“Sabemos cómo hacerlo y podemos volver a hacerlo”

De cómo los de arriba son elegidos por los de abajo. El sutil caso de Uruguay

 

Durante casi todo el siglo XX, como en muchos otros países latinoamericanos, los presidentes en Uruguay se elegían por mayoría simple. Es decir, los presidentes como Julio María Sanguinetti y tantos otros solían llegar al poder con un tercio de los votos.

Cuando en los años 90 la izquierda se perfilaba a ganar por primer vez las elecciones con el mismo sistema, se lo cambió a tiempo.

Veamos un antecedente crucial que ya duerme en el olvido pero que muchos en ese país recordarán. En 1992 un referéndum popular (promovido por ciudadanos sin poder político) anuló la ley de privatización de la empresa pública más exitosa del país, la de telecomunicaciones ANTEL, por un histórico 73 por ciento de votos. El revés fue una bofetada popular a la mayoría de los legisladores conservadores de los dos partidos tradicionales. El partido Colorado, devenido progresista en las décadas más prósperas del país a principios del siglo XX y de derecha oligárquica en los decadentes años 60, ahora se sumaba al partido conservador, el partido Nacional, a la ola neoliberal que promovió el FMI en los años 90 y que terminara en una catástrofe económica y social que marcó por décadas a los países latinoamericanos desde México hasta Argentina.

Cuatro años más tarde, en 1996, no por referéndum sino por un acuerdo político, se aprobó una reforma constitucional que establecía la obligación de un balotaje en caso de que ningún partido obtuviese la mayoría absoluta, lo que garantizaba que los dos partidos tradicionales, que por más de un siglo habían derramado sangre y odios mutuos, pudiesen sumar votos contra el cambio. 

En las elecciones siguientes de 1999, el opositor de izquierda, Tabaré Vázquez, obtuvo casi el 40 por ciento de los votos y el conservador y neoliberal, Jorge Batlle, el 32 por ciento. En un régimen tradicional, el presidente hubiese sido el primero, pero esta vez no. En el balotaje, el candidato del partido Colorado (irónicamente llamado “rosado” por sus adversarios, en referencia a la mezcla de Blancos y Colorados) fue elegido presidente. El candidato opositor de la izquierda, Tabaré Vázquez, tuvo que ganar por más del 50 por ciento de los votos en la primera vuelta, en 2004 (y después de la mayor crisis económica de la historia moderna del país) para convertirse en presidente. 

Gracias a la reforma constitucional de 1996, los mismos de siempre (el hijo y nieto de presidentes, Jorge Batlle, después de otro hijo de presidente, Luis Lacalle Herrera) pudo ser presidente una vez más en 1999. La OEA, guardián de la democracia, que no se escandalizaba por las dictaduras militares que asesinaban en masa ni pedía elecciones donde ni siquiera las había, mucho menos iba a decir una palabra sobre la repentina reforma constitucional para “perpetuarse en el poder” que, hay que reconocerlo, fue total y absolutamente legal. Porque, como decía Jorge Pacheco Areco, un ex presidente militarista del partido Colorado cuando se postuló sin éxito a presidente luego de la dictadura: “Nosotros sabemos cómo hacerlo y podemos volver a hacerlo”. 

Cuando el partido progresista gana las elecciones de 2004, obtiene mayoría parlamentaria pero no le resulta suficiente para aprobar una reforma constitucional (la que requiere ⅗ de los votos) para ampliar el derecho al voto por correo a los ciudadanas residentes en otros países, como existe en muchos otros países. Tanto la derecha como la izquierda sabían que la mayoría de los emigrados eran potenciales votantes progresistas, es decir, del Frente Amplio. Luego de dos años de discusiones, el proyecto de ley no fue aprobado. Años más tarde, en 2009, un grupo de ciudadanos impulsó una reforma constitucional para incluir a los ciudadanos que residían en el exterior. Al fin y al cabo, si nuestros parientes, hijos y nietos de europeos podían votar en las elecciones de países que nunca habían visto, ¿por qué no podían aquellos uruguayos de nacimiento hacer lo mismo desde el extranjero por el país al que seguían perteneciendo por derecho?

Mezclado con las elecciones del 2009 en donde el candidato progresista José Mujica fue elegido, el plebiscito no alcanzó la mayoría y el proyecto de ley fue olvidado. 

Ahora, el mismo candidato conservador que fuese derrotado en las elecciones de 2014, Luis Lacalle Pou (hijo y nieto de presidentes) y  la misma derecha en Uruguay gana las elecciones con una diferencia de 30.000 votos y se convierte en el próximo presidente del país más exitoso en términos económicos y sociales de América Latina en los últimos quince años, después de Bolivia, un país más pobre en términos relativos y con una histórica violencia racista y social difícil de equiparar. (La alternancia en el poder es parte del juego democrático liberal. Mi querido padre hubiese estado feliz con este resultado y yo respeto a sus votantes. El problema es cuando se hacen alianzas con militaristas que se creen dueños del honor de las sociedades y de los países por fuerza del garrote que pagan sus víctimas con sus impuestos; cuando se obtiene el apoyo de nazis; cuando se insiste en modelos neoliberales que han fracasado mil veces y cuando se repite una narrativa conspirativa inventada en Washington hace décadas atrás  para ocultar las conspiraciones de hecho). 

Ahora, la derecha tradicional ha recuperado la presidencia después de quince años, por un margen de 30.000 votos. Gracias a otra de sus magistrales estrategias, la abrumadora mayoría del diez por ciento de los uruguayos que vivimos en el extranjero, es decir, más de 350.000, no pudimos votar. Como no hubiese podido el mismo prócer del país, José Artigas, del que tanto se llenan la boca quienes menos lo conocen. 

¿Se entiende ahora por qué, de repente, en 1996 se volvieron defensores del sistema de balotaje y lo aprobaron a tiempo, primero, y luego en 2006 votaron en contra del voto consular?

Si hay algo que no se les puede reprochar es incoherencia histórica. La derecha conservadora y neoliberal siempre sabe cómo hacerlo. De otra forma no se entendería cómo, en todas partes del mundo, la opción por los de arriba es apoyada por al menos la mitad de los de abajo.

 

JM, nov. 2019

Las paradojas del militarismo (II)

Artigas, el tantas veces traicionado

 

Las dictaduras militares en América latina solían presentarse con eslóganes como la Patria, el Honor, la Libertad y la Democracia. 

Incluso, en Uruguay, en la secundaria teníamos una materia con un título y un contenido triplemente paradójico, “Educación Moral y Cívica”. Allí, la dictadura militar levantó monumentos al General José Artigas. Como una de las profesiones de Artigas fue la de militar y los pueblos le dieron el título de “general”, los militares y generales del siglo XX se sintieron identificados con el título del libertador y quisieron que lo identificaran con ellos. 

Obviaron algunos detalles, como su acción y pensamiento. Cuando en 1811 Artigas vence a los españoles en la batalla de Las Piedras, le ordena a sus soldados “clemencia para los vencidos”. En el siglo XX, sus supuestos seguidores entendieron que “clemencia” significaba “tortura”, “desaparición”, y “vencidos” eran todos aquellos desarmados que no pensaban como ellos y se atrevían a decirlo. No fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos de otros países sino que sus oficiales se daban una vuelta por las cárceles y las salas de tortura cuando sus “vencidos” estaban atados de manos y reventados física y moralmente según las más sofisticadas técnicas de tortura, y a eso le llamaban “guerra”. Entregar el país a los intereses extranjeros que habían financiado otros golpes en el continente significaba “defender la patria de la influencia extranjera”.

Ahora, cuando en muchos países del Sur se pensaba que las democracias habían sido recuperadas, los militaristas resurgen de los cuarteles o (caso de Uruguay) levantando otra vez el nombre del General Artigas como si fuese una cachiporra. 

Sin embargo, a todos los militaristas que se llaman “artiguistas” y se dedican a amenazar y golpear a los pueblos con el poder y las armas que pagan éstos mismos, les recuerdo un fundamento de las Instrucciones del año 1813 del Gral. Artigas, un militar antimilitarista y fundador moral de lo que quedó de su proyecto federal, la provincia de Uruguay: “El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos”.

Seguramente no por casualidad, el General Artigas se exilió sus últimos treinta años en “un país extranjero” (hoy no podría votar en las elecciones de su país) y no por casualidad se negó a regresar al Uruguay cuando gobernaban los héroes mataindios, ahora multiplicados en sus estatuas de bronce y en la furia de quienes dicen seguir sus verdaderos valores, siempre dispuestos a dar palo a los de abajo o a quienes los representan.

Como lo vemos todos los días en tantos países de la región; como lo vemos cada vez que echamos una mirada a la historia: señores uniformados de impunidad, ustedes siempre tan duros con los de abajo y tan blandos con los de arriba. ¿No les da un poquito de verguenza?

 

Jorge Majfud, noviembre 2019

 

 

Uruguay : José Artigas, tant de fois trahi
Les paradoxes du militarisme (II)

 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

L’auteur commente ici le nom choisi par le groupement de militaires et de civils de droite qui, en Uruguay, a pris le nom de Mouvement social artiguiste -en référence au héros national de l’indépendance, José Artigas (17564-1850) – pour soutenir la candidature à l’élection présidentielle de l’ancien commandant en chef de l’armée, le général Manini Ríos, qui a obtenu 11% des voix au premier tour et a contribué de manière décisive à la victoire au deuxième tour du candidat de la droite « multicolore »  Lacalle Pou. Ces usurpateurs du qualificatif artiguiste auront leur mot à dire dans la politique du nouveau président. Leur modèle, loin d’être Artigas,est plutôt un autre militaire, le capitaine (ER) Bolsonaro.-NdT

Les dictatures militaires d’Amérique latine se présentaient autrefois avec des slogans comme Patrie, Honneur, Liberté et Démocratie.

En Uruguay, au collège, nous avions même une matière au titre et au contenu triplement paradoxaux : « Éducation morale et civique ». La dictature militaire y érigea des monuments à la mémoire du général José Artigas. Comme l’une des professions d’Artigas fut celle de militaire et que les peuples lui donnèrent le titre de “général”, les militaires et les généraux du 20ème siècle se sentirent identifiés au titre de libérateur et voulaient qu’on l’identifie avec eux.

Ils avaient négligé certains détails, comme son action et sa pensée. Lorsqu’en 1811 Artigas vainquit les Espagnols dans la bataille de Las Piedras, il ordonna à ses soldats la « clémence pour les vaincus ». Au 20ème siècle, ses prétendus disciples traduisirent “clémence” par “torture”, “disparition” et “les vaincus” étaient tous ces désarmés qui ne pensaient pas comme eux et qui osaient le dire. Ils ne sont pas allés en guerre contre d’autres armées d’autres pays, mais leurs officiers faisaient le tour des prisons et des salles de torture lorsque leurs “vaincus” avaient les mains liées et se faisaient massacrer physiquement et moralement selon les techniques de torture les plus sophistiquées, et c’’était ça qu’on appelait “guerre”. Abandonner le pays à des intérêts étrangers qui avaient financé d’autres coups d’État sur le continent se traduisait par « défendre la patrie de l’influence étrangère ».

Or, alors que dans de nombreux pays du Sud on pensait que les démocraties avaient été restaurées, les militaristes refont surface depuis les casernes ou (dans le cas de l’Uruguay) brandissent à nouveau le nom du général Artigas comme si c’était un nerf de bœuf.

Mais à tous ces militaristes qui se disent “artiguistes” et se consacrent à menacer et à battre les peuples avec le pouvoir et les armes payées par ceux-ci, je veux rappeler un fondement des Instructions de 1813 du Général Artigas, un militaire antimilitariste et fondateur moral de ce qui resta de son projet fédéral, la province de l’Uruguay : « Le despotisme militaire sera précisément anéanti par les obstacles constitutionnels qui assurent la souveraineté inviolable des peuples ».

Ce n’est certainement pas par hasard que le général Artigas s’est exilé au cours de ses trente dernières années dans “un pays étranger” (aujourd’hui il n’aurait pas pu voter aux élections de son pays) et ce n’est pas par hasard qu’il a refusé de retourner en Uruguay quand les héros tueurs d’Indiens régnaient, maintenant multipliés dans leurs statues de bronze et dans la fureur de ceux qui disent suivre leurs véritables valeurs, toujours disposés à bastonner ceux d’en bas ou  leurs représentants.

Comme nous le voyons tous les jours dans tant de pays de la région, comme nous le voyons chaque fois que nous jetons un coup d’œil sur l’histoire : messieurs en uniforme d’impunité, vous êtes toujours si durs avec ceux d’en bas et si doux avec ceux d’en haut.

JM

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2019/11/26/las-paradojas-del-militarismo/
Publication date of original article: 26/11/2019
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=27551

 

 

 

El viejo sueño de los golpistas travestidos

El capital político de Uruguay en declive

 

Cuarenta años atrás, el Capitán Nino Gavazzo reventó a piñas a mi abuelo cuando el viejo tenía las manos atadas en un interrogatorio. Ese era el método, la regla del procedimiento. Ese ha sido el concepto del “honor” y “valentía” de los cobardes profesionales que se llenan la boca y el pecho con el valor, el patriotismo y la defensa de la nación.

Cuarenta años después, para continuar la vieja historia, y para estar a tono con el estratégico neo fascismo en América latina, también en Uruguay los militares de alto rango tantean las aguas de un golpe de Estado en el caso de que la “coalición multicolor” que integran no gane el balotaje de mañana, 24 de noviembre. Como es muy probable que ganen con el aporte minoritario del diez por ciento de su electorado, no necesitarán echar mano al histórico Plan B y, como antes en tantos otros países del continente, se hablará de “recuperación de la democracia” y de “la herencia maldita”. 

Sí, en dicha coalición hay demócratas, y nada de malo tiene la alternancia política en el poder. Todo lo contrario. El problema es cuando un demócrata comienza a recibir apoyos de los nazis y fascistas, de quienes conspiran en las sombras, desde sus bastiones de poder de las grandes empresas y de los cuarteles, de aquellos que amenazan desde distintos grupos asociados al ejército (supuesta institución neutral subordinada al Estado), cuando se les pide un “voto patriótico” a los familiares de los uniformados y no se pregunta por qué. 

Una ironía trágica radica en que los autoproclamados “patriotas” y los “ultra nacionalistas” de todo el mundo no odian otras naciones tanto como odian a sus propios connacionales que no piensan como ellos y, además, tienen el descaro de gobernar cuando son elegidos. Casi todo el tiempo se pasan combatiendo a otros con su propia ciudadanía. Si a veces el discurso es contra el extranjero, ello se debe a un desplazamiento semántico: no pueden decir que odian o quieren exiliar a sus connacionales, como los racistas hablan de naciones y no de razas, pero todas su energías se invierten contra sus propios compatriotas. Dividen en nombre de la Unión. No los une la Patria, la integración del otro que vive en su propio país, sino el odio al diferente, el odio a quien se atreve a pensar y reclamar su derecho a decirlo y hacerlo conforme a las leyes.

En todos los índices internacionales, incluido los de grupos conservadores como el británico Democracy Index, en los últimos años Uruguay se ha posicionado por encima de países como Estados Unidos en calidad de democracia y en el ejercicio de las libertades individuales. Como la estrategia discursiva ha sido siempre el efectivo divorcio narrativa/realidad, se han encargado, desde militares hasta políticos, en insistir en lo contrario: “en Uruguay hay dictadura”, etc. Vieja y conocida página cuarta del manual.

Este clan hermético y conspirativo, como una serpiente que se muerde su propia cola, ha vivido retro alimentándose de la literatura política inventada durante la Guerra fría por las agencias propagandísticas de los servicios de inteligencia extranjeros (no es una opinión, es una vieja y múltiple confesión de parte, disponible en los documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos). Así, continúan repitiendo el cuento de Caperucita roja como un rosario, para no perder la fe y para mantenerla viva en un grupo significativo de gente que los defiende con fanatismo pese a haberlos sufrido de múltiples formas indirectas. 

Quienes gozan del dinero seguro de los impuestos acusan a otros en el gobierno o en el servicio público de hacer lo mismo. Quienes violaron los Derechos Humanos más básicos o silenciaron estas violaciones gritan que “La ley debe caer no suave sino implacablemente sobre los corruptos de toda condición”. Hasta ese grado de desvergüenza puede llegar un hombre. 

El Klan amenaza cada vez que puede, con anónimos colectivos o personalizados desde diferentes medios con una impunidad familiar, desde sus oscuros búnquers, con sus medias palabras o con silencios significativos cuando las víctimas de su pasado régimen fascista le reclaman la verdad sobre sus familiares desaparecidos. 

O con discursos como el más reciente del senador electo Gral. Manini Ríos, violando la veda electoral y reconociendo (ahora de forma explícita) el perfil político e ideológico de las fuerzas armadas latinoamericanas desde finales del siglo XIX. El General se olvida de su alto grado castrense y de haber sido ascendido por ese gobierno que desprecia y declara, al estilo de los Comunicados del pasado: “a ellos esta vez los soldados les contestamos que ya los conocemos”. La conocida frase (suficientemente ambigua, como lo indica el Manual) que suele aplicarse también a quienes no somos políticos ni pertenecemos a ningún partido.

Es verdad, ustedes los conocen y nos conocen. Conocen lo que decimos y lo que hacemos, porque no escondemos nada. Nosotros no andamos tramando a escondidas, ni en cuarteles ni en sectas. Todo lo que pensamos, equivocados o no, lo decimos en público, en entrevistas, en nuestras clases; lo publicamos en libros, en artículos, con firma, nunca de forma anónima. 

En los últimos quince años, Uruguay nunca tuvo una recesión económica, se convirtió en el país latinoamericano con mayor PIB per cápita al tiempo que en el país que mejor distribuye la riqueza en medio de un contexto regional que desde hace años arde en profundas crisis económicas y sociales. Por eso mismo, el coronel Carlos Silva asegura que es precisamente ese gobierno que ha llevado al país a la ruina porque es “marxista” (supongo que marxista como el presidente Donald Trump, quien construye una torre y tiene negocios allí). Por si fuese poco, el gobierno democrático de su país es traidor y antipatriota

Para los fascistas, todos quienes no piensen como ellos son antipatriotas. Sin embargo, y con excepciones, si en los países latinoamericanos hubo injerencia directa y efectiva, si fue posible la entrega de los recursos nacionales y los derechos más básicos de sus poblaciones bajo dictaduras a lo largo de 150 años, fue gracias a esos autoproclamados “patriotas” que se cuelgan medallas unos a otros, mientras se llenaban la boca con el cuento de que salvaron al país de ser entregado al interés extranjero.

El General Manini Ríos acusa a sus adversarios políticos de ser “los mismos que no se han cansado de insultar a aquel que viste un uniforme”. No, general. No ha sido la gente, ni los críticos, ni ningún partido político que “ha insultado la institución armada”; con las inevitables excepciones a la regla, la historia y el presente dicen que han sido ustedes mismos, sus capitanes y generales, con la complicidad sádica de unos algunos soldados y la complicidad interesada de muchos civiles. 

 

JM, noviembre 2019

https://www.pagina12.com.ar/232640-elecciones-en-uruguay-el-viejo-sueno-de-los-golpistas-traves

 

 

Carta abierta a Luis Almagro

​Sr. Luis Almagro, Secretario de la Organización de Estados Americanos:

Considerando sus repetidos fracasos y sus aún más insistentes abusos de funciones como “Secretario” de los Estados, le solicitamos tenga a bien y por el poco honor que le resta, renunciar a su cargo posibilitando que alguien más apto pueda continuar con la conocida y fundacional misión de la OEA de seguir los intereses de Washington, al menos de forma más disimulada (excluimos aquí al pueblo estadounidense que suele brillar por su radical ignorancia de lo que ocurre en el mundo).

Seguramente no será un detalle para usted dejar de hacer el ridículo histórico y mucho menos para los de abajo tener que sufrir su criminal indiferencia y desprecio. Usted ha honrado la antigua regla de que “el hábito hace al monje” cada vez que ocupó un cargo público, desde el gobierno de izquierda en Uruguay hasta el gobierno de derecha de la OEA.

Amablemente, le pedimos la renuncia, porque sabemos que usted no será derrocado por ningún golpe de Estado ya que la OEA no cuenta con un ejército propio.

Saluda a Ud. atentamente,

 

Jorge Majfud

16 de noviembre de 2019.​

https://www.jornada.com.mx/2019/11/17/politica/010n2pol

https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2019/11/17/jorge-majfud-exige-que-luis-almagro-renuncie-a-la-oea-1948.html

Escritor uruguayo exige la renuncia de Luis Almagro de la OEA

 

Open letter to Luis Almagro

translated by Bruce Campbell

Mr. Luis Almagro, Secretary General of the Organization of American States (OAS):

In light of your repeated failures and continued abuse of the functions of “secretary” of the States, we request that you, for the sake of the little honor that remains to you, resign your position and thereby allow someone more fitting to continue, at least in a more disguised fashion, with the OAS’s well-known and fundamental mission of pursuing the interests of Washington (not to say the interests of the U.S. public, which tends to shine in its radical ignorance of what is happening in the world).

Surely it will be no great effort for you to cease your history of making a fool of yourself, and even less so from the perspective of those at the bottom of the social order who have to suffer your criminal indifference and disdain. You have honored the old rule that the cowl makes the monk in every public charge you have occupied, from the left-wing administration of Uruguay to the right-wing administration of the OAS.

We kindly ask for your resignation, because we know that you will not be brought down by any coup d’etat, since the OAS does not have an army of its own.

Attentively yours,
Jorge Majfud

 

Translated by Bruce Campblell

Open letter to Luis Almagro

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Mr. Luis Almagro, Secretary of the Organization of American States:

Considering Your repeated failures and Your even more insistent abuses of functions as “Secretary” of the States, we ask You to do well and for the little honour that You have left, to resign Your position, making it possible for someone more able to continue with the well-known and foundational mission of the OAS to follow Washington’s interests, at least in a more disguised way (we exclude here the USAmerican people who usually shines with a radical ignorance of what is happening in the world).

Surely it will not be a detail for you to stop making a fool of yourself in front of History and much less for those below to have to suffer Your criminal indifference and contempt. You have honoured the old rule that “the habit makes the monk” every time you held public office, from the left-wing government in Uruguay to the right-wing government of the OAS.

We kindly ask you to resign, because we know that you will not be overthrown by any coup d’état since the OAS does not have a traditional army.

Yours sincerely,

Jorge Majfud

November 15, 2019

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=27468
Publication date of original article: 15/11/2019
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=27469

 

 

Lettre ouverte à Luis Almagro

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

M. Luis Almagro, Secrétaire de l’Organisation des États américains,

Considérant vos échecs répétés et vos abus encore plus insistants des fonctions de ” Secrétaire ” des États, nous vous demandons de bien faire et de sauver le peu d’honneur qui vous reste, en démissionnant de votre poste, afin de  permettre à quelqu’un de plus apte à poursuivre la mission connue et fondamentale de l’OEA – suivre les intérêts de Washington-, au moins d’une manière plus masquée (nous excluons ici le peuple usaméricain qui brille généralement par son ignorance totale de ce qui se passe dans le monde).

Ce ne sera certainement pas un détail pour vous d’arrêter de vous ridiculiser face à l’histoire et encore moins pour ceux d’en bas d’avoir à subir votre indifférence criminelle et votre mépris. Vous avez respecté la vieille règle selon laquelle ” l’habit fait le moine ” chaque fois que vous avez occupé une charge publique, du gouvernement de gauche en Uruguay au gouvernement de droite de l’OEA.

Nous vous demandons de bien vouloir démissionner, car nous savons que vous ne serez pas renversé par un coup d’État puisque l’OEA n’a pas d’armée traditionnelle.

Sincèrement vôtre,

Jorge Majfud

15 novembre 2019

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=27468
Publication date of original article: 15/11/2019
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=27469

 

 

Lettera aperta a Luis Almagro

Translated by  Alba Canelli

 

Considerando i suoi ripetuti fallimenti e i suoi ancora più insistenti abusi delle funzioni di “Segretario” degli Stati, le chiediamo di fare la cosa giusta e salvare il poco onore che le rimane, dimettendovi dalla vostra posizione, rendendo possibile a qualcuno più capace di continuare con la nota e fondamentale missione dell’OSA – seguire gli interessi di Washington – almeno in modo più mascherato (escludiamo qui il popolo americano che tende ad essere radicalmente ignorante di quanto sta accadendo nel mondo).Sig. Luis Almagro, segretario dell’Organizzazione degli Stati Americani:

Sicuramente non sarà un dettaglio per voi smettere di rendervi ridicolo di fronte alla storia e ancor meno per coloro che sono sotto di voi ner dover sopportare di dover subire la vostra indifferenza criminale e il vostro disprezzo. Lei ha rispettato la vecchia regola che “l’abito fa il monaco” ogni volta che ha ricoperto cariche pubbliche, dal governo di sinistra in Uruguay al governo di destra dell’OSA.

Vi chiediamo gentilmente di dimettervi, perché sappiamo che non sarete rovesciato da nessun colpo di Stato, poiché l’OSA non ha un esercito tradizionale.

Sinceramente suo,

Jorge Majfud

15 novembre 2019 

 

 

 

El lazo de los conservadores de las Americas y los golpistas en Bolivia

Audios de distintas reuniones que implican una conspiracion internacional para efectuar el Golpe de Estado en Bolivia del dia de ayer, 10 de noviembre de 2019.

 

 

La paradoja del patriotismo militarista latinoamericano

En una reciente entrevista*, hice referencia a la función complementaria que la mayoría de los ejércitos latinoamericanos han cumplido desde el siglo XIX en la dinámica global administrada por las grandes potencias. Como siempre, narrativa y realidad estuvieron divorciadas hasta que la primera se inoculó en la segunda y luego se fosilizó en el subconsciente popular de un sector de la población. La idea medieval del “honor” (XIII), las más modernas de “la reserva moral de la Nación” (Chile, 1924) y de la doctrina de la “Seguridad nacional” para América Latina (Washington, 1962), resultaron ser sus estrictos opuestos: gracias a estos ejércitos, las superpotencias mundiales fueron capaces de intervenir, dominar y dictar las políticas de sus patios traseros (África y América latina).

Inmediatamente me llegaron los clásicos insultos acusando de “vendepatrias”, “infiltrados” y “traidores” a los críticos de la Santa Institución, de la política del Palo largo y de la ideología militarista que seduce tanto a quienes se les acalambra el brazo, la mano y los dedos.

La lista de evidencias es ilimitada, pero mencionemos unos pocos ejemplos, los menos conocidos. Cuando en 1928 los campesinos colombianos de Ciénaga se dieron cuenta que ninguno de ellos llegaba a viejo, iniciaron una huelga contra la poderosa United Fruit Company exigiendo, no una revolución comunista ni de ningún otro tipo sino algunas mejoras como la construcción de una clínica y la contratación de médicos para los miles de trabajadores que cortaban bananas para la felicidad de la compañía y de los consumidores civilizados. La Compañía no aceptó los reclamos y se negó a pagar los beneficios establecidos por la ley colombiana de 1915, alegando que sus trabajadores no eran sus trabajadores sino de un subcontratista colombiano. Cinco mil trabajadores fueron a la huelga y el gobierno de Estados Unidos, presionado por la compañía bananera, amenazó a Colombia con enviar, como era su costumbre, los marines. Al fin y al cabo, los marines se encontraban ocupando o supervisando varios países cercanos en América Central y en el Caribe, países incapaces de gobernarse a sí mismos por defecto de sus razas inferiores, como lo reconocía la prensa estadounidense del momento. El presidente colombiano, Miguel Abadía Méndez, temiendo otra intervención que le recordara el desgarro de parte de su territorio, Panamá, veinticinco años atrás, envió su propio ejército a Ciénaga. Según un cable del consulado estadounidense, no todos los soldados estaban dispuestos a cumplir con su deber, pero en la noche del cinco de diciembre, los soldados colombianos, casi tan pobres (el “casi” es relevante) como los campesinos a quienes fueron a reprimir, encontraron a cinco mil trabajadores durmiendo en las calles del pueblo a la espera del gerente de la compañía todopoderosa. Los soldados les leyeron el comunicado de toque de queda que prohibía reuniones de más de tres personas. Como casi nadie pudo escuchar lo que decían, nadie obedeció. Cientos fueron masacrados en pocas horas y cargados por la madrugada en tren con rumbo desconocido. Cuando salió el sol, quedaban siete cadáveres sin recoger, lo que explicaba el tiroteo. La brutalidad militar y paramilitar se repetirán por mil por las próximas generaciones, pero bajo otras excusas.

Veinte años después, en 1948, Costa Rica, harta de manipulaciones, elimina su ejército y hasta resiste las invasiones de regímenes militaristas de la región. Desde entonces, pese a su contexto adverso y en medio del Patio trasero plagado de dictaturas títeres, nunca más supo de dictaduras militares.

Veamos el caso de la revolución boliviana de 1952. Fue la única revolución popular en América Latina aceptada por Estados Unidos. ¿Cómo se entiende esta excepción a la regla? Cuando un hecho contradice el patrón histórico, basta con bucear en los documentos originales para encontrar la respuesta. Uno de ellos es un informe enviado al presidente Truman el 22 de mayo de 1952 por su embajador en Bolivia, Dean Acheson, quien le advierte a Washington que si Estados Unidos no reconoce la nueva revolución popular encabezada por Siles Zuazo y Juan Lechín (Víctor Paz Estensoro se sumó desde el exilio), Bolivia se iba a radicalizar contra la presencia de las compañías estadounidenses. (Algo que la soberbia de Eisenhower y Nixon no comprendió cuando Fidel Castro los visitó en Washington apenas llegado al poder de la isla; creyeron que iban a resolver el problema de Cuba tan fácil como lo habían hecho con Guatemala e Irán seis años antes, pero la derrota militar en Bahía Cochinos les demostró lo contrario.) Truman concedió, siguió la sugerencia de Acheson, y los cambios en Bolivia empezaron a tomar forma. Aunque de forma muy marginal, los indios y los mineros comenzaron a existir como seres humanos.

El siguiente paso era obvio: Washington comenzó a exigirle al gobierno boliviano que desarme las milicias que hicieron posible la revolución del 52 (una contradicción ideológica para los fundadores de Estados Unidos) y en su lugar consolide un ejército tradicional.

Una de las figuras de la revolución, el presidente Paz Estensoro, comenzó a alinearse con las directivas del Norte. Consolidó un ejército fuerte en Bolivia hasta que él mismo fue desplazado por una nueva dictadura en su segundo mandato, orquestada por la CIA. Bolivia sufrirá otras dictaduras oligárquicas con la ayuda de algunos criminales nazis (como el carnicero de Lyon, Klaus Barbie) contratados por la CIA para ayudar a reprimir los movimientos populares que eran estratégicamente calificados como “comunistas”, como si sólo los comunistas fuesen capaces de luchar por la justicia social, la libertad individual y los derechos humanos de los pueblos. 

Podríamos continuar, pero acabo de transgredir el límite intimidatorio de las mil palabras. Resumamos el patrón histórico que se induce de toda esta historia trágica. Después de analizar miles de documentos desclasificados creo que, además de probar la pasada función servil de la mayoría de los ejércitos latinoamericanos, podemos inducir y deducir que las superpotencias imperialistas sólo tuvieron éxito cuando las rebeliones populares llegaron al poder por elecciones (Venezuela 1948, Guatemala 1954, Brasil 1964, Chile 1973, Haití, 2004, etc.) y fracasaron estrepitosamente cuando éstas llegaron por una acción armada, no por sus ejércitos sino por sus milicias rebeldes (México 1920, Bolivia 1952, Cuba 1959, Nicaragua 1979). No estoy diciendo que esa sea la solución hoy, sino que esa fue la realidad a lo largo de más de un siglo y esa es la cultura fosilizada en un margen significativo de su población.

La función tradicional de los ejércitos latinoamericanos no fue luchar ninguna guerra contra ningún invasor (la guerra de Malvinas fue un recurso desesperado para salvar otra dictadura) sino reprimir a sus propios pueblos cuando éstos se revelaron contra la explotación de poderosos intereses criollos y extranjeros, protegidos por dictadores puestos y alimentados por las grandes potencias imperiales.

La marca en el subconsciente colectivo es tan poderosa que cualquiera que hoy se atreva a señalar estos simples hechos será estigmatizado como “agente peligroso”. El odio a los de abajo no ha desaparecido, incluso en países donde el brazo imperial se ha retirado. Queda el trauma, la tara, pero con nombres más elegantes. ¿Cuántos en Estados Unidos tolerarían a su ejército desplegado en las calles de su propio país? En América latina es una vieja costumbre.

Para no hablar de lo que Malcolm X llamaba “los negros de la casa”, que cuando escuchan a alguien hablando de la oligarquía y los de abajo, se persignan y acusan al mensajero de crear grietas y divisiones en la sociedad.

 

JM, noviembre 3, 2019

 

 

 

Il paradosso del patriottismo militarista latinoamericano

Translated by  Alba Canelli

In una recente intervista, ho fatto riferimento al ruolo complementare che la maggior parte degli eserciti latinoamericani hanno svolto dall’Ottocento nelle dinamiche globali amministrate dalle grandi potenze. Come sempre, la storia e la realtà divorziarono fino a quando la prima fu inoculata nella seconda e poi fossilizzata nel subconscio popolare di una parte della popolazione. L’idea medievale di “onore” (XIII), la più moderna di “riserva morale della Nazione” (Cile, 1924) e la dottrina della “sicurezza nazionale” per l’America Latina (Washington, 1962), si sono rivelate il loro stretto contrario: grazie a questi eserciti, le grandi potenze mondiali poterono intervenire, dominare e dettare le politiche dei loro cortili (Africa e America Latina).

Immediatamente ho ricevuto i classici insulti che chiamano “vendepatria”, “infiltrato” e “traditore” chi critica la Sacra Istituzione, della politica del Big Stick (grosso bastone) e dell’ideologia militarista che seduce coloro che hanno crampi alle braccio, alle mani e alle dita.

Il presidente colombiano Miguel Abadía Méndez, temendo un altro intervento che gli ricordasse lo sradicamento di parte del suo territorio, Panama, venticinque anni prima, aveva inviato il proprio esercito a Ciénaga. Secondo un telegramma del consolato usamericano, non tutti i soldati erano pronti a fare il loro dovere, ma la notte del 5 dicembre i soldati colombiani, quasi poveri (il “quasi” è rilevante) quanto i contadini che andavano a reprimere, trovarono cinquemila operai che dormivano per le strade della città in attesa del direttore dell’onnipotente compagnia. I soldati lessero loro il comunicato di coprifuoco che vietava le riunioni di più di tre persone. Poiché quasi nessuno riusciva a sentire quello che dicevano, nessuno obbedì. Centinaia di persone furono massacrate in poche ore e caricate sul treno del mattino per un percorso sconosciuto. Quando il sole sorse, c’erano sette corpi non raccolti, che dimostravano la sparatoria. La brutalità militare e paramilitare si ripeterà mille volte nelle generazioni successive, ma con altri pretesti.

Vent’anni dopo, nel 1948, la Costa Rica, stanca delle manipolazioni, eliminò il suo esercito e resistette persino alle invasioni dei regimi militaristi della regione. Da allora, nonostante il contesto sfavorevole e in mezzo al cortile di casa tormentato dalle dittature dei burattini, non ha mai più sentito parlare di dittature militari.

Prendiamo il caso della rivoluzione boliviana del 1952. È l’unica rivoluzione popolare in America Latina accettata dagli Stati Uniti. Come possiamo capire questa eccezione alla regola? Quando un fatto contraddice il modello storico, basta esaminare i documenti originali per trovare la risposta. Uno di questi è un rapporto inviato al presidente Truman il 22 maggio 1952 dal suo ambasciatore in Bolivia, Dean Acheson, che avvertiva Washington che se gli Stati Uniti non avessero riconosciuto la nuova rivoluzione popolare guidata da Siles Zuazo e Juan Lechín (Victor Paz Estensoro si unì a loro dall’esilio), la Bolivia sarebbe diventata più radicale contro la presenza di compagnie usamericane. (Qualcosa che Eisenhower e l’arroganza di Nixon non permetteva loro di capire quando Fidel Castro li visitò a Washington non appena arrivato al potere sull’isola: credevano che avrebbero risolto il problema cubano con la stessa facilità con cui avevano affrontato Guatemala e Iran sei anni prima, ma la sconfitta militare a Baia dei Porci dimostrò loro il contrario). Truman diede il suo OK, seguì il suggerimento di Acheson, e i cambiamenti in Bolivia cominciarono a prendere forma. Anche se molto marginalmente, indiani e minatori cominciarono ad esistere come esseri umani.

Il passo successivo era ovvio: Washington cominciò a chiedere al governo boliviano di disarmare le milizie che avevano reso possibile la rivoluzione del 1952 (una contraddizione ideologica per i fondatori degli Stati Uniti) e di consolidare invece un esercito tradizionale.

Una delle figure della rivoluzione, il presidente Paz Estensoro, ha iniziato ad allinearsi alle direttive del Nord. Ha consolidato un forte esercito in Bolivia fino a quando, durante il suo secondo mandato, è stato rovesciato da una nuova dittatura, orchestrata dalla CIA. La Bolivia subirà altre dittature oligarchiche con l’aiuto di alcuni criminali nazisti (come il macellaio di Lione, Klaus Barbie) assunti dalla CIA per sopprimere i movimenti popolari strategicamente definiti “comunisti”, come se solo i comunisti fossero in grado di lottare per la giustizia sociale, la libertà individuale e i diritti umani dei popoli.

Potremmo continuare, ma ho appena oltrepassato il limite intimidatorio delle mille parole. Riassumiamo lo schema storico indotto da tutta questa storia tragica. Dopo aver analizzato migliaia di documenti declassificati, credo che, oltre a dimostrare la passata funzione servile della maggior parte degli eserciti latinoamericani, possiamo indurre e dedurre che le superpotenze imperialiste hanno avuto successo solo quando le rivolte popolari sono arrivate al potere attraverso le elezioni (Venezuela 1948, Guatemala 1954, Brasile 1964, Cile 1973, Haiti, 2004, etc.) e fallito miseramente quando trionfarono con l’azione armata, non dai loro eserciti ma dalle loro milizie ribelli (Messico 1910, Bolivia 1952, Cuba 1959, Nicaragua 1979). Non sto dicendo che questa è la soluzione oggi, ma che è stata la realtà per più di un secolo ed è la cultura fossilizzata in una parte significativa della sua popolazione.

La funzione tradizionale degli eserciti latinoamericani non era quella di condurre alcuna guerra contro un invasore (la guerra delle Malvine fu un tentativo disperato di salvare un’altra dittatura), ma di reprimere i propri popoli quando si ribellavano contro lo sfruttamento dei potenti interessi creoli e stranieri, protetti da dittatori istituiti e nutriti dalle grandi potenze imperiali.

Il marchio sul subconscio collettivo è così potente che chiunque osi ora ricordare questi semplici fatti sarà stigmatizzato come “agente pericoloso”. L’odio per chi sta sotto non è scomparso, anche nei paesi in cui il braccio imperiale si è ritirato. C’è ancora il trauma, l’avvizzimento, ma con nomi più eleganti. Quante persone negli Stati Uniti tollererebbero che il loro esercito fosse dispiegato per le strade del proprio paese [li si dispiega la Guardia Nazionale, una forza militare che fa da polizia in caso di “disordini sociali”, modello che Fratelli d’Italia ha proposta di imitare nel 2013, NdlT]? In America Latina, questa è una vecchia usanza.

Per non parlare di quelli che Malcolm X chiamava “i negri di casa”, che quando sentono qualcuno parlare dell’oligarchia e di quelli di sotto, fanno il segno della croce e accusano il messaggero di creare crepe e divisioni nella società.

JM.

La paradoja de las clases sociales II

Elecciones, protestas y la ecuación narrativa en el Cono Sur

En sus discursos, los políticos progresistas asumen que la igualdad es siempre un factor deseado por la mayoría de los pueblos. Se equivocan (vamos a repetir algo en lo que venimos insistiendo hace muchos años): lo es cuando los países están en crisis económica. Entonces, el deseo social predomina sobre los instintos más primitivos del individuo. Cuando los países han logrado alguna estabilidad y crecimiento en base a la igualdad y a la moderación social, el individuo va detrás de su mayor deseo: el éxito individual. Toda idea de éxito se define en términos sociales, y el más común de los éxitos concebibles en las últimas generaciones se mide y se experimenta en relación a la posición relativa que ocupa un individuo en la pirámide socioeconómica: es decir, dinero y notoriedad, es decir, desigualdad. Pero como no todos son Einstein o Bill Gates, es necesario echar mano a recursos de fe en ciertos grupos con delirios de superioridad: la raza, la clase social, la nación, la bandera, la tribu, la empresa, etcétera.

Entonces, empiezan las explicaciones de mi fracaso: “la culpa es de los inmigrantes pobres”, “el gobierno me roba redistribuyendo mis impuestos”, “todo lo que he logrado lo he hecho yo solo”. Obviamente, existen los trabajadores sacrificados y los holgazanes, pero ese es un factor universal que no cambia la ecuación narrativa que intentamos entender ahora. Empecemos por entender que todo sistema económico es un sistema de redistribución de riqueza. Unos redistribuyen para beneficiar a unos pocos y otros a unos muchos.

El equilibrio en la distribución de parte del producto social es una política conveniente por muchas razones. Según varios estudios, las desigualdades causan depresión en sociedades desarrolladas, como Europa, cuando el individuo se percibe (en términos económicos y de prestigio) muy por debajo de la media. Por otro lado, otros estudios cuantitativos demuestran que a mayor desigualdad mayor criminalidad (dejemos de lado que las desigualdades son violencia per se). En Estados Unidos existe una proporción directa entre desigualdad de ingresos y los homicidios cuando se compara las estadísticas de cada uno de los cincuenta Estados. Más allá de los factores culturales que importan, lo mismo ocurre en Europa y en otros continentes. América latina es la región mundial más desigual del mundo y es, también, la que sufre los índices de homicidios más altos. Esto es una constante histórica, aunque en la primera década del siglo XXI  la desigualdad disminuyó para volver a incrementarse recientemente. Incluso dentro de esta región, los países más desiguales (América Central, Caribe) son los más violentos, más que los países menos desiguales (Cono Sur, Cuba).

Pero en América latina también hay dos notables excepciones: Chile, un país rico y con notorias desigualdades, no tanto en los ingresos de la clase media sino en los servicios básicos en general (sólo el índice GINI no es suficiente para explicar estos fenómenos; hay que recurrir a otros como el índice Atkinson), tiene una tasa de criminalidad baja, mientras que el país más equilibrado de América Latina, Uruguay, ha experimentado un ascenso en la criminalidad. Estas excepciones a la regla mundial se pueden explicar de muchas formas como, por ejemplo, el aislamiento geográfico de Chile y la fuerte influencia del crimen organizado regional por una frontera permeable (gran parte de los homicidios son entre los mismos miembros del crimen organizado) en Uruguay.

El equilibrio social y la redistribución de los beneficios previene, además, de estallidos sociales, desde la Revolución francesa hasta los más reciente de Chile y Ecuador. Pero no previene de la inconformidad. Los progresistas uruguayos cometen un error cuando confían en que un discurso en favor de la igualdad y la redistribución de los ingresos es suficiente para ganar elecciones. Por el contrario, en este momento tiene un efecto opuesto para muchos. 

Luego de la masiva crisis producida por la ola neoliberal de los 90, las políticas progresistas en Uruguay han logrado reducir la pobreza y la indigencia a mínimos históricos en todo el continente. Incluso en un contexto regional negativo de recesiones y brutales conflictos sociales (Brasil, Argentina, ahora Chile), ha logrado mantener una economía en permanente crecimiento (con un 4% de promedio anual) durante quince años y pese a una población estable y envejecida (Australia supera este período sin recesión debido a su permanente flujo de inmigrantes en edad productiva); ha logrado universalizar el acceso a internet y desde 2006 ha sido capaz de proveer a todos sus estudiantes en edad escolar de una laptop, extendiendo más tarde ese beneficio a los jubilados. El ingreso per cápita se ha ubicado en el punto más alto de toda América Latina, al tiempo que es el país con la clase media más grande del continente; ha logrado (o está en el proceso de) descentralizar su universidad gratuita, proeza ya centenaria que iguala las oportunidades de desarrollo de sus ciudadanos jóvenes, sean ricos o pobres.

Ha fallado en reformas más radicales en educación y no ha logrado resolver el problema de la criminalidad la que, pese a todo, es la misma que tiene hoy Miami y está muy por debajo de muchas ciudades que algunos de sus visitantes admiran de Estados Unidos como país “seguro”. Ha fracasado en su intento de cambiar el carácter triste de los uruguayos, característica que se arrastra desde hace un siglo atrás, probablemente herencia de cierta inmigración.

En el caso chileno ya analizamos, un mes antes del estallido social, sus problemas de inestabilidad debido a las desigualdades promovidas por su modelo económico. Lo mismo en el caso de Argentina, solo que años antes: la clase media y asalariada busca “el éxito” (la desigualdad) cuando ha alcanzado cierta estabilidad y vota por la igualdad y el equilibrio cuando el país ya se encuentra en una nueva crisis, económica y social.

Cuando las sociedades se encuentran estabilizadas y hasta prosperas, los individuos comienzan a compararse con los demás. Y quieren más. Es humano y comprensible. El problema es cuando, desde un punto de vista meramente psicológico, el individuo cuyo país no se encuentra en crisis siente que él se merece una mejor suerte que la de su vecino. Entonces, el individuo no vota por la igualdad sino por la desigualdad, es decir, por ubicarse por encima del resto. Sin embargo (mucho menos en un país con una tradición como Uruguay) nadie reconoce que está contra la igualdad. Ni siquiera a sí mismos. En su lugar, procede con lo que en psicología se llamaría un “desplazamiento”: busca otras razones, sean reales (como el problema de la criminalidad) o sean ficticias (como el discurso de un candidato militar vinculado a torturadores de la pasada dictadura de “luchar contra la corrupción”, lo cual es una broma histórica de mal gusto).

La igualdad en los derechos es un principio casi universal desde hace un par de siglos, poco tiempo en términos históricos. Por su edad, y solo como concepto, es la hermana menor de la libertad, como deseo. Pero sin igual-libertad no existe la justicia social y sin justicia no hay libertad posible que se sostenga en el tiempo.

 

JM, Octubre 25, 2019

GINI vs Atkinson

Cuando se intenta entender un fenómeno social no basta con echarle la culpa a la gente o recurrir a simples coeficientes como se recurre al garrote y al fusil. El coeficiente GINI es muy útil, pero no siempre lo explica todo. Cualquier estudiante de introducción a la economía debería saberlo.

JM

 

UNITED NATIONS DEVELOPMENT PROGRAMME

Human Development Reports

Is the Gini coefficient not a sufficient measure of inequality? What is the difference between Gini and Atkinson measures of inequality?

The Gini coefficient is commonly used as a measure of inequality of income, consumption or wealth. There was an attempt to apply the Gini index to measure inequality in the HDI distribution (Hicks, 1998).
The choice of the Atkinson inequality measure was guided by three factors: (i) subgroup consistency, (ii) sensitivity to the inequality in the lower end of distribution, and (iii) simplicity of computation and mathematical elegance of the resulting composite Inequality-adjusted Human Development Index.

Subgroup consistency means that if inequality declines in one subgroup (region, ethnic group, etc.) and remains unchanged in the rest of population, then the overall inequality declines. The Gini coefficient does not have this property.
By its construction, the Gini coefficient puts equal weights to the entire distribution, while the Atkinson inequality measure puts more weight to the lower end, thus it accounts better for child mortality, illiteracy, and income poverty.
Finally, the geometric form of the HDI in combination with the Atkinson index provides a simple and elegant composite IHDI, obtained by first computing inequality for each dimension and then across dimensions, which further implies that it can be computed by combining data from different sources (life tables and different surveys for education and income).

 

hdr.undp.org/en/content/gin

El fracasado discurso del éxito. Turno de Ecuador

¿Cómo lograr que una micro minoría del uno por ciento continúe, década tras década acumulando más riqueza que el restante noventa y nueve por ciento de una sociedad? Quienes lo han hecho lo saben bien: (1) propaganda masiva y ubicua, invisible pero real, como el aumento de CO2 en la atmósfera, y (2) acoso político, económico y militar de cualquier otra opción que contradiga el asalto.

Otra forma es enlazar disputas y axiomas diversos sin una necesaria relación lógica: la religión de las armas y el amor religioso, el aborto y la baja de impuestos a los más ricos, la negación del cambio climático y el odio a los inmigrantes, la libre circulación del capital y el patriotismo, etc.

De esta forma, el uno por ciento continúa recogiendo los frutos de toda una sociedad y de toda una historia, con el apoyo necesario de una elite criolla dominante o, incluso (cuando existen elecciones) de un número significativo de quienes no pertenecen al uno por ciento.

Así, en América Latina, las opciones al neoliberalismo, cuando han fracasado, han fracasado por errores propios y, sobre todo, por el criminal bloqueo económico de la superpotencia del mundo. Eso cuando no han recurrido a los más tradicionales golpes militares para defender la libertad del capital de la minoría criolla (clasista y racista) aliada a las más poderosas transnacionales. 

Así, por otro lado, en América Latina las imposiciones neoliberales han fracasado a pesar de repetidas inundaciones de capitales en formas de créditos multimillonarios que no dejaron en sus países ni progreso ni desarrollo sino deudas masivas y más pobreza. 

Para el neoliberalismo, solo el éxito económico cuenta como éxito. No obstante, este mito del éxito económico ni siquiera ha tenido éxito en la economía de los países colonizados por el mito del éxito económico. No, por el contrario, se insiste en “el probado fracaso” de sus otras opciones apuntando a países acosados, bloqueados y en ruinas, lo cual es un patrón de acción y de narración política.  

América Latina es parte de esta ola que, a falta de mejor nombre, se suele denominar neoliberalismo. Esa ola que arrasa, quema y destruye cualquier malla de contención social y ambiental hasta poner en riesgo la propia supervivencia planetaria y cuyas consecuencias económicas y sociales volvemos a presenciar en todo el continente como una historia que se repite de forma cíclica.

Si bien en estos días la atención está mayormente concentrada en el vergonzoso estado de sitio en Ecuador y la consecuente represión de las movilizaciones contra las medidas antipopulares del gobierno de Lenin Moreno, una amplia mayoría de países vive en estado de permanente amenaza e incertidumbre al mismo tiempo que los inversores presionan, amenazan y aumentan sus ganancias.

No habrá que soslayar que mientras escribimos estas líneas la respuesta gubernamental ecuatoriana viene cobrándose muertos, heridos y detenidos y aún inciertos por el ejercicio de la censura y el toque de queda. Pero las movilizaciones que comienzan a resistir esta crisis humanitaria, producto de políticas adulatorias del poder mundial y generadoras de miseria, se extienden de norte a sur. Como en Colombia (sede de la mayor cantidad de bases militares de Estados Unidos en el hemisferio y sede del narcotráfico mundial y del paramilitarismo impune) se opone al único proceso de paz concreto propuesto en cincuenta años. Como en Perú, donde idéntico desconocimiento mutuo entre dos poderes fundamentales del Estado (ejecutivo y legislativo), es considerado una opinable cuestión constitucionalista mientras que en Venezuela (no se lea este manifiesto como un apoyo a su gobierno) la mafia hegemónica llama a la intervención militar. Argentina vive envuelta en piquetes frente a la aceleración exponencial de la pobreza y el endeudamiento súbito, mientras en Chile y en Brasil se sigue profundizando la inequidad social, la desprotección, el narcotráfico y la violencia civil y policial que ya amenazan hasta países como Uruguay por razones de proximidad.

Diferentes procesos electorales aún están pendientes en Argentina, Bolivia y Uruguay en lo que resta del año. Otros seguirán en los años por venir. La disyuntiva continúa siendo entre la narrativa del uno por ciento (el autoritarismo de las elites, el militarismo reaccionario, el odio de los racistas, de los nacionalistas, de los clasistas, del machismo que se resiste a ceder paso, del neomedievalismo, de la destrucción del medio ambiente a cambio de unos dólares) y la construcción de una democracia progresiva, solidaria, no consumista, que ponga el énfasis en el ser humano y no en las riquezas de unos pocos a costa de unos muchos. Una sociedad capaz de construir un mundo para todos y no sólo para una minoría elegida por un dios que nunca la eligió.

 

Emilio Cafassi, Manuel Castells, Noam Chomsky y Jorge Majfud

octubre 10-12, 2019

 

 

 

 

 

 

 

La incoherencia de los otros

No siempre pero, por lo general, las discusiones políticas no conducen a nada. Cada vez menos, porque la cultura del disenso civilizado se ha perdido casi completamente (probable efecto de sustituir las tertulias de café, cara a cara, por el barbarismo semianonimo y a distancia de las redes sociales) y la política se ha convertido en una pasión de fútbol, en un acto de fe religioso contra cualquier evidencia. En el hemisferio norte se ha deteriorado aún más rápido que en el sur y ya desde hace tiempo campea el tribalismo. Como todo, o casi todo, aquí siempre ocurre primero y se realiza más rápido. Pera peor, algunos andan a la búsqueda de (¿cómo decirlo?) un “tenis dialéctico” y no sé cómo hacen pero logran meterte en su juego.

Más o menos la cosa fue así:

—¿Vio que Daniel Martínez, el candidato socialista a la presidencia de Uruguay, tiene una hija estudiando aquí en Estados Unidos? —me dijo un visitante de Uruguay.

—No sabía. Pero muchos chinos son comunistas y tienen cientos de miles de hijos estudiando aquí. También nuestros estudiantes estadounidenses van a estudiar a Cuba, aunque el gobierno de aquí no les permite mucho tiempo. Por no hablar de los votantes de Trump que pasan sus vacaciones en Cancún o se jubilan y se van a vivir a Ajijic en México.

—Incoherencias. Como ese Rafael Correa, el expresidente de Ecuador. ¿Lo conoce? Se recibió de economista aquí en Estados Unidos… ¿Sabía?

—Sí, una buena parte de los yanquis dicen lo mismo: las universidades están infestadas de progresistas. Hace años, tal vez dos décadas, copié el artículo “¿Por qué el socialismo?” de Einstein, de cuando daba clases en Princeton University, y lo publiqué en un foro con otro nombre. El texto recibió una lluvia de insultos. “Idiota” y “Retardado mental” fue de lo más amable que escribieron los genios. Tal vez el hombre estaba equivocado, pero retardado mental… Las universidades se caracterizan por reclutar tontos de todas partes del mundo. Hice lo mismo con otro texto del Dr. Martin Luther King, sobre su socialismo y contra la guerra de Vietnam. “Traidor” y “antipatriota” fueron de las acusaciones favoritas…

—¿Es usted socialista?

—Nunca supe qué soy, exactamente, y no creo que sea importante. Cuando era niño los militares me arrastraron de un brazo por no obedecer órdenes y un par de profesores en la secundaria me expulsaron de clase por preguntar qué entendían ellos por democracia y derechos humanos. Pero Rebelde sería un título muy grande. Inconformista, tal vez. Sí, suena menos pretencioso y no llega a ser un insulto.

—Yo no me avergüenzo de decir que yo sí siempre supe quién soy y sé quién es quién cuando lo escucho hablar.

—Bueno, prefiero que no me lo diga. Para eso están los vómitos y comentarios a pie de página. Ahora, si le sirve de consuelo, en Estados Unidos hay más zurdos que en la mayoría de los países del Sur.

—A mí lo que me jode es la inconsistencia. Le repito, esa de Martínez…

—¿No es usted capitalista y neoliberal y vive en Uruguay, “gobernado por quince años por socialistas y tupamaros”, como dice usted mismo? A mí no me parece que eso sea una incoherencia. Sería sospechoso si todos pensaran como Mujica o como Tabaré Vázquez. Más que sospechoso, sería una secta de tres millones de individuos.

—No todos somos…

—Aquí tampoco somos todos… Mucho menos una secta de trescientos millones, aunque es lo que quisieran los autoproclamados patriotas, nacidos aquí o recién llegados, que se creen dueños de todo un país. ¿O también van a proponer una limpieza ideológica, país por país y comarca por comarca?

—Pero si se dicen socialistas deberían por lo menos vivir como Mujica, en una cueva. Al viejo tupamaro no lo trago, pero al menos vive en una cueva.

—Es lo que quisieran, que todos los que piensan diferente vivan en una cueva. Pero de verad no creo que el objetivo del socialismo sea la pobreza sino todo lo contrario. El hombre vive como quiere vivir no porque sea socialista sino porque es un poco hippie, medio Thoreau. Igual eso no lo salva de los insultos. En julio estuve en Uruguay y una señora, que hablaba igualito a Mujica, me quería convencer de “todo lo que se había robado Mujica”. Le faltó decir que por eso vive en un palacio.

—Socialistas ricos como Maradona hay muchos.

—No me interesa la vida privada de Maradona ni la ningún otro ejemplo particular, pero si es una incoherencia ser un socialista rico también lo es, y peor, ser un capitalista pobre, y de éstos no hay solo ejemplos y excepciones. Son la norma.

—Dele todas las vueltas que quiere darle al asunto. Pero al pan, pan y al vino, vino. Si uno es socialista no debería estudiar en Estados Unidos.

—Y todos deberían comer solo McDonald’s, mirar “beisbol” e ir a la iglesia los domingos por la mañana a lavar los trapos sucios…

—No caricaturice.

—¿Usted es capitalista y recurre al maldito Estado dos por tres? ¿Dónde está la coherencia, entonces?

—¿Yo? Yo pago mis impuestos. Es el Estado el que vive de mí.

—Pues muy bien, con toda esa plata que le paga de impuestos al Estado, intente pagar la policía que cuida de sus propiedades; las escuelas, la salud y la jubilación de sus hijos o de sus empleados; las ayuda a los más pobres para que no afeen la ciudad ni el frente de su casa ni las puertas de las iglesias; intente rescatar las grandes empresas capitalistas, generalmente insaciables, que cuando se hunden le van a llorar al gobierno de turno para que las salve… Haga cuentas y luego me dice si le alcanza.

—Si los privados invirtiésemos el dinero de los impuestos en fondos de inversión y nos organizáramos, podríamos hacer todo eso.

—Pues, justamente eso se llama Estado.  

 

JM, setiembre 2019

 

 

 

 

 

 

The Latin American Migration Crisis Was Born Out of Greed and Myths About Race

published on Thursday, September 12, 2019

In Unwanted People, historian Aviva Chomsky’s essays explore the roots of this violent history.

For more than a century, Latin American governments have promoted a model of national development based on land privatization and privileging the interests of foreign investors rather than the rights of workers; policies that in fact promoted economic growth without development. In many cases, this kind of economic growth instead increased inequality and poverty. Democratic or dictatorial governments implemented these policies by hook or by crook, which often forced the people to choose between renouncing their rights or submitting to the brutality of power concretized in armies who served the creole oligarchy in the name of “national security” against foreign invaders. In such armies, often the most deprived individuals were the most zealous and violent guardians of the privileges of others.

This domestic and national economic policy was concretely connected to the interests of international corporations. The social structure in which creole elites of the postcolonial era served the ruling classes mirrored the relationship between the indigenous nobility who served the Spanish crown. In the 20th century, such power lodged itself in traditional commodities-export ruling classes and transnational foreign companies, which were often supported by direct interventions from superpower governments. Despite repeated attempts to prove otherwise, Latin American history cannot be understood without taking into account the history of U.S. interventions, from the Monroe Doctrine (1823) to the dozens of U.S. military interventions in Latin America. The latter includes the annexation of more than half of the Mexican territory in mid-19th century, a long list of military interventions leading to the dramatic establishment of bloody puppet dictators throughout the 20th century, which left hundreds of thousands murdered, and the destruction of democracies such as Guatemala or Chile in the name of freedom and democracy. Large multinational corporations, such as the United Fruit Company in Central America, Pepsi Cola in Chile and Volkswagen in Brazil, motivated or supported many of these coups d’état. The dominant creole classes in turn supported the overthrow of legitimate governments because they stood to gain more from the export business of cheap natural resources than from the internal development of their nations.

The extreme violence that resulted directly from these social inequities generated internal displacements and international migrations, especially to the United States, the world hegemonic economy. Yet many immigrants arrived in a country that denied them the same individual rights that had been withheld from them in their home countries. As Aviva Chomsky illustrates in her new book, Unwanted People: Histories of Race and Displacement in the Americas, the United States’ history of racially motivated class stratification and anti-labor policy dovetailed with the shape that the country’s immigration took in the 1960s.

Unwanted People presents a selection of historian Aviva Chomsky’s writings, which explores the roots of these problems from the concrete perspective of groups who have experienced the effects of this violent history. Chomsky’s work is always incisive and challenging. Each text dismantles modern myths about Latin American immigration, U.S. history, and the labor movement. Specifically, she highlights popular superstitions about immigration that are exacerbated by international reporting and the “master narratives” that have been consolidated by a strategic forgetting, both from U.S. and Latin American perspectives. Chomsky brings these challenges to the dominant narratives of colonial history to bear on topics ranging from the United States’ global and colonial economy to an analysis of the colonial history of Africa in the movie Black Panther.

In “The Logic of Displacement” and “A Central American Drama,” Chomsky analyzes two apparently different realities that are nevertheless connected by their subterranean logics. The historical displacement of Afro-Colombians, she argues, has been caused not only by racism but also by the logic of economic convenience. Chomsky questions the historical explanation of La Violencia in Colombia (initiated with the murder of Jorge Eliécer Gaitán in 1948) as a simple dichotomy, “liberal versus conservative,” and reviews the interests of the white Catholic elite of Antioquia over Afro-Colombian regions, rich in natural resources. Thus, in Colombia there is a case similar to that of others on the continent: the internal displacement of rural, indigenous or afro-descendant communities for economic reasons (gold, platinum, wood) is executed “voluntarily” through the purchase of property accompanied by violence inflicted by paramilitary groups, which functioned as an extralegal arm and ally of the armies and the governments of Latin American countries.

Leftist guerrilla groups emerged as a counter to the paramilitary groups that represented the typically conservative right interests of the government. These also served largely as an excuse for military and paramilitary violence. Although it could be argued that the guerrilla groups’ amplification of regional violence also played a role in the displacement of people, Chomsky argues that displacement was not one of their objectives, as it was in the case of paramilitaries, who furthered the interest of the big businesses laying claim to the land and its natural resources. Meanwhile, the impunity of those in power contributed dramatically to the scale of this movement’s violence.

Neoliberal economic policies combined with an increasingly militarized southern United States border had an impact on Central American migration and was the direct result of United States foreign policy.

Internationally, displacement was not always due to direct military actions, but it was always the result of economic forces. The United States increased control of immigration, especially immigration of the displaced poor, as a solution to the increased migration that resulted from years of interventionist foreign policy. The Mexican-American border, which had been permeable for centuries, became a violent wall in 1965, forcing job seekers to avoid returning to their homes in the south as they used to do. This reality was aggravated by the policies and international treaties of the new neoliberal wave of the 1990s, such as NAFTA, which financially ruined the Mexican peasants who could not compete with the subsidized agriculture of the United States. Meanwhile, U.S. conservatives attacked leftist guerrilla and community groups, such as the Zapatistas in southern Mexico, who resisted such policies.

Neoliberal economic policies combined with an increasingly militarized southern United States border had an impact on Central American migration and was the direct result of United States foreign policy. In Chomsky’s words:

“U.S. policies directly led to today’s crises in Guatemala, El Salvador, and Honduras. Since Washington orchestrated the overthrow of the reformist, democratically elected government of Jacobo Arbenz in Guatemala in 1954, it has consistently cultivated repressive military regimes, savagely repressed peasant and popular movements for social change, and imposed economic policies including so-called free trade ones that favor foreign investors and have proven devastating to the rural and urban poor.”

As Chomsky rightly points out in her book They Take Our Jobs! And 20 Other Myths about Immigration (2007), it is no coincidence that when racial discrimination became politically incorrect in the 1960s, it was replaced in the law and in the political and social discourse by national discrimination. This, coupled with the fact that Mexicans and other Latin American immigrants were no longer returning to their countries because of widespread violence, made the new border policies even more dangerous and sometimes deadly for both migrant workers and those fleeing political and social violence, mostly people from the Northern Triangle of Central America.

This sequence of historical events has countless consequences in the present. However, politicians, major media, and U.S. citizens only see the faces of children, men and women speaking a “foreign language” (though, of course, Spanish is older than English in the United States). Political and news discourse represents immigrants as “invading” cities to take advantage of the services and benefits of American democracy, which strips immigration politics of its historicity. It is a false logic that turns workers into idlers, imagines welfare abusers when in fact immigrants sustain the care economy with their labor and their taxes, and sees the victims of neocolonial trade policies as invading criminals. In a recent interview with Aviva Chomsky about the current myths that dominate the social narrative in the United States today, she explains:

“I’d say there are two [myths]: one, that immigrants are criminals, and two, that immigrants come here to take advantage of the United States. In a way, these are connected—by turning immigrants into ‘bad hombres,’ Trump helps to erase history and the disasters that U.S. policy has helped to create in the countries that immigrants are currently fleeing, especially in Central America.”

Unwanted People, a collection of Aviva Chomsky’s writings, approaches complex discussions about race, labor, and immigration in the United States from the more nuanced perspective of a historian. Often conversations about immigration center on the subject of labor, and yet, as Chomsky illustrates in the essays collected in her new book, labor in the United States has its own troubled history. With a focus on New England, and especially Boston, Chomsky connects the history of labor struggles dating back to the 19th century to modern-day discussions about race and immigration. By uncovering hidden histories that challenge the dominant narratives about the working class, Chomsky reveals the importance of discussing racial justice alongside economic justice. Rather than participating in the shrill and polarizing rhetoric of political and media hype, Chomsky invites us to look to the economic and political history that has led up to this point. As Chomsky points out, “Until we are able to acknowledge and understand the past, we will not be able to act in the present for a better future.”

This article was produced by Globetrotter, a project of the Independent Media Institute. It is an adapted excerpt from the foreword by Dr. Sarah Parker and Jorge Majfud to the new book by Aviva Chomsky, Unwanted People (University of Valencia Press, 2019).

 

Dr. Sarah Parker is an associate professor in the English department at Jacksonville University. She holds a PhD in comparative literature from the University of North Carolina, Chapel Hill. She is the author of numerous scholarly articles and book chapters on topics ranging from the history of medicine to French feminist theory.

 

Jorge Majfud

Jorge Majfud is a Uruguayan American writer and an associate professor at Jacksonville University.

 

 

Aviva Chomsky Cover 2

¿Qué hace el neoliberalismo en las elecciones de Uruguay?

El Uruguay moderno (ese desarrollado a fines del siglo XIX con J.P. Varela) siempre ha sido batllista-artiguista, con períodos de epilepsia oligárquica y neoliberal. No importa la ideología, no importa el partido político: todos los uruguayos son, más o menos, batllistas artiguistas. No siempre en la práctica, pero sí como un superego freudiano: los uruguayos son artiguistas cuando reconocen su opción por los de abajo, su antimilitarismo y su antirracismo, y son batllistas cuando en sus decisiones personales reconocen el valor del Estado como agente de gestión colectiva, como administrador de justicia social, susceptible de corrupción pero insustituible. El mito de Maracaná es otro hito posible por el espíritu batllista artiguista. Sin José Batlle, Uruguay no hubiese sido dos (o cuatro) veces campeón del mundo ni quince veces campeón del continente, ni esa pasión sería hoy una marca de identidad nacional. El batllismo inventó el espíritu del fútbol uruguayo y el batllismo artiguista marcó hasta su literatura, esa literatura con conciencia crítica, tan alejada de la frivolidad del mercado, de la diversión y del sentimentalismo de alcoba.

Cualquier política de Estado que niegue esa profunda raíz es un injerto condenado a dar frutos amargos. Los mismos períodos de epilepsia neoliberal lo han demostrado y, a juzgar por las actuales disputas electorales, es una condición persistente.

El neoliberalismo ha hecho estragos en muchos países alrededor del mundo. Ha quebrado a casi todos. Incluso en aquellos pocos ejemplos publicitados como el de Chile, el supuesto éxito no fue posible sin inundaciones de dólares y propaganda estadounidense a partir de 1973 para apoyar no solo una dictadura de corte nazi que le era conveniente a la oligarquía criolla y a las poderosos transnacionales, sino para tener un ejemplo positivo que mostrar al mundo y a América Latina en particular (los bloqueos y las demonizaciones quedaron reservados a todos aquellos que se atrevieron a decir no o probar un camino diferente).

Pese a todo, los supuestos logros de la economía chilena no se reflejan en un milagro social, sino todo lo contrario. La educación es “un bien de consumo”, no un derecho, y para eso, como en Estados Unidos, los jóvenes deben endeudarse de forma que sólo los ricos se gradúan listos para la “libre competencia” y el resto dedica media vida a pagar sus deudas. Cuando lo logra, ya se han especializado en pensar sólo en el dinero, no en su vocación, y no saben hacer otra cosa que más dinero, lo cual, claro, es una bendición para la economía y para la industria de las drogas.

Lo mismo, el modelo de inversión chileno de las jubilaciones privadas. El fracaso del modelo neoliberal de jubilaciones en Uruguay (afortunadamente, la opción estatal siempre fue la preferida) fue recientemente salvado por el Estado, como siempre. En 2018, la mitad de los afiliados a las AFAP creadas durante los años 90s, se pasaron al sistema estatal porque los privados le estaban retornando mucho menos dinero del calculado y del prometido.

El Estado es ineficiente hasta que cunde el pánico. Porque el capitalismo tiene esa eterna ventaja: cuando acierta, se lleva todo; cuando pierde, el maldito Estado lo salva, empezando por los de arriba para que algo gotee a los de abajo. Con una diferencia: en Uruguay ocurrió al revés, cosa rara en el mundo, porque los salvavidas fueron para los de abajo. Solución batllista artiguista.

En otros casos diferentes al “éxito del neoliberalismo chileno”, donde siempre se aplaude al principio y se niega tres veces al final, la misma ideología, los mismos créditos multimillonarios y las mismas adulaciones descendieron en muchos otros países del continente sin siquiera llegar a aumentar el PIB nacional sino las deudas externas y arruinar la economía y la sociedad: la Argentina de Martínez de Hoz, la de Menem y Cavallo, la de Mauricio Macri; la Bolivia de Víctor Paz Estenssoro; el Uruguay de Luis Alberto Lacalle; el Ecuador de Febres Cordero; la Venezuela de Andrés Pérez; el México de Miguel de la Madrid, el de Carlos Salinas de Gortari y el de Ernesto Zedillo, etc. Sí, ya sabemos las recurrentes respuestas: “si estás contra el neoliberalismo estás a favor de Stalin, de Khmer Rouge y de Josip Broz Tito”.

Pero cuando hablamos del neoliberalismo en América Latina, no nos referimos a lo que podría ocurrir y que nunca ha ocurrido, sino a algo que ha ocurrido innumerables veces con los mismos resultados y, por si fuese poco, es una propuesta orgullosa de candidatos como el economista de la Universidad de Chicago, el Dr. Ernesto Talvi en Uruguay.

En Uruguay, como en otros países de la era poscolonial, la imposición de recetas salvadoras ha sido siempre catastrófico. Ese país, con escasos doscientos años de historia, invento del imperio británico en 1828, en realidad nació en 1813, con el general José Artigas, un hombre con una sensibilidad social superior para la época, extraña, nunca analizada del todo; un hombre que repartió tierras a negros, indios y blancos pobres. Un mujeriego que terminó sus días en el exilio viviendo (¿o conviviendo?) casi treinta años con un poeta negro que liberó antes de abandonar su tierra, derrotado en 1820 en Tacuarembó. Por entonces, el fundador del partido colorado, el primer presidente, otro patriota mata indios, Fructuoso Rivera se pasó a las filas portuguesas y luego, como presidente de Uruguay, ordenó darle caza, vivo o muerto. Pero los indios paraguayos le dieron el título de “El hombre que resplandece”.

Si el artiguismo fuese hoy una inmoralidad, como lo es el racismo de, por ejemplo, el venerado esclavista y mata indios Andrew Jackson en Estados Unidos, es comprensible que se luche por demoler esa tradición. Pero no, es básicamente lo contrario.

Si el batllismo, cien años después, hubiese sido un fracaso económico y social, es comprensible que se luche por demoler esa tradición. Pero no, es básicamente lo contrario.

Es por esta razón que en Uruguay se da la paradoja de que somos, a un mismo tiempo, progresistas y tradicionalistas. Pero no de cualquier tradición. No de la tradición feudalista de las haciendas donde los peones y los gauchos eran animales de carga, sino de la otra tradición, la que creía y todavía cree en la educación universal, desde la primaria hasta la universidad; que cree en el derecho a la salud y al equilibrio social a través de la protección de los derechos de los menos fuertes, como lo son, incluso, las trabajadores; que cree en el derecho de nuestros viejos a un retiro en paz.

El artiguismo no es un sentimiento nacionalista ni militarista. Artigas negó (como Jesús negó lo que tanto adoran hoy los cristianos protestantes: la riqueza como signo de preferencia divina) el despotismo militar y el abuso de los de arriba. Luego, el batllismo creó lo demás, hasta la tradición del fútbol. Lo mismo la visión moderada de un estado benefactor, estabilizador, social y, no en pocos aspectos, directamente socialista.

El batllismo artiguista, el Uruguay donde “nadie es más que nadie ni menos que ninguno”, donde hasta Charles Darwin se sorprendió de la inexplicable autoestima de los gauchos más pobres, es eso: progresismo con memoria, porque el progresismo no es ruptura ni es inmovilidad sino perpetuo cambio y mejora de algo que sabe, que no olvida, quién es, de dónde viene y hacia dónde va.

 

JM, setiembre 2019

¿Qué hace el neoliberalismo en las elecciones de Uruguay?

 

 

The Slow Suicide of the West

“What is at stake today is not only protecting the West against the terrorists, home-grown and foreign, but—and perhaps above all—protecting the West from itself. The reproduction of any one of its most monstrous events would be enough to lose everything that has been attained to date with respect to Human Rights.  Beginning with respect for diversity.  And it is highly probable that such a thing could occur in the next ten years if we do not react in time.” (Feb. 2003)

 

 

 

published on Sunday, September 08, 2019
by

The Slow Suicide of the West

What is more Western than democracy and concentration camps?

The struggle is not—nor should it be—between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation.

The struggle is not—nor should it be—between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation. (Photo: Ansel Adams/Department of the Interior/Flickr)

 

 

The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  Virtues like tolerance and self-criticism have never been a weakness, as some now pretend, but quite the opposite: it was because of them that progress, both ethical and material, were possible.  Both the greatest hope and the greatest danger for the West can be found in its own heart.  Those of us who hold neither “Rage” nor “Pride” for any race or culture feel nostalgia for times gone by, times that were never especially good, but were not so bad either.

Currently, some celebrities from back in the 20th century, demonstrating an irreversible decline into senility, have taken to propagating the famous ideology of the “clash of civilizations”—which was already plenty vulgar all by itself—basing their reasoning on their own conclusions, in the best style of classical theology.  Such is the a priori and 19th century assertion that “Western culture is superior to all others.”  And, if that were not enough, that it is a moral obligation to repeat it.
From this perspective of Western Superiority, the very famous Italian journalist Oriana Fallacia wrote, recently, brilliant observations such as the following:  “If in some countries the women are so stupid as to accept the chador and even the veil, so much the worse for them. (…) And if their husbands are so idiotic as to not drink wine or beer, idem.”  Wow, that is what I call intellectual rigor.  “How disgusting!”—she continued writing, first in the Corriere della Sera and later in her best seller The Rage and the Pride (Rizzoli International, 2002), refering to the Africans who had urinated in a plaza in Italy—”They piss for a long time these sons of Allah!  A race of hypocrits.” “Even if they were absolutely innocent, even if there were not one among them who wished to destroy the Tower of Pisa or the Tower of Giotto, nobody who wished to make me wear the chador, nobody who wished to burn me on the bonfires of a new Inquisition, their presence alarms me.  It makes me uneasy.”  Summing up: even if these blacks were completely innocent, their presence makes her uneasy anyway.  For Fallaci, this is not racism, it is “cold, lucid, rational rage.”  And, if that were not enough, she offers another ingenious observation with reference to immigrants in general:  “And besides, there is something else I don’t understand.  If they are really so poor, who gives them the money for the trip on the planes or boats that bring them to Italy?  Might Osama bin Laden be paying their way, at least in part?” …Poor Galileo, poor Camus, poor Simone de Beauvoir, poor Michel Foucault.

Incidentally, we should remember that, even though the lady writes without understanding—she said it herself—these words ended up in a book that has sold a half million copies, a book with no shortage of reasoning and common sense, as when she asserts “I am an atheist, thank God.”  Nor does it lack in historical curiosities like the following: “How does one accept polygamy and the principle that women should not allow photographs to be taken of them?  Because this is also in the Q’uran,” which means that in the 7th century Arabs were extremely advanced in the area of optics.  Nor is the book lacking in repeated doses of humor, as with these weighty arguments:  “And, besides, let’s admit it: our cathedrals are more beautiful than the mosques and sinagogues, yes or no?  Protestant churches are also more beautiful.”  As Atilio says, she has the Shine of Brigitte Bardot.  As if what we really needed was to get wrapped up in a discussion of which is more beautiful, the Tower of Pisa or the Taj Mahal.  And once again that European tolerance:  “I am telling you that, precisely because it has been well defined for centuries, our cultural identity cannot support a wave of immigration composed of people who, in one form or another, want to change our way of life.  Our values.  I am telling you that among us there is no room for muezzins, for minarets, for false abstinence, for their screwed up medieval ways, for their damned chador.  And if there were, I would not give it to them.”  And finally, concluding with a warning to her editor: “I warn you: do not ask me for anything else ever again.  Least of all that I participate in vain polemics.  What I needed to say I have said.  My rage and pride have demanded it of me.”  Something which had already been clear to us from the beginning and, as it happens, denies us one of the basic elements of both democracy and tolerance, dating to ancient Greece: polemics and the right to respond—the competition of arguments instead of insults.
But I do not possess a name as famous as Fallaci—a fame well-deserved, we have no reason to doubt—and so I cannot settle for insults.  Since I am native to an under-developed country and am not even as famous as Maradona, I have no other choice than to take recourse to the ancient custom of using arguments.

Let’s see.  The very expression “Western culture” is just as mistaken as the terms “Eastern culture” or “Islamic culture,” because each one of them is made up of a diverse and often contradictory collection of other “cultures.”  One need only think of the fact that within “Western culture” one can fit not only countries as different as the United States and Cuba, but also irreconcilable historical periods within the same geographic region, such as tiny Europe and the even tinier Germany, where Goethe and Adolf Hitler, Bach and the skin-heads, have all walked the earth.  On the other hand, let’s not forget also that Hitler and the Ku Klux Klan (in the name of Christ and the White Race), Stalin (in the name of Reason and atheism), Pinochet (in the name of Democracy and Liberty), and Mussolini (in his own name), were typical recent products and representatives of the self-proclaimed “Western culture.”  What is more Western than democracy and concentration camps?  What could be more Western that the Universal Declaration of Human Rights and the dictatorships in Spain and Latin America, bloody and degenerate beyond the imagination?  What is more Western than Christianity, which cured, saved and assassinated thanks to the Holy Office?  What is more Western than the modern military academies or the ancient monasteries where the art of torture was taught, with the most refined sadism, and by the initiative of Pope Innocent IV and based on Roman Law?  Or did Marco Polo bring all of that back from the Middle East?  What could be more Western than the atomic bomb and the millions of dead and disappeared under the fascist, communist and, even, “democratic” regimes?  What more Western than the military invasions and suppression of entire peoples under the so-called “preemptive bombings”?

All of this is the dark side of the West and there is no guarantee that we have escaped any of it, simply because we haven’t been able to communicate with our neighbors, who have been there for more than 1400 years, with the only difference that now the world has been globalized (the West has globalized it) and the neighbors possess the main source of energy that moves the world’s economy—at least for the moment— in addition to the same hatred and the same rencor as Oriana Fallaci.  Let’s not forget that the Spanish Inquisition, more of a state-run affair than the others, originated from a hostility to the moors and jews and did not end with the Progress and Salvation of Spain but with the burning of thousands of human beings.
Nevertheless, the West also represents Democracy, Freedom, Human Rights and the struggle for women’s rights.  At least the effort to attain them, and the most that humanity has achieved so far.  And what has always been the basis of those four pillars, if not tolerance?

Fallaci would have us believe that “Western culture” is a unique and pure product,  without the Other’s participation.  But if anything characterizes the West, it has been precisely the opposite: we are the result of countless cultures, beginning with the Hebrew culture (to say nothing of Amenophis IV) and continuing through almost all the rest: through the Caldeans, the Greeks, the Chinese, the Hindus, the southern Africans, the northern Africans and the rest of the cultures that today are uniformly described as “Islamic.”  Until recently, it would not have been necessary to remember that, while in Europe—in all of Europe—the Christian Church, in the name of Love, was persecuting, torturing and burning alive those who disagreed with the ecclesiastical authorities or committed the sin of engaging in some kind of research (or simply because they were single women, which is to say, witches), in the Islamic world the arts and sciences were being promoted, and not only those of the Islamic region but of the Chinese, Hindus, Jews and Greeks.  And nor does this mean that butterflies flew and violins played everywhere. Between Baghdad and Córdoba the geographical distance was, at the time, almost astronomical.

But Oriana Fallacia not only denies the diverse and contradictory compositioon of any of the cultures in conflict, but also, in fact, refuses to acknowledge the Eastern counterpart as a culture at all.  “It bothers me even to speak of two cultures,” she writes.  And then she dispatches the matter with an incredible display of historical ignorance: “Placing them on the same level, as if they were parallel realities, of equal weight and equal measure.  Because behind our civilization are Homer, Socrates, Plato, Aristotle and Phidias, among many others.  There is ancient Greece with its Parthenon and its discovery of Democracy.  There is ancient Rome with its grandeur, its laws and its conception of the Law.  With its sculpture, its literature and its architecture.  Its palaces and its amphitheaters, its aqueducts, its bridges and its roads.”

Is it really necessary to remind Fallaci that among all of that and all of us one finds the ancient Islamic Empire, without which everything would have burned—I am talking about the books and the people, not the Colliseum—thanks to centuries of ecclesiastical terrorism, quite European and quite Western?  And with regard to the grandeur of Rome and “its conception of the Law” we will talk another day, because here there is indeed some black and white worth remembering.  Let’s also set aside for the moment Islamic literature and architecture, which have nothing to envy in Fallaci’s Rome, as any half-way educated person knows.

Let’s see, and lastly?  “Lastly—writes Fallaci—there is science.  A science that has discovered many illnesses and cures them.  I am alive today, for the time being, thanks to our science, not Mohammed’s. A science that has changed the face of this planet with electricity, the radio, the telephone, the television… Well then, let us ask now the fatal question: and behind the other culture, what is there?”

The fatal answer:  behind our science one finds the Egyptians, the Caldeans, the Hindus, the Greeks, the Chinese, the Arabs, the Jews and the Africans.  Or does Fallaci believe that everything arose through spontaneous generation in the last fifty years?  She needs to be reminded that Pythagoras took his philosophy from Egypt and Caldea (Iraq)—including his famous mathemetical formula, which we use not only in architecture but also in the proof of Einstein’s Special Theory of Relativity—as did that other wise man and mathematician Thales.  Both of them travelled through the Middle East with their minds more open than Fallaci’s when she made the trip.  The hypothetical-deductive method—the basis for scientific epistemology—originated among Egyptian priests (start with Klimovsky, please), zero and the extraction of square roots, as well as innumerable mathematical and astronomical discoveries, which we teach today in grade school, were born in India and Iraq; the alphabet was invented by the Phoenicians (ancient Lebanese), who were also responsible for the first form of globalization known to the world.

The zero was not an invention of the Arabs, but of the Hindus, but it was the former who brought it to the West.  By contrast, the advanced Roman Empire not only was unfamaliar with zero—without which it would be impossible to imagine modern mathematics and space travel—but in fact possessed an unwieldy systemof counting and calculation that endured until the late Middle Ages. Through to the early Renaissance there were still businessmen who used the Roman system, refusing to exchange it for Arabic numerals, due to racial and religious prejudices, resulting in all kinds of mathematical erros and social disputes.

Meanwhile, perhaps it is better to not even mention that the birth of the Modern Era began with European cultural contact—after long centuries of religious repression—first with Islamic culture and then with Greek culture.  Or did anyone think that the rationalism of the Scholastics was a consequence of the practice of torture in the holy dungeons?  In the early 12th century, the Englishman Adelard of Bath undertook an extensive voyage of study through the south of Europe, Syria and Palestine.  Upon returning from his trip, Adelard introduced into under-developed England a paradigm that even today is upheld by famous scientists like Stephen Hawking: God had created Nature in such a way that it could be studied and explained without His intervention.  (Behold the other pillar of the sciences, rejected historically by the Roman Church.)  Indeed, Adelard reproached the thinkers of his time for having allowed themselves to be enthralled by the prestige of the authorities—beginning with Aristotle, clearly.  Because of them he made use of the slogan “reason against authority,” and insisted he be called “modernus.”  “I have learned from my Arab teachers to take reason as a guide—he wrote—but you only adhere to what authority says.”  A compatriot of Fallaci, Gerardo de Cremona, introduced to Europe the writings of the “Iraqi” astronomer and mathematician Al-Jwarizmi, inventor of algebra, of algorithms, of Arabic and decimal calculus; translated Ptolemy from the Arabic—since even the astronomical theory of an official Greek like Ptolemy could not be found in Christian Europe—as well as dozens of medical treatises, like those of Ibn Sina and Irani al-Razi, author of the first scientific treatise on smallpox and measles, for which today he might have been the object of some kind of persecution.

We could continue listing examples such as these, which the Italian journalist ignores, but that would require an entire book and is not the most important thing at the moment.

What is at stake today is not only protecting the West against the terrorists, home-grown and foreign, but—and perhaps above all—protecting the West from itself. The reproduction of any one of its most monstrous events would be enough to lose everything that has been attained to date with respect to Human Rights.  Beginning with respect for diversity.  And it is highly probable that such a thing could occur in the next ten years, if we do not react in time.

The seed is there and it only requires a little water.  I have heard dozens of times the following expression: “the only good thing that Hitler did was kill all those Jews.”  Nothing more and nothing less.  And I have not heard it from the mouth of any Muslim—perhaps because I live in a country where they practically do not exist—nor even from anyone of Arab descent.  I have heard it from neutral creoles and from people of European descent.  Each time I hear it I need only respond in the following manner in order to silence my interlocutor:  “What is your last name?  Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Then, sir, you are not German, much less a pure Aryan.  Which means that long before Hitler would have finished off the Jews he would have started by killing your grandparents and everyone else with a profile and skin color like yours.”  We run the same risk today: if we set about persecuting Arabs or Muslims we will not only be proving that we have learned nothing, but we will also wind up persecuting those like them: Bedouins, North Africans, Gypsies, Southern Spaniards, Spanish Jews, Latin American Jews, Central Americans, Southern Mexicans, Northern Mormons, Hawaiians, Chinese, Hindus, and so on.

Not long ago another Italian, Umberto Eco, summed up a sage piece of advice thusly: “We are a plural civilization because we permit mosques to be built in our countries, and we cannot renounce them simply because in Kabul they throw Christian propagandists in jail (…)  We believe that our culture is mature because it knows how to tolerate diversity, and members of our culture who don’t tolerate it are barbarians.”

As Freud and Jung used to say, that act which nobody would desire to commit is never the object of a prohibition; and as Boudrillard said, rights are established when they have been lost.  The Islamic terrorists have achieved what they wanted, twice over. The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  So much time imposing its culture on the other regions of the planet, to allow itself now to impose a morality that in its better moments was not even its own.  Virtues like tolerance and self-criticism never  represented its weakness, as some would now have it, but quite the opposite: only because of them was any kind of progress possible, whether ethical or material.  Democracy and Science never developed out of the narcissistic reverence for its own culture but from critical opposition within it.  And in this enterprise were engaged, until recently, not only the “damned intellectuals” but many activist and social resistance groups, like the bourgeoisie in the 18th century, the unions in the 20th century, investigative journalism until a short time ago, now replaced by propaganda in these miserable times of ours.  Even the rapid destruction of privacy is another symptom of that moral colonization.  Only instead of religious control we will be controlled by Military Security.  The Big Brother who hears all and sees all will end up forcing upon us masks similar to those we see in the East, with the sole objective of not being recognized when we walk down the street or when we make love.

The struggle is not—nor should it be—between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation.  Writings like Fallaci’s The Rage and the Pride are not a defense of Western culture but a cunning attack, an insulting broadside against the best of what Western culture has to offer.  Proof of this is that it would be sufficient to swap the word Eastern for Western, and a geographical locale or two, in order to recognize the position of a Taliban fanatic.  Those of us who have neither Rage nor Pride for any particular race or culture are nostalgic for times gone by, which were never especially good or especially bad.
A few years ago I was in the United States and I saw there a beautiful mural in the United Nations building in New York, if I remember correctly,  where men and women from distinct races and religions were visually represented—I think the composition was based on a somewhat arbitrary pyramid, but that is neither here nor there.  Below, with gilded letters, one could read a commandment taught by Confucius in China and repeated for millenia by men and women throughout the East, until it came to constitute a Western principle: “Do unto others as you would have them do unto you.”  In English it sounds musical, and even those who do not know the language sense that it refers to a certain reciprocity between oneself and others.  I do not understand why we should scratch that commandment from our walls—founding principle for any democracy and for the rule of law, founding principle for the best dreams of the West—simply because others have suddenly forgotten it.  Or they have exchanged it for an ancient biblical principle that Christ took it upon himself to abolish: “an eye for an eye and a tooth for a tooth.”  Which at present translates as an inversion of the Confucian maxim, something like: do unto others everything that they have done to you—the well-known, endless story.

First translated in 2007 by Bruce Campbell, Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, Minnesota

Ecología y religión

Hace más de mil años los cristianos más fanáticos vienen predicando que el mundo se está por terminar por los pecados del hombre, pero son los primeros en negar que el mundo se está terminando por la irresponsabilidad humana. No creen en la suba del dioxido de carbono y el nivel del mar, en la baja del oxígeno en la atmósfera, en la contaminación de los ríos y los océanos, en le odio nacionalista, en una revuelta de los de abajo ni en una posible catástrofe nuclear. 

Para estos santos hombres y mujeres santas, incapaces del pecado de la estupidez o de cualquier otro pecado, al mundo (por alguna misteriosa razón que ningun ser humano con medio corazón podría comprender) lo va a destruir Dios, no los humanos.

Por una aún más misteriosa razón, no creen o no quieren creer que Dios los ha elegido a ellos para realizar tan alto propósito.

 

JM, 4 de setiembre 2019

Humildad epistemológica

A modo de ficción

gato-negro

Como todo nuevo profesor que debe acumular méritos académicos para ser aprobado por los comités de evaluación cada año, el nuevo profesor de matemáticas se ofreció a participar, entre otros, en el panel sobre El lugar de la verdad en tiempos de Fake News.

Su presentación iba razonablemente bien hasta que se le ocurrió cerrarla mostrando una diapositiva con una célebre vulgaridad, aplaudida por los rincones más ignotos el ciberespacio:

La filosofía. Es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro.

La metafísica. Es como estar en cuarto oscuro buscando un gato negro que no está allí.

La teología. Es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está allí, y además, gritar “¡lo encontré!” para convencer a todos.

La ciencia. Es prender la luz y ver si en verdad hay algo en el cuarto.

El meme despertó la risita de algunos en la audiencia.

Benjamin Al-Zahrawi, el profesor de física que aún no había tenido tiempo de conversar con los nuevos profesores en alguno de esos aburridos banquetes de inicio de semestre, levantó la mano y luego levantó su cuerpo cansado. Una estudiante corrió para alcanzarle el micrófono.

—Gracias Dr. Salami por su presentación —dijo—. También, muy ingeniosa la metáfora del cuarto oscuro. Está de más decir que esas leyes no tienen nada de científicas. Son pura filosofía y no en el mejor sentido de la palabra. Por eso quería agregar un quinto punto sobre nuestro gremio.

—Adelante, doctor —dijo el Dr. Salami.

—“Científicos…” —dijo el profesor Al-Zahrawi, poco antes de corregirse—… “Mejor dicho Pseudo científicos. Son aquellos que encienden la luz en un cuarto oscuro y creen que han iluminado el Universo”.

 

JM, agosto 2019.