Che, el demonio según los demonios

Las ideas prefabricadas son interesantes por al menos dos razones: primero, porque son lógicas dentro de su microcosmos y radicalmente contradictorias en su propio contexto; segundo, son de fácil consumo.

Una idea prefabricada típica de los detractores de Ernesto Che Guevara sostiene que fue un revolucionario criminal, un radical desalmado. Los dos sustantivos son correctos: fue revolucionario y radical; los adjetivos son juicios apriorísticos que olvidan completamente el contexto de todas las cosas.

Las almas puras y compasivas que lo definen así no se atreven jamás a reconocer que, si el Che fue radical y violento, lo fue mil veces menos que la CIA, que el gobierno estadounidense de la época y que toda una larga tradición de dictadores criollos que brutalizaron, robaron, torturaron y masacraron poblaciones enteras durante varias generaciones. Todo, obviamente, en nombre de Dios, la Patria, la Familia y la Libertad. El dios de ellos, la patria de ellos, la familia de ellos.

No se detienen un instante a considerar las viejas dictaduras promovidas por Estados Unidos desde tiempos de Porfirio Díaz en el siglo XIX, mucho antes de encontrar la perfecta excusa de la amenaza comunista sesenta años después, después de 33 intervenciones violentas en América Latina.

Después, también, se olvidan o no quien saber nada del bombardeo a Guatemala y la destrucción de una de las pocas democracias en América Central en 1954. Cuando el gobierno democráticamente electo de Jacobo Arbenz fue destruido por la CIA y la United Fruit Company, un joven médico llamado Ernesto Guevara de la Serna se encontraba en la capital. Guevara y Arbenz debieron abandonar el país hacia México. En un país de campesinos sin tierra y con un exceso de tierra improductiva (donde el gobierno de Estados Unidos inoculaba con sífilis gente inferior para experimentos médicos), Arbenz había propuesto compensar a la compañía por la expropiación, pagándole el valor que la compañía había declarado en sus impuestos. Como ocurrió con la división de Colombia y la creación de Panamá, el país civilizado del momento no podía permitir que una república bananera pudiese interferir en el valor supremo de las ganancias que en los medios se llama libertad. El nuevo gobierno de Castillo Armas, un títere de la CIA, impuso una dictadura que derivó en décadas de persecuciones y matanzas que dejaron cientos de miles de muertos.

Aún hoy en día, según sus partidarios criollos, la vieja clase dirigente, con su cultura fraudulenta y su orgullo metafísico que le confiere derechos eternos sobre un país y sus esclavos, todo esto no fue ni radical ni criminal: apenas un acto de moderación y responsabilidad de los dueños del país y del mundo.

Ese fue el momento en que Ernesto Guevara se convirtió en El Che, antes de recibir el apodo de los cubanos exiliados que encontró, no por casualidad, en México.

Cuando triunfó la Revolución cubana, Ernesto Che Guevara lo dijo de forma clara: “Cuba no será otra Guatemala” ¿A qué se refería? Cuba no podía darse el lujo de ser una democracia abierta como Guatemala. La frustrada invasión de Playa Girón en 1961 le dio la razón: por primera vez Estados Unidos, la mayor fuerza militar de la historia, que desde 1812 siempre ha preferido enfrentarse a pequeños y empobrecidos países en nombre de su propia seguridad, fue derrotado por un pequeño y empobrecido país.

Nada de esto justifica que la Revolución cubana se haya convertido en un sistema rígido y conservador, pero explica perfectamente muchas cosas. Nada de esto justifica que Guevara haya tomado parte de las ejecuciones sumarias poco después del triunfo de la Revolución, donde quizás medio millar de supuestos colaboradores del régimen de Batista fueron ejecutados. Pero explica muchas cosas.

Por entonces, si los pueblos latinoamericanos votaban libremente a un candidato conservador, las democracias funcionaban a pleno. Pero bastaba que tuviesen la mala idea de elegir a un presidente algo inclinado hacia la izquierda para que los ejércitos, siempre funcionales a las oligarquías nacionales, resolvieran el error popular con un golpe de Estado. De esta forma se salvaba la libertad y la democracia imponiendo dictaduras, censurando, persiguiendo disidentes, torturando y asesinando en masa.

Guevara consideraba que Uruguay era una excepción, que no necesitaba una revolución porque su democracia, imperfecta, funcionaba. Obviamente que tenía en mente las medievales condiciones de vida de casi todo el resto de los países del continente. Fue así que pocos años antes de ser asesinado por la CIA y los militares bolivianos, afirmó que llegaría el día en que un pueblo latinoamericano eligiese a un presidente socialista y un golpe de Estado lo depusiera con violencia.

Hoy sabemos, por la plétora de documentos desclasificados por Estados Unidos durante los años 90, que ese fue el caso de Chile en 1973. El 11 de setiembre de ese año, Henry Kissinger declaró a los medios de prensa que ellos no habían tenido nada que ver con el golpe en Chile. Los documentos y las transcripciones prueban claramente que esta era otra típica mentira criminal. Su nombre aparece en varias reuniones, como la del Comité 40, donde se lee que años antes del triunfo de Salvador Allende los salvadores de la libertad estaban planificando un golpe de Estado en Chile. Hasta el gerente de la Pepsi Cola, como en Guatemala hizo la United Fruit Company, solicitó este favor especial.

Aún así, el Che dijo que el pueblo estadounidense nunca sería el enemigo, que el enemigo eran los gobiernos imperialistas que todo lo brutalizan.  

No por casualidad aquellos que llaman asesino criminal a Ernesto Che Guevara consideran un héroe a alguien que puso una bomba en un avión de Cubana de Aviación matando a 73 pasajeros, y que ha reincidido años después con otras bombas en hoteles de la isla. Tal vez las víctimas no eran humanos de verdad. A pesar de que el FBI considera hoy a Posadas Carriles un peligroso terrorista, la justicia de este país no permitió su extradición por temor a que el gobierno venezolano pudiese torturarlo. Por esa misma razón Posada Carriles vive libre en Miami y no fue enviado a Guantánamo, donde fueron recluidos casi un millar de individuos acusados de terrorismo, casi todos liberados sin indemnización luego de probarse sus inocencias. Todos, sin excepción, torturados en una base militar en la que, al ser propiedad arrendada por la fuerza a Cuba desde 1904, no se aplica las generosas leyes nacionales que protegen a los individuos de cualquier tipo tradicional de tortura.

Y luego resulta que El Che Guevara, aquel que no enviaba los ejércitos más poderosos del mundo a invadir pequeños países, sino que iba de cuerpo y alma a enfrentarse a la mayor potencia mundial, es un cobarde, un criminal y un asesino impiadoso.

JM, octubre 2017

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Pensamiento crítico

Cuando di por terminada la clase, Steven (su verdadero nombre era otro) se me acercó preocupado y me dijo que, luego de una hora y media de cuestionar a Tirios y Troyanos, tenía las cosas más confusas que al principio, que lo que se llamaba “pensamiento crítico” era una teoría ​y, de existir, no veía cómo podía significarle algún beneficio.

Lo miré a los ojos. Lo conocía de antes. Era un muchacho de buenas intenciones, asustado (aterrorizado es un adjetivo más justo) por sus convicciones religiosas (su mayor miedo eran los demonios; en su iglesia, desde que tenía uso de razón, o de fe, había sido cuidadosamente informado sobre la existencia de estos terribles seres, imposible de desvincular de la creencia de Dios, según me dijo) y aterrorizado por la menor posibilidad de dudar de sus convicciones patrióticas (la posibilidad de que Vietnam e Iraq no fuesen lo que se suponía que fueron, era algo que combatía cada día con estoicismo).

Cuando regresó maltrecho de la guerra, el equipo de psicólogos y psiquiatras que lo trató por meses lo convenció de que él no había sido una víctima. Negar la posibilidad de considerarse una víctima era la única forma de curación de todos los insoportables traumas que había traído de tan lejos, según los especialistas. Se habla muy poco, pero en Estados Unidos se suicidan más soldados al regresar a su país que los que mueren en combate.

Aquella vez tuve la cuestionable idea de preguntarle si acaso pensaba que en una guerra no había víctimas, que en la gran política no existía la mentira, que si no le parecía que con semejantes maquillajes no estábamos condenados a repetir la tragedia de la historia, indefinidamente. No es que no tuviese compasión por aquel muchacho que finalmente terminó abandonando mi curso y la universidad; simplemente nunca creí ni en el valor ni en la posibilidad de curación alguna arrojando la verdad en la papelera de reciclaje. Curiosamente, el mismo psicoanálisis y hasta la confesión cristiana nace en base a ese principio tan simple: sin verdad no hay curación ni redención.

Unos meses atrás, Steven se había referido a la teoría de la evolución como eso, una teoría más, algo con una relación muy discutible con la verdad. Recordé que en otro estado, en Georgia, un senador quiso obligar a las universidades a enseñar hechos, no teorías. Lo cual hubiese prescripto todo el pensamiento humano y hasta la definición de los hechos mismos. Toda la ciencia está construida en base a teorías, y todas son discutibles por necesidad. Si a alguien teme un investigador serio es a la opinión de otros investigadores serios, no a las opiniones contundentes de los aficionados.

Las religiones también pueden entenderse como un conjunto de premisas y teorías, con la diferencia que las teorías religiosas no necesitan ningún compromiso con ningún hecho verificable. Lo cual, en su ámbito, como diría Averroes, está bien. Son cuestiones de fe y ahí no hay nada para discutir o para probar sino para repetir.

La teoría de la evolución es una de las preferidas por los indicios y las evidencias materiales, cosa que no se puede decir sobre la multimillonaria arca de Noé que levantaron en Kentucky y ni siquiera puede flotar; mucho menos albergar a representantes de la fauna del planeta. Y mi ironía no es con Dios sino con su club de fanáticos.

Steven confiaba y estimaba las convicciones sólidas, y poner la historia patas arribas no estaba en sus planes. Ni en la de sus terapeutas.

Si el pensamiento crítico es una teoría, le dije, es una teoría muy práctica y necesaria, si es que todavía tenemos alguna estima por la verdad, la cual no siempre coincide con nuestras “sólidas convicciones”. De una forma o de otra, vivimos en alguna burbuja. Ahí dentro están las respuestas a cada problema. Ahí dentro están nuestras sólidas convicciones, ahí dentro nos sentimos cómodos, protegidos, seguros, arrogantes.

Esa es la realidad que conocemos. La nuestra. Eso es lo que llamamos Realidad, a secas, con mayúscula o acompañado por su artículo único, La realidad.

No podemos ver la burbuja desde adentro, no importa el color de su cristal. Si es azul, todas las demás burbujas se verán azules. Si es roja, todo lo demás será rojo y serán los demás los incapaces de ver que son rojos o son azules.

Mucho menos podemos ver la burbuja que contiene a todas las burbujas. Si la vemos desde dentro.

Pero si tuviésemos un espejo por fuera de nuestra burbuja, podríamos vernos atrapados y sonriendo, como vemos a los demás que nos miran desde sus propias burbujas.

Si tuviésemos un espejo por fuera de la burbuja que contiene a todas las burbujas, podríamos vernos en nuestras propias burbujas y podríamos ver a los demás en sus burbujas, todos juntos en una burbuja mayor.

Es decir, no podemos ver ninguna de las burbujas que nos contienen, pero podemos ver en el espejo nuestro reflejo.

El espejo puede ser turbio o puede deformar las imágenes, si es que una imagen curva es menos real que una plana, si es que una imagen turbia es menos real que una imagen nítida. Pero, al menos, al vernos en el espejo tenemos cierta idea, ya no solo de que estamos incluidos y atrapados en nuestras propias burbujas, sino que el espejo que refleja, nuestra reflexión, también tiene su propia naturaleza y sus propios límites. Aunque revela algo nuevo, a veces distorsiona la realidad o nos dice que la realidad es múltiple, aunque nosotros queremos que sea una sola, como se quiere cuando se quiere intensamente.

Pero al menos ahora sabemos que hay algo más. Ahora ya no tenemos las respuestas tan claras. Ahora sabemos que no sabíamos tanto, que lo que creíamos saber eran sólo distracciones, convicciones sólidas, pero arbitrarias; ruido, confort, mera arrogancia de creer.

Al menos ahora fuimos capaces, aunque más no sea por un tiempo breve, de salir de nuestras burbujas sin salir de ninguna.

Este acto requiere de coraje intelectual, no sólo para desafiar nuestras propias convicciones sino para sobrevivir a las convicciones ajenas que, con particular frecuencia, son las convicciones del poder de turno.

Eso es el pensamiento crítico.

​JM​, octubre 2017

Qu’est-ce qu’une pensée critique ?

Pensamiento crítico 

 

Quand j’ai terminé mon cours, Steven (son vrai prénom était un autre) m’a approché inquiet et m’a dit que, après une heure et demie d’un cours relatif à la question troyenne et au cheval de Troie, les choses sont devenues plus confuses pour lui, que ce qui est appelé « pensée critique » était une théorie et, le cas échéant, ce qui signifie que vous ne pouviez pas voir que les avantages.

Je l’ai regardé dans ses yeux. Je l’ai connu autrefois. C’était un garçon de bonnes intentions, effrayé ( terrifié est un adjectif plus juste) en raison de ses convictions religieuses (sa plus grande peur était les démons, dans son église, puisqu’il avait la foi, il avait été soigneusement informé de l’existence de ces êtres horribles, impossible de les dissocier de la croyance de Dieu, m’a-t-il dit) et terrifié par la moindre possibilité de douter de ses convictions patriotiques (la possibilité que le Vietnam et l’Irak ne soient pas ce qu’ils étaient censés être, était quelque chose qu’il combattait tous les jours avec stoïcisme).

Quand il est retourné battu de la guerre, l’équipe de psychologues et de psychiatres qui l’ont traité pendant des mois l’a convaincu qu’il n’avait pas été une victime. Refuser la possibilité d’être considérée comme une victime était la seule façon de guérir tous les traumatismes insupportables qu’il avait supportés jusqu’ici, selon les spécialistes. Il y a très peu de discussions sur le sujet, mais aux États-Unis, le nombre de soldats qui se suicident lorsqu’ils retournent dans leur pays est plus important que celui de ceux qui meurent au combat.

Cette fois-ci, j’ai eu l’idée, assez incertaine, de lui demander s’il pensait qu’en une guerre il n’y avait pas de victimes, que dans la grande politique il n’y avait pas de mensonge, que s’il ne lui semblait pas qu’avec un tel maquillage, nous n’étions pas voués à répéter la tragédie de l’histoire indéfiniment. Non pas que je n’eusse aucune compassion pour ce garçon qui a fini par abandonner mon cours et mon université; mais parce que je n’avais jamais cru en la valeur ou en la possibilité d’une guérison en jetant la vérité dans la poubelle de recyclage.

Fait intéressant, même la psychanalyse ainsi que la confession chrétienne sont nées sur la base de ce principe simple: sans vérité, il n’y a ni guérison ni rédemption.

Il y a quelques mois, Steven avait parlé de la théorie de l’évolution comme telle, une autre théorie, quelque chose qui avait une relation très discutable avec la vérité. Je me suis rappelé que dans un autre État, en Géorgie, un sénateur voulait obliger les universités à enseigner les faits, pas les théories. Ce qui aurait prescrit toute la pensée humaine et même la définition des faits eux-mêmes. Toute la science repose sur les théories, et toutes sont discutables par nécessité. Si quelqu’un craint un enquêteur sérieux cela ne remet pas en question l’opinion d’autres enquêteurs sérieux, l’opinion n’est pas une affaire de fans.

Les religions peuvent également être comprises comme un ensemble de prémisses et de théories, à la différence que les théories religieuses n’ont besoin d’aucun engagement envers un fait vérifiable. Ce qui, dans son étendue, comme l’affirme Averroes, va bien. Ce sont des questions de foi et il n’y a rien à discuter ou à essayer mais à répéter.

La théorie de l’évolution est l’une de celles qui sont favorisées par des preuves et des preuves matérielles, ce qui ne peut pas être dit de l’arche multimillénnaire de Noé qu’il a construite au Kentucky et qui ne peut même pas flotter; encore moins accueillir les représentants de la faune de la planète. Et mon ironie n’est pas orientée vers Dieu mais vers son fan-club.

Steven m’a confié qu’il appréciait les convictions solides, et que mettre l’histoire sur le dos n’était pas dans ses plans. Ni dans celui de ses thérapeutes.

Si la pensée critique est une théorie, je vous l’ai dit, c’est une théorie très pratique et nécessaire, si nous avons encore une estime pour la vérité, ce qui ne coïncide pas toujours avec nos «fortes convictions». D’une manière ou d’une autre, nous vivons dans une bulle où résident les réponses à chaque problème. Ce sont nos convictions solides, à l’intérieur, nous nous sentons à l’aise, protégés, sûrs, arrogants.

C’est la réalité que nous connaissons. La nôtre. C’est ce que nous appelons Réalité, sèche, la réalité.

Nous ne pouvons pas voir la bulle de l’intérieur, peu importe la couleur de son cristal. Si elle est bleue, toutes les autres bulles seront bleues. Si elle est rouge, tout le reste sera rouge et d’autres seront incapables de voir qu’ils sont rouges ou bleus.

Il est plus difficile de voir la bulle qui contient toutes les bulles. Si on la voit de l’intérieur.

Mais si nous avions un miroir à l’extérieur de notre bulle, nous pourrions être pris au piège et sourire, car nous voyons les autres nous regarder de leurs propres bulles.

Si nous avions un miroir hors de la bulle qui contient toutes les bulles, nous pouvons nous voir dans nos propres bulles et nous pouvons voir les autres dans leurs bulles, tous ensemble dans une bulle plus grande.

Autrement dit, nous ne pouvons voir aucune des bulles qui nous contiennent, mais nous pouvons voir dans le miroir notre réflexion.

Le miroir peut être opaque ou il peut déformer des images, si une image courbe est moins réelle qu’une image plate, si une image trouble est moins réelle qu’une image claire. Mais au moins, se voyant dans le miroir, nous savons que non seulement nous sommes inclus et pris au piège dans nos propres bulles, mais que le miroir qui reflète notre réflexion a sa propre nature et ses propres limites. Bien qu’il révèle quelque chose de nouveau, parfois il déforme la réalité ou nous dit que la réalité est multiple, même si nous voulons qu’elle soit une, comme vous le souhaitez, lorsque vous le souhaitez intensément.

Mais au moins maintenant, nous savons qu’il y a autre chose. Maintenant, nous n’avons pas les réponses si claires. Maintenant, nous savons que nous ne savions pas tellement que ce que nous pensions que nous savions n’était que des distractions, des convictions solides mais arbitraires; le bruit, le confort, la simple arrogance de croire.

Au moins maintenant, nous pouvions, ne serait-ce que pour un peu de temps, sortir de nos bulles sans vraiment les quitter.

Cette loi exige un courage intellectuel, non seulement pour contester nos propres convictions, mais aussi pour survivre aux convictions des autres, qui sont en particulier les convictions du pouvoir de l’époque.

Cela est une pensée critique.

           

Par Jorge Majfud

 

lesemeurs

Pensamiento crítico

Qu’est-ce qu’une pensée critique ?

 

Cuando di por terminada la clase, Steven (su verdadero nombre era otro) se me acercó preocupado y me dijo que, luego de una hora y media de cuestionar a Tirios y Troyanos, tenía las cosas más confusas que al principio, que lo que se llamaba “pensamiento crítico” era una teoría ​y, de existir, no veía cómo podía significarle algún beneficio.

Lo miré a los ojos. Lo conocía de antes. Era un muchacho de buenas intenciones, asustado (aterrorizado es un adjetivo más justo) por sus convicciones religiosas (su mayor miedo eran los demonios; en su iglesia, desde que tenía uso de razón, o de fe, había sido cuidadosamente informado sobre la existencia de estos terribles seres, imposible de desvincular de la creencia de Dios, según me dijo) y aterrorizado por la menor posibilidad de dudar de sus convicciones patrióticas (la posibilidad de que Vietnam e Iraq no fuesen lo que se suponía que fueron, era algo que combatía cada día con estoicismo).

Cuando regresó maltrecho de la guerra, el equipo de psicólogos y psiquiatras que lo trató por meses lo convenció de que él no había sido una víctima. Negar la posibilidad de considerarse una víctima era la única forma de curación de todos los insoportables traumas que había traído de tan lejos, según los especialistas. Se habla muy poco, pero en Estados Unidos se suicidan más soldados al regresar a su país que los que mueren en combate.

Aquella vez tuve la cuestionable idea de preguntarle si acaso pensaba que en una guerra no había víctimas, que en la gran política no existía la mentira, que si no le parecía que con semejantes maquillajes no estábamos condenados a repetir la tragedia de la historia, indefinidamente. No es que no tuviese compasión por aquel muchacho que finalmente terminó abandonando mi curso y la universidad; simplemente nunca creí ni en el valor ni en la posibilidad de curación alguna arrojando la verdad en la papelera de reciclaje. Curiosamente, el mismo psicoanálisis y hasta la confesión cristiana nace en base a ese principio tan simple: sin verdad no hay curación ni redención.

Unos meses atrás, Steven se había referido a la teoría de la evolución como eso, una teoría más, algo con una relación muy discutible con la verdad. Recordé que en otro estado, en Georgia, un senador quiso obligar a las universidades a enseñar hechos, no teorías. Lo cual hubiese prescripto todo el pensamiento humano y hasta la definición de los hechos mismos. Toda la ciencia está construida en base a teorías, y todas son discutibles por necesidad. Si a alguien teme un investigador serio es a la opinión de otros investigadores serios, no a las opiniones contundentes de los aficionados.

Las religiones también pueden entenderse como un conjunto de premisas y teorías, con la diferencia que las teorías religiosas no necesitan ningún compromiso con ningún hecho verificable. Lo cual, en su ámbito, como diría Averroes, está bien. Son cuestiones de fe y ahí no hay nada para discutir o para probar sino para repetir.

La teoría de la evolución es una de las preferidas por los indicios y las evidencias materiales, cosa que no se puede decir sobre la multimillonaria arca de Noé que levantaron en Kentucky y ni siquiera puede flotar; mucho menos albergar a representantes de la fauna del planeta. Y mi ironía no es con Dios sino con su club de fanáticos.

Steven confiaba y estimaba las convicciones sólidas, y poner la historia patas arribas no estaba en sus planes. Ni en la de sus terapeutas.

Si el pensamiento crítico es una teoría, le dije, es una teoría muy práctica y necesaria, si es que todavía tenemos alguna estima por la verdad, la cual no siempre coincide con nuestras “sólidas convicciones”. De una forma o de otra, vivimos en alguna burbuja. Ahí dentro están las respuestas a cada problema. Ahí dentro están nuestras sólidas convicciones, ahí dentro nos sentimos cómodos, protegidos, seguros, arrogantes.

Esa es la realidad que conocemos. La nuestra. Eso es lo que llamamos Realidad, a secas, con mayúscula o acompañado por su artículo único, La realidad.

No podemos ver la burbuja desde adentro, no importa el color de su cristal. Si es azul, todas las demás burbujas se verán azules. Si es roja, todo lo demás será rojo y serán los demás los incapaces de ver que son rojos o son azules.

Mucho menos podemos ver la burbuja que contiene a todas las burbujas. Si la vemos desde dentro.

Pero si tuviésemos un espejo por fuera de nuestra burbuja, podríamos vernos atrapados y sonriendo, como vemos a los demás que nos miran desde sus propias burbujas.

Si tuviésemos un espejo por fuera de la burbuja que contiene a todas las burbujas, podríamos vernos en nuestras propias burbujas y podríamos ver a los demás en sus burbujas, todos juntos en una burbuja mayor.

Es decir, no podemos ver ninguna de las burbujas que nos contienen, pero podemos ver en el espejo nuestro reflejo.

El espejo puede ser turbio o puede deformar las imágenes, si es que una imagen curva es menos real que una plana, si es que una imagen turbia es menos real que una imagen nítida. Pero, al menos, al vernos en el espejo tenemos cierta idea, ya no solo de que estamos incluidos y atrapados en nuestras propias burbujas, sino que el espejo que refleja, nuestra reflexión, también tiene su propia naturaleza y sus propios límites. Aunque revela algo nuevo, a veces distorsiona la realidad o nos dice que la realidad es múltiple, aunque nosotros queremos que sea una sola, como se quiere cuando se quiere intensamente.

Pero al menos ahora sabemos que hay algo más. Ahora ya no tenemos las respuestas tan claras. Ahora sabemos que no sabíamos tanto, que lo que creíamos saber eran sólo distracciones, convicciones sólidas, pero arbitrarias; ruido, confort, mera arrogancia de creer.

Al menos ahora fuimos capaces, aunque más no sea por un tiempo breve, de salir de nuestras burbujas sin salir de ninguna.

Este acto requiere de coraje intelectual, no sólo para desafiar nuestras propias convicciones sino para sobrevivir a las convicciones ajenas que, con particular frecuencia, son las convicciones del poder de turno.

Eso es el pensamiento crítico.

 

JM

Setiembre 2017

La culpa es de los pobres

En 1758 el gobernador de Carolina del Sur, James Glen, reconoció en una carta a su sucesor: “ha sido desde siempre una política de nuestro gobierno alentar el odio de los indios hacia los negros”. En las generaciones previas, el racismo no había alcanzado el nivel de odio suficiente como para evitar que indios, negros y blancos pobres se unieran para el trabajo, la intimidad y, sobre todo, para rebelarse contra el poder de los poderosos.

Aunque el dinero y el poder en principios son abstracciones incapaces de emociones humanas como el odio y el amor, las emociones, como todo lo demás, forman parte de su mecánica. Los instrumentos se convierten en sujetos y los sujetos en instrumentos. Así, el racismo y los intereses de clases han estado relacionados desde los tiempos del antiguo Egipto.

Hoy en día esa relación se justifica de otras formas, a veces de formas tan mitológicas y sagradas como “la mano invisible del mercado” (que por lo general es solo la mano invisible de los poderosos), “el consumo y el nivel de vida”, “la eficiencia y la productividad” y hasta “la patria y la libertad”.

Dos de los negocios más importantes y más lucrativos del mundo son el tráfico de drogas y la venta de armas. Según la ONU, el negocio de las drogas significa unos 300 billones de dólares por año. La producción y comercio de armas supera el trillón de dólares anuales. Solo por casualidad, 9 de las 10 compañías que más dinero hacen en este mercado son estadounidenses.

Porque la producción de droga está en los países pobres y el consumo en los países ricos, la culpa de la violencia es de los productores, es decir, de los pobres.

Porque la producción de armas está en los países ricos y el consumo en los países pobres, la culpa de la violencia es de los consumidores, es decir, de los pobres.

Cuando la economía en los países ricos prospera, los pobres son los únicos culpables de su propia pobreza, como si el mundo fuese plano y todos tuviesen las mismas oportunidades.

Cuando la economía en los países ricos se estanca o retrocede, entonces los pobres son los culpables de que los demás no tengan trabajo. Sobre todo, si son pobres migrantes.

La culpa es siempre de los pobres.

Hace dos mil años, un profeta rebelde fue crucificado, junto con otros dos criminales, por desafiar al imperio de la época pregonando la no violencia, rodeándose de marginados y asustando a los poderosos con frases como “es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico subir al cielo” o “ustedes han menospreciado al pobre. ¿No son los ricos quienes los oprimen y personalmente los arrastran a los tribunales?”.

Por los siguientes tres siglos, los primeros cristianos fueron inmigrantes pobres, ilegales y perseguidos. Hasta ser oficializados por otro emperador, Constantino, y de perseguidos se convirtieron en persecutores, olvidando la advertencia de los antiguos Proverbios: “Aun por su vecino es odiado el pobre, pero son muchos los que aman al rico”; “La riqueza añade muchos amigos, pero el pobre es separado de los suyos”; “El rico domina a los pobres, y el deudor es esclavo del acreedor”; “La fortuna del rico es su ciudad fortificada, con altas murallas en su imaginación”.

Incluso la estatua de la Libertad de Nueva York, recibió a millones de inmigrantes (europeos), sin visas ni pasaportes, con la frase “Denme los pobres y los cansados (…) denme los que no tienen techo”.

Sin embargo, ahora, según las leyes en los países ricos, si alguien es rico tiene garantizada una visa o la residencia. Si alguien es pobre y su bandera es el trabajo, se les impedirá el ingreso a los países ricos de forma automática. De hecho, la sola palabra trabajo en cualquier consulado del mundo es la primera clave que enciende todas las alarmas y le cierra las puertas a un trabajador honesto. Porque un mundo obsesionado con el crecimiento, donde el capital produce más capital, no cree que el trabajo pueda producir más trabajo. Porque el dinero es más libre que los seres humanos y un ser humano sin dinero no es libre sino esclavo.

Para justificar este apartheid global, ya no se recurre al concepto de raza sino el de naciones y se confunde legalidad con legitimidad, como si las leyes no fuesen la expresión de las conveniencias del poder de turno, como si las leyes no fuesen, con frecuencia, elegantes formas de legalizar la corrupción del poder.

Incluso, hasta las mejores leyes suelen ser injustas, especialmente con aquellos que no están en el poder. Como ejemplo bastaría con la observación que hiciera hace cien años el novelista francés Anatole France: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

El mar estaba sereno (Julio Castro)

El mar estaba sereno, de Jorge Majfud

Nuestro pasado es la historia que enlaza vidas

 

Julio Castro – La República Cultural

 

Elige un punto en común en el que los avatares de todos los personajes habrán de sujetar el ancla que los comunique y, a partir de ahí, Jorge Majfud comienza a desenvolver los fragmentos de vida que ha capturado, donde cada uno de aquellos jugará su papel. Sus protagonistas son siempre gente sencilla, podría ser cualquiera del barrio, de cualquier barrio, no busca una élite especial, ni siquiera entre aquellos que destacarán más socialmente, porque cuando alguno integra ese personaje algo destacado, achata el comportamiento hasta vulgarizar su realidad: nos habla desde una mediocre burguesía, un proletariado poco avezado y unos entornos de cualquier tiempo.

Un texto construido con su andamiaje

Me interesan mucho las construcciones de personajes, de realidades, de historias, que hace el autor pero, además, me encuentro con espacios muy interesantes que le comunican con la escritura oculta de otros autores latinoamericanos hoy reconocidos, a partir de cuyo análisis parece haber comprendido el trasfondo en el que residían sus narrativas. Soy capaz de encontrar las pinceladas humildes (que no simples) de Galeano; los trazos amables y brutales de los duros relatos de Benedetti (y también de sus desgarrados amores); los mundos circunstanciales del Macondo de García Márquez (los mágicos y los terrenales). Todos ellos puestos al servicio de un estilo diferente e integrador, que no me atrevo a tildar de nuevo, porque parece querer afirmarse precisamente en algo contemporáneamente clásico.

Quiero denominarla novela, pero veo mayor interés en encuadrarla en un nudo transitorio de relatos humanos, porque la integridad del conjunto se la dan las circunstancias de sus personajes, o más bien lo que se deriva de la comprensión de aquello que les une, que de un argumento común al uso. Se da la circunstancia de que he podido acceder antes a los relatos de Majfud, donde juega con elementos comunes entre aquellos y que agrupa dentro de cada volumen, pero soy plenamente consciente de la manera en que casi cada relato recogido en otros libros es precursor de posibles sucesivas novelas. Así puede ocurrir en algún caso, pero en esta ocasión el autor hace un camino inverso: arrancar del núcleo novelístico para desarrollar el encuentro de relatos divergentes, o que pasan por un mismo lugar.

Contenidos e implicaciones

Las acciones principales se vinculan a Uruguay, al del propio autor, pero las necesidades nacen de fuera. En el trayecto encontramos a un exiliado descendiente de un español republicano, al hijo secuestrado por los militares uruguayos y entregado a otra familia en la infancia, a un huido de Argentina que trata de reencontrar el pasado de su abuelo ruso y, quizá el más conciso, un puertorriqueño metido a militar yanqui en la guerra de Irak. En el centro, un barco en medio de la calma chicha, como en tierra de nadie, donde las hormigas sirven de experimento al ojo mayor que las dirige, condiciona o estudia.

Es preciso recordar que el propio autor vivió la guerra sucia de la dictadura de su país, el encarcelamiento de familiares por su ideología y, creo, la implicación que en la infancia marcaría una parte de su manera de observar el destino de América. Desde ahí, en los diferentes textos que he podido leer del autor, hace su análisis del mundo a través del individuo, integrado en cualquier medio, pero siempre condicionado por él. En su presentación en Madrid de esta última novela publicada en España, rechaza la idea de la ficción en sus contenidos, al menos, no más allá de lo que supone recrear relatos y situaciones, porque dice nutrirse de las realidades que conoce directamente o a través de quienes le narran su historia.

Así pues, tampoco es ajeno al compromiso, sino que se zambulle en la necesidad de ofrecer al público lector la opción de descubrir los trazos de esos mundos que cita. En este sentido, podemos ignorar desde nuestro lado la dictadura de Uruguay, o la idea de las raíces argentinas y sus inmigrantes, como también desde otras geografías o generaciones, se puede hacer caso omiso de la represión fascista al final de la guerra civil española, o de las consecuencias de recientes guerras como la de Irak. Ello no impedirá la lectura de estos mundos como la traslación de distopías recogidas en cruces de caminos narrativos. Sin embargo, la intención del autor queda impresa de forma patente en las líneas y en la elección de las historias.

El pasado y la necesidad de la historia

La guerra y la tragedia parece encontrarse al final de cualquier línea de investigación de nuestros antecedentes o nuestros predecesores, y es por eso que Majfud aplica la necesidad de conocer el pasado a los textos que nos presenta. Sabedor de que la propia historia conduce a la necesidad de conocer el entorno en el que se desarrolla, provoca a sus lectores para que no permanezcan ajenos al pasado, a sus orígenes, a los errores o a los aciertos. En un momento dado evita activamente la aplicación de la venganza, una venganza totalmente comprensible, pero seguramente poco ética frente al opresor, en la que convertiría a uno de sus personajes en el mismo fascista que le oprime, pero le condena a vivir sabiendo que él también sabe, que ya no hay historias ocultas, que tampoco hay perdón, sólo conmutación de pena.

Me parece especialmente interesante ese personaje, el de Santiago, no solamente porque en su diseño seguramente está tratando mucho de lo personal del propio autor, sino porque se vuelca en la realidad de su proximidad histórica sin disimulos, porque habla de la represión en Uruguay, y porque probablemente ofrece un espacio para cierta paz al resto de personajes y narraciones de la novela. Pero no deja de ser interesante el contrapunto que ofrece a la joven Lucía Caballero, para mostrar un muro escalable, aunque sólo desde la convicción de quien accede a él. Lucía es un desafío a su contraparte, no sólo en el deseo de conquista, sino en la mirada hacia la vida. Probablemente es el detonante de las decisiones.

El autor y la creación de personajes

El autor genera a los personajes en acción, no los extenúa en su descriptiva, sino que propone a quien lee la posibilidad o la necesidad de interpretarlos y desarrollarlos a partir de sus diálogos. Así que, aunque más breves los diálogos que la narrativa, es en ellos en los que se conocerá el carácter de cada integrante de la novela. Este es un juego al que siempre somete a su público en los textos, dejando retazos inacabados en las “presentaciones” de sus entradas, para crear una lectura esforzada. Como ya decía hace unos años en una entrevista que tuve ocasión de hacerle, no es un autor conforme con la realidad social, y no se detiene a ver lo que ocurre, sino que interviene y da su opinión, estableciendo marcos ideológicos amplios, donde hacer reflexionar sobre la evidencia de las cosas, y su narrativa también es una duda, también deja un gran espacio para que cada lector lo rellene con sus propias realidades y se enriquezca en la experiencia.

Han pasado ya unos años desde que leí otros textos suyos como Perdona nuestros pecados (2008), La ciudad de la Luna (2009), Crisis (2012) o Algo salió mal (2015), y sigue siendo un escritor que se me debate entre la profundidad de su intención y la incógnita del alcance de su pensamiento. Además de sus textos narrativos recomiendo encarecidamente sus artículos de opinión y ensayos políticos (con los que también colabora a veces en nuestra revista), porque no es habitual encontrar la claridad de ideas, análisis y propuestas con las que sintetiza sus contenidos. Y si alguien tiene la ocasión de mantener una charla de profundidad, verá claramente que sus textos nunca son espacios vacíos, sino que con una breve sentencia es capaz de abrir ideas nuevas.

28 de agosto de 2017

 

DATOS RELACIONADOS

Título: El mar estaba sereno

Autor: Jorge Majfud

Formato: encuadernación rústica, 430 pág.

Editorial: Izana editores (2017)

ISBN: 9788494456787

Amazon.es

Cadena SER

 

Cómo (no) desafiar la violencia racista

“Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala?”

 

Por Aviva Chomsky

Traducción de Jorge Majfud

 

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado “alt-Right” han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda “antifa” [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos “accidentes”, pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

 

Aviva Chomsky es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Charlottesville: Cuando la historia se anuncia en una pequeña aldea

A finales de 2015, cuando el precandidato republicano Donald Trump dominaba las encuestas dentro de su partido, un amigo que vive en Buenos Aires me escribió entusiasmado con el posible triunfo del millonario. “Muchas cosas van a cambiar –dijo–, entre ellas las tonterías de lo políticamente correcto”. El desafío a lo políticamente correcto ha sido un ejercicio permanente en la academia (aunque no en la mayoría de los académicos) por décadas, sino por siglos. Eso no lo inventó Trump. Pero a veces lo políticamente correcto (como el respeto de los derechos y libertades de todos por igual, sean negros, mujeres u homosexuales) es, simplemente, lo correcto.

Mi amigo es judío y, a mi forma de ver, es uno de los que confunde el judaísmo y a los judíos con el gobierno de Israel. Aunque es una persona culta, su visión a corto plazo solo le permitió ver que Trump tiene un yerno judío y una hija convertida al judaísmo y que su retórica pro Israel y anti islámica no era menor que la del resto de los candidatos. Sin embargo, observé, no es casualidad que la gran mayoría de los judíos en Estados Unidos que no pertenecen a la minúscula clase de los millonarios han votado tradicionalmente por la izquierda, como no es casualidad que los mexicanos sean culturalmente conservadores y políticamente liberales, mientras los cubanos de Miami son culturalmente liberales y políticamente conservadores. Eso no es difícil explicar, pero ahora es harina de otro costal.

“Tal vez cambies de opinión –le escribí– cuando Trump llegue a la presidencia y comencemos a ver banderas nazis desfilando por las calles”.

No sé si mi amigo habrá cambiado de opinión. Según las estadísticas, quienes apoyan a Trump están convencidos que jamás dejarán de hacerlo, más allá de las circunstancias. Lo cual revela un componente irracional y religioso. Como hemos insistido antes, sólo la economía podrá poner los valores morales del presidente en cuestión. En otros casos, ni eso.

Hay un detalle aún más significativo: quienes ondean banderas nazis y confederadas, quienes revindican al KKK, ya no lo hacen cubriéndose los rostros. Este es un sutil signo de que las cosas se pondrán aún peores, no porque no les reconozca derecho a la libertad de expresión, sino por todo lo demás.

En el país existen cientos de grupos racistas y violentos. La ley no los puede tipificar como terroristas (la expresión “terrorismo doméstico” es solo una expresión sin categoría legal) porque no existen los terroristas estadounidenses si masacran a mil personas en nombre de alguna organización doméstica. Para ser considerado terrorista, un terrorista debe ser ciudadano de otro país o trabajar para algún grupo extranjero. Esos “consorcios domésticos” todavía no se han sincronizado en una red mayor, pero ya han cruzado la línea que separa el odio íntimo de la ideología articulada del odio. En consecuencia, ya no usan mascaras.

Veamos un hecho puntual y reciente. En una conferencia de prensa, el presidente Donald Trump ha defendido la permanencia de los monumentos que celebran los ideales de la Confederación, argumentando que también George Washington y Thomas Jefferson tuvieron esclavos. Exactamente las mismas palabras que un manifestante pro nazi dijo en un video que circuló en las redes sociales dos días antes, otra muestra de que el presidente representa a la nueva generación: no lee ni se contiene para insultar en los foros a pie de página.

Durante años, tanto en los periódicos como en mis propias clases, he insistido sobre la doble moral de los Padres fundadores con respecto a los esclavos, cuando la declaratoria de la independencia reconocía “como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. O, cuando una década después, en la constitución se hacía celebre la primera frase “Nosotros el pueblo” y en realidad excluía a la mayoría de los habitantes de las trece colonias primero y más tarde de los territorios centrales usurpados a los indios y, finalmente, del resto donado por los mexicanos.

Sin embargo, comparar a Jefferson con el general Robert Lee es una manipulación histórica en base a los intereses racistas y clasistas del momento. Lo que celebramos de Jefferson no es que tenía esclavos y una amante mulata a la que nunca liberó, como sí lo hizo el gran José Artigas con su muy íntimo (relación nunca estudiada en serio) amigo Ansina. Lo que reconocemos de Jefferson es haber impulsado la historia hacia la dirección correcta en base a ciertos valores de la Ilustración.

El general Lee y todos los líderes y símbolos de la Guerra Civil no representan ninguno de esos valores que hoy consideramos cruciales para la justicia y la sobrevivencia de la especie humana sino todo lo contrario: representan las fuerzas reaccionarias, arrogantes, criminales que, por alguna razón de nacimiento, se consideran superiores al resto y con derechos especiales.

Como ya nos detuvimos en otros escritos, un análisis cuidadoso de la historia de Estados Unidos desde la rebelión de Nathaniel Bacon en 1676, exactamente cien años antes de la fundación de este país, muestra claramente que le racismo no era ni por lejos lo que comenzó a ser desde finales del siglo XVII. Si bien el miedo o la desconfianza a los rostros ajenos es ancestral, la cultura y los intereses económicos juegan roles decisivos en el odio hacia los otros. Las políticas deliberadas de los gobernadores y esclavistas de la época fue inocular ese odio entre las “razas” (indios, blancos y negros) para evitar uniones y futuros levantamientos de la mayoría pobre.

El racismo, una vez inoculado en una cultura y en un individuo, es uno de los sentimientos más poderosos y más ciegos. En tiempos de prosperidad económica, los blancos de clase media para arriba culpan a los pobres, sobre todo a los pobres negros, por su propia pobreza. La ética calvinista asume que uno recibe lo que merece, primero por voluntad divina, segundo por mérito propio. Pero cuando la economía no va del todo bien y esos mismos blancos razonables se descubren sin trabajo y sin la prosperidad de sus padres, inmediatamente se convierten en blancos supremacistas o, como mínimo, en blancos xenófobos bajo una amplia variedad de excusas. Entonces, ser pobres ya no es culpa ni de Dios ni de ellos mismos sino de los negros y de los extranjeros que vienen a quitarles sus trabajos.

Para el presidente Trump, en Charlottesville (ciudad fundada por indios y residencia de Jefferson y Madison) hubo dos grupos que chocaron y la responsabilidad es de ambos por igual, unos de izquierda y otros de derecha. Poner las cosas dentro de esta antigua clasificación, izquierda y derecha, hace lucir el problema como algo horizontal, como una cuestión de meras opiniones políticas, ambos igualmente responsables de todo el mal. Como en la teoría de los dos demonios en el Cono Sur, aquí se mide igual la violencia racista que la reacción antirracista. Como durante siglos se trató de justificar la violencia de los amos por la violencia de los esclavos.

Solo cabe esperar algo peor. Nuestro tiempo presenciará la lucha entre la Ilustración y la Edad Media. A largo plazo, no sabemos cuál de las dos fuerzas vencerá.

 

J​orge Majfud​, August 17, 2017.

Ricos de izquierda, pobres de derecha

No hace muchas horas Diego Maradona le envió un mensaje al presidente venezolano para que lo considerase uno de sus soldados. Poco después, Henrique Capriles, el eterno candidato de la oposición venezolana (casi tan eterno como Leopoldo Lopez y su familia de empresarios de la gran prensa conservadora) respondió echando mano a una de las frases prefabricadas que más gustan de usar los reaccionarios latinoamericanos: Maradona, como tantos otros, “son gente que se dice de izquierda y al final viven como millonarios”.

¿De dónde habrán sacado que si uno es de derecha puede vivir como rico y si es de izquierda debe vivir como pobre? Hace poco contestamos al mismo fast food, pero harto popular argumento, de que si uno escribe en una computadora y usa internet no puede criticar al capitalismo, porque todo eso se debe a su creación divina.

Cierto, es muy difícil defender las ocurrencias de Maradona. El hombre, además de haber sido el único futbolista mágico de la historia, se caracteriza por una espontaneidad que va más allá de cualquier lógica. Pero pocos futbolistas exitosos se han atrevido a romper los cánones de la autoridad arbitraria. En eso tiene un mérito que se subestima: el hombre no dice lo que le conviene sino lo que piensa, equivocado o no.

Mucho más difícil es entender y justificar las decisiones del presidente Maduro. No sólo sus opciones económicas (un país dedicado al monocultivo no puede prosperar; es algo que lo hemos venido repitiendo desde hace más de diez años, no solo referido a Venezuela). También sus decisiones políticas (la Asamblea constituyente solo sirve para echar leña al fuego en la narrativa del sistema Global dominante sin ninguna ventaja política para sus opositores, por mencionar uno solo de sus errores catastróficos).

Venezuela se ha erigido hoy en una de las peores pesadillas de los progresistas latinoamericanos. Todo lo cual no significa que la vieja derecha conservadora del continente, al viejo estilo fascista y golpista, tenga algo para elogiar. No son nuevos héroes; son viejos oportunistas que, tarde o temprano, lograrán lo que se proponen. Eso es seguro. Eso de la “libertad” es una bonita excusa que ha sido usada durante todo el siglo XX para camuflar la realidad de los intereses, no solo de las clases acomodadas sino de sus padrinos, las grandes empresas europeas y estadounidenses.

La doble vara ni siquiera se considera. O no importa. Si Donald Trump destituye al jefe del FBI (James Comey) porque lo está investigando, si luego destituye a su fiscal general (Sally Yates) porque no apoyó el bloqueo a inmigrantes de siete países musulmanes (y un largo etcétera), eso es democracia. Si el presidente de una república bananera, Nicolás Maduro, destituye a la fiscal (Luisa Ortega) por pronunciarse en su contra, eso es dictadura para los mayores medios del mundo. Si un helicóptero de la Policía científica de Venezuela ataca a balazos el Tribunal Supremo de Justicia en Caracas, si los militares venezolanos atacan un cuartel en un intento de golpe de Estado, si la oposición acumula bombas en diferentes rincones del país y los arroja a la policía o simplemente queman vivo a otros manifestantes, eso es en “defensa de la libertad” y como “legitima respuesta” de la “represión del gobierno”.

Si mucho menos ocurre en Estados Unidos, en España o en Francia, eso es terrorismo, y se paga como tal. Por no entrar a considerar prisiones, como la que Estados Unidos todavía mantiene en el territorio ocupado de Guantánamo (recordemos que después de diez y doce años de torturas, la mayoría, varios cientos de prisioneros, fue declarada inocente, solo culpable de haber estado “en el lugar erróneo en el momento equivocado”; los liberados nunca recibieron indemnización, ni económica ni moral). No se puede comparar Guantanamo y las cárceles que tiene “la dictadura venezolana”, cuyos prisioneros más notables se van a sus casas y conspiran cada día en la prensa internacional como si fuesen mártires.

Para colmo, Maduro se despacha con esa reforma constitucional, buena para nada. Hasta la reelección indefinida (repito, un mamarracho) ya está en la actual constitución de Venezuela. Otra demostración de que si Maduro es un dictador, nunca podrá ejercer plenamente como tal por falta de facultades plenas, más allá del cierto acoso a la prensa (sobre todo a la vieja prensa golpista, defensora de sus propios intereses de clase y finanzas).

La sagrada (y actual, con enmiendas) constitución de Estados Unidos permitió por ciento cincuenta años la reelección indefinida, gracias a lo cual el presidente (cierto, uno de los mejores que tuvo este país) Franklin Roosevelt pudo ser presidente por cuatro periodos consecutivos. Si un presidente latinoamericano propone lo mismo en América latina (déjenme repetir, a tono personal, que me parece una pésima idea), entonces es considerado propio de las dictaduras latinoamericanas. Todo lo que haga Estados Unidos o Europa estará bien, o casi bien, por la simple razón que son ellos los que administran la narrativa global (ya que, todavía, administran el sistema global que rige el mundo).

Claro que la arrogancia unilateral cada vez es más difícil de sostener. Se resiste, pero las condiciones geopolíticas y económicas indican lo contrario. Todo lo cual es de temer que se cumpla, una vez más, la lógica (o trampa) formulada por Tulcidides miles de años atrás y tengamos un conflicto a gran escala en este mismo siglo, sino en esta misma generación.

Claro, José Mujica es un consecuente. Vive como piensa y piensa como vive. No deja de ser un mérito relativo. ¿Pero quién dijo que el objetivo de los progresistas es la pobreza y no la verdadera libertad, es decir, la igual-libertad? Si consideramos que todos (Mujica, Maradona, Bill Gates, Trump y cualquier otro ser humano que pisa este planeta) vive en un sistema global que no es otro que el capitalismo más obsceno, a mí no me sorprenden ni me escandalizan que haya hombres y mujeres que distan de ser pobres y son de izquierda. La derecha quisiera verlos pobres y anulados o, al menos, sin voz. Incluso hay millonarios con algunas ideas de izquierda, como Warren Buffett, que pedía desesperadamente que le suban los impuestos, a él y a su minúscula, insaciable y patológica clase social que continúa invirtiendo billones en propaganda para promover leyes y narrativas que le permitan aumentar aún más sus ganancias.

En pocas palabras, no encuentro tan contradictorio que haya gente rica que sea de izquierda. Al menos no tan contradictorio como lo contrario. Según las estadísticas, los estudios y los resultados electorales, como los más recientes de las elecciones en Estados Unidos de 2016, según casi todas las elecciones en el último siglo y más en América latina, los conservadores de derecha abundan en las clases más pobres y en las más ricas. Por obvias razones. En casos son mayoría.

Entonces, si es una contradicción ser ricos y de izquierdas, ¿no es una contradicción mayor ser pobres y conservadores de derecha?

JM, 9 de agosto de 2017

Realmente devemos a modernidade ao capitalismo?

Uma das afirmações que os apologistas do capitalismo mais repetem e menos se questiona é aquela que afirma que este foi o sistema que mais riqueza e mais progresso criou na história. Devemos a ele a Internet, os aviões, o YouTube, os computadores a partir dos quais escrevemos e o todo o avanço médico e as liberdades sociais e individuais que podemos encontrar hoje.

O capitalismo não é o pior, nem o menos criminoso dos sistemas que já existiram, mas esta interpretação arrogante é, também, um sequestro da história pela ignorância.

Em termos absolutos, o capitalismo é o período (não o sistema) que produziu mais riqueza na história. Esta verdade seria suficiente, se não a considerássemos tão enganosa como quando, nos anos 1990, um ministro uruguaio se ufanava de que em seu governo haviam sido vendidos mais celulares que no restante da história do país.

A chegada do homem à Lua não foi simples consequência do capitalismo. Para começar, nem as universidades públicas e nem as privadas são, em seus fundamentos, empresas capitalistas (exceto alguns poucos exemplos, como o fiasco da Trump University). A NASA também nunca foi uma empresa privada, mas estatal e, além do mais, se desenvolveu graças à prévia contratação de mais de 1.000 engenheiros alemães, entre eles Wernher von Braun, que haviam experimentado e aperfeiçoado a tecnologia de foguetes nos laboratórios de Hitler, que investiu fortunas (é verdade, com alguma ajuda econômica e moral das grandes empresas norte-americanas). Tudo, dinheiro e planejamento, foi estatal.

A União Soviética, sobretudo sob o comando de um ditador como Stalin, ganhou a corrida espacial ao colocar, pela primeira vez na história, o primeiro satélite, a primeira cachorra e até o primeiro homem na órbita, doze anos antes do Apollo 11 e apenas quarenta anos após a revolução que converteu um país atrasado e rural, como a Rússia, em uma potência militar e industrial, em algumas poucas décadas. Nada disso se entende como capitalismo.

Claro, o sistema soviético foi responsável por muitos pecados morais. Crimes. Mas, não são as deficiências morais as que distinguiam o comunismo burocrático do capitalismo. O capitalismo só se associa com as democracias e os Direitos Humanos por uma narrativa, repetitiva e cruciante (teorizada pelos Friedman e praticada pelos Pinochet), mas a história demonstra que pode conviver perfeitamente com uma democracia liberal; com as genocidas ditaduras latino-americanas que precederam o pretexto da guerra contra o comunismo; com governos comunistas como China e Vietnã; com sistemas racistas como África do Sul; com impérios destruidores de democracias e de milhões de habitantes na Ásia, África e América Latina, como foram, nos séculos XIX e XX, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, França, etc.

A chegada à Lua, assim como a criação da Internet e os computadores, que são atribuídas ao capitalismo, foram basicamente (e, em certos casos, unicamente) projetos de governos, não de empresas como Apple ou Microsoft. Nenhum dos cientistas que trabalharam nesses revolucionários programas tecnológicos, agiu como empresário ou buscando se tornar ricos. De fato, muitos deles eram ideologicamente anticapitalistas, como Einstein, etc. A maioria era formada de professores assalariados, não os agora venerados entrepreneurs.

A esta realidade há que acrescentar outros fatos e um conceito básico: nada disto surgiu do zero, no século XIX ou no século XX. A energia atômica e as bombas são filhas diretas das especulações e dos experimentos imaginários de Albert Einstein, seguido de outros gênios assalariados. A chegada do homem à Lua teria sido impossível sem conceitos básicos como a Terceira lei de Newton. Nem Einstein e nem Newton teriam desenvolvido suas maravilhosas matemáticas superiores (nenhuma delas por causa do capitalismo) sem um conjunto de descobertas matemáticas introduzidas por outras culturas, séculos antes. Alguém consegue imaginar o cálculo infinitesimal sem o conceito de zero, sem os números arábicos e sem a álgebra (al-jabr), para nomear alguns poucos?

Os algoritmos que os computadores e os sistemas de internet utilizam não foram criados nem por um capitalista, nem em qualquer período capitalista, mas séculos atrás. Conceitualmente, foi desenvolvido em Bagdá, a capital das ciências, por um matemático muçulmano de origem persa, no século IX, chamado, precisamente,  Al-Juarismi. Segundo Oriana Fallaci, essa cultura não deu nada às ciências (ironicamente, o capitalismo nasce no mundo muçulmano e o mundo cristão o desenvolve).

Nem o alfabeto fenício, nem o comércio, nem as repúblicas, nem as democracias surgiram no período capitalista, mas em dezenas de séculos antes. Nem sequer a imprensa em suas diferentes versões alemãs e chinesas, uma invenção mais revolucionária do que o Google, foi graças ao capitalismo. Nem a pólvora, nem o dinheiro, nem os cheques, nem a liberdade de expressão.

Ainda que Marx e Edison sejam a consequência do capitalismo, nenhuma grande revolução científica do Renascimento e da Era Moderna (Averróis, Copérnico, Kepler, Galileu, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) se deveu a esse sistema. O capitalismo selvagem produziu muito capital e muitos Donald Trump, mas muito poucos gênios.

Isto sem falar de descobertas mais práticas, como a alavanca, o parafuso ou a hidrostática de Arquimedes, há 2.300 anos. Ou a bússola do século IX, uma das descobertas mais importantes na história da humanidade, de longe muito mais importante do que qualquer telefone inteligente. Ou a roda, que vem sendo utilizada no Oriente há 6.000 anos e que ainda não saiu de moda.

É claro que entre a invenção da roda e a invenção da bússola passaram vários séculos. Mas, o tão vangloriado “vertiginoso progresso” do período capitalista não é nenhuma novidade. Exceto períodos de catástrofe como o foi o da peste negra, durante o século XIV, a humanidade veio acelerando o surgimento de novas tecnologias e de recursos disponíveis para uma crescente parte da população, como, por exemplo, as diferentes revoluções agrícolas. Não é necessário ser um gênio para advertir que essa aceleração se deve à acumulação de conhecimento e à liberdade intelectual.

Na Europa, o dinheiro e o capitalismo significaram um progresso social diante da estática ordem feudal na Idade Média. Mas, logo se tornaram o motor de genocídios coloniais e, depois, em uma nova forma de feudalismo, como o do século XXI, como uma aristocracia financeira (um punhado de famílias acumulam a maior parte da riqueza em países ricos e pobres), com duques e condes políticos e com vilões e vassalos desmobilizados.

O capitalismo capitalizou (e os capitalistas sequestraram) séculos de progresso social, científico e tecnológico. Por essa razão, e por ser o sistema global dominante, foi capaz de produzir mais riqueza que os sistemas anteriores.

O capitalismo não é o sistema de alguns países. É o sistema hegemônico do mundo. É possível abrandar seus problemas, é possível desmantelar seus mitos, mas não é possível eliminá-lo, enquanto não entrar em sua crise ou declive, como o feudalismo. Até que seja substituído por outro sistema. Isso no caso de que reste planeta ou humanidade. Porque o capitalismo também é o único sistema que colocou a espécie humana à beira da catástrofe global.

JM

tradução é do Cepat.

IHU

Devons-nous vraiment la modernité au capitalisme ?

La “narrature” du capitalisme

par Jorge Majfud *

L’une des affirmations les plus répétées et les moins remises en cause des apologistes du capitalisme consiste à dire que celui-ci a été le système qui a crée dans l’histoire le plus de richesse et de progrès. Nous lui devons Internet, les avions, YouTube, les ordinateurs sur lesquels nous écrivons et toute l’avancée médicale et la liberté sociale et individuelle que nous pouvons trouver aujourd’hui.

Le capitalisme n’est ni le plus et ni le moins criminel des systèmes qui ont existé, mais cetteinterprétation arrogante est, en outre, une confiscation historique commise par l’ignorance.

En termes absolus, le capitalisme est la période (non le système) qui a produit le plus de richesse dans l’histoire. Cette vérité serait suffisante si nous ne considérions pas qu’elle est aussi trompeuse que ce ministre uruguayen qui, dans les années 90, s’était vanté de ce que, durant son gouvernement, il s’était vendus plus de téléphones portables que dans toutel’histoire du pays.

L’arrivée de l’homme sur la Lune n’a pas été une simple conséquence du capitalisme. Pour commencer, ni les universités publiques, ni les privées ne sont, dans leurs fondements, des entreprises capitalistes (exceptés quelques rares exemples, comme le fiasco de la Trump University). La NASA non plus n’a jamais été une entreprise privée mais publique et, de plus, elle s’est développée grâce à l’engagement préalable de plus de mille ingénieurs allemands, dont Wernher von Braun, qui avaient expérimenté et perfectionné la technologie des fusées dans les laboratoires de Hitler, qui a investi des fortunes (certes, avec une certaine aide économique et morale des grandes entreprises US). Tout, l’argent et la planification a été étatique. L’Union soviétique, surtout sous les ordres d’un dictateur comme Staline, a gagné la course spatiale après avoir mis en orbite pour la première fois de l’histoire le premier satellite, la première chienne et jusqu’au premier homme, douze ans avant Apollo 11 et à peine quarante ans après la révolution qui a transformé un pays arriéré et rural, comme la Russie, en puissance militaire et industrielle en quelques décennies. Rien de cela ne s’avère être du capitalisme.

Certes, le système soviétique a été responsable de beaucoup de fautes morales. De crimes. Mais ce ne sont pas les déficiences morales qui distinguaient le communisme bureaucratique du capitalisme. Le capitalisme s’associe seulement avec la démocratie et les Droits de l’homme par la narration, répétitive et accablante (théorisée par les Friedman [Chicago Boys] et pratiquée par les Pinochet), mais l’histoire démontre qu’il peut parfaitement cohabiter avec une démocratie libérale, avec les dictatures génocidaires latino-américaines qui invoquaient l’excuse de la guerre contre le communisme,  avec des gouvernements communistes comme la Chine ou le Viêt-Nam, avec des systèmes racistes comme l’Afrique du Sud,  avec des empires destructeurs de démocratie et de millions d’habitants en Asie, en Afrique et Amérique Latine, comme aux XIXe et XXe siècles le furent l’Angleterre, la Belgique, les USA,  la France etc.

Le débarquement sur la Lune comme la création d’Internet et les ordinateurs qui sont attribués au capitalisme ont été à la base (et, parfois, uniquement) des projets de gouvernements, non d’entreprises comme Apple ou Microsoft. Aucun des hommes de science qui ont travaillé dans ces programmes technologiques révolutionnaires ne l’a fait comme entrepreneur ou en cherchant à devenir riches. En fait, plusieurs d’entre eux étaient idéologiquement anticapitalistes, comme Einstein, etc. La majorité étaient des professeurs salariés, non les entrepreneurs vénérés d’aujourd’hui.

À cette réalité il faut ajouter d’autres faits et un concept basique : rien de cela n’a surgi de zéro au XIXe siècle ou au XXe siècle. L’énergie atomique et les bombes sont des filles directes des spéculations et les expériences imaginaires d’Albert Einstein, suivi d’autres génies salariés. L’arrivée de l’homme sur la Lune aurait été impossible sans des concepts basiques comme la Troisième loi de Newton. Ni Einstein ni Newton n’auraient développé leurs merveilleuses mathématiques supérieures (aucune d’elles due au capitalisme) sans une pléthore de découvertes mathématiques introduites par d’autres cultures bien des siècles auparavant. Quelqu’un imagine-t-il le calcul infinitésimal sans le concept du zéro, sans les nombres arabes et sans l’algèbre (de l’arabe al-jabr ), pour n’en citer que quelques-uns ?

Première page du livre fondateur de l’algèbre, le Kitāb al-mukhtaṣar fī ḥisāb al-jabr wa-l-muqābala (Abrégé du calcul par la restauration et la comparaison) de Mohammed Ibn Mūsā al-Khuwārizmī, dont le nom est à l’origine du terme algorithme

Les algorithmes qu’ utilisent les ordinateurs et les systèmes d’Internet n’ont pas été créés ni par un capitaliste ni dans aucune période capitaliste, mais des siècles auparavant. Il a été conceptuellement développé à Bagdad, la capitale des sciences, par un mathématicien musulman d’origine persane au IXe siècle appelé Al-Khwârizmî , précisément. Selon Oriana Fallaci, cette culture n’a rien donné aux sciences (ironiquement, le capitalisme naît dans le monde musulman et c’est le monde chrétien le développe).

Ni l’alphabet phénicien, ni le commerce, ni les républiques, ni la démocratie n’ont surgi pendant la période capitaliste mais des dizaines de siècles avant. Ni même l’imprimerie dans ses différentes versions, allemande ou chinoise, invention plus révolutionnaire que Google, ne l’a été grâce au capitalisme. Ni La poudre, ni l’argent, ni les chèques, ni la liberté d’expression.

Bien que Marx et Edison soient la conséquence du capitalisme, aucune grande révolution scientifique de la Renaissance et de l’Ère Moderne (Averroès, Copernic, Kepler, Galilée, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) n’est due à ce système. Le capitalisme sauvage a produit beaucoup de capital et plusieurs Donald Trump, mais très peu de génies.

Pour ne pas parler des découvertes plus pratiques, comme le levier, la vis ou l’hydrostatique d’Archimède, découvertes faites il y a 2 300 ans. Ou la boussole du IXe siècle, l’une des découvertes les plus importantes dans l’histoire de l’humanité, de loin plus importante que tout téléphone intelligent. Ou la roue, qui s’utilise en Orient depuis six mille ans et qui n’a pas encore passé de mode.

Bien sûr, entre l’invention de la roue et l’invention de la boussole quelques siècles ont passé. Mais le « vertigineux progrès » de la période capitaliste n’est d’aucune nouveauté. Sauf des périodes de catastrophe comme le fut la peste noire au XIVe siècle, l’humanité a accélère l’apparition de nouvelles technologies et de ressources disponibles pour une partie croissante de la population, comme par exemple le furent les différentes révolutions agricoles. Il n’est pas nécessaire d’être un génie pour remarquer que cette accélération découle de l’accumulation de connaissances et de la liberté intellectuelle.

En Europe, l’argent et le capitalisme ont signifié un progrès social devant l’ordre statique féodal du Moyen Âge. Mais bientôt, ils sont devenus le moteur de génocides coloniaux et ensuite une nouvelle forme de féodalisme, comme celle du XXIe siècle, avec une aristocratie financière (une poignée de familles accumulent la plupart de richesse dans les pays riches et pauvres), avec des ducs et des comtes politiques et avec des roturiers et des vassaux démobilisés.

Le capitalisme a capitalisé (et les capitalistes ont confisqué) des siècles de progrès social, scientifique et technologique. Pour cette raison, et étant  le système global dominant, il a été capable de produire plus de richesse que les systèmes précédents.

Le capitalisme n’est pas le système de quelques pays. C’est le système hégémonique du monde. Ses problèmes peuvent être atténués, ses mythes peuvent être démantelés, mais on ne peut pas l’éliminer jusqu’à ce qu’il entre dans sa crise ou pente descendante comme le féodalisme. Jusqu’à qu’il soit remplacé par un autre système. Cela au cas où il reste encore une planète ou une humanité. Parce qu’aussi le capitalisme est l’unique système qui a mis l’espèce humaine au bord de la catastrophe planétaire.

 

Jorge Majfud * pour El Correo de la Diaspora.

 

* Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de lAmérica » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

Traduit de l’espagnol pour El Correo de la Diaspora par : Estelle et Carlos Debiasi.

Paris, le 4 août 2017.

Pagina/12

La redistribución de la riqueza

He escuchado a alguien decir: “Si usted está a favor de la redistribución de la riqueza, empiece por redistribuir la suya”. Obviamente, esto es parte de una discusión que todos conocen desde hace décadas. Lo he leído varias veces, alguna vez encuadrado orgullosamente con forma de lápida.

La idea de que son los holgazanes (de izquierda) que exigen la redistribución de la riqueza los trabajadores millonarios (de derecha) empieza mal con un oxímoron: trabajadores y millonarios.

Pero veamos que el famoso argumento equivale a decir que solo los que estén a favor de los impuestos deben pagar impuestos.

Por otro lado, la idea de que son solo los socialistas quienes están a favor de la redistribución de la riqueza es una tontería. Ellos están a favor de la redistribución a través de un Estado.

Creo que es necesario aclarar un fundamento, no formulado, de toda filosofía económica: todo sistema económico es un sistema de redistribución de la riqueza. Por ejemplo, cuando los holgazanes reciben lo mismo que los trabajadores, esa es una redistribución injusta. También cuando un inversor mueve un millón de dólares de un negocio a otro, de un país a otro y con eso obtiene una ganancia de cincuenta mil dólares, y lo hace porque el sistema que lo protege está re-distribuyendo la riqueza. Es una transferencia de riqueza que va desde los productores hacia los inversores, desde las mayorías hacia las micro-minorías, desde el 99 % hacia el 1% –y, en casos, hacia el 0,1%. Etcétera.

 

JM, 2 de agosto de 2018.

Do we really owe modernity to capitalism?

The narrature of capitalism

 

One of the claims that the apologists of capitalism most repeat and last question is that which has been the system that has created the most wealth and progress in history. We owe you the Internet, the planes, YouTube, the computers from which we write and all the medical advancement and social and individual freedoms we can find today. Capitalism is not the worst or the least criminal of the systems that have existed, but this arrogant interpretation is also a kidnapping that ignorance makes history.

In absolute terms, capitalism is the period (not the system) that has produced more wealth in history. This truth would be enough if we do not consider it as misleading as when in the 1990s a Uruguayan minister boasted that his government had sold more mobile phones than in the rest of the country’s history.

The arrival of man on the moon was not a simple consequence of capitalism. To begin with, neither public nor private universities are, in their foundations, capitalist enterprises (except for a few examples, such as the Trump University fiasco). NASA was also never a private but a state-owned enterprise and was further developed through the hiring of more than a thousand German engineers, including Wernher von Braun, who had experimented and perfected rocket technology in Hitler’s laboratories. Invested fortunes (certainly, with some economic and moral aid from the great American companies). Everything, money and planning, were state. The Soviet Union, especially under the command of a dictator like Stalin, won the space race by putting for the first time in history the first satellite, the first dog and even the first man in orbit twelve years before Apollo 11 and just forty years after the revolution that turned a backward, rural country like Russia into a military and industrial power in a few decades. None of this is understood as capitalist.

Of course, the Soviet system was responsible for many moral sins. Crimes. But it is not the moral deficiencies that distinguished bureaucratic communism from capitalism. Capitalism is only associated with democracies and human rights by a narrative, repetitive and overwhelming (theorized by the Friedman and practiced by the Pinochets), but history shows that it can coexist perfectly with a liberal democracy; With the genocidal Latin American dictatorships that preceded the excuse of the war against communism; With communist governments like China or Vietnam; With racist systems such as South Africa; With destructive empires of democracies and millions of people in Asia, Africa and Latin America, as in the nineteenth and twentieth centuries were England, Belgium, the United States, France, etc.

The arrival on the Moon as the creation of the Internet and the computers that are attributed to capitalism were basically (and, in cases, only) government projects, not companies like Apple or Microsoft. None of the scientists who worked on such revolutionary technological programs did it as an entrepreneur or seeking to become rich. In fact, many of them were ideologically anti-capitalist, such as Einstein, etc. Most were salaried teachers, not the now revered entrepreneurs.
To this reality must be added other facts and a basic concept: none of this emerged from scratch in the nineteenth century or the twentieth century. Atomic energy and bombs are direct daughters of Albert Einstein’s speculations and imaginary experiments, followed by other wage geniuses. The arrival of man on the Moon would have been impossible without basic concepts such as Newton’s Third Law. Neither Einstein nor Newton had developed their wonderful superior mathematics (none of them due to capitalism) without a plethora of mathematical discoveries introduced by other cultures centuries earlier. Does anyone imagine infinitesimal calculus without the concept of zero, without Arabic numerals and without algebra (al-jabr ), to name a few?

The algorithms used by computers and internet systems were not created by a capitalist or in any capitalist period but centuries ago. Conceptually it was developed in Baghdad, the capital of the sciences, by a Muslim mathematician of Persian origin in the ninth century called, precisely, Al-Juarismi. According to Oriana Fallaci, that culture gave nothing to the sciences (ironically, capitalism is born in the Muslim world and the Christian world develops it).

Neither the Phoenician alphabet, nor commerce, nor republics, nor democracies arose in the capitalist period but tens of centuries before. Not even the printing press in its different German or Chinese versions, an invention more revolutionary than Google, were thanks to capitalism. Neither gunpowder, nor money, nor checks, nor freedom of expression.

Although Marx and Edison are the consequence of capitalism, no great scientific revolution of the Renaissance and Modern Age (Averroes, Copernicus, Kepler, Galileo, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) owed that system. Wild capitalism produced a lot of capital and many Donad Trump, but very few geniuses.

Not to mention more practical discoveries, such as the lever, screw or hydrostatic of Archimedes, discovered 2300 years ago. Or the IX century compass, one of the most transcendent discoveries in the history of mankind, by far more transcendent than any smartphone. Or the wheel, which has been used in the East for six thousand years and has not yet gone out of style.
Of course between the invention of the wheel and the invention of the compass passed several centuries. But the so vaunted “vertiginous progress” of the capitalist period is nothing new. Except for periods of catastrophe such as the Black Death during the fourteenth century, mankind has been accelerating the emergence of new technologies and resources available to a growing part of the population, such as the different agricultural revolutions. It is not necessary to be a genius to realize that this acceleration is due to the accumulation of knowledge and intellectual freedom.
In Europe, money and capitalism meant social progress before the static feudal order of the Middle Ages. But soon they became the engine of colonial genocides and then a new form of feudalism, like that of the twenty-first century, with a financial aristocracy (a handful of families accumulate most of the wealth in rich and poor countries), with dukes and political counts and villains and demobilized vassals.

Capitalism capitalized (and capitalists sequestered) centuries of social, scientific, and technological progress. For that reason, and being the dominant global system, it was able to produce more wealth than previous systems.

Capitalism is not the system of some countries. It is the hegemonic system of the world. Its problems can be mitigated, its myths can be dismantled, but it cannot be eliminated until it enters its crisis or decline like feudalism. Until it is replaced by another system. That in case there is a planet or humanity. Because capitalism is also the only system that has put the human species on the brink of global catastrophe.

 

JM, July 2017

 

Rebelión has published this article with the author’s permission under a Creative Commons license , respecting its freedom to publish it in other sources.

M1963

Dobbiamo davvero la modernità al capitalismo?

La “narratura” del capitalismo

di Jorge Majfud (*)
Una delle affermazioni che gli apologeti del capitalismo ripetono più spesso e che meno viene messa in discussione è quella che dice che esso è stato il sistema che più ricchezza e più progresso ha creato nella storia. Gli dobbiamo Internet, gli aerei, YouTube, i computers da cui scriviamo e tutti gli avanzamenti medici e le libertà sociali e individuali che ci troviamo oggi.
Il capitalismo non è il peggiore né il meno criminale dei sistemi che sono esistiti, ma questa interpretazione arrogante è, oltretutto, un sequestro che l’ignoranza fa alla storia.

In termini assoluti il capitalismo è il periodo (non il sistema) che ha prodotto più ricchezza nella storia. Questa verità sarebbe sufficiente se non considerassimo che è tanto ingannevole quanto, negli anni ’90, le parole di un ministro uruguayano che si inorgogliva del fatto che durante il suo governo si erano venduti più telefoni cellulari che nel resto della storia del paese.

L’arrivo dell’uomo sulla Luna non è stata una semplice conseguenza del capitalismo. Tanto per cominciare né le università pubbliche né quelle private sono, fondamentalmente, imprese capitaliste (eccetto alcuni – pochi – esempi, come per il fiasco della Trump University). Neanche la NASA è mai stata un’impresa privata bensì statale e, oltretutto, si è sviluppata grazie al preventivo ingaggio di più di mille ingegneri tedeschi, tra i quali Werner von Braun, che avevano sperimentato e perfezionato la tecnologia dei razzi nei laboratori di Hitler, che vi aveva investito una fortuna (naturalmente con un certo aiuto economico e morale delle grandi società nordamericane). Tutto, il denaro e la pianificazione, furono statali.
L’Unione Sovietica, soprattutto sotto la guida di Stalin, vinse la corsa spaziale nel mettere – per la prima volta nella storia – il primo satellite, la prima cagnetta e finalmente il primo uomo in orbita 12 anni prima dell’Apollo 11 e appena 40 anni dopo che la rivoluzione aveva trasformato un paese arretrato e rurale come la Russia in una potenza militare e industriale in pochi decenni. Niente di tutto questo suona come capitalistico.

Certo, il sistema sovietico è stato responsabile di molti peccati morali. Crimini. Ma non sono le deficienze morali quelle che distinguevano il comunismo burocratico dal capitalismo. 
Il capitalismo si associa solo con le democrazie ed i Diritti Umani grazie ad una narrazione, ripetitiva e opprimente (teorizzata dai Friedman e praticata dai Pinochet), ma la storia dimostra che può tranquillamente convivere con una democrazia liberale, con le genocide dittature latinoamericane che arrivarono con la scusa della guerra contro il comunismo, con imperi distruttori di democrazie e di milioni di abitanti in Asia, Africa e America Latina, come nei secoli XIX e XX furono Inghilterra, Belgio, Stati Uniti, Francia, ecc. ecc.

L’arrivo sulla Luna come la creazione di Internet e dei computers che si attribuiscono al capitalismo sono state, fondamentalmente (e, in alcuni casi, unicamente) progetti di governi, non di società come Apple o Microsoft. Nessuno degli scienziati che hanno lavorato a questi rivoluzionari programmi tecnologici lo ha fatto come uomo d’affari e cercando di diventare ricco. Di fatto, molti di essi erano ideologicamente anti-capitalisti come Einstein ecc. La maggioranza era composto di professori salariati, non dagli ora tanto venerati “imprenditori”.

A questa realtà vanno aggiunti altri fatti e un concetto di base: niente di tutto questo sorse da zero nel secolo XIX o nel secolo XX. 
L’energia atomica e le bombe sono figlie dirette delle speculazioni e degli esperimenti immaginari di Albert Einstein, seguito da altri geni salariati.
L’arrivo dell’uomo sulla Luna sarebbe stato impossibile senza concetti di base come la Terza Legge di Newton. Né Einstein né Newton avrebbero sviluppato le loro meravigliose matematiche superiori (nessuna delle quali dovuta al capitalismo) senza un’infinità di scoperte matematiche introdotte da altre culture secoli prima. 
Qualcuno può immaginare il calcolo infinitesimale senza il concetto di zero, senza i numeri arabi e senza l’algebra (al-jabr), per fare qualche esempio?

Gli algoritmi che usano i computers ed i sistemi di Internet non furono creati né da un capitalista né in alcun periodo capitalistico, ma secoli prima. Concettualmente furono sviluppati a Bagdad, la capitale delle scienze, da un matematico musulmano di origine persiana nel secolo IX, chiamato precisamente Al-Juarismi. Secondo Oriana Fallaci quella cultura non diede nulla alle scienze (ironicamente il capitalismo nasce nel mondo musulmano e il mondo cristiano lo sviluppa).

Né l’alfabeto fenicio, né il commercio, né le repubbliche né le democrazie sorsero nel periodo capitalista, ma decine di secoli prima. Neppure la stampa nelle sue differenti versioni tedesca o cinese, un’invenzione più rivoluzionaria di Google, nacque grazie al capitalismo. Né la polvere da sparo, né il denaro, né gli assegni, né la libertà di espressione.

Nonostante Marx ed Edison siano stati conseguenza del capitalismo, nessuna grande rivoluzione scientifica del Rinascimento e dell’Età Moderna (Averroè, Copernico, Keplero, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawkins) si deve a questo sistema. Il capitalismo selvaggio ha prodotto molto capitale e molti Donald Trump, ma molto pochi geni.

Per non parlare di invenzioni più pratiche come la leva, la vite o l’idrostatica di Archimede, scoperte più di 2.300 anni fa. O la bussola del secolo IX, una delle scoperte più fondamentali nella storia dell’umanità, ben più importante di qualsiasi telefono intelligente. O la ruota, che si usa in Oriente da circa seimila anni e che non è ancora passata di moda.

E’ ovvio che tra l’invenzione della ruota e l’invenzione della bussola passarono vari secoli, Ma il tanto vanagloriato “vertiginoso progresso” del periodo capitalistico non è affatto una novità. Salvo periodi di catastrofe come quello della peste nera del secolo XIV, l’umanità ha continuato ad accelerare l’apparizione di nuove tecnologie e nuove risorse disponibili per una parte crescente della popolazione, come ad esempio furono le diverse rivoluzioni agricole. Non è necessario essere un genio per capire che questa accelerazione si deve all’accumulazione di conoscenze e alla libertà intellettuale.

In Europa il denaro ed il capitalismo significarono un progresso sociale a fronte dello statico ordine feudale del Medioevo. Ma si trasformarono velocemente nel motore di genocidi coloniali e quindi in una nuova forma di feudalesimo, come quella del secolo XXI, con un’aristocrazia finanziaria (un pugno di famiglie accumulano la maggior parte delle ricchezze in paesi ricchi e poveri), con duchi e conti politici e con villici e vassalli smobilitati.

Il capitalismo capitalizzò (e i capitalisti sequestrarono) secoli di progresso sociale, scientifico e tecnologico. Per questa ragione, e per il fatto di essere il sistema globale dominante, è stato capace di produrre più ricchezza dei sistemi precedenti.

Il capitalismo non è il sistema di alcuni paesi. E’ il sistema egemonico del mondo. Si possono mitigare i suoi problemi, si possono smantellare i suoi miti, ma non si può eliminarlo finché non entra nella sua crisi o nel decadimento, come il feudalesimo. Fino a che non sia sostituito da un altro sistema. Questo nel caso che rimanga il pianeta e rimanga l’umanità. Anche perché il capitalismo è l’unico sistema che ha portato la specie umana sul bordo della catastrofe globale.

(*) Scrittore e saggista uruguayano; 29.7.2017

(traduzione di Daniela Trollio Centro di Iniziativa Proletaria “G.Tagarelli”
Via Magenta 88, Sesto S.Giovanni)

French:  Devons-nous réellement la modernité au capitalisme ? 

​​La​ narratura del capitalismo​

¿Realmente le debemos la modernidad al capitalismo?

 

 Una de las afirmaciones que los apologistas del capitalismo más repiten y menos se cuestiona es aquella que afirma que este ha sido el sistema que más riqueza y más progreso ha creado en la historia. Le debemos Internet, los aviones, YouTube, las computadoras desde la que escribimos y todo el adelanto médico y las libertades sociales e individuales que podemos encontrar hoy.

El capitalismo no es el peor ni el menos criminal de los sistemas que hayan existido, pero esta interpretación arrogante es, además, un secuestro que la ignorancia le hace a la historia.

En términos absolutos, el capitalismo es el período (no el sistema) que ha producido más riqueza en la historia. Esta verdad sería suficiente si no consideramos que es tan engañosa como cuando en los años 90 un ministro uruguayo se ufanaba de que en su gobierno se habían vendido más teléfonos móviles que en el resto de la historia del país.

La llegada del hombre a la Luna no fue simple consecuencia del capitalismo. Para empezar, ni las universidades públicas ni las privadas son, en sus fundamentos, empresas capitalistas (excepto algunos pocos ejemplos, como el fiasco de Trump University). La NASA tampoco fue nunca una empresa privada sino estatal y, además, se desarrolló gracias a la previa contratación de más de mil ingenieros alemanes, entre ellos Wernher von Braun, que habían experimentado y perfeccionado la tecnología de cohetes en los laboratorios de Hitler, quien invirtió fortunas (cierto, con alguna ayuda económica y moral de las grandes empresas norteamericanas). Todo, el dinero y la planificación, fueron estatales. La Unión Soviética, sobre todo bajo el mando de un dictador como Stalin, ganó la carrera espacial al poner por primera vez en la historia el primer satélite, la primera perra y hasta el primer hombre en órbita doce años antes del Apollo 11 y apenas cuarenta años después de la revolución que convirtió un país atrasado y rural, como Rusia, en una potencia militar e industrial en unas pocas décadas. Nada de eso se entiende como capitalista.

Claro, el sistema soviético fue responsable de muchos pecados morales. Crímenes. Pero no son las deficiencias morales las que distinguían al comunismo burocrático del capitalismo. El capitalismo sólo se asocia con las democracias y los Derechos Humanos por una narrativa, repetitiva y abrumadora (teorizada por los Friedman y practicada por los Pinochet), pero la historia demuestra que puede convivir perfectamente con una democracia liberal; con las genocidas dictaduras latinoamericanas que precedieron a la excusa de la guerra contra el comunismo; con gobiernos comunistas como China o Vietnam; con sistemas racistas como Sud África; con imperios destructores de democracias y de millones de habitantes en Asia, África y América latina, como en los siglos XIX y XX lo fueron Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Francia, etc.

La llegada a la Luna como la creación de Internet y las computadoras que se atribuyen al capitalismo fueron básicamente (y, en casos, únicamente) proyectos de gobiernos, no de empresas como Apple o Microsoft. Ninguno de los científicos que trabajaron en esos revolucionarios programas tecnológicos lo hizo como empresario o buscando hacerse ricos. De hecho, muchos de ellos eran ideológicamente anticapitalistas, como Einstein, etc. La mayoría eran profesores asalariados, no los ahora venerados entrepreneurs.

A esta realidad hay que agregar otros hechos y un concepto básico: nada de esto surgió de cero en el siglo XIX o en el siglo XX. La energía atómica y las bombas son hijas directas de las especulaciones y los experimentos imaginarios de Albert Einstein, seguido de otros genios asalariados. La llegada del hombre a la Luna hubiese sido imposible sin conceptos básicos como la Tercera ley de Newton. Ni Einstein ni Newton hubiesen desarrollado sus maravillosas matemáticas superiores (ninguna de ellas debidas al capitalismo) sin una plétora de descubrimientos matemáticos introducidos por otras culturas siglos antes. ¿Alguien se imagina el cálculo infinitesimal sin el concepto del cero, sin los números arábigos y sin el algebra (al-jabr), por nombrar unos pocos?

Los algoritmos que usan las computadoras y los sistemas de internet no fueron creados ni por un capitalista ni en ningún período capitalista sino siglos atrás. Conceptualmente fue desarrollado en Bagdad, la capital de las ciencias, por un matemático musulmán de origen persa en siglo IX llamado, precisamente, Al-Juarismi. Según Oriana Fallaci, esa cultura no dio nada a las ciencias (irónicamente, el capitalismo nace en el mundo musulmán y el mundo cristiano lo desarrolla).

Ni el alfabeto fenicio, ni el comercio, ni las repúblicas, ni las democracias surgieron en el periodo capitalista sino decenas de siglos antes. Ni siquiera la imprenta en sus diferentes versiones alemanas o china, un invento más revolucionario que Google, fueron gracias al capitalismo. Ni la pólvora, ni el dinero, ni los cheques, ni la libertad de expresión.

Aunque Marx y Edison sean la consecuencia del capitalismo, ninguna gran revolución científica del Renacimiento y la Era Moderna (Averroes, Copérnico, Kepler, Galileo, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) se debió ese sistema. El capitalismo salvaje produjo mucho capital y muchos Donad Trump, pero muy pocos genios.

Por no hablar de descubrimientos más prácticos, como la palanca, el tornillo o la hidrostática de Arquímedes, descubiertas hace 2300 años. O la brújula del siglo IX, uno de los descubrimientos más trascendentes en la historia de la humanidad, por lejos más trascendente que cualquier teléfono inteligente. O la rueda, que se viene usando en Oriente desde hace seis mil años y que todavía no ha pasado de moda.

Por supuesto que entre la invención de la rueda y la invención de la brújula pasaron varios siglos. Pero el tan vanagloriado “vertiginoso progreso” del periodo capitalista no es ninguna novedad. Salvo periodos de catástrofe como lo fue la peste negra durante el siglo XIV, la humanidad ha venido acelerando la aparición de nuevas tecnologías y de recursos disponibles para una creciente parte de la población, como por ejemplo lo fueron las diferentes revoluciones agrícolas. No es necesario ser un genio para advertir que esa aceleración se debe a la acumulación de conocimiento y a la libertad intelectual.

En Europa, el dinero y el capitalismo significaron un progreso social ante el estático orden feudal de la Edad Media. Pero pronto se convirtieron en el motor de genocidios coloniales y luego en una nueva forma de feudalismo, como la del siglo XXI, con una aristocracia financiera (un puñado de familias acumulan la mayor parte de la riqueza en países ricos y pobres), con duques y condes políticos y con villanos y vasallos desmovilizados.

El capitalismo capitalizó (y los capitalistas secuestraron) siglos de progreso social, científico y tecnológico. Por esa razón, y por ser el sistema global dominante, fue capaz de producir más riqueza que los sistemas anteriores.

El capitalismo no es el sistema de algunos países. Es el sistema hegemónico del mundo. Se pueden mitigar sus problemas, se pueden desmantelar sus mitos, pero no se puede eliminarlo hasta que no entre en su crisis o declive como el feudalismo. Hasta que sea reemplazado por otro sistema. Eso en caso de que quede planeta o humanidad. Porque también el capitalismo es el único sistema que ha puesto a la especie humana al borde de la catástrofe global.

 

 JM, 26 de julio de 2017

 

ESCUTS HUMANS, Y MÉS EFECTES COL·LATERALS

Aquest escrit de Jorge Majfud és del 2006, però amb lleugeres modificacions podría ser d’ahir o d’avui mateix.
ESCUTS HUMANS, Y MÉS EFECTES COL·LATERALS
“Dilluns passat 17, en una elegant taula, el president George Bush, creient-se en la intimitat, li va dir a Tony Blair, que aquell dia lluïa una enorme, polida, anglesa corbata rosada: “what they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh …, and it ‘s over. “(” el que han de fer és obligar Síria a què Hezbollah pari aquesta merda, i llest “) Es referia al nou conflicte, bombardeig, massacre, absurd entre Israel i el Líban , o entre Israel i la guerrilla Hizbollah -aquest punt no és clar. El diari anglès Daily Mirror, escandalitzat, va titular: “Bush, comenci per respectar al nostre ministre”.
En 1941, Erich Fromm psicoanalizaba (en La por a la llibertat) que l’or equival a la merda i la retenció d’aquesta en el nen prefigura el caràcter del capitalisme. Des del punt de vista de la crítica històrica, en alguna cosa té raó el president dels Estats Units: això és una merda. Oh, no siguem tan fins: tot i que els toilettes tinguin aixetes d’or, la civilització encara s’alça sobre els seus clavegueres.
Però anem al punt. Sempre he defensat el dret d’Israel a defensar-se. Mai he dubtat a publicar un assaig, o el que sigui, assenyalant les contradiccions i la malaltia moral de l’antisemitisme. I ho seguiré fent perquè en alguna cosa no puc transar, en alguna cosa sóc intolerant: per sobre de qualsevol secta, per sobre de qualsevol arbitrària divisió, per sobre de qualsevol mediocre i arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classisme, per sobre de qualsevol ridícul sentiment de superioritat de noblesa hereditària, la humanitat és una sola, és una sola raça. Una raça sempre malalta, però l’única que tenim i a la qual no podem deixar de pertànyer, encara que de vegades envegem la vida més franca dels gossos.
Malgrat tot això, mai podré justificar la massacre d’un sol innocent i menys de centenars, sota l’argument que entre ells es troba algun terrorista. Aquesta dialèctica ja està sent disc ratllat, mentre les víctimes -vaja casualitat- sempre són, en la seva gairebé totalitat, els innocents, la massa, els anònims, siguin àrabs o jueus, iraquians o americans, macúas o macondes. De tant en tant mor algun cap aliè, és clar, que serveix per justificar l’èxit de tot l’horror propi.
Qui posa una bomba i mata a deu, a cent persones és un monstre, un terrorista. Però matar centenars d’innocents amb bombes més “intel·ligents”, de lluny i des de dalt ¿resulta potser una proesa del Dret Internacional i del Progrés per la Pau? Els terroristes són criminals per usar escuts humans; i els altres líders (que no sé com anomenar-los) ¿no són igualment criminals en bombardejar aquests “escuts” com si fossin muralles de pedra i no carn innocent d’un poble? Perquè si diem que aquests nens, joves, vells i dones ni tan sols són innocents, estem tan malalts com els terroristes. Amb un toc d’hipocresia, és clar.
Ara, què podem esperar d’un poble bombardejat? ¿Amor al proïsme? ¿Comprensió? És més: ¿podrem esperar un mínim de racionalitat d’algú que ha perdut a la seva família rebentada per una bomba, encara que sigui una bomba carregada de Dret, Justícia i Moral? No podem esperar aquest miracle de cap de les dues parts. La diferència està -suposem- que a un terrorista no li interessa cap tipus de racionalitat i comprensió de l’altra part, mentre que hauríem de suposar que l’altra part apel·la a aquesta facultat humana, si no com a valor ètic almenys com a estratègia de sobreviencia , o de convivència, o d’alguna d’aquestes coses nobles que sempre escoltem en els discursos. Aquesta manca racional de l’odi humà és un triomf del terror. Els qui la creen o l’alimenten són responsables, independentment de si estava primer l’ou o la gallina.
Perquè el nostre pessimisme sigui complet, cada escalada de violència indiscriminada en el món és la millor advertència i la més perfecta excusa perquè altres passats de moda comprenguin el missatge: més val sospitós ben armat que innocent sense armar. Com aquells polítics “democràtics” que obtenen l’obediència cega dels seus seguidors a base a la por de l’adversari, també els terroristes de torn obtenen els seus seguidors d’aquesta sembra d’odi. L’odi és el verí més democràtic en què agonitza la humanitat; sospitem que serà impossible d’extirpar de la nostra espècie, però també sabem que, malgrat la seva desprestigi postmodern, només la racionalitat és capaç de controlar-dins dels reductes infernals del subconscient individual i col·lectiu.
El 1896 Ángel Gavinet en el seu llibre Idearium espanyol va observar, amb escepticisme i amargor: “Un exèrcit que lluita amb armes de molt abast, amb metralladores de tir ràpid i amb canons de gran calibre, tot i que deixa el camp sembrat de cadàvers, és un exèrcit gloriós; i si els cadàvers són de raça negra, llavors es diu que no hi ha tals cadàvers. Un soldat que lluita cos a cos i que mata al seu enemic d’un cop de baioneta, comença a semblar-nos brutal; un home vestit de paisà, que lluita i mata, ens sembla un assassí. No ens fixem en el fet. Ens fixem en l’aparença. “
La meva tesi ha estat sempre la següent: no és veritat que la història no es repeteix; es repeteix sempre. El que no es repeteixen són només les aparences. La meva primera advertència tampoc ha canviat: la violència indiscriminada no només sembra mort sinó, a més, el que és encara pitjor -Odi.
Jorge Majfud 
escrits crítics

​Chomsky, segun ellos

—¿Y Chomsky? ¿Tomaste alguna clase con Chomsky?

—No, ¿cómo se te ocurre? El MIT está allá por el norte. Además, la cardiología no tiene nada que ver ni la lingüística ni con la política. Alguna vez escuché opiniones más bien negativas sobre él…

—¿Por ejemplo…?

—Bueno, varios… —dijo Santiago— Ahora me viene a la mente un comentarista de una cadena de televisión que había dicho que si bien el tal Chomsky era un genio de la lingüística, era más bien un estúpido en política…

—Ya veo —dijo Quique—. Escuché algo parecido de Einstein. “Un genio en la física pero un estúpido en la política”. Tal vez porque era un socialista viviendo en Estados Unidos. Cuanto más una persona ignora la historia de aquel país, más se sorprende de descubrir disidentes y socialistas por allá. La falta de memoria histórica les permite acusarlos de antipatriotas o algo por el estilo. De idiotas, en una palabra, como es el caso de nuestro Eduardo Galeano por aquí. Claro, todo el mundo tiene derecho a equivocarse, incluso los genios. Pero la idea de que Noam Chomsky fue un genio en la lingüística y un estúpido en política supone decir que fue un semiestúpido. Ahora, decir que un genio es un semiestupido solo puede ser dicho por un estúpido completo, alguien coherente y consistentemente estúpido.

—A Quique le perdonan estos exabruptos porque es ciego— dijo alguien al oído del mayor Laprida.

De la novela El mar estaba sereno (Izana, Madrid, 2017)

​USA: ​Reforma, Revolución o Revuelta

En el año 2009, con motivo de la cumbre de naciones en Copenhague, la ONU me solicitó un artículo sobre el cambio climático. La invitación fue extensiva a otros escritores de diversos países que acompañaron, con sus breves reflexiones, artículos más importantes de científicos del área, las que aparecieron originalmente en la revista del organismo, UN Chronicle, y gracias a la cual recibí un tsunami de insultos. Seguramente la misma suerte corrieron todos los demás que participaron en esa publicación y, sobre todo, aquellos profesores y científicos que continuaron advirtiendo sobre la seriedad de esta amenaza. Las acusaciones más recurrentes, al igual que en los comentarios anónimos a pie de artículos, insistían en las incapacidades intelectuales de los científicos y de los profesores en general y en la deshonestidad de los mismos por promover teorías falsas debido a “intereses económicos” de estos “intelectuales idiotas”. Personalmente puedo afirmar que nunca recibí un solo dólar ni por ese artículo ni por ninguna otra opinión sobre el tema. No podemos decir lo mismo de muchos políticos y ni de los grandes medios de prensa encargados de difundir, al mejor estilo Edward Bernays, la suicida e infundada furia negacionista que se ajusta perfectamente a los reales intereses de las multibillonarias petroleras.

Probablemente las actuales tendencias políticas en el mundo desarrollado sean más una reacción contra una tendencia histórica que una muestra de hacia dónde se dirige la historia a largo plazo. Sin embargo, ni las acciones ni las reacciones son inocuas. Todas dejan marca o precipitan fenómenos mayores. Por ejemplo, si los actuales nacionalismos y la llegada a la presidencia de Estados Unidos de un partido Republicano radical es un fenómeno temporal de cuatro u ocho años, eso se podría calificar como “mera reacción” contra mayores tendencias históricas, tales como los logros civiles de las mujeres y de los homosexuales, por nombrar solo dos. No obstante, esa “mera reacción” podría tener consecuencias irreversibles, como los efectos sobre el cambio climático. Sobre todo, si consideramos la gran posibilidad de que otra teoría ya testeada exitosamente en la naturaleza, como lo es la teoría de los Puntos de Inflexión desarrollada por el profesor holandés Marten Scheffer, es cierta. Bueno, en ese caso estaríamos decidiendo hoy la existencia de la humanidad y probablemente el destino de nuestros hijos ya haya sido dilapidado por unos viejitos reaccionarios en el congreso de Estados Unidos que consideran que la historia del cambio climático es una farsa, como la Teoría de la Evolución, promovida por profesores con “intereses especiales”.

Pero el siglo XXI será testigo de una gran crisis global por varias razones. Una de ellas, la de mayor escala, será la crisis climática, con desplazamientos de poblaciones, crisis económicas y conflictos entre grandes masas de pobres en los países más vulnerables. La otra crisis, vinculada pero con raíces propias, será una rebelión de grupos sociales hasta ahora contenidos por las iglesias y los discursos racistas y nacionalistas.

En algún momento, los estadounidenses deberán despertar de la insostenible ilusión de que su frustración dentro del país más rico y poderoso del planeta no se debe a los mexicanos sino lo contrario, por razones que ya analizamos muchas veces. Y si no despiertan, cosa probable a juzgar por la historia, la contradicción social estallará por cualquier otro motivo.

Pero en el fondo la lógica es simple: la gran crisis del siglo XXI será directa consecuencia de la avaricia del 0,1 por ciento de la población más rica, consecuencias que no servirán ni a unos ni a otros, ni a los marginados ni a los insaciables multibillonarios que acumulan la mayor parte de la riqueza de este país inmensamente rico. Si este quiebre se produce (nada nuevo en la historia, si vemos la historia más allá de unas pocas décadas y más allá de nuestros deseos de que el problema no exista) el nuevo Orden no comenzará con un nivel de vida superior a 1960.

No se trata de saber si este gran conflicto estallará en Estados Unidos o no, sino cuándo. ¿Unas décadas más? Quién sabe. Ojalá me equivoque, por mi hijo y por su generación. Sin embargo, observemos que, durante muchas generaciones, durante todo su período de hegemonía, primero regional y luego mundial, este país ha exportado violencia o la invertido en el conflicto racial (como forma de disimular la lógica del conflicto de clases, que no es una prescripción marxista sino una realidad capitalista, como lo demuestran los documentos de los últimos siglos). La idea de que “el otro” es siempre un enemigo, sea doméstico o foráneo. (Mentalidad expresada desde las películas de indios malos y cowboys buenos, de negros degenerados y rubiecitas listas para ser violadas o salvadas por algún miembro del KKK, como en The Birth of a Nation, hasta en las de ciencia ficción, donde los extraterrestres siempre procuran el dominio y la destrucción de la humanidad, mentalidad que explicaría por qué los extraterrestres, supuestamente más avanzados, ni se molestan en contactar con nosotros).

Una vez perdida la hegemonía y los privilegios de poder imprimir papel moneda sin mayores consecuencias negativas para la economía, los conflictos se multiplicarán y una de las dos válvulas de escape de la violencia, la internacional, se cerrará considerablemente. El resultado será un intento de abrirla, un nuevo conflicto internacional, o una mayor presión sobre la válvula doméstica. En este caso, la tradicional violencia contra las minorías (negros, mexicanos, gays, ateos) primero y, finalmente, contra el verdadero origen de la realidad indeseada: la insaciable avaricia de la micro elite multibillonaria. Esta realidad, que caerá como desgracia sobre todas las clases sociales, será precedida por breves y esporádicos conflictos y periodos de calma.

Tenemos, entonces, dos problemas que continúan creciendo y sin voluntad colectiva para encarar sus soluciones. Por el contrario, el actual recurso de mirar hacia el pasado es una forma radical de negacionismo.

¿Cuál podría ser la solución? Me temo que hay una solución y es demasiado radical como para imaginarla a corto plazo, justo cuando los tiempos urgen: la solución es la abolición de los partidos políticos y la instrumentación de una democracia radical, participativa y liberada de fidelidades ideológicas y de la corrupción legal del gran capital, es decir, la erogación de la práctica tribal de la defensa de “paquetes partidarios”, fácilmente manipulables por la propaganda de los poderosos que pueden pagarla, como lo es defender a un mismo tiempo el amor y la no violencia de Jesús junto con las armas, las guerras, el odio al otro, al negro, al pobre y a los despreciables intelectuales y científicos que creen en la demoniaca teoría de la Evolución y en la no menos demoniaca advertencia sobre el cambio climático. Una democracia pragmática, racional y moral en lugar de la vieja, anacrónica y criminal democracia indirecta hecha de alianzas y de intereses partidarios y plutocráticos. Una democracia que hoy funciona perfectamente para el uno por ciento de la población, pero sobre los beneficios del resto que la sustenta con su trabajo y sus creencias todavía hay muchas dudas y discusiones –gracias a la propaganda del uno por ciento.

Reforma, Revolución o Revuelta. Todo depende de cuán cerca estemos del punto de quiebre.

16 de julio de 2017

Les U.S.A.

par Jorge Majfud *

Le pays industrialisé ayant les plus grands problèmes raciaux envers les noirs, est le pays qui a porté un noir à la Présidence et toute une famille de noirs à la Maison Blanche.

Le pays, comme peu d’autres, qui a discriminé les noirs tout au long de son histoire, est le pays où on ne peut pas prononcer le mot noir sans le risque d’offenser les noirs.

Le pays où les droits et les possibilités de travail pour les femmes ont atteint des niveaux historiques, est le pays qui n’a jamais eu une présidente ou une vice-présidente.

Le pays qui a inventé des villes de gratte-ciel définit son style de vie par ses maisons individuelles entourées d’arbres et de larges savanes, tandis que les descendants des africains qui habitaient les forêts chaudes de l’Afrique se concentrent maintenant dans les centres les plus urbains de villes froides à gratte-ciel.

Le pays dont la culture africaine, comme le blues ou le rap, se distingue par sa tristesse ou par sa rébellion triviale, provient de cultures africaines qui en Afrique et aux Caraïbes se distinguent par leur joie. La douleur distinctive de cette culture et la violence qui ne libère pas, comme la religion, la langue, l’idéologie et tout ce qui ne se réfère pas à la biologie des noirs des États-Unis d’Amérique provient de l’Europe. Raison pour laquelle les afro-américains devraient s’appeler euro-américains, si nous ne prenions pas en considération quelque chose d’aussi superficielle que la couleur de la peau.

Le pays qui a l’une des villes ayant le plus de problèmes de violence par armes à feu qui s’appelle Philadelphie, ce qui signifie amour fraternel.

Le pays où ses patriotes les plus conservateurs ont imposé l’idée que leur pays est fondamentalement chrétien et conservateur a été fondé par une poignée d’hommes politiques et de philosophes cultivés, anarchistes, révolutionnaires et pour le moins laïques, séculiers ou agnostiques.

Le premier pays du monde qui est fondé sur la base du sécularisme, de la séparation de l’État et de la religion, est le pays d’Occident où la religion est la plus omniprésente et décisive dans la société, dans la politique et au sein du gouvernement.

Le pays où la loi s’applique avec le plus de rigueur, où l’autorité est la plus respectée, où les citoyens communs sont les plus respectueux des règles, des normes et des droits d’autrui, est l’un des pays qui a violé le plus fréquemment et le plus gravement les lois internationales.

Le pays où on déteste le plus avoir un gouvernement qui se mêle de la vie privée des citoyens, est le premier pays où a été mis en pratique l’espionnage panoptique de la vie privée de ses citoyens et où les citoyens réclament du gouvernement un contrôle plus strict des personnes suspectes, qui s’avèrent être toutes celles qui sont d’accord pour ce type de gouvernement.

Dans les états les plus industrialisés du pays le plus industrialisé du monde, vivent les Amish, qui circulent sur les autoroutes avec leurs carrioles tirées par des chevaux. Tout pour ne pas être contaminé par les contradictions du monde industrialisé.

Le pays qui a l’intellectuel vivant le plus cité au monde, et seulement moins cité que Marx parmi les morts, Noam Chomsky, est systématiquement critiqué par son intellectuel le plus reconnu et cité dans le monde.

Le pays qui a l’habitude de rafler les prix Nobel, le pays qui monopolise les rankings des meilleures universités au monde, le pays qui a le plus contribué par ses inventions, découvertes et théories fondamentales pendant plus d’un siècle, est le pays qui a la population la plus ignorante en géographie, en histoire, en mathématiques, en philosophie, en physique et en tout ce qui a un lien avec une connaissance sophistiquée.

Le pays qui a plus de médailles olympiques de l’histoire, qui a accumulé le plus de records aux jeux d’hiver et d’été, est le pays où les gens circulent le plus et marchent le moins, c’est le pays du monde ayant le plus de problèmes d’obésité.

C’est aussi le pays où les pauvres souffrent d’obésité et les riches et les éduqués semblent affamés.

C’est le pays où un hamburger avec des frites et un Coca-Cola coûte 5,99 dollars, et sans Coca-Cola, la même chose coûte 6,35.

C’est le pays dont les états plus libéraux, ceux du nord-est, sont des états catholiques et dont les états plus conservateurs, ceux du sud, sont des états protestants.

C’est le pays où ses religieux les plus conservateurs et qui enseignent le plus la religion de l’amour de Christ et tendre l’autre joue pour la non violence, sont ceux qui avec le plus de véhémence défendent le droit à porter des armes, ont des clubs de chasse, des puissantes associations de tirs, sont les seuls à justifier les bombes de Hiroshima et de Nagasaki et les premiers à promouvoir des interventions militaires dans d’autres parties du monde, et n’ont pas compris en quoi consiste l’amour.

C’est le pays avec la plus grande influence politique du monde et dont les habitants et votants s’intéressent le moins à la politique séculière.

Le pays qui est le plus intervenu dans des gouvernements étrangers au siècle dernier, est celui où ses habitants ignorent le plus des concepts basiques d’histoire et de géographie, que ce soit du monde ou de leur propre pays ; c’est le pays où (peut-être n’est-ce pas un hasard) la matière appelée géographie n’existe même pas dans ses écoles secondaires.

Le pays grâce auquel le monde entier fête le plus universel jour férié des travailleurs, ne fête ni ne commémore ce jour si ce n’est un jour plus abstrait et impersonnel, le jour du travail, autre jour pour ne pas mentionner les innombrables.

Le pays qui est vénéré pour sa culture du travail, ne fête pas ses travailleurs, mais se souvient deux fois par an des soldats tombés durant les guerres. Parce que les guerres et la destruction sont plus importantes que le travail et la construction pour défendre la liberté. La liberté des gens qui n’ont pas besoin de travailler.

C’est le pays qui a globalisé la contradiction radicale du narcissisme voyeuriste, principale caractéristique de la génération virtuelle.

C’est le pays qui a réussi à remplacer la politique et l’idéologie par l’économie, ce qui signifie un triomphe absolu politique et idéologique à une échelle mondiale.

Ce pays est, aussi, le pays le plus critiqué du monde, par ses propres citoyens et par autrui, et c’est, en même temps, le pays le plus imité. Surtout, par les pays émergents, selon la définition de submergés développée par le pays émergé.

 

Jorge Majfud *

 

* Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de lAmérica » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

El cromañón que todos llevamos dentro

Aunque las religiones y los partidos políticos poseen múltiples dimensiones existenciales, una de ellas es el impulso tribal que está más desnudo en las competencias deportivas, sobre todo en las más populares, es decir, aquellas donde dos tribus, casi siempre representadas por un tótem (la mascota) se enfrentan en una batalla simbólica por el territorio y por la presa (el balón), como lo es el fútbol, tanto en su versión estadounidense como en su versión más civilizada que aquí llaman soccer o fútbol de mujeres y que el resto del mundo llama fútbol.

Este impulso primitivo, que estructura la vida contemporánea, básicamente se podría resumir en dos: (1) la necesidad de pertenecer a un grupo y (2) la complementaria necesidad de atacar al grupo adversario. La dinámica defensa-y-ataque resulta en una cultura de Partidos (partidos en dos) donde hasta la más radical pluralidad de ideas y practicas terminan, tarde o temprano, reagrupándose en dos grupos antagónicos. Si esos grupos son partidos políticos participando en elecciones, generalmente se repartirán los votos de forma más o menos equilibrada. Si uno de ellos saca un diez o veinte por ciento de ventaja en una elección en un sistema tradicional de democracia liberal, en la próxima, invariablemente, la ventaja se reducirá o se invertirá.

Algo tan simple se sublima en nuestra civilización de diferentes maneras: los programas televisivos con contenido político pueden luchar por cierta objetividad, pero de una forma o de otra (a veces de forma explícita e intencional, como Fox and Friends Democracy Now!) van a reforzar los intereses ideológicos, narrativos de un determinado grupo atacando al otro sin que haya necesariamente un interés real y concreto (económico, por ejemplo) que sería la primera explicación del pensamiento marxista. Dimensión que no está excluida, sino que interactúa y se superpone al impulso tribal. Ello explica la pasión de los militantes y votantes aun cuando su partido o su religión lo están perjudicando psicológica y materialmente. Así, la lanza y el garrote fueron reemplazados por la narrativa proselitista, por lo menos desde las primeras religiones que prescribían el celo teológico y tribal en beneficio de unos pocos.

Tarde o temprano, las disputas sociales tienden a dividirse en dos posiciones antagónicas. Hay tesis y antítesis, pero no síntesis.

El pensamiento corporativo tiene sus efectos en la propia dinámica tribal. Por lo general es una corporación ideológica donde los beneficiados no son la mayoría o aquellos grupos que la defienden con pasión –y en ocasiones con sus vidas, como es el caso de las guerras y de los conflictos civiles.

Esta dinámica puede tener, en el mejor de los casos, una justificación en la acción: si los poderes están desbalanceados, si el objetivo de mi grupo es destronar o erosionar el poder del adversario, podría suceder que pretender aparecer como neutral criticando a unos y a otros por igual, resulte artificial y en favor del más fuerte. Lo que a veces se ve como traición bien puede ser una forma razonable de pragmatismo. Sólo resta saber si es justo o injusto y queda por determinar de qué lado estamos, si le quitamos poder al débil o al poderoso.

Veamos un ejemplo concreto e ilustrativo. La derecha conservadora de Estados Unidos, antes representada en el partido Demócrata del Sur, desde hace varias décadas se ha reagrupado e identificado con el partido Republicano. ¿Cuál sería el perfil razonable de un conservador estadounidense? En primer lugar, sería un hombre o mujer religiosa, un cristiano protestante, para ser más exactos. Pero como los conservadores han estado de una forma u otra en el poder político, hay otros actores: las grandes corporaciones (como las compañías cuyo primer y normalmente único objetivo son las ganancias a cualquier coste) y los lobbies poderosos como la Asociación Nacional del Rifle. (Dejemos de lado las hipócritas y lacrimógenas donaciones de estas corporaciones, como McDonald’s, la Coca-Cola o las tabacaleras.)

Por razones de intereses tenemos, por lo menos, tres grupos: las Iglesias dueñas de Dios, los grandes negocios y lobbies como la ANR. Considerando el espíritu de partido (o impulso tribal) esos grupos y cualquier otro grupo que se integre por compartir intereses económicos y de poder comenzarán a defenderse unos a otros y, poco a poco, irán compartiendo sus principales causas. De esa forma, se llega al aparente absurdo de que cuánto más religiosa es una persona en Estados Unidos, cuanto más seguidor de un líder espiritual llamado Jesús (profesor del Amor democrático hasta para los enemigos, que cuestionó las riquezas del rico, se rodeó de pobres y marginados de todo tipo, perdonó adúlteras y le reprochó a sus discípulos el uso de la violencia en lugar de ofrecer la otra mejilla, condenado a la pena máxima por subversión contra el Imperio de la época y sus acomodaticios alcahuetes) terminan siendo los más fervientes amantes de las armas, de la riqueza de los más ricos y poderosos, de la pena de muerte y del desprecio de los pobres como síntomas del pecado o, mejor dicho, como prueba del desprecio de Dios a su propia creación y de su propio espíritu tribal. De la misma forma, la actitud de conservación de la naturaleza, en contradicción con los intereses económicos de las petroleras y otros grandes grupos económicos, terminarán siendo atacadas por igual por todos aquellos integrantes tribales sin importar que se trate de cristianos compasivos, espirituales y anti materialistas.

Cada grupo terminará mimetizándose ideológicamente, aunque las raíces morales e históricas de sus clubes sean estrictamente las contrarias. De esa forma, un miembro pobre de la tribu es capaz de defender con dientes y uñas la necesidad de recortar los impuestos a los ricos y eliminar sus propios beneficios de salud al tiempo que sale con carteles y con insultos racistas (en el mejor de los casos) a manifestarse contra otros pobres de otras tribus, como los inmigrantes mexicanos sin papeles.

Claro, se dirá que el mismo análisis se puede hacer con los grupos de izquierda, y que no lo he hecho porque me simpatizan más éstos que aquellos. Sin duda el mismo análisis se puede hacer sobre cualquier otro grupo y, sí, puede ser que elegí a los conservadores de Estados Unidos porque son mis antagónicos. Puede ser, eso no es problema ni invalida el ejemplo ni el análisis. Ahora, es precisamente aquí cuando pasamos al resto de a realidad.

Las divisiones de izquierda y derecha son parte de esta naturaleza. El error, creo, radica en que sugieren una relación horizontal de poder social, “igualitaria”, casi neutral, donde todo se reduce a una cuestión de opiniones tribales que los individuos atribuyen a su propia libertad individual.

Pero la realidad humana no es un simple partido de futbol, aunque sea prisionera de su dinámica. Hay otras razones, otras realidades más profundas que se aprovechan de ese primitivo impulso que es más poderoso que el sexo en la vida social. La realidad también existe y si hubiese que resumirla en una palabra tal vez esa sería “intereses”. Intereses económicos, intereses de poder.

Teniendo en cuenta estas dos dimensiones hasta aquí resumidas, quizás una clasificación ideológica más objetiva sería, en lugar de izquierda yderecha, una visualización de arriba y abajo, los ricos y pobres, poderosos y sin poder, los narradores del poder y los consumidores de narraciones, todo presentado por la distorsión del antiguo y casi invencible antagonismo de Nosotros, los buenos, y Ellos, los malos, independientemente de la objetiva realidad de los privilegiados y los desposeídos, los opresores y los oprimidos (¿Acaso no hay santos y criminales unidos por la bandera del Real Madrid?).

Sobre esta visualización de la realidad queda por determinar lo que es justo y lo que no lo es, sobre lo cual cada uno tiene su propio juicio.

Pero eso ya es harina de otro costal.

JM, junio 2017