Feroces amantes de la libertad

Audio. Interpretación dialogada del ensayo publicado. El autor no es responsable de sus conclusiones.

Siempre hemos insistido en que los países no tienen dueños. Todos, propios y ajenos, tienen derecho a una crítica profunda de cualquier sistema político. En nuestro caso, la crítica y el activismo contra los poderes imperiales y sus escuderos coloniales no es un secreto.

No a pesar de esto, sino por esto mismo, rechazamos las pretensiones de grupos y colectivos, ya sean nacionales o inmigrantes, que se consideran con derechos especiales sobre países propios y ajenos.

No por casualidad, en ambos casos, son de extrema derecha. Hasta donde la ley se los permite. Hasta que cambian las leyes a su favor―a favor de sus amos. Para eso basta con ver el caso de Washington: en nombre de la libertad, censura, extorsión, amenaza, desempleo, deportación, cárcel para los de abajo e impunidad para los de arriba.

En Uruguay, los ataques de refugiados de derecha a los partidos de izquierda (en el gobierno) no son excepciones. Los inmigrantes cubanos, que en legítima legalidad tienen una representante en el Parlamento, suelen destruir la cartelería del Frente Amplio, “porque no saben lo que es el comunismo”. Se arrogan el derecho de silenciar a los uruguayos que apoyan el levantamiento del histórico y criminal bloqueo que sufren sus propios hermanos en la isla borrando murales y destruyendo pancartas.

Como insistimos desde hace décadas en Estados Unidos: dicen que vienen “huyendo de la intolerancia” y, a la primera que encuentran a alguien en desacuerdo, los quieren exiliar. “¿Por qué no te vas a Venezuela?” El clásico ad hominem de una mentalidad limitada, violenta e intolerante. Resabio de dos siglos de dictaduras bananeras.

En Miami solían ir más allá y ejecutaban en oficinas, en estacionamientos, en las calles, o les ponían bombas en los autos a aquellos que “no amaban la libertad”. Razón por la cual el mismo FBI los catalogaba de terroristas y la policía de Florida consideraba Miami “la capital del terrorismo”.

Este ardor se fue radicalizando con el tiempo, luego del fiasco de la invasión de Bahia Cochinos. Según la misma CIA que los entrenó durante meses, los líderes de los exiliados cubanos “eran egoístas y ego-maníacos; estaban más preocupados por cuáles serían sus posiciones en Cuba una vez que Castro fuera derrocado que por trabajar por la causa común”.

Por donde van, se creen con derechos especiales. Dos de los más conocidos terroristas cubanos que, pese a todo el apoyo de Washington y la CIA fracasaron hasta el infinito, excepto en sus planes de asesinato de inocentes, lo dijeron en la prensa de Miami: “En esta guerra no hay civiles. Todos son combatientes” (Posada Carriles); “Esta es una guerra global. No hay civiles ni inocentes. Todos son combatientes y deben ser tratados como tales” (Orlando Bosch); “Yo no me arrepiento de nada. Si tuviese que matar 273 de lugar de 73, lo volvía a hacer. Que sufran como sufrimos nosotros” (Ricardo Morales). “Odio Estados Unidos. Nos han traicionado. Cada día que pasa quiero agarrar un fusil y disparar contra este país” (José Pérez San Román, comandante de la fallida invasión a Cuba, mientras escuchaba el discurso de John F. Kennedy en Miami).

Otros cubanos de Estados Unidos vieron el problema de forma diferente: “Nadie está interesado en la libertad de expresión aquí, en Miami. Sólo en La Habana” (Bernardo Benes). “Si Posada Carriles fuera miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos en vez de terrorista, no pudiera aspirar a entrar a Estados Unidos” (José Pertierra).

Conozco algunos cubanos en Florida que son gente decente. Algunos militan contra el bloqueo a Cuba. Otros han perdido sus trabajos “por ser chavistas”. Una generación antes, eran llamados dialogueros y ejecutados por ese pecado en Miami, en Union City o en Nueva York, en la soledad de una oficina, con un disparo detrás de una oreja, o acribillados a balazos delante de sus hijos.

La mayoría de estos amantes de la libertad de extrema derecha eran comunistas que participaron en la ejecución de asesinos y violadores de Batista, luego de la Revolución. Porque no obtuvieron los privilegios que creían merecerse, se fueron a Miami y no dejaron de repetir que el monstruo era El Che. De este grupo, miles fueron contratados por la CIA (ver 1976. El exilio del terror). Casi todos se convirtieron en fervientes anti-Castristas, progresando en sus negocios con la protección automática de la ley, con los millones de dólares del gobierno y con la red de influencia que convertía en millonarios a sus jefes, como fue el caso de Jorge Mas Canosa, Rolando Masferrer, José de la Torriente o José Miguel Battle. Otros, que se encargaban del trabajo sucio, no tuvieron tanta suerte, pero tampoco pagaron con cárcel sus asesinatos o fueron perdonados antes de tiempo: fue el caso de los hermanos Novo Sampol, Pedro Díaz Lanz, José Dionisio “Charco de Sangre” Suárez…

Octavio Paz dijo que “nuestra obtusa derecha no tiene ideas, sino intereses”. Una larga experiencia histórica también confirma que “los amos no tienen amigos, sino sirvientes”. Todas las promesas de Washington sobre futuras ayudas, protecciones y acuerdos con la derecha criolla son amores de prostíbulos. Ahora, incluso, con los mismos cubanos trumpistas que Trump quiere deportar a Uruguay―por una razón más racial que ideológica.

Los exilios políticos en Estados Unidos producto de golpes militares de Washington, fueron exilios de izquierda. Ninguno le pidió a Washington una intervención militar contra sus países, donde vivían sus hermanos. Diferente, los líderes de los exilios de Cuba y Venezuela se han caracterizado no solo por su ideología de derecha y su sumisión al imperio que corrompió sus países desde el siglo XIX, sino también por su insistencia en una intervención militar y por el estrangulamiento económico contra sus propios hermanos. Algo que ha producido, según expertos estadounidenses, decenas de miles de muertos y billones de dólares en pérdidas.

Algo que es negado con pasión por los genios que recurren al anacrónico infantilismo de “yo sé lo que digo porque lo viví”. Como si dos vecinos que vivieron los mismos hechos nunca se hubiesen matado por sus versiones opuestas de la historia.

Una señora cubana que se enteró de algo que dije en una de mis clases sobre el imperialismo, me demoró en un pasillo con su perorata sobre “la libertad en tiempos de Batista” y “la prosperidad que el comunismo destruyó”.

“Ay, profesor, usted dice eso porque nunca vivió en Cuba”.

“¿Usted vivió en tiempos de Batista?”

“No, pero viví en Cuba y sé lo que digo”.

“¿Vivió sobre toda Cuba y estuvo presente cuando se hundió el Maine y cuando se escribió la Enmienda Platt?”

“Pero, ¿qué dice?”

“Que yo no le discuto su experiencia personal, pero no deduzca de ella leyes universales, como que Cuba siempre fue libre y que los soviéticos arruinaron la isla”.

“Y usted ¿cómo sabe de la Mafia cubana de los casinos y todo eso de los prostíbulos y de los terroristas entrenados por la CIA…?”

“Por los documentos de la CIA”.

“¡Ajá! Lo leyó. Pero yo conozco la realidad cubana porque la viví”.

“¿Los cubanos que viven en Cuba y piensan diferente no conocen la realidad cubana?”

“A esos le han lavado el cerebro”.

“Eso dicen de los profesores; que practicamos higiene intelectual…”

“Es que todo lo que ustedes saben es de los libros, no de la realidad”.

“No diría tanto, pero si usted quiere saber qué ocurría en Washington y en La Habana mientras usted pintaba su casa de Pinar del Rio, debe ir a los documentos y a las investigaciones sobre el tema. ¿Usted sabe qué está pasando en su casa en este momento? ¿No? Bueno, esos son los límites de la experiencia apropia”.

El pueblo cubano es un pueblo muy solidario, algo que ha sido probado en los hechos históricos, más allá de todas las excusas del exilio batistero.

¿Será que Cuba es tan solidaria porque se quedó sin los otros?

Jorge Majfud, agosto 2, 2026.

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