millones.  

 

No me vengas con las veinte o treinta dictaduras en América Latina

casi todas promovidas por los higiénicos negocios de las grandes empresas

de la Gran Democracia del Norte

(no me jodas con los esclavos; siempre fue una Gran democracia

Líder del Mundo Libre)

que pusieron orden en el caos

de los bananeros de Árbenz en América central

de los mineros de Neruda

de los nadies de Galeano

en la sufrida América

 

Porque Stalin mató treinta millones.  

 

No me vengas con que Martin Luther King y Albert Einstein 

allá en el Imperio de hoy

eran socialistas

porque hay que ser retardados mentales para no repetir

mil veces que

 

Stalin mató treinta y tres millones. 

 

Si quieres los cincuenta mil dólares

o si quieres ser una buena persona

un patriota

héroe de la libertad y la democracia

no escribas sobre las injusticias de ayer

ni las de hoy

(escribe sobre el genocidio en Venezuela;

me quedan cincuenta mil dólares sin destino aún,

cuando quieras)

pero no me vengas con las bombas atómicas

en Hiroshima y Nagasaki

(¿sabes que Irán podría hacer lo mismo?)

no me vengas con la heroica guerra en Vietnam

que no la hubiésemos perdido

si no fuese por Chomsky y Mohammed Ali.

(en realidad no la perdimos, la ganamos)

 

Porque Stalin mató treinta y cuatro millones. 

 

Termina ya con esas teorías fake, hoax de hoy

(si algo odio en este mundo

aparte de los comunista-feminista-islámicos

alrededor de este rico mundo

de mierda

aparte de la gente que, como tú, piensa diferente,

son los profesores de Estados Unidos.

¡tan contradictorios, tan retardados!)

 

No saben que Stalin mató treinta y cuatro millones. 

 

Deja ya (¿sesenta mil dólares es suficiente? última oferta) esas tonterías

sobre el calentamiento global

sobre el millón de muertos de la guerra de Iraq

que, dices, sus promotores ya hace tiempo reconocieron

(¿pero qué mierda importa todo eso ahora?)

siempre habrá errores en la lucha por el Bien:

guerras basadas en información incorrecta de inteligencia

bombardeos de drones inteligentes sobre niños incivilizados

lo lamentamos mucho

porque somos buenos.

 

No como

 

Stalin que mató treinta y cinco millones. 

 

No, no me importa si insistes que no eres comunista

para mí eres comunista

Como el asesino del Che que ejecutó a quinientos patriotas

que valían por cincuenta millones

como el marxista padre Romero (tuvimos que matarlo,

como a tantos otros, por el bien de la democracia)

como Allende, como…

sí, a todos tuvimos que matarlos, para evitar que

 

Stalin matara otros cuarenta millones

 

Obvio que eres comunista

cuando vienes con eso de los Derechos Humanos

de la Libertad y la Democracia

la justicia (no me hagas reir, comemlielda;

solo nosotros podemos hablar

y matar

en nombre de la libertad y la democracia)

 

Yo sé y me basta con saber que eres comunista y asesino

(no necesito explicaciones ni teorías

esas son cosas de maricones)

Lo sé porque no pones la mano en el corazón

cuando suena el himno de la patria

Cuando no quieres fusilar treinta mil, como Bolsonaro

en cada país

para arreglar los problemas, como se debe.

 

Eres comunista-feminista-islámico cuando no repites conmigo que

 

Stalin mató cuarenta y dos millones. 

 

Nope, no me digas que nunca defendiste a Stalin

Eso me ofende

 

porque Stalin sí mató a cuarenta y cuatro millones.  

 

Nope, no me digas que siempre estuviste en contra de los crímenes de Stalin

 

porque Stalin mató cuarenta y cinco millones.  

 

Y si las cruzadas y la inquisición y los imperios de todos los colores,

en el 1208 o en el 2018

que esclavizaron cientos de millones a lo largo de los siglos

existieron

sabes bien

fue para evitar que

 

Stalin matara a cuarenta y ocho millones. 

 

Por eso, cuando veas un niño comiendo basura

en Buenos Aires, en Los Angeles, en Paris o en Kuala Lumpur

cuando veas un millón de muertos en una nueva guerra

en algún país salvaje

en alguna cultura terrorista

 

cuando veas que nos quedamos con sus tierras

porque son terroristas

o nos quedamos con sus recursos

porque querían acabar con nuestro way of life

recuerda

que

 

Stalin mató cincuenta millones. 

 

 

 

JM, setiembre 2018

 

 

 

 

 

Mientras los de abajo soñaban…

​Cuando los partidos progresistas llegaron al poder a principios del siglo, estaban demasiado ocupados en revertir una situación económica y social de plena y brutal catástrofe. A pesar de que América Latina estaba acostumbrada a las desigualdades obscenas, a las hambrunas, a la corrupción masiva, al robo de guante blanco, y a todo tipo de injusticia, los gobiernos progresistas no se centraron en promover el brazo judicial para poner en la cárcel a una plétora de políticos que no sólo habían sido culpables de fundir países enteros sino de corrupción tradicional. 

La izquierda fue terriblemente ingenua asumiendo que todas aquellas fuerzas reaccionarias, formadas en una mentalidad de siglos, iba a rendirse a la popularidad de los nuevos gobiernos. ¿Acaso los asesinatos de Martin Luther King y Bob Kennedy no fueron una jugada maestra de las fuerzas conservadoras que, de esa y otras formas, aniquilaron la rebelión de los sin poder en los sesenta y aún hoy gobiernan en Estados Unidos? El modus operandi es el mismo, pero por alguna razón no se alcanza a visualizarlo.

La ingenuidad de la izquierda en América latina, salvo poquísimas excepciones, no hizo lo que están haciendo las fuerzas conservadoras: estimulando y aprovechándose del brazo judicial como antes lo hacían con el ejército, para acusar y promover procesos y juicios a los presidentes progresistas como Rousseff, Lula, Correa, Cristina Fernández, como si todos necesariamente fuesen corruptos por su ideología, como si no existieran corruptos del otro lado, como si los poderosos hombres de negocios, aquella micro minoría que posee la mayor parte de los beneficios de cualquier economía de esas todavía repúblicas bananeras, fuesen miembros de las carmelitas descalzas.

La lección es clara: nunca subestimes a las fuerzas conservadoras, a los asumidos dueños de los países por moralina y por poder económico, por la simple razón que es esa facción de la sociedad la que tiene el poder económico y mediático.

Y no van a renunciar a él tan fácilmente.

 

JM, set 2018

Psychopolitics of the scarecrow

Jorge Majfud 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

President Donald Trump has just announced that, to answer the endless list of books that criticize him (especially books written by his former friends and trusted men, who by now are almost all of them), the White House will publish “a real book”. Obviously, he won’t write it, although, in our time, it wouldn’t be absurd for a person who never reads books to publish a book.

Nor is it a coincidence that his Twitter account (which is the main medium where the president of the world’s biggest power announces the decisions that will affect the rest of the world and where he expresses his mood according to the time of day) is @realDonaldTrump, while obsessively repeating that the rest of the world is fake. The world is fake, except me, who is real.

The psychological pattern is consistent and reveals a dark inverse feeling, similar to that of the homophobia of some men who get excited looking at images of men (according to laboratory tests), similar to the consumption, by a majority of women, of pornography where violence is exerted against women (according to the latest Big Data analysis), or the strict and puritanical public celibacy of rapist priests.

Nor could it be a coincidence that, in its etymology and in some of its archaic uses, the word trump means fake, false, invention, the noise produced by the elephant (don’t forget that the elephant is the symbol of the Republican party) with its trunk, a kind of fart or thrombotic noise without content, or a childish act. Of course, the latter could be an over-interpretation, since we are talking about an individual and not an entire linguistic tradition where the patterns leave little room for doubt. At least that the boy Donald has had some information about his wonderful surname, as much as his own children’s readings.

Nor should it be a coincidence that his youngest son is called Baron Trump, exactly like the character in the children’s novels that Ingersoll Lockwood wrote in the late 19th century about a German character (his father was a German illegal immigrant) called Baron Trump. The character, in addition to initiating his adventures in Russia, being a rowdy and fond of insulting each individual who came across him along the way, boasts of his own intelligence.

Too many coincidences, such as winning the lottery four times.

Nor is it a coincidence that it was Trump who made the term “fake news” fashionable. By action or omission, the big media have always manipulated reality, at least since the nineteenth century (we have already stopped on the case of Edward Bernays and many others) but power always finds a way to dispel doubts by mocking its own methods when they reach a point of maximum suspicion. In 1996, the narrative voice of my first novel said something with which I agree: “There is no better strategy against a true rumor than to invent a false rumor that pretends to confirm it”. The logic of the designed distraction is the same (although, in this case, I understand that it is not intentional but part of the inevitable Darwinian nature of power): it invents a visible enemy of power, that resembles true power and that is in such a way that even the very critics of power end up defending the means of power. In simpler words: design a good scarecrow, distract; call the fake real and the real fake.

This logic is tragically confirmed today: the mass media have always been real in their news and fake in the created reality. By the form and by the selection of real facts, they have always manipulated and continue to manipulate reality, even though they now seem to be the champions of the people, of the peoples, of truth and justice. But for a fake president, a ridiculous person like a scarecrow, someone who became president of the most powerful country in the world with fewer votes than his adversary, thanks to an electoral system inherited from the times of slavery, with a medieval discourse, makes decent and reasonable people take sides on the contrary, that is, by defending the traditional means of real power, now “under attack,” those very people who until not long ago defended, supported or, at least, never criticized criminal actions like the Iraq war or like so many other secret invasions and plots everywhere. With honorable and courageous exceptions, it goes without saying, because in every flock there are black sheep.

Power doesn’t even need to think to be great. It is part of its nature.

When someone obsessively calls himself “real” and everything else “fake,” it is because he is obsessively trying to hide a painfully contrary feeling: a repressed consciousness of not being “real,” of being “fake,” of being Trump. Otherwise, there is no need for a consistently obsessive habit. But Trump is just a scarecrow of power. Pathetic, a dangerous amplifier of popular fears and traumas, yes, but not much more than that.

To the traditional powers (the owners of the decisive capital, of the finances, of the business of war and the peace of the cemeteries, of the physical and moral exploitation of those from below), all that confusion, all that perfect inversion of roles comes as a ring to the finger. As if there were a Darwinian logic in the staging and narrative of the power that permanently adapts to survive. Even placing a scarecrow in the power of the world’s greatest power so that crows and seagulls alike remain stressed with an artefact that insists it is the only real thing in a fake world.

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2018/09/11/la-psicopolitica-del-espantapajaros/
Publication date of original article: 11/09/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24055

Psychopolitique de l’épouvantail

Jorge Majfud 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

Le président Donald Trump vient d’annoncer qu’en réponse à la liste interminable de livres qui le critiquent (en particulier les livres écrits par ses anciens amis et hommes de confiance, qui sont désormais presque tous dans ce cas), la Maison Blanche va publier “un vrai livre », « a real book ». Évidemment, il ne l’écrira pas, même si, à notre époque, il ne serait pas absurde qu’une personne qui ne lit jamais de livres en publie un.

Ce n’est pas non plus une coïncidence si son compte Twitter (qui est le principal média où le président de la plus grande puissance mondiale annonce les décisions qui affecteront le reste du monde et où il exprime son humeur selon l’heure du jour) est @realDonaldTrump, tout en répétant de manière obsessive que le reste du monde est faux. Le monde est faux, sauf moi, qui suis réel.

Le schéma psychologique est cohérent et révèle un sombre sentiment inverse, semblable à celui de l’homophobie de certains hommes qui s’excitent en regardant des images d’hommes (selon des tests de laboratoire), semblable à la consommation, par une majorité de femmes, de pornographie où la violence est exercée contre les femmes (selon la dernière analyse Big Data), ou le célibat public strict et puritain de prêtres violeurs.

Ce n’est pas non plus un hasard si, dans son étymologie et dans certains de ses usages archaïques, le mot trump signifie fake, faux, invention, le bruit produit par l’éléphant (n’oublions pas que l’éléphant est le symbole du parti républicain) avec sa trompe, une sorte de bruit de pet ou de trompette sans contenu, ou un acte enfantin. Bien sûr, cette dernière pourrait être une surinterprétation, puisqu’il s’agit d’un individu et non d’une tradition linguistique entière où les schémas laissent peu de place au doute. À moins que le jeune Donald n’ait eu quelques informations sur son merveilleux nom de famille, ainsi que de ses propres lectures d’ enfant.

Ce n’est pas non plus un hasard si son plus jeune fils s’appelle Baron Trump, exactement comme le personnage des romans pour enfants qu’Ingersoll Lockwood a écrits à la fin du 19e siècle sur un personnage allemand (son père était un immigrant illégal allemand) appelé Baron Trump. Le personnage, en plus d’initier ses aventures en Russie, d’être un bagarreur et d’aimer insulter chaque individu qui a croisé son chemin, se vante de sa propre intelligence.

Trop de coïncidences, comme gagner au loto quatre fois.

Ce n’est pas non plus une coïncidence si c’est Trump qui a mis le terme “fausses nouvelles” à la mode. Par l’action ou l’omission, les grands médias ont toujours manipulé la réalité, du moins depuis le XIXe siècle (nous nous sommes déjà penchés sur le cas d’Edward Bernays et de bien d’autres), mais le pouvoir trouve toujours le moyen de dissiper les doutes en se moquant de ses propres méthodes quand elles atteignent un niveau de suspicion maximal. En 1996, lle narrateur de mon premier roman disait une chose avec laquelle je suis d’accord : « Il n’y a pas de meilleure stratégie contre une vraie rumeur que d’inventer une fausse rumeur qui prétend la confirmer ». La logique de la distraction conçue est la même (bien que, dans ce cas, je comprenne qu’elle n’est pas intentionnelle mais qu’elle fait partie de la nature darwinienne inévitable du pouvoir) : elle invente un ennemi visible du pouvoir, qui ressemble au vrai pouvoir et qui est tel que même les critiques du pouvoir défendent les moyens du pouvoir. En d’autres termes : concevoir un bon épouvantail, distraire, appeler le faux vrai et le vrai faux.

Cette logique est tragiquement confirmée aujourd’hui : les médias de masse ont toujours été réels dans leurs informations et faux dans la réalité créée. Par la forme et par la sélection des faits réels, ils ont toujours manipulé et continuent de manipuler la réalité, même s’ils semblent maintenant être les champions du peuple, des peuples, de la vérité et de la justice. Mais qu’un faux président le dise soudain, un ridicule comme un épouvantail, quelqu’un qui est devenu président du pays le plus puissant du monde avec moins de voix que son adversaire, grâce à un système électoral hérité des temps de l’esclavage, avec un discours médiéval, fait que des gens décents et raisonnables prennent parti au contraire, c’est-à-dire en défendant les moyens traditionnels du pouvoir réel, aujourd’hui “attaqués”, ceux-là mêmes qui, jusqu’il n’y a pas si longtemps, défendaient, soutenaient ou, du moins, ne critiquaient jamais des actes criminels comme la guerre en Irak ou comme tant d’autres envahissements et complots secrets partout. Avec des exceptions honorables et courageuses, cela va sans dire, car dans chaque troupeau il y a des brebis galeuses.

Le pouvoir n’a même pas besoin de penser pour être génial. Ça fait partie de sa nature.

Quand quelqu’un se dit obsessionnellement “réel” et tout le reste “faux”, c’est parce qu’il essaie obsessivement de cacher un sentiment douloureusement contraire : une conscience refoulée de ne pas être “réel”, d’être “faux”, d’être Trump. Sinon, il n’est pas nécessaire d’avoir une habitude obsessionnelle constante. Mais Trump n’est qu’un épouvantail de pouvoir. Pathétique, un dangereux amplificateur de peurs et de traumatismes populaires, oui, mais pas beaucoup plus que ça.

Pour les pouvoirs traditionnels (ceux qui contrôlent les capitaux décisifs, les finances, les affaires de guerre et de paix des cimetières, l’exploitation physique et morale de ceux d’en bas), toute cette confusion, toute cette inversion parfaite des rôles sied comme un gant. Comme s’il y avait une logique darwinienne dans la mise en scène et la narration du pouvoir qui s’adapte en permanence pour survivre. Y compris en mettant un épouvantail au pouvoir de la plus grande puissance du monde pour que les corbeaux et les mouettes restent en état de stress face à un artefact qui insiste sur le fait qu’il est le seul truc real dans un monde fake.

 
Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2018/09/11/la-psicopolitica-del-espantapajaros/
Publication date of original article: 11/09/2018
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La psicopolítica del espantapájaros

El presidente Donald Trump acaba de anunciar que, para contestar la interminable lista de libros que lo critican (sobre todo libros escritos por sus ex amigos y ex hombres de confianza, que a esta altura son casi todos), la Casa Blanca publicará “un libro real”, “un libro verdadero” (“a real book”). Obviamente, no lo escribirá él, aunque, en nuestro tiempo, no tendría nada de absurdo que una persona que nunca lee libros publique un libro.

Tampoco es casualidad que su cuenta de Twitter (que es el principal medio donde el presidente de la mayor potencia del mundo anuncia las decisiones que afectarán al resto del mundo y donde expresa su estado de ánimo según la hora del día) sea @realDonaldTrump, al tiempo que repite, obsesivamente, que el resto del mundo es fake. El mundo es fake, excepto yo, que soy real.

El patrón psicológico es consistente y revela un oscuro sentimiento inverso, similar al de la homofobia de algunos hombres que se excitan mirando imágenes de hombres (según pruebas de laboratorio), similar al consumo, por parte de una mayoría de mujeres, de pornografía donde se ejerce violencia contra las mujeres (según los últimos análisis de Big Data), o el estricto y puritano celibato público de curas violadores.

Tampoco podría ser casualidad que, en su etimología y en alguno de sus usos arcaicos, la palabra trump significa fake, falso, invención, el ruido que produce el elefante (obviemos que el elefante es el símbolo del partido Republicano) con su trompa, una especie de pedo o ruido trombótico sin contenido, o un acto infantil. Claro que esto último podría ser una sobre interpretación, ya que estamos hablando de un individuo y no de toda una tradición lingüística donde los patrones no dejan mucho lugar a dudas. Al menos que el joven, que el niño Donald haya tenido alguna información sobre su maravilloso apellido, tanta como sus propias lecturas infantiles.

Tampoco debe ser casualidad que su hijo más joven se llame Baron Trump, exactamente como el personaje de las novelas para niños que Ingersoll Lockwood escribió a finales del siglo XIX sobre un personaje alemán (su padre era un inmigrante ilegal alemán) llamado Baron Trump. El personaje, además de iniciar sus aventuras en Rusia, de ser camorrero y aficionado a insultar a cada individuo que se le cruzaba por el camino, presume de su propia inteligencia.

Demasiadas casualidades, como sacarse la lotería cuatro veces.

Tampoco es casualidad que haya sido Trump quien puso de moda el término “fake news”. Por acción o por omisión, los grandes medios de comunicación siempre han manipulado la realidad, por lo menos desde el siglo XIX (ya nos hemos detenido sobre el caso de Edward Bernays y muchos otros) pero el poder siempre encuentra una forma de disipar las dudas burlándose de sus propios métodos cuando éstos llegan a un punto de máxima sospecha. En 1996, la voz narrativa de mi primera novela dijo algo con lo que estoy de acuerdo: “No existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo”. La lógica de la distracción diseñada es la misma (aunque, en este caso, entiendo que no es intencional sino parte de la inevitable naturaleza darwiniana del poder): inventa un enemigo visible del poder, que se parezca al verdadero poder y que sea de tal forma que hasta los mismos críticos del poder terminen por defender los medios del poder. En palabras más simples: diseña un buen espantapájaros, distrae; a lo fake llámale real y a lo real, fake.

Esta lógica se confirma trágicamente hoy: los medios masivos siempre han sido reales en sus noticias y fake en la realidad creada. Por la forma y por la selección de los hechos reales, siempre han manipulado y continúan manipulando, la realidad, aunque ahora parezcan los paladines del pueblo, de los pueblos, de la verdad y la justicia. Pero que, de repente, lo diga un presidente fake, un personaje ridículo como un espantapájaros, alguien que llegó a ser presidente del país más poderoso del mundo con menos votos que su adversario, gracias a un sistema electoral heredado de los tiempos de la esclavitud, con un discurso medieval, hace que la gente decente y razonable tome partido por lo contrario, es decir, por defender a los medios tradicionales del poder real, ahora “bajo ataque”, esos mismos que hasta no hace mucho defendían, apoyaban o, por lo menos, no criticaron nunca acciones criminales como la guerra de Iraq o como tantas otras invasiones y complots secretos por todas partes. Con honrosas y valientes excepciones, está de más decir, porque en todo rebaño hay ovejas negras.

El poder ni siquiera necesita pensar para ser genial. Es parte de su naturaleza.

Cuando alguien obsesivamente se llama a sí mismo “real” y a todo lo demás “fake”, es porque está, obsesivamente, tratando de ocultar un sentimiento dolorosamente contrario: una conciencia reprimida de no ser “real”, de ser “fake”, de ser Trump. De otra forma, no hay necesidad de un hábito consistentemente obsesivo. Pero Trump es apenas un espantapájaros del poder. Patético, un peligroso amplificador de los miedos y de los traumas populares, sí, pero no mucho más que eso.

A los poderes tradicionales (los dueños de los capitales decisivos, de las finanzas, de los negocios de la guerra y de la paz de los cementerios, de la explotación física y moral de los de abajo), toda esa confusión, toda esa perfecta inversión de roles le viene como anillo al dedo. Como si existiera una lógica darwiniana en la escenificación y en la narrativa del poder que permanentemente se adapta para sobrevivir. Incluso, poniendo un espantapájaros en el poder de la mayor potencia del mundo para que cuervos y gaviotas por igual se mantengan estresados con un artefacto que insiste en que es lo único real en un mundo fake.

 

JM, setiembre 2018