Venezuela enferma: soluciones (im)posibles

En distintos ensayos hemos analizado la recurrencia del patrón histórico de acoso a toda opción política no alineada con las superpotencias hegemónicas (no hay que ser muy despierto; las pruebas y evidencias están por todas partes): el caos diseñado en múltiples países en los últimos cien años, el financiamiento de grupos armados o desestabilizadores con nombres bonitos como Freedom fighters (“Luchadores por la libertad”), la promoción y financiación de golpes de Estado y el posterior apoyo ideológico, mediático, militar y económico a los regímenes amigos que luego se llaman “restauración de la democracia” y no “libertad para mis negocios”.

Sin embargo, nada de esto debería significar (vamos a repetirlo una vez más) un apoyo al actual gobierno de Nicolás Maduro. No debería, pero así es la dinámica de la pasión política desde hace siglos: como en el ajedrez, los peones son los primeros en morir luchando por una pasión (una religión, una ideología, unos valores morales) mientras detrás la aristocracia sobrevive para llevarse los beneficios (las tierras en el Feudalismo, el oro, la plata y el cobre en la Era de las conquistas, el petróleo en nuestro tiempo). Como si se tratase de un partido de futbol donde los fanáticos se aman y se odian según la banderita que los cubre mientras alguien más se lleva los millones a sus cuentas bancarias.

En el caso venezolano ocurre un fenómeno que podíamos llamar “mazo de naipes”. Tenemos dos grupos de cartas: uno ideológico y otro humanitario. Mezclamos los naipes y repartimos a dos jugadores que resultan uno “a derecha” y el otro “a izquierda”. Vemos los jugadores, pero no vemos los naipes y nos posicionamos de un lado o del otro como si no hubiese otras posibilidades.

En lo personal y desde el punto de vista ideológico, para mí el gobierno de Maduro está lejos de lo que podría aspirar como una sociedad sin las obscenas diferencias sociales entre ricos y pobres, entre inversionistas y trabajadores, entre beneficiados y beneficiarios. Pero también hay que recordar que desde los primeros años de la experiencia de su predecesor, Hugo Chávez, el propósito golpista y el bloqueo ideológico estuvo siempre presente por razones obvias y tradicionales que no vamos a enumerar ahora.

Aunque esto pone furioso a muchos, voy a repetirlo: la oposición es Nicolás Maduro con otros intereses y en otro rol. A Maduro le quedó grande el rol de presidente y a la derecha (herederos de los Pérez Jiménez y los Andrés Pérez) le quedó chico el rol de oposición.

Como sea, y como dijo el congresista y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Ron Paul: “déjenme decirles por qué tenemos problemas en América Central y en América del Sur: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo, nos hemos metido en sus negocios y así creamos a los Chávez, hemos creado a los Castros de este mundo, interfiriendo y llevando caos en sus países y ellos han respondido sacando a sus líderes constituidos”. El público de Miami lo hizo callar con sus abucheos. Porque no hay peores inquisidores que los conversos.

 Ahora, dejando de lado las raíces del problema, es lícito considerar los frutos, casi todos amargos. Uno de esos frutos, del cual han participado Tirios y Troyanos, es la crisis humanitaria creada dentro y fuera de Venezuela.

Adentro está la grave escasez de los productos más elementales, como lo son los alimentos y las medicinas (no es necesario intentar introducir camiones por la fuerza cuando, desde mucho antes, hemos estado donando toneladas de medicamentos a través de Unicef USA y muchos otros medios más pacíficos y menos propagandísticos). Tampoco debemos minimizar la excesiva represión del gobierno, aunque algunos la considerarán una consecuencia legitima, no una causa del problema. Cierto, muchos disidentes, como el autoproclamado presidente (más allá de los 30 días constitucionales) Juan Guaido, hablan y organizan actos públicos llamando a la rebelión en las calles sin ser detenidos ni torturados ni desaparecidos. Desaparecer era la norma en las decenas de dictaduras militares que la oligarquía criolla, aliada a Estados Unidos, diseñó y apoyó en América Latina por más de un siglo. Todavía es la norma en países incuestionados por Occidente, como lo son los “regímenes aliados” de Arabia Saudí, Israel, China y tantos otros. Incluso en muchos países considerados “democráticos” por mucho menos muchos fueron enviados a la cárcel.

Pero aun así (sobre todo aquellos que sufrimos dictaduras de otros signos) no podemos ignorar que en Venezuela existen denuncias y testimonios de abusos a los derechos humanos que deben ser tomados en serio y que, considerando la situación anómala, no me extrañaría que pudiesen ser de mayor gravedad.

Para completar, también tenemos la masiva emigración de venezolanos desesperados que, como casi todos los emigrantes sin privilegios, no sólo deben sufrir el desgarro de dejar su tierra sino las dificultades de adaptarse cultural, laboral y socialmente a un nuevo país que no siempre los recibe con la solidaridad humana (no ideológica) que se merecen.

Una solución, para nada radical, apenas moderada, sería que el presidente Nicolás Maduro renuncie y deje su cargo (¿hay alguien indispensable?), no en manos de la oposición sino del segundo o del cuarto en línea de su partido hasta que se normalice el proceso electoral y legislativo. Claro, algo bastante improbable, pero podría estar en la mesa de negociación si hubiese una mesa de negociación.

La otra solución, para nada radical, apenas moderada, sería que la oposición renuncie a sus contactos en Estados Unidos y Colombia y se concentre en la Asamblea Nacional y en cualquier elección. Por más limitada que sean las “garantías del gobierno”, si se puede llamar a la rebelión y al levantamiento armado del ejército en múltiples actos callejeros (o flirteando con una invasión estadounidense, una más de cien, solución que sólo llevaría a un golpe de Estado que deslegitime cualquier pretensión de cambio), también podría ocupar el lugar para el cual fueron elegidos en elecciones. Claro, algo bastante improbable, pero podría estar en la mesa de negociación si hubiese una mesa de negociación.

Como siempre, me dirán que no puedo opinar porque no vivo en Venezuela. La respuesta es la misma que venimos repitiendo desde hace treinta años: si vivir en un lugar y en un tiempo fuesen suficiente para tener las cosas claras, no habría ninguna razón para que la gente de ese país se odiase ni tuviese lecturas tan radicalmente diferentes de los mismos hechos. Venir de o vivir en un lugar no significa que alguien sepa lo que ocurre en cada una de sus instituciones (nacionales o extranjeras) que deciden su suerte. De hecho, rara vez alguien sabe lo que está ocurriendo en su propia casa mientras lanzan esa genialidad de “yo sé lo que digo porque vivo allí”.

De hecho, resulta doblemente paradójico recibir este tipo de acusaciones (cuando no amenazas) de gente que, como solución, promueve intervenciones militares y económicas de otros países, como si el gobierno de Estados Unidos pudiese intervenir cuando quiera, pero sus ciudadanos no pudiesen pensar fuera del dogma porque “no viven la realidad”.

 

JM, 5 de mayo de 2019

 

El mismo fuego

 

TapaTequilaEl mismo fuego 5

 

 

 

 

 

 

 

Reparaciones y distracciones

Estados Unidos está embarcado en una discusión por una posible “reparación” a los descendientes de esclavos propuesta por la izquierda 170 años después de la Guerra Civil. No se menciona los linchamientos que siguieron después y no es necesario ser un genio para saber cómo terminará esta discusión nacional ahora de moda.

Sin embargo, si vamos a discutir reparaciones por los brutales crímenes racistas cometidos contra un sector de la sociedad más de un siglo atrás, bien se podría empezar por hacer algo para reducir el rampante racismo actual.

Bien se podría comenzar por reparar a las víctimas de los numerosos y sangrientos golpes de Estados en diversas partes del mundo (en África y, sobre todo, en América Latina), crímenes internacionales que sus gobiernos perpetuaron, promovieron o apoyaron. Todos crímenes reconocidos por sus propios documentos desclasificados.

Para no entrar a hablar de guerras criminales como la más reciente de Irak o los cientos de prisioneros que fueron torturados en Guantánamo por una década antes de ser declarados inocentes y sin compensación alguna.

Muchas de estas víctimas y muchos de sus hijos todavía están vivos, porque toda esa barbarie no fue cometida hace un siglo sino más bien ayer, en términos históricos.

Entonces, señores, si de verdad queremos ser justos y buenos, recordemos que aquellos que no son ciudadanos estadounidenses también son seres humanos.

Claro que no daría ninguna fortuna para compensar una mínima fracción de tantas víctimas y lo mejor es siempre distraer la atención planteando imposibles.

 

JM, abril 2019.

 

Reparations and distractions

The United States is embarking on a discussion for a possible “reparation” to the descendants of slaves proposed by the left 170 years after the Civil War. There is no mention of the lynchings that followed, and it is not necessary to be a genius to know how this current national discussion will end.

However, if we are going to discuss reparations for the brutal racist crimes committed against a sector of society more than one century ago, we could begin by doing something to reduce the current rampant racism.

We could begin by repairing the victims of the numerous and bloody coup d’états to place brutal military dictatorships in numerous parts of the world (in Africa and, above all, in Latin America), international crimes that American governments perpetuated, promoted or supported. All crimes recognized by their own declassified documents.

Not to talk about criminal wars like the most recent in Iraq (“based on wrong information”) or the hundreds of prisoners who were tortured in Guantanamo for a decade before being declared innocent and without compensation.

Many of these victims and many of their children are still alive, because all that barbarism was not committed a century ago but rather yesterday, in historical terms.

So, Ladies and Gentlemen, if we really want to be fair and right, remember that those who are not US citizens are also human beings.

Of course, no country’s fortune would be enough to compensate a fraction of so many victims, and the best thing is always to distract people’s attention proposing some impossible nice idea.

 

JM, April 2019.

Corrupción ilegal vs. corrupción legalizada

Ilegal: corrupto

Luego de las conocidas mega crisis de la última etapa del ciclo neoliberal latinoamericano de los 90s, entre 2003 y 2014 el PIB de Brasil pasó de 558 mil millones a casi 2,5 billones de dólares, por encima del Reino Unido. Durante este boom de la economía brasileña y de una notoria mejoría en los estándares sociales de las clases más bajas, advertimos varias veces que su talón de Aquiles sería la corrupción, la cual es una tradición no solo en Brasil sino en todo país que no se ha desligado completamente de la mentalidad colonial, que es la que más generó corrupción en los países pobres de África y de América latina, enseñando a los de arriba a corromperse por ambición patológica y a los de abajo por necesidad ante un sistema de leyes que, como decía un caporal, se respetaban pero nunca se cumplían.

En 2016, la presidenta Dilma Rousseff fue condenada por corrupción por un congreso repleto de corruptos y debió abandonar su puesto de presidenta, acusada de maquillar los números presupuestales. Hasta el momento no se han aportado prueba alguna de su implicación en la corrupción de Petrobras, que fue la razón que inició la súbita fiebre anticorrupción, amplificada desde el 2011 por las redes sociales y el tradicional odio oligárquico (racista, sexista y clasista) inoculado hasta en el más pobre.

Más recientemente, el expresidente Lula (odiado por haber sacado a treinta millones de brasileños de la pobreza, siendo que no tenía otro título que el de trabajador metalúrgico) fue condenado por aceptar, a cambio de favores empresariales, reparaciones gratis en un costoso apartamento de su propiedad a nueve años de prisión (más que cualquier genocida latinoamericano) y por lavado de dinero a 12 años.

Cuando Lula fue enviado a prisión era el candidato a la presidencia favorito en las encuestas. El juez que lo condenó, Sergio Moro, nuevo héroe de la ética y la “lucha contra la corrupción”, aceptó el Ministerio de Justicia (cargo político) ofrecido por el recientemente electo presidente Jair Bolsonaro, principal adversario y enemigo de Lula. Siendo senador, Bolsonaro votó por el impeachment de la presidenta Rousseff al tiempo que daba vivas a la pasada dictadura militar.

Este tipo clásico de corrupción latinoamericana, tragicómica, carnavalesca, es de una alta ingenuidad. Siempre existió y en períodos de dictadura militar se multiplicó bajo el silencio de la censura, lo que le confería esa ilusión de paz, honor y rectitud que las oligarquías suelen repetir para justificar sus crímenes y abusos históricos.

Este tipo de corrupción es condenable porque es ilegal. Razón por la cual desde Europa y desde Estados Unidos se considera siempre que esos países nunca se desarrollan porque son demasiado corruptos. “América latina, droga y corrupción”, es la representación que tienen de nosotros. Por supuesto que del masivo consumo de drogas en el Primer Mundo que hace posible la alta criminalidad en los países del Sur, no se habla. Colombia ha sido, por generaciones, el país sudamericano con más bases militares de Estados Unidos y sigue siendo, por lejos, el mayor productor de cocaína del mundo (por casualidad, Estados Unidos es el mayor consumidor). Pero los narcoestados son los otros. La criminalidad en México se disparó en la primera década de este siglo como consecuencia de la llamada Guerra contra las drogas, lo que demuestra la persistencia de la ingenuidad de pretender que la militarización de las sociedades es la respuesta a la violencia creada por la brutal desigualdad económica y la ilegalidad de las drogas.

De la corrupción de los negocios del actual presidente de Estados Unidos se podrían escribir libros. Bastaría con recordar la insistencia de negarse a mostrar sus declaraciones de impuesto.

It’s legal, dude

Pero vayamos a la madre de todas las corrupciones: la corrupción legal. Podríamos empezar por cualquier parte, por ejemplo por la genocida corrupción belga en el Congo, que dejo millones de asesinados a total impunidad. Antes de la dictadura del títere Mobutu, que siguió al magnicidio de Lumumba y otros frustrados presidentes, el país fue por un siglo una empresa privada y casi todos los abusos cometidos allí eran legales, precisamente porque los criminales y corruptos hacían las leyes. Podríamos continuar por horas y días analizando casos similares.

En noviembre de 2018, Miriam Adelson, una mega donante del entonces candidato Donald Trump, esposa del billonario de los casinos Sheldon Adelson, recibió la Medalla de la Libertad de manos del presidente Donald Trump. Cuando se lo comenté a Noam Chomsky en relación a la “corrupción latinoamericana”, dijo: “comparada con la corrupción aquí en Estados Unidos, la latinoamericana es un juego de amateurs”. Imposible resumirlo mejor.

El 13 de abril de 2019, el USA Today (un diario al que no se puede sospechar de comunista, de subversivo o de alguna de esos versos aprendidos de memoria por los reaccionarios latinoamericanos), junto con el The Arizona Republic and the Center for Public Integrity, publicaron una investigación confirmando lo que habíamos escrito desde hace muchos años. El título lleva toda la ironía que merece: “Copy, paste, legislate”.

Según esta investigación, en los últimos ocho años en los 50 Estados de la Unión se aprobaron leyes para beneficiar “intereses especiales” de grandes compañías. Según el informe, cada vez que los legisladores escriben una ley, tanto las grandes corporaciones como los lobbies llenan los espacios vacíos que son necesarios para beneficiarlos.

En solo este periodo analizado, 10.163 proyectos de ley fueron propuestos en los congresos estatales, todos copias de los modelos escritos directamente por grupos de intereses especiales. Si los legisladores usaran los software que se usan en las universidades estadounidenses para detectar plagio, sus autores hubiesen sido expulsados de sus puestos a la primera de cambio, como son expulsados, muchas veces sin piedad, jóvenes estudiantes de 22 o 25 años por plagiar un párrafo en un modesto paper.

Aunque las grandes empresas ya usan inteligencia artificial para detectar lo que no detectan los análisis de palabras, esta investigación no incluyó aquellas leyes que fueron reescritas de cero y que pudieron incluir las mismas ideas y propósitos. Estos miles de casos analizados eran los más obvios de “copia y pega”.

2.100 de esos proyectos se convirtieron en leyes. La gran mayoría de estas leyes beneficiaron a las grandes industrias y a las ideologías conservadoras. Irónicamente, todos estos modelos comienzan con las palabras “libertad” y “derecho”, y mencionan los principios y las leyes anteriores en las cuales se ampara y justifica el nuevo proyecto de ley.

Esta investigación confirma los resultados de otra más antigua realizada por Princeton University que afirmaba que las chances de que un proyecto de ley con la aprobación de la población tenía un 30 por ciento de probabilidades de ser aprobado, mientras que aquellos proyectos ampliamente impopulares tenían, también, un 30 por ciento de probabilidades de ser aprobados.

En otras palabras, la opinión del pueblo no vale una hamburguesa de McDonald’s. Tal vez sí una Cajita Feliz.

Es esta la madre de todas las corrupciones que no se llama corrupción.

JM, 13 de abril de 2019

 

La entrevista sobre Venezuela que nunca se publicó

 

“Secretario” de la OEA Luis Almagro: más fácil que recaudar 100 millones de dólares de “ayuda humanitaria” para Venezuela, es no castigarla con 10.000 millones de dólares de sanciones económicas.

La siguiente entrevista nunca fué publicada por el periodista que la requirió. Para salvar las respuestas del significativo silencio, el entrevistado ha reescrito las preguntas conservando el orden y la intención original.

Entrevista sobre Venezuela que nunca se publicó

P: ¿Cómo evalúa la grave situación que está viviendo Venezuela hoy?

JM: Como grave.

P: ¿Puede haber una mayor demostración de crueldad que la quema de ayuda humanitaria por parte del régimen de Nicolás Maduro?

JM: Eso es lo que han dicho los medios y los políticos de la derecha estadounidense y latinoamericana. Hay versiones encontradas sobre ese hecho. Todavía es necesaria una investigación. Mire, en lugar de consumir los cuentos de Disney del senador Merco Rubio, no sería mala idea escuchar lo que tiene para decir otro político, republicano pero mucho más inteligente y mejor informado, como lo es Ron Paul. (*)

P: Pero usted estará de acuerdo que el régimen chavista es una calamidad que ha hundido a Venezuela en la miseria.

JM: El problema de Venezuela no es solo Nicolás Maduro. Si los muchachos de Miami finalmente lograsen asesinarlo y la oposición tomase el gobierno, Venezuela seguiría con serios problemas, aunque Estados Unidos y la gran prensa le daría un gran alivio económico. Otro problema que impedirá una solución razonable en el mediano plazo es el odio político que permea a gran parte de la población. Si Maduro es autoritario, la oposición ha dado repetidas muestras de intolerancia desde el golpe de Estado de 2002.

P: Ha sido el régimen chavista el que destruyó el país, no la oposición.

JM: Chávez no llegó al poder por un golpe de Estado, aunque lo intentó en 1992, sino por “la situación del país”, sobre todo del país de los de abajo. Más allá de que en lo personal nunca me gustaron los líderes personalistas como Perón o como Chávez, la insistencia mediática de llamarlos “dictadores” no tiene sustento: ambos fueron presidentes por voto popular y sufrieron golpes militares de la oligarquía enquistada en el verdadero poder social. Cuando defienden los intereses del gran capital, los dictadores no son llamados dictadores por la gran prensa y los dueños del mundo. Durante casi todo el siglo XX Venezuela vivió sobre el petróleo y bajo dictaduras o con democracias formales, pero con terribles crisis sociales, como la que terminó con el Caracazo, la matanza de cientos de venezolanos en 1989, una década después del boom del petróleo. Por entonces el gobierno de Estados Unidos salió a rescatar a uno de sus presidentes favoritos, Carlos Andrés Pérez, con otra lluvia de dólares, no con sanciones económicas ni apoyando a la oposición que participó en las protestas.

P: Los políticos de izquierda siempre se han perpetuado en el poder.

JM: Aquí en Florida existe la risible pero comprensible creencia universal de que América Latina ha sido un mar de dictaduras comunistas. Los presidentes de izquierda han sido una ínfima minoría en la larga tradición latinoamericana de déspotas de derecha, de dictaduras de corte nazi y agresivamente pro capitalistas. Claro, cuando los pocos líderes de izquierda llegaron al poder, muchas veces continuaron esa cultura enferma del continente (que no inventaron ellos) que ha potenciado la corrupción en beneficio de las mismas elites de siempre. Es el lado negativo que le veo a Evo Morales y a Daniel Ortega. Claro, en los 80 a Nicaragua se la acosó con grupos terroristas llamados “luchadores por la libertad” y financiados por Washington con dinero sucio de Irán, por intermediación de Israel. Pregúntele al ahora encargado de la estrategia para Venezuela, Elliott Abrams, que de ese tema sabe mucho porque es un ex convicto. En el caso de Bolivia hoy nadie habla del permanente crecimiento del cuatro por ciento anual de su economía. Y si Franklin Roosevelt fue presidente de Estados Unidos por cuatro períodos y lo mismo Merkel en Alemania o Netanyahu en Israel, está bien. A esos no se los puede criticar…

P: Los bolivianos que vienen de allá, que conocen la realidad de sus países, saben que Evo es un dictador.

JM: “…los que vienen de allá”. Ningún estadounidense viajaría por el mundo diciendo que sabe lo que dice de su presidente Trump “porque vive en Estados Unidos”. Esos son argumentos que revelan inmediatamente el nivel intelectual de la discusión. Cada latinoamericano que viaja por el mundo se cree autorizado a “hablar de la realidad” de sus países con ese típico e ingenuo argumento de “yo sé lo que digo porque lo viví”, como si no hubiese millones que vivieron y viven los mismos hechos y piensan radicalmente diferente. Como decía un funcionario estadounidense de la embajada de República Dominicana en tiempos del dictador Trujillo: todos nuestros informes sobre este país están basados en lo que dicen los dominicanos que visten trajes y hablan inglés. Así ha sido siempre. No son pocos los “campeones de la democracia” que se van de sus países porque no les permiten expresarse libremente, llegan aquí y apenas escuchan una opinión diferente a la de ellos, te dicen que te vayas de este país para mantener la coherencia. Nunca han entendido qué es eso de la “democracia”.

P: ¿Por qué culpar siempre a Estados Unidos? ¿No hay suficientes pruebas de que el socialismo nunca funcionó en ninguna parte?

JM: Independientemente de su ideología, si un país no está alineado a la voluntad de la superpotencia, va a fracasar siempre, al menos en su economía. Nadie dice que China o Vietnam son pruebas de que el comunismo no funciona. China tiene un pésimo record en derechos humanos, pero su régimen comunista protege los capitales y eso es suficiente para no intentar destruir su economía con un bloqueo estilo Cuba. Lo mismo regímenes terribles como Arabia Saudita. Ahora hasta Corea del Norte tiene “relaciones amorosas” con el gobierno de Estados Unidos ¿Se imagina usted una manifestación pública de algún opositor en alguno de esos países amigos? No, pero a Venezuela se le impone sanciones económicas, se le bloquea la venta de su principal recurso, el petróleo, y se le prohíbe retirar sus propios ahorros de un banco de Londres. Solo en los últimos tres años estas sanciones le han quitado a ese país, no a Maduro, 8.000 millones al tiempo que se intenta introducir “ayuda humanitaria” a la fuerza por unas decenas de millones. Ese tipo de hipocresía es una vieja tradición. Todos los presidentes democráticamente electos como Mosaddegh en Iran, Arbenz en Guatemala, Lumumba en el Congo o Allende en Chile han sido económicamente estrangulados para generar desesperación en sus pueblos (esto no es una mera opinión; ha sido confirmado por los documentos desclasificados de las superpotencias). Todos fueron derrotados y reemplazados por crueles dictaduras militares que protegieron los recursos que las grandes compañías internacionales explotaban en esos países. ¿Quiere más detalles? Todas esas y otras decenas de brutales “dictaduras amigas” que secuestraron, violaron y asesinaron a cientos de miles de personas recibieron como premio multimillonarias ayudas del gobierno estadounidense. Así cualquiera demuestra que “el socialismo no funciona”. Pero a pesar de las ayudas financieras, narrativas y geopolíticas, la mayoría de esos “modelos” de países capitalistas fracasaron estrepitosamente. Recientemente Argentina volvió a implementar un modelo de capitalismo salvaje y volvió a fracasar como en la gran crisis del 2001. Pero el FMI ha salido al rescate del gobierno de Macri con 30 mil millones de dólares y el exitoso modelo sigue fracasando. ¿Por qué tantos países centroamericanos, más capitalistas que Estados Unidos, también son modelos de fracaso económico y social? ¿Qué hay del racismo y la violencia brutal en Brasil? ¿Qué hay de los cientos de líderes sociales ejecutados en Colombia en los últimos años? ¿Qué hay de las grandes empresas, entre ellas estadounidenses, que financiaron grupos terroristas en ese país y como castigo le pagaron una compensación económica al gobierno de Estados Unidos, no a las víctimas? ¿Por qué Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo, es el país con más bases militares del mayor consumidor de droga del mundo, pero se acusa a los vecinos de “narcoestados”? ¿Por qué no hay tantos artículos y entrevistas sobre la calamidad en Haití…? Pues, sí, claro que Estados Unidos tiene una cuota gigantesca en la destrucción de la economía venezolana como de la cubana. Es parte de una vieja estrategia que los pueblos olvidan fácilmente o simplemente ignoran. Es necesario tomar en serio e investigar más las denuncias de tortura y ejecuciones por parte de la policía venezolana, las que pueden ser más graves de lo que se sabe hoy. En lo personal, quisiera ver a Maduro irse del poder. Ahora ¿harían lo mismo los dueños del mundo? Una pregunta retórica que no necesita respuesta, lamentablemente.

 

JM, febrero 2019

 

(*) Una reciente investigación del New York Times probó que la quema de camiones con ayuda humanitaria se debió a una bomba molotov de los manifestantes del lado colombiano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por qué el actual ataque contra el humanismo es una catástrofe global

Más allá de las variaciones, de las ambigüedades y contradicciones que podemos observar en lo que llamamos “humanismo”, como en cualquier fenómeno histórico y, sobre todo, humano, creo que también podemos entender con una relativa claridad el Humanismo, básicamente desde dos puntos de vista, uno diacrónico y otro sincrónico.

El primero, por referirse a la historia, es más “objetivo”, es decir, es más fácilmente contrastable con la literatura y el mar de documentos que nos han llegado. El segundo, se refiere más a una concepción filosófica de lo que es.

Empecemos por el segundo:

Sincrónico

Cada vez que en alguna clase menciono algún fenómeno social o algunos valores individuales como relativos al humanismo, mis estudiantes casi automáticamente piensan que estoy recurriendo a una explicación atea. Para algunos, humanismo y marxismo serían casi la misma cosa. Este error conceptual no es casualidad, ya que es el mismo que se asume en los medios y en muchos libros, incluso en algunos libros académicos de las últimas décadas. Para mí decir que el humanismo es una concepción atea es tan erróneo como decir que Dios y religión son la misma cosa. Hoy en día, sobre todo entre los grupos más conservadores, la sola idea de que alguien pueda prescindir de una religión para tener alguna idea o creencia de Dios es por lo menos inconcebible. El rechazo espontáneo es similar al que debió experimentar D. F. Sarmiento al anarquismo de los gauchos. Al mismo tiempo que estos grupos insisten en definirse como apolíticos, en negar que la muerte de Jesús fue (además) un hecho radicalmente político, se empeñan en mezclar política con religión.

Si tuviese que destilar o abstraer al máximo el primer rasgo “necesario” que define el pensamiento humanista diría que radica en la libertad del individuo. No me refiero a ese fetiche político del cual se ha abusado en los dos últimos siglos y, sobre todo, en las últimas décadas. Me refiero a un grado relativo, probablemente mínimo, de libertad concreta en un individuo concreto. Libertad de pensamiento y libertad de acción.

El marxismo más radical (a juzgar por los artículos que publicó durante diez años en The New York Daily Tribune, Karl Marx no era un típico marxista) no podía ser un humanismo porque consideraba que las ideas (y todo aquello perteneciente a la superestructura) era una consecuencia directa de la base, de las condiciones económicas, productivas, etc. Este aporte intelectual del marxismo es de una importancia histórica inconmensurable (de hecho explica el largo fracaso de algunos humanistas, laicos y religiosos, que por siglos lucharon contra la esclavitud y debieron esperar hasta la Revolución industrial, a las nuevas condiciones de producción y explotación para que sus valores morales se impusieran). Pero la verdad, como siempre, no se termina allí y, con frecuencia, resiste y destruye cualquier confortable convicción. En este sentido el marxismo más radical y panfletario era (o es) “anti-humanista” por lo que tenía de determinista. En oposición (no sin cierto grado de paradoja) estaría el intento de Jean Paul Sarte de reconciliar el existencialismo con el marxismo. Las corrientes existencialistas han sido básicamente corrientes humanistas, desde el existencialismo religioso de Soren Kierkegaard hasta el existencialismo ateo de Jean Paul Sartre, por el rol decisivo, central, que tenía el concepto de libertad individual (con sus implicaciones emocionales, antes que racionales).

Lo mismo podemos observar en ciertas corrientes religiosas, protestantes o islámicas, que tienen una concepción fatalista del destino del individuo y de la humanidad: el destino está escrito, decidido de antemano; no hay nada que un individuo pueda hacer para salvarse o perderse, etc. Todas estas son concepciones anti-humanistas porque no reconocen la libertad, el libre albedrío, como facultades definitorias del ser humano.

Lo mismo el capitalismo: cada vez que, como ideología, la libertad se reduce a una libertad de mercado pero en su extremo todo se reduce a la ley de oferta y demanda, a “la mano invisible del mercado”, entonces el destino humano estaría regido por una fatalidad meta-humana, divina o material, y, por lo tanto, no es un humanismo.

Ahora, ¿dónde radica a capacidad de libertad de un individuo? Por supuesto que lo primero que uno piensa es en la libertad física y los ejemplos de personas encarceladas o esclavizadas por sus problemas económicos surgen casi de forma automática. Esto es una parte importante del problema, pero no es toda, ya que es parte de la condición humana estar limitados por barreras materiales, unas que permiten mucho espacio y otras que son capaces de aplastar a un ser humano, como lo es la tortura física y psicológica, la violencia física y moral.

Pero creo que en su sentido más profundo la libertad se basa y se define en la capacidad creadora del individuo, más allá de las condiciones favorables o desfavorables en las que se encuentra.

Es decir, si bien es cierto que casi todas nuestras ideas proceden de algún lado, son heredadas o producto de unas condiciones económicas, sociales y culturales dadas, también es cierto que hay un espacio, aunque sea mínimo, para la creatividad, para lograr que la combinación de dos elementos genere un tercer elemento nuevo, diferente. De otra forma, la historia siempre se repetiría mecánicamente, y si bien creo que en lo más profundo nuestra condición humana no ha cambiado mucho en los últimos milenios, que repetimos de forma inadvertida historias similares a la de nuestros abuelos y antepasados, también entiendo que la libertad está en cada variación y en cada decisión de ser o de hacer algo diferente a lo que podría indicar la rutina y el sentido común.

Cada vez que elegimos no seguir al primer instinto, el primer impulso, la mecanicidad de un acto rutinario, cada vez que elegimos cambiar con algún propósito y no sólo somos concientes de nuestras condiciones dadas sino que además dirigimos nuestras acciones por caminos nuevos, estamos ejercitando cierto grado de creatividad, es decir, cierto grado de libertad. Es decir, es en ese preciso memento en que estamos siendo humanos. Y cuando lo reconocemos y lo revindicamos, además de humanos somos humanistas.

 

Ahora veamos el problema según su maduración histórica.

Diacrónico

El humanismo moderno fue uno de los principales motores de la dramática revolución que marcó el fin de la Edad Media y el surgimiento del Renacimiento, dos nombres discutibles, ya que reflejan un punto de vista particular, que es el del Iluminismo y la Ilustración. De hecho, el Iluminismo del siglo XVIII es hijo del humanismo, como lo es el Renacimiento de los siglos XV y XVI.

Si tuviese que hacer un breve resumen, muy sintético, de los cientos de volúmenes que he ido estudiando sobre el tema a lo largo de los años, creo que podríamos hacer una lista de esos valores que desde el siglo de Dante, Petrarca y Averroes, sino antes, significaron una lentísima, casi imperceptible pero radical revolución que se prolonga hasta nuestros días:

1) El humanismo puso el acento en la libertad del individuo. Por definición y concepción, toda doctrina fatalista o filosofía determinista es anti-humanista.

2) Consideró que el arte y la literatura enseñan a ser seres humanos. Este es un descubrimiento de la antigua Grecia.

3) Consideró que la historia no es necesariamente un proceso de corrupción y degradación, como durante milenios lo ilustró la metáfora de las edades según los metales, que comenzaba en la Edad de Oro (el Edén) y terminaban en la Edad de Hierro. Esta concepción del tiempo y de la historia fue dominante en muchas culturas de la Antigüedad y, sobre todo, en la tradición judeocristiana.

4) Si la historia puede progresar, entonces los valores morales (por lo menos algunos) pueden cambiar según los contextos; no son inamovibles ni han sido definidos para siempre por una sola Revelación.

5) Leer es interpretar. Como consecuencia, es posible que aquí se haya comenzado a destruir la idea de que el autor es la autoridad. Esta concepción (derivada de la idea de que el Autor de la Biblia y del Corán es Dios, que leer es tratar de descubrir la intención del autor, y que por tratarse de Dios sólo podría haber una verdad única) progresivamente se fue degradando, sobre todo referido a textos no religiosos.

6) Por lo tanto, si es posible que un signo irradie varios significados posibles (no cualquier significado, de lo contrario dejaría de ser un signo), la diversidad no es un atributo del demonio sino algo meramente humano.

7) La popularización de la cultura a través de la imprenta, que los mismos humanistas provocaron, es una “vulgarización” (el conocimiento al vulgo) positiva desde un punto de vista democrático.

8) Consecuentemente, surge un interés por las culturas populares, los romances, los refranes, y las lenguas vernáculas.

9) Surge la extraña idea de que a través de la educación de los niños se podría definir un cambio social.

10) En literatura, se produce un redescubrimiento de los géneros del diálogo y la epístola.

11) El comercio no es algo maldito. Es sólo otra actividad típicamente humana que beneficia el bienestar material y la expansión de la cultura.

12) Se reconoce el valor de la multiplicidad de puntos de vista y, en consecuencia, el eclecticismo y la tolerancia.

13) El Estado y las religiones deben estar separados. El primero debe garantizar la libertad de cultos. (Siglo XIV).

Muchos humanistas, generalmente académicos, profesores de letras procedentes de Grecia y Turquía no eran religiosos. Sin embargo, los siglos XIV, XV y XVI abundarán en humanistas religiosos, como los poetas italianos, los ensayistas españoles o la gran figura holandesa, Erasmo de Róterdam. En este sentido, es probable que la crítica de los católicos humanistas a la autoridad excesiva de la iglesia (aparte de sus críticas a la corrupción eclesiástica de la época) y su concepción del valor de la lectura y la relectura des-institucionalizada, hayan preparado el camino al protestantismo. Lo cual será una nueva paradoja histórica, porque de aquí surgirán las doctrinas más fatalistas y anti-humanistas de la Era Moderna.

También podríamos considerar a Miguel de Cervantes y un siglo antes a Bartolomé de las Casas como otro humanista católico, probablemente converso, quien en las primeras décadas de la conquista española de América se opuso a la esclavitud de los indígenas por motivos humanitarios (por entonces, una elite de intelectuales apoyaba la idea de un “derecho natural” universal, algo muy parecido a lo que hoy son los “derechos humanos”), resistiendo a teólogos como Ginés de Sepúlveda que intentó justificar la esclavitud de las razas inferiores usando la Biblia. Fue necesario que pasaran cuatro siglos para que su prédica se materializara, fundamentalmente gracias a las nuevas condiciones de producción creadas por la Revolución Industrial.

Nuestro tiempo sería imposible de concebir sin la revolución humanista. Valores como la libertad, la diversidad, la igualdad, la democracia, los derechos humanos y la conciencia humana como motor de progreso moral, ahora son casi paradigmas. Hoy casi todas las religiones aceptan estos valores como fundamentales. Sin embargo, creo que es necesario observar que ninguno de esos valores fue resultado de la lucha de ninguna religión dominante sino todo lo contrario: esos nuevos valores encontraron enardecidas y brutales resistencias de las fuerzas más conservadoras, generalmente apoyadas por las iglesias oficiales de turno. La libertad fue maldecida por religiosos como Santa Teresa, quien consideraba que la obediencia y el reconocimiento de la jerarquía masculina era decisión de Dios. Hasta en el siglo XX, la democracia fue maldita en algunos países y en para algunas tradiciones religiosas era obra del Demonio que buscaba destruir las sanas jerarquías del mundo predicando desobediencia y libertad. La diversidad, hasta no hace mucho, fue vista siempre como una inmoralidad. La posibilidad de que diferentes religiones puedan tener partes de verdad, fue siempre motivo de persecuciones, torturas y guerras sangrientas. Incluso en la Europa renacentista, el antisemitismo y cualquier otro tipo de discriminación y persecución racial era considerado una obligación ética, cuando no las guerras santas, que hasta hoy sufrimos.

Es, en este sentido, que alguna vez he dicho que el humanismo es la última gran utopía de Occidente. Porque es en sus principios, como el valor de la humanidad como una totalidad y de los individuos como una diversidad positiva, donde radica la esperanza de un mundo que todavía sufre de canibalismo. Dudo que haya alguna religión particular que pueda unir a la Humanidad y mitigar así sus trágicos conflictos. No dudo tanto de que son los valores humanistas los únicos capaces de unir la enorme heterogeneidad de la humanidad que, como una orquesta sinfónica, sea capaz de tocar una misma sinfonía, armónica, gracias a la diversidad de sus instrumentos.

 

 

 

La guerra de los cerdos y la política tribal

La guerre au cochon et la politique tribale

Para distraer la atención del asalto global del 0,1 por ciento de la población mundial, tenemos una creciente Guerra del Cerdo (novela de 1969 de Bioy Casares) pero extendida a los extremos más diversos que el novelista argentino nunca imaginó: jóvenes contra viejos, blancos contra negros, latinos contra anglos, gordos contra flacos, camioneros y mineros contra universitarios, bebedores de cerveza contra abstemios, veganos contra vegetarianos y vegetarianos contra carnívoros, feministas de la primera ola contra feministas Instagram contra hombres, machistas contra feministas, hombres contra mujeres, lesbianas contra heteros y heteros contra gays, conductores de Ford contra conductores de Chevrolet, contra barbudos de Harley-Davidson contra profesores sin barba, inmigrantes de tercera generación contra inmigrantes de primera, amante de las armas y creyentes en Saturno contra creyentes en Urano. Odiadores buenos contra odiadores malos (“odiadores”, haters, otra palabreja intraducible defecada en el centro del mundo para consumo de la periferia).

A principios de este siglo (todavía con cierto optimismo en una nueva forma de democracia radical, directa, de una “sociedad desobediente” liberada de sus grandes líderes y de las manipulaciones de la aristocracia financiera) comenzamos a publicar sobre el regreso de “Las fronteras mentales del tribalismo” (2004, tribal, en el sentido europeo de la palabra, porque las “tribus salvajes” que encontré en África eran lo más civilizado y pacifico que conocí en mi vida), sobre la nueva “Cultura del odio” (2006) y sobre el posible regreso de los monstruos occidentales (“El lento suicidio de Occidente”, 2002) como el fascismo, la arrogancia y la intolerancia hacia “el otro”. El más reciente artículo “La opinión propia y otras banalidades” (2015), por entonces leído como sátira, hoy es una realidad: las máquinas fácilmente pueden opinar por cada individuo basadas en sus hábitos consumistas o en su posición social, racial, etc.

Pero todavía podemos especular que toda esa mentalidad medieval que se ha instalado en el mundo puede ser solo una reacción a un movimiento histórico mayor, profundizado en los sesentas o, en el peor de los casos, un ciclo histórico en sí mismo que ha llegado para quedarse por muchos años. (No creo tanto en esto último. Lo más probable es que en unas décadas estemos hablando de una reacción de los de abajo. Todavía no hemos cruzado la inevitable línea de quiebre y no va a ser agradable para nadie).

Los nuevos medios interactivos no han ayudado significativamente para conocer mejor al otro (al otro individuo, a la otra cultura) sino, probablemente, lo contrario.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Muchos años atrás, con una mirada exterior desde dentro de la gran potencia, nos sorprendía que en Estados Unidos uno pudiese adivinar la afiliación política de una persona con sólo mirarla a la cara, con verla caminar, sin necesidad de que dijera una sola palabra. Ese aparente absurdo es actualmente la tendencia de moda en el mundo.

No previmos que uno de los monstruos reprimidos a los que nos habíamos referido antes de ese momento y que nos definen como seres humanos, opuesto al altruismo, a la búsqueda de justicia y convivencia, se iba a potenciar gracias a los mismos medios de interacción. Me refiero al ego ciego, a la necesidad de sentirse superior al resto a cualquier precio, al “síndrome Trump” en cada individuo como fuente ilusoria de placer (ya que no de felicidad) que solo provoca más ansiedad y frustración.

En otras palabras, es la política de las antes mencionadas tribus (los nacionalismos) y de las micro tribus (las burbujas sociales). Muchas veces, burbujas prefabricadas por la cultura del consumo.

A partir de esta atomización de la política y de la sociedad en tribus, en microburbujas, nuestra cultura global se ha convertido en algo crecientemente toxico, y el odio al otro en uno los factores comunes que la organiza. Odio e inevitable frustración exacerbada por la lucha por el reconocimiento social, por la fama de cinco minutos, por el deseo de convertirse en virus por alguna frivolidad, por la necesidad de “visibilidad”, antigua palabra y obsesión de la cultura estadounidense antes de ser adoptada como propia y natural por el resto del mundo. (Hace unos meses, una diputada uruguaya de nombre Graciela Bianchi, no una milenial sino una señora mayor, se defendía del cuestionamiento de un periodista argentino sobre los fundamentos de sus declaraciones diciendo que ella tenía “mucha visibilidad” en su país.)

Pero como no todos los individuos pueden ser famosos, “influencers” (mucho menos cuando el individuo ya no existe, cuando es un ente plano, estándar, repetido con mínimas variaciones que cada uno considera fundamental), la necesidad de reconocimiento individual se proyecta en un grupo mayor, en la tribu, en los irracionales sentimientos nacionalistas o raciales donde la furia por una bandera de un país o por la bandera de un club de futbol casi no difieren sino en escala. Así, si hasta un individuo llamado Donald Trump, un millonario que ha llegado a ser presidente del país más poderoso del mundo, necesita humillar y degradar al resto para sentirse superior, no es difícil imaginar lo que pasa por el músculo gris de millones de otros abstemios con menos suerte.

La idea humanista de igualdad-en-la-diversidad, el paradigma que más recientemente definió la Era Moderna (aparte de la razón y el secularismo) y que fuera una novedad absurda hasta el siglo XVIII, ha perdido, de repente, gran parte de su prestigio.

Aunque parezca absurdo, los pueblos se cansan de la paz, se cansan de la justicia, se cansan de la solidaridad. Por eso necesitan, cada tanto, un gran conflicto, una catástrofe, para volver a dejar de lado “la rabia y el orgullo” fallaciano, esa toxina del individuo, de la raza, de la tribu, del grupo en función a un enemigo y volver a preocuparse por los valores de la justicia y la sobrevivencia colectiva.

Por esta razón, son posibles ciertos períodos de paz y solidaridad mundial, pero la humanidad en sí está condenada a la autodestrucción, más tarde o más temprano. La naturaleza humana no se conforma con descargar sus energías más primitivas en los estadios de futbol, en las elecciones presidenciales, sino que necesita humillar, violar y matar. Si lo hacen otros en su nombre y con una bonita bandera, mucho mejor.

La historia seguirá escribiéndose en la eterna lucha del poder contra la justicia, pero la arrogancia moral, el egoísmo, individual o colectivo, siempre tendrán la espada de Damocles en su mano. La novela La ciudad de la Luna, publicada tardíamente en 2009, fue una metáfora clara del mundo que vino después, de este nuevo medievalismo en el que nos vamos hundiendo lentamente como Calataid se hundió en las arenas del desierto mientras sus integrantes se odiaban unos a otros en sectas que se consideraban la reserva moral del mundo.

No, nada de lo que vemos ahora fue una sorpresa de la historia.

 

JM, 2 de enero 2019

El falso dilema del patriotismo

En mis años como profesor en diferentes universidades de Estados Unidos, me ha tocado tener en mis clases a estudiantes que estaban realizando la carrera militar. Marines, aviadores y todo tipo de futuros integrantes de las elites del ejército estadounidense. Este grupo es minoritario en universidades no militares (normalmente no pasa del cuatro por ciento). Como profesor consejero, me fueron asignados algunas veces excombatientes de las guerras Afganistán y de Iraq (esa misma que, desde enero de 2003, desde España, denunciamos en diferentes medios como un crimen internacional y el origen de la futura crisis estadounidense). Estos jóvenes reventados, física y emocionalmente, muchos de ellos con PTSD (trastorno de estrés postraumático) me confesaron sus experiencias, frustraciones y hasta fanatismos, alguno de los cuales habitan en mis novelas, con otros nombres y en otras historias.

En mis cursos sobre América Latina intento que no falten los eventos más relevantes de la historia de las Américas, ampliamente ignorados por el público en general y hasta por los mismos estudiantes universitarios. Eventos donde el papel que jugó Estados Unidos frecuentemente ha sido, como cualquier persona medianamente informada sabe, patético: despojo de los territorios indios, de los mexicanos; sangrientas intervenciones en los países caribeños y centroamericanos en defensa de las grandes compañías internacionales, arrogancia y racismo explicito, instalación o respaldo de sangrientas dictaduras por todas partes, represiones populares, destrucción de democracias como en Guatemala y en Chile, apoyo al terrorismo de Estado o a terroristas depuestos, como los Contras (“Freedom Fighters”), asesinato de religiosos, obreros, campesinos, sindicalistas, periodistas e intelectuales bajo diferentes excusas por parte de mafiosos entrenados en instituciones como la Escuela de las Américas o por sus soldados, que tanto obedecían la orden de limpiar los baños de sus superiores como de masacrar una aldea de sospechosos. Y un largo, larguísimo etcétera.

A pesar de proceder de las narrativas populares que todos los países repiten hasta el hastío, del siempre subyacente adoctrinamiento de Nosotros-somos-los-buenos-y-los-otros-los-malos, estos jóvenes, cada vez que se enfrentaron a la dura realidad documentada y probada de los hechos históricos, han sido siempre respetuosos. Al menos en el salón de clase. Respetuosos de una forma que rara vez se encuentra entre los mismos latinoamericanos procedentes de las tradicionales elites dominantes de las diversas repúblicas bananeras del sur o de las clases subalternas que apoyaron todo tipo de atrocidades contra sus propios pueblos, siempre en nombre de alguna excusa, dependiendo del momento histórico: negros quilomberos, indios borrachos, pobres haraganes, obreros parásitos, sirvientas putas, curas comunistas, intelectuales marxistas, and so on.

Una vez, uno de esos excombatientes del ejército estadounidense me propuso escribir un ensayo sobre Ernesto Che Guevara. Le di luz verde, como no podía ser de otra forma ante la petición de un estudiante interesado por investigar algo, pero luego nunca apareció por mi oficina para discutir el proyecto. Cuando se vencía el plazo de entrega, apareció y me dijo, con el tono de voz de alguien que está hablando muy en serio:

“Aunque no tiene ninguna importancia académica, debo decirle que soy anticomunista y que nunca me cayó bien Ernesto Guevara. Mis amigos de Miami dicen que era un asesino. Pero si yo hubiese sido un guatemalteco o un boliviano en los años sesenta, no tengo dudas que me hubiese unido a los guerrilleros del Che”.

Me dejó su ensayo en la mesa y se fue.

Sería casi imposible que un latinoamericano fuese capaz de este tipo de apertura. Los latinoamericanos suelen ser más fanáticos. Porque el colonizador no necesita ser fanático para defender sus intereses. El colonizado, alguien que defiende a muerte su propia opresión, sí.

Aquí en Estados Unidos conocí a muchos latinoamericanos (por suerte no la mayoría) que dicen venir escapando de alguna dictadura comunista (que en la historia latinoamericana son raras excepciones comparadas con la rica y centenaria tradición de las dictaduras capitalistas) donde no podían expresarse libremente. Apenas uno menciona algo que no les gusta, te invitan a abandonar el país de la Libertad y mudarte a Venezuela. Mentalidad intolerante y autoritaria que, obviamente, dice mucho sobre la realidad que supuestamente dejaron atrás. Como aquella otra estudiante que no le gustó que dijese que el FBI consideraba a Posada Carriles como un peligroso terrorista porque su abuelito cubano también había trabajado para la CIA y también vivía en Miami (de hecho, el abuelito solía seguir mis clases por su teléfono, según me confesó la misma estudiante).

Cierta vez, uno de mis estudiantes latinoamericanos me lanzó una de esas típicas preguntas que son como caballitos de Troya.

“Según tengo entendido –dijo–, usted es ciudadano uruguayo y estadounidense. Tiene doble ciudadanía. Mi pregunta es: en caso de una guerra entre Uruguay y Estados Unidos, ¿a qué país defendería usted?”

La pregunta era reveladora. Revelaba un paquete conocido de preceptos ideológicos que suelen manipularse a la perfección por los políticos y por todos aquellos que creen que un país es un monolito ideológico, una secta, un ejército, un equipo de futbol. Escuché preguntas similares en otros países, aplicadas como un martillo sobre judíos, musulmanes, y todos aquellos que son percibidos como binacionales.

Mi estudiante, al que aprecio como persona, con su uniforme caqui de los marines esa tarde, sonrió, como quien acaba de dar jaque en una partida de ajedrez.

Sólo me limité a aclararle que la pregunta era muy fácil de responder, a pesar de que siempre se respondía mal, cuando se respondía.

“Como ciudadano de ambos países, ese dilema no me produce ningún conflicto. En un caso hipotético (y absurdo) entre una guerra entre Uruguay y Estados Unidos, no dudaría en ponerme de lado de la verdad y la justicia, es decir, de quien, a mi juicio, está en lo justo. Defendería a quién tiene razón en la disputa. De esa forma, les haría un favor, aunque modesto y seguramente irrelevante, a los dos. A uno por defender su razón y derecho, y al otro por resistir su error”.

El muchacho dijo entender. Quién sabe. No soy tan optimista con respecto a otra gente que ya ha fosilizado convicciones como eso del “patriotismo” y otras prestigiosas ficciones lacrimógenas. Ciudadanos honestos y otros no tanto quienes han sido adoctrinados desde la tierna edad preescolar a dar más importancia a un trapo de colores que a la verdad y a la justicia.

 

JM, diciembre 2018

​Capitán ¿qué es la ideología? ¿Y el adoctrinamiento?

El presiente electo de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, ha declarado que acabará con la ideología en la educación, eliminando la educación sexual y terminando con cualquier reflexión sobre género en las escuelas. Para lograrlo, aparte de nuevas leyes y decretos, ha propuesto que los alumnos filmen a sus profesores para denunciar el “adoctrinamiento izquierdista” y la “sexualización” de los niños en las aulas.

Como consecuencia, en Brasil ya hay casos de profesores acosados y amenazados de muerte por ejercitar la libertad de academia, un principio sagrado que tiene varios siglos de antigüedad, aunque con interrupciones abruptas y trágicas. Casi todos los fascismos (de izquierda y de derecha) y hasta las democracias manipuladas por la propaganda, comienzan vigilando a los profesores (esos ignorantes históricos que no saben qué es “la realidad”) lo cual ha sido ilustrado de una forma muy precisa e íntima en la película sobre los inicios del franquismo en España, La lengua de las mariposas, por dar sólo un ejemplo.

También, aunque más débiles y limitados por sus constituciones, existen grupos de denuncia e intimidación de maestros y profesores en países como Alemania y Estados Unidos, pero América Latina tiene una tradición más larga y más trágica en ese sentido debido a la debilidad de sus instituciones democráticas y de su congénita cultura colonial.

Según el capitán Bolsonaro, es urgente terminar con el “fuerte adoctrinamiento” de “la ideología de Paulo Freire”. Siempre son los demás quienes tienen algún tipo de ideología. El famoso educador brasileño, autor de Pedagogia do oprimido (un clásico en la academia estadounidense y de casi cualquier parte del mundo), había sido expulsado al exilio por la dictadura de su país en los años sesenta “por ignorante”. Es decir, en todo aspecto, el gran país del Sur anuncia un regreso de medio siglo a sus tiempos más brutales y autoritarios. Esta vez, no por un golpe de Estado militar sino a través de un golpe parlamentario, judicial y mediático, primero, y finalmente legitimado por las urnas.

En el proyecto llamado “Escola Sem Partido”, actualmente en el parlamento brasileño, se propone la creación de una materia llamada, con toda la fuerza de tres ideoléxicos duros, “Educación moral y cívica” (exactamente como aquella que debíamos tomar en la secundaria durante la dictadura militar uruguaya, justo cuando nuestro gobierno no era ni educado ni moral ni cívico). Además, se propone prohibir el uso de las palabras “género” y “orientación sexual”. Este discurso es similar a aquellos que, por todo Occidente, ahora llaman al feminismo “dictadura de género”, sin advertir que lo hacen revindicando el tradicional estatus quo, cuando no la reacción, es decir, la vieja ideología del patriarcado (cuando no abiertamente el machismo), ideología que ha sido ejercida e impuesta con toda la fuerza y la violencia opresora de la cultura y todas las instituciones conocidas a lo largo de siglos.

El proyecto de una “Escuela sin partido”, como el repetido discurso social que la sustenta, no es otra cosa que la manipulación ideoléxica de una Escuela-con-un-Partido-Único, eso que se reprocha siempre al comunismo cubano (de los demás comunismos amigos, como el chino, ni se habla porque son comunismos ricos). Para evitar estas connotaciones, tal vez lo llamen “Escuela del Partido Universal”, lo cual, en oídos de sus fanáticos religiosos sonaría como una excelente idea.

Siempre son los otros quienes tienen ideología. Siempre son los otros quienes están adoctrinados. Para esta precaria filosofía, un ejército como el brasileño (que, por si fuese poco festeja en las calles el triunfo de su candidato político) no tiene ideología ni sus soldados ni sus seguidores están adoctrinados. Para esta filosofía del garrote, ejercer el pensamiento crítico es propio de cerebros lavados, mientras retorcerse en trance en el piso de una iglesia o repetir cien veces una misma frase es suficiente demostración de que alguien ha recibido la verdad absoluta sobre Dios, sobre el gobierno nacional y sobre los problemas fundamentales de la física cuántica. Ellos no. No son adoctrinados. Lo cual es una curiosidad histórica, ya que el adoctrinamiento procede de inocular una doctrina religiosa, cosa que se practica con niños desde hace siglos.

De la misma forma que cada una de las múltiples sectas están convencidas de ser dueñas de la única interpretación posible sobre un mismo libro sagrado (con trágicos resultados a lo largo de la historia), así también en política, en educación y sobre cualquier dilema que haya enfrentado la humanidad hasta el momento: la solución está en cerrar los ojos, levantar los brazos y repetir cien veces una misma frase para evitar que el bicho de la duda y del pensamiento crítico nos permitan ver algo de la realidad más allá de nuestros deseos.

Ahora, recordemos que, diferente a las universidades (donde, desde hace mil años se ha intentado promover la diversidad y la libertad de cátedra para desafiar y empujar todos los límites del conocimiento) la educación primaria y la secundaria están todas basadas, inevitablemente, en algún tipo de ideología (entendiendo ésta como un sistema de ideas que intentan explicar y transformar una realidad), en un modelo de ciudadano que una sociedad se da a sí misma, principalmente a través del Estado (sea la educación pública o la privada controlada por los organismos de acreditación de los Estados). Recordemos también, si de algo importa a los fanáticos, que la educación de los niños, más allá del adoctrinamiento religioso los domingos, como forma de lograr algún progreso en la historia, fue una propuesta de los humanistas del siglo XV.

Pretender que un gobierno cualquiera pueda limpiar la educación de ideología es doblemente ideológico y doblemente peligroso, porque ignora su propia naturaleza ideológica presentándola como neutral.

Lo que cualquier gobierno y cualquier educador debería hacer no es ignorar su propia ideología, sino determinar qué ideología, qué filosofía, qué metodología es la más conveniente para una sociedad, para una civilización que progrese hacia el conocimiento, hacia la libertad, la diversidad, la civilidad y la justicia. Libertad con igualdad y no libertad desigual, esa libertad tradicional para goce de un sólo grupo dominante o en el poder.

Como lo muestra la historia a través de innumerables tragedias, la ignorancia nunca es buena consejera. Mucho menos cuando se la ejercita desde la arrogancia del poder, desde la negación de un diálogo civilizado entre los individuos y los diferentes grupos de una sociedad que, por naturaleza, está compuesta de una gran diversidad de intereses y de formas de ser, de sentir y de pensar.

Cuando un gobernante, cuando una sociedad no entiende este principio tan básico, no debe esperar mejores días por delante. Porque los esclavos suelen reproducir la moral y la ideología de sus opresores, pero tarde o temprano llega ese día en el que nadie quiere estar.

JM, noviembre 2018

El viejo cuento de la corrupción

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La narrativa política que justifica cualquier opción como forma de acabar con la corrupción es tan antigua como la política y como la narrativa. En América Latina es un género clásico y sólo gracias a la poca memoria de los pueblos es posible repetirla, generación tras generación, como si se tratase de una novedad.

Pero esta narrativa, que sólo sirve a la consolidación o a la restauración de una determinada clase en el poder, se centra exclusivamente en la corrupción menor: un político, un senador, un presidente recibe diez mil o medio millón de dólares para favorecer a una gran empresa. Rara vez un pobre ofrece medio millón de dólares a un político para que le otorgue una pensión de quinientos dólares mensuales.

Es corrupto quien le paga un millón de dólares a un político para ampliar los beneficios de sus empresas y es corrupto el pobre diablo que vota por un candidato que le ha comprado las chapas para el techo de su casita en la villa miseria.

Pero es aún más corrupto aquel que no distingue entre la corrupción de la ambición y la corrupción de quien busca, desesperadamente, sobrevivir. Como decía la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz a finales del siglo XVII, antes que el poder del momento la aplastara por insumisa:

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

Rara vez las acusaciones de corrupción se refieren a la corrupción legal. Ni importa si, gracias a una democracia orgullosa de respetar las reglas de juego, diez millones de votantes aportan cien millones de dólares a la campaña de un político y dos millonarios aportan sólo diez millones, una propina, al mismo candidato. Cuando ese político gane las elecciones cenará con uno de los dos grupos, y no es necesario ser un genio para adivinar cuál.

No importa si luego esos señores logran que el congreso de sus países apruebe leyes que benefician sus negocios (recortes de impuestos, desregulación de los salarios y de las inversiones, etc.), porque ellos no necesitarán violar ninguna ley, la ley que ellos mismos escribieron, como un maldito ladrón que no le roba a diez millones de honestos e inocentes ciudadanos sino a dos o tres pobres trabajadores que sólo sentirán la ira, la rabia y la humillación por el despojo que ven y no por el que no ven.

Pese a todo, aún podemos observar una corrupción aún mayor, mayor a la corrupción ilegal y mayor a la corrupción legal. Es esa corrupción que vive en el inconsciente del pueblo y que no procede de otro origen sino de la persistente corrupción del poder social que, como una gota, cava la roca a lo largo de los años, de los siglos.

Es la corrupción que vive en el mismo pueblo que la sufre, en ese hombre cansando, de manos curtidas o de títulos universitarios, en esa mujer sufrida, con ojeras, o en esa otra de naricita levantada. Es esa corrupción que se va a la cama y se levanta con cada uno de ellos, cada día, para reproducirse en el resto de su familia, de sus amigos, como la gripe, como el ébola.

No es simplemente la corrupción de unos pocos individuos que aceptan dinero fácil por los misteriosos atajos de la ley.

No, no es la corrupción de quienes están en el poder, sino esa corrupción invisible que vive como un virus de la frustración de quienes buscan acabar con la corrupción con viejos métodos probadamente corruptos.

Porque corrupción no es solo cuando alguien da o recibe dinero ilícito, sino también cuando alguien odia a los pobres porque reciben una limosna del Estado.

Porque la corrupción no es sólo cuando un político le da una canasta de comida a un pobre a cambio de su voto, sino cuando quienes no pasan hambre acusan a esos pobres de corruptos y holgazanes, como si no existieran los holgazanes en las clases privilegiadas.

Porque la corrupción no es sólo cuando un pobre holgazán logra que un político o el Estado le den una limosna para dedicarse a sus miserables vicios (vino barato en lugar de Jameson Irish whiskey), sino también cuando quienes están en el poder se convencen y convencen a los demás que sus privilegios lo ganaron ellos solos y en la más pura, destilada, justa ley, mientras que los pobres (esos que lavan sus baños y compran sus espejitos) viven del intolerable sacrificio de los ricos, algo que sólo un general o un Hombre de Negocios con mano dura puede poner fin.

Porque corrupción es cuando un pobre diablo apoya a un candidato que promete castigar a otros pobres diablos, que son los únicos diablos que el pobre diablo resentido conoce, porque se ha cruzado con ellos en la calle, en los bares, en el trabajo.

Porque corrupción es cuando un mulato como Domingo Sarmiento o Antonio Hamilton Martins Mourão siente vergüenza de los negros de su familia y odio infinito por los negros ajenos.

Porque corrupción es cuando un elegido de Dios, alguien que confunde la interpretación fanática de su pastor con los múltiples textos de una Biblia, alguien que va todos los domingos a la iglesia a rezarle al Dios del Amor y al salir tira unas monedas a los pobres y al día siguiente marcha contra el derecho a los mismos derechos de gente diferente, como los gays, las lesbianas, los trans, y lo hace en nombre de la moral y del hijo de Dios, Jesús, sí, ese mismo que tuvo mil oportunidades de condenar a esa misma gente diferente, inmoral, y nunca lo hizo, sino lo todo contrario.

Porque corrupción es apoyar a candidatos que prometen la violencia como forma de eliminar la violencia.  

Porque corrupción es creer y repetir con fanatismo que las dictaduras militares que asolaron América Latina desde el siglo XIX, esas que practicaron todas las variaciones posibles de corrupción, pueden alguna vez ser capaces de terminar con la corrupción.

Porque corrupción es odiar y, al mismo tiempo, acusar al resto de sufrir de odio.

Porque la corrupción está en la cultura y hasta en el corazón de los individuos más honestos de una sociedad.

Porque la peor de las corrupciones no es la que se lleva un millón de dólares, sino aquella otra que no deja ver ni escucha los alaridos de la historia, ni se escucha ni deja que se vea hasta que es demasiado tarde.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

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Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rural y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente (sobre todo negros pobres, profesores, periodistas, feministas, críticos, gente culta pero sin títulos, y otros subversivos peligrosos con ideas foráneas, todo en nombre de Dios) y, de esa forma, alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rual y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente, sobre negros pobres, profesores, periodistas y otros con ideas foráneas, todo en nombre de Dios, y de esa forma alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

Mientras los de abajo soñaban…

​Cuando los partidos progresistas llegaron al poder a principios del siglo, estaban demasiado ocupados en revertir una situación económica y social de plena y brutal catástrofe. A pesar de que América Latina estaba acostumbrada a las desigualdades obscenas, a las hambrunas, a la corrupción masiva, al robo de guante blanco, y a todo tipo de injusticia, los gobiernos progresistas no se centraron en promover el brazo judicial para poner en la cárcel a una plétora de políticos que no sólo habían sido culpables de fundir países enteros sino de corrupción tradicional. 

La izquierda fue terriblemente ingenua asumiendo que todas aquellas fuerzas reaccionarias, formadas en una mentalidad de siglos, iba a rendirse a la popularidad de los nuevos gobiernos. ¿Acaso los asesinatos de Martin Luther King y Bob Kennedy no fueron una jugada maestra de las fuerzas conservadoras que, de esa y otras formas, aniquilaron la rebelión de los sin poder en los sesenta y aún hoy gobiernan en Estados Unidos? El modus operandi es el mismo, pero por alguna razón no se alcanza a visualizarlo.

La ingenuidad de la izquierda en América latina, salvo poquísimas excepciones, no hizo lo que están haciendo las fuerzas conservadoras: estimulando y aprovechándose del brazo judicial como antes lo hacían con el ejército, para acusar y promover procesos y juicios a los presidentes progresistas como Rousseff, Lula, Correa, Cristina Fernández, como si todos necesariamente fuesen corruptos por su ideología, como si no existieran corruptos del otro lado, como si los poderosos hombres de negocios, aquella micro minoría que posee la mayor parte de los beneficios de cualquier economía de esas todavía repúblicas bananeras, fuesen miembros de las carmelitas descalzas.

La lección es clara: nunca subestimes a las fuerzas conservadoras, a los asumidos dueños de los países por moralina y por poder económico, por la simple razón que es esa facción de la sociedad la que tiene el poder económico y mediático.

Y no van a renunciar a él tan fácilmente.

 

JM, set 2018

Venezuela, paren la mano

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anuncia por TV que “recorrimos más de 21.824km al cuadrado. Esto es, multiplicado por dos, ida y vuelta”. Su ministro de Comunicación e Información, Jorge Jesús Rodríguez, hace lo mismo en otro evento televisado afirmando, con números prolijamente impresos, que “si un trabajador trabaja 8 horas al día de lunes a viernes, entonces trabaja 800 horas mensuales” y a partir de ahí continúa un cálculo basado en un más que obvio error matemático.
Claro que a Calros Andrés Pérez tampoco le daban los números. Claro que la oposición es patética. Claro que la mafia de los Jaime Bayly ha demostrado, una vez más, su impunidad. Pero, de cualquier forma, nada de eso sirve de excusa para un desastre tras otro.
JM, agosto 2018.

La generación 2001 y la violencia

En medio de la crisis del Cono Sur que se inició en el año 2001 y se profundizó en el 2002, todos se horrorizaban, con cierta dosis de inevitable acostumbramiento, por los niños que comían basura o se drogaban con pegamento debajo de los puentes. No eran casos aislados. Fue una epidemia súbita que arrojó a casi un veinte por ciento de los hijos de la clase media a la miseria y el abandono, debido al descalabro de la economía, al desempleo masivo y de los ya debilitados planes sociales de los gobiernos anteriores que, tanto en Uruguay como, sobre todo, en Argentina, se habían alineado a las recetas privatizadoras del FMI.

¿Dónde están hoy esos niños? ¿Desaparecieron? No.

Todo presente tiene un pasado, y aunque la gran mayoría de ellos hayan salido a flote, hacia una vida digna de lucha y trabajo, basta con un pequeño porcentaje para crear un fuerte estado de inseguridad debido a delitos crecientes en número y crueldad. Como solución, no pocos miran los tiempos de la dictadura militar con nostalgia, por el simple hecho que, por entonces, crímenes y violaciones de todo tipo, física, moral y económica, simplemente no salían en las noticias y quienes las denunciaban, desaparecían o perdían sus trabajos, en el mejor caso.

Por entonces, en medio de nuestras propias urgencias y necesidades, advertimos varias veces, con el pudor de estar terriblemente equivocados, que aquella crisis se podía superar en cinco años con un nuevo orden económico, que la economía de cualquier país se podía recuperar en un breve período, pero los efectos sociales siempre tienen consecuencias que persisten de diversas formas y son, por lejos, muy difíciles de resolver. El sermón dirigido a un delincuente, producto de una infancia deshumanizada por todas sus condiciones de inicio, sean familiares o sociales, no funciona. La inevitable cárcel, cuando no posee los onerosos recursos que realmente necesitaría, suele ser una universidad donde los delincuentes hacen posgrados.

Lo que por entonces repetíamos, literalmente (y estoy seguro que muchos pensaban igual), era que la situación de aquellos numerosos niños de la calle y de las precarias periferias eran “una bomba de tiempo programada para reventar en quince años”. Ahora, los políticos, tanto en la oposición como en el gobierno, repiten que “los delincuentes ya no tienen códigos”. La afirmación parece inocente, considerando que la definición de delincuencia es la de romper reglas y códigos, pero desde al menos un punto de vista está expresando una verdad: existe una degradación profunda de valores humanos (y no sólo entre los delincuentes). ¿No es lógico, entonces? ¿Qué se puede esperar de niños que fueron previamente deshumanizados por las más horrendas condiciones de educación social, desarrollo biológico y crecimiento personal?

Muchos se acordarán de esta metáfora de la bomba de tiempo, sobre todo en algunas reuniones familiares antes de irnos del país. Claro que este no es el único factor de la violencia social (tal vez hablar de “violencia social” es una redundancia). Es necesario considerar, al menos, otros factores como:

1) La cultura consumista y sus efectos violentos en muchos otros países, alguno de los cuales distan mucho de ser pobres, como en Estados Unidos. El efecto ampliamente estudiado de las crecientes desigualdades sociales que en el individuo, en una cultura consumista, importan más que los ingresos absolutos.

2) Los efectos de la creciente soledad del individuo, facilitada y generada por la adicción infantil y adolescente a ciertas tecnologías como los “teléfonos inteligentes”. La amistad y la muerte han sido banalizadas por los juegos interactivos y por las redes sociales. El otro ha sido deshumanizado, se lo puede bloquear, silenciar, desaparecer con un solo clic. En este sentido, el mouse es un arma implacable. Así, igual, es la fragilidad de una amistad virtual, con pocas excepciones.

3) Los efectos de las redes sociales que (esta ha sido una especulación personal, sin datos científicos) han amplificado las frustraciones y el odio de eso que a veces es un individuo y a veces ni siquiera lo es, o es un individuo con múltiples identidades, es decir, neurótico. De hecho, este mismo artículo será compartido y no en pocas ocasiones recibiré la clásica lista de insultos y acusaciones que antes no ocurría por el simple hecho de que los lectores estaban obligados a digerir lo leído, sin la ansiedad de la respuesta inmediata, y solían discutirlo cara a cara con algún conocido, lo cual aumentaba el sentido de respeto y responsabilidad; no de forma anónima, como si fuesen múltiples vómitos y compulsiones. Nada de esto puede ser neutral a la hora de explicar la violencia, sea la criminalidad callejera o las conductas políticas de los votantes que cada día adoptan más y más una conducta tribal, en el sentido negativo de la palabra, como lo son la xenofobia, el racismo, el sexismo y el irracional odio a los pobres.

4) También existen las razones históricas (como pasadas guerras civiles, dictaduras recientes) y sus efectos culturales (impunidad, deshumanización).

5) O el más comprensible factor económico. Para eso bastaría con considerar países como Venezuela (desde las profundas crisis de los 80s y 90s hasta la fecha, aunque con diferente color ideológico), Honduras, Guatemala y El Salvador (con estados fallidos desde principios del siglo pasado, con una ausencia crónica de los servicios sociales más elementales, pero con ejércitos omnipresentes, siempre listos para reprimir en nombre de los intereses de las clases exportadoras y de las compañías transnacionales, hoy “inversores”), países con guarismos de violencia muy alejados de la realidad del Cono Sur.

Ahora, volviendo al factor concreto de la Generación 2001, la realidad muestra que, sin llegar a “niveles latinoamericanos” de desigualdad y violencia, la bomba de tiempo ha explotado en los dos países del extremo Sur. Uno, el Uruguay, con una prosperidad económica (a muchos les disgusta esta palabra cuando se habla de un país que en el exterior se convirtió en símbolo de una alternativa de perfil bajo), un país que lleva quince años sin recesión y con una notable disminución de la pobreza. El otro, Argentina, con una nueva crisis fabricada cuidadosamente en dos años por las mismas políticas que produjeron la gran crisis del 2001.

Cuando menciono que, pese a este serio problema los niveles de violencia y desigualdad en Uruguay están muy lejos de casi cualquier otro país latinoamericano, me responden, con obviedad: “Nosotros no debemos compararnos con ningún otro país. Debemos compararnos con nosotros mismos, con el Uruguay que fue”. Precisamente, “el Uruguay que fue” no puede ser, porque el pasado es un país extranjero. Comparar los Estados Unidos de hoy y los de Lincoln o los de F. D. Roosevelt es comparar un país donde los únicos con derechos de ciudadanía eran los blancos y los demás esclavos desechables. Si alguna comparación es válida, es aquella que nos pone en el contexto real, el contexto presente en la región y en el mundo. En el pasado están nuestros orígenes, pero nosotros no estamos allí, ni podemos ser lo que fuimos, ni como individuos ni como sociedad.

El actual gobierno, sea el uruguayo o el argentino, tienen la principal responsabilidad en la búsqueda de soluciones a un problema específico (el de la G2001) que ya no depende de ninguna prosperidad económica. Pero no se debe olvidar que el origen del problema nació junto con sus actuales protagonistas, en su mayoría adolescentes y jóvenes, muy jóvenes aun, como el siglo.

 

JM, agosto 2018

Lenguaje: el pasado es un país extranjero

Hace pocos días iba caminando por Jacksonville Beach y leí el nombre de un edificio de apartamentos muy caros: Beachcomber. Recordé que ése era el origen de una de las palabras más rioplatenses que se puedan escuchar: “bichicome”, y que significa alguien pobre que anda buscando cosas (en la playa, “beach-comber”), algo similar a la palabra “chusma”, que procede del árabe, como un cuarto de las palabras españolas, como “cheque”, “algebra”, “algoritmo”, y tantas otras referidas a las ciencias. 

Mirando la fotografía de la góndola de un supermercado en Uruguay, volví a comprobar que “el pasado es un país extranjero”. Los frascos de Nescafé estaban anunciados con un cartelito de letras impresas que decía “Precio Bajo”, expresión que, como tantas otras, proviene del inglés “low price“, omnipresentes en los supermercados de Estados Unidos. Hace solo quince años, allá en el lejano sur de las Américas, se decía “oferta”. Seguramente, dentro de un tiempo quizás, cuando uno se dé una vuelta por su país de origen y hable de oferta te salgan con eso de “la influencia del inglés”. (¿De dónde saldrá la antigua expresión rioplatense “cuánto sale”? ¿Habría sido una adopción del inglés “sale”, cuando algo está en oferta, en liquidación, a “precio bajo”?)

Entiendo que el lenguaje de los que emigran a otros países madura (como, en cualquier caso, porque los individuos maduramos) y se adapta, como en el caso específico de quienes viven una realidad particular, cultural y lingüísticamente diferente. Eso no es un defecto, sino una evolución, parte de la rica diversidad de la experiencia humana en este planeta. Si yo no fuese sensible al spanglish, no podría entender ni hablar, ni siquiera de forma mínima, funcional, de la realidad de cincuenta millones de hispanos que viven en Estados Unidos. De mi experiencia en una cultura en la que el inglés es dominante y en la que cada día se escuchan variaciones dialectales del español que jamás se escucharían en ningún país latinoamericano, donde un provinciano de un país cree que el provinciano de otro país habla de forma incorrecta o, por lo menos, exótica. Ninguna de esas variaciones impide la comunicación si el individuo se libera de su propia arrogancia provinciana.

Hace un tiempo, un año quizás, escuché al expresidente Julio María Sanguinetti, un hombre de ochenta años, decir que los jóvenes ya no “compran esa idea”. Era la primera vez que lo escuchaba en español. Les comenté esta rareza a unos amigos periodistas de allá y me dijeron que no les parecía raro. Lo tenían naturalizado. Por no entrar a hablar de expresiones populares en los programas televisivos de Buenos Aires, donde los jurados “daban retorno” a los concursantes, típica expresión inglesa de “feedback”. Un par de décadas atrás “retorno” en la televisión se aplicaba a una conexión de audio, no a la crítica constructiva. No es casualidad, porque desde Gran Hermano hasta los programas de competencia de cocineros (un medio como la televisión, que carece de olores y sabores, siempre está obsesionado con los programas de cocina, como las películas eróticas sin sexo, los programas deportivos sin deporte, o los programas de políticos sin ideas). O programas de cocineros famosos humillando restaurantes sucios. Todo eso, sea bueno o malo, primero se inventa aquí, primero lo vemos aquí y luego se copia allá. Nada nuevo.

Sin embrago, cuando dejé Uruguay ningún supermercado usaba esa expresión de “Precio bajo” como etiqueta en lugar de “oferta”. Me hubiese resultado tan extraña como cuando escuché aquí en Estados Unidos, por primera vez, expresiones como “I don’t buy it”, para decir “no me lo creo” o “no me lo trago”. Por entonces, aprendí a aceptar y usar estas expresiones que me parecieron propias de una cultura materialista, con miles de idioms (dichos) y expresiones referidas al dinero, a la compra o venta de algo: “no es mi negocio” (por “no me importa”), “paga atención” (por “presta atención”), “me siento como un millón de dólares” (por “me siento feliz”), “te pagaré una visita” (por “te haré una visita”), el mozo en un restaurante, muy amablemente: “¿todavía están trabajando?” (por “¿no terminaron (el placer de) la comida?”) y así un largo etcétera.

Por otro lado, los países naturalmente van cambiando su lenguaje, sus expresiones y hasta sus pronunciaciones. Basta con escuchar un audio o un video de una sesión parlamentaria de medio siglo atrás. En el caso del castellano de países alejados de los centros anglosajones de poder y de irradiación cultural, los cambios son más evidentes para quienes dejaron ese país que para aquellos que conviven cada día con la lenta metamorfosis del lenguaje. Quien dejó su país y convive por un largo período con otra cultura y otro lenguaje, puede alterar sus expresiones, pero también mantiene un material lingüístico mucho menos alterado. En muchos aspectos, y a pesar de que también consumimos información de esos mismos lugares (diarios, radio, televisión, conversaciones por Skype con familiares), nuestro lenguaje materno permanece mucho mejor conservado en un tiempo pasado. Como las mismas memorias de los lugares permanecen inalterados, lejos de los inevitables cambios de esos lugares y de los inevitables cambios de nosotros mismos. Como la misma memoria de las cosas y de las gente está sensibilizada en el que se fue, por una nostalgia mucho más profunda y recurrente.

No es casualidad que, en español, el voseo del Rio de la Plata y de regiones colombianas menos accesibles por el antiguo monopolio español, sea más antiguo que el tuteo de España. O que en Estados Unidos se usen expresiones y palabras del inglés que se dejaron de usar en Inglaterra tiempo atrás, como, por ejemplo, fall en lugar de autumn.

Hace unos años, en una discusión en un comité de mi universidad, escuché que una profesora argumentaba en favor de un nombre para una nueva ley del programa de matemáticas porque era “more sexy”. Pocos años después, todo el mundo hablaba de títulos sexys y propuestas sexys, que no tenían nada que ver con ninguna sensualidad física. Quiero decir, muchachos, que si en la periferia geopolítica del mundo la gente comienza a hablar de ideas sexys que no se refieren a nada relacionado con el deseo sexual, ya saben de dónde proviene todo ese “puro castellano”.

 

JM, agosto 2018

 

Ética artificial

En 2017, el gigante de Internet Google firmó un contrato con el Departamento de Defensa de Estados Unidos para proveer con inteligencia artificial a sus drones militares. Durante años, el uso de drones similares había sido criticado y denunciado por sus devastadores efectos colaterales, tanto por los muertos no previstos como por sus efectos psicológicos, culturales e ideológicos a largo plazo. En consecuencia, varios técnicos pioneros, como el ingeniero Jeff Dean, firmaron una protesta contra el uso de armas autónomas provistas con inteligencia artificial. Doce de ellos renunciaron a sus cargos.

El primero de junio de 2018, Diane Greene anunció que Google no renovaría el contrato con el gobierno de Estados Unidos. En cambio, se firmaron unos principios de trabajo, alguno de los cuales mencionaban el “beneficio social” o la “seguridad” como alguno de sus principios éticos. Según Jeremy Howard, fundador de fast.ai, y según otros analistas, esta crítica y posterior rectificación de Google se debe a que casi todos los técnicos y expertos en Inteligencia Artificial en la actualidad son formados en las universidades estadounidenses, las cuales son bastiones liberales y antibélicos. En estas universidades todavía sobrevive la tradición de las llamadas libeal arts, según la cual cualquier técnico debe educarse en humanidades tanto como los humanistas deben tomar cursos de ciencias y tecnología.

En los últimos años, entre otros factores por el ascenso de la ideología dominante de los negocios, las humanidades han estado bajo ataque, no sólo a través de una creciente mitología utilitarista sino por sucesivos recortes de presupuestos, tanto en las universidades como en los medios públicos que priorizan las artes y las ciencias sobre la popularidad de la vulgaridad y los talk shows.

Como esta estrategia no ha sido suficiente, las corporaciones están tomando cartas en el asunto de forma más directa. Para evitar inconvenientes como los producidos por los técnicos disidentes de Google, están produciendo programas que preparen sus propios técnicos sin los inconvenientes ni la pérdida de tiempo de las humanidades y otras distracciones. Expertos funcionales, funcionarios más eficaces y dóciles, individuos expertos en robótica e inteligencia artificial que cada vez se parezcan más a robots y menos a individuos.

Al fin y al cabo, los robots con inteligencia artificial también pueden tomar decisiones éticas, y mucho más rápido, Para Un Mundo Más Eficiente.

JM, julio 2018.

 

Etica artificiale

Translated by  Alba Canelli

Nel 2017, il gigante di Internet Google ha firmato un contratto con il Dipartimento della Difesa statunitense per fornire un’intelligenza artificiale ai suoi droni militari. Per anni, l’uso di tali droni è stato criticato e denunciato per i suoi devastanti effetti collaterali, sia in termini di morti non programmati che di effetti psicologici, culturali e ideologici a lungo termine. Di conseguenza, diversi tecnici all’avanguardia, come l’ingegnere Jeff Dean, avevano firmato una protesta contro l’uso di armi autonome con intelligenza artificiale. Dodici di loro si sono dimessi dalle loro posizioni.

Il 1° giugno 2018, Diane Greene ha annunciato che Google non rinnoverà il contratto con il governo degli Stati Uniti. D’altra parte, sono stati firmati i principi di lavoro, alcuni dei quali menzionano “benefici sociali” o “sicurezza” come una delle loro basi etiche. Secondo Jeremy Howard, fondatore di fast.ai, ed altri analisti, questa critica e la successiva rettifica di Google sono dovute al fatto che quasi tutti i tecnici e gli esperti di intelligenza artificiale sono ora formati nelle università statunitensi, che sono Bastioni liberali e contro la guerra. In queste università sopravvive la tradizione delle cosiddette arti liberali, secondo cui ogni tecnico deve essere formato nelle scienze umane proprio come gli umanisti devono seguire corsi di scienza e tecnologia.

Negli ultimi anni, tra gli altri fattori dovuti all’aumento dell’ideologia dominante del business, le scienze umane sono state attaccate non solo dall’aumento della mitologia utilitaristica, ma anche da successivi tagli di bilancio, sia nelle università che nei media pubblici che favoriscono le arti e le scienze rispetto alla popolarità della volgarità e dei talk show.

Poiché questa strategia non è stata sufficiente, le aziende stanno adottando azioni più dirette. Per evitare gli inconvenienti, come quelli prodotti dai tecnici dissidenti di Google, producono programmi che preparano i propri tecnici senza l’inconveniente o il tempo sprecato nelle scienze umane e in altre distrazioni. Esperti funzionali, funzionari più efficienti e docili, individui esperti in robotica e intelligenza artificiale e che assomigliano sempre più ai robot e sempre meno a individui.

Dopotutto, i robot con intelligenza artificiale possono anche prendere decisioni etiche e molto più velocemente. Per un mondo più efficiente.

 

 

Artificial ethics

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

In 2017, Internet giant Google signed a contract with the U.S. Department of Defence to provide artificial intelligence to its military drones. For years, the use of similar drones had been criticized and denounced for their devastating collateral effects, both in terms of unexpected deaths and long-term psychological, cultural and ideological effects. Consequently, several pioneering technicians, such as engineer Jeff Dean, signed a protest against the use of autonomous weapons equipped with artificial intelligence. Twelve of them resigned their positions.

On June 1, 2018, Diane Greene announced that Google would not renew the contract with the U.S. government. On the other hand, working principles were signed, some of which mentioned “social benefit” or “security” as one of their ethical principles. According to Jeremy Howard, founder of fast.ai, and other analysts, this criticism and subsequent rectification of Google is due to the fact that almost all technicians and experts in Artificial Intelligence today are trained in US universities, which are liberal and anti-war bastions. In these universities, the tradition of the so-called liberal arts still survives, according to which any technician must be educated in the humanities as much as humanists must take courses in science and technology.

In recent years, among other factors due to the rise of the dominant business ideology, the humanities have been under attack, not only through a growing utilitarian mythology but also through successive budget cuts, both in universities and in public media that prioritize the arts and sciences over the popularity of vulgarity and talk shows.

As this strategy has not been enough, corporations are taking more direct action. To avoid inconveniences such as those produced by dissident Google technicians, they are producing programs that prepare their own technicians without the inconvenience or loss of time of humanities and other distractions. Functional experts, more efficient and docile officials, individuals who are experts in robotics and artificial intelligence and who increasingly look like robots and less like individuals.

After all, robots with artificial intelligence can also make ethical decisions, and much faster. For A More Efficient World.

 

 

Éthique artificielle

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

En 2017, le géant de l’Internet Google a signé un contrat avec le Département de la Défense des USA pour fournir une intelligence artificielle à ses drones militaires. Pendant des années, l’utilisation de tels drones avait été critiquée et dénoncée pour ses effets collatéraux dévastateurs, tant en termes de morts imprévues que d’effets psychologiques, culturels et idéologiques à long terme. En conséquence, plusieurs techniciens pionniers, comme l’ingénieur Jeff Dean, aviaent signé une protestation contre l’utilisation d’armes autonomes dotées d’intelligence artificielle. Douze d’entre eux ont démissionné de leurs postes.

Le 1er juin 2018, Diane Greene a annoncé que Google ne renouvellerait pas le contrat avec le gouvernement US. En revanche, des principes de travail ont été signés, dont certains mentionnent le “bénéfice social” ou la “sécurité” comme l’une de leurs bases éthiques. Selon Jeremy Howard, fondateur de fast.ai, et d’autres analystes, cette critique et la rectification ultérieure de Google est due au fait que presque tous les techniciens et experts en intelligence artificielle sont aujourd’hui formés dans des universités US, qui sont des bastions libéraux et anti-guerre. Dans ces universités, la tradition des arts dits libéraux survit encore, selon laquelle tout technicien doit être formé en sciences humaines tout comme les humanistes doivent suivre des cours de science et de technologie.

Ces dernières années, parmi d’autres facteurs dus à la montée de l’idéologie dominante du business, les sciences humaines ont été attaquées, non seulement par une mythologie utilitariste montante, mais aussi par des coupes budgétaires successives, tant dans les universités que dans les médias publics qui privilégient les arts et les sciences par rapport à la popularité de la vulgarité et des talk-shows.

Comme cette stratégie n’a pas été suffisante, les entreprises sont en train de prendre des mesures plus directes. Pour éviter les inconvénients tels que ceux produits par les techniciens dissidents de Google, elles produisent des programmes qui préparent leurs propres techniciens sans l’inconvénient ou la perte de temps des sciences humaines et autres distractions. Des experts fonctionnels, des fonctionnaires plus efficaces et dociles, des individus qui sont des experts en robotique et en intelligence artificielle et qui ressemblent de plus en plus à des robots et toujours moins à des individus.

Après tout, les robots dotés d’intelligence artificielle peuvent aussi prendre des décisions éthiques, et beaucoup plus rapidement. Pour Un Monde Plus Efficace.

 

 

Guerra comercial: no es el comercio, es la guerra.

La lógica histórica indica que los países, sobre todo las grandes potencias económicas, no realizan cambios de políticas dramáticas al menos que exista una crisis en curso de la que se quiere salir desesperadamente o se haya realizado una previsión de un escenario indeseado a largo plazo.

Aunque en Estados Unidos deberíamos aprontarnos para una recesión en un par de años, no se puede decir que una recesión es una crisis. Por el contrario, tanto el presidente Trump como todos los economistas del gobierno y de los think tanks más reconocidos (expertos en equivocarse, pero esa es otra discusión), sólo insisten en augurar la continuidad del crecimiento económico, más o menos al ritmo que lo había hecho durante los años de Obama e, incluso, algo más. Es cierto que Estados Unidos tiene un notable déficit comercial con China, es cierto que podemos imaginar que Trump no es tan cínico y de verdad quiere beneficiar a esos granjeros, mineros y proletarios del Medio oeste, pero cualquiera puede entender que, en relaciones internacionales, no hay acción sin reacción, y que tanto la reacción arancelaria y comercial de Europa como la de China golpeará, precisamente, a ese grupo de votantes de Trump. Estados Unidos todavía es más fuerte que China, pero el presidente chino, Xi Jinping, por razones políticas y culturales, tiene mucho menos que temer de una crisis económica que cualquier presidente del mundo occidental.

No es la economía, al menos no a corto y mediano plazo, la razón que motiva estos cambios en política económica. Es algo que está más allá del horizonte. En geopolítica siempre (y, tal vez, únicamente) se debe leer entrelíneas cada declaración de intención.

En la lógica de las superpotencias, el poder económico y el poder militar están estrechamente ligados. No hay superpotencia militar sin un gasto económico astronómico ni hay poderío económico sin una hegemonía militar.

Pero, en cualquier caso, los recursos, por astronómicos que sean, son siempre limitados. Es interesante que el presidente Trump haya propuesto la creación de una costosa División Espacial, para diferenciarla de la Fuerza Aérea, en el entendido de que las futuras guerras se liberarán en el espacio, y a los pocos días haya propuesto la fusión del Ministerio de Educación con el Ministerio de Trabajo. Más claro es imposible. Lo cual no quiere decir que estas sutiles revelaciones del proyecto principal sean las mejores respuestas a una evaluación de la realidad futura donde (probablemente estén pensando en el 2035) China se ha convertido en la primera potencia económica del mundo y, consecuentemente, caminará hacia convertirse en la primera potencia militar.

Sin embargo, la propuesta de una “guerra espacial” todavía es parte de la fantasía de la Guerra de las Galaxias. Por muchas décadas más, sino siglos, la clave del control mundial estará en los viejos mares, en esos territorios de nadie que conectan a la mayoría de los países del mundo. El Imperio japonés no fue derrotado en Hiroshima y Nagasaki (por entonces Japón ya estaba derrotado y negociando su rendición; las bombas atómicas sobre tantos inocentes fue un movimiento para evitar una invasión soviética a la isla). Japón fue derrotado en Pearl Harbor, cuatro años antes. Al menos allí comenzó su derrota como imperio.

En el océano Pacífico surgió la hegemonía militar estadounidense y en el mismo océano, o en alguno de sus mares, comenzará otra, un siglo después.

En pocas palabras, la repetida “guerra comercial” entre China y Estados Unidos no es comercial sino militar. En un momento de supuesta fortaleza económica en Estados Unidos, es un recurso geopolítico, no una necesidad del mercado. El objetivo es distraer recursos económicos de la potencia en ascenso y su presencia marítima. Es decir, retrasar el mayor tiempo posible una realidad que un grupo de analistas militares, en algún lugar luminoso pero discreto del mundo, asume como inevitable.

Sólo queda por esperar nuevos capítulos de la misma telenovela. Todo, o casi todo, depende de sus creativos escritores.

 

JM

 

La guerre commerciale : ce n’est pas le commerce, c’est la guerre

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

La logique historique veut que les pays, en particulier les grandes puissances économiques, ne procèdent  pas à des  changements politiques spectaculaires à moins qu’il n’y ait une crise en cours dont ils veulent désespérément sortir ou qu’un scénario indésirable à long ne se soit réalisé.

Même si, aux USA, nous devrions nous devrions nous préparer à une récession dans quelques années, on ne peut pas dire qu’une récession est une crise. Au contraire, le président Trump, ainsi que tous les économistes  et  think tanks gouvernementaux les plus renommés (experts en erreurs, mais c’est un autre débat), n’insistent que pour prédire la continuité de la croissance économique, plus ou moins au rythme qu’elle avait connu pendant les années Obama et même plus. Il est vrai que les USA ont un déficit commercial notable avec la Chine, il est vrai que nous pouvons imaginer que Trump n’est pas si cynique et veut vraiment favoriser  ces agriculteurs, mineurs et prolétaires du Midwest, mais n’importe qui peut comprendre que, dans les relations internationales, il n’y a pas d’action sans réaction, et que la réaction tarifaire et commerciale en Europe et en Chine frappera précisément ce groupe d’électeurs de Trump. Les USA  sont toujours plus forts que la Chine, mais le président chinois Xi Jinping, pour des raisons politiques et culturelles, a beaucoup moins à craindre d’une crise économique que n’importe quel président du monde occidental.

Ce n’est pas l’économie, du moins pas à court et moyen terme, qui motive ces changements de politique économique. C’est quelque chose qui se situe au-delà de l’horizon. En géopolitique, chaque déclaration d’intention devrait toujours (et peut-être seulement) être lue entre les lignes.

Dans la logique des superpuissances, le pouvoir économique et le pouvoir militaire sont étroitement liés. Il n’y a pas de superpuissance militaire sans dépenses économiques astronomiques, pas plus qu’il n’y a de puissance économique sans hégémonie militaire.

Mais, de toute façon, les ressources, aussi astronomiques soient-elles, sont toujours limitées. Il est intéressant de noter que le président Trump a proposé la création d’une division spatiale coûteuse pour la différencier de l’armée de l’air, étant sous- entendu que les guerres futures se dérouleront dans l’espace, et quelques jours plus tard, il a proposé la fusion du ministère de l’Éducation avec le ministère du Travail. On ne peut pas être plus clair. Cela ne veut pas dire que ces subtiles révélations du grand projet sont les meilleures réponses à une évaluation de la réalité future où (probablement en 2035) la Chine sera devenue la première puissance économique mondiale et, par conséquent, la première puissance militaire mondiale.

Cependant, la proposition d’une “guerre de l’espace” fait toujours partie de la fantaisie de la Guerre des Étoiles.  Pendant encore de nombreuses décennies, voire des siècles, la clé du contrôle mondial se situera dans vieux océans, dans ces  territoires de personne qui relient la plupart des pays du monde. L’Empire japonais n’a pas été vaincu à Hiroshima et Nagasaki (à ce moment-là, le Japon était déjà vaincu et négociait sa reddition ; les bombes atomiques sur tant d’innocents étaient un moyen d’empêcher une invasion soviétique de l’île). Le Japon a été vaincu à Pearl Harbor quatre ans plus tôt. Du  moins, c’est là que sa déroute en tant qu’empire a commencé.

Dans l’océan Pacifique, l’hégémonie militaire US est apparue et dans le même océan, ou dans l’une de ses mers, une autre commencera un siècle plus tard.

Bref, la “guerre commerciale” répétée entre la Chine et les USA n’est pas une guerre commerciale mais une guerre militaire. À une époque de force économique supposée des USA, il s’agit d’une ressource géopolitique et non d’une nécessité du marché. L’objectif est de détourner les ressources économiques de la puissance montante et de sa présence maritime. C’est-à-dire, retarder le plus longtemps possible une réalité qu’un groupe d’analystes militaires, dans quelque lieu lumineux mais discret du monde, suppose inévitable.

Tout ce que nous avons à faire est d’attendre de nouveaux chapitres du même feuilleton. Tout, ou presque, dépend de la créativité de ses auteurs.

 

JM

 

Elecciones en México

Desde los tiempos de Porfirio Díaz, las políticas en favor de los supuestos tecnócratas y de los que sabían “cómo funcionaba el mundo moderno”, como las privatizaciones, fueron hechas en nombre del progreso y el desarrollo del país. México se enriqueció hasta principios del siglo XX, pero no los mexicanos. Durante las décadas precedentes, y debido a la arrogante desconsideración de cómo entendían las comunidades indígenas el uso de la tierra, entre otras razones, el 80 % de sus campesinos, en un país de mayoría de campesinos, terminó sin tierra y el exitoso proceso modernizador terminó en la inevitable y violenta Revolución Mexicana.

Durante las últimas décadas, México hizo algunos progresos (y retrocesos; la corrupción y la violencia del narcotráfico son problemas tan graves que a pocos le preocupa la obscena desigualdad), como cualquier otro país en un mundo que acumula conocimiento científico, tecnológico y social, no gracias a sus “hombres de negocios” sino a sus trabajadores, a sus inventores asalariados, ya sean en los talleres o en las universidades, y gracias a sus luchadores sociales, normalmente demonizados por el poder y por su principal brazo, la gran prensa.

A principios de 2012 fui invitado en la Universidad Autónoma de Coahuila, y ante las preguntas de los estudiantes les dije que no importaba cuánto se lamentaran de sus políticos, México iba a elegir a Peña Nieto, porque tenían más miedo a lo nuevo que a lo peor del pasado.

Ahora México tiene la oportunidad de dar un pequeño paso hacia una opción diferente, encarnada en la persona de Manuel López Obrador y en el movimiento Morena. En política sólo se puede elegir el mal menor, y en México, al día de hoy, ese es Morena. Lo que significa que, aunque el futuro de México a largo plazo parece mucho mejor que el presente (no por ningún cambio de política doméstica sino internacional, que, a la inversa, no se ve nada bien), no podemos ser optimistas en lo que se refiere al corto plazo.

¿Por qué? López Obrador puede ser la mejor opción, pero él no cambiará una vieja cultura de corrupción que es, lamentablemente, una seña de distinción de la política mexicana, alimentada, como en la mayoría de los países del mundo, por las terribles desigualdades sociales. Los muy de abajo se corrompen por necesidad y los muy de arriba por ambición.

Esta cultura y tradición (impunidad, violencia, corrupción, machismo, abusos sin reacción) se nutre de las grandes desigualdades sociales. Ahí radica el centro del problema mayor y todo lo demás son colores y sabores regionales. No es imposible cambiarlo, pero no es algo que se cambia tan rápido ni tan fácil como un gobierno.

Con sus virtudes y defectos, Estados Unidos no debe ser un modelo para México, como lo ha sido en gran medida y durante mucho tiempo. Las grandes y crecientes desigualdades en Estados Unidos (y en otros países ricos en menor medida) son la fuente del estrés y las depresiones de sus habitantes (hay diversos estudios disponibles sobre este tema). Más allá de un cierto mínimo, no importa cuán alto sea el ingreso medio de un país o el ingreso absoluto de un individuo. Lo que importa es su posición relativa en una sociedad y sus percepciones de éxito, fracaso y justicia. La mayor ansiedad por el éxito material es muy buena para sus economías, sobre todo para aquellos grupos que se benefician del sistema económico que redistribuye la riqueza de los más a los menos, pero muy malo para sus individuos, que en casos ni siquiera cuentan como individuos. La epidemia de alcoholismo, abuso de estupefacientes que cuestan la vida de decenas de miles de personas por año, y el incremento de las olas de suicidio que no se reportan en las primeras planas de los medios, o, incluso, el aumento del racismo y del odio tribal, son alguna de las consecuencias de estas desigualdades sociales montadas sobre una atroz cultura materialista y consumista.

No es este tipo de éxito al que el mundo debe seguir aspirando.

Aunque desde hace diez años más mexicanos vuelven a su país de los que vienen a Estados Unidos a buscar la sobrevivencia, México todavía depende demasiado de Estados Unidos, no sólo en su economía sino en su cultura y en su dignidad. O Estados Unidos cambia (algo improbable, si consideramos que todavía se está viviendo el trauma de la Guerra de Secesión) o México empieza a mirar para otro lado. En primer lugar, debería mirar hacia esa región siempre olvidada por México, América latina. Los mexicanos no deberían olvidar que ellos son los Estados Unidos para América Central, con toda la hipocresía que conlleva esta relación. Luego debería mirar, en términos comerciales, más hacia Europa y Asia, y luego relacionarse con su vecino desde otra posición más igualitaria. De Estados Unidos no sólo procede la razón de los grandes carteles de droga de México, porque aquí está gran parte de su mercado consumidor y de provisión de armas (ambos ilegales), sino también sus políticas como la Guerra contra las drogas y, más recientemente, su humillación étnica y cultural hacia su vecino más importante, como estrategia de gigante decadente.

De otra forma no habrá verdaderos cambios en México.

En resumen, en este momento la mejor opción es votar por Morena. Luego, cuando su candidato y su partido se pasen al tradicional bando de los “realistas”, de los “pragmáticos”, de los “responsables”, la opción será exigirle cambios radiales para lograr cambios en la medida de lo posible. O, mejor aún: dejar de delegar tanto poder de gestión social a los políticos y fortalecer las diversas organizaciones que conforman el verdadero tejido social.

México, ese país tan diverso y maravilloso, tiene un futuro extraordinario. Siempre y cuando abandone su viejo complejo de inferioridad y se independice de una vez por todas de sus fantasmas históricos, que son muchos desde Moctezuma y Malinche, y ahora proceden tanto del norte como de su propio interior.

JM, junio 2018.


 

Philippine

Halalan sa Mexico

Dince panahon ng Porfirio Diaz, mga patakaran sa pabor ng technocrats pagpapalagay at mga taong alam “kung paano na magtrabaho sa modernong mundo” bilang privatizations ay ginawa sa ngalan ng pag-unlad at pag-unlad. Mexico ay enriched hanggang sa unang bahagi ng ikadalawampu siglo, ngunit hindi Mexicans. Sa panahon ng naunang dekada, at dahil sa mga mapagmataas na di ng kung paano upang maunawaan ang mga katutubong komunidad mapunta gamitin, bukod sa iba pang mga kadahilanan, 80% ng mga magsasaka sa isang bansa ng karamihan sa magsasaka, natapos na walang lupa at matagumpay na proseso ng paggawa ng makabago natapos sa hindi maiwasan at marahas na Mexican Revolution.

Sa mga nakaraang dekada, Mexico ginawa ng ilang progreso (at setbacks, katiwalian at karahasan ng bawal na gamot mga seryosong problema na lang nag-aalala malaswang hindi pagkakapantay-pantay), tulad ng anumang iba pang mga bansa sa mundo na nangongolekta ng pang-agham, teknolohiko at panlipunan kaalaman, Wala pang salamat sa kanilang “negosyante” ngunit ang kanilang mga manggagawa, ang kanilang mga Imbentor mga empleyado, kung sa workshops o unibersidad, at salamat sa kanilang sosyal na fighters, kadalasang demonized para sa kapangyarihan at ang pangunahing braso, ang mainstream pindutin ang .

Noong unang bahagi ng 2012 ako ay inanyayahan sa Autonomous University of Coahuila, at sa mga tanong ng mga mag-aaral sinabi sa kanila na hindi mahalaga kung gaano kalaki ang pinagsisihan ang kanilang mga pampulitika, Mexico ay hinirang Peña Nieto dahil sila ay mas takot ng bagong bagay sa mas masahol pa sa nakaraan.

Ngayon ang Mexico ay may pagkakataon na gumawa ng isang maliit na hakbang patungo sa isang iba’t ibang mga pagpipilian, katawanin sa tao ng Manuel López Obrador at sa kilusan Morena. Sa pulitika maaari mo lamang piliin ang mas mababang kasamaan, at sa Mexico, hanggang sa araw na ito, iyon ay Morena. Na nangangahulugan na kahit na ang hinaharap ng Mexico sa pangmatagalan ay tila mas mabuti kaysa sa kasalukuyan (hindi dahil sa anumang pagbabago sa patakarang lokal kundi internasyonal, na kung saan, sa kabaligtaran, ay hindi maganda ang hitsura), hindi tayo maaaring maging maasahin sa kung ano ito ay tumutukoy sa maikling salita.

Bakit? Lopez Obrador ay maaaring ang pinakamahusay na opsyon, ngunit hindi nito babaguhin ang lumang kultura ng katiwalian na sa kasamaang palad ay tanda ng pagkakaiba ng Mexican pulitika, fed, tulad ng sa karamihan ng mga bansa ng mundo, ang kahila-hilakbot social inequalities. Very ibaba ay napinsala sa pamamagitan ng pangangailangan at ambisyon pinakatuktok.

Ito kultura at tradisyon (impunity, karahasan, katiwalian, sexism, abusuhin walang reaksyon) at kumukuha sa mahusay na mga social inequalities. Sa ganyang bagay ay namamalagi sa gitna ng ang pinakamalaking problema at lahat ng iba pa ay mga kulay at rehiyonal na lasa. Imposibleng baguhin, ngunit ito ay hindi isang bagay na ang mga pagbabago bilang mabilis o bilang madaling bilang pamahalaan.

Sa kanilang mga kalakasan at kahinaan, ang Estados Unidos ay hindi dapat maging isang modelo para sa Mexico, tulad ng ito ay sa kalakhan at para sa isang mahabang panahon. Malaki at lumalaking inequalities sa Estados Unidos (at sa iba pang mga rich bansa sa isang mas mababang lawak) ay ang source ng stress at depression sa kanyang mga naninirahan (may mga ilang mga magagamit na pag-aaral sa paksang ito). Higit pa sa isang tiyak na minimum na, hindi mahalaga kung gaano kataas ang average na kita ng isang bansa o absolute kita ng isang indibidwal. Kung ano ang mahalaga ay ang kanilang kamag-anak na posisyon sa lipunan at ang kanilang mga perception ng tagumpay, kabiguan at katarungan. Karamihan sa pagkabalisa tungkol sa mga materyal na tagumpay ay tunay mabuti para sa kanilang ekonomiya, lalo na para sa mga grupo na makinabang mula sa pang-ekonomiyang sistema na redistributes yaman mula sa mga pinaka na hindi bababa sa, ngunit masyadong masamang para sa mga miyembro nito, sa mga kaso kahit na mabibilang na indibidwal.

Ito ay ganitong uri ng tagumpay na ang mundo ay dapat magpatuloy sa hangarin.

Kahit sampung taon pa Mexicans bumalik sa bahay ng mga taong dumating sa Amerika upang humingi ng kaligtasan ng buhay, Mexico pa rin masyadong nakadepende sa Estados Unidos, hindi lamang sa ekonomiya kundi sa kanilang kultura at ang kanilang karangalan. O Estados Unidos pagbabago (sa halip malamang na hindi naman nakapagtataka na nagkakaisa pa rin ay nakararanas ng trauma ng Civil War) o Mexico ay nagsisimula upang tumingin layo. Una, dapat mong laging tumingin sa rehiyong iyon nakalimutan ng Mexico, Latin Amerika. Mexicans ay hindi dapat kalimutan na ang mga ito sa Estados Unidos sa Gitnang Amerika, kasama ang lahat ng pagkukunwari kasangkot sa relasyon na ito. Pagkatapos ay dapat kang tumingin, sa komersyal na mga tuntunin, higit pa patungo sa Europa at Asya, at pagkatapos ay makipag-ugnayan sa kanilang mga kapitbahay mula sa isang mas pantay-pantay na posisyon. US ay hindi lamang mula sa ang dahilan para sa malaking drug cartels ng Mexico,

Kung hindi man hindi magkakaroon ng tunay na pagbabago sa Mexico.

Sa madaling salita, sa oras na ito ang pinakamahusay na pagpipilian ay upang bumoto para Morena. Pagkatapos ay kapag ang kanilang mga kandidato at ang kanyang partido nakapasa sa tradisyunal na bahagi ng “realists” ng “pragmatists”, ang “responsable” na opsyon ay nangangailangan ng mga pagbabago upang makamit ang radial pagbabago hangga’t maaari. O, mas mahusay pa, itigil delegasyon ng kapangyarihan ng panlipunang pamamahala ng parehong pampulitika at palakasin ang iba’t-ibang mga organisasyon na bumubuo sa tunay na social tela.

Mexico, bansang iyon tulad ng mga magkakaibang at kamangha-manghang, ay may isang pambihirang hinaharap. Hangga’t iniwan mo ang iyong lumang inferiority complex at maging independent nang isang beses at para sa lahat ng kanyang makasaysayang multo, na kung saan maraming mula moctezuma at Malinche, at ngayon ay dumating sa parehong hilaga at sarili nitong interior.

 

 


Jorge Majfud ay at Amerikano Urugwayan scritor, may-akda ng  Krisis  sa iba pang mga nobelang.

https://bambinoides.com/tl/elecciones-en-mexico/

Élections au Mexique

Depuis l’époque de Porfirio Díaz, les politiques en faveur des soi-disant technocrates et ceux qui savaient «comment le monde moderne a fonctionné», comme les privatisations, ont été faites au nom du progrès et du développement du pays. Le Mexique s’est enrichi jusqu’au début du 20ème siècle, mais pas les Mexicains. Au cours des décennies précédentes, et à cause de l’indifférence arrogante de la façon de comprendre les communautés autochtones l’utilisation des terres, entre autres, 80% des agriculteurs dans un pays de la plupart des paysans, a pris fin le processus de modernisation sans terre et avec succès terminé dans la révolution mexicaine inévitable et violente.

Dans les dernières décennies, le Mexique a fait des progrès (et les revers, la corruption et la violence de la drogue sont des problèmes graves qui juste concernaient les inégalités obscènes), comme tout autre pays dans le monde qui recueille les connaissances scientifiques, technologiques et sociales, pas grâce à leurs « hommes d’affaires », mais leurs travailleurs, leurs inventeurs employés, que ce soit dans les ateliers ou les universités, et grâce à leurs combattants sociaux, généralement diabolisés pour le pouvoir et son bras principal, la presse grand public .

Au début 2012 j’ai été invité à l’Université autonome de Coahuila, et aux questions des élèves leur ai dit que peu importe combien ils regrettent leur politique, le Mexique élirait Peña Nieto parce qu’ils ont plus peur des choses nouvelles pire du passé.

Le Mexique a maintenant l’occasion de faire un petit pas vers une option différente, incarnée par la personne de Manuel López Obrador et par le mouvement Morena. En politique, vous ne pouvez choisir que le moindre mal, et au Mexique, à ce jour, c’est Morena. Ce qui signifie que bien que l’avenir du Mexique à long terme semble beaucoup mieux que le présent (non pas à cause d’un changement de politique intérieure mais international, qui, inversement, ne semble pas du tout bon), nous ne pouvons pas être optimistes quant à cela fait référence au court terme.

Parce que? López Obrador est peut-être la meilleure option, mais il ne changera pas une vieille culture de la corruption qui, malheureusement, est une caractéristique de la politique mexicaine, alimentée, comme dans la plupart des pays du monde, par de terribles inégalités sociales. Ceux ci-dessous sont corrompus par nécessité et ceux d’en haut par ambition.

Cette culture et tradition (impunité, violence, corruption, machisme, abus sans réaction) se nourrit des grandes inégalités sociales. Là se trouve le centre du plus gros problème et tout le reste est des couleurs et des saveurs régionales. Il n’est pas impossible de le changer, mais ce n’est pas quelque chose qui change aussi rapidement ou aussi facilement qu’un gouvernement.

Avec leurs vertus et leurs insuffisances, les États-Unis ne devraient pas être un modèle pour le Mexique, comme cela a été le cas dans une large mesure et depuis longtemps. Les inégalités importantes et croissantes aux Etats-Unis (et dans d’autres pays riches dans une moindre mesure) sont la source de stress et de dépressions de ses habitants (plusieurs études sont disponibles sur ce sujet). Au-delà d’un certain minimum, le revenu moyen d’un pays ou le revenu absolu d’un individu n’a pas d’importance. Ce qui compte, c’est leur position relative dans une société et leurs perceptions du succès, de l’échec et de la justice. La plus grande angoisse pour la réussite matérielle est très bonne pour leurs économies, surtout pour les groupes qui bénéficient du système économique qui redistribue la richesse du plus petit au plus grand, mais très mauvais pour leurs individus, qui dans certains cas ne comptent même pas comme les individus L’épidémie d’alcoolisme, l’abus de stupéfiants qui coûtent la vie à des dizaines de milliers de personnes par an, et l’augmentation des vagues de suicide qui ne sont pas rapportées dans les premières pages des médias, ou même l’augmentation du racisme et de la haine tribale, sont certaines des conséquences de ces inégalités sociales montées sur une culture matérialiste et consumériste atroce.

Ce n’est pas ce genre de succès que le monde devrait continuer d’aspirer.

Bien qu’au cours des dix dernières années, de plus en plus de Mexicains sont revenus de leur pays pour venir survivre aux États-Unis, le Mexique dépend encore trop des États-Unis, non seulement de son économie mais aussi de sa culture et de sa dignité. Ou les Etats-Unis changent (quelque chose d’improbable, si l’on considère que le traumatisme de la guerre civile est toujours vécu) ou le Mexique commence à regarder de l’autre côté. D’abord, vous devriez vous tourner vers cette région oubliée par le Mexique et l’Amérique latine. Les Mexicains ne devraient pas oublier qu’ils sont les États-Unis pour l’Amérique centrale, avec toute l’hypocrisie impliquée dans cette relation. Ensuite, vous devriez regarder, en termes commerciaux, plus vers l’Europe et l’Asie, et ensuite se rapporter à votre voisin d’une position plus égalitaire. Aux États-Unis, non seulement la raison des grands cartels de la drogue mexicains vient, parce qu’il y a une grande partie de son marché de consommation et d’armes (tous deux illégaux), mais aussi ses politiques comme la guerre contre la drogue et, plus récemment, , son humiliation ethnique et culturelle envers son voisin le plus important, comme une stratégie géante décadente.

Sinon, il n’y aura pas de réels changements au Mexique.

En résumé, en ce moment la meilleure option est de voter pour Morena. Ensuite, lorsque votre candidat et votre parti passeront au côté traditionnel des «réalistes», des «pragmatistes», des «responsables», l’option sera d’exiger des changements radicaux pour obtenir des changements autant que possible. Ou, mieux encore: cesser de déléguer autant de pouvoir de gestion sociale aux politiciens et renforcer les différentes organisations qui constituent le véritable tissu social.

Le Mexique, ce pays divers et merveilleux, a un avenir extraordinaire. Tant qu’il abandonne son vieux complexe d’infériorité et devient indépendant une fois pour toutes de ses fantômes historiques, qui sont nombreux de Moctezuma et de Malinche, et viennent maintenant du nord et de son propre intérieur.

 

 


Jorge Majfud est eScruter uruguayen américain, auteur deCriseetd’autres romans.

Argentina y la lógica de los mercaderes

Cuando en 1970 los chilenos decidieron elegir un presidente que no agradaba a los dueños del mundo, el presidente Richard Nixon dijo: “vamos a hacer que su economía grite”. Efectivamente lo hicieron, aunque la crisis económica ni fue suficiente crisis ni fue suficiente para desestabilizar el orden democrático, por lo cual el clan Kissinger-Pinochet optó por el tradicional Plan B para América Latina, documentado por sus perpetuadores desde antes de las elecciones de 1970, solución probada y conocida a todo lo largo y ancho del siglo XX: un sangriento golpe de Estado y la posterior instauración de una dictadura. Chile no fue el único caso, ni este modus operandi se remonta a los principios de la Guerra Fría, sino que la precede por lo menos en sesenta años: aprovechar el descontento y las revueltas populares, pacíficas o armadas, para instaurar brutales regímenes represores que protegiesen el statu quo, es decir, los intereses de las elites criollas y el de los “inversores” extranjeros.

Una vez desestabilizados los países rebeldes e instaurada las “dictaduras amigas”, el proceso fue el mismo. Por parte de los mercaderes del “mundo libre”, se volvió a abrir el grifo de los dólares fáciles, creando inundaciones de créditos para el “desarrollo” de esos países endémicamente atrasados por sus “enfermedades mentales” (se dijo y hasta tituló en libros, ya que la teoría de la incapacidad racial había sido destrozada a principios de siglo y quedaba feo seguir usándola sin maquillajes).

Durante los años 60 y 70, por ejemplo, los préstamos a las dictaduras latinoamericanas eran con tasas de intereses mínimas, aún más bajos que la inflación de los países receptores. Incluso el secretario de Hacienda y Crédito Público mexicano se quejaba de ser acosado desde el exterior para recibir más dinero. En ese período, América latina multiplicó por cien su deuda externa mientras se multiplicaron las favelas, se reprimían las organizaciones sociales y sindicales y los salarios se mantenían deprimidos para favorecer la exportación de materias primas, pese a los precios elevados. Nada nuevo. Alguien se benefició de esta bonanza y no es necesario ser un genio para darse cuenta quiénes. Los gobiernos (la gente común) tomaron deuda y pasaron dólares a los privados. Nada nuevo.

Claro que había un detalle: los intereses de las deudas no eran fijos. El problema llegó con la crisis del petróleo de los años 70 y la posterior escalada inflacionaria en Estados Unidos. Como respuesta lógica, la Reserva Federal en Washington debió subir sus tasas de interés hasta 20 por ciento mientras en Londres hacían prácticamente lo mismo.

En los años 80s, en América Latina, las “dictaduras amigas” se enteraron del valor de la amistad no sólo con la Guerra de las Malvinas sino cuando la masiva deuda externa, semilla del progreso y el desarrollo, se vio inflada por los mayores intereses hasta que se volvió impagable. O casi. Los países del sur debieron destinar casi todos sus beneficios en pagar los intereses de estas deudas, lo que hizo imposible cualquier “progreso y desarrollo”. No fue una “década perdida”, como se la conoce hoy, porque, más o menos, se recuperaron las democracias liberales. La verdadera democracia, como voluntad de los pueblos dentro de los marcos del derecho, no se recuperó, en parte gracias a la falta de derechos de las víctimas de las dictaduras y en parte por las deudas externas heredadas.

En los 90, como solución, el FMI volvió a la carga y abrió nuevamente el grifo para “solucionar el problema” imponiendo, obviamente, condiciones. ¿Suba de salarios y ayuda de emergencia a los necesitados como forma de reactivar la economía y la justicia social? No, eso es lo que se llama “irresponsabilidad”. Se recomendó la privatización, como se vino haciendo desde un siglo antes en el gobierno de Porfirio Díaz en México, lo que promovió el “progreso y el desarrollo”, dejó al 85 por ciento de los campesinos sin tierra y desencadenó la Revolución Mexicana. Lo mismo a lo largo del continente.

Como en los casos anteriores, la receta de los mercaderes terminó en la catástrofe económica y social del 2001 que todos conocen, hasta el extremo que incluso el FMI reconoció el fracaso de todos los países que habían aplicado sus exitosas recetas.

En los años 2000 Argentina logró independizarse del FMI, a pesar de la telenovela de los Fondos Buitres. La economía creció como pocas veces antes, aunque en parte se debiese, otra vez, a las condiciones favorables de los commodities. Los gobiernos de Lula y los Kirchner no lograron capitalizar ese gran crecimiento en reformas radicales en la educación, por ejemplo. Pero en ese período Brasil sacó a treinta millones de la pobreza y los convirtió en contribuyentes, lo cual no es un detalle, más considerando que en otros períodos de crecimiento anteriores del PIB no significó un decrecimiento de la pobreza y las desigualdades sino todo lo contrario.

Ahora, para lograr el milagro de repetir una historia de cien años de fracasos, se inventan nuevos slogans y explicaciones, como la “necesidad de sincerar la economía”. El sinceramiento es selectivo. Hay que sincerar de la clase media para abajo.

Si todos los productos e insumos de primera necesidad suben como leche hervida, si el dólar rompe todas las barreras que el gobierno aseguró nunca iban a romper, si a pesar de los recortes brutales que se llaman “graduales” la deuda del país se dispara en sólo dos años, si el crecimiento es endémico, si después de todos los intentos fallidos de sinceramiento se termina recurriendo a un desesperado salvataje del FMI que se gritó como un gol de Messi, si las condiciones del FMI se llaman “condiciones del gobierno argentino”, como si el que pide dinero fuese capaz de imponer al prestamista las condiciones para el préstamo… eso hay que premiarlo.

El grupo financiero Morgan Stanley Capital International acaba de mejorar la calificación argentina de “País de Frontera” a “Mercado Emergente” (vale más ser un buen mercado que un país periférico), categoría que le había quitado en el 2009, cuando el país se encontraba en acenso económico y se había liberado del FMI. Argentina recupera su etiqueta de “mercado emergente” en su peor momento en quince años. Esta calificación, obviamente, facilitará un nuevo flujo de inversiones extrajeras, que es lo que realmente importa a los mercaderes.

La lógica es clara. La misma vieja receta se aplica ahora, con diferente narrativa: los comunistas ya no son la excusa (de ahí que ya no hay dictaduras militares) sino los nuevos amigos, siempre y cuando sean amigos del capital, como en China.

Esta perversión de la lógica y de la moral no procede de los mercados sino de los mercaderes, por los cuales la sola idea del “libre mercado” no es más que una idea. A los mercaderes nunca les importó ni el libre mercado ni el pueblo. Si a la gente común le va bien, mejor. Si no, no importa. El objetivo no es la gente sino los beneficios que deriven de ella. ¿Qué diferencia hay, para esta lógica, entre la materia prima y un trabajador? La prueba está en que para Morgan Stanley no importa que a la gente le vaya peor. Si el país es más obediente y más dependiente, mejor se lo califica.

Sin duda, una buena noticia para los capitales. Pero tal vez es tiempo que los argentinos dejen de sincerarse y empiecen a decirse la verdad.

 

JM, junio 2018