Un laberinto llamado América Latina

En 2018 la editorial británica Routledge, especializada en temas académicos, publicó el libro The Routledge History of Latin American Culture editado por el activista y profesor latinoamericanista de la Universidad Estatal de California Dr. Carlos Salomón. Como forma de reflexiones finales, Salomón conversó con uno de sus autores, Jorge Majfud, acerca de las percepciones y problemáticas de la identidad latinoamericana en las Américas.

CS: Emigrar, aprender otras costumbres y otra lengua, cambia muchas cosas. ¿Ha cambiado su comprensión de América Latina desde su traslado a los Estados Unidos?

JM: Para comenzar habría que considerar una dimensión existencial que normalmente omitimos al responder este tipo de preguntas: yo ya no soy exactamente el mismo, soy doce años más viejo y casi todo se ve distinto desde esta altura de los cuarenta y siete. También eso que imprecisamente llamamos América Latina ha cambiado, casi tanto como el resto del mundo.

Luego sí podemos reflexionar sobre la dinámica cultural. Ver la cultura propia dese la inmersión de otra ajena es siempre revelador. Uno tiene con qué comparar y contrastar la visión interior y la exterior. Lo mismo ocurre con el lenguaje: a medida que aprendemos una segunda lengua nos volvemos más conscientes de la naturaleza de la primera.

América Latina es una región vasta y extremadamente diversa, por lo cual hablar de “nuestra cultura” es producto de otra trampa del lenguaje: probablemente un mexicano de Chihuahua y otro de Arizona o de California tienen más en común que cualquiera de esos dos grupos y un argentino, por ejemplo. Pero a las culturas latinoamericanas nos une el idioma, la conciencia de la existencia del otro y la forma cómo el Gran Hermano del norte nos ha tratado en más de un siglo. Es su mirada y, a veces, es la intimidación de su musculatura lo que ha formado parte de nuestra identidad común. Por ejemplo, la idea del otro, la negación de la hispanidad dentro de las propias fronteras de Estados Unidos y la clasificación étnica, típica de este país, que todavía define odios y elecciones.

Cuando venía en el avión en el año 2003 me dieron un formulario donde, entre otros datos, se debía marcar “raza”. Me pareció algo muy exótico y escribí arriba: “no race”. Nunca me sentí ni latino ni hispano hasta vivir unos años aquí. Esa clasificación, de hecho, es un invento estadounidense, el cual ahora se ha transformado en una bandera de reivindicación, porque nosotros (los otros) hemos entrado en un juego que no inventamos y hemos aprendido a jugar para no sufrir las consecuencias de la derrota absoluta.

CS: Ha sido una historia compleja, marcada por conflictos reales y simbólicos.

JM: Si. Desde un punto de vista académico, es imposible profundizar en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina sin encontrarse con una larga lista de crímenes presentados como salvaciones, de dictaduras en nombre de la libertad y la democracia. Tal vez esas cosas marcan tanto o más que una guerra, porque se trata de una lucha por el rescate de verdad secuestrada, más allá del mero triunfo de la fuerza bruta. Afortunadamente la arrogancia y desdén con la que se ha mirado a América Latina desde el norte (basada en la ignorancia de los crímenes propios como intervenciones, complots, imposición de sangrientas dictaduras a lo largo del subcontinente, etc.) ha sido limitada y mitigada por los mejores estadounidenses, que tampoco han sido pocos, gente con un gran coraje intelectual que no se ha dejado amedrentar por la propaganda ni las reacciones tribales de sus propios pueblos. Por supuesto que nuestros pueblos también tienen muchos pecados que confesar. Nuestros pecados han sido siempre fratricidas, abusos ilimitados de las tradicionales clases gobernantes, de los propietarios de esos países, sobre millones de despojados o marginados, sin tierra, sin capitales, sin educación y sin derechos. Las dictaduras (el terno Plan B de las democracias oligárquicas) violaron, torturaron y asesinaron en masa a sus propios pueblos. Ninguno de esos pecados consistió en invadir con tanques, barcos de guerra, propaganda para destruir gobiernos e imponer otros en Estados Unidos o en algún país europeo, africano, asiático o lo que sea.

CS: ¿Qué ha cambiado de todo eso?

Hoy América latina no es aquella región del realismo mágico poblada de dictadores guardianes del sistema de monocultivos. Pero todavía vive sus propios conflictos, como la vieja tendencia de sus gobernantes a perpetuarse en el poder. La corrupción latinoamericana sirvió a todos, en diferentes proporciones: sirvió a las potencias mundiales para explotar sus recursos con mano de obra barata; sirvió a las oligarquías criollas para enriquecerse con la sangre de la chusma y del indiaje; y sirvió a los más pobres para sobrevivir. Todavía existe mucho de eso, sobre todo en grandes países como Argentina, México y Brasil y unos cuantos pequeños como en América Central.

CS: ¿Es la corrupción un problema típicamente latinoamericano?

JM: En su forma sí. En Estados Unidos la corrupción es diferente. Normalmente es legal, como cuando poderosos lobbies presionan a sus representantes en el congreso (más de la mitad son millonarios y proceden el uno por ciento de la población) para aprobar leyes que los beneficia. Luego esos grupos son los menos interesados en violar sus propias leyes, obviamente.

CS: Es curioso cómo se comenzó a sentir latinoamericano cuando vino a los Estados Unidos. A mí me sucedió lo contrario. Fue cuando viajé y estudié en México e, irónicamente, cuando leí la obra de su amigo y compatriota, Eduardo Galeano. Esto podría tener algo que ver con la forma en que los latinos se asimilan en las escuelas públicas. Para mí, estudiar, vivir y aprender en América Latina fue una revelación. El trabajo de Galeano realmente me dio un sentido de lucha contra el colonialismo en América Latina. 

JM: Ahí es necesaria una precisión. Debemos diferenciar la identidad latinoamericana de la hispana. La primera fue una invención de los franceses en el siglo XIX para incluirse en el proceso de las nuevas republicas; la segunda fue resultado de los gobiernos estadounidense, sobre todo en los años ochenta, lo que terminó por oficializar la clasificación del hispano como “el otro” por parte de la cultura angloamericana que se siente orgullosa de su “melting pot” (that never melts), que más bien es un archipiélago que se agrupa conflictivamente en casilleros étnicos y raciales que, en el mejor de los casos, se tolera. Luego estas fracturas sociales deben ser resueltas con un fuerte discurso patriótico, con la insistente idea de unión. Cuando uno ve que los discursos oficiales y populares insisten en algo es porque la realidad es precisamente la contraria. La primera identidad, la latinoamericana, fue y todavía es básicamente regional y cultural, cuando no regional y política; la segunda, la idea, la percepción y la identidad de ser “hispano” es, como es propio de la historia y la cultura estadounidense, un fenómeno étnico, a pesar de la enorme diversidad étnica del grupo aludido. 

CS: Con diferencias que van desde México hasta Argentina y que incluyen herencias tan dispares como la indígena, la africana y la europea.

JM: Así es. Históricamente el Cono Sur, sobre todo Argentina y Uruguay, se consideraban los “europeos del sur”, aquellos que no descendían de ninguna tribu ni civilización prehispánica sino de los barcos. Fue a mediados del siglo XX que comenzamos a dejar de mirar tanto a Francia con admiración, a Italia con nostalgia y a España con dolor para mirar a nuestros hermanos del continente. Es exactamente lo que le ocurre al joven argentino Ernesto Guevara cuando recorre el continente: descubre la América latina (o, mejor dicho, la América indígena) y se descubre como latinoamericano. Los intelectuales ya lo habían intentado mucho antes, de una forma algo forzada (José Martí, José Rodó, Rubén Darío, José Vasconcelos, etc.), pero será la conciencia política del siglo XX lo que la convertirá en una realidad, es decir, en un sentimiento más que una idea. La Revolución cubana fue un punto de inflexión en ese sentido. Los rioplatenses, los que éramos civilizados porque habíamos matado a todos los salvajes, los que teníamos los mejores sistemas de educación, las mejores economías, el más alto desarrollo del continente, con un alto ingreso per cápita y con avanzados programas sociales que habían equilibrado bastante las clases sociales, nos encontramos de repente con nuestro propio declive y luego con nuestro sentimiento de culpa por no haber pertenecido del todo a América latina. Especialmente escritores como Neruda, Benedetti y Galeano crearon o consolidaron esa conciencia continental por la cual comenzamos a sentiros latinoamericanos.

Sin embargo, sentirse “hispano” o “latino” no es exactamente lo mismo y hay que vivir en Estados Unidos para apreciar la diferencia, porque es una identidad básicamente norteamericana.

CS: ¿De qué forma te sientes conectado con las historias de los aztecas, de los incas y del mestizaje espiritual? ¿Hay algo en ellos que define el espíritu de América Latina?

JM: Intenté responder a esa pregunta en el libro El eterno retorno de Quetzalcóatl y en algún que otro artículo. Por ejemplo: la misma idea del Cono Sur como una región cultural construida por europeos y criollos blancos en la casi ausencia de la herencia indígena sobrevive hoy, al extremo de que el expresidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti escribió que no recibimos nada de los charrúas, ni una palabra. Claro, los robamos y los matamos porque eran tan salvajes que no aceptaban nuestra cultura a cambio de sus tierras y su libertad. Pero a mí siempre me sorprendió descubrir como en el lenguaje castellano sobrevivían expresiones, ideas de pueblos tan lejanos como las guaraníes, los incas e, incluso, los mayas. El lenguaje callejero de mis amigos de la primera adolescencia estaban lleno de indigenismos que nadie advertía como tal. ¿Qué se puede esperar, entonces, de países con una fuerte tradición indígena como Bolivia, Perú, Guatemala o México? No me refiero a lo más visible, como las formas de vestir, de cocinar o de organizar sus fiestas. De ahí surge la pregunta de si es posible borrar completamente una cultura en un proceso de colonización violenta. Mi hipótesis de partida fue simplemente no: la represión de una memoria no significa eliminación sino todo lo contrario: el elemento reprimido se transmuta, se trasviste para sobrevivir en las sombras, igual que en la psicología individual. Entonces hay que rastrearlo, sobre todo en un formato que le fue ajeno: el formato escrito, los documentos del colonizador, los libros de los ilustrados europeístas donde se podría detectar la tradición oral, reprimida por la ley y la vergüenza de lo propio, tan propia del colonizado, etc.

CS: ¿Dónde podríamos sospechas era herencia profunda?

JM: Por ejemplo, en la misma evolución histórica y luego mitológica de un argentino como Ernesto Che Guevara. El Che tiene mucho de un dios mexicano como Quetzalcóatl y mucho de la forma indígena (ya no solo prehispánica) de ver el mundo, como la relación sangre/oro, vida/muerte. Lo mismo las utopías de los intelectuales de izquierda. La utopía en Eduardo Galeano, un uruguayo marcado por la sensibilidad indígena o, al menos, antimaterialista de Noroccidente, no tenían nada de marxista, ni era materialista ni estaban en el futuro (el progreso industrial) sino en el paradigma cósmico/ecologista de la mentalidad indígena, de la vuelta al origen, del pasado perdido como aquello que está hacia delante, más allá del futuro.

(Versión castellana del capítulo publicado en inglés en The Routledge History of Latin American Culture

Jorge Majfud

La colisión de dos mundos

(Versión castellana del capítulo publicado en inglés en The Routledge History of Latin American Culture

Jorge Majfud

El cosmos prehispánico

Poco después de la anexión estadounidense de la mitad del territorio mexicano, no sólo se reinstauró la esclavitud en Texas, sino que el proceso fue vivido como un acto de despojo e impotencia por parte de la población hispana. No fueron pocos los rebeldes, reales y producto de la imaginación popular, que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX en los estados del suroeste que luego serían estilizados en el personaje de El Zorro.[1] El enmascarado de doble vida, en gran parte inspirado en héroes anti gringo, rápidamente se convirtió en otros enmascarados solitarios que se transformarían en los símbolos de la cultura anglosajona:[2] Lone Ranger, Batman, y todos los superhéroes que les siguieron, mitos nihilistas que revelan la dualidad día/noche, discurso/realidad de la nueva cultura estadounidense. Otro símbolo prototipo del “auténtico americano”, el cowboy idealizado en figuras como John Wayne, Gary Cooper y Clint Eastwood, nada o poco tiene de los cuáqueros, de los puritanos, de los peregrinos del Mayflower o de los intelectuales Padres Fundadores. El cowboy es otra mutación del vaquero mexicano que, a su vez, hunde sus raíces en la cultura hispanoárabe. No es casualidad, entonces, que los grupos tradicionalistas que más resisten la “invasión mexicana” sean texanos o de algún otro estado del suroeste y no, precisamente, aquellos más distantes de Nueva Inglaterra.

La historia —al menos la historia popular— es básicamente una construcción de mitos sociales compuestos por máscaras y símbolos herméticos, por recuerdos selectivos y olvidos convenientes. Quizás sus componentes más poderosos sean aquellos que, por buenas razones, han sido reprimidos. Reprimidos, no exterminados.

Un proceso similar, pero de mayor escala y profundidad tuvo lugar durante los siglos de la conquista y colonización de lo que hoy discutiblemente conocemos como América Latina. De la misma forma que la Navidad, una de las celebraciones cristianas más importante del mundo se realiza en una fecha que nada tiene que ver con Jesús sino con el dios Sol de Roma, así también las peregrinaciones a la virgen mexicana de Guadalupe se realizan al mismo lugar donde antes de la llegada de los europeos los mexicas adoraban a su diosa Tonatzin, “nuestra madre”, diosa de la fertilidad entre los aztecas. Según Octavio Paz, el hecho de que la conquista coincida con la derrota de Quetzalcóatl —dios del auto sacrificio creador del mundo en la hoguera de Teotihuacán— y Huitzilopochtli —el joven dios guerrero que se sacrifica— representa la derrota de estos dos dioses en la Conquista y el regreso a las divinidades femeninas.[3] Si bien la Conquista había destrozado el mundo indígena y sobre sus ruinas había levantados el suyo propio, “entre la antigua sociedad y el nuevo orden hispánico se tendió un hilo invisible de continuidad: el hilo de la dominación. Ese hilo no se ha roto: los virreyes españoles y los presidentes mexicanos son los sucesores de los tlatoanis aztecas.”[4]

El proceso de represión y travestismo que tradicionalmente se llama sincretismo —como paralelo espiritual y psicológico de mestizaje—, ha sido vasto e inevitable. Sería arbitrario limitar este fenómeno a unos pocos rituales religiosos. A diferencia de los colonos anglosajones, los españoles no ejercieron la conquista desplazando a los nativos. Por razones prácticas: la mayor parte de esta colonización se realizó en regiones donde los nativos se contaban en varios millones y poseían civilizaciones desarrolladas y sofisticadas. Los españoles abandonaron tierras más deshabitadas como Carolina del Norte, ya que su interés eran las riquezas minerales, la conversión de almas al catolicismo y de los cuerpos en mano de obra barata, cuando no esclava. Para indígenas como Guamán Poma de Ayala, aquellos dioses blancos que “comían de oro y plata [eran] “como un hombre desesperado, tonto, loco, perdidos el juicio con la codicia del oro y la plata.”[5]

Por esta razón, la represión cultural impuesta por la colonización ibérica debió ser más severa y sus logros menos absolutos. Fue una imposición por la fuerza cuando no de una forma más absoluta y devastadora: la represión moral originada en la vergüenza del colonizado por lo que era, por todo lo que no fuera blanco y europeo. Luego de las guerras de independencia, esta tarea estuvo a cargo de los criollos, ahora no tanto en nombre de la Iglesia católica, percibida como el origen del atraso y la ignorancia, sino en nombre del liberalismo y el positivismo científico. Hasta finales del siglo XIX, un educador y luego presidente argentino, Domingo Sarmiento, escribió apasionadamente contra las razas refractarias al progreso, como forma de copiar el exitoso modelo estadounidense.[6]

Una y otra vez estamos ante el divorcio y la represión de una de las partes sobre la otra: la “ciudad letrada”, la clase alta y su cultura ilustrada, sobre la mayoritaria sociedad oral de una cultura popular que no podía estar muerta sino ignorada o despreciada por propios y ajenos. La cultura escrita europea fue la única visible y legítima en los medios de difusión de la época, en los periódicos, en los libros y las universidades. Hasta bien entrado el siglo XX muchos en Bolivia ignoraban o no querían ver que la amplia mayoría de su población era indígena; consideraban a su país un país de blancos porque eran los criollos blancos o blanqueados los que ocupaban las páginas de los periódicos y los puestos en el gobierno y la administración.

Ángel Rama define cuatro apariciones del indio como tema en la literatura latinoamericana: (1) en la literatura misionera de la Conquista; (2) en la literatura crítica de la burguesía mercantil del período revolucionario; (3) en el romanticismo como lamentación por su destrucción; y (4) “en pleno siglo XX, bajo la forma de una demanda que presentaba un nuevo sector social, procedente de los bajos estratos de la clase media, blanca o mestiza. Inútil subrayar que en ninguna de esas oportunidades habló el indio, sino que hablaron en su nombre.”[7]

No será hasta mediado del siglo XX que este signo se revertirá. Las culturas y las razas antes despreciadas se volverán centro de reivindicación, particularmente entre los escritores comprometidos de izquierda y entre los rebeldes y revolucionarios. Pero ya no será una simple pose pintoresca de indigenismo sino la expresión de un pensamiento: la restauración del origen perdido —no del futuro industrial— paradójicamente por aquellos que se definían como marxistas. El sentipensante, definido por Eduardo Galeano, se encarnará en el crítico y en el rebelde latinoamericano. El historiador peruano Manuel Burga, observa en Nacimiento de una utopía (1988) que “todos los pueblos sin escritura recurren a los rituales para recordar a sus ancestros míticos.”[8] Las sociedades de la colonia eran sociedades rituales, “el pasado era más importante que el futuro para ellos. La angustia que les produjo la conquista, y luego la violencia colonial, los lanzaron hacia el pasado.”[9] Huamán Poma de Ayala retrató varios de estos rituales y danzas donde se pueden ver españoles reproduciendo rituales indígenas en una ceremonia católica. Para Burga, son indios disfrazados de españoles representando un ritual disfrazado de símbolos católicos. La memoria maldita sobrevive a pesar de los extirpadores de idolatrías, de una forma aún más profunda que la ceremonia formal. Es memoria reprimida, grabada por el fuego de los extirpadores. Por otra parte, como veremos más adelante, la valoración del pasado como un tiempo superior que está hacia adelante (opuesto al tiempo progresista moderno de algo inferior, atrasado, que se ubica hacia atrás) es inherente en lenguas como el quechua y en las aspiraciones mítico-ideológicas de los pueblos originarios.

Pero la necesidad de reprimir y fusionar según las fuerzas del poder colonizador y de la resistencia del colonizado se dio incluso en un sentido opuesto y con el mismo objetivo. Diferente a los cronistas, en Comentarios Reales el Inca Garcilaso de la Vega (en cierta forma un converso en tierra española) intenta asimilar una mentalidad católica española, pero no puede olvidar su origen. Para resolver este conflicto o aparente contradicción, los integra en un proyecto común: según de la Vega, la cultura inca, su concepción teológica y su destino religioso fueron un estado previo en una evolución natural hacia el cristianismo. Garcilaso resuelve el celo monolátrico del cristianismo identificando a Pachacámac con Yahvé y a Zúpay con Lucifer.[10] Para Garcilaso, los incas tenían un dios único, el Sol; y por el otro, el Espíritu universal de Pachacámac, es decir, el Padre y el Espíritu Santo. El tercer elemento de la Trinidad, el Hijo es, precisamente, Jesu Christo el signo distintivo de la conquista.[11] La naturaleza previa a los Incas se revela falsa por ser adoración de algo inferior: “no había animal tan vil ni tan sucio que no lo tuvieran por dios.”[12]

En cualquiera de sus posibilidades, la idea de continuidad y sobrevivencia del mundo prehispánico ha sido repetida`mente evitada. Desde Ariel (1900) de J. E. Rodó, La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, Siete ensayos de interpretación (1928) de José C. Mariátegui hasta El espejo enterrado (1992) de Carlos Fuentes o Las raíces torcidas de América Latina (2000) de Carlos Alberto Montaner, los escritores del continente apenas sí se han detenido en las raíces precolombinas como traza viva del presente. Leopoldo Zea y otros latinoamericanistas han observado que en ningún otro continente como en América latina la colonización europea sustituyó las culturas originales. El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz —como versión mejorada de la obra de Samuel Ramos y básicamente referida a México—, es un ejemplo contrario. En los demás, la herencia indígena sobrevive cuando coincide con los defectos de España: las sociedades verticales de Mesoamérica fueron reemplazadas por la sociedad vertical de España, razón por la cual América Latina ha encontrado siempre dificultades en madurar una cultura democrática, etcétera.[13] El mismo Mariátegui entendía que lo único que sobrevivía del Tawantinsuyu era el indio como cuerpo biológico, ya que la civilización había perecido.[14] Carlos Fuentes, en El espejo enterrado (1992) entiende que

cuando Moctezuma y su imperio se hundieron en las aguas sangrientas de la laguna, el tiempo original del mundo indígena desapareció para siempre, sus ídolos rotos y sus tesoros olvidados, enterrados todos, al cabo, bajo las iglesias barrocas cristianas y los palacios virreinales.[15]

La sola idea de que estos millones de personas, desde México hasta Tierra del Fuego pudieran tener un pensamiento que no fuese europeos continuó siendo negada, incluso por investigadores contemporáneos.

Sin embargo, a lo largo de todos estos siglos, las masas analfabetas, que habían aprendido a sentir vergüenza de su propia cultura y de sus propios cabellos de cola de caballo, no tuvieron otra opción que continuar hablando sus idiomas vernáculos, practicando sus propias costumbres alejadas de los centros de civilización y sus propias maneras de pensar y de sentir. En países como Perú, en el siglo XIX todavía no tenían el idioma de los vencedores como idioma mayoritario. Laurete Séroujé nos recuerda que tribus como los huicholes, tribu actual del noroeste de México, la religión náhuatl parece sobrevivir en múltiples creencias y ceremonias.”[16] Quizás en un tono más anecdótico, Eduardo Galeano recuerda de su paso por Quito, en 1976, que “los indios todavía visten de negro por el crimen de Atahualpa.[17] El historiador y antropólogo Manuel Burga interpreta las fiestas y bailes y representaciones en Bolivia y Perú como una prueba de la permanencia de una identidad indígena y “una utopía andina.”[18] Más aún, “los estudios sobre esta misma representación en América Central y México son también abundantes; toda las descripciones parecen coincidir en presentarlas como diversas variantes de una danza única.”[19] Durante siglos, las autoridades europeas hicieron una minuciosa tarea de extirpación cultural. La respuesta de la memoria indígena consistió en una adaptación para la sobrevivencia. Los sacerdotes católicos fueron conscientes de este hecho desde el siglo XVI, razón por la cual llegaron a cambiar los calendarios, “aunque esto implicara un cambio en los santos patrones de cada pueblo.”[20]

Ahora, la sobrevivencia del mito, de un cosmos reprimido no es simple narración o reivindicación del pasado sino que está fuertemente asociada con las ideas de presente y futuro. Uno de los libros fundacionales de las utopías moderas fue, precisamente, Utopía (1516), de Thomas More. Lo que hoy es América Latina iba a jugar en esta nueva tradición un rol decisivo: More se inspiró en las cartas que Américo Vespucio escribió a principios de la era del descubrimiento del Nuevo Mundo. Vespucio había reportado que en estas tierras los nativos eran pueblos muy saludables y tenían extraños hábitos: no tenían en gran estima por las riquezas materiales, desconocían la propiedad privada y se bañaban todos los días. El machismo, una institución consolidada en Europa y exportada al nuevo mundo, no era lo suficientemente fuerte como para estimar la virginidad en la mujer o mantenerla alejada de los asuntos públicos.[21]

Más allá del hecho de si las cartas de Vespucio (como las de Hernán Cortés o las de Bartolomé de las Casas) son exageradas o no, lo cierto es que revelan una época: tanto América como Utopía expresaban los sueños y las aspiraciones de una Europa que se abandonaba a la pasión individualista, de la conquista y del dinero; la avaricia, cupiditas, dejaba de ser un pecado para convertirse en una virtud. El cristianismo renacentista desacralizó el mundo y sacralizó la salvación individual: si el mundo ya no era sagrado sino materia, estaba bien explotarlo sin condenar a la humanidad a la perdición. Es decir que la utopía fue, desde muchos puntos de vista un sueño colectivo, la expresión simbólica del deseo de lo que no se es o no se tiene, la culpa por lo que no se ha hecho o se ha hecho mal, un sueño que en muchos casos terminó en pesadilla. El tiempo europeo que, gracias a los primeros humanistas modernos del siglo XIV dejó de ser concebido según las Eras de los metales como un proceso inevitable de degradación y corrupción y en los siglos posteriores pasó a ser una gráfica ascendente, donde todo tiempo pasado fue peor; lo mejor estaba por delante, hacia el futuro: el progreso y la superación de todos los males gracias al conocimiento del hombre y del mundo.

Diferente, el mundo amerindio no separó la sangre del espíritu, los hombres y las mujeres del universo natural ni se regía por la concepción judeocristiana del tiempo lineal. Como en muchas otras culturas, era un tiempo circular. El progreso, la virtud, el sentido de justicia era y vuelve a ser más bien una restauración del origen. Así, la utopía termina en los intelectuales comprometidos, en los revolucionarios tal como comenzó en el siglo XVI: inspirada en Amerindia, en el cuestionamiento a la irracionalidad del consumismo, a la avaricia y al individualismo desde una visión ecologista, que también es una reivindicación indígena e indigenista.

Es común considerar que el pasado está hacia atrás y el futuro hacia adelante. Ésta es una concepción, aunque unánime, del todo arbitraria. Así como el norte no está hacia arriba, el futuro no está hacia adelante. El idioma ha atrapado la idea de nuestro cuerpo que camina hacia adelante y lo ha fijado en nuestra concepción del tiempo. Mucho más en inglés, donde las acciones son más recurrentes que las contemplaciones, donde no se distingue ser de estar pero se distinguen diferentes formas de hacer (to make/to do, sin entrar a considerar el vasto vocabulario coloquial que se refiere al dinero o a los negocios hasta en el acto de comer o simplemente de saludar), donde las distinciones en tiempo pasado son menos sofisticadas que en otras lenguas como el español.

En mentalidades y civilizaciones como la nuestra, la acción predomina sobre la contemplación de la existencia, y por lo tanto el futuro está hacia adelante. En culturas más contemplativas como en la antigua Grecia o en las andinas, el tiempo era un rio que fluía desde nuestra espalda hacia lo que tenemos por delante. Es decir, el pasado estaba hacia adelante y el futuro hacia atrás. Esta concepción, que en principio puede parecernos absurda es aún más lógica que nuestra propia concepción del tiempo: si podemos ver el pasado en formas de recuerdos y no podemos ver el futuro incierto, entonces lo que tenemos delante de nosotros no es lo que vendrá sino lo que ha sido, es decir, la memoria. En el mundo andino, ese tiempo es el ñaupa-q,[22] palabra que, igual que muchas otras, sobrevive hasta en las regiones más euroamericanas como el Cono Sur.

El componente amerindio está por todas partes, casi siempre sobreviviendo de forma subterránea, inadvertida, por lo que cabe preguntarse: ¿hasta dónde se extiende hoy en día la práctica colonial de los pueblos latinoamericanos? ¿Es posible revertir este proceso desde la cultura misma? Según Eduardo Subirats, este proceso colonizador se extendió incluso hasta la propia academia contemporánea: la colonización de la poética latinoamericana consistió en “el secuestro de la intencionalidad intelectual, la domesticación y neutralización del compromiso histórico y político de la teoría”.[23] En contrapartida, Subirats pone el acento en el valor mítico y oral de las poéticas de la resistencia latinoamericana oponiéndose a la neutralización academicista. “A favor de esa piadosa conversión del arte en acción comunicativa se arguye que, al fin y al cabo, todo son representaciones, lo mismo la guerra contra el mal que los videoclips de Madonna”.[24] Subirats entiende que “las culturas y memorias ibéricas y latinoamericanas deben revisarse y redefinirse a partir de sus centros espirituales, no de sus fronteras”.[25] Uno de estos centros debería ser los espacios y símbolos sagrados compartidos por una tradición estratégicamente olvidada: la judía-cristiano-musulmana en España y las antiguas concepciones cosmológicas en América. “Estas tradiciones y conocimientos se extienden desde códices y obras de arte hasta las tradiciones orales y artísticas milenarias sobrevivientes en el día de hoy”.[26] Y más adelante:

Pero el descubrimiento y la colonización de América tampoco pueden comprenderse como proceso civilizatorio sino es a partir de la continuidad que recorre sus mitos teológicos de la culpabilidad originaria de los pueblos americanos y su redención por la conversión bajo la cruz, por una parte, y los discursos y violencias de la salvación político-económica bajo los nombres empírico críticos, positivistas, marxistas-leninistas o neoliberales del progreso.[27]

Quetzalcóatl-Viracocha

El descubrimiento de América exacerbó las fantasías europeas. El mismo día que en España vencía el plazo para que los judíos abandonasen España, Cristóbal Colon sale hacia lo desconocido. Ese mismo año los cristianos habían expulsado a los últimos gobernantes musulmanes y continuarían la Reconquista con la conquista de América. Los primeros aventureros como Hernán Cortes, con la cabeza tan llena de literatura como cien años más tarde lo estaría otro Quijote, Don Alonso de la Mancha, confundieron los tempos mayas y aztecas con mezquitas. Como Don Quijote, Hernán Cortés fue un best seller de su época, aunque los relatos de su propia barbarie estaban lejos del idealismo de don Quijote. Antes que América se convirtiese en el infierno de los conquistadores, comenzó siendo el Edén, como lo expresó Américo Vespucio, cuando encontró pueblos sanos y con costumbres extrañas, como bañarse todos los días o darle poca importancia a la virginidad y demasiada libertad a la mujer.[28] El machismo europeo fue exportado a América pero no a cambio del hábito de bañarse todos los días. Los nativos, que por los siglos por venir llevarían su nombre, con la exótica costumbre de desconocer la propiedad privada y de despreciar la codicia, representaban todo lo opuesto a la Europa renacentista, sedienta de conquista y de riquezas. Esa Europa cristiana, que había separado el mundo espiritual del material, también había dejado de condenar la riqueza; por el contario, del día para la noche pasó a valorar la codicia como motor del progreso material —y como símbolo de pertenecer a los elegidos de Dios.

Las cartas de Américo Vespucio inspiraron al político Tomas More en su famoso Utopía (1516). Vespucio se queja: “me calumnian porque dije que aquellos habitantes no estiman ni el oro ni otras riquezas”.[29] Quizás no se deba tomar sus crónicas como algo rigurosamente verídico; aparentemente no están exentas de exageraciones, pero como una ficción misma revelan su propia época. De hecho, pocas crónicas fueron escritas sin una buena dosis de realismo mágico. Pero las fantasías son más reales que la realidad. El fanatismo de los conquistadores hizo posible que unos pocos españoles sometieran a millones de aztecas e incas; las fantasías de los conquistados, como la idea de que los españoles eran Quetzalcóatl o Viracocha que regresaban a reclamar el trono, hicieron el resto, sino la mayor parte.

Según la ontología amerindia, los humanos son responsables de mantener el Cosmos en movimiento. Lo peor no es la crisis y el derrumbe cíclico, sino la inercia y la inmovilidad. La justicia de los hombres y semidioses es el motor del movimiento, a veces armónico y a veces violento, que lleva a un estado de bienestar. Lo peor no es el infierno sino la caída del espíritu en la materia, la desacralización de la sangre y el espíritu —la explotación y mercantilización de la naturaleza.

Uno de los dioses más paradigmáticos de ese Cosmos es Quetzalcóatl y sus diferentes versiones. Como en cualquier héroe mitológico, su nacimiento está investido de signos trágicos o excepcionales. Quetzalcóatl nace en un mundo de conflictos y, en muchas versiones, de padres enfrentados en la lucha. Con fuertes connotaciones psicoanalíticas, algunas leyendas refieren este nacimiento como producto del erotismo de los opuestos en una lucha. La madre, una guerrera chichimeca descendiente del dios Tezcatlipoca, provoca o desafía al padre, el guerrero Mixcoatl, dejando las armas en el suelo y desnudándose. Mixcoatl igualmente tira sus flechas sobre la guerrera desnuda pero falla todos sus intentos de herirla. Luego el simbolismo se traduce directamente en la acción sexual. Después de una breve fuga por el bosque, el guerrero la posee en una cueva y la embaraza.

El mundo en que nace Quetzalcóatl es un mundo de combates, sacrificios humanos y conflictos permanentes.[30] Quetzalcóatl matará a sus predecesores y revolucionará la sociedad suprimiendo —temporalmente— un elemento recurrente de la cultura mesoamericana: el sacrificio humano. Un período de gran creatividad sigue a esta revolución tolteca —el pueblo de los pensadores, en oposición al más primitivo pero dominante pueblo azteca— donde prosperan las artes y el conocimiento.[31]

El cambio y el florecimiento de la nueva organización debe ser guiada por el hombre-dios, según todas las versiones de la cultura mesoamericana. Quetzalcóatl advierte la amenaza del hundimiento procedente del Este. Pero esta no es sólo la condición psicológica o el destino de un dios con múltiples rostros sino la naturaleza misma del cosmos mesoamericano. Los demás dioses también son conscientes de la inestabilidad en la que se encuentran, por lo que se exigen cada vez más acciones para mantener al sol y la luna en movimiento. Quetzalcóatl es elegido para ejecutar este sacrificio reparador de los dioses. Pero esta acción radical de teocidio no produce el efecto esperado y el Sol no se (con)mueve. Razón por la cual Quetzalcóatl decide auto sacrificarse. Podemos deducir la importancia de este dios-hombre por el efecto de su acción, de su auto sacrificio: el Sol retoma su camino y de esa forma se produce el nacimiento de la Era del Quinto sol. Todos los mitos mesoamericanos indican la idea de que la creación del mundo es siempre incompleta. Existe una permanente “duda divina”. El resultado no es una visión del cosmos regida por el ritmo y el orden prevaleciendo sobre el caos, sino un modelo revolucionario donde una parte se enfrenta ferozmente a la otra. A cada período de orden sucede un período de revolución que mantiene en movimiento el Universo.[32]

Es significativa la idea de que Quetzalcóatl representa al creador de la nueva humanidad. En la leyenda del Quinto sol, la humanidad es creada luego de cuatro intentos fracasados de los dioses, que se negaban a intentarlo por quinta vez. El hombre nuevo es resultado, también imperfecto, de Quetzalcóatl. Según la Leyenda de los soles, la serpiente emplumada restaura la vida humana a través de un viaje del héroe —elemento arquetípico— a las tierras de los muertos. Quetzalcóatl le reclama a Mictlantecuhtli los huesos de los ancestros para hacer una “nueva humanidad”. Para ello, el dios de los muertos le pide una tarea imposible: soplar una caracola sin agujero. Enfrentado al engaño, Quetzalcóatl recurre a seres naturales, a los gusanos y las abejas para que perforen la caracola. El señor del bajo mundo —consecuente con una dialéctica entre hechos y palabras— reconoce el logro de Quetzalcóatl y consciente en entregarle los huesos, pero ordena a sus sirvientes detenerlo. Quetzalcóatl desafía al señor de la muerte verbalmente e intenta escapar del infierno. Los demonios crean un abismo donde cae y muere, rompiendo los huesos. Su doble lo regenera y así puede escapar del abismo. Pero los huesos están rotos y Quetzalcóatl debe dárselos así a su consorte, Cihuacoatl-Quilaztli, quien los pone en su mortero de piedra y los muele. Quetzalcóatl sangra su pene sobre ellos (la idea de que el alma humana descendía del cielo al vientre materno es propia de la cultura tolteca), de donde nace un niño varón y cuatro días después una niña. De ellos desciende la humanidad.

Davíd Carrasco sintetiza las diferentes variaciones en la persistencia de (a) una dualidad en lucha por la cual cada edad es creada por el combate o sacrificio de un par de opuestos; o la creación ocurre por (b) un descenso cósmico, donde el creador baja a un mundo inferior. Esta idea del descenso hace a Quetzalcóatl el más humano de todos los dioses. La creación ha sido imperfecta, el logro no se ha completado. Esta idea de “las cosas resultaron bastante mal” es común en la cultura religiosa mesoamericana. Pero la idea de que la destrucción final debe ser diferida mediante el sacrificio permanente, es revertida por Quetzalcóatl de Tollan (o Tula), quien reemplaza esta ansiedad de la inestabilidad y del caos del cosmos y los sacrificios rituales, por la armonía y la creatividad. Por esta razón, Quetzalcóatl es el símbolo de la autoridad legítima que es capaz de un orden sagrado en un mundo inestable. Ya en la época de Chololan, Quetzalcóatl es reconocido como el dios de las masas, el que es capaz de integrar la gran estructura social. Más tarde, en la Tenotchitlán azteca, es posible que se haya convertido en el dios de la clase alta. El retorno de Quetzalcóatl descubre la atmósfera de inestabilidad cósmica y de inferioridad cultural que marcaron la capital azteca, Tenotchitlán, desde su fundación. Los aztecas sufrieron del ansia de la ilegitimidad de su autoridad.[33]

La repetida idea de un imperio ostentando un poder ilegítimo surge, de forma muy particular, del poder mismo. Para revertirla, los aztecas recurren a la conmoción psicológica. En una ocasión invitan a representantes de pueblos vecinos a presenciar masacres rituales, como forma de sostener su poder mediante el terror de la fuerza[34]. Esta política contuvo pero también potenció las energías de una rebelión que fue aprovechada por los españoles. Moctezuma, consciente de la ilegitimidad histórica de su imperio, ante la inminente llegada de Quetzalcóatl, abandona el gran palacio y ocupa uno menor, en espera de la verdadera autoridad, la subyugada Tula. Con Moctezuma se da un hecho incomprensible para la historia de Occidente pero que nos revela un rasgo interior de la cultura mesoamericana: un gobernante que ostenta el poder absoluto y renuncia a él por una conciencia moral de ilegitimidad, por su propia mala conciencia. Lo que nos da una idea del significado prioritario del terror sagrado que unía al mesoamericano con el cosmos. Una idea semejante de ilegitimidad de la autoridad será retomada por diferentes autores al referirse a la percepción histórica del pueblo latinoamericano hacia el poder y sus gobernantes.

Quetzalcóatl no es el dios creador del Universo, sino un donador de la humanidad, como Prometeo, que da a los hombres y mujeres las artes, el conocimiento y los alimentos. Es decir, un reparador del caos o un servidor ante la necesidad natural del mundo. No es un dios que castiga a su creación, sino un dios limitado y frágil que lucha ante la adversidad en beneficio de una humanidad que ha sido castigada de antemano por fuerzas superiores. Pero es también el ideal de la autoridad legítima, una autoridad máxima capaz de ordenar, regular y dar prosperidad a un pueblo permanentemente amenazado por el cosmos y por la violencia imperial de los dioses guerreros.

Una característica del mundo prehispánico parece ser la conciencia de destrucción, abandono o renuncia. Como en pocas partes del mundo antiguo y moderno, cada nueva cultura o civilización estaba obligada a desarrollarse con el recuerdo cercano de alguna otra gran civilización, creadora de monumentales edificios, ciudades y mitos de tiempos dorados. La visión del pasado debió ser radicalmente diferente a la visión displicente que procede de nuestra orgullosa modernidad. Los mitos cosmogónicos mesoamericanos reinciden en una idea cíclica de creación y destrucción, lo cual es común en civilizaciones más antiguas como las asiáticas, pero son dramatizados, a veces de forma sutil, por una particularidad: la destrucción violenta por medio de terremotos y huracanes, por la furia de la naturaleza o, lo que para el mundo mesoamericano era lo mismo, por la furia de los dioses. Ambos, dioses y naturaleza estaban directamente conectados con el sacrificio, con la sangre humana. Con la violenta penitencia los hombres se comunicaban con los dioses o remediaban la arbitrariedad de la naturaleza humanizándola. El objetivo no era la vida eterna de los cristianos o la liberación de los hindúes sino evitar que el cosmos se detuviera o que se conmoviera hasta la destrucción. No sólo los enigmáticos abandonos de estas grandes ciudades son un rasgo distintivo, sino también la misma monumentalidad de sus obras: desde Tula y Teotihuacán, hasta Machu Pichu pasando por una célebre colección de abandonos. Esta memoria debió ser, al mismo tiempo, la teleología de los ciclos de grandeza y destrucción. Una cultura o una civilización no reemplazaban a otra como en Medio Oriente, en Asia o en Europa. Un espacio era abandonado y los nuevos pueblos errantes se asentaban en algún otro lugar para comenzar de nuevo, con la conciencia de una próxima catástrofe.

 Si el mito o la voluntad de Prometeo es una herencia de la cultura ilustrada de Europa que se opuso o criticó la empresa Europea de conquista y colonización, el mito o la voluntad de Quetzalcóatl-Viracocha es la herencia de las masas populares —que resistieron, se impusieron y dieron forma a la mentalidad de un continente que comparte más que un idioma— y se opusieron al invasor. Según Carlos Fuentes, Quetzalcóatl se convirtió en un héroe moral, como Prometeo; ambos se sacrificaron por la humanidad, les dieron a los mortales las artes y la educación. Ambos representaron la liberación, aun cuando ésta fue pagada con el sacrificio del héroe.[35] Fuentes advierte este equivalente en dos pinturas del muralista mexicano José Clemente Orozco, una en Pomona Collage en Claremont, California y la otra en Baker Library en Dartmouth Collage, en Hanover. En la primera Prometeo simboliza el trágico destino de la humanidad y en la segunda Quetzalcóatl, el inventor de la humanidad que es exiliado al descubrir su rostro y deducir de él su destino humano, es decir, de alegría y dolor. Orozco sintetiza las dos figuras en un solo hombre pereciendo en la hoguera de su propia creación, en el Hospital Cabañas de Guadalajara.

Tanto Prometeo como Quetzalcóatl son dioses derrotados, porque su rasgo humano impone un grado de imperfección y de injusticia por parte de los dioses superiores (Zeus, Mictlantecuhtli, Tezcatlipoca).[1] En ambos, como en Jesús, el simbolismo de la sangre es central, porque es el elemento más humano y más sagrado entre los elementos del universo contra los cuales debe luchar permanentemente para sobrevivir, para ascender (Prometeo) o para evitar el caos, la destrucción final (Quetzalcóatl). Pero si el “humanismo divino” de Prometeo y de Quetzalcóatl tienen elementos en común, también se oponen, reproduciendo la cosmología mesoamericana de los opuestos en lucha que crean y destruyen: Prometeo desafía la máxima autoridad para beneficiar a la humanidad. La historia del humanismo a partir del siglo XIII europeo integra una conciencia histórica de progresión, igualdad y libertad en el individuo-sociedad que se opondrá de forma radical al tradicional paradigma religioso basado en la autoridad. El humanismo de Quetzalcóatl, si bien significa un desafío a los dioses superiores e inferiores en beneficio de la humanidad, está marcado por la fatalidad de los ciclos y por su propia dualidad. Las autoridades destructivas son reemplazadas por otra autoridad, el dios-hombre que periódicamente es derrotado por fuerzas superiores.

Por su parte, el dios Viracocha en Perú también poseía múltiples representaciones y, probablemente, múltiples formas de ser. Pero la dualidad es común y se puede resumir, al igual que en el dios mesoamericano, en (1) un dios superior, creador del Cosmos y (2) un dios humano, ordenador del caos del mundo. Como Quetzalcóatl, Viracocha abandona a su pueblo marchándose hacia el océano, pero no hacia Oriente sino hacia Occidente con la promesa de volver. Viracocha tampoco es un dios único y creador sino “el que señala el lugar adecuado para cada cosa y el momento en que cada uno lo debe ocupar,”[36] es decir, una suerte de gran arquitecto y, al mismo tiempo, el gobernante legítimo.

Viracocha posee la misma dualidad de Quetzalcóatl, siendo al mismo tiempo creador del mundo (salido del lago Titicaca) y “héroe cultural”. Como en la cosmogonía mesoamericana, la creación no es única sino que está pre  cedida de intentos fallidos. Después que Wira-Kocha crea el mundo y “ciertas gentes”, en una segunda aparición convierte a esta gente en piedras. Crea el Sol, la Luna y un arquetipo de seres humanos en diferentes lugares de la tierra. Luego se retira hacia el océano y desaparece. Como en México, el mundo antiguo del Perú.. sur se construía y destruía por la oposición de dos fuerzas en lucha. En la capital del imperio inca los combates rituales consistían en enfrentamientos de jóvenes. Era, “la oposición ritual de dos mitades, hanan y hurin, que conformaban la ciudad de Cuzco. Estos combates formaban parte de la ceremonia de Kamay, vinculada a la agricultura del maíz y la legitimación de las noblezas indígenas.”[37]

Las tragedias de Moctezuma y la de Atahualpa también son paralelas, aunque los separen diez años y miles de quilómetros. Los une una cosmogonía similar, el sentimiento de la ilegitimidad de sus poderes y, como consecuencia, la misma historia de derrota. Al morir Huayna Cápac, el imperio inca quedó dividió en dos hermanos: al norte en Quito, en manos de Atahualpa, y al sur en Cuzco, en las de Huáscar. Pero Atahualpa entra en guerra con su propio hermano y lo derrota.

Como los aztecas en México, los incas formaron un imperio sobre distintos pueblos andinos. Cuando Pizarro llega a Perú, el imperio estaba dividido por luchas fratricidas. Esta misma idea del poder cuestionado por el oprimido pero también por quien lo ejerce, se acentúa con la disputa de Atahualpa sobre su hermano, ante él y ante los habitantes de la gran capital, Cuzco. “Atahualpa, después de tres años de luchas intestinas, se encontraba a punto de celebrar su triunfo y de ir al Cuzco para recibir las insignias reales, pero las noticias de la llegada de los españoles las recibe en Huamachuco y de ahí decide ir a Cajamarca para la entrevista con los recién llegados.

Poco hacía que Atahualpa se había convertido en la autoridad máxima cuando comenzaron a llegar signos inquietantes. Cada uno, como el paso de un cometa, eran anuncios para Atahualpa de una catástrofe. Coincidentemente, los mensajeros del imperio comienzan a llegar con noticias de Viracocha, que regresa por el mar. “Huamán Poma indica, lo que ha podido ser una idea consensual en las creencias campesinas de su época, que a la muerte de Huayna Cápac y durante sus funerales en el Cusco se descifró la profecía que había sido mantenida en secreto durante muchas generaciones: unos hombres vendrían del mar (cocha) a conquistar el imperio.”[38] Según los quipucamayos de Vaca de Castro, “los indígenas consideran que la llegada de los españoles significaba el regreso de los dioses.”[39] Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina (1971) recuerda —y de alguna forma confirma— la profecía popular según la cual los mismos incas que quisieron aprovecharse de la plata de Potosí se encontraron con una advertencia quechua: “no es para ustedes; Dios reserva esas riquezas para los que vienen de más allá.”[40] Los mensajeros del imperio inca “decían que había llegado a su tierra ciertas personas muy diferentes en nuestro hábito y traje, que parecían Viracochas, que es el nombre con el cual nombramos antiguamente al criador de todas las cosas.”[41] Ahora Viracocha realiza la marcha opuesta al sol y a la dirección de la civilización, “es una marcha de castigo.”[42]

El 5 de enero de 1533 un primo de Hernán Cortes, Hernando Pizarro, llega a la “mezquita” de Pachacámac y logra profanar públicamente el santuario para desacralizarlo. El soldado analfabeto, “pensando más en sus obligaciones militares y en el acopio de metales preciosos, no se interesó en los rituales, sino que más bien —como buen soldado del siglo XVI— se dedicó a crear lazos de obediencia con los jefes étnicos de la costa central. Enterado del regreso de Viracocha, Atahualpa espera a los hombres-dioses en Cajamarca y los recibe. Los españoles no encontraron ninguna resistencia militar. “Todo lo contrario, reincidieron en su comportamiento ritual, cantos y danzas para celebrar la llegada de los extraños visitantes.”[43] En un atardecer, en una confusión que no duró más de media hora, Pizarro y sus hombres atacan la plaza central y capturan a Atahualpa. Poco después deciden ejecutarlo en el garrote, el 26 de julio de 1533, con la excusa de castigar al asesino de Huáscar, el legítimo emperador, y prometen devolver el poder a la antigua nobleza. Según Burga, hubo una “abierta satisfacción de las noblezas cuzqueñas por la ejecución de Atahualpa.”[44] Enseguida Pizarro designa sucesor a Tupac Huallpa. Luego a Manco Inca, descendientes de Huayna Cápac.

Los españoles difundieron el rumor de que el cuerpo de Atahualpa había sido incinerado luego de su muerte. De esa manera, procuraban desterrar las esperanzas mesiánicas que parecían despertarse entre los nativos. Curiosamente, estas esperanzas “aparecían como un sentimiento popular, más que como una actitud de las noblezas indígenas.”[45] Según la versión de Huamán Poma de Ayala —quien recoge la tradición oral, no las crónicas que él conoció— a Atahualpa le cortaron la cabeza por orden de Pizarro. “Se completa así un ciclo de deformaciones indígenas sobre la muerte del inca en Cajamarca y se deja abierta la posibilidad al nacimiento de un nuevo ciclo de esperanzas mesiánicas.”[46]

Al mismo tiempo, los dioses andinos “se vuelven falibles y en consecuencia mentirosos.”[47] Atahualpa, en su cautiverio, acusa a Pachacámac de fallar cuando anunció que su padre Huayna Cápac sanaría y sin embargo murió. Los dioses pierden credibilidad y los indígenas recurren a lecturas apocalípticas de los hechos. Huamán Poma de Ayala se declara cristiano pero insiste en marcar la diferencia moral basada en la codicia, como defecto principal, que lleva a la destrucción del mundo. Dirigiéndose a los lectores españoles, escribe: “ves aquí en toda la ley cristiana no he hallado que sean tan codiciosos en oro y en plata los indios, ni he hallado quien deba cien pesos ni mentiroso, ni jugador, ni perezoso, ni puta ni puto […] y vosotros tenéis ídolos en vuestra hacienda, y plata en todo el mundo.”[48]

Tanto incas como aztecas adaptaron su mitología con propósitos políticos. En ambos, la ilegitimidad cósmica de su poder fue una conciencia insuperable que los llevó a la renuncia, a la derrota y al martirio. Para los hombres y mujeres del mundo prehispánico, el poder no era mera cuestión de fuerza sino que poseía una naturaleza moral. Tanto Atahualpa como Moctezuma sufren de la mala conciencia de su poder ilegítimo y por eso son derrotados.

Los españoles, en cambio, no tuvieron esta mala conciencia. Según Américo Castro, la creencia de ser “pueblo elegido” llevó a españoles y portugueses a las empresas ultramarinas en el siglo XVI.[49] y después a la ruina.[50] Sin embargo, esta idea que equipara el oro al favoritismo de Dios será más propia de la ética calvinista, no de la católica España. Pero la motivación de riquezas rápidas en el Nuevo Mundo nunca deja de ser una prioridad en las acciones de los conquistadores. Las repetidas invocaciones a la evangelización aparecen en segundo lugar y pueden leerse como justificaciones morales de objetivos entendidos como pecados capitales por la tradición cristiana. Tanto Cortés como Pizarro, resuelven su mala conciencia —basada en la codicia y la necesidad de fama, ambos rasgos renacentistas de la medieval España— con la adaptación de la religión a sus acciones, no de sus acciones a la religión o a su conciencia, como parece mostrarlo tímidamente Cortés en sus años de madurez. Es decir, aunque motivados por la religión, quizás como atenuante moral, no son creyentes en el grado que lo eran los pueblos amerindios.

Muy pronto los incas y otros pueblos sometidos por los españoles, comenzaron a comprender que los hombres-dioses no podían ser dioses, ya que carecían de las virtudes morales del gobernante legítimo. Su mayor defecto, la ambición de riquezas. Según Inca Garcilaso de la Vega, los indígenas comprendieron que los españoles “no eran dioses, sino simplemente hombres y, más aún, que eran la misma encarnación de zupay, demonio.”[51] El oro se convierte en el símbolo de la muerte, en la antítesis de la sangre. Eduardo Galeano recuerda una anécdota de Humboldt que, en 1802 muestra la persistencia del oro-pecado entre la población indígena. Astorpilco, un descendiente de incas, “mientras caminaba le hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. ‘¿No sentís a veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?’, le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: ‘Tal antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviésemos las ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño.’”[52] Otra historia popular cuenta, según Carlos Fuentes, que José Gabriel Condorcanqui —Tupac Amaru— en 1780 se rebeló contra la autoridad española, capturó al gobernador y “puesto que los españoles habían demostrado semejante sed de oro, Tupac Amaru […] lo ejecutó obligándole a beber oro derretido.”[53] Abusando del mismo simbolismo, en 1781 los españoles diseñaron al rebelde una muerte ejemplar, cortándole la lengua primero —quitándole la palabra—, tratando luego de despedazarlo tirando en vano de sus extremidades por cuatro caballos, hasta que decidieron degollarlo. Luego cortaron manos y pies debajo de una horca inútil. Juan Gelman, en Exilio (1984), entiende que “Europa es la cuna del capitalismo y al niño ese, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia, Millones de indios americanos tuvieron que morir para engordar al niño.”[54] Referencias literarias como estas son infinitas. Todas resumen la idea de que el pecado surge de la desacralización de la sangre y crece, como los dioses españoles llegados del mar, comiendo oro y plata.

En esta cosmología, la muerte del mártir se convierte en victoria moral y, por lo tanto, en memoria y ejemplo contra el poder ilegítimo por la codicia. Incluso un emperador cuestionado como Atahualpa se convertirá en ejemplo de resistencia, como más tarde, una vez derrotado el ambicioso imperio español en el contexto mundial, “lo hispánico” resurgirá como la fuerza contraria al materialismo norteamericano. El oro, otra vez, al ser desacralizado se convierte en agente desacralizador, en el símbolo del mayor pecado. La sangre de América Latina que corre por sus “venas abiertas” se convierte en mercancía y, por lo tanto, en el mayor sacrilegio, en el defecto moral de oprimidos y opresores. Resistir este pecado es un mandato moral y se mide con un sacrificio que a veces llega al ofrecimiento de la sangre propia. Un poeta cuya militancia lo llevó a la muerte, como Francisco Urondo, había revelado este sentimiento en sus versos: “nada / nos hará retroceder: le tenemos más miedo al éxito que al / fracaso.”[55]

Lo que en algunas ruinas mayas se identifica como la cabeza de la serpiente emplumada de Quetzalcóatl coincide increíblemente con las representaciones de los dragones coreanos. Por ejemplo, las cabezas de dragones que salen de las paredes del templo de Naksan en la costa este sudcoreana, cuyos orígenes no son tan antiguos (año 676) pero sugieren una fuerte conexión con las representaciones de Kukulcan (años 600-900), origen maya de la versión azteca más conocida de Quetzalcóatl. La cabeza del dragón coreano, aparte de escamas posee plumas, dientes y fauces de un dragón, todo representado con el mismo estilo que las deidades mexicanas. También es muy probable que los colores originales sean los mismos, ya que en el mundo mesoamericano el verde era un color sagrado.

Esto nos conduce a otros problemas. Recordemos que una de las alegorías centrales de la mitología azteca, que aparece hoy en la bandera mexicana, representa la lucha de una serpiente con un águila. La cultura azteca es mucho más joven que la maya y muchas otras que se diseminaron por el continente. En muchos casos, aparecen diferentes versiones de Quetzalcóatl, ya sea como Kukulcan o como el más distante y nunca asociado Viracocha en Perú.  Quetzalcóatl contiene a ambos: la serpiente o dragón y el quetzal o el ave del paraíso. De este período, probablemente, procede uno de los rituales más particulares del mundo, originado antes del periodo clásico y vivo aún hoy en día en México: los hombres voladores. Originalmente los participantes (4+1, como en el calendario) se vestían con plumas verdes de quetzal.

El mito de Huitzilopochtli parece reforzar este cambio de Eras. Su hermana, Coyolxauhqui (cara pintada de cascabeles), intenta matar a su madre Coatlicue porque ésta se embaraza de una forma deshonrosa con un abola de plumas que cae entre sus senos (o con una pluma que entra en su vientre) mientras barría la Montaña de la Serpiente. No por casualidad Coatlicue en náhuatl significa “falda de serpientes” y no por casualidad fue embarazada por una pluma, que es una poderosa representación simbólica de una traición o adulterio, un cambio de Era, la de la serpiente (tierra/fecundidad/femenino), por otra, la del ave (cielo/abstracción/masculino). Antes que Coatlicue diese a luz a Huitzilopochtli, Coyolxauhqui intenta matar a su madre. Pero el recién nacido Huitzilopochtli, vestido de plumas, mata a su hermana y a sus seguidores, a quienes arroja al cielo para hacerlos estrellas.

Es muy difícil saber cómo era representado este dios tan importante, ya que probablemente existen menos representaciones de él que de dioses menores, aunque en algunos códices aparece siempre con grandes plumas verdes, como las del quetzal. Por otra parte, su nombre alude al colibrí, también ave de plumas verdes. Sabemos que era el dios principal de la guerra y podríamos especular que pertenecía a la esfera celestial, por el origen de su nacimiento (una pluma) y por su oposición a su hermana, representada con serpientes como agente de la tierra.

Tampoco es casualidad que Coatlicue haya dado a luz a Huitzilopochtli de una forma asexuada, fecundada por una pluma, lo que resulta un paralelo claro con el nacimiento de una era celestial y masculina sobre un pasado terrestre y femenino. Huitzilopochtli también era la representación del sol o el sol mismo. Tradicionalmente los dioses celestes han pertenecido a religiones patriarcales. Por otra parte, la importancia de la ausencia de sexo en la madre del dios es un sustituto simbólico de la virginidad; para Coyolxauhqui es un pecado, pero es típicamente una virtud para las culturas patriarcales.

No es casualidad que los habitantes prehispánicos del valle adorasen a Coatlicue en el cerro Tepeyac, el mismo donde surge el culto a la virgen María en la cuarta década del siglo XVI. Por entonces, Coatlicue era conocida como diosa de la falda de serpientes pero también como Tonantzin o Teteoinan, “madre de los dioses”. Si consideramos que Huitzilopochtli fue el único de los hermanos sobreviviente, entonces de hecho Coatlicue era la “madre de dios”, quien lo concibió sin tener relaciones sexuales. La falda o vestido de la actual imagen de la virgen de Guadalupe (Ave María) está ornamentada con figuras innecesarias que sólo se explican por su estética indígena, que bien podrían ser estilizaciones de una falda de serpientes, así como su capa verde es el sustituto de la figura del quetzal (ave del paraíso). El verde fue un color divino y real en el cosmos amerindio y tal vez también representó la libertad, debido a que el quetzal no se reproduce en cautiverio. También verde era el color brillante del colibrí (Huitzilopochtli, el “Colibrí izquierdo”) y del agave (maguey) que florece después de cinco años para morir y reproducirse.

Aunque el ángel que parece sostenerla pueda proceder de la tradición pictórica de Europa, desde la perspectiva de los indígenas esta asociación debió ser imposible. Para ellos, ese ángel no podía ser otro que Huitzilopochtli, el colibrí, el hijo recién nacido que se vistió de plumas para proteger a su madre. Algunas teorías han sugerido que en realidad la palabra de origen árabe “Guadalupe”, que da nombre a la virgen negra de España, en su origen debió ser Coatlalopeuh, que significa “la que domina las serpientes.”[56] Los cuernos negros que vemos a los pies de la virgen en la famosa imagen mexicana (frecuentemente asociados a la luna) serían esta serpiente disimulada. Si bien esta lectura es consistente con una interpretación del génesis judeocristiano, también lo sería según lo que hemos propuesta más arriba: a través de su hijo, Coatlicue vence sobre su hija Coyolxauhqui, representante del mundo de las serpientes que comenzaba a dejar lugar a Huitzilopochtli, el mundo masculino de las aves.

Ahora, si Huitzilopochtli es el triunfo definitivo de la Era del Ave sobre la Era de la Serpiente, otra hipótesis que podríamos considerar es Quetzalcóatl como la representación no de un mundo consolidado sino como el mito y el personaje de un mundo ambiguo y en transición, del mundo reptil, el mundo de la tierra, al mundo de las aves, el mundo de los cielos.

Obviamente que el continente americano se distingue por su población de pájaros. Pero no podemos decir que Asia haya adoptado el dragón por su abundancia de dragones o de reptiles. La razón debe radicar en el momento en que una cultura y una civilización madura o recibe su impronta histórica, la consolida y perpetúa. Podemos ver esto en las culturas derivadas de las improntas del viejo testamento, a partir de Moisés, o de las culturas cristianas a partir de Cristo y de las culturas grecorromanas de los primeros siglos de esta época.

El símbolo de la fundación de Tenochtitlán, México, hecho relativamente reciente y uno de los últimos de las culturas amerindias, representa el fin de la ambigüedad, el conflicto final y el triunfo definitivo del águila sobre la serpiente. Por lo que ya vimos más arriba, no es casualidad que fuera precisamente Huitzilopochtli el dios que diera instrucciones a los mexicas para fundar su ciudad, Tenochtitlán, en el lugar donde un águila sobre un nopal estuviese devorando una serpiente.

El sentimiento de culpa o de ilegitimidad que poseían los últimos emperadores aztecas (y el último emperador inca) por haber desplazado a los legítimos creadores de una cultura anterior, Tula, fue explícito, sobre todo en el momento en que tanto Hernán Cortés y Francisco Pizarro conquistan ambos imperios en las primeras décadas del siglo XVI. Tula había florecido en la cultura Quetzalcóatl, una cultura menos guerrera y más artesana, más culta y creadora. La sensibilidad mexicana adapta y adopta fácilmente a la virgen María, no sólo porque es una forma de reemplazo, de travestismo de Huitzilopochtli (o directamente de un sincretismo entre la cultura europea y la americana), sino que representa una figura femenina que dio a luz a un dios del cielo. Se podría entender la idea de Ave María no sólo por ser Ave el reverso de Eva, como se ha querido explicar de una forma algo forzada, sino porque el cielo es el reino de las aves y son las aves (el quetzal, el águila devorando la serpiente, símbolo de la tierra) los símbolos de la nueva Era.

Sin embargo, la sensibilidad existencial y espiritual del mundo amerindio es, ante todo, visual. Es propio de un mundo vivo donde la tierra y el cuerpo no son parte de un reino maldecido por una abstracción celeste sino parte del cosmos, parte de la unión y comunión entre la tierra y el cielo. Dentro de esta experiencia religiosa, un aspecto destacable son los avistamientos de la virgen. Si bien son conocidas las apariciones de vírgenes en otras partes del mundo, en América Latina la importancia de estas apariciones es mucho mayor y diferente en su naturaleza. El fenómeno no consiste en la aparición de la virgen sino en una imagen física de la virgen y a veces de Jesús. El milagro es siempre material y simbólico, como una huella es a un pie.

De hecho las apariciones de la virgen son prácticamente mínimas y resultan una anécdota que justifica la imagen que se venera. Se venera la representación en nombre de lo representado. Así se produce el milagro: se une el agua con el aceite, se compatibiliza la sensualidad amerindia con la abstracción judeocristiana. Los misterios ópticos son de tal grado de importancia que quienes creen descubrirlas no se preocupan por el mensaje o la interpretación que el milagro puede portar sino por el milagro mismo de la imagen que luego atribuyen poderes chamánicos de sanación. Esto se resuelve con un mismo mensaje repetido y siempre intrascendente, como la alegación de que una aparición significa que tiempos terribles están por venir.

El proceso de conquista y colonización fue, como no podía ser de otra forma, un proceso de transculturización y represión. Debido a razones culturales, pero sobre todo a que el número de la población nativa y las riquezas producidas por las colonias españolas eran superiores a las británicas de Norteamérica, el mestizaje y la represión cultural fueron mayores y más persistentes.[2] Por estas mismas razones, la sobrevivencia de los mitos, las practicas, los rituales, los idiomas y las formas de ver, sentir y pensar el mundo y el tiempo prehispánico sobrevivieron de diversas formas. La negación sistemática de la trascendencia de esta herencia fue solo el complemento académico de toda esta violencia colonizadora.  

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Notas al pie de página

[1] El mismo destino seguirán los llamados libertadores latinoamericanos. Se podría decir que, para la memoria colectiva, si los padres fundadores de Estados Unidos murieron como hombres exitosos, los padres latinoamericanos del sigo XIX murieron como dioses derrotados, como lo hicieron los emperadores y caciques rebeldes de siglos pasados y como lo hará Ernesto Che Guevara en el siglo XX, el “hombre nuevo”.

[2] Un ejemplo paradigmático fue Haití. En el siglo XVIII el 40 por ciento de todo el comercio exterior de Francia, la mayor potencia europea de la época, se producía en Haití. De hecho la isla exportaba más riqueza que toda Norteamérica. Una situación semejante era la de Gran Bretaña con respecto a sus islas tropicales del Caribe.

Notas finales


[1] Johnston McCulley. The Mark of Zorro. New York: Grosset & Dunlap, 1924.Bottom of Form

[2] Felipe Fernández-Armesto. Our America: A Hispanic History of the United States. New York. W. W. Norton & Company, 2014.

[3] Octavio Paz. El laberinto de la soledad. Barcelona: Pinguin, 1993. 108.

[4] Ibid., 282.

[5] Guamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Transcripción, prólogo, Notas y Cronología de Franklin Pease. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1980. 266.

[6] Faustino Domingo Sarmiento. “El sistema colonial” [1844] Conciencia intelectual de América. Antología de Carlos Ripoll. New York: Las Ameritas Publishing Company, 1966. 72.

[7] Ángel Rama. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982. 139.

[8] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 390.

[9] Ibid., 390.

[10] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miró Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976. 63.

[11] Ibid., 67

[12] Ibid 27-28

[13] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 138.

[14] Ángel Rama. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982. 149.

[15] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 124.

[16] Séroujé, Laurete. Pensamiento y Religión en el México antiguo. México: Fondo de la Cultura Económica, 1957. 168.

[17] Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 107.

[18] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 26.

[19] Ibid., 27.

[20] Ibid., 45.

[21] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987.

[22] William Hurtado, de Mendoza. Pragmática De La Cultura Y La Lengua Quechua. Lima: Universidad Nacional Agraria La Molina, 2001. 77.

[23]  Eduardo Subirats. 2009. Las poéticas colonizadas de América Latina. Guanajuato: Universidad de Guanajuato, Campus Guanajuato, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Filosofía. 25.

[24] Ibid., 35.

[25] Ibid., 51.

[26] Ibid., 53.

[27] Ibid., 57.

[28] Américo Vespucio. El nuevo mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos. Textos en italiano, español e inglés. Estudio preliminar de Roberto Levillier. Buenos Aires: Nova, 1951. 211.

[29] Ibid. 165

[30] Davíd Carrasco. Quetzalcóatl and the Irony of Empire. Myths and Prophecies in the Aztec Tradition. Chicago: The University of Chicago press, 1982. 80. 81.

[31]  Codex Vaticanus A: Il Manoscritto Messicano Vaticano 3738, ditto Il Docice Rios, ed. Franz Ehrle (Rome, 1900).

[32] Davíd Carrasco. Quetzalcóatl and the Irony of Empire. Myths and Prophecies in the Aztec Tradition. Chicago: The University of Chicago press, 1982. 80. 98.

[33] Ibid., 150, 184

[34] Ibid., 186

[35] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 107.

[36] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 126

[37] Ibid., 44

[38] Ibid., 58

[39] Ibid., 59

[40] Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 31.

[41]  Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 59.

[42] Ibid., 132

[43] Ibid., 71

[44] Ibid., 72

[45] Ibid., 79

[46] Ibid., 81

[47] Ibid., 58

[48] Ibid., 265

[49] Américo Castro. Los españoles: cómo llegaron a serlo. [1959] Madrid: Taurus, 1965. 115.

[50] Ibid., 79, 103 y 105.

[51] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miró Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976. 82.

[52]  Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 70.

[53]  Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992.223

[54] Osvaldo Bayer, Juan Gelman. Exilio. Buenos Aires: Legasa, 1984. 39.

[55] Francisco Urondo. Obra poética. Prólogo de Susana Cella. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006. 262.

[56] Gloria Anzaldúa. Borderlands: the new mestiza. La frontera. San Francisco: Spinsters/Aunt Lute, 1987. 49.

Jorge Majfud, 2018

Unwanted People: Histories of Race and Displacement in the Americas

Sarah E. Parker and Jorge Majfud

Jacksonville University, 2018.

For more than a century Latin American governments have promoted a model of national development based on land privatization and privileging the interests of foreign investors rather than the rights of workers; policies that in fact promoted economic growth without development. In many cases, this kind of economic growth instead increased inequality and poverty. Democratic or dictatorial governments implemented these policies by hook or by crook, which often forced the people to choose between renouncing their rights or submitting to the brutality of power concretized in armies who served the creole oligarchy in the name of “national security” against foreign invaders. In such armies, often the most deprived individuals were the most zealous and violent guardians of the privileges of others.

This domestic and national economic policy was concretely connected to the interests of international corporations. The social structure in which creole elites of the Postcolonial era served the ruling classes mirrored the relationship between the indigenous nobility who served the Spanish crown. In the twentieth century, such power lodged itself in traditional commodities-export ruling classes and transnational foreign companies, which were often supported by direct interventions from superpower governments. Despite repeated attempts to prove otherwise, Latin American history cannot be understood without taking into account the history of U.S. interventions, from the Monroe Doctrine (1823) to the dozens of U.S. military interventions in Latin America. The latter includes the annexation of more than half of the Mexican territory in mid-19th Century, a long list of military interventions leading to the dramatic establishment of bloody puppet dictators throughout the 20th century, which left hundreds of thousands murdered, and the destruction of democracies such as Guatemala or Chile in the name of freedom and democracy. Large multinational corporations, such as the United Fruit Company in Central America, Pepsi Cola in Chile and Volkswagen in Brazil, motivated or supported many of these coups d’état. The dominant creole classes in turn supported the overthrow of legitimate governments because they stood to gain more from the export business of cheap natural resources than from the internal development of their nations.

The extreme violence that resulted directly from these social inequities generated internal displacements and international migrations, especially to the United States, the world hegemonic economy. Yet many immigrants arrived in a country that denied them the same individual rights that had been withheld from them in their home countries. As Chomsky illustrates in this volume, the United States’ history of racially motivated class stratification and anti-labor policy dovetailed with the shape that the country’s immigration took in the 1960s.

Unwanted People presents a selection of historian Aviva Chomsky’s writings, which explores the roots of these problems from the concrete perspective of groups who have experienced the effects of this violent history. Aviva Chomsky’s work is always incisive and challenging. Each text dismantles modern myths about Latin American immigration, U.S. history, and the labor movement. Specifically she highlights popular superstitions about immigration that are exacerbated by international reporting and the “master narratives” that have been consolidated by a strategic forgetting, both from U.S. and Latin American perspectives. Chomsky brings these challenges to the dominant narratives of colonial history to bear on topics ranging from the United States’ global and colonial economy to an analysis of the colonial history of Africa in the movie Black Panther.

In “The Logic of Displacement” and “A Central American Drama,” Chomsky analyzes two apparently different realities that are nevertheless connected by their subterranean logics. The historical displacement of Afro-Colombians, she argues, has not only been caused by racism but also by the logic of economic convenience. Chomsky questions the historical explanation of La Violencia in Colombia (initiated with the murder of Jorge Eliécer Gaitán in 1948) as a simple dichotomy “liberal versus conservative” and reviews the interests of the white Catholic elite of Antioquia over Afro-Colombian regions, rich in natural resources. Thus, in Colombia there is a case similar to that of others on the continent: the internal displacement of rural, indigenous or afro-descendant communities for economic reasons (gold, platinum, wood), is executed “voluntarily” through the purchase of property accompanied by violence inflicted by paramilitary groups, which functioned as an extralegal arm and ally of the army and the governments of Latin American countries.

Leftist guerilla groups emerged as a counter to the paramilitary groups that represented the typically conservative right interests of the government. These also served largely as an excuse for military and paramilitary violence.[1] Although it could be argued that the guerrilla groups’ amplification of regional violence also played a role in the displacement of people, Chomsky argues that displacement was not one of their objectives, as it was in the case of paramilitaries, who furthered the interest of the big businesses laying claim to the land and its natural resources. Meanwhile, the impunity of those in power contributed dramatically to the scale of this movement’s violence.[2]

Internationally, displacement was not always due to direct military actions, but it was always the result of economic forces. The United States increased control of immigration, especially immigration of the displaced poor, as a solution to the increased migration that resulted from years of interventionist foreign policy. The Mexican-American border, which had been permeable for centuries, became a violent wall in 1965, forcing job seekers to avoid returning to their homes in the south as they used to do. This reality was aggravated by the policies and international treaties of the new neoliberal wave of the 1990s, such as NAFTA, which financially ruined the Mexican peasants who could not compete with the subsidized agriculture of the United States. Meanwhile, U.S. conservatives attacked leftist guerrilla and community groups, such as the Zapatistas in Southern Mexico, who resisted such policies.

Neoliberal economic policies combined with an increasingly militarized southern United States border had an impact on Central American migration and was the direct result of United States foreign policy. In Chomsky’s words:

U.S. policies directly led to today’s crises in Guatemala, El Salvador, and Honduras. Since Washington orchestrated the overthrow of the reformist, democratically elected government of Jacobo Arbenz in Guatemala in 1954, it has consistently cultivated repressive military regimes, savagely repressed peasant and popular movements for social change, and imposed economic policies including so-called free trade ones that favor foreign investors and have proven devastating to the rural and urban poor.

As Chomsky rightly points out in her book They Take Our Jobs! And 20 Other Myths about Immigration (2007), it is no coincidence that, when racial discrimination became politically incorrect in the 1960s, it was replaced in the law and in the political and social discourse by national discrimination. This, coupled with the fact that Mexicans and other Latin American immigrants were no longer returning to their countries because of widespread violence made the new border policies even more dangerous and sometimes deadly for both migrant workers and those fleeing political and social violence, mostly people from the Northern Triangle of Central America.

This sequence of historical events has countless consequences in the present. However, politicians, major media, and U.S. citizens only see the faces of children, men and women speaking a “foreign language” (though, of course, Spanish is older than English in the United States). Political and news discourse represent immigrants as “invading” cities to take advantage of the services and benefits of American democracy, which strips immigration politics of its historicity. It is a false logic that turns workers into idlers, imagines welfare abusers when in fact immigrants sustain the care economy with their labor and their taxes, and the victims of neocolonial trade policies into invading criminals. In a recent interview with Aviva Chomsky about the current myths that dominate the social narrative in the United States today, she explains:

I’d say there are two: one, that immigrants are criminals, and two, that immigrants come here to take advantage of the United States. In a way, these are connected—by turning immigrants into “bad hombres,” Trump helps to erase history and the disasters that US policy has helped to create in the countries that immigrants are currently fleeing, especially in Central America. [3]

This collection of Aviva Chomsky’s writings approaches complex discussions about race, labor, and immigration in the United States from the more nuanced perspective of a historian. Often conversations about immigration center on the subject of labor, and yet, as Chomsky illustrates in the essays collected here, labor in the United States has its own troubled history. With a focus on New England, and especially Boston, Chomsky connects the history of labor struggles dating back to the nineteenth century to modern-day discussions about race and immigration. By uncovering hidden histories that challenge the dominant narratives about the working class, Chomsky reveals the importance of discussing racial justice alongside economic justice. Rather than participating in the shrill and polarizing rhetoric of political and media hype, Chomsky invites us to look to the economic and political history that has led up to this point. As Chomsky points out, “Until we are able to acknowledge and understand the past, we will not be able to act in the present for a better future.”


[1] “In February 1997, only days before the land claims were to be awarded to the Cacarica communities, the paramilitaries killed or “disappeared” some seventy community members. This was the opening salvo of Operation Genesis, carried out by the infamous 17th Brigade of the Colombian army, beginning with an aerial bombardment campaign that displaced some 3,700 people over the course of a few days, along with thousands of others displaced in the following months. It was years before they could return” (Aviva Chomsky).

[2] “As of 2003, only two people had been convicted in the dozens of murders and thousands of displacements that took place in El Chocó.” (Idem)

[3] “Why Myths About Immigrants and Immigration Are Still with Us Today.” Beacon Broadside, April 24, 2018.

https://puv.uv.es/unwanted-people.html

Axioma

(poema inconveniente)

No hay mérito no hay honor 

en la lucha

que defiende al poderoso.

Solo medallas de lata

*

No hay mérito no hay brillo

en las razones

que defienden al poderoso.

Solo intereses prestados

*

No hay mérito en la lucha

en la inversión de bajo riesgo

contra los peligrosos de abajo

con las poderosas armas

con el dinero de los de arriba

*

Todo lo contrario.

Esa herida secreta del secreto

mercenario

debe doler mucho

Nunca se cierra

ni con los restos del botín

*

Ni con los tristes honores

que las torres, los caballeros

los alfiles y los reyes otorgan

a los peones que de rodillas

sonríen con orgullo

*

Por eso, con tanta frecuencia

a esta condición inevitable

de oro, de hierro y de plomo

se le suma la promesa

de un paraíso para los criminales

y de un infierno para las víctimas

*

Porque si hay algo que no tienen

los poderes que gobiernan el mundo

es una pizca de tontos

*

Tontos, son los otros.

*

jm marzo 2021

Axioma (poema inconveniente)

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Vendo unos ojos tristes

Vendo unos ojos tristes

La vi por primera vez en unos semáforos de una avenida, allí donde se demoran los autos que quieren entrar a la autopista. Era una mujer que pocos años atrás debió parecerse a Scarlett Johansson cuando hizo Vicky Cristina Barcelona. Doce años después, Scarlett Johansson todavía luce muy joven, más joven que antes, y la Scarlett del Town Center Parkway, con menos años, parece una anciana. 

Su rostro estaba curtido por el sol de Florida, con esa piel que los surfistas y los motoqueros exhiben como un trofeo, como los aristócratas en la Edad Media exhibían cicatrices falsas de batallas en las que nunca habían estado. Más que por el sol, su rostro estaba curtido por el hambre, por alguna adicción, por su profesión y, sobre todo, por esos insondables sufrimientos que estrujan el alma y que nadie se merece.

Trabaja de homeless, de mendiga. Durante horas, cada día sostiene un pedazo de cartón que dice “I’m homeless. I am hungry. God bless you”. Parece más vieja aún porque su frente, sus ojos, todo su rostro se arruga con un dolor que duele a quien la ve. 

Nadie se molesta en bajar el vidrio de sus autos para dejarle un par de dólares. Abrir la ventana significa que el aire acondicionado se escape. Para muchos, no es el aire lo que importa: los pobres se queman el dinero de las limosnas en drogas y alcohol. No darles nada es hacerles un favor. Otros, como yo, tienen excusas menos conservadores: el problema de los pobres no se arregla con limosnas.

A pesar de un argumento tan sólido, no resistí la tentación de dejarle unos miserables dólares para que ese rostro compungido se relaje por un minuto y yo me sienta un poco mejor conmigo mismo. Semejante terapia por tres o cuatro dólares es una verdadera ganga. Además, pensé, si es verdad que la Scarlett del Town Center se toma una copa por la noche, como yo, al menos no morirá de indiferencia…

Esta tarde la vi por segunda vez. Iba a su puesto de trabajo en el cantero central de la avenida, del bulevar o como se llame. En su camino se había cruzado con otra mujer que también llevaba un cartelito de cartón con el anuncio de Homeless en una mano. La otra mujer se parecía más a Brooke Shields, más o menos como la actriz de La laguna azul luce ahora pero, probablemente, con veinte o treinta años menos.

Las dos mujeres se cruzaron. No sé qué se dijeron, pero vi que sonreían y se saludaban como lo hacen mis colegas. Como si fuesen felices. En seguida, la Scarlett del Town Center subió a su cantero y cambió de cara. Como otra gran actriz que se sube al escenario para ser otra persona, volvió a fruncir la frente, los ojos, todo su rostro. 

Por un instante pensé lo que, by default, la gente decente piensa. Aquel rostro dolorido que había visto la semana anterior era sólo una máscara. Recordé al panadero Carlucho, al doctor Domínguez y a un tal Míster Johnson que, cada uno en su momento y en sus diversos países, me explicaron el odio que algunos sienten por esta raza de humanos, a los cuales consideraban perfectos parásitos de una sociedad productiva, fingiendo miseria, victimizandose en lugar de decidirse a lanzarse al éxito como lo hace un clavadista olímpico. 

Esta vez, esta tarde, oculté mi confusión detrás de la luz verde que acababa de cambiar y continué mi camino sin dejarle a la pobre Scarlett, la más triste Scarlett del mundo, la miserable limosna que le había dejado la semana anterior. Mientras aceleraba para entrar al vértigo de la I-295 sin accidentes, la Scarlett del Town Center me seguía a poca distancia. 

¿Por qué esperamos dolor verdadero de los pobres para creerles? ¿Acaso no es eso mismo lo que hacemos todos, fingir sentimientos, enmascararnos para hacer correctamente nuestro trabajo? 

¿No miento yo cada vez que me enfrento a una clase y finjo que todo está bien, cuando en realidad quisiera irme a una isla en medio del Pacífico? 

¿No miente la camarera del LongHorn cuando siempre nos ofrece su mejor sonrisa, siempre y sin excepciones, como si nunca tuviese problemas con sus padres, con su novio, con sus estudios o con el resto de su vida? ¿Acaso no le pagamos, y hasta le dejamos el veinte porciento de propina para que nos traiga unas quesadillas, unas fajitas y una O’Doul’s con una sonrisa más amplia que la de Julia Roberts? 

¿No miente el joven ingeniero que en la entrevista de trabajo finge felicidad, espíritu de equipo y humildad para conseguir ese puesto de Inspector en la prestigiosa Condones Recauchutados Corporation?

¿Por qué, entonces, le exigimos más a una pobre mujer que actúa su propia miseria, que al resto de los mentirosos oficiales, mentirosos legítimos, mentirosos necesarios que actúan sus ambiciones ajenas? ¿Acaso no conoce ella muy bien su oficio y ofrece el producto que mejor se vende, es decir, el dolor ajeno y la bondad propia?

Está bien mentir en cada anuncio de televisión, mostrando jóvenes felices y saludables mientras fuman o comen una McDonald’s grasienta con doce cucharadas de azúcar que algunos llaman Coca-Cola. 

Está bien vender autos mostrando una mujer muy sensual y con una sonrisa universal, como si fuese ella, no el auto, lo que está en venta. 

Está bien ganar elecciones mintiendo descaradamente y sonriendo, abrazando a los pobres que todavía sueñan con cuentos de hadas y nunca paran de vivir la realidad que los despierta cada día. 

Pero no está bien cuando una pobre mujer hace lo mismo por una limosna y, además, lo hace mal, no sabe actuar abajo del escenario como se debe, y sonríe, como si se estuviese burlando de sus futuros donantes. 

Porque los miserables somos nosotros. No aceptamos que nos mientan mal. En nuestra cultura pornográfica, no perdonamos a los malos actores. Mucho menos a las malas actrices. 

Cuando los del medio mienten, sólo están vendiendo honestamente su producto o su trabajo. 

Cuando los de arriba mienten, sólo nos están protegiendo del siempre inminente Apocalipsis de los de abajo. 

El gran sistema de mentiras se sostiene de una verdad fundacional: no es la Ley de la oferta y la demanda; es la Ley del gallinero. Los traductores profesionales me han dicho que en inglés no existe equivalente para este dicho tan popular en español. Se equivocan: es Trickle-Down Theory, o la Teoría del Derrame. Pero, por si esta ley no fuese suficientemente cruel, siempre va acompañada de un inevitable corolario: cuanto más abajo, más difícil resulta mirar hacia arriba.

Por razones obvias.

JM, marzo 2021

Vendo unos ojos tristes

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Compro sonrisa alegre (2006)

For sale: a sad pair of eyes

Jorge Majfud

Translated by Andy Barton

Edited by Fausto Giudice

The first time I saw her was at a set of traffic lights along an avenue, right where the cars wanting to join the motorway sit and wait. I imagined she was a woman who, just a few years prior, must have looked like Scarlett Johansson in her starring role in Vicky Cristina Barcelona. Twelve years later, Scarlett Johansson looks as youthful as ever, perhaps even more than before, while our Scarlett of the Town Center Parkway, despite being younger than the other, looks like an old woman. 

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Her face was tanned by the Floridian sun, with the type of skin that surfers and bikers proudly display like a trophy, just like the aristocrats of the Middle Ages displayed their fake scars from battles they had never attended. More than just the sun, her face was weathered by hunger, by some addiction, by her job, and above all, by an unknowable suffering that distorts the soul and which no one deserves.Her face was tanned by the Floridian sun, with the type of skin that surfers and bikers proudly display like a trophy, just like the aristocrats of the Middle Ages displayed their fake scars from battles they had never attended. More than just the sun, her face was weathered by hunger, by some addiction, by her job, and above all, by an unknowable suffering that distorts the soul and which no one deserves.

She works as a ‘homeless’, a beggar. For hours each day, she holds up a piece of cardboard that says “I’m homeless. I am hungry. God bless you”. She looks even older than she is because her forehead, her eyes, her entire face, is contorted by a kind of pain that hurts whoever sees it.

No one bothered to wind down their car windows to leave her a couple of dollars, as opening the window would mean that the air conditioning escaped. For many, the air is not really what is important here: poor people waste the money given to them on drugs and booze. Not giving them anything is actually doing them a favour. Others, like me, have less conservative excuses: the problem of the poor cannot be fixed with handouts.

Despite such a convincing argument, I could not resist the temptation to leave her a couple of miserable dollars so that her pained faced could relax for a moment and so that I felt a little bit better about myself. At three or four dollars a go, this kind of therapy is an absolute steal. Furthermore, I thought, if it is true that the Scarlett of Town Center enjoys a glass of something in the evening, like me, at least she will not die of indifference.

This afternoon, I saw her for a second time. She was going to work in the central reservation of the avenue, of the boulevard, or however it is supposed to be called. On her way there, she crossed paths with another woman who also carried with her, in one of her hands, a little cardboard sign reading “homeless”. The other woman looked more like Brooke Shields, more or less like the actress of The Blue Lagoon looks now, only with something like another twenty or thirty years of age.

The two women crossed. I do not know what they said to each other, but they smiled and greeted the other just like my colleagues do. As if they were happy. Immediately after, the Scarlett of Town Center made it to the central reservation and changed her face. Just as any other great actress enters the stage and becomes another person, she screwed up her forehead, her eyes and her entire face.

For a moment, I thought what decent people would think by default. The pained face that I had seen the previous week was simply a mask. I remembered the baker Carlucho, Doctor Domínguez and a certain Mr Johnson who, each one in their own space and time, explained to me their hatred of this race of human, those they considered to be the perfect parasites of a productive society, faking their misery, choosing to become victims instead of deciding to throw themselves at success like an Olympic diver.

This time, on that afternoon, I hid my confusion behind the green light that had just changed, and I continued on my way without leaving anything for poor Scarlett, the saddest Scarlett in the world, like the miserable handout that I had given her the week before. As I accelerated to merge with the vertigo on the I-295 without causing an accident, the Scarlett of the Town Center followed closely behind me.

Why must we demand true pain from the poor in order to believe them? Is it not what we all do? To fake emotions, hide ourselves beneath masks in order to carry out our job correctly?

Am I not lying every time I stand before a class and fake that everything is perfectly alright, when in reality, I would rather flee to an island in the middle of the Pacific ocean?

Is the waitress at LongHorn not lying when she offers us her best smile, infallible and without exceptions, as if she had never had any problems with her parents, with her boyfriend, with her studies or with the rest of her life? Are we not paying her, and even leaving a tip of up to 20% so that she brings us some quesadillas, some fajitas and an O’Doul’s with a smile as wide as that of Julia Roberts?

Is the young engineer not lying in the interview when they fake their happiness, a sense of team spirit and humility to get the job of inspector in the prestigious Retreaded Condoms Corp.?

Why, then, do we demand more from a poor woman who acts out her own misery than we do from the rest of the official liars, the legitimate liars, the necessary liars, who act out their foreign ambitions? Does she not know her profession as well as anyone, as well as the product that sells the best, i.e., the pain of others and individual kindness?

It is okay to lie on a television ad, showing happy and healthy young people while they smoke or eat a McDonald’s loaded with saturated fat and accompanied by the twelve tablespoons of sugar that some call “Coca-Cola”.

It is okay to sell cars showing a very sensual woman with a universal smile, as if it were her, and not the car, that was for sale.

It is okay to win elections through telling barefaced lies while smiling at and hugging the poor who still dream of fairy tales and who never manage to escape from the reality that awakens them each day.

Yet it is not okay when a poor woman does the same for a handout, and also when they do it badly, when they do not know to act off-stage as they must, and they smile as if they were laughing at their future donors.

This is because we are the miserable ones. We do not allow people to lie badly to us. In our pornographic culture, we do not forgive bad actors, and much less bad actresses.

When those in the middle lie, they are just honestly selling their product or their work.

When those above lie, they are just protecting us from the always-imminent apocalypse of those below.

The huge lying complex is sustained by a foundational truth: it is not the law of supply and demand; it is the Ley del gallinero (literally: the henhouse law). Professional translators have told me that there is no English equivalent for this eminently popular Spanish expression. They are wrong: it is “trickle-down theory”. Yet should this law not be sufficiently cruel, it is always accompanied by an inevitable corollary: the lower one is, the harder it is for them to look upwards.

For obvious reasons.

http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=31260

A veces el acoso al débil se rinde

El Washington Post titula: “Cuba podría convertirse en una potencia productora de vacunas contra el Covid”.

No, no me interesa el gobierno cubano como modelo de nada. Una vez más: me interesan los ejemplos de resistencia y dignidad ante los dueños del mundo.

JM.

https://www.washingtonpost.com/world/2021/03/29/cuba-coronavirus-vaccine-iran-venezuela/#click=https://t.co/dGeGQjCRDn

Confesión

Como escritor de ensayos no tengo problemas escribiendo sobre fascistas.

Como escritor de ficción (la exportación más profunda sobre la naturaleza humana, cuando no se trata sólo de vender libros) he escrito novelas desde la voz narrativa de una mujer y de individuos extraños, alejados años luz de mis valores morales.

Pero todavía tengo dificultades para ponerme en la piel de alguien que se cree superior por haber nacido en un país X, por el color de su piel y por el perfil de su nariz.

May be an image of 3 people, people standing and outdoors

Confesión

JM, marzo 2021

Oscar Romero y Pat Robertson

Un día como hoy, hace cuatro décadas, el régimen fascista de El Salvador apoyado y financiado por Washington asesinaba al sacerdote Oscar Romero, acusado de “comunista” (de hecho, Romero era un conservador sin intereses especiales) por predicar la doctrina de los primeros cristianos y tener aluna sensibilidad por el pueblo de El Salvador. Lo seguirán cuatro monjas estadounidenses, violadas y asesinadas por andar diciéndole a lo pobres que tienen derechos y son hermosos como cualquiera que está en el poder.
Obviamente no fue el único sino uno en una larga lista de ejecutados en nombre del fascismo latinoamericano. Sólo en El Salvador lo seguirán Ellacuría y decenas de miles de masacrados financiados por iglesias como la del millonario hipócrita Pat Robertson del Club 700. La misma historia de todos los demás países de la región. Digo, como para que los hipócritas no se olviden

Óscar Romero - Wikipedia

Le racisme et les réfugiés du capitalisme hégémonique

Jorge Majfud
Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Les crises de réfugiés à la frontière sud des USA ne sont pas la conséquence d’une quelconque invasion étrangère mettant en danger la sécurité nationale. Ils ne sont même pas la conséquence des « politiques douces de Washington », comme le répètent ad nauseam les politiciens et les grands médias de ce pays. Elles sont la conséquence de l’intersection de diverses contradictions du capitalisme hégémonique d’aujourd’hui.

D’une part, nous avons la loi de l’offre et de la demande et, d’autre part, une longue tradition d’interventionnisme de la part de la superpuissance qui, depuis le XIXème  siècle, sans relâche et au nom de la lutte contre la corruption, a encouragé la corruption dans « les chaotiques républiques de Nègres ». Au nom de la liberté, de la démocratie, de la paix et des droits de l’homme, elle a imposé une cohorte prolifique de protectorats, de dictatures civilo-militaires, de terrorisme paramilitaire et d’escadrons de la mort, y compris dans les soi-disant démocraties. La crise frontalière, telle que répétée et amplifiée par la presse et les politiciens, n’est pas une crise pour les USA. C’est une crise uniquement pour les pauvres et les déplacés par le même système de capitalisme hégémonique qui les diabolise.

Pour résoudre les contradictions du capitalisme, les effets indésirables de la sacrosainte loi de l’offre et de la demande, il y a les lois des politiciens au service des entreprises et au nom de la défense de tout un pays. En ce sens, toutes les lois sont anticapitalistes, car elles contredisent, limitent ou empêchent l’expression immédiate de l’offre (le travail immigré) et de la demande (la consommation intérieure). C’est ici que l’impérialisme semble essayer de résoudre les contradictions de sa propre idéologie et, en marge de ses lois, apparaissent les récits de « nos frontières » à « défendre contre l’invasion » par les pauvres et la « lutte altruiste pour la liberté » par des interventions au-delà des frontières étrangères. Dans la liberté fictive du marché, la liberté n’est acceptée que lorsque ceux qui ont le pouvoir imposent leur liberté à ceux qui sont libérés par eux. Pour ces mêmes raisons, dans des pays comme les USA, depuis plus d’un siècle, les lois sont écrites par les entreprises capitalistes, pour se protéger des conséquences indésirables de la liberté du libre marché et, surtout, pour se protéger de la liberté de ceux qui sont en bas de l’échelle, c’est-à-dire les pauvres, les races inférieures, les pays périphériques.

Une fois l’excuse du communisme passée (aucun de ces « pays de merde » n’est communiste, mais plus capitaliste que les USA), on revient aux excuses raciales et culturelles du siècle précédant la guerre froide. Tout travailleur à la peau foncée est considéré comme un criminel, un violeur ; pas un être humain, pas une opportunité de développement mutuel. Les lois sur l’immigration elles-mêmes sont terrifiées par les travailleurs pauvres. Quiconque a déjà demandé un visa sait qu’avant de se présenter à une ambassade des USA, où que ce soit dans le monde, il doit éliminer le mot « travail » de son vocabulaire personnel. Vous pouvez être un parfait tire-au-flanc avec de l’argent, et vous en vanter, mais jamais un travailleur pauvre.

Alors qu’aux USA, la Sécurité sociale et la Santé publique continuent d’être attaquées médiatiquement, de faire l’objet d’un définancement progressif de la part du gouvernement afin de transférer leurs ressources au Pentagone et de promouvoir les couvertures privées en matière de santé et de sécurité, plus de 60 000 USAméricains meurent chaque année de toxicomanie, la plupart à cause de prescriptions d’opioïdes. En 2017, selon l’Institut national sur l’abus des drogues du gouvernement usaméricain, 47 000 personnes sont mortes d’une surdose d’opioïdes. L’épidémie de ce médicament a commencé dans les années 1990, lorsque de puissantes sociétés pharmaceutiques ont assuré aux médecins que leur produit n’entraînait pas de dépendance, malgré des études qui contredisaient cette affirmation. La campagne de propagande et la manipulation des médecins ressemblaient beaucoup à celle inventée par Edward Bernays un demi-siècle plus tôt pour vendre des cigarettes, des œufs, du bacon et des coups d’État.

Mais personne ne se souvient de rien. Ils ne voient que quelques milliers de pauvres gens à pied, menaçant de détruire le pays le plus puissant du monde avec leurs pénis et leurs vagins. Alors que l’industrie pénitentiaire privée (qui reçoit des millions de dollars du gouvernement fédéral) prospère dans la partie sud du pays, l’immigration illégale et les réfugiés légaux sont criminalisés parce qu’ils sont pauvres et parce qu’ils ne sont pas de race blanche. Le business, comme tout business, a pour seul objectif d’augmenter le nombre de ses clients. Le problème est qu’ici, les clients sont des hommes et des femmes pauvres à la recherche d’une vie décente, à la recherche d’un peu de paix et de travail, qui est la seule chose terrible qu’ils savent faire. Quand ils ne sont pas des réfugiés. Comme le désespoir des autres et la propre indignation sont un business, les sociétés pénitentiaires gonflent les jours, les semaines et les mois et les candidats criminels, même s’il s’agit d’enfants, qui doivent être détenus inutilement, contre les lois internationales, mais dans le respect des lois du pays des lois.

Depuis 1980, l’émigration désespérée du Triangle Nord (Honduras, Guatemala, Salvador) a été multipliée par dix. Non pas parce que les frontières se sont ouvertes ou que les conditions de voyage sont désormais meilleures, car les migrants continuent d’utiliser leurs jambes comme principal moyen de transport et les frontières se sont militarisées de manière exponentielle. Le terrorisme paramilitaire financé par les entreprises du Nord, les guerres de Washington dans les années 1980 et ses coup d’État 2.0 dans le nouveau siècle ont produit un effet immédiat et persistant. En 2020, le flux de migrants tentant d’échapper à la violence et à la misère des néo-protectorats ultra-capitalistes d’Amérique centrale (Guatemala, Salvador et Honduras) représentera près de 90 % du total. Puisque le communisme ne peut être blâmé (pour aggraver les choses, seuls sept pour cent des migrants proviennent du « régime nicaraguayen ») et que les néo-protectorats ultra-capitalistes ne sont pas des pays soumis à un blocus, c’est leur culture malade est mise en cause. Quand ce n’est pas directement la race maudite. En réponse, Washington résiste à l’accueil de ces dangereux réfugiés, qu’il s’agisse d’enfants ou de femmes pauvres. Ce n’est pas un hasard si la superpuissance des chrétiens compatissants accueille cent fois moins de réfugiés par mille habitants que le Liban et même six fois moins que le Venezuela, appauvri et soumis à un blocus.

Sans aucun signe de changement, les politiciens usaméricains continuent de mettre en garde contre le danger des terroristes parmi les pauvres demandeurs d’asile. Rien de mieux que de faire peur au peuple avec une invasion inexistante pour éviter de parler de la violence et du massacre historique du terrorisme suprémaciste blanc. Rien de mieux que d’effrayer la classe moyenne avec le danger des pauvres à la peau foncée pour éviter de voir que deux hommes, Jeff Bezos et Elon Musk, possèdent déjà plus de richesses que quarante pour cent de la population de la superpuissance, tandis que les sans-abri et la précarisation du travail d’esclave salarié continuent de croître. Tout cela produit la défense furieuse contre ceux d’en bas par les bienfaiteurs d’en haut avec des clichés comme «les fainéants veulent nous envahir pour vivre aux crochets du gouvernement”, « es pauvres me volent mes impôt » et « la solution n’est pas de prendre aux riches mais de les aider à prospérer », comme si les riches n’avaient pas suffisamment détourné tous les progrès de l’histoire et tout le travail de ceux d’en bas qui les soutiennent et les défendent comme s’ils étaient des dieux.

Le racisme, l’exploitation de ceux qui sont en bas de l’échelle, n’est ni créé ni détruit, il est seulement transformé.

Racism and the refugees of hegemonic capitalism

Jorge Majfud

Translated by  Andy Barton

The refugee crises on the Southern U.S. border are not the result of any foreign invasion that endangers national security. Nor are they the result of Washington’s ‘weak policymaking’, as repeated to the point of exhaustion by the politicians and mass media of the country. Instead, they are the result of an intersection between different contradictions within the current hegemonic capitalism.

On the one hand, we have the law of supply and demand, and on the other, a long tradition of interventionism by a superpower that, since the 19th century, without pause for respite and in the name of the fight against corruption, promoted exactly that in the ‘chaotic Black republics’. In the name of freedom, of democracy, of peace and of human rights, it established a prolific list of protectorates, civil-military dictatorships, paramilitary terrorists and death squads, even in the purported democracies. The border crisis, as it is repeated and magnified by the press and by politicians, is not a crisis for the United States. It is only a crisis for the poor and those displaced by the same system of hegemonic capitalism that demonises them. To solve capitalism’s contradictions, viz., the undesirable consequences of the hallowed law of supply and demand, there lie the policies for the benefit of corporations and in the name of the defence of an entire country. In this sense, all of the laws are anticapitalist, since they contradict, limit or impede the immediate expression of supply (immigrant labour) and demand (national consumption). It is here where imperialism rears its head in an attempt to solve the contradictions of its own ideology; aside from its laws, narratives emerge about ‘our borders’ that must be ‘defended from the invasion’ of the poor, as well as the altruistic ‘selfless fight for freedom’ through interventions beyond foreign borders. In the fictitious free market, freedom is only accepted when it is imposed by those in power upon their liberated subjects. For these very reasons, in countries such as the United States, for more than a century, the laws are written by capitalist corporations to protect themselves from the unwanted consequences of the free market, and above all, from the freedom of those below them; in other words, from the poor, from ‘inferior’ races and from peripheral countries. Without the excuse of communism to rely on (none of those ‘shithole countries’ is communist and is in fact even more capitalist than the United States), the focus shifts back to the racial and cultural excuses of the century before the Cold War. Each worker with black skin is viewed as a criminal, a rapist; not a human being, not an opportunity for mutual aid. The immigration laws are sent into a state of panic by poor workers. Anyone who has applied for a visa knows that before appearing at a U.S. embassy, in any part of the world, the word “work” must be eliminated from the vocabulary of the individual in question. You can be the archetypal rich freeloader, and boast about it, but never a poor worker.

Meanwhile, in the United States, Social Security and public health continue to sustain media attacks in the context of their progressive defunding by governments, with the aim of transferring further resources to the Pentagon and promoting private health and social security cover. More than 60,000 Americans die every year due to drug addictions, the majority because of opioid prescriptions. In 2017, according to the U.S. governments’ National Institute on Drug Abuse, 47,000 people died due to opioid overdoses. This drug epidemic began in the ‘90s when powerful pharmaceuticals assured doctors that their products did not lead to addiction, despite the studies which contradicted this assertion. The propaganda campaign and mass manipulation of doctors was closely reminiscent of Edward Bernays’ invention half a century prior to sell cigarettes, eggs, bacon and coups d’état.But no one remembers any of this. They just see a few thousand ordinary poor people threatening to destroy the most powerful country on earth with their penises and vaginas. While the private prison industrial complex (which receives millions of dollars of federal funding) flourishes along the southern border of the country, illegal immigration and the legal refugees are criminalised both for being poor and for the sin of not being Caucasian. The prison business, like any other, exists for the sole purpose of increasing the number of clients. The problem is that here the clients are poor men and women searching for a better life, for a bit of peace and for hard work, which is the only wretched thing they know how to do. That is, when they are not refugees. Given that the desperation of others and individualised anger is a business, the prison enterprises drag out the days, the weeks and the months, turning sufferers into criminals, even if they are children, who must also be unnecessarily detained: against international laws but in compliance with the laws of the country of laws.

Since 1980, desperate emigration from the Northern Triangle (Honduras, Guatemala, Salvador) has increased tenfold. This is not because the borders have opened or because the conditions during the journey have now improved, since the migrants continue to use their feet as the primary mode of transport, and the borders have been militarised exponentially. Paramilitary terrorism financed by corporations from the North, Washington’s wars in the ‘80s and their coups d’état 2.0 in the new century have generated an immediate and sustained effect. By 2020, the flow of migrants attempting to escape the violence and the misery of the ultracapitalist neo-protectorates of Central America (Guatemala, El Salvador and Honduras) would constitute 90% of the total. As it is impossible to blame communism (even worse, only 7% of the migrants come from the “Nicaraguan regime”), and the ultracapitalist neo-protectorates are not sanctioned countries, it is their culture which receives the blame. That is, when the colour of their skin is not blamed directly. In response, Washington refuses to take in these dangerous refugees, be they poor children or women. It is not a coincidence that the superpower of compassionate Christians receives 100 times fewer migrants per thousand inhabitants than Lebanon; it even receives six times fewer migrants than the impoverished and sanctioned Venezuela. With no sign of things changing, politicians in the United States continue to sound the alarm about the terrorist threat posed by the poor who seek asylum. Nothing beats scaring the public with an imaginary invasion to avoid talking about the violence and the historic massacres perpetrated by white supremacist terrorists. Nothing beats scaring the middle class with the dangers presented of poor people with black skin to avoid the realisation that two men, Jeff Bezos and Elon Musk, already have more wealth than a combined 40% of the superpower’s population. Meanwhile, the numbers of the homeless and the labour precarity of the salaried slaves continues to grow; all of which produces a furious defence of the benefactors from above by those from below, with clichés such as ‘those parasites want to invade us to live off the government’, ‘the poor are stealing my tax dollars’ and ‘the solution is not getting rid of the rich but instead helping the others to prosper’, as if the wealthy had not already hoarded enough from all of history’s advances and from all of the work of those below, who in turn support them and defend them as if they were gods. Racism, the business of exploiting those from below, is neither created nor destroyed; it is only transformed.

http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=31155

Crónicas del Coronavirus (libro)

Breves notas para la presentación del libro Crónicas del Coronavirus, de Patricio Lombera (ed) et al. (antología en la cual Ediciones Irreverentes ha tenido la amabilidad de incluirme con “Pandora”) y a la cual no podré asistir por razones personales. 

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https://zoom.us/webinar/register/3016155500114/WN_lQoi838mRVeSe4EbReE7-A?fbclid=IwAR288aFkjH9gq9v8-oLMUpUKcBLfTIkWsqoUM2nJ-wrJMRyZ-P9ami1eVkM

Una cámara de foto que apunta a la realidad la captura a través de su objetivo. Su visión objetiva se limita a un punto de vista. Una visión objetiva de algo es siempre parcial. Eso es la objetividad: un punto de vista (parcial) sobre la realidad. En una colección diversa de esos puntos de vista nos acercamos un poco más a eso que todos creemos saber qué es y nadie puede definir sin confirmar el fracaso: la realidad.

Las crónicas, como los ensayos, también están atravesadas de emociones (como las crónicas de la conquista en América, que hoy calificaríamos como realismo mágico). Igual, las ficciones están atravesadas de ideas y reflexiones, conscientes e involuntarias e intentan ver la realidad desde puntos de vistas imaginarios, diferentes al del escritor. 

En el caso específico de “Pandora”, sólo puedo decir que no es una crónica exterior sino interior desde la ficción. La perspectiva ficticia con personajes reales intenta exponer la fragilidad y la paranoia del mundo en manos de unos pocos individuos con un poder excesivo: el agente que carga la maleta con el código atómico a todas partes donde va el presidente de EE.UU.; la administración del cambio climático y de la crisis de una pandemia por parte de estos individuos poderosos que fingen y pretenden saber lo que hacen. 

Estamos en las manos de gente con un poder apocalíptico y ninguno de ellos tiene la capacidad intelectual ni la estabilidad psicológica para tener ese poder que antes estaba reservado a los dioses. 

La pandemia ha traído algunos cambios que, de una forma general, podríamos clasificar como:

Cambios positivos:

  1. Reivindicó el rol y  la importancia del a ciencia y de los profesionales de la salud por sobre los militares
  2. Reivindicó el rol organizador del Estado y renovó los temores de su mal uso, es decir de su uso fascista.
  3. Envió al CTI al neoliberalismo

y, al menos, un cambio negativo:

  1. Confirmó que los pobres y los negros tienen menos chance de beneficiarse de las ciencias, es decir, del producto de la humanidad acumulado por siglos y mileños, no simplemente desarrollado por un pais potencia.

JM, marzo 2021

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The tradition of white terrorism

In the US, when you see the picture of a white guy with a Taliban beard who killed many people because they looked different, remember the CIA created the Taliban in the 80s and the ISIS in the 2000 and all they are now fanatics religious-nationalist-right-wing terrorists who are defined by US police as guys who had “a bad day”. In the US when you see a white guy with a Taliban beard who killed people because they looked different, remember the CIA created Taliban in the 80s, ISIS in the 2000s –fanatics religious-nationalist-right-wing terrorists who are defined by US sheriffs as guys who had “a bad day.”

For more nice excuses read https://www.nytimes.com/…/evangelical-sex-addiction… Atlanta Suspect’s Fixation on Sex Is Familiar Thorn for Evangelicals. The man accused of killing eight people, including six women of Asian descent, blamed “sexual addiction,” a disputed term used in parts of evangelical culture. =

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El racismo y los refugiados del capitalismo hegemónico

 Las crisis de refugiados en la frontera sur de Estados Unidos no son consecuencia de ninguna invasión exterior que pone en peligro la Seguridad Nacional. Ni siquiera son la consecuencia de “políticas blandas de Washington”, tal como repiten hasta el hastío los políticos y los grandes medios de este país. Son consecuencia de la intersección de diferentes contradicciones del capitalismo hegemónico actual. 

Por un lado, tenemos la ley de la oferta y la demanda y, por el otro, una larga tradición de intervencionismos por parte de la superpotencia que, desde el siglo XIX, sin tregua y en nombre de la lucha contra la corrupción, promovió la corrupción en “las caóticas repúblicas de negros”. En nombre de la libertad, de la democracia, de la paz y de los derechos humanos impuso una prolífica lista de protectorados, de dictaduras civico militares, de terrorismo paramilitar y de escuadrones de la muerte hasta en las llamdas democracias. La crisis de la frontera, como la repiten y magnifican la prensa y los políticos, no es una crisis para Estados Unidos. Es una crisis sólo para los pobres y desplazados por el mismo sistema del capitalismo hegemónico que los demoniza. 

Para resolver las contradicciones del capitalismo, los efectos indeseables de la venerada Ley de la oferta y la demanda, están las leyes de los políticos al servicio de las corporaciones y en nombre de la defensa de todo un país. En este sentido, todas las leyes son anticapitalistas, ya que contradicen, limitan o impiden la expresión inmediata de la oferta (el trabajo inmigrante) y la demanda (el consumo nacional). Es aquí donde el imperialismo aparece para intentar resolver las contradicciones de su propia ideología y, aparte de sus leyes, aparecen las narrativas de “nuestras fronteras” que hay que “defender de la invasión” de los pobres y la altruista “lucha desinteresada por la libertad” a través de intervenciones más allá de las fronteras ajenas. En la ficticia libertad del mercado, la libertad sólo es aceptada cuando aquellos que tienen poder imponen su libertad sobre sus liberados. Por estas mismas razones, en países como Estados Unidos, desde hace más de un siglo las leyes son escritas por las corporaciones capitalistas, para protegerse de las consecuencias no deseadas de la libertad del libre mercado y, sobre todo, para protegerse de la libertad de los de abajo, es decir, de los pobres, de las razas inferiores, de los países periféricos.

Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos “países de mierda” es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), se vuelve a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, un violador; no un ser humano, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico a los trabajadores pobres. Cualquiera que haya solicitado una visa sabe que antes de presentarse a una embajada de Estados Unidos, en cualquier parte del mundo, debe eliminar la palabra trabajo del vocabulario personal. Se puede ser un perfecto zángano con dinero, y presumir de ello, pero nunca un trabajador pobre.

Mientras en Estados Unidos la Seguridad social y la Salud pública continúan bajo ataque mediático, bajo la progresiva desfinanciación de los gobiernos con el objetivo de transferir sus recursos al Pentágono y para promover la cobertura privada de salud y de seguridad, más de 60.000 estadounidense mueren cada año por adicciones a las drogas, la mayoría por prescripciones médicas de opioide. En 2017, según el National Institute on Drug Abuse del Gobierno de Estados Unidos, 47.000 personas murieron por sobredosis de opioides. La epidemia de esta droga se había iniciado en los años 90 cuando las poderosas farmacéuticas le aseguraron a los médicos que su producto no producía adicción, pese a estudios que contradecían esta afirmación. La campaña de propaganda y manipulación de los médicos se pareció mucho a la inventada por Edward Bernays medio siglo antes para vender cigarrillos, huevos, tocino y golpes de Estado. 

Pero nadie recuerda nada. Sólo ven unos pocos miles de pobres de a pie, amenazando con destruir con sus penes y vaginas al país más poderoso del mundo. Mientras el negocio de las cárceles privadas (que reciben millones de dólares del gobierno federal) florece en el borde sur del país, la inmigración ilegal y los refugiados legales son criminalizados por pobres y por el pecado de no ser caucásicos. El negocio, como cualquier otro negocio, tiene como único objetivo aumentar el número de clientes. El problema es que aquí los clientes son hombres y mujeres pobres en búsqueda de una vida decente, en búsqueda de un poco de paz y de trabajo duro, que es lo único tan terrible que saben hacer. Cuando no son refugiados. Como la desesperación ajena y la indignación propia es un negocio, las empresas carcelarias inflan los días y las semanas y los meses y los candidatos a criminales, aunque sean niños, que deben pasar detenidos sin necesidad, contra las leyes internacionales, pero en cumplimiento de las leyes del país de las leyes.

Desde 1980, la emigración desesperada desde el Triángulo norte se ha multiplicado por diez. No porque las fronteras se hayan abierto o porque las condiciones de viaje ahora sean mejores, ya que los migrantes siguen usando sus piernas como principal medio de transporte y las fronteras se han militarizado exponencialmente. El terrorismo paramilitar financiado por las corporaciones del norte, las guerras de Washington en los ochenta y sus golpes de Estado 2.0 en el nuevo siglo han producido un efecto inmediato y persistente. Para 2020 el flujo de migrantes que intentan escapar a la violencia y la miseria de los neoprotectorados ultracapitalistas de América Central (Guatemala, El Salvador y Honduras), sumarán casi el 90 por ciento del total. Como no se puede culpar al comunismo (para peor, del “régimen de Nicaragua” sólo procede el siete por ciento de los migrantes) y los neoprotectorados ultracapitalistas no son países bloqueados, se culpa a su cultura enferma. Cuando no directamente a la raza maldita. Como respuesta, Washington se resiste a recibir esos peligrosos refugiados, sean niños o mujeres pobres. No por mero accidente, la superpotencia de los compasivos cristianos recibe cien veces menos refugiados por cada mil habitantes que Líbano e, incluso, seis veces menos que la empobrecida y bloqueada Venezuela.

Sin indicios de cambio, los políticos en Estados Unidos continúan alertando del peligro de terroristas entre los pobres que buscan asilo. Nada mejor que asustar al pueblo con una invasión inexistente para no hablar de la violencia y de las históricas matanzas del terrorismo de los supremacistas blancos. Nada mejor que asustar a la clase media con el peligro de los pobres de piel oscura para no ver que dos hombres, Jeff Bezos y Elon Musk, ya poseen más riqueza que el cuarenta por ciento de la población de la superpotencia, mientras los sintecho y la precarización del trabajo de los esclavos asalariados continúa creciendo. Todo lo que produce la defensa furiosa de los de abajo a los benefactores de arriba con clichés como “los holgazanes quieren invadirnos para vivir del gobierno”, “los pobres me roban con los impuestos” y “la solución no está en sacarle a los ricos sino en ayudarlos a prosperar”, como si los ricos no hubiesen secuestrado suficiente de todo el progreso de la historia y de todo el trabajo de los de abajo que los sostienen y los defienden como si fuesen dioses. 

El racismo, el negocio de explotar a los de abajo no se crea ni se destruye; solo se transforma. 

Jm, marzo 2021

Racism and the refugees of hegemonic capitalism

Jorge Majfud

Translated by  Andy Barton

The refugee crises on the Southern U.S. border are not the result of any foreign invasion that endangers national security. Nor are they the result of Washington’s ‘weak policymaking’, as repeated to the point of exhaustion by the politicians and mass media of the country. Instead, they are the result of an intersection between different contradictions within the current hegemonic capitalism.

On the one hand, we have the law of supply and demand, and on the other, a long tradition of interventionism by a superpower that, since the 19th century, without pause for respite and in the name of the fight against corruption, promoted exactly that in the ‘chaotic Black republics’. In the name of freedom, of democracy, of peace and of human rights, it established a prolific list of protectorates, civil-military dictatorships, paramilitary terrorists and death squads, even in the purported democracies. The border crisis, as it is repeated and magnified by the press and by politicians, is not a crisis for the United States. It is only a crisis for the poor and those displaced by the same system of hegemonic capitalism that demonises them. To solve capitalism’s contradictions, viz., the undesirable consequences of the hallowed law of supply and demand, there lie the policies for the benefit of corporations and in the name of the defence of an entire country. In this sense, all of the laws are anticapitalist, since they contradict, limit or impede the immediate expression of supply (immigrant labour) and demand (national consumption). It is here where imperialism rears its head in an attempt to solve the contradictions of its own ideology; aside from its laws, narratives emerge about ‘our borders’ that must be ‘defended from the invasion’ of the poor, as well as the altruistic ‘selfless fight for freedom’ through interventions beyond foreign borders. In the fictitious free market, freedom is only accepted when it is imposed by those in power upon their liberated subjects. For these very reasons, in countries such as the United States, for more than a century, the laws are written by capitalist corporations to protect themselves from the unwanted consequences of the free market, and above all, from the freedom of those below them; in other words, from the poor, from ‘inferior’ races and from peripheral countries. Without the excuse of communism to rely on (none of those ‘shithole countries’ is communist and is in fact even more capitalist than the United States), the focus shifts back to the racial and cultural excuses of the century before the Cold War. Each worker with black skin is viewed as a criminal, a rapist; not a human being, not an opportunity for mutual aid. The immigration laws are sent into a state of panic by poor workers. Anyone who has applied for a visa knows that before appearing at a U.S. embassy, in any part of the world, the word “work” must be eliminated from the vocabulary of the individual in question. You can be the archetypal rich freeloader, and boast about it, but never a poor worker.

Meanwhile, in the United States, Social Security and public health continue to sustain media attacks in the context of their progressive defunding by governments, with the aim of transferring further resources to the Pentagon and promoting private health and social security cover. More than 60,000 Americans die every year due to drug addictions, the majority because of opioid prescriptions. In 2017, according to the U.S. governments’ National Institute on Drug Abuse, 47,000 people died due to opioid overdoses. This drug epidemic began in the ‘90s when powerful pharmaceuticals assured doctors that their products did not lead to addiction, despite the studies which contradicted this assertion. The propaganda campaign and mass manipulation of doctors was closely reminiscent of Edward Bernays’ invention half a century prior to sell cigarettes, eggs, bacon and coups d’état.But no one remembers any of this. They just see a few thousand ordinary poor people threatening to destroy the most powerful country on earth with their penises and vaginas. While the private prison industrial complex (which receives millions of dollars of federal funding) flourishes along the southern border of the country, illegal immigration and the legal refugees are criminalised both for being poor and for the sin of not being Caucasian. The prison business, like any other, exists for the sole purpose of increasing the number of clients. The problem is that here the clients are poor men and women searching for a better life, for a bit of peace and for hard work, which is the only wretched thing they know how to do. That is, when they are not refugees. Given that the desperation of others and individualised anger is a business, the prison enterprises drag out the days, the weeks and the months, turning sufferers into criminals, even if they are children, who must also be unnecessarily detained: against international laws but in compliance with the laws of the country of laws.

Since 1980, desperate emigration from the Northern Triangle (Honduras, Guatemala, Salvador) has increased tenfold. This is not because the borders have opened or because the conditions during the journey have now improved, since the migrants continue to use their feet as the primary mode of transport, and the borders have been militarised exponentially. Paramilitary terrorism financed by corporations from the North, Washington’s wars in the ‘80s and their coups d’état 2.0 in the new century have generated an immediate and sustained effect. By 2020, the flow of migrants attempting to escape the violence and the misery of the ultracapitalist neo-protectorates of Central America (Guatemala, El Salvador and Honduras) would constitute 90% of the total. As it is impossible to blame communism (even worse, only 7% of the migrants come from the “Nicaraguan regime”), and the ultracapitalist neo-protectorates are not sanctioned countries, it is their culture which receives the blame. That is, when the colour of their skin is not blamed directly. In response, Washington refuses to take in these dangerous refugees, be they poor children or women. It is not a coincidence that the superpower of compassionate Christians receives 100 times fewer migrants per thousand inhabitants than Lebanon; it even receives six times fewer migrants than the impoverished and sanctioned Venezuela. With no sign of things changing, politicians in the United States continue to sound the alarm about the terrorist threat posed by the poor who seek asylum. Nothing beats scaring the public with an imaginary invasion to avoid talking about the violence and the historic massacres perpetrated by white supremacist terrorists. Nothing beats scaring the middle class with the dangers presented of poor people with black skin to avoid the realisation that two men, Jeff Bezos and Elon Musk, already have more wealth than a combined 40% of the superpower’s population. Meanwhile, the numbers of the homeless and the labour precarity of the salaried slaves continues to grow; all of which produces a furious defence of the benefactors from above by those from below, with clichés such as ‘those parasites want to invade us to live off the government’, ‘the poor are stealing my tax dollars’ and ‘the solution is not getting rid of the rich but instead helping the others to prosper’, as if the wealthy had not already hoarded enough from all of history’s advances and from all of the work of those below, who in turn support them and defend them as if they were gods. Racism, the business of exploiting those from below, is neither created nor destroyed; it is only transformed.

http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=31155

Le racisme et les réfugiés du capitalisme hégémonique

Jorge Majfud
Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Les crises de réfugiés à la frontière sud des USA ne sont pas la conséquence d’une quelconque invasion étrangère mettant en danger la sécurité nationale. Ils ne sont même pas la conséquence des « politiques douces de Washington », comme le répètent ad nauseam les politiciens et les grands médias de ce pays. Elles sont la conséquence de l’intersection de diverses contradictions du capitalisme hégémonique d’aujourd’hui.

D’une part, nous avons la loi de l’offre et de la demande et, d’autre part, une longue tradition d’interventionnisme de la part de la superpuissance qui, depuis le XIXème  siècle, sans relâche et au nom de la lutte contre la corruption, a encouragé la corruption dans « les chaotiques républiques de Nègres ». Au nom de la liberté, de la démocratie, de la paix et des droits de l’homme, elle a imposé une cohorte prolifique de protectorats, de dictatures civilo-militaires, de terrorisme paramilitaire et d’escadrons de la mort, y compris dans les soi-disant démocraties. La crise frontalière, telle que répétée et amplifiée par la presse et les politiciens, n’est pas une crise pour les USA. C’est une crise uniquement pour les pauvres et les déplacés par le même système de capitalisme hégémonique qui les diabolise.

Pour résoudre les contradictions du capitalisme, les effets indésirables de la sacrosainte loi de l’offre et de la demande, il y a les lois des politiciens au service des entreprises et au nom de la défense de tout un pays. En ce sens, toutes les lois sont anticapitalistes, car elles contredisent, limitent ou empêchent l’expression immédiate de l’offre (le travail immigré) et de la demande (la consommation intérieure). C’est ici que l’impérialisme semble essayer de résoudre les contradictions de sa propre idéologie et, en marge de ses lois, apparaissent les récits de « nos frontières » à « défendre contre l’invasion » par les pauvres et la « lutte altruiste pour la liberté » par des interventions au-delà des frontières étrangères. Dans la liberté fictive du marché, la liberté n’est acceptée que lorsque ceux qui ont le pouvoir imposent leur liberté à ceux qui sont libérés par eux. Pour ces mêmes raisons, dans des pays comme les USA, depuis plus d’un siècle, les lois sont écrites par les entreprises capitalistes, pour se protéger des conséquences indésirables de la liberté du libre marché et, surtout, pour se protéger de la liberté de ceux qui sont en bas de l’échelle, c’est-à-dire les pauvres, les races inférieures, les pays périphériques.

Une fois l’excuse du communisme passée (aucun de ces « pays de merde » n’est communiste, mais plus capitaliste que les USA), on revient aux excuses raciales et culturelles du siècle précédant la guerre froide. Tout travailleur à la peau foncée est considéré comme un criminel, un violeur ; pas un être humain, pas une opportunité de développement mutuel. Les lois sur l’immigration elles-mêmes sont terrifiées par les travailleurs pauvres. Quiconque a déjà demandé un visa sait qu’avant de se présenter à une ambassade des USA, où que ce soit dans le monde, il doit éliminer le mot « travail » de son vocabulaire personnel. Vous pouvez être un parfait tire-au-flanc avec de l’argent, et vous en vanter, mais jamais un travailleur pauvre.

Alors qu’aux USA, la Sécurité sociale et la Santé publique continuent d’être attaquées médiatiquement, de faire l’objet d’un définancement progressif de la part du gouvernement afin de transférer leurs ressources au Pentagone et de promouvoir les couvertures privées en matière de santé et de sécurité, plus de 60 000 USAméricains meurent chaque année de toxicomanie, la plupart à cause de prescriptions d’opioïdes. En 2017, selon l’Institut national sur l’abus des drogues du gouvernement usaméricain, 47 000 personnes sont mortes d’une surdose d’opioïdes. L’épidémie de ce médicament a commencé dans les années 1990, lorsque de puissantes sociétés pharmaceutiques ont assuré aux médecins que leur produit n’entraînait pas de dépendance, malgré des études qui contredisaient cette affirmation. La campagne de propagande et la manipulation des médecins ressemblaient beaucoup à celle inventée par Edward Bernays un demi-siècle plus tôt pour vendre des cigarettes, des œufs, du bacon et des coups d’État.

Mais personne ne se souvient de rien. Ils ne voient que quelques milliers de pauvres gens à pied, menaçant de détruire le pays le plus puissant du monde avec leurs pénis et leurs vagins. Alors que l’industrie pénitentiaire privée (qui reçoit des millions de dollars du gouvernement fédéral) prospère dans la partie sud du pays, l’immigration illégale et les réfugiés légaux sont criminalisés parce qu’ils sont pauvres et parce qu’ils ne sont pas de race blanche. Le business, comme tout business, a pour seul objectif d’augmenter le nombre de ses clients. Le problème est qu’ici, les clients sont des hommes et des femmes pauvres à la recherche d’une vie décente, à la recherche d’un peu de paix et de travail, qui est la seule chose terrible qu’ils savent faire. Quand ils ne sont pas des réfugiés. Comme le désespoir des autres et la propre indignation sont un business, les sociétés pénitentiaires gonflent les jours, les semaines et les mois et les candidats criminels, même s’il s’agit d’enfants, qui doivent être détenus inutilement, contre les lois internationales, mais dans le respect des lois du pays des lois.

Depuis 1980, l’émigration désespérée du Triangle Nord (Honduras, Guatemala, Salvador) a été multipliée par dix. Non pas parce que les frontières se sont ouvertes ou que les conditions de voyage sont désormais meilleures, car les migrants continuent d’utiliser leurs jambes comme principal moyen de transport et les frontières se sont militarisées de manière exponentielle. Le terrorisme paramilitaire financé par les entreprises du Nord, les guerres de Washington dans les années 1980 et ses coup d’État 2.0 dans le nouveau siècle ont produit un effet immédiat et persistant. En 2020, le flux de migrants tentant d’échapper à la violence et à la misère des néo-protectorats ultra-capitalistes d’Amérique centrale (Guatemala, Salvador et Honduras) représentera près de 90 % du total. Puisque le communisme ne peut être blâmé (pour aggraver les choses, seuls sept pour cent des migrants proviennent du « régime nicaraguayen ») et que les néo-protectorats ultra-capitalistes ne sont pas des pays soumis à un blocus, c’est leur culture malade est mise en cause. Quand ce n’est pas directement la race maudite. En réponse, Washington résiste à l’accueil de ces dangereux réfugiés, qu’il s’agisse d’enfants ou de femmes pauvres. Ce n’est pas un hasard si la superpuissance des chrétiens compatissants accueille cent fois moins de réfugiés par mille habitants que le Liban et même six fois moins que le Venezuela, appauvri et soumis à un blocus.

Sans aucun signe de changement, les politiciens usaméricains continuent de mettre en garde contre le danger des terroristes parmi les pauvres demandeurs d’asile. Rien de mieux que de faire peur au peuple avec une invasion inexistante pour éviter de parler de la violence et du massacre historique du terrorisme suprémaciste blanc. Rien de mieux que d’effrayer la classe moyenne avec le danger des pauvres à la peau foncée pour éviter de voir que deux hommes, Jeff Bezos et Elon Musk, possèdent déjà plus de richesses que quarante pour cent de la population de la superpuissance, tandis que les sans-abri et la précarisation du travail d’esclave salarié continuent de croître. Tout cela produit la défense furieuse contre ceux d’en bas par les bienfaiteurs d’en haut avec des clichés comme «les fainéants veulent nous envahir pour vivre aux crochets du gouvernement”, « es pauvres me volent mes impôt » et « la solution n’est pas de prendre aux riches mais de les aider à prospérer », comme si les riches n’avaient pas suffisamment détourné tous les progrès de l’histoire et tout le travail de ceux d’en bas qui les soutiennent et les défendent comme s’ils étaient des dieux.

Le racisme, l’exploitation de ceux qui sont en bas de l’échelle, n’est ni créé ni détruit, il est seulement transformé.

nota al margen


Importancia

De una conversación sobre uno de mis artículos:

Señor, usted está muy preocupado sobre las contradicciones de la vida personal de un individuo como cualquier otro. Yo solo estoy preocupado sobre las contradicciones dramáticas y mortales del sistema mundial que nos gobierna.

Pero si usted quiere, seguimos hablando de mí.

marzo 2021

Experiencia

141, EXPERIENCIA. Una vez alguien me dijo que yo no podía hablar de religión porque no era un hombre religioso. Me quedé pensando un instante, porque en algo tenía razón: yo soy un espíritu religioso, pero no soy un hombre religioso porque mi mente desconoce la seguridad. Obviamente, se equivocaba en lo demás. “Señor —quise contestar, no sin timidez—, si los sacerdotes católicos desde siempre han dado consejos matrimoniales y ahora hasta dan clase de conducta sexual, por qué no podría un ateo enseñar teología?”.

Crítica de la pasión pura, Graffiti 1998.

Espías y mercenarios

Estudiante: “Mi abuelito cubano trabajó para la CIA y en este momento está en el teléfono siguiendo su clase”.

Profesor (autor de este libro): “Vaya, qué honor. Para no dejarlo como un acto ilegal, le voy a dar permiso para hacer lo que está haciendo. Si encuentra que he dicho algo que no se pueda probar, le agradeceré, infinitamente, que lo informe a la clase y a sus jefes. La historia de América Latina se repite mucho, por lo que siempre estoy a la búsqueda de algo nuevo, algo que me sorprenda, algo que nunca encuentro”.

Jacksonville University, una tarde de otoño de 2019.

Miami, Florida. 21 de setiembre de 1979—A las 7: 00 de la noche, una camioneta espera al agente cubano de la CIA Antonio Veciana, cerca de su casa. Aunque Veciana siempre cambia de camino cada día para evitar sorpresas, dos desconocidos encuentran el momento adecuado y le disparan varias veces. Una de las balas calibre 45 se aloja en el estómago y otra en la cabeza. Veciana logra recuperarse en un hospital. Sospecha de la CIA y de Fidel Castro. Su hija, periodista de The Miami News, solo puede sospechar de Fidel Castro, que es lo único que conoce y sobre lo único que ha escuchado toda su vida.

Cuando en 1971 el intento de asesinar a Fidel Castro en Chile fracasó, el agente David Atlee Phillips le ordenó a Veciana matar a sus colaboradores cubanos para evitar exponer al Departamento de Estado. Decepcionado, luego de tantos lujos con los cuales lo había rodeado la CIA en Bolivia, Veciana se negó y Phillips, visiblemente alterado por el fracaso, le contestó: “Los cubanos no tienen huevos. Son unos cobardes. ¿Crees que hubieras podido hacer otra cosa si el plan resultaba un éxito? No te lo dije antes, pero la eliminación de los asesinos de Castro ya estaba decidida de antemano”.

Por esta razón, y luego de muchos años de atentados contra gente que no encajaba en su surco ideológico, Antonio Veciana había intentado alejarse de la CIA. Alguien tomó nota. Veciana regresó a su casa de Miami ese mismo año, pensado que podía tomarse unas vacaciones, pero poco después fue acusado de narcotráfico por el FBI. Lo más probable, pensó Veciana, es que Phillips haya hecho con uno de sus empleados lo que se hacía siempre con cualquier otro luego de alguna misión importante. Silenciarlo.

Ahora el periodista Gaeton Fonzi, contratado por el Comité Church del senado (encargado de investigar las actividades de inteligencia del país), convence a Veciana de ir con un dibujante experto de la policía para hacer un retrato hablado de su jefe, Marcel Bishop, el cual no consta en los registros declarados de la Agencia. Fonzi lleva el retrato a Washington y el senador republicano de Pensilvania, Richard Schweiker, reconoce a David Atlee Phillips. Luego lleva a Veciana a una reunión de camaradería donde lo presenta a Phillips, pero Phillips, con su español chileno, finge no conocer a Veciana. Ese día, Veciana también se dirige a su antiguo jefe como si fuese un extraño, pero hablan de temas que ambos conocen bien. Fonzi sabe que los dos están mintiendo, lo que Veciana reconocerá en 2017 cuando Phillips y Fonzi, estén muertos.

Veciana nunca renunciará a la lealtad hacia su jefe, David Phillips, ni a su obsesión de matar a Fidel Castro. Cuando en 1995 Castro visite las Naciones Unidas y sea recibido como héroe en una iglesia de Harlem, Veciana planeará una vez más su asesinato, esta vez por su cuenta. Con todas las armas listas en su casa de Miami, el FBI le ordenará entregarlas. Por este incidente tampoco habrá cargos; solo el cómplice silencio de las mascotas descansando en el hombro del gigante.

El programa de asesinatos impunes de la CIA no se limitará a líderes latinoamericanos. En Vietnam, por ejemplo, la CIA tenía licencia para matar bajo el bonito nombre de Phoenix Program. Luego de las incómodas investigaciones del senado de Estados Unidos en los 70s, la licencia fue renovada con otras precauciones. En el siglo XXI, durante las administraciones de presidentes tan opuestos como Barak Obama y Donald Trump, la CIA continuará sus programas de asesinato selectivo usando diferentes medios, como los drones. La diferencia entre las ejecuciones llevadas a cabo por el Pentágono y la CIA radicará en que sólo los primeros deberán informar al gobierno de los muertos. Tal vez haya otra diferencia: las víctimas de la CIA casi nunca mueren en campos de batalla. Probablemente nunca se conocerá la larga lista de disidentes y líderes víctimas de muertes naturales, como muertes por cáncer, como sí se conocen sus pasados experimentos con drogas y todo tipo de químicos, sus manipulaciones mediáticas y sus sangrientos golpes de Estado.

 Jorge Majfud

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Extracto del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina a publicarse próximamente. 

https://www.huffingtonpost.es/entry/espias-y-mercenarios_es_6056216ac5b6f12839d4a684

https://www.pagina12.com.ar/331764-espias-y-mercenarios?amp=1

Liberté, égalité, et bikini

El bikini y la distracción de las micropolíticas

A finales de febrero de 2021, el equipo de la selección de voleibol femenino de Alemania anunció que boicoteará los juegos de Catar (organizados por la Federación Internacional de Vóley-playa) porque no se les permite a las mujeres jugar en bikini. No es solo un boicot, sino un manifiesto internacional. La regla en cuestión (el artículo 10) que puso furiosos a las sub campeones de voleibol femenino, campeonas de la libertad y la civilización establece que “con el fin de respetar la cultura y la tradición locales (…) se espera que las participantes utilicen una camiseta de manga corta por debajo de la camiseta oficial, así como pantalones cortos hasta la rodilla”.

El director deportivo de la Federación Alemana, Niclas Hildebrand, confirmó la indignación de las jugadoras y de los técnicos alemanes por el artículo 10. La seleccionadora Helke Claasen confirmó que tampoco viajará al torneo, argumentando que no se siente “respetada como mujer”. Otras, como la vicecampeona Karla Borger, más candorosas, argumentaron que no tienen problemas en “adaptarse a las reglas de otros países”, pero es que el calor extremo en Doha hace necesario el bikini… Igual que en Alemania. 

La Federación Catarí de Voleibol (QVA), respondió que respetan “el código de conducta establecido por la Federación Internacional” y menciona que en los eventos anteriores organizados en Catar “las deportistas han sido libres de llevar los mismos uniformes que visten en otros países”.

Ni Qatar ni Arabia Saudí no son modelos de respeto a los derechos humanos, como tampoco lo son las higiénicas potencias mundiales, pero los correctos indignados no hacen más que aguar las reivindicaciones históricas por la igual-libertad y reproducir la centenaria arrogancia noroccidental en nombre de lo políticamente correcto. 

Seguramente en ningún estadio alemán, europeo o estadounidense se permitirían a las mozambicanas kimwanes, macúas o macondes que conocí años atrás jugar en topless. No se las dejaría caminar por las calles civilizadas de París o de Berlín como caminan por algunas aldeas o se bañan en las playas indecentes del primitivo paraíso del océano Índico. 

Podemos criticar y protestar por las medidas que oprimen a las mujeres más allá de sus condiciones culturales, pero resulta más difícil defender la idea de que no usar bikini para jugar al voleibol es una medida opresiva para las jugadoras noroccidentales y un ataque a su dignidad y a su condición de mujer. Incluso, el indignante artículo 10 en cuestión podría facilitarle el trabajo a los fotógrafos y a la televisión que siempre hacen malabarismos para no tomar encuadres que muestran las nalgas articuladas de las jugadoras que esperan un saque, para no ser acusados de machistas.  

¿Por qué inclinarse y ofrecer las nalgas desnudas a la tribuna es un símbolo de liberación femenina del mundo civilizado, pero mostrar los pechos libres es opresión de las culturas salvajes? 

¿No es posible jugar voleibol con pantalones cortos, como en el resto de los deportes conocidos? De hecho, las nuevas tecnologías de telas elásticas protegen de la arena mucho más que un bikini.

¿Hay algo entre las nalgas (que puede ver el público asistente, pero no los espectadores por televisión) que revela la libertad y la dignidad de la mujer universal ante las atentas miradas del mundo? 

¿Dónde está la opresión, sino del lado del colonialismo y la centenaria arrogancia eurocéntrica de la raza superior que decide cómo vestir a las mujeres para la libertad?

¿Por qué cuando vamos a países periféricos nos sentimos con el derecho de imponer nuestras costumbres en nombre de la Libertad y los Derechos Humanos, pero cuando ellos vienen a nuestros países dominantes les gritamos en la cara “debes adaptarte a la cultura que te recibe”? 

¿Se olvidaron los europeos cuando, hasta no hace muchos años, detenían en las playas de Europa a las mujeres que descansaban vestidas con sus hijabs, es decir, vestidas de más para la sensibilidad civilizada de la policía moral? ¿Dónde quedó el derecho occidnetal de esas pobres mujeres oprimidas? ¿De verdad nos interesan los derechos de esas mujeres a ser libres o más bien se trata de preservar nuestros derechos a dictar?

Vamos a repetir lo que venimos repitiendo desde hace décadas (de hecho, lo que sigue es un copia-y-pega): Para el ombligo del mundo, las mujeres medio vestidas de Occidente son más libres que las mujeres demasiado vestidas de Medio Oriente y más libres que las mujeres demasiado desnudas de África. No se aplica el axioma matemático de transitividad. Si la mujer es blanca y toma sol desnuda en el Sena es una mujer liberada. Si es negra y hace lo mismo en un arroyo sin nombre, es una mujer oprimida. Es el anacrónico axioma de que “nuestra lengua es mejor porque se entiende”. Lo que en materia de vestidos equivale a decir que las robóticas y amargadas modelos que desfilan en las pasarelas de la multimillonaria industria del glamour son el súmmum de la liberación y el buen gusto. Si vamos a prohibir el velo en una mujer, que además es parte de su propia cultura, ¿por qué no prohibir los kimonos japoneses, los sombreros tejanos, los labios pintados, los piercing, los tatuajes con cruces y calaveras de todo tipo? ¿Por qué no prohibir los atuendos que usan las monjas católicas y que bien pueden ser considerados un símbolo de la opresión femenina? Ninguna monja puede salir de su estado de obediencia para convertirse en sacerdote, obispo o Papa, lo cual para la ley de un estado secular es una abierta discriminación sexual. Esta intolerancia es común en nuestras sociedades que han promovido los Derechos Humanos pero también han inventado los más crueles instrumentos de tortura contra brujas, científicos o disidentes; que han producido campos de exterminio y que no han tenido limites en su obsesión proselitista y colonialista, siempre en nombre de la buena moral y de la salvación de la civilización. Ahora, si vamos a prohibir malas costumbres, ¿por qué mejor no comenzamos prohibiendo las guerras y las invasiones que solo en el último siglo han sido una especialidad de “nuestros gobiernos” en defensa de “nuestros valores” y que han dejado países destruidos en Asia, África y América Latina, pueblos y culturas destruidas y millones de oprimidos y masacrados?

En lugar de distraer la indignación sobre las grandes tragedias con micro reivindicaciones bikinales, podríamos concentrarnos un poco en los abusos de nuestros aliados, como es el caso de las mujeres en Arabia Saudi o en Israel. O, mejor aún, podríamos dedicar todas esas energías indignadas a mirar la tragedia de las mujeres y de las madres invisibles, aquella mujeres que sufren la barbarie de la civilización en Palestina, en Yemen, en la República Saharawi y en tantos otros lugares donde no llegan las cámaras de los grande medios de prensa ni la emocionante indignación de las estrellas del cine y del deporte cuyo único sufrimiento (inhumano) es perder un campeonato o un poco de atención mediática. 

La guerra del bikini se parece, del todo, al invento del publicista Edward Bernays cuando, hace un siglo, fue contratado por la compañía de cigarrillos Lucky Strikes e inventó la idea de “antorchas de libertad”, para que las mujeres en contra del patriarcado compraran más cigarrillos. Todo un éxito´que se continuó´con la venta de golpes de Estado en América latina.

JM, febrero 2021

Próximo libro: La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina

majfud.org

Liberté, égalité et bikini

par Jorge Majfud *

Toutes les versions de cet article : [Español[français]Fin février 2021, l’équipe féminine allemande de volleyball a annoncé qu’elle boycotterait les matchs du Qatar (organisés par la Fédération internationale de beach-volley) car les femmes ne sont pas autorisées à jouer en bikini. Ce n’est pas seulement un boycott, mais un manifeste international.

La règle en question (article 10) qui a mis en colère les finalistes du volleyball féminin, champions de la liberté et de la civilisation, stipule que « pour respecter la culture et la tradition locales (…) les participantes doivent porter une chemise à manches courtes sous la chemise officielle, ainsi que les shorts jusqu’aux genoux ».

Le directeur sportif de la Fédération allemande, Niclas Hildebrand, a confirmé l’indignation des joueuses et entraîneurs allemands à propos de l’article 10. L’entraîneur Helke Claasen a dit qu’elle ne se rendrait pas non plus au tournoi, arguant qu’elle ne se sentait pas « respectée en tant que femme ». D’autres, comme la vice-championne Karla Borger, plus candide, a fait valoir qu’elle n’avait aucun problème à « s’adapter aux règles des autres pays », mais la chaleur extrême à Doha rend le bikini nécessaire … Comme en Allemagne.

La Fédération qatarie de volley-ball (QVA) a répondu qu’elle respectait « le code de conduite établi par la Fédération internationale » et a mentionné que lors d’événements précédents organisés au Qatar, « les athlètes féminines ont été libres de porter les mêmes uniformes qu’elles portent dans d’autres pays ».

Ni le Qatar ni l’Arabie saoudite ne sont des modèles de respect des droits de l’homme, ni d’ailleurs les puissances mondiales bien propres sur elles, mais les correctes indignées ne font rien de plus que diluer les demandes historiques d’égalité de liberté et reproduire l’arrogance centenaire du Nord-Occidentale au nom du politiquement correct.

Certainement dans aucun stade allemand, européen ou étasunien, les MakuasMakondés ou kimwanies mozambicaines que j’ai rencontrées il y a des années ne seraient autorisées à jouer topless .elles ne seraient pas autorisées à marcher dans les rues civilisées de Berlin ou de New York comme elles traversent certains villages ou se baignent sur les plages indécentes du paradis primitif de l’océan Indien.

On peut critiquer et protester contre les mesures qui oppriment les femmes au-delà de leurs conditions culturelles, mais il est plus difficile de défendre l’idée, que ne pas porter de bikini pour jouer au volleyball est une mesure oppressive pour les joueuses nord-occidentales et une atteinte à leur dignité et à leur condition de femme . Même le scandaleux article 10 en question pourrait faciliter le travail des photographes et de la télévision qui jonglent toujours pour ne pas prendre de cadres qui montrent les fesses articulées des joueuses en attente d’un service, pour ne pas être accusés d’être machiste.

- Pourquoi s’incliner et offrir ses fesses nues à la tribune est-il un symbole de la libération des femmes du monde civilisé, mais montrer ses seins libres est l’oppression des cultures sauvages ?

- N’est-il pas possible de jouer au volleyball avec des shorts, comme dans le reste des sports bien connus ? En fait, les nouvelles technologies de tissu extensible protègent beaucoup plus du sable qu’un bikini.

- Y a-t-il quelque chose entre les fesses (qui peut être vu par le public, mais pas par les téléspectateurs) qui révèle la liberté et la dignité de la femme universelle devant les yeux attentifs du monde ?
- Où est elle l’oppression sinon du côté du colonialisme et de l’arrogance eurocentrique séculaire de la race des maîtres qui décide comment habiller les femmes pour la liberté ?
- Pourquoi lorsque nous nous rendons dans les pays périphériques, nous sentons que nous avons le droit d’imposer nos coutumes au nom de la liberté et des droits de l’homme, mais quand ils viennent dans nos pays dominants, nous leur crions en face « vous devez vous adapter à la culture qui vous reçoit » ?
- Les Européens ont-ils oublié quand, il n’y a pas si longtemps encore, étaient arretées sur les plages d’Europe des femmes qui se prélassaient vêtues de leur hijab, c’est-à-dire trop habillées pour la sensibilité civilisée de la police morale ?
- Où était le droit occidental de ces pauvres femmes opprimées ?
- Sommes-nous vraiment intéressés par le droit de ces femmes à être libres ou s’agit-il plutôt de préserver nos droits de dicter ?

Répétons ce que nous répétons depuis des décennies (en fait, ce qui suit est un copier-coller) : pour le nombril du monde, les femmes à moitié habillées de l’Ouest sont plus libres que les femmes sur-habillées du Moyen-Orient et plus libres que les femmes trop nues d’Afrique. L’axiome mathématique de la transitivité ne s’applique pas. Si la femme est blanche et prend un bain de soleil nue sur la Seine, c’est une femme libérée. Si elle est noire et fait de même dans un ruisseau sans nom, c’est une femme opprimée. C’est l’axiome anachronique de ce que « notre langue est meilleure parce qu’elle est comprise ». Ce qui en matières de vêtements équivaut à dire que les mannequins robotiques et aigries qui défilent sur les podiums de l’industrie glamour multimillionnaire sont le summum de la libération et du bon goût.

Si on va interdire le voile à une femme, qui fait aussi partie de sa propre culture, pourquoi ne pas interdire les kimonos japonais, les chapeaux texans, les lèvres peintes, les piercings, les tatouages avec des croix et des crânes en tout genre ? Pourquoi ne pas interdire les tenues portées par les nones catholiques qui pourraient bien être considérées comme un symbole de l’oppression féminine ? Aucune religieuse ne peut sortir de son état d’obéissance pour devenir prêtre, évêque ou pape, ce qui pour la loi d’un État laïc est une réelle discrimination sexuelle.

Cette intolérance est courante dans nos sociétés qui ont promu les droits de l’homme mais ont également inventé les instruments les plus cruels de torture contre les sorcières, les scientifiques ou les dissidents ; qui ont produit des camps de la mort et qui n’ont eu aucune limite dans leur obsession prosélytique et colonialiste, toujours au nom de la bonne morale et du salut de la civilisation.

Maintenant, si nous voulons interdire les mauvaises coutumes, pourquoi ne pas commencer par interdire les guerres et les invasions qui au siècle seul dernier ont été une spécialité de « nos gouvernements » pour défendre « nos valeurs » et qui ont laissé des pays détruits en Asie, en Afrique et en Amérique Latine, des peuples et des cultures anéanties et des millions d’opprimés et massacrés ?

Au lieu de détourner l’indignation face à de grandes tragédies par des micro-revandicationss bikinales, nous pourrions nous concentrer un peu sur les abus de nos alliés, tels les cas des femmes en Arabie Saoudite ou en Israël. Ou, mieux encore, nous pourrions consacrer toutes ces énergies indignées à regarder la tragédie des femmes et des mères invisibles, ces femmes qui souffrent de la barbarie de la civilisation en Palestine, au Yémen, en République Sahraouie et dans tant d’autres endroits où n’arrivent pas les caméras des grands médias, ni l’indignation excitante des stars du cinéma et du sport dont la seule souffrance (inhumaine) est de perdre un championnat ou un peu d’attention médiatique.

Jorge Majfud *, février 2021* Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de América » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

Traduit de l’espagnol por El Correo de la Diaspora par : Estelle et Carlos Debiasi

El Correo de la Diaspora. Paris, le 1er mars 2021


Liberté, égalité, bikini
Jorge Majfud
Translated by  Estelle & Carlos Debiasi
Edited by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي
Fin février 2021, l’équipe féminine allemande de volley-ball a annoncé qu’elle boycotterait les matchs du Qatar (organisés par la Fédération internationale de volley-ball) car les femmes ne sont pas autorisées à jouer en bikini. Ce n’est pas seulement un boycott, mais un manifeste international. La règle en question (article 10) qui a mis en colère les finalistes du volley-ball féminin, championnes de la liberté et de la civilisation, stipule que « pour respecter la culture et la tradition locales (…) les participantes doivent porter un tricot à manches courtes sous le maillot officiel, ainsi que des shorts jusqu’aux genoux ».Le directeur sportif de la Fédération allemande, Niclas Hildebrand, a confirmé l’indignation des joueuses et entraîneurs allemands à propos de l’article 10. L’entraîneuse Helke Claasen a dit qu’elle ne se rendrait pas non plus au tournoi, arguant qu’elle ne se sentait pas « respectée en tant que femme ». D’autres, comme la vice-championne Karla Borger, plus candide, ont fait valoir qu’elles n’avaient aucun problème à « s’adapter aux règles des autres pays », mais c’est que la chaleur extrême à Doha rend le bikini nécessaire … Comme en Allemagne.La Fédération qatarie de volley-ball (QVA) a répondu qu’elle respectait « le code de conduite établi par la Fédération internationale » et a mentionné que lors d’événements précédents organisés au Qatar, « les athlètes féminines ont été libres de porter les mêmes uniformes qu’elles portent dans d’autres pays ».Ni le Qatar ni l’Arabie saoudite ne sont des modèles de respect des droits humains, ni d’ailleurs les si hygiéniques puissances mondiales, mais les correct·es indigné·es ne font rien de plus que délayer les demandes historiques d’égalité de liberté et reproduire l’arrogance centenaire nord-occidentale au nom du politiquement correct.Certainement dans aucun stade allemand, européen ou usaméricain, les MakuasMakondés ou kimwanis mozambicaines que j’ai rencontrées il y a des années ne seraient autorisées à jouer topless .elles ne seraient pas autorisées à marcher dans les rues civilisées de Berlin ou de Paris comme elles traversent certains villages ou se baignent sur les plages indécentes du paradis primitif de l’océan Indien, ou comme elles peuvent le faire dans les rues de New-York depuis 1992.https://i0.wp.com/tlaxcala-int.org/upload/gal_24311.jpgFemme libérée, Europe XXIème sièclehttps://i1.wp.com/tlaxcala-int.org/upload/gal_24312.jpgFemmes opprimées, Nigeria, 2012On peut critiquer et protester contre les mesures qui oppriment les femmes au-delà de leurs conditions culturelles, mais il est plus difficile de défendre l’idée que ne pas porter de bikini pour jouer au volley-ball est une mesure oppressive pour les joueuses nord-occidentales et une atteinte à leur dignité et à leur condition de femmes. Même le scandaleux article 10 en question pourrait faciliter le travail des photographes et de la télévision qui jonglent toujours pour ne pas faire de cadrages des fesses articulées des joueuses en attente d’un service, pour ne pas être accusés d’être machiste.Pourquoi s’incliner et offrir ses fesses nues à la tribune est-il un symbole de la libération des femmes du monde civilisé, mais montrer ses seins libres est l’oppression de cultures sauvages ?N’est-il pas possible de jouer au volley-ball en short, comme dans le reste des sports bien connus ? En fait, les nouvelles technologies de tissu extensible protègent beaucoup plus du sable qu’un bikini.Y a-t-il quelque chose entre les fesses (qui peut être vu par le public, mais pas par les téléspectateurs) qui révèle la liberté et la dignité de la femme universelle aux yeux attentifs du monde ?Où est elle l’oppression sinon du côté du colonialisme et de l’arrogance eurocentrique séculaire de la race des maîtres qui décide comment habiller les femmes pour la liberté ?Pourquoi, lorsque nous nous rendons dans les pays périphériques, sentons-nous que nous avons le droit d’imposer nos coutumes au nom de la liberté et des droits humains, mais quand ils viennent dans nos pays dominants, nous leur crions : « vous devez vous adapter à la culture qui vous reçoit » ?Les Européens ont-ils oublié quand, il n’y a pas si longtemps encore, on arrêtait sur les plages d’Europe des femmes qui se prélassaient vêtues de leur hijab, c’est-à-dire trop habillées pour la sensibilité civilisée de la police morale ?Où était le droit occidental de ces pauvres femmes opprimées ?Sommes-nous vraiment intéressés par le droit de ces femmes à être libres ou s’agit-il plutôt de préserver nos droits de dicter ?https://i2.wp.com/tlaxcala-int.org/upload/gal_14260.jpgRépétons ce que nous répétons depuis des décennies (en fait, ce qui suit est un copié-collé) : pour le nombril du monde, les femmes à moitié habillées de l’Occident sont plus libres que les femmes sur-habillées du Moyen-Orient et plus libres que les femmes trop nues d’Afrique. L’axiome mathématique de la transitivité ne s’applique pas. Si la femme est blanche et prend un bain de soleil nue au bord de la Seine, c’est une femme libérée. Si elle est noire et fait de même au bord d’un ruisseau sans nom, c’est une femme opprimée. C’est l’axiome anachronique de ce que « notre langue est meilleure parce qu’elle est comprise ». Ce qui en matières de vêtements équivaut à dire que les mannequins robotiques et aigries qui défilent sur les podiums de l’industrie glamour multimillionnaire sont le summum de la libération et du bon goût.Si on va interdire à une femme le voile, qui fait aussi partie de sa propre culture, pourquoi ne pas interdire les kimonos japonais, les chapeaux texans, les lèvres peintes, les piercings, les tatouages avec des croix et des crânes en tout genre ? Pourquoi ne pas interdire les tenues portées par les nonnes catholiques qui pourraient bien être considérées comme un symbole de l’oppression féminine ? Aucune religieuse ne peut sortir de son état d’obéissance pour devenir prêtre, évêque ou pape, ce qui pour la loi d’un État laïc est une réelle discrimination sexuelle.Cette intolérance est courante dans nos sociétés qui ont promu les droits humains mais ont également inventé les instruments les plus cruels de torture contre les sorcières, les scientifiques ou les dissidents ; qui ont produit des camps de la mort et qui n’ont eu aucune limite dans leur obsession prosélyte et colonialiste, toujours au nom de la bonne morale et du salut de la civilisation.Maintenant, si nous voulons interdire les mauvaises coutumes, pourquoi ne pas commencer par interdire les guerres et les invasions qui au seul siècle dernier ont été une spécialité de « nos gouvernements » pour défendre « nos valeurs » et qui ont laissé des pays détruits en Asie, en Afrique et en Amérique Latine, des peuples et des cultures anéanties et des millions d’opprimés et massacrés ?Au lieu de détourner l’indignation face à de grandes tragédies par des micro-revandicationss bikinales, nous pourrions nous concentrer un peu sur les abus de nos alliés, comme dans le cas des femmes en Arabie Saoudite ou en Israël. Ou, mieux encore, nous pourrions consacrer toutes ces énergies indignées à regarder la tragédie des femmes et des mères invisibles, ces femmes qui souffrent de la barbarie de la civilisation en Palestine, au Yémen, en République Sahraouie et dans tant d’autres endroits où n’arrivent pas les caméras des grands médias, ni l’indignation émotive des stars du cinéma et du sport dont la seule souffrance (inhumaine) est de perdre un championnat ou un peu d’attention médiatique.
 
Policiers français libérant une femme musulmane opprimée, Nice, 2016