Las ciudades (¿inteligentes?) y sus muros invisibles

Los puentes que unen también separan

Desde el siglo XIX, las inversiones de los excedentes industriales de los imperios modernos en infraestructura, en ferrocarriles y puertos en África y América Latina sirvieron para fosilizar una estructura extractivista, lo que interrumpió e impidió un desarrollo independiente de las economías, de las sociedades y sus culturas. La misma lógica se materializó en el trazado urbano de las ciudades dentro de los mismos imperios.

Robert Moses no tuvo que declarar una guerra contra los pobres de Nueva York. Le bastó con dibujar una autopista. La Cross Bronx Expressway atravesó barrios obreros y transformó comunidades enteras. En Tulsa, Oklahoma, luego del bombardeo de 1921, el próspero barrio negro fue dividido por una autopista como si le echaran sal. En Detroit, la I-375 pasó por uno de los centros afroamericanos de la ciudad. Los ejemplos sobran: Nueva Orleans, Miami, Nashville, Syracuse, Atlanta, Los Ángeles, Minnesota, Carolina del Norte…  En Buenos Aires, durante la dictadura militar, las autopistas también se abrieron paso sobre barrios de pobres expulsados por la geografía del dinero. Por no seguir con los ejemplos de apartheid en Sudáfrica y en Palestina.

Las palabras son el primer muro. Nunca se habla de destrucción. Se habla de circulación, modernización, eficiencia, progreso, inversión. Otros muros invisibles se ocultan detrás de diseños de equipamientos o de políticas sociales. Un banco con un posabrazos fijo en el medio impide que alguien duerma en él sin necesidad de expulsarlo. Un alquiler que aumenta hasta volverse imposible puede producir el mismo resultado que un desalojo. Un barrio puede cambiar completamente de habitantes sin que nadie haya aprobado formalmente la expulsión de sus indeseables habitantes.

La gentrificación tiene esa ventaja para quien la administra: no necesita soldados. El precio hace el trabajo y después lo llamamos progreso, desarrollo y derecho a la propiedad privada, un derecho que, aunque sagrado, nunca aplica a los pobres. Sirve para justificar una autopista, una torre, un puerto, un barrio privado o una nueva ciudad. Nunca se formula la pregunta más obvia: ¿desarrollo y progreso para quién?

Ahora los muros ya no están hechos de ladrillos y hormigón, sino de acciones, algoritmos, datos, sistemas de acceso y formas de consumo. +Colonia, en Uruguay, aparece en este nuevo paisaje con las palabras que hoy acompañan casi inevitablemente a cualquier gran proyecto inmobiliario: innovación, sostenibilidad, tecnología, conectividad, comunidad.

Durante buena parte de la historia, el nómada, el inmigrante pobre fue alguien que debía ser controlado o expulsado. Ahora se ha convertido en una categoría deseable si llega con inversiones y nuevas utopías. Los antiguos barrios cerrados tenían una virtud que hoy parece casi ingenua: mostraban la frontera. Había una puerta, una garita y alguien que decidía quién entraba. En las nuevas ciudades inteligentes la frontera es menos visible. Nadie tiene que decirte que no perteneces al barrio. Basta con que el costo de vivir allí, los servicios disponibles y la lógica económica del lugar hagan innecesaria esa prohibición.

Colonia del Sacramento nació como enclave colonial en una disputa entre imperios. Siglos después, aparece la posibilidad de otro tipo de enclave, asociado ahora al capital internacional, la tecnología y nuevas formas de esclavitud. Ya no se habla de conquista, sino de innovación.

El lenguaje ha cambiado. La relación con el territorio no tanto. Como en tiempos de las colonias o del urbanismo en los imperios, tampoco ha cambiado el problema de resolver qué pasará con quienes ya viven allí. Porque ninguna ciudad inteligente funciona sin trabajadores bastante menos inteligentes, según la mentalidad capitalista y supremacista de sus promotores. Alguien tiene que limpiar, cocinar, reparar, conducir, construir y vigilar, mientras los emprendedores “crean trabajo y bienestar” desde la playa, mientras venden esta nueva segregación como “creación de riqueza”, tal como hacían los esclavistas en tiempos de la esclavitud. Hasta que (1) alguien ya no sea (2) necesario y se convierta en (3) la amenaza.

La tecnología cambia el escenario, pero no el sistema de explotación. Por el contrario, la historia indica que suele radicalizarlo: los nuevos inventos son rápidamente secuestrados por la privatización de quienes no pueden crear nada más que acumulación de capital, exceso que luego reinvierten para reforzar la cadena de oro.

Como si esto no fuese suficiente material de debate (un debate que los gobiernos funcionales de las colonias se apresuran a evitar en su urgencia erótica), no se consideran con seriedad los recursos naturales y el impacto ambiental que este progreso para unos pocos se cobrará con una factura para los pueblos. Una ciudad puede tener paneles solares, áreas verdes, edificios eficientes y sistemas inteligentes de administración, pero ninguna tecnología convierte en público aquello que ha sido privatizado.

La estocada final la dan los gobiernos de turno, promoviendo y justificando la acumulación de capitales y de derechos derivados de esta nueva “gran oportunidad de desarrollo”. El gobierno comienza ignorando a la población sobre un proyecto de alto impacto social y ecológico, y luego se defiende declarando que el proyecto no le costará un dólar al erario público, ya que será financiado con capitales privados.

El truco de siempre. Aparece un gran inversor con dinero de otros accionistas. Luego pone menos de lo prometido o el proyecto requiere más. El gobierno pondrá el resto porque se trata de otro “too big to fail”. Sin hablar de la infraestructura y los recursos que fueron, son y serán costeados por el Estado. Una vez instalada la nueva realidad, la empresa salvadora sube las exigencias, ya que tiene un grupo de trabajadores cautivos y una región tomada. Así, continuará con más privatizaciones de capitales públicos y con injerencias directas en el Estado derivado de su enorme poder gravitatorio. Se hacen de los recursos escasos en sus países de origen, como el agua dulce, las tierras con bajos impuestos, una legislación bananera, y la fe de los colonizados en que una nueva tecnología en manos de una secta hermética los hará más desarrollados e independientes. Por si fuese poco, el ecosistema ideológico y virtual queda en manos de la secta de depravadores que, como ya analizamos en otro espacio, está enraizada en una ideología perversa, supremacista e imperialista.

Pero las ciudades no son máquinas inevitables. Una avenida puede destruir un barrio o convertirse, con otra planificación, en una conexión entre comunidades. Una cicatriz urbana puede permanecer sangrando por generaciones o transformarse en un parque o en un memorial. Un barrio puede ser pensado para atraer capital o para garantizar que quienes ya viven allí puedan seguir viviendo allí con una mejor calidad de vida y un mejor sentido de la pertenencia y de la justicia.

También es posible imaginar ciudades donde los servicios básicos no sean mera mercancía para el beneficio de unos pocos; donde una vivienda digna y sana no dependa del ingreso de sus habitantes y donde los ciudadanos tengan algo más que una opinión no vinculante sobre la transformación de su propio espacio urbano.

Hay puentes que unen dos orillas y avenidas que acercan dos barrios, pero también hay puentes y avenidas que dividen. La diferencia está en quién decidió construirlas, quiénes se beneficiaron y quiénes tuvieron que sufrir su construcción.

Como siempre, los muros más opresivos son aquellos que ya nadie reconoce como muros.

Jorge Majfud, setiembre 2026

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