¿Por qué la fijación racial y sexual vuelve a obsesionar a Occidente?
En 1855, William Walker llegó a Nicaragua para salvarla. Tenía 31 años y se consideraba un genio. Se nombró presidente y restableció la esclavitud. 30 años después, en Berlín y gracias a la quinina, una docena de países se repartían “la tumba del hombre blanco”, África, para llevarles el progreso y la civilización a los salvajes. Hoy, los Walker y los Leopold son otros jóvenes que se hicieron ricos vendiendo un futuro que no es más que el remedo de la Europa del siglo XVI.
El popular misógino Nick Fuentes anunció que se va con Dryden Brown a Uruguay a “mejorar la raza” ―Brown es CEO de Praxis, emprendimiento financiado por el ecosistema de Peter Thiel. La idea es tan vieja como el Conde de Gobineau, cuando propuso la teoría de la raza superior (aria, pálida, aristocrática) como reacción a la revolución de París de 1848 contra los banqueros; como los manuales de eugenesia que en los años veinte circulaban por las universidades de Estados Unidos; como las leyes de esterilización forzada que luego inspiraron a Hitler y a los nazis que le siguieron.
Pero no tan vieja como las Cruzadas. Como escribimos antes, la idea de raza biológica como categoría humana era desconocida antes del capitalismo. Podríamos fecharla alrededor del siglo XVI. Antes, los europeos no se identificaban como blancos. Tampoco existía Europa. Por milenios se mataron unos a otros. Los romanos tuvieron esclavos (luego eslavos) por cualquier razón, excepto por su raza, y tuvieron emperadores africanos. Los griegos atribuían un color de piel más oscuro a los hombres y más clara las mujeres, por lo cual ser blanco no era un signo de masculinidad sino más bien un rasgo mortuorio. Los etíopes (“rostros quemados”, según los griegos) no eran inferiores por su color sino porque no poseían su cultura. Ni en la Biblia ni en el Corán ni en las crónicas europeas abundan las descripciones de color de piel, simplemente porque no era un dato relevante. Excepto en las pinturas de tumbas, donde se puede observar que los romanos eran tan diversos y oscuros como los africanos del norte. Luego de dos mil años, las coloridas estatuas griegas fueron redescubiertas en Europa completamente blancas y se convirtieron en el canon de la belleza. Por no seguir con los descubrimientos más recientes que confirman que, en tiempo de los antiguos egipcios, los primeros habitantes de las actuales Inglaterra y Bélgica eran negros.
La maduración de esta obsesión capitalista de la clasificación racial y de la esclavitud (en base a una raza, algo que perpetuaba por herencia la explotación de seres humanos definidos por ley como “propiedad privada”) ocurrió en el siglo de las ciencias, el XIX, pero con una pseudociencia y una auto victimización real, resumida en el poema “La pesada carga del hombre blanco” de Kipling: somos superiores, pero vamos a ser extinguidos por las razas inferiores. Una afirmación que contradice lo más básico del darwinismo. Porque las razas superiores presumen de inteligencia, pero sufren de agudo retraso intelectual.
Ahora la tierra prometida queda a una hora de Buenos Aires, no en el reino libertario sino en la comarca de la izquierda neoliberal. Praxis anunció que eligió Uruguay para su primer desarrollo de ciudad en +Colonia y mil millones de dólares para recibir a los primeros residentes en 2027. Brown piensa mudarse en diciembre. En Uruguay, estará a una hora de la nueva residencia de Peter Thiel, en Buenos Aires. Antes había pensado en el Mediterráneo (¿Gaza?) y en Groenlandia. Ante la negativa de las autoridades danesas, terminó ganando la opción más discreta. Cuando el Norte le dice no a la basura, el Sur la recibe con entusiasmo.
A +Colonia lo administra Eduardo Bastitta, un empresario al que Milei nombró asesor. Los orígenes de la “nación digital” no dejan mucho espacio a la imaginación: Brown contó que, durante la pandemia, empezó a leer material de la derecha más radical de internet (¿4Chan?) y luego a invitar a esa gente a sus fiestas en Nueva York. Esta comunidad promueve una sociedad Super-masculina y occidentalista. Fuentes estará feliz entre hombres ya que, como lo reconoció, no es gay pero le da asco el olor a mujer.
Una masculinidad muy Superman. Recordemos que la democracia y la aceptación de la diversidad étnica y sexual, los argumentos racionales, el rechazo a la propiedad privada y a la imposición de una fe fueron secuestros retóricos de la Ilustración a los pueblos nativos americanos antes de ser destruidos. Antes, Europa era un continente misógino, fanático, proselitista y discriminador.
En Uruguay no encontrarán especímenes de ninguna mítica raza superior. Se clonarán a sí mismos, como narcisistas que son. Hasta que se den cuenta de que la naturaleza inventó el sexo para mantener la diversidad genética y, de esa forma, permitir el cambio, la adaptación y la evolución ante los cambios del medio.
Conviene recordar que la región ya tiene experiencia en estos laboratorios de pureza. En 1887, Elisabeth Forster-Nietzsche fundó Nueva Germania en la selva paraguaya para preservar la sangre aria. No olvidar que Aria proviene de Irán: los griegos consideraban a los iraníes inferiores por ser más blancos, femeninos; eran más blancos porque eran prisioneros enfermos.
La raza superior no sobrevivió a los mosquitos del Paraguay. Décadas después, en Chile, Colonia Dignidad de Paul Schafer combinó el orden, la disciplina y la moral cristiana con la pedofilia, la tortura y la colaboración con la dictadura de Pinochet, defensora de “la civilización cristiana occidental”.
Como cualquier país, Uruguay no está libre de racismo; pero sus niveles han sido, por lejos, más bajos que en el mundo mitológicamente llamado Occidente. De las tres formas de racismo le faltó la ideológica. Ahora corre el riesgo de convertirse en lo que el presidente argentino Sarmiento elogió a su regreso de Estados Unidos: un país desarrollado a fuerza de racismo. Los inmigrantes VIP, los elegidos que no necesitan visa de turista, pronto descubrirán que había otros allí ―mujeres, por ejemplo. Otros que piensan diferente. Entonces procederán como siempre: inoculando conflictos entre adulones e indomables, segregaciones entre los no elegidos, mientras ellos se ocupan de lo importante.
Para ellos, lo importante nunca fue ni la raza ni la religión ni la patria. Lo importante es la hegemonía y los recursos. Uruguay está sobre y al lado de una de las mayores reservas de agua dulce del mundo. El agua será el petróleo de este siglo, con la diferencia de que sin petróleo se puede vivir. En Bolivia, en el 2000, una multinacional privatizó el agua hasta el punto de cobrarles a los campesinos por la lluvia. Hizo falta un levantamiento popular para echarlos. En Estados Unidos, comunidades enteras han tenido que organizarse para resistir la contaminación y privatización sin consulta del agua por parte de los centros de datos.
Mientras, desde el gobierno uruguayo se celebran las excelentes inversiones y los polos de innovación que no son tales. El lenguaje no ha cambiado desde el siglo XIX. Por entonces se llamaba progreso. Los imperios noroccidentales descargaron sus excedentes de capitales esclavistas e industriales en ferrocarriles y puertos en África, Asia y América Latina mientras sus oligarquías festejaban y los nativos agachaban el lomo y morían de a miles. Los ferrocarriles no conectaban pueblos; conectaban las minas y las estancias con los puertos. Una perfecta jaula de oro que hizo imposible el desarrollo y la independencia del Sur.
Los resultados quedaron a la vista ―de los ciegos.
Jorge Majfud, setembre 2026
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