Memorias del subdesarrollo (II)

Memories of Underdevelopment

Image via Wikipedia

Mémoires du sous-développement (I et II) (French)

 

Una sociedad evidencia un alto grado de desarrollo por la forma en que sus miembros se conducen y relacionan entre sí; no por una simple inundación de capitales.

Memorias del subdesarrollo (II)

al gran Tomás Gutiérrez Alea

La historia de Uruguay y Argentina siempre ha padecido de cierto bipolarismo. De grandes crisis y depresiones autodestructivas se pasa a una euforia igualmente desmesurada. Pero esta montaña rusa del ánimo social rioplatense no se corresponde con una realidad más estable.

Entre una inundación de capitales y el verdadero desarrollo hay una distancia considerable. Contrariamente a los porcentajes de crecimiento económico, la cultura social rioplatense no ha avanzado. Normalmente se entiende que son los recursos económicos los que dan forma a esas relaciones pero es muy probable que en gran medida sea estrictamente lo contrario: una sociedad evidencia un alto grado de desarrollo debido a la forma en que sus miembros se conducen y relacionan entre sí (Ya dedicamos muchos otros ensayos a exponer las graves contradicciones de algunas sociedades desarrolladas que, como la antigua Atenas, como Estados Unidos, muestran un alto grado de civilidad y desarrollo fronteras adentro y salvaje arrogancia fronteras afuera.)

A pesar de ciertos progresos sociales en algunos países de la región, nuestras sociedades del boom económico latinoamericano todavía muestran ciudades exageradamente sucias y peligrosas, extremos de ostentosa riqueza y de miseria extrema, policías que todavía piden coimas o que nadie respeta, ciudadanos que rompen con cualquier norma comunitaria apenas pueden, apedreos impunes y por placer a autobuses, ingeniosas destrucciones del patrimonio público, barriadas cada vez más enrejadas, juventudes disueltas e idiotizadas por las paradójicas “redes sociales” (el diablo está en los nombres, en los ideoléxicos), personas honestas que se ofenden por cualquier crítica…

En Uruguay y Argentina nunca se respetaron a rajatabla las señales de tránsito, los carteles de PARE, pero al menos años atrás se respetaban los semáforos. Hoy los jóvenes se divierten cruzando con la luz roja. Es común ver las caras sonrientes de las muchachas que llaman la atención arriesgando sus vidas y la de los demás.

Esta es todavía la pura mentalidad del subdesarrollo que se intenta negar. No ha cedido; se ha potenciado con el remedo de un consumismo importado de cachivaches importados.

Obviamente algo está fallando en el feliz reino del “estamos mucho mejor” y no creo que sea un problema meramente político o ideológico.

Bastaría con citar el actual nivel de la educación básica, según algunos estándares internacionales. Si bien Uruguay se ha situado en el segundo lugar en América Latina en las pruebas PISA, perdiendo el primer puesto con Chile, la posición que ocupa en el último tercio entre los países participantes contradice el sitial de avanzada que ostentó durante casi un siglo hasta los años sesenta. Y como los resultados no conforman algunos optan por negar la validez de la evaluación internacional.

Tampoco deja de ser una confirmación el hecho de que los últimos gobiernos han aumentado el presupuesto de la educación y los resultados han empeorado. Obviamente la inversión económica es crucial, pero sigue fallando la organización del cambio, no sólo a nivel administrativo y estratégico sino a nivel de la cultura general: el modus operandi de la sociedad reflejado en cada individuo que prefiere actuar por reacción, sin objetivos claros, y no por creación. Así, cada medida de lucha contra una realidad desfavorable se convierte en intrascendentes protestas decoradas de discursos y repetidas pancartas, cuando no en una negación destructiva sin un objetivo alternativo claro que sea capaz de evaluar la responsabilidad propia. Falta autonomía, responsabilidad; sobran quejas, inmovilidad, temor a asumir los riesgos de no quedarse estancado en un mundo de permanentes cambios.

También la delincuencia ha rejuvenecido. Me refiero al carácter juvenil, adolescente y hasta infantil del crimen. Esto no es nada sorprendente. Trece años atrás, en medio de la otra euforia primermundista de una ideología opuesta, el neoliberalismo, alertábamos que la crisis por venir a finales de siglo era una bomba de tiempo, ya que una economía se puede recuperar en pocos años pero los efectos sociales perduran por generaciones. La abrumadora mayoría de los niños nacían y nacen en hogares en condiciones paupérrimas de salud y educación que no habían conocido los eternos campeones del mundo, el país más progresista de América Latina, el país de mayor igualdad social, de mayor nivel de vida, de las leyes más avanzadas del siglo XX.

Parte del problema es que, a nivel popular, la sociedad latinoamericana se ha quedado en una retórica congelada, hecha de retazos de viejos intelectuales europeos y norteamericanos, como en el siglo XIX, repitiendo como si fuesen novedosos descubrimientos listos para la salvación, y no ha sido capaz de elaborar un pensamiento propio. Salvo en casos excepcionales.

En Asia, particularmente en China, el desarrollo económico impulsado por el capitalismo comunista ha ido de la mano de un desarrollo de la educación formal, tan competitiva como en las olimpiadas donde los niños sacrifican su infancia en pos de la competencia y el éxito. (El desarrollo social todavía corre, de forma amenazante, muy por detrás.) Pese a las multimillonarias inversiones, China no ha tenido los mismos resultados en cuando a creatividad e innovación, aunque es de suponer que esto vendrá con el tiempo.

Siempre he pensado, desde un punto de vista marxista, que los grandes cambios culturales (supraestructura) se debían a los grandes cambios de la base económica y productiva. Muchos marxistas (ej. A. Gramsci, L. Althusser, etc.) remendaron esta dinámica décadas atrás. Pero el mundo supramoderno desafía esta visión tan clara en la historia. Ernesto Guevara, N. Chomsky, Paulo Freire, Eduardo Galeano y tantos otros tenían mucha fe en el camino inverso, en el estimulo moral, en la educación, en la concientização, etc.

Si bien hoy los cambios estructurales no son tan profundos como se los quiere presentar, lo cierto es que una sociedad posindustrial, informática, parece cambiar más fácilmente desde arriba hacia abajo, es decir, desde la cultura y la educación hacia el orden económico y productivo, que a la inversa. En casos la relativa independencia de los dos reinos (el cultural y el económico) no deja de ser notable.

Los gobiernos pueden hacer mucho (empezando por la educación formal) pero todo es muy poco al lado de lo que sería necesario para cambiar toda una cultura que adolece de dos problemas históricos: la autodestrucción y la autocomplacencia. El simple éxito económico no puede hacerlo. Podría lograrlo una profunda autocritica colectiva. Pero para eso se necesita un foco de críticos incisivos e innovadores, capaces de promover un pensamiento propio y no importado, una incisiva campaña de concientización no sólo sobre lo que “uno es”, sino sobre lo que “uno hace”. Algo parecido se logró en la lucha contra el tabaco y las poderosas tabacaleras. ¿Por qué no habría de lograrse en otros ámbitos tan simples como el respeto civil, la responsabilidad propia en el logro de soluciones personales y colectivas?

Claro, tal vez sea una tarea difícil cuando los jóvenes están tan ocupados en banalidades universalizadas por las “redes (anti)sociales” en nombre de la democracia y la liberación de los individuos.

No es que haya perdido mi fe en la futura democracia directa, en la independencia de los individuos en una sociedad hiperdesarrollada. Sólo que la realidad muestra que esa utopía está cada día más lejos, que las nuevas herramientas de liberación siguen siendo los juguetes que impiden madurar. Seguimos actuando como lobos y ovejas mientras nos creemos individuos liberados. Individuos virtuales de una sociedad virtual y con una liberación virtual, rodeados de nuevos capitales y viejos escombros.

Jorge Majfud

Diciembre 2010

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