Margaret

La asistente

Todos los martes de noche llegaba Margaret con sus carpetas de apuntes y sus materiales didácticos. Todos los martes de noche María José y Ernesto la escuchaban atentamente. Margaret era una asistente social del gobierno que enseñaba a los padres a criar a sus hijos. Estos funcionarios ponen mucha atención en las familias de hispanos, porque es bien sabido que proceden de una cultura machista y violenta. El entrenamiento consistía en una larga charla de cuarenta minutos más un video didáctico de diez minutos y una demostración práctica de diez minutos más, lo que sumaba una hora al fin de la cual María José y Ernesto firmaban un papel diciéndole al gobierno que el programa estaba funcionando.

El martes 8, Ernesto llegó de mal humor de la constructora, quince minutos antes que Margaret, tuvo que hacer esfuerzos titánicos por mantenerse atento a la lección de la semana. Si no fuese porque pasaría por mal padre y peor esposo, hubiese dicho que lo dejaran tirarse quince minutos en el sofá con una copa de vino. Pero resistió. Era su voluntad y también era su trabajo, resistir, demostrar a la funcionaria del gobierno y al resto de los conocidos que podía llegar del trabajo molido y a veces humillado —Ernesto consideraba una humillación cualquier orden que debía cumplir contra su voluntad y en silencio— y cambiar pañales, lavar los platos y cantar al mismo tiempo.

Pero en los diez minutos finales de ese día, Luisito estuvo más inquieto que de costumbre. Repitió tres veces la misma pataleta que a los chicos les da a esa edad, griterío a toda garganta seguido de revolcadera por el piso, todo por un lápiz que el padre le negó por peligroso. Ernesto se limitó a decir “no”, primero y “no!” después, lo que condujo a la intervención de la especialista:

—Procure no decirle que no. Esa es la palabra que más escuchan los niños. Por eso reproducen la negatividad en sus conductas.

—Qué podemos hacer en estos casos, Margaret —preguntó María José.

—Abrácelo. Ustedes deben consolarlo. Díganle que lo quieren. Demuéstrenle que no perderá su amor por el yogurt derramado. Eso desarrollará su autoestima y su confianza en los mayores.

—Ves, Ernesto. Tú siempre dices que los padres son educadores, no consoladores.

 Antes que terminara la frase, Luisito tiró el yogurt sobre la alfombra y Ernesto, en otro descuido, le dijo que no volviera a hacerlo más. Pero se lo dijo con tanta vehemencia que sorprendió a Margaret.

Como buena profesional, sin perder la calma y el tono suave, casi sensual, Margaret le explicó que lo que había hecho Ernesto era un ejemplo de un error muy común entre los padres latinos.

—Cual? —preguntó Ernesto casi arrepentido.

—Levantarle la voz al niño.

—Qué se supone que debería haber hecho?

—En estos casos la Asociación fuertemente recomienda explicarle al niño que el yogurt no va en la alfombra. Incluso, para no herir su sensibilidad, usted debió acercarse al niño y jugar con el yogurt derramado. Al fin de cuentas igual deberá usted pasar un quitamanchas. Es el mismo trabajo.

—Sí suena muy práctico, como siempre. Pero no creo que sea para tanto. Cuando tenga un jefe como el mío y un chiquillo como Luisito, ya va a saber lo qué es vivir en un mundo dibujado con límites gruesos.

—Señor Campos —razonó tranquilamente Margaret, rehuyendo siempre a mirarlo a los ojos—, el niño tiene dos años… Ya tendrá tiempo de aprender todo eso.

—Cuanto antes mejor. Además, no creo que entienda una explicación sobre la inconveniencia de tirar el yogurt en la alfombra cada vez que está lleno.

—Por sus palabras deduzco que su infancia no ha sido fácil.

—Cierto.

—Ha presenciado escenas violentas en su casa paterna?

—Sí, algunas.

—Su padre le pegaba a su madre?

—No, qué va. En todo caso era al revés. Pero ni siquiera eso. También la vieja era una mujer tranquila.

—Entonces?

—Por ejemplo, más de una vez tuve que ver cuando a mi padre se le moría una vaca y no tenía más remedio que cuerearla.

—Cuerearla? Qué significa eso?

—Sacarle el cuero. Tenía que abrirla con un cuchillo por la panza, así, de arriba abajo, y desollarla con cuidado para poder conservar el cuero al menos.

—Qué horror! Y usted qué edad tenía?

—Cinco o seis años.

—My God! Eso es suficiente para traumar a un niño. A su padre no le importaba? Qué grado de educación tenía?

—Mi padre había terminado la secundaria y nada más. Y por eso mismo no podía darse el lujo de perder la vaca entera. Al menos así rescataba el cuero, y como aquello era la Pampa, aunque me decía que me fuera lejos, igual a los cien metros yo podía ver cómo cuereaba el animal muerto. Y no le cuento cuando un baqueano tenía que matar un cerdo clavándole un cuchillo en el corazón. El bicho gritaba como un marrano.

—My God!

—Alguien tenía que hacerlo. Todos tenían que comer. Qué comió usted hoy?

—Ensalada. Qué más recuerda?

—A veces por ahí andaba la familia del occiso, una pareja de cerdos que se ponían a hacer el amor delante de mí. Esas cosas no se olvidan.

—Qué horror! Todo eso explica la violencia.

—Perdón, cuál violencia?

—La violencia en los países latinos.

—Sin embargo yo no soy un criminal. Nunca he matado a nadie y detesto la violencia de todo tipo. Sin ir más lejos, no soporto que de los cien canales de televisión que tengo aquí, en por lo menos noventa siempre estén matando, sacándole un ojo o pegándole un tiro en la cabeza a alguien. Quiere que le muestre?

—No hace falta. Pero todo eso es ficción.

—El sexo también puede ser actuado, y sin embargo es tabú o es pornografía. Si uno se descuida, los niños pueden ver quince asesinatos por noche. Pero si dos personas se dan un beso de lengua lo censuran. Se puede representar un crimen pero no se puede representar el amor.

—Mi pastor siempre dice algo muy sabio. El mal del mundo nace cuando se confunde el sexo con el amor.

—No, yo no los confundo. Pero tampoco me aparecen necesariamente incompatibles. O acaso no es posible que sexo y amor sean la misma cosa alguna vez? Digo, en un mundo tan materialista cada tanto es posible que sean la misma cosa, por milagro o por coincidencia. Aunque más no sea representado. Pero no, para la moral pública el sexo nunca es amor y siempre es obsceno. Así que hay que prohibirlo y predicar en su contra, para olvidar que el mal no nació con el sexo sino con el crimen contra el prójimo. Pero para decirle la pura verdad, a mí los cerdos de la Pampa me enseñaron no sólo que el sexo es algo natural sino que además me explicaron lo que mis padres no sabían cómo hacerlo de forma más científica. Pero en la televisión, cuando un tipo o una hermosa mujer —disculpe que no haya dicho “hermoso hombre”; no es que sea machista, es que soy heterosexual—, cuando algún adonis o alguna amazona le apunta a la frente de un desdichado y lo revienta de un disparo tipo misil transcontinental, ni uno ni otro dicen alguna mala palabra. Eso está prohibido y cuidadosamente controlado.

—En los países latinos no?

—No. En las televisiones de nuestros países se putea de lo lindo.

—Por favor, Ernesto! —se quejó María José, advirtiendo que la conversación se había desvirtuado del todo.

—Qué? No es cierto? —insistió Ernesto— Allá se besa más seguido de lo que se mata y las mujeres andan medio desnudas.

—Parte de la cultura machista.

—Sí, andan medio desnudas como en todos los países donde impera el machismo. A excepción de las mujeres musulmanas, que por su retraso cultural visten de más. Porque el machismo no sabe vestir a las mujeres. O las viste con poca ropa o las viste de más. Nunca en su justa medida, como en Estados Unidos, donde las mujeres son libres.

—Usted no negaría que en sus países impera el machismo.

—Imperan muchas cosas. Claro, todos tenemos defectos. En eso le doy la razón. También tenemos problemas con la delincuencia callejera, con el crimen organizado, con la pobreza organizada de las favelas. Pero en general nos gusta menos la muerte, la sangre, la excitación del crimen tipo Agatha Christie o las máquinas de matar, tipo Arnold Schwarzenegger. Al menos que no tengamos cine propio. Al fin y al cabo hay que reconocer que The Terminator tenía muy buenos efectos especiales. Toda una ciencia.

—Le repito que todo eso es ficción. Nuestros programas de educación infantil han funcionado desde hace años y en todos los modelos puestos en práctica la violencia está prohibida, llámese decir “no”, como usted lo ha hecho, como retar al niño por un yogurt derramado en la alfombra. Los niños reproducen lo que ven.

—Sin embargo en esta casa nadie tira el yogurt en la alfombra ni tenemos la costumbre de meter los dedos en los enchufes. Para mí que está en la naturaleza del niño, y como en la naturaleza no hay enchufes con corriente eléctrica ni alfombras que cuidar, no queda más remedio que educar. Y más vale un no bien clarito que un ni con complejos.

—Espero que usted no esté pretendiendo darnos clases a nosotros. Los estudios indican claramente que se debe erradicar toda forma de violencia en la educación de un niño.

—Me alegro. Ya le dije que no aplaudo ninguna forma de violencia. El problema es definirla. También es violencia hacerle creer a un niño que el mundo es blando como un osito panda.

—Hace años que categorizamos y erradicamos cada tipo de violencia y le puedo decir que todos estos planes han sido un éxito.

—De dónde deduce usted que han sido un éxito?

Sólo por leves momentos Margaret parecía molestarse con los cuestionamientos de Ernesto. Sin prisa, comenzó a ordenar sus papeles en la carpeta azul.

—Muchos estudios lo demuestran contundentemente —respondió.

—Desde cuando datan esos experimentos?

—De las décadas de los sesenta y de los setenta.

—A ver, déjeme ver. Si no me fallan los números, todos los soldados y los generales y los políticos y los pastores que han participado y apoyado la última guerra en Irak, por mencionar sólo una de las tantas, fueron educados de niños según esos métodos de no violencia. Cómo es que niños tan alejados de palabras fuertes, del rigor de los padres, de la muerte y del sexo en todas sus formas son capaces de bombardear mercados y ciudades llenas de niños? Niños como el mío, como los de usted. Sabía cuántas personas van muriendo en Irak? Más de medio millón, si consideramos personas a los iraquíes, claro.

—Es diferente.

—Sí, es diferente. Todo es hecho con el más puro lenguaje, con la gramática perfecta. Libertad, democracia, Dios, civilización. La sangre no salpica. Los muertos no tienen familiares que lloran. Esos jovencitos —con una alta autoestima, no vamos a dudarlo—, esos jovencitos que van a matar fanáticos a otros países piensan que están en un video game. Aprietan un botón y ni tienen que pasar por el desagradable espectáculo de presenciar lo que ellos mismos hacen. Y si alguno ve algo en vivo y en directo, es decir, algún descuartizado afuera de la pantalla azul y verde, entonces lo mandan a psicólogos de prestigio, programas que han tenido éxito, teorías científicamente comprobadas y avaladas por estudios de prestigiosos doctores. Y los que no van a la guerra ni se suicidan al volver se dedican al abuso de la Coca Cola, en el mejor de los casos, o a la coca a secas, en el peor. Sabía usted que este país, con niños tan bien educados y alejados del sexo y la violencia de decir no, es el mayor consumidor de estupefacientes del mundo? Sabía usted que en el país donde están prohibidas las malas palabras y alguna que otra cola hermosa en la televisión, donde una mirada puede ser considerada acoso sexual —de hecho aquí ninguna mujer resiste que la miren a los ojos; cuando uno las mira, esquivan la mirada como si fueran monjas cortejadas— no obstante, y tal vez por eso mismo, esto está lleno de psicópatas sexuales y asesinos en serie? En nuestros atrasados países los asesinos matan porque son bestias. Le pegan un tiro a uno. Casi no se conoce eso de matar en serie, porque es un invento de la producción y reproducción sistemática de cosas. Los asesinos en esos países atrasados no calculan, no aprietan botones y suprimen doscientas mil personas en un sólo día. Eso sólo es posible en un país donde los niños son criados bajo las mejores teorías psicológicas de la no violencia y el pudor.

Margaret no perdió la calma. La contuvo para que no se le escapara. Miró el reloj. Con mucha elegancia dijo que se había hecho tarde. Tres minutos tarde. Los padres firmaron. Margaret confirmó el número de palabras que Luisito podía pronunciar. 33. Normal para su edad, pero si en la próxima visita no había podido unir un sustantivo con un adjetivo habría que derivarlo a un especialista. Tomó sus cosas, con suavidad y se despidió con la misma sonrisa de siempre.

Pero un segundo después que la puerta se cerró, se escuchó que decía:

—Fuck you.

Ernesto no supo distinguir si el tono era de rabia contenida o era el mismo tono imperturbable de siempre. De lo que sí estaba seguro es que Margaret había querido ser escuchada. La mejor oportunidad de su vida de decir una mala palabra en público.

 

Jorge Majfud

In Entre Orientales y AtlantesAntología de relatos uruguayo-canaria. (short stories) Tenerife, Spain: Editorial Baile del Sol, 2010.

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Five Reasons to Embrace Migrants

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...

A day without immigrants, May 1, 2006.

Professor Ian Goldin and Geoffrey Cameron argue in their recent book, “Exceptional People: How Immigration Shaped Our World and Will Define Our Future”, that in a more interconnected world than ever before, the number of people with the means and motivation to migrate will only increase. Here they set out some of the advantages that such dynamics will have for both receiving and sending countries and why the world should embrace migration.

1. Migrants are good for economies.

Migrants have been the engine of human progress throughout history. The movement of people has sparked innovation, spread ideas, relieved poverty and laid the foundations for all major civilizations and the global economy.

Globalization has increased the tendency for people to seek their fortunes outside their country of birth and the 21st century will give more people the means and reasons to move.

We should embrace this future because of the benefits it promises for sending countries, receiving countries and for migrants themselves.

The movement of people has fuelled the development of modern economies. Migrants promote innovation, connect markets, fill labor gaps, reduce poverty and enrich social diversity.

2. But what about the downside?

I am not blind to the significant costs and risks of greater migration, but in “Exceptional People” we show that societies have been too focused on the downsides of migration rather than the underestimated benefits.

We recognize that particular communities and groups of workers may be disadvantaged and justified in what they perceive as excessive migration and a threat to their employment and cultures.

Political leaders should confront this challenge by adopting a range of burden-sharing measures which seek to reduce the impact on any one community.

For example, migrants should be distributed across the European Union and the people of Malta and the Italian island of Lampedusa should not be made to absorb migrants simply arising from their proximity to North Africa.

Similarly, the local authority of Slough in the U.K. which happens to be near London’s Heathrow Airport, should be given extra resources to cope with an unusually high burden which migrants place on it.

A better understanding of the benefits and costs is required.  While the benefits are typically greater than the costs, they are often diffuse and appear in the medium term, while the costs may be local and immediate.  These must be acknowledged and addressed in order to convince the affected communities that more migration is in their interests.

Governments should focus their efforts on burden sharing and support for pressured local services, as well as ensuring that all migrants are legal, and have the associated rights and responsibilities.

Simply limiting numbers undermines short-term competitiveness and long-term growth and dynamism, and tends to result in a growing number of undocumented migrants, making everyone worse off in the longer term.

3. What are the economic benefits?

We show in “Exceptional People” that even modest increases in the levels of migration would produce significant gains for the global economy. Developing countries would benefit the most.

The World Bank estimates that increasing migration equal to 3% of the workforce in developed countries between 2005 and 2025 would generate global gains of $356 billion.

Completely opening borders, economists Kym Anderson and Bjorn Lomborg estimate, would produce gains as high as $39 trillion for the world economy over 25 years. These numbers compare with the $70 billion that is currently spent every year in overseas development assistance and the estimated gains of $104 billion from fully liberalizing international trade.

Two reliable ways to generate ideas and innovation in an economy are to increase the number of highly educated workers and to introduce diversity into the workplace. Both of these objectives are advanced through immigration, and the experience of countries like the U.S. bears out the bold propositions of this “new growth theory”.

According to Robert Putnam, immigrants have made up more than three times as many Nobel Laureates, National Academy of Science members and Academy Award film directors as have native-born Americans.

Migrants have been founders of firms like Google, Intel, PayPal, eBay, and Yahoo. More than a quarter of all global patent applications from the United States are filed by migrants, although they are only about 12% of the population.

By 2000, migrants accounted for 47% of the U.S. workforce with a science or an engineering doctorate, and they constituted 67% of the growth in the U.S. science and engineering workforce between 1995 and 2006.

In 2005, a migrant was at the helm of 52% of Silicon Valley start-ups, and a quarter of all U.S. technology and engineering firms founded between 1995 and 2005 had a migrant founder. In 2006, foreign nationals living in the United States were inventors or coinventors in 40% of all international patent applications filed by the U.S. government.

Migrants file the majority of patents by leading science firms: 72% of the total at Qualcomm, 65% at Merck, 64% at General Electric, and 60% at Cisco.

4. Migration does not lead to job losses.

While skilled migrants are a  source of dynamism,  low-skilled foreign workers often take jobs that are considered less desirable by natives or they provide services—such as home care or child care—that release skilled workers into the labor market.

Highly skilled migrants typically work in growing sectors of the economy, or in areas such as health care, education and information technology that are short of native workers. Giovanni Peri of the Federal Reserve Bank of San Francisco found that, “immigrants expand the economy’s productive capacity by stimulating investment and promoting specialization…This produces efficiency gains and boosts income per worker.”

Macroeconomic studies of developed countries with significant foreign-born populations have consistently found that migration boosts and sustains growth. A study of OECD countries found that increased immigration is accompanied by commensurate increases in total employment and GDP growth.  A government-sponsored study in the UK found that migrants contributed about £6 billion to the national economy in 2006.

George Borjas estimates that migrants make a net contribution of $10 billion a year to the U.S. economy, a figure that other economists have suggested is at the low end of the range.

Between 1995 and 2005, 16 million jobs were created in the U.S. and 9 million of them were filled by foreigners. During the same period, academics Stephen Castles and Mark Miller estimate migrants made up as many as two-thirds of new employees in Western and Southern European countries.

5. We’re going to need migrants more than ever before.

Over the next fifty years, demographic changes in many developed countries will make expanding migration an increasingly attractive policy option.

Medical and public health advances mean that people are living longer, while persistently low fertility levels and the end of the post-World War Two baby-boom mean that the number of native-born workers in developed countries will fall in the coming years.

The fiscal burden of this aging population will be borne by an ever-smaller number of workers and will also generate an unprecedented demand for low-skilled health and home care services.

The effects of a shrinking labor force will be compounded by the fact that as educational attainment rises in developed countries, fewer people are interested in taking on low-skilled service jobs or in working in the trades and construction sectors.

Between 2005 and 2025, the OECD estimates its member countries are expected to see a 35% increase in the percentage of their workforces with tertiary education. As education levels rise, so do expectations about work.

Working-age populations are already growing rapidly in some developing countries due to late demographic transitions. While many countries in East Asia are beyond the phase of their demographic transition when population growth peaks, the most dramatic effects will appear in sub-Saharan Africa, where the population will grow by a billion people between 2005 and 2050.

The economically active population between ages 15 and 64 will also grow steadily among developing countries in South-Central Asia—which include countries from Iran across to India and Nepal—in the next half-century. Countries in the Middle East and North Africa will also grow at a similar rate, although not reaching the magnitude of these regions.

Despite increasing controls, we are entering a period of intensifying migration, a product of a greater supply of potential migrants from developing countries and a burgeoning demand for both low- and high-skilled workers in the UK and other developed countries.

Over the last 25 years the total number of migrants internationally doubled.

It is likely to double again in the coming decades.  Governments and society need urgently to develop a much better understanding of the costs and benefits of different policy options.

Short-term protectionist measures, as is the case in trade, are counterproductive.  It is vital that evidence based and longer term perspectives are introduced to provide clarity which goes beyond the currently muddled discussions on migration policy.

Ian Goldin is Director of the Oxford Martin School and a Professorial Fellow at Balliol College, University of Oxford.  Geoffrey Cameron is his research associate.  The arguments and data above derive from their book, “Exceptional People: How Migration Shaped Our World and Will Define Our Future”, recently published by Princeton University Press and co-authored with  Meera Balarajan.

[Source>> WSJ.com]

Una definción de la guerra

Nicaragua is known as the land of lakes and vo...

Nicaragua

Hoy vi un documental de RTVE sobre Nicaragua. Erik Flakoll, el gringo de apodo Daniel Alegría, que participó en la revolución sandinista a principios de los ochenta, “sandinista pero no orteguista”, como se define, definió la guerra de una forma difícil de mejorar:

“La guerra la hacen jóvenes que no se conocen, no se odian y se matan. Y las dirigen viejos gordos que sí se conocen, sí se odian pero no se matan”.

Lo único que se podría corregir o discutir es sobre el sobrepeso de quienes dirigen las guerras. Lo demás no tiene forma de ser refutado sin hipocresía.

JM

Sabiduría popular

Cuando joven, casi niño, era hincha de Peñarol. Hasta jugué en divisiones ultrainferiores. Era un pésimo jugador y la pasión por el fútbol me duró un par de años, apenas.

Hoy admiro algunos momentos en que Diego Maradona convirtió un deporte en obra de arte. Pero cuando veo todo lo demás, pierdo casi toda toda esperanza en la educación popular… suerte que luego uno encuantra otros ejemplos mejores.

Esta tardecita miraba el otro canal de Uruguay, Canal 12, y encontré más de lo mismo, esta vez en boca del poularismo Alberto Kesman. Espero que pronto pida disculpas por esa apología de la barbarie y ese pésimo ejemplo para niños como el que aparece presenciando esa demostración de pseudomasculinidad.

Una vez Umberto Eco dijo que en un estadio había sentido que Dios no existía. Exageraba. Lo que no existe en estos casos es la humanidad. Al menos prueba de lo otro no tenemos.


Os parasitas do povo

Honduran Officer Candidates Practicing Teamwork

Image by airborneshodan via Flickr

Honduras I: Los parásitos del pueblo (Spanish)

 

Os parasitas do povo

“Hoje, Honduras se debate diante do desafio latino-americano de enfrentar qualquer mudança política para a igual-liberdade, para o seu destino de independência e dignidade, ou de voltar aos miseráveis tempos em que os nossos países eram definidos como ‘republiquetas’ ou ‘repúblicas bananeiras’”.

Neste domingo, 28 de junho, pela manhã, os militares de Honduras cercaram o presidente e, enquanto apontavam suas armas contra ele, perguntaram-lhe por que não havia obedecido as ordens do general Romeo Vásquez. Como o presidente pensava que ele devia dar as ordens a seus subordinados, estes o convidaram a se retirar da Casa de Governo. Daí para um carro e depois a um avião da força aérea até a Costa Rica.

Ao mesmo tempo, todos os meios de comunicação do país foram dominados, e foi-lhes sugerido, pela força, que não transmitissem informação que não fosse controlada diretamente pelo processo democrático que estava sendo realizado. Apenas alguns poucos jornalistas, que “ilegalmente” informaram ao mundo sobre o que estava acontecendo, e uns quantos hondurenhos que nos mantiveram informados via eletrônica, conseguiram escutar as declarações do presidente deposto ao chegar à Costa Rica.

Segundo as Forças Armadas de Honduras, todo esse processo foi em defesa da legalidade e da Constituição. Os militares se justificaram dizendo que recebiam ordens da Corte Suprema. Apesar de que a Constituição hondurenha não preveja esse mecanismo para assaltar a autoridade de um presidente legal e legítimo, era necessária uma desculpa para bobos. A declaração só demonstra que, em Honduras, efetivou-se um golpe de Estado com todas as suas letras. Em nome da “legalidade”, militares e juízes passaram por cima da própria Constituição.

Se, no passado, esse trabalho de gorilas era próprio dos altos chefes militares, agora vemos que a mesma ilegalidade está apoiada, promovida e justificada pelo Poder Judicial de um país. A cumplicidade do Parlamento confirma essa prática: as leis são respeitadas sempre e quando sirvam aos interesses dos setores mais poderosos de uma sociedade.

Qualquer Constituição de qualquer país decente e democrático prevê a destituição de um presidente. Mas esse processo tem determinadas condições e um número específico de etapas legais que garantem sua validade. Pelo que eu me lembre, em nenhuma Constituição democrática se prevê que o presidente pode ser tomado pela força militar, sequestrado e expulso de seu próprio país. Menos ainda em nome da legalidade. Menos ainda por ordem de um punhado de juízes. Menos ainda com a cumplicidade de um chefe de um Parlamento que, além disso, é o opositor político do mandatário.

Tudo isso demonstra até que profundidade a cultura golpista sobrevive ainda nas classes dirigentes de Honduras. E não só de Honduras. O que aconteceu serve para estar alerta diante das velhas sobras da história latino-americana.

Hoje, defender o presidente Zelaya não é defender suas políticas, nem muito menos a sua pessoa. Hoje, defendê-lo, mesmo contra as instituições (seqüestradas) de Honduras, significa defender a democracia e qualquer estado de direito em qualquer parte do mundo, baseado no respeito às leis e à Constituição não só quando convém. Porque, em uma democracia, as leis e a Constituição não são corrigidas quebrando-as, mas sim mudando-as. Algo que precisamente o presidente sequestrado pretendia fazer.

Lamentavelmente, devo terminar essa breve nota de profundo repúdio com as últimas linhas com as quais terminei a nota anterior ao golpe:

Hoje, Honduras se debate diante do desafio latino-americano de enfrentar qualquer mudança política para a igual-liberdade, para o seu destino de independência e dignidade, ou de voltar aos miseráveis tempos em que os nossos países eram definidos como ‘republiquetas’ ou repúblicas bananeiras.

Jorge Majfud

Tradução de Moisés Sbardelotto.

Jorge Majfud, escritor uruguaio e professor da Escola de Humanidades da Lincoln University. O artigo foi publicado no jornal argentino Página/12, 29-06-2009.

Honduras e as classes sociais

Street in Tegucigalpa city centre, Honduras

Image via Wikipedia

Honduras y las clases sociales (Spanish)

Honduras e as classes sociais


por Jorge Majfud [*]

De Caracas, Lima, Tegucigalpa criticam-me dizendo que falar de classes sociais para analisar o golpe em Honduras é um cliché fora de moda.

Sim, é um cliché fora de moda. E uma realidade actual, também. A pós-modernidade empreendeu uma longa campanha cultural e ideológica no último terço do século XX para revogar conceitos binários e dicotómicos como opressor/oprimido, rico/pobre, branco/negro, homem/mulher, etc. Ao eliminar o primeiro par desaparecia de forma automática qualquer ideia de imperialismo, de colonialismo e de machismo. Assim, toda realidade era uma ilha que pouco tinha a ver com o resto, diferente do que afirmavam os antiquados estruturalistas. O pobre não tinha nada a ver nem a reclamar do rico nem vice-versa; uma colónia não era o resultado da existência do colonizador nem a “mulher feminina” era o resultado do homem masculino. O mesmo quanto aos países, as culturas, as histórias. Ilhas, átomos, universos independentes, sociedades autistas. Livres como um pássaro (que está condenado a voar e a emigrar). Também neste sentido, o pós-modernismo foi anti-humanista.

Mas as classes sociais ainda existem. Existiram desde há alguns milénios e a sua lógica funcionou com muita clareza até nas sociedades de gorilas e chimpanzés. Para os conservadores, esta observação seria um argumento a favor das classes sociais. “Assim é desde que o mundo é mundo”, é o lema reaccionário. Para os humanistas progressistas é um argumento contra, já que muito de nós defendem a teoria da Evolução. Como problematizámos em muitos outros ensaios, o progressivo incremento das liberdades individuais desde o fim da Idade Média não foi em detrimento da igualdade e sim a seu favor. E vice-versa.

Na América Latina a classe dominante costumava ser um pequeno grupo de brancos, educados, actores principais na política, no governo e nos negócios. A maioria da população estava resignada a seguir os passos da sua classe social. Se algum mudava de classe, esta excepção era publicitada mas não abolia a regra.

Com sorte, o sistema de classes sociais é muito menos rígido que o de castas na Índia. Hoje em dia é menos forte e nisso consiste o desenvolvimento. Mas existe, sobretudo em países como Honduras onde quase todos os meios importantes de informação e de formação de opinião pertencem a umas poucas famílias, a reduzidos e quase impenetráveis círculos de influência. E esses meios praticaram desde sempre uma campanha a favor de um anacrónico sistema de classes sociais. Seu mais recente papel foi no golpe de Estado. Não porque Zelaya fosse um exemplo de político democrático e sim porque pôs em risco o controle político da sua própria classe. A esse monopólio chamaram, estrategicamente, liberdade de imprensa, liberdade de expressão. Com sorte, um camponês hondurenho é livre para gritar na praça da aldeia para ser ouvido por cem pessoas. Não é suficiente? Então, segundo esta ideologia hegemónica, o inculto é um maldito revoltoso que quer eliminar a liberdade de expressão, romper a ordem democrática e sequestrar as crianças para doutriná-las.

Até bem dentro do século XX os índios na América Latina recebiam terríveis sovas por desobedecerem aos seus patrões. Mas agradeciam. O sistema de “índios pongo” obrigava-os moralmente a trabalhar gratuitamente. Os índios levavam os rebanhos de uma estância à outra sem a tentação de roubar de vez em quando uma ovelha. Razão pela qual em países como a Bolívia e o Peru o desenvolvimento ferroviário foi raquítico, em comparação com outros países da região. Como prémio, o discurso dominante descrevia-os como corruptos, atrasados e imorais. Porque eram pobres e seus prazeres eram tão baratos quanto a aguardente. Quando um exército patriótico e faminto passava pela sua miserável choça, violava impunemente a sua mulher e roubava as suas poucas ovelhas. Quanto menos auto-estima, melhor. Também os escravos africanos açoitavam outros escravos de escala inferior para sustentar o sistema de privilégios. Os açoitados agradeciam porque as sovas, como exorcismo moral, ajudavam-nos a não ser “maus negros” que esqueciam a sua condição natural de animais inferiores.

Quer dizer que a opressão de um grupo por outro (uma classe sobre outra, uma raça sobre outra, um género, um sexo sobre outro, um grupo financeiro sobre outro, etc.) só é possível por essa colonização moral, por essa moral do oprimido. E para isso havia que possuir a maioria dos meios de imprensa “mais prestigiosos e influentes”.

A estrutura social de Honduras hoje é quase a mesma de há décadas.
Não é difícil identificar a sua classe dominante, com certa educação, a mínima necessária para ser a dos senhores neo-feudais da “república”. São reconhecidos pelos seus nomes, pelos seus métodos, por sua propriedades ostentosas, por seus velhos e conhecidos discursos que – como na época de Franco na Espanha, de Pinochet no Chile, de Bush e tantos outros nos Estados Unidos – apelam ao patriotismo, à tradição, à religião e à liberdade para justificar o seu poder político, ideológico e financeiro.

Por outro lado, Honduras, um dos países mais pobres do continente, é composto por uma vasta e maioritária classe de camponeses, operários e pequenos comerciantes que nunca acedeu a uma educação secundária e menos ainda a uma universidade. Não para que sejamos todos doutores e sim para que qualquer operário seja um produtor capacitado, intelectualmente criativo e com gozo de tempo livre para construir-se como ser humano.
Se tudo isto não é opressão de classe, chame-se como se quiser. Mas esta realidade continuará a estar aí ainda que seja maquilhada e seja travestida.

Claro, todos devemos tornar-nos responsáveis pelo nosso destino. Em grande medida somo. Não merece o mesmo alguém que se senta à espera de que caia um fruto sobre a sua boca e aquele outro que trabalha todo o dia para que o milagre se produza. Mas ninguém tem uma liberdade absoluta e uns são mais livres (socialmente) que outros. Olhemos em nosso redor e perguntemo-nos se todos somos igualmente livres.

O poder existe. Existe o poder muscular, o poder económico, o poder político, etc. Quando um grupo qualquer impõe seus interesses sobre outros quando pode obter mais benefícios imediatos do que recorrendo à colaboração, a isso chamo ter o poder. Esse poder possui, além de força muscular, uma voz sedutora, quando não intimidatória, fácil de produzir ecos em todos os rincões. As mentiras do poder não são eternas, mas podem sobreviver gerações ou o necessário para confirmar que a justiça que tarda não chega.

Nossa visão humanista entende que a longo prazo a colaboração é mais benéfica para o desenvolvimento e o progresso (perdão pela má palavra) de todos. Mas os conservadores não estão interessados em esperar tanto. Eles vêem tudo como um arquipélago de ilhas rodeadas de muralhas, uma das quais é a eleita de Deus, sob a pax romana, a paz dos cemitérios ou combatendo-se umas às outras ao mesmo tempo que acusam os progressistas de alimentar o ódio de classes. Se não se falar disso, isso não existe.
É o antigo recurso de arrancar os olhos a um pássaro enjaulado para que cante mais e melhor.

Julho/2009

 

[*] Ensaista, uruguaio, professor da Lincoln University.

 

Honduras A Constituição Ilegítima

Village in Copán

Image via Wikipedia

Honduras: La costituzione illegittima (Italian)

The Illegitimate Constitution (English)

Honduras IV: La constitución ilegítima (Spanish)

Honduras A Constituição Ilegítima


Uma constituição que o impeça é ilegítima diante do inalienável direito à liberdade (de mudar) e à igualdade (de decidi-lo). É papel, é um contrato fraudulento que uma geração impõe a outra em nome de um povo já inexistente.

 

 

Jorge Majfud

 

A disputa dialética sobre a legalidade do violento processo de destituição e expulsão do presidente de Honduras não está fechada. Há meses expusemos nosso ponto de vista, segundo o qual não houve violação à constituição por parte do presidente Zelaya no momento de convocar uma consulta não vinculante sobre uma assembléia constituinte. Porém no fundo esta discussão é vã e encobre outro problema em sua raiz: a resistência de uma classe e de uma mentalidade que modelou os estamentos de sua própria República bananeira e busca desesperadamente identificar qualquer mudança com o caos ao mesmo tempo em que impõe a repressão de seu povo e dos meios de comunicação que lhe são adversos.

O principal argumento dos golpistas em Honduras radica em que a constituição de 1982 não permite mudanças em seu texto (artigos 239 e 374) e estabelece a remoção de seus cargos daqueles que as promovam. A Lei de Participação cidadã de 2006, que promove as consultas populares, nunca foi acusada de inconstitucional. Pelo contrário, a participação popular é uma prescrição da mesma constituição (artigo 45). Tudo o que revela o espírito escolástico de seus redatores, matizado com uma linguagem humanística.
Nenhuma norma, nenhuma lei pode estar acima da constituição de um país. Sem embargo, nenhjma constituição moderna foi ditada por Deus senão por seres humanos em benefício próprio. Ou seja, nenhuma constituição pode estar acima de um direito natural como é a liberdade de um povo para mudar.

Uma constituição que estabeleça sua própria imodificabilidade está confundindo sua origem humana e precária com uma origem divina, ou está pretendendo estabelecer a ditadura de uma geração sobre todas gerações por vir. Se este princípio de inamobilidade tivesse algum sentido, deveríamos supor que antes que a constituição de Honduras seja modificada, Honduras deveria desaparecer como país. Do contrário, dentro de mil anos esse país deverá reger-se pela mesma letra.

Já os ortodoxos religiosos quiseram evitar mudanças no Alcorão e na Bíblia contando o número de palavras. Quando as sociedades e seus valores mudam, porém não se pode mudar um texto sagrado, salva-se o texto interpretando a favor dos novos valores. Isto fica demonstrado pela proliferação de seitas, ismos e novas religiões que surgem de um mesmo texto.

Porém, em um texto sagrado, a proibição de mudanças, ainda sendo impossível, está melhor justificada, já que nenhum homem pode emendar a letra de Deus.
Estas pretensões de eternidade e perfeição não foram raras nas constituições latino-americanas que no século XIX pretenderam inventar repúblicas, em lugar de que os povos inventassem suas próprias repúblicas e as constituições a sua medida e segundo o pulso da história. Se nos Estados Unidos ainda está vigente a constituição de 1787, isso se deve a sua grande flexibilidade e a suas muitas emendas. Não fosse assim, hoje este país teria três quartas partes de um homem na presidência, um quase-humano. ?Esse negrito ignorante?, como o chamou o ex-chanceler de fato Enrique Ortez Colindres. Se isso fosse pouco, o artigo V da famosa constituição dos Estados Unidos proibia qualquer mudança de status constitucional referente aos escravos.

O resultado de uma constituição como a de Honduras não é outro que sua própria morte, prévio derramamento de sangue, mais cedo ou mais tarde.
Aqueles que alegam defendê-la, o fazem com a força das armas e com a força das armas e com a estreita lógica de um conjunto de normas que violam um dos direitos naturais mais básicos e irrenunciáveis.

Há séculos, os filósofos que imaginaram e articularam as utopias que hoje se chamam Democracia, Estado e Direitos Humanos o disseram de forma explícita: nenhuma lei está acima desses direitos naturais. E, se assim se pretendeu, a desobediência está justificada. A violência não procede da desobediência, senão de quem viola um direito fundamental. Para tudo o mais, está a política. A negociação é a concessão que fazem os débeis. Uma concessão conveniente, inevitável, porém, a longo prazo, sempre insuficiente.
Uma democracia madura implica uma cultura e um sistema institucional que preveja as rupturas das regras do jogo. Porém ao mesmo, e por isto mesmo, uma democracia se define por permitir e facilitar as inevitáveis mudanças que vem com uma nova geração, com a maior consciência histórica de uma sociedade.

Uma constituição que o impeça é ilegítima diante do inalienável direito à liberdade (de mudar) e à igualdade (de decidi-lo). É papel, é um contrato fraudulento que uma geração impõe a outra em nome de um povo já inexistente.

Jorge Majfud

2009

 

El cultivo masivo de arroz también destruye el clima

Terrace rice fields in Yunnan Province, China.

Image via Wikipedia

 

[video]

 

 

El cultivo del arroz libera grandes cantidades de gas metano. Científicos cultivan en Filipinas nuevas variedades de arroz más respetuosas con el medio ambiente y menos vulnerables a los efectos del cambio climático. »

Arroz asesino del clima

 

Meta medioambiental: reducir las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero, generadas por el cultivo de arroz
Objetivo del proyecto: desarrollar e implantar nuevos métodos de cultivo que suponen un ahorro de agua y reducen las emisiones de metano
Efecto sobre el medio ambiente: el cultivo de arroz genera alrededor de 60 millones de toneladas de metano anuales

Para más de 3.000 millones de personas -la mitad de la población mundial-, el arroz constituye su fuente de alimentación más importante. Pero la planta del arroz es muy vulnerable a los cambios climáticos. Además, su cultivo genera enormes cantidades de metano, un gas de efecto invernadero. Los científicos del Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI, por las siglas en inglés) investigan para encontrar nuevas y más robustas variedades para preparar al arroz de cara a los cambios derivados del calentamiento global. Además, desarrollan nuevos métodos de cultivo que reducen las emisiones de metano. El destino de regiones enteras de todo el mundo depende del éxito de dichas investigaciones.

Un reportaje de Carl Gierstorfer

 

Eduardo Subirats

Eduardo Subirats


Un rebelde ilustrado contra la soldadesca hispanista

Dos atributos conspiran siempre contra la verdad: la cobardía y la pereza intelectual. Si la primera suele ser el aliado más activo del poder, la segunda es un beneficio gratuito que cada uno otorga a su statu quo.

Por esta razón, el revisionismo es siempre uno de los principios irrenunciables de cualquier investigador serio. Todo debe ser puesto en duda. Solo lo que permanece en pié después de un terremoto merece respeto intelectual.

Esta actitud de revisionista radical ha caracterizado el trabajo crítico y literario del filósofo español y profesor de New York University, Eduardo Subirats. Y si bien no se puede decir que Subirats ha descubierto la pólvora en los estudios hispánicos, sí debemos aceptar su coraje intelectual para avanzar con lucidez y fundamento una postura crítica del mismo sistema, de las instituciones y de las vacas sagradas del hispanismo que hunden sus raíces en los primeros siglos del Renacimiento.

En la primera parte de Las poéticas colonizadas de América Latina, a partir de una observación puntual sobre la lista de lecturas obligatorias del departamento de Spanish and Portuguese de New York University, Subirats arremete contra la tradición establecida por el racismo, la limpieza étnica y cultural realizada a lo largo de los siglos en España. Esta tradición que se centró en el imposible concepto depureza: una raza, una religión, una lengua.

Parte de esta colonización de la poética latinoamericana es “el secuestro de la intencionalidad intelectual, la domesticación y neutralización del compromiso histórico y político de la teoría” (25). En contrapartida, Subirats pone el acento en el valor mítico y oral de las poéticas de la resistencia latinoamericana (29) y se opone a la neutralización academicista. “A favor de esa piadosa conversión del arte en acción comunicativa se arguye que, al fin y al cabo, todo son representaciones, lo mismo la guerra contra el mal que los videoclips de Madonna” (35).

Hace muchos años, en un barco de madera en el océano Índico, el escritor y profesor Joseph Hanlon me detalló sus investigaciones sobre algunos sistemas dictatoriales y me dio su definición mas sintética de un sistema fascista: el fascismo recurre siempre a la fragmentación de saberes para no perder el control de la real totalidad. Sin hacer referencia a este extremo, también Subirats insiste en denunciar la fragmentación de los saberes especializados (37) que aniquilan o controlan las humanidades. Hay una carencia de “un proyecto intelectual en el sentido en que lo llevó a cabo el humanismo y la Ilustración de Erasmo o de Wilhelm von Humbolt y de Emerson a Dewey” (40). Por otro lado, son frecuentes las conferencias sobre los derechos humanos en la Nueva España de 1521 pero en general los especialistas se han vuelto “incapaces de articular una reflexión socialmente responsable sobre los genocidios en tiempo real y a la vuelta de la esquina” (40).

En sus “Siete tesis contra el hispanismo” Subirats recuerda el carácter simplificador y represor de la diversidad original, lingüística y cultural, con la cual en España se configuró un carácter nacionalcatólico por exclusión de moros y judíos, se negó el humanismo, el iluminismo y las reformas sociales, religiosas e ideológicas y se liquidó el liberalismo. El hispanismo resultante es el reflejo de esa violencia de exclusiones documentadas en un canon donde sobresalen los Unamuno y los Ortega y Gasset. Violencia del fascismo ibérico que se continuó en América con la represión de las culturas indígenas y la negación de la modernidad europea y la “combinación de crueldad autoritaria y mesianismo cristiano” (49).

En su tercera tesis Subirats entiende que “las culturas y memorias ibéricas y latinoamericanas deben revisarse y redefinirse a partir de sus centros espirituales, no de sus fronteras” (51). Uno de estos centros debería ser los espacios y símbolos sagrados compartidos por una tradición estratégicamente olvidada: la judía-cristiano-musulmana y, en América, las antiguas concepciones cosmológicas. “Estas tradiciones y conocimientos se extienden desde códices y obras de arte hasta las tradiciones orales y artísticas milenarias sobrevivientes en el día de hoy” (52). Y más adelante: “Pero el descubrimiento y la colonización de América tampoco pueden comprenderse como proceso civilizatorio sino es a partir de la continuidad que recorre sus mitos teológicos de la culpabilidad originaria de los pueblos americanos y su redención por la conversión bajo la cruz, por una parte, y los discursos y violencias de la salvación político-económica bajo los nombres empírico críticos, positivistas, marxistas-leninistas o neoliberales del progreso” (57).

Según Subirats, otras líneas comunes dibujan la historia espiritual del continente, desde Simón Rodríguez hasta Américo Castro, como lo es la frustración, “un mismo límite interno, y del fracaso intelectual y político que definen la idiosincrasia cultural y social del mundo cultural hispano y latinoamericano” (61).

Como subscribimos antes, también para Subirats el verdadero Siglo de Oro español no es el siglo del oro de América sino el Medioevo de la cultura hispanojudía e hispanoislámica que la violencia del nacionalismo católico se encargó de reprimir en la Reconquista al igual que lo hará más tarde en América con la Conquista. Por esta razón, los siglos XI, XII y XIII deberían entenderse como la primera Ilustración europea. Bastaría con considerar al filósofo árabe Averroes, “el primer y último ilustrado en el mundo ibérico” (113), que en el siglo XII “por primera vez en la historia europea establece epistemológicamente la separación entre fe y razón […] el real punto de partida islámico de la Ilustración europea” (74) y que luego la cultura imperial se encargó de destruir a sangre y fuego (77) mientras que varios siglos después se les da título de “ilustrados” a escritores canonizados como Feijoo, Jovellanos, Cadalso y Maynáns. Todo lo cual es parte de una tradición de “exclusiones radicales” propia de la conservadora cultura hispánica (85). Luego de este renacimiento, no hubo vanguardia intelectual en España que pudiera superarla (70). Es más, “fue la fuga hacia Italia y Centroeuropa de libros, instrumentos científicos y exiliadas tradiciones hispanoárabes e hispanojudías las que posibilitaron el Renacimiento humanista y científico europeo” (72) y no tanto la recurrida fuga de los intelectuales griegos de Constantinopla.

En síntesis, en Las poéticas colonizadas de América latina Subirats, después de cuestionar la tradición y los cánones del Hispanismo y los Cultural Studies, después de denunciar la propensión a la fe y al prestigio de la tradición en detrimento de la razón crítica, propone una revisión de la práctica académica basada en categorías históricas, estéticas y filosóficas y no meramente geográficas; rehabilitar el mundo cultural negado de España, desde Maimónides, Ibn Arabi o Ramón Llull; reconocer la centralidad de proyectos culturales como los de Simón Rodríguez y Blanco White; y rechazar el posmodernismo hibridista y deconstructivista de excesivo relativismo y neutralidad que reflejan pereza intelectual por proyectos radicales.

Podemos esperar que este tipo de crítica revisionista no sólo haga justicia histórica a aquellas tradiciones reprimidas por la violencia y la pobreza intelectual, sino que además estimulen el desafío de proyectos culturales e intelectuales que superen el espíritu lúdico y neutral de todos los posmodernismos que han nacido como cadáveres estériles. Estériles, por su cómplice neutralidad; cadáveres, por su orden de museo y de catálogos, por su paralizante halo de muerte indiferente ante la muerte.

Jorge Majfud

Lincoln University, 2009.

Revista Araucaria (España)

Milenio (Mexico)

Fatwa, Shari’a y la guerra de los sordos

Benin city in the 17th century.¿Hasta cuándo resistirá la Humanidad que se la asesine todos los días? Podemos ser irracionales la mayor parte de nutras vidas, pero nunca podemos permitirnos ese lujo o debilidad cuando estamos juzgando a otro y mucho menos cuando su vida depende de ese juicio. El silencio nos convertirá en el árbol que sostenga a los inocentes asesinados por la Ley

En otras oportunidades hemos recordado algunas de las interminables contradicciones de las ortodoxias y de las ortopraxias —ambas son, por lo menos, incompatibles. En nuestras propias culturas y sociedades, en nuestras propias historias y en nuestros presentes descubrimos caudales inagotables de crueldad y de hipocresía. No hay diálogo sin el Otro, y en el otro también descubrimos —era inevitable— tantas virtudes como abominables defectos, tanta incomprensión ajena como la hay en nosotros. Y lo que es peor: sordera. La Globalización no ha mitigado ese desconocimiento sino que lo ha agravado en muchos aspectos, porque la comprensión y el conocimiento no llegan necesariamente con los medios de comunicación sino con la comunicación entre los pueblos y entre los individuos. Cuando en África sonó el primer tambor para comunicar intenciones ajenas, éste facilitó la información a distancia, pero también la traición y la guerra: la destrucción del otro(1). Y esa comprensión del otro hoy está más amenazada, como puede estarlo el grito de un niño en un estadio de fútbol: se le ha otorgado el derecho de gritar sus verdades y sus angustias, pero ya nadie puede escucharlo en medio del griterío.

En rigor, no podemos conocer algo que previamente deformamos en el proceso de conocimiento. Esto sucede en la ciencia que se ocupa de las escalas infinitesimales, pero a escala humana no es inevitable. Por suerte, en nuestra escala humana todo, o casi todo, se puede cambiar, y esa es la gran tarea cuando nos enfrentamos a nuestras propias contradicciones y a las ajenas también.

También en el otro descubrimos brutales arbitrariedades. O lo que es peor: defectuosas virtudes, verdaderos monstruos celestiales. Como, por ejemplo, alguna vez recordamos y escribimos algunas líneas sobre la negativa del ayatolá Jomeini de mirar por la ventanilla del auto que lo llevaba desde el aeropuerto de París a su casa en el exilio, para evitar contaminarse con el corrupto Occidente que en ese mismo instante lo protegía de su propio gobierno. O su posterior condena a muerte al autor de un libro que nunca había leído, por supuesto, ya que ofendía a Dios. Siguiendo con ejemplos islámicos (Occidente los tiene también, y a montones) habíamos recordado que la frase de Mahoma que los mahometanos radicales más gustan olvidar es aquella que previene que “la tinta del sabio es más valiosa que la sangre del mártir”. Este deliberado olvido se hizo trágico en Argelia, cuando los más radicales islamistas advirtieron que “todo aquel que viva de la pluma morirá por la espada”. Y también pasaron de la letra a la acción. Esto, en rigor, es teología clásica; como no se pueden cambiar las escrituras, se interpreta: allí donde dice “blanco”, en realidad quiere decir “negro”. Con esta nueva interpretación, los fundamentalistas lograron destruir lo que sus antecesores habían construido en sus años de apogeo económico, religioso y cultural.

Para no quedarse atrás en este extraño proceso de santificación, recientemente y con motivo del concurso de Miss Mundo que se debía celebrar en Nigeria, la periodista Isioma Daniel fue condenada a muerte por un artículo en el cual expresaba que Mahoma hubiese elegido una de sus esposas entre las concursantes. No es necesario detenernos a probar que la posibilidad es alta. Esto no hace al centro del problema. Lo que no podemos dejar de contar son los doscientos muertos que dejaron los incidentes y, quizá más importante aún, la condena arbitraria de una persona por sus opiniones. ¿No fue el propio Mahoma, como Jesús, un perseguido por sus expresiones?

Por desgracia, del pasado imperio islámico, tolerante y humanista, conservador y renovador de las artes y las ciencias en los tiempos de la fanática Edad Media europea, apenas quedan escombros, y todos sirven para ser arrojados contra el pasado y contra el futuro por igual. Lo cual es, a todas luces, más una reacción contra Occidente –un Occidente que también tiene las manos teñidas de sangre– que una construcción propia. En Nigeria, por ejemplo, la “Shari’a” se impuso recién en el año 1999, en algunos estados del norte. Según este riguroso conjunto de leyes religiosas, el adulterio se paga con la lapidación y la opinión, aparentemente, con la “fatwa” de muerte. En esta situación se encuentran aún varios hombres y mujeres, entre las cuales la más conocida de los últimos meses fue el caso de Amira Lawal. Amira fue condenada a morir bajo una lluvia de piedras luego de dar el pecho a su hijo, prueba, inocente e irrefutable, del delito imputado a su madre divorciada. Por suerte, Amnistía Internacional logró presentar, ante el gobierno de Nigeria, una carta en oposición a tan salvaje condena, firmada por más de un millón de personas de todo el mundo, lo que persuadió a las autoridades para suspender lo que no se puede llamar ajusticiamiento, sino tortura primitiva o sadismo refinado en nombre de Dios. Sin embargo, este Código Sexual seguirá vigente. Como Amira, muchos hombres y muchas mujeres serán condenadas a morir bajo una lluvia de piedras, no arrojadas desde el cielo sino desde las manos de verdugos, cada uno de los cuales se considerará a sí mismo extensión de la mano de la justicia divina. Y todo por alguno de esos “delitos” sexuales que deberían ser jurisdicción exclusiva de Dios o de la privacidad del individuo. Claro, se podrá decir que también un hombre que mata a su mujer por celos (o viceversa) está cometiendo un crimen. De acuerdo. Pero, en todo caso, su acto es pasional e ilegal, y su drama afectará a su entorno, no mucho más. Sin embargo, cuando se ejecuta a una persona bajo una lógica del absurdo, rica en arbitrariedades y en contradicciones institucionalizadas, no sólo se está asesinando a una persona concreta sino a toda la dignidad humana y, por lo tanto, estamos ante la presencia de un crimen universal.

Se me podrá decir que en Estados Unidos y en China también existe la pena de muerte, y lo sé. Pero no distraigamos la discusión. También yo estoy totalmente en contra de la pena de muerte, ya sea en una silla eléctrica o bajo una lluvia de piedras. Mi razonamiento es simple: primero están los principios, y al final también. Y el primero de los principios será siempre la protección de la vida, o dejaremos de discutir cuando ya no haya humanidad. Luego, en apoyo a los principios elementales, existe una serie de principios más complejos y, por lo tanto, más difíciles de advertir. Por ejemplo, existe un principio elemental que es el principio de no-contradicción. Podemos ser irracionales la mayor parte de nutras vidas, pero nunca podemos permitirnos ese lujo o debilidad cuando estamos juzgando a otro y mucho menos cuando su vida depende de ese juicio.

Ahora, ¿por qué en este artículo me ocupo de Amira y de Isioma, cuando cada día mueren miles de niños de hambre o bajo el aséptico bombardeo de algún gobierno de turno? Porque de “los nuestros” nos ocupamos con frecuencia; porque no sólo estas mujeres aún no han muerto, no sólo porque aún se las piensa matar, sino también porque en este proceso se violan los principios más elementales sobre los cuales se construye cualquier forma de humanidad. Y, sobre todo, porque los crímenes de unos no justifican ni mitigan los crímenes de los otros. En esa trágica escalera de deducciones y contradicciones, se termina por negar y destruir lo que al comienzo era el objeto y el propósito de toda Ley. Así, se fabrican armas para proteger la Paz, se asesina para proteger la Vida, se persigue, se encarcela y se tortura para proteger la Libertad, se insulta a la razón y se impone la arbitrariedad religiosa para alcanzar la Justicia Humana… Uno de estos principios, tal vez uno de los más tímidos y vulnerables, dice que para llevar a cabo un acto de tamaño significado, como lo es el enjuiciamiento de un ser humano, se debe proceder con un mínimo de racionalidad. Y muchos saben que no soy un racional empedernido ni pongo a mi cultura ni a mis costumbres por encima de las otras que me son ajenas. Todo lo contrario. Entonces, ¿de qué “razón” estoy hablando?

Por lo general, las Sagradas Escrituras son arbitrarias. Y esta arbitrariedad no las descalifica cuando procede de una divinidad superior a la razón humana. Sin embargo, un juez o un teólogo que se arrogase la misma arbitrariedad en sus procedimientos estaría cometiendo, por lo menos, blasfemia o usurpación del poder divino. La única posibilidad que le queda es el camino de la racionalidad, aunque parta de principios arbitrarios, de la misma forma que un jugador de ajedrez procede con un razonamiento racional sin quebrantar las reglas de juego que, desde su fundación, son arbitrarias. Ahora, ¿a dónde quiero llegar?

Sabemos que para cualquier musulmán, Cristo es uno de los principales profetas, y que el Nuevo Testamento es uno de sus principales libros sagrados, que pueden estar después que el Corán en importancia pero que lo preceden y le dan sustento histórico y religioso. Sin embargo, de la misma forma que el cristianismo se basó siempre en las palabras de Cristo y en los Libros Sagrados para hacer precisamente todo lo contrario, en cada “fatwa” se repite la misma trágica historia. Me refiero a aquel momento superior de las Escrituras, cuando los maestros de ley y los fariseos arrastraron hasta Jesús a una mujer condenada a muerte. (San Juan 8, 3-11). Interrogados por el motivo, los judíos de la época argumentaron que aquella mujer había cometido adulterio y que, por lo tanto, debía morir bajo una lluvia de piedras, según las leyes dictadas por Moisés. Fue entonces cuando Jesús profirió esa frase que a diario se la usa casi vacía de significado: “el que esté libre de culpa que arroje la primera piedra”. Obviamente, todos se retiraron, ya que alguien que afirmara estar limpio de culpas estaría cometiendo una falta doble: la mentira y la soberbia. Cuando Jesús estuvo solo con la mujer adúltera, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los hombres que te trajeron? Ninguno te ha condenado. Yo tampoco te condeno”.

Está claro que no necesito explicar la metáfora. El que tenga ojos que la lea; el que tenga cabeza que la use. Es más; ni siquiera es necesario tomarla como metáfora. Probablemente, haya sido un hecho real y aleccionador para el resto de la humanidad, hasta el final de sus días sobre la faz de la Tierra. En el caso de Nigeria ni siquiera es necesario cambiar la palabra “piedra” por otra cosa, ni “mujer adúltera” por otra persona. No es necesario cambiar nada. Lo único que se necesita es un poco más de respeto por la humanidad toda. Lo único que necesitamos es poner a Dios en el cielo y a los hombres en la tierra y no confundir los roles que luego producen seres híbridos, deformaciones monstruosas, con barba o pulcramente afeitados, con túnicas o con uniformes, con corbatas o con polleras, como dioses mezquinos o como hombres que se creen dioses. Sin duda, la lección del nazareno es doble: ante la mujer condenada a muerte, Jesús no sólo recuerda la imperfección del resto de los hombres, sino -y aquí radica lo más importante- también deja en claro que la racionalidad debe ser el agente que revise y cambie las leyes preestablecidas, aunque éstas posean un origen divino.

Compañeros de viaje: aunque el absurdo y la injusticia nos abrumen, no debemos rendirnos. Denunciemos estas trágicas contradicciones y juicios arbitrarios, provengan de donde provengan, ya sea desde el Este o desde el Oeste, desde el Norte o desde el Sur, desde Arriba o desde Abajo. O nuestra existencia no tendrá mejor significado que el de un árbol que otros usan para ahorcar a un inocente.

Montevideo

4 de diciembre de 2002

Bitácora / La República (Uruguay)

Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού

Painting "Humanism and the Technology"

Image via Wikipedia

Diez azotes contra el humanismo (Spanish)

Monthly Review
MR II

Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού

Translated by Eleni Alexopoulou

του ΧΟΡΧΕ ΜΑΧΦΟΥΝΤ*
Χόρχε Μαχφούντ
Τεύχος Νο 30
Αρχική Δημοσίευση: MRZine, 6 Μαρτίου 2007

Μετάφραση: Νίκος Παπαπολύζος

Μια δευτερεύουσα παράδοση στη συντηρητική σκέψη είναι ο ορισμός του διαλεκτικού αντιπάλου ως πνευματικά ανεπαρκούς και ηθικά επιλήψιμου. Καθώς αυτό ποτέ δεν συγκροτεί επιχείρημα, το ξέσπασμα συγκαλύπτεται από κάποια ανακόλουθη και ταυτολογική συλλογιστική, ίδιον της μεταμοντέρνας σκέψης στην πολιτική προπαγάνδα. Δεν είναι τυχαίο που στη Λατινική Αμερική άλλοι συγγραφείς αναπαράγουν το παράδειγμα των ΗΠΑ με βιβλία όπως το Manual del perfecto idiota latinoamericano [Εγχειρίδιο για τον τέλειο Λατινοαμερικανό ηλίθιο] (1996) ή καταρτίζοντας λίστες σχετικά με τους «Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina» [Οι δέκα πιο βλάκες από τους βλάκες της Λατινικής Αμερικής]. Λίστες που συνήθως έχουν στην κορυφή τον φίλο μας, τον φοίνικα Εντουάρδο Γκαλεάνο, ο οποίος απαντά με αβρή αδιαφορία• τον έχουν σκοτώσει τόσες πολλές φορές που έχει συνηθίσει να ξαναγεννιέται.

Κατά κανόνα, οι λίστες των δέκα βλακωδέστερων ανθρώπων στις Ηνωμένες Πολιτείες τείνουν να φιλοξενούν στην κορυφή διανοούμενους. Η εξήγηση για αυτή την ιδιοτυπία δόθηκε κάμποσο καιρό πριν από έναν αξιωματικό του στρατού της τελευταίας αργεντινής δικτατορίας (1976–1983), ο οποίος παραπονέθηκε στις τηλεοπτικές κάμερες για τους διαδηλωτές που έκαναν πορεία στους δρόμους του Μπουένος Άιρες: «Δεν υποπτεύομαι τους εργαζόμενους, γιατί είναι πάντα απασχολημένοι με τη δουλειά τους. Υποπτεύομαι τους φοιτητές γιατί, έχοντας τόσο πολύ ελεύθερο χρόνο, τον καταναλώνουν στη σκέψη. Και όπως γνωρίζετε, κε δημοσιογράφε, η υπερβολική σκέψη είναι επικίνδυνη». Κάτι που ήταν συνεπές προς το προηγούμενο εγχείρημα του στρατηγού Ονγκανία[1] (1966–1970): την εκδίωξη όλων των διανοουμένων ώστε να λυθούν τα προβλήματα της Αργεντινής.

Σχετικά πρόσφατα, ο Νταγκ Χάγκιν, στο διάσημο τηλεοπτικό πρόγραμμα Dave’s Top Ten, παρασκεύασε τη δική του λίστα των Δέκα Πιο Βλακωδών Αριστερών Ιδεωδών. Αν προσπαθήσουμε να δούμε το πρόβλημα χωρίς την απλούστευση που προσφέρει η πολιτική ετικέτα, θα αντιληφθούμε ότι κάθε κατηγορία ενάντια στους λεγόμενους αριστερούς των ΗΠΑ στην πραγματικότητα αποτελεί επίθεση σε διάφορες ανθρωπιστικές αρχές.

10. Περιβαλλοντισμός.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί δεν σταματούν σε ένα λογικό επίπεδο προστασίας του περιβάλλοντος.

Προφανώς ο ορισμός του τι είναι ή δεν είναι λογικό εξαρτάται από τα οικονομικά συμφέροντα της στιγμής. Όπως κάθε συντηρητικός, ασπάζεται την ιδέα ότι η θεωρία της παγκόσμιας υπερθέρμανσης είναι μόνο μια θεωρία, όπως η θεωρία της εξέλιξης: δεν υπάρχουν αποδείξεις ότι ο Θεός δεν δημιούργησε τους σκελετούς των δεινοσαύρων και των άλλων ειδών και μετά τους σκόρπισε τριγύρω, απλά για να συγχύσει τους επιστήμονες και να δοκιμάσει την πίστη τους. Η συντηρητική νοοτροπία, ηρωικά αμετακίνητη, αδυνατεί να φανταστεί ότι οι ωκεανοί μπορεί να υπόκεινται στην εξέλιξη, πέρα από ένα λογικό επίπεδο.

9. Για να μεγαλώσεις ένα παιδί χρειάζεσαι μια κοινότητα.

Ο συγγραφέας το αρνείται: το πρόβλημα είναι ότι οι αριστεροί πάντοτε σκέφτονταν συλλογικά. Εφόσον δεν πιστεύουν στον ατομικισμό, θεωρούν ότι η εκπαίδευση των παιδιών πρέπει να λαμβάνει χώρα μέσα στην κοινωνία.

Αντιθέτως, η αντιδραστική σκέψη πιστεύει περισσότερο στη μονάδα, στον κοινωνικό αυτισμό, παρά στον ύποπτο ανθρωπισμό. Κατά το σκεπτικό μεσαιωνικού αριστοκράτη, ένας πλούσιος άνθρωπος μπορεί να είναι πλούσιος εν μέσω εξαθλίωσης, ένα παιδί μπορεί να γίνει ηθικός άνθρωπος και να εισέλθει στον παράδεισο χωρίς να μολυνθεί από τις αμαρτίες της κοινωνίας. Η κοινωνία, οι μάζες, χρησιμεύουν μόνο για να επιτρέψουν στον ηθικό άνθρωπο να επιδείξει τη συμπόνια του δωρίζοντας στους έχοντες ανάγκη αυτά που του περίσσεψαν – αφαιρώντας τα από τους φόρους του.

8. Τα παιδιά δεν μπορούν να χειριστούν το στρες. Εξού και δεν πρέπει να τα διορθώνουν οι δάσκαλοι με κόκκινο μελάνι, ή δεν πρέπει να έρχονται αντιμέτωπα με τις ωμότητες της ιστορίας.

Ο συγγραφέας σωστά παρατηρεί ότι το να δουν κάτι δυσάρεστο ως νήπια προετοιμάζει τα παιδιά για ένα κόσμο που δεν είναι ευχάριστος. Παρ’ όλα αυτά, κάποιοι συμπονετικοί συντηρητικοί υπερβάλλουν λίγο όταν ντύνουν τα παιδιά τους με στρατιωτικές στολές και τους δίνουν παιχνίδια που, αν και ρίχνουν μόνο ακτίνες λέιζερ, μοιάζουν πάρα πολύ με όπλα ακτίνων λέιζερ που ρίχνουν άλλου είδους βλήματα σε παρόμοιους στόχους (και σε μαύρους ανθρώπους).
7. Ο ανταγωνισμός είναι κακός.

Για τον συγγραφέα, όχι: το γεγονός ότι κάποιοι κερδίζουν σημαίνει ότι άλλοι χάνουν, όμως αυτή η δυναμική μάς οδηγεί στη μεγαλοσύνη.

Δεν εξηγεί κατά πόσο υφίσταται εδώ το «λογικό όριο» για το οποίο μίλησε πριν, ή κατά πόσο αναφέρεται στη μισητή ιστορία της εξέλιξης, που θέλει τον ισχυρότερο να επιβιώνει στον πρωτόγονο κόσμο. Ούτε και ξεκαθαρίζει σε ποια μεγαλοσύνη αναφέρεται – σε αυτή του σκλάβου στην ευημερούσα βαμβακοφυτεία ή στο μέγεθος της φυτείας; Δεν λαμβάνει υπόψη, φυσικά, κανένα είδος κοινωνίας που να βασίζεται στην αλληλεγγύη, να έχει απελευθερωθεί από τη νεύρωση του ανταγωνισμού.

6. Η υγεία είναι δικαίωμα του πολίτη.

Όχι για τον συγγραφέα: η υγεία αποτελεί προσωπική ευθύνη.

Σε αυτό το επιχείρημα αρέσκονται όσοι αρνούνται την ανάγκη για καθολικό σύστημα υγείας, αλλά την ίδια στιγμή δεν προτείνουν ιδιωτικοποίηση της αστυνομίας και ακόμη περισσότερο του στρατού. Κανείς δεν πληρώνει την αστυνομία μόλις καλέσει το 100, κάτι που είναι λογικό. Αν κάποιος μας επιτεθεί και μας πυροβολήσει στο κεφάλι, δεν θα πληρώσουμε τίποτα για τη σύλληψή του, όμως αν είμαστε φτωχοί, και θέλουμε οι γιατροί να μας σώσουν τη ζωή, θα καταλήξουμε χρεοκοπημένοι. Συμπεραίνει κανείς ότι, σύμφωνα με αυτή τη λογική, ένας κλέφτης που ληστεύει ένα σπίτι αντιπροσωπεύει μια κοινωνική ασθένεια, αλλά μια επιδημία δεν είναι τίποτα περισσότερο από ένα μάτσο ανεύθυνα άτομα που δεν επηρεάζουν την υπόλοιπη κοινωνία. Ποτέ βεβαίως δεν λαμβάνεται υπόψη ότι η συλλογική αλληλεγγύη είναι μια από τις υψηλότερες μορφές ατομικής ευθύνης.

5. Ο πλούτος είναι βδέλυγμα.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί θέλουν να ποινικοποιήσουν την επιτυχία των πλουσίων και να τους επιβάλουν φόρους, ούτως ώστε να δώσουν τον πλούτο τους στην ομοσπονδιακή κυβέρνηση για να τον χρησιμοποιήσει ανεύθυνα, βοηθώντας αυτούς που δεν είναι τόσο επιτυχημένοι.

Με άλλα λόγια, οι εργαζόμενοι οφείλουν το καθημερινό ψωμί τους στους πλούσιους. Το να κερδίζεις τα προς το ζην με τον ιδρώτα του προσώπου σου είναι η τιμωρία σου από αυτούς τους επιτυχημένους ανθρώπους που δεν έχουν ανάγκη να εργαστούν. Υπάρχει λόγος που η σωματική ομορφιά έχει ιστορικά συσχετιστεί με τις μεταβαλλόμενες, αλλά πάντοτε νωχελικές, συνήθειες της αριστοκρατίας. Υπάρχει λόγος που στον ευτυχισμένο κόσμο του Ουώλτ Ντίσνεϋ δεν υπάρχουν εργαζόμενοι. Η ευτυχία είναι κρυμμένη σε κάποιο σεντούκι με χρυσά νομίσματα. Για τον ίδιο λόγο, είναι αναγκαίο να μην χαραμίζονται λεφτά από φόρους στην εκπαίδευση και την υγεία. Τα εκατομμύρια που ξοδεύονται σε στρατούς ανά τον κόσμο δεν μας προβληματίζουν επειδή αποτελούν μέρος των επενδύσεων που τα κράτη κάνουν με υπευθυνότητα, για να διατηρήσουν την επιτυχία των πλουσίων και το όνειρο των φτωχών για δόξα.

4. Υπάρχει αχαλίνωτος ρατσισμός που θα διορθωθεί μόνο με την ανεκτικότητα.

Όχι: οι αριστεροί βλέπουν τις φυλετικές σχέσεις μέσα από το πρίσμα του πεσιμισμού. Όμως το θέμα της φυλής δεν απασχολεί τους περισσότερους από εμάς, απασχολεί μόνον εκείνους.

Σαν να λέμε δηλαδή, όπως με το εφεύρημα της παγκόσμιας υπερθέρμανσης, ότι αν ένας συντηρητικός δεν έχει στο μυαλό του κάτι ή κάποιον, αυτό το κάτι ή ο κάποιος δεν υπάρχουν. Οι Δε Λας Κάσας, Λίνκολν και Μάρτιν Λούθερ Κινγκ πολέμησαν ενάντια στο ρατσισμό γιατί ήταν αδαείς. Αν οι ανθρωπιστές σταματούσαν να σκέφτονται τον κόσμο θα ήμασταν ευτυχέστεροι, επειδή ο πόνος των άλλων δεν θα υπήρχε, ούτε θα υπήρχαν άκαρδοι ληστές που κλέβουν από τους συμπονετικούς πλούσιους.

3. Έκτρωση.

Για να αποφύγουν την προσωπική ευθύνη, οι αριστεροί υποστηρίζουν την ιδέα της φόνευσης του αγέννητου.

Ο μαζικός φόνος των ήδη γεννημένων αποτελεί επίσης μέρος της ατομικής ευθύνης, σύμφωνα με την τηλεοπτικά μεταδιδόμενη δεξιά σκέψη, αν και κάποιες φορές αποκαλείται ηρωισμός και πατριωτισμός. Μόνο όταν ωφελεί το σπίτι μας. Αν κάνουμε λάθος που καταπιέζουμε ένα λαό, αποφεύγουμε την ευθύνη μιλώντας για την έκτρωση. Ένα διπλό ηθικό παζάρι, βασισμένο σε ηθική δύο μέτρων και δύο σταθμών.

2. Τα όπλα είναι φαύλα.

Οι αριστεροί μισούν τα όπλα και μισούν όσους θέλουν να αυτοπροστατευθούν. Σε αντίθεση, οι αριστεροί πιστεύουν ότι αυτή την προστασία θα έπρεπε να την παρέχει το κράτος. Και πάλι, δεν θέλουν να αναλάβουν ευθύνη για τον εαυτό τους.

Σαν να λέμε, οι βιαιοπραγούντες, οι ανήλικοι συμμορίτες, οι μαθητές που πυροβολούν στα λύκεια, οι έμποροι ναρκωτικών και οι λοιποί γκάγκστερ ασκούν το δικαίωμά τους να υπερασπίζονται το συμφέρον τους, το ατομικό και επιχειρηματικό. Κανείς άλλωστε δεν αμφισβητεί το κράτος και δεν πιστεύει στη δική του ευθύνη περισσότερο από αυτούς. Εξυπακούεται λοιπόν ότι οι στρατοί, σύμφωνα με το παραπάνω σκεπτικό, αποτελούν το βασικό στοιχείο της υπεύθυνης άμυνας που διεξάγεται από το ανεύθυνο κράτος.

1. Ο κατευνασμός του κακού εξασφαλίζει την ειρήνη.

Οι αριστεροί πάντοτε θέλησαν να κατευνάσουν τους Ναζί, τους δικτάτορες και τους τρομοκράτες.

Η σοφία του συγγραφέα δεν φτάνει στο σημείο να λάβει υπόψη ότι πολλοί αριστεροί ήταν συνειδητά υπέρ της βίας, και ως παράδειγμα θα αρκούσε να θυμηθούμε τον Ερνέστο Τσε Γκεβάρα – μολονότι αντιπροσωπεύει τη βία του σκλάβου μάλλον, παρά του αφέντη. Είναι αλήθεια, οι συντηρητικοί δεν έχουν κατευνάσει δικτάτορες: στη Λατινική Αμερική τουλάχιστον, τους εξέθρεψαν. Στην τελική, οι δικτάτορες υπήρξαν πάντοτε φίλοι των όπλων και μάλιστα έκλειναν πολύ καλές συμφωνίες στο όνομα της ασφάλειας. Οι Ναζί, οι δικτάτορες και οι τρομοκράτες κάθε είδους, έτσι όπως ρέπουν προς την ιδεολογική υπεραπλούστευση, θα συμφωνούσαν επίσης με το τελευταίο κομμάτι στη συλλογιστική της λίστας: «Οι αριστεροί δεν καταλαβαίνουν ότι κάποιες φορές η βία είναι η μόνη λύση. Το Κακό υπάρχει και πρέπει να εξαρθρωθεί». Και, τέλος: «Θα το σκοτώσουμε [το Κακό], ή αυτό θα σκοτώσει εμάς, είναι τόσο απλό. Θα σκοτώσουμε το Κακό, ή το Κακό θα σκοτώσει εμάς. Το μόνο πράγμα που είναι πιο απλουστευτικό από αυτό είναι η αριστερή σκέψη».

Άμπρα κατάμπρα!

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* Ο Χόρχε Μαχφούντ γεννήθηκε στο Τακουαρεμπό της Ουρουγουάης το 1969. Διδάσκει λατινοαμερικανική λογοτεχνία στο Πανεπιστήμιο της Τζώρτζια. Έχει επισκεφτεί περισσότερες από σαράντα χώρες, και οι ταξιδιωτικές του εντυπώσεις περιλήφθηκαν στα μυθιστορήματα και τα δοκίμιά του. Έχει εκδώσει, μεταξύ άλλων, τα μυθιστορήματα Hacia qué patrias del silencio (memorias de un desaparecido) (1996), La reina de América (2002) και Perdona nuestros pecados (2007), καθώς και τα δοκίμια Crítica de la pasión pura (1998). Έργα του έχουν μεταφραστεί στα αγγλικά και τα πορτογαλικά. Ιστορίες και άρθρα του έχουν κυκλοφορήσει σε διάφορες εφημερίδες και περιοδικά όπως οι El País και La República του Μοντεβιδέο, Página/12 του Μπουένος Άιρες, Milenio του Μεξικού καθώς και τα Rebelión και Hispanic Culture Review του Πανεπιστημίου George Mason. Είναι ιδρυτής και εκδότης του περιοδικού SigloXXI – reflexiones sobre nuestro tiempo, και τακτικός συνεργάτης της εβδομαδιαίας έκδοσης της República, Bitácora.

[1] Στις 29 Ιουλίου 1966, κατόπιν διαταγών του δικτάτορα μόλις από την προηγουμένη Juan Carlos Onganía, η αστυνομία εισέβαλε στο Πανεπιστήμιο του Μπουένος Άιρες, ξυλοκόπησε και συνέλαβε τους ενάντιους στη δικτατορία φοιτητές και καθηγητές, και κατέστρεψε εργαστήρια και βιβλιοθήκες. Η πανεπιστημιακή αυτονομία καταλύθηκε και πάρα πολλοί καθηγητές απολύθηκαν ή αυτοεξορίστηκαν. Το περιστατικό είναι γνωστό ως «νύχτα των κλομπ» (La Noche de los Bastones Largos). (Σ.τ.Ε.)

La liberación postergada

Neptuno alegórico, by Sor Juana Inés de la Cru...

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La liberación postergada

Con escasas excepciones, los ejércitos latinoamericanos han sido siempre el brazo derecho de la oligarquía criolla. Por lo general y con heroicas excepciones, cada soldado, por humilde que fuese, siempre tuvo un único discurso ideológico, basado en conceptos como “orden”, “patria” y “honor”, que le permitió una acción rápida e irreflexiva, llegando a matar en “cumplimiento del deber”. Su tarea no era la de pensar, claro; ese sería un grave defecto en un militar de bajo rango, según el sistema al cual debe someterse y defender incondicionalmente. En un militar de alto rango el pensamiento esta permitido, aunque limitado sólo a aspectos técnicos; nunca —o rara vez— filosóficos. Pese a todo, sus acciones siempre estuvieron justificadas en la salvación de la “verdadera moral” (es el lugar donde se “hacen hombres”), al mejor estilo de la vieja Inquisición. Esto es lógico: todos sabemos que una respuesta que no acepta cuestionamientos —por la razón lógica o por las armas— es siempre la verdad.

Se comprende, entonces, por qué la tradición de los ejércitos latinoamericanos, como el de la Iglesia Católica —por lo menos hasta finales del siglo XX—, ha sido conservar los privilegios de una clase criolla acomodada, en usufructo de una ideología transparente. Aquí quisiera aclarar que, para mí, toda ideología dominante es “transparente” (nos rodea de forma invisible), mientras que cualquier otra ideología que se le oponga tendrá el carácter inevitable de “visibilidad”, con lo cual son definidas, peyorativamente, como “ideologías”, como si la ideología principal no lo fuera, como si formara parte de la naturaleza, del aire. Por otro lado, las ideologías dominantes suelen operar a través de falsos “pares de opuestos”. En nuestra historia más reciente, esos pares fueron orden/desorden, patriota/vendepatria y luego pacificación/memoria, etc. Una vez establecido arbitrariamente la dicotomía, se busca identificar al oprimido con el segundo término: el negativo (Jacques Derrida).

La clase dominante, junto con la Iglesia tradicionalista dictaron el discurso ideológico legitimador, la moral del terrateniente latinoamericano. Por ello Phillip Berryman llamó a las dictaduras latinoamericanas “fascismo dependiente” ()

Cualquiera que haya salido del continente latinoamericano puede observar cuáles son las tres instituciones que caracterizan el paisaje social e histórico de América Latina: el Estado, la Iglesia y el Ejercito. Ésta es una característica de las sociedades latinoamericanas que la diferencian de otras regiones del mundo, como pueden serlo Europa y Estados Unidos. Bien, se podrá decir que el poder del ejército norteamericano es un elemento de primer orden político e ideológico. Sin embargo, la manifestación de este poder ha sido, después de la Guerra Civil del siglo XIX, hacia fuera —característica que la hace más coherente con la propia concepción histórica de ejercito—, mientras que en el caso latinoamericano tradicionalmente su acción represiva ha apuntado hacia dentro, no en beneficio de un país —como siempre se pretendió con el conocido eslogan “salvaguardia de la patria”— sino en beneficio de una clase: la clase dominante.

La historia latinoamericana está llena de estos ejemplos. El delito del sacerdote Romero en El Salvador fue repetir que “ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios: no matarás” Por esta prédica “peligrosa” fue asesinado por el ejército mientras decía una misa. Quienes lo mataron lo hicieron bajo la convicción de “salvar a la patria del marxismo”, aunque ninguno de ellos tenía una vaga idea de quién había sido Marx (más allá de que se llamaba Groucho y fumaba habanos, como el Che Guevara). Ninguno de sus asesinos sabía si el “curita revoltoso” era, de hecho, marxista o no. ¿Pero eso qué importa? ¿Cuándo importó —sinceramente— la razón, el diálogo, la reflexión? ¿Para qué pensar si eso es peligroso? ¿Para qué cuestionar? A Cristo y a Sócrates los condenaron a muerte por esa mala costumbre de “remover” las sólidas verdades donde se asienta el “honor” de una sociedad. Y por ello todas las universidades de América Latina —y de más allá— están llenas de idiotas que se dedican a investigar y a pensar. Subversivos, en una palabra. Rehenes del marxismo, de los terroristas y de Sor Juana Inés de la Cruz, sin duda, la peor de todas.

Sin embargo, la pureza no ha sido posible a través de la “limpieza”. Así como todos somos freudianos en alguna medida, lo mismo podíamos decir sobre el marxismo: ¿qué corriente feminista, por ejemplo, podría decir que sus reivindicaciones no tienen un origen marxista? Por supuesto que podemos encontrar feministas que vivieron antes del siglo XIX. Sor Juana, por ejemplo. Murió silenciada por la Santa Iglesia en 1695 (vieja costumbre de la santidad: pecar y cien años después pedir perdón). Pero eso es una lectura que podemos hacer desde nuestro tiempo, hacia atrás. Si quisiéramos, también podríamos interpretar que Cleopatra era feminista, y entonces no existía eso que llamamos “feminismo”. La diferencia es que el pensamiento marxista hizo consciente un cúmulo de conceptos y análisis que hoy es moneda común hasta en la derecha más reaccionaria, por lo menos como discurso. Prácticamente no existe aquel, por más antimarxista que sea, que no haya defendido algún principio de origen marxista, ya sea político, económico, metodológico o filosófico. Sólo que su ignorancia lo salva y lo purifica.

Ahora, veámoslo desde una perspectiva histórica y política. Creo que no se puede entender la resistencia latinoamericana, en su gran mayoría “izquierdista” a través de la historia, por una simple influencia cubana o soviética. Para ello, debemos considerar el insoportable peso de la clase oligárquica en América Latina desde el nacimiento como naciones “independientes”, apoyada siempre por las grandes instituciones verticales de la Iglesia Católica tradicional y el ejército. Las grandes diferencias sociales que ostentó de forma obscena la familia Latinoamericana es otro elemento de tensión que explican la “reacción” de las clases desposeídas.

Nuestro país, gracias a Dios, ha sido históricamente el país más laico de las Américas. Pero su relativo laicismo nunca fue la norma en el continente. La estrecha relación del Estado y la Iglesia en América Latina es una herencia de la vieja España que, con agresividad —y confundiendo, como era costumbre en sus tratados de caballería, la cruz con la espada—, luchó contra moros y judíos y trasladó la batalla mesiánica al nuevo continente. Su estructura de dominación, rígida y vertical, encontró en los nuevos ejércitos los sustitutos de las antiguas caballerías del renacimiento que se vanagloriaban de cortar mil cabezas en los campos de batallas para imponer la “sagrada fe católica”.

Este proceso no fue el mismo en Norteamérica, donde una visión más liberal de la sociedad y del individuo la independizaron de las rígidas estructuras españolas. No sólo la Reforma fue una desestructuración del poder central (al tiempo que puso el acento en el valor del individuo) sino que además los colonos de los nuevos Estados Unidos fueron capaces de una independencia más real que la que obtuvimos en América Latina que sustituyó —como dice José Luis Gómez-Martínez— la autoridad española por la oligarquía criolla. Ésta oligarquía, caudillista y dirigente, nunca fue consciente de que la liberación económica de las clases sumergidas resultaría en un beneficio general. O tal vez sí fue consciente… Por lo tanto, nunca hubo una verdadera independencia para el resto de la población. Razón por la cual siempre estamos hablando de “liberación”, como si en el inconsciente colectivo estuviese presionando, de forma permanente, el trauma de “no haber sido”.

Aún hoy, en América Latina, se da la norma que las instituciones de enseñanza católicas (ya sean de educación básica como universitaria) se caracterizan por servir a las clases más ricas —futuras elites de dirigentes—, en vez de ocuparse de las clases más pobres, como parece sugerir el Evangelio. Lo cual es una larga tradición que se acepta sin mayores cuestionamientos.

Sin embargo, y procediendo de una historia diferente, la potencia económica y militar del siglo XX, Estados Unidos, cuando intervino en América Latina lo hizo para contrarrestar la insurgencia de las clases pobres, de las clases obreras que se identificaban con el discurso de la izquierda, ya que no podían hacerlo con sus tradicionales opresores —la oligarquía, la iglesia y el ejército—. Esta intervención, según Berryman, “combinaba la ayuda para el desarrollo con un aumento de los ejércitos y de la policía para enfrentar el desafío de la insurgencia”

Claro, el escenario nacional e internacional ha cambiado. También cambiará el escenario político. Sin embargo, las estructuras culturales, económicas y sociales son prácticamente mismas. Un cambio político podrá impulsar grandes cambios personales y simbólicos, pero prácticamente ninguno en lo que se refiere a la estructura opresiva. Para ello serían necesarios tres pasos indispensables:

1)    Toma de conciencia;

2)    Toma de acción;

3)  Toma del poder.

Conciencia del individuo y de la sociedad en su conjunto sobre su opresión y sobre su propia potencialidad deconstructora y creativa. Acción en tal sentido, individual y colectiva, con el objetivo de alcanzar el poder necesario para una verdadera liberación. Finalmente, me refiero al poder civil, aquel que resulte de una unión consciente y comprometida (desobediente) de cada individuo, del verdadero ciudadano del mundo, aquel que ha logrado la liberación a través de la desobediencia moral.

Sólo así se romperá el perverso ciclo que lleva al recambio y a la renovación de actores y de colores en la misma historia de opresión de siempre.

© Jorge Majfud

Athens, abril de 2004

Honduras y Uruguay: tan diferentes, tanto iguales

Nuestra memoria no olvida!, nuestra dignidad n...

El realismo mágico latinoamericano


Honduras y Uruguay: tan diferentes, tanto iguales

El realismo mágico, como cualquiera sabe, fue una marca de fábrica de la literatura latinoamericana de los años ‘60. Muchos críticos señalan que fue un producto de las editoriales internacionales. Quizás producto también del poderoso mercado de lectores europeos y norteamericanos ávidos de exotismos matizados con dictadorcillos vestidos de guayaberas. Así habrían redescubierto al Juan Rulfo de los ‘50 y al cubano Alejo Carpentier de los ‘40.

Entiendo que el realismo mágico está explícito en el principal género del realismo —la crónica—, como en Crónica del Perú (1553) de Pedro Cieza de León y en el resto de la locura del colonizador y el martirio del colonizado. Pero tampoco se acaba con los imitadores de García Márquez en los años ‘80 ni se limita a la literatura tradicional. La ficción, la literatura son espacios de encuentro de una realidad que la sobrepasa y la alimenta. En gran medida nuestro pueblo latinoamericano está hecho en el mito, en el mejor de los casos, y en la irracionalidad mágica, en el peor. Las dictaduras militares dieron pruebas de ello hasta el hastío.

Hoy el realismo mágico es tan ubicuo en la realidad latinoamericana que no sólo se confunde con la realidad sino que ni siquiera se lo ve como mágico.

Para prueba dos ejemplos en las antípodas de América latina: Honduras y Uruguay. En el país centroamericano se escribió una constitución que niega los cambios en la historia y es la base de un sistema democrático representativo que niega un referéndum serio para modificar su letra. Por el contrario, impone castigos a quienes se atrevan a semejante herejía. Los caciques y sacerdotes siempre son celosos en estos puntos que se refieren al status quo. Es decir, como una maldición bíblica, la letra que se pretende sagrada impone su dictadura sobre los humanos que debieron ser sus autores o correctores. Una constitución republicana que es el producto de la filosofía del humanismo y del iluminismo se convierte así en un texto irracional, sagrado como cualquier texto escrito por cualquier dios.

Por el otro lado, aparentemente Uruguay opta por lo contrario en el momento de organizar su sociedad. Con una democracia centenaria, interrumpida dos o tres veces por el autoritarismo feudal, más típico en otros países del continente, ha recurrido muchas veces en los últimos años al referéndum como ejercicio de una tímida democracia directa.

No obstante, en un par de veces, como aconteció en el último referéndum, pone a consulta popular precisamente aquello que no puede ser decidido por un grupo para ser impuesto a otro, por minúsculo que sea. El referéndum (2009) para derogar la Ley de Caducidad en su búsqueda de derribar la muralla legal que protege a los violadores contra el relamo de justicia de sus víctimas, en los últimos treinta años ha sido el único recurso de los débiles y el involuntario instrumento de legitimación de los violadores de los Derechos Humanos, de sus cómplices y del error histórico de medio pueblo deformado por la dialéctica de la dictadura y la estratégica indiferencia.

Ningún grupo puede imponer, por uno de esos momentos de delirio colectivo tan comunes en la historia, la violación de los derechos humanos de una sola persona. ¿Podría un referéndum permitir o imponer la violación sexual de una niña? Pensarán que exagero, pero una segunda consideración evidencia que no. Aunque menos gráfico, ¿podría un referéndum nacional negarle a un padre el derecho a ver al violador castigado por ese delito? No, nunca.

El ejemplo parece obvio porque no tiene implicaciones políticas. Pero ¿alguien diría que los crímenes que se cometieron —incluidos los crímenes sexuales— con la arrolladora impunidad del estado no son equiparables a la violación de una niña? Sí lo fueron. No en un caso, en muchos. Sin contar con el impacto que deja en un pueblo entero el terrorismo de Estado con sus múltiples tentáculos. Lo cual se prueba sólo con la existencia de referéndums exculpatorios de criminales en masa, los que reproducen la violencia a través de la impunidad de una minoría en complicidad con la cobardía o con el delirio colectivo.

El profesor Emilio Cafassi, en uno de sus recientes análisis sobre las elecciones uruguayas se pregunta cómo resolvieron los hijos los conflictos de los padres que participaron en la dictadura de los ‘60. Las mismas inquisiciones hice muchas veces en distintos países a algunos alemanes que fueron niños, hijos de correctos ciudadanos que apoyaron democráticamente y en masa el terror del nazismo. Siempre recibí balbuceos nerviosos, confusos en el mejor de los casos. Aludiendo al uso propagandístico del nombre “Pedro” del joven candidato del partido Colorado, Pedro Bordaberry, el hijo del dictador Juan María Bordaberry, Cafassi nos deja una de las más breves y agudas observaciones que se han realizado sobre las últimas elecciones: “Hoy la gran pregunta de los hijos es qué hicieron sus padres en ese período. Pedro, por ejemplo, la respondió en su campaña economizando apellido”.

En los dos casos, de Honduras y de Uruguay, el atentado es contra los Derechos Humanos conquistados a lo largo de la tradición del humanismo de los últimos siglos. Uno, negando la consulta popular para ejercer un derecho democrático a cambiar o a permanecer; el otro, usándola como forma de legitimar la violación de los derechos elementales de una minoría. En ambos casos se trata del triunfo de la irracionalidad, de la centenaria tradición del realismo mágico que en literatura ha producido tantas obras maestras y en la política tantos crímenes impunes.

Jorge Majfud

Lincoln University, noviembre 2009.

La Republica (Uruguay)

Crisis V

Crisis V

Miércoles 31 de diciembre. Dow Jones: 8.668

El Reno, Oklahoma. 6:15 PM

—Ernesto, algún día tendrás que reconocer que en América Latina la política de izquierda es la continuación de la literatura por otros medios.

—Bueno, che. Aunque no toda, no niego que tengas algo de razón. Ya ves que la gente de derecha como vos también es capaz de producir ideas interesantes.

—Es que la realidad casi nunca es interesante. Ustedes los poetas no quieren aceptarlo y por eso producen más ideas interesantes de las que son posibles o necesarias. Muchas ideas interesantes, pero muy pocas tienen algo que ver con la realidad.

—Lo bueno que tiene la realidad es que siempre se la puede ver desde un punto de vista diferente. Lo cual no quiere decir que no exista una realidad concreta sino precisamente lo contrario. Somos un continente poético. Esa es nuestra realidad, si nos permiten. O lo fuimos. Por algo los países pobres del Caribe encabezan la lista anual de los países más felices del mundo. Entre tanto dolor y tantas injusticias, si no sos un poeta estás frito.

—Pero no por eso dejan de tirarse al agua para buscar el sueño americano.

—Evidentemente, no todos. En casos como el tuyo, no hay misterio. En otros casos, sino en el resto, unas veces es el hambre y otras veces el espíritu de aventura que mueve al latino. No es la aventura del pirata; es la aventura del Quijote en las entrañas de la bestia, como decía Martí. El Che, que llamaba Rocinante a la aventura, estuvo pensando seriamente conseguir una beca en Estados Unidos o en Francia.

—Ahora entiendo por qué Estados Unidos y Franca dan tan buenas becas para estudiar marxismo en sus universidades. El socialismo marxista nació con el nombre de socialismo científico y tuvo su mayor inspiración en el arte latinoamericano. Pero por lo visto el arte es siempre más peligroso.

—Cada uno se inspira en lo que puede.

—Qué no era el Che sino un poeta radical. No era un poeta que se dedicó a otra cosa. Era un poeta que no se dedicó a escribir poemas. Un poeta que se dedicó a hacer poesía, aunque sus versos le dolieran a más de uno en la cabeza. Creció y murió con un libro de Pablo Neruda.  Sus poemas escritos no eran tan buenos. Era mejor teorizando, escribiendo en prosa, poetizando la realidad, realizando la poesía. Pudo llegar a ser uno de los escritores del boom latinoamericano si no se hubiese tomado tan en serio la cosa. Hizo el camino inverso de Cervantes. El mismo camino del Quijote, de las letras a las armas. Y después, cuando tuvo algún éxito, no pudo conformarse con la realidad. Eso de un mundo sin dinero, sin trabajo a desgano, sin egoísmos… Un Hombre Nuevo. Muy bonito.  Y sus discursos, dios mío, eso también era poesía pura. Hasta Salvador Allende le había copiado el tono, que a su vez era una versión mejorada de aquellas exclamaciones tipo olas del Pacifico que era Pablo Neruda recitando. Es el complejo José Martí, otro poeta, como todos los guerrilleros. Hasta un militar como Chávez está obsesionado con la literatura, lo que ya es mucho decir. Esa manía de regalarles libros a sus enemigos pinta a los zurdos de cabo a rabo. O recitando poemas en medio de esos discursos kilométricos, interminables como los de Fidel, tipo Cien años de soledad. Aunque a decir verdad, el único que no tenía sentido para la poesía fue Fidel. Pero era otro maestro de la prosa. Otro hombre de literatura, pero con cierto sentido de la realidad. Por eso pudo seguir.

—Ya veo hacia dónde vas, Ricardito. Ahora, si eres poeta y declaras que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos, eso no quita que sea verdad. Al menos para un espacio euclídeo, es decir, un espacio humano.

Jorge Majfud

Honduras: la constitución ilegítima

Vista Exterior del Fuerte de Omoa - Honduras. ...

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Honduras: La costituzione illegittima (Italian)

The Illegitimate Constitution (English)

Honduras A Constituição Ilegítima (Portuguese)

La constitución ilegítima

La disputa dialéctica sobre la legalidad del violento proceso de destitución y expulsión del presidente de Honduras no está cerrada. Hace meses expusimos nuestro punto de vista, según el cual no hubo violación a la constitución por parte del presidente Zelaya en el momento de convocar a una encuesta no vinculante sobre una asamblea constituyente. Pero en el fondo esta discusión es vana y encubre otro problema en su raíz: la resistencia de una clase y de una mentalidad que moldeó los estamentos de su propia Republica Bananera y busca desesperadamente identificar cualquier cambio con el caos al tiempo que impone la represión de su pueblo y de los medios de comunicación que le son adversos.

El principal argumento de los golpistas en Honduras radica en que la constitución de 1982 no permite cambios en su letra (artículos 239 y 374) y establece la remoción de sus cargos a quienes las promuevan. La Ley de Participación ciudadana de 2006, que promueve las consultas populares, nunca fue acusada de inconstitucional. Por el contrario, la participación popular es una prescripción de la misma constitución (articulo 45). Todo lo que revela el espíritu escolástico de sus redactores, matizado con un lenguaje humanístico.

Ninguna norma, ninguna ley puede estar por encima de la constitución de un país. Sin embargo, ninguna constitución moderna ha sido dictada por Dios sino por seres humanos para beneficio propio. Es decir, ninguna constitución puede estar por encima de un derecho natural como lo es la libertad de un pueblo para cambiar.

Una constitución que establece su propia inmodificabilidad está confundiendo su origen humano y precario con un origen divino; o está pretendiendo establecer la dictadura de una generación sobre todas las generaciones por venir. Si este principio de inamovilidad tuviese algún sentido, deberíamos suponer que antes que la constitución de Honduras sea modificada debería desaparecer Honduras como país. De lo contrario, dentro de mil años ese país deberá regirse por la misma letra.

Ya los ortodoxos religiosos quisieron evitar cambios en el Corán y en la Biblia contando el número de palabras. Cuando las sociedades y sus valores cambian pero no se puede cambiar un texto sagrado, se salva el texto interpretando a favor de los nuevos valores. Esto queda demostrado por la proliferación de sectas, ismos y nuevas religiones que surgen de un mismo texto.

Pero en un texto sagrado la prohibición de cambios, aun siendo imposible, está mejor justificada, ya que ningún hombre puede enmendarle la letra a Dios.

Estas pretensiones de eternidad y perfección no fueron raras en las constituciones iberoamericanas que en el siglo XIX pretendieron inventar republicas, en lugar de que los pueblos inventaran sus repúblicas y las constituciones a su medida y según el pulso de la historia. Si en Estados Unidos aun está vigente la constitución de 1787 ello se debe a su gran flexibilidad y a sus muchas enmiendas. De no ser así, hoy este país tendría tres cuartas partes de un hombre en la presidencia; un casi-humano. “Ese negrito ignorante”, como lo llamó el ex canciller de facto Enrique Ortez Colindres. Por si fuese poco, el artículo V de la famosa constitución de Estados Unidos prohibía cualquier cambio de estatus constitucional referido a los esclavos.

El resultado de una constitución como la de Honduras no es otro que su propia muerte, previo derramamiento se sangre más tarde o más temprano.

Quienes alegan defenderla deberán hacerlo con la fuerza de las armas y con la estrecha lógica de un conjunto de normas que violan uno de los derechos naturales más básicos e irrenunciables.

Desde hace siglos, los filósofos que imaginaron y articularon las utopías que hoy se llaman Democracia, Estado y Derechos Humanos lo dijeron de forma explicita: ninguna ley está por encima de estos derechos naturales. Y si así se pretendiera, la desobediencia está justificada. La violencia no procede de la desobediencia sino de quien viola un derecho fundamental. Para todo lo demás está la política. La negociación es la concesión que hacen los débiles. Una concesión conveniente, inevitable, pero a largo plazo siempre insuficiente.

Una democracia madura implica una cultura y un sistema institucional que prevenga las rupturas de las reglas de juego. Pero al mismo, y por esto mismo, una democracia se define por permitir y facilitar los inevitables cambios que vienen con una nueva generación, con la mayor conciencia histórica de una sociedad.

Una constitución que lo impida es ilegitima ante el inalienable derecho a la libertad (de cambiar) y la igualdad (de decidirlo). Es papel, es un contrato fraudulento que una generación impone a otra en nombre de un pueblo ya inexistente.

Jorge Majfud

Setiembre 2009, Lincoln University.

La costituzione illegittima

Dr. Jorge Majfud, Lincoln University.

Tradotto da Maria Rubini

La disputa dialettica sulla legittimità dell’espusione del presidente Zelaya in Honduras non è chiusa. Mesi fa abbiamo esposto il nostro punto di vista, secondo cui non vi è stata alcuna violazione della Costituzione da parte del Presidente Zelaya nel richiamare un sondaggio non vincolante su una assemblea costituente. Ma in fondo questa discussione è inutile perchè si nasconde un altro problema alla radice: la resistenza di una classe e di una mentalità che hanno plasmato la terra della repubblica delle banane, nella disperata ricerca di individuare quali potessero essere eventuali cambiamenti,  imponendo la repressione al popolo e ai media che si dimostrassero negativi.

L’argomento principale del colpo di stato in Honduras è che la Costituzione del 1982 non consente la modificha dell’ artt. 239 e 374 e prevede la rimozione dalla carica coloro che la promuovono.La partecipazione dei cittadini Act del 2006, che promuove le consultazioni popolari, non è mai stato accusato di incostituzionalità. Per contro, la partecipazione popolare è un requisito della Costituzione stessa (articolo 45). Tutto ciò rivela lo spirito scolastico dei suoi autori, temperato con un linguaggio umanistico.

Nessuna regola o legge può essere al di sopra della costituzione di un paese. Tuttavia, nessuna costituzione moderna è stata rivelata da Dio, ma da esseri umani a scopo di lucro. Cioè, nessuna costituzione può essere al di sopra del diritto naturale,  della libertà del popolo di modificarla.

Una Costituzione che stabilisce la propria immutabilità è confusa e precaria, confonde l’ origine umana con l’origine divina e tenta di instaurare la dittatura di una generazione su tutte le generazioni a venire.

L’ortodissia religiosa voleva evitare i cambiamenti nel Corano e nella Bibbia contando il numero di parole. Non è possibile modificare un testo sacro, il testo viene salvato per interpretare i nuovi valori.Ciò è dimostrato dalla proliferazione delle sette e delle nuove religioni e ismi derivanti dal testo stesso.

Ma il divieto della modifica di un testo sacro, è meglio giustificato, dal momento che nessun uomo può modificare la parola di Dio.

Queste affermazioni di eternità e di perfezione, non erano rare nelle costituzioni latino-americane nel XIX secolo che hanno tentato di inventare repubbliche, piuttosto che inventare le loro repubbliche e costituzioni a misura del loro popolo e secondo il corso della storia.Se negli Stati Uniti è ancora in vigore la Costituzione del 1787 ciò è dovuto alla sua flessibilità e a molti suoi emendamenti. In caso contrario, in questo Paese oggi sarebbe alla presidenza un uomo per tre-quarti umano (un semi-Dio). Come se non bastasse, l’articolo V della famosa Costituzione vieta qualsiasi modifica dello status costituzionale agli schiavi.

Il risultato di una costituzione come quella dell’ Honduras non è altro che la sua morte, con spargimento di sangue, prima o poi.

Coloro che sostengono di difenderla, devono farlo con la forza delle armi e con la logica stretta di una serie di norme che violano uno dei più fondamentali e naturali diritti inalienabili.

Per secoli, i filosofi che scrivevano di utopie immaginate e che ora si chiamano democrazia, dello Stato e dei diritti umani, hanno detto esplicitamente: nessuna legge è al di sopra di questi diritti naturali.

E se fosse destinato, la disobbedienza è giustificata. La violenza non viene dalla disobbedienza, ma dalla violazione un diritto fondamentale.

Tutto il resto è politica. La negoziazione è la concessione che rendono i deboli. Un premio del caso, inevitabile, ma a lungo termine sempre insufficiente.

Una democrazia matura implica una cultura e un sistema istituzionale volto a prevenire le violazioni delle norme. Ma allo stesso tempo, e per la stessa ragione, la democrazia è definita da consentire e facilitare gli inevitabili cambiamenti che vengono con una nuova generazione, con una maggiore coscienza storica di una società.

Una Costituzione che impedisce il diritto inalienabile alla libertà (per cambiare) e l’uguaglianza (di decidere) non è legittima. E la carta, è un contratto fraudolento che si impone da una generazione a un’altra, a nome di un popolo che non esiste più.

Honduras A Constituição Ilegítima

Uma constituição que o impeça é ilegítima diante do inalienável direito à liberdade (de mudar) e à igualdade (de decidi-lo). É papel, é um contrato fraudulento que uma geração impõe a outra em nome de um povo já inexistente.
Jorge Majfud

A disputa dialética sobre a legalidade do violento processo de destituição e expulsão do presidente de Honduras não está fechada. Há meses expusemos nosso ponto de vista, segundo o qual não houve violação à constituição por parte do presidente Zelaya no momento de convocar uma consulta não vinculante sobre uma assembléia constituinte. Porém no fundo esta discussão é vã e encobre outro problema em sua raiz: a resistência de uma classe e de uma mentalidade que modelou os estamentos de sua própria República bananeira e busca desesperadamente identificar qualquer mudança com o caos ao mesmo tempo em que impõe a repressão de seu povo e dos meios de comunicação que lhe são adversos.

O principal argumento dos golpistas em Honduras radica em que a constituição de 1982 não permite mudanças em seu texto (artigos 239 e 374) e estabelece a remoção de seus cargos daqueles que as promovam. A Lei de Participação cidadã de 2006, que promove as consultas populares, nunca foi acusada de inconstitucional. Pelo contrário, a participação popular é uma prescrição da mesma constituição (artigo 45). Tudo o que revela o espírito escolástico de seus redatores, matizado com uma linguagem humanística.
Nenhuma norma, nenhuma lei pode estar acima da constituição de um país. Sem embargo, nenhjma constituição moderna foi ditada por Deus senão por seres humanos em benefício próprio. Ou seja, nenhuma constituição pode estar acima de um direito natural como é a liberdade de um povo para mudar.

Uma constituição que estabeleça sua própria imodificabilidade está confundindo sua origem humana e precária com uma origem divina, ou está pretendendo estabelecer a ditadura de uma geração sobre todas gerações por vir. Se este princípio de inamobilidade tivesse algum sentido, deveríamos supor que antes que a constituição de Honduras seja modificada, Honduras deveria desaparecer como país. Do contrário, dentro de mil anos esse país deverá reger-se pela mesma letra.

Já os ortodoxos religiosos quiseram evitar mudanças no Alcorão e na Bíblia contando o número de palavras. Quando as sociedades e seus valores mudam, porém não se pode mudar um texto sagrado, salva-se o texto interpretando a favor dos novos valores. Isto fica demonstrado pela proliferação de seitas, ismos e novas religiões que surgem de um mesmo texto.

Porém, em um texto sagrado, a proibição de mudanças, ainda sendo impossível, está melhor justificada, já que nenhum homem pode emendar a letra de Deus.
Estas pretensões de eternidade e perfeição não foram raras nas constituições latino-americanas que no século XIX pretenderam inventar repúblicas, em lugar de que os povos inventassem suas próprias repúblicas e as constituições a sua medida e segundo o pulso da história. Se nos Estados Unidos ainda está vigente a constituição de 1787, isso se deve a sua grande flexibilidade e a suas muitas emendas. Não fosse assim, hoje este país teria três quartas partes de um homem na presidência, um quase-humano. ?Esse negrito ignorante?, como o chamou o ex-chanceler de fato Enrique Ortez Colindres. Se isso fosse pouco, o artigo V da famosa constituição dos Estados Unidos proibia qualquer mudança de status constitucional referente aos escravos.

O resultado de uma constituição como a de Honduras não é outro que sua própria morte, prévio derramamento de sangue, mais cedo ou mais tarde.
Aqueles que alegam defendê-la, o fazem com a força das armas e com a força das armas e com a estreita lógica de um conjunto de normas que violam um dos direitos naturais mais básicos e irrenunciáveis.

Há séculos, os filósofos que imaginaram e articularam as utopias que hoje se chamam Democracia, Estado e Direitos Humanos o disseram de forma explícita: nenhuma lei está acima desses direitos naturais. E, se assim se pretendeu, a desobediência está justificada. A violência não procede da desobediência, senão de quem viola um direito fundamental. Para tudo o mais, está a política. A negociação é a concessão que fazem os débeis. Uma concessão conveniente, inevitável, porém, a longo prazo, sempre insuficiente.
Uma democracia madura implica uma cultura e um sistema institucional que preveja as rupturas das regras do jogo. Porém ao mesmo, e por isto mesmo, uma democracia se define por permitir e facilitar as inevitáveis mudanças que vem com uma nova geração, com a maior consciência histórica de uma sociedade.

Uma constituição que o impeça é ilegítima diante do inalienável direito à liberdade (de mudar) e à igualdade (de decidi-lo). É papel, é um contrato fraudulento que uma geração impõe a outra em nome de um povo já inexistente.
Jorge Majfud

Honduras: Los parásitos del pueblo gozan de buena salud

Latin America and the Caribbean

Image via Wikipedia

Os parasitas do povo (Portuguese)

 

Honduras

Los parásitos del pueblo gozan de buena salud

El domingo 28 de junio por la mañana, los militares de Honduras rodearon al presidente y, mientras lo apuntaban con sus armas le preguntaron por qué no había obedecido las órdenes del general Romeo Vásquez. Como el presidente pensaba que él debía dar las órdenes a sus subordinados, éstos lo invitaron a retirarse de la casa de gobierno. De ahí a un auto y luego a un avión de la fuerza aérea hasta Costa Rica.

Al mismo tiempo, todos los medios de comunicación del país fueron copados y se les sugirió por la fuerza no transmitir información que no fuera controlada directamente por el proceso democrático que se estaba llevando a cabo. Apenas pudimos escuchar las declaraciones del presidente depuesto al arribar a Costa Rica, unos pocos periodistas que “ilegalmente” informaron al mundo de lo que estaba pasando y unos cuantos hondureños que nos mantuvieron informados vía electrónica.

Según las fuerzas armadas de Honduras, todo este proceso fue en defensa de la legalidad y la constitución. Los militares se justificaron diciendo que recibían órdenes de la Corte Suprema. A pesar de que la constitución hondureña no prevé este mecanismo para saltearse la autoridad de un presidente legal y legítimo, era necesaria una excusa para tontos. La declaración sólo demuestra que en Honduras se llevó a cabo un golpe de estado con todas sus letras; en nombre de la “legalidad” militares y jueces se pasaron por encima la misma constitución.

Si en el pasado este trabajo de gorilas era propio de los altos jefes militares, ahora vemos que la misma ilegalidad está apoyada, promovida y justificada por el poder judicial de un país. La complicidad del parlamento confirma esta práctica: las leyes se respetan siempre y cuando sirvan a los intereses de los sectores más poderosos de una sociedad.

Cualquier constitución de cualquier país decente y democrático prevé la destitución de un presidente. Pero este proceso tiene determinadas condiciones y un número específico de etapas legales que garantizan su validez. Que yo recuerde, en ninguna constitución democrática se prevé que el presidente puede ser tomado por la fuerza militar, secuestrado y expulsado de su propio país. Menos en nombre de la legalidad. Menos por orden de un puñado de jueces. Menos con la complicidad del jefe de un parlamento que además es el opositor político del presidente.

Todo lo cual demuestra hasta qué profundidad la cultura golpista sobrevive aún en las clases dirigentes de Honduras. Y no sólo de Honduras, lo que de paso sirve para estar alertas ante las viejas sobras de la historia latinoamericana.

Hoy defender al presidente Zelaya no es defender sus políticas ni mucho menos a su persona. Hoy defenderlo, aún contra las instituciones (secuestradas) de Honduras significa defender la democracia y cualquier estado de derecho en cualquier parte del mundo basado en el respeto a las leyes y la constitución no sólo cuando conviene. Porque en una democracia las leyes y la constitución no se corrigen rompiéndolas sino cambiándolas. Algo que precisamente pretendía hacer el presidente secuestrado.

Lamentablemente debo terminar esta breve nota de profundo repudio con las últimas líneas con que terminé la nota anterior al golpe:

Hoy Honduras se debate ante el desafío latinoamericano de enfrentar cualquier cambio político hacia la igual-libertad, hacia su destino de independencia y dignidad, o volver a los miserables tiempos en que nuestros países eran definidos como republiquetas o repúblicas bananeras.

Jorge Majfud

Junio, 2008

Pagina/12 (Argentina)


HONDURAS : LES PARASITES DU PEUPLE

Par Jorge Majfud, Lincoln University

Traduction : Esteban

Révision : Fausto Giudice

Hier, dimanche 28 juin au matin, les militaires du Honduras ont encerclé le Président et, pointant leurs armes sur lui, ils lui ont demandé pourquoi il n’avait pas obéi aux ordres du général Romeo Vásquez. Comme le président pensait que c’était à lui de donner les ordres à ses subordonnés, ceux-ci l’ont invité à quitter le Palais du Gouvernement. De là dans une voiture puis dans un avion des forces aériennes jusqu’au Costa Rica.

Simultanément, tous les médias du pays ont été réquisitionnés et on leur a suggéré par la force de ne transmettre aucune information qui ne soit directement contrôlée par le processus démocratique qui était en cours. Aussitôt que nous avons pu entendre écouter les déclarations du président destitué qui avait atterri au Costa Rica, quelques journalistes ont «illégalement» informé le monde de ce que passait et quelques Honduriens nous ont tenus informés par voie électronique.

Selon les Forces Armées du Honduras, tout ce processus a été organisé pour défendre la légalité et la Constitution. Les militaires se sont justifiés en disant qu’ils recevaient des ordres de la Cour Suprême. En dépit de la Constitution hondurienne qui n’a pas prévu ce mécanisme pour ôter l’autorité d’un Président légal et légitime, il était donc nécessaire de trouver une excuse pour les idiots. La déclaration démontre qu’au Honduras il s’agit clairement d’un coup d’État dans tous les sens du terme ; au nom de la « légalité », des militaires et des juges ont passé outre la Constitution elle-même.

Si par le passé ce genre de travail de gorilles était réservé aux hauts chefs militaires, aujourd’hui nous pouvons voir que la même illégalité est soutenue, encouragée et justifiée par le pouvoir judicaire d’un pays. La complicité du Parlement confirme cette pratique : les lois ne sont respectées que si elles servent les intérêts des secteurs les plus puissants d’une société.

Toute Constitution dans tout pays digne de ce nom et démocratique prévoit la destitution d’un président. Mais ce processus se fait sous certaines conditions avec des étapes légales spécifiques qui garantissent leur validité. Autant que je m’en souvienne, dans aucune Constitution démocratique il n’est prévu que le président puisse être destitué par la force militaire, kidnappé et expulsé de son propre pays. Encore moins au nom de la légalité. Encore moins sur ordre d’une poignée de juges. Encore moins avec la complicité du chef d’un Parlement qui en outre est l’adversaire politique du Président.

Tout cela démontre jusqu’à quelle profondeur la culture putschiste se maintient encore dans les classes dirigeantes du Honduras. Et pas seulement au Honduras, et cela, soit dit en passant, doit servir à rester vigilants face aux résidus de l’histoire latino-américaine.

Défendre aujourd’hui le président Zelaya n’est pas défendre sa politique ni même sa personne. Aujourd’hui, le défendre, même contre les institutions (confisquées) du Honduras, signifie défendre la démocratie et tout État de droit dans une quelconque partie du monde qui soit basé sur le respect des lois et de la Constitution et pas seulement quand cela convient. Car dans une démocratie les lois et la Constitution ne se corrigent pas en les brisant, mais plutôt en les changeant. C’était précisément ce que prétendait faire le président qui a été destitué par la force.

Je le déplore mais, je dois terminer cette brève chronique de rejet profond avec les dernières lignes par lesquelles j’ai terminé la chronique précédant le coup d’État : aujourd’hui le Honduras se débat face au défi latino-américain : affronter un quelconque changement politique vers l’égal-liberté, vers son destin d’indépendance et sa dignité, ou revenir aux temps misérables où nos pays étaient définis comme des « républiquettes » ou des républiques bananières.

Os parasitas do povo

“Hoje, Honduras se debate diante do desafio latino-americano de enfrentar qualquer mudança política para a igual-liberdade, para o seu destino de independência e dignidade, ou de voltar aos miseráveis tempos em que os nossos países eram definidos como ‘republiquetas’ ou ‘repúblicas bananeiras’”.

Neste domingo, 28 de junho, pela manhã, os militares de Honduras cercaram o presidente e, enquanto apontavam suas armas contra ele, perguntaram-lhe por que não havia obedecido as ordens do general Romeo Vásquez. Como o presidente pensava que ele devia dar as ordens a seus subordinados, estes o convidaram a se retirar da Casa de Governo. Daí para um carro e depois a um avião da força aérea até a Costa Rica.

Ao mesmo tempo, todos os meios de comunicação do país foram dominados, e foi-lhes sugerido, pela força, que não transmitissem informação que não fosse controlada diretamente pelo processo democrático que estava sendo realizado. Apenas alguns poucos jornalistas, que “ilegalmente” informaram ao mundo sobre o que estava acontecendo, e uns quantos hondurenhos que nos mantiveram informados via eletrônica, conseguiram escutar as declarações do presidente deposto ao chegar à Costa Rica.

Segundo as Forças Armadas de Honduras, todo esse processo foi em defesa da legalidade e da Constituição. Os militares se justificaram dizendo que recebiam ordens da Corte Suprema. Apesar de que a Constituição hondurenha não preveja esse mecanismo para assaltar a autoridade de um presidente legal e legítimo, era necessária uma desculpa para bobos. A declaração só demonstra que, em Honduras, efetivou-se um golpe de Estado com todas as suas letras. Em nome da “legalidade”, militares e juízes passaram por cima da própria Constituição.

Se, no passado, esse trabalho de gorilas era próprio dos altos chefes militares, agora vemos que a mesma ilegalidade está apoiada, promovida e justificada pelo Poder Judicial de um país. A cumplicidade do Parlamento confirma essa prática: as leis são respeitadas sempre e quando sirvam aos interesses dos setores mais poderosos de uma sociedade.

Qualquer Constituição de qualquer país decente e democrático prevê a destituição de um presidente. Mas esse processo tem determinadas condições e um número específico de etapas legais que garantem sua validade. Pelo que eu me lembre, em nenhuma Constituição democrática se prevê que o presidente pode ser tomado pela força militar, sequestrado e expulso de seu próprio país. Menos ainda em nome da legalidade. Menos ainda por ordem de um punhado de juízes. Menos ainda com a cumplicidade de um chefe de um Parlamento que, além disso, é o opositor político do mandatário.

Tudo isso demonstra até que profundidade a cultura golpista sobrevive ainda nas classes dirigentes de Honduras. E não só de Honduras. O que aconteceu serve para estar alerta diante das velhas sobras da história latino-americana.

Hoje, defender o presidente Zelaya não é defender suas políticas, nem muito menos a sua pessoa. Hoje, defendê-lo, mesmo contra as instituições (seqüestradas) de Honduras, significa defender a democracia e qualquer estado de direito em qualquer parte do mundo, baseado no respeito às leis e à Constituição não só quando convém. Porque, em uma democracia, as leis e a Constituição não são corrigidas quebrando-as, mas sim mudando-as. Algo que precisamente o presidente sequestrado pretendia fazer.

Lamentavelmente, devo terminar essa breve nota de profundo repúdio com as últimas linhas com as quais terminei a nota anterior ao golpe:

Hoje, Honduras se debate diante do desafio latino-americano de enfrentar qualquer mudança política para a igual-liberdade, para o seu destino de independência e dignidade, ou de voltar aos miseráveis tempos em que os nossos países eram definidos como ‘republiquetas’ ou repúblicas bananeiras.

Jorge Majfud

Tradução de Moisés Sbardelotto.

Jorge Majfud, escritor uruguaio e professor da Escola de Humanidades da Lincoln University. O artigo foi publicado no jornal argentino Página/12, 29-06

América latina y el violento camino hacia la liberación humanista

(ensayo)

El humanismo actual y sus enterradores

Una de las características del pensamiento conservador a lo largo de la historia moderna ha sido la de ver el mundo según compartimentos más o menos aislados, independientes, incompatibles. En su discurso, esto se simplifica en una única línea divisoria: Dios y el diablo, nosotros y ellos, los verdaderos hombres y los bárbaros. En su práctica, se repite la antigua obsesión por las fronteras de todo tipo: políticas, geográficas, sociales, de clase, de género, etc. Estos espesos muros se levantan con la acumulación sucesiva de dos partes de miedo y una de seguridad.

Traducido a un lenguaje posmoderno, esta necesidad de las fronteras y las corazas se recicla y se vende como micropolítica, es decir, un pensamiento fragmentado (la propaganda) y una afirmación localista de los problemas sociales en oposición a la visión más global y estructural de la pasada Era Moderna.

Estas comarcas son mentales, culturales, religiosas, económicas y políticas, razón por la cual se encuentran en conflicto con los principios humanísticos que prescriben el reconocimiento de la diversidad al mismo tiempo que una igualdad implícita en lo más profundo y valioso de este aparente caos. Bajo este principio implícito surgieron los estados pretendidamente soberanos algunos siglos atrás: aún entre dos reyes, no podía haber una relación de sumisión; entre dos soberanos sólo podía haber acuerdos, no obediencia. La sabiduría de este principio se extendió a los pueblos, tomando forma escrita en la primera constitución de Estados Unidos. El reconocer como sujetos de derecho a los hombres y mujeres comunes (“We the people…”) era la respuesta a los absolutismos personales y de clase, resumido en el exabrupto de Luis XIV, “l’État c’est Moi”. Más tarde, el idealismo humanista del primer bosquejo de aquella constitución se relativizó, excluyendo la utopía progresista de abolir la esclavitud.

El pensamiento conservador, en cambio, tradicionalmente ha procedido de forma inversa: si las comarcas son todas diferentes, entonces hay unas mejores que otras. Esta última observación sería aceptable para el humanismo si no llevase explícito uno de los principios básicos del pensamiento conservador: nuestra isla, nuestro bastión es siempre el mejor. Es más: nuestra comarca es la comarca elegida por Dios y, por lo tanto, debe prevalecer a cualquier precio. Lo sabemos porque nuestros líderes reciben en sus sueños la palabra divina. Los otros, cuando sueñan, deliran.

Así, el mundo es una permanente competencia que se traduce en amenazas mutuas y, finalmente, en la guerra. La única opción para la sobrevivencia del mejor, del más fuerte, de la isla elegida por Dios es vencer, aniquilar al otro. No es raro que los conservadores de todo el mundo se definan como individuos religiosos y, al mismo tiempo, sean los principales defensores de las armas, ya sean personales o estatales. Es, precisamente, lo único que le toleran al Estado: el poder de organizar un gran ejército donde poner todo el honor de un pueblo. La salud y la educación, en cambio, deben ser “responsabilidades personales” y no una carga en los impuestos a los más ricos. Según esta lógica, le debemos la vida a los soldados, no a los médicos, así como los trabajadores le deben el pan a los ricos.

Al mismo tiempo que los conservadores odian la Teoría de la evolución de Darwin, son radicales partidarios de la ley de sobrevivencia del más fuerte, no aplicada a todas las especies sino a los hombres y mujeres, a los países y las sociedades de todo tipo. ¿Qué hay más darviniano que las corporaciones y el capitalismo en su raíz?

Para el sospechosamente célebre profesor de Harvard, Samuel Huntington, “el imperialismo es la lógica y necesaria consecuencia del universalismo”. Para nosotros los humanistas, no: el imperialismo es sólo la arrogancia de una comarca que se impone por la fuerza a las demás, es la aniquilación de esa universalidad, es la imposición de la uniformidad en nombre de la universalidad.

La universalidad humanista es otra cosa: es la progresiva maduración de una conciencia de liberación de la esclavitud física, moral e intelectual, tanto del oprimido como del opresor en última instancia. Y no puede haber conciencia plena si no es global: no se libera una comarca oprimiendo a otras, no se libera la mujer oprimiendo al hombre, and so on. Con cierta lucidez pero sin reacción moral, el mismo Huntington nos recuerda: “Occidente no conquistó al mundo por la superioridad de sus ideas, valores o religión, sino por la superioridad en aplicar la violencia organizada. Los occidentales suelen olvidarse de este hecho, los no-occidentales nunca lo olvidan” (The Clash of Civilizations, 1993).

El pensamiento conservador también se diferencia del progresista por su concepción de la historia: si para uno la historia se degrada inevitablemente (como en la antigua concepción religiosa o en la concepción de los cinco metales de Hesíodo) para el otro es un proceso de perfeccionamiento o de evolución. Si para uno vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque siempre amenazado por los cambios, para el otro el mundo dista mucho de ser la imagen del paraíso y la justicia, razón por la cual no es posible la felicidad del individuo en medio del dolor ajeno.

Para el humanismo progresista no hay individuos sanos en una sociedad enferma como no hay sociedad sana que incluya individuos enfermos. No es posible un hombre saludable con un grave problema en el hígado o en el corazón, como no es posible un corazón sano en un hombre deprimido o esquizofrénico. Aunque un rico se define por su diferencia con los pobres, nadie es verdaderamente rico rodeado de pobreza.

El humanismo, como lo concebimos aquí, es la evolución integradora de la conciencia humana que trasciende las diferencias culturales. Los choques de civilizaciones, las guerras estimuladas por los intereses sectarios, tribales y nacionalistas sólo pueden ser vistas como taras de esa geopsicología.

Ahora, veamos que la magnífica paradoja del humanismo es doble: (1) consistió en un movimiento que en gran medida surgió entre los religiosos católicos del siglo XIV y luego descubrió una dimensión secular de lacreatura humana, y además (2) fue un movimiento que en principio revaloraba la dimensión del hombre como individuo para alcanzar, en el siglo XX, el descubrimiento de la sociedad en su sentido más pleno.

Me refiero, en este punto, a la concepción del individuo como lo opuesto a la individualidad, a la alienación del hombre y la mujer en sociedad. Si los místicos del siglo XV se centraban en su yo como forma de liberación, los movimientos de liberación del siglo XX, aunque aparentemente fracasados, descubrieron que aquella actitud de monasterio no era moral desde el momento que era egoísta: no se puede ser plenamente feliz en un mundo lleno de dolor. Al menos que sea la felicidad del indiferente. Pero no es por algún tipo de indiferencia hacia el dolor ajeno que se define cualquier moral en cualquier parte del mundo. Incluso los monasterios y las comunidades más cerradas, tradicionalmente se han dado el lujo de alejarse del mundo pecaminoso gracias a los subsidios y las cuotas que procedían del sudor de la frente de los pecadores. Los Amish en Estados Unidos, por ejemplo, que hoy usan caballos para no contaminarse con la industria automotriz, están rodeados de materiales que han llegado a ellos, de una forma o de otra, por un largo proceso mecánico y muchas veces de explotación del prójimo. Nosotros mismos, que nos escandalizamos por la explotación de niños en los telares de India o en las plantaciones en África y América Latina consumimos, de una forma u otra, esos productos. La ortopraxia no eliminaría las injusticias del mundo —según nuestra visión humanista—, pero no podemos renunciar o desvirtuar esa conciencia para lavar nuestros remordimientos. Si ya no esperamos que una revolución salvadora cambie la realidad para que ésta cambie las conciencias, procuremos, en cambio, no perder la conciencia colectiva y global para sostener un cambio progresivo, hecho por los pueblos y no por unos pocos iluminados.

Según nuestra visión, que identificamos con el último estadio del humanismo, el individuo con conciencia no puede evitar el compromiso social: cambiar la sociedad para que ésta haga nacer, a cada paso, un individuo nuevo, moralmente superior. El último humanismo evoluciona en esta nueva dimensión utópica y radicaliza algunos principios de la pasada Era Moderna, como lo es la rebelión de las masas. Razón por la cual podemos reformular el dilema: no se trata de un problema de izquierda o derecha sino de adelante o atrás. No se trata de elegir entre religión o secularismo. Se trata de una tensión entre el humanismo y el trivalismo, entre una concepción diversa y unitaria de la humanidad y en otra opuesta: la visión fragmentada y jerárquica cuyo propósito es prevalecer, imponer los valores de una tribu sobre las otras y al mismo tiempo negar cualquier tipo de evolución.

Ésta es la raíz del conflicto moderno y posmoderno. Tanto el Fin de la historia como el Choque de civilizaciones pretenden encubrir lo que entendemos es el verdadero problema de fondo: no hay dicotom��a entre Oriente y Occidente, entre ellos y nosotros, sino entre la radicalización del humanismo (en su sentido histórico) y la reacción conservadora que aún ostenta el poder mundial, aunque en retirada —y de ahí su violencia.

La secreta violencia de orden

Uno de los principios más consolidados en la reciente historia de la humanidad es la prescripción del diálogo. Diálogo entre países, entre culturas, entre razas, entre sexos. Sin embargo, al mismo tiempo que la aceptación casi universal de este principio significa un triunfo del antiguo humanismo —como el principio de la necesaria igualdad en la diversidad— no por eso ha de ser un triunfo consolidado en la práctica. Como los demás ideoléxicos positivos, el principio del diálogo entre diferentes debe sufrir de la colonización semántica del poder de turno.

Si los imperios pasados asesinaron en nombre de la verdad verdadera, hoy en día no es posible hacerlo sin recurrir al diálogo. Es decir, se oprime y se imponen los valores del más fuerte en defensa del diálogo, ya que el otro significa una amenaza permanente, la interrupción de esta relación que se asume como igualitaria.

Habría que ver de qué tipo de diálogo estamos hablando en nombre del diálogo, así a secas. No por ser Dios único y sus Sagradas Escrituras las mismas, ha impedido a lo largo de la historia que los hombres y mujeres se odien y se asesinen en su nombre, por causa de las diferentes representaciones que cada uno hace del Padre, por causa de los nombres distintos que cada uno le ha dado, o por las incompatibles lecturas que diferentes sectas hacen de los mismos escritos, en nombre de la verdadera interpretación.

Como todo ideoléxico, también el diálogo se convierte en un instrumento semántico de dominación, de justificación y de manipulación de la conciencia colectiva. Si ese diálogo es una forma de apaciguar los ánimos del oprimido para legitimar una opresión, un estado injusto, si ese diálogo es una simple negociación, concesión o limosna que da el poderoso, el privilegiado, quienes administran las cuotas morales y las narraciones de la historia, entonces no es exactamente el tipo de diálogo que tengo en mente.

En este caso, muy frecuente en las relaciones internacionales, en las relaciones políticas y en las más domésticas relaciones matrimoniales donde predomina la voluntad de uno de los miembros, el diálogo es, en la práctica, un monólogo. Un monólogo semejante a aquellos tratados europeos, que bien supieron usar los primeros humanistas en el siglo XVI, donde la tesis central se exponía en forma de diálogo entre dos personajes pero todas las razones estaban siempre de un lado y el otro servía apenas de tonto verificador. No muy diferentes son los más antiguos Diálogos, de Platón. Y ni que hablar del estilo de catequesis que practican las modernas cadenas internacionales de televisión, donde, en nombre del diálogo y la información objetiva, un periodista invita a algún débil disidente para burlarse de las opiniones ajenas y confirmar las suyas propias, las opiniones del poder, de la propaganda y del dinero. Como lo formuló en versos el poeta Hebert Abimorad, un diálogo es la verdad dividida en dos partes desiguales. Esto, que a su vez puede ser una verdad inevitable, se convierte en un problema cuando una de las partes se reserva el derecho de dictar cuál es la verdad mayor en un diálogo entre desiguales, en un monólogo a dos voces.

El mismo peligro de manipulación semántica corren los más débiles al consumir irreflexivamente el ideoléxico democracia. No es posible una democracia sin el principio de una progresiva radicalización de sí misma. Es decir, no es posible una democracia representativa, tal como es el anacrónico modelo del siglo XIX; un modelo de democracia estática, orgullosa de sí misma, autocomplaciente, propuesta como ejemplo universal aunque para imponerse deba romper con todos sus propios principios.

Una democracia estática es simplemente el perfecto negocio de las clases dominantes, de las elites más fuertes. Un sistema reaccionario que moraliza en nombre del orden y del progreso. Es decir, una democracia es progresiva o no es democracia, y su objetivo es realizar la conciencia de que este mundo, siempre imperfecto, no tiene dueño legítimo. No por casualidad los conservadores del silgo XIX reaccionaban con furia cada vez que un progresista mencionaba la palabra democracia, obra del demonio según los monárquicos ibéricos.

Recuerdo que cuando era niño me sorprendía escuchar en un informativo que un jugador de fútbol había sido vendido a Europa por varios millones de pesos. Mi madre trataba de aclarar la situación explicándome que, en realidad, lo que se vendía era el contrato de ese jugador. Pero sus palabras finales, simples como su débil corazón, me quedaron grabadas a fuego: “Ni un hombre ni una mujer tienen precio. Ni todo el dinero de todos los bancos del mundo podrían pagar la vida de un solo ser humano”. Hoy en día no sé si esto es verdad o no, sobre todo porque a veces uno debe dudar de qué es un ser humano, un ser deshumanizado o un monstruo con aspecto humano. De cualquier forma, conservo aquella reflexión de mi madre como uno de mis principios morales e intelectuales más básicos.

Hasta el más humilde habitante del rincón más desconocido del planeta vale tanto como el presidente o el rey más poderoso del mundo. Ahora, la moral y los valores, si se miden por la cuota de poder de cada individuo, deberían ser inversamente proporcionales. ¿Cómo confiar en el poder, sobre todo cuando se ejerce sustrayéndolo del prójimo en su nombre propio, en uno de esos tantos delirios de representatividad? Es decir, debería ser más confiable una mujer, un hombre sin poder institucional que aquel que lo monopoliza. No se puede confiar ni en el mejor de los Césares.

Sin embargo, hasta hoy, la verdad ha sido la inversa. Es la moral del más fuerte la que predomina en la práctica y en el discurso social. Incluso muchos pensadores que iniciaron las repúblicas americanas restringieron el voto democrático a aquellos que poseían propiedades, ya que —se argumentaba— el sólo echo de tener intereses materiales los hacía más responsables para dirigir un país. En otras palabras, quienes poseen mayor poder social siempre van a ser más responsables de defenderlos en nombre de la felicidad ajena. Si esta teoría de la responsabilidad fue alguna vez verdad, lo cierto es que en el subconsciente colectivo, la idea sobrevive aún hoy en las nuevas sociedades, perpetuando el crimen contra la conciencia colectiva —la conciencia democrática.

No hay diálogo entre un esclavo y su amo, aunque éste muestre un gran corazón escuchando a aquel y concediéndole el poder de hablar y elegir el color blanco de su camisa o el nombre blanco que más le gusta según su gusto blanco. No hay democracia cuando unos tienen más posibilidades de educación y de participación en la vida política de su sociedad, aunque cada tanto llegue al gobierno el hijo de un camionero o un lustrador de zapatos se reciba de abogado o se haga millonario vendiendo tomates. Porque una democracia no se define por sus excepciones sino por sus reglas. Ni el diálogo ni la democracia deberían ser simples concesiones que hacen los poderosos motivados por su bondad. Un derecho humano no es un privilegio que se deba mendigar a quienes legal e ilegítimamente se han arrogado el derecho de concederlo cuando lo creen conveniente.

El diálogo y la democracia son derechos, pero nada más que derechos mientras se pretendan ejercer sobre la base de la desigualdad muscular entre las culturas, entre los países, entre los sexos, entre los diferentes de de todo tipo.

Claro, desde este punto de vista, tanto el diálogo como una verdadera democracia son sendas utopías. Utopías, sí, pero necesarias y vitales para la sobrevivencia de un mínimo de justicia.

Ahora, si las elites se reservan el derecho de afirmar que la igualdad de condiciones no es una razón básica de justicia, o que sus hijos y los hijos de un marginado tienen las mismas oportunidades de dirigir los destinos de su sociedad, de sus valores morales, entonces “los menos iguales”, es decir, quienes deben sufrir de esta ideología, de este concepto particular de justicia, también se reservarán el derecho a imponer su propia concepción de justicia por la violencia. Porque a una violencia se responde con otra, y la opresión económica, sexual, religiosa, cultural, ideológica y moral son formas de violencia. Incluso de las peores formas de violencia, ya que uno bien puede recuperarse de un puñetazo en la cara pero difícilmente un individuo se recupera de la violencia moral. Tal es el caso del racismo, del sexismo, del clasismo o de la violencia teológica que define quiénes están condenados al infierno y quiénes han sido salvados, quiénes se comunican con Dios en sus sueños y quiénes sólo son capaces de soñar con una mesa llena de comida.

La historia reciente nos demuestra que este cambio no llegará por la acción armada y revolucionaria de ningún ejército iluminado. Por el contrario, esto sería una regresión y una nueva excusa del poder. El cambio llegará, está llegando, con la maduración progresiva de la humanidad como conjunto, de la incansable crítica como conciencia, de la desobediencia como derecho, del respeto como necesidad, de la dignidad como obligación y de la justicia como orden humano antes que como un simple orden financiero.

La violencia de la violencia y el coeficiente crítico de progresión

Un conservador diría que una mujer es responsable de sufrir repetidas veces los golpes de un marido violento. Un humanista anacrónico responsabilizaría sólo al hombre. Un anthihumanista posmoderno observaría que el hombre y la mujer son productos de una sociedad violenta. Creo que un humanista de nuestro tiempo reconocería una responsabilidad triple, en la mujer, en el hombre y en la sociedad. Sin embargo, el circuito de la violencia, física y moral, parece tener un solo sentido y dirección: sociedad-opresor-oprimido.

Por alguna razón, la frase “la violencia engendra violencia” se popularizó en todo el mundo al mismo tiempo que su significado se mantenía restringido a la violencia del oprimido. Es decir, la violencia del amo sobre el esclavo es invisible en un estado de esclavitud, como en un estado de opresión la fuerza que lo sostiene usa todos los medios (ideológicos) para no perder esta categoría de invisibilidad o —en el peor de los casos, de que sea descubierta— de naturalidad.

Dentro de ese marco invisible o natural, el esclavo cubano Juan Manzano se refería con nostalgia a sus primeras amas como buenas mujeres: “a los pocos días tuve por allá a la misma señora Da. Joaquina que me trataba como a un niño, ella me vestía, peinaba y cuidaba de que no me rozase con los otros negritos de la misma mesa como en tiempo de señora la marquesa Justis se me daba mi plato que comía a los pies de mi señora la marquesa”. Luego vinieron los tiempos malos, donde el joven Juan era castigado al encierro y al hambre. Pasado el castigo, comía “sin medida” y por este pecado se lo volvía a castigar. “No pocas veces he sufrido por la mano de un negro vigorosos azotes”, recordó en su Autobiografía de un esclavo (1839), lo que prueba la perfección de la opresión aún en un estado primitivo de producción y educación. Lo que también nos sirve de aldaba para aquellos que nos enorgullecemos de nuestra libertad.

Afortunadamente, este tipo de esclavitud se abolió en América Latina a principios del siglo XIX. No obstante la esclavitud del mismo estilo se continuó en la práctica hasta el siglo XX. El ecuatoriano Juan Montalvo recordaba en 1887: “los indios son libertos de la ley, pero ¿cómo lo he de negar?, son esclavos del abuso y la costumbre”. Y luego: “palo que le dan para que se acuerde y vuelva por otra. Y el indio vuelve, porque esa es su condición, que cuando le dan látigo, temblando en el suelo, se levanta agradeciendo a su verdugo: ‘Diu su lu pagui, amu’ […] No, nosotros no hemos hecho este ser humillado, estropeado moralmente, abandonado de Dios y la suerte; los españoles nos lo han dejado hecho y derecho, como es y como será por los siglos de los siglos […] Las razas oprimidas y envilecidas durante trescientos años, necesitan ochocientos para volver en sí”.

El mismo Alcides Arguedas, en Pueblo enfermo  (1909), recordaba que los hacendados bolivianos se negaban a desarrollar el ferrocarril porque los indios llevaban sus ganados de una comarca a la otra totalmente gratis y, por si fuese poco, su honestidad los hacía incapaces de robar una vaca ajena. Bastaría sólo este ejemplo para demostrar que las ideologías de las clases dominantes se enquistan en la moral de los oprimidos (como el hecho de que un analfabeto maneje complejas reglas gramaticales demuestra la existencia de un conocimiento inconsciente). Otro Arguedas, el peruano José María Arguedas, nos dejó una pintura viva de esta cultura del indio-pongo en Los ríos profundos (1958).

Según el boliviano Alcides Arguedas, los soldados tomaban a los indios de los pelos y a fuerza de sablazos los llevaban para limpiar cuarteles o les roban las ovejas para mantener a una tropa del ejército que estaba de paso. Para que nos quede claro que la opresión se sirve de todas las instituciones posibles, en el mismo libro leemos la cita a un escrito de la época que informaba, refiriéndose a uno de estos condenados por la historia, que “el buey y su hijo de siete años están embargados por el cura á cuenta de los derechos del entierro de su mujer”. Y más adelante: “Exasperada la raza indígena, abatida, gastada física y moralmente, inhábil para intentar la violenta reivindicación de sus derechos, hase entregada al alcoholismo de manera alarmante. […] ignora en absoluto su acción depresiva […] Al indio no se le ve reír nunca sino cuando está ebrio. […] su alma es depósito de rencores acumulados de muy atrás, desde cuando, encerrada la flor de la raza, contra su voluntad, en el fondo de las minas, se agota rápidamente, sin promover clemencia en nadie […] Hoy día, ignorante, degradado, miserable, es objeto de la explotación general y de la general antipatía”. Hasta que un día explota “oyendo a su alma repleta de odios, desfoga sus pasiones y roba, mata, asesina con saña atroz”. Y como la violencia no puede quedar impune, “van los soldados bien municionados; fusilan á cuantos pueden; roban, violan, siembran el pavor y espanto por donde pasan”. En esta cultura de la opresión, la mujer no puede ser mejor: “ruda y torpe, se siente amada cuando recibe golpes del macho; de lo contrario, para ella no tiene valor un hombre.”

Un año después, en diversos artículos aparecidos en diarios de La Paz y reunidos en el libro Creación de la pedagogía nacional, Franz Tamayo responde a algunas conclusiones de Arguedas y confirma otras: “el trabajo, la justicia, la gloria, todo se miente, todo se miente en Bolivia; todos mienten, menos aquel que no habla, aquel que obra y calla: el indio”. Luego: “Aun los blancos de cierta categoría dijeron de maldiciones divinas, y los curas de pueblos y aldeas propalaron entre sus ignorantes feligreses indios, enojos de Dios contra la decaída raza y su deseo de hacerla desaparecer por inobediente, poco sumisa y poco obsequiosa” (1910). Está de más decir que en lugar de Bolivia podríamos escribir cualquier otro nombre de país latinoamericano y no violentaríamos la verdad de la frase.

El amo es visualizado como un ser puro y bondadoso cuando concede un beneficio inusual al esclavo, como si poseyese un poder divino para administrar el derecho ajeno. Tal vez podríamos aceptar estos términos benevolentes si consideramos un contexto particular. El punto es que no les exigimos a los antiguos feudales que piensen como nosotros; nos exigimos a nosotros mismos no pensar como los antiguos feudales, como si no existiese una experiencia histórica en el medio.

Desde un punto de vista humanístico, la violencia del esclavo es siempre engendrada por la violencia del amo y no al revés. Pero cuando imponemos la idea de que la violencia del esclavo engendra más violencia, estamos igualando lo que no es igual para mantener un orden que, de hecho y en su discurso, niega la misma igualdad humana.

Por esta razón, así como a mediados del siglo XX los reaccionarios de todo tipo asociaban la integración racial con el comunismo —lo cual no sería ideológicamente erróneo, según la teoría pura— para revindicar el apartheid como sistema social, así también hoy asocian los principios humanistas con la tradicional izquierda política. Los conservadores no pueden comprender que parte de su tan mentada responsabilidad personal es pensar de forma global y colectiva. De otra forma, la responsabilidad personal es sólo egoísmo, es decir, irresponsabilidad moral. Si recién en 1972 Rene Dubos acuñó la famosa frase, “Piensa globalmente, actúa localmente”, el pensamiento reaccionario ha practicado siempre una fórmula moral inversa: “Piensa localmente, actúa globalmente”. En otras palabras, piensa como un provinciano en los intereses de tu aldea, de tu clase, y actúa como un imperialista que va a salvar la civilización como si fuese el brazo armado de Dios.

No obstante, debemos dar un paso más para salir del círculo. Una posibilidad tiene sus raíces en la prescripción de Jesús quien, a un tiempo, recomendó romper este círculo ofreciendo la otra mejilla sin dejar por ello de significar una respuesta

El foro de las ideas en español

Maria Elena Salinas, Univision

Maria Elena Salinas, Univision

El foro de las ideas en español

Diciembre 9, 2007, 7:00 p.m. ET, University of Miami. Una voz de evento anuncia el Primer Foro Presidencial del Partido Republicano en español, mencionando las reglas: en el foro no habrá debate ni diálogo ni se hablará español. Otra particularidad: el foro de ideas está organizado por la poderosa cadena Univison en la Universidad de Miami.

Tomo asiento y escucho con atención. Cada candidato tiene un traductor simultáneo al español. Todos sonríen, menos uno. A mí sólo me mueve una curiosidad griega. La simpática María Elena Salinas modula su voz. El famoso periodista Jorge Ramos, con su habitual seguridad afirma:

RAMOS: …los votos hispanos pudieran decidir quién será el próximo presidente de los Estados Unidos.

El público está algo excitado.

HUNTER: …luego, muchos años después en El Salvador, un presidente republicano, Ronald Reagan, brindó una barda para protegerlos mientras tenían elecciones libres, que trajeron la libertad a ese país. Fueron dos partidos distintos, pero estoy hablando del partido de la libertad, el Partido Republicano…

El público comienza a entusiasmarse. El calor de Miami recorre la platea.

SALINAS: Congresista Paul, la misma pregunta. El Partido Republicano ha perdido terreno, únicamente el 23 por ciento apoya al partido. ¿Qué hacer para recuperar el terreno?

PAUL: …tanto los hispanos como todos los demás americanos están cansados, están a favor de la paz, no a favor de la guerra… Estamos olvidando nuestras necesidades acá bombardeando allá… Se supone que somos los conservadores fiscales y no lo somos. Por eso es que perdimos la elección el año pasado, porque no respaldamos los principios a favor de la paz, de la libertad y de los Estados Unidos de América.

Los aplausos comienzan a decaer. La siguiente pregunta cae sobre el idioma. Romney sonríe, con su pelo negro impecable y su oído atento a la ola de voces. Sonríe, tal vez calcula.

ROMNEY: …somos una sociedad plural y maravillosa, esta estatua que usted tiene acá en pantalla, detrás de nosotros, esta es una luz que ilumina a todo el mundo y dice, esta es una tierra insólita, esta es una tierra que le da la bienvenida al pueblo de todos trasfondos, de todas las etnias…(Aplausos) Somos el partido de la fuerza y el partido de la libertad. Gracias. (Aplausos)

SALINAS: Congresista Paul, ¿cuál sería el valor práctico del inglés oficial?

PAUL: …pienso que aquellos que atacan el bilingüismo tienen envidia, quizás se sienten inferiores porque no son capaces de hablar otro idioma…

SALINAS: Hace exactamente hoy una semana, Venezuela rechazó cambios a la Constitución, pero el presidente Hugo Chávez…

Los aplausos interrumpen a María Elena, quien hace algún esfuerzo por impedir una sonrisa.

SALINAS: Muchos creen que el presidente Chávez es una amenaza para la democracia en la región. Si usted fuera presidente, ¿cómo lidiaría con Chávez?

PAUL: Bueno, él no es la persona más fácil con quien lidiar, pero tenemos que lidiar con todas las personas en el mundo de la misma manera, con amistad, oportunidad de dialogar y comerciar con las personas…

Los abucheos lo interrumpen. Ron Paul, con su mirada cansada pero con el rostro ya curtido por largos años de disidente, insiste, imperturbable, tal vez resignado.

PAUL: …hablamos con Stalin, hablamos con Kruschev. Hablamos con Mao y hemos hablado con el mundo entero, y de hecho estamos en un momento en que debemos hablar incluso con Cuba.

Ahora los abucheos crecen como un huracán sobre Miami.

PAUL: …y viajar a Cuba y tener comercio con Cuba. Pero déjenme decirles por qué, por qué tenemos problemas en Centro y Sudamérica: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo, nos hemos metido en sus asuntos de negocios y nosotros creamos a los Chávez de este mundo, hemos creado a los Castros de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos responden sacando a sus líderes constituidos.

Los abucheos alcanzan su clímax. Miami se lo quiere comer crudo, sin ron caribeño. Las reglas civilizadas del foro obligan a seguir indiferentes al próximo candidato, que ha escuchado muy bien la voz del pueblo.

HUCKABEE: …Aunque a Chávez lo eligieron, no lo eligieron para ser un dictador que es en lo que se ha convertido suspendiendo la ley constitucional. Mi mamá decía: ‘Si uno le da suficiente soga a alguien, se van a colgar’, y yo pienso…

El pueblo se ha calmado con las últimas palabras. Unos esperan con más ansiedad a Giuliani y a Romney.

GIULIANI: Yo, por cierto, estoy de acuerdo con la manera en que el rey Juan Carlos le habló a Chávez, así mismo lo haría yo. (Aplausos) Mucho mejor que lo que quiere hacer el congresista Paul… Hay un contramovimiento en Latinoamérica, se ve en Panamá, en Colombia, se puede ver en México. Yo creo que al presidente Calderón lo eligieron, no es que yo sea experto en política mexicana, pero yo creo que Chávez tuvo algo que ver con eso…

Mi curiosidad griega ha desminuido un poco. Espero una pausa comercial para consumir algo. Me aguanto, porque está hablando Romney.

ROMNEY: …el curso que tienen que tomar los estadunidenses es continuar el aislamiento de Cuba, mantenerlos aislados, no es como lo que dijo Barack Obama, el demócrata, que iba a visitar personalmente a Castro en Cuba…

El entusiasmo del pueblo sigue in crescendo.

McCAIN: Quiero felicitar al pueblo venezolano por rechazar este intento del dictador de hacerse dictador de por vida. Yo también quiero repetir unas palabras del príncipe Juan Carlos: “¿Por qué no te callas?”.

Los aplausos lo interrumpen. Comienzo a imaginar que el público no está compuesto de académicos. El senador ha confundido al rey Juan Carlos con el príncipe Carlos, y el traductor cambió “prince” por “presidente Juan Carlos”. Me acordé cuando hace unos años yo estaba en España y el gobernador Bush de Florida saludó a la “República española”.

McCAIN: …me da gusto que a mí me apoye gente que me aconseja y sabe mucho de esos asuntos… Si yo fuera el presidente de Estados Unidos, yo ordenaría que se hiciera una investigación… (Aplausos) a los cubanos que murieron, a los que tiró del avión bajo órdenes de Raúl y Fidel Castro, y los enjuiciaría si hiciera falta.

RAMOS: Una encuesta revela que dos de cada tres hispanos creen que los Estados Unidos deberían retirar sus tropas de Irak…

HUNTER: …si usted averigua qué piensan los hispanos de la Décima División de la Marina y de la Caballería, los resultados en la encuesta serán muy distintos a los de la encuesta que habla usted. (Aplausos)

ROMNEY: …lo que estamos haciendo nosotros en Irak es tratar con la protección de las vidas de los ciudadanos estadunidenses, acá y en diferentes partes del mundo, me refiero a las vidas en todas partes del mundo, a la honestidad y a la libertad…

SALINAS: Gracias. Congresista Paul, de todos usted tiene un punto de vista diferente.

PAUL: Sí, así es, yo tengo un punto de vista diferente porque no estamos justificados en meternos ahí, no declaramos la guerra y yo les diría a los hispanos que si piensan que deben venir a casa, mi respuesta es vengamos a casa lo antes posible. Tengo un punto de vista diferente porque respeto la Constitución y escucho a los padres fundadores que nos dicen ‘quédense afuera de los asuntos internos de otras naciones…’.

THOMPSON: …La comunidad hispana se conoce para sus valores. Saben que el matrimonio, por ejemplo, es entre hombre y la mujer… (Aplausos) Saben que la familia es el centro de la sociedad, y con familias fuertes tenemos sociedades mejores… (Aplausos)

Mi energía socrática está agotada. Casi no comprendo lo que dicen. Necesito un agua tónica.

PAUL: Lo más importante que pueden hacer los hispanos, o lo que pueden hacer todos los estadunidenses, es unirse para restaurar nuestra Constitución y nuestro gran país; nos hemos extraviado, y esto no es un problema hispano, es un problema americano. Lo que queremos es que el imperio de la ley sirva para tener, todos, oportunidades, no solamente tenemos que restaurar la Constitución, sino primero tenemos que leerla y entender lo que quiere decir. Ser libres en este país nuevamente.

Los gritos siguen a las palabras de Ron Paul. Ron Paul no es un buen político. No sabe escuchar la voz del pueblo de Miami. Ruddy es diferente, Ruddy sabe cómo hacerlo.

GIULIANI: Los hispanoamericanos ya han llegado a un gran nivel en Estados Unidos…

Necesito tomar aire. La emoción por el calor del pueblo en comunión con sus líderes deja exhausto a cualquiera.

GIULIANI: …algo que ha sido maravilloso para nosotros es que hayan venido los cubano-americanos aquí, que nos hayan hecho mejores norteamericanos, it made us better americans.

ROMNEY: …somos la esperanza del mundo… And hispanics are brave and they are free. (Aplausos)

Espero, luego me levanto para buscar un café.

RAMOS: Muchas gracias por confiar en Univision y muchísimas gracias por haber participado en este Foro Presidencial Republicano trasmitido exclusivamente en español por Univision…

SALINAS: Por supuesto que los candidatos ya hablaron, ahora les toca a ustedes, los votantes. Así que si usted es ciudadano norteamericano, inscríbase y vote, haga valer su voto.

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La inteligencia colectiva

Entiendo que todo pensamiento es siempre colectivo; nadie es capaz de crear una sola idea ex nihilo, mucho menos un tipo de pensamiento. Casi todas las definiciones de inteligencia, en cambio, tienen fuertes connotaciones biológicas. Excepto si consideramos que existe otro tipo de inteligencia. Podemos entender que la educación es la inteligencia colectiva. No es un problema de cantidad de neuronas sino de las conexiones convenientes que seamos capaces de construir entre los individuos de una sociedad y entre las sociedades todas.

En el mundo de la creación intelectual –artística, tecnológica, filosófica y científica–, la inteligencia puede ser el elemento que hace la mayor diferencia entre los individuos. Pero en la sociedad en general, como en las sociedades académicas, no es la inteligencia sino la educación la que establece la mayor diferencia entre individuos, grupos y sociedades.

Nadie asumiría que en un país subdesarrollado nacen menos personas inteligentes que en un país desarrollado. Se puede argumentar que las hambrunas o la falta de alimentación adecuada marcan un declive en la inteligencia de sus individuos. Pero la permanente migración de universitarios de los países pobres a los países ricos demuestra que el problema es sobre todo estructural. En su gran mayoría, la migración de intelectuales a las universidades europeas y norteamericanas no procede de las clases altas de los países pobres. Los ricos no emigran, sólo están de paso en aquellos países donde su poder es mínimo o es desconocido. Este fenómeno antiguo comenzará a desacelerarse con la progresiva igualación de los poderes regionales, creo que más rápido de lo que piensan en los países desarrollados, y más lento de lo que piensan en los países en desarrollo. La fuerza de los capitales concentrados en pocas manos irá cediendo ante el creciente ejercicio intelectual y muscular de las grandes colectividades posnacionales.

Dentro de ese marco general, la educación es una especialidad de la cultura: su función es el desarrollo humano en una determinada área que incluye la seguridad física y psicológica, el desarrollo económico, el desarrollo de la experiencia existencial a través del arte, el desarrollo de las herramientas de poder sobre el mundo material a través de las ciencias y el desarrollo o la conservación de los intereses de un grupo social dominante a través de su propia ideología (o cultura hegemónica, en términos de Antonio Gramsci). Por lo tanto, la educación no es algo que se recibe y desarrolla fatalmente como la cultura, sino algo que se puede programar y cambiar según un objetivo más consciente. Este objetivo puede ser el dominio de un grupo por el otro, la instauración de una determinada ideología, o puede servir para liberar un grupo determinado o, desde un punto humanístico, para liberar al conjunto de las sociedades según un posible proyecto común que incluye valores fundamentales como la igualdad y la libertad.

Ahora, este proyecto –teórico aún, si se quiere– no puede reducirse al viejo modelo bélico del triunfo de una cultura sobre las demás, sino a una síntesis, a una cultura nueva que supere las taras de nuestra cultura y de las culturas ajenas. Y aquí debemos incluir en cultura la dimensión político-económica de los intereses sectarios, ya que en definitiva son posibles gracias a la moral del esclavo. La dicotomía opresor/oprimido, colonizador/colonizado no es una antigüedad de la década de los sesenta, desde el momento en que no ha sido resuelta ni superada. Pretender que estas dicotomías ya no existen es una forma de legitimizar una práctica cerrando los ojos y prestando oídos a un discurso único. Por otro lado, llevar esta dicotomía a todas las áreas de la cultura puede resultar en una simplificación: establecer una lucha, una guerra como único recurso donde bien puede haber una colaboración. La guerra ciega ha sido siempre el recurso único de opresores y oprimidos. Al dividir el cosmos en estas dos categorías, resulta más difícil localizar, concretamente, al opresor y al oprimido; tanto como difícil resulta advertir que en cada uno de nosotros hay un opresor y un oprimido, y que es la progresiva educación y una conciencia más global la que podrá liberarnos de ese conflicto que sólo vemos afuera pero que contribuimos a consolidar.

Pongamos un breve ejemplo desde nuestra cultura. Muchas veces desde el contexto latinoamericano, según el modelo aristocrático de Ariel (1900), acusamos de todo el mal a la cultura materialista de Estados Unidos. La idea común ha sido siempre que “los americanos no tienen sentido de la cultura”. No obstante, por una razón de colonización o por una razón de cultura, hasta los más radicales opositores a la cultura hegemónica cultivan la música y el baile dominante de los géneros nacidos en Estados Unidos en el siglo XX, la literatura más elitista o la más popular, el cine –el artístico y el comercial– o reproducen, sin saberlo, teorías básicas del poscolonialismo, en gran parte desarrolladas en los países colonizadores. Por otra parte, la gran mayoría de los inventos técnicos que definen nuestra realidad mundial, para bien o para mal, han sido producidos o desarrollados en estas culturas sin cultura. Desde Benjamin Franklin y Thomas Edison hasta los más recientes desarrollos que han impactado no sólo en la cultura ilustrada, sino en la cultura popular, en las nuevas formas de producción: los nuevos sistemas de la cultura digital, desde Windows, las formas de expansión de la cultura tradicional como Amazon.com o los libros digitales hasta Wikipedia, la única novedad cultural en materia de enciclopedias desde el siglo XVIII. Nos guste o nos fastidie, no podemos negar esta realidad.

Esta no es necesariamente una observación optimista, si consideramos que la humanidad aún se encuentra ante estas novedades como los cavernícolas ante un fuego que no dominaban del todo, o un niño ante un juguete nuevo. Pero si realmente estamos en un estadio infantil, bien podemos esperar una progresiva maduración que dé sentido a esa nueva era. Queda en pie nuestra crítica a lo que consideramos la estrechez de los intereses de la clase media estadunidense, como lo es el monotemático interés de producir capitales y bienes materiales y su escasa conciencia política y global. El desinterés por la política es propio de los grupos (políticamente) dominantes.

Por el otro lado, en nuestra América Latina han pululado dos opciones que tampoco la benefician: una, la de aquellos que sólo ven fracasos en nuestras culturas, porque lo miden según los parámetros culturales norteamericanos o europeos. Invariablemente la tesis de éstos se reduce a calificar las deficiencias mentales de un continente o de su élite intelectual con el cómodo látigo de idiota. Del otro lado están aquellos que se definen según la oposición al imperio de turno. Aunque tengan sobradas razones históricas para denunciar esta realidad, el problema radica en que no hemos sido capaces de ir más allá de este límite de crítica que muchas veces ha resultado un saco de fuerza. En lugar de poner manos en obra sobre nuestras propias realidades, atendiendo a las realidades del mundo que nos rodea, para bien y para mal, muchas veces nos hemos detenido en la autocompasión. En el medio del infierno hemos proyectado el paraíso, desatendiendo a quienes sugerían modestas salidas, menos heroicas pero más probables.

Entre el esclavo y el amo, elegimos defender al esclavo. Pero nunca vamos a elogiar su moral de esclavo. Mucho menos vamos a aplaudir su autocompasión. Tal vez es en este punto donde comienza a crearse una verdadera educación de la liberación, la maduración de una inteligencia colectiva que no ignore el mundo que la rodea pero que no se quede atrapada en la mera reacción y pase de una vez a la acción, a la creación. Claro que esto último siempre es más difícil. Pero no hay otra forma de romper las antiguas cadenas.

Jorge Majfud

Noviembre 2007.

Breve historia de la idiotez ajena

Esta semana el biólogo James Watson volvió a insistir sobre la antigua teoría de la inferioridad intelectual de los negros. Esta antigua teoría fue apoyada por un estudio en los ’90 de Charles Murray y Herrnstein sobre “ethnic differences in cognitive ability” que mostraban gráficas de coeficientes intelectuales claramente desfavorables a la raza negra. Ahora Watson, de paso, ha propuesto la manipulación genética para curar la estupidez, pero no menciona si es conveniente curar la estupidez antes de realizar cualquier manipulación genética. También los nazis —y quizás Michael Jackson— eran de la misma idea que Watson. Ni Hitler ni los nazis carecían de inteligencia ni de una alta moral de criminales. Como recordó un personaje del novelista Érico Veríssimo, “durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”.

Veamos dos breves aproximaciones al mismo problema, uno filológico y otro biológico. Ambos ideológicos.

Por sus denuncias a la opresión de los indígenas americanos, Bartolomé de las Casas fue acusado de enfermo mental y sus indios de idiotas que merecían la esclavitud. Es cierto que sus crónicas y denuncias fueron aprovechadas para acusar a un imperio en decadencia por parte de la maquinaria publicitaria de otro imperio en ascenso, el británico. Pero esto es tema para otra reflexión.

El erudito español Marcelino Menéndez Pelayo en 1895 calificó a de las Casas de “fanático intolerante” y a Brevísima Historia, de “monstruoso delirio”. Su más célebre alumno y miembro de la Real Academia Española, Ramón Menéndez Pidal, fue de la misma opinión. En su publicitado y extenso libro, El padre Las Casas (1963) desarrolló la tesis de la enfermedad mental del sacerdote denunciante al mismo tiempo que justificó la acción de los conquistadores, como la muerte de tres mil indios en Cholula a manos de Hernán Cortés porque era una “matanza necesaria a fin de desbaratar una peligrosísima conjura que para acabar con los españoles tramaba Moctezuma”. Según Menéndez Pidal, Bartolomé de las Casas “era una víctima inconsciente de su delirio incriminatorio, de su regla de depravación inexceptuable”. Pero al regresar a España para denunciar las supuestas injusticias contra los indios, “se encontró con la gravísima sorpresa de que su opinión extrema sobre la evangelización del Nuevo Mundo tenía enfrente otra opinión, extrema también, en defensa de la esclavitud y la encomienda. Esa opinión estaba sostenida muy sabiamente por el Doctor Juan Ginés de Sepúlveda [a través de] un opúsculo escrito en elegante latín y titulado Democrates alter, sirve de justis belli causis apud Indos”. Una nota al pié dice: “Publicado con una hermosa traducción, por Menéndez Pelayo en Boletín de la Real Acad. De la Historia, XXI, 1891”. Ginés de Sepúlveda, basándose en la Biblia (Proverbios), afirmaba que “la guerra justa es causa de justa esclavitud […] siendo este principio y concentrándose al caso del Nuevo Mundo, los indios ‘son inferiores a los españoles como los niños son a los adultos, las mujeres a los hombres, los fieros y crueles a los clementísimos, […] y en fin casi diría como los simios a los hombres’”. Con frecuencia, Pidal confunde su voz narrativa con la de Sepúlveda. “Bien podemos creer que Dios ha dado clarísimos indicios para el exterminio de estos bárbaros, y no faltan doctísimos teólogos que traen a comparación los idólatras Cananeos y Amorreos, exterminados por el pueblo de Israel”. Según Fray Domingo de Soto, teólogo imperial, “por la rudeza de sus ingenios, gente servil y bárbara están obligados a servir a los de ingenio más elegante”. Menéndez Pidal insistía en su tesis de la incapacidad mental de quienes criticaban a los conquistadores, como “el indio Poma de Ayala, [que] mira con maliciosos ojos a dominicos, agustinos y mercedarios, mientras advierte que franciscanos, jesuitas y ermitaños hacen mucho bien y no toman limosna de plata”. Según Pidal, esto se debía a que “a esos indios prehistóricos, venidos de la edad neolítica, no era posible atraerlos con la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, sino con las Florecillas Espirituales del Santo de Asís”.

En su intención de demostrar la enfermedad mental del denunciante, Pidal se encuentra con indicios contrarios y resuelve, por su parte, una regla psicológica que lo arregla todo: “el paranoico, cuando sale del tema de sus delirios, es un hombre enteramente normal”. Luego: “Las Casas es un paranoico, no un demente o loco en estado de inconsciencia. Su lucidez habitual hace que su anormalidad sea caso difícil de establecer y graduar”. Que es como decir que era tan inteligente que no podía razonar correctamente, o por su lucidez veía ilusiones. Bartolomé de las Casas “vive tan ensimismado en un mundo imaginario, que queda incapaz para percibir la realidad externa, que es la desbordante energía desplegada por España en los descubrimientos geográficos”. Una confesión significativa: “Las Casas hubiera sido, dada su extraordinaria actividad, un excelente obispo en cualquier diócesis de España, pero su constitución mental le impedía desempeñar rectamente un obispado en las Indias”. De aquí se deducen dos posibilidades: (1) América tenía un efecto mágico-narcótico en algunas personas o (2) los obispos de España eran paranoicos como de las Casas pero por ser mayoría era tenido como algo normal.

Esta idea de atribuir deficiencias mentales en el adversario dialéctico, se renueva y extiende en libros masivamente publicitados sobre América Latina, como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) y El regreso del idiota (2007). Uno de los libros objetos de sus burlas, Para leer al pato Donald (1972) de Ariel Dorfman y Armand Matterlart, parece contestar esta posición desde el pasado. El discurso de las historietas infantiles de Disney consiste en que, “no habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del conocimiento, todo saqueo no parece como tal, ya que extirpa lo que es superfluo”. El despojo es doble, casi siempre coronado con un happy ending: “Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro, es mejor llevárselo. En otra parte servirá de algo”.

Sócrates o Galileo pudieron hacerse pasar por necios, pero ninguno de aquellos necios que los condenaron pudieron fingir inteligencia. Eso en la teoría, porque como decía Demócrates, “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano”.

En Examen de ingenios para las ciencias (1575), el médico Juan Huarte compartía la convicción científica de la época según la cual el cabello rubio —como el de su rey, Felipe II— era producto de un vapor grueso que se levantaba por la fuerza de la inteligencia. Sin embargo, afirmaba Huarte, no era el caso de los alemanes e ingleses, porque su cabello rubio nace de la quema del mucho frío. La belleza es signo de inteligencia, porque es el cuerpo su residencia. “Los padres que quisieren gozar de hijos sabios y de gran habilidad para las letras, han de procurar que nazcan varones”. La ciencia de la época sabía que para engendrar varón se debía procurar que el semen saliera del testículo derecho y entrase en el lado derecho del útero. Luego Huarte da fórmulas precisas para engendrar hijos de buen entendimiento “que es el ingenio más ordinario en España”.

En la Grecia antigua, como dice Aristóteles, se daba por hecho que los pueblos que vivian más al sur, como el egipcio, eran naturalmente más sabios e ingeniosos que los bárbaros que habitaban en las regiones frías. Alguna vez los rubios germánicos fueron considerados bárbaros, atrasados e incapaces de civilización. Y fueron tratados como tales por los más avanzados imperios de piel oscurecida por los soles del Sur. Lo que demuestra que la estupidez no es propiedad de ninguna raza.

Jorge Majfud

The University of Georgia

October, 2007.

El realismo mágico de la macroeconomía

c. 1868

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El realismo mágico de la macroeconomía

Mi padre, además de carpintero y profesor de secundaria, tenía una modesta farmacia de pueblo a la que llegaban curiosos personajes de día y de noche. De adolescente trabajé allí con mi hermano repartiendo pedidos en bicicleta, cobrando en la caja, atendiendo al público o lavando de mala gana la vereda. Mucho antes, cuando niño, cada vez que decíamos que estábamos aburridos mi padre nos daba una escoba. Cómo odiábamos esta sabia solución…

Con frecuencia teníamos que descifrar el lenguaje por señas de algún trabajador rural que nos llamaba hacia un rincón del local porque quería comprar condones y no sabía cómo decirlo sin que nadie se enterase.  Y porque la picaresca formaba parte también de nuestra juventud, nos hacíamos los tontos y le pasábamos el pedido en voz alta a alguna empleada de forma que el gaucho se escondía debajo del sombrero. Con frecuencia los chistosos hacían pedidos por teléfono y nos mandaban por calles oscuras y a veces bajo lluvia a direcciones inexistentes o a casas de familia que luego resultaban prostíbulos.

Recuerdo una larga lista de casos extraños: una señora que se enojaba con mi padre porque no quería venderle antibióticos para su niño, a pesar de que por entonces eran de venta libre; un señor que compraba supositorios a toda hora; el frecuente timbre de la casa a las dos de la madrugada porque alguien necesitaba de urgencia algún remedio y no tenía dinero para comprarlo en otro lado; la clásica frase “don Majfud siempre da a los pobres”; parejas a las cuatro de la mañana llamando histéricos para pedir por favor que le abran la farmacia abajo porque necesitaban de urgencia la pastilla del día después, ella llorando y él riéndose como si fuese algo gracioso.

Pero estos breves recuerdos vienen por otra razón. Solo espero que en mi próximo viaje a Uruguay no me crucifiquen por la infidencia. No daré nombres. Tampoco importa, porque el punto central se refiere a un problema más abstracto.

En el pueblo había un señor, muy conocido de la casa, que se quejaba de impotencia sexual. Mi padre, como era la norma, le dijo:

“Vaya con el doctor Alejandro. Dígale que va de mi parte. No le va a cobrar”.

El doctor Alejandro era muy popular en el pueblo. Tenía la costumbre de no cobrarle a la gente más pobre hasta que quebró y la gente empezó a decir: “el turco Alejandro se volvió loco; le está cobrando a todo el mundo”. Murió poco después de su ruina.

“Ya fui a todos los médicos habidos y por haber y sigo con el mismo problema”, más o menos fue la respuesta de don X.

“Vamos a probar con un nuevo medicamento que todavía está en fase de experimentación, si estás de acuerdo”, dijo mi padre

Por entonces no existía nada parecido como el Viagra. Mi padre le dio unas pastillitas y don X se fue con la seria intención de probar el producto.

Al poco tiempo volvió con una sonrisa de oreja a oreja.

“Ese producto es milagroso -dijo don X-; necesito más”.

Así, don X volvió por varios meses, maravillado de los progresos de la ciencia.

Un día, don X volvió a deshora buscando sus pastillitas mágicas y mi padre le dijo:

“Mirá, es hora de que sepas la verdad. Vos tenés un problema psicológico. Las pastillitas que has estado tomando no son más que azúcar. No tienen nada más”.

No sé el resto de la historia y no importa.

Cada vez que leo y escucho sobre la inyección de dólares a la economía para que se recupere me acuerdo de esta anécdota del vecino impotente que pudo tener erecciones gracias a una superstición científica.

Si el dinero ha sido siempre una abstracción, un juego de símbolos, hoy en día lo es en una forma dramática. La lógica clásica dice que aumentando la liquidez se aumenta la inflación y se disminuye el valor internacional de la moneda, dos factores necesarios, por ejemplo, para la economía de Estados Unidos que debe competir con la devaluación de la moneda china y con los riesgos domésticos de deflación.

Pero aun cuando no existían estos riesgos, muchos años atrás se había comenzado a aplicar el curioso recurso de regalarle a la gente dinero para que lo gaste. Como casi todos los productos manufacturados son importados, ese dinero se iba en autos japoneses o en baratijas chinas. Como en Estados Unidos la FED mantiene las tasas de interés en casi cero, y en países como Brasil con cierto riesgo de inflación las han subido, los inversores siguen enviando esos “capitales” al exterior.

Pero en primera y última instancia, el efecto principal de estimular la economía aumentando la masa de símbolos (monetarios) es psicológico. Si los inversores tienen miedo, si están desconfiados, no invierten, los precios bajan, las ganancias también, los consumidores se abstienen (el ahorro es la base de la recesión) y los precios siguen cayendo junto con la producción y el empleo. Etc.

La actual fase del capitalismo global es sobre todo una guerra de símbolos y estímulos. Una guerra más psicológica que ideológica. Como en tiempos de los últimos neandertales, del Genghis Khan o de Hernán Cortés, la fuerza estará del lado de quien delire más, del lado del menos realista. No habrá cura ni salvación para quien no tenga fe en el sistema.

Yo no creo en el realismo. Primero, porque los realistas fantasean con la realidad. Segundo, porque la realidad nunca fue muy realista. Por el contrario, ha sido siempre el producto del delirio colectivo cuando no del delirio de algún fuhrer, dictador o salvador de turno.

Caminar sonámbulo tiene sus riesgos. Pero más riesgoso, parece ser, despertar abruptamente un día. Razón por la cual los médicos y los hechiceros no recomiendan despertar a un sonámbulo ni contradecir a un loco.

Jorge Majfud

Noviembre 2010

Jacksonville University

majfud.org

El fracaso de América Latina

Latin America

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El fracaso de América Latina


La vasta literatura ensayística de los últimos años ha dejado en claro una de las obsesiones principales de la identidad latinoamericana: explicar por qué América Latina es un continente fracasado. Como sugerí en un escrito anterior, antes del cómo deberíamos practicar el marginado y subversivo por qué, ya que si el primero hace y deshace, el segundo es capaz de ver y prever. En este caso, el por qué representa la clave reconocida y se asume preexistente a cualquier cómo liberador. ¿Cómo América Latina puede salir del laberinto de frustraciones en el que se encuentra? A su vez, este desafiante «¿por qué América Latina ha fracasado?» parte de un punto fijo —el fracaso— que se identifica con una observación presuntamente objetiva.

Las respuestas a este interrogante difieren en parte o en todo, dependiendo casi siempre del mirador ideológico desde el cual se realiza la observación. Por lo general, tesis como las sostenidas en Las venas abiertas de América Latina (1970), de Eduardo Galeano, explican este fracaso fundamentalmente como consecuencia de un factor exterior —europeo o norteamericano— según el cual América Latina no ha podido ser porque no la han dejado. Una tesis opuesta, más reciente y probablemente promovida más desde el Norte que desde el Sur, predica que América Latina ha fracasado porque, en síntesis, es idiota o sufre de retardo mental. Esta tesis extremista podemos encontrarla en libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), muy recomendada por el expresidente argentino Carlos S. Menem. Del mismo autor, de Alberto Montaner, es un libro más serio, más respetable y —vaya casualidad— más respetuoso llamado Las raíces torcidas de América Latina (2001). El título, claro, responde a otra obsesiva necesidad de atacar la perspectiva del ensayista uruguayo. Hasta el momento, tenemos tesis y antítesis, mas no síntesis. En esta oportunidad, el escritor cubano escribe con más altura y, aunque discrepemos con algunas hipótesis sostenidas en el libro, aunque encontremos páginas innecesarias o fallos metodológicos, podemos perfectamente reconocer algunas hipótesis, argumentos y pistas muy interesantes. En fin, una antítesis digna, a la altura de la “tesis original”.

Resumiendo, podemos decir que la idea de “fracaso” es un axioma incuestionado, aplicable a una infinidad de análisis sobre nuestro continente. Cada uno ve, desde su propia atalaya y siempre de forma apasionada, diferentes caminos que conducen a una misma realidad. Muchos, lamentablemente, comprometidos moral, económica o estratégicamente con partidos políticos o con comunidades ideológicas.

Existen innumerables razones para ver un rotundo fracaso en nuestro continente: crisis económicas, emigración masiva de su población, corrupción de sus dirigentes y actitud mendicante de sus seguidores, ilegalidad, violencia cívica y militar hasta límites surreales, etc. Un menú difícilmente envidiable.

Pese a todo ello, debemos cuestionar también qué significa eso que todos aceptamos como punto de partida y como punto de llegada para cualquier análisis, como si se tratase del centro religioso de distintas teologías. ¿“Fracaso”, desde qué punto de vista? ¿Se entiende “fracaso” en oposición a “éxito”? Bien, ¿y cuál es la idea de “éxito” de una sociedad, de nuestra sociedad? ¿Es una idea absoluta o lo es, precisamente, porque no la cuestionamos? ¿Fracasamos por no llegar o por querer llegar y no poder hacerlo? ¿Llegar a dónde? La necesidad de “llegar”, de “ser” ¿es una necesidad “natural” o autoimpuesta por una cultura colonizada, por una mentalidad dependiente?

Entiendo que la respuesta a estas preguntas está fuertemente condicionada por tres ataduras: (1) lo que hoy entendemos por “éxito” está definido por una mentalidad y una perspectiva originalmente europea y, en nuestro tiempo, por el modelo norteamericano; (2) la idea de éxito es fundamentalmente económica y (3) la “conciencia de fracaso” no sólo es la percepción de una realidad adversa sino su causa también.

Cuando hablamos de éxito nos referimos, básicamente, a cierto tipo de éxito: el éxito económico, al statussocial que toda sociedad impone sobre sus individuos. Por lo general, cuando hablamos de una mujer exitosa nos referimos a una profesional que desde “abajo” —nótese la carga ideológica que lleva cada palabra— ha alcanzado fama, poder y dinero o ha tomado el lugar del despreciable sexo masculino, sin importar cuánta frustración personal le pudo haber costado dicho “éxito” —concepción heredada de la sociedad masculina—, al tiempo que dejamos afuera de este grupo a aquellas otras anticuadas mujeres que bien pueden ser tanto o más felices con sus hijos y sus actividades “tradicionales” —o que lo fueron, antes de ser marginadas por la nueva idea del éxito, antes que tuviesen que sufrir el castigo de etiquetas como “fracasadas” o “sometidas”. —Nada de esto significa, obviamente, una crítica al mejor feminismo, al verdadero liberador de la mujer, sino a ciertas ideologías que la oprimen en su propio nombre— Cuando hablamos de un poeta exitoso automáticamente pensamos en su fama literaria, sin incluir en este grupo a aquel poeta que ha alcanzado la felicidad con sus propios versos y sus escasos lectores. Debería estar de más decir que algo puede ser exitoso o fracasado según el punto de vista que se lo mire. Desde el punto de vista del sujeto, dependerá de sus necesidades, expectativas y logros. Pero estos factores, de los cuales depende la idea de “éxito”, también son, en una gran medida, relativos a la mentalidad que los concibe y los juzga —a excepción, claro, del hambre, de la miseria y de la violencia física.

En este sentido, podemos decir que un país donde su población no tiene las necesidades básicas satisfechas es un país que ha fracasado. Es muy difícil sostener que la idea de violencia o de hambre depende de una condición puramente cultural, como puede serlo la idea de violencia moral. Aunque no es imposible, claro. No obstante, para reconocernos “fracasados” en un área tan vasta, compleja y contradictoria como lo es un país o un continente —ambas, abstracciones o simplificaciones—, no sólo es necesario serlo, sino, sobre todo, debemos concebirnos como tal. Es decir, el fracaso no sólo depende de los logros económicos sino que, sobre todo, depende de una “conciencia de fracaso”. Y esta conciencia, como toda conciencia, no es un fenómeno dado sino construido, adquirido y aceptado.

Cuando se habla de “éxito” se habla de economía y raramente se toman en cuenta aspectos cruciales para el desarrollo de un país. Por ejemplo, la famosa apertura de la economía española en los años ’60 es considerada por muchos analistas como el “momento de cambio” en la historia ibérica del siglo XX, matriz de la actual exitosa España. Lo cual es del todo exagerado y equívoco, a mi entender. La afirmación quita trascendencia a un momento más significativo en la creación de la España moderna: la muerte de Franco (1975), el derrumbe de una mentalidad militarista y el fracaso de los golpistas de 1981. Es cierto que la economía cambió más en los años ’60 que al regreso de la democracia. Pero no se considera la situación medieval de España en los veinte primeros años de la dictadura franquista, su marginación de Europa y del mundo que la hacía inviable.

También se olvidan dos puntos cruciales: (1) El desarrollo e, incluso, el progreso económico sostenido de un país, a largo plazo no depende tanto de los modelos económicos sino del grado de democracia que sea capaz de alcanzar. Muchas dictaduras en América Latina aplicaron modelos semejantes de capitalismo y unas pocas de socialismo —sin entrar a analizar la exactitud ideológica y práctica de cada una—; unas tuvieron números en rojo y otras en negro, independientemente de la mano ideológica que las gobernaba. Por esta razón podemos entender que el insatisfactorio grado de desarrollo de la mayoría de las democracias latinoamericanas demuestra que son más democracias formales que democracias de hecho. En una verdadera democracia, la libertad de sus ciudadanos y la confianza en sí mismos impulsa más vigorosamente cualquier desarrollo satisfactorio que en aquellas otras sumergidas en una estructura social rígida que es percibida como injusta y opresora —sin importar el número de parlamentarios, de partidos políticos o de elecciones que posea. Algunos economistas han afirmado la teoría de que para que exista desarrollo es necesario cierto grado de corrupción. Hace años dije, y voy a repetirlo, que la ética forma parte crucial de una economía próspera, en el sentido que establece reglas más justas de juego y, por ende, confianza en un sistema y en un país. Basta con recordar que el crédito se basa en la confianza, que los esfuerzos personales y sociales dependen también de este mismo sentimiento. (2) Por último, una observación puramente ética: el “éxito económico” sería dinero sucio si su causante fuera una dictadura despótica y genocida, lo que representa un rotundo “fracaso social”. Es por ello —y atando este punto con el anterior— que no bastaba con cierto “éxito económico” en la dictadura de Franco o en la de Pinochet o en la de Stalin, para generar un desarrollo social —o puramente económico, si más les gusta— que sea sostenible en el tiempo.

Es por esta razón que considero que el sostenido desarrollo económico de Estados Unidos le debe más a la percepción que han tenido sus ciudadanos de su democracia que a las puras fuerzas de un variable sistema económico que, de forma groseramente simplificada, llamamos “capitalismo”. Bastaría con imaginar el capitalismo norteamericano con un gobierno de Pinochet —ejercicio que hoy en día no es tan difícil de hacer—. Bastaría con imaginar qué hubiese sido del inmenso desarrollo material de este país con una estructura social opresiva, caudillezca, patricia y politizada como la latinoamericana.

Ahora, ¿qué significa que Estados Unidos es un país exitoso? Si Estados Unidos es un modelo a seguir por otros países latinoamericanos sólo se debe a su “éxito económico”. Podemos ir un poco más allá y decir que Estados Unidos también ha tenido éxito en otras dimensiones: en diferentes tipos de servicios —más “socialistas” que el que se puede encontrar en cualquier país que se precie de serlo—, cierta organización más justa de su población en lo que se refiere a las oportunidades de trabajo, la ya clásica concepción de la ley del angloamericano, etc. Pero cuando hablamos de “éxito” mantenemos en nuestras mentes la referencia exclusiva a la economía.

Deberíamos, en cambio, ser un poco más precisos. Estados Unidos ha tenido éxito en el área X, entendiendo “éxito” desde un punto de vista Y. Podríamos decir que este exitoso país ha fracasado en otras áreas —desde un punto de vista Y— e, incluso, que ha fracasado en todas las áreas desde un punto de vista Z. Por ejemplo, desde un punto de vista propio, occidental, ha fracasado en su lucha contra el consumo de drogas —legales e ilegales—, en el control de una ansiedad consumista reflejada en el inigualable nivel de obesidad de sus habitantes, en el acceso igualitario a la salud, en aceptar legalmente a millones de inmigrantes hispanos que están aquí desde hace muchos años, con más obligaciones que derechos pero sosteniendo una economía —y la economía de sus países de origen, remesas mediante— que sin ellos caería en una de las peores crisis económicas de su historia y, por ende, de su famoso “éxito”, etc. Desde un punto de vista no occidental, por ejemplo, se puede decir que también ha fracasado en su lucha contra el materialismo, en su lucha contra la neurosis consumista, etc. Compartamos o no estas afirmaciones, debemos reconocer que son totalmente válidas desde otros puntos de vista, desde otras mentalidades, desde otras formas de concebir el éxito y el fracaso.

Por su parte, América Latina es un continente aún más vasto, más heterogéneo y más contradictorio, con países que comparten elementos culturales comunes y a veces irreconocibles. Quizás lo que identifica a América Latina es la idea —no carente de ficción— de una historia, de un destino común y de la idea o la conciencia del fracaso. Esta conciencia nos viene desde tiempos de la conquista, claro, y luego de la “independencia”, de José Artigas y de Simón Bolívar[1].

Pero esta idea de fracaso no siempre fue tan unánime como se la considera hoy en día. El Río de la Plata, por ejemplo, vivió por largas décadas, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, quizás hasta el año 1950, en la conciencia del “éxito”. En mi país, la expresión más popular de estos tiempos fue la mítica frase “como el Uruguay no hay”, y los Argentinos podrían decir lo mismo, más si consideramos que hasta los años ’60 estaba a la par de Canadá y Australia en desarrollo científico, hasta que el dictador Onganía dijo que iba a arreglar su país expulsando a todos los intelectuales —lo que efectivamente hizo. Por otro lado, y aunque el paisaje social y urbano chileno no se diferencie mucho del argentino o del brasileño, es harto conocido que Chile goza de cierto reconocimiento en lo que se refiere a su economía. Al menos así es visto por muchos chilenos, por muchos países vecinos y, naturalmente, por muchos analistas norteamericanos. Sin embargo, y en contra de los propios deseos de los chilenos, la idea de “fracaso” como distintivo de país latinoamericano sobrevive en la obsesiva comparación con países europeos, por ejemplo.

Todo esto quiere decir que no basta con tener una economía “exitosa” para salvarse de la percepción del fracaso —es decir, del fracaso, a secas. ¿Por qué? Porque esta conciencia, como lo sugerimos más arriba, no sólo depende de una realidad sino de una construcción cultural y psicológica, lo que relativiza mucho la idea de “éxito”. Sin duda, muchos países más pobres que Argentina poseen una “conciencia de fracaso” mucho menor que la de los propios argentinos. Porque es necesario “asumirse fracasado” antes de “ser un fracasado”. No podemos decir que el pobretón de Mahatma Gandhi era un fracasado, no podemos decir que los “miserables” que vagan por el Ganges sean fracasados si poseen una “conciencia de superación”. Hace casi diez años uno de mis personajes más difíciles de comprender por mí mismo, me hacía decir: «Los occidentales consideran que un pobre sin aspiraciones económicas y pasivo ante su pobreza, carece de espíritu de superación.  Y los desprecian por ello.  En India y en Nepal ocurre estrictamente lo contrario. Para ellos, un renunciante, alguien que ha abandonado todas las comodidades del mundo material y que no aspira a más que a unas limosnas, es un hombre con “espíritu de superación”.  Y los aprecian por ello»

América Latina no es India ni es Nepal. Tampoco es África. Tampoco es Angloamérica. América Latina ni siquiera es América Latina, sino —como todo— aquello que se asume ser.

América Latina dejará de ser un “continente fracasado”, a mi entender, cuando (1) deje de definir su fracaso en función del “éxito” ajeno y de la definición ajena del “éxito”, (2) cuando abandone su retórica de izquierda y su práctica de derecha que le impiden tomar conciencia de sus propias posibilidades y de su propio valor y (3) cuando se revele contra su propia tendencia autodestructiva.

¿Debemos tomar conciencia, entonces, como paso previo? La idea de una necesaria “toma de conciencia” puede ser muy vaga, pero es vital y del todo inteligible en el pensamiento de educadores como Paulo Freire y del ensayista José Luis Gómez-Martínez.

Advirtiendo que “tomar conciencia” puede tener significados opuestos —y hasta arbitrarios, si elegimos nosotros el objeto de conciencia ajeno—, sintetizo el problema de esta forma: tomar conciencia significa salirse de su propio círculo. Lo digo desde un punto de vista cultural y estrictamente psicológico: toda “toma de conciencia” se produce cuando nos “salimos” de nuestro propio círculo, cuando somos capaces de ver un poco más allá de lo que vemos habitualmente, más allá de lo que nos rodea; cuando somos capaces de pensar más allá de los límites en los cuales hemos crecido, más allá de los límites que nos ha impuesto nuestra propia cultura y nuestra proponía educación, nuestra propia forma de entender el mundo. Siempre que nos salimos de nuestro propio círculo estamos operando una nueva toma de conciencia, independientemente del éxito o del fracaso de nuestras economías. Para un mejor desarrollo es necesaria una conciencia más amplia. Pero pensar que el éxito económico por sí mismo es una prueba de una conciencia superior o más amplia no sólo es una antigua arbitrariedad religiosa y una más moderna arbitrariedad ideológica, sino lo contrario de una “conciencia superior”: es miopía espiritual.

Jorge Majfud

The University of Georgia

14 de junio de 2004



[1] “La única cosa que se puede hacer en América es emigrar”. Simón Bolívar.

Español – Francés

L’Échec de l’Amérique Latine

par Jorge Majfud

La vaste littérature essayiste des dernières années a mis en évidence une des obsessions principales de l’identité latino-américaine : expliquer pourquoi l’Amérique Latine est un continent qui a échoué. Comme je l’ai suggéré dans un écrit antérieur, avant de poser la question du « comment » nous devrions poser la question marginale et subversive du « pourquoi », car si la première fait et défait, la seconde est capable de voir et prévoir. Dans ce cas, le « pourquoi » représente la clef reconnue et s’assume pré-existente à quelconque « comment » libérateur. Comment l’Amérique Latine peut-elle sortir du labyrinthe de frustrations dans lequel elle se trouve ? A son tour, ce provoquant “pourquoi l’Amérique Latine a échoué” part d’un point fixe – l’échec – qui s’identifie avec une observation par présomption objective.

Les réponses à cette question diffèrent en partie ou en tout, dépendant presque toujours du mirador idéologique à partir duquel se réalise l’observation. En général, des thèses comme celles soutenues dans Les veines ouvertes de l’Amérique Latine(1970), d’Eduardo Galeano, explique cet échec fondamentalement comme la conséquence d’un facteur extérieur – européen ou nord-américain – selon lequel l’Amérique Latine n’a pas pu être parce qu’ils ne l’ont pas laissé être. Une thèse opposée, récente et probablement promue plus à partir du Nord que du Sud prêche que l’Amérique Latine a échoué parce que, en synthèse, elle est idiote et souffre de retard mental. Cette thèse extrémiste nous pouvons la trouver dans des livres comme le Manuel du parfait idiot latino-américain (1996), très recommandé par l’ex-président argentin Carlos S. Menem. Du même auteur, Alberto Montaner, il est un livre plus sérieux, plus respectable – disons juste – plus respectueux, intitulé Les racines tordues de l’Amérique Latine (2001). Le titre, bien sûr, répond à une autre obsessive nécessité d’attaquer la perspective de l’essayiste uruguayen. Pour le moment prenons la thèse et l’anti-thèse, mais non la synthèse. Dans cette opportunité, l’auteur cubain écrit avec plus de hauteur et, quoique que nous divergions avec certaines des hypothèses soutenues dans ce livre, quoique nous trouvions des pages inutiles ou des erreurs méthodologiques, nous pouvons parfaitement reconnaître quelques hypothèses, arguments et pistes très intéressantes. A la fin, une anti-thèse digne, à la hauteur de la “thèse originale”.

Nous résumant, nous pouvons dire que l’idée “ d’échec” est un axiome inquestionnable, applicable à une infinité d’analyses sur notre continent. Chacun voit à partir de sa propre tour de guet et toujours de façon passionnée, différents chemins qui conduisent à une même réalité. Beaucoup, lamentablement, compromis moralement, économiquement ou stratégiquement avec des partis politiques ou avec des communautés idéologiques. Il existe d’innombrables raisons pour voir un retentissant échec sur notre continent : crises économiques, émigration massive de sa population, corruption de ses dirigeants et attitude mendiante de ses partisans, illégalité, violence civique et militaire jusqu’à des limites surréelles, etc. Un menu difficilement enviable.

Malgré tout, nous devons questionner ce que signifie cela que tous nous acceptons comme point de départ et comme point d’arrivée pour quelconque analyse comme s’il s’agissait du centre religieux de différentes théologies. « Échec », à partir de quel point de vue ? Entend-on échec en opposition à succès ? Bien, et quelle est l’idée de « succès » d’une société, de notre société ? Est-ce une idée absolue, ou l’est-elle, précisément, parce que nous ne la questionnons pas ? Échouons-nous pour ne pas vouloir arriver ou, pour vouloir arriver et ne pas pouvoir le faire ? Arriver où ? La nécessité « d’arriver », « d’être », est-ce une nécessité “naturelle” ou auto-imposée par une culture colonisée, par une mentalité dépendante ?

Comprenons que la réponse à ces questions est fortement conditionnée par trois liens : (1) Ce qu’aujourd’hui nous entendons par « succès » est défini par une mentalité et une perspective originellement européenne et, de nos temps, par le modèle nord-américain; (2) l’idée de « succès » est fondamentalement économique et (3) la « conscience d’échec » est non seulement la perception d’une réalité adverse mais aussi sa cause.

Lorsque nous parlons de succès, nous nous référons fondamentalement à une certain type de succès : le succès économique, au statut social que toute société impose à ses individus. En général, lorsque nous parlons d’une femme qui a réussie, nous nous référons à une professionnelle qui à partir “d’en bas” – a atteint réputation, pouvoir et argent, ou a pris le lieu méprisable du sexe masculin, peu importe la quantité de frustrations personnelles que peut lui avoir coûté ce dit “succès” – conception héritée d’une société masculine -, du temps où elles ont quitté ce groupe de femmes démodées qui purent être heureuses avec leurs enfants et leurs activités traditionnelles, ou qu’elles ne le furent avant d’être marginalisées par la nouvelle idée du succès, avant qu’elles eussent à souffrir le châtiment d’être étiquetées comme “ratées” ou “soumises”. – Rien de ceci ne signifie, évidemment, une critique du meilleur féminisme du véritable libérateur de la femme, mais à certaines idéologies qui l’oppriment en son propre nom. – Lorsque nous parlons d’un poète qui a du succès, automatiquement nous pensons à sa réputation littéraire, sans inclure dans ce groupe ce poète qui a atteint la félicité par ses propres vers et ses rares lecteurs. On devrait dire de plus que quelque chose peut être réussie ou ratée selon le point de vue à partir duquel on la regarde. A partir du point de vue du sujet, il dépendra de ses besoins, de ses expectatives et de ses réussites. Mais ces facteurs, desquels dépend l’idée de « succès », sont aussi, dans une grande mesure, relatifs à la mentalité de qui les conçoit et les juge – à l’exception de la faim, de la misère et de la violence physique.

Dans ce sens, nous pouvons dire qu’un pays où sa population n’a pas les nécessités de base satisfaites est un pays qui a échoué. Il est très difficile de soutenir que l’idée de violence ou de faim dépend d’une condition purement culturelle comme peut l’être l’idée de violence morale. Quoique cela ne soit pas impossible, bien sûr. Cependant, afin de nous reconnaître « ratés » dans une aire aussi vaste, complexe et contradictoire comme l’est un pays ou un continent – les deux, abstractions et simplifications -, non seulement il est nécessaire de l’être, mais, surtout, nous devons nous concevoir comme tels. C’est-à-dire, l’échec non seulement dépend des réussites économiques, mais que, surtout, il dépend d’une “conscience de l’échec”. Et cette conscience, comme toute conscience, n’est pas un phénomène donné mais construit, acquis et accepté.

Lorsqu’on parle de « succès » on parle d’économie et rarement on prend en compte les aspects cruciaux pour le développement d’un pays. Par exemple, la fameuse ouverture de l’économie espagnole dans les années ’60, est considérée par beaucoup d’analystes comme le “moment du changement” dans l’histoire ibérique du XX è siècle, matrice de l’actuelle Espagne qui a du succès. Ce qui, à mon sens, est très exagéré et équivoque. L’affirmation enlève une importance à un moment plus significatif dans la création de l’Espagne moderne : la mort de Franco (1975), l’écroulement d’une mentalité militariste et l’échec des putschistes de 1981. Il est certain que l’économie changea davantage pendant les années ’60 qu’au retour de la démocratie. Mais on ne considère pas la situation médiévale de l’Espagne durant les vingt premières années de la dictature franquiste, sa marginalisation de l’Europe et du monde qui la rendait infaisable.

Aussi, on oublie deux points cruciaux : (1) le développement et, même, le progrès économique soutenu d’un pays, à longue échéance, ne dépend pas tant des modèles économiques mais du degré de démocratie qu’il est capable d’atteindre. Plusieurs dictatures en Amérique Latine appliquèrent des modèles semblables de capitalisme et, quelques-unes, de socialisme – sans commencer à analyser l’exactitude idéologique et pratique de chacune d’elles -, certaines eurent des chiffres en rouge et d’autres en noir, indépendamment de la main idéologique qui les gouvernait. Pour cette raison nous pouvons comprendre que le degré de développement insatisfaisant de la majorité des démocraties latino-américaines démontre qu’elles sont plus des démocraties formelles que des démocraties de fait. Dans une véritable démocratie, la liberté de ses citoyens et la confiance en eux-mêmes impulsent plus vigoureusement quelconque développement satisfaisant que dans ces autres submergées dans une structure sociale rigide qui est perçue comme injuste et oppressive – peu importe le nombre de parlementaires, de partis politiques ou d’élections qu’elle possède. Certains économistes ont mis de l’avant la théorie que pour qu’existe le développement, un certain degré de corruption était nécessaire. Il y a dix ans j’ai dit, et je vais le répéter, que l’éthique forme une partie cruciale d’une économie prospère, dans le sens qu’il établie des règles de jeu plus justes et, par conséquent, la confiance dans un système et un pays. Il suffit de rappeler que le crédit se base sur la confiance, que les efforts personnels et sociaux dépendent aussi de ce même sentiment. (2) En dernier, une observation purement éthique : le “succès économique” serait de l’argent sale si sa causante était une dictature despotique et génocide, ce qui représente un retentissant “échec social”. C’est pour cela – et liant ce point à celui antérieur – qu’il ne suffisait pas d’un certain “succès économique” dans la dictature de Franco ou dans celle de Pinochet ou dans celle de Staline, pour générer un développement social – ou purement économique, si vous aimez mieux – qui soit soutenable dans le temps.

C’est pour cette raison que je considère que le développement économique soutenu des États-Unis est dû plus à la perception qu’ont eu leurs citoyens de leur démocratie que des forces pures d’un système économique variable que, de façon grossièrement simplifiée, nous appelons « capitalisme ». Il suffirait d’imaginer le capitalisme nord-américain avec un gouvernement de Pinochet – exercice qui, de nos jours, n’est pas si difficile à faire -. Il suffirait d’imaginer ce qu’il en eût été de l’immense développement matériel de ce pays avec une structure sociale oppressive, despotique, patricienne et politisée comme celles des latino-américains.

Maintenant, que signifie que les États-Unis sont un pays à grand succès ? Si les États-Unis sont un modèle à suivre par d’autres pays latino-américains, cela se doit seulement à son “succès économique”. Nous pouvons aller un peu plus loin et dire que les États-Unis ont eu du succès aussi dans d’autres dimensions : dans différents types de services – plus « socialistes » que ceux que l’on peut trouver dans certains pays qui se piquent de l’être -, une certaine organisation plus juste de sa population en ce qui se réfère aux opportunités de travail, la maintenant classique conception de la loi anglo-américaine, etc. Mais lorsque nous parlons de « succès » nous maintenons dans nos esprits la référence exclusive à l’économie.

Nous devrions, en échange, être un peu plus précis. Les États-Unis ont eu du succès dans l’aire X, comprenant le mot « succès » à partir d’un point de vue Y. Nous pourrions dire que cet heureux pays a échoué dans d’autres aires – à partir d’un point de vue Y – et, même, qu’il a échoué dans toutes les aires à partir d’un point de vue Z. Par exemple, à partir d’un point de vue proprement occidental, il a échoué dans sa lutte contre la consommation de drogues – légales et illégales – dans le contrôle d’une anxiété consumériste reflétée par un inégalable niveau d’obésité de ses habitants, dans l’accès égalitaire à la santé, à accepter légalement des millions d’immigrants hispaniques qui sont ici depuis plusieurs années, avec plus d’obligations que de droits, mais soutenant une économie – et l’économie de leur pays d’origine, moyennant remises – qui sans eux tomberait dans une des pires crises économiques de leur histoire et, par conséquent, de leur fameux « succès », etc. Depuis un point de vue non occidental, par exemple, on peut dire qu’ils ont aussi échoué dans leur lutte contre le matérialisme, dans leur lutte contre la névrose consumériste, etc. Que nous partagions ou non ces affirmations, nous devons reconnaître qu’elles sont totalement valables à partir d’autres points de vue, depuis d’autres mentalités, à partir d’autres façons de concevoir le succès et l’échec.

Pour sa part, l’Amérique Latine est un continent encore plus vaste, plus hétérogène et plus contradictoire, avec des pays qui partagent des éléments culturels communs et souvent méconnaissables. Peut-être ce qui identifie l’Amérique Latine est l’idée – non dépourvue de fiction – d’une histoire, d’un destin commun et l’idée ou la conscience de l’échec. Cette conscience nous vient depuis les temps de la conquête, bien sûr, et par la suite de “l’indépendance”, de José Artigas et de Simon Bolivar.

Mais cette idée d’échec ne fut pas toujours aussi unanime comme on la considère aujourd’hui. Le Rio de la Plata, par exemple, vécut de longues décades à la fin du XIX è siècle et au début du XX è, peut-être jusqu’en 1950, avec la conscience du « succès ». Dans mon pays, l’expression la plus populaire de ces temps fut la mythique phrase “comme en Uruguay il n’y a pas”, et les Argentins pourraient dire de même, plus si nous considérons qu’ils étaient au pair avec le Canada et l’Australie en ce qui concerne le développement scientifique, jusqu’à ce que le dictateur Onganía dise qu’il allait mettre en ordre son pays, expulsant tous les intellectuels – ce qu’effectivement il fit. D’un autre côté, et quoique le paysage social et urbain chilien ne se différencie pas beaucoup de celui argentin ou brésilien, il est assez connu que le Chili jouit d’une certaine reconnaissance en ce qui se réfère à son économie. Au moins, ceci est vu par beaucoup de Chiliens, par beaucoup de pays voisins et, naturellement, par beaucoup d’analystes nord-américains. Cependant, et à l’encontre des propres désirs des Chiliens, l’idée « d’échec » comme signe distinctif de pays latino-américain survit dans l’obsessive comparaison avec les pays européens, par exemple.

Tout ceci veut dire qu’il ne suffit pas d’avoir une économie “réussie” pour échapper à la perception de l’échec – c’est-à-dire de l’échec tout court. Pourquoi ? Parce que cette conscience, comme nous le suggérions plus haut, non seulement dépend d’une réalité mais aussi d’une construction culturelle et psychologique, ce qui relativilise beaucoup l’idée de “succès”. Sans doute, beaucoup de pays plus pauvres que l’Argentine possèdent une « conscience d’échec » beaucoup moindre que celle de ces mêmes Argentins. Parce qu’il est nécessaire de “s’assumer malheureux” avant que “d’être malheureux”. Nous ne pouvons dire que le très pauvre Mahatma Gandhi était un malheureux, nous ne pouvons dire que les “misérables” qui vont au Gange sont malheureux s’ils possèdent une « conscience de dépassement ». Il y a dix ans, un de mes personnages des plus difficiles à comprendre pour moi-même, me faisait dire : “Les occidentaux considèrent qu’un pauvre sans aspirations économiques et passif devant sa pauvreté, manque d’esprit de dépassement. Et ils le méprisent pour cela. En Inde et au Népal, il arrive strictement le contraire. Pour eux, quelqu’un qui renonce, quelqu’un qui a abandonné toutes les commodités du monde matériel et qui n’aspire pas à plus qu’à des aumônes, est un homme avec un “esprit de dépassement”. Et ils l’apprécient pour cela.

L’Amérique Latine n’est pas l’Inde ni le Népal. N’est pas l’Afrique non plus. Ni l’Amérique anglaise. L’Amérique Latine n’est ni même l’Amérique Latine, mais – comme toute chose – elle est ce qu’elle assume d’être.

L’Amérique Latine cessera d’être un continent « malheureux », à mon sens, lorsque : (1) elle cessera de définir son échec en fonction du “succès” d’autrui et de la définition d’autrui du “succès”, (2) lorsqu’elle abandonnera sa rhétorique de gauche et sa pratique de droite qui l’empêche de prendre conscience de ses propres possibilités et de sa propre valeur et, (3) lorsqu’elle se révèlera contre sa propre tendance auto destructrice.

Devons-nous prendre conscience, alors, comme démarche préalable ? L’idée d’une nécessaire « prise de conscience » peut être très vague, mais elle est vitale et tout à fait intelligible dans la pensée des éducateurs comme Paolo Freire et de l’essayiste José Luis Gòmez-Martinez.

Avertissant que « prendre conscience » peut avoir des significations opposées – et jusqu’à arbitraires, si nous choisissons nous-mêmes l’objet de conscience d’autrui -, je synthétise le problème de cette façon : prendre conscience signifie se sortir de son propre cercle. Je le dis d’un point de vue culturel et strictement psychologique : toute “prise de conscience” se produit lorsque nous « sortons » de notre propre cercle, lorsque nous sommes capables de voir un peu plus loin que nous voyons habituellement, plus loin que ce qui nous entoure; lorsque nous sommes capables de penser plus loin que les limites dans lesquelles nous avons crû, plus loin que les limites que nous a imposé notre propre culture et notre propre éducation, notre propre façon de comprendre le monde. A chaque fois que nous sortons de notre propre cercle nous opérons une nouvelle prise de conscience, indépendamment de nos économies. Pour un meilleur développement, une prise de conscience plus ample est nécessaire. Mais penser que le succès économique en lui-même est une preuve d’une conscience supérieure ou plus ample non seulement est un vieux procédé arbitraire religieux et un plus moderne procédé arbitraire idéologique, mais, tout le contraire d’une conscience supérieure : c’est de la myopie spirituelle.

Jorge Majfud
Université de Géorgie, Juin 2004

Traduit de l’espagnol par :
Pierre Trottier
Trois-Rivières, Québec, Canada. mars 2006

1. Las venas abiertas de América Latina
2. Manual del perfecto idiota latinoamericano
3. Las raíces torcidas de America Latina



China: el gran salto hacia adelante

HuoQuan 1962 China

Image via Wikipedia

China: el gran salto hacia adelante

El factor etario

Entre 1958 y 1962 el gobierno de China impuso un paquete de medidas sociales y económicas con el objetivo de modernizar su economía. Las antiguas prácticas agrícolas, el delicado orden económico y cultural que podríamos llamar “econosistema”, fueron modificadas casi por decreto en un intento de industrializar una sociedad agrícola basándose en la teoría de turno sobre las fuerzas productivas. Esta práctica radical se conoció entonces como “El gran salto hacia adelante”.

Se calcula que debido a este gran salto, en tres años murieron de hambre entre 15 y 30 millones de personas. El gobierno de la época, refiriéndose a la sequía que afectó China casi en el mismo periodo, llamó a esta catástrofe “Los tres años de desastres naturales”. La tragedia recuerda una de las frases célebres de Augusto Pinochet para celebrar su golpe de Estado en 1973: “Estábamos al borde del abismo y dimos un paso hacia adelante”.

Hay muchos ejemplos históricos como éste, donde una sola decisión autocrática, casi siempre basada en una teoría de turno y en la fe infinita que algunos líderes se tienen a sí mismos, produjeron tragedias similares.

Claro, también la dinámica del capitalismo incluye una serie conocida de crisis periódicas. En estados Unidos, las recesiones se parecen a las manchas solares que se producen cada once años y están dentro de otro ciclo mayor de leves y peores crisis. Si se trata de un capitalismo periférico, estas manchas no son simple desempleo o descenso del consumo sino que incluyen, con demasiada frecuencia, hambrunas y violencia social. Cuando en Estados Unidos hay crisis económica, la inflación y el dólar bajan junto con la tasa de criminalidad. En los países que antiguamente la izquierda llamaba “del capitalismo dependiente”, la arrogancia del norte clasificaba como “tercer mundo”, los eufemistas decían “en vías desarrollo” y ahora los eufóricos llaman “emergentes”, cuando hay crisis económicas sube la inflación, el dólar y la criminalidad, hasta convertirse en un problema social de primer orden.

Pero el capitalismo está lejos de ser una segunda naturaleza (darwiniana), como pretenden sus ideólogos. Sus gobernantes son casi tan escasos como en un país comunista al peor estilo burocrático y autoritario del siglo XX, aunque no ocupen directamente los gobiernos. Sus lugares naturales son las bolsas de valores, las centrales de inteligencia y los directorios de bancos y de transnacionales. Sus gremios son los temibles lobbies. No presionan en las calles sino en los parlamentos, en los ejecutivos y en la prensa que disemina sus verdades a cambio de apoyo publicitario. La paradoja radica en que la propaganda va en las noticias y las noticias van en la publicidad.

La virtud de la China de hoy (vamos a usar los criterios de éxito definidos por la posmodernidad que todavía nos engloba) consiste en un eclecticismo intolerable para los antiguos modernos del siglo pasado. Aunque veloz, la última etapa de desarrollo de China ha sido producto de una moderación de casi cuatro décadas de comunismo capitalista. Sin las libertades de las democracias burguesas y sin las igualdades del socialismo proletario (dos anacronismos todavía en circulación), la población china fluctúa entre la esclavitud de las factorías administradas por el gobierno o por compañías extranjeras, el mayor acceso a la modernidad de las nuevas generaciones y la euforia de una nueva clase minoritaria de nuevos ricos.

Pero uno de los factores que más ha contribuido a ese desarrollo económico es al mismo tiempo su amenaza más importante: el tamaño de su población, que en términos marxistas funciona como un casi infinito Ejército Industrial de Reserva. Casi infinito no porque sean cientos de millones de desocupados sino por la abismal diferencia de ingresos entre un campesino chino (o indio), potencial obrero citadino, y un obrero en el mundo desarrollado.

Eso en números presentes. En términos históricos no tiene nada de infinito, porque el reloj biológico es el mismo para un país de tres millones que para otro de más de mil millones.

El envejecimiento de la población china, derivado de la política de “un hijo por pareja” podría convertir al gigante ejército industrial en un gigante geriátrico. Aunque esta política afectó a menos de la mitad de la población, estimuló el feminicidio y en los noventa llevó a China a situar su tasa de fertilidad por debajo del nivel de reemplazo.

Advirtiendo que en algunos países la producción de capitales depende (en un porcentaje creciente y, en casos, mayor que rubros como la agricultura o la industria) de la producción intelectual en universidades y en centros de investigación, el gobierno chino ha invertido de forma agresiva en estimular el acceso de su juventud a las universidades. Si bien ha logrado un incremento en el número de matriculas, por otro lado aparece en el horizonte un signo contrario: el número de estudiantes en las escuelas primarias ha descendido de 130 millones a 100 millones en los últimos quince años.

Aunque Estados Unidos tiene la mayor tasa de natalidad del mundo desarrollado (sobre todo entre los conservadores, porque una alta tasa de natalidad suele ir asociada a un modelo patriarcal), tiene un problema semejante al de China, aunque en menor escala. La explosión demográfica posterior a la Segunda Guerra (“baby boom”) también fue parte responsable de las revueltas juveniles y culturales de los sesenta y, consecuentemente, el declive de la rebeldía juvenil en los conservadores años ochenta. No hay que subestimar este factor. El mismo Ernesto Guevara, cerca de sus cuarenta, observaba un grupo de jóvenes entusiastas y concluía que la edad puede significar una diferencia revolucionaria aun mayor que la clase social. Seguramente por este mismo factor y no por su condición física, los ejércitos que van a las guerras están compuestos por una obscena desproporción de jóvenes, adolescentes sin edad para consumir alcohol.

Ahora el retiro de los “baby boomers” es un problema para Estados Unidos. El mismo factor, amplificado, también es la base de una futura crisis en China, más lenta y más seria que una muy probable burbuja inmobiliaria en curso.

A corto plazo, la principal carta china para atenuar esta crisis es también su población: el incremento del consumo interno de la mayoría aún en la pobreza, aún en la esclavitud asalariada de las factorías. El aumento de los sueldos en China atenuará por un tiempo la crisis de su envejecimiento, al mismo tiempo que atenuará en algo el impacto en otros países exportadores. Pero también exportará inflación al resto del mundo.

Y, como de costumbre, detrás de las crisis económicas vendrán los replanteos existenciales.

Jorge Majfud

Junio 2010

Jacksonville University

Milenio (Milenio)

Panama America (Panama)