El mismo fuego (2019)

El mismo fuego 5

Contratapa:

El mismo fuego es una novela y es una autobiografía existencial basada en las experiencias del autor durante la pasada dictadura militar en su país. Los hechos reales, los nombres,el país y la posterior evolución de diferentes tragedias han sido alterados para proteger la verdad. Con una estructura sintáctica que carece del pronombre relativo que, la novela expresa en el lenguaje las mismas ausencias funcionales que existen en la memoria absoluta de su protagonista, el niño José Gabriel, sin por ello impedirle representar un mundo que su exagerada memoria registra en detalle pero su comprensión no puede abarcar en su totalidad. “Una mañana, los niños jugaban en una vieja carreta cuando sonó un balazo. ¿Por qué nacemos, si tenemos que morir? Los años van pasando, como pasan los árboles ante la ventana del tren; y Jorge sigue buscando la respuesta”. Eduardo Galeano.

El mismo fuego 2

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“EXCLUSIVO: EMPEZÁ A LEER EL MISMO FUEGO, DE MAJFUD”, MDZ WWW.MDZOL.COM

 

Gusanos inteligentes

 

Enseguida recordó (¿fue en Key West?) una conversación con Ernesto. Recordó (sí, habían ido de viaje con Elena, Alexa y alguien más) que había tratado de defender cosas en las que ya no creía, como un sacerdote da misa cuando ya no cree en la misa y duda de Dios, pero teme reconocerlo.

—Esa es una típica paranoia de intelectuales —le había dicho, con una sonrisa, por las dudas, para atenuar los efectos de su afirmación—. No hay por qué tenerle miedo a la tecnología.

—No es a la tecnología a lo que le tengo miedo —había dicho Ernesto, haciendo dibujos en el sudor de su vaso de cerveza—, sino a la cultura que crea todo eso. A esa misma que pronto, en apenas unas décadas más, nos dejará sin estas playas. Tal vez nosotros no lo veamos en su peor momento, pero Alexita y su amiga sí.

—Como sea, la cultura se adaptará, no al revés. De hecho, estoy en un proyecto muy interesante en Asia, algo relacionado con eso mismo, aunque no puedo dar detalles.

—No te pongas misterioso. ¿Vas a trabajar para la CIA?

—No, nada de misterios. Es sólo discreción. Cosa de negocios que aún no se cerraron. Sí puedo decirte —(en el porche del hotel, maneó la cabeza; esas palabritas habían sido estúpidamente arrogantes)— que la inteligencia artificial será como cualquier otro invento del pasado. Cambiará muchas cosas y resultará en un beneficio para la humanidad. Hará muchas cosas que hacemos hoy los humanos…

—Como pensar —había contestado Ernesto—. Pero, bueno, considerando que la gente cada vez más se parece a robots, no sería para preocuparse tanto, ¿no? Ya no jodo más con eso del consumismo aquí en este país. Sólo mira esos pobres niños en Shanghái, en Corea del Sur… Duermen cinco horas porque el resto están estudiando. Escuela, tutores, práctica extra, revisión y vuelta a casa cuando son las diez de la noche y el padre ya se ha acostado porque a las cinco sale de la casa a la oficina, donde está su familia verdadera que ellos llaman colegas. Cada día de cada año se preparan para ser los mejores, para que cuando sean jóvenes puedan entrar a las mejores universidades y de esa forma puedan lograr un trabajito de siete de la mañana a siete de la noche, con algunas horas extras cuando la producción no alcanza las expectativas y todo el mundo anda nervioso y estresado por la inevitable crisis, el inevitable fracaso. Si esos niños, esos jóvenes no logran entrar a las mejores universidades, son automáticamente y por default un fracaso. Algunos se suicidan. Digo, se suicidan de forma tradicional, porque el resto ya está muerto.

—¡Vaya, qué trágico! ¿No te parece que exageras un poco?

—No. Yo no —había dicho Ernesto, mirándolo a los ojos como si se tratase de un detector de mentiras—. No exagero. Es la realidad la que exagera, y no un poco. Los que logran el éxito, lo hacen al precio de haberse convertidos en máquinas, en piezas de una gran maquinaria productiva, altamente efectiva. Si uno reemplaza esos cyborgs por robots con inteligencia artificial, no habrá mucha diferencia. Para entonces, los humanos ya se habrán deshumanizado mucho antes de ser reemplazados por máquinas más perfectas. Es decir, por ellos mismos en versión mejorada.

—El miedo a que los robots inteligentes se den vuelta contra los humanos y nos conviertan en esclavos o, simplemente nos exterminen es un miedo propio de los seres humanos…

—¿Y por qué las máquinas con inteligencia artificial, alimentadas con nuestros hábitos intelectuales, cosas de seres humanos, habrían de ser éticamente superiores a nosotros? ¿O no hemos sido, desde siempre, una especie altamente destructiva, una especie letal? Además, aunque los robots inteligentes sean el súmmum de la bondad, todavía queda la opción más probable: no serán ellos que nos destruyan; seremos nosotros mismos, cuando nos convirtamos en seres irrelevantes, perfectamente inútiles para sobrevivir sin la inteligencia artificial. Física y mentalmente perezosos. No necesitamos que los robots nos persigan para destruirnos, como en The Terminator; basta con que nos resuelvan todos los problemas. Con eso basta para convertirnos en apéndices, para tener una existencia de gusanos. Claro que si nos convertimos en gusanos nunca llegaremos a darnos cuenta. Nos sentiremos orgullosos de ser gusanos y hasta le pediremos a los robots que escriban libros y hagan películas y diseñen ideologías y religiones alabando nuestra admirable condición de gusanos.

 

JM, agosto 2018

 

 

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El deseo

Esta historia no la inventé yo. Es una historia que antiguamente se contaba de muchas formas, pero siempre contaba, más o menos, lo mismo. Luego, por la urgencia de los últimos siglos, cayó en el olvido. Como las historias que importan, tal vez no sea cierta, pero es verdadera.

Cuentan que hace dos mil quinientos años había un hombre muy bueno que una noche oscura recibió la visita de Dios. No pudo verlo, pero pudo escucharlo.

El hombre se asustó porque la voz no era de este mundo. Enseguida supo que era Dios que había escuchado sus plegarias y había, por fin, decidido hablarle.

El buen hombre había enfermado y se encontraba solo, abandonado, por lo que Dios le ofreció cumplirle un deseo.

Su corazón se agitó, pero antes de que dijese nada, Dios continuó: “Siempre has sido un hombre compasivo. En tus oraciones nunca han faltado los hombres y las mujeres de tu aldea. Así que, todo lo que pidas para ti, se lo daré dos veces a cada uno de ellos”.

El hombre enmudeció y, luego de pensarlo un instante dijo:

“Está bien. Quítame un ojo”.

 

 

JM, Mayo 2018

 

La primera muerte del soldado Ernest Hatuey

 

(cuento del libro “Algo salió mal”, 2015, basado en un caso real)

En una calle de asfalto cubierto por el polvo que todo lo desdibuja, a la hora en que el día se reparte entre la tarde y la noche y los olores de las aldeas de Irak se vuelven intensos como en las tiendas de granos y especies de los árabes de Manhattan, el convoy entró a la ciudad milenaria sin cambiar el paso. Por la ventanita de la unidad 16, Ernest vio pasar las primeras casas de techos planos y sin luces adentro. Vio las mismas personas de siempre que caminaban como sombras grises y silenciosas, como si tratasen de existir lo menos posible, apenas lo necesario como para volver a sus casas, o como si no supieran otras formas de vivir. Se había acostumbrado a las casas y a las calles, siempre desdibujadas, como si fuesen un bosquejo inacabado, sin límites claros, sin colores precisos, sin nada nítido que hiciera de aquella ciudad una ciudad y de aquella gente hombres y mujeres concretos y no personajes de viejas historias infantiles.

Entre las 17:00 y las 17:15 una explosión levantó por el aire a la unidad que marchaba delante. Como lo indicaba el procedimiento para esas ocasiones, las unidades adelantadas que no habían sido afectadas no se detuvieron. La que iba delante de Hatuey disminuyó la marcha para desviar la unidad siniestrada mientras un soldado abría fuego contra los nativos que no alcanzaban a recuperarse de la estampida.

En el vértigo habitual, acentuado por la sordera del estampido, Ernest se asomó por la escotilla y vio a un hombre que intentaba levantar a un niño. De alguna forma, no sabía cómo, había visto a ese hombre y a ese niño un instante antes de la explosión. Iban caminando de la mano. Iban vestidos más o menos igual, sin colores, con camisas y pantalones holgados, blancos, grises o simplemente sucios. En algún momento el niño comenzó a correr como si hubiese visto al mismo Diablo. Iba descalzo. Unos segundos después ocurrió la explosión y casi enseguida la ráfaga de disparos de la unidad que lo precedía.

Murieron dos compañeros de Arizona, aunque nunca supo quiénes. Tal vez supo el nombre del niño que había caído en la segunda ráfaga. Recordaba los gritos en árabe de alguien que lo llamaba. Recordaba el grito del niño y, sobre todo, recordaba, como una maldición eterna, el silencio que había seguido a aquella descarnada expresión de dolor o de miedo. El hombre gritaba Johef, o Yohef, o Youssef. Era un grito como un vómito, como si en uno de esos nombres estuviese vomitando toda su vida en aquella tierra maldita por Dios, pensaba. El vómito se extendía en la e, en la última e que se arrastraba en un ronquido que luego se ahogaba en la f. Yousseeef. No sabía por qué, pero esta vocal se había vuelto algo importante en su vida. ¿Por qué el vómito se ahogaba en esa e que a veces se volvía como una i interminable? ¿Por qué se le habían fijado esos detalles cuando había cosas más importantes en la guerra? El hombre que gritaba debía ser el padre. Porque sólo un padre —se animó a pensar— puede gritar de aquella forma que calaba los huesos. Tal vez gritaba para que el convoy se detuviera, alcanzó a reconocer una vez, totalmente ebrio en un bar de la calle Ocean Front de Jacksonville Beach. Tal vez gritaba para que los soldados dejaran de limpiar el área antes de continuar la marcha, omitió decir aquella tarde, pero lo reconoció en un correo electrónico que envió a su primo Eduardo en San Francisco, justo cuando salía de Hawái en el atunero que lo llevaría finalmente a Japón.

También reconoció, en el mismo correo, que cuando escuchó el primer grito casi detuvo el Abrams. Hubiese sido contra el reglamento, razón por la cual la unidad continuó el camino programado.

Pero no importaban las mejores razones para olvidar. Ernest no podía deshacerse de ese grito, de la e y del hombre tratando de levantar algo sin forma concreta. Como si esa hubiese sido la única baja en toda la guerra.

El niño había quedado detrás, tendido sobre una mancha de sangre. Su padre insistía en levantarlo, pero por alguna razón no encontraba la forma. Hatuey lo maldecía por esto. Una y otra vez lo había visto en sus sueños tratando de levantar ese bulto enredado en una túnica blanca o gris.

Ernest Hatuey iba a parar el M1 Abrams. Pudo hacerlo, aunque era contra el reglamento. Pudo hacerlo y no lo hizo. Tampoco podía saber si el niño había muerto en la explosión o bajo las garras del Abrams. Y aunque había resuelto la situación de forma correcta según las reglas y el estándar, aunque había visto morir mucha gente antes y después de esa tarde, esa tarde no fue como cualquier otra —y sólo Dios y el Diablo saben por qué.

Durante el resto del despliegue en Irak, Ernest Hatuey cumplió con sus obligaciones dentro del objetivo y las formas previstas. En la guerra no es posible apreciar que algo funciona mal, así que en los siguientes meses trabajó con disciplina a la espera del regreso definitivo.

Finalmente, el miércoles 21 de marzo de 2007, arribó al aeropuerto Hartsfield-Jackson de Atlanta. Cuando tomó el metro que lo llevaba de la terminal B a la T, quiso pensar en Claudia, en sus padres. Quiso sentir la misma ansiedad de sus compañeros.

Next stop, concourse C… C as in Charlie…

Sabía que lo estaban esperando. El viejo, emocionado pero inexpresivo; la vieja llorando; y Claudia, la ligera mariposa que se escapó de los paramilitares de Colombia casi diez años atrás, nerviosa, como siempre, delgada y sin saber dominar tanta ansiedad, porque para ella el mundo pendía de un hilo y cada detalle, de cada acontecimiento era una terrible amenaza.

Hubiese querido estar nervioso, pero no pudo. No había emociones fuertes en su estómago, ni las lágrimas que se había imaginado tantas noches, tirado en la litera del destacamento sin poder dormir, con un cigarrillo iluminando de vez en cuando el techo, como en las películas de Viet Nam, contando detalles de su madre y de su perra, escuchando sin tanto interés los detalles de las madres y las perras de sus compañeros, escuchando Paint it Black de los Rolling Stones para disimular la realidad. Cada vez que contaba algo de su vida casi olvidada de San Juan, viajaba al Caribe y sentía los olores de la guayaba, veía las flores de la abuela que rodeaban el pozo de agua y se trepaban en el muro del fondo, que él imaginaba el último bastión de la fortaleza que escondía a una hermosa joven raptada por los piratas, sin haberse dado cuenta nunca que los piratas no eran dueños de castillos sino de barcos, propios y ajenos. Y el coquí, por supuesto, el coquí multiplicado por mil en las noches sin autos. Co-quí, co-quí… Cuando la tía Eulogia agonizaba en Orlando, su hija le puso una grabación de estas ranitas en el dormitorio del hospital. Dos enfermeras habían entrado al escuchar el extraño ruido y tardaron en comprender que aquello era una grabación, que la grabación era de unas ranitas, y que las ranitas hacían sentir bien a la paciente. Pero la tía Eulogia no necesitaba más que el silencio y los coquís. Se había sonreído y antes de morir le había dado las gracias a su hija por haberla llevado de nuevo a Puerto Rico.

—Hatuey, aparte de un nombre extraño, tiene una memoria muy creativa —decía Jesús, el pelotero dominicano que dormía en la litera de abajo.

—No seas ignorante —respondía Hatuey— ¿no sabes quién fue Hatuey?

Se dejó subir por una de las escaleras mecánicas. Luego por otra. Dos mujeres corrían exhaustas para alcanzar su vuelo.

Yo sé —había contestado Carlos, desde la oscuridad—: Es una marca de malta cubana. A un amigo chileno le gustaba mucho tomar malta y en el único lugar que la conseguía era en un restaurante cubano de West Palm Beach, lleno de mosas cubanas aunque nacidas en América. Mi amigo, al que le caía mejor el Che Guevara que la mafia de Miami, iba a comer empanadas cubanas allí, porque los yanquis no tenían la menor idea de qué se trataba eso de la malta. Lo peor fue que terminó enamorándose de una de aquellas niñas y creo que hasta se casaron.

—No quiero saber lo que habrá sido la historia después.

—Ahora que lo recuerdo, tenía un indio en la etiqueta. La malta.

—Y los habanos, y los Cohiba y todo eso.  Pero la verdad que se trata de un indio taíno, el primer rebelde de América.

Next stop, concourse T… T as in tango…

Pero todo eso había sido antes de Falluya. Antes de Falluya, los horrores de la guerra eran apenas eso; eran los horrores de la guerra que le ocurrían cada día a alguien que todavía estaba vivo.

Sin darse cuenta, de repente se vio caminando a paso medido en una fila que divagaba por el aeropuerto. I see a red door and I want it painted black. Una mujer rubia con una banderita en una mano dirigía la fila de soldados y los paseaba por las diferentes salas de espera para que los héroes recibieran la bienvenida que merecían. No colors anymore I want them to turn black. Una multitud de rostros desconocidos, algunos desencajados, como era costumbre, estaba allí para ovacionarlos. Apenas vio dos o tres hombres y una mujer que leían el diario o tomaban café, con una indiferencia que a Hatuey le pareció deliberada. Ni siquiera sintió odio o rabia por aquellos malagradecidos. Casi que los comprendía. Casi que le hubiese gustado que alguno se levantase y dijera algo, tal vez un insulto, pero algo que terminase con aquella agonía de héroes. Podía ver en sus rostros toda la pasión patriótica que él, Ernest Hatuey, había perdido en la guerra. I see the girls walk by dressed in their summer clothes… No le tenía ningún rencor al país al que representaba. Su rencor provenía de otro lado, pero el ruido de los aplausos no lo dejaba entender siquiera en un mínimo grado de dónde provenía ese rencor que lo llevaba a despreciar a aquella mujer gorda que tenía el rostro colorado de tanto aplaudir, o a aquel otro anciano que gritaba “welcome, welcome!”

Por todos estos indicios supo que estaba enfermo o algo no andaba bien. Un médico le explicará algunos años después que existe un síndrome del soldado que transfería todas sus frustraciones y sus experiencias traumáticas a las autoridades que lo habían enviado a la guerra, y que esto se podría curar perdonando y habilitando un diálogo con aquellos que en su momento debieron tomar la decisión que finalmente terminó por afectar la vida del soldado renegado. Pero Hatuey descubrió, con total sorpresa, que los compañeros que estaban en su misma situación eran muchos, al menos muchos más de lo que cualquiera de ellos podía reconocer.

Mientras caminaba en silencio, arrastrando por el piso brillante aquellas botas de color arena del Oriente que debía guardar como el mayor trofeo de su vida, Ernest siguió esperando que la emoción brotase a sus ojos mientras cumplía con la ceremonia de recibimiento. Todos sus compañeros habían estado ansiosos desde que divisaron las costas de Estados Unidos hasta el último minuto.

Cuando el martirio del desfile de recibimiento terminó, todos se echaron a los brazos de sus padres y de sus mujeres. Algunos, incluso, tenían hijos pequeños. Sintió envidia de estos niños pequeños, corriendo como locos a tirarse a los brazos de su padre ausente en una misteriosa tierra, en un ingrato país lejano que había devorado a muchos de aquellos sufridos héroes. Y gracias a ellos ahora sus niños eran libres.

Ernest Hatuey intentó hacer lo mismo. Cuando vio a sus padres y a Claudia con el rostro cruzado de lágrimas, extendió los brazos y una sonrisa que sus ojos no acompañaron. No podía emocionarse. Mucho menos llorar o arrancar una lágrima a aquellos ojos resecos por la arena del desierto. Resecos, pensó, como si estuviesen muertos. Intentó fingir emoción, pero tampoco pudo.

Allí estaban su esposa y sus padres, y allí estaba él haciendo lo que debía hacer: abrazarlos, decirles que estaba feliz por el regreso. Pero sólo pensaba en llegar a su casa y acostarse. Era como si un gran cansancio, luego de días de caminar, lo hubiese invadido sin razón.

En su casa encontró a su perra Glory, a la perra que tanto había extrañado. Allí estaba, nerviosa, saltando hasta donde le daban las patas. Ernest Hatuey se arrodilló y la abrazó tratando de evitar las lamidas desesperadas de aquella pequeña bestia que no había entendido nada.

Pocos meses después de su regreso, los médicos diagnosticaron que Ernest Hatuey sufría de PTSD, es decir, de posttraumatic stress disorder. Según le explicaron, nadie sabía todavía por qué las mismas experiencias tienen efectos diferentes en diferentes personas e, incluso, en una misma persona. Pero al menos toda la furia contra los desconocidos que se habían quedado y toda indiferencia por su esposa y por sus padres, tenían un nombre y, probablemente, los médicos tenían alguna idea de cómo aliviar un problema que se había vuelto crónico por no haber sido tratado a tiempo, según decían ellos.

Así que, poco a poco, fue descubriendo que ese día, el 16 de marzo de 2006, había muerto con la explosión o poco después, y su cadáver había quedado tendido en una calle polvorienta de Falluya, en manos de un padre desconocido, tan desconocido como el que encontró el mismo Ernest a su regreso en Atlanta, una tarde de otoño del 2007.

 

 

Orfeo

El complejo de Orfeo

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Si el presidente o el primer ministro de un poderoso país

arrasa una horrible ciudad con alas de fuego

para salvar la vida y la civilización

para liberar a la victimas

y castigar a los fanáticos

 

Si el presidente o el primer ministro de un poderoso país

masacra a su pueblo o a un pueblo ajeno

para salvar el orden del caos invasor

para defenderse del ataque artero

de los que comen basura

 

podrá ser llamado héroe, hermano, o padre salvador

podrá ser maldecido por malditos de poca fe

podrá ser castigado con chorros de tinta

pero nunca dejará de ser

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

 

No por masacrar horribles bestias de siete años

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

perderá su puesto ni acortará sus días

en la profesión de administrar el poder de los demás

en la costumbre de secuestrar la opinión ajena

 

Pero si se descubre, ¡ay, si se descubre!

 

que el presidente o el primer ministro de un poderoso país

pronunció palabras ofensivas o denigrantes

contra la raza azul o la etnia amarilla,

contra el sexo derecho o el sexo izquierdo

contra la religión de las víctimas o la superstición de los pobres,

o hizo el amor en otro lugar o por el lado equivocado

 

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

renunciará honorablemente a su cargo

para no ser expulsado del grupo de los poetas de dios

para que dios no se ofenda con un verso mal contado

para salvar la moral de todo un pueblo civilizado

 

Porque el presidente o el primer ministro de un poderoso país

puede salvar o arruinar su carrera por lo que dice,

no por lo que hace.

El presidente o el primer ministro de un poderoso país

nunca dejará de ser el presidente o el primer ministro de un poderoso país

por el numero con ceros de horribles muertos de siete años.

 

Horribles hombres y mujeres abortados a los siete años

Seres deformes sin cabezas y sin piernas, sin sueños, insensibles, inexistentes

que el presidente o el primer ministro de un poderoso país

decidió suprimir sin querer, porque era necesario

porque la vida siempre está primero

para seguir siendo el presidente o el primer ministro de un poderoso país

 

para seguir siendo el poeta maldito

que cuida esas palabras

que cuidan los hechos

que protegen la vida, el derecho y la civilización de los hombres

amenazados por aquellos otros horribles hombres y mujeres de siete años

sin cabezas, sin piernas y mirando sin mirar

 

mirando sin mirar

la mano salvadora y justiciera

el verbo que se hace luz y crea el mundo y protege a sus dueños

a través de los versos que como salmos repiten los verdaderos fieles

del presidente o del primer ministro de un poderoso país

Jorge Majfud

 

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Sabía que no iba a funcionar

No iba a funcionar

de la novela Crisis

Lupita fue siempre una niña obligada a madurar a los golpes. Pero ni así maduró nunca ni yo quería que madurara. Estaba tan linda y tan cariñosa así. Toda su infancia de hambre y su adolescencia de gritos y humillaciones no la habían hecho más dura, más resistente a la suerte que le tocó en vida sino todo lo contrario. Para mí que el viejo la trataba tan mal porque la madre de Lupita había muerto en el parto y él no le perdonaba esto.

Quién sabe si hubiese sobrevivido a las calles de la villa donde la llevé para salvarla del alcoholismo del viejo. Quién sabe si hubiese tenido mejor vida entre los metros de Nueva York. Quién sabe si se hubiese venido de no ser porque yo mismo le pinté el oro y el moro del otro lado. No sufras más, Lupita, no se puede vivir así entre medias lágrimas. Yo me largo para yanquilandia y que sea lo que Dios quiera. Total, quién va a saber que tenemos una foto del Che en la cocina? La sacamos mañana mismo y a poner la mejor sonrisa en la embajada.

—No le van a dar una visa a dos pobretones como nosotros, Nacho. No tenemos ni qué comer.

—Eso no lo sabe nadie, ni tu padre ni tu hermana. Menos mi pobre vieja, que está medio ciega. Después me seguís vos.

No voy a aguantar que te vayas, me decía, y yo que no íbamos a estar separados por mucho tiempo.

—Cuánto tiempo no es mucho tiempo? Un año? Dos años?

—No, ni tanto. Serán unos meses. Apenas pueda juntar para tu pasaje de avión te venís.

Por entonces no te negaban la visa como ahora. Además Lupita tenía título de traductora, aunque en los dos años que vivimos juntos en la villa hizo dos y sólo le pagaron una porque tuve que ir yo en persona a meter la pesada. Y después que nos robaron la tele y las ollas teflón que nos había regalado la hermana de Lupita, y que por suerte no estábamos en la casucha ese sábado, le dije que en febrero yo me iba.

Nos quedamos todo el domingo mirando el techo, mirando cómo sudaba la chapa de zinc, de puro calor húmedo que había y no nos dejaba dormir. Pero no era el calor, era esta vida que nos había tocado y que no había macho que la torciera, que de haberlo sabido no venía a este mundo en estas condiciones.

Y cuándo vamos a tener un hijo así? empezaba ella, y yo nada, nada que nada porque no tenía qué decirle. Pensaba que de no haber sido más infeliz con su padre nunca la hubiese sacado de su casa. Por lo menos allí tenían cielorraso y el perro del vecino que le ladraba desde la azotea, y no se sudaba el techo en verano ni faltaba el pan y la pasta los domingos y los cuentos tristes del tano viejo antes de que el calor del tuco y el vapor del vino tinto se le subieran al marote. Claro, aunque sobraban las peleas y los gritos, qué lo parió aquella gente. Papá, tomate un café, un café por favor papá que hoy vino Nacho. Qué Nacho ni ocho cuartos, me van a decir lo que tengo que hacer en mi propia casa, háyase visto. Hacele café a tu macho a ver si no se te escapa y tengo que aguantarme otro más vago que este. Otro qué, papá, si sólo tuve dos novios. Mirá, no me hagas hablar. Por qué don Paolo? Qué tiene para decir que yo no sepa? Dos que yo sepa, decía el viejo y empezaba a entrar en calor. Y yo, por complejo de macho, quería saber cuántos novios había tenido Lupita. Lupita no es una santita. Como diez, o como once, el equipo de fútbol del barrio. No diga eso padre, que usted sabe que no es verdad, no sea malo. Malo no, que no conté los suplentes. Y luego yo que le daba a Lupita con eso del novio reconocido que había tenido y ella se defendía diciendo que yo sabía que ella era virgen cuando me conoció y no sé qué otras cosas que ni vale la pena traerlas ahora.

El corazón es ciego, le decía a Lupita. De otra forma los ojos no estarían en la cabeza; estarían en el pecho. Si no me hubiese enamorado tampoco me hubiera ido yo de la casa de la vieja. Pero hay cosas que uno no puede elegir. Me enamoré y nunca pude dejar de querer a la Lupita, como un enfermo no pude.

Pensaba en todo eso mirando el techo todo sudado y no iba a ninguna parte. Entonces ella se ponía más triste porque yo no quería hablar. Pero yo no dejaba nunca de pensar y pensar. Eso es lo que más recuerdo de esa época. Me la pasaba pensando, calculando, imaginando, fantaseando al cuete.

Hasta que en febrero del año pasado la quinta juvenil del club hizo la tan esperada gira por Los Angeles y una noche allá después del partido que empatamos dos a dos y con una pésima actuación por mi punta izquierda, me hice humo. Dejé el pozo, como decían los chicos del cole. Dicen que el técnico me anduvo buscando pero que ni se calentó conmigo. Además sabía que yo era un patadura y no tenía futuro en el club. Ni en ese ni en cualquier otro. Y como tampoco era cubano, nadie se enteró. Después me quedé manso cuando un mexicano me dio una changa en su restaurante de Santa Mónica.

Dos días me llevó conseguir trabajo y Lupita me escribía diciendo qué maravilla, qué maravilla Nacho ahí sí que vamos a poder hacer nuestras vidas en paz.

Para mí al principio eso fue el paraíso. Leer los emailes de Lupita tan contenta a pesar de que no dormía de noche por el miedo de la villa. Pero ella tenía tantas esperanzas y le daba con eso del hijo que por el momento no había que ponerse negativos, así las cosas funcionaban mejor. Entonces yo exageraba todo lo bueno de aquí o no contaba que un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá, y había tenido que entregar toda la plata de la semana. No abras la boca, me decía un panameño amigo. Te confunden con un americano por el pelo y los ojos, pero apenas dices algo y ya te adivinan que eres ilegal y que cobras cash y te siguen y te dejan sin un dólar, en el mejor de los casos.

Pero de a poco todo fue cambiando. En dos meses había juntado para el pasaje de Lupita, pero luego vino la crisis y el primero en volar antes de que el restaurante cerrara fui yo, porque era el nuevo, me decían. Igual mandé la plata para Lupita para que se viniera, porque ya no aguantábamos más. No pensé que después iba a ser tan difícil conseguir chamba.

Con Lupita anduvimos buscando en Los Angeles y después en Las Vegas y después en toda Arizona hasta que terminamos en San Antonio, con la promesa de un boricua que tenía una empresa de limpieza. La verdad que no era tan fácil limpiar hoteles y oficinas como parecía al principio. El patrón siempre estaba desconforme con nuestro trabajo. Cuando no era muy lento era muy descuidado. Llegué a pensar que nos tomaba el pelo, o nosotros no entendíamos qué era lo que quería, y dos semanas después quedamos en la calle de nuevo.

En la calle literalmente, porque teníamos que esperar en una esquina de madrugada porque allí levantaban trabajadores sin papeles. Y yo y la Lupita allí en medio de puros hombres que por suerte no se portaban mal con nosotros, sino todo lo contrario, pero la verdad que yo siempre andaba con el Jesús en la boca y mirando para todos lados a ver quién iba a meterse con la Lupita. Tanto que en este trabajo no ponía atención en las camionetas que pasaban y levantaban trabajadores. Los mexicanos eran los más hábiles en esto y tuve que mirar y aprender de ellos. A veces Lupita me decía por qué no me había acercado al de la camioneta blanca, al del auto negro, que parecía con buen trabajo, pero la verdad es que no quería dejarla allí sola, esperando, antes que amaneciera del todo y entonces me hacía el distraído o que no nos convenía ese por esto o por aquello.

Hasta que pasó una SUV negra y le hizo seña a uno y éste me vino a decir que quería a la muchacha. Yo me fui hasta la camioneta y el tipo de lentes oscuros a esa hora del día no me inspiró mucha confianza. Tenía chamba para domésticas en casa de familia con plata, decía, pero atrás yo no veía a ninguna otra mujer. Lupita, más pálida que de costumbre y con los labios temblando me dijo que no podíamos dejar escapar otra porque no íbamos a tener para comer.

Yo no dije nada pero ella terminó subiendo atrás seguro que contra su propia voluntad. Y cuando arrancó la camioneta ella me hizo así con su manito y me tiró un beso triste. Yo sabía que iba llorando porque la conozco. Yo sabía que eso no iba a funcionar ni esta puta vida iba a funcionar. 

 

Jorge Majfud

 

Cyborgs (ensayos)

 

 

La lengua de Dios

La lengua de Dios

Un incidente menor nos fastidió el viaje, una tarde en una gasolinera rural de Alabama, a un costado de la 59, casi llegando a Mississippi. Un tipo, más alto que cualquiera de nosotros, se había molestado porque nos escuchó hablando español ente las góndolas de helados y periódicos. Al parecer, el detonante fue cuando Thomas continuó hablando español con el cajero que, increíblemente, no era sikh ni hindú sino un muchacho que luego resultó ser de Honduras. El hombre no pudo esperar en la cola y dijo que debíamos hablar inglés, que esto era América, no México. En su camisa a cuadros vi problemas.

Aunque me había prometido mil veces desinteresarme del mundo, porque el mundo al fin y al cabo no valía la pena de tantas penas, por un viejo instinto criminal terminé respondiendo que en América e, incluso, en Estados Unidos se hablaba español desde mucho antes que inglés, y que nunca se había dejado de hablar español. Que hasta el signo de dólares, esa con una rayita, era la abreviación de Pesos, de PS, es decir, $, y que si a veces tenía dos rayitas se debían a las columnas de Hércules de la bandera española. Que si la gente que ignoraba que el español no era un idioma extranjero en Estados Unidos, que si alguien de por allí no sabía que la cultura hispana era una cultura más de este país, no sólo era un ignorante de la historia de su propio país sino que además era un ignorante.

Tal vez debí pensar que ante cualquier eventualidad mis amigos tendrían la obligación moral de defenderme. De otra forma no se entendía ese uso tan despojado de palabras que podrían costarle un diente a cualquiera. “Al menos que tu osadía se debiera a alguna condición propia de esas que padecen los argentinos, que van del exceso de confianza a cierta tendencia al suicidio, estilo Che Guevara”, me dijo luego Douglas.

El hombre de la camisa a cuadros no esperó a que terminase con mi conmovedora defensa del idioma y de la cultura hispana y me agarró por donde mejor podía.

What? Usted, pequeño malhablado —dijo—, ¿pretende enseñarle historia americana a un americano?

—Por ahí si…

—¿Sabe usted en qué idioma está escrita la constitución de este país?

—Sí, claro que lo sé. Un grupito de intelectuales, de esos que ya no se ven entre los políticos, revolucionarios y progresistas radicales…

Wait, wait, wait —me interrumpió—. En aquella época no había progres ni liberales como ahora, gracias a toda esa basura que traen ustedes del otro lado.

—Sí que eran liberales, progresistas y revolucionarios radicales como nunca los hubo después, ni siquiera en Francia. Por algo los libros Thomas Jefferson, el fundador de la democracia americana, estuvieron prohibidos por años después de su muerte. Unos pobres analfabetos lo habían acusado de ateo. En esa época no había homosexuales.

Detrás del hombre de camisas a cuadros, Carlos festejó la respuesta con un gesto obsceno. El tipo se movió nervioso, como si estuviese a punto de cambiar sus argumentos con un puñetazo de esos que solo se ven en las películas viejas.

—A ver, señor sabiondo —dijo el hombre, esbozando una sonrisa—. No cambie de tema. Por casualidad, ¿sabe usted en qué idioma está escrita la constitución de América?

—En inglés —dije.

— YeahpIn English. ¿Vio? Por algo la constitución de este país fue escrita en inglés. Entonces, si la misma constitución está escrita en inglés, todos los habitantes de este país deben hablar inglés para que entiendan lo que dice y entiendan las leyes de este país. Period.

—Señor, ¿es usted creyente? —pregunté, advirtiendo que el hombre de la camisa a cuadros llevaba una cruz tatuada debajo de la oreja derecha.

—Por supuesto —dijo el hombre, con una evidente excitación—. Soy cristiano, como todos aquí.

Next customer —dijo el hondureño.

—Bueno, al menos no es masón, como algunos de los padres fundadores. Es decir, que usted va a la iglesia los domingos y todo eso.

—A la casa de Dios —aclaró el aludido.

—Entonces ha leído la Biblia alguna vez.

—¿Bromea?

—Es decir, usted es un acérrimo defensor del uso del hebreo, el arameo y el griego en las iglesias. Obviamente usted lee la Biblia en alguno de esos idiomas, ya que fueron esos idiomas los elegidos por Dios para hablar y escribir hasta que un día, por alguna razón, decidió callarse.

Next customer in line, please —insistió el hondureño.

El hombre de la camisa a cuadros me hizo a un lado y puso las cervezas sobre el mostrador. Las pagó y, entes de irse, me señaló con un dedo:

—Aprende inglés. Tienes un acento horrible. Y tu amigo peor.

—Acento de Boston —dije.

—Lo hablan mal todos ustedes, yall —insistió el hombre, mientras abría la puerta de salida con las nalgas y nos miraba con cara de muy pocos amigos.

—Pero lo escribimos muy bien, eh —insistí, aunque el mensaje nunca llegó a destino.

Carlos se había fastidiado con este incidente y había dicho que no iba a comprar café ni nada en aquel lugar.

—Estos yanquis son unos hijos de puta —dijo Carlos.

—Hijo mío —dijo una vieja con acento sureño que había estado escuchando la conversación mientras se servía café—. No me incluya en ese grupo. No le dé el gusto a esa pobre gente.

 

Jorge Majfud

Periodico Irreverentes (ESpaña)

La Republica (Uruguay)

Tacuarembo2030 (Uruguay)

 

Shefi

Shefi

majfud-la-ciudad-de-la-luna

POSTED IN PROZË

Kur ishte nevrik, kryetari i bashkisë numëronte gishtat e dorës. Por të premten në darkë, ndërsa mundohej të lexonte disa revista të shpëtuara nga zjarri i Matricës, vuri re diçka të çuditshme: paskësh nëntë gishta. I numëroi përsëri: prapë, nëntë. Atëherë e përsëriti këtë veprim derisa, i tronditur nga ky zbulim, e hodhi vështrimin mbi një pikturë të Gojas dhe po mendohej. Gjithnjë kishte pasur bindjen se kishte dhjetë gishta. Nga mund t’i vinte kjo bindje? E kishte parë tek të tjerët. Inxhinieri kishte dhjetë, megjithëse nuk ishte plotësisht i sigurt, sepse nuk ia kishte numëruar. Por gjithnjë fliste për sistemin dhjetor, apo diçka të tillë. Inxhinieri numëronte shumë mirë dhe i kishte thënë që gjithçka përsëritet nga dhjeta në dhjetë, sepse kishim dhjetë gishta. Çfarë, të gjithë paskemi dhjetë gishta? – tha me vete kryetari i bashkisë, tani pak nervoz. Ai paskësh nëntë dhe askush nuk ia kishte thënë. Mbase ia mbanin të fshehur, ngaqë nuk donin ta mërzitnin. “Në fund të fundit, ma kanë frikën”, tha me vete dhe buzëqeshi me krenari. Megjithatë, edhe kur kishte qenë një banakier i thjeshtë te klubi Liria, askush nuk i kishte thënë se paskësh nëntë gishta. Kushedi, edhe atëherë mbase njerëzit ia kishin frikën. Ose ndoshta mund ta kishte humbur një gisht pasi e zgjodhën kryetar bashkie. Dreqi e merr vesh, gjithë ata njerëz që e rrethojnë, prek andej e prek këtej, kanë dashur të kenë një kujtim prej tij. Por kur, pikërisht, ta ketë humbur një gisht? Pastaj kjo gjë të dhëmb shumë, ose duhet të të dhëmbë, pastaj, është një gjë që vështirë të kalonte pa u vënë re, edhe për atë që e humbi, por edhe për të tjerët përqark tij. Ose dhimbja ka qenë aq e madhe sa duhet t’i ketë shkaktuar amnezi, si atëherë kur dikush shikon diçka që e ka tmerr ta shikojë dhe i bie të fikët ose zgjohet nga një ëndërr e keqe. Apo mos po i humbiste gishtat e dorës ashtu siç i humbasin diabetikët gishtat e këmbës, pa dhimbje?! Ç’do të kishte mbetur nga gishti i humbur? Cila nga xhungat që kishte në dorë do të kishte qenë ndonjëherë rrënja e gishtit të zhdukur? Shikoi rreth e rrotull. Shikoi pikturën: një grua që mbante arkëmortin me sardelen dhe buzëqeshte kishte pesë gishta në një dorë. Dora tjetër nuk i dukej, por merrej me mend që edhe ajo kishte pesë gishta, sepse natyra shtazore zakonisht është simetrike, në mos në përmasat e saj, të paktën në sasinë e elementëve që e përbëjnë. Megjithëse zemra ishte një e vetme dhe nuk qenkësh as në mes, siç është hunda apo palloshi. Ajo qenkësh e shmangur ca në një anë, ndoshta një provë kjo e papërsosmërisë së saj dhe e pështjellimit të gjithë ndjenjave që dalin apo kalojnë përmes valvulave të saj: dashuritë, gëzimet, trishtimet… Një kaos i vërtetë. Ama, përveç kësaj, gjithçka tjetër në natyrë është simetrike: burrat, gratë, trenat dhe gjethet e pemëve. Sa mbaroi këtë arsyetim, kryetari u ndie i lumtur: në të vërtetë dukej shumë inteligjent. Jo më kot e kishin zgjedhur të qeveriste tërë qytetin, dmth, të gjithë njerëzit që e rrethonin. Nëse qyteti nuk do të ishte i rrethuar me shkretëtirë, do të ishte guvernator edhe për fshatrat fqinje. Do të qeveriste një perandori të tërë. Po ashtu edhe zëvendës kryetari, i cili gjithnjë ngarkohej për gjithçka dhe i cili e nxiti që t’i futej politikës, thoshte të njëjtën gjë. Kishte arritur të bëhej kryetar bashkie falë inteligjencës së tij të mrekullueshme dhe aftësive të mëdha oratorike. Këtë ia thoshte përherë zëvendësi i tij.

Një, dy, tre… nëntë. Hoqi këpucët dhe ia filloi numërimit të gishtave të këmbëve: i dolën dhjetë. Tani, jo i lehtësuar, por me një mospërfillje shqetësimi, kuptoi se gishti që i mungonte ishte në njërën nga duart. Dhe filloi t’i numëronte mbrapsht duke u munduar të përcaktonte se në cilën dorë i mungonte gishti në fjalë. Nëntë, tetë, shtatë… një. Ishin të gjithë. Jo, kishte numëruar keq. Duhej filluar nga dhjeta dhe, nëse përfundonte te dyshi, do të thoshte që i mungonte vërtet një gisht dhe, në vazhdim, do ta merrte vesh se ç’dore i përkiste. I numëroi përsëri dhe e zbuloi i mungonte një gisht në dorën e majtë. Megjithëse e tërë kjo ishte e diskutueshme, njësoj si të përcaktosh se kur fillonte mijëvjeçari i ri: në vitin dy mijë, apo në vitin dy mijë e një. E gjitha varet nëse konsiderojmë se ekziston një vit zero, që nuk ekziston, ashtu si nuk ekziston një gisht zero, por që fillon nga njëshi… A thua vërtet i mungonte një gisht? Sigurisht nuk e kishte vënë re, ngaqë gjithnjë, kur firmoste, e mbante penën me gishtat e dorës së djathtë. I shtriu të dy duart përpara, sa mundi, duke i parë mirë e duke i krahasuar me njëra-tjetrën: i mungonte gishti tregues i dorës së majtë, gjë që tregonte kufijtë e logjikës matematike. Aty ku mungonte gishti dukej një lloj gunge. Dora i ngjante më shumë një mjellme. E dinte nga fotot e librave se ato ndodheshin në bodrumet e bashkisë. U mërzit: nëse do të kishte zbuluar se kishte një gisht më shumë, puna ndryshonte. Mbase do të ishte ndier krenar. Ama, një gisht më pak e shqetësonte, veç nuk e dinte pse. Për një çast i vetëtiti ideja që t’i detyronte edhe vartësit e tij të mos kishin më shumë se nëntë gishta në të dy duart së bashku, por, aty për aty, e prapsi atë mendim, duke i thënë vetes me zë të ulët se ai ishte një qeveritar demokrat dhe tolerant. Të urdhëroje të tjerët të prisnin gishtat pa kurrfarë përligjie ishte një praktikë e egër e të zotëve të deveve që flisnin arabisht. Kështu që duhej gjetur një arsye për këtë. Gjithnjë ka një arsye, për çdo gjë. Për shembull, ata që u shmangen tatimeve apo, siç i thonë ndryshe, që bëjnë evazion fiskal, e meritonin një ndëshkim të drejtë dhe shembullor. Mjaftonte me një dekret që asambleja ta diskutonte fuqimisht dy-tre muaj për të arritur në një masë shumë të nevojshme. Më mirë është të humbasësh një gisht e jo një dorë, një dhëmballë dhe jo kokën… Por gjysma do të ishte më pak krenare dhe ai i përkiste këtij grupi të fatkeqësh të mallkuar. Kështu që, më mirë le të procedohej mbrapsht. Mund t’i ngrinte në detyrë të gjithë ata të cilëve u mungonte, të paktën, një gisht. Kështu po. Kjo do të ishte diçka pozitive, sepse do t’i mësonte të tjerët që, në jetë, e rëndësishme është epërsia personale nisur nga një mangësi. Dhe së shpejti kjo mangësi do të përfundonte duke u kthyer në një virtyt, në një shenjë dalluese. Unë e dija se gjithmonë ai që përpiqet të dallohet nga të varfërit, nga të metët, gjithnjë do të përfundojë duke imituar zakonet e fisnikëve. Kështu që, në pak vite, të gjithë do të përfundonin duke e prerë një gisht. Në djall, tha duke goditur tryezën me dorën me pesë gishta.

Jorge Majfud
Përktheu nga spanjishtja Bajram Karabolli

http://www.mnvr.org/shefi/

El jefe

Cuando estaba nervioso, el alcalde se contaba los dedos de la mano. Pero el viernes de noche, mientras intentaba leer algunas revistas salvadas del fuego de la Matriz, notó algo extraño: tenía nueve. Volvió a contar: nueve, otra vez. Entonces, repitió esta operación hasta que, abrumado por la evidencia, levantó la mirada hacia un cuadro de Goya y se quedó pensando. Siempre había creído que tenía diez dedos. ¿De dónde podía venirle esta convicción? Lo había visto en la demás gente. El ingeniero tenía diez, aunque no estaba del todo seguro, porque nunca se los había contado. Pero siempre hablaba del sistema decimal, o algo así. El ingeniero contaba muy bien y le había dicho que todo se repite de diez en diez porque teníamos diez dedos. Pero, ¿todos tenemos diez dedos?—se preguntó el alcalde, ahora algo nervioso. Él tenía nueve, y nunca nadie se lo había dicho. Tal vez lo habían disimulado, porque la gente siempre temía molestarlo. “En el fondo me tienen miedo” se dijo y sonrió orgulloso. Sin embargo, tampoco nadie le había dicho que tenía nueve dedos cuando era un simple cantinero, en el club Libertad.  Tal vez la gente ya le tenía miedo. O tal vez perdió un dedo después de que lo eligieron para alcalde. Toda esa gente alrededor, manoseándolo, queriendo llevarse un recuerdo de él. ¿Pero cuándo, exactamente, pudo haber perdido un dedo? Eso duele mucho, o debe doler, por lo que difícilmente pueda pasar inadvertido, ni por el que lo pierde ni por la demás gente que está alrededor. O el dolor había sido tan intenso que le había provocado amnesia, como cuando uno ve algo que no quiere ver y se desmaya o despierta de la pesadilla. ¿O estaba perdiendo los dedos de la mano como los diabéticos pierden los dedos del pie, sin dolor? ¿Qué habría sido del dedo perdido? ¿Cuál de las protuberancias que tenía en las manos había sido alguna vez la raíz del dedo desaparecido? Miró a su alrededor. Miró el cuadro: una mujer que sostenía el ataúd con la sardina sonreía, mostraba cinco dedos en una mano. La otra mano no se veía, pero es de suponer que también tenía cinco dedos, ya que la naturaleza animal suele ser simétrica, sino en sus proporciones por lo menos en la cantidad de sus elementos que la componen. Aunque el corazón era uno solo y no estaba al medio, como la nariz o el pene. Estaba desviado, un poco inclinado, prueba quizás de su imperfección y del desorden de todos los sentimientos que salían o pasaban por sus válvulas: amores, odios, alegrías, tristezas… Un verdadero caos. Pero salvo este detalle, el resto de la naturaleza es simétrica: los hombres, las mujeres, los trenes y las hojas de los árboles. Apenas terminó este razonamiento se sintió feliz: en realidad parecía muy inteligente. Por algo lo habían elegido gobernador de toda la ciudad, es decir, de todo ser humano conocido a la redonda. Si no fuese por el desierto que los rodea, sería gobernador también de las aldeas vecinas. Tendría un imperio. También el vicealcalde, quien siempre se encargaba de todo y quien lo impulsó a meterse en política, decía lo mismo. Había llegado a alcalde por su portentosa inteligencia y por sus habilidades oratorias. Se lo decía siempre el vicealcalde.

Uno, dos, tres… nueve. Se quitó los zapatos y volvió a contar: esta vez llegó hasta diez, no con alivio sino con un dejo de preocupación, porque la cifra alcanzada confirmaba que le faltaba un dedo en una de las manos. Volvió a sus manos y contó al revés, procurando determinar en qué mano faltaba el dedo en cuestión. Nueve, ocho, siete… uno. Estaban todos. No, había procedido mal. Debía comenzar por diez y si llegaba a dos, era porque realmente le faltaba un dedo y, de paso, sabría a qué mano había pertenecido. Volvió a contar y descubrió que le faltaba uno en la mano izquierda. Aunque todo eso era discutible, como decidir cuándo empezará el nuevo milenio, si en el dos mil o en el dos mil uno. Todo depende si consideramos que existe un año cero, que no existe, como no existe un dedo cero, sino que se empieza por el uno… ¿Y si realmente le faltaba un dedo? Claro, no lo había notado antes porque siempre firmaba con el pulgar de la derecha. Miró las dos manos a la mayor distancia que le permitían los brazos y comparó una con otra: le faltaba el índice izquierdo, lo que demostraba las limitaciones de la lógica matemática. Donde faltaba había quedado una especie de joroba. La mano se parecía más bien a una especie de cisne. Lo sabía por las fotos de los libros que estaban en los sótanos de la comuna. Se sintió molesto: si hubiese descubierto un dedo de más, sería otra cosa. Tal vez se hubiese sentido orgulloso. Pero un dedo de menos lo inquietaba, y no sabía por qué. Por un momento, se le cruzó la idea de obligar a sus funcionarios a tener no más de nueve dedos, sumados en ambas manos, pero la desechó enseguida, diciéndose a sí mismo y en voz baja, que él era un gobernante democrático y tolerante. Mandar cortar dedos sin una justificación era una práctica salvaje de los camelleros que hablaban algarabía. Claro, podría encontrar una razón. Siempre hay una razón para todo. Los evasores de alcabales, por ejemplo, merecían un castigo justo y ejemplar. Bastaba con un decreto que la asamblea discutiría acaloradamente dos o tres meses para finalmente confirmar una medida tan necesaria. Es mejor perder un dedo y no la mano, una muela y no la cabeza. Así la mitad de la población carecería de un dedo… Pero sería la mitad menos orgullosa y él pertenecería a ese ingrato grupo de malditos. Por lo tanto, mejor proceder al revés. Podría ascender de rango a todos aquellos que carecieran de un dedo, al menos. Eso sí. Eso sería algo positivo, porque enseñaría a los demás que lo importante en la vida es la superación personal a partir de alguna carencia. Y pronto esa carencia terminaría por convertirse en una virtud, en un signo de distinción. Sí, ya sabía, como siempre uno trataba de distinguirse de los pobres, de los infradotados, pero ellos siempre terminaban por imitar las costumbres de los nobles. Seguramente en pocos años todo el mundo terminará por cortarse un dedo. Maldición, dijo golpeando la mesa con su mano de cinco dedos.

Quiso pensar en otra cosa. De debajo de una pila de papeles viejos, tomó un La Aldaba de 1974. En la página de atrás el loco de la corneta había puesto una larga cita de Martin Heidegger. Leyó con la desconfianza habitual en esos casos: Fenomenología del espíritu de Hegel. Estaba en alemán. O en un español antiguo, de ahí su dificultad, con esas horribles lo, las, les, los que sólo servían para confundir.

«Si sólo al final el saber absoluto es de una forma total él mismo, saber que sabe, y si es esto al devenir tal, en tanto llega a sí mismo, pero sólo lo llega a sí mismo en tanto el saber se deviene otro, entonces en el inicio de su andadura hacia sí mismo aún no debe estarlo en y consigo mismo. Todavía debe ser otro y, es más, incluso sin todavía haber devenido otro. El saber absoluto debe ser otro al inicio de la experiencia que la conciencia hace consigo misma, experiencia que, más aún, no es otra que el movimiento, la historia donde acontece el llegar-a-sí-mismo en el devenir-se-otro».

Limpió los lentes y tomó un lápiz para corregir los errores gramaticales:

«Así pues, si en su fenomenología el saber debe hacer consigo la experiencia en la que experimenta lo que no es y lo E que justamente en ello es con él, entonces ello sólo puede ser así si el saber mismo que hace (cumple) la experiencia, de alguna manera ya es saber absoluto. Martín Heidegger…»

Miró el dedo que no estaba. No podía olvidarse de él tan fácilmente, como alguien que despierta de una pesadilla y se da cuenta que es real. Decidió cerrar La Aldaba cuatro o cinco años atrás por esos excesivos errores gramaticales, previa votación de la Asamblea. Luego, revisó los programas de educación para recuperar los valores perdidos, el espíritu original de Calataid, reserva moral del mundo en los oscuros tiempos que han de venir, anunciados largamente por el doctor Uriburu, quien se pegó un tiro en la boca para acallar su propia voz. Eliminé la falsa educación reproductiva, la blasfema teoría de la evolución e todas las demás teorías, e mudé éllas por la enseñanza de los fechos. «Factos e no teorías» fue la lema de esa campaña, inspiración de nuestro pastor George Ruth Guerrero. E si bien la Asamblea se resistió, como siempre, finalmente comprendió la sabia medida e fasta los más progresistas prefirieron perder un ojo a quedarse ciegos. Mas tanto esfuerzo no fue suficiente, e agora la ciudad paga las consecuencias por su falta de fe.

Una mujer que lloraba o se reía lo sacó de sus cavilaciones. Era un llanto breve y ahogado que venía del otro lado de la puerta del corredor; un gemido que se repitió como en un eco reprimido. Abrió e hizo silencio, pero no escuchó más nada. Volvió a cerrar la puerta, dejando del otro lado un suspiro discreto.

Por la ventana vio varias columnas de humo negro que apresuraban el atardecer. Los vecinos habían decidido quemar colchones y cualquier elemento usado para descanso o placer. La quema colectiva provocó algunos incendios mayores que destruyeron pocas casas en Santiago y algunas más en San Patricio. De esta forma se completó la primera profecía de Aquines Moria.

Jorge Majfud

2004

Capítulo de la novela La ciudad de la Luna (2009)

El inmigrante

Evangelio existencialista del inmigante

Hotel California (song)

En este país que es un país y son muchos países, en esta gente que es un pueblo y son muchos pueblos nunca estarás en un lugar preciso ni serás un individuo concreto sino muchos lugares y muchos individuos.

Te sentarás en un restaurante de comida mexicana y apoyarás los codos en esa mesita larga con azulejos que parecerán hechos a mano en el Zócalo o en Sevilla, con paredes que lucirán pintadas por un artista único para un lugar único.

Por ninguno de esos detalles podrás decir si estás en Amarillo, Texas, o en El Cajon, California, o en Bonita Springs, Florida, o en Rio Grande, New Jersey. Las mesas con azulejos típicos de México o de Sevilla serán iguales, que es lo mismo que decir que serán las mismas mesas. Y también los olores y los cuadros y los pisos de cerámica y el paisaje por la ventana y la chica que aparecerá y te sonreirá. Será siempre esa misma sonrisa que irá incluida en el mismo menú y al mismo precio y no te importará porque sabrás que estás pagando para que te sonría, amable, linda, casi como si te simpatizara.

Como si te conociera.

Porque en el fondo ya te conoce.

Te ha sonreído antes en otros rostros como el tuyo que para ella es el mismo rostro. Y en el fondo sabrás que no es sincera pero ella no lo sabe y a ti tampoco te importará. Porque para caras largas estarán las oficinistas del gobierno, que también cobran pero fuera del círculo feliz del sistema, como lo llamarás si te llamas Ernesto, el criticón.

Y si vas dos veces, tres, cinco veces al mismo lugar, al mismito, vas a encontrar los mismos tacos y las mismas tortillas con salsa picante y las mismas fajitas y la misma margarita y una chica parecida con una sonrisa parecida, por el mismo precio. Pero la chica tampoco será la misma aunque sea lo mismo decir que es la misma chica.

Porque aquí todo está en movimiento. Todo es siempre nuevo aunque sea lo mismo. Todo corre como un río que se repite en cada atardecer. Pero nunca podrás conducir dos veces en la misma autopista. Serán otros los carros y serán los mismos. Nunca podrás pasar dos veces por el mismo self-service aunque el mismo self-service con el mismo hindú y los mismos hispanos comprando las mismas cervezas sin alcohol estén en muchas otras partes de muchos otros estados.

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo. Otras serán las muchachas de sonrisas azules y los viejos calvos con trajes de oficinistas y las viejas joviales de pelo corto y paso ejecutivo. Y serán los mismos.

Todo se moverá sin parar y nada cambiará, como si te pudieras perder en tu propia casa. Y con cierto placer te perderás por Virginia y por Texas y por Arizona y por California y descansarás en todos sus hoteles y moteles que por el mismo precio serán el mismo cuarto y el mismo baño y las mismas luces sobre un estacionamiento más o menos igual, el mismo césped recién cortado y las mismas flores recién trasplantadas.

Y casi con placer vivirás huyendo de algo, de alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí.

Y te sentirás nadie y te sentirás todos, y te llamarás Ernesto o Guadalupe, José María o María José, y serás un poco de cada uno y serás el mismo que come ahora en un Chili´s en Nevada y en un On the Border en Georgia, y tendrás los mismos sueños por el mismo precio y los mismos miedos por el mismo estatus legal, y las mismas ideas por la misma educación.

Y serás un expulsado de tu país y un perseguido en este, si eras pobre. O no te perseguirán y serás un exiliado con algunos privilegios si llegaste a un título universitario antes de venir. Pero siempre serás un golpeado, un resentido por la peor suerte de tus hermanos y hermanas que no conoces. Esos hermanos a los que te une tantas cosas y a veces solo un idioma.

Y de cualquier forma sufrirás por ser un outsider que ha aprendido a disfrutar esa forma de ser nadie, de perderse en un laberinto anónimo de restaurantes, moteles, mercados, plazas, playas lejanas, montañas sin cercos, desiertos sin límites, tiempos de la memoria sin espacio, países dentro de otros países, mundos dentro de otros mundos.

Y huirás sin volver nunca pero al final siempre huirás hacia la memoria que te espera en cada soledad llena de tanta gente que nunca conocerás aunque duerman a tu lado.

Y sólo tendrás una patria segura pero será intangible como el viento. Tendrás sólo una patria, un refugio hecho de memorias fantásticas sobre las profundas raíces del castellano y sobre las movedizas arenas de otras costumbres.

Jorge Majfud

La Gaceta Mercantil (Argentina)

 

Pobre suerte la del pobre

Quién sabe si hubiese sobrevivido a las calles de la villa donde la llevé para salvarla del alcoholismo del viejo. Quién sabe si hubiese tenido mejor vida entre los metros de Nueva York. Quién sabe si se hubiese venido de no ser porque yo mismo le pinté el oro y el moro del otro lado. No sufras más, Lupita, no se puede vivir así entre medias lágrimas. Yo me largo para yanquilandia y que sea lo que Dios quiera. Total, ¿quién va a saber que tenemos una foto del Che en la cocina? La sacamos mañana mismo y a poner la mejor sonrisa en la embajada.

–No le van a dar una visa a dos pobretones como nosotros, Nacho. No tenemos ni qué comer.

–Eso no lo sabe nadie, ni tu padre ni tu hermana. Menos mi pobre vieja, que está medio ciega.

–No voy a aguantar que te vayas–, me decía, y yo que no íbamos a estar separados por mucho tiempo.

–Cuánto tiempo no es mucho tiempo? ¿Un año? ¿Dos años?

–No, ni tanto. Serán unos meses. Apenas pueda juntar para tu pasaje te vienes.

¿Cómo se vino a enganchar conmigo, la pobre? El corazón es ciego, me decía ella. De otra forma los ojos no estarían en la cabeza; estarían en el pecho.

Pero al amor de amor se muere. Hay que alimentarlo con otras cosas. Yo lo sabía muy bien y por eso me la pasaba pensando, calculando, imaginando, fantaseando al cuete.

Hasta que en febrero del año pasado la quinta juvenil del club hizo la tan esperada gira por Los Ángeles y una noche allá después del partido que empatamos dos a dos y con una pésima actuación por mi punta izquierda me hice humo. Dejé el pozo, como decían los chicos del cole. Dicen que el técnico me anduvo buscando pero que ni se calentó conmigo. Además sabía que yo era un patadura y no tenía futuro en el club. Ni en ese ni en cualquier otro. Y como tampoco era cubano nadie se enteró. Después me quedé manso cuando un mexicano me dio una changa en su restaurante de Santa Mónica.

Dos días me llevó conseguir trabajo y Lupita me escribía diciendo qué maravilla, qué maravilla Nacho ahí sí que vamos a poder hacer nuestras vidas en paz.

Para mí al principio eso fue el paraíso. Leer los e-mail de Lupita tan contenta a pesar de que no dormía de noche por el miedo de la villa. Pero ella tenía tantas esperanzas y le daba con eso del hijo que por el momento no había que ponerse negativos, así las cosas funcionaban mejor. Entonces yo exageraba todo lo bueno de aquí o no contaba que un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá, y había tenido que entregar toda la plata de la semana. No abras la boca, me decía un panameño amigo. Te confunden con un americano por el pelo y los ojos, pero apenas dices algo y ya te adivinan que eres ilegal y que cobras cash y te siguen y te dejan sin un dólar, en el mejor de los casos.

Pero de a poco todo fue cambiando. En dos meses había juntado para el pasaje de Lupita, pero luego vino la crisis y el primero en volar antes de que el restaurante cerrara fui yo, porque era el nuevo, me decían. Igual mandé la plata para Lupita para que se viniera, porque ya no aguantábamos más. No pensé que después iba a ser tan difícil conseguir chamba.

Con Lupita anduvimos buscando en Los Ángeles y después en Las Vegas y después en toda Arizona hasta que terminamos en San Antonio, con la promesa de un boricua que tenía una empresa de limpieza. La verdad que no era tan fácil limpiar hoteles y oficinas como parecía al principio. El patrón siempre estaba desconforme con nuestro trabajo. Cuando no era muy lento era muy descuidado. Llegué a pensar que nos tomaba el pelo, o nosotros no entendíamos qué era lo que quería, y dos semanas después quedamos en la calle de nuevo.

En la calle literalmente, porque teníamos que esperar en una esquina de madrugada porque allí levantaban trabajadores sin papeles. Y yo y la Lupita allí en medio de puros hombres que por suerte no se portaban mal con nosotros, sino todo lo contrario, pero la verdad que yo siempre andaba con el Jesús en la boca y mirando para todos lados a ver quién iba a meterse con la Lupita. Tanto que en este trabajo no ponía atención en las camionetas que pasaban y levantaban trabajadores. Los mexicanos eran los más hábiles en esto y tuve que mirar y aprender de ellos. A veces Lupita me decía por qué no me había acercado al de la camioneta blanca, al del auto negro, que parecía con buen trabajo, pero la verdad es que no quería dejarla allí sola, esperando, antes que amaneciera del todo y entonces me hacía el distraído o que no nos convenía ese por esto o por aquello.

Hasta que pasó una SUV negra y le hizo seña a uno y éste me vino a decir que quería a la muchacha. Yo me fui hasta la camioneta y el tipo de lentes oscuros a esa hora del día no me inspiró mucha confianza. Tenía chamba para domésticas en casa de familia con plata, decía, pero atrás yo no veía a ninguna otra mujer. Lupita, más pálida que de costumbre y con los labios temblando me dijo que no podíamos dejar escapar otra porque no íbamos a tener para comer.

Yo no dije nada pero ella terminó subiendo atrás seguro que contra su propia voluntad. Y cuando arrancó la camioneta ella me hizo así con su manito y me tiró un beso triste. Yo sabía que iba llorando porque la conozco. Yo sabía que eso no iba a funcionar ni esta puta vida iba a funcionar.

Jorge Majfud

Milenio (Nac.), II (Mexico)

El presidente no estaba preparado para la guerra

 

Tony González miraba ABC News y se acariciaba el muslo derecho. El presidente daba una de sus últimas entrevistas como presidente. Desde que Tony volvió de la guerra está así, no sé si diría pensativo o es que no quiere pensar en lo que pasó ni quiere hablar de eso. Pero se siente orgulloso de haber servido a la patria y yo hago lo que puedo para que no cambie de idea. El mismo General Patrik Gonsáles, que vaya casualidad casi lleva su mismo apellido pero con dos s, le colgó la estrella de plata al valor.

Estaba muy orgulloso de esa condecoración, ganada con justo mérito, pero se enojó un día que me escuchó decirle a María José que no entendía por qué no le habían dado la de oro, siendo que arriesgando su vida salvó a cinco compañeros de armas de una muerte segura. La loca de María José, que es una liberal amarga, según Tony, había dicho o había sugerido, ya ni me acuerdo, que de no ser latino hubiese recibido la de oro.

Anoche tuve que llamar a María José para decirle que no vuelva más. La loca me salió con no sé qué discurso de esos que tienen siempre los irresponsables de San Francisco y le colgué. Total que una amiga menos.

Tony se había arrojado sobre una granada mal hecha para proteger a sus compañeros. El comando resolvió darle la de plata y Tony agradeció con lágrimas porque entonces no le salieron las palabras.

Mientras miraba la televisión, esperaba que el presidente se acordara del sacrificio que había hecho para salvar a su país.

“I think I was unprepared for war” —dice el presidente.

Tony mira ese rostro que un compañero de armas tenía pegado en una pared. El rostro dice que no estaba preparado para la guerra. El rostro se sonríe, se arruga, se pone rojo, se vuelve a sonreír con obviedad:

“The biggest regret of all the presidency has to have been the intelligence failure in Iraq” —dice el presidente George Bush, sonriendo con la mitad derecha de su boca.

Fue un gran presidente, sólo que tuvo poca suerte, piensa Tony. La guerra, la crisis económica que dejó a Tony sin perspectivas de trabajo. Menos aún en su condición, decía María José, menos aún así como está, triste todo el día, esperando que le digan otra vez que arriesgó su vida por la patria y por la libertad del mundo.

“Mucha gente —dice el presidente— puso en juego su reputación y dijo que las armas de destrucción masiva era una razón para remover a Saddam Hussein de su cargo. No fue solo gente de mi gobierno. Muchas miembros del congreso, antes de mi llegada a Washington, durante el debate sobre Irak, muchos otros líderes de otras naciones estaban considerando los mismos datos de inteligencia…”.

Con un dedo se aprieta la sien, como si buscase allí alguna explicación a su inexplicable tristeza.

“Bueno, usted sabe, no es un asunto terminado, pero creo que yo hubiera preferido que el trabajo de inteligencia hubiese sido otro”

La nación lo honra, pero Tony está triste. En una pared está Tony en una cama y el presidente que lo fue a visitar dos años atrás. Le había dicho, el presidente le había dicho que nunca iba a olvidar el sacrificio de Tony. Y David le había dicho que el presidente era hombre de palabra. Pero Tony había esperado horas, días, meses esa entrevista del presidente y estaba seguro que se acordaría de él otra vez. Sólo que el periodista insistía con otras cosas.

“I think I was unprepared for war”.

Tony I wish se acariciaba el muñón the intelligence derecho. Por alguna razón had been different todavía sentía su pierna ahí, I guessmoviéndose como un fantasma. I think También I was le faltaba la otra pierna, pero unprepared no la sentía ahí, era como si estuviese dormidafor war.

Jorge Majfud

 

 

Milenio Nac., II (Mexico)

 

La ciudad de los muertos

Andy Warhol, Marilyn Diptych (1962)

de la novela Crisis (2012)

 

Viernes 6 de marzo. Dow Jones: 6.626

Colma, California. 6:15 PM

El señor Fernando Villa llegó esta tarde, como había prometido. Vino sólo; no quiso que la opinión de su esposa y de sus hijos fuera a precipitarlo en una mala decisión. Le marqué en el mapa donde estaban los Villa y los Fernández Soto y sin decir mucho se fue para allá con su chofer.

La esposa del señor Villa estuvo la semana pasada. Vino con sus lentes negros y su sonrisa tan bonita. Hizo unas preguntas raras, estuvo una hora dando vueltas en su auto y se fue. Se lamentaba que los muertos no podían mudar de residencia cuando el barrio se ponía feo. Quería saber si se podía y le dije que no, que me parecía que no se podía pero eso tenía que consultarlo con un abogado. O consultó o se olvidó, pero no volvió con la historia de mover a su familia del Camino Real, que más que Camino Real, decía, era una autopista como cualquier otra y llena de muertos desconocidos.

No se puede uno andar mudando finados, por algo estos barrios se llaman Eternal Home Cementery, porque son para siempre, le dije, muy respetuosamente. Pero ella me dijo que nada es para siempre y tal vez tenía razón, porque gran parte de la población de Colma vino desplazada por decreto de los cementerios de San Francisco, hace como un siglo, cuando la tierra se puso cara.

Y vaya a saber Dios si un día no se abre la gran falla que está aquí no más a la vuelta y todos estos huesitos terminan desparramados por el mar. En todo caso se joden los habitantes de Pacífica, me dice mi hijo, porque son los que están del otro lado de la falla. Pero yo no me fío que se vaya a hundir sólo la franja de la costa. Si viene el gran temblor vamos a saltar todos.

Mi hijo, que es economista, siempre se ríe de mis temores sobre la falla. Él tiene una visión diferente. Me dice que tal vez no sería tan trágico. Así como se hunden las tierras así también surgen por otro lado. Así que si perdemos Pacífica y una buena rebanada de la península, bien podríamos ganar alguna que otra isla, cuyo valor inmobiliario sería incalculable.

El señor Villa debe ser de la misma opinión. Debería presentarle a mi hijo que siempre soñó con trabajar en Google. Pasa que el señor Villa ahora está para otra cosa. Desde hace meses viene y da vueltas por Colma buscando el lugar ideal. Qué más ideal que estar con sus viejos, le digo a Eusebio, pero pasa que el señor Villa no le gusta el lugar, o no está seguro de la opción, porque siempre hay una mejor opción, y menos después que los Ayala construyeron ese horrible panteón para su hija Lucy con un ángel llorando encima del coffin. Es kitsch, dice. Les faltó pintarlo de dorado, dice. Además la chica aquella tenía unas costumbres que lo espantan al señor Villa. No sé, Eusebio tampoco sabe qué costumbres pero creo que tenía tatuajes hasta en lo que no se nombra y se rapaba para que se le vieran los tatuajes que tenía en la cabeza. Otra loquita de esas que andan por el downtown, pero por ahí no era mala del todo.

En Colma hicimos lo que pudimos por presentarle al señor Villa todas las opciones habidas y por haber y todavía no se decide. Su único consuelo, dice, es que como las opciones son inacabables, siempre va a tener la libertad de elegir algo mejor. El problema es que en ese proceso de elegir la muerte le puede tomar de sorpresa. No digo porque el señor Villa sea viejo, no. No debe pasar de los sesenta. Pasa que cuando uno cumple esa edad, lo digo por experiencia, uno empieza a pensar en la parca, como dice la canción del Serrat. Debe ser lo que le anda pasando al señor Villa y por eso anda buscando un lugar con buena vista.

Cuando supe que la tumba al lado del nicho de la Marilyn Monroe en Los Angeles había sido vendida en más de cuatro millones de dólares enseguida me dije, ese es el señor Villa. Los de Colma sabemos que la tumba de Marilyn es una de las más populares de su cementerio, por lo que tener un nombre y un lugar a su lado tiraría para arriba las ventas de cualquier empresa. El Westwood es chiquito al lado de Colma, una poquita nada, pero hay que reconocer que tiene su plantel de famosos. Además de la Monroe están Dean Martin, Truman Capote y Farrah Fawcett, el ángel que se mudó para allí hace poquito. Dicen que justo arriba de la Monroe, boca abajo, estaba un tal Richard Poncher con una lápida que decía “Al hombre que nos lo dio todo y más”. Pero su viuda decidió sacarlo de allí, no por celos sino porque necesitaba pagar un millón de dólares por la hipoteca de su casa de Beverly Hills. Lo puso a la venta por eBay en medio millón de dólares y zás, bingo. Pero luego resultó que el japonés que la compró se dio cuenta que no tenía el dinero suficiente y la viuda se lo ofreció a los ofertantes que no habían llegado a la desesperación del japonés.

Yo sé que el señor Villa y su esposa son pesos pesados en eBay. Él porque tiene acciones ahí y ella porque es adicta a las compras. Eso me lo dijo Eusebio. Pero al otro día vi llegar al señor Villa y me dije que no. Pero quién sabe, digo yo. Quién sabe si el señor Villa no compró ese nicho al lado de la Monroe y todavía sigue indeciso, buscando algo en Colma, que en realidad es el mejor lugar, a juzgar por el paisaje. Quién sabe si no estará buscando una segunda opción para luego vender la primera. Quién sabe si lo del nicho al lado de la Marilyn no fue más que una inversión.

Quién sabe si en realidad no se trata de un regalo del señor Villa para su esposa. O aquel encima de Marilyn o éste de Colma. Al fin y al cabo a la señora le gustan mucho las señoras. Como tiene tiempo siempre puede pensar en otras opciones. Y el señor Villa prefiere verla junto a otra mujer por toda la eternidad a soportar una aventura más con alguno de sus maestros de gimnasia.

 

Jorge Majfud

De la novela Crisis (2012)

Milenio (Mexico)

Milenio II (Mexico)

 

 

La sociedad perfecta

Como en el caso de Amira Lawal y muchos otros de los que nos ocupamos hace más de diez años (ej. Fatwa, Shari’a y la guerra de los sordos), aparte de las pulcras  masacres occidentales tenemos que seguir enterándonos de las barbaries al mejor estilo medieval, como el reciente ajusticiamiento de una mujer afgana por delito de adulterio. [1]

Un día de 1996 leí en el diario cómo los Talibán obligaron a un hermano a ajusticiar a otro en un estadio. La ciudad de la Luna (originalmente desde 2001 se llamó La sociedad perfecta y luego Santa) está tristemente inspirada en este tipo de medievalismo oriental y occidental. Unos masacran de forma más civilizada y otros con estos rudimentos. Unos por imbéciles y otros por vivos de más, unos por acción y otros por reacción.

Todos con muy buenos argumentos de parte de Dios, la Justicia y la Libertad.

141, BIENINTENCIONADOS. La Inquisición asesinó en nombre de Dios; la Revolución Francesa en nombre de la libertad; el marxismo-leninismo en nombre de la igualdad. Durante el pasado siglo XX, Dios, la Libertad y la Igualdad representaron verdades absolutas, caras a espíritus nobles y diversos. Para cada grupo de creatruras, la imposición de su verdad era básica para el destino de la Humanidad. Pero la Libertad moderna se oponía a Dios, según los fundamentalistas; la Igualdad socialista se oponía a la Libertad, según el capitalismo; y la religión y el opio se oponían a la Igualdad del pueblo, según los marxistas.Durante el pasado siglo XX la sangre corrió siempre en nombre de Dios, la Libertad y la Igualdad. Pensamos que en el próximo siglo la sangre seguirá corriendo, aunque ya no necesitará de tan nobles excusas para hacerlo.

Crítica de la pasión pura, 1997.

La verdad es que me importa un carajo (es decir, sí me importa, pero muy, muy poco y cada vez menos) si alguien lee alguno de mis libros, porque sin falsa modestia sé que no valen nada al lado de cualquiera de la más sutil miseria humana. Pero como cada tanto me dejo enredar estúpidamente en discusiones vanas, y como me lo han pedido más como desafío que por amistad, ahí va parte de ese libro (y no me jodan más, que un esfuerzo estoy haciendo para que el mundo me importe cada vez menos y parece casi siempre en vano): desde p. 250 a 255 >>

Está de más recordar que en nuestro civilizado occidente mueren miles de mujeres por año a manos de sus esposos, dueños o amantes y esta realidad no escandaliza al mundo de la misma forma que estos primitivos. La única diferencia es que nuestras leyes lo condenan.  Los ajusticiamientos no son tan diferentes. 

 

de La ciudad de la Luna (2009)

 

(páginas 250-255)

 […]

A la séptima o a la octava noche, tal como había predicho el doctor, se le quitaron las manchas. Cuando el doctor ordenó subirlo y vimos que ya no tenía la peste, su prestigio, que ya era considerable, se duplicó, dando crédito a cualquier cosa que viniese de la misma boca.

El tiempo había desmejorado. Un clima imposible se instaló durante tres días sobre el desierto de Calataid. Soplaba un viento gélido del norte, cargado de lascas de hielo que pinchaban la piel de la cara. Abajo, en el aljibe, Ramabad no había notado este cambio. Pero afuera el frío era insoportable. Quizá este fenómeno había sido una de las razones para que las cosas se precipitaran. La espera en la plaza comenzaba a impacientar a la gente; corrían el riesgo, también nosotros, de pescarnos una nueva epidemia, esta vez de gripe.

Llevaron a Ramabad a la plaza Matriz, en un carretón cerrado, vigilado por dos muchachos que no conocía. Iban uniformados de alférez. En sus rostros aún podían verse vestigios de una infancia muy reciente, disimulada por un gesto adusto que habrían copiado de algún alférez experimentado, que les había enseñado a ser hombres y a amar a su patria con fanática obediencia. Sus ojos reflejaban todo el orgullo de los guerreros que aún no han muerto. Todo hacía pensar que también habían llevado de esa forma a los trovadores.

En la plaza se había reunido todo el pueblo. El alivio que había comenzado a sentir al salir de la torre de Abel terminó cuando escuchó de lejos a la multitud, murmurando. Era como si en su cabeza hubiesen apoyado una pesada máquina moledora de maíz y en ese momento la hubiesen puesto a funcionar. Podía sentir cómo los dientes de la rueda atrapaba los granos y los trituraba, haciendo ese crujido característico que se escuchaba siempre en el molino de Paco.

Una vez en la plaza, lo empujaron hacia el centro y le desataron las manos. El nuevo monaguillo dijo una frase en latín que Ramabad no comprendió. Luego un funcionario con uniforme azul puso en sus manos un hacha de picar leña y me indicó el camino. En el centro habían construido una plataforma de madera. Olía a leña fresca. Arriba estaba el asesino, revolcándose, envuelto en una tela negra.

—Terminemos con esto de una sola vez —dijo el hombre y se retiró.

Ramabad hizo un gesto de desaprobación; o de temor. Tomó el hacha pero la dejó caer al suelo. Una expresión de fastidio general se hizo sentir con pocas palabras. A un costado, pero muy cerca de allí, un grupo de mujeres murmuraba una oración, tal vez un rosario en latín. Al principio pocos las reconocieron por sus vestidos largos y oscuros. No eran las monjas teresitas, porque las santas del convento nunca salían de sus oraciones; probablemente no supieran que ya se había resuelto el enigma del cantinero (probablemente no supieran que el cantinero había sido asesinado). Luego se supo que las mujeres pertenecían a una rama escindida de la iglesia del pastor George Ruth Guerrero y, a pesar de sus votos protestantes, habían encontrado en el estudio del latín un camino al origen de la verdadera fe. Pero en la deforme cabeza del Basilisco estas palabras incomprensibles rebotaron sin encontrar un sentido. Miró hacia los costados y vió una multitud sin límites, llenando cada uno de los rincones de la plaza y de las calles y los callejones que iban a dar ahí. No gritaban, pero rugían como el mar que había visto en una película, días antes. La máquina de moler maíz volvió a dar vueltas y a hacer estallar los granos mientras el asesino se revolcaba en el centro, emitiendo gemidos que no se oían claramente porque un paño le llenaba la boca.

Advirtiendo la incipiente desobediencia de reo, el alcuazil se abrió paso entre la multitud hasta alcanzar el centro. Con una estaca trazó una línea casi imaginaria en el suelo gastado de la plaza, y dijo:

—Aquellos que son del lado de la justicia, deste lado, e aquellos que no, dellotro.

Hubo alguna tímida protesta, pero finalmente todos se pusieron “deste lado” Es decir, el asesino y Ramabad quedaron del otro.

—No tiene nada que temer —intentó consolarlo Aquines Moria—. Cumpla con su deber de ciudadano e cruce la línea. Sus hijos serán agradecidos un día. Tendrá pagado ansí todos sus pecados e los pecados de sus padres.

—¡Vamos, no tenemos toda la noche! ¡Congelamos nos!

Cumplió con su deber. Golpeó al asesino con el revés del hacha. No quería cortarlo, no quería sentir el filo en la carne, no quería ver sangre. Sólo quería que se dejara de mover, como un pez afuera del agua. Sólo quería acortarle el tormento de alguien que sabe va a morir, tarde o temprano, en medio de una multitud excitada y gozosa.

—¡Mata élo, mata élo de una vez!

Le dio otro golpe, esta vez un poco más fuerte que el anterior.

—¡Divino! ¡Mata amí también! —gritaba una mujer, tocándose los senos.

—Isso es, mi gallo, mata élo de una vez —gritaban todos al mismo tiempo.

—¡Mata élo! —uno.

—Sabía que no iba a nos defraudar —otro.

—Es uno déllos nuestros —y otro más.

Siguió golpeando con fuerza la bolsa negra, pero no había caso. No había forma que se quedara quieta.

—¡Divino! —seguía gritando la mujer de los senos enormes¾. No apurés vos tanto.

—Sí, termina élo de una vez —pedía otro.

—¡En la testa!

—En la mollera, más aí.

—Eso es, en la testa.

Sin duda, era una buena idea.  Con la algarabía, no se le había ocurrido. Tenía que haber comenzado por allí, con un solo y preciso golpe. Esa hubiese sido la mejor forma de evitarle tanto dolor.

—¡Termina élo, termina élo!

Fue en la cabeza. Sólo así dejó de retorcerse y la gente saltó de alegría.

El Basilisco estuvo sin sentido un largo rato. Cuando el griterío aflojó, como una tormenta de arena que se retira, Ramabad se acercó al asesino y lo sacó de la bolsa. Tenía el traje de pájaro puesto. Lo habían agarrado así o lo habían obligado a ponérselo, para terminar no sólo con el asesino del cantinero sino, sobre todo, con el mito del pájaro; mito que seguramente a esa altura ya se había confundido con el gallo negro, el cual, se decía, no era posible verlo dos veces sin morir de un infarto.

Sus ojos apenas se movieron para quitarse la sangre que no le dejaban ver. Estaba reventado. Quiso decir algo, algo importante, algo que debía importarle más a Ramabad que a ella misma (o eso le pareció a Ramabad) Pero su rostro se quedó en una especie de sonrisa pensativa. Y no parpadeó más.

 

El pájaro se había quedado mirando hacia la nada, como pensativa. Después fueron dos hombres y se la arrancaron de los brazos, la sacaron de la bolsa negra y de su traje de pájaro y la arrojaron sobre una mesa. Y allí quedó durante horas, extendida sobre un río de sangre congelada, expuesta su cuerpo para euforia de los viejos y decepción de los trovadores. Sólo los críos tenían prohibido presenciar el cuerpo deformado del asesino. Pero todos adivinaron lo sucedido.

Esa misma noche, cuando el pueblo no salía aún de la excitación de la justicia, el gran salón que se había convertido en la celda de los descamisados ardió fuego. Seguramente se trató de un suicidio colectivo, aprovechando la donación de colchones que hizo ese mismo día el alcuazil. Uno de los pedritos que estaba de guardia acusó a los trovadores de negarse a usar los colochones y luego de liderar el mismo incendio. El fuego resultó imparable y alumbró la noche de Calataid, desde la muralla de Lázaro hasta la de Santiago. Si bien no fueron llevados a camposanto, se les rindió un breve homenaje a las víctimas de la peste y se los enterró en una fosa común. También se enterró la memoria de los alaridos, alucinados pidiendo auxilio a carcajadas en medio de la noche, recitando versos como si fueran himnos sin patria e sin dios. Entre los incomprensibles alaridos de alegría se escuchó repetidas veces la invocación a Isabel de la Cruz y al pájaro, al pájaro como la última líder de los alumbrados. Pero esto (había respondido Ramabad) sólo se debía a la imaginación de Calataid. Ni siquiera era la imaginación propia de los testigos que se amontonaron fuera de la comisaría; era Calataid la que deliraba a través de sus óranos humanos, la que paría fantasmas y devoraba carne humana.

Todo volvió al orden, lentamente. El loco de la trompeta se sentó extramuros a esperar el tren y allí permaneció como un mendigo. Secretamente, todos sabían qué esperaba y, también en secreto, todos esperaban la aparición del tren, por última vez. Mientras tanto, Ramabad decía que el desierto sepultaría la ciudad maldita. Le perdonaron esta repetida ofensa porque estaba loco, porque sus días estaban contados y porque finalmente reconocieron que Evita comenzaba a desbordar la muralla de Santiago. La próxima tormenta de arena —decía Ramabad—, la próxima tormenta olvidará la ciudad santa. Entonces, la despreciable humanidad nunca se enterará de su orgullosa existencia, de su heroica misión en la tierra.

La noche siguiente, algunos seguidores del pájaro recordaron, en voz baja, en un rincón de la placita triangular de San Patricio, el día del juicio. Recordaron cómo su propio hermano lo había matado con un hacha, desprendiéndole las piernas del resto del cuerpo. Y alguno, incluso, dijo que antes de morir, poco antes de alzar el vuelo, el pájaro había recitado:

Realidad es la locura que permanece

y locura es esta realidad

que ya se desvanece

Y como una maldición, continuaron recordando otros versos. Nadie sabe quiénes fueron los primeros en guardar los hechos de la Restauración y los versos prohibidos de Calataid. Ni siquiera, nadie supo si algunos versos habían sido recordados la noche siguiente a la ejecución o nacían de las bocas murmurantes de los nuevos recitadores. Pero en cualquier caso, decían que eran los versos del pájaro, y su virtud consistía en haber continuado escribiendo muchos años después de su muerte. No más allá de Calataid, porque quienes lo intentaron murieron ahogados en el desierto.

Tenía la misma mirada de siempre, aquella mirada joven y terriblemente triste. No era la mirada de un hombre o de una mujer que nace triste, pensaba, como quien nace sin piernas y no se resigna a su destino. Más bien era la mirada de alguien que nace sin piernas y un día comienza a esperar un milagro que le devuelva en una noche los pies, las rodillas, los pasos, las caricias sobre la liberad recuperada, hasta que se despierta y comprende que todo había sido un sueño. Estafada por sus propias ilusiones, engañada por sus propias esperanzas. Era una de esas miradas repentinamente tristes que conservó por años, como si algo o alguien le hubiesen destruido una ilusión secreta, largamente conservada, un día cualquiera, así, de golpe, y ya no le quedase más que la desesperanza y el reconocimiento de toda su impotencia, revelada como un día al despertar de un sueño luminoso en donde la amante no existe; o mucho peor aún, en donde el amor existió pero ya no la persona amada.

 […]

Margaret

La asistente

Todos los martes de noche llegaba Margaret con sus carpetas de apuntes y sus materiales didácticos. Todos los martes de noche María José y Ernesto la escuchaban atentamente. Margaret era una asistente social del gobierno que enseñaba a los padres a criar a sus hijos. Estos funcionarios ponen mucha atención en las familias de hispanos, porque es bien sabido que proceden de una cultura machista y violenta. El entrenamiento consistía en una larga charla de cuarenta minutos más un video didáctico de diez minutos y una demostración práctica de diez minutos más, lo que sumaba una hora al fin de la cual María José y Ernesto firmaban un papel diciéndole al gobierno que el programa estaba funcionando.

El martes 8, Ernesto llegó de mal humor de la constructora, quince minutos antes que Margaret, tuvo que hacer esfuerzos titánicos por mantenerse atento a la lección de la semana. Si no fuese porque pasaría por mal padre y peor esposo, hubiese dicho que lo dejaran tirarse quince minutos en el sofá con una copa de vino. Pero resistió. Era su voluntad y también era su trabajo, resistir, demostrar a la funcionaria del gobierno y al resto de los conocidos que podía llegar del trabajo molido y a veces humillado —Ernesto consideraba una humillación cualquier orden que debía cumplir contra su voluntad y en silencio— y cambiar pañales, lavar los platos y cantar al mismo tiempo.

Pero en los diez minutos finales de ese día, Luisito estuvo más inquieto que de costumbre. Repitió tres veces la misma pataleta que a los chicos les da a esa edad, griterío a toda garganta seguido de revolcadera por el piso, todo por un lápiz que el padre le negó por peligroso. Ernesto se limitó a decir “no”, primero y “no!” después, lo que condujo a la intervención de la especialista:

—Procure no decirle que no. Esa es la palabra que más escuchan los niños. Por eso reproducen la negatividad en sus conductas.

—Qué podemos hacer en estos casos, Margaret —preguntó María José.

—Abrácelo. Ustedes deben consolarlo. Díganle que lo quieren. Demuéstrenle que no perderá su amor por el yogurt derramado. Eso desarrollará su autoestima y su confianza en los mayores.

—Ves, Ernesto. Tú siempre dices que los padres son educadores, no consoladores.

 Antes que terminara la frase, Luisito tiró el yogurt sobre la alfombra y Ernesto, en otro descuido, le dijo que no volviera a hacerlo más. Pero se lo dijo con tanta vehemencia que sorprendió a Margaret.

Como buena profesional, sin perder la calma y el tono suave, casi sensual, Margaret le explicó que lo que había hecho Ernesto era un ejemplo de un error muy común entre los padres latinos.

—Cual? —preguntó Ernesto casi arrepentido.

—Levantarle la voz al niño.

—Qué se supone que debería haber hecho?

—En estos casos la Asociación fuertemente recomienda explicarle al niño que el yogurt no va en la alfombra. Incluso, para no herir su sensibilidad, usted debió acercarse al niño y jugar con el yogurt derramado. Al fin de cuentas igual deberá usted pasar un quitamanchas. Es el mismo trabajo.

—Sí suena muy práctico, como siempre. Pero no creo que sea para tanto. Cuando tenga un jefe como el mío y un chiquillo como Luisito, ya va a saber lo qué es vivir en un mundo dibujado con límites gruesos.

—Señor Campos —razonó tranquilamente Margaret, rehuyendo siempre a mirarlo a los ojos—, el niño tiene dos años… Ya tendrá tiempo de aprender todo eso.

—Cuanto antes mejor. Además, no creo que entienda una explicación sobre la inconveniencia de tirar el yogurt en la alfombra cada vez que está lleno.

—Por sus palabras deduzco que su infancia no ha sido fácil.

—Cierto.

—Ha presenciado escenas violentas en su casa paterna?

—Sí, algunas.

—Su padre le pegaba a su madre?

—No, qué va. En todo caso era al revés. Pero ni siquiera eso. También la vieja era una mujer tranquila.

—Entonces?

—Por ejemplo, más de una vez tuve que ver cuando a mi padre se le moría una vaca y no tenía más remedio que cuerearla.

—Cuerearla? Qué significa eso?

—Sacarle el cuero. Tenía que abrirla con un cuchillo por la panza, así, de arriba abajo, y desollarla con cuidado para poder conservar el cuero al menos.

—Qué horror! Y usted qué edad tenía?

—Cinco o seis años.

—My God! Eso es suficiente para traumar a un niño. A su padre no le importaba? Qué grado de educación tenía?

—Mi padre había terminado la secundaria y nada más. Y por eso mismo no podía darse el lujo de perder la vaca entera. Al menos así rescataba el cuero, y como aquello era la Pampa, aunque me decía que me fuera lejos, igual a los cien metros yo podía ver cómo cuereaba el animal muerto. Y no le cuento cuando un baqueano tenía que matar un cerdo clavándole un cuchillo en el corazón. El bicho gritaba como un marrano.

—My God!

—Alguien tenía que hacerlo. Todos tenían que comer. Qué comió usted hoy?

—Ensalada. Qué más recuerda?

—A veces por ahí andaba la familia del occiso, una pareja de cerdos que se ponían a hacer el amor delante de mí. Esas cosas no se olvidan.

—Qué horror! Todo eso explica la violencia.

—Perdón, cuál violencia?

—La violencia en los países latinos.

—Sin embargo yo no soy un criminal. Nunca he matado a nadie y detesto la violencia de todo tipo. Sin ir más lejos, no soporto que de los cien canales de televisión que tengo aquí, en por lo menos noventa siempre estén matando, sacándole un ojo o pegándole un tiro en la cabeza a alguien. Quiere que le muestre?

—No hace falta. Pero todo eso es ficción.

—El sexo también puede ser actuado, y sin embargo es tabú o es pornografía. Si uno se descuida, los niños pueden ver quince asesinatos por noche. Pero si dos personas se dan un beso de lengua lo censuran. Se puede representar un crimen pero no se puede representar el amor.

—Mi pastor siempre dice algo muy sabio. El mal del mundo nace cuando se confunde el sexo con el amor.

—No, yo no los confundo. Pero tampoco me aparecen necesariamente incompatibles. O acaso no es posible que sexo y amor sean la misma cosa alguna vez? Digo, en un mundo tan materialista cada tanto es posible que sean la misma cosa, por milagro o por coincidencia. Aunque más no sea representado. Pero no, para la moral pública el sexo nunca es amor y siempre es obsceno. Así que hay que prohibirlo y predicar en su contra, para olvidar que el mal no nació con el sexo sino con el crimen contra el prójimo. Pero para decirle la pura verdad, a mí los cerdos de la Pampa me enseñaron no sólo que el sexo es algo natural sino que además me explicaron lo que mis padres no sabían cómo hacerlo de forma más científica. Pero en la televisión, cuando un tipo o una hermosa mujer —disculpe que no haya dicho “hermoso hombre”; no es que sea machista, es que soy heterosexual—, cuando algún adonis o alguna amazona le apunta a la frente de un desdichado y lo revienta de un disparo tipo misil transcontinental, ni uno ni otro dicen alguna mala palabra. Eso está prohibido y cuidadosamente controlado.

—En los países latinos no?

—No. En las televisiones de nuestros países se putea de lo lindo.

—Por favor, Ernesto! —se quejó María José, advirtiendo que la conversación se había desvirtuado del todo.

—Qué? No es cierto? —insistió Ernesto— Allá se besa más seguido de lo que se mata y las mujeres andan medio desnudas.

—Parte de la cultura machista.

—Sí, andan medio desnudas como en todos los países donde impera el machismo. A excepción de las mujeres musulmanas, que por su retraso cultural visten de más. Porque el machismo no sabe vestir a las mujeres. O las viste con poca ropa o las viste de más. Nunca en su justa medida, como en Estados Unidos, donde las mujeres son libres.

—Usted no negaría que en sus países impera el machismo.

—Imperan muchas cosas. Claro, todos tenemos defectos. En eso le doy la razón. También tenemos problemas con la delincuencia callejera, con el crimen organizado, con la pobreza organizada de las favelas. Pero en general nos gusta menos la muerte, la sangre, la excitación del crimen tipo Agatha Christie o las máquinas de matar, tipo Arnold Schwarzenegger. Al menos que no tengamos cine propio. Al fin y al cabo hay que reconocer que The Terminator tenía muy buenos efectos especiales. Toda una ciencia.

—Le repito que todo eso es ficción. Nuestros programas de educación infantil han funcionado desde hace años y en todos los modelos puestos en práctica la violencia está prohibida, llámese decir “no”, como usted lo ha hecho, como retar al niño por un yogurt derramado en la alfombra. Los niños reproducen lo que ven.

—Sin embargo en esta casa nadie tira el yogurt en la alfombra ni tenemos la costumbre de meter los dedos en los enchufes. Para mí que está en la naturaleza del niño, y como en la naturaleza no hay enchufes con corriente eléctrica ni alfombras que cuidar, no queda más remedio que educar. Y más vale un no bien clarito que un ni con complejos.

—Espero que usted no esté pretendiendo darnos clases a nosotros. Los estudios indican claramente que se debe erradicar toda forma de violencia en la educación de un niño.

—Me alegro. Ya le dije que no aplaudo ninguna forma de violencia. El problema es definirla. También es violencia hacerle creer a un niño que el mundo es blando como un osito panda.

—Hace años que categorizamos y erradicamos cada tipo de violencia y le puedo decir que todos estos planes han sido un éxito.

—De dónde deduce usted que han sido un éxito?

Sólo por leves momentos Margaret parecía molestarse con los cuestionamientos de Ernesto. Sin prisa, comenzó a ordenar sus papeles en la carpeta azul.

—Muchos estudios lo demuestran contundentemente —respondió.

—Desde cuando datan esos experimentos?

—De las décadas de los sesenta y de los setenta.

—A ver, déjeme ver. Si no me fallan los números, todos los soldados y los generales y los políticos y los pastores que han participado y apoyado la última guerra en Irak, por mencionar sólo una de las tantas, fueron educados de niños según esos métodos de no violencia. Cómo es que niños tan alejados de palabras fuertes, del rigor de los padres, de la muerte y del sexo en todas sus formas son capaces de bombardear mercados y ciudades llenas de niños? Niños como el mío, como los de usted. Sabía cuántas personas van muriendo en Irak? Más de medio millón, si consideramos personas a los iraquíes, claro.

—Es diferente.

—Sí, es diferente. Todo es hecho con el más puro lenguaje, con la gramática perfecta. Libertad, democracia, Dios, civilización. La sangre no salpica. Los muertos no tienen familiares que lloran. Esos jovencitos —con una alta autoestima, no vamos a dudarlo—, esos jovencitos que van a matar fanáticos a otros países piensan que están en un video game. Aprietan un botón y ni tienen que pasar por el desagradable espectáculo de presenciar lo que ellos mismos hacen. Y si alguno ve algo en vivo y en directo, es decir, algún descuartizado afuera de la pantalla azul y verde, entonces lo mandan a psicólogos de prestigio, programas que han tenido éxito, teorías científicamente comprobadas y avaladas por estudios de prestigiosos doctores. Y los que no van a la guerra ni se suicidan al volver se dedican al abuso de la Coca Cola, en el mejor de los casos, o a la coca a secas, en el peor. Sabía usted que este país, con niños tan bien educados y alejados del sexo y la violencia de decir no, es el mayor consumidor de estupefacientes del mundo? Sabía usted que en el país donde están prohibidas las malas palabras y alguna que otra cola hermosa en la televisión, donde una mirada puede ser considerada acoso sexual —de hecho aquí ninguna mujer resiste que la miren a los ojos; cuando uno las mira, esquivan la mirada como si fueran monjas cortejadas— no obstante, y tal vez por eso mismo, esto está lleno de psicópatas sexuales y asesinos en serie? En nuestros atrasados países los asesinos matan porque son bestias. Le pegan un tiro a uno. Casi no se conoce eso de matar en serie, porque es un invento de la producción y reproducción sistemática de cosas. Los asesinos en esos países atrasados no calculan, no aprietan botones y suprimen doscientas mil personas en un sólo día. Eso sólo es posible en un país donde los niños son criados bajo las mejores teorías psicológicas de la no violencia y el pudor.

Margaret no perdió la calma. La contuvo para que no se le escapara. Miró el reloj. Con mucha elegancia dijo que se había hecho tarde. Tres minutos tarde. Los padres firmaron. Margaret confirmó el número de palabras que Luisito podía pronunciar. 33. Normal para su edad, pero si en la próxima visita no había podido unir un sustantivo con un adjetivo habría que derivarlo a un especialista. Tomó sus cosas, con suavidad y se despidió con la misma sonrisa de siempre.

Pero un segundo después que la puerta se cerró, se escuchó que decía:

—Fuck you.

Ernesto no supo distinguir si el tono era de rabia contenida o era el mismo tono imperturbable de siempre. De lo que sí estaba seguro es que Margaret había querido ser escuchada. La mejor oportunidad de su vida de decir una mala palabra en público.

 

Jorge Majfud

In Entre Orientales y AtlantesAntología de relatos uruguayo-canaria. (short stories) Tenerife, Spain: Editorial Baile del Sol, 2010.

El ayudante II

El Burro 

 

En cuanto al burro, diré que con mi gestión salió perdiendo ampliamente. Como si fuese el responsable de los reclamos del Basilisco, lo olvidaron atado en el poste de luz, día y noche, con un balde de agua diez centímetros por fuera del círculo que describía la cuerda. Dos noches seguidas tuve que filtrarme por entre las chatarras para acercarle el agua, pero el burro no salía de su posición de estatua triste. Se quedaba mirándolo, reposando sobre sus patas chuecas, como si en lugar de patas estuviese apoyado sobre cuatro muletas, con sus enormes orejas caídas y sus ojeras blancas, con la barriga cayéndole, más por debilidad del espinazo que por exceso de alimentación, negándose tozudamente a probar el agua que aquel intruso bondadoso le ofrecía, como si ya no le quedase posibilidades de confiar en ser humano alguno y prefiriese seguir sufriendo de sed a morir envenenado.

La última noche, Ramabad le dejó el balde contra el poste, a riesgo de que se dieran cuanta de su incursión, y al día siguiente se olvidó del asunto. Luego supo, por el comentario divertido del verdulero, que el mecánico había puesto al burro en penitencia de trabajo, ya que, como todos saben, estas pequeñas bestias son muy tercas y rezongonas, y con frecuencia se niegan a obedecer. Junto con el tarado del pueblo, lo hicieron trabajar a jornada doble, llevando y trayendo carcazas de carrozas sin ruedas, sangrando a veces por los costados, por donde se iban a incrustar los ejes y las chapas herrumbradas cuando la pequeña bestia no podía avanzar y, tras el tirón, la cuerda le respondía trayéndolo de nuevo hacia atrás con mayor violencia. El burro dividió al pueblo en dos: los menos, que veían con malos ojos el maltrato que recibía día tras día, y los más, que se divertían con sus patas chuecas, torcidas por el esfuerzo, y se morían de risa a causa de los rebuznidos que cada tanto daba cuando el General del Casco Dorado levantaba su vara como si fuese una espada. Especial éxito tuvo la idea anónima de colocarle al burro un viejo sombrero de fino paño escocés, con dos agujeros para que salieran por allí sus enormes orejas, el que fue quitado por el mecánico, apenas lo vio de lejos, furioso porque aquello que tiraba de un chasis era un burro, no un hombre. Y como el mecánico no estaba dispuesto a perder su tiempo buscando al culpable de semejante burla, descargó toda su rabia en las ya maltrechas costillas del animal, que tuvo que sufrir patada tras patada por haber prestado su imagen para semejante ofensa a la especie humana.

—No pegue a él, patrón —decía el General—. Mire cómo llora.

A lo que el patrón respondía, en alarido: No seas tarado, ¿no sabes que los burros siempre facen ansí? Cada bicho tiene un ruido e eso no quiere decir que sea llorando. Las hienas dicen ja-ja cuando pelean e eso no quiere decir que se rían por algo. Vas a ver que si doy éle con esto cada vez que rebuzna, va a perder la costumbre.

¿Por qué una persona puede odiar tanto a un animal inocente? No es posible saberlo a ciencia cierta. También los críos de Calataid tenían la afición a torturar y matar gatos, casi siempre ahogados en aquello que aparentemente más los atemoriza: el agua. Con todo, los gatos se resistían al sacrificio y solían clavar las uñas y los dientes en las manos de sus torturadores, dando de ésta forma más y mejores argumentos a estos últimos. Pero en el caso del burro no era así. Aquella pequeña bestia era incapaz de devolverle una patada a nadie. Su cara de tristeza y sus condiciones de bicho pacífico daban lástima y rabia al mismo tiempo, porque uno no se explicaba cómo era capaz de soportar día tras día, palo tras palo sin tomar medidas en el asunto, como cualquier ser humano normal.

Con el tiempo se impuso la idea de que el burro traía defectos de nacimiento y, probablemente, de raza. Muchos eran de la idea de que Lucifer montaba sobre su lomo desde al atardecer hasta el alba. Sólo así podía explicarse una inteligencia sobreanimal que no podía serle propia sino prestada. Se lo comparó con los demás animales y se notó que, a diferencia de cada uno de los perros, de los alazanes y hasta de los gatos, era él el único que se resistía a obedecer al mecánico. Por lo tanto, mal no estaba que éste quisiera imponerse, como un dueño de casa se impone a la ferocidad de su perro, al atropello de su caballo, a la rebelión de los gatos o a los caprichos de su mujer. Claro, «imponerse» no significaba estar todo el día dándole palos, sino todo lo contrario: un hombre que debe recurrir a la violencia para hacerse respetar está siendo, de alguna forma, resistido. La violencia sólo podía ser un recurso temporal. Sin embargo, lo temporal pareció en algún momento no tener fin, y esto comenzó a preocupar al pueblo, que llegó a sospechar que el burro era incapaz de comprender el mensaje y, de a poco, se pasó de las risas al mal humor. Más de un exaltado anunció en rueda de amigos que, la próxima vez que escuchara los rebuznidos del burro, él mismo iría con un palo y le molería las costillas. Tal vez ansí le faga caso a otro, ya que no a su propio dueño. Pero si bien el burro era un servidor de Lucifer, matarlo hubiese significado entregarlo en ofrenda. Lo que correspondía era exorcizarle el demonio a palos.

Después de la muerte de don Luzardo, el burro pasó días enteros moviendo toneladas de fierros, tirando y soportando los latigazos del mecánico, sin rebuznar al final. Hasta que fue visto un mediodía, a la hora de la siesta, con una soga al cuello y arrastrando un pedazo de carroza por el camino de las locas. Más de uno se levantó de la siesta, intrigado por el misterioso ruido que hacía la carcaza sobre el empedrado y vio al burro andando, despacio y sin tregua.

—Finalmente aprendió a tirar de los fierros sin rebuznar. Mas miren que dio trabajo, el fijo de puta!

Al principio, algunos se rieron y se volvieron a sus casas para comentar lo que habían visto: ese burro era como una persona, dijeron años después. Con el tiempo, no sólo se recordaban sus ocurrencias, sino que se le atribuían actos humanos, casi todos cómicos, porque pocas cosas causan más gracia a una persona que la conducta humana de un animal, así como lo inverso asusta y produce asco. El burro del mecánico prefería los bombones de chocolate a las galletas, decían algunos; el burro del mecánico se rascaba una oreja con la pezuña de su mano derecha; el burro lloraba cuando le gritaban; no, en verdad no lloraba, protestaba como tu abuelo; ¿alguna vez vieron al burro escondiéndose detrás de un árbol para orinar? Pero mientras vivía, llegó a enfurecer hasta el padre D’Ángelo cuando el General se apareció en la puerta de la iglesia montando en él.

—¿Puedes mí decir adónde vas, fijo? —fue la pregunta del cura, que le salió al cruce antes de que el tarado se metiera con bestia y todo a la casa de Dios.

—¿Io, padre?

—¿A quién más crees que estyo fablándole?

—Sí, es cierto —decía el General, mostrando sus hermosos dientes y moviendo la cabeza como si estuviese confirmando algo todo el tiempo.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué, padre?

—Repito la pregunta, más despacio, a ver si puedes responder: ¿qué sos  faciendo arriba de ese burro, con las dos patas en los escalones de mi iglesia?

—No sé, padrecito.

—¡Cómo es posible que fagas las cosas sin saber! Cuando uno no sabe qué hace, queda se quieto, ¿entiendes fijo?

—Como cuando pienso en la patrona e toco aquí abajo, padre, e no sé por qué fago eso, sí.

―Bueno, bueno, bueno, llega. Ya dije a vos que eso queda entre nos dos. ¡No tienes por qué repetir élo! Eso no es nada bueno, cuántas veces voy a decir a vos? Memoriza quello qué digo e no repitas élo. ¿Acaso quieres que todo el pueblo entere de quello que faces? ¿Sabes qué dirán?

—No sé, padrecito.

—¡Dirán que cada día semejas más al burro!

—Sí, es cierto… Siempre pasa eso mismo, padrecito. Soy el más olvidadizo…

—Por favor fijo, marcha de aquí, mas antes quita de tu cabeza esa corona de espinas, antes que vea a vos más gente.

—Sí, padre. Soy el más distraído. Eso es, distraído. Subí al burro para facer una vueltita e él solito trajo a mí fasta aquí. Si no detiene élo vos, padre, mete nos al templo conmigo e todo.

De esta anécdota, que pronto se conoció en todo el pueblo, se extrajeron muchas conclusiones. Sobre el burro, el turco de la tienda de la Estación dijo que pertenecía a la línea familiar de aquel otro que introdujo a Jesu en Jerusalén, y al día siguiente le hizo una oferta al mecánico para quedarse con la pequeña bestia. Pero se consideró sacrilegio y el negocio no se cerró. No era una suposición descabellada —repetía el viejo de la nariz grande, cristiano emigrado de algún lugar de Egipto, pero conocido amante de las historias fantásticas— ya que el primer burro había sido traído por los mercachifles bereberes, es decir, seguramente procedentes de Medio Oriente. Sin embargo, ninguna de estas conclusiones ayudó a mejorar la suerte del burro del mecánico. Por otra parte, la anécdota era del todo inconveniente: relacionar al burro queriendo entrar a la iglesia con el tarado encima, con el burro de Jesu entrando en Jerusalén, era acercar peligrosamente al Maestro con el ayudante del mecánico, lo que desde todo punto de vista resultaba ofensivo para la sensibilidad de Calataid. ¿Y quién era el culpable de esta vergonzosa anécdota?: el burro, ya que no el tarado, que no sabía lo que hacía, decía el pájaro.

Otras historias sobre el burro iban mejor adornadas con atributos humanos, que seguramente él desconocía o despreciaba. Lo cierto es que, la vez que se lo vio subiendo por el camino de las locas, iba solo y con rumbo fijo, al decir de la madre de la gitana, como si fuese para algún lado preciso donde pensaba dejar el último chasis. Solo y probablemente por su propia voluntad, arrastró ese chasis de camión hasta que murió ahorcado en el último repecho que separaba el pueblo del camposanto. Nunca se supo si aquello fue un suicidio impulsado por el Dictador, o un intento frustrado de libertad o ambas cosas, pero nadie volvió a compararlo con una persona, porque en el pueblo nunca nadie había querido quitarse la vida así porque sí. En todo caso lo que hizo lo hizo por burro.

 

La única que lloró al burro fue la mujer del mecánico. Ella y el ayudante arrastramos a la pequeña bestia e la enterramos sin discursos a la salida del pueblo. Ramabad los recordaba —entre triste y melancólico— caminado muy lejos en una calle más bien desierta, cuando la larga noche de Calataid aún no se iba y una nube oscura de polvo cubría lo más alto del cielo, dejando un crepúsculo todavía claro en el horizonte. Parecían tres bultos vivos —decía—, moviéndose en medio de una hoguera cósmica, pero uno de ellos iba muerto e yo llevaba élo de una pata. ¿Por qué es tan injusto el señor?, dicen que se lamentaba la mujer, pero nunca nadie supo a ciencia cierta si se refería a Dios o a su marido. La mujer lloraba como una Magdalena y el tarado la acompañaba, llorando más fuerte aún, como si no pudiese hacer nada sin discreción.

Al burro lo enterramos en campo no santo, pero bajo una cruz de palo, la que, tiempo después, fue quitada del lugar por el espíritu del señor mecánico. El dolor excesivo de la mujer del burro produjo la solidaridad de algunos, al principio, y todo tipo de comentarios después, cuando ella comenzó a volver periódicamente a dejar trozos de chocolate amargo esparcidos sobre el pequeño bulto de tierra. Lo que, a la larga, trajo una nueva tragedia, porque el mismo chocolate que no podía comer el espíritu del burro terminó atrayendo a los chanchos salvajes que, no satisfechos con el postre, dieron vuelta la mesa y desenterraron lo que quedaba del finado. Y se lo comieron también.

Los chanchos no sólo comían burros cuando andaban sueltos y con hambre, sino que había que cuidarlos en los cementerios, cada vez que moría un cristiano. Tenían la costumbre de desenterrar cualquier cosa que oliera mal, y un cajón de madera no era suficiente obstáculo para sus poderosos hocicos. Chancho que se escapaba a su dueño y se unía al grupo de los salvajes no volvía más. Enseguida le tomaban el gustito, si se me permite. Y como corría la creencia de que las balas no hacían daño en sus carnes insensibles de los cadáveres, se procuraba siempre tenerlos lo más alejados posible, sin intentar acercárseles nunca. Mejor era que anduviesen corriendo por las dunas más lejanas, con los hocicos manchados siempre de sangre, que tener que resolver qué hacer si alguno llegaba a morir cerca del pueblo.

 

Jorge Majfud

 

El ayudante

El tarado

 

El ayudante del mecánico era otro, aunque nunca nadie lo mencionó en sus especulaciones. El alcuazil habló con él dos o tres veces, sin hacer comentario alguno. Era un gallo grande y caminaba lento, algo encorvado y con la cabeza adelantada, como si quisiera disimular su enorme altura. Tenía un cabello rubio y lacio que le caía sobre los ojos, como un bellísimo casco de oro que le cubría una mirada perdida, probablemente la única mirada que tenía, la misma que un día había conservado al levantarse sin haber despertado del todo y que demostraba lo poco que comprendía del mundo que lo rodeaba, como alguien que en medio de un sueño pesado no alcanza nunca a comprender por qué los girasoles tienen ojos y los granjeros semillas ciegas en la cara. Hijo legítimo de los Pessoa, dueños de los carros de taxi y los talleres de lana sobre la Empedrada este, fue un niño rico y un adulto pobre, aunque nunca apreció la diferencia, lo cual lo hacía una especie de sabio idiota. Al igual que todos los hijos ilegítimos o adoptados por abandono, el niño de los Pessoa pensaba con la mitad del cerebro. Su padre, don Vero, lo había cambiado por un amiguito de juegos, por un crío callejero llamado el Trueque, que cuando jugaba con él siempre se quedaba con su comida o lo convencía para cambiar la ropa que llevaban puesta. El almacenero le había visto condiciones al otro y lo llamó a su lado. Hasta que terminó poniéndolo al frente del negocio para que perpetuara su nombre y su obra. Al poco tiempo, el Trueque Pessoa cumplió con las expectativas del viejo, y con creces. Como todo empresario exitoso, no despreció la política e invirtió tanto dinero en las elecciones municipales como en la compra de tintas rojas de Malí, que reemplazaron silenciosamente el antiguo azul índigo de Libia.  Casi no recibió votos, pero este detalle no le impidió obtener un cargo de confianza en la administración y la amistad de don Josef María de Rodrigo, lo que, como todo lo demás, también estaba dentro de sus cálculos.

Después de la muerte de su madre, doña Carmen Pessoa, y de la repentina demencia senil de don Vero, Eugenio lo perdió todo sin darse cuenta; lo cual no dejó de ser un alivio a la injusticia. Sin rencores, continuó sonriéndole a las moscas y coleccionando escarabajos, porque tenía terror de quedarse solo. Cuando este momento llegaba —porque es inevitable, como la muerte, decía el pájaro— se sentía incómodo consigo mismo y movía la cabeza hacia delante, como alguien que está escuchando una música de baile sin bailar. Permanentemente tenía uno o dos escarabajos en alguna de sus manos. Cuando nadie miraba a mí, abría los puños e los escarabajos trepaban del dedo más bajo al dedo más alto, como si fuesen acorazados alpinistas que no alcanzaban a percibir que subían del dedo primero al segundo y del segundo al primero, sin fatigarse jamás, hasta que por allí pasaba alguien y le gritaba tarado. Entonces el dios de los ciclos cerraba los puños y escondía los insectos, asustado, como si supiese que hacer girar escarabajos era algo sucio, indecente. Porque también circulaba —sólo entre los varones del pueblo— la versión de que el tarado manipulaba escarabajos por consejo o por imposición del cura, que de esta forma pretendía impedir que se masturbara en las orillas de los caminos, por donde podían pasar mujeres y hasta doncellas inocentes. Y como el tarado había sido muy bien equipado por la naturaleza, podría ceder a la tentación de cometer alguna desgracia. A la tentación propia o a la de alguna de las doncellas inocentes que solían salir al atardecer a pasearse por las plazas y por los caminos que entraban al pueblo, soñando con el repentino arribo de un actor de fotonovela. Sobre los resultados había discusiones: era probable que el cura haya tenido éxito, pero en todo caso un éxito parcial, porque si para un hombre inteligente siempre fue difícil dominar su propia naturaleza, era probable que más difícil le resultara al tarado.  Así que marear y aplastar escarabajos para después conseguir otros nuevos, sólo podía significar —por lo menos para un médico del siglo pasado— ceder a la tentación, rompiendo con los negros y minúsculos tabúes, para luego proteger otros en muestra de arrepentimiento. Pero ¿qué pasaría cuando ya no quedasen más escarabajos en la zona?

Eugenio Pessoa bien pudo haber sido hermano mío. Todos le tiraban alguna piedra cuando podían, como las gallinas picotean sin motivos a los pollos que caminan rengos o sufren de alguna deformación visible. Pero yo nunca fago caso, son mucho graciosos, si yo me enojo aplasto éllos, como a Romerito que se me quería volar de la mano e cacé élo en el aire e ya no se pudo mover más. Romerito, tenía la espalda roja e puntitos negros sobre quello rojo e fablaba español, decía sí, sí, era malo, pero quellos graciosos que tiran piedras e salen corriendo no, no son buenos, dice el padrecito. Para peor, nunca nadie supo de dónde sacaba los escarabajos, búsqueda que hubiese complicado a más de un genio en el pueblo; y nunca nadie supo, a ciencia cierta, qué hacía con ellos después de marearlos, lo que siempre incomodó a más de uno, ya que si bien la primera cuestión era misteriosa, la segunda era por lo menos para sospechar. Me gustaban los amarillo, con puntito rojos. Se decía que los mataba, apretándolos con los puños hasta que la cavidad de sus enormes manos quedaba anulada por la presión sobrenatural de su idiotez, lo que sin duda justificaba las piedras que le arrojaban los más chicos. E de noche cazaba la luciérnagas en camposanto, la lucecita verde, la amarilla, la roja no gustaba mí, igual las cazaba una por una fasta que no quedaban más e se facía todo oscuro. La última lucecita amarilla siempre me cuesta más, porque tiene más espacio e vuela más rápido que yo. E como es todo oscuro, mí tropiezo e catapúmbate para el suelo. Incluso se le conocían algunos gatos ahogados, con lo difícil que es ahogar gatos en el agua. Sobre esto nunca hubo pruebas, ni siquiera la falta de algún comeratones conocido, pero todos decían lo mismo y es posible que él se enorgulleciera de esas mentiras. El tarado debía percibir que la gente lo respetaba —lo poco que podían respetarlo— por lo mismo que le tiraban piedras. La gente respetaba al mecánico cuando le rompía las costillas al burro, entonces ¿por qué se molestarían con alguien aficionado a marear escarabajos? ¿O era que a la gente le molestaba que el tarado hiciera algo por decisión propia? ¿O simplemente molestaba como molesta un pollo rengo entre los pollos sanos? Vaya uno a saber. Pero también hay que decir que tuvo defensores; claro, nunca faltan los malos defensores. Algunos llegaron a decir que el tarado era más bien inocente, inofensivo la mayor parte del tiempo, aunque nadie garantizaba nada cuando estallaba en furia y, por eso, lo habían puesto con el mecánico para que gastara energías arrastrando fierros de un lado para el otro y sin ningún motivo. Más vale tarado cansado que cien imaginando cosas. Por otra parte, el mecánico necesitaba un ayudante que no fuese tan inteligente como él, dado que era un hombre casado; y el que consiguió no podía cobrar mucho, dado que era tarado.

 

Jorge Majfud

 

La elección

“Papá, tu esposa y yo nos vamos a separar”

Papá, tenemos que hablar. Sé que te resultará difícil lo que tengo que decirte pero también sé que aprenderás a aceptarlo con el tiempo…

Tu esposa y yo nos vamos a separar. Ambas vamos a formar nuevas familias. Tú vendrás conmigo y vivirás con Amalia. Amalia es la mamá que conocí en la guardería. ¿Recuerdas aquella señora de pelo negro que siempre iba con un niño rubio que usaba lentes? Bueno, es ella. No fue un amor a primera vista. Fue algo que se fue dando con el tiempo. No se cómo explicártelo. Sé que en este momento estarás pensando, “¿cómo es posible que una hija deje de querer a una madre para querer a otra?”. Pero hay cosas, sentimientos que tenemos los niños que un adulto no podría comprender jamás. Seguramente cuando seas un anciano logres comprenderlo. Los ancianos recuerdan mejor la infancia que el resto de sus vidas marcadas por la confusión y las fantasías propias de los adultos. Es por eso que te pido que no pretendas entenderlo todo. Solo acéptalo como es, ya que es una decisión tomada. Cuanto mas tardes, mas sufrirás.

Amalia tiene un hijo de cinco años, casi la misma edad que yo, por lo que estoy seguro que aprenderás a quererlo como mamá aprenderá a querer a la chica de Ignacio como si fuese yo misma.

Ya lo hemos hablado con tu esposa. A veces la relación de un hijo con alguno de sus padres no funciona y lo mejor, para evitar conflictos que hacen mal a los dos, es la separación.

Sabes que las cosas entre mamá y yo no iban bien desde hace un buen tiempo. Alguna vez, incluso, llegó a pegarme en las nalgas porque le eche el café en su computadora. Esa maldita computadora que destruyó nuestra relación de madre e hija. No la denuncié a la maestra de la escuela para no llevar las cosas a un extremo que podrían perjudicarla aun mas. Las nalgadas, esa reacción primitiva, propia de padres cavernícolas, sólo fueron la gota que colmaron el vaso. Resolvimos separarnos en bueno términos. Si, se que amas a tuesposa pero aprenderás a vivir sin ella y a querer a Amalia como quieres a mama. Podrás visitarla los fines de semana. ¿Qué pretendes? No hay una solución intermedia. Ni yo puedo vivir ya con tu esposa ni tú puedes vivir con ella y conmigo bajo el mismo techo. Imagina que ella deba cruzarse cada mañana con mi nueva madre y yo tenga ver a sus nuevos hijos abrazados a ella y llenándola de besos y ella felizmente realizada como madre. En el fondo, tampoco yo lo soportaría, por mas justo que sea.

No, tampoco es posible una tercer casa donde puedas vivir vos y mamá solos. Yo necesito a un padre y tú me necesitas también. Cuando yo cumpla dieciocho entonces sí, serás libre y podrás volver con mamá si quieres. Soy una niña todavía y tengo derecho a rehacer mi vida. Tu eres adulto, ya has vivido gran parte de tu vida, tienes experiencia y no te traumarás por este cambio. Aprenderás a aceptarlo con el tiempo.

También deberás a ser un padre comprensivo y juicioso. Amalia tiene sus defectos y virtudes, pero es una Buena mujer y una Buena madre. No es Buena en la cocina así que espero que aprendas a cocinar para los cuatro y cuando ella cocina tengas la delicadeza de elogiar su esfuerzo.

Yo sé que esto te toma un poco por sorpresa, aunque lo habrás adivinado desde hace algún tiempo. Sé que no es fácil tener que vivir y querer a otra madre como querías a tu esposa. No se trata de reemplazar tus sentimientos. Seguirás queriendo a tu esposa como siempre, solo que además deberás aprender a vivir con otra esposa y hacer tu mejor esfuerzo por quererla como yo la quiero.

Imagina que absurdo si hubiese sido tú, el padre, el que resolviera irse con otra mujer y yo, la niña, la que tuviese que enfrentar y adaptarme a un problema semejante, un problema de adultos, a un capricho de adultos? Yo tendría que querer a una nueva mamá que tú eligieras. Tal vez no lo soportaría, porque soy una niña muy pequeña. Pero tú eres un adulto y sabrás adaptarte. Obvio, eso pasaba en las sociedades salvajes de tus tatarabuelos, pero afortunadamente hoy los niños tenemos nuestros derechos conquistados. Ya no somos pequeños saquitos de lana dónde los adultos descargan todos sus caprichos y frustraciones. Ya me tocará a mí cuando sea adulta, proteger a mis niños de mis amores y desamores.

Yo sé que duele, que a tu corazón viejo le costará aceptarlo, pero no hay vuelta atrás. Tendrás que aprender a querer a Amalia como yo aprenderé a querer a Pablito como si fuese mi hermano. De hecho, va a ser mi hermano a partir de hoy. Ya verás que Amalia es una esposa encantadora…

Qué le vas a hacer, papá. No llores. La vida es así.

Jorge Majfud

Milenio , II (Mexico)

La misión

Red sky at night, sailor's/shepherd's delight.

Image via Wikipedia

 

 

La misión

Cuando supo que había sido uno de los elegidos para ir a la guerra, el corazón se le saltó por la garganta.

Pronto cumpliría diecinueve años. Se había preparado toda la vida, toda su corta vida para ese momento. Alguna vez temió que la guerra lo alcanzara demasiado viejo, pero las noticias y los movimientos de los últimos meses le habían ido dejado poco a poco la certeza de que su hora había llegado.

No fue una sorpresa, pero no pudo evitar las emociones que lo dejaron de rodillas, inclinado sobre el suelo y llorando de alegría. Pasó su mano por el pecho, donde años atrás se había tatuado el nombre de Dios y sintió que estaba vivo. La hora, su hora más gloriosa había llegado. Sabía que podía a morir pronto, pero lo haría por su pueblo y por su fe.

Su madre lloró después de él, cuando estuvo sola en la cocina, pero la consoló el orgullo de un hijo valeroso y sin vanas rebeldías, propias de otros jóvenes ajenos a sus valores. Recordó los juguetes que más le gustaban, las palabras que más repetía de niño, sus sueños infantiles de volar hasta la luna en una bola de fuego, sus preguntas imposibles de responder: “¿por qué llueve? ¿ por qué sale el sol?”, y otras más fáciles: “¿dónde va la gente cuando muere?, ¿por qué nacemos si luego tenemos que morir?”. Nada de su rutina cambió. La cocina, fingir alegría y disimular las verdaderas emociones eran su misión en la tierra. Pensar otra cosa era aumentar el dolor de todo lo inevitable.

El joven soldado recordó a su primer guía espiritual revelándole la pasión y las mieles de la verdad eterna que tantas veces lo puso a resguardo de la locura. Por el contrario, había aprendido que el temor era, en el fondo, la fuente de todas las fortalezas y el camino más profundo de la verdadera fe. Quien no teme no cree.

Había aprendido que la muerte no existe para quien ha tenido una vida fructífera. La muerte no existe para quien ha servido a su nación y ha caído como un héroe luchando por los valores de sus antepasados. El infierno, el olvido, la nada estaban reservados para aquellos que no creían en nada. En cierta medida y por la misma razón, respetaba y valoraba a todos los enemigos que morirían en el campo de batalla. No los esperaba el cielo, pero sin dudas se librarían del infierno que aguarda a los cínicos y a los incrédulos. Porque también los enemigos eran necesarios para cumplir un destino y nada ocurría sin la aprobación de Dios.

En el combate, suprimió un centenar de enemigos. No recordaba ningún rostro en particular. Casi no había podido ver alguno con claridad. Pero sí recordaba el sabor del miedo en la saliva y el olor a sangre y polvo que una noche lo rodeó a él y a sus compañeros, muchos de los cuales no regresaron. Sí recordaba que ante el vértigo del miedo le bastaba con repetir tres veces las plegarias que había aprendido de su primer pastor para recuperar el valor y levantarse con una furia que alcanzaba para destrozar a diez con un solo fuego.

Dios le dio la fuerza al guerrero y el triunfo a su pueblo. El peligro de los falsos ídolos y de las costumbres bárbaras había pasado, al menos hasta la próxima prueba. Por años, los niños escucharon al héroe con infinita admiración. El pueblo lo homenajeó hasta que llegó un moderado período de paz y el héroe cayó en el olvido y la pobreza.

Sin embargo, sabía que el mundo no era un lugar seguro y pronto la nación de Dios volvería a estar amenazada, porque así había sido por siempre y por siempre, no sin sangre y dolor, había prevalecido la verdad.

La insólita tregua duró veinte largos años. Veinte años de paz y casi veinte de irresponsable alegría. Hasta que los cielos volvieron a agitarse con terribles explosiones y otra vez se llenaron de fuego.

El viejo héroe marchó a la guerra con casi cuarenta años, sabiendo que esta vez no volvería. Esta vez no recibiría la gloria efímera de sus compatriotas, las frutas de corta vida que daba la tierra, sino la gloria eterna de Huitzilopochtli, el más poderoso de todos los dioses, el eterno que había demostrado por miles de años que todo lo demás es falso y perecedero. Todo cambia y se destruye cada cincuenta y dos años. Menos Huitzilopochtli y los dioses eternos del eterno imperio azteca.

Jorge Majfud

Agosto, 2011

Milenio (Mexico)

 

Odpusti Nam Naše Grehe

ODPUSTI NAM NAŠE GREHE

Jorge Majfud

Translated by/prevedel Jurij Kunaver.

Ediciones Baile del Sol

NAUČITI SE ODPUŠČATI

Nekoč mi je pisatelj Mauricio Langón povedal anekdoto o svoji družini.

Eden od Mauricijevih vnukov je udaril svojo babico.

– Babice se ne tepe! – je rekla strogo otrokova mati. – Opraviči se ji!

Otrok se ji je opravičil.

– Že dobro, Juanma – je spravljivo rekla babica. – Vem, da tega nisi storil nalašč. Oprostim ti.

Kasneje je Juan Manuel spet zamahoval s plastičnim loparjem. Mati ga je prestregla, rekoč:

– Babice se ne tepe!

Juan Manuel ji je, z bistroumnostjo, ki je še ni pokvarila izumetničenost, pojasnil:

– Potem se ji bom opravičil.

VSA TEŽA ZAKONA

27. JULIJA DOPOLDNE so časopisi in televizija objavili novico o nenavadnem zločinu, ki je bil storjen v Sayagu. Dva reveža sta ubila tretjega reveža, verjetno ponoči prejšnjega dne. Mnoge je novica presenetila, četudi jih ni vznemirila. Logično in bolj običajno je ubijati zaradi denarja, časti ali kakšne družinske stiske. Napol človek, živeč na mestnem odpadu, ne more imeti nobene od teh reči.

Nikoli se ni natančno izvedelo za motiv pretepa; nikogar več niso zanimale  podrobnosti, potem ko je sodnik morilcema naložil deset let ječe. Toda jaz, sodnik, tega primera nisem nikoli čisto pozabil. Nekaj let pozneje sem obsojenca obiskal v ječi. To sem izpeljal skoraj naskrivaj, kot vse ostalo, ker ljudje radi rečejo, da sem naklonjen kriminalcem in ne žrtvam. Če bi danes moral ponovno izreči sodbo, bi jima naložil še dodatnih deset let ječe; ne zaradi pravičnosti, temveč iz usmiljenja. Upam, da mi bo uspelo to pojasniti.

Umrli revež je bil doktor Enríquez, ki je živel kot brezdomec zadnjih šest mesecev. Eusebio Enríquez je bil zdravnik kirurg in je izgubil svojo starejšo hčer med operacijo, 24. januarja, ko ji je sam poskušal pomagati pri neozdravljivi bolezni. Kirurg ni imel razlogov, da bi samega sebe krivil zaradi smrti svoje hčere, toda razlogi niso bili pomembni, ker se mu je nenadoma pomračil um in je neke noči odšel od doma. Prečkal je mesto, ko je padal januarski dež, in pričel životariti blizu železniških tirov v Sayagu. Pustil si je rasti brado, zamazal je oblačila, naglo je shujšal, njegov obraz je postajal vedno bolj mračen in upadel, kar mu je dajalo neprepoznaven videz hindujskega sanjasina. Živel je tako na robu, da je nehal obstajati za oblasti in za družbo, zato ga nikoli niso mogli najti. Kmalu je spoznal Facunda in Barbarrojo, moška, ki sta ga kasneje ubila z železnimi palicami.

Ne Facundo ne Barbarroja nista bila zločinca, vendar so se ju ljudje bali, ali bolje rečeno, so se jima izogibali, kot bi bila revščina nalezljiva. Dokler so obstajali ljudje, ki so verjeli v Boga ali v pekel, je bila tudi miloščina. Toda kmalu nato so dobra vest in davek slabe vesti upadli in nesrečnika sta postala del narodnega nezavednega, skrita sramota uspešnega oziroma stremuškega gospodarstva.

Ta dva moška sta živela skoraj nomadsko življenje. Prebivala sta po vseh oziroma v kateremkoli kotičku stare železniške postaje in pri tem vedno pazila, da ju ni stražar našel spati v katerem izmed opuščenih vagonov ali v skladišču za železje, kamor sta se zatekla v deževnih dneh. »Ta kraj je žalosten – si je rekel Enríquez – ; dobro je, da onadva tega ne vesta.«

Toda, ponavljam, noben od njiju ni bil sposoben ubiti niti ptice. Res je tudi, da ju je Enríquez v tistih šestih mesecih skupnega življenja ogovoril enkrat samkrat. Vsekakor berača zaradi tega nista bila nanj jezna. Vedela sta, da je ubog norec, ki je nekoč živel tako kot običajni ljudje,  najbrž imel hišo in avto in celo družino, ker sta ga videla, ko se je skril pred neko elegantno žensko v čisti obleki. Naučila sta se živeti skupaj z njim kot družina, ki ima nemega ali invalidnega člana. Včasih, ko je bil mraz neznosen in so čeljusti pričele šklepetati, sta mu ponudila konzervo prevretka iz zdravilnih zelišč. Ni odklonil.

Tista zima pa je bila ena najhujših, kar so jih berači pomnili. Temperature so padle pod ničlo; luže so bile ob zori zamrznjene in pašniki beli od slane. Bilo je vedno težje, če ne kar nemogoče dobiti steklenice, kaj šele jih prodati. To pa zato, ker so se ljudje oddaljili od teh moških, ki sta imela brade in obleke vsako leto v slabšem stanju. In tako sta, počasi, izgubila  tistega malo govornega stika, ki ju je povezoval s svetom.

Barbarroja je od lakote zbolel, Facundo pa se je začel vse noči pritoževati zaradi revme ali kakšne druge zagonetne stvari.

Bolezni in trpljenje so se kopičili in se na koncu zlili v en sam pekel. Kljub temu sta oba berača še naprej čakala pomlad in toploto poletja, ki se je vsak dan zdelo bolj oddaljeno. Enríquez je to vedel. Vedel je, da bi ta pomlad lahko bila za njegova spremljevalca zadnja: njune noge so bile otekle in temno vijoličaste barve, obraza bleda in upadla, njune roke neuporabne. Po njegovem prepričanju jima je pomagal samo neki mučni optimizem.

Nekega dopoldneva je Enríquez odprl usta, da bi jima prebral smrtno obsodbo.

Tistega dne je bilo zadnjič, da so se vsi trije med seboj pogovarjali, govorili pa so več ur. Facundo in Barbarroja sta spoznala, kdo je ta norec, in skoraj bi lahko potrdila, kar sta domnevala. Dejansko je bil norec nekoč ali še vedno premožen človek. Malomeščan za svoje znance, za ta dva marginalca pa bogataš.

Pogovor se je zaključil s predlogom norca.

– Prišel bo še večji mraz – jima je dejal – vidva pa bosta umrla. Nimata več zaščite, vajini telesi se borita s smrtjo. Vajino trpljenje se bo vleklo do septembra, v najslabšem slučaju do oktobra. Vendar bosta umrla. Če bosta imela srečo, da preživita to leto, bosta umrla naslednje leto, potem ko bosta trpela dvakrat huje kot že trpita to zimo. Tako sta bedna, da si tega sploh ne moreta predstavljati. Ne bosta vedela, kako priti iz tega pekla. Niti na najlažji način. Tako bedna sta, da sploh nista razmišljala, da bi šla v ječo, kjer so obtoženci deležni postelje z odejami in strehe, in kjer jedo skoraj vsak dan. Vidva sta tako uboga, da sploh ne bi zmogla oropati tržnice, ker če bi to poskusila, bi vaju vrgli ven in  končala bi s krvavečim čelom ob tlaku. Če pa vaju zaprejo v ječo zaradi tatvine, vaju bodo vrnili na ulico po dveh dneh, ker so ječe polne in ker bi celo sodnik imel usmiljenje z dvema lačnima podležema. Ker pa sem jaz zdravnik, vama bom povedal, kaj morata narediti, da se rešita.

Berača sta se vprašujoče spogledala. Nista dobro vedela, kaj naj si mislita. Skoraj bi podvomila v zgodbo, ki jima jo je povedal na začetku o svoji družini in prejšnjem življenju.

– Zato, da bi šla v ječo za veliko let, me morata ubiti. Ne glejta me tako kot dva idiota. Prikrijta to pošteno neumnost, ki smrdi iz vajinih oblek.

Facundo in Barbarroja sta vedela oziroma domnevala, da je norec tistega dne bolj nor kot kdajkoli. Toda on je vztrajal, s fanatično stvarnostjo, kako koristno bi bilo žrtvovanje enega od treh.

– Bog naju bo kaznoval – je rekel Barbarroja.

– Bog vaju je že kaznoval. Ali si morda predstavljata hujši pekel, kot je ta? Ali razumeta, kaj vama govorim? Tako bedna sta, da nimata pojma. Nič več ne razmišljata. Sem moral priti jaz, da vama povem, kaj je treba storiti? Poleg tega, zakaj bi Bog kaznoval nekoga, ki je ubil morilca? Sveto pismo pravi: »Oko za oko in zob za zob.« Ubil sem deklico, mojo lastno hčer. Ali sočustvujeta z mano?

Berača sta vstala in se prestrašena odmaknila. Norec jima je začel resnično vlivati strah. Preteklo je nekaj časa, kak teden ali dva, ne da bi spet govorili. Niti slučajno se mu nista približala in sta se celo izogibala, da bi ga pogledala. Štiriindvajsetega v mesecu je močno deževalo. Facundo in Barbarroja sta se preselila v zapuščeno lopo železniške postaje. Kot sem prej rekel, sta hodila tja samo ob deževnih dnevih, ker ju je stražnik gnjavil, če ju je našel znotraj. Po drugi strani pa mislim, da sta raje imela vagon brez strehe, ker je bil manj vpadljiv, in ju ni motila črna praznina višine tistega skladišča. (Kljub temu, da sta prebivala na ulici, sem odkril, da sta oba trpela za neko redko obliko agorafobije.) 

Tistega dne norec ni vstopil v lopo.  Na dežju je ostal vso noč, kakor prikazen, z rokami v žepih, zroč tu in tam v nebo, ki ga je izrisovalo z bliski in spet zabrisovalo s temnim dežjem.

Petindvajsetega v mesecu se je norec, izčrpan od lakote, mraza in šibke volje do življenja, zrušil nezavesten. Šestindvajsetega dne sta se berača odločila, da mu prineseta konzervo prevretka iz zdravilnih zelišč, vendar se norec ni več odzival. Njegov pogled je bil odsoten, komaj je lahko premikal veke. Njegova koža je bila bleda in mrzla, brez kakršnegakoli odziva ali občutljivosti. Facundo je prislonil uho na norčeve prsi in ugotovil, da mu srce skoraj več ne utripa. Ves večer tistega dne sta moška nadzorovala v tišini skoraj nezaznavne udarce, s katerimi je bilo norčevo srce. Čakala sta oziroma ga varovala s strahom in tesnobo. Barbarroja se je začel tresti kot še nikoli, ves sključen. Ni več mogel nadzorovati ustnic, za katere se je zdelo, da recitirajo neslišen govor. Sedemindvajsetega srca norca ni bilo več slišati, in zvečer sta mislila, da je mrtev. Vendar ni bil mrtev. Zatorej je bil sklep mrliškega oglednika pravilen: Eusebio Enríquez ni umrl zaradi mraza niti zaradi lakote; z udarci sta ga ubila berača, ki sta priznala svoj zločin in se rešila pred gotovim kamenjanjem pri izhodu sodne palače, ker ju je policija privlekla do kombija, kamor so ju naložili kot smeti.

Roman Apocrypha

A street of Pillars at the ruins of the city S...

Image via Wikipedia

Apócrifo romano (Spanish)

 

Roman Apocrypha

Jorge Majfud

 

At the edge of the Empire and of the world, an old man lamented day and night and futilely awaited death. While he waited he told this story to those willing to venture out so far:

 

I have discovered that in the subsoils of the Empire my name is cursed. It would be useless to pursue those who remember me and would only augment the sad fame that will extend my shadow to the end of time. They will remember me for only one day, snuffed out forever in Palestine.

When the protests began (not against my government nor against the Empire, but against one lone man) I never thought of the seriousness of such an insignificant deed. I knew that the Caesar would only care about order, not justice; besides, the rebel was not Roman.

I will say that I, in some way, knew my fate, like someone who has received the revelation of an absurd dream which is quickly forgotten. During the protests I thought, time and again, about the memory of that distant people I governed. I also knew of the case of a Greek prisoner, philosopher or charlatan by profession, who had been condemned to death and the intellectuals remembered him more than they did Pericles. I learned in that now far away land that Eternity depends on the fleeting and confusing moment which is life. Rome is not eternal and one day it will be nothing more than a memory of stones and books; and what the future remembers will not be the best of the Empire.

When everyone was demanding that I crucify the rebel and nobody knew why, I asked for the counsel of others less great than I. The Romans did not care or were distracted, and so I had to turn, several times to Joachim of Samaria, a wise man who I had previously made use of to try to understand his people.

“Tell me, Joachim,” I asked him that day or the day before, “What can I do in these circumstances? I must be a judge and I am not able to distinguish clear water from bad. Is there even anything I can do? I have heard that the rebel himself has announced his death, just as others among your people announced his arrival.”

“The world is in your hands,” said the old man.

“No!” I shouted, “…it is not yet in my hands. First I will be Emperor of Rome.”

“Perhaps Rome and all the Romes to come will remember you for this day, my king.”

“And what will they say about me?”

“How could I know? I am a blind man,” answered the old one.

“As blind as anyone. I would give my eyes to see the future!”

“Even if you had a thousand eyes you would not see it, my king, because the future does not exist for men. It only exists in God who encompasses all things.”

“If your god knows it, then doesn’t the future exist somewhere?” I reasoned. “If God or the rebel can predict what will occur, what is to be done was already done…” I concluded, eloquently. I felt satisfied with that triumph over the wise foreigner.

When the rebel was brought before me, I began to interrogate him, stammering; I knew that was unfitting for a future Caesar and I could almost not contain my anger.

“So you are king?” I asked.

“You have said it,” stated that dark man, serene as if nothing mattered to him. “I came to this world to bring the Truth. And those who can understand it will listen to me.”

“And what is the truth,” I hurried to ask, certain that his answer would not be so great.

There was an infinite silence in response. Immediately the impatient multitude exploded again: “Release the son of man!,” the crowd began to shout, referrng to another prisoner who had used weapons against Rome, not words. And the Caesars will always fear words more than weapons.

I tried to be careful. I calculated my options. I understood that if I chose poorly, Palestine would go up in flames. So many people could not be wrong, and therefore there could only be one decision in the clear mind of a king.

When the soldiers finished whipping the rebel, I took the prisoner out again and said to the people:

“Look, here he is, I have taken him out so you can see that I find no crime in him.”

But the people insisted again:

“Kill him, crucify him!…”

“Better that you take him and crucify him yourselves,” was my answer.

“No, we cannot,” they yelled again, almost as one voice. To one side, the lords of the Law waited patiently for the inflamed masses to restore the sacred order.

Then, I saw the Rebel enter and I asked him:

“Where are you from, that you put me on this crossroads?”

But the Rebel did not answer this time, just like he hadn’t answered the last time.

“Are you not going to answer me? Don’t you know that I have the authority to crucify you or to set you free?”

“You would have no authority if God had not given it to you.”

So I, the governor of Palestine, finally yielded to the crowd, or to the arrogance of that prisoner. I decided for the good of the Pharisean Law and for the peace of Rome.

I delivered the dangerous rebel for the cross, and since his was not a crime against the gods but against the politics of the Caesar and of our allies, I had him executed along with other thieves.

The cries of that day long ago reached all the way to the palace. The people and their priests were satisfied. Except for an infamous minority. The same minority as always.

They crucified him at noon and, until mid-afternoon, the whole land fell dark. A deep cold covered the palace and perhaps the entire city.

“What is happening, my king?” asked Joachim, from some dark corner.

“You cannot see it, but the whole Earth has gone dark and it is because of the Rebel,” I murmured.

“Rome and the World will remember you for this day,” the blind man said.

“How can I be the guilty one? Did you not say that God knows what happened and what is to come? If your God knew that today I would err, how could I be free not to do so?”

“Listen, my king,” said the blind man, “I cannot see the present that you see. Nor can I see the future.  Nevertheless, now I know, almost before the rebel knew it, that you made a mistake. But this knowledge, oh, my king, does it suppress something of the freedom you had today to choose?”

Perhaps that is what fate and freedom are together. Now I only have the consolation that one day that handful of men and women will be the people of Rome. My fame will extend, dark and damned the world over, but I will become once again the honorable governor of a province of the Empire, freely deciding on behalf of its fate. And I will be once again remembered in infamy by another handful of prisoners, simply for fulfilling my divine duty. Now I know definitively my other fates. But I will believe once again that I am free, vested with all of the power of Rome.

 

Translated by Bruce Campbell