Veteranos de guerra, engranajes del fanatismo global (nota al margen)

Incluso hoy es un secreto a voces: miles de soldados de regreso de esas guerras de mierda se suicidan por año en EE.UU. Fui “consejero” de algunos estudiantes, ex combatientes de la guerra de Irak en la Universidad de Jacksonville, todos con serios problemas psicológicos. Ver https://majfud.org/…/la-primera-muerte-del-soldado…/ Muchos aplausos a los héroes y mucho más silencio a la basura que votan los hipócritas criminales mientras miran el baseball tomando cerveza.

Uno de ellos, sufriendo de PTSD me dijo que su equpo de psicologos le había dicho que para curarse debía convencerse de que “él no era una víctima”.

Le dije que no estaba de acuerdo. Que para mí, él, cientos de miles de soldados y algunos millones de nativos de paises lejanos y desconocidos eran la perfecta definición de lo que es una víctima de la barbarie global. Que si no se entendía algo tan básico muchos más, incluyendo a sus hijos, iban a sufrir la misma tragedia que tenía que sufrir él en ese momento.

No sé si no le gustó mi curso o si el equipo de expertos psicólogos le recomendó abandonarlo. Tiempo después supe que el muchacho continuaba en su mala costumbre de pelearse en los pubs de Jacksonville por cualqueir cosa. Exactamente como el personaje de El mar estaba sereno.

“Mohammed Ali convence a un suicida, veterano de la Guerra de Vietnam, para bajarse del balcón”.

Intereses personales (nota al margen)

Una vez tuvimos una discusión en clase y una estudiante, con convicción, me preguntó por qué criticaba tanto la situación social si yo no estaba tan mal.

“Cierto”, me ayudó a pensar en voz alta, “cuando miro a mi alrededor veo que yo no estoy tan mal, pero si esa fuese una razón para no ver y reconocer el dolor ajeno, sería un perfecto hijo de puta”.

Todavía estoy de acuerdo con eso de no acomodar las ideas a los intereses personales.

jm.

https://www.barnesandnoble.com/w/la-frontera-salvaje-jorge-majfud/1139378646?ean=9781737171003

The Autumn of the West

on the economic, political, and cultural realities of the first two decades of the century 21st with “an outsider’s view from the center”: the culture of masks of the United States’ cultural industries and national unconscious, the hyper-fragmentation of the contemporary individual, the construction of reality through social narratives, the narrative dictated by the major social powers of money and the social castes who have taken us steadily toward a new form of feudalism, one no longer based on ownership of the land but of finance capital. In all of the essays that comprise this book, one can see the urgency of responding to the historical moment, to the specific events that have occurred over the past two decades, but with an unflinching effort to contextualize events within their greater historical framework. Because, as the author asserts, forgetting is one of the principal weapons of moral, social, and, ultimately, military violence.

https://www.barnesandnoble.com/w/the-autumn-of-the-west-jorge-majfud/1131077183?ean=9781733208116

las robots nos han descubierto (nota al margen)

mientras esribía Silicona 5.0, solía recibir en mi buzón publicidad en papel sobre hospitales y tratamientos de corazón y todo tipo de cosas relacionadas con los personajes. ahora que he invertido algunos años en otros libros, de repente, los robots de Internet no paran de enviarme invitaciones para adoptar una robot con Inteligencia artificial. Se parece mucho a las Silvanna de Silicona 5.0, aunque ésta no se puede tocar y seguramente no asesine a nadie–al menos no de forma literal.



https://letralia.com/recomendamos/2021/02/14/silicona-5-0-de-jorge-majfud/

https://www.olinyoli.com/libros/editorial-baile-del-sol/novela/silicona-50.html

https://www.latiendadebailedelsol.org/home/575-majfud-jorge-silicona-50.html

La imbecilidad de las razas que no entienden la libertad

El 5 de junio de 1845, el New York Herald repite un lugar común: los mexicanos son una raza resultado de todo tipo de mezclas, lo que ha producido “una imbecilidad intelectual característica de su raza… por lo cual son incapaces de gobernarse a sí mismos”. En cambio, “la raza anglosajona siempre ha aborrecido la sola idea de mezclarse con otras razas… Por donde los anglosajones han avanzado, han desplazado a las razas inferiores, desplazando la barbarie por la civilización”. Cualquier tratado de paz con México “deberá garantizar la protección de la inmigración desde Estados Unidos para desplazar poco a poco a la raza imbécil que habita ese país por la enérgica raza anglosajona”.

En el Congreso de Washington se multiplican las afirmaciones sobre la imbecilidad de las razas no anglosajonas y la incapacidad de los mexicanos, como los indios y los negros, para entender el concepto de libertad. A partir de Andrew Jackson, los políticos y los presidentes del país son sureños en un número crítico. No son más racistas pero son más religiosos y menos educados en la cultura de la Ilustración y el humanismo que la generación fundadora.

El secretario de Estado del presidente van Buren, John Calhoun, publica una carta abierta en los diarios asegurando que la anexión de Texas es crucial para la seguridad y la expansión de la “peculiar institución”. La mayoría de los esclavistas demócratas se refieren con ese nombre a la esclavitud, base de casi toda la economía y de toda la prosperidad de los eficientes anglosajones. La esclavitud, ilegalizada décadas atrás en el país bárbaro del sur (dice Calhoun, y todos los terratenientes están de acuerdo) es “un ideal social”.

En el sur esclavista, la sinceridad aflora por la espalda. Frente a las razas inferiores, ante desagradables sujetos que piensan diferetne, son más amables que en el norte; sonríen con más facilidad (dirán en el siglo XXI en Nueva York y en Pensilvania) y, entrenados en la cultura del Amo, saben cómo evitar el conflicto cuando no es necesario y saben cuándo provocarlo cuando la fruta está madura.

El célebre periodista John O’Sullivan inventa aquello del Destino manifiesto, voluntad de Dios quien, según esta visión, odia a la mayoría de su creación humana porque le salió demasiado oscura de piel: “el Destino manifiesto carga el gran experimento de la libertad y debe extenderse por toda la tierra que la Providencia nos ha entregado”.

Treinta años más tarde, en 1865, perderán la Guerra civil contra los unionistas de Lincoln, pero, sin que nadie lo advierta, ganarán la guerra ideológica. Por las generaciones por venir, el capitalismo estadounidense expandirá el espíritu de los confederados por el cual los de abajo, los trabajadores y las razas oscuras son inferiores y deben ser sometidos por las Winchester, por los bombarderos o por los drones inteligentes para expandir la esclavitud en nombre de la libertad.

Como en tiempos de Austin, Houston, Polk, Calhoun, O’Sullivan y tantos otros, quienes se atrevan a pensar diferente (es decir, a pensar) serán acusados de peligrosos enemigos de Dios, la Patria, la Civilización y la Libertad.

En tiempos de Buckley, Reagan, Bush, Limbaugh y Trump, también.

jm, junio 2021

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Edición e tapas duras:

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La imbecilidad de las razas que no entienden la libertad

L’imbécillité des races qui ne comprennent pas la liberté

Traduit par Fausto Giudice

Le 5 juin 1845, le New York Herald répète un lieu commun : les Mexicains sont une race issue de toutes sortes de mélanges, ce qui a produit  « une imbécillité intellectuelle caractéristique de leur race… de sorte qu’ils sont incapables de se gouverner eux-mêmes ». En revanche, « la race anglo-saxonne a toujours eu en horreur l’idée même de se mélanger avec d’autres races… Partout où les Anglo-Saxons ont progressé, ils ont déplacé les races inférieures, remplaçant la barbarie par la civilisation ». Tout traité de paix avec le Mexique « doit garantir la protection de l’immigration en provenance des États-Unis afin de déplacer peu à peu la race imbécile qui habite ce pays par l’énergique race anglo-saxonne ».

Au Congrès de Washington, les déclarations sur l’imbécilité des races non anglo-saxonnes et l’incapacité des Mexicains, comme des Indiens et des Noirs, à comprendre le concept de liberté se multiplient. Depuis Andrew Jackson, les hommes politiques et les présidents du pays sont des Sudistes en nombre critique. Ils ne sont pas plus racistes mais ils sont plus religieux et moins éduqués à la culture des Lumières et à l’humanisme que la génération fondatrice.

Le secrétaire d’État du président van Buren, John Calhoun, publie une lettre ouverte dans les journaux, affirmant que l’annexion du Texas est cruciale pour la sécurité et l’expansion de l’ « institution particulière ». La plupart des esclavagistes démocrates désignent par ce nom l’esclavage, base de l’essentiel de l’économie et de toute la prospérité des efficaces Anglo-saxons. L’esclavage, proscrit depuis des décennies dans le pays barbare du Sud [le Mexique] (dit Calhoun, et tous les propriétaires terriens sont d’accord) est « un idéal social ».

Dans le Sud esclavagiste, la sincérité fait surface par derrière. Face aux races inférieures, face aux sujets désagréables qui pensent différemment, ils sont plus gentils que dans le Nord ; ils sourient plus volontiers (dira-t-on dans le New York et la Pennsylvanie du XXIe  siècle) et, formés à la culture du Maître, ils savent éviter le conflit quand il n’est pas nécessaire et savent le provoquer quand le fruit est mûr.

Le célèbre journaliste John O’Sullivan invente le truc de la Destinée Manifeste, la volonté de Dieu qui, selon cette vision, déteste la plupart de sa création humaine parce qu’ils ont la peau trop foncée : « La Destinée Manifeste porte la grande expérience de la liberté et doit se répandre sur toute la terre que la Providence nous a donnée ».

Trente ans plus tard, en 1865, ils perdront la guerre civile face aux unionistes de Lincoln, mais, à l’insu de tous, ils gagneront la guerre idéologique. Pour les générations à venir, le capitalisme usaméricain développera l’éthique confédérée selon laquelle ceux qui sont en bas de l’échelle, les travailleurs et les races sombres sont inférieurs et doivent être soumis par des Winchester, des bombardiers ou des drones intelligents pour étendre l’esclavage au nom de la liberté.

Comme à l’époque d’Austin, de Houston, de Polk, de Calhoun, d’ O’Sullivan et de tant d’autres, ceux qui osent penser différemment (c’est-à-dire réfléchir) seront accusés d’être de dangereux ennemis de Dieu, du pays, de la civilisation et de la liberté.

À l’époque de Buckley*, Reagan, Bush, Limbaugh** et Trump, aussi.

NdT

* William Frank Buckley Jr. (1925 –2008) : grand intellectuel médiatique ultra-conservateur.

**Rush Limbaugh (1951-2021) : animateur de talk-shows, réactionnaire et très populaire

‘The Wild Frontier’ By Jorge Majfud Shares Tales From The Remarkable Past

Written by the prolific author Jorge Majfud with lucidity and courage, the book ‘The Wild Frontier’ explores in detail the various unsubtle ways in which for over two hundred years the United States has wanted to influence the destiny of Latin America. The book takes the readers through a journey that comprises of the most important events of the past two hundred years during which there was an expansion of the thirteen colonies over the indigenous nations, including the territory that is now called Latin America. It also reveals the logic behind the endless wars, its expansion, and its systematic interventions both direct and secret amongst the various people in the South. The military practices that were based on the economic interest of those above on religious extremism and racism inculcated amongst those who are below, marked the beginning and also the extension of Washington’s imperialism over the rest of the world. The book widely upholds the mysteries that remain engraved in the deep past, explains its present, and intricately predicts the future of the world’s greatest economic and military power.

Glenda Bozeman

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1921. Ensayo de bombardeo contra una raza inferior

Tulsa, Oklahoma. 30 de mayo de 1921—A las 4: 05 de la tarde, Dick Rowland, un lustrabotas huérfano de 19 años, se dirige al baño para negros ubicado en el edificio Drexel, en el 319 de la calle Main Street. El baño queda en el último piso, por lo cual el joven debe usar las escaleras o el ascensor. Esta vez se decide por el camino más rápido, el ascensor, donde trabaja una joven blanca de nombre Sarah Page. Según su propia versión, Dick (que en inglés suele usarse como nombre popular de pene), al entrar en el ascensor se tropieza y, en el reflejo de agarrarse de algo, se agarra del brazo de la operadora. Un empleado que lo ve a través de las decoradas rejas entiende que se trata de una violación y corre hasta el teléfono para reportarlo a la policía. El tema favorito de la imaginación pornográfica (la bestia inferior provocando placer a la bella superior; la inversión de roles entre los de abajo y los de arriba, como forma de catarsis del poder temeroso de sus propias fantasías) antecede a la industria pornográfica en varias décadas, probablemente en siglos.

Al día siguiente, el Tulsa Tribune titula: “Arrestan al negro que asaltó a una joven en un ascensor”. El diario agrega que el atacante le sacó el vestido a la joven Page y, más abajo, se hace eco del clamor popular: “A linchar el negro esta noche”. Los diarios no informan de la permanente actividad del Ku Klux Klan que no tolera la inexplicable prosperidad de los negros de Tulsa. Este mismo año, en Birminham, Alabama, el recientemente electo presidente Warren Harding dice que los negros deben obtener “una ciudadanía completa”. La policía y la prensa se indignan y el senador por Mississippi Byron Pat Harrison protesta que “si aceptamos la teoría del presidente… tendríamos que aceptar la posibilidad de que un día este país pueda tener un presidente negro”.

Por alguna razón que sólo Dios sabe, la joven Sarah se niega a denunciar al atacante, pero de todas formas Dick es acusado de violación. Enseguida, hordas de indignados blancos atacan y vandalizan el elegante barrio negro de Tulsa. Al día siguiente, el 31 de mayo de 1921, aviones privados bombardean el área para calmar las protestas de negros generadas por el ataque de turbas de otros vecindarios. Cientos de edificios del distrito son destruidos por el fuego de los indignados blancos y más de nueve mil residentes pierden sus casas. Casi cien hombres, mujeres y niños, la mayoría negros, mueren en la masacre. Seis mil del mismo color terminan en prisión.

Dos años atrás, el bueno de Winston Churchill, ante las críticas por los bombardeos ingleses con gas letal en Afganistán, Palestina y contra los curdos en Medio Oriente, había respondido: “no entiendo tantas críticas de los humanistas por el bombardeo con gas venenoso; yo estoy de acuerdo con el uso de este gas contra los pueblos incivilizados; de esa forma se preservan los edificios y la infraestructura de esos países”.[1]

El 11 de junio, la joven Sarah Page insiste, esta vez en el popular diario Appeal to Reason: “cuando me agarró del brazo, yo grité y él se fue enseguida”.[2] Pero nada más vano que intentar sacar a un creyente de su convicción. Si la realidad no se adapta a los deseos, peor para ella. En las décadas por venir, los planes de desarrollo de infraestructura en Estados Unidos cruzarán el país y las grandes ciudades con decenas de nuevas y monumentales autopistas. Muchas de ellas, por gracia de la casualidad, realizarán desvíos técnicos, separando los barrios y las comunidades negras de las blancas y sirviendo para el desarrollo de los centros con mayoría de población blanca. Tulsa no será la excepción y, de esta forma, luego de ser arrasada por el fuego y el odio, quedará mortalmente segregada y desconectada por la nueva autopista norte.

Efectivamente borrada de la memoria popular y de los libros de las escuelas, la masacre de Tulsa en Oklahoma es el primer bombardeo aéreo registrado en suelo estadounidense, aunque todavía no se trata del primer bombardeo militar a una población civil, estudiado y organizado con múltiples innovaciones científicas, como ocurrirá seis años más tarde en Ocotal, Nicaragua, para revertir la victoria de un rebelde llamado Augusto Sandino, quien había arrinconado a los marines en un edificio del pueblo. Este es un bombardeo privado. El de Nicaragua será un experimento del gobierno. Hay algunas diferencias.

Pero se parecen mucho.


[1] Ante la toma Palestina por el nuevo Estado de Israel, el mismo Churchill declarará: “No puedo disculparme por esta toma de territorio de la misma forma que nadie puede quejarse que los hombres blancos hayan tomado las tierras de los indios piel roja en América; es algo natural que las razas superiores dominen a las razas inferiores”.

[2] El Appeal to Reason es un influyente diario del Partido Socialista de Estados Unidos con más de medio millón de suscriptores. Luego de varias décadas de profusa actividad, será cerrado abruptamente en 1922.

JM. De La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina . 

https://majfud.org/2021/05/25/indice-de-la-frontera-salvaje-200-anos-de-fanatismo-anglosajon-en-america-latina/

Edición económica: 

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Fundación del partido xenófobo No sé nada

Kensington, Pensilvania. El 6 de mayo de 1844—Como represalia por las manifestaciones en su contra en el distrito irlandés de Kensington, Lewis Levin organiza una protesta de tres mil seguidores que matan a decenas de irlandeses y queman decenas de casas, además de las iglesias católicas de San Miguel y San Agustín. Ninguno de estos crímenes será juzgado y Levin será elegido Representante por Pensilvania, cargo del que tomará posesión el 4 de marzo de 1845, desde donde continuará su lucha contra los inmigrantes (inmigrantes indeseados), responsable de la decadencia de América.

La Navidad, la fiesta romana en honor a la diosa del Sol, resistida mil años por cristianos de todo tipo, había desembarcado en la tierra prometida y ahora se ha convertido en el símbolo del cristianismo. Los protestantes en Estados Unidos se hacen a la idea, pero aún se niegan a aceptar esa horrorosa costumbre de emborracharse y regalar cosas en honor a Jesús. Este año, para San Valentín, la costumbre de comprar y vender en ocasiones religiosas también ha alcanzado proporciones ingobernables.

Por décadas, la mayor controversia en Estados Unidos no fue el asunto de la esclavitud sino de la invasión de los inmigrantes europeos no protestantes y de un blanco más bien extraño y sospechoso. Los inmigrantes y los hijos de inmigrantes ingleses y alemanes no quieren irlandeses. Son católicos y representan una variación impura de la raza blanca. En Europa, Inglaterra ha despojado a los irlandeses más pobres de sus tierras y de la protección política de su iglesia, lo que ha provocado un millón de muertos por hambre y otro millón ha debido emigrar a América por la vía más corta del Atlántico. En América no son ni serán bienvenidos por al menos un siglo. Algunos son asesinados trabajando en las vías del ferrocarril para evitar la expansión de cólera y otras enfermedades contagiosas. Otros no pueden entrar a los restaurantes que, con letreros en sus puertas y ventanas aclaran: “No se aceptan ni perros ni irlandeses”. No con poca frecuencia se les advierte que no se presenten a llamados de empleo. En diferentes trabajos que requieren fuerza bruta y esclavos asalariados, se los elimina. Los irlandeses que conspiren por la independencia de Irlanda serán considerados terroristas, como lo fueron los indios antes, como lo serán los obreros alemanes a finales del siglo XIX y los italianos unas generaciones después. Durante el siglo XX, cuando el miedo, el odio y la paranoia racial se traslade otra vez a los negros y a los mestizos de la Frontera sur, los irlandeses se asimilarán a la etnia dominante, convirtiéndose en blancos y hasta tendrán un presidente que, por otras razones, resultará asesinado con un disparo en la cabeza.

El abogado Lewis Charles Levin, quien en pocos meses más se convertirá en el primer congresista judío de la historia de su país, en el verano de 1843 había fundado el Partido Republicano Americano (luego conocido con el nombre de Partido Nativista Americano y, sobre todo, reconocido como Partido No Sé Nada por sus propios miembros). Como los futuros partidos nativistas que se refundarán una y otra vez hasta el siglo XXI, el Partido No Sé Nada es abiertamente xenófobo, antiinmigrante, anticatólico y está en contra de las tabernas y el alcohol. Levin, el abstemio hijo de inmigrantes que en 1833 se había casado con Ann Christian Hays, familiar del presidente James Polk, tendrá una larga carrera política y morirá en un asilo para enfermos mentales. Entre sus contribuciones que lo sobrevivirán por mucho tiempo, se cuenta el haber logrado poner final a la convivencia civilizada entre católicos y protestantes en Pensilvania, el haber identificado a cierto grupo de inmigrantes europeos como nativos del continente americano, y demostrar que la retórica xenófoba es una poderosa arma política para unir una sociedad dividida por el fanatismo de sus colores y de sus clases sociales.

JM, 2020/2021

Consumerism, another inheritance from the slavery system

 by Jorge Majfud

HowTheLightGetsIn Conference, Institute of Art and Ideas, London, September 2021

Translated by Andy Barton, Tlaxcala

 I
Strategy and dogma

To declare the abolition of traditional slavery for their possessions in the Caribbean, the British envisioned a new type of enslavement that the new slaves would themselves desire. On 10th June 1833, Rigby Watson, a member of parliament, clearly summarised this idea: “To make them labour, and give them a taste for luxuries and comforts, they must be gradually taught to desire those objects which could be attained by human labour. There was a regular progress from the possession of necessaries to the desire of luxuries; and what once were luxuries, gradually came, among all classes and conditions of men, to be necessaries. This was the sort of progress the Negroes had to go through, and this was the sort of education to which they ought to be subject in their period of probation”.

In 1885, Henry Dawes, a U.S. senator from Massachusetts recognised as an expert in indigenous matters, gave a report on his most recent visit to the Cherokee territories that still remained. According to this report, “there was not a family in that whole nation that had not a home of its own. There was not a pauper in that nation, and the nation did not own a dollar. It built its own capitol, and it built its schools and its hospitals. Yet the defect of the system was apparent. They have got as far as they can go because they own their land in common … There is no selfishness, which is at the bottom of civilisation. Til this people will consent to give up their lands, and divide them among their citizens so that each can own the land he cultivates, they will not make much more progress…”. Naturally,the opinions of people like Dawes would prevail, in other words, those who manage others’ success, and the Cherokee territories would be divided up and generously offered back to their inhabitants as private property. The Mexican dictator Porfirio Díaz would impose the same exact privatisation programme on the communal production system as a way to emulate the success of the United States, achieving the feat of leaving 80% of the rural population without any land of their own, something which would culminate in the Mexican Revolution many years later.

In 1929, Samuel Crowther, the journalist and prized asset of the United Fruit Company (and Henry Ford’s friend), reported that in Central America “people only work when they are forced to. They are not used to it because the land gives them what little they need… However, the desire for material things is something that must be cultivated… Our advertising is slowly having the same effect as in the United States —and it is reaching the mozos. For when a periodical is discarded, it is grabbed up, and its advertising pages turn up as wallpaper in the thatched huts. I have seen the insides of huts completely covered with American magazine pages and with the timetables and folders issued by our railroads… All of this is having its effect in awakening desires”. Samuel Crowther viewed the Caribbean as the lake of the U.S. empire, which protected and guided the destiny of its constituent countries towards glory and universal development.

The political defeat of the pro-slavery Confederacy around this time was avenged by various cultural and ideological victories. All passed by unnoticed. In record timing, hundreds of monuments to the defeated ‘heroes’ were erected, films were made idealising the proponents of slavery and the theories about a superior race in danger of extinction flooded the desks of politicians and army generals.

One of these secret victories consisted in idealising the masters and demonising the slaves. In modern terms: the owners and the salaried workers. For that reason, in the many generations that were to follow, the United States would celebrate “Memorial Day” (in memory of the casualties of war) and “Veterans Day” (in honour of the former soldiers in these imperialist wars), all in the name of defence and of freedom, a carbon copy of the rhetoric of the Southern slaveowners who forayed into indigenous, Mexican and overseas territories and created the new American empire.

“Memorial Day” is an abstract title; “Veterans Day” is overtly literal. For the workers, there would be no “Worker’s Day”. Even less likely was 1st May, the day on which the whole world would remember the massacre of those workers in Chicago, who demanded their right to an eight-hour workday just like the rest of the country. To forget this inconvenient detail, President Grover Cleveland would formalise “Labor Day” in September, nearly the polar opposite of May, as if there were work without workers. This would mean yet another hidden victory for the slaveowners defeated in the American Civil War. Not only are Black Americans, the poor, those below, and those that work all idle, inferior, and in the words of future American President Theodore Roosevelt, “perfectly stupid”; they are also the perfect threat. Especially on account of their numbers. Especially for their habit of proposing unions.

The masters (white Americans), those above, those sacrificed at the champagne altar, they are the ones who create employment with their investments. They are the ones who, every so often, must be protected by who they protect: churches and soldiers (in the U.S., with the cult of the veteran who “protects our liberty”, and in South America, with the soldiers who fix democracies’ mistakes with bloody dictatorships). In the eyes of the old slave-owning tradition, the masters of what was gone with the wind yet always returns, those who are really responsible for progress, stability, peace and civilisation are the plantation owners and the industry businessmen. In short, all those who control and immediately benefit from the hegemonic system. They are the chosen elite of the people, and they represent everything that the dirty and illiterate slaves (and then the salaried white workers from the poorer parts of Europe) want to destroy.

The origins of consumerism as an alternative expression of slavery were rapidly hidden by apparent defeats, such as in the American Civil War. After the trauma of the Nazis in the admired Germany of Adolf Hitler, the colonial powers of the North West (the rear-guard and the guarantors of such transnationals as the United Fruit Company, Standard Oil, Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell, Nestlé, ITT, Ford, Pepsi, etc.) abandoned the old rhetoric justifying their invasions and interventions for the racial inferiority of the different Black and mestizo countries. While the colonial powers were distracted by war, a handful of South American countries, from Argentina to Guatemala, restored their democracies.

That was, until the new ‘help’ from Washington would end up imposing a new wave of dictatorships and the carrot of consumerism would impose itself upon every other dimension of human life as an act of faith, an incontrovertible dogma.

II

Micro-politics and demobilisation

During the Cold War, the victorious North Western powers deleted the word “blacks” from their discourse and substituted it for “communists”. The advantage of this linguistic manoeuvre was that it could be applied to anyone, at will, without the colour of their skin being an issue. It simultaneously avoided an inconvenient use of language, and thus the empires, which no longer wished known as such, could continue to do exactly as they had been for the last few centuries. Thanks to the militarisation of South American countries under Washington’s command, in under two decades, the region stifled its democratic revolutions, and a rabble of dictatorships were reinstalled in those countries to guarantee “order amid the chaos” (a linguistic artefact inherited from the time when the indigenous and Black populations were the problem), now as part of the doctrine of national security and in defence of freedom and democracy.

The new excuse of a fight against communism, irrelevant in the region, was paired with another substitute for the old racism: the underdeveloped nations had “diseased cultures” and “twisted roots”. Anyone who decided to stand up for the colonised cultures, such as my friend Eduardo Galeano, was branded the “perfect Latin American idiot” and was made responsible for the underdevelopment of those countries. Even the repeated argument from the old-school expansionist days of the United States, the continued self-victimisation of “they attacked us first; we were forced to defend ourselves” was hurled over the colonised like yet another bombing campaign, as if the colonised had a mental illness: the underdeveloped, the poor, they are like this because they victimise themselves. Not so much as a word on the imperialism, the multiple military and economic interventions, the embargos and the exploitation, however.

In the United States, the Hispanic community was not even allowed their own “Malcom X”. Anyone who came from a distance, anyone who thought differently and dared publish it was demonised as a ‘communist’ or ‘anti-American’. The ‘coloured hybrids’ were indoctrinated by discourses about success, freedom and democracy, without it mattering that the large majority of them never experienced either; instead, they received a handful of dogmatic and propagandistic ideologies brimming with hatred towards their brothers and sisters that stayed in the banana republics, with more hatred for the poor from the South, “the illegal aliens who want to invade this great nation”.

It was not always this way. A century ago, the United States was home to organisations such as the American Anti-Imperialist League, which protested against the invasions of Cuba and the Philippines, even adopting a stance in favour of Augusto Sandino in Nicaragua. Among the ranks of the anti-imperialists were writers such as Mark Twain, feminists like Jane Addams, and even a millionaire like Andrew Carnegie. More recently, the Vietnam War provoked diverse protests and mobilisations that did have a certain degree of impact, but they were quickly neutralised by the reactionary neoconservatives under the force of millions of dollars and a powerful network rooted in big corporations, various churches and the government.

Presently, these movements have all but ceased to exist, despite the fact that the mobilisations demanding greater racial justice have increased. One factor has been the demobilisation of the international consciousness. As the boxer Mohammed Ali summarised in his time: “why should they ask me to put on a uniform and go ten thousand miles from home and drop bombs and bullets on other innocent brown people in Vietnam while so-called Negro people in Louisville are treated like dogs and denied simple human rights?’’ On the contrary, there are rappers who now sell a convenient rebellion, rebellions of cocaine and toxic obscenities, who do nothing but boast in their songs about how they have millions of dollars and how the losers have nothing. It almost has the whiff of another multi-million-dollar campaign by U.S. intelligence services in the oeuvre of those we already know so much about. Now, the anti-racist campaigns in the United States do not organise marches or protests against the international racism of the global powers that interfere at will in weaker nations, as if everything had been resolved. This divorce is strategic, just like the fragmentation of society and of thought, distracted in the problems of micro-politics.

This is not new. Shortly before the American Revolution, the governors were clear in their minds, and they wrote it in their letters: to avoid the dangerous continued coexistence and shared workplaces of the poor Black, indigenous and white people, hatred was bred between the different the races. This way, the poor whites could see the skin colour of their neighbours more clearly than they could the oppressive social conditions to which both were subjected. The rebellions of the oppressed were dissipated, substituting them for racial hatred promoted by those above.

The other strategy, curiously planned out in this case, consisted in hijacking legitimate demands: in the 19th century, Rebecca Latimer Felton, a feminist, educator and senator for 24 hours in 1922, advocated the lynching en masse of Black Americans so that they would not tempt the country’s fair white maidens. In the 20th century, Edward Bernays, the publicist and manipulator of public opinion, hijacked the feminist movement to sell cigarettes with his “torches of freedom”. More recently, Washington advocated for and financed previously dangerous indigenous movements, this time in opposition to ‘disobedient’ governments, such as those in Ecuador and Bolivia. In the rest of the continent, the CIA hijacked rebel movements, financing ‘free unions’, collectives of dissident students, centre-left books and media outlets, and university courses to “produce responsible leaders”.

The same strategy of divide-and-hijack continues to take place today in rebel groups. To resolve the historical racial conflict, global inequality, which was historically sustained by racism, but always served the interests of the lightest skin colours, is discarded without a second thought. One aspect of the rhetoric of white supremacy was substituted for nationalist hate. Micropolitics’ causes (the right to use this or another bathroom, support for a Black mathematician discriminated against in NASA, homosexuals’ right to be in the army) are usually legitimate and necessary, but they have lost all global consciousness and any semblance of a general framework that incorporates their legitimate demands.

Consumerism is another fragmentation and restricting of thoughts, emotions and desires within a narrow framework. Not only does it prevent thinking about the suffering of other nations; it also prevents any kind of individual change within those nations that supposedly benefit from this poison, as it is primarily an addiction that numbs the senses. Similarly, international racism and classism are reproduced in forgotten catastrophes, such as the oil spills in poor countries in Africa or in South America. They are reproduced in the public opinion’s amnesia about the destruction of the environment due to climate change, caused by the global powers and suffered, above all, by poorer countries. They are reproduced in the hatred for those displaced by wars, by cosying up to dictatorships and by an economy that discards human beings when they are no longer profitable. They are reproduced in the perennially convenient hatred among those below, who do not reach the glorious consumption promised by the dogma and the advertising.

JM, May 2021

https://tlaxcala-int.blogspot.com/2021/05/consumerism-another-inheritance-from.html

Índice de La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina

La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina

La frontera salvaje es un libro escrito con coraje y deslumbrante lucidez”.

Víctor Hugo Morales

“A cincuenta años de la publicación de Para leer al Pato Donald, me alegra leer un libro como La frontera salvaje que explora detalladamente las formas menos sutiles en que Estados Unidos, durante doscientos años, ha buscado influir y torcer el destino de nuestra América Latina”.

Ariel Dorfman

Índice

Justificación. 15

Introducción. 17

Por tierra

1820-1880

1822. El sueño americano. 45

1823. Carta de Alabama, Señor 48

1824. Con sus negros y otras propiedades. 49

1825. Los esclavistas se preocupan por la libertad de conciencia. 50

1826. Todos los hombres nacen iguales. 52

1826. ¿Dónde está el derecho, la ley y el orden?. 53

1826. La libertad de unos para esclavizar a otros. 55

1827. La esclavitud, una razón humanitaria. 56

1830. Pobres doncellas, blancas e indefensas. 57

1835. Nos atacaron primero. 58

1836. Al fin, libres del yugo mexicano. 60

1837. En realidad, fuimos atacados primero. 62

1837. Si no estás de acuerdo, vete a otro país. 65

1844. La esclavitud es la base de la paz y el progreso. 67

1844. Fundación del partido xenófobo No sé nada. 70

1844. Cambia el lenguaje y cambiarás el mundo. 71

1845. Conflicto de hombres, la misma historia. 74

1845. Que nuestra diplomacia fracase de la mejor forma posible. 75

1845. Siempre habrá patriotas dispuestos a repeler a los invadidos. 77

1845. Destino manifiesto. 79

1845. No es por avaricia sino por la felicidad de otras naciones. 80

1846. Por fin fuimos atacados. 83

1846. Dios nos ha dado esta tierra. 85

1846. La guerra política y la guerra cultural 88

1846. Los que llegan son criminales, son violadores. 92

1847. Nuestro país siempre tiene razón. 94

1847. El sueño de un revólver super potente. 96

1847. Pobres mexicanos, no quieren saber nada de la guerra. 97

1847. Como contra los indios, esta también es una guerra justa. 99

1848. Washington, descubrimos oro en California. 100

1848. ¿Por qué no tomar todo México?. 104

1848. El nuestro es el gobierno de la raza blanca y libre. 106

1852. El principio de la nueva política internacional 112

1853. Mil Murietas, un solo Zorro. 114

1854. Dios depositó nuestros recursos naturales en otros países. 117

1854. Fuimos ofendidos por un pescador 119

1855. William Walker se nombra presidente de Nicaragua. 121

1858. Quiero expandir la bendición de la esclavitud al mundo. 124

1861. Las excepciones justifican la regla. 125

1862. Cinco de mayo. 127

1862. La primera frontera continúa molestando. 129

1876. La invasión pacífica. 131

1877. El gobierno de las corporaciones y para las corporaciones. 135

1886. Los trabajadores son peligrosos para la libertad. 136

Por mar

1880-1950

1883. Quien domine los mares dominará el mundo. 139

1890. Una masacre con mucha consideración y justicia. 141

1891. Curso acelerado de racismo. 145

1893. La democracia, instrumento de dominio de la raza blanca. 148

1895. La prensa carroña es bautizada Amarilla. 151

1898. Nos atacan otra vez. Nunca olvidaremos al Maine. 153

1898. Los liberados no participan en los tratados de liberación. 158

1898. Los incapaces de gobierno no se dejan gobernar 162

1898. Militarismo y darwinismo de Dios. 164

1899. La pesada carga del Hombre blanco. 165

1899. Fuimos atacados, esta vez por negros pacíficos. 167

1899. Quema esas cartas. 169

1899. Las razas inferiores mueren más fácilmente. 170

1900. Dios nos ha elegido para regenerar el mundo. 171

1900. No más negros, please. 173

1900. Incapaces de entender la libertad anglosajona. 177

1901. El imperialismo es cosa de machos. 180

1901. La constitución no sigue a la bandera. 181

1902. La frontera con México desaparece. 184

1902. No, hasta que la raza mejore. 184

1903. Aunque no es lo que queremos, debemos intervenir 188

1903. Dadme los pobres (blancos) del mundo. 192

1909. Todo será nuestro porque nuestra raza es superior 194

1909. Elimina ese capitalista independiente. 195

1911. La revolución de Sam Banana. 197

1912. Los Angeles Mining Company. 201

1914. Sí, hemos sido ofendidos otra vez. 201

1914. Les voy a enseñar a elegir gobiernos decentes. 206

1915. El derecho al linchamiento. 207

1915. Rebeldes crucificados, héroes condecorados. 210

1916. Se suponía que estábamos luchando por la democracia. 213

1916. Hitler no tenía ideas radicales. 216

1921. Ensayo de bombardeo contra una raza inferior 219

1921. Corrupción latina. 221

1924. Make America Great Again. 223

1926. El rey blanco de los zombis negros. 224

1927. El primer bombardeo aéreo de la historia militar 227

1928. Otro Ejército Patriota and Company. 231

1931. Deportados de su propio país, otra vez. 232

1932. Otra matanza de radicales. 235

1933. El buen vecino del patio de atrás. 237

1933. Otro servidor se jubila en Miami 241

1933. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera. 243

1937. Cuando los de abajo se odian. 246

1942. Trabajadores, esos seres tan horribles. 248

1943. La vieja ofensa de vestirse diferente. 250

1945. Nuevos valores, los mismos intereses. 251

1945. Dios envía al embajador Braden a la Argentina. 255

1945. El color de los huesos. 259

1948. Sífilis y gonorrea gratis. 261

1948. No más ejércitos, no más dictaduras. 263

Por aire

1950-2020

1949. El diablo en los detalles. 267

1950. La homosexualidad es comunismo. 269

1953. La opinión pública es un producto de consumo. 271

1954. Quien no sabe engañar no sabe gobernar 281

1954. Nuestra principal arma no escupe balas sino palabras. 285

1956. El largo brazo de los generalísimos. 290

1957. Redistribución de la riqueza en Haití 291

1957. Bombardear ciudades no es un crimen. 293

1958. La democracia no les hace bien a los pueblos inmaduros. 295

1959. El agente de la CIA que admiraba al Che Guevara. 302

1959. Fidel Castro visita la Casa Blanca. 303

1959. El camarada yanqui 306

1959. La integración racial es comunismo. 307

1960. El sueño de controlar la mente (ajena) 310

1960. Peter Pan: otro rumor casi perfecto. 315

1960. Terroristas amigos. 317

1961. Cuba no será otra Guatemala. 322

1963. A presidente arrepentido, presidente depuesto. 326

1962. La verdadera función de los ejércitos latinoamericanos. 330

1963. Las inversiones continúan dando resultados. 339

1964. Negros, indios y pobres no deben portar armas. 341

1964. Num país tropical 345

1964. Si el golpe blando funciona, mucho mejor 351

1964. OEA, todos para uno y uno para todos. 354

1965. El marine rebelde. 357

1965. Cambio de estrategia. 358

1965. La academia infiltrada. 362

1966. Mentes cortas, bastones largos. 366

1967. Apunta bien; solo vas a matar un hombre. 373

1968. Pero no podrás matar el mito. 375

1969. No se permiten rubios aquí 377

1970. Nixon decide que los chilenos votaron mal 378

1971. El peligro de una Asamblea popular en Bolivia. 385

1971. 638 intentos de asesinar a un desalineado. 388

1971. Vas a encontrar más comunistas en Texas. 389

1972. Machetes y motosierras por la libertad. 396

1973. Papá, ¿por qué los grandes medios son de derecha?. 399

1973. Si no es por las buenas, será por las malas. 403

1973. Los yanquis también desaparecen. 409

1975. La ideología sin ideología. 412

1976: Escritores, libros, editoriales, reseñas mercenarias. 417

1976. Los cubanos de Miami llevan el plan Cóndor a Washington. 424

1976. Un par de borrachos charlatanes. 427

1977. Dios está ocupado con otros asuntos. 429

1977. Los Derechos Humanos descubren a Jimmy Carter 434

1977. Bulbocapnina, pentathol, desoxyn y la libertad. 438

1979. Mentir es nuestra profesión. 440

1980. Los arios de Bolivia. 442

1980. Ecuador es integrado al terrorismo del Plan Condor 445

1981. El enemigo es numeroso y está armado con niños y mujeres. 447

1982. Si no puedes pescar el pez, seca el mar 451

1983. El heroico Día D en Granada. 459

1985. Contras, el equivalente moral de los Padres fundadores. 463

1985. ¿Qué hace uno con un perro rabioso?. 468

1986. No son comunistas, pero son negros. 471

1987. Las maras vienen del norte. 475

1989. El Caracazo, otra masacre irrelevante. 478

1989. La guerra contra las drogas. 482

1989. Señor Noriega, está usted despedido. 486

1989. Se tomaron demasiado en serio eso de Jesús. 490

1990. Las elecciones son legítimas cuando ganamos nosotros. 492

1992. ¿Noriega? No lo conozco. 494

1994. NAFTA y el Efecto Tequila. 496

1995. Castra más mujeres pobres y reducirás la pobreza. 501

1996. Pies secos, pies mojados. 503

1998. Matar es una obligación para cualquier cristiano. 508

1998. Los ganadores se sienten inseguros. 512

2002. La mitad de las riquezas del país están en esta sala. 515

2002. El golpe de un respetado hombre de negocios. 517

2004. Again, los negros no saben gobernarse. 523

2007. Terroristas por la libertad. 531

2007. Chiquita bananas, grandota injusticia. 533

2007. Un debate para la arqueología política. 537

2009. En Cuba se tortura y se violan los Derechos Humanos. 541

2009. Señor presidente ¿por qué no obedece usted las órdenes?. 544

2010. Nuestras leyes no te protegen de nosotros. 551

2010. Washington se preocupa por los indígenas. 554

2011. Fútbol rebelde. 556

2014. Dejen que los niños vengan a mí 557

2015. El imperialismo y la opresión nunca existieron. 565

2016. La creatividad de los golpistas. 566

2017. Narcoestado, el de los otros. 570

2018. Corruptos contra la corrupción. 578

2018. Los pobres nos quieren invadir de nuevo. 581

2019. Otra fortaleza sitiada. 584

2019. Nicaragua, otro desalineado. 595

2019. Nosotros mentimos, engañamos y robamos. 599

2019. Invasores de esos países de mierda. 601

2020. Nota final: No son servicios de espionaje, son gobiernos paralelos. 617

2019. Fuera indios de Bolivia. 606

Fuentes. 621

Índice temático. 629

https://www.barnesandnoble.com/w/la-frontera-salvaje-jorge-majfud/1139378646?ean=9781737171003

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Versión e-Book (no recomendada por el autor):

La narrativa aglutinante de un imperio (I, II, III, IV)

La narrativa aglutinante de un imperio (I)*

Uno de los escritores y críticos más relevantes de la historia de Estados Unidos, Mark Twain, no sólo fue prolífico en sus denuncias contra el imperialismo de su país, sino que, junto con otros destacados intelectuales de la época, en 1898 fundó Liga Antiimperialista, la que tuvo sede en una decena de estados hasta los años veinte, cuando comenzó la caza de antiamericanos, según la definición de los fanáticos y mayordomos que siempre se amontonan del lado del poder político, económico y social. Para estos secuestradores de países, antiamericano es todo aquel que busca verdades inconvenientes, enterradas con sus víctimas, y se atreve a decirlas. Hasta el día de hoy han existido estadounidenses y extranjeros de probada preparación intelectual y valor moral que han continuado esa tradición de resistencia a la arbitrariedad, a la brutalidad de la fuerza y a la narrativa del más fuerte, a pesar de los peligros que siempre acarrea decir la verdad sin edulcorantes. Este fanatismo ha llegado a la desfachatez de algunos inmigrantes nacionalizados que acusan a aquellos ciudadanos nacidos en el país de no ser lo suficientemente americanos, como supuestamente son ellos cuando van a la playa con pantalones cortos pintados con la bandera de su nuevo país.

Pero si la gente de la cultura, del arte y de las ciencias está de un lado, es necesario mirar al lado opuesto para saber dónde está el poder y sus mayordomos. En noviembre de 1979, la futura asesora de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick, promotora de la asistencia a las dictaduras militares, los Contras y los escuadrones de la muerte en América Latina, había publicado en la revista Commentary Magazine una idea enraizada en el subconsciente colectivo: “Si los líderes revolucionarios describen a los Estados Unidos como el flagelo del siglo XX, como el enemigo de los amantes de la libertad, como una fuerza imperialista, racista, colonialista, genocida y guerrera, entonces no son auténticos demócratas, no son amigos; se definen como enemigos y deben ser tratados como enemigos”.

Este es el concepto de democracia de la mentalidad imperialista y de sus servidores que detestan que los llamen imperialistas y que tiene, por lo menos, 245 años. ¿Cómo se explica esta contradicción histórica? No es muy difícil. Estados Unidos posee una doble personalidad, representada en el héroe enmascarado y con dos identidades, omnipresente en su cultura popular (Superman, Batman, Hulk, etc.). Es la creación de dos realidades radicalmente opuestas.

Por un lado, están los ideales de los llamados Padres Fundadores, los cuales imaginaron una nueva nación basada en las ideas y lecturas de moda de la elite intelectual de la época, las ideas del humanismo y la Ilustración que también explotaron en Francia en 1789, el mismo año en que entró en vigor la constitución de Estados Unidos: liberté, égalité, fraternité. La mayoría de los fundadores, como Benjamín Franklin, era francófilo. Diferente al resto de la población anglosajona, Washington solo iba a la iglesia por obligación social y política. El más radical del grupo, el inglés rebelde Thomas Paine, el principal instigador de la Revolución americana contra el rey George III, la monarquía y la aristocracia europea, era un racionalista y látigo de las religiones establecidas. El padre intelectual de la democracia estadounidense, Thomas Jefferson, había aceptado la ciudadanía francesa antes de convertirse en el tercer presidente y sus libros fueron prohibidos por ateo. No era ateo, pero era un intelectual francófilo, secularista y progresista en muchos aspectos. Pero también era un hijo de la realidad opuesta: al tiempo que promovía ideas como que todos los seres humanos nacemos iguales y tenemos los mismos derechos, Jefferson y todos los demás Padres Fundadores eran profundamente racistas y tenían esclavos que nunca liberaron, incluidas las madres de sus hijos.

Aquí la otra personalidad de Estados Unidos, la que necesita de la máscara para convertirse en el superhéroe: se formó con los primeros peregrinos, los primeros esclavistas y continúa hoy, pasando por cada una de las olas expansionistas: una mentalidad anti iluminista, conservadora, ultra religiosa, practicante de la auto victimización (justificación de toda violencia expansionista) y, sobre todo, moldeada en la idea de superioridad racial, religiosa y cultural que confiere a sus sujetos derechos especiales sobre los otros pueblos que deben ser controlados por el bien de un pueblo excepcional y con un destino manifiesto, para el cual cualquier mezcla será atribuida al demonio o a la corrupción evolutiva, al mismo tiempo que celebra “el crisol de razas”, la libertad y la democracia.

Estados Unidos es el gigante producto de esta contradicción traumática, la que conservará siempre desde su fundación y los sufrirán “los otros”, desde los indios que salvaron del hambre a los primeros peregrinos y los que fueron exterminados para expandir la libertad del hombre blanco, hasta las más recientes democracias destrozadas en nombre de la libertad. Todo lo cual ha llevado a que, como ningún otro país del mundo moderno, Estados Unidos nunca haya conocido un lustro sin guerras desde su fundación. Todo por culpa de los demás, de los otros que nos tienen envidia y nos quieren atacar, con el resultado estimado de millones de muertos debidos a esta tradición de guerras perpetuas “de defensa” en suelo extranjero.

(continúa)

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (II)*

Poco después de la independencia de las 13 colonias del Imperio Británico, las bases militares se llamaban Fuertes (razón por la cual hoy existen miles de ciudades llamadas Fort…) y no estaban en islas lejanas sino en el corazón de las naciones indígenas, a las que se las acusaba de representar un peligro para la sobrevivencia de Estados Unidos, se les arrebataba enormes territorios y se eliminaba millones de salvajes. Por entonces, los fuertes se encontraban a varias semanas de distancia del territorio nacional, es decir, mucho más lejos que la Europa de la época y mucho más lejos de lo que se encuentran las bases militares hoy en día.

Así como comienza la historia de Estados Unidos en los territorios indígenas, continuará con el despojo de los territorios mexicanos, con los protectorados en el Caribe, en América Central y en Filipinas. Así continuará con las dictaduras impuestas en el Tercer Mundo, con las guerras perdidas en Asia, con las masacres de Corea, Vietnam e Irak, y así continúa hoy con las 800 bases militares en 85 países que, como los forts en tierras indígenas dos siglos antes, son para proteger “la libertad de la nación” y de otras naciones. Nada que ver con el imperialismo británico y todos los otros nuevos imperialismos contra los cuales, de forma “altruista y desinteresada”, Washington luchaba entonces y se sigue luchando dos siglos años después.

Como una de las hijas de esta contradicción fundacional, la definición de libertad ha sido siempre muy particular y necesaria. El divorcio entre la narrativa y la práctica ha sido siempre funcional y radical. Una enmascara a la otra, como el traje de los superhéroes enmascarados de doble personalidad. Un siglo y medio atrás, los fanáticos anglosajones del sur promovían, en el Congreso y en la prensa, la expansión de la esclavitud en los nuevos territorios tomados por la fuerza como forma de “expandir la libertad”. Ahora, como lo escribió la consejera de Reagan, Jeane Kirkpatrick, si alguien piensa diferente y lo dice, es un enemigo. De forma implícita, por Estados Unidos se asume que se está hablando de un grupo ideológico (en este caso conservador, de extrema derecha) que se arroga el derecho de excluir a cualquier otro grupo, a millones de ciudadanos que piensan diferente y se atreven a decirlo. Es una estrategia antigua, más antigua que la Inquisición, que cuesta reconocer, incluso en frases obvias como la propagada por la pasada dictadura brasileña: “Brasil, ame-o ou deixe-o”. Traducción: “nosotros, y sólo los que piensan como nosotros, somos Brasil; si no estás de acuerdo con nuestro gobierno, con nuestra hegemonía, entonces odias este país, eres enemigo y debes irte o sufrir las consecuencias”. De algo parecido ha pecado la ortodoxia cubana (y ahora venezolana, también) desde una ideología opuesta, aunque desde una perspectiva histórica no sólo son la consecuencia del brutal fanatismo imperialista que se remonta a doscientos años atrás, sino una clara minoría en el actual contexto internacional. En este tipo de trampas, que hasta un niño de tercer año de escuela cuestionaría, caen millones de distraídos cada día.

El caso de Estados Unidos, como todo, posee sus propias particularidades. El hecho de que desde su fundación y desde la escritura de su mítica constitución no se inició como un reino absolutista y centralizado, sino fragmentado en trece colonias; el hecho de que no se inició como un pueblo unido sino como una sociedad quebrada (donde existía una raza que gobernaba por ser blanca, otra que no existía por ser salvaje y otra que era esclava por ser negra) la obsesión por la Unidad como condición de sobrevivencia recorrerá toda su historia. Pero, como todo miedo, también este se traduce en agresión y violencia. El exacerbado miedo anglosajón se traducirá en una obsesión por las guerras.

Doscientos años más tarde, en tiempos del Tea Party y de Donald Trump, sus partidarios ondearán en sus casas y en sus SUV banderas amarillas con una serpiente enroscada sobre una amenaza: “Don’t Tread on Me (No pases encima de mí)”. El “Me (Yo)” es central en el lenguaje y en la cultura anglosajona. Aunque los cristianos odian las serpientes, sean chinas o mexicanas, aquí la serpiente representa la unión de los estados de la costa Atlántica. En 1754 Benjamín Franklin había publicado una viñeta con una serpiente cortada en trece pedazos bajo el título “Unión o muerte”. En un artículo fundacional, publicado por el Pennsylvania Journal en 1775, el mismo Benjamín Franklin propuso que la serpiente de cascabel debía ser el símbolo de los estadounidenses “porque nunca ataca primero… pero sus heridas, aunque pequeñas, son decisivas y mortales”. Este mito fundador, que analizaremos en este libro (“ellos nos atacaron primero”), se perpetuó por los siguientes doscientos años con sus diversas variaciones de época.

Por otro lado, y por una razón más práctica que psicológica, esta misma constelación de trece colonias obligó al nuevo país a mantener una permanente discusión y negociación entre su élite gobernante sobre los temas fundamentales y hasta sobre los más irrelevantes. La repetida democracia en la tierra de la libertad fue, en realidad, una dictadura étnica que obsesivamente negó su propia condición de dictadura con una narrativa de tipo religiosa. En nombre de la fragmentación (de estados, de razas, de clases sociales) predicó la Unión; en nombre de la Libertad practicó y expandió a otros países la esclavitud y el monopolio; en nombre de la tolerancia, del crisol de razas, y de la apertura practicó, desde su fundación, una rígida y nunca superada discriminación racial y cultural.

La sola fragmentación de sus estados (no sólo en trece colonias sino entre Norte y Sur) obligó al sistema político estadounidense a un esfuerzo narrativo superior al necesario en cualquier otro país, en cualquier otro imperio más centralizado y dominado por un rey o por un dictador personal. Para alcanzar el consenso político y la convicción social de las grandes decisiones expansionistas en base a la obsesión de la superioridad racial anglosajona era necesario lograr narrativas aglutinantes como, por ejemplo, la creativa idea del Destino manifiesto (regado en las tabernas con abundante ron y whisky barato), algo que justificara cualquier acción en contra de los supuestos principios de la ley, la democracia, la libertad, la igualdad, el derecho y la justicia. La narrativa aglutinante será la justificación que convertirá un crimen colectivo (el genocidio indígena, el robo de la mitad de México luego de varios intentos para ser “atacados primero”) en un acto de heroísmo individual. Así se alcanzará “una más perfecta unión” (frase favorita del expresidente Obama) al tiempo que se justificará la expansión de la esclavitud a millones de hombres y mujeres por el color de su piel gracias al despojo de los territorios indígenas y mexicanos, donde la esclavitud era ilegal. Todo en nombre de un ataque indígena y de una ofensa mexicana que nunca existió, y luego del rechazo a anexar el resto de México y los países más débiles al sur para no agregar más negros y mestizos a la sagrada Unión, sobre todo cuando los negros ya no podían ser esclavos por ley. Un siglo más tarde, la misma idea fue sustituida por la nueva excusa del ataque preventivo en la lucha contra el comunismo. La fiebre narrativa transmitida a través de la prensa y los discursos políticos en base a ideas simples y arbitrarias se realizará de la misma forma que una verborragia prédica protestante se basa en una sola frase bíblica.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (III)*

Estados Unidos fue fundado en base a una contradicción fundamental: por un lado, el humanismo ilustrado de la élite de los Padres fundadores y, por el otro, una cultura más extendida basada en el mito de la superioridad de la raza anglosajona, elegida por Dios. Esta contradicción se superará en 1828 cuando Andrew Jackson, un racista, genocida y analfabeto sureño arrase en las elecciones contra el último presidente de la generación fundadora, John Quincy Adams, e inicie la primera refundación del país. Hasta entonces, el mito fundador, las narrativas aglutinantes habían atacado desde el principio el absolutismo europeo. Al fin y al cabo, la Revolución estadounidense de 1776 se había realizado contra el rey George III mientras los Padres fundadores se encontraban seducidos por las nuevas ideas de la Ilustración europea que luego llevarán a Francia a su propia revolución en 1889. A partir de Andrew Jackson, “los amigos de la libertad” ya no serán los intelectuales de Franklin y Jefferson sino los “hombres de la frontera”, los Daniel Boone con un hacha en una mano y una escopeta en la otra. Las dos generaciones se odiarán por sus ideas, pero compartirán el mismo racismo, una más criminal y más honesta que la anterior.

Desde antes de la Doctrina Monroe de 1823 y por los siglos por venir, las declaraciones contra cualquier injerencia de cualquier potencia europea (las únicas potencias imperiales posibles por entonces) en al Patio trasero de Estados Unidos debían ser aniquiladas a cualquier precio, sea por la vía diplomática, financiera o directamente a través de la guerra (contra países pobres, naturalmente). Si consideramos la historia previa de agresiones contra las naciones indígenas y los prematuros deseos de tomar Florida, Cuba y el norte de México, podemos entender (o al menos sospechar) que la Doctrina Monroe no tenía en mente tanto Europa como los pueblos más débiles del Oeste y del Sur, poblados por razas inferiores. Para ello, esta doctrina, expresión legalizada del fanatismo anglosajón, se fue actualizando acorde a las necesidades históricas: Doctrina Richard Olney (1895), corolario Theodore Roosevelt (1905), corolario George Kennan (1950) y doctrina Jeane Kirkpatrick (1980; para defender sus intereses, Estados Unidos debe apoyar a dictaduras de extrema derecha en el Tercer mundo, sin sentimientos de culpa).

Por otro lado, la principal narrativa aglutinante que promovió y justificó el expansionismo estadounidense desde 1780 hasta 1945 fueron abiertamente raciales, una mezcla de la Biblia con El origen de las especies de Darwin. En 1900, por poner sólo un ejemplo, el senador Albert Beveridge repetía ideas por entonces rutinarias en el mismo Congreso que resumen esta poderosa mentalidad: “Dios no ha venido preparando al pueblo teutónico de habla inglesa por mil años para nada, para que nos admiremos de nuestra propia belleza. Pues no. Dios nos ha hecho los amos de la organización para que corrijamos el caos que reina en el mundo… Esta es la misión Divina de Estados Unidos y por eso merecemos toda la felicidad posible, toda la gloria, y todas las riquezas que se deriven de ella… Sólo un ciego no podría ver la mano de Dios en toda esta armonía de eventos… Señores, recen a Dios para que nunca tengamos miedo de derramar sangre por nuestra bandera y su destino imperial”. Sangre ajena, está de más decir.

Esta mentalidad, ahora disimulada en los medios, en los bares y hasta en la misma academia, permea toda la historia y el presente del país. En la declaración de Independencia de 1776 se proclamaba que “todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de derechos inalienables, como lo son el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” mientras que la Constitución de 1887 se iniciaba con la famosa frase “Nosotros, el Pueblo”. Hay un detalle: “nosotros” y “todos los hombres” no incluían a los esclavos negros ni a los indios ni a ningún otro grupo que no fuese blanco y propietario, dos condiciones para ser considerados ciudadanos responsables. Así será para la constitución por al menos un siglo, y a esa brutal dictadura de una pequeña minoría (cuyas leyes protegían y promovían la esclavitud, la persecución, el secuestro, la tortura, el despojo y el genocidio) se la llamará “democracia”. No por casualidad democracia y libertad serán las dos palabras más usadas desde el inicio para justificar la esclavitud, el robo de tierras, las limpiezas étnicas y las múltiples violaciones de tratados firmados con las razas inferiores. Cuando las populosas naciones indias fueron despojadas de sus tierras, desplazadas y exterminadas, lo fueron en nombre de la “expansión de la libertad”. Cuando se despojó a México de la mitad de su territorio con una guerra inventada con excusas que ni sus generales creían, no sólo se convirtió a sus habitantes en ciudadanos de segunda categoría, sino que se los expulsó en la medida de lo posible y se reinstaló la esclavitud donde antes era ilegal. Todo fue hecho para “expandir la libertad”. Cuando no se quiso seguir anexando lo que quedaba del México antiguo, ni se quiso a las repúblicas de América Central y del Caribe como nuevos estados fue porque estaban demasiadas llenas de negros y mestizos, lo cual podía contaminar la Unión. Entonces se establecieron protectorados y brutales dictaduras bananeras para imponer “el orden y la libertad”. En algunos casos los dictadores fueron aventureros privados (William Walker), abogados oficiales (William Taft), hombres de negocios (Theodore Roosevelt, hijo) o directamente marines (Faustin Wirkus), pero en la mayoría consistieron en marionetas criollas, marionetas de Washington con poder absoluto para tomar las tierras de los pobres, de los indios, para violar a sus mujeres y garantizarles a las empresas estadounidenses toda la protección posible aparte de tierras gratis y de exoneración de impuestos.

Cuando las poderosas empresas privadas continuaron empujando las fronteras, imponiendo otras dictaduras militares en América latina más allá del Patio trasero o, simplemente, presionando a los legisladores criollos para garantizar su derecho a exterminar cualquier otra opción económica o social en la región, también se lo hizo en nombre del “imperio de la libertad”. De hecho, luego del fiasco de la gira de Nixon por América del Sur en 1958, el presidente Eisenhower notará que, por alguna razón, en aquellos países donde Washington había sostenido dictaduras como la de Pérez Jiménez en Venezuela, la palabra “capitalismo” estaba asociada a “imperialismo”, por lo cual ordenó reemplazarla por “libertad de empresa” o, simplemente, por “libertad”. Siempre la libertad. ¿Qué hay más sexy que la libertad, aunque se trate de un perfecto masoquismo?

Estas ideas, que en el siglo XIX alcanzaron el estatus de Derecho internacional con el monopolio moral de una sola nación (“la raza libre”), fueron dominantes durante varias generaciones antes de ser reemplazadas por la “lucha contra el comunismo” durante la Guerra Fría a mediados del siglo XX. Luego de la desaparición de la Unión Soviética, se continuará la misma tradición de dictar sobre las razas y los pueblos inferiores en favor de nuestras empresas. Las excusas deberán adecuarse una vez más. En los países con petróleo y sin coca de Medio Oriente se lanzará la “guerra contra el terrorismo islámico”; en los países latinoamericanos, con coca y sin musulmanes, se lanzará la loable y sangrienta “guerra contra las drogas”. El narcotráfico no sólo será una nueva excusa para criminalizar negros en Estados Unidos e intervenir en democracias vigiladas de América Latina, sino que, además, será una fuente de ingreso de dictadores amigos y de empleados de la CIA, como el dictador panameño Manuel Noriega y los paramilitares colombianos.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (IV)*

Durante la Guerra Fría, al mismo tiempo que Washington consideraba que la presencia de Moscú en la región era prácticamente inexistente (en los años cincuenta sólo México, Buenos Aires y Montevideo tenían una embajada soviética), propagaba lo contrario. Las clases dirigentes latinoamericanas, por obvias y diversas razones económicas, lo repetían sin dudar. Más abajo, quienes nunca recibieron un dólar colaboraban con fanatismo. Algo parecido a lo que la CIA llamaba “colaboradores honorarios” para referirse a los periodistas que no recibían paga por el servicio de reproducir sus ingeniosos inventos informativos escritos en Miami y Nueva York.

Debido a la derrota del nazismo en Europa, el viejo racismo y el nuevo nazismo estadounidense tuvo que esconderse y llamarse a silencio por un tiempo. Unos pocos volvieron a las máscaras del Ku Klux Klan y el resto se travistieron con nuevos discursos xenófobos sobre los límites fronterizos, el peligro de los inmigrantes (se agregó lo de ilegal para adaptarlo al mito legitimador del límite fronterizo, no de la frontera) y la eterna victimización de la raza caucásica, la más patriótica de todas, siempre amenazada desde abajo. De hecho, Adolf Hitler, (líder ampliamente admirado entre varios poderosos políticos y empresarios como Henry Ford, Torkild Rieber, y numerosos directores de la CIA y el FBI) ni siquiera tuvo ideas radicales; las recibió digeridas de esta tradición estadounidense, como él mismo lo reconoció.

La nueva “política del buen vecino” de Franklin Roosevelt y la inevitable retórica democrática de los Aliados contra Hitler lograrían más tarde desmantelar varias dictaduras de extrema derecha en América Latina, pero este desaliento duró lo que dura la Navidad. Lo mismo la retirada de los militares pronazis en países como Bolivia, Paraguay o Guatemala. Apenas concluida la Segunda Guerra, Estados Unidos, convertido en la primera superpotencia mundial sobre las cenizas de Europa y Japón, había identificado a su más importante aliado durante la guerra, la Unión Soviética, como el desafío número uno a su hegemonía. Rápidamente, las simpatías por los nazis volvieron a su estatus anterior. En Washington, quienes no simpatizaban con los nazis los usaron en la supuesta lucha contra el comunismo y para desarrollar programas más constructivos como la NASA. En Países con numerosa población indígena como Guatemala, Paraguay, Bolivia y parte de Chile, las comunidades alemanas y los militares pronazis, con su sentido de la superioridad racial y social, accedieron rápidamente al poder y, consecuentemente, Washington y las transnacionales estadounidenses los vieron como aliados naturales a los cuales apoyaron con capitales, con propaganda ideológica y con diversos complots, la mayoría de las veces organizados por la CIA.

En América latina el conflicto central no radicó en el comunismo ni en las razas impuras, sino contra cualquier fuerza independentista que pusiera en cuestionamiento la superioridad anglosajona y el derecho de Washington a dictar a su antojo. En 1909, por ejemplo, el gobierno de Nicaragua, uno de los pocos gobiernos capitalistas (con algunas políticas progresistas) que había logrado un resonante éxito, no sólo en materia social sino también recuperando la costa caribeña en manos de Gran Bretaña, fue destruido por un golpe militar orquestado en Washington. La razón no era ni su capitalismo ni su progresismo, sino su independencia y su inaceptable éxito. Así veremos, a lo largo de esta historia, una sucesión de excusas: defensa de la raza, imposición del orden en países demasiado lleno de negros y de indios y, finalmente, lucha contra el comunismo —aun cuando el comunismo era una fuerza irrelevante, como en Guatemala. El verdadero problema era otro. Antes que Washington decidiera destruir el gobierno de José Santos Zelaya en Nicaragua, a quien llamó cada vez que pudo “tirano” y “dictador”, ese país era el más próspero y desarrollado de América Central. Luego de medio siglo de desestabilizaciones y de la larga dictadura de la familia Somoza, impuesta y apoyada por Washington en nombre de la libertad, Nicaragua se convirtió en el país más pobre y más embrutecido de la región. Cuando en 1979 Nicaragua se liberó de la dictadura de los Somoza, fue acosada otra vez por Washington, a fuerza de dólares, bombas y propaganda internacional, siempre en nombre de la libertad —no vaya alguien a pensar otra cosa.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

jm, mayo 2021

Usted sabe, señor (nota al margen)

Poderoso señor anónimo que conoce más de mí que yo de usted:

De verdad, no me importa cuántas veces me equivoqué defendiendo a los de abajo.

Lo que no quiero es morirme pensando que fui un maldito cobarde que no fue lo suficientemente claro con los dueños del mundo y sus mayordomos, como usted.

jm

Palestina: la histórica (y estratégica) deshumanización de un pueblo

El 4 de diciembre de 1832, el presidente Andrew Jackson, conocido (donde lo conocían bien) con el apodo de Mata Indios, dio un bonito discurso en el Congreso de su país. “Sin duda” dijo “el interés de la República es que las nuevas tierras sean ocupadas lo antes posible. La riqueza y la fuerza de un país radica en su población, y la mejor parte de esa población son los granjeros. Los agricultores independientes son, en todas partes, la base de la sociedad y son los verdaderos amigos de la libertad… Los indios fueron completamente derrotados y la banda de descontentos fue expulsada o destruida… Aunque debimos actuar con dureza, fue algo necesario; nos agredieron sin que nosotros los provocásemos, y esperamos que hayan aprendido para siempre la saludable lección”.

“Nos agredieron sin que nosotros los provocásemos”, “fuimos atacados primeros”, “debimos defendernos” … Estas frases se repetirán a lo largo de los siglos por venir y movilizarán, con extremo fanatismo, a millones y millones de patriotas.

Un siglo y medio después, en mayo de 1971, el más famoso actor y productor de westerns, propagandista de la supremacía blanca y amante de las armas, John Wayne, afirmó en una entrevista para la revista People que las reservas de indios en Estados Unidos eran un vicio socialista. Nadie es responsable de lo que ocurrió en el pasado, dijo, cuando “había mucha gente que necesitaba tierras y los indios querían quedarse con ellas de una forma egoísta”.

No se trataba de tribus dispersas sino de naciones organizadas, tan populosas como los colonos que defendían sus fronteras propias pero empujaban sin límite las fronteras ajenas, y ambas cosas eran hechas con orgullo y fanatismo patriótico. Nunca importaron ni las vidas de las razas inferiores ni los múltiples tratados firmados con aquellos que poseían tierras más atractivas que sus mujeres. El país de las leyes violó todas las leyes, incluso las suyas propias cuando trató de despojar de algún bien material al vecino. Todo lo hizo en nombre de la Libertad, de la Democracia, de Dios y de alguna interpretación bíblica traída de los pelos, como lo fue el mito del Destino manifiesto. 

Ni los indios podrán usar una Biblia para reclamar que las tierras les pertenecen porque sus antepasados la poseyeron por siglos, ni los negros podrán reclamar una compensación por haber construido un país y una estructura que perpetuó los guetos, la discriminación y los privilegios de color hasta el día de hoy. Ni los latinoamericanos podrán reclamar las cientos de toneladas de oro y las miles de toneladas de plata que enriquecieron Europa y que aún duermen en los bancos centrales para estabilidad del desarrollo de los civilizados. Por no entrar en detalles como el guano o la herencia de sociedades patéticas en América latina, consolidadas en una estructura, una cultura y una mentalidad colonial y colonizada.

El conflicto palestino-israelí no es muy diferente, porque la naturaleza humana no es diferente. Como no es diferente la estrategia de confundir al judaísmo y al sufrido pueblo judío, a lo largo de siglos, con el Estado de Israel y su poderoso aparato propagandístico, que es aún más impresionante que su multimillonario poder militar, apoyado por billones de dólares anuales de las arcas de Washington. No pocos caen en esa trampa de las banderas, traicionando una trágica historia de miles de años de oponerse a los poderes de turno—y de sufrirlos. Olvidan, por ejemplo, que uno de los períodos más largos y más prósperos del pueblo judío en Europa se debió a la protección de los musulmanes en España por casi ocho siglos, el que terminó con su expulsión y persecución cuando sus protectores árabes fueron derrotados por los cristianos en 1492. El islam toleró y aceptó a los judíos a pesar de que no reconocían a Jesús (sagrado para el Islam) como un profeta verdadero. Los fanáticos cristianos no. No toleraron ni a unos ni a otros: unos por creer en Mahoma y los otros por no creer en Jesús.

No todos caen en la trampa. Mis incontables amigos judíos, por ejemplo, son demasiado cultos e inteligentes como para tragarse esta artimaña. Lo mismo varias comunidades judías en Europa y en Estados Unidos, las cuales tienen el valor de decir no al apartheid en medio Oriente, “no en nuestro nombre”. En América latina, la actitud es diferente, tal vez por las mismas razones que llevan a su clase dirigente a pulir monumentos sin leer sus nombres. Las confusiones nacionalistas son estratégicas y siempre sirven, como el patriotismo de los colonos, a los de arriba.

En el más reciente conflicto en Cananea (una escaramuza, comparada con la inagotable lista de tragedias sumadas desde el siglo XX), en un par de días ya van 30 palestinos y tres israelíes muertos. Como de costumbre, un tercio de los palestinos muertos son niños, pero dicen que eran terroristas. Los presidentes como el de Uruguay, Lacalle Pou, no se hicieron esperar. Lentos para casi todo, no dudaron en solidarizarse sólo con un lado del conflicto. El lado de la seguridad. No hace falta saber que no es el lado que ha puesto más muertos, porque esa es una tradición en Gaza, el mayor gueto del mundo, y una tradición de muchos cristianos que avergonzaría al mismo maestro que dicen seguir: ser duros con los de abajo y blandos con los de arriba. Es tan penoso vivir defendiendo al más fuerte, que da vergüenza ajena.

La lógica está clara: el derecho a la defensa propia sólo se aplica a algunos pueblos; no a todos. 

El derecho a tener un país, con sus leyes y sus instituciones independientes, sólo se aplica a un pueblo. 

La solidaridad de los poderosos y sus mayordomos sólo se aplica a un pueblo.

Por si fuese poco, se aplica la misma fórmula de siempre: se corta la historia de ataques y reacciones por el lado más conveniente y se llama defensa a la provocación, al acoso y a la opresión.

Por supuesto, toda vida perdida es de lamentar. De un lado y del otro. Pero por eso mismo, señores. Por eso mismo, señores presidentes, algunos queremos saber: ¿los palestinos, niños, hombres y mujeres, no existen? ¿Sólo los hombres y mujeres de a pie se solidarizan con ellos? ¿Cuesta tanto tener un poquito de dignidad humana y olvidarse de las banderas y de que algunos todavía matan en nombre de Dios y por razones más materiales? 

No, claro, los palestinos nunca existieron. Tienen la doble condición de ser invariablemente terroristas y de no haber existido nunca. Una verdadera proeza ontológica. 

Señores en el vano y vergonzoso poder de turno: no les pregunto de qué tienen miedo porque es algo demasiado obvio. También es obvio que no les importa a la hora de elegir el lado del poder y la seguridad, pero sepan que la historia será implacable. 

Si les importa un carajo la historia pero les pesa la Biblia, sólo imaginen por un momento que Jesús pudo haberse salvado de convertirse en otro rebelde ejecutado por el imperio de turno. Sólo tenía que solidarizarse con Poncio Pilatos, con los fariseos, con los maestros de la ley, y con el excelentísimo Emperador y General Tiberios.

JM, mayo 20121

JM. Último libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina (febrero 2021) 

https://www.barnesandnoble.com/w/la-frontera-salvaje-jorge-majfud/1139378646?ean=9781737171010

Palestine : la déshumanisation historique (et stratégique) d’un peuple

  Jorge Majfud, 12/5/2021

Traduit par Fausto Giudice

Le 4 décembre 1832, le président Andrew Jackson, connu (là où on le connaissait bien) sous le sobriquet de Tueur d’Indiens, fit un beau discours devant le Congrès de son pays. « Sans aucun doute », dit-il, « l’intérêt de la République est que les nouvelles terres soient occupées le plus tôt possible. La richesse et la force d’un pays résident dans sa population, et la meilleure partie de cette population sont les agriculteurs. Les fermiers indépendants sont partout la base de la société, et sont les vrais amis de la liberté… Les Indiens ont été complètement vaincus, et la bande de mécontents chassée ou détruite… Même si nous avons dû agir durement, c’était nécessaire ; ils nous ont agressés sans que nous les provoquions, et nous espérons qu’ils ont appris pour toujours la leçon salutaire »

« Ils nous ont agressés sans que nous les ayons provoqués », « nous avons été attaqués les premiers », « nous avons dû nous défendre « … Ces phrases seront répétées tout au long des siècles à venir et mobiliseront, avec un fanatisme extrême, des millions et des millions de patriotes.

Un siècle et demi plus tard, en mai 1971, le plus célèbre acteur et producteur de westerns, propagandiste de la suprématie blanche et amateur de fusils, John Wayne, affirmait dans une interview pour le magazine People que les réserves indiennes aux USA étaient un vice socialiste. Personne n’est responsable de ce qui s’est passé dans le passé, a-t-il dit, lorsque « beaucoup de gens avaient besoin de terres et que les Indiens voulaient les garder de manière égoïste ».

Il ne s’agissait pas de tribus dispersées mais de nations organisées, aussi peuplées que les colons qui défendaient leurs propres frontières mais repoussaient sans limite les frontières des autres, et ce, avec fierté et fanatisme patriotique. Ni la vie des races inférieures ni les nombreux traités signés avec ceux qui possédaient des terres plus attrayantes que leurs femmes n’ont jamais compté. Le pays des lois a violé toutes les lois, même les siennes, lorsqu’il a tenté de déposséder son voisin d’un bien matériel. Tout cela au nom de la liberté, de la démocratie, de Dieu et d’une interprétation biblique farfelue, comme le mythe de la destinée manifeste.

Ni les Indiens ne pourront utiliser une Bible pour affirmer que la terre leur appartient parce que leurs ancêtres l’ont possédée pendant des siècles, ni les Noirs ne pourront réclamer une compensation pour avoir construit un pays et une structure qui ont perpétué les ghettos, la discrimination et les privilèges de couleur jusqu’à ce jour. Les Latino-américains ne pourront pas non plus récupérer les centaines de tonnes d’or et les milliers de tonnes d’argent qui ont enrichi l’Europe et qui dorment encore dans les banques centrales pour la stabilité du développement des civilisés. Sans entrer dans des détails comme le guano ou l’héritage de sociétés pathétiques en Amérique latine, consolidées dans une structure, une culture et une mentalité coloniale et colonisée.

Le conflit israélo-palestinien n’est pas très différent, car la nature humaine n’est pas différente. Tout comme la stratégie consistant à confondre le judaïsme et le peuple juif, qui souffre depuis des siècles, avec l’État d’Israël et son puissant appareil de propagande, qui est encore plus impressionnant que sa puissance militaire de plusieurs milliards de dollars, soutenue par des milliards de dollars par an provenant des coffres de Washington. Nombreux sont ceux qui tombent dans ce piège du drapeau, trahissant ainsi une histoire tragique de milliers d’années d’opposition aux pouvoirs en place – et de souffrance infligée par ceux-ci. Ils oublient, par exemple, que l’une des périodes les plus longues et les plus prospères des juifs en Europe fut due à la protection des musulmans en Espagne pendant près de huit siècles, qui s’est terminée par leur expulsion et leur persécution lorsque leurs protecteurs arabes ont été vaincus par les chrétiens en 1492. L’Islam a toléré et accepté les Juifs même s’ils ne reconnaissaient pas Jésus (sacré pour l’Islam) comme un véritable prophète. Les fanatiques chrétiens ne l’ont pas fait. Ils ne toléraient ni l’un ni l’autre : les uns pour avoir cru en Mohamed et les autres pour ne pas avoir cru en Jésus.

Tout le monde ne tombe pas dans le piège. Mes innombrables amis juifs, par exemple, sont trop instruits et intelligents pour se laisser prendre à cette supercherie. Tout comme plusieurs communautés juives d’Europe et des USA, qui ont le courage de dire non à l’apartheid au Moyen-Orient, « pas en notre nom ». Mais les confusions nationalistes sont stratégiques et servent toujours, comme le patriotisme des colons, ceux qui sont au sommet. En Amérique latine, l’attitude est différente, peut-être pour les mêmes raisons qui poussent sa classe dirigeante à astiquer les monuments sans lire leurs noms.

Dans le conflit le plus récent à Canaan (une escarmouche, comparée à la liste inépuisable de tragédies accumulées depuis le 20e  siècle), en quelques jours, 30 Palestiniens et trois Israéliens ont déjà été tués. Comme d’habitude, un tiers des Palestiniens morts sont des enfants, mais ils disent qu’ils étaient des terroristes. Les présidents, comme celui de l’Uruguay, Lacalle Pou, n’ont pas attendu longtemps. Lents pour presque tout, ils n’ont pas hésité à se montrer solidaires d’un seul côté du conflit. Le côté sécurité. Il n’est pas nécessaire de savoir que ce n’est pas le côté qui a causé le plus de morts, car c’est une tradition à Gaza, le plus grand ghetto du monde, et une tradition de nombreux chrétiens qui ferait honte à l’enseignant même qu’ils prétendent suivre : être dur avec ceux d’en bas et doux avec ceux d’en haut. Il est si pénible de vivre en défendant le plus fort que c’en est gênant.

La logique est claire : le droit à l’autodéfense ne s’applique qu’à certains peuples, pas à tous.

Le droit d’avoir un pays, avec ses lois et ses institutions indépendantes, ne s’applique qu’à un seul peuple.

La solidarité des puissants et de leurs majordomes ne s’applique qu’à un seul peuple.

Comme si cela ne suffisait pas, la même vieille formule est appliquée : l’histoire des attaques et des réactions est réduite au côté le plus commode et la provocation, le harcèlement et l’oppression sont appelés défense.

Bien sûr, toute vie perdue doit être regrettée. D’un côté et de l’autre. Mais c’est pourquoi, messieurs. C’est pourquoi, Monsieur le Président, certains d’entre nous veulent savoir si les Palestiniens, enfants, hommes et femmes, n’existent pas, si ce ne sont que des hommes et des femmes ordinaires qui se solidarisent avec eux, s’il est si difficile d’avoir un peu de dignité humaine et d’oublier les drapeaux et le fait que certaines personnes tuent encore au nom de Dieu et pour des raisons plus matérielles ?

Non, bien sûr, les Palestiniens n’ont jamais existé. Ils ont la double condition d’être invariablement terroristes et de n’avoir jamais existé. Une véritable prouesse ontologique.

Messieurs du pouvoir vain et honteux du jour : je ne vous demande pas de quoi vous avez peur car c’est trop évident. Il est également évident que peu vous importe de choisir le côté du pouvoir et de la sécurité, mais sachez que l’histoire sera impitoyable.

Si vous ne vous intéressez pas à l’histoire mais que la Bible compte pour vous, imaginez un instant que Jésus aurait pu éviter de devenir un rebelle de plus exécuté par l’empire de l’époque. Tout ce qu’il avait à faire, c’était de se solidariser avec Ponce Pilate, avec les Pharisiens, avec les maîtres de la loi, et avec le très excellent empereur et général Tibère.

Las patentes y otro mito contra la Humanidad

Mientras en Estados Unidos sobran las vacunas contra el Covid, en muchos países falta, con resultados trágicos. Washington podría bombardear el mundo con vacunas, pero prefiere otras opciones.

Las patentes, sobre todo las patentes médicas, deberían estar sujetas a límites, a imposiciones colectivas. Esa idea de que un laboratorio privado creó todo de cero es muy conveniente para los negocios, pero es la mayor mentira de la Humanidad.

Como tantas otras.

JM, mayo 2021