El regreso de la propiedad privada exclusiva de los señores feudales
En los libros Moscas en la telaraña: Historia de la comercialización de la existencia―y sus medios (2023) y Tawíscara. El secuestro de la democracia (2026) nos detuvimos en la historia de la propiedad privada de acumulación como la principal distinción del capitalismo, luego de milenos del predominio de la propiedad comunal. No del libre mercado y mucho menos de la libertad. Hasta entonces, la única propiedad privada conocida era la propiedad de uso (una casa, las herramientas, el ganado, la cosecha, los zapatos del zapatero); no de especulación, como en el capitalismo. Excepto para la nobleza feudal…
En oposición a la tesis más popular de que el capitalismo derrumbó el sistema feudal, sostuvimos que sólo fue una transición; una nueva forma de expandir la acumulación de la riqueza. Este proceso comenzó con el cercado (enclosure) de tierras en Inglaterra y el despojo del derecho de los campesinos a la tierra comunal. Luego, continuó con otras formas de privatizaciones: las tierras nativas en América y los seres humanos en África.
El capitalismo industrial del siglo XIX cambió el modelo del capitalista y democrático pirata de ultramar (privateer, company) por el esclavista que había perdido la Guerra Civil en Estados Unidos, pero no sus poderosos capitales (JP Morgan, Citibank, Wells Fargo…) lo que le permitió expandir el despojo una vez más, ya no sólo de esclavos negros sino también de esclavos blancos ―indentures, aquellos que se vendían a sí mismo por necesidad.
Con todo, el capitalismo industrial (un fenómeno tardío debido a la destrucción de los avances tecnológicos, científicos e industriales de Oriente, Medio Oriente y África del Norte) creó cosas. Por siglos, la población europea, bajo las nuevas reglas del capitalismo liberal, redujo su estatura, sus expectativas de vida, su higiene, su libertad. El hacinamiento, las enfermedades, las jornadas laborales de 16 horas, el trabajo infantil, la criminalidad urbana fueron epidémicos. Tanto que, durante el mismo tiempo, las sociedades nativoamericanas eran más libres, menos violentas y, por lejos, más saludables que las europeas. Su mayor problema eran los europeos.
En el siglo XIX y, sobre todo, a partir de la creación de sindicatos y fuertes movimientos sociales basados en las revoluciones ilustradas (originadas en el contacto con las democracias igualitarias, seculares y comunitarias de los nativos norteamericanos), las condiciones de vida de los trabajadores comenzaron a mejorar―al mismo tiempo que en sus colonias brutalizadas todo empeoraba.
A principios del siglo XXI ya escribíamos sobre el Neofeudalismo y el Neomedievalismo, donde las corporaciones se habían convertido en los nuevos señores feudales, con más poder que los reyes (los presidentes democráticamente electos) debido a la propiedad privada acumulada. Para 2013 ya era por demás obvio: mil años antes, en Europa, los campesinos vivían en las tierras de los señores nobles y éstos vivían de la renta (antigua forma de extracción de riquezas en tiempos de paz). A principios del siglo XXI, los trabajadores vivíamos en las nubes de los neofeudales. Como los campesinos en la Edad Media, tampoco nosotros podíamos escapar de esas nubes sin caernos de todo el sistema socio-económico-cultural del mundo conocido.
El capitalismo siempre se fundó en contradicciones, todas maquilladas con la fuerza de la propaganda y el sermoneo mediático que derivaban del poder económico de la microélite, la verdaderamente beneficiada. Una de las paradojas fundacionales consistió en divinizar la propiedad privada de la tierra justo cuando los campesinos europeos comenzaban a perderla. De hecho, este despojo disparó la Revolución industrial europea con el hacinamiento de los desplazados a las grandes ciudades, los cuales comenzaron a ser alimentados por el despojo de los nativos alrededor del mundo―aparte del robo de sus materias primas, América, Asia y África fueron obligadas a alimentar a una creciente población europea, incapaz de alimentarse a sí misma.
Ahora se terminó de completar una nueva paradoja del Postcapitalismo. Ni siquiera las poblaciones más pudientes en los centros imperiales como Europa y Estados Unidos están pudiendo compartir el despojo en forma de propiedad privada. El postcapitalismo neofeudal ha vuelto a crear un trabajador sin derecho a la propiedad privada. Un trabajador con un ingreso superior al ochenta por ciento de la población apenas sí puede decir que es propietario de algo―más allá de la superstición del dogma.
Por lo general, un trabajador plenamente ocupado no puede tener el título de propiedad de su casa hasta edad madura. Muchos, cada vez más, ni siquiera alcanzan este estatus místico. Cada vez más, las corporaciones financieras son propietarias de cientos de miles de viviendas, lo que hace que, aun en países con población estable, el acceso a la propiedad de la vivienda sea cada vez más difícil.
Nadie, excepto un puñado de señores feudales, es dueño de las nubes donde vive, trabaja y consume. Nadie es dueño de la tierra-nube. Pero los campesinos medievales no podían ser comprados y vendidos. Tampoco podían ser desalojados de las tierras del Señor. Hoy, un trabajador o vasallo puede ser desalojado de su casa si no paga el alquiler o de su propiedad si no paga los impuestos y la cuota de la administración privada.
Los habitantes del siglo XXI, cada vez menos, son propietarios de sus propias herramientas, como sí lo eran los campesinos en la Edad Media. Quien escribe un libro o inventa una batería ya no es dueño de su esfuerzo. Las compañías que privatizaron las inteligencias artificiales lo han robado todo.
Hace veinte o treinta años, cuando comprábamos una computadora, podíamos decir, en un lenguaje nativoamericano o comunista, “esto sí es mío; nadie tiene derecho a quitármelo”. Eso ya no es así. Cuando compramos una computadora, no compramos el aparato físico, sino el derecho de Apple o de Microsoft para usarlo. Cuando a alguna de esas compañías se le ocurra despojarnos de ese derecho, puede hacerlo de forma inmediata. Tal vez esta es una de las razones por las cuales antes podíamos armar nuestras propias computadoras con pedazos de otras y hoy es imposible. De hecho, es muy difícil abrir tabletas o teléfonos. Es imposible, desde un punto de vista técnico, de diseño y legal. No nos pertenece. Si alguien puede destruir alguno de esos aparatos con un martillo, es sólo porque a la compañía le interesa que lo haga. Tendrá que comprarse otro.
Lo mismo los automóviles. Hasta hace diez o veinte años, solíamos reparar nuestros autos. Hoy es prácticamente imposible. Pero no es sólo eso: pronto, al igual que otros electrónicos, el usuario sólo comprará el derecho de usar algo, no algo en sí mismo. Ellos se encargarán de que, si no pagas una cuota mensual, ese algo quede inoperativo. Computadoras, relojes, teléfonos, autos, gobiernos…
Cada vez menos, cada vez más cosas no nos pertenecen. Cada vez más nos hundimos en una Edad Media más brutal y tiránica que la que vivió Europa hace mil años. Solo que llena de luces e ilusiones tecnológicas. Aquellos que despojaron de todo a la humanidad les hacen creer que son sus creadores y guardianes.
Cualquier cambio ―afirman ellos―, traerá el caos y el derrumbe de un sistema justo, creador de riqueza de arriba hacia abajo. En algo tienen razón: la crisis, el caos y la violencia son inevitables. El derrumbe del capitalismo feudal también.
¿Qué nos espera, a nosotros, a nuestros nietos? De esto no tengo dudas: un regreso a la normalidad de la humanidad, interrumpida por la locura del capitalismo, cuatro siglos atrás: la propiedad de uso real y la abolición de la propiedad privada de acumulación indefinida.
Jorge Majfud, agosto 2026








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