El feminismo machista y la injusticia de la naturaleza

El feminismo machista y la injusticia de la naturaleza

El feminismo no es el que era: comienza a dejar de ser oposición combativa para integrarse a un nuevo optimismo. Y en el nuevo optimismo (no en la integración) está su debilidad y su disolución.

Durante el siglo XIX, los positivistas publicaban a viva voz que el desarrollo de las ciencias conduciría a la humanidad, inevitablemente, a la abolición de las guerras, a un desarrollo definitivo de la moral. Pero, como diría Dostoyevski en “Memorias del subsuelo”, el hombre no se conformará nunca conque dos más dos son cuatro. En el siglo XX la ciencia y la tecnología trajeron nuevos métodos de curación, nuevos sistemas constructivos y destructivos: la penicilina, las Torres Gemelas y los holocaustos humanos. En ninguno de los casos la moral tuvo alguna participación especial: con la penicilina no surgió un tipo superior de hombre, y en los holocaustos ni siquiera se tuvo en cuenta los principios más bajos y primitivos de lo que se conoce por “moral”.

Ahora, cuando comienza un nuevo siglo, ponemos toda nuestra ingenuidad en otro comodín. Fracasada la ciencia como promotora de la paz, echamos mano a una ideología que apuesta a lo diferente. No porque sea una ideología novedosa, sino porque no hay otra. Nuestro siglo XX murió sin ideas.

Comienza un nuevo milenio y las creaturas tratan de imaginárselo. Y para ello miran a los mil años que pasaron. ¿Y qué ven allí? Un montón de esperanzas frustradas: césares, déspotas, guerras, tortura, inquisición, hogueras, más torturas y más dolor. El razonamiento es el siguiente: cambia el milenio, ergo cambia la historia. Si los mil años anteriores se caracterizaron por la guerra, la tortura y las injusticias sociales, los próximos mil años serán de paz.

Otro razonamiento arbitrario. Será que el optimismo es inagotable en la raza humana. También podíamos pensar, y con más razones: si los últimos cien mil años (por lo menos), la historia y la prehistoria humana estuvo signada por el horror y la violencia, ¿por qué habría de cambiar radicalmente en los próximos mil años, período de tiempo insignificante para una posible reivindicación humana? Pero, como ya había subrayado en mi libro “Crítica de la pasión pura”, en todos los tiempos las creaturas se sintieron en el ápice de la Historia, en el comienzo o en el final de un Gran Período. Y no veo por qué nosotros deberíamos ser la excepción.

Podríamos decir que las mujeres son distintas. Vaya novedad. Podríamos decir que no está en su naturaleza la guerra, como sí lo está en los hombres. Pero no podríamos decir que las mujeres están desprovistas de maldad, de violencia y de todas las demás características humanas. No sólo porque pertenecen a la misma especie animal que los hombres, sino porque los gobiernos de mujeres nunca se caracterizaron por la solidaridad y la “sensibilidad femenina”, desde Cleopatra, clavando alfileres de oro en los senos de sus esclavas, hasta la impiadosa Margaret Thatcher. El Bien y el Mal son universales; no son una característica de alguno de los dos sexos.

Los hombres y las mujeres se diferencian por otras cosas. Por otras cosas. Y son esas diferencias, precisamente, las que pretenden ser abolidas por el feminismo. Se dice que el hombre está hecho para la guerra, mientras las mujeres están hechas para la reproducción de la vida (un eufemismo filosófico de “maternidad”). Al mismo tiempo, las mujeres que proclaman esta verdad abandonan su posición de integrante pacífico de la sociedad para ocupar el puesto orgulloso del macho: el éxito social, es decir, la antigua guerra sublimada. La mujer contemporánea, al mismo tiempo que logra más libertad masculina, pierde más libertad femenina. No es más libre una mujer compitiendo por el poder y el éxito que otra criando a sus hijos. ¿Dónde está escrito eso? Por un mecanismo paradójico del pensamiento moderno, en nuestro tiempo se supone que una cajera de supermercado, que pasa ocho horas del día sentada y repitiendo una de las tareas más monótonas y peor pagas de la historia, es necesariamente más libre que una mujer haciendo las compras. Todo eso, ¿no es un prejuicio ideológico?

Hace pocos días, en una almuerzo de televisión, un médico especialista en reproducción decía que la Naturaleza había sido injusta con las mujeres, porque le impedía ser madre a los cuarenta y dos años, justo cuando habían logrado su mayor “desarrollo personal”, justo cuando muchas de ellas habían alcanzado el éxito. Sin embargo, cuando la Naturaleza hizo a la mujer para que fuera madre a los trece años, no pensó que un millón de años después iba a ser criticada por ese imperdonable error: una madre de trece años, qué horror! Podrá ser un problema social, pero nunca una injusticia de la naturaleza. Por supuesto, la opinión del especialista fue muy bien acogida por las damas presentes, todas modelos, actrices y empresarias de mucho éxito. Pareciera que la opción era la maternidad o el éxito. Pareciera que el hombre tiene más ventajas por su incapacidad de cargar nueve meses un hijo en su vientre.

Pero todo esto está medido por una escala de valores masculinos. Totalmente. El éxito contemporáneo es aquello que los hombres han creído e impuesto como “lo más importante”. Y las mujeres, en lugar de destruir esta imposición cultural, no han hecho más que someterse a la misma, con las ya anotadas injusticias. Entonces, no es la Naturaleza la injusta (la naturaleza nunca puede ser juzgada. ¿Cómo puede ser injusto que un león se coma a un ciervo?); la injusticia es una condición moral, y sólo puede ser referida a la acción humana: lo injusto es la cultura que impone a la mujer un camino que no se condice con sus necesidades más profundas: como, por ejemplo, puede serlo la maternidad. Embarazarse, dar a luz a un hijo y ampararlo por más tiempo del necesario, está en la naturaleza femenina, no en la masculina. Claro que tanto la “materidad” como la misma “naturaleza” están definidas desde la “cultura”; claro que la “biologización” de los intintos maternales ha servido muchas veces para reproducer una ideología que pretendía mantener a las mujeres en un destino obligatorio. Pero no podemos decir que la idea de que solo un sexo se embarace y produzca otro ser humano es un invento producto del machismo de las sociedades. En todo caso esa es una imposición natural. La necesidad de tener éxito, económico y académico, es un vicio que cultivaron los hombres por siglos. Esa es una imposición cultural (y masculina) a la que están sometidas las mujeres de hoy, al mismo tiempo que se golpean el pecho y se enorgullecen de su “liberación”. Como si entre la libertad y el sometimiento hubiese apenas un velo. Su ciclo biológico, su edad reproductiva, se contradice con sus modernas necesidades culturales: “por su carrera, muchas mujeres deben renunciar a la maternidad”. Eso no tiene nada de malo. Y no lo tendría, si fuera una elección verdaderamente libre. El caso es que no lo es, porque las pautas y los modelos de éxito que aspiran todos los integrantes de una sociedad son imposiciones culturales. Y muchas veces no están de acuerdo ni con nuestra biología ni con nuestros más profundos sentimientos.

En mi opinión, las mujeres se han liberado tanto como los países periféricos se liberaron del Primer Mundo al que aspiran. En un mundo en que todo se mide y se compra con dinero, la libertad es como el amor en un prostíbulo: una ilusión. Nos sometemos a una herencia y no alcanzamos a velo. Como siempre, somos nosotros nuestros peores carceleros.

Jorge Majfud

Montevideo, enero 2000

Le féminisme machiste et l’injustice de la Nature

Par Jorge Majfud*

Le féminisme n’est pas celui qu’il était : il cesse d’être opposition combative pour s’intégrer à un nouvel optimisme. Et, dans ce nouvel optimisme ( et non dans l’intégration ) est sa faiblesse et sa dissolution.

Pendant le XIX è s., les positivistes proclamaient à vive voix que le développement des sciences conduirait l’humanité, inévitablement, à l’abolition des guerres, à un développement définitif de la morale. Mais, comme le disait Dostoïevski dans “Mémoires du sous-sol”, l’homme ne s’accommodera jamais avec le fait que deux et deux font quatre. Au XX è s., la science et la technologie apportèrent de nouvelles méthodes curatives, de nouveaux systèmes constructifs et destructifs : la pénicilline, les Tours Jumelles et les holocaustes humains. En aucun cas la morale n’eut une participation spéciale : avec la pénicilline n’a pas émergé un type supérieur d’homme et, ni même dans les holocaustes, on ne prit en compte les principes les plus minimaux et les plus primitifs de ce qu’on connaît par « morale ».

Maintenant, lorsque commence un nouveau siècle, nous pouvons mettre toute notre ingénuité dans une formule. Ayant échouée comme promoteurs de paix, nous tendons la main à une idéologie qui parie sur le différent. Non parce qu’elle est une idéologie nouvelle, mais parce qu’il n’y en a pas d’autres. Notre siècle, le XX è, est mort sans idées.

Commence un nouveau millénaire et les créatures essaient de se l’imaginer. Et pour ce faire, elles regardent les dernières mille années. Et qu’est-ce qui vient de là ? Une masse d’espérances frustrées : des Césars, des despotes, des guerres, de la torture, l’inquisition, des bûchers, plus de torture et plus de douleur. Le raisonnement est le suivant : change le millénaire, l’histoire se redresse. Si les mille années antérieures furent caractérisées par la guerre, la torture et les injustices sociales, les prochaines mille années le seront par la paix.

Un autre raisonnement arbitraire. Ce serait que l’optimisme est inépuisable chez la race humaine. Nous pourrions penser aussi, et avec plus de raisons : si dans les dernières cent mille années (pour le moins), l’histoire et la préhistoire humaines furent signées par l’horreur et la violence, pourquoi faudrait-il qu’elle change dans les prochains mille ans, période de temps insignifiante pour une possible revendication humaine ? Mais, comme je l’ai déjà dit dans mon livre “ Critique de la passion pure “, de tous temps les créatures se sentirent au sommet de l’Histoire, au commencement ou à la fin d’une Grande Période. Et je ne vois pas pourquoi nous devrions être l’exception.

Nous pourrions dire que les femmes sont différentes. Quelle nouveauté. Nous pourrions dire que la guerre n’est pas dans sa nature, comme elle l’est chez l’homme. Mais nous ne pourrions dire que les femmes sont dépourvues de méchanceté, de violence et de toutes les autres caractéristiques humaines. Non seulement parce qu’elles appartiennent à la même espèce animale que les hommes, mais parce que les gouvernements de femmes jamais ne se caractérisèrent par la solidarité et la « sensibilité féminine », depuis Cléopâtre épinglant des aiguilles d’or sur les seins de ses esclaves, jusqu’à l’impie Margaret Thatcher. Le Bien et le Mal sont universels ; ils ne sont pas une caractéristique d’un sexe en particulier.

Les hommes et les femmes se différencient par d’autres choses, pour d’autres choses. Et ce sont ces différences, précisément, que prétend abolir le féminisme. On dit que l’homme est fait pour la guerre, pendant que les femmes sont faites pour la reproduction de la vie (un euphémisme philosophique de la « maternité »). En même temps, les femmes qui proclament cette vérité abandonnent leur position d’intégrante pacifique de la société pour occuper l’orgueilleux poste du macho : le succès social, c’est-à-dire l’antique guerre sublimée. La femme contemporaine, en même temps qu’elle obtient plus de liberté masculine, perd plus de liberté feminine. N’est pas plus libre une femme compétitionnant pour le pouvoir et le succès qu’une autre élevant ses enfants. Où cela est-il écrit ? Par un mécanisme paradoxal de la pensée moderne, à notre époque, on suppose qu’une caissière de supermarché qui passe huit heures assise et répétant une des tâches les plus monotones et des plus mal rémunérées de l’histoire, est nécessairement plus libre qu’une femme faisant les achats. Est-ce que tout ceci ne serait pas un préjugé idéologique ?

Il y a peu de jours, à un déjeuner télévisé, un médecin spécialiste en reproduction disait que le Nature avait été injuste envers les femmes, parce qu’elle les empêchait d’être mère à partir de 42 ans, juste au moment où elles avaient atteint leur plus grand « développement personnel », juste au moment où beaucoup d’entre-elles avaient atteint le succès. Cependant, lorsque la Nature fit la femme afin qu’elle puisse être mère à 13 ans, elle ne pensait pas qu’un million d’années plus tard elle serait critiquée pour cet impardonnable erreur : une mère de 13 ans, quelle horreur ! Cela pourra être un problème social mais jamais une injustice de la nature. Bien sûr, l’opinion du spécialiste fut très bien accueillie par les autres dames présentes, tous modèles, actrices ou entrepreneures à grand succès. Paraîtrait que l’option était la maternité ou le succès. Paraîtrait aussi que l’homme possède plus d’avantages de par son incapacité à porter pendant neuf mois un enfant dans son ventre.

Mais tout cela est mesuré à partir d’une échelle de valeurs masculines. Totalement. Le succès contemporain est ce que les hommes ont créé et imposé comme étant le “ plus important”. Et les femmes, au lieu de détruire cette imposition culturelle, n’ont pas fait plus que de se soumettre à cette dernière, avec les injustices déjà mentionnées. Alors, ce n’est pas la nature qui est injuste (la nature ne peut jamais être jugée. Comment peut-il être injuste qu’un lion mange un cerf ?) ; l’injustice est une condition morale et peut être seulement référée à l’action humaine : ce qui est injuste c’est la culture qui impose à la femme un chemin qui ne concorde pas avec ses nécessités les plus profondes : comme, par exemple, peut l’être la maternité. Être enceinte, donner la vie à un enfant, et le protéger suffisamment pendant sa croissance, est dans la nature féminine, non dans celle masculine. Bien sûr que tant la “maternité” que cette même “nature” sont définis à partir de la « culture » ; bien sûr que la « biologisation » des instincts maternels a souvent servi afin de reproduire une idéologie qui prétendait maintenir les femmes dans une destinée obligatoire. Mais nous ne pouvons dire que l’idée que seul un des sexes s’engrosse et produise un être humain est une invention produite par le machisme des sociétés. Dans tous les cas, cela est une imposition naturelle. La nécessité d’obtenir un succès, économique et académique, est un vice que cultivèrent les hommes de par les siècles. Cela est une imposition culturelle (et masculine) à laquelle sont soumises les femmes d’aujourd’hui, en même temps qu’elles se frappent la poitrine et s’enorgueillissent de leur “libération”. Comme si entre la liberté et la soumission il n’y eut qu’un voile. Leur cycle biologique, leur âge reproductif, vient en contradiction avec leurs nécessités culturelles modernes : “ pour leur carrière, beaucoup de femme doivent renoncer à la maternité “. Cela n’est en rien un mal. Et ne le serait s’il s’agissait d’un choix véritablement libre. Le cas est que cela ne l’est pas, parce que les règles et les modèles de succès auxquelles aspirent toutes les intégrantes d’une société sont des impositions culturelles. Et souvent, elles ne sont en accord ni avec notre biologie ni avec nos sentiments les plus profonds.

A mon avis, les femmes se sont libérées autant que les pays périphériques se libérèrent du Premier Monde auquel ils aspirent. Dans un monde où tout se mesure et s’achète avec de l’argent, la liberté est comme l’amour dans une maison de tolérance : une illusion. Nous nous soumettons à un héritage et nous n’atteignons pas notre but. Comme toujours, nous sommes nous-mêmes nos pires geôliers.

Jorge Majfud

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, février 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

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