El deseo

Esta historia no la inventé yo. Es una historia que antiguamente se contaba de muchas formas, pero siempre contaba, más o menos, lo mismo. Luego, por la urgencia de los últimos siglos, cayó en el olvido. Como las historias que importan, tal vez no sea cierta, pero es verdadera.

Cuentan que hace dos mil quinientos años había un hombre muy bueno que una noche oscura recibió la visita de Dios. No pudo verlo, pero pudo escucharlo.

El hombre se asustó porque la voz no era de este mundo. Enseguida supo que era Dios que había escuchado sus plegarias y había, por fin, decidido hablarle.

El buen hombre había enfermado y se encontraba solo, abandonado, por lo que Dios le ofreció cumplirle un deseo.

Su corazón se agitó, pero antes de que dijese nada, Dios continuó: “Siempre has sido un hombre compasivo. En tus oraciones nunca han faltado los hombres y las mujeres de tu aldea. Así que, todo lo que pidas para ti, se lo daré dos veces a cada uno de ellos”.

El hombre enmudeció y, luego de pensarlo un instante dijo:

“Está bien. Quítame un ojo”.

 

 

JM, Mayo 2018

 

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Caribeños inmigrantes en el Cono Sur

Cómo los pobres siempre sacan lo peor de nosotros mismos

 

Después de la ola neoliberal de los 90, que prometió modernizar y terminar con la corrupción (de los neoliberales anteriores) en los países del Sur, y después que terminase, como suelen terminar estas promesas, “realistas y responsables”, en una catástrofe financiera, económica, y, sobre todo, social, Argentina y Uruguay desangraron una gran parte de sus poblaciones.

En el 2002, casi no tenía compañeros de la universidad que no estuviesen planeando buscar trabajo en Europa o en Estados Unidos. La mayoría emigraron antes que mi esposa y yo. Por entonces, éramos profesionales jóvenes y de un día para el otro habíamos perdido nuestros clientes y en los trabajos públicos, como en mi caso en la educación, no era raro trabajar cinco o seis meses sin recibir un sueldo completo. Nuestra heladera era blanca por fuera y por dentro. No pocas veces, y por no recurrir, por dignidad, al auxilio de algún familiar o de algún préstamo, nos íbamos a dormir con el estómago vacío.

Al igual que Argentina, Uruguay siempre fue un país de inmigrantes, con una fuerte conciencia personal y cultural de que nuestras raíces estaban en otros países lejanos. Pero por entonces, se había convertido, otra vez, en un país de emigrantes.

Por algún tiempo, esta emigración masiva, aunque nada en comparación con los países centroamericanos, aparte de aliviar la presión social y económica de la desocupación, aportó millones de dólares en remesas que palearon en algo de la Gran crisis, detalle que hoy se encuentra totalmente en el olvido gracias a una larga prosperidad de más de quince años y una aún más larga campaña de descrédito político y olvido histórico. Uno se acostumbra rápido a cualquier mejoría.

Desde hace por lo menos cuatro o cinco años, aunque en una escala menor, Uruguay ha vuelto a ser un país receptor de inmigrantes, sobre todo de algunos países andinos y de la región del Caribe. Aunque no masiva (como a principios del siglo pasado, cuando casi todos llegaban escapando de las tragedias y de la pobreza de Europa o de Medio Oriente) ahora muchos cubanos, venezolanos, dominicanos y de otros países tropicales han decidido emigrar a los inviernos fríos de Uruguay.

Ese es el caso de Elizabeth, una madre dominicana que desde hace cuatro años envía parte de su magro salario a sus hijos en República Dominicana. El 4 de mayo de 2018, sus hijos tomaron un avión con una de sus amigas y llegaron al aeropuerto de Carrasco a la medianoche. Allí un funcionario observó que sus visas de entrada habían sido emitidas 63 días antes, es decir, estaban tres días vencidas, ya que la entrada debió realizarse dentro de los 60 días establecidos por la ley del país. Este funcionario, al parecer, desconocía la ley internacional, la misma que suelen desconocer los funcionarios de aduana en Estados Unidos y en varios países de Europa: nadie puede detener a un menor de edad en una frontera procedente de un país no limítrofe. Este tema ya lo analizamos años atrás con respecto a la crisis de 2014 en la frontera de México y Estados Unidos.

El funcionario de inmigración de Uruguay devolvió a los dos menores, de 13 y 16 años, a la Republica Dominicana. Con un sentido humanitario básico, el gobierno uruguayo revertió esa decisión, invitando a los dos adolescentes a volver al país para reunirse con su madre, la que no ven desde hace cuatro años. Como el gobierno teme la crítica de la oposición (algo para nada negativo), no se hizo cargo de los pasajes, lo cual tampoco hubiese sido absurdo (considerando que el error fue realizado por un funcionario del gobierno) sino que solicitó a la aerolínea que se haga cargo del costo, seguramente irrelevante para cualquier compañía aérea que suele volar con asientos vacíos.

El hecho y la decisión del gobierno uruguayo desataron una ola de insultos racistas y xenófobos en la clásica sección al pie de página del principal diario conservador de ese país, es decir, en esas secciones frecuentemente cloacales que los diarios del mundo reservan como vomitaderas de las frustraciones personales de millones de individuos.

Aunque, como lector, evito rigurosamente pasar del final de cada artículo, ya sea informativo o de opinión, para no encontrarme con los comentarios anónimos, por alguna razón terminé en esas redes subterráneas. En pocas palabras: por lo menos el noventa por ciento de estos comentarios eran abiertamente racistas y xenófobos. Ninguna sorpresa, ¿verdad? Lo mismo está ocurriendo con los inmigrantes haitianos en Chile. Demasiado negros y demasiado pobres como para no perder la paciencia y no sacar a relucir alguna buena razón de indignado –por razones equivocadas, claro.

Me quedé reflexionando en este simple hecho. Normalmente le digo a mis estudiantes en Estados Unidos que, si bien en todos los países del mundo existe racismo y xenofobia, la diferencia significativa está en el grado de esas enfermedades humanas. Es muy difícil comparar el grado y la brutal historia racista de Estados Unidos con la de muchos otros países, como Uruguay y Argentina, por citar sólo dos ejemplos, donde el clasismo siempre fue más importante que el racismo. En esos países existe un racismo estructural, mientras que el racismo ideológico, más fácil de encontrarlo en Europa o en Estados Unidos, es mucho menor. En el Sur no tenemos fuertes grupos neonazis ni organizaciones como el Ku Klux Klan ni presidentes como Donald Trump, aunque tengamos otros líderes igualmente enfermos.

Sin embargo, leyendo los pies de página de los diarios conservadores de Uruguay o de Argentina, cualquiera diría que el 95 por ciento de la población de esos países es racista, no sólo de forma inadvertida sino de forma totalmente consciente, es decir, racistas ideológicos. ¿Podría ser esta una conclusión razonable?

Al menos que estudios serios en la materia me muestren lo contrario, yo diría que esta afirmación no tiene ningún sentido.

¿Entonces?

Bueno, entonces la explicación es la misma que hemos sugerido para explicar las olas fascistas, racistas, xenófobas y nacionalistas en el mundo rico (ya no me atrevo a decir “desarrollado”): las nuevas tecnologías de las redes sociales, de la interacción anónima y directa han amplificado por mil, por millones lo peor de la naturaleza humana. No lo mejor. Aquellos que están en paz consigo mismos no se toman tanto tiempo tratando de escupir, vomitar y defecar en el muro del vecino. En su abrumadora mayoría, los comentarios anónimos y algunos no tan anónimos a pie de página, la mayoría de las reacciones que se ven en las redes sociales como si fuesen sustitutos de la antigua ingesta de alcohol (cuyas consecuencias no pasaban del ámbito doméstico) son millones de horas de trabajo gratuito de gente que se siente frustrada, desesperada, desesperanzada, desestimulada. Cada adjetivo denigrante, como el clásico estadounidense “loser” (“perdedor”), debe ser entendido como una profunda confesión psicoanalítica ante el espejo de quien lo escribe.

¿Alguien puede siquiera imaginar que esta práctica, que esta nueva realidad reproducida de forma exponencial no iba a tener una traducción social y política en cada país? ¿alguien todavía se pregunta por qué este estado de fascismo e intolerancia que vive el mundo hoy?

Sí, las utopías han muerto. Al menos por ahora. Viva la cloaca.

JM

 

 

Por que simplesmente não copiamos os Estados Unidos?

Algumas semanas atrás, tive o gosto de visitar a Freie Universitat de Berlin para dar uma palestra e, de passagem, aceitar um velho convite da Deutsche Welle (a televisão pública alemã que costumava ver quando criança, não sem um certo sagrado pavor, com seus programas dedicados a pintores, escultores e todo tipo de gente rara mas fascinante).

O edifício em que atualmente funciona o Lateinamerika-Institut da Freie Universitat foi um projeto de Max Taut e Franz Hoffmann, duas celebridades da Bauhaus. O espírito da escola de Weimar, a única na história moderna, só se sente, e com intensidade comovedora, ao caminhar por seus corredores .

Os nazistas a fecharam nos anos 1930, por considerá-la um reduto de degenerados e mais ou menos isso também pensava Stálin da arte de um comunista chamado Pablo Picasso. Não obstante, enquanto a destrutiva história do Terceiro Reich já morreu, ou quase, a desaparecida Bauhaus ainda vive nas coisas que nos rodeiam. Embora não saibamos.

A viagem de egresso foi esgotadora, como sempre. No moderno aeroporto de Dublin, tive que esperar horas infinitas. Em uma mesa de um café que estava fechado, às 2:30 da madrugada, comecei a ler os jornais no meu velho tablet.

Até que um senhor grisalho que estava passando reconheceu a página de um jornal argentino.

— Argentino? — perguntou.

— Não. Uruguaio.

Mais pra baixo do Brasil e mais ou menos a mesma coisa. Sentou-se na cadeira vazia e se apresentou. Não me lembro de seu nome; naquele momento me debatia entre ir pedir outro capuchino ou dormir sentado.

— Gosto muito do Uruguai — disse, antes de esclarecer quem era e o que pensava da América Latina e do mundo. Embora os uruguaios tenham um governo socialista, ou algo assim, não lhe caia mal. Pelo menos não são corruptos.

Os uruguaios somos o garoto tranquilo da rua.

O homem grisalho era, ou tinha sido, um vereador na província de Buenos Aires. Em menos de uma hora me informou sobre toda a corrupção do governo anterior, da limpeza do atual, das decisões difíceis que tinham que tomar na província e no país para por ordem nas coisas.

— Ontem, o governo anunciou que vai liberar o preço da gasolina para que flutue de acordo com a hora e as localidades. Dessa forma, cada posto de serviço poderá fixar o preço de acordo com a demanda, como nos Estados Unidos. O que você acha?

— Não sei, mais isso de liberar me parece bom.

— O melhor, como sempre, é copiar os estadunidenses. O que você acha do sistema de preços dos combustíveis deles?

— Não sei, repeti, me parece divertido ter que ir de um lado para outro procurando economizar uns centavos. Dá essa sensação de liberdade que a gente tem quando atravessa o Vale da Morte. Lá, parece que funciona.

— Não duvide — disse o homem grisalho —. Nós deveríamos copiar os americanos.

— Algumas coisas. Como PBS, a televisão pública. Ou como os sanitários na Alemanha.

— Como?

Em Berlim os sanitários têm o tanque de água com dois botões. Um botão para cada necessidade. O um e o dois. Assim se economiza água. Vi também no Oriente Médio, faz já um quarto de século. Aprender algumas coisas concretas me parece razoável. Agora, copiar… Copiar literalmente… é um suicídio.

— Não, imagine! Se tivéssemos copiado os ianques muito antes, hoje seríamos como eles!

— Não o fizemos antes? Com resultados diferentes. Contudo isso tem muitas faces. Como por exemplo, a ideia de êxito.

— Não. Não dê muita corda à coisa ou vai ter enjoo.

— Bom. Suponhamos que êxito é ter dinheiro e ser famoso. Mesmo assim, seja qual for, a cópia ignora as características culturais de cada povo, o que faz com que cada cópia seja sempre imperfeita, até mesmo ridícula, e com consequências imprevisíveis.

— Não, não. Você está complicando muito. As coisas são bem mais simples.

— Tá bom, esqueça o anterior. Porém, pense que, para ser um dia tão próspero como os Estados Unidos, a Argentina terá que copiar alguma coisa que Estados Unidos nunca deixarão que copiem.

— Como por exemplo…

— Primeiro, Argentina teria que se converter num Império.

— Ah! Tinha que ser. Esse discursos dos anos 1960. Porém, o mundo mudou.

— Sim, claro, mas nem tanto. O Império estadunidense ainda está aí. Chamemos de hegemonia, para que não se sinta incômodo. Cultura hegemônica, capitais hegemônicos, ideologia da não ideologia, como a do livre mercado…

— Vocês, os esquerdistas (te falo com respeito), se perdem num emaranhado de argumentos.

— Oi… talvez você não tenha acompanhado meu raciocínio, eu não me sinto perdido.

— Puras abstrações. Poderia me dar um exemplo concreto disso que chama imperialismo?

— Vejamos dois. Primeiro, Argentina teria de construir umas cem bases militares em cada continente. Inclusive umas duas ou três em Miami e outras tantas em Oregon. Segundo, o peso argentino deveria ser a divisa global dominante. Percebe que cada vez que os países latino-americanos se veem com problemas econômicos, imprimem ou desvalorizam sua moeda?

— Repúblicas bananeiras.

— Sim, Há umas tantas. Porém, Europa e Estados Unidos não fizeram nada muito diferente. Para sair da crise de 2008, o FED inundou o mundo com um tsunami de dólares. Entre 40 e 50 bilhões desses papeizinhos verdes invadiram o mercado a cada mês, durante muitos anos. Sim, já sei, não é só imprimir. Por isso chamam de “expansão quantitativa”, “compra de bônus”. Houve alguma explosão inflacionária por causa desse “bananismo” monetário? Claro que não. Isso ocorre nos países periféricos. Não no país que possui a divisa global. O desastre é repartido (com o perdão da palavra) globalmente. Sempre me pergunto o que acontece com as poupanças de um humilde trabalhador ou um pequeno empresário, seja na Índia, na Argentina ou na Califórnia, quando o FED imprime mais papel moeda. Não há, por acaso, uma transferência dos valores dessas poupanças para os novos papeizinhos verdes que vão para as mãos de outras pessoas, começando por aqueles que o imprimem? Se não, de onde procede o valor desses novos papeizinhos verdes, uma vez que sequer estão lastreados em ouro?

— Isso, pergunte a um economista.

— Seria melhor. Não obstante, seja qual for a resposta, é evidente que não é tão fácil copiar para ficar parecido. Sempre sobram alguns detalhes, não é?

O homem grisalho suspirou, cansado. Acho que já era umas quatro da madrugada. Levantou-se, comentou algo sobre o Barcelona, Messi, Suárez, de desejou boa viajem, e foi embora arrastando sua mala.

 

*Jorge Majfud é escritor uruguaio-estadunidense, autor de Crisis e outras novelas. Original da Alainet.

 

Documentos desclasificados

Cuando descubrimos tantos miles de documentos desclasificados que prueban la implicancia de las agencias de inteligencia de las potencias mundiales en crímenes contra la humanidad materializados muchos años atrás (​ahora, cuando la verdad deja de ser peligrosa o ya no importa, cuando las distracciones banales son más poderosas que la conciencia moral) nuestra confianza en el poder de la investigación se consolida. Por allí aparece un nombre, una frase, un párrafo tachado con tinta negra, pero confiamos que el documento existe y algún día será ofrecido al público con toda la crudeza del original. Pocas cosas tan concluyentes como las confesiones de parte (las víctimas no son un testimonio confiable) y pocas tan convincentes como el orden lógico de los eventos históricos. Aunque el mundo nunca fue algo justo, al menos, asumimos, la verdad aguarda en algún rincón oscuro para ser revelada.

Entonces, ese optimismo mínimo no nos deja ver que, si un gobierno pudo conspirar para destruir otro gobierno, para levantar falsas banderas por todas partes, para crear seudo enemigos contra sus enemigos reales, para llevar a los países a masacres, a golpes de Estado, a guerras civiles que cobraron la vida de miles y de cientos de miles de personas y encima culpar a alguien más por la tragedia, ¿cómo podrían tener la decencia de conservar todos los documentos que los implican, para que los investigadores del futuro logren probar que los siempre buenos de este mundo eran criminales más hipócritas de lo que cualquier cínico hubiese podido imaginar? ¿De dónde provendrá semejante ingenuidad, sino de las mayores organizaciones criminales del mundo que, por lógica, llevan otros nombres?

Si el Demonio gobernase el mundo, ¿lo llamaríamos Demonio o Nuestro Ángel de la Guarda?

 

JM, mayo 2018

 

A grande revolução do século XXI

Tradução de André Langer.

Semanas atrás, publicamos algumas breves reflexões sobre “A grande crise do século XXI”. Um problema de menor monta é que nos acusam de sermos dramáticos, grandiloquentes e apocalípticos. Tudo isso é irrelevante, esquecível. Correndo o risco de nos equivocar, como todos, como em tudo, nossa obrigação é proporcionar uma visão geral sobre os problemas mais importantes que podem afetar a humanidade no tempo presente e nos tempos vindouros, embora a essa altura já não estejamos mais caminhando sobre este belo planeta, nem estaremos mais desfrutando desse maravilhoso e tão desvalorizado milagre de estarmos vivos.
Para mim, não há dúvida. A grande crise planetária que a humanidade e o resto das espécies neste planeta enfrentarão continua focada no problema socioecológico. As duas bombas-relógio que indicávamos no artigo anterior (a perigosíssima e insustentável concentração de riqueza, mero sequestro do progresso humano por uma elite financeira, e a próxima aceleração das mudanças climáticas), ambas unidas por um sistema social e econômico baseado no consumo e no desperdício (“A pandemia do consumismo”, 2009), serão detonadas pela próxima grande revolução tecnológica, sem dúvida com um impacto maior do que aquele que a internet produziu.
Refiro-me à Inteligência Artificial.
Há 10 anos, observávamos que “enquanto as universidades conseguem fazer robôs que são cada vez mais parecidos com os seres humanos, não apenas por sua inteligência comprovada, mas agora também por suas habilidades de expressar e receber emoções, os hábitos de consumo estão nos tornando cada vez mais similares aos robôs”. A mesma ideia está no livro Cyborgs (2012), mas vem do meu segundo livro Crítica de la pasión pura (1998).
Obviamente, por “robôs” eu estava me referindo a um conceito que, até então, não tinha o desenvolvimento que tem agora: a inteligência artificial (IA). O tempo confirmou esse pessimismo e me corrigiu em alguns otimismos da mesma época sobre a democracia direta derivada de comunidades online (embora, quem sabe, talvez ainda seja possível).
Atualmente, os robôs estão comendo milhões de empregos e, no entanto, isso não parece ser nada em comparação com a revolução da inteligência artificial. Os robôs só serão perigosos para os trabalhadores se os benefícios de sua eficiência continuarem sendo concentrados nos “donos dos meios de produção” (perdão pela terminologia marxista) e não chegarem aos trabalhadores, que contribuíram com seu trabalho e seus impostos para que todo esse conhecimento pudesse se desenvolver nas universidades.
Os professores não recebem seu salário apenas das mensalidades e dos impostos (no caso das universidades públicas), mas enquanto se dedicam à pesquisa e à especulação, a invenções que deixarão nossos beneficiários sem trabalho, outros (os beneficiários) se curvam sob o sol nos campos, cultivando e colhendo alimentos ou erguendo e abaixando caixas de frutas que depois compramos quase sem esforço em aclimatados supermercados.
Mas nem mesmo os inventores nem os professores que participaram do processo se beneficiaram – nem se beneficiarão – economicamente desses feitos da alta tecnologia como fizeram – e continuarão a fazer – os sequestradores, os “gênios” dos negócios, que, mais do que inventar algo, simplesmente embolsaram os lucros. Como sempre, os donos do dinheiro ganharão mais dinheiro e serão reverenciados pelos avanços de nossas sociedades. Enfim, essas besteiras de que graças ao bom Bill Gates ou a algum outro bilionário, temos internet e computadores, etc.
Voltemos ao ponto central. As Inteligências Artificiais não são como os robôs, meros braços efetivos, mas cérebros implacáveis que já estão sendo usados em grandes companhias e corporações do mundo desenvolvido. Elas quase nunca estão em robôs, como o Terminator, mas em espaços virtuais, o que as torna ainda mais temerárias. Logo serão capazes de entender os seres humanos melhor do que qualquer psicanalista e, obviamente, não precisarão de 20 anos de terapia.
Atualmente, a inteligência artificial já está sendo usada para ler os currículos dos candidatos a emprego e é capaz de selecionar os melhores candidatos com base em previsões: Maria vai renunciar em dois anos; José vai pedir um aumento de salário antes do terceiro ano, etc. É claro que em breve nem Maria nem José serão necessários para cuidar de crianças ou de idosos porque a IA pode fazer isso muito melhor e cometendo menos erros.
O que em princípio pode ser celebrado pelos otimistas por seu inquestionável aumento da repetida, até o aborrecimento, efetividade, tem seu lado tenebroso. Os robôs inteligentes não precisam ser maus para organizar o Mal. Basta que sirvam aos poderosos, como qualquer outra inovação anterior, sejam eles governos despóticos ou megaempresas (despóticas e manipuladoras, como qualquer grande companhia, como mostra a história).
Poderíamos dar cem exemplos, mas, por razões de espaço, consideremos um simples aspecto. Durante milhares de anos, todos nós levamos a nossa privacidade para passear por todos os lugares públicos para onde vamos. Com a inteligência artificial, essa privacidade será automaticamente dissolvida. O reconhecimento facial pode não apenas detectar mentirosos ou a orientação sexual (isso não é especulação; já está acontecendo de forma inadvertida pelo público), mas muito rapidamente qualquer IA poderá determinar em poucos segundos que ideias políticas, sociais, religiosas e sociológicas temos, seja lendo um simples CV [Curriculum Vitae], um texto, um artigo, uma carta ou escaneando o nosso rosto. Não será algo muito difícil de perceber, considerando o que já está sendo feito.
Consequentemente, os dissidentes dessa ordem infinitamente opressiva não terão armas tradicionais, mas armas baseadas em IA ou similares. Elas serão os hackers do futuro e, como no passado, os guerrilheiros idealistas e os criminosos comuns, todos colocados no mesmo saco por aqueles que ostentarão o poder dos deuses (ou dos demônios).
Essa luta terminará em uma negociação pacífica? Bem, isso nunca aconteceu na história, salvo exceções, como o direito a oito horas de trabalho, etc. Em uma restauração violenta da liberdade e dos direitos individuais de todos, mais ou menos como na RevoluçãoFrancesa ou em outros assassinatos? Estarão os indivíduos suficientemente intoxicados pela educação funcional, dócil, acrítica e pela manipulação ideológica e psicológica, de modo que não haja luta pela liberdade ou consciência da opressão? Como em tantos outros períodos da história, serão os escravos os mais fervorosos defensores do sistema escravocrata? Podemos nós, os “velhos antiquados”, dizer algo útil a partir da perspectiva de 2018 para os “libertados” ou os “ultrapassados” de 2040 e 2070?, algo que sirva de advertência para aqueles que estarão imersos na tempestade de seu próprio presente?
Ou, pior, terminará a nossa orgulhosa e arrogante espécie humana em um colapso final?
Ninguém pode ter uma resposta definitiva para nenhuma dessas perguntas. Mas fazê-las e chamar a atenção para os grandes problemas atuais e das gerações futuras é, simplesmente, a nossa obrigação moral.

JM, 18 Abril 2018

 

La gran revolución del siglo XXI

Semanas atrás publicamos unas breves reflexiones sobre “La gran crisis del siglo XXI”. Un problema menor es que nos acusen de dramáticos, grandilocuentes y apocalípticos. Todo eso es irrelevante, olvidable. A riesgo de equivocarnos, como todos, como en todo, nuestra obligación es la de aportar alguna mirada general sobre los problemas más importantes que pueden afectar a la humanidad en el tiempo presente y en los tiempos por venir, aunque para entonces ya no estaremos caminando sobre este hermoso planeta ni estaremos disfrutando de ese maravilloso y tan desvalorado milagro de estar vivo.

Para mí no quedan dudas. La gran crisis planetaria que va a enfrentar la humanidad y el resto de las especies sobre este planeta sigue centrada en el problema socio-ecológico. Las dos bombas de tiempo que indicábamos en el artículo anterior (la peligrosísima e insostenible concentración de riqueza, mero secuestro del progreso humano por parte de una elite financiera, y la próxima aceleración del cambio climático), ambas unidas por un sistema social y económico basado en el consumo y el despilfarro (“La pandemia del consumismo”, 2009), se librarán a través de la próxima gran revolución tecnológica, sin duda con un mayor impacto que la que produjo Internet.

Me refiero a la Inteligencia Artificial.

Hace diez años observábamos que “mientras las universidades logran robots que se parecen cada vez más a los seres humanos, no sólo por su inteligencia probada sino ahora también por sus habilidades de expresar y recibir emociones, los hábitos consumistas nos están haciendo cada vez más similares a los robots”. La misma idea es recogida en el libro Cyborgs (2012) pero procede de mi segundo libro Crítica de la pasón pura (1998). Obviamente, por “robots” me estaba refiriendo a un concepto que, por entonces, no se había desarrollado como ahora: la Inteligencia Artificial. El tiempo ha confirmado este pesimismo y me ha corregido en algunos optimismos de la misma época sobre la Democracia Directa derivada de las Comunidades en línea (aunque ¿quién sabe? tal vez todavía sea posible).

Hoy los robots se están comiendo millones de puestos de trabajo y, con todo, eso no parece ser nada en comparación a la revolución de la IA. Los robots son peligrosos para los trabajadores sólo si los beneficios de su eficiencia se siguen concentrando en los “dueños de los medios de producción” (perdón por la terminología marxista) y no llegan a los trabajadores, que fueron quienes aportaron, con su trabajo y sus impuestos, para que todo ese conocimiento se desarrollara en las universidades. Los profesores no sólo recibimos nuestro salario de las matrículas y de los impuestos (en el caso de las universidades públicas), sino que mientras nos dedicamos a la investigación y la especulación, a inventos que dejarán a nuestros beneficiaros sin trabajo, otros (los beneficiarios) están doblados bajo el sol en los campos, cultivando y cosechando los alimentos o subiendo y bajando cajones de fruta que luego compramos casi sin esfuerzo en los aclimatados supermercados. Pero ni siquiera los inventores ni los profesores que participaron en el proceso se beneficiaron ni se beneficiarán económicamente de esas proezas de la alta tecnología como lo han hecho y lo seguirán haciendo los secuestradores, los “genios” de los negocios que más que inventar algo simplemente se embolsaron los beneficios. Como siempre, serán los dueños del dinero quienes hagan más dinero y sean venerados por los adelantos de nuestras sociedades. En fin, esas tonterías como que gracias al bueno del Bill Gates o de algún otro multimillonario tenemos internet y computadoras, etc.

Volvamos al punto central. Las IAs no son como los robots, meros brazos efectivos, sino cerebros implacables que ya se están usando en las grandes compañías y corporaciones del centro del mundo. Casi nunca están en los robots, como Terminator, sino en espacios virtuales, lo que las hace aún más temerarias. Pronto podrán entender a los seres humanos mejor que cualquier psicoanalista y, obviamente, no necesitarán veinte años de terapia. Actualmente, ya están siendo usadas para leer los currículums de los solicitantes de trabajo y son capaces de seleccionar a los mejores candidatos en base a predicciones: María renunciará en dos años; José pedirá aumento de sueldo antes del tercer año. Etcétera. Claro, pronto ni María ni José serán necesarios ni para cuidar niños ni ancianos porque las IA podrán hacerlo mucho mejor y cometiendo menos errores.

Esto, que en principio puede ser celebrado por los optimistas por su incuestionable aumento de la repetida, hasta el hastío, efectividad, tiene su lado tenebroso. Los robots inteligentes no necesitan ser malos para organizar el Mal. Basta con que sirvan a los poderosos, como cualquier otra innovación previa, ya sean gobiernos despóticos o mega compañías (despótica y manipuladora, como cualquier gran compañía, según lo demuestra la historia).

Podríamos poner cien ejemplos, pero por razones de espacio consideremos un simple aspecto. Desde hace miles de años, todos llevamos nuestra privacidad de paseo por todos los lugares públicos por donde vamos. Con las AI, esta privacidad se disolverá automáticamente. El reconocimiento facial no sólo puede detectar mentirosos, o la orientación sexual (esto no es especulación; ya está ocurriendo de forma inadvertida por el público), sino muy pronto cualquier IA podrá determinar en unos pocos segundos qué ideas políticas, sociales, religiosas y sociológicas tenemos, ya sea leyendo un simple CV, un texto, artículo, carta o escaneando nuestro rostro. No será algo muy difícil de concretar, considerando lo que ya se está haciendo.

Como consecuencia, los disidentes de ese orden infinitamente opresivo no tomarán armas tradicionales sino las mismas basadas en IA o similares. Serán los hackers del futuro y, como en el pasado, serán los guerrilleros idealistas y los criminales comunes, todos metidos en una misma bolsa por quienes ostentarán el poder de los dioses (o los demonios).

¿Terminará esta lucha en una negociación pacífica? Bueno, eso nunca ha ocurrido en la historia, salvo excepciones, como el derecho a las ocho horas de trabajo, etc. ¿En una restauración violenta de la libertad y de los derechos individuales de todos, más o menos como en la Revolución Francesa o en otros magnicidios? ¿Estarán los individuos suficientemente intoxicados por la educación funcional, dócil, acrítica, y la manipulación ideológica y psicología como para que no haya ninguna lucha por la libertad o la conciencia de la opresión? Como en tantos otros períodos de la historia ¿serán los esclavos los más fervientes defensores del sistema esclavista? ¿Podemos los “viejos anticuados” decirle algo útil desde la perspectiva del año 2018 a los “liberados” o “superados” del 2040 y del 2070?, algo que sirva de advertencia a aquellos que por entonces se encuentren inmersos en la tormenta de su propio presente?

O, peor, ¿terminará nuestra orgullosa y arrogante especie humana en un colapso final?

Nadie puede tener una respuesta concluyente a ninguna de estas preguntas. Pero plantearlas y advertir los grandes problemas actuales y de las generaciones futuras es, simplemente, nuestra obligación moral.

Jorge Majfud, abril 2018.

Emma González: quando a masculinidade de Zeus treme

[Spanish>>]

Emma González ou quand ça branle dans le manche viril de Zeus ]

Jorge Majfud

A tradução é de André Langer

 

Diferentemente de outras chacinas absurdas ocorridas em escolas secundárias dos Estados Unidos, a de Parkland tem sido diferente por provocar uma onda de manifestações em massa em todos os cantos dos Estados Unidos e em várias partes do mundo. O medo: só a juventude estadunidense pode conseguir alguma mudança social neste país, ainda que sejam mudanças apenas tímidas quando comparadas com o terremoto dos anos 60, conquistas que foram, anos mais tarde, quase aniquiladas pela reação conservadora da era Reagan-Thatcher. Ou quase, porque se neste país há mais liberdades individuais do que naquela época, isso se deve a esses demonizados movimentos de resistência social e não a nenhuma das guerras contra um país pequeno e distante.

Os anos sessenta legaram muitas coisas, embora depois tenham sido gradualmente desprestigiados pela reação e pela propaganda conservadora que, segundo todas as pesquisas, aumentou a desproporção da acumulação de riqueza neste país, agora concentrada quase exclusivamente em uma pequena minoria, enquanto dezenas de milhões de trabalhadores e estudantes não têm nada além de dívidas, dezenas de milhares morrem a cada ano por causa das drogas ou do suicídio (morrem mais soldados quando retornam do que nos campos de batalha; eu conheci o drama pessoal de mais de um) e dezenas de milhares morrem por armas de fogo. Nos Estados Unidos, somente as crianças (essas que recebem fuzis nos seus aniversários e os escoteiros promovem como símbolo de liberdade e masculinidade) matam mais pessoas, por acidente, do que todos os terroristas juntos, mas sobre isso não se ouve uma única palavra em nenhum apaixonado debate político.

Se este país nas últimas gerações conseguiu algumas liberdades, não foi por causa dos soldados no Vietnã, como afirma o sagrado clichê, mas se deve àqueles corajosos organizadores de lutas sociais como Luther King ou César Chávez. A Guerra do Vietnã foi miseravelmente perdida e, além de milhões de mortos, não deixou nada de positivo para este país. Menos liberdades e direitos. Por outro lado, a revolução feminista do Ocidente, dos negros no Sul da União e dos diaristas da Califórnia deram, esses sim, resultados concretos, embora hoje estejam na berlinda da última reação, que talvez não seja outra coisa que um punhado de afogados de uma ordem cambaleante.

Um dos rostos visíveis do mais recente movimento é o de Emma González, sobrevivente do massacre de Parkland e filha de exilados cubanos. Emma representa muitos outros cubano-estadunidenses da sua geração, jovens libertados da paranoia e da obsessão pela derrota de Baía dos Porcos, que, em todo caso, precisa conviver com elementos da velha geração, alguns dos quais são considerados terroristas até pelo FBI, mas que, em todo caso, andam livres em Miami.

Um dos poucos escritores e intelectuais que representam este grupo, a escritora Zoe Valdés, referiu-se a Emma González como uma comunista “machorra” (sapatão). A acusação não é nova. Ao longo da história, os grupos mais reacionários, as tradicionais classes dominantes da América Latina e até dos Estados Unidos (eu diria que em menor grau), praticaram o macartismo, segundo o qual qualquer crítico capaz de dizer suas verdades incômodas ao poder dominante é, automaticamente, um comunista. E pouco importa se essas verdades são objetivamente documentadas. Se você disser que o golpe de Estado na Guatemala de 1954 foi orquestrado pela CIA e pela UFC contra um governo democrático, você é comunista. Se você disser o mesmo sobre o Chile em 1973, você é marxista-leninista, etc.

No entanto, os comunistas não precisam ser apontados. Em geral, os comunistas são reconhecidos como tais. Os fascistas, racistas e machistas, por outro lado, não. É preciso adivinhá-los ou deduzi-los de acordo com seus ditos e ações.

Agora, que uma jovem e milhões de jovens marchem por suas vidas e questionem com determinação a religião das armas, que não se encaixem no estereótipo imposto (pré-fabricado e reduzido a uma caricatura) do patriota, nos estreitos limites dos mitos sociais, que não seguem os caminhos traçados pelas vacas sagradas rumo ao matadouro, transforma-os em perigosos comunistas. Mas me parece que esse hábito de rotular de comunista todo crítico inconformado, todo democrata radical, é um pouco exagerado. Miami, por sua vez, está cheia de ex-comunistas que um dia se deram conta, como por uma súbita revelação, do grande negócio (econômico e moral) que era envolver-se na bandeira do vencedor e mudaram de lado ou tornaram-se mais caubóis que John Wayne.

A escassez de recursos intelectuais daqueles que sacam a palavra mágica (comunista) como quem saca um revólver é bem conhecida. Há alguns anos, o pai cubano do senador e candidato à presidência, Ted Cruz, afirmou que a Teoria da Evolução era uma perversão do marxismo. Até mesmo a teoria da mudança climática, que ameaçava os lucros das super-petroleiras, até recentemente era o produto dessas pessoas más.

Esta geração (uma parte significativa) teve a coragem de dizer ‘Chega, basta’. E o disse de forma escandalosa para uma sociedade fanática: “chega de orações e de condolências”. Por isso, devem demonizá-los como comunistas ou perigosos rebeldes, lésbicas ou conspiradores, como nos anos cinquenta os sulistas marchavam com cartazes denunciando a imoralidade dos ativistas com cartazes que diziam que “a integração racial é comunismo” enquanto pediam aos seus governantes para que salvassem a “América cristã”.

Os ataques a Emma revelam certo nervosismo ideológico. (Um candidato republicano a definiu como “lésbica skinhead”. Ela se assume como bissexual. Não é rebelde por ser lésbica, mas por ter a coragem de se assumir como é em uma sociedade hostil e, não poucas vezes, hipócrita.) Emma representa a mudança, não apenas por ser jovem, bissexual e uma incômoda insuportável para a poderosa Associação Nacional do Rifle, mas também por fazer parte de uma geração que pode representar um momento crítico na história deste país e do mundo. Homens e mulheres (sobretudo os homens) escreveram leis e constituições. Homens e mulheres (sobretudo as mulheres) podem e devem reescrevê-las de acordo com as necessidades dos vivos, e não dos mortos.

Nem Zoe Valdés nem ninguém tem autoridade moral para criticar essa corajosa jovem. Todo o resto são clichês da Guerra Fria que a nova geração não engole tão facilmente. São medos próprios dos superpoderes, que não são poderes absolutos e sabem quando um tremor repentino mexe suas bochechas.

Nos próximos anos veremos uma luta existencial da reação da onda neopatriarcal, nacionalista, racista e imperialista (caricatos anos oitenta ainda em ascensão, hoje no poder político), contra uma geração mais jovem, a pé, pronta para resistir às narrativas que escondem os verdadeiros problemas do mundo, disposta a não acreditar em mitos que nem mesmo funcionam, com rebeldia suficiente para dizer algo tão simples como ‘Chega’.

Emma González ou quand ça branle dans le manche viril de Zeus

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Translated by  Fausto Giudice

À la différence d’autres tueries absurdes dans les écoles secondaires des USA, celle de Parkland a produit une vague de manifestations de masse à travers tout le pays et dans diverses parties du monde. La crainte : que la jeunesse usaméricaine puisse réaliser un changement social dans ce pays, même si ce ne seront que des changements timides en comparaison avec le tremblement de terre des années soixante, qui a ensuite été presque annihilé par la réaction conservatrice de l’ère Reagan-Thatcher. Presque, parce que si dans ce pays il y a plus de libertés individuelles qu’alors, c’est à cause de ces mouvements diabolisés de résistance sociale et non du fait d’une guerre contre un petit pays lointain.

À la différence d’autres tueries absurdes dans les écoles secondaires des USA, celle de Parkland a produit une vague de manifestations de masse à travers tout le pays et dans diverses parties du monde. La crainte : que la jeunesse usaméricaine puisse réaliser un changement social dans ce pays, même si ce ne seront que des changements timides en comparaison avec le tremblement de terre des années soixante, qui a ensuite été presque annihilé par la réaction conservatrice de l’ère Reagan-Thatcher. Presque, parce que si dans ce pays il y a plus de libertés individuelles qu’alors, c’est à cause de ces mouvements diabolisés de résistance sociale et non du fait d’une guerre contre un petit pays lointain.

Les années soixante ont laissé  beaucoup d’acquis, même si elles ont été peu à peu discréditées par la réaction et par la propagande conservatrices, par toutes les mesures, avec l’augmentation de la disproportion de l’accumulation de la richesse dans ce pays, concentrée désormais presque totalement dans les mains d’ une micro-minorité alors que des dizaines de millions de travailleurs et d’étudiants n’ont que des dettes, que des dizaines de milliers de personnes meurent chaque année à cause de la drogue ou par suicide (plus de soldats meurent à leur retour que sur le champ de bataille, je connais le drame personnel de plus d’un) et des dizaines de milliers meurent par armes à feu. Aux USA, seuls les enfants (ceux qui reçoivent des fusils pour leurs anniversaires et que les Boy Scouts promeuvent comme symbole de liberté et de masculinité) tuent plus de gens, par accident, que tous les terroristes pris ensemble, mais de cela on ne souffle mot dans aucun débat politique passionnés.

Si ce pays a acquis certaines libertés durant les dernières générations, ce n’est pas dû aux soldats du Vietnam, comme l’affirme le cliché sacré, mais à ces courageux organisateurs de luttes sociales comme Luther King ou César Chávez. La guerre du Vietnam a été lamentablement perdue et, mis à part des millions de morts, elle n’a rien laissé de positif pour ce pays. Moins de libertés et de droits. En revanche, la révolution féministe de l’occident, celle des Noirs du Sud de l’Union et des ouvriers agricoles de Californie ont, elles, donné des résultats concrets, même si ceux-ci sont aujourd’hui remis en cause par la dernière vague réactionnaire en date, qui n’est peut-être que le dernier sursaut d’un ordre qui vacille.

L’un des visages les plus en vue du mouvement le plus récent est celui d’Emma González, rescapée du massacre de Parkland et fille d’exilés cubains. Emma représente beaucoup d’autres Cubains-USAméricains de sa génération, des jeunes libérés de la paranoïa et de l’obsession de la défaite de la baie des Cochons mais qui, de toute façon, doivent coexister avec des éléments de l’ancienne génération, dont certains sont considérés comme des terroristes jusque par le FBI mais en tout cas se meuvent librement à Miami.

L’une des rares écrivaines et intellectuelles représentant ce groupe, l’écrivaine Zoe Valdés, a qualifié Emma González de «gouine» communiste. L’accusation n’est pas nouvelle. Tout au long de l’histoire, les groupes les plus réactionnaires, les classes dirigeantes traditionnelles de l’Amérique latine et même des USA (peut-être dans une moindre mesure) ont exercé le maccarthysme, selon lequel tout critique capable de dire ses vérités inconfortables au pouvoir dominant est, automatiquement, un communiste. Même si cela n’a pas d’importance que ces vérités soient objectivement documentées. Si vous dites que le coup d’État de 1954 au Guatemala a été orchestré par la CIA et l’UFC contre un gouvernement démocratique, vous êtes un communiste. Si vous dites la même chose à propos du Chili en 1973, vous êtes marxiste-léniniste, etc.

Cependant, les communistes n’ont pas besoin d’être signalés. En général, les communistes se reconnaissent comme tels. Les fascistes, les racistes et les machistes, d’autre part, non. Vous devez le deviner ou le déduire de leurs dits et gestes.

Maintenant, si une jeune et des millions d’autres marchent pour leur vie et remettent en question avec détermination la religion des armes, ne cadrent  pas avec le stéréotype imposé (préfabriqué et réduit à une caricature) du patriote, dans les limites étroites des mythes sociaux, qu’ils ne suivent pas les chemins tracés par les vaches sacrées jusqu’à l’abattoir, cela fait d’elles et eux de dangereux communistes. Mais il me semble que cette habitude d’étiqueter chaque critique non conforme, chaque démocrate radical en tant que communiste, est un peu exagérée. Miami, en revanche, est pleine d’ex-communistes qui un jour ont réalisé, comme par une révélation soudaine, le grand profit  (économique et moral) que cela apportait de brandir le drapeau du gagnant et ont changé de camp, devenant plus cow-boys que John Wayne.

L’indigence des ressources intellectuelles de ceux qui dégainent le mot magique (communiste) comme un flingue est bien connue. Il y a quelques années, le père cubain du sénateur et candidat à la présidence Ted Cruz, a affirmé que la théorie de l’évolution était une perversion du marxisme. Et même la théorie du changement climatique, qui menaçait les profits des superpétroliers, était jusqu’à récemment le produit de ces mauvaises gens.

Cette génération (une partie significative) a eu le courage de dire Basta. Et elle l’a dit d’une manière scandaleuse pour une société fanatique: “Assez de prières et de condoléances”. Il faut donc les diaboliser comme communistes ou fauteurs de troubles dangereux, lesbiennes ou conspirateurs, comme dans les années cinquante les Sudistes défilaient avec des pancartes dénonçant l’immoralité des militants avec des pancartes affirmant que « l’intégration raciale, c’est le communisme » demandant à leurs gouvernants de sauver “L’Amérique chrétienne”. 
Les attaques contre Emma révèlent une certaine nervosité idéologique. (Un candidat républicain l’a qualifiée de « skinhead lesbienne ». Elle s’assume comme bisexuelle. Elle n’est pas rebelle parce qu’elle est lesbienne, mais parce qu’elle a le courage de s’assumer comme telle dans une société hostile et, assez souvent, hypocrite.) Emma représente le changement, non seulement parce qu’elle est  jeune, bisexuelle, et indispose de manière insupportable la puissante Association des tontons flingueurs, mais aussi parce qu’elle fait partie d’une génération qui peut représenter un moment critique dans l’histoire de ce pays et du monde. Les hommes et les femmes (surtout les hommes) ont écrit les lois et les constitutions. Les hommes et les femmes (surtout les femmes) peuvent et doivent les réécrire en fonction des besoins des vivants, et non des morts.

Ni  Zoe Valdés ni personne n’a une quelconque autorité morale pour critiquer cette jeune femme courageuse. Tout le reste n’est que clichés de la guerre froide que la nouvelle génération n’avale pas si facilement. Ce sont des peurs propres aux superpuissances, qui ne sont pas des pouvoirs absolus et elles le savent quand un tremblement soudain les secoue.

Dans les années qui viennent nous assisterons à une lutte existentielle entre la réaction de la vague néo-patriarcale, nationaliste, raciste et impérialiste (une caricature des années quatre-vingts encore à la hausse, dans le pouvoir politique aujourd’hui), et une jeune génération, debout, prête à résister aux discours qui cachent les vrais problèmes du monde, qui n’est plus disposée à croire à des mythes qui ne fonctionnent même pas, avec assez rébellion pour dire quelque chose d’aussi simple que Basta.

 

JM.

 

Emma González: cuando a Zeus le tiembla la masculinidad

Emma González ou quand ça branle dans le manche viril de Zeus ]

[Portugues>>]

Diferente a otras matanzas absurdas en escuelas secundarias de Estados Unidos, la de Parkland ha producido una ola de manifestaciones masivas a lo largo de Estados Unidos y en varias partes del mundo. El temor: sólo la juventud estadounidense podrá lograr algún cambio social en este país, aunque más no sean unos tímidos cambios en comparación al terremoto de los años sesenta, los cuales luego fueron casi aniquilados por la reacción conservadora de la era Reagan-Thatcher. Casi, porque si en este país existen más libertades individuales que entonces, fue por esos demonizados movimientos de resistencia social y no por ninguna guerra contra algún pequeño y lejano país. 

Los sesenta dejaron mucho, aunque luego fueron gradualmente desprestigiados por la reacción y la propaganda conservadora que, según todas las mediciones, aumentó la desproporción de la acumulación de riqueza en este país, ahora concentrada casi toda en una micro minoría, mientras decenas de millones de trabajadores y estudiantes no tienen más que deudas, decenas de miles mueren por año debido a las drogas o al suicidio (mueren más soldados al regresar que en el campo de batalla; conocí el drama personal de más de uno), y decenas de miles mueren por armas de fuego. En Estados Unidos, sólo los niños (esos que reciben fusiles para sus cumpleaños y los Boy Scouts promueven como símbolo de libertad y masculinidad) matan más personas, por accidente, que todos los terroristas juntos, pero de eso ni una sola palabra en ningún apasionado debate político.

Si este país en las últimas generaciones ha logrado ciertas libertades, no se debe a los soldados en Vietnam, como lo afirma el sagrado cliché, sino a aquellos valerosos organizadores de luchas sociales como Luther King o César Chávez. La guerra de Vietnam se perdió miserablemente y, aparte de millones de muertos, no dejó nada positivo para este país. Menos libertades y derechos. En cambio, la revolución feminista de Occidente, de los negros en el Sur de la Unión y de los jornaleros de California sí, dejaron resultados concretos, aunque hoy estén en tela de juicio por parte de la última reacción, que tal vez no sea otra cosa que un manotón de ahogado de un orden que se tambalea.

Uno de los rostros visibles del más reciente movimiento es el de Emma González, sobreviviente de la matanza de Parkland e hija de cubanos exiliados. Emma representa a muchos otros cubano-estadounidenses de su generación, jóvenes liberados de la paranoia y obsesión por la derrota de Bahía de Cochinos que, de cualquier forma, debe convivir con elementos de la vieja generación, alguno de los cuales son considerados terroristas hasta por el FBI pero de cualquier forma caminan libres por Miami.

Uno de los pocos escritores e intelectuales representantes de este grupo, la escritora Zoe Valdés, se ha referido a Emma González como una comunista “machorra”. La acusación no es novedosa. A lo largo de la historia, los grupos más reaccionarios, las tradicionales clases dominantes de América latina e, incluso, de Estados Unidos (diría que en menor grado) han ejercitado el macartismo según el cual todo crítico capaz de decir sus verdades incómodas al poder dominante es, automáticamente, un comunista. Incluso, no importa si esas verdades están objetivamente documentadas. Si afirmas que el golpe de Estado en Guatemala de 1954 fue orquestado por la CIA y la UFC contra un gobierno democrático, eres comunista. Si dices lo mismo de Chile en 1973, marxista-leninista, etc.

Sin embargo, a los comunistas no hay que señalarlos. Por lo general, los comunistas se reconocen como tal. Los fascistas, racistas y machistas, en cambio, no. Hay que adivinarlos o deducirlos según sus dichos y acciones.

Ahora, que una joven y millones de jóvenes marchen por sus vidas y cuestionen con determinación la religión de las armas, que no encajen en el impuesto estereotipo (prefabricado y reducido a una caricatura) del patriota, en los límites estrechos de los mitos sociales, que no sigan los caminos trazados por las vacas sagradas rumbo al matadero, los convierte en peligrosos comunistas. Pero me parece que esa costumbre de etiquetar como comunista a todo crítico inconforme, a todo demócrata radical, es un poco exagerada. Miami, en cambio, está lleno de excomunistas que un día se dieron cuenta, como por una súbita revelación, del gran negocio (económico y moral) que resultaba envolverse en la bandera del ganador y se cambiaron de bando o se volvieron más cowboys que John Wayne.

La escasez de recursos intelectuales de quienes sacan la palabra mágica (comunista) como quien saca un revólver, es bien conocida. Hace unos años, el padre cubano del senador y candidato a la presidencia, Ted Cruz, afirmó que la teoría de la Evolución era una perversión del marxismo. Incluso la Teoría del cambio climático, que amenazaba las ganancias de las superpetroleras, hasta hace poco era producto de esa mala gente.

Esta generación (una parte significativa) ha tenido el valor de decir Basta. Y lo ha dicho de una forma escandalosa para una sociedad fanática: “basta de rezos y de condolencias”. Por eso deben demonizarlos como comunistas o peligrosos revoltosos, lesbianas o conspiradores, como en los años cincuenta los sureños marchaban con carteles denunciando la inmoralidad de los activistas con carteles que afirmaban que “la integración racial es comunismo” mientras les pedían a sus gobernadores que salvaran la “América cristiana”.

Los ataques a Emma revelan cierto nerviosismo ideológico. (Un candidato republicano la definió como “lesbiana skinhead”. Ella se asume como bisexual. No es rebelde por ser lesbiana, sino por tener la valentía de asumirse como es en una sociedad hostil y, no pocas veces, hipócrita.) Emma representa el cambio, no sólo por ser joven, bisexual, y una incomodidad insoportable para la poderosa Asociación del Rifle, sino también por ser parte de una generación que puede representar un momento crítico en la historia de este país y del mundo. Los hombres y las mujeres (sobre todo los hombres) han escrito las leyes y las constituciones. Los hombres y las mujeres (sobre todo las mujeres) pueden y deben volver a escribirlos según las necesidades de los vivos, no de los muertos.

Ni Zoe Valdés ni nadie tiene ninguna autoridad moral para criticar a esta joven con coraje. Todo lo demás son clichés de la Guerra Fría que la nueva generación no se traga tan fácilmente. Son miedos propios de los superpoderes, que no son poderes absolutos y lo saben cuando un repentino temblor les mueve la mejilla.

Los años siguientes veremos una lucha existencial entre la reacción de la ola neo-patriarcal, nacionalista, racista e imperialista (unos caricaturescos años ochenta todavía en ascenso, hoy en el poder político), contra una generación más joven, de a pie, lista para resistir las narrativas que ocultan los verdaderos problemas del mundo, dispuesta a no creer más en mitos que ni siquiera funcionan, con la suficiente rebeldía como para decir algo tan simple como Basta.

 

JM, 26 de mayo de 2018

 

Putin, el espía que se quedó en el Kremlin

Revista Siempre!, Mexico

  INTERNACIONAL, PORTADA, REPORTEROS|

 Jorge Majfud 

 

  • ¿Qué retos implica para la comunidad internacional tener a un líder como Vladimir Putin, considerado por muchos como el hombre más poderoso del mundo?

 

JM: Putin no es el hombre más poderoso del mundo. Puede ser el más listo, como ha quedado demostrado en sus interferencias en las elecciones de otros países y hasta en la toma de provincias, como Crimea, sin que la comunidad internacional se atreva a mover un dedo. Lo suficiente listo como para no continuar su avance, como sí lo hizo Hitler luego de tomar Austria sin que nadie, ni las potencias mundiales de entonces se atreviesen a tomar medidas concretas. Pero Putin no es Hitler. Entre otras cosas porque es mucho más listo. Sin embargo, por las limitaciones de su gran país (económicas, demográficas, geográficas, etc.), no es el líder más importante del mundo hoy. Si hay que señalar uno, ese es claramente Xi Jinping, desde hace poco presidente comunista-capitalista de por vida de la superpotencia asiática. La diferencia es que Putin, apare de representar a la derecha nacionalista en Rusia y a la izquierda internacionalista fuera de Rusia, tiene una mayor presencia mediática en la prensa occidental, la que ignora, al igual que sus gobiernos, algo que hemos señalado hace dos décadas: el gran desafío para Estados Unidos no es el terrorismo islámico que lo mantiene absorbido y distraído, sino la sobrevivencia de su supremacía (empezando por la economía y más tarde siguiendo con los mares del sureste asiático) desafiada por una potencia que quiere y puede competir por un mismo objetivo: la supremacía económica y militar: es decir, China. Ni siquiera Corea del Norte representa una amenaza a su hegemonía, más allá de algún conflicto concreto y su defensa-ataque basado en sus supuestas armas nucleares. En realidad, el espacio más importante de cualquier conflicto actual es la ciberguerra, aunque Rusia posea el segundo arsenal nuclear más importante del mundo. El progreso en Big Data y en Inteligencia Artificial determinarán la realidad del siglo XXI. En este campo China está haciendo progresos acelerados. Partió de años de robo de propiedad intelectual, y en este momento se encuentra en situación de continuar creando conocimiento por cuenta propia. En materia geopolítica, en materia de ajedrez internacional, todo lo demás son distracciones.

 

  • ¿Cuál es el panorama de Rusia en el ámbito geopolítico, sobre todo teniendo a un Donald Trump que lo admira?

 

JM: El mayor poder de Rusia está en Europa. Europa (sobre todo Alemania) y Rusia han mantenido una relación de amor-odio desde hace un par de siglos, desde Napoleón hasta Merkel, pasando, obviamente, por Hitler. Europa no puede vivir con Rusia pero sin Rusia tampoco. En esta medida Estados Unidos ha tolerado a Rusia hasta ahora. Con Trump la relación se ha convertido en una admiración personal, la cual, como todo, tenía previos vínculos económicos y de negocios. Trump es un actor irrelevante. Absolutamente mediático, pero irrelevante. Una actriz porno o cualquier otro personaje menor de la política tendría la suficiente capacidad de tumbar a Donald Trump. Ninguna de estas mujeres que pueden ponerlo contra las cuerdas tendría una chance mínima ante Putin ni ante Ji Xinping. ¿Por qué? Porque, más allá de la dictadura internacional, Estados Unidos todavía tiene instituciones propias de cualquier democracia liberal, algo que está en claro conflicto con un Trump, que se sentiría en Rusia o en China como pez en el agua. Progresivamente, Trump irá perdiendo relevancia política e internacional incluso dentro de su propio partido. Si no lo tumba una prostituta lo tumba una simple recesión económica. Trump, en su delirio, sueña con ser el Putin americano (incluso manifestó que eso de la reelección indefinida era un tema que los estadounidenses debían considerar. Obviamente nosotros, no los otros; los blancos de Estados Unidos o de Europa, no los primitivos caudillos latinoamericanos).

 

  • La muerte de un ex espía ruso en GB recuerda mucho las ejecuciones que hacía la Unión Soviética, ¿estamos viendo un regreso a esos tiempos de conflictos fríos con el ex jefe de la KGB?

 

JM: No sólo era práctica de la antigua Unión Soviética sino de la más actual Rusia. Pero no debemos olvidar la hipocresía occidental también. ¿Cuántas muertes, asesinatos individuales y en masa fueron consecuencia directa o indirecta de Civilizados gobiernos occidentales? Bastaría con echar una mirada a la historia en América Latina, en África y en Asia, que es como decir el resto del mundo. No tendríamos espacio aquí para enumerar brevemente todas las atrocidades cometidas y las brutales dictaduras instauradas en nombre de la libertad y la democracia. Y no sólo la historia. Casi todos los conflictos actuales, como el caos en Irak y Medio Oriente, como la tragedia en Siria, el antiguo conflicto palestino-israelí y tantos otros tienen a las mayores potencias occidentales como actores fundamentales. Otras potencias, como Turquía (viejo miembro de la OTAN) y Rusia juegan el mismo tenebroso y no menos criminal juego de intereses geopolíticos. Aquí no hay santos. Sólo escorias en el gran teatro del poder económico-militar. Cada uno con sus nobles y conmovedoras justificaciones.

 

(sean)

 

Los hombres del presidente

Revista Siempre, México

Entrevista con Jorge Majfud, por Gerardo Yong

Como si fuera un duelo al estilo del viejo oeste, Donald Trump disparó primero para despedir a quien consideraba como uno de los miembros más importantes de su administración. Rex Tillerson se enteró de que ya no trabajaba para el gobierno de Estados Unidos por las reacciones que había a un tuit de su jefe, donde se anunció que Mike Pompeo, director de la CIA, lo sustituía sin mayor explicación. También propuso a Gina Haspel, al puesto de Pompeo. Todo en menos de 24 horas.

Esta acción trumpiana ya había sido inaugurada anteriormente cuando despidió al jefe del FBI, James Comey, solo que, en esta ocasión, el brazo derecho de Trump ni siquiera lo sospechaba. Los medios internacionales afirman que ya había diferencias entre ellos, principalmente desde que Tillerson rehusó confirmar haber llamado “imbécil” a Trump tras reunirse el 20 de julio en el Pentágono con miembros del equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca y algunos funcionarios más. Lo que es cierto es que el también exhombre fuerte de la petrolera Exxon ya estaba a punto de reventar por las indecisiones cometidas por el magnate en materia de diplomacia y su escasa visión internacional.

Según se dice, Tillerson regresaba de un viaje a Africa. La situación coincidió con la muerte de un exespía ruso y su hija en Gran Bretaña, quienes aparentemente fueron envenenados con un agente nervioso de origen soviético. La Casa Blanca ni siquiera reaccionó a esta situación, pero el ahora exsecretario de Estado sí lo hizo en un comunicado de prensa. Lo hizo a sabiendas de que no le gustaría a Trump debido a la simpatía que ha mostrado al Kremlin.

Se especula que Tillerson ya lo presentía y que no le importaba que ocurriera. De cualquier manera, su despido se realizó mientras él volaba de regreso a Estados Unidos. Fue hasta que llegó a la base aérea Andrews, en Maryland, cuando se enteró de que ya no formaba parte del equipo gubernamental. El problema fue que Tillerson no tiene cuenta de Twitter y se enteró por uno de sus asistentes que le mostró una copia impresa del mensaje, donde había sido removido por el presidente, sellando así su carrera como el secretario de Estado norteamericano más intrascendente en la historia de la Unión Americana.

Aunque Trump desestimó en varias ocasiones el manejo de Tillerson sobre la cuestión norcoreana, se adjudica a este el éxito en lograr la reunión cumbre de mayo próximo. De hecho, el diario español El Mundo afirma que este relevo estuvo a punto de “frustrar el viaje de la ministra de Asuntos Exteriores surcoreana, Kang Kyun-wha, a Estados Unidos, donde tenía previsto entrevistarse precisamente con Tillerson este viernes para abordar las previstas negociaciones con Kim Jong- un”.

También menciona que Mike Pompeo es contrario a un encuentro entre Trump y Kim Jong-un y es más afable a una ofensiva militar.

Con esta contextualización, el analista internacional Jorge Majfud afirman que el despido de Tillerson confirma que el gobierno de Donald Trump no tiene ni pies ni cabeza, que sigue la línea de la mediocridad tanto por un presidente que está más ocupado en gozar de su egocentrismo infantil, y de sus funcionarios que no aciertan a comprender cuáles son sus prioridades en un gobierno calificado como el más incierto en la historia norteamericana. Esta es la entrevista que concedió a Siempre! vía correo electrónico.

 

Gerardo Yong: ¿Qué opinas de la estrategia que está siguiendo Donald Trump con su personal?

Jorge Majfud: Trump no tiene estrategia más allá de su patológico narcisismo. Nombró a Tillerson y a una larga lista de otros colaboradores en su gabinete básicamente por afinidades ideológicas y personales (“machos blancos”, como dijimos por entonces en Rusia Today) y hoy ya casi no queda un solo nombre de sus fantásticos amigos. ¿Acaso no dijimos también que ese era un gabinete explosivo y contradictorio? En el caso de Rex Tillerson, era un hombre de negocios, de Exxon, muy afín a los hombres fuertes de Rusia, al igual que Trump, por otras razones. Pero los egos entraron en cortocircuito, como es natural. En el mundo no hay espacio para dos egos. Tal vez la diferencia es que Tillerson tenía un estilo personal más de perfil bajo. Cuando sugirió conversar con Corea del Norte, Trump lo descalificó, acusándolo de perder el tiempo. Medio año después, hace pocos días, cuando una delegación de Corea del Sur le mencionó a Trump en la misma Casa Blanca que había una posibilidad de hablar con Corea del Norte, Trump resolvió en tres segundos que sí, que él se iba a reunir con Kim Jong-un, sin siquiera consultar a su cancillería, a Rex Tillerson, como es el procedimiento normal en presidentes supuestamente responsables. El año pasado Tillerson había explotado por otras razones y en un pasillo habría dicho que Trump era un estúpido, a lo cual Trump, contestando a esos posibles rumores, lo desafió a que midiesen su coeficiente de inteligencia. Todo hombre acomplejado tiene dos debilidades: medirse la inteligencia y el tamaño del pene. Bueno, un año antes el senador Marco Rubio había sugerido en la campaña interna del Partido Republicano que Trump tenía un pene muy pequeño, porque sus manos eran pequeñas, a lo que Trump, en medio de un debate televisivo, mostró sus manos y aseguró que no había problema con el tamaño (de su pene). La discusión se había originado cuando Tump llamó a Rubio “Little Marco”, Marquito, aludiendo a su baja estatura. Y Marquito respondió con la alusión del pene de Trump, por aquello de “petiso, pero me la piso”. ¿Alguien podría considerar que esto es de gente adulta, de gente inteligente, de los principales políticos de la primera potencia mundial? Pues, semejante infantilismo fue premiado en las urnas. Por no hablar de una larga serie de afirmaciones machistas y racistas que fueron igualmente premiadas. Ese tipo de estupideces revelan el nivel de la política del país más poderoso del mundo y su decadencia. No llama la atención. Al fin y al cabo, si hiciéramos una lista de los genios que han poblado este planeta desde los comienzos de la historia, prácticamente ninguno sería presidente o emperador. Es la naturaleza de las cosas humanas.

 

GY: Qué implica que Mike Pompeo ahora hay sido movido a ese puesto, que es considerado como el más importante por los intereses internacionales de Estados Unidos.

JM: Como con cualquier droga, el adicto necesita cada vez más estímulo para lograr el mismo nivel de satisfacción. Es lo que le irá ocurriendo a Trump en su presidencia, que de por sí ya era la cúspide en cuanto a estímulo que necesita un narcisista patológico, aparte de sexo. Como el hombre es abstemio, cada vez necesitará más y más radicales y más medidas intempestivas de su parte. Aquí se podría aplicar aquellas misteriosas palabras de un personaje que decía “nunca confíes en un hombre que no bebe”. Recordemos que es un hombre que siempre tuvo problemas psicológicos, menguados por la fuerza del dinero y la adulación mediática pero ahora agravados por su avanzada edad. Alguien se preguntará cómo alguien así llegó a ser presidente de Estados Unidos. Pues, no veo por qué sorprenderse. Así funcionan las democracias disfuncionales de las que hablaba Sócrates.

 

GY: ¿La renuncia de Tillerson se puede entender como un fracaso en la política internacional estadounidense?

JM: No. No es un fracaso porque no ha habido ningún éxito aún, ni medido desde el estándar estadounidense ni mucho menos medido desde un estándar humanista. Claro que si mañana llueve sobre el Sahara, Trump dirá que se debe a su acción divina, pero eso sólo se lo creen sus fanáticos que rezan para que Dios no deje que la actriz porno logre demostrar que se acostó con él varias veces. Los historiadores dirán otra cosa. La misma elección de un animador de reality show como Trump como presidente, su misma presidencia es una más que clara prueba de la decadencia de este país. Antes las barbaridades como las guerras de Vietnam o ese otro absurdo de Iraq o las múltiples intervenciones bélicas en diversas pares el mundo se disimulaba un poco. Ahora ni se cuida la forma. Todo esto será menguado por una creciente reacción de la juventud estadounidense, primero contra la política dominante y luego contra lo peor de su propia propia cultura de la violencia, pero será tarde para evitar un declive generalizado. Se podrá menguar, mitigar, pero no evitar.

 

GY: ¿Cuál sería tu perspectiva sobre la hegemonía de Estados Unidos? ¿Es probable que estemos viendo un colapso en la primera potencia mundial?

JM: La hegemonía de Estados Unidos está en cuestión, pese a ser la primera economía del mundo y, por lejos, la mayor potencia militar. Pero esta depende de aquella. El infantilismo de la presidencia de Trump es un claro síntoma de este declive. Lo mismo ocurría cuando advertíamos sobre el problema del calentamiento global y nos llamaban idiotas, de profesores pagados para difundir teorías falsas. Bueno, ya estamos sufriendo las consecuencias y aquellos que nos amenazaban y nos llamaban idiotas ahora no dicen nada. El mar se está tragando casas enteras sólo en la costa de Florida. Ahí se las puede ver, hermosas casas arrodilladas o bocabajo ante la evidencia de la erosión y la furia lenta de la naturaleza. Lo mismo con respecto a la política. Lo mejor que le puede ocurrir a Estados Unidos es un descenso suave de su supremacía y, sobre todo, de su histórica arrogancia. Ya no irán a América Latina y a los países negros a enseñarles cómo elegir correctamente a un presidente, como decían sus congresistas sin disimulo. Ya no será el poder hegemónico que se crea la policía del mundo y salvaguarda de la libertad a fuerza de bombas, sino que será un país menos poderoso y mucho más feliz. Un país menos fanático y menos miedoso. Porque si hay un motor de la arrogancia estadounidense, ese es su permanente miedo a todo, como si se tratase de una sociedad paranoica, obsesionada con el éxito y la seguridad. En las décadas por venir eta sociedad deberá decidir: si se convierte en un país calmo y equilibrado o cae definitivamente en el caos de un país del tercer mundo. Hoy ya es un país tercermundista, pero con dinero, sobre todo por ser todavía los dueños de la divisa internacional y de mantener el control de los mares. Esas son sus dos opciones a largo plazo, porque seguir siendo una superpotencia arrogante no está dentro de sus posibilidades reales. Los otros también existen y llegará un día que digan basta, hasta aquí llegamos. Porque le deseo lo mejor al país y a la sociedad de mi propio hijo, porque le deseo lo mejor al resto del mundo, quisiera ver en esta sociedad un grano de sensatez, que se decida por la primera opción: no una caída violenta y producto de una guerra global, sino un descenso en la cordura, en la serenidad de las sociedades verdaderamente libres y felices.

 

Originalmente puiblicada en Revista Siempre!, Mexico, 17 de marzo de 2018.

http://www.siempre.mx/2018/03/choque-de-egos-entre-trump-y-tillerson/

 

Entrevista

con Jorge Majfud (*)

Por Gisela Galimi, periodista argentina 

 

Su padre era carpintero. A veces, cuando no le podían pagar, canjeaba libros por muebles. Y Jorge Majfud niño los leía en su Tacuarembó natal sin más objetivo que esa fascinación vertiginosa de seguir a los personajes. Mientras esta ficción, su vida tuvo también otras historias: las cercanas a la dictadura en esa década de los 70 uruguaya, en la que el Cono Sur se pobló de desaparecidos y muerte. La historia real tocó su vida de niño y hoy pega fuerte en memoria. De esa época recuerda una rara conciencia de la dictadura omnipresente. Su abuelo materno fue prisionero. Alguno de sus tíos paternos formaba parte del ejército. En el medio de relato, una tía se pegó un tiro cuando le dijeron que habían “capado” a su marido. Pura ficción. El hombre pasó por la tortura, pero a su esposa le mostraron un órgano de animal para certificarle un hecho que no fue.

“Como resultado de esta historia no me convertí en un asesino, pero sí en un escritor”, afirma Jorge y quizás por esta mezcla de ficción literaria y realidad ficcionada que fue su infancia, es importante para él que sus personajes no sólo tengan sentimientos sino también ideas, tal como decía Sábato.

Para llegar a este oficio de escritor de novelas y ensayos su talento lo ha llevado por la vida. Estudió arquitectura porque, a pesar de una crónica negligencia en sus estudios de secundaria, unía su facilidad por las matemáticas y su gusto por el arte heredado de la madre escultora. Y pensó que le daría tiempo para escribir. Rápidamente sus novelas hablaron por él en el mundo, hasta que de Estados Unidos lo invitaron a trabajar allí. Hoy catedrático en el país del norte encuentra en la burbuja académica tiempo para investigar y escribir, pero sigue conectado con su nacionalidad, que entiende es mucho más que su domicilio.

De sus personajes a veces dicen que piensan demasiado. Pero él asegura que los deja fluir por su inconsciente hasta que incluso lleguen a interpelarlos con ideas opuestas a las suyas. Así fluyó también este reportaje. Una charla amable con un hombre que siente porque piensa.

“Por vocación, por mis intereses más profundos, por la importancia que le otorgo, me definiría como novelista. Todo lo demás está incluido en ese espacio donde la ficción total es la única capaz de explorar lo más real del ser humano”.

LG: Arquitecto, novelista, ensayista, investigador, catedrático, viajero, uruguayo, extranjero, ser político, pensador, hombre… ¿Cuál de estas palabras define más a Jorge Majfud?

JM: Primero, hombre, en su sentido zoológico y metafísico, en su relación del yo con las emociones más profundas, como el amor, el odio, la envidia, la simpatía, la culpa, la ira, y con las ideas más inquietantes, como la justicia, el más allá, Dios, la Nada, etc. Por vocación, por mis intereses más profundos, por la importancia que le otorgo, me definiría como novelista. Todo lo demás está incluido en ese espacio donde la ficción total es la única capaz de explorar lo más real del ser humano. Una novela no es un ensayo, pero los personajes no son animales puramente emocionales. También tienen ideas, como pueden tenerlo el narrador y el mismo autor. ¿Investigador, catedrático? Bueno, esas son obligaciones de la profesión y placeres adicionales, como ser viajero. Uruguayo no por haber nacido en ese país ni por tener una cédula de identidad, un pasaporte y esas cosas, sino por haber vivido allí la etapa más importante de la vida de cualquier persona, la infancia, la adolescencia. Extranjero, sí, como todos. Uno suele ser extranjero también en su propia tierra, aunque serlo en tierras nuevas siempre es una experiencia crítica, incómoda, removedora. Por una de esas tiranías ideoléxicas, iba a decir “tierras ajenas”, pero no creo que un país tenga dueños. Esas son pelotudeces nacionalistas, tan de modas hoy en día. En el extranjero uno aprende más de uno mismo y de la propia tierra que en lo que se llama la patria, palabra tan llena de contenidos contradictorios y tan manipulada por los instintos más bajos del poder. ¿Ser político? A ver… En su sentido más profundo, todos lo somos, lo cual tiene poco de las miserias de las políticas partidarias. La gran política es algo tan relevante y las opiniones políticas tan superficiales…

LG: ¿A qué te refieres con eso de “la gran política”?

JM: La gran política es esa que no deja a nadie fuera, aunque quiera. Es, según lo entiendo yo, la relación histórica, dialéctica, conflictiva, entre dos fuerzas eternamente opuestas: el poder y el sentido de justicia, el tomar lo que se puede y el renunciar, por una conciencia superior, a lo que se podría.

LG: Te describís como una persona pudorosa en tu vida personal pero sin pudores a la hora de escribir. Venir de una formación como las Bellas Artes y la Arquitectura que trabajan con la imagen y el espacio ¿crees que facilita ese camino hacia el ser directo y descarnado con las palabras? ¿Con qué otras actividades intertextualizan tus textos?

JM: Crecí en una casa llena de dibujos y de esculturas de mi madre. Por las noches de verano, cuando uno se levantaba a tomar agua, aquellos hombres, mujeres y caballos que poblaban las sombras y las luces de la calle, parecían vivos. No creo que la arquitectura haya jugado algún rol en mis novelas. El proceso de creación es más o menos el mismo en distintas artes, pero para mí la arquitectura fue más bien una forma de dedicarme a algo práctico que me dejase tiempo libre para escribir y para viajar. Esas cosas tan improductivas, ¿no? Diría que recibirme de arquitecto fue un accidente, como trabajar de profesor de matemáticas o haciendo cálculos de estructura fue una necesidad de sobrevivencia.  La arquitectura no está más presente en mis novelas que mis trabajos previos como repartidor de farmacia o como ordeñador de vacas en la granja de mi abuelo, cada mañana a las seis en verano o cuando el pasto crujía con la escarcha. La arquitectura es un arte y una profesión noble, pero también lo es la carpintería, por nombrar sólo una, la profesión de mi padre. Pero la sociedad otorga al profesional universitario un prestigio exagerado, me parece, y hasta discriminatorio. Yo me recibí muy joven de arquitecto porque, aunque dedicaba más tiempo a escribir ficción, las matemáticas y la historia me resultaron bastante fáciles. Pero detestaba cuando me decían “buen día, arquitecto” y, por ejemplo, se dirigían mi hermano y le decían “buen día, Alexis”. Son tonterías jerárquicas que hasta la gente más noble y razonable reproduce. Una vez en Pensilvania la secretaria de la universidad en la que había comenzado a trabajar se me presentó en mi oficina para rogarme la disculpase por haberme llamado “míster” sin saber que era “doctor”. Te imaginás la respuesta. Pero así es como funciona el mundo: es una ficción que no sabe que es ficción. Por eso, lo que llamamos ficción es una aproximación mucho más honesta que cualquier otra narrativa, como las políticas, por ejemplo.

LG: En esta dicotomía que marcas entre tu vida personal y tu literatura ¿cómo se resuelve? ¿En qué puntos conversan el hombre y el escritor?

JM: No hay forma posible de separar uno y el otro en sus niveles más profundos. Obviamente que, como cualquiera sabe, autor, narrador y personajes son tres categorías diferentes. Eso es uy simple de entender. Como autor soy un individuo con determinados valores morales, pero como narrador no puedo limitarme a ningún puritanismo. Mis personajes, como el de muchos otros escritores, suelen pasar por situaciones extremas y reaccionar, en algunos casos, como santos o como criminales, y yo no soy ni una cosa ni la otra. Ahí está el valor de la literatura como instrumento de exploración de la condición más profunda del ser humano. Nadie es moralmente responsable de sus sueños, pero los sueños son una ficción de profundo significado, aunque hoy en día parece que la gente ya no sueña, y sin sueños, por terrible que sean o por eso mismo, somos menos humanos.

LG: Aunque la forma de escribir sea sin tapujos la selección de los temas de tus novelas está atravesada por el valor de la denuncia, algo importante para los que crecimos en los 80 en el silencio de la dictadura del Cono sur. ¿Cómo nació esa necesidad? ¿Cómo se alimenta?

JM: Esta misma pregunta me la acaban de hacer en la Freie Universitat de Berlin. La respuesta es la misma: nunca me propongo un plan de escritura. Eso es más para la investigación académica, la que pertenece a un mundo radicalmente diferente. Por eso, para ser un gran escritor no importa si uno es un académico como Umberto Eco o Vargas Llosa o un autodidacta como Onetti. No tiene la más mínima relevancia, porque son mundos totalmente diferentes y con diferentes leyes. Excepto en una investigación, no me trazo ningún plan, ni siquiera cuando escribo ensayos, que supuestamente pertenecen a una esfera más racional, consciente. En un ensayo uno debe aportar argumentos, una línea más racional, pero, aun así, al menos en mi caso, surgen de la pasión del momento. Tal vez no sea casualidad que mi primer libro de ensayos de 1998, escrito en África, se titule Critica de la pasión pura.

LG: Pero en la novela…

JM: En el caso de la novela, la condición es aún más radical. Si por algún momento sospecho que estoy “fabricando” personajes o situaciones, simplemente elimino todo lo escrito. Claro que hay fórmulas para escribir una novela exitosa, un best seller, pero no es eso lo que me interesa. Afortunadamente no vivo de mis libros y no necesito vender para seguir escribiendo. Por regla general, dono los royalties y los honorarios de mis conferencias. Así que me mantengo libre de esas circunstancias y apremios que acosan a otros colegas. Tal vez no sepa hacerlo de otra forma. Desde siempre he dejado que las situaciones y los personajes sean libres y yo, como autor, siempre me he limitado a seguirlos, a convivir con ellos. Hace dos o tres días, en Alemania, un estudiante me preguntó cómo se hace eso. La verdad es que no lo sé exactamente, pero es un ejercicio mental: uno sabe cómo mirar hacia el lado racional y cómo mirar hacia el lado opuesto. Una vez que uno se pone en esta actitud mental, debe mantenerse por un determinado tiempo hasta que las cosas comienzan a ocurrir, a veces de una forma frenética que hace imposible que los dedos sobre el teclado o la mano sobre un cuaderno respondan a la misma velocidad. Pero es mi mayor placer y es una suerte de pavor al mismo tiempo. Todo lo demás, como publicar o vender, como que escriban bien de tus libros, te critiquen o te insulten por ahí, son meros ad hocs, circunstancias irrelevantes de la vida a los que uno se acostumbra a no tomar en serio. Por el contrario, debe entender que hay otras vidas y otros sueños luchando por sobrevivir. Por eso, el valor y la actitud de lo que llamas “denuncia” se dan en los ensayos, no en las novelas. Una novela simplemente convive y expone algunos problemas, los más universales, aquellos que trascienden las circunstancias, las contingencias del momento. En mi caso, el drama social y político de esas dictaduras que viví directamente como niño, probablemente han desarrollado una sensibilidad sobre ciertos temas recurrentes en mis novelas, como la violencia moral, la recurrencia a la fuga, etcétera, pero no se trata de denunciar algo de forma consciente.

LG: Esta temática atraviesa también tus ensayos y columnas de opinión, pero de un modo muy multifacético. ¿Desde qué fuentes observás la realidad para nutriste como pensador moderno?

JM: Las fuentes son múltiples y van desde la memoria, dese la interacción personal con conocidos y desconocidos, hasta los documentos históricos, pasando, inevitablemente, porque esa es la omnipresente realidad contemporánea, por los medios de información. Prefiero los tres primeros.  

LG: Esta es una revista esencialmente de poesía. ¿Cuál es su relación con ese género?

JM: Tradicionalmente, creo que, en su aspecto más superficial, la poesía se identifica con un formato, como lo es la escritura en verso y estrofa, con o sin rima. A lo largo de miles de años de historia, arte y poesía eran cosas muy diferentes. Arte era una forma de hacer regida por reglas estrictas que el aprendiz debía aprender, dominar y reproducir. De ahí viene eso de una “obra maestra”. La poesía, en cambio, era cosa de locos, de locos visionarios, es decir, era el reino de la creación. Recién en la Era moderna el arte se rindió a los principios de la poesía y consideró que la creación, es decir, lo nuevo, no era una maldición demoníaca sino una virtud el espíritu humano, una condición necesaria y exclusiva de valor estético. Desde entonces, la locura del poeta se convirtió en la verdad sublime del artista, del escritor, como intermediario entre la naturaleza más profunda del ser humano y su natural mediocridad. Para mí, la poesía es una forma de ver y sentir el mundo. El formato nos advierte, como lectores, que debemos considerar especialmente la palabra y la sensibilidad del autor en un sentido especial, diferente al común. Es un código, una complicidad totalmente válida. Ahora, yo creo que la poesía no termina ahí, en la forma. Se proyecta como forma de ver el mundo en la prosa, en las artes plásticas, en el cine, en la vida misma. Por eso, un texto en verso puede ser una simple cursilería mientras una prosa puede estar cargada de poesía.

 

(*) Publicado originalmente en la revista barcelonesa, La Guardarraya de febrero de 2018.

 

PDF La Guardarraya, Nº2 febrero 2018

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https://issuu.com/laguardarrayarevistaliteraria/docs/laguardarrayafeb2018

Banderas

Las banderas nacieron para la guerra y, más allá de las cándidas excusas, nunca cambiaron de significado. Aunque se ondeen en nombre del amor, siguen cargando, de una forma o de otra, su cuota de odio en diferentes grados, ya sea de los opresores o de los oprimidos. Cuánto más se venera una bandera, más odio oculto se lleva dentro.

JM

La matanza de Parkland y el mito de las armas (por Andrés Hernández Alende)

por Andrés Hernández Alende

 

16 de febrero de 2018

La matanza del Día de San Valentín en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Parkland, una localidad del condado floridano de Broward, se suma a una larguísima lista de tiroteos masivos que definen la pavorosa historia del crimen en los Estados Unidos.

La masacre de Parkland, que dejó un penoso saldo de 17 muertos, es la peor en una escuela desde la de Sandy Hook, en el estado de Connecticut, en 2012. En Sandy Hook, como ahora en Broward, los políticos repitieron la misma frase: “Nuestros pensamientos y nuestras oraciones están con ustedes”. Dijeron que rezarían por las víctimas, que se tomarían medidas para que el horror no volviera a pasar, que se controlaría la tenencia de armas y se haría más estricta la verificación de antecedentes. Nada de eso ha sucedido. Nada indica que suceda ahora.

Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud de 2010, en las naciones ricas, el 91 por ciento de los menores de 15 años muertos por armas de fuego vivían en los Estados Unidos. Esa cifra es tan aterradora como debería ser inaceptable.

En ningún otro país desarrollado se producen las matanzas que con espantosa frecuencia estremecen a la nación norteamericana.

El índice de homicidios tiene una relación directa con la posesión de armas de fuego. En Australia no ocurre un tiroteo masivo desde 1996, cuando a raíz de una masacre en Tasmania el gobierno reguló estrictamente la tenencia de armas y restringió la venta de armamento de guerra. Pero en los Estados Unidos, una medida similar no encuentra apoyo entre la mayoría de los políticos y ni siquiera cuenta con el respaldo suficiente en el electorado como para cambiar la ley. Esta actitud se debe a un factor cultural y al mismo tiempo a una motivación económica.

La cultura de las armas está muy arraigada en la psiquis nacional. Es una herencia del proceso de fundación y expansión de la nación, cuando las milicias populares combatieron a las tropas de la metrópoli británica y luego los colonos arrebataron el país a la población indígena a tiro limpio. La historia norteamericana está vinculada al mosquete y luego al Winchester colgando de una pared de la cabaña; en la actualidad, esas armas han sido sustituidas por el AR-15, la popular versión civil del fusil militar M-16. El AR-15 fue el arma utilizada por Nikolas Cruz, el joven de 19 años que cometió la masacre de Parkland.

La tradición belicista fomenta un negocio multimillonario de venta de armas cuyo brazo propagandístico, la Asociación Nacional del Rifle, salpica a los políticos para inducirlos a no tomar las medidas salvadoras que hacen falta para detener la violencia.

Una visión torcida de la Segunda Enmienda de la Constitución –que estableció el derecho de poseer armas para los colonos a fines del siglo XVIII– equipara la tenencia de armas con la libertad individual. Pero la verdadera libertad que necesitamos y que deberíamos exigir con más energía es la libertad de enviar a nuestros hijos a la escuela sin el temor de que algo espantoso pueda pasar; la libertad de ir a un lugar público sin la inquietud de que un loco decida abrir fuego contra la multitud; la libertad de vivir sin miedo.

Una enmienda redactada a la carrera en medio de la guerra por la independencia, hace dos siglos y medio, ya no tiene vigencia y podría cambiarse. Pero la tendencia de muchos norteamericanos a ver la Constitución como un texto sagrado es aprovechada por los mercaderes de la muerte para mantener el negocio de las armas y frenar a cualquier político responsable que desee cambiar las cosas.

Vivimos en una sociedad violenta donde muchos se levantan cada mañana a ver cómo estafan al prójimo, en una economía regida por la competencia implacable y la insolidaridad; en una sociedad acostumbrada a que su gobierno resuelva las diferencias internacionales mediante la injerencia, la invasión y la guerra; en una sociedad donde la gente vive atrincherada en su propiedad y donde, como ha dicho el escritor uruguayo Jorge Majfud, “las armas son la segunda religión después del cristianismo”. Inevitablemente, ese tipo de sociedad crispada produce monstruos como Nikolas Cruz, el asesino de Parkland. La solución para detener las matanzas está en desechar el mito de la tenencia individual de armas, pero esa solución requiere un profundo cambio en la sociedad que muchos aún son incapaces de aceptar.

(artículo originalmente publicado en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article200633324.html )

Andrés Hernández Alende es escritor y periodista cubano, editor de Perspectiva.

Siga a Andrés Hernández Alende en Twitter: @Alende5

https://www.amazon.com/author/alende.novelas

 

¿Por qué no le copiamos a Estados Unidos?

La semana pasada tuve el gusto de visitar la Freie Universität de Berlín para una charla y, de paso, aceptar una vieja invitación de la Deutsche Welle (la televisión pública alemana que solía ver de niño, con cierto sagrado pavor, con sus programas dedicados a pintores, escultores y todo tipo de gente rara pero fascinante). El edificio donde actualmente funciona el Lateinamerika-Institut de la Freie Universität fue un proyecto de Max Taut y Franz Hoffmann, dos celebridades de la Bauhaus. El espíritu de la escuela de Weimar, única en la historia moderna, sólo se siente, y con una intensidad conmovedora, al caminar por su interior. Los nazis la cerraron en los años treinta por considerarla un reducto de degenerados, más o menos lo mismo que pensaba Stalin del arte de un comunista llamado Pablo Picasso. Sin embargo, mientras la destructiva historia del Tercer Reich ha muerto, o casi, la desaparecida Bauhaus todavía vive en las cosas que nos rodean. Aunque no lo sepamos.  

El viaje de regreso fue agotador, como siempre. En el moderno aeropuerto de Dublín debí esperar horas infinitas. En una mesa de un café cerrado, a las 2:30 de la madrugada, me puse a leer los diarios en mi vieja tablet.

Hasta que pasó un señor canoso que reconoció la página de un diario argentino.

— ¿Argentino? —preguntó.

—No. Uruguayo.

Más allá de Brasil, es más o menos lo mismo. Se sentó en la silla libre y se presentó. No recuerdo su nombre; a esa hora me debatía entre irme por otro capuchino o dormirme sentado.  

—Me encanta Uruguay —dijo, antes de dejarme en claro quién era y qué pensaba de América Latina y del mundo. Aunque los uruguayos tienen un gobierno socialista, o algo así, no le caía del todo mal. Al menos no son corruptos.

Los uruguayos somos el muchacho tranquilo del barrio.

El hombre canoso era, o había sido, un concejal de la provincia de Buenos Aires. En menos de una hora me informó de toda la corrupción del gobierno anterior, de la limpieza del actual, de las decisiones difíciles que habían tenido que hacer en la provincia y en el país para poner orden…  

—Justo ayer —dijo—, el gobierno anunció que se va a liberar el precio de la nafta (combustible) para que fluctúe según la hora y las localidades. De esa forma, cada estación de servicio podrá fijarlo según la oferta y la demanda, como en Estados Unidos. ¿Qué le parece?

—No sé, pero eso de la liberación suena bien.

—Lo mejor, como siempre, es copiar de los americanos. ¿Qué piensa del sistema de precios de combustibles que tienen allá?

—No sé —dije—, me resulta divertido, eso de ir de un lado para el otro buscando ahorrar unos centavos. Da esa sensación de libertad que se tiene cuando se atraviesa el Valle de la Muerte. Allá, aparentemente, funciona.

—No lo dude —dijo el hombre canoso—. Nosotros deberíamos copiar a los americanos.

—Algunas cosas. Como PBS, su televisión pública. O como los inodoros en Alemania.

—¿Perdón?

—En Berlín los inodoros tienen dos tanques de agua. Un botón según las necesidades del caso. Así uno puede ahorrar agua. Lo vi en Medio Oriente hace un cuarto de siglo. Aprender algunas cosas concretas parece razonable. Ahora, copiar… Copiar en crudo es un suicidio.

—No, ¡qué va! ¡Si hubiésemos copiado a los yanquis mucho antes, hoy seríamos como ellos!

—¿No lo hemos hecho antes? Con resultados diferentes. Con todo, eso tiene varias aristas. Como la sola idea de éxito.

—No. No le des muchas vueltas a la cosa o te mareás.

—Bueno, supongamos que éxito es tener dinero y ser famoso. Aun así, sea cual sea, la copia ignora las características culturales de cada pueblo, lo que hace que cada copia sea siempre imperfecta, hasta ridícula, y sus consecuencias imprevisibles.

—No, no. Me la estás poniendo muy complicada. Las cosas son más simples.

—Está bien, olvidemos lo anterior. Pero pensemos que, para ser un día tan próspero como Estados Unidos, Argentina deberá copiarle algo que Estados Unidos nunca aceptará que le copien.

—Como por ejemplo…

— Primero, Argentina debería convertirse en un imperio.

—Me lo venía venir. Ese discurso de los sesenta. Pero el mundo ha cambiado.

—Sí, claro, pero no tanto. El imperio americano todavía está ahí. Llamémoslo hegemonía, para que no se sienta incómodo. Cultura hegemónica, capitales hegemónicos, ideología de la no ideología, como la del libre mercado…

—Ustedes los zurdos (te lo digo con respeto) se pierden en una maraña de razonamientos.

—Bueno, tal vez usted no me ha seguido, pero yo no me siento perdido.

—Puras abstracciones. ¿Podrías darme un ejemplo concreto de eso que llamás imperialismo?

—Pongamos dos. Primero, Argentina debería desplegar unas cien bases militares en cada continente. Incluida dos o tres en Miami y otras tantas en Oregón. Segundo, el peso argentino debería ser la divisa global dominante. ¿Vio que cada vez que los países latinoamericanos tienen problemas económicos imprimen o devalúan su moneda?

—Repúblicas bananeras.

—Sí. Hay unas cuantas. Pero Europa y Estados Unidos no han hecho nada muy diferente. Para salir de la crisis del 2008, la FED inundó el mundo con un tsunami de dólares. Entre cuarenta y cincuenta billones de esos papelitos se vertieron al mercado cada mes, durante muchos años. Sí, ya sé, no es sólo imprimir. Por eso le llaman “expansión cuantitativa”, “compra de bonos”. ¿Hubo alguna explosión inflacionaria por semejante bananismo monetario? Claro que no. Eso les pasa a los países periféricos. No al país que posee la divisa global. El desastre se redistribuye (perdón por la palabra) globalmente. Siempre me he preguntado qué pasa con los ahorros de un humilde trabajador o un pequeño empresario, sea en India, en Argentina o en California, que tiene dólares sucucheados en algún banco, cuando la FED imprime más papel moneda. ¿No hay, acaso, una transferencia de valor de esos ahorros a los nuevos papelitos que van a parar a manos de otra gente, empezando por quienes lo imprimen? Si no, ¿de dónde procede el valor de esos nuevos papelitos verdes, ya que ni siquiera tienen un respaldo en oro?

—Eso pregúnteselo a un economista.

—Sería lo mejor. Sin embargo, sea cual sea la respuesta, es evidente que no es tan fácil copiar para parecerse. Siempre quedan algunos detalles, ¿no?

El hombre canoso suspiró cansado. Debían ser las 4:00 de la madrugada. Se levantó, comentó algo del Barcelona, Messi, Suárez, me deseó buen viaje, y se fue arrastrando su maleta.

 

JM

enero 2018

Pía Castro (Deutsche Welle)

AQUÍ ESTOY

Aquí estoy – Jorge Majfud, escritor uruguayo

Pía Castro entrevista al escritor y académico uruguayo Jorge Majfud, un experto en América Latina radicado en Estados Unidos. El novelista y ensayista conversa acerca de las divisiones y contradicciones de la comunidad hispana en ese país. El racismo latente en Estados Unidos, la inmigración y la lengua española como puente entre diversas culturas son algunos de los temas tratados en esta edición.

El escritor uruguayo Jorge Majfud es el invitado de esta semana en ¡Aquí estoy! Es académico y se desempeña como profesor de estudios de América Latina en la Universidad de Jacksonville en Florida, Estados Unidos. Pía Castro lo invitó a recorrer la emblemática Bernauer Straße de Berlín mientras conversaban. Para Majfud, la capital alemana es una ciudad de “grandes mentes” y “grandes tragedias”. El breve paseo por los restos del muro de Berlín da pie para hablar de las divisiones y contradicciones de la comunidad hispana en Estados Unidos, el país donde reside desde hace varios años. Majfud aborda el tema del racismo, que a su juicio siempre estuvo latente en la sociedad estadounidense, a pesar del avance que significaron los dos mandatos de Barack Obama. También reflexiona sobre lo que significa ser inmigrante y vivir entre varias lenguas, así como de la capacidad de unir que, en su opinión, tiene el idioma español.

La trivialización de los grandes temas de la humanidad

Estimados profesores de la Universidad Alice Salomon de Berlín:

Por este medio les solicito reconsiderar la decisión de borrar el poema de Eugen Gomringer grabado en uno de los edificios de su institución por incluir la palabra “admirador” la que, según sus estudiantes, denigra a la mujer. 

Admirar no puede ser una ofensa, al menos que el objeto o sujeto de admiración no sean las mujeres sino el odio, la opresión y el genocidio. 

Este tipo de activismo denigra, trivializa y caricaturiza la heroica lucha de las mujeres y del feminismo a lo largo de la historia y en el presente. 

Las palabras no ofenden. Ofenden los hechos y las intenciones, y cualquier estudiante que entienda que el poeta quiso denigrar a las mujeres en este poema debería considerar abandonar la universidad y dedicarse a otra cosa. 

Por otra parte, la reciente ola de hipersensibilidad dialéctica en las universidades banaliza el trabajo intelectual. Es precisamente aquí donde debemos tener la entereza suficiente para lidiar y confrontar todo tipo de ideas, incluidas aquellas que nos repugnan. O renunciar a nuestro trabajo. Si alguien no puede ver sangre no debería aspirar a ser un cirujano.

Si las palabras y las ideas deben ser censuradas porque hieren algunas sensibilidades (imagínese qué deberíamos hacer con Shakespeare, Sartre, Gerda Wegener, Bukowski), es que no se ha entendido nada la misión central de las universidades –ni de la cultura ni de aquellas mujeres y hombres que, aunque no hayan pisado una universidad en sus vidas, han contribuido al progreso del conocimiento y la libertad a pesar de sufrir las diversas formas de la censura.

Atte,

JM.

http://www.dw.com/es/alemania-borrar%C3%A1n-pol%C3%A9mico-poema-por-sexista/a-42310170

 

El destino de un millón de jóvenes a subasta

DACA o los 25 mil dólares por cabeza

 

Sólo el título de “soñadores” para referirse a los jóvenes indocumentados que fueron traídos por sus padres a Estados Unidos siendo niños, es un cliché. Si no un sarcasmo, si consideramos que sus sueños no se refieren al sueño americano sino a una larga pesadilla que no sólo tiene efectos legales y sociales sino profundamente morales y psicológicos.

Ernest Hemingway alguna vez discutió con alguien sobre la naturaleza de los ricos y, por alguna razón no del todo clara, le atribuyó a su colega Scott Fitzgerald el siguiente razonamiento: “sí, los ricos son diferente a nosotros; ellos tienen plata”. La precisión sobre quién fue el verdadero autor de esas palabras es ahora irrelevante. No el problema en cuestión. Aparte del detalle del dinero, podemos sospechar que hay otras diferencias. Los estudios realizados sobre el tema demuestran que los ricos que caminan en la calle le prestan menos atención a la gente que los demás. Incluso la cuantificación del tiempo que estas personas miran a otras es sistemática y significativamente menor. (Knowles y Dietze, New York University 2016, etc.) A partir de ese hecho, se ha teorizado una explicación: a los ricos les interesa menos la agente que al resto de la gente. Justo, candidatos ideales para presidentes y representantes del pueblo.

Claro que esto es un hecho estadístico, lo que significa que siempre será posible encontrar ricos más interesados en los pobres que algún pobre. Sobre todo en una cultura, en una civilización deshumanizada por la sobrevaloración de la mercancía, sea material, humana o animal. En toda cultura, los valores (éticos, estéticos) que proceden de un grupo dominante son gradualmente absorbidos y adoptados por los grupos subalternos. Digámoslo así para no usar las palabras oprimidos o dominados que ponen nerviosos a los apologistas de los valores en curso. Otra vez: siempre hay excepciones, como las culturas contestatarias o resistentes, porque las sociedades son equilibrios inestables y contradictorios.

Esta cultura, donde el éxito se mide, exclusivamente, por la fama y el dinero, tiene al “hombre de negocios” como el héroe sagrado e incuestionable. Gracias a los hombres de negocios comemos pan, conocemos el teorema de Pitágoras, existe la ley laboral de las ocho horas y las mujeres tienen hijos. Algo tan arbitrario como si pretendiésemos lo mismo de los poetas, los profesores, los carpinteros, los conductores de taxis, etc. Arbitrario pero, a esta altura, totalmente naturalizado.

Ahora, si bien el actual tsunami mercantilista puede tener su epicentro en el mundo anglosajón (el mundo todavía dominante) podemos ver en otras culturas y en otras regiones periféricas cómo la brutalidad del dictador o del hombre rico traficó igualmente con seres humanos como si fuesen mera mercadería. Bastaría con recordar que en la Nicaragua de los 70s, el dictador Anastasio Somoza, asesorado por hombres de negocios cubanos, les compraba sangre a los pobres por un dólar el litro y se la vendía a los Estados Unidos por diez.

La historia de Somoza escandaliza por su valor gráfico, como uno se escandaliza por los rituales aztecas mientras que la tortura y quema de herejes en la Europa de entonces (también por razones político-religiosas) es vista apenas como un lamentable paso hacia el desarrollo de gente civilizada.

Ahora mismo, en este momento, no escandaliza algo que, desde el punto de vista de la víctima, es mil veces peor que la venta de sangre, como lo son las negociaciones para resolver el problema de casi un millón de jóvenes que viven en Estados Unidos desde que eran niños, que estudian, trabajan y contribuyen a este país mucho más que los políticos y los exitosos hombres de negocio que han secuestrado la moral de una sociedad de trescientos millones de personas.

El presidente Trump ha propuesto, e insiste, con su solución: si el partido de la oposición acepta financiar la construcción de su muro en la frontera mexicana, él firmará una ley que evite la expulsión del país a un millón de jóvenes. Como bono, la gran oferta de un camino a la ciudadanía en diez o doce años.

La propuesta (una vez más) demuestra algo que, por razones de cultura y costumbre, no se ve como evidente e inmoral ante los ojos de cualquiera: el presidente siente y razona como un exitoso hombre de negocios y propone negociar la vida de un millón de jóvenes por 25 mil millones de dólares. Tal vez piense que, a 25 mil dólares por cabeza, cualquiera de esos honestos seres humanos debería sentirse, finalmente, valioso.

De acuerdo, un político debe lidiar con los aspectos prácticos de los conflictos sociales. Debe negociar. Pero nada de eso significa que esté exento de un sentido moral. Si se va a discutir el destino de los jóvenes y la ley DACA, la discusión debería centrarse en el problema de cómo llegar a una solución humana, justa y razonable. Un presidente decente no puede poner en una mesa de negociaciones, por ejemplo, la abolición de la segregación racial o la inequidad salarial de géneros a cambio de que le permitan perforar en el Ártico para extraer gas natural. En cada caso, la decisión debería centrarse en cada problema. ¿Qué solución es más justa y razonable? ¿Podría un médico exigir un aumento salarial como condición a entrar a una sala de cirugía donde espera un paciente anestesiado? No. Pero desde el tratado de Guadalupe de 1848, los negocios más legales se hacen secuestrando a la otra parte.

Sí, un exitoso hombre de negocios piensa y siente diferente. En casos, pasando por encima de las reglas éticas más básicas. Cuando ese hombre de negocios es el presidente del país más poderoso del mundo, entonces la inmoralidad salpica al resto de la sociedad que mira pasiva la violación de principios éticos fundamentales. Lo cual no es nada nuevo tampoco. Mientras la economía vaya bien, la sensibilidad moral puede esperar.

El mercado de carne humana continúa de muchas formas. Ésta es una forma evidente que ya no escandaliza a nadie. Lo cual significa que estamos ante un problema inconmensurablemente mayor.

 

JM

​¿Por qué los nacionalismos ahora?

Las actuales olas nacionalistas tienen, al menos, dos características: primero, no se trata de los nacionalismos que llevaron a la descolonización de África o a la rebelión en el resto del tercer mundo durante los 50 y 60. En aquellos casos eran nacionalismos de izquierda, casi una contradicción, por otras dos razones (porque estaban inspirados en pensamientos socialistas, internacionalistas, y porque se trataba de revindicar y levantar el espíritu del oprimido, del sirviente deshumanizado). No es casualidad que algunos de los inspiradores de estas corrientes, nacionalistas como instrumento, no como objetivo, fuesen rebeldes como Frantz Fanon (psiquiatra y pensador latinoamericano radicado en Argelia, autor de Pieles negras, máscaras blancas, 1952) o Ernesto Che Guevara, ambos con ideas como “el hombre nuevo”, ese proyecto quijotesco de un ser descolonizado, descosificado y liberado de la ambición que lleva a unos hombres a explotar a otros por dinero. Ambos, no por casualidad, acusados de violentos o inspiradores de la violencia. Por entonces las potencias europeas y estadounidense eran la versión de la madre Teresa militarizada, masacrando millones alrededor del mundo en nombre de la libertad y la democracia. La Unión Soviética hacía más o menos lo mismo en nombre de la igualdad, aunque sus tentáculos globales eran de menor alcance, histórico y geográfico. Sólo en ese sentido se entiende la firma habitual del Che, “Patria o muerte, venceremos”.

Obviamente, este tipo de patriotismo no se debe confundir con el patriotismo de las potencias coloniales: los colonizados saludaban la bandera del opresor como a un dios que les recordaba su propia inferioridad, razón por la cual ocupaban el lugar natural del servidor, del feo, del vicioso, del retardado. Incluso, aún hoy el colonizado suele emocionarse al reconocer esta superioridad del colono haciendo hasta lo imposible por parecerse y asimilarse al poderoso, al vencedor. El colonizado, sea inmigrante o acomodado en su propia patria, se pondrá discursos, camisas y pantalones con la bandera del poderoso y hasta dejará correr una lágrima cuando encuentre una buena razón para defender y justificar la arrogancia del vencedor, cual patético síndrome de Estocolmo. Esa lágrima que se le escapa al desposeído cuando descubre la buena persona que es por defender al poderoso que, tarde o temprano, lo recompensará por el servicio moral.

Pero el nacionalismo del colonizado y el del colonizador son tan diferentes como el feminismo y el machismo. Parecen iguales, pero son lo opuesto en su dimensión ética y política.

En segundo lugar, los actuales nacionalismos, como los del siglo XX, son nacionalismos de derecha y se dan, fundamentalmente, en el mundo rico o desarrollado. Eventualmente se pueden expandir al resto del mundo, como todo lo que surge aquí. También Europa y Estados Unidos fueron los primeros en difundir ideas como el Fin de la historia y el triunfo definitivo del neoliberalismo y las democracias liberales a partir de la disolución final de la parodia soviética. De ahí partió la idea de globalización como la liberación definitiva de los capitales. La idea de la disolución de las fronteras sólo se dio en Europa con la ampliación de la Unión Europea y el establecimiento del Euro, y en América del Norte, con tratados como el NAFTA. Era una globalización de los capitales, del poder, no de los trabajadores, que malinterpretaron las buenas intenciones convirtiéndose en inmigrantes ilegales.

Entonces, ¿cómo es posible que sea justo en esa misma área geomonetaria donde los discursos nacionalistas, proteccionistas y los cuestionamientos a las democracias liberales se están dando con más fuerza?

La respuesta la venimos repitiendo desde hace algunos años: se trata de la percepción, no declarada, del declive. No es que Europa y Estados Unidos se encuentren ya en la pobreza, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que sus habitantes ya perciben el declive relativo de sus privilegios hegemónicos. La próxima etapa es la rebelión de los de abajo en este mundo rico, desdesarrollado.

Este es un componente psicológico, pero existe un modelo histórico anterior de base ideoeconómica. Se trata de la historia del proteccionismo contra la ideología del libre mercado. A principios de la Revolución industrial, Inglaterra era uno de los países que más brutalmente penalizaba el libre mercado de productos en desarrollo, como los manufacturados. Hasta que sus industrias fueron lo suficientemente fuertes como para “competir” con India, América latina e, incluso con los subdesarrollados Estados Unidos del siglo XIX. América Latina adoptó fácilmente este cuento y abrió sus fronteras (la destrucción del Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza fue una de sus jugadas maestras). Por el mismo tiempo, Estados Unidos tenía las cosas más claras, como muchas otras veces en lo que se refiere a competencia y beneficios económicos. Los presidentes Cleveland y McKinley lo pusieron más o menos así: nosotros seremos los campeones del libre mercado cuando nuestras industrias sean lo suficientemente fuertes para competir con las británicas. No ahora.

Cuando Estados Unidos desarrolló sus industrias a un nivel que lo alejaba de cualquier competidor, de repente se cumplió la profecía: promovió el libre mercado, por las buenas y por las malas. Práctica, por supuesto, que nunca tuvo mucho de libertad debido a recurrencias como el dumping (aniquilación de la competencia por venta a precios debajo del coste) y las frecuentes intervenciones del ejército y los diplomáticos estadounidenses (algo así como los ad hocs del capitalismo para convertirlo en lo que realmente era: imperialismo revestido de nombres como libertad, justicia y democracia). Por no hablar de la inundación de dólares sobre las dictaduras amigas y luego la manipulación de las tasas de interés por parte de la FED que creó astronómicas deudas externas en el tercer mundo.

Por supuesto que, durante todo ese período, el nacionalismo sólo era un cuento para alentar a los soldados, pero no a los capitalistas, que de nacionalistas no tenían un pelo. El nacionalismo ajeno era tan malo que casi no se promovía el propio para no dar el mal ejemplo.

Ahora que Europa y Estados Unidos han perdido la abrumadora hegemonía (económica) de décadas atrás, surgen las rabietas nacionalistas entre sus habitantes. Estados Unidos reacciona con discursos proteccionistas y egocéntricos, añorando un pasado que fue varias veces más pobre y racista que el presente, pero por entonces dictaba como un dios brutal, bondadoso y temible. Inglaterra, todavía un centro importante de las finanzas, se sabe débil y decadente. Provincias como Cataluña reclaman su pasado y una riqueza que es relativamente mayor al resto de España, la que a su vez responde con su propio nacionalismo en nombre de la unidad, llegando, no en pocos casos, a un revival del falangismo y a una xenofobia que va desde el disimulo a la exaltación del racismo. Y así podíamos seguir con el resto del hasta hace poco eufórico mundo rico que quería disolver las fronteras y globalizar los Derechos Humanos.

Así vemos cómo el efecto de la percepción de ya no ser los referentes económicos y morales produce el renacimiento de sus propios monstruos y la pérdida de sus mejores logros, como los valores humanistas, de la ilustración y hasta de la confianza en las ciencias.

Claro que todo vuelve y todo termina. Lo importante es saber cuánto se destruirá hasta que el más arrogante y ciego nacionalismo vuelva al sótano donde se guardan las vergüenzas de la historia.

 

JM, enero 2018.