Gusanos inteligentes

 

Enseguida recordó (¿fue en Key West?) una conversación con Ernesto. Recordó (sí, habían ido de viaje con Elena, Alexa y alguien más) que había tratado de defender cosas en las que ya no creía, como un sacerdote da misa cuando ya no cree en la misa y duda de Dios, pero teme reconocerlo.

—Esa es una típica paranoia de intelectuales —le había dicho, con una sonrisa, por las dudas, para atenuar los efectos de su afirmación—. No hay por qué tenerle miedo a la tecnología.

—No es a la tecnología a lo que le tengo miedo —había dicho Ernesto, haciendo dibujos en el sudor de su vaso de cerveza—, sino a la cultura que crea todo eso. A esa misma que pronto, en apenas unas décadas más, nos dejará sin estas playas. Tal vez nosotros no lo veamos en su peor momento, pero Alexita y su amiga sí.

—Como sea, la cultura se adaptará, no al revés. De hecho, estoy en un proyecto muy interesante en Asia, algo relacionado con eso mismo, aunque no puedo dar detalles.

—No te pongas misterioso. ¿Vas a trabajar para la CIA?

—No, nada de misterios. Es sólo discreción. Cosa de negocios que aún no se cerraron. Sí puedo decirte —(en el porche del hotel, maneó la cabeza; esas palabritas habían sido estúpidamente arrogantes)— que la inteligencia artificial será como cualquier otro invento del pasado. Cambiará muchas cosas y resultará en un beneficio para la humanidad. Hará muchas cosas que hacemos hoy los humanos…

—Como pensar —había contestado Ernesto—. Pero, bueno, considerando que la gente cada vez más se parece a robots, no sería para preocuparse tanto, ¿no? Ya no jodo más con eso del consumismo aquí en este país. Sólo mira esos pobres niños en Shanghái, en Corea del Sur… Duermen cinco horas porque el resto están estudiando. Escuela, tutores, práctica extra, revisión y vuelta a casa cuando son las diez de la noche y el padre ya se ha acostado porque a las cinco sale de la casa a la oficina, donde está su familia verdadera que ellos llaman colegas. Cada día de cada año se preparan para ser los mejores, para que cuando sean jóvenes puedan entrar a las mejores universidades y de esa forma puedan lograr un trabajito de siete de la mañana a siete de la noche, con algunas horas extras cuando la producción no alcanza las expectativas y todo el mundo anda nervioso y estresado por la inevitable crisis, el inevitable fracaso. Si esos niños, esos jóvenes no logran entrar a las mejores universidades, son automáticamente y por default un fracaso. Algunos se suicidan. Digo, se suicidan de forma tradicional, porque el resto ya está muerto.

—¡Vaya, qué trágico! ¿No te parece que exageras un poco?

—No. Yo no —había dicho Ernesto, mirándolo a los ojos como si se tratase de un detector de mentiras—. No exagero. Es la realidad la que exagera, y no un poco. Los que logran el éxito, lo hacen al precio de haberse convertidos en máquinas, en piezas de una gran maquinaria productiva, altamente efectiva. Si uno reemplaza esos cyborgs por robots con inteligencia artificial, no habrá mucha diferencia. Para entonces, los humanos ya se habrán deshumanizado mucho antes de ser reemplazados por máquinas más perfectas. Es decir, por ellos mismos en versión mejorada.

—El miedo a que los robots inteligentes se den vuelta contra los humanos y nos conviertan en esclavos o, simplemente nos exterminen es un miedo propio de los seres humanos…

—¿Y por qué las máquinas con inteligencia artificial, alimentadas con nuestros hábitos intelectuales, cosas de seres humanos, habrían de ser éticamente superiores a nosotros? ¿O no hemos sido, desde siempre, una especie altamente destructiva, una especie letal? Además, aunque los robots inteligentes sean el súmmum de la bondad, todavía queda la opción más probable: no serán ellos que nos destruyan; seremos nosotros mismos, cuando nos convirtamos en seres irrelevantes, perfectamente inútiles para sobrevivir sin la inteligencia artificial. Física y mentalmente perezosos. No necesitamos que los robots nos persigan para destruirnos, como en The Terminator; basta con que nos resuelvan todos los problemas. Con eso basta para convertirnos en apéndices, para tener una existencia de gusanos. Claro que si nos convertimos en gusanos nunca llegaremos a darnos cuenta. Nos sentiremos orgullosos de ser gusanos y hasta le pediremos a los robots que escriban libros y hagan películas y diseñen ideologías y religiones alabando nuestra admirable condición de gusanos.

 

JM, agosto 2018

 

 

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