(El audio incluido aqui es una interpretación dialogada e independiente sobre el texto. El autor no está de acuerdo con todos los puntos analizados)
***
Es probable que, luego del secuestro (privatización) de las IA por parte de la micro elite plutocrática y psicópata (que no sólo tiene un concepto faraónico de sí misma, sino que ni todo el poder acumulado del mundo les provee de tanto placer como el sufrimiento ajeno), ocurra el secuestro de la biotecnología: los ricos vivirán aún más de lo que viven en promedio sobre el resto, revertirán su envejecimiento y sufrirán de menos enfermedades genéticas. Todo en base a la creatividad y al esfuerzo parasitado de la Humanidad.
Todo mientras puedan hacerlo, claro. La creciente concentración de poder y sus derivados―diferencias sociales, guerras, marginación―sólo terminará en y con una chispa que encienda el reseco bosque. Un efecto Luigi Mangione masivo. Se lo llamará violencia, y lo será, aunque nada en comparación con la violencia del esclavista. Será cuando los insaciables descubran que el oro no se puede comer; que el valor de los capitales y la resistencia de una pompa de jabón tienen algo en común; que cualquier número multiplicado por cero da cero.
La super elite de oligarcas billonarios lo sabe y le teme. Por eso están mudando sus bunkers de los jardines del Primer Mundo a los subsuelos de lejanas colonias. Es posible que un día no se atrevan ni a caminar por las calles―si todavía lo hacen. Es posible que la chispa que encienda una revuelta global, derive en un baño de sangre, tanto en la elite como en el resto de la sociedad, que siempre es la que debe pagar compensación para liberarse de sus amos.
Las democracias liberales no lo evitarán. Por el contrario, son las que lo están haciendo posible. El hecho de que las democracias liberales continúan siendo instrumentos de las elites capitalistas se demuestra cuando vemos que las frustraciones de las clases trabajadoras no se han traducido en un incremento del poder de los partidos o de las ideologías de izquierdas, por siglos los gremios aglutinantes de las clases productivas, de los trabajadores sin capitales en un mundo capitalista, sino su opuesto: las ideologías de derecha.
Así, un multimillonario como Trump es el líder de los trabajadores. Los esclavos asalariados le agradecen a Musk y a Bezos por permitirles arrastrarse hoy por salarios de hambre y ser echados mañanas a la calle por razones de eficiencia empresarial. Quienes multiplican sus fortunas en y con los gobiernos repiten el sermón fanático de Reagan y Thatcher: “el problema es el gobierno”. Como en el siglo XIX, los oligarcas que firman multimillonarios contratos con los gobiernos repiten en los altavoces globales que, gracias a los amos, los esclavos comen dos veces al día y un día, si se esfuerzan y ahorran, en 27,4 millones de años alcanzarán a acumular tanta prosperidad como Thiel o Zuckerberg.
Los mesías del egoísmo puro y del evangelio de la riqueza como única solución para los eternos desesperados, son defendidos por los pobres. ¿Por qué? Por dos razones: (1) los medios proselitistas están en manos de la elite capitalista; (2) los componentes centrales de las derechas son primitivos y coinciden con la simplicidad de la propaganda: nacionalismo, raza, banderas, dioses, religiones, masculinidad frustrada, patriarcado, antiintelectualismo, armas, tribalismo, brujería, pensamiento mágico, oscurantismo y gritos que convierten el deseo en realidad. Las izquierdas no poseen un menú tan profuso y variado.
Lo sabía Platón y lo sabían los iroqueses de formas diferentes: la democracia, tiene sus debilidades. Como sistema social, es una casi imposibilidad. De la misma forma en que no existe un sistema electoral que sea representativo de todos los habitantes de una sociedad, existen mejores y peores. Como la libertad, toda democracia debe convivir con una trágica paradoja: su tendencia a convertirse en la dictadura de los idiotas, ya que mide cantidad y no calidad. Los votos se cuentan, no se pesan.
Para resolver esta paradoja, Platón despreció la democracia y elogió la aristocracia, “el gobierno de los mejores”. Los iroqueses, lo supieron y lo practicaron: todos tenían voz en las grandes decisiones, pero el líder debía satisfacer características básicas: debía ser lo suficientemente inteligente para convencer al pueblo sobre la superioridad de sus argumentos y (2) debía ser lo suficientemente altruista para no corromper el bien común y ponerlo al servicio de una minoría―el tercer punto que hacía de la democracia nativa una democracia real se basaba en algo que ya elaboramos en detalle: no aceptaban propiedad privada de acumulación, la que consideraban una locura propia del hombre blanco, del espíritu sin paz.
El hecho de que nuestra cultura está basada en la escritura y el prestigio del canon clásico; el hecho de que en Occidente conocemos casi en detalle las ideas de Platón y de allí tratemos de extraer soluciones y moralejas, no significa que los nativos americanos no tuviesen una mejor solución a nuestros problemas. Como creo que vimos en el extenso estudio a publicarse (Tawiscara), fueron ellos el origen verdadero del sistema cultural, social y político más importante de la Era Moderna. El único problema fue su severa distorsión en la práctica.
El sistema electoralista griego es anterior a la democracia igualitaria iroquesa. Aunque el ejercicio de elecciones es constitutivo de una democracia popular, un sistema electoralista es independiente del mismo concepto de democracia y, por lo general, se ha opuesto a la democracia, unas veces negándola como derecho real (universal) y casi siempre, en la Era Moderna, secuestrando el mismo concepto de democracia―como siempre, ese secuestro fue realizado por la elite oligárquica.
La democracia está, por lejos, más próxima a la anarquía que a lo que hoy se conoce como democracia liberal, organizada de forma vertical en un sistema de poderes vigilantes, regidos por el poder económico y financiero. Sobre todo, y aunque escandalice a una mayoría de lectores nacidos y criados en la selva el fanatismo capitalista, una condición básica para la democracia real es, como lo demuestran los nativoamericanos, la abolición de la propiedad privada. No de la propiedad privada de uso, sino la propiedad privada como acumulación de capitales, de poder mediático e institucional. La abolición de la propiedad privada como dogma, como derecho natural inoculado en tiempos de John Locke, como sinónimo de libertad―la misma libertad que repetían los esclavistas: la libertad de acumular, de capitalizar el trabajo y la existencia ajena; la libertad de esclavizar al otro en beneficio propio.
No existe democracia real fuera de un sistema nativo comunista. El problema radica en cuál sistema comunista que, a su vez, no contradiga la democracia en sí misma, como la historia europea más reciente. Para que esta contradicción no exista, es necesario que este sistema no esté enmarcado de una civilización capitalista con poderes hegemónicos, acosándolo y destruyéndolo.
¿Es esto posible con una revolución política? No. Cuando hablamos de super ciclos, las revoluciones no son planificadas. Son consecuencia de (1) una de las clásicas crisis civilizatorias, producida por alguna catástrofe social, biológica o climática, la que luego de un tiempo considerable conduce a (2) un nuevo sistema civilizatorio. ¿Podría ser este nuevo sistema civilizatorio un regreso al comunismo iroqués? Creo que es más que probable. Es inevitable.
Si miramos a la historia, no hay muchas razones para ser optimistas. Si consideramos la primera ley de la vida en el planeta, la conservación y reproducción explican por qué estamos aquí. Una se basa en el miedo a la muerte y la extinción; la otra en el placer de la convivencia, tanto sexual como social. Estos dos principios suelen entrar en contradicción mortal. La primera es, por lejos, la más fuerte.
Como el optimismo es un subproducto del principio de conservación y la razón un subproducto del deseo irracional de vivir y sobrevivir, como humanos civilizados podemos buscar en la oscura historia de la humanidad algunos ejemplos que nos devuelvan alguna esperanza ante tanto realismo. Los ejemplos como la democracia iroquesa―con todos sus defectos―son una pequeña luz al final del túnel oscuro.
Una pequeña llama que se debería considerar en serio.
Jorge Majfud, mayo 2026.
Del libro El secuestro de la democracia, a publicarse en 2026


Deja un comentario