Violencia que no se exporta se consume en el mercado interno

Violencia que no se exporta se consume en el mercado interno

El 24 de marzo de 1983, en un acto en la Biblioteca del Congreso, el presidente Ronald Reagan repitió las palabras del historiador Henry Commager: “la creación de los mitos nacionales nunca estuvo libre de conflictos; los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”.

Como en todos los grandes temas a los que se enfrenta la sociedad estadounidense, la actitud de una parte significativa ha sido siempre la de negar la realidad a través de narrativas y en base a sus mitos fundadores: la libertad propia como producto de las armas, la libertad ajena como producto de nuestro sacrificio, la promoción de la democracia en países bárbaros, la riqueza como mérito individual de unos pocos, la superioridad racial primero (“la raza libre”) y la superioridad nacional después (“el pueblo libre”), el éxito económico como prueba de ser los elegidos de Dios, la acusación a los demás de nuestros propios defectos (los fanáticos pertenecen a otras religiones)… 

El fanático religioso, que cree y siente que la realidad depende de sus oraciones y Dios está obligado a escuchar sus deseos, no se representa como tal. Esta negación de la realidad ha tenido resultados diversos, aunque casi siempre fue la realidad la que debió ceder. Pero cuando esa misma sociedad debe enfrentarse a un enemigo que no escucha ni se puede ver, un enemigo al que no se puede amenazar con un rifle AR 15 ni se puede bombardear, la negación de la realidad no funciona como se espera y la frustración explota por las viejas heridas.

En el caso del Covid 19, el país más rico y poderoso del mundo ha demostrado que no sabe organizarse como colectivo ni sus instituciones (como el sistema de salud) están hechas para actuar de esta forma civilizada a la altura de sus posibilidades materiales. Todavía algunas cosas se pueden aliviar a fuerza de montañas de dólares, pero la conducta racional de su sociedad y de sus líderes es un déficit que explica los millones de infectados y los ya casi doscientos mil muertos.

Con la excepción de las redes científicas y universitarias, con la excepción de un sector de la población que no alcanza a decidir las políticas de Estado, los políticos y la sociedad estadounidense tampoco saben relacionarse con las otras naciones para enfrentar el problema, como no ha sabido hacerlo para enfrentar un problema mayor, el ecológico. Si se relaciona, es a través del conflicto.

Como consecuencia de este enemigo interior e invisible, los antiguos problemas sociales y raciales (nunca resueltos por la misma afición a negar la realidad) se han exacerbado hasta empujar al país a un estado de tensión social y hasta niveles de violencia armada en las calles que no se veía desde hacía muchas décadas, cuando el país se dedicaba a exportar su violencia fundacional a otros países. Esta exportación de violencia no solo era estimulante para los negocios de la guerra, para la industria militar y las megacorporaciones, sino que, además, producía un poderoso efecto de distracción de los problemas propios y, por ende, de unión ante un enemigo exterior. 

Con la identificación de los inmigrantes como el nuevo “enemigo exterior”, el problema comenzó a filtrarse hacia el interior y se encontró con viejos monstruos, como la discriminación racial, el desprecio por los pobres (los perdedores), el fanatismo de las armas como solución a todos los problemas, y el patriotismo de banderas hasta en los calzones que cubre todas las viejas heridas que nunca cicatrizan, esas mismas que convierten los traumas históricos e individuales en motivos de orgullo.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, y mal gracias a la pandemia, algunos estadounidenses comienzan a sospechar que para ser llamado héroe no hay que vestir un uniforme militar e invadir otros países en nombre de la defensa propia y de la libertad ajena, sino que tal vez le debemos algo a los médicos, a las enfermeras, a los maestros y a tantos otros trabajadores que cada día construyen lo mejor y más necesario de nuestras sociedades. 

El triunfo del candidato opositor Joe Biden en la elección presidencial que se realizará en dos meses aliviará por un momento esta tensión social, pero a largo plazo tendrá un efecto contrario. Los perdedores no aceptarán la derrota ni aceptarán ceder un centímetro en la hegemonía de su propio país, como no la aceptan ahora que, tal vez inconscientemente, perciben la progresiva pérdida de sus privilegios domésticos e internacionales. Pero, a largo plazo también, la futura minoría en el recambio político y demográfico tendrá que conformarse con ver la reducción de sus mitos fundadores a fetiches y amuletos, no en sus cabezas sino en las nuevas generaciones que, además, deberán convivir con un mundo mucho menos dócil. 

Entonces, rezar ya no será suficiente, porque Dios estará ocupado escuchando a otros. 

JM, agosto 2020

Javier Mireles

¿Nos dirigimos a la Fase Andes 72?

No pocas veces en mis clases he propuesto el análisis del caso de la tragedia de los Andes de 1972. Esta es una de las pocas historias relevantes donde el factor político es mínimo, casi inexistente (consideremos que hasta la crucificcion de Jesús está cruzada y definida por poderosas motivaciones políticas). Por lo general, en la discusión suelen surgir dos grupos: algunos estudiantes reconocen que no saben cómo actuarían en una situación semejante mientras otros, de plano, afirman que jamás recurrirían a la antropofagia para sobrevivir tres meses en un valle helado de los Andes. 

Sin considerar los casos antiguos de canibalismo con una fuerte carga ritual, la historia moderna registra múltiples casos de antropofagia por parte de gente considerada civilizada, desde la fundación de la primera colonia anglosajona en Estados Unidos hasta la brutal conquista del Oeste. La vida en este planeta existe gracias al instinto de conservación, notoriamente complementado con el instinto sexual para acelerar la diversidad genética y así la adaptación evolutiva a medios inhóspitos y cambiantes. El instinto de conservación es tan fuerte que es capaz de echar mano a recursos que en otras situaciones serían impensables e imperdonables. Nadie puede asegurar cómo reaccionaría ante una situación extrema y mucho menos cuando esa situación se prolonga por semanas, por meses.

Obviamente que en esta pandemia de COVID 19 no estamos en esa fase de la desesperación. Más bien estamos lejos. Pero vamos en esa dirección y basta un detonante para que las piezas de dominó desaten su energía destructiva. Por varias razones, lo que antes la gente llamaba “normalidad” nos condujo a esta crisis y nos conducirá a otras (el consumismo irracional, el desmembramiento o negligencia de la trama social, de los programas y servicios sociales, desde los médicos hasta las coberturas laborales, asistenciales y de suministro de alimentos, el fanatismo de los líderes mundiales y sus “yo y nosotros primero”, apoyado por furiosas hordas y sectas de frustrados racistas). 

Para muestra de este absurdo bastaría anotar que hace pocos días los productores en Estados Unidos estaban arrojando desde camiones cisternas millones de galones de leche en buen estado a las cloacas, mientras miles de personas (de sus propios conciudadanos) a kilómetros de distancia hacían horas de fila para recibir un poco de comida gratis. La lista es extensa. Obviamente que los negocios y la ley de “los beneficios primeros” no son buenos coordinando algo que no tiene un beneficio inmediato ni nunca fueron buenos considerando las externalidades de la economía. De hecho, la solidaridad de donar lo que no se puede vender podría afectar negativamente los precios, por lo cual es mejor destruir los alimentos que otros desesperadamente necesitan. 

Tal vez con la excepción del salto del virus de un animal a un ser humano, nada del resto es por puro azar. Esta crisis muestra y demuestra que la base principal de la economía no es la economía; que la base de los maravillosos negocios no son los negocios; que la base del éxito de los exitosos no es meramente el éxito de los exitosos; que todas esas cápsulas ideoléxicas son dogmas, fundamentalmente esparcidos desde la cultura, desde la política, desde los medios y desde los poderosos intereses financieros de Estados Unidos, tanto que hasta en otras culturas deben usar las mismas palabras en inglés para expresar correctamente lo que dice el dogma asimilado. 

 Si el mundo y los países más afectados no vuelven, al menos por un tiempo, a eso que antes se llamaba “normalidad”, esa leve fiebre que no enciende las alarmas, en algún momento (imposible predecir cuándo y dónde) las personas más civilizadas del planeta van a entrar en la fase Andes 72. Esto significa que podemos estar moviéndonos a una serie de estallidos sociales donde hasta el individuo más sensible, racional y civilizado pasa del respeto y la solidaridad social a la desesperada búsqueda de la sobrevivencia individual y familiar. 

Ojalá que estemos lejos de ese momento y que las cosas se reviertan antes. También esto es probable. Pero no subestimemos la fuerte posibilidad de un escenario Andes 72. Diez años atrás habíamos escrito que esta posibilidad se daría con el agravamiento de la crisis ecológica y las diferencias sociales. Probablemente la pandemia del Coronavirus haya adelantado esa catastrófica posibilidad. De por sí ya es una catástrofe. El año pasado agregábamos: “los seres humanos somos especialistas en mentirnos y solemos despertar con alguna crisis, como un conductor que se duerme al volante mientras maneja y algo indeseable lo devuelve a la realidad”.

Ahora el mejor escenario consiste en que (1) no lleguemos a ese punto de quiebre y que (2) como sociedad global tengamos la sabiduría de pensar globalmente y no meramente en base a los alegres dogmas que solo ven beneficios financieros a corto plazo. Los dogmas ideológicos que pretenden estar libres de ideología deberán ser revisados con más seriedad y con menos arrogancia de parte de sus creyentes. Como por ejemplo aquella ley sagrada de que “la búsqueda del interés personal conduce al bien común; una mano invisible organiza, equilibra y armoniza los intereses individuales en el bienestar colectivo, alcanzando el óptimo social como un resultado involuntario e ideal de la conducta espontánea de los hombres”. 

Por supuesto que todos tenemos intereses personales y suelen ser todos muy diferentes. Por supuesto que todos apreciamos la libertad individual y no toleramos la arbitrariedad de ningún poder estatal o privado que nos limite y nos imponga su fuerza sin más razón que el beneficio y la libertad de esos poderes y su elite beneficiaria. Pero cuando una dimensión humana se convierte en ley, como una secta basa toda su teología en una sola frase bíblica, se convierte en dogma. La actitud que sacraliza el interés personal por sobre todo lo demás (por casualidad, siempre es el interés personal de los más fuertes) es una especie de sublimación civilizada de los instintos más profundos y arcaicos de canibalismo. Así, un dogma adoptado por una mayoría termina llevando a la mayoría, o a todos, a la catástrofe, como las ratas encantadas del flautista de Hamelín.

Para empezar será necesario sacar del poder a todos aquellos jefes de Estado que entienden que un líder es un ganador (como un empresario exitoso que gana destruyendo a la competencia) y no un líder racional, alguien que no desprecia ni la ciencia ni la crítica, que posibilita entendimientos y cambios coordinados en beneficio de la sociedad (global) para beneficio de sus miembros (países, individuos) y no al revés, que es lo que hasta ahora han propuesto y practicado los enardecidos nacionalistas con su mentalidad tribal, los fanáticos de los negocios primero, de la acumulación, del consumo irracional y la destrucción ilimitada como única definición posible de éxito

 

JM, abril 2020

 

“Sabemos cómo hacerlo y podemos volver a hacerlo”

De cómo los de arriba son elegidos por los de abajo. El sutil caso de Uruguay

 

Durante casi todo el siglo XX, como en muchos otros países latinoamericanos, los presidentes en Uruguay se elegían por mayoría simple. Es decir, los presidentes como Julio María Sanguinetti y tantos otros solían llegar al poder con un tercio de los votos.

Cuando en los años 90 la izquierda se perfilaba a ganar por primer vez las elecciones con el mismo sistema, se lo cambió a tiempo.

Veamos un antecedente crucial que ya duerme en el olvido pero que muchos en ese país recordarán. En 1992 un referéndum popular (promovido por ciudadanos sin poder político) anuló la ley de privatización de la empresa pública más exitosa del país, la de telecomunicaciones ANTEL, por un histórico 73 por ciento de votos. El revés fue una bofetada popular a la mayoría de los legisladores conservadores de los dos partidos tradicionales. El partido Colorado, devenido progresista en las décadas más prósperas del país a principios del siglo XX y de derecha oligárquica en los decadentes años 60, ahora se sumaba al partido conservador, el partido Nacional, a la ola neoliberal que promovió el FMI en los años 90 y que terminara en una catástrofe económica y social que marcó por décadas a los países latinoamericanos desde México hasta Argentina.

Cuatro años más tarde, en 1996, no por referéndum sino por un acuerdo político, se aprobó una reforma constitucional que establecía la obligación de un balotaje en caso de que ningún partido obtuviese la mayoría absoluta, lo que garantizaba que los dos partidos tradicionales, que por más de un siglo habían derramado sangre y odios mutuos, pudiesen sumar votos contra el cambio. 

En las elecciones siguientes de 1999, el opositor de izquierda, Tabaré Vázquez, obtuvo casi el 40 por ciento de los votos y el conservador y neoliberal, Jorge Batlle, el 32 por ciento. En un régimen tradicional, el presidente hubiese sido el primero, pero esta vez no. En el balotaje, el candidato del partido Colorado (irónicamente llamado “rosado” por sus adversarios, en referencia a la mezcla de Blancos y Colorados) fue elegido presidente. El candidato opositor de la izquierda, Tabaré Vázquez, tuvo que ganar por más del 50 por ciento de los votos en la primera vuelta, en 2004 (y después de la mayor crisis económica de la historia moderna del país) para convertirse en presidente. 

Gracias a la reforma constitucional de 1996, los mismos de siempre (el hijo y nieto de presidentes, Jorge Batlle, después de otro hijo de presidente, Luis Lacalle Herrera) pudo ser presidente una vez más en 1999. La OEA, guardián de la democracia, que no se escandalizaba por las dictaduras militares que asesinaban en masa ni pedía elecciones donde ni siquiera las había, mucho menos iba a decir una palabra sobre la repentina reforma constitucional para “perpetuarse en el poder” que, hay que reconocerlo, fue total y absolutamente legal. Porque, como decía Jorge Pacheco Areco, un ex presidente militarista del partido Colorado cuando se postuló sin éxito a presidente luego de la dictadura: “Nosotros sabemos cómo hacerlo y podemos volver a hacerlo”. 

Cuando el partido progresista gana las elecciones de 2004, obtiene mayoría parlamentaria pero no le resulta suficiente para aprobar una reforma constitucional (la que requiere ⅗ de los votos) para ampliar el derecho al voto por correo a los ciudadanas residentes en otros países, como existe en muchos otros países. Tanto la derecha como la izquierda sabían que la mayoría de los emigrados eran potenciales votantes progresistas, es decir, del Frente Amplio. Luego de dos años de discusiones, el proyecto de ley no fue aprobado. Años más tarde, en 2009, un grupo de ciudadanos impulsó una reforma constitucional para incluir a los ciudadanos que residían en el exterior. Al fin y al cabo, si nuestros parientes, hijos y nietos de europeos podían votar en las elecciones de países que nunca habían visto, ¿por qué no podían aquellos uruguayos de nacimiento hacer lo mismo desde el extranjero por el país al que seguían perteneciendo por derecho?

Mezclado con las elecciones del 2009 en donde el candidato progresista José Mujica fue elegido, el plebiscito no alcanzó la mayoría y el proyecto de ley fue olvidado. 

Ahora, el mismo candidato conservador que fuese derrotado en las elecciones de 2014, Luis Lacalle Pou (hijo y nieto de presidentes) y  la misma derecha en Uruguay gana las elecciones con una diferencia de 30.000 votos y se convierte en el próximo presidente del país más exitoso en términos económicos y sociales de América Latina en los últimos quince años, después de Bolivia, un país más pobre en términos relativos y con una histórica violencia racista y social difícil de equiparar. (La alternancia en el poder es parte del juego democrático liberal. Mi querido padre hubiese estado feliz con este resultado y yo respeto a sus votantes. El problema es cuando se hacen alianzas con militaristas que se creen dueños del honor de las sociedades y de los países por fuerza del garrote que pagan sus víctimas con sus impuestos; cuando se obtiene el apoyo de nazis; cuando se insiste en modelos neoliberales que han fracasado mil veces y cuando se repite una narrativa conspirativa inventada en Washington hace décadas atrás  para ocultar las conspiraciones de hecho). 

Ahora, la derecha tradicional ha recuperado la presidencia después de quince años, por un margen de 30.000 votos. Gracias a otra de sus magistrales estrategias, la abrumadora mayoría del diez por ciento de los uruguayos que vivimos en el extranjero, es decir, más de 350.000, no pudimos votar. Como no hubiese podido el mismo prócer del país, José Artigas, del que tanto se llenan la boca quienes menos lo conocen. 

¿Se entiende ahora por qué, de repente, en 1996 se volvieron defensores del sistema de balotaje y lo aprobaron a tiempo, primero, y luego en 2006 votaron en contra del voto consular?

Si hay algo que no se les puede reprochar es incoherencia histórica. La derecha conservadora y neoliberal siempre sabe cómo hacerlo. De otra forma no se entendería cómo, en todas partes del mundo, la opción por los de arriba es apoyada por al menos la mitad de los de abajo.

 

JM, nov. 2019

El viejo sueño de los golpistas travestidos

El capital político de Uruguay en declive

 

Cuarenta años atrás, el Capitán Nino Gavazzo reventó a piñas a mi abuelo cuando el viejo tenía las manos atadas en un interrogatorio. Ese era el método, la regla del procedimiento. Ese ha sido el concepto del “honor” y “valentía” de los cobardes profesionales que se llenan la boca y el pecho con el valor, el patriotismo y la defensa de la nación.

Cuarenta años después, para continuar la vieja historia, y para estar a tono con el estratégico neo fascismo en América latina, también en Uruguay los militares de alto rango tantean las aguas de un golpe de Estado en el caso de que la “coalición multicolor” que integran no gane el balotaje de mañana, 24 de noviembre. Como es muy probable que ganen con el aporte minoritario del diez por ciento de su electorado, no necesitarán echar mano al histórico Plan B y, como antes en tantos otros países del continente, se hablará de “recuperación de la democracia” y de “la herencia maldita”. 

Sí, en dicha coalición hay demócratas, y nada de malo tiene la alternancia política en el poder. Todo lo contrario. El problema es cuando un demócrata comienza a recibir apoyos de los nazis y fascistas, de quienes conspiran en las sombras, desde sus bastiones de poder de las grandes empresas y de los cuarteles, de aquellos que amenazan desde distintos grupos asociados al ejército (supuesta institución neutral subordinada al Estado), cuando se les pide un “voto patriótico” a los familiares de los uniformados y no se pregunta por qué. 

Una ironía trágica radica en que los autoproclamados “patriotas” y los “ultra nacionalistas” de todo el mundo no odian otras naciones tanto como odian a sus propios connacionales que no piensan como ellos y, además, tienen el descaro de gobernar cuando son elegidos. Casi todo el tiempo se pasan combatiendo a otros con su propia ciudadanía. Si a veces el discurso es contra el extranjero, ello se debe a un desplazamiento semántico: no pueden decir que odian o quieren exiliar a sus connacionales, como los racistas hablan de naciones y no de razas, pero todas su energías se invierten contra sus propios compatriotas. Dividen en nombre de la Unión. No los une la Patria, la integración del otro que vive en su propio país, sino el odio al diferente, el odio a quien se atreve a pensar y reclamar su derecho a decirlo y hacerlo conforme a las leyes.

En todos los índices internacionales, incluido los de grupos conservadores como el británico Democracy Index, en los últimos años Uruguay se ha posicionado por encima de países como Estados Unidos en calidad de democracia y en el ejercicio de las libertades individuales. Como la estrategia discursiva ha sido siempre el efectivo divorcio narrativa/realidad, se han encargado, desde militares hasta políticos, en insistir en lo contrario: “en Uruguay hay dictadura”, etc. Vieja y conocida página cuarta del manual.

Este clan hermético y conspirativo, como una serpiente que se muerde su propia cola, ha vivido retro alimentándose de la literatura política inventada durante la Guerra fría por las agencias propagandísticas de los servicios de inteligencia extranjeros (no es una opinión, es una vieja y múltiple confesión de parte, disponible en los documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos). Así, continúan repitiendo el cuento de Caperucita roja como un rosario, para no perder la fe y para mantenerla viva en un grupo significativo de gente que los defiende con fanatismo pese a haberlos sufrido de múltiples formas indirectas. 

Quienes gozan del dinero seguro de los impuestos acusan a otros en el gobierno o en el servicio público de hacer lo mismo. Quienes violaron los Derechos Humanos más básicos o silenciaron estas violaciones gritan que “La ley debe caer no suave sino implacablemente sobre los corruptos de toda condición”. Hasta ese grado de desvergüenza puede llegar un hombre. 

El Klan amenaza cada vez que puede, con anónimos colectivos o personalizados desde diferentes medios con una impunidad familiar, desde sus oscuros búnquers, con sus medias palabras o con silencios significativos cuando las víctimas de su pasado régimen fascista le reclaman la verdad sobre sus familiares desaparecidos. 

O con discursos como el más reciente del senador electo Gral. Manini Ríos, violando la veda electoral y reconociendo (ahora de forma explícita) el perfil político e ideológico de las fuerzas armadas latinoamericanas desde finales del siglo XIX. El General se olvida de su alto grado castrense y de haber sido ascendido por ese gobierno que desprecia y declara, al estilo de los Comunicados del pasado: “a ellos esta vez los soldados les contestamos que ya los conocemos”. La conocida frase (suficientemente ambigua, como lo indica el Manual) que suele aplicarse también a quienes no somos políticos ni pertenecemos a ningún partido.

Es verdad, ustedes los conocen y nos conocen. Conocen lo que decimos y lo que hacemos, porque no escondemos nada. Nosotros no andamos tramando a escondidas, ni en cuarteles ni en sectas. Todo lo que pensamos, equivocados o no, lo decimos en público, en entrevistas, en nuestras clases; lo publicamos en libros, en artículos, con firma, nunca de forma anónima. 

En los últimos quince años, Uruguay nunca tuvo una recesión económica, se convirtió en el país latinoamericano con mayor PIB per cápita al tiempo que en el país que mejor distribuye la riqueza en medio de un contexto regional que desde hace años arde en profundas crisis económicas y sociales. Por eso mismo, el coronel Carlos Silva asegura que es precisamente ese gobierno que ha llevado al país a la ruina porque es “marxista” (supongo que marxista como el presidente Donald Trump, quien construye una torre y tiene negocios allí). Por si fuese poco, el gobierno democrático de su país es traidor y antipatriota

Para los fascistas, todos quienes no piensen como ellos son antipatriotas. Sin embargo, y con excepciones, si en los países latinoamericanos hubo injerencia directa y efectiva, si fue posible la entrega de los recursos nacionales y los derechos más básicos de sus poblaciones bajo dictaduras a lo largo de 150 años, fue gracias a esos autoproclamados “patriotas” que se cuelgan medallas unos a otros, mientras se llenaban la boca con el cuento de que salvaron al país de ser entregado al interés extranjero.

El General Manini Ríos acusa a sus adversarios políticos de ser “los mismos que no se han cansado de insultar a aquel que viste un uniforme”. No, general. No ha sido la gente, ni los críticos, ni ningún partido político que “ha insultado la institución armada”; con las inevitables excepciones a la regla, la historia y el presente dicen que han sido ustedes mismos, sus capitanes y generales, con la complicidad sádica de unos algunos soldados y la complicidad interesada de muchos civiles. 

 

JM, noviembre 2019

https://www.pagina12.com.ar/232640-elecciones-en-uruguay-el-viejo-sueno-de-los-golpistas-traves

 

 

La incoherencia de los otros

No siempre pero, por lo general, las discusiones políticas no conducen a nada. Cada vez menos, porque la cultura del disenso civilizado se ha perdido casi completamente (probable efecto de sustituir las tertulias de café, cara a cara, por el barbarismo semianonimo y a distancia de las redes sociales) y la política se ha convertido en una pasión de fútbol, en un acto de fe religioso contra cualquier evidencia. En el hemisferio norte se ha deteriorado aún más rápido que en el sur y ya desde hace tiempo campea el tribalismo. Como todo, o casi todo, aquí siempre ocurre primero y se realiza más rápido. Pera peor, algunos andan a la búsqueda de (¿cómo decirlo?) un “tenis dialéctico” y no sé cómo hacen pero logran meterte en su juego.

Más o menos la cosa fue así:

—¿Vio que Daniel Martínez, el candidato socialista a la presidencia de Uruguay, tiene una hija estudiando aquí en Estados Unidos? —me dijo un visitante de Uruguay.

—No sabía. Pero muchos chinos son comunistas y tienen cientos de miles de hijos estudiando aquí. También nuestros estudiantes estadounidenses van a estudiar a Cuba, aunque el gobierno de aquí no les permite mucho tiempo. Por no hablar de los votantes de Trump que pasan sus vacaciones en Cancún o se jubilan y se van a vivir a Ajijic en México.

—Incoherencias. Como ese Rafael Correa, el expresidente de Ecuador. ¿Lo conoce? Se recibió de economista aquí en Estados Unidos… ¿Sabía?

—Sí, una buena parte de los yanquis dicen lo mismo: las universidades están infestadas de progresistas. Hace años, tal vez dos décadas, copié el artículo “¿Por qué el socialismo?” de Einstein, de cuando daba clases en Princeton University, y lo publiqué en un foro con otro nombre. El texto recibió una lluvia de insultos. “Idiota” y “Retardado mental” fue de lo más amable que escribieron los genios. Tal vez el hombre estaba equivocado, pero retardado mental… Las universidades se caracterizan por reclutar tontos de todas partes del mundo. Hice lo mismo con otro texto del Dr. Martin Luther King, sobre su socialismo y contra la guerra de Vietnam. “Traidor” y “antipatriota” fueron de las acusaciones favoritas…

—¿Es usted socialista?

—Nunca supe qué soy, exactamente, y no creo que sea importante. Cuando era niño los militares me arrastraron de un brazo por no obedecer órdenes y un par de profesores en la secundaria me expulsaron de clase por preguntar qué entendían ellos por democracia y derechos humanos. Pero Rebelde sería un título muy grande. Inconformista, tal vez. Sí, suena menos pretencioso y no llega a ser un insulto.

—Yo no me avergüenzo de decir que yo sí siempre supe quién soy y sé quién es quién cuando lo escucho hablar.

—Bueno, prefiero que no me lo diga. Para eso están los vómitos y comentarios a pie de página. Ahora, si le sirve de consuelo, en Estados Unidos hay más zurdos que en la mayoría de los países del Sur.

—A mí lo que me jode es la inconsistencia. Le repito, esa de Martínez…

—¿No es usted capitalista y neoliberal y vive en Uruguay, “gobernado por quince años por socialistas y tupamaros”, como dice usted mismo? A mí no me parece que eso sea una incoherencia. Sería sospechoso si todos pensaran como Mujica o como Tabaré Vázquez. Más que sospechoso, sería una secta de tres millones de individuos.

—No todos somos…

—Aquí tampoco somos todos… Mucho menos una secta de trescientos millones, aunque es lo que quisieran los autoproclamados patriotas, nacidos aquí o recién llegados, que se creen dueños de todo un país. ¿O también van a proponer una limpieza ideológica, país por país y comarca por comarca?

—Pero si se dicen socialistas deberían por lo menos vivir como Mujica, en una cueva. Al viejo tupamaro no lo trago, pero al menos vive en una cueva.

—Es lo que quisieran, que todos los que piensan diferente vivan en una cueva. Pero de verad no creo que el objetivo del socialismo sea la pobreza sino todo lo contrario. El hombre vive como quiere vivir no porque sea socialista sino porque es un poco hippie, medio Thoreau. Igual eso no lo salva de los insultos. En julio estuve en Uruguay y una señora, que hablaba igualito a Mujica, me quería convencer de “todo lo que se había robado Mujica”. Le faltó decir que por eso vive en un palacio.

—Socialistas ricos como Maradona hay muchos.

—No me interesa la vida privada de Maradona ni la ningún otro ejemplo particular, pero si es una incoherencia ser un socialista rico también lo es, y peor, ser un capitalista pobre, y de éstos no hay solo ejemplos y excepciones. Son la norma.

—Dele todas las vueltas que quiere darle al asunto. Pero al pan, pan y al vino, vino. Si uno es socialista no debería estudiar en Estados Unidos.

—Y todos deberían comer solo McDonald’s, mirar “beisbol” e ir a la iglesia los domingos por la mañana a lavar los trapos sucios…

—No caricaturice.

—¿Usted es capitalista y recurre al maldito Estado dos por tres? ¿Dónde está la coherencia, entonces?

—¿Yo? Yo pago mis impuestos. Es el Estado el que vive de mí.

—Pues muy bien, con toda esa plata que le paga de impuestos al Estado, intente pagar la policía que cuida de sus propiedades; las escuelas, la salud y la jubilación de sus hijos o de sus empleados; las ayuda a los más pobres para que no afeen la ciudad ni el frente de su casa ni las puertas de las iglesias; intente rescatar las grandes empresas capitalistas, generalmente insaciables, que cuando se hunden le van a llorar al gobierno de turno para que las salve… Haga cuentas y luego me dice si le alcanza.

—Si los privados invirtiésemos el dinero de los impuestos en fondos de inversión y nos organizáramos, podríamos hacer todo eso.

—Pues, justamente eso se llama Estado.  

 

JM, setiembre 2019

 

 

 

 

 

 

Venezuela enferma: soluciones (im)posibles

En distintos ensayos hemos analizado la recurrencia del patrón histórico de acoso a toda opción política no alineada con las superpotencias hegemónicas (no hay que ser muy despierto; las pruebas y evidencias están por todas partes): el caos diseñado en múltiples países en los últimos cien años, el financiamiento de grupos armados o desestabilizadores con nombres bonitos como Freedom fighters (“Luchadores por la libertad”), la promoción y financiación de golpes de Estado y el posterior apoyo ideológico, mediático, militar y económico a los regímenes amigos que luego se llaman “restauración de la democracia” y no “libertad para mis negocios”.

Sin embargo, nada de esto debería significar (vamos a repetirlo una vez más) un apoyo al actual gobierno de Nicolás Maduro. No debería, pero así es la dinámica de la pasión política desde hace siglos: como en el ajedrez, los peones son los primeros en morir luchando por una pasión (una religión, una ideología, unos valores morales) mientras detrás la aristocracia sobrevive para llevarse los beneficios (las tierras en el Feudalismo, el oro, la plata y el cobre en la Era de las conquistas, el petróleo en nuestro tiempo). Como si se tratase de un partido de futbol donde los fanáticos se aman y se odian según la banderita que los cubre mientras alguien más se lleva los millones a sus cuentas bancarias.

En el caso venezolano ocurre un fenómeno que podíamos llamar “mazo de naipes”. Tenemos dos grupos de cartas: uno ideológico y otro humanitario. Mezclamos los naipes y repartimos a dos jugadores que resultan uno “a derecha” y el otro “a izquierda”. Vemos los jugadores, pero no vemos los naipes y nos posicionamos de un lado o del otro como si no hubiese otras posibilidades.

En lo personal y desde el punto de vista ideológico, para mí el gobierno de Maduro está lejos de lo que podría aspirar como una sociedad sin las obscenas diferencias sociales entre ricos y pobres, entre inversionistas y trabajadores, entre beneficiados y beneficiarios. Pero también hay que recordar que desde los primeros años de la experiencia de su predecesor, Hugo Chávez, el propósito golpista y el bloqueo ideológico estuvo siempre presente por razones obvias y tradicionales que no vamos a enumerar ahora.

Aunque esto pone furioso a muchos, voy a repetirlo: la oposición es Nicolás Maduro con otros intereses y en otro rol. A Maduro le quedó grande el rol de presidente y a la derecha (herederos de los Pérez Jiménez y los Andrés Pérez) le quedó chico el rol de oposición.

Como sea, y como dijo el congresista y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Ron Paul: “déjenme decirles por qué tenemos problemas en América Central y en América del Sur: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo, nos hemos metido en sus negocios y así creamos a los Chávez, hemos creado a los Castros de este mundo, interfiriendo y llevando caos en sus países y ellos han respondido sacando a sus líderes constituidos”. El público de Miami lo hizo callar con sus abucheos. Porque no hay peores inquisidores que los conversos.

 Ahora, dejando de lado las raíces del problema, es lícito considerar los frutos, casi todos amargos. Uno de esos frutos, del cual han participado Tirios y Troyanos, es la crisis humanitaria creada dentro y fuera de Venezuela.

Adentro está la grave escasez de los productos más elementales, como lo son los alimentos y las medicinas (no es necesario intentar introducir camiones por la fuerza cuando, desde mucho antes, hemos estado donando toneladas de medicamentos a través de Unicef USA y muchos otros medios más pacíficos y menos propagandísticos). Tampoco debemos minimizar la excesiva represión del gobierno, aunque algunos la considerarán una consecuencia legitima, no una causa del problema. Cierto, muchos disidentes, como el autoproclamado presidente (más allá de los 30 días constitucionales) Juan Guaido, hablan y organizan actos públicos llamando a la rebelión en las calles sin ser detenidos ni torturados ni desaparecidos. Desaparecer era la norma en las decenas de dictaduras militares que la oligarquía criolla, aliada a Estados Unidos, diseñó y apoyó en América Latina por más de un siglo. Todavía es la norma en países incuestionados por Occidente, como lo son los “regímenes aliados” de Arabia Saudí, Israel, China y tantos otros. Incluso en muchos países considerados “democráticos” por mucho menos muchos fueron enviados a la cárcel.

Pero aun así (sobre todo aquellos que sufrimos dictaduras de otros signos) no podemos ignorar que en Venezuela existen denuncias y testimonios de abusos a los derechos humanos que deben ser tomados en serio y que, considerando la situación anómala, no me extrañaría que pudiesen ser de mayor gravedad.

Para completar, también tenemos la masiva emigración de venezolanos desesperados que, como casi todos los emigrantes sin privilegios, no sólo deben sufrir el desgarro de dejar su tierra sino las dificultades de adaptarse cultural, laboral y socialmente a un nuevo país que no siempre los recibe con la solidaridad humana (no ideológica) que se merecen.

Una solución, para nada radical, apenas moderada, sería que el presidente Nicolás Maduro renuncie y deje su cargo (¿hay alguien indispensable?), no en manos de la oposición sino del segundo o del cuarto en línea de su partido hasta que se normalice el proceso electoral y legislativo. Claro, algo bastante improbable, pero podría estar en la mesa de negociación si hubiese una mesa de negociación.

La otra solución, para nada radical, apenas moderada, sería que la oposición renuncie a sus contactos en Estados Unidos y Colombia y se concentre en la Asamblea Nacional y en cualquier elección. Por más limitada que sean las “garantías del gobierno”, si se puede llamar a la rebelión y al levantamiento armado del ejército en múltiples actos callejeros (o flirteando con una invasión estadounidense, una más de cien, solución que sólo llevaría a un golpe de Estado que deslegitime cualquier pretensión de cambio), también podría ocupar el lugar para el cual fueron elegidos en elecciones. Claro, algo bastante improbable, pero podría estar en la mesa de negociación si hubiese una mesa de negociación.

Como siempre, me dirán que no puedo opinar porque no vivo en Venezuela. La respuesta es la misma que venimos repitiendo desde hace treinta años: si vivir en un lugar y en un tiempo fuesen suficiente para tener las cosas claras, no habría ninguna razón para que la gente de ese país se odiase ni tuviese lecturas tan radicalmente diferentes de los mismos hechos. Venir de o vivir en un lugar no significa que alguien sepa lo que ocurre en cada una de sus instituciones (nacionales o extranjeras) que deciden su suerte. De hecho, rara vez alguien sabe lo que está ocurriendo en su propia casa mientras lanzan esa genialidad de “yo sé lo que digo porque vivo allí”.

De hecho, resulta doblemente paradójico recibir este tipo de acusaciones (cuando no amenazas) de gente que, como solución, promueve intervenciones militares y económicas de otros países, como si el gobierno de Estados Unidos pudiese intervenir cuando quiera, pero sus ciudadanos no pudiesen pensar fuera del dogma porque “no viven la realidad”.

 

JM, 5 de mayo de 2019

 

El mismo fuego

 

TapaTequilaEl mismo fuego 5

 

 

 

 

 

 

 

Reparaciones y distracciones

Estados Unidos está embarcado en una discusión por una posible “reparación” a los descendientes de esclavos propuesta por la izquierda 170 años después de la Guerra Civil. No se menciona los linchamientos que siguieron después y no es necesario ser un genio para saber cómo terminará esta discusión nacional ahora de moda.

Sin embargo, si vamos a discutir reparaciones por los brutales crímenes racistas cometidos contra un sector de la sociedad más de un siglo atrás, bien se podría empezar por hacer algo para reducir el rampante racismo actual.

Bien se podría comenzar por reparar a las víctimas de los numerosos y sangrientos golpes de Estados en diversas partes del mundo (en África y, sobre todo, en América Latina), crímenes internacionales que sus gobiernos perpetuaron, promovieron o apoyaron. Todos crímenes reconocidos por sus propios documentos desclasificados.

Para no entrar a hablar de guerras criminales como la más reciente de Irak o los cientos de prisioneros que fueron torturados en Guantánamo por una década antes de ser declarados inocentes y sin compensación alguna.

Muchas de estas víctimas y muchos de sus hijos todavía están vivos, porque toda esa barbarie no fue cometida hace un siglo sino más bien ayer, en términos históricos.

Entonces, señores, si de verdad queremos ser justos y buenos, recordemos que aquellos que no son ciudadanos estadounidenses también son seres humanos.

Claro que no daría ninguna fortuna para compensar una mínima fracción de tantas víctimas y lo mejor es siempre distraer la atención planteando imposibles.

 

JM, abril 2019.

 

Reparations and distractions

The United States is embarking on a discussion for a possible “reparation” to the descendants of slaves proposed by the left 170 years after the Civil War. There is no mention of the lynchings that followed, and it is not necessary to be a genius to know how this current national discussion will end.

However, if we are going to discuss reparations for the brutal racist crimes committed against a sector of society more than one century ago, we could begin by doing something to reduce the current rampant racism.

We could begin by repairing the victims of the numerous and bloody coup d’états to place brutal military dictatorships in numerous parts of the world (in Africa and, above all, in Latin America), international crimes that American governments perpetuated, promoted or supported. All crimes recognized by their own declassified documents.

Not to talk about criminal wars like the most recent in Iraq (“based on wrong information”) or the hundreds of prisoners who were tortured in Guantanamo for a decade before being declared innocent and without compensation.

Many of these victims and many of their children are still alive, because all that barbarism was not committed a century ago but rather yesterday, in historical terms.

So, Ladies and Gentlemen, if we really want to be fair and right, remember that those who are not US citizens are also human beings.

Of course, no country’s fortune would be enough to compensate a fraction of so many victims, and the best thing is always to distract people’s attention proposing some impossible nice idea.

 

JM, April 2019.

Corrupción ilegal vs. corrupción legalizada

Ilegal: corrupto

Luego de las conocidas mega crisis de la última etapa del ciclo neoliberal latinoamericano de los 90s, entre 2003 y 2014 el PIB de Brasil pasó de 558 mil millones a casi 2,5 billones de dólares, por encima del Reino Unido. Durante este boom de la economía brasileña y de una notoria mejoría en los estándares sociales de las clases más bajas, advertimos varias veces que su talón de Aquiles sería la corrupción, la cual es una tradición no solo en Brasil sino en todo país que no se ha desligado completamente de la mentalidad colonial, que es la que más generó corrupción en los países pobres de África y de América latina, enseñando a los de arriba a corromperse por ambición patológica y a los de abajo por necesidad ante un sistema de leyes que, como decía un caporal, se respetaban pero nunca se cumplían.

En 2016, la presidenta Dilma Rousseff fue condenada por corrupción por un congreso repleto de corruptos y debió abandonar su puesto de presidenta, acusada de maquillar los números presupuestales. Hasta el momento no se han aportado prueba alguna de su implicación en la corrupción de Petrobras, que fue la razón que inició la súbita fiebre anticorrupción, amplificada desde el 2011 por las redes sociales y el tradicional odio oligárquico (racista, sexista y clasista) inoculado hasta en el más pobre.

Más recientemente, el expresidente Lula (odiado por haber sacado a treinta millones de brasileños de la pobreza, siendo que no tenía otro título que el de trabajador metalúrgico) fue condenado por aceptar, a cambio de favores empresariales, reparaciones gratis en un costoso apartamento de su propiedad a nueve años de prisión (más que cualquier genocida latinoamericano) y por lavado de dinero a 12 años.

Cuando Lula fue enviado a prisión era el candidato a la presidencia favorito en las encuestas. El juez que lo condenó, Sergio Moro, nuevo héroe de la ética y la “lucha contra la corrupción”, aceptó el Ministerio de Justicia (cargo político) ofrecido por el recientemente electo presidente Jair Bolsonaro, principal adversario y enemigo de Lula. Siendo senador, Bolsonaro votó por el impeachment de la presidenta Rousseff al tiempo que daba vivas a la pasada dictadura militar.

Este tipo clásico de corrupción latinoamericana, tragicómica, carnavalesca, es de una alta ingenuidad. Siempre existió y en períodos de dictadura militar se multiplicó bajo el silencio de la censura, lo que le confería esa ilusión de paz, honor y rectitud que las oligarquías suelen repetir para justificar sus crímenes y abusos históricos.

Este tipo de corrupción es condenable porque es ilegal. Razón por la cual desde Europa y desde Estados Unidos se considera siempre que esos países nunca se desarrollan porque son demasiado corruptos. “América latina, droga y corrupción”, es la representación que tienen de nosotros. Por supuesto que del masivo consumo de drogas en el Primer Mundo que hace posible la alta criminalidad en los países del Sur, no se habla. Colombia ha sido, por generaciones, el país sudamericano con más bases militares de Estados Unidos y sigue siendo, por lejos, el mayor productor de cocaína del mundo (por casualidad, Estados Unidos es el mayor consumidor). Pero los narcoestados son los otros. La criminalidad en México se disparó en la primera década de este siglo como consecuencia de la llamada Guerra contra las drogas, lo que demuestra la persistencia de la ingenuidad de pretender que la militarización de las sociedades es la respuesta a la violencia creada por la brutal desigualdad económica y la ilegalidad de las drogas.

De la corrupción de los negocios del actual presidente de Estados Unidos se podrían escribir libros. Bastaría con recordar la insistencia de negarse a mostrar sus declaraciones de impuesto.

It’s legal, dude

Pero vayamos a la madre de todas las corrupciones: la corrupción legal. Podríamos empezar por cualquier parte, por ejemplo por la genocida corrupción belga en el Congo, que dejo millones de asesinados a total impunidad. Antes de la dictadura del títere Mobutu, que siguió al magnicidio de Lumumba y otros frustrados presidentes, el país fue por un siglo una empresa privada y casi todos los abusos cometidos allí eran legales, precisamente porque los criminales y corruptos hacían las leyes. Podríamos continuar por horas y días analizando casos similares.

En noviembre de 2018, Miriam Adelson, una mega donante del entonces candidato Donald Trump, esposa del billonario de los casinos Sheldon Adelson, recibió la Medalla de la Libertad de manos del presidente Donald Trump. Cuando se lo comenté a Noam Chomsky en relación a la “corrupción latinoamericana”, dijo: “comparada con la corrupción aquí en Estados Unidos, la latinoamericana es un juego de amateurs”. Imposible resumirlo mejor.

El 13 de abril de 2019, el USA Today (un diario al que no se puede sospechar de comunista, de subversivo o de alguna de esos versos aprendidos de memoria por los reaccionarios latinoamericanos), junto con el The Arizona Republic and the Center for Public Integrity, publicaron una investigación confirmando lo que habíamos escrito desde hace muchos años. El título lleva toda la ironía que merece: “Copy, paste, legislate”.

Según esta investigación, en los últimos ocho años en los 50 Estados de la Unión se aprobaron leyes para beneficiar “intereses especiales” de grandes compañías. Según el informe, cada vez que los legisladores escriben una ley, tanto las grandes corporaciones como los lobbies llenan los espacios vacíos que son necesarios para beneficiarlos.

En solo este periodo analizado, 10.163 proyectos de ley fueron propuestos en los congresos estatales, todos copias de los modelos escritos directamente por grupos de intereses especiales. Si los legisladores usaran los software que se usan en las universidades estadounidenses para detectar plagio, sus autores hubiesen sido expulsados de sus puestos a la primera de cambio, como son expulsados, muchas veces sin piedad, jóvenes estudiantes de 22 o 25 años por plagiar un párrafo en un modesto paper.

Aunque las grandes empresas ya usan inteligencia artificial para detectar lo que no detectan los análisis de palabras, esta investigación no incluyó aquellas leyes que fueron reescritas de cero y que pudieron incluir las mismas ideas y propósitos. Estos miles de casos analizados eran los más obvios de “copia y pega”.

2.100 de esos proyectos se convirtieron en leyes. La gran mayoría de estas leyes beneficiaron a las grandes industrias y a las ideologías conservadoras. Irónicamente, todos estos modelos comienzan con las palabras “libertad” y “derecho”, y mencionan los principios y las leyes anteriores en las cuales se ampara y justifica el nuevo proyecto de ley.

Esta investigación confirma los resultados de otra más antigua realizada por Princeton University que afirmaba que las chances de que un proyecto de ley con la aprobación de la población tenía un 30 por ciento de probabilidades de ser aprobado, mientras que aquellos proyectos ampliamente impopulares tenían, también, un 30 por ciento de probabilidades de ser aprobados.

En otras palabras, la opinión del pueblo no vale una hamburguesa de McDonald’s. Tal vez sí una Cajita Feliz.

Es esta la madre de todas las corrupciones que no se llama corrupción.

JM, 13 de abril de 2019

 

La entrevista sobre Venezuela que nunca se publicó

 

“Secretario” de la OEA Luis Almagro: más fácil que recaudar 100 millones de dólares de “ayuda humanitaria” para Venezuela, es no castigarla con 10.000 millones de dólares de sanciones económicas.

La siguiente entrevista nunca fué publicada por el periodista que la requirió. Para salvar las respuestas del significativo silencio, el entrevistado ha reescrito las preguntas conservando el orden y la intención original.

Entrevista sobre Venezuela que nunca se publicó

P: ¿Cómo evalúa la grave situación que está viviendo Venezuela hoy?

JM: Como grave.

P: ¿Puede haber una mayor demostración de crueldad que la quema de ayuda humanitaria por parte del régimen de Nicolás Maduro?

JM: Eso es lo que han dicho los medios y los políticos de la derecha estadounidense y latinoamericana. Hay versiones encontradas sobre ese hecho. Todavía es necesaria una investigación. Mire, en lugar de consumir los cuentos de Disney del senador Merco Rubio, no sería mala idea escuchar lo que tiene para decir otro político, republicano pero mucho más inteligente y mejor informado, como lo es Ron Paul. (*)

P: Pero usted estará de acuerdo que el régimen chavista es una calamidad que ha hundido a Venezuela en la miseria.

JM: El problema de Venezuela no es solo Nicolás Maduro. Si los muchachos de Miami finalmente lograsen asesinarlo y la oposición tomase el gobierno, Venezuela seguiría con serios problemas, aunque Estados Unidos y la gran prensa le daría un gran alivio económico. Otro problema que impedirá una solución razonable en el mediano plazo es el odio político que permea a gran parte de la población. Si Maduro es autoritario, la oposición ha dado repetidas muestras de intolerancia desde el golpe de Estado de 2002.

P: Ha sido el régimen chavista el que destruyó el país, no la oposición.

JM: Chávez no llegó al poder por un golpe de Estado, aunque lo intentó en 1992, sino por “la situación del país”, sobre todo del país de los de abajo. Más allá de que en lo personal nunca me gustaron los líderes personalistas como Perón o como Chávez, la insistencia mediática de llamarlos “dictadores” no tiene sustento: ambos fueron presidentes por voto popular y sufrieron golpes militares de la oligarquía enquistada en el verdadero poder social. Cuando defienden los intereses del gran capital, los dictadores no son llamados dictadores por la gran prensa y los dueños del mundo. Durante casi todo el siglo XX Venezuela vivió sobre el petróleo y bajo dictaduras o con democracias formales, pero con terribles crisis sociales, como la que terminó con el Caracazo, la matanza de cientos de venezolanos en 1989, una década después del boom del petróleo. Por entonces el gobierno de Estados Unidos salió a rescatar a uno de sus presidentes favoritos, Carlos Andrés Pérez, con otra lluvia de dólares, no con sanciones económicas ni apoyando a la oposición que participó en las protestas.

P: Los políticos de izquierda siempre se han perpetuado en el poder.

JM: Aquí en Florida existe la risible pero comprensible creencia universal de que América Latina ha sido un mar de dictaduras comunistas. Los presidentes de izquierda han sido una ínfima minoría en la larga tradición latinoamericana de déspotas de derecha, de dictaduras de corte nazi y agresivamente pro capitalistas. Claro, cuando los pocos líderes de izquierda llegaron al poder, muchas veces continuaron esa cultura enferma del continente (que no inventaron ellos) que ha potenciado la corrupción en beneficio de las mismas elites de siempre. Es el lado negativo que le veo a Evo Morales y a Daniel Ortega. Claro, en los 80 a Nicaragua se la acosó con grupos terroristas llamados “luchadores por la libertad” y financiados por Washington con dinero sucio de Irán, por intermediación de Israel. Pregúntele al ahora encargado de la estrategia para Venezuela, Elliott Abrams, que de ese tema sabe mucho porque es un ex convicto. En el caso de Bolivia hoy nadie habla del permanente crecimiento del cuatro por ciento anual de su economía. Y si Franklin Roosevelt fue presidente de Estados Unidos por cuatro períodos y lo mismo Merkel en Alemania o Netanyahu en Israel, está bien. A esos no se los puede criticar…

P: Los bolivianos que vienen de allá, que conocen la realidad de sus países, saben que Evo es un dictador.

JM: “…los que vienen de allá”. Ningún estadounidense viajaría por el mundo diciendo que sabe lo que dice de su presidente Trump “porque vive en Estados Unidos”. Esos son argumentos que revelan inmediatamente el nivel intelectual de la discusión. Cada latinoamericano que viaja por el mundo se cree autorizado a “hablar de la realidad” de sus países con ese típico e ingenuo argumento de “yo sé lo que digo porque lo viví”, como si no hubiese millones que vivieron y viven los mismos hechos y piensan radicalmente diferente. Como decía un funcionario estadounidense de la embajada de República Dominicana en tiempos del dictador Trujillo: todos nuestros informes sobre este país están basados en lo que dicen los dominicanos que visten trajes y hablan inglés. Así ha sido siempre. No son pocos los “campeones de la democracia” que se van de sus países porque no les permiten expresarse libremente, llegan aquí y apenas escuchan una opinión diferente a la de ellos, te dicen que te vayas de este país para mantener la coherencia. Nunca han entendido qué es eso de la “democracia”.

P: ¿Por qué culpar siempre a Estados Unidos? ¿No hay suficientes pruebas de que el socialismo nunca funcionó en ninguna parte?

JM: Independientemente de su ideología, si un país no está alineado a la voluntad de la superpotencia, va a fracasar siempre, al menos en su economía. Nadie dice que China o Vietnam son pruebas de que el comunismo no funciona. China tiene un pésimo record en derechos humanos, pero su régimen comunista protege los capitales y eso es suficiente para no intentar destruir su economía con un bloqueo estilo Cuba. Lo mismo regímenes terribles como Arabia Saudita. Ahora hasta Corea del Norte tiene “relaciones amorosas” con el gobierno de Estados Unidos ¿Se imagina usted una manifestación pública de algún opositor en alguno de esos países amigos? No, pero a Venezuela se le impone sanciones económicas, se le bloquea la venta de su principal recurso, el petróleo, y se le prohíbe retirar sus propios ahorros de un banco de Londres. Solo en los últimos tres años estas sanciones le han quitado a ese país, no a Maduro, 8.000 millones al tiempo que se intenta introducir “ayuda humanitaria” a la fuerza por unas decenas de millones. Ese tipo de hipocresía es una vieja tradición. Todos los presidentes democráticamente electos como Mosaddegh en Iran, Arbenz en Guatemala, Lumumba en el Congo o Allende en Chile han sido económicamente estrangulados para generar desesperación en sus pueblos (esto no es una mera opinión; ha sido confirmado por los documentos desclasificados de las superpotencias). Todos fueron derrotados y reemplazados por crueles dictaduras militares que protegieron los recursos que las grandes compañías internacionales explotaban en esos países. ¿Quiere más detalles? Todas esas y otras decenas de brutales “dictaduras amigas” que secuestraron, violaron y asesinaron a cientos de miles de personas recibieron como premio multimillonarias ayudas del gobierno estadounidense. Así cualquiera demuestra que “el socialismo no funciona”. Pero a pesar de las ayudas financieras, narrativas y geopolíticas, la mayoría de esos “modelos” de países capitalistas fracasaron estrepitosamente. Recientemente Argentina volvió a implementar un modelo de capitalismo salvaje y volvió a fracasar como en la gran crisis del 2001. Pero el FMI ha salido al rescate del gobierno de Macri con 30 mil millones de dólares y el exitoso modelo sigue fracasando. ¿Por qué tantos países centroamericanos, más capitalistas que Estados Unidos, también son modelos de fracaso económico y social? ¿Qué hay del racismo y la violencia brutal en Brasil? ¿Qué hay de los cientos de líderes sociales ejecutados en Colombia en los últimos años? ¿Qué hay de las grandes empresas, entre ellas estadounidenses, que financiaron grupos terroristas en ese país y como castigo le pagaron una compensación económica al gobierno de Estados Unidos, no a las víctimas? ¿Por qué Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo, es el país con más bases militares del mayor consumidor de droga del mundo, pero se acusa a los vecinos de “narcoestados”? ¿Por qué no hay tantos artículos y entrevistas sobre la calamidad en Haití…? Pues, sí, claro que Estados Unidos tiene una cuota gigantesca en la destrucción de la economía venezolana como de la cubana. Es parte de una vieja estrategia que los pueblos olvidan fácilmente o simplemente ignoran. Es necesario tomar en serio e investigar más las denuncias de tortura y ejecuciones por parte de la policía venezolana, las que pueden ser más graves de lo que se sabe hoy. En lo personal, quisiera ver a Maduro irse del poder. Ahora ¿harían lo mismo los dueños del mundo? Una pregunta retórica que no necesita respuesta, lamentablemente.

 

JM, febrero 2019

 

(*) Una reciente investigación del New York Times probó que la quema de camiones con ayuda humanitaria se debió a una bomba molotov de los manifestantes del lado colombiano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por qué el actual ataque contra el humanismo es una catástrofe global

Más allá de las variaciones, de las ambigüedades y contradicciones que podemos observar en lo que llamamos “humanismo”, como en cualquier fenómeno histórico y, sobre todo, humano, creo que también podemos entender con una relativa claridad el Humanismo, básicamente desde dos puntos de vista, uno diacrónico y otro sincrónico.

El primero, por referirse a la historia, es más “objetivo”, es decir, es más fácilmente contrastable con la literatura y el mar de documentos que nos han llegado. El segundo, se refiere más a una concepción filosófica de lo que es.

Empecemos por el segundo:

Sincrónico

Cada vez que en alguna clase menciono algún fenómeno social o algunos valores individuales como relativos al humanismo, mis estudiantes casi automáticamente piensan que estoy recurriendo a una explicación atea. Para algunos, humanismo y marxismo serían casi la misma cosa. Este error conceptual no es casualidad, ya que es el mismo que se asume en los medios y en muchos libros, incluso en algunos libros académicos de las últimas décadas. Para mí decir que el humanismo es una concepción atea es tan erróneo como decir que Dios y religión son la misma cosa. Hoy en día, sobre todo entre los grupos más conservadores, la sola idea de que alguien pueda prescindir de una religión para tener alguna idea o creencia de Dios es por lo menos inconcebible. El rechazo espontáneo es similar al que debió experimentar D. F. Sarmiento al anarquismo de los gauchos. Al mismo tiempo que estos grupos insisten en definirse como apolíticos, en negar que la muerte de Jesús fue (además) un hecho radicalmente político, se empeñan en mezclar política con religión.

Si tuviese que destilar o abstraer al máximo el primer rasgo “necesario” que define el pensamiento humanista diría que radica en la libertad del individuo. No me refiero a ese fetiche político del cual se ha abusado en los dos últimos siglos y, sobre todo, en las últimas décadas. Me refiero a un grado relativo, probablemente mínimo, de libertad concreta en un individuo concreto. Libertad de pensamiento y libertad de acción.

El marxismo más radical (a juzgar por los artículos que publicó durante diez años en The New York Daily Tribune, Karl Marx no era un típico marxista) no podía ser un humanismo porque consideraba que las ideas (y todo aquello perteneciente a la superestructura) era una consecuencia directa de la base, de las condiciones económicas, productivas, etc. Este aporte intelectual del marxismo es de una importancia histórica inconmensurable (de hecho explica el largo fracaso de algunos humanistas, laicos y religiosos, que por siglos lucharon contra la esclavitud y debieron esperar hasta la Revolución industrial, a las nuevas condiciones de producción y explotación para que sus valores morales se impusieran). Pero la verdad, como siempre, no se termina allí y, con frecuencia, resiste y destruye cualquier confortable convicción. En este sentido el marxismo más radical y panfletario era (o es) “anti-humanista” por lo que tenía de determinista. En oposición (no sin cierto grado de paradoja) estaría el intento de Jean Paul Sarte de reconciliar el existencialismo con el marxismo. Las corrientes existencialistas han sido básicamente corrientes humanistas, desde el existencialismo religioso de Soren Kierkegaard hasta el existencialismo ateo de Jean Paul Sartre, por el rol decisivo, central, que tenía el concepto de libertad individual (con sus implicaciones emocionales, antes que racionales).

Lo mismo podemos observar en ciertas corrientes religiosas, protestantes o islámicas, que tienen una concepción fatalista del destino del individuo y de la humanidad: el destino está escrito, decidido de antemano; no hay nada que un individuo pueda hacer para salvarse o perderse, etc. Todas estas son concepciones anti-humanistas porque no reconocen la libertad, el libre albedrío, como facultades definitorias del ser humano.

Lo mismo el capitalismo: cada vez que, como ideología, la libertad se reduce a una libertad de mercado pero en su extremo todo se reduce a la ley de oferta y demanda, a “la mano invisible del mercado”, entonces el destino humano estaría regido por una fatalidad meta-humana, divina o material, y, por lo tanto, no es un humanismo.

Ahora, ¿dónde radica a capacidad de libertad de un individuo? Por supuesto que lo primero que uno piensa es en la libertad física y los ejemplos de personas encarceladas o esclavizadas por sus problemas económicos surgen casi de forma automática. Esto es una parte importante del problema, pero no es toda, ya que es parte de la condición humana estar limitados por barreras materiales, unas que permiten mucho espacio y otras que son capaces de aplastar a un ser humano, como lo es la tortura física y psicológica, la violencia física y moral.

Pero creo que en su sentido más profundo la libertad se basa y se define en la capacidad creadora del individuo, más allá de las condiciones favorables o desfavorables en las que se encuentra.

Es decir, si bien es cierto que casi todas nuestras ideas proceden de algún lado, son heredadas o producto de unas condiciones económicas, sociales y culturales dadas, también es cierto que hay un espacio, aunque sea mínimo, para la creatividad, para lograr que la combinación de dos elementos genere un tercer elemento nuevo, diferente. De otra forma, la historia siempre se repetiría mecánicamente, y si bien creo que en lo más profundo nuestra condición humana no ha cambiado mucho en los últimos milenios, que repetimos de forma inadvertida historias similares a la de nuestros abuelos y antepasados, también entiendo que la libertad está en cada variación y en cada decisión de ser o de hacer algo diferente a lo que podría indicar la rutina y el sentido común.

Cada vez que elegimos no seguir al primer instinto, el primer impulso, la mecanicidad de un acto rutinario, cada vez que elegimos cambiar con algún propósito y no sólo somos concientes de nuestras condiciones dadas sino que además dirigimos nuestras acciones por caminos nuevos, estamos ejercitando cierto grado de creatividad, es decir, cierto grado de libertad. Es decir, es en ese preciso memento en que estamos siendo humanos. Y cuando lo reconocemos y lo revindicamos, además de humanos somos humanistas.

 

Ahora veamos el problema según su maduración histórica.

Diacrónico

El humanismo moderno fue uno de los principales motores de la dramática revolución que marcó el fin de la Edad Media y el surgimiento del Renacimiento, dos nombres discutibles, ya que reflejan un punto de vista particular, que es el del Iluminismo y la Ilustración. De hecho, el Iluminismo del siglo XVIII es hijo del humanismo, como lo es el Renacimiento de los siglos XV y XVI.

Si tuviese que hacer un breve resumen, muy sintético, de los cientos de volúmenes que he ido estudiando sobre el tema a lo largo de los años, creo que podríamos hacer una lista de esos valores que desde el siglo de Dante, Petrarca y Averroes, sino antes, significaron una lentísima, casi imperceptible pero radical revolución que se prolonga hasta nuestros días:

1) El humanismo puso el acento en la libertad del individuo. Por definición y concepción, toda doctrina fatalista o filosofía determinista es anti-humanista.

2) Consideró que el arte y la literatura enseñan a ser seres humanos. Este es un descubrimiento de la antigua Grecia.

3) Consideró que la historia no es necesariamente un proceso de corrupción y degradación, como durante milenios lo ilustró la metáfora de las edades según los metales, que comenzaba en la Edad de Oro (el Edén) y terminaban en la Edad de Hierro. Esta concepción del tiempo y de la historia fue dominante en muchas culturas de la Antigüedad y, sobre todo, en la tradición judeocristiana.

4) Si la historia puede progresar, entonces los valores morales (por lo menos algunos) pueden cambiar según los contextos; no son inamovibles ni han sido definidos para siempre por una sola Revelación.

5) Leer es interpretar. Como consecuencia, es posible que aquí se haya comenzado a destruir la idea de que el autor es la autoridad. Esta concepción (derivada de la idea de que el Autor de la Biblia y del Corán es Dios, que leer es tratar de descubrir la intención del autor, y que por tratarse de Dios sólo podría haber una verdad única) progresivamente se fue degradando, sobre todo referido a textos no religiosos.

6) Por lo tanto, si es posible que un signo irradie varios significados posibles (no cualquier significado, de lo contrario dejaría de ser un signo), la diversidad no es un atributo del demonio sino algo meramente humano.

7) La popularización de la cultura a través de la imprenta, que los mismos humanistas provocaron, es una “vulgarización” (el conocimiento al vulgo) positiva desde un punto de vista democrático.

8) Consecuentemente, surge un interés por las culturas populares, los romances, los refranes, y las lenguas vernáculas.

9) Surge la extraña idea de que a través de la educación de los niños se podría definir un cambio social.

10) En literatura, se produce un redescubrimiento de los géneros del diálogo y la epístola.

11) El comercio no es algo maldito. Es sólo otra actividad típicamente humana que beneficia el bienestar material y la expansión de la cultura.

12) Se reconoce el valor de la multiplicidad de puntos de vista y, en consecuencia, el eclecticismo y la tolerancia.

13) El Estado y las religiones deben estar separados. El primero debe garantizar la libertad de cultos. (Siglo XIV).

Muchos humanistas, generalmente académicos, profesores de letras procedentes de Grecia y Turquía no eran religiosos. Sin embargo, los siglos XIV, XV y XVI abundarán en humanistas religiosos, como los poetas italianos, los ensayistas españoles o la gran figura holandesa, Erasmo de Róterdam. En este sentido, es probable que la crítica de los católicos humanistas a la autoridad excesiva de la iglesia (aparte de sus críticas a la corrupción eclesiástica de la época) y su concepción del valor de la lectura y la relectura des-institucionalizada, hayan preparado el camino al protestantismo. Lo cual será una nueva paradoja histórica, porque de aquí surgirán las doctrinas más fatalistas y anti-humanistas de la Era Moderna.

También podríamos considerar a Miguel de Cervantes y un siglo antes a Bartolomé de las Casas como otro humanista católico, probablemente converso, quien en las primeras décadas de la conquista española de América se opuso a la esclavitud de los indígenas por motivos humanitarios (por entonces, una elite de intelectuales apoyaba la idea de un “derecho natural” universal, algo muy parecido a lo que hoy son los “derechos humanos”), resistiendo a teólogos como Ginés de Sepúlveda que intentó justificar la esclavitud de las razas inferiores usando la Biblia. Fue necesario que pasaran cuatro siglos para que su prédica se materializara, fundamentalmente gracias a las nuevas condiciones de producción creadas por la Revolución Industrial.

Nuestro tiempo sería imposible de concebir sin la revolución humanista. Valores como la libertad, la diversidad, la igualdad, la democracia, los derechos humanos y la conciencia humana como motor de progreso moral, ahora son casi paradigmas. Hoy casi todas las religiones aceptan estos valores como fundamentales. Sin embargo, creo que es necesario observar que ninguno de esos valores fue resultado de la lucha de ninguna religión dominante sino todo lo contrario: esos nuevos valores encontraron enardecidas y brutales resistencias de las fuerzas más conservadoras, generalmente apoyadas por las iglesias oficiales de turno. La libertad fue maldecida por religiosos como Santa Teresa, quien consideraba que la obediencia y el reconocimiento de la jerarquía masculina era decisión de Dios. Hasta en el siglo XX, la democracia fue maldita en algunos países y en para algunas tradiciones religiosas era obra del Demonio que buscaba destruir las sanas jerarquías del mundo predicando desobediencia y libertad. La diversidad, hasta no hace mucho, fue vista siempre como una inmoralidad. La posibilidad de que diferentes religiones puedan tener partes de verdad, fue siempre motivo de persecuciones, torturas y guerras sangrientas. Incluso en la Europa renacentista, el antisemitismo y cualquier otro tipo de discriminación y persecución racial era considerado una obligación ética, cuando no las guerras santas, que hasta hoy sufrimos.

Es, en este sentido, que alguna vez he dicho que el humanismo es la última gran utopía de Occidente. Porque es en sus principios, como el valor de la humanidad como una totalidad y de los individuos como una diversidad positiva, donde radica la esperanza de un mundo que todavía sufre de canibalismo. Dudo que haya alguna religión particular que pueda unir a la Humanidad y mitigar así sus trágicos conflictos. No dudo tanto de que son los valores humanistas los únicos capaces de unir la enorme heterogeneidad de la humanidad que, como una orquesta sinfónica, sea capaz de tocar una misma sinfonía, armónica, gracias a la diversidad de sus instrumentos.

 

 

 

La guerra de los cerdos y la política tribal

La guerre au cochon et la politique tribale

Para distraer la atención del asalto global del 0,1 por ciento de la población mundial, tenemos una creciente Guerra del Cerdo (novela de 1969 de Bioy Casares) pero extendida a los extremos más diversos que el novelista argentino nunca imaginó: jóvenes contra viejos, blancos contra negros, latinos contra anglos, gordos contra flacos, camioneros y mineros contra universitarios, bebedores de cerveza contra abstemios, veganos contra vegetarianos y vegetarianos contra carnívoros, feministas de la primera ola contra feministas Instagram contra hombres, machistas contra feministas, hombres contra mujeres, lesbianas contra heteros y heteros contra gays, conductores de Ford contra conductores de Chevrolet, contra barbudos de Harley-Davidson contra profesores sin barba, inmigrantes de tercera generación contra inmigrantes de primera, amante de las armas y creyentes en Saturno contra creyentes en Urano. Odiadores buenos contra odiadores malos (“odiadores”, haters, otra palabreja intraducible defecada en el centro del mundo para consumo de la periferia).

A principios de este siglo (todavía con cierto optimismo en una nueva forma de democracia radical, directa, de una “sociedad desobediente” liberada de sus grandes líderes y de las manipulaciones de la aristocracia financiera) comenzamos a publicar sobre el regreso de “Las fronteras mentales del tribalismo” (2004, tribal, en el sentido europeo de la palabra, porque las “tribus salvajes” que encontré en África eran lo más civilizado y pacifico que conocí en mi vida), sobre la nueva “Cultura del odio” (2006) y sobre el posible regreso de los monstruos occidentales (“El lento suicidio de Occidente”, 2002) como el fascismo, la arrogancia y la intolerancia hacia “el otro”. El más reciente artículo “La opinión propia y otras banalidades” (2015), por entonces leído como sátira, hoy es una realidad: las máquinas fácilmente pueden opinar por cada individuo basadas en sus hábitos consumistas o en su posición social, racial, etc.

Pero todavía podemos especular que toda esa mentalidad medieval que se ha instalado en el mundo puede ser solo una reacción a un movimiento histórico mayor, profundizado en los sesentas o, en el peor de los casos, un ciclo histórico en sí mismo que ha llegado para quedarse por muchos años. (No creo tanto en esto último. Lo más probable es que en unas décadas estemos hablando de una reacción de los de abajo. Todavía no hemos cruzado la inevitable línea de quiebre y no va a ser agradable para nadie).

Los nuevos medios interactivos no han ayudado significativamente para conocer mejor al otro (al otro individuo, a la otra cultura) sino, probablemente, lo contrario.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Muchos años atrás, con una mirada exterior desde dentro de la gran potencia, nos sorprendía que en Estados Unidos uno pudiese adivinar la afiliación política de una persona con sólo mirarla a la cara, con verla caminar, sin necesidad de que dijera una sola palabra. Ese aparente absurdo es actualmente la tendencia de moda en el mundo.

No previmos que uno de los monstruos reprimidos a los que nos habíamos referido antes de ese momento y que nos definen como seres humanos, opuesto al altruismo, a la búsqueda de justicia y convivencia, se iba a potenciar gracias a los mismos medios de interacción. Me refiero al ego ciego, a la necesidad de sentirse superior al resto a cualquier precio, al “síndrome Trump” en cada individuo como fuente ilusoria de placer (ya que no de felicidad) que solo provoca más ansiedad y frustración.

En otras palabras, es la política de las antes mencionadas tribus (los nacionalismos) y de las micro tribus (las burbujas sociales). Muchas veces, burbujas prefabricadas por la cultura del consumo.

A partir de esta atomización de la política y de la sociedad en tribus, en microburbujas, nuestra cultura global se ha convertido en algo crecientemente toxico, y el odio al otro en uno los factores comunes que la organiza. Odio e inevitable frustración exacerbada por la lucha por el reconocimiento social, por la fama de cinco minutos, por el deseo de convertirse en virus por alguna frivolidad, por la necesidad de “visibilidad”, antigua palabra y obsesión de la cultura estadounidense antes de ser adoptada como propia y natural por el resto del mundo. (Hace unos meses, una diputada uruguaya de nombre Graciela Bianchi, no una milenial sino una señora mayor, se defendía del cuestionamiento de un periodista argentino sobre los fundamentos de sus declaraciones diciendo que ella tenía “mucha visibilidad” en su país.)

Pero como no todos los individuos pueden ser famosos, “influencers” (mucho menos cuando el individuo ya no existe, cuando es un ente plano, estándar, repetido con mínimas variaciones que cada uno considera fundamental), la necesidad de reconocimiento individual se proyecta en un grupo mayor, en la tribu, en los irracionales sentimientos nacionalistas o raciales donde la furia por una bandera de un país o por la bandera de un club de futbol casi no difieren sino en escala. Así, si hasta un individuo llamado Donald Trump, un millonario que ha llegado a ser presidente del país más poderoso del mundo, necesita humillar y degradar al resto para sentirse superior, no es difícil imaginar lo que pasa por el músculo gris de millones de otros abstemios con menos suerte.

La idea humanista de igualdad-en-la-diversidad, el paradigma que más recientemente definió la Era Moderna (aparte de la razón y el secularismo) y que fuera una novedad absurda hasta el siglo XVIII, ha perdido, de repente, gran parte de su prestigio.

Aunque parezca absurdo, los pueblos se cansan de la paz, se cansan de la justicia, se cansan de la solidaridad. Por eso necesitan, cada tanto, un gran conflicto, una catástrofe, para volver a dejar de lado “la rabia y el orgullo” fallaciano, esa toxina del individuo, de la raza, de la tribu, del grupo en función a un enemigo y volver a preocuparse por los valores de la justicia y la sobrevivencia colectiva.

Por esta razón, son posibles ciertos períodos de paz y solidaridad mundial, pero la humanidad en sí está condenada a la autodestrucción, más tarde o más temprano. La naturaleza humana no se conforma con descargar sus energías más primitivas en los estadios de futbol, en las elecciones presidenciales, sino que necesita humillar, violar y matar. Si lo hacen otros en su nombre y con una bonita bandera, mucho mejor.

La historia seguirá escribiéndose en la eterna lucha del poder contra la justicia, pero la arrogancia moral, el egoísmo, individual o colectivo, siempre tendrán la espada de Damocles en su mano. La novela La ciudad de la Luna, publicada tardíamente en 2009, fue una metáfora clara del mundo que vino después, de este nuevo medievalismo en el que nos vamos hundiendo lentamente como Calataid se hundió en las arenas del desierto mientras sus integrantes se odiaban unos a otros en sectas que se consideraban la reserva moral del mundo.

No, nada de lo que vemos ahora fue una sorpresa de la historia.

 

JM, 2 de enero 2019

El falso dilema del patriotismo

En mis años como profesor en diferentes universidades de Estados Unidos, me ha tocado tener en mis clases a estudiantes que estaban realizando la carrera militar. Marines, aviadores y todo tipo de futuros integrantes de las elites del ejército estadounidense. Este grupo es minoritario en universidades no militares (normalmente no pasa del cuatro por ciento). Como profesor consejero, me fueron asignados algunas veces excombatientes de las guerras Afganistán y de Iraq (esa misma que, desde enero de 2003, desde España, denunciamos en diferentes medios como un crimen internacional y el origen de la futura crisis estadounidense). Estos jóvenes reventados, física y emocionalmente, muchos de ellos con PTSD (trastorno de estrés postraumático) me confesaron sus experiencias, frustraciones y hasta fanatismos, alguno de los cuales habitan en mis novelas, con otros nombres y en otras historias.

En mis cursos sobre América Latina intento que no falten los eventos más relevantes de la historia de las Américas, ampliamente ignorados por el público en general y hasta por los mismos estudiantes universitarios. Eventos donde el papel que jugó Estados Unidos frecuentemente ha sido, como cualquier persona medianamente informada sabe, patético: despojo de los territorios indios, de los mexicanos; sangrientas intervenciones en los países caribeños y centroamericanos en defensa de las grandes compañías internacionales, arrogancia y racismo explicito, instalación o respaldo de sangrientas dictaduras por todas partes, represiones populares, destrucción de democracias como en Guatemala y en Chile, apoyo al terrorismo de Estado o a terroristas depuestos, como los Contras (“Freedom Fighters”), asesinato de religiosos, obreros, campesinos, sindicalistas, periodistas e intelectuales bajo diferentes excusas por parte de mafiosos entrenados en instituciones como la Escuela de las Américas o por sus soldados, que tanto obedecían la orden de limpiar los baños de sus superiores como de masacrar una aldea de sospechosos. Y un largo, larguísimo etcétera.

A pesar de proceder de las narrativas populares que todos los países repiten hasta el hastío, del siempre subyacente adoctrinamiento de Nosotros-somos-los-buenos-y-los-otros-los-malos, estos jóvenes, cada vez que se enfrentaron a la dura realidad documentada y probada de los hechos históricos, han sido siempre respetuosos. Al menos en el salón de clase. Respetuosos de una forma que rara vez se encuentra entre los mismos latinoamericanos procedentes de las tradicionales elites dominantes de las diversas repúblicas bananeras del sur o de las clases subalternas que apoyaron todo tipo de atrocidades contra sus propios pueblos, siempre en nombre de alguna excusa, dependiendo del momento histórico: negros quilomberos, indios borrachos, pobres haraganes, obreros parásitos, sirvientas putas, curas comunistas, intelectuales marxistas, and so on.

Una vez, uno de esos excombatientes del ejército estadounidense me propuso escribir un ensayo sobre Ernesto Che Guevara. Le di luz verde, como no podía ser de otra forma ante la petición de un estudiante interesado por investigar algo, pero luego nunca apareció por mi oficina para discutir el proyecto. Cuando se vencía el plazo de entrega, apareció y me dijo, con el tono de voz de alguien que está hablando muy en serio:

“Aunque no tiene ninguna importancia académica, debo decirle que soy anticomunista y que nunca me cayó bien Ernesto Guevara. Mis amigos de Miami dicen que era un asesino. Pero si yo hubiese sido un guatemalteco o un boliviano en los años sesenta, no tengo dudas que me hubiese unido a los guerrilleros del Che”.

Me dejó su ensayo en la mesa y se fue.

Sería casi imposible que un latinoamericano fuese capaz de este tipo de apertura. Los latinoamericanos suelen ser más fanáticos. Porque el colonizador no necesita ser fanático para defender sus intereses. El colonizado, alguien que defiende a muerte su propia opresión, sí.

Aquí en Estados Unidos conocí a muchos latinoamericanos (por suerte no la mayoría) que dicen venir escapando de alguna dictadura comunista (que en la historia latinoamericana son raras excepciones comparadas con la rica y centenaria tradición de las dictaduras capitalistas) donde no podían expresarse libremente. Apenas uno menciona algo que no les gusta, te invitan a abandonar el país de la Libertad y mudarte a Venezuela. Mentalidad intolerante y autoritaria que, obviamente, dice mucho sobre la realidad que supuestamente dejaron atrás. Como aquella otra estudiante que no le gustó que dijese que el FBI consideraba a Posada Carriles como un peligroso terrorista porque su abuelito cubano también había trabajado para la CIA y también vivía en Miami (de hecho, el abuelito solía seguir mis clases por su teléfono, según me confesó la misma estudiante).

Cierta vez, uno de mis estudiantes latinoamericanos me lanzó una de esas típicas preguntas que son como caballitos de Troya.

“Según tengo entendido –dijo–, usted es ciudadano uruguayo y estadounidense. Tiene doble ciudadanía. Mi pregunta es: en caso de una guerra entre Uruguay y Estados Unidos, ¿a qué país defendería usted?”

La pregunta era reveladora. Revelaba un paquete conocido de preceptos ideológicos que suelen manipularse a la perfección por los políticos y por todos aquellos que creen que un país es un monolito ideológico, una secta, un ejército, un equipo de futbol. Escuché preguntas similares en otros países, aplicadas como un martillo sobre judíos, musulmanes, y todos aquellos que son percibidos como binacionales.

Mi estudiante, al que aprecio como persona, con su uniforme caqui de los marines esa tarde, sonrió, como quien acaba de dar jaque en una partida de ajedrez.

Sólo me limité a aclararle que la pregunta era muy fácil de responder, a pesar de que siempre se respondía mal, cuando se respondía.

“Como ciudadano de ambos países, ese dilema no me produce ningún conflicto. En un caso hipotético (y absurdo) entre una guerra entre Uruguay y Estados Unidos, no dudaría en ponerme de lado de la verdad y la justicia, es decir, de quien, a mi juicio, está en lo justo. Defendería a quién tiene razón en la disputa. De esa forma, les haría un favor, aunque modesto y seguramente irrelevante, a los dos. A uno por defender su razón y derecho, y al otro por resistir su error”.

El muchacho dijo entender. Quién sabe. No soy tan optimista con respecto a otra gente que ya ha fosilizado convicciones como eso del “patriotismo” y otras prestigiosas ficciones lacrimógenas. Ciudadanos honestos y otros no tanto quienes han sido adoctrinados desde la tierna edad preescolar a dar más importancia a un trapo de colores que a la verdad y a la justicia.

 

JM, diciembre 2018

​Capitán ¿qué es la ideología? ¿Y el adoctrinamiento?

El presiente electo de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, ha declarado que acabará con la ideología en la educación, eliminando la educación sexual y terminando con cualquier reflexión sobre género en las escuelas. Para lograrlo, aparte de nuevas leyes y decretos, ha propuesto que los alumnos filmen a sus profesores para denunciar el “adoctrinamiento izquierdista” y la “sexualización” de los niños en las aulas.

Como consecuencia, en Brasil ya hay casos de profesores acosados y amenazados de muerte por ejercitar la libertad de academia, un principio sagrado que tiene varios siglos de antigüedad, aunque con interrupciones abruptas y trágicas. Casi todos los fascismos (de izquierda y de derecha) y hasta las democracias manipuladas por la propaganda, comienzan vigilando a los profesores (esos ignorantes históricos que no saben qué es “la realidad”) lo cual ha sido ilustrado de una forma muy precisa e íntima en la película sobre los inicios del franquismo en España, La lengua de las mariposas, por dar sólo un ejemplo.

También, aunque más débiles y limitados por sus constituciones, existen grupos de denuncia e intimidación de maestros y profesores en países como Alemania y Estados Unidos, pero América Latina tiene una tradición más larga y más trágica en ese sentido debido a la debilidad de sus instituciones democráticas y de su congénita cultura colonial.

Según el capitán Bolsonaro, es urgente terminar con el “fuerte adoctrinamiento” de “la ideología de Paulo Freire”. Siempre son los demás quienes tienen algún tipo de ideología. El famoso educador brasileño, autor de Pedagogia do oprimido (un clásico en la academia estadounidense y de casi cualquier parte del mundo), había sido expulsado al exilio por la dictadura de su país en los años sesenta “por ignorante”. Es decir, en todo aspecto, el gran país del Sur anuncia un regreso de medio siglo a sus tiempos más brutales y autoritarios. Esta vez, no por un golpe de Estado militar sino a través de un golpe parlamentario, judicial y mediático, primero, y finalmente legitimado por las urnas.

En el proyecto llamado “Escola Sem Partido”, actualmente en el parlamento brasileño, se propone la creación de una materia llamada, con toda la fuerza de tres ideoléxicos duros, “Educación moral y cívica” (exactamente como aquella que debíamos tomar en la secundaria durante la dictadura militar uruguaya, justo cuando nuestro gobierno no era ni educado ni moral ni cívico). Además, se propone prohibir el uso de las palabras “género” y “orientación sexual”. Este discurso es similar a aquellos que, por todo Occidente, ahora llaman al feminismo “dictadura de género”, sin advertir que lo hacen revindicando el tradicional estatus quo, cuando no la reacción, es decir, la vieja ideología del patriarcado (cuando no abiertamente el machismo), ideología que ha sido ejercida e impuesta con toda la fuerza y la violencia opresora de la cultura y todas las instituciones conocidas a lo largo de siglos.

El proyecto de una “Escuela sin partido”, como el repetido discurso social que la sustenta, no es otra cosa que la manipulación ideoléxica de una Escuela-con-un-Partido-Único, eso que se reprocha siempre al comunismo cubano (de los demás comunismos amigos, como el chino, ni se habla porque son comunismos ricos). Para evitar estas connotaciones, tal vez lo llamen “Escuela del Partido Universal”, lo cual, en oídos de sus fanáticos religiosos sonaría como una excelente idea.

Siempre son los otros quienes tienen ideología. Siempre son los otros quienes están adoctrinados. Para esta precaria filosofía, un ejército como el brasileño (que, por si fuese poco festeja en las calles el triunfo de su candidato político) no tiene ideología ni sus soldados ni sus seguidores están adoctrinados. Para esta filosofía del garrote, ejercer el pensamiento crítico es propio de cerebros lavados, mientras retorcerse en trance en el piso de una iglesia o repetir cien veces una misma frase es suficiente demostración de que alguien ha recibido la verdad absoluta sobre Dios, sobre el gobierno nacional y sobre los problemas fundamentales de la física cuántica. Ellos no. No son adoctrinados. Lo cual es una curiosidad histórica, ya que el adoctrinamiento procede de inocular una doctrina religiosa, cosa que se practica con niños desde hace siglos.

De la misma forma que cada una de las múltiples sectas están convencidas de ser dueñas de la única interpretación posible sobre un mismo libro sagrado (con trágicos resultados a lo largo de la historia), así también en política, en educación y sobre cualquier dilema que haya enfrentado la humanidad hasta el momento: la solución está en cerrar los ojos, levantar los brazos y repetir cien veces una misma frase para evitar que el bicho de la duda y del pensamiento crítico nos permitan ver algo de la realidad más allá de nuestros deseos.

Ahora, recordemos que, diferente a las universidades (donde, desde hace mil años se ha intentado promover la diversidad y la libertad de cátedra para desafiar y empujar todos los límites del conocimiento) la educación primaria y la secundaria están todas basadas, inevitablemente, en algún tipo de ideología (entendiendo ésta como un sistema de ideas que intentan explicar y transformar una realidad), en un modelo de ciudadano que una sociedad se da a sí misma, principalmente a través del Estado (sea la educación pública o la privada controlada por los organismos de acreditación de los Estados). Recordemos también, si de algo importa a los fanáticos, que la educación de los niños, más allá del adoctrinamiento religioso los domingos, como forma de lograr algún progreso en la historia, fue una propuesta de los humanistas del siglo XV.

Pretender que un gobierno cualquiera pueda limpiar la educación de ideología es doblemente ideológico y doblemente peligroso, porque ignora su propia naturaleza ideológica presentándola como neutral.

Lo que cualquier gobierno y cualquier educador debería hacer no es ignorar su propia ideología, sino determinar qué ideología, qué filosofía, qué metodología es la más conveniente para una sociedad, para una civilización que progrese hacia el conocimiento, hacia la libertad, la diversidad, la civilidad y la justicia. Libertad con igualdad y no libertad desigual, esa libertad tradicional para goce de un sólo grupo dominante o en el poder.

Como lo muestra la historia a través de innumerables tragedias, la ignorancia nunca es buena consejera. Mucho menos cuando se la ejercita desde la arrogancia del poder, desde la negación de un diálogo civilizado entre los individuos y los diferentes grupos de una sociedad que, por naturaleza, está compuesta de una gran diversidad de intereses y de formas de ser, de sentir y de pensar.

Cuando un gobernante, cuando una sociedad no entiende este principio tan básico, no debe esperar mejores días por delante. Porque los esclavos suelen reproducir la moral y la ideología de sus opresores, pero tarde o temprano llega ese día en el que nadie quiere estar.

JM, noviembre 2018

El viejo cuento de la corrupción

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La narrativa política que justifica cualquier opción como forma de acabar con la corrupción es tan antigua como la política y como la narrativa. En América Latina es un género clásico y sólo gracias a la poca memoria de los pueblos es posible repetirla, generación tras generación, como si se tratase de una novedad.

Pero esta narrativa, que sólo sirve a la consolidación o a la restauración de una determinada clase en el poder, se centra exclusivamente en la corrupción menor: un político, un senador, un presidente recibe diez mil o medio millón de dólares para favorecer a una gran empresa. Rara vez un pobre ofrece medio millón de dólares a un político para que le otorgue una pensión de quinientos dólares mensuales.

Es corrupto quien le paga un millón de dólares a un político para ampliar los beneficios de sus empresas y es corrupto el pobre diablo que vota por un candidato que le ha comprado las chapas para el techo de su casita en la villa miseria.

Pero es aún más corrupto aquel que no distingue entre la corrupción de la ambición y la corrupción de quien busca, desesperadamente, sobrevivir. Como decía la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz a finales del siglo XVII, antes que el poder del momento la aplastara por insumisa:

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

Rara vez las acusaciones de corrupción se refieren a la corrupción legal. Ni importa si, gracias a una democracia orgullosa de respetar las reglas de juego, diez millones de votantes aportan cien millones de dólares a la campaña de un político y dos millonarios aportan sólo diez millones, una propina, al mismo candidato. Cuando ese político gane las elecciones cenará con uno de los dos grupos, y no es necesario ser un genio para adivinar cuál.

No importa si luego esos señores logran que el congreso de sus países apruebe leyes que benefician sus negocios (recortes de impuestos, desregulación de los salarios y de las inversiones, etc.), porque ellos no necesitarán violar ninguna ley, la ley que ellos mismos escribieron, como un maldito ladrón que no le roba a diez millones de honestos e inocentes ciudadanos sino a dos o tres pobres trabajadores que sólo sentirán la ira, la rabia y la humillación por el despojo que ven y no por el que no ven.

Pese a todo, aún podemos observar una corrupción aún mayor, mayor a la corrupción ilegal y mayor a la corrupción legal. Es esa corrupción que vive en el inconsciente del pueblo y que no procede de otro origen sino de la persistente corrupción del poder social que, como una gota, cava la roca a lo largo de los años, de los siglos.

Es la corrupción que vive en el mismo pueblo que la sufre, en ese hombre cansando, de manos curtidas o de títulos universitarios, en esa mujer sufrida, con ojeras, o en esa otra de naricita levantada. Es esa corrupción que se va a la cama y se levanta con cada uno de ellos, cada día, para reproducirse en el resto de su familia, de sus amigos, como la gripe, como el ébola.

No es simplemente la corrupción de unos pocos individuos que aceptan dinero fácil por los misteriosos atajos de la ley.

No, no es la corrupción de quienes están en el poder, sino esa corrupción invisible que vive como un virus de la frustración de quienes buscan acabar con la corrupción con viejos métodos probadamente corruptos.

Porque corrupción no es solo cuando alguien da o recibe dinero ilícito, sino también cuando alguien odia a los pobres porque reciben una limosna del Estado.

Porque la corrupción no es sólo cuando un político le da una canasta de comida a un pobre a cambio de su voto, sino cuando quienes no pasan hambre acusan a esos pobres de corruptos y holgazanes, como si no existieran los holgazanes en las clases privilegiadas.

Porque la corrupción no es sólo cuando un pobre holgazán logra que un político o el Estado le den una limosna para dedicarse a sus miserables vicios (vino barato en lugar de Jameson Irish whiskey), sino también cuando quienes están en el poder se convencen y convencen a los demás que sus privilegios lo ganaron ellos solos y en la más pura, destilada, justa ley, mientras que los pobres (esos que lavan sus baños y compran sus espejitos) viven del intolerable sacrificio de los ricos, algo que sólo un general o un Hombre de Negocios con mano dura puede poner fin.

Porque corrupción es cuando un pobre diablo apoya a un candidato que promete castigar a otros pobres diablos, que son los únicos diablos que el pobre diablo resentido conoce, porque se ha cruzado con ellos en la calle, en los bares, en el trabajo.

Porque corrupción es cuando un mulato como Domingo Sarmiento o Antonio Hamilton Martins Mourão siente vergüenza de los negros de su familia y odio infinito por los negros ajenos.

Porque corrupción es cuando un elegido de Dios, alguien que confunde la interpretación fanática de su pastor con los múltiples textos de una Biblia, alguien que va todos los domingos a la iglesia a rezarle al Dios del Amor y al salir tira unas monedas a los pobres y al día siguiente marcha contra el derecho a los mismos derechos de gente diferente, como los gays, las lesbianas, los trans, y lo hace en nombre de la moral y del hijo de Dios, Jesús, sí, ese mismo que tuvo mil oportunidades de condenar a esa misma gente diferente, inmoral, y nunca lo hizo, sino lo todo contrario.

Porque corrupción es apoyar a candidatos que prometen la violencia como forma de eliminar la violencia.  

Porque corrupción es creer y repetir con fanatismo que las dictaduras militares que asolaron América Latina desde el siglo XIX, esas que practicaron todas las variaciones posibles de corrupción, pueden alguna vez ser capaces de terminar con la corrupción.

Porque corrupción es odiar y, al mismo tiempo, acusar al resto de sufrir de odio.

Porque la corrupción está en la cultura y hasta en el corazón de los individuos más honestos de una sociedad.

Porque la peor de las corrupciones no es la que se lleva un millón de dólares, sino aquella otra que no deja ver ni escucha los alaridos de la historia, ni se escucha ni deja que se vea hasta que es demasiado tarde.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

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Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rural y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente (sobre todo negros pobres, profesores, periodistas, feministas, críticos, gente culta pero sin títulos, y otros subversivos peligrosos con ideas foráneas, todo en nombre de Dios) y, de esa forma, alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

Brasil: el eterno país del futuro atrapado en su pasado colonial

Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rual y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas republicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça”. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adulteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro y muchos otros a lo largo de América Latina, apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en transe que, regados en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacia Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro”, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

 Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito”.

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente, sobre negros pobres, profesores, periodistas y otros con ideas foráneas, todo en nombre de Dios, y de esa forma alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

 

JM, octubre 2018

 

 

Mientras los de abajo soñaban…

​Cuando los partidos progresistas llegaron al poder a principios del siglo, estaban demasiado ocupados en revertir una situación económica y social de plena y brutal catástrofe. A pesar de que América Latina estaba acostumbrada a las desigualdades obscenas, a las hambrunas, a la corrupción masiva, al robo de guante blanco, y a todo tipo de injusticia, los gobiernos progresistas no se centraron en promover el brazo judicial para poner en la cárcel a una plétora de políticos que no sólo habían sido culpables de fundir países enteros sino de corrupción tradicional. 

La izquierda fue terriblemente ingenua asumiendo que todas aquellas fuerzas reaccionarias, formadas en una mentalidad de siglos, iba a rendirse a la popularidad de los nuevos gobiernos. ¿Acaso los asesinatos de Martin Luther King y Bob Kennedy no fueron una jugada maestra de las fuerzas conservadoras que, de esa y otras formas, aniquilaron la rebelión de los sin poder en los sesenta y aún hoy gobiernan en Estados Unidos? El modus operandi es el mismo, pero por alguna razón no se alcanza a visualizarlo.

La ingenuidad de la izquierda en América latina, salvo poquísimas excepciones, no hizo lo que están haciendo las fuerzas conservadoras: estimulando y aprovechándose del brazo judicial como antes lo hacían con el ejército, para acusar y promover procesos y juicios a los presidentes progresistas como Rousseff, Lula, Correa, Cristina Fernández, como si todos necesariamente fuesen corruptos por su ideología, como si no existieran corruptos del otro lado, como si los poderosos hombres de negocios, aquella micro minoría que posee la mayor parte de los beneficios de cualquier economía de esas todavía repúblicas bananeras, fuesen miembros de las carmelitas descalzas.

La lección es clara: nunca subestimes a las fuerzas conservadoras, a los asumidos dueños de los países por moralina y por poder económico, por la simple razón que es esa facción de la sociedad la que tiene el poder económico y mediático.

Y no van a renunciar a él tan fácilmente.

 

JM, set 2018

Venezuela, paren la mano

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anuncia por TV que “recorrimos más de 21.824km al cuadrado. Esto es, multiplicado por dos, ida y vuelta”. Su ministro de Comunicación e Información, Jorge Jesús Rodríguez, hace lo mismo en otro evento televisado afirmando, con números prolijamente impresos, que “si un trabajador trabaja 8 horas al día de lunes a viernes, entonces trabaja 800 horas mensuales” y a partir de ahí continúa un cálculo basado en un más que obvio error matemático.
Claro que a Calros Andrés Pérez tampoco le daban los números. Claro que la oposición es patética. Claro que la mafia de los Jaime Bayly ha demostrado, una vez más, su impunidad. Pero, de cualquier forma, nada de eso sirve de excusa para un desastre tras otro.
JM, agosto 2018.

La generación 2001 y la violencia

En medio de la crisis del Cono Sur que se inició en el año 2001 y se profundizó en el 2002, todos se horrorizaban, con cierta dosis de inevitable acostumbramiento, por los niños que comían basura o se drogaban con pegamento debajo de los puentes. No eran casos aislados. Fue una epidemia súbita que arrojó a casi un veinte por ciento de los hijos de la clase media a la miseria y el abandono, debido al descalabro de la economía, al desempleo masivo y de los ya debilitados planes sociales de los gobiernos anteriores que, tanto en Uruguay como, sobre todo, en Argentina, se habían alineado a las recetas privatizadoras del FMI.

¿Dónde están hoy esos niños? ¿Desaparecieron? No.

Todo presente tiene un pasado, y aunque la gran mayoría de ellos hayan salido a flote, hacia una vida digna de lucha y trabajo, basta con un pequeño porcentaje para crear un fuerte estado de inseguridad debido a delitos crecientes en número y crueldad. Como solución, no pocos miran los tiempos de la dictadura militar con nostalgia, por el simple hecho que, por entonces, crímenes y violaciones de todo tipo, física, moral y económica, simplemente no salían en las noticias y quienes las denunciaban, desaparecían o perdían sus trabajos, en el mejor caso.

Por entonces, en medio de nuestras propias urgencias y necesidades, advertimos varias veces, con el pudor de estar terriblemente equivocados, que aquella crisis se podía superar en cinco años con un nuevo orden económico, que la economía de cualquier país se podía recuperar en un breve período, pero los efectos sociales siempre tienen consecuencias que persisten de diversas formas y son, por lejos, muy difíciles de resolver. El sermón dirigido a un delincuente, producto de una infancia deshumanizada por todas sus condiciones de inicio, sean familiares o sociales, no funciona. La inevitable cárcel, cuando no posee los onerosos recursos que realmente necesitaría, suele ser una universidad donde los delincuentes hacen posgrados.

Lo que por entonces repetíamos, literalmente (y estoy seguro que muchos pensaban igual), era que la situación de aquellos numerosos niños de la calle y de las precarias periferias eran “una bomba de tiempo programada para reventar en quince años”. Ahora, los políticos, tanto en la oposición como en el gobierno, repiten que “los delincuentes ya no tienen códigos”. La afirmación parece inocente, considerando que la definición de delincuencia es la de romper reglas y códigos, pero desde al menos un punto de vista está expresando una verdad: existe una degradación profunda de valores humanos (y no sólo entre los delincuentes). ¿No es lógico, entonces? ¿Qué se puede esperar de niños que fueron previamente deshumanizados por las más horrendas condiciones de educación social, desarrollo biológico y crecimiento personal?

Muchos se acordarán de esta metáfora de la bomba de tiempo, sobre todo en algunas reuniones familiares antes de irnos del país. Claro que este no es el único factor de la violencia social (tal vez hablar de “violencia social” es una redundancia). Es necesario considerar, al menos, otros factores como:

1) La cultura consumista y sus efectos violentos en muchos otros países, alguno de los cuales distan mucho de ser pobres, como en Estados Unidos. El efecto ampliamente estudiado de las crecientes desigualdades sociales que en el individuo, en una cultura consumista, importan más que los ingresos absolutos.

2) Los efectos de la creciente soledad del individuo, facilitada y generada por la adicción infantil y adolescente a ciertas tecnologías como los “teléfonos inteligentes”. La amistad y la muerte han sido banalizadas por los juegos interactivos y por las redes sociales. El otro ha sido deshumanizado, se lo puede bloquear, silenciar, desaparecer con un solo clic. En este sentido, el mouse es un arma implacable. Así, igual, es la fragilidad de una amistad virtual, con pocas excepciones.

3) Los efectos de las redes sociales que (esta ha sido una especulación personal, sin datos científicos) han amplificado las frustraciones y el odio de eso que a veces es un individuo y a veces ni siquiera lo es, o es un individuo con múltiples identidades, es decir, neurótico. De hecho, este mismo artículo será compartido y no en pocas ocasiones recibiré la clásica lista de insultos y acusaciones que antes no ocurría por el simple hecho de que los lectores estaban obligados a digerir lo leído, sin la ansiedad de la respuesta inmediata, y solían discutirlo cara a cara con algún conocido, lo cual aumentaba el sentido de respeto y responsabilidad; no de forma anónima, como si fuesen múltiples vómitos y compulsiones. Nada de esto puede ser neutral a la hora de explicar la violencia, sea la criminalidad callejera o las conductas políticas de los votantes que cada día adoptan más y más una conducta tribal, en el sentido negativo de la palabra, como lo son la xenofobia, el racismo, el sexismo y el irracional odio a los pobres.

4) También existen las razones históricas (como pasadas guerras civiles, dictaduras recientes) y sus efectos culturales (impunidad, deshumanización).

5) O el más comprensible factor económico. Para eso bastaría con considerar países como Venezuela (desde las profundas crisis de los 80s y 90s hasta la fecha, aunque con diferente color ideológico), Honduras, Guatemala y El Salvador (con estados fallidos desde principios del siglo pasado, con una ausencia crónica de los servicios sociales más elementales, pero con ejércitos omnipresentes, siempre listos para reprimir en nombre de los intereses de las clases exportadoras y de las compañías transnacionales, hoy “inversores”), países con guarismos de violencia muy alejados de la realidad del Cono Sur.

Ahora, volviendo al factor concreto de la Generación 2001, la realidad muestra que, sin llegar a “niveles latinoamericanos” de desigualdad y violencia, la bomba de tiempo ha explotado en los dos países del extremo Sur. Uno, el Uruguay, con una prosperidad económica (a muchos les disgusta esta palabra cuando se habla de un país que en el exterior se convirtió en símbolo de una alternativa de perfil bajo), un país que lleva quince años sin recesión y con una notable disminución de la pobreza. El otro, Argentina, con una nueva crisis fabricada cuidadosamente en dos años por las mismas políticas que produjeron la gran crisis del 2001.

Cuando menciono que, pese a este serio problema los niveles de violencia y desigualdad en Uruguay están muy lejos de casi cualquier otro país latinoamericano, me responden, con obviedad: “Nosotros no debemos compararnos con ningún otro país. Debemos compararnos con nosotros mismos, con el Uruguay que fue”. Precisamente, “el Uruguay que fue” no puede ser, porque el pasado es un país extranjero. Comparar los Estados Unidos de hoy y los de Lincoln o los de F. D. Roosevelt es comparar un país donde los únicos con derechos de ciudadanía eran los blancos y los demás esclavos desechables. Si alguna comparación es válida, es aquella que nos pone en el contexto real, el contexto presente en la región y en el mundo. En el pasado están nuestros orígenes, pero nosotros no estamos allí, ni podemos ser lo que fuimos, ni como individuos ni como sociedad.

El actual gobierno, sea el uruguayo o el argentino, tienen la principal responsabilidad en la búsqueda de soluciones a un problema específico (el de la G2001) que ya no depende de ninguna prosperidad económica. Pero no se debe olvidar que el origen del problema nació junto con sus actuales protagonistas, en su mayoría adolescentes y jóvenes, muy jóvenes aun, como el siglo.

 

JM, agosto 2018