¿Por qué la fortaleza del bully esconde una profunda debilidad?
En la fábula “Los animales enfermos de la peste” (1678), Jean de La Fontaine escribió sobre un reino de animales azotado por una epidemia. Según el rey León, la peste había sido un castigo del cielo por los pecados del reino, por lo cual propuso que todos se confesaran, empezando por él mismo, hasta determinar un culpable. El rey león confesó haber devorado muchas ovejas. El zorro se apresuró a absolverlo: comerse a las ovejas fue un honor para las ovejas. El tigre y el oso confesaron crímenes similares y también fueron absueltos. Cuando el asno admitió haber comido hierbas de un monasterio, movido por el hambre, el lobo saltó indignado por su atentado contra la religión y la propiedad privada. El asno fue condenado a muerte.
Siglos después, la justicia global se parece cada vez más a aquella corte, o peor: es un prostíbulo, propiedad privada de leones y administrado por zorros. Pero estos, que se autoperciben como tigres y leones, ocultan una tensión mortal que procede de la lógica del poder.
¿Cómo puede Trump, el mismo hombre que se presenta como el más duro del mundo, demostrar sumisión ante Vladímir Putin, Xi Jinping o Kim Jong-un, mientras humilla a sus propios adulones? ¿Por qué, en pocas horas, inclina la cabeza ante Xi y le pasa la mano por la espalda, días después de expulsar a periodistas y a representantes de su propio partido llamándolas putas? ¿Por qué el presidente argentino es tan león macho en Argentina y, apenas pone un pie en Estados Unidos, baila y sonríe como una marioneta frente a Trump o ante alguna secta de gente menos conocida?
Porque para el psicópata, para quien no conoce el amor, el poder es una escalera. Quien ama el poder mira hacia abajo con desprecio y hacia arriba con adulación. La adulación al poderoso y la humillación al débil no son opuestos. Son parte de un tipo psicológico que, además, incluye una sádica fijación sexual por los más débiles: inmigrantes, mujeres, niños, animales. Porque no basta con el poder de clase: el sexo como ejercicio primitivo de dominación y la violación de las mismas leyes civiles y morales son las mayores expresiones psicológicas del poder. La humillación del débil y la adulación del poderoso son las dos caras de la misma moneda.
En 2018, después de un intercambio de cartas con el líder norcoreano, Trump tuvo un momento Menem: “Tuvimos una relación difícil y luego nos enamoramos… Me escribió cartas preciosas, maravillosas, y nos enamoramos”. Ese mismo año, en Helsinki, afirmó creerle más a Putin que a sus propias agencias de inteligencia ―algo defendible, pero confirma nuestra tesis. De Xi ha dicho más de una vez que es un hombre brillante que gobierna con mano de hierro sobre mil millones de personas.
Ahora el lado inferior de la escalera. En 2024 llamó gobernador al primer ministro de Canadá y no descartó el uso de la fuerza para quedarse con Groenlandia, territorio de otro aliado. Sentó a uno de sus títeres, Zelenski, en el Despacho Oval para humillarlo ante las cámaras, como a uno de sus empleados disconformes con el salario. A una gobernadora de su partido, Nikki Haley, no la llamó apologista del genocidio sino “cerebro de pajarito”.
Venezuela es el ejemplo más reciente. En 2025, María Corina Machado le regaló a Trump el fraguado Premio Nobel de la Paz. En enero de 2026, horas después de la visita de Netanyahu a su residencia de Florida y del subsiguiente secuestro de Nicolás Maduro en Caracas, Trump la humilló en público: dijo que María Corina no tenía “ni el apoyo ni el respeto” de su pueblo. Arrastrarse no paga. La favorita pasó a ser Delcy Rodríguez, la esposa ideológica del enemigo. Otra proyección erótica del poder. Trump se quedó con la medalla de una y con las bragas de la otra. En setiembre, se jactó en la ONU, ante Delcy, de haber invadido y robado billones de dólares de Venezuela: “Al vencedor le pertenecen los despojos”. Delcy le agradeció en público la violación. Nuestra “teoría de la escalera” también explica a otros presidentes de repuesto como Milei, Kast, Paz, Fujimori, Noboa, De la Espriella, Bukele, Asfura…
La traducción geopolítica de esta psicología es: “(1) hice lo que quise con mis súbditos; (2) violé Venezuela y salí ileso, como Netanyahu en Palestina; (3) nadie se atrevió a tomar medidas porque me temen; (4) ahora puedo seguir con el próximo”. Quien tiene armas nucleares o una economía independiente recibe cartas de amor. Quienes dependen del paraguas del bully, látigo ―para que vuelvan por más.
Llegamos a la moraleja obvia. Frente a este tipo de poder, la sumisión no es una estrategia de sobrevivencia. Es una condena. Quien no resiste le confirma al violador que la fuerza funciona, y cada concesión es una invitación al próximo abuso. Cuando el adulón ya no sirve, se lo descarta, como cualquier prenda barata.
La dignidad de la resistencia tiene un costo y un riesgo muy alto. Más si es un ejercicio solitario. Pero la resistencia organizada, la unión, produce una doble demostración de fuerza. Por un lado, niega la obediencia. Por el otro, altera el mapa mental del abusador. Cuando eso ocurre, la escalera cae, y sus brazos pasan a ser los únicos dos peldaños.
Ahora, el drama histórico de nuestro tiempo es que todos los grandes desafíos se han convertido en una carrera por la hegemonía, herencia de la psicopatía de los violentos imperios europeos que inventaron el capitalismo, las razas y la privatización de todo, incluidos los seres humanos. La inteligencia artificial, que podría regirse por normas comunes de seguridad, hoy se disputa como antes se disputaban las colonias. La secta de psicópatas que la privatizaron, la ven a través de este complejo de dominación, de destrucción del otro. El mercado, que antes del capitalismo era libre mercado, desde el siglo XVI se comenzó a usar como garrote. La IA, la energía, los minerales críticos, el clima: todo se mide por quién queda arriba, no por cómo podríamos beneficiarnos todos, aunque sea en grados diferentes.
Hace veinticinco siglos, Tucídides puso en boca de Atenas la fórmula de todas las pseudo democracias imperiales: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. África y América Latina conocen bien esa historia, a escala industrial. La Doctrina Monroe, la Ocupación Efectiva, la diplomacia del dólar y del franco, la doctrina del cañón, la Misión Civilizadora donde los recursos naturales valen más que los recursos humanos que los producen. Lo nuevo no es la brutalidad. Lo nuevo es que el poder ya no se molesta en disimularlo; por el contrario, presume de su arbitrariedad para intimidar mejor.
Trump, Rubio y sus jefes (Netanyahu, Altman, Thiel, Karp, Larry Fink…) no solo ejercen la pornografía política; la normalizan. El mensaje es claro: los capitales, las armas y la extorsión son el único idioma que entiende el poder. Los pueblos, incluido el estadounidense, deberían tomar nota. El día que el equilibrio cambie, nadie tendrá compasión con los lobos. Quien le enseña al mundo que solo la fuerza cuenta, está escribiendo las reglas con las que un día será juzgado.
La salida no es elegir un violador más amable y atractivo. Es dejar de estar en venta. Es hacer que lo nuevo sea la unión real de los oprimidos de siempre ―y hacer justicia de una buena vez.
Jorge Majfud, setiembre 2026.
«Trump, a pura amenaza en la ONU»


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