638 intentos de asesinar a un desalineado

Ernesto Che Guevara y Fidel Castro, 1959.
Ernesto Che Guevara y Fidel Castro, 1959.

La Habana, Cuba. 15 de setiembre de 1960—A las 11:00 de la noche, Antonio Veciana Blanch vuelve al apartamento 8-A en el octavo piso ubicado en Avenida de las Misiones 29, con una bazuca antitanque envuelta como regalo. El apartamento es la oficina clandestina de la CIA en La Habana. Veciana cree que él es el primero en alquilarlo para la agencia, a nombre de su suegra, pero se equivoca.

Veciana, empleado de Julio Lobo (el hombre más rico de Cuba y uno de los más poderosos del mundo) había sido reclutado por el agente David Atlee Phillips, quien le advierte que el disparo de la bazuca debe matar a Fidel Castro pero no debe alcanzar a Yuri Gagarin, por entonces de visita en la isla y héroe mundial, para no generar un golpe propagandístico a favor de la Revolución. El 15 de setiembre, el disparo largamente planeado erra el objetivo y el 26 julio de 1961, unos meses después del fiasco de Bahía Cochinos, el presidente cubano Osvaldo Dorticós le confiere la primera medalla Playa Girón a Gagarin.

Como en los otros 637 intentos de asesinar a Fidel Castro, también esta vez el futuro dictador saldrá ileso y Veciana huirá a Miami, donde, al año siguiente, fundará Alpha 66, acusada de asesinatos y de la explosión de bombas contra sus críticos en Florida. Aunque el policía Thomas Lyons y el detective Raul J. Diaz de Miami definirán a este grupo como terrorista, sus miembros no serán encarcelados por estas actividades.

Antes de recibir la primera misión de asesinar a Castro, Veciana había pasado por diferentes exámenes. En uno de estos (recordará cincuenta años después) envuelto en cables y tubos de goma, los agentes le habían dado una píldora que lo había dejado en un estado especial de relajamiento mientras su interrogador de La Habana, Dick “Joe” Melton (nombre real, James Joseph O’Mailia, también conocido como Gordon Biniaris), insistía sobre sus tendencias sexuales.[1]

“¿Ha sentido usted alguna vez atracción por algún hombre?” Veciana cree haber respondido que no. La pregunta se enmarca dentro de los preceptos del senador McCarthy que, para entonces, había logrado que el FBI persiguiera e interrogarse a todo estadounidense sospechoso de ser gay o lesbiana, asumiendo que esta gente tenía debilidades por el comunismo y sin importar que sus asistentes, abogados y el mismo director del FBI, John Edgar Hoover, fuesen gays. Los resultados de las pruebas científicas arrojaron que Veciana no era ni tan negro ni tan gay, por lo cual logró pasar el test de la CIA y, como reconocerá más tarde, se sentirá importante por primera vez en su vida. Veciana ha aprendido y nunca olvidará las reglas: “el fin justifica los medios” (Maquiavelo) y “mantén siempre una doble identidad, hasta con tu familia” (Superhéroe pop).

Este año, reconocerá Veciana en sus memorias Trained to Kill, los sabotajes habían comenzado en el campo con el incendio de las plantaciones de azúcar. Luego las acciones continuaron en las ciudades. Él mismo lo reconoce, sin arrepentimiento, sino lo contrario: “Me convertí en un terrorista”.

Por pedido de la CIA, Veciana coordina el Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) con el objetivo de “esparcir el miedo y sabotear la economía cubana”. La CIA le proporciona información y materiales (armamento y explosivos plásticos). Diversas bombas destruyen tabaqueras, fábricas de colchones, el bar Cantabria, el teatro América y la tienda Flogar. Un autobomba explota en el hotel Habana Libre y otro en la refinería de petróleo. “Yo fui el organizador, el estratega, el cerebro”, escribe Antonio Veciana. El 13 de abril ordena destruir la mayor tienda de La Habana, la tienda El Encanto. A las 7:00 de la tarde, Carlos González Vidal, de 21 años, sale de su escondite y coloca una bomba de tiempo hecha de plástico explosivo, en el depósito de telas. Antes de que la bomba explotara en la esquina de las calles Galiano y San Rafael (luego convertida en parque), Carlos se marchó hacia una playa donde lo esperaba un barco que debía llevarlo a Miami. El fuego destruye completamente la tienda y mata a Fe del Valle Ramos, jefa del departamento de niños de la tienda y madre de dos adolescentes. Carlos, uno de los cientos de empleados que trabajaban con Fe del Valle, es detenido antes de abordar el barco y confiesa, por lo cual es enviado al paredón de fusilamiento.[2] Cuatro días después se lanza la invasión a Bahía Cochinos, el plan mayor de la CIA para acabar con el gobierno rebelde.

El senador Robert Kennedy está convencido de que el asesinato de su hermano, el presidente Kennedy, fue orquestado por la CIA en coordinación con el exilio cubano. Antonio Veciana está de acuerdo. Dos meses antes de que Lee Harvey Oswald le disparase en la cabeza al presidente, el 22 de noviembre de 1963, Veciana lo había visto en Dallas reunido con su supervisor, el agente de la CIA David Atlee Phillips. Cuando en 1975 el comité del Congreso de Estados Unidos investigue el asesinato de Kennedy, lo llamará para testificar, pero Veciana guardará silencio. No dirá nada, como nunca le dijo a su familia que años atrás no habían cruzado la frontera de Bolivia de vacaciones sino para introducir un cargamento de armas a Chile. No dirá nada hasta 2017. Como el exrevolucionario Rolando Cubela Secades, encargado de envenenar a Fidel Castro, Veciana guarda lealtad incondicional a la CIA y a su jefe, David Atlee Phillips, alias Maurice Bishop, hasta su muerte.[3]

Probablemente la agencia de inteligencia más poderosa del mundo haya logrado asesinar al presidente de Estados Unidos en el primer intento, pero fracasó y seguirá fracasando 630 veces más durante sesenta años en su intento de asesinar al líder rebelde de una isla pobre en el Caribe. Como la costosa invasión de Bahía Cochinos, Antonio Veciana fracasará en todos sus intentos de asesinato y sabotaje, pero nunca perderá el respaldo de sus jefes.

El agente de la CIA David Phillips le hace firmar a Antonio Veciana un contrato de lealtad incondicional para recibir apoyo en la fundación de un grupo paramilitar independiente, uno entre muchos otros que recibiese el apoyo de la CIA pero que no pudiese ser vinculado con la Agencia. “Cuando los críticos nos acusen a nosotros, podremos decir que se trata de un grupo independiente”, le dice Phillips. Veciana se reúne en Puerto Rico con varios cubanos exiliados y le da el nombre de Alpha, por la letra griega que en la Biblia significa comienzo de todo, y el número 66, por ser el número del salón en el que se encontraban los asistentes fundacionales. En poco tiempo, Alpha 66 tendrá bases en Miami y en las Bahamas. Con cada atentado en Estados Unidos o en Cuba, el grupo paramilitar recibirá cuantiosas donaciones de otros exiliados cubanos.

Los exiliados cubanos, con apoyo financiero del gobierno de Estados Unidos y de los empresarios más ricos de Miami, fundarán otros grupos como El Poder Cubano, liderados por el terrorista cubano Orlando Bosch, responsable de la explosión de decenas de bombas en Cuba y, en Estados Unidos, en las oficinas del partido socialista de Los Ángeles, en los consulados de Inglaterra, México, Canadá, Australia, en barcos japoneses, en hoteles, agencias de viajes, en casas privadas, en las oficinas de empresas estadounidenses sospechosas de tener negocios con la isla y de coautor, junto con Luis Posada Carriles y otros, de la bomba del vuelo de Cubana 455 que mató 73 personas. Todo en nombre de la democracia y el derecho a la autodeterminación. La policía logra identificar a algunos de los responsables y detiene a Ricardo Morales Navarrete y Michael DeCarolis, colaboradores de la CIA y miembros del escuadrón que realizó la fallida invasión de Playa Girón en 1961. También encontrarán culpable a Orlando Bosch, lo que no impedirá que continúe operando en la clandestinidad. En 1976, Bosch y otros cubanos del exilio, en coordinación con el Plan Cóndor dirigido por Augusto Pinochet desde Chile, asesinarán al exministro chileno Orlando Letelier con un auto bomba en Washington DC. Bosch, junto con Luis Posada Carriles, también pertenecía a la Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas, ambos, responsables de diversos actos terroristas, entre los que se cuenta la explosión del vuelo 455 de la aerolínea Cubana de Aviación en el cual murieron 73 personas. Posada Carriles, en la nómina de salarios de la CIA y uno de los organizadores de la invasión de Playa Girón, nunca será juzgado por ninguno de sus crímenes. Tampoco los autores de operaciones menos conocidas, como la contaminación de 14.135 bolsas de azúcar cubano a manos de la CIA en 1962, las cuales, en nombre del libre mercado, habían sido exportadas a Rusia en un carguero inglés, el S.S. Streatham Hill.[4]

Cuando David Atlee Phillips, uno de los principales directores de orquesta de la CIA en América latina por veinticinco años escriba sus memorias The Night Watch, luego de reivindicar la mentira y la manipulación de la opinión de pueblos enteros, luego de detallar cientos de complots que llevaron al asesinato de líderes extranjeros y a golpes de Estado que dejaron miles de torturados y desaparecidos, escribirá: “Una razón por la cual la CIA es tan necesaria en los países del Tercer mundo es para luchar contra el terrorismo en esos países”. Luego menciona casos de víctimas como el embajador en Guatemala, John Gordon Mein y dos oficiales estadounidenses (durante la dictadura cívico-militar de Julio César Méndez Montenegro), el capitán Charles Rodney Chandler (veterano de la guerra en Vietnam y agente de la CIA en apoyo a la dictadura de Brasil) y Dan Mitrione (proveedor de armas ilegales y asesor de la policía local en métodos de tortura, según la CIA), ejecutado por los Tupamaros en Uruguay. [5]

El discurso de la Guerra Fría es nuevo. La mentalidad, la práctica y los intereses no: son las mismas que habían llevado, en las generaciones anteriores, a intervenir a fuerza de bombarderos en “las repúblicas habitadas por las razas inferiores” que gobernaban “países donde Dios había depositado los recursos naturales de la Humanidad”.

Por décadas, la CIA mantendrá una relación de colaboración y descarte de diversos grupos de cubanos que operarán en Estados Unidos y en el área del Caribe. Aparte de colaborar directamente con el Plan Cóndor de Augusto Pinochet, diversos grupos terroristas como Apha66, Omega 7 y Cuban Power asentados en Miami, continuarán con el bombardeo, el sabotaje y asesinato en la isla y en Estados Unidos. Entre sus mayores logros estarán el asesinato de Orlando Letelier con un auto bomba en Washington, el derribo de un avión cubano con 73 personas a bordo en 1976 y las bombas en las oficinas de turismo de México en Chicago.

Antonio Veciana será uno de estos descartados, al extremo de sufrir un atentado contra su vida en Miami y tres veces la negación de David Atlee Phillips en Washington. Luego de décadas de tragarse su resentimiento, escribirá sus memorias Trained to Kill (Entrenado para matar) en 2017.

El 9 de noviembre de 1971, aprovechando la visita de Fidel Castro a Chile, la CIA planifica uno de sus 638 intentos fallidos para asesinar al dictador caribeño. Para esta ocasión, recurre a uno de sus viejos servidores, el cubano Antonio Veciana Blanch. En sus memorias, Veciana reconocerá: “mi deseo de asesinar a Castro me había consumido; estaba dispuesto a poner en riesgo la vida de mis propios hijos para lograrlo”.

Los intentos por asesinar a Castro habían sido múltiples, e iban desde cigarrillos y zapatos envenenados hasta recursos más tradicionales como disparos con armas de fuego a corta distancia. En 1961 el dictador dominicano Rafael Trujillo había ofrecido 100.000 dólares a Antulio Ramírez Ortiz para matar a Castro, pero la operación que incluyó uno de los más de cien secuestros de aviones entre Cuba y Estados Unidos en un lapso de tres décadas, fracasó por las dudas ideológicas de Ramírez.

Después de la mansión con sirvientes de La Paz para matar el mito del Che Guevara, la CIA le consigue un apartamento más modesto en Santiago de Chile. También le provee de cuantiosas sumas de dinero para distribuir según su criterio entre los oficiales del patriótico ejército de Chile que están “dispuestos a colaborar con el gobierno de Estados Unidos” contra su propio gobierno. Es lo que tradicionalmente se llama patriotismo en América Latina. Además, el cubano Antonio Veciana tiene la libertad de entrar y salir de Chile todas las veces que quiera con documentos falsos y con diversas identidades.

La CIA tiene otro plan perfecto. Falsos periodistas, con acreditaciones falsas de Venevisión de Venezuela, asistirán a una conferencia de prensa de Castro en Santiago. Castro ama las cámaras. Como de costumbre, la CIA emplea a terceros y cuartos y quintos intermediarios: hace que una boliviana alquile un apartamento en la calle Huérfanos, para no levantar sospechas. El agente principal, Maurice Bishop (David Atlee Phillips), quiere que el asesinato parezca una obra del exilio cubano. Luis Posada Carriles planea implicar a los asesinos, luego de que sean capturados, con un plan ruso que nunca queda del todo claro. Veciana colabora, pero se atribuye la gran idea: si logran responsabilizar a los rusos del magnicidio, Cuba entraría en conflicto con su principal socio económico y su economía terminaría completamente destruida. Para el atentado que cambiaría el rumbo de la historia, Veciana y Phillips contratan a los cubanos Marcos Rodríguez y Diego Medina.

Fidel Castro llega a Santiago el 9 de julio. A último momento, los asesinos se asustan y alegan distintas excusas, como una peritonitis crónica y la posibilidad de que un primo del servicio secreto de Castro lo pueda reconocer. La operación se cancela a último momento. Furioso, el agente de la CIA David Atlee Phillips (quien organiza, pero nunca participa) le dice a Antonio Veciana:

—Los cubanos no tienen huevos; son todos unos cobardes.

Enseguida le ordena eliminar a Rodríguez y a Medina.

—¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Bolivia? —pregunta Phillips— ¿Cien, doscientos dólares? Dinero no te falta. Invítalos a una reunión y págale a alguien para que los mate. De ninguna forma podemos permitirnos que sigan vivos. Son un riesgo. No podemos permitir que el Departamento de Estado sea expuesto de ninguna forma. ¿Imagina si cualquiera de estos te implica, ahora que eres un miembro del cuerpo diplomático de Estados Unidos en Bolivia?

—Pero ese era el riesgo que corríamos —dice Veciana—, aun cuando el plan hubiese sido un éxito y ahora Fidel Castro estuviese muerto. Los asesinos podrían haber sido arrestados…

Philips, fuera de sí, responde.

—¿Arrestados? De ninguna forma iban a sobrevivir. No te lo dije antes, pero eso ya había sido decidido.

—No puedo hacerlo—contesta Veciana.

Luego de mirarlo un momento, Phillips le ordena:

—Vuelve a Bolivia.

El mismo procedimiento había sido aplicado al asesino del presidente Kennedy, cuando Lee Oswald fue asesinado poco después de ser capturado.

Notas


[1] Otro agente de la CIA, Philip Agee, en su diario Inside the Company. CIA Diary (1975) describe el mismo procedimiento con un polígrafo al que fuera sometido en Washington, en julio de 1957.

[2] El historiador y miembro de la CIA, Nick Cullather, décadas después reconocerá no sólo que Fidel Castro fue una creación imprevista de la CIA, sino que la opción a una democracia abierta con las publicitadas ejecuciones de miembros del régimen anterior, fueron parte del aprendizaje de los anteriores golpes de Estado de Washington, como el de Guatemala.

[3] Designado por el director de la CIA Allen Dulles para comandar las operaciones contra los movimientos de izquierda en América latina, Phillips se convertirá en una de las estrellas de la inteligencia, distinguido con la medalla Career Intelligence de la propia Agencia. Escribirá sus reveladoras memorias que se publicarán con el título The Night Watch (Ronda nocturna. 25 años de un servicio peculiar). Diferente al agente Philip Agee, quien terminase huyendo por varios países no alineados hasta morir alcohólico en Cuba en 2008, David Phillips siempre estuvo seguro de su misión y de la superioridad de un buen trabajo sobre cualquier incomodidad moral.

[4] Otros atentados terroristas siguieron a este, como la explosión del 8 de noviembre de 1962 en la planta industrial que dejó 400 trabajadores muertos, según diversas fuentes y según el gobierno de Cuba. El autor de este libro no ha podido confirmar el número exacto de víctimas.

[5] En sus memorias de 2007 y en sus declaraciones ante el Congreso de Estados Unidos, el operador de la CIA Howard Hunt reconocerá que, aparte de la CIA, y a pesar de no ser su jurisdicción territorial, en los años 50 el FBI todavía secuestraba individuos de interés en América latina. No es necesario aclarar que eran secuestros ilegales.


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