La práctica vital

Mathematics
El paraíso (casi) perdido

Practicing life (English)

La práctica vital

No pocas veces he escuchado que la desventaja de estudiar un nuevo idioma consiste en que si luego no se usa, se pierde. Esto es técnicamente impreciso, ya que perder la habilidad de usar un conocimiento no significa necesariamente que uno ha olvidado todo o lo necesario. De hecho, ocurre lo mismo con nuestra propia lengua materna. En nuestra memoria hay decenas de miles de palabras (podemos verificarlo con sólo abrir un diccionario), pero usamos apenas una fracción. Es sólo un ejemplo, ya que el problema no radica en las cantidades sino en la calidad. Según algunos estudios realizados con estudiantes de mi propio país de origen, las nuevas generaciones de estudiantes usan apenas quinientas palabras, lo cual resulta paradójico considerando los nuevos medios escritos de la Era digital. Paradójico, no inexplicable: no se puede salir ileso de tanta habilidad para el manejo de emoticones y otras pobrezas y perezas intelectuales, tan propia de la cultura del “clic”.

Claro, hay que respetar los cambios de las nuevas generaciones; generación que no cambia es generación perdida. Pero tampoco se puede adular a las nuevas generaciones dejando de señalarles, de forma cómplice y cobarde, todo lo que han perdido de forma inadvertida porque probablemente nunca lo conocieron. Al menos que se demuestre que sólo aquel hábito de leer antigüedades de trecientas paginas (de papel, ¿por qué no?) de algún genio de la historia, es un ejercicio inútil y anacrónico. Entonces el poder del mundo seguirá concentrado en las manos de aquellos pocos que salen de las mejores universidades, reductos y bastiones de la “antigua” cultura escrita, mientras el resto se limitará a otro rol tradicional: a su función de consumidores de novedades.

El viejo latiguillo de “una imagen vale por mil palabras” es harto más popular pero no menos cierto es su contrario: “una palabra vale por mil imágenes”. No sólo para el pensamiento abstracto y para las emociones más profundas. También lo vemos todos los días en la prensa: las imágenes, con esa falsa aureola de objetividad, son casi siempre esclavas del texto que las acompaña, del discurso que dice quién es el villano y quién el noble en esa guerra, en esa gresca callejera, en esos niños muriendo de hambre. En esos casos, qué grotesco resulta escuchar “las imágenes hablan por sí solas”.

Aprender suele ser un placer, pero cualquier aprendizaje serio implica un gran esfuerzo. Si no lo fuera, el mundo sería casi perfecto y ningún título, ningún reconocimiento y probablemente ninguna habilidad tendría algún valor social, como una medalla en un torneo olímpico vale por la discriminación que representa. Claro que no todo conocimiento ni toda habilidad significan un avance para la humanidad. Por ejemplo, la estupidez tampoco es algo innato. Nadie encontrará un niño estúpido de dos años de edad. Es decir, la estupidez también es una habilidad que se adquiere luego de un entrenamiento esmerado.

Los idiomas, entonces, no son el único caso que requiere cuidado para crecer y mantenerse. De la misma forma que se aprende cualquier disciplina, incluida aquellas que requieren entrenamiento físico, también se pierden muchas otras habilidades y muchos conocimientos cuando no se usan. Mucho mas rápido se desinflan los músculos de un físicoculturista que las palabras exóticas que aprendemos en un viaje de turismo.

He estudiado matemáticas durante muchos años en la educación formal de mi país e, incluso, por unos pocos semestres fui profesor de matemáticas (al tiempo que, no sin paradoja, mi principal trabajo era resolver problemas prácticos en las obras de construcción) antes de abandonarlo todo por la literatura. Claro, abandonar también es un verbo impreciso. Todo está ahí. Sin embargo, mis habilidades para resolver ecuaciones integrales o diferenciales, que en algún momento de mi vida fueron un ejercicio fascinante, han disminuido de forma sensible. Un día me puse a refrescar algo de ese conocimiento y me di cuenta, no sin dificultad, que la ciudad de los altos muros no había desaparecido, estaba en algún lugar de mi memoria, pero un poco o bastante enterrada. O quizás esa habilidad que antes servía para resolver ecuaciones o cálculos estructurales que ahora hacen las computadoras, se ha dedicado a influir en mi vida de alguna otra forma insospechada.

De cualquier forma, sabemos que lo mismo le ocurre a un deportista. El cerebro es, al fin y al cabo, un músculo. Un músculo grasoso que consume casi un tercio del oxigeno total del cuerpo. No sabemos si ahí radica el espíritu, el alma y toda la actividad emocional, aparte de la intelectual, pero seguramente es la estación central de todas estas experiencias vitales.

El juego de perdidas y ganancias también ocurre con los sentimientos y emociones más complejas y con las más básicas y elementales, como el amor y el odio, la tristeza y la felicidad.

Una vez un profesor amigo en Estados Unidos me vio preocupado y luego que vagamente le referí los motivos (el mundo, mis propias incertidumbres sobre el futuro) me advirtió lo siguiente: uno siempre tiene problemas y, claro, lo mejor es tomarlos en serio y resolverlos. Para un problema no hay nada mejor que una solución. Pero luego, si uno vive en un permanente estado de preocupación o infelicidad, una vez cuando uno ha resuelto aquellos problemas que alguna vez lo preocuparon, no alcanza a advertir que lo ha hecho o, peor, es incapaz de ser razonablemente feliz, ya que ha perdido el entrenamiento o la sabiduría necesaria para serlo. Uno aprende a no ser feliz y luego, como un idioma materno, es más difícil perder esa perspectiva. Aun así, tampoco es un aprendizaje irreversible.

Si uno no practica ciertos sentimientos, los pierde. No es imposible recuperarlos. Claro, es más fácil comprender esto que realizarlo. Pero comprender es, casi siempre, el primer paso.

Llevar la memoria (y ahora también la inteligencia) en la mano, no es algo que pasará inadvertido por el músculo intelectual, como no pasaría inadvertido para un campeón de tenis la sustitución de la cancha y la raqueta tradicional por el PlayStation. Mientras las universidades logran robots que se parecen cada vez más a los seres humanos, no sólo por su inteligencia probada sino ahora también por sus habilidades de expresar y recibir emociones, los hábitos consumistas nos están haciendo cada vez más similares a los robots.

Es decir, no sólo los idiomas que no se usan se pierden; las mismas habilidades básicas de ser seres humanos corren la misma suerte. En el primer caso es evidente porque siempre nos queda una lengua desde la cual observar la pérdida; en el otro no, porque una vez que se pierde la condición de ser humano no se puede advertirlo, como un robot no puede advertir que en realidad no es un ser humano, sin importar lo que diga, piense o sienta.

Jorge Majfud

majfud.org

MDZ (Argentina)

La Republica (Uruguay)

Milenio II (Mexico)

Osama y los peligros de la perspectiva cónica

perspective

Image by jmsmytaste via Flickr

 

Osama y los peligros de la perspectiva cónica

Sin quererlo, en 1690 Sor Juana Inés de la Cruz demostró, con su vida y con su muerte, que una persona puede ser terriblemente censurada mediante la publicación de sus propios textos. Algo semejante se podría considerar sobre la censura de los medios de comunicación. No es necesario silenciar a alguien para censurarlo. Nadie prohíbe que un aficionado grite en un estadio repleto de gente, pero tampoco nadie, o casi nadie lo va a escuchar. Si tuviese algo importante que decir o que gritar estaría en la misma, o en casi la misma situación que alguien que ha sido amordazado en una sala silenciosa.

Algo semejante ocurre con la importancia de cada evento global. En este siglo es casi imposible una dictadura al estilo del siglo XX, digamos una dictadura absoluta de algún general en alguna república bananera o de un gran país como Estados Unidos o la Unión Soviética donde había diferentes concepciones sobre la libertad de expresión; en uno, el Estado era dueño de la verdad y de las noticias; en el otro, los millonarios y los gerentes de las grandes cadenas de información eran los dueños de casi toda la libertad de expresión.

Con el arribo y casi instalación de la Era digital, también aquellos modelos de censura se volvieron obsoletos. No la censura. Los individuos reclamaron y en muchos casos obtuvieron cierta participación en la discusión de los grandes temas. Sólo que ahora se parecen a aquel aficionado de fútbol que grita en un estadio enardecido. Su voz y sus palabras virtuales se pierden en océanos de otras voces y de otras palabras. De vez en cuando, casi siempre por una relevante frivolidad como demostrar la habilidad de morderse un ojo o por haber tenido el mérito de crear la peor canción del mundo o la mejor teoría conspiratoria (imposible de probar y de refutar), algunos saltan a la fugaz celebridad de la que hablaba Andy Warhol. Siempre he sospechado que las teorías conspiratorias son creadas y promovidas por los supuestos perjudicados. Como decía uno de mis personajes en Memorias de un desaparecido (1996): “no existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo”.

Pero claro, esta teoría de una “fabrica de conspiraciones” no deja de pertenecer al mismo género de las teorías conspiratorias. El mecanismo y la trampa se basan en una premisa: de cada mil teorías conspiratorias, una es, o debe ser, verdad.

Como la teoría X ha tomado estado público, no se la puede suprimir. La mejor forma es hacerla desaparecer entre un mar de absurdos semejantes.

Ahora, dejemos de lado por un momento el problema de si existe un grupo, un gobierno o una agencia que mueve los hilos de la percepción mundial (que es lo mismo que mover los hilos de la realidad). Vamos a asumir que todo se trata de una creación colectiva en la que todos participamos, como una macro cultura, como una civilización o como un sistema sobrenatural que suele recibir diversos nombres, algunos muy gastados.

En su lugar podemos concentrarnos en los hechos. Por ejemplo, un hecho es que, al igual que en cualquier otro período de la historia, “nosotros somos los buenos y ellos son los malos”, lo que justifica nuestro accionar brutal o explica por qué somos víctimas del sistema en cuestión.

Pero si volvemos al punto concreto de la censura (uno de los instrumentos principales de cualquier poder dominante) veremos que en nuestro tiempo queda una forma posible y devastadora por su alta eficacia: la promoción de “lo que es importante”.

Un rápido y reciente ejemplo es la muerte o asesinato de Osama Bin Laden. Cierto, yo tampoco me negué a responder a entrevistas de radio de muchos países y hasta en diversos idiomas. En todos de los casos fue más por un gesto de amabilidad que de convicción. Sin embargo, esta vez me abstuve de escribir sobre el tema.

En mi modesta opinión, entiendo que se ha cumplido una vez más el mecanismo de la censura contemporánea: el exceso de discusión y pasión con que las partes disputan la verdad sobre un tema nos inhabilita para concentrarnos en otros temas y, sobre todo, para valorar la importancia de unos temas sobre otros. Es como si alguien o algo decidieran qué es importante y qué no, como alguien o algo decide qué estilo o qué color de ropa debe llevarse en una temporada.

Por ejemplo, no hubo medio de comunicación en que periodistas, lectores y usuarios de todo tipo, color y nacionalidad discutieran apasionadamente durante semanas sobre la legitimidad del ajusticiamiento de bin Laden. Por supuesto que todo puede y debe ser revisado. Pero si bien es legítimo un debate de este tipo, se torna globalmente trágico cuando observamos que el foco de atención ha determinado y definido lo que es importante. Sin embargo, ¿qué importa si un personaje nefasto (ficticio o real) como bin Laden fue bien o mal ejecutado cuando ni se menciona lo indiscutible: el asesinato de niños y otros inocentes como rutinarios efectos colaterales?

En el caso de la ejecución de bin Laden, al menos esta vez Estados Unidos procedió de una forma realmente quirúrgica, como falsamente se ha proclamado en otras ocasiones. La vida de los niños que moraban en la casa fue preservada, más allá, obviamente, de la experiencia traumática. Mas allá de que esta opción debió ser estratégica y no humanitaria, recordemos que no hace muchos años, meses, se optaba por bombardear el objetivo sin importar los “efectos colaterales”, es decir, sin importar la presencia de inocentes, muchas veces niños. Esta tragedia ha sido tan común en la historia contemporánea que las autoridades afectadas se limitaban apenas a reclamar mejores explicaciones de peores barbaridades antes de echarlas al olvido colectivo.

Para no irnos muy lejos bastaría con mencionar el reciente bombardeo a la casa del dictador libio (o llámenlo como quieran) Muammar Gaddafi por parte de la OTAN. En este bombardeo no murió el “objetivo”. La operación quirúrgica mató, asesinó, a varias personas, entre ellas el hijo de Gaddafi, y a tres de sus nietos. Pero estos niños, aunque no lo crean, tenían nombres y edades: Saif, de 2 años; Carthage, de 3; y Mastura, de 4 meses. Lo peor es que no son excepciones. Son la regla.

¿Quién recuerda sus nombres? ¿A quién le importa?

En esto no hay relativismos: un niño es un ser inocente sin importar la circunstancia, la identidad, la religión, la ideología o cualquier acción de sus padres. Un niño es siempre (siempre) inocente y lo es sin atenuantes, por más que como padres muchas veces nos hagan perder la paciencia.

Si la policía de cualquiera de nuestros países civilizados arrojase una bomba en la casa del peor de los asesinos, del peor de los violadores y matase a tres niños, seguramente habría una revuelta popular en ese país. Si el gobierno hubiese dado la orden de semejante procedimiento, seguramente caería en menos de veinticuatro horas y sus responsables serían llevados ante pulcros tribunales.

Pero como lo mismo se les hizo a niños pertenecientes a pueblos barbaros, salvajes, atrasados, entonces la acción se convierte en un simple “efecto colateral” y sus autores son apreciados como líderes responsables y valerosos que defienden la civilización, la libertad y, en definitiva, la vida de los inocentes.

Y para que la discusión no tome el centro de todas las discusiones, alguien o algo decide que lo realmente importante es discutir sobre la forma o la legitimidad de la ejecución de un tipo que había hecho meritos suficientes para terminar como terminó.

Jorge Majfud

11 de mayo de 2011.

Jacksonville University

Milenio (Mexico)

Gara (España)

Panamá América (Panamá)

Brumario (Mexico)

Notas al margen de la autopista

Thomas Mann with Albert Einstein in Princeton,...

Image via Wikipedia

Bitacora (La Republica)

Notas al margen de la autopista


Desde hace unos años tengo por costumbre no leer escritos o comentarios anónimos. Cierta vez, en el foro digital de un importante diario, pegué de forma anónima un texto sobre algunas virtudes del socialismo. No se trataba de un texto especialmente brillante, pero me interesó el experimento.
Una lluvia de respuestas y comentarios insultaron al autor del texto. Abundaban calificaciones como “retardado mental”, “analfaveto”, “idiota” y “pobre frustrado”.
El texto era de un señor llamado Albert Einstein, aquel humilde doctor en física que vivía ahí en frente, en la calle Mercer 112, entre los tupidos bosques de Princeton University.
Las malas lenguas dicen que no era buen esposo, pero nunca nadie confirmó algún tipo de retardo mental, de idiotismo o de frustración personal. Excepto los retardados mentales que a principios del siglo XX demostraron que la teoría de la relatividad era falsa porque se le había ocurrido a un judío.
***
El recurrente y sistemático compromiso en las redes sociales son los compromisos menos comprometidos de la historia. Hacer un clic perezoso para mostrar nuestro apoyo o nuestra condena hacia una causa sirve más de alimento a nuestros egos que a la causa. En el mejor de los casos sirve para un lavado clorhídrico de conciencia, para mostrar a los demás y demostrarnos a nosotros mismos todo lo bueno y políticamente correcto que somos o podemos ser.
Pero sin sacrificio no hay compromiso y por eso la sociedad virtual es incapaz de cualquier compromiso más allá del esnobismo, del voyeurismo y, ante todo, de ese narcisismo vacío como una cáscara de huevo llena de emociones prefabricadas que caben en el microscópico jeroglífico de dos puntos y un paréntesis.
Tal vez lo único real de una sociedad virtual es su propia frustración cuando, amparada en el anonimato, afloran las emociones reprimidas en sus formas más autenticas.
En las sociedades virtuales las virtudes son simbólicas, como los individuos, como su democracia y su libertad.
La insistencia sobre la libertad y la autenticidad, el valor prefabricado de ser-uno-mismo del nuevo individuo se parece a la publicidad de un auto pequeño que insiste sobre las virtudes de su gran espacio interior.
Y pese a tanto desencanto, todavía creo que alguna vez el juguete se convertirá en herramienta de acción y liberación.
***
Una buen aparte de la generación de la televisión se acostumbró a la propaganda fragmentada. Una buena parte de la generación de la era digital ya no puede vivir sin la microfisura, sin un permanente coitus interruptus.
El habitante de estos luminosos cementerios no puede bucear una hora en un mismo concepto, no puede leer doscientas páginas o cincuenta mil palabras, no puede retener conceptos abstractos. No se siente cómodo si no interrumpe lo que está haciendo con algún clic, algún update.
Sin embargo, el hombre microfragmentado posee un ego de hierro. Famoso por diez segundos, genio por tres palabras y un clic, su dialéctica es el insulto anónimo y los argumentos desarticulados en unos pocos párrafos. Porque solo su ego es más grande que su infinita pereza.
Me incluyo entre las dos generaciones; comparto, sufro y cada día lucho contra esos males que son los míos también. Porque la red luminosa es como un gran agujero negro que chupa todo lo que anda a su alrededor. La naturaleza sustituta comienza chupando el cerebro, luego el cuerpo y finalmente chupa al orgulloso individuo que ha dejado de ser un individuo.
***
Los conservadores más reaccionarios siempre estigmatiza todo lo intelectual y a todo intelectual que cuestione su concepto de realidad. Uno de sus placeres principales consiste en pensar y declarar sobre la inferioridad intelectual de los intelectuales. En muchos países suelen encabezar la lista de los diez idiotas más idiotas.
A los reaccionarios que confunden la realidad con lo que ven y lo que ven con lo que piensan que ven los obsesiona la necesidad de poseer una idea realista del universo, casi tan realista como la perspectiva que tienen los caballos y las vacas en el campo.
Como si el concepto de realidad de estos reaccionarios fuese la realidad misma y no una ilusión petrificada que en cerebros calcinados adquiere aspecto de una realidad incuestionable. Incuestionables como la planicie de la Tierra, las inmensas tortugas que sostenían el mundo, las brujas que producían mal tiempo y por lo cual en la vieja Europa se solían torturar hasta la muerte o simplemente quemarlas en la hoguera en nombre de la verdad y en defensa de la realidad.
***
Los arengadores radiales, portavoces e incitadores de la derecha norteamericana, se burlan del tono y del estilo de voz de Bill Clinton y de Noam Chomsky. Se ríen y se burlan con el tono y el estilo de voz de los pastores protestantes en plena faena.
***
Hace por lo menos diez mil años los mercados eran el centro de la vida de los pueblos. Allí se juntaban los colores y los olores de la experiencia humana, las ideas y las pasiones, el dinero y la plegaria al Supremo, la duda y la certeza.
Hace por lo menos diez mil años las artes y las religiones, las ciencias y las ideas, los idiomas y las historias se traficaban con las alfombras y los dátiles, las pieles y las perlas, la sal y el azúcar, los cuchillos y los espejos.
Ahora los mercados son historia silenciosa o ruidoso recurso de los turistas. Algo queda de lo que fue. Aunque sea una sombra colorida, un rumor bullicioso.
Ahora los mercados bursátiles son el centro donde van a morir las ideas y las pasiones, el dinero y la plegaria al Supremo, los idiomas y las historias, la experiencia humana y su memoria, la duda y la certeza.
Ahora los pueblos, si se pueden llamar pueblos, ahora los individuos, si se pueden llamar individuos, están ligados, enlazados a sus conexiones.
Ahora las redes sociales son los nuevos cementerios de la sociedad.
Sí, de vez en cuando es bueno visitar los cementerios, recordar familiares que ya no están, amigos que ya no son o no son lo que fueron.
Lo triste es quedarse a vivir allí en el cementerio, sin la experiencia humana, sin la vida de carne y hueso de las antiguas ciudades.
***
La historia, los pueblos, las masas, la propaganda masiva ha glorificado la guerra, ha honrado a sus soldados, ha venerado a sus héroes, ha premiado a sus administradores, ha agradecido a sus inventores, ha disculpado, ha protegido, ha perdonado a los promotores de crímenes en masa cuando no han tenido éxito ni han sido derrotados del todo, ha endiosado el pragmatismo de los estadistas que tuvieron éxito en perpetuar los peores crímenes contra la humanidad en nombre de alguna causa noble como Dios, la patria, la libertad o el derecho a la defensa propia luego que los enemigos se atrevieron a ejercer su derecho a la defensa propia.
Pero habrá que decirlo de forma más directa y objetiva. La guerra es una perfecta mierda. Y perdón por la palabra. La mierda no se merece semejante comparación. La mierda abona los huertos y las praderas y así produce y reproduce la vida. La guerra, en cambio, solo produce y reproduce muerte y más muerte.
Jorge Majfud, PhD
Mayo 2010

Crisis de los ricos, via crucis de los pobres

Lucas bebiendo

Image by Arguez via Flickr

Krise der Reichen, Kreuzweg für die Armen (German)

Crisi dei ricchi, via crucis dei poveri (Italian)

Crisis for the Rich, Via Crucis for the Poor (English)

Crisis de los ricos, via crucis de los pobres

Las teorías de la evolución después de Darwin asumen una dinámica de divergencias. Dos especies pueden derivar de una en común; cada tanto, estas variaciones pueden desaparecer de forma gradual o abrupta, pero nunca dos especies terminan confluyendo en una. No existe mestizaje sino dentro de la misma especie. A la larga, una gallina y un hombre son parientes lejanos, descendientes de algún reptil y cada uno significa una respuesta exitosa de la vida en su lucha por la sobrevivencia.

Es decir, la diversidad es la forma en que la vida se expande y se adapta a los diversos medios y condiciones. Diversidad y vida son sinónimos para la biósfera. Los procesos vitales tienden a la diversidad pero al mismo tiempo son la expresión de una unidad, la biósfera, Gaia, la exuberancia de la vida en lucha permanente por sobrevivir a su propio milagro en ambientes hostiles.

Por la misma razón la diversidad cultural es una condición para la vida de la humanidad. Es decir, y aunque podría ser una razón suficiente, la diversidad no se limita sólo a evitarnos el aburrimiento de la monotonía sino que, además, es parte de nuestra sobrevivencia vital como humanidad.

No obstante, hemos sido los humanos la única especie que ha sustituido la natural y discreta pérdida de especies por una artificial y amenazante exterminación, por la depredación industrial y por la contaminación del consumismo. Aquellos que sostenemos un posible aunque no inevitable “progreso de la historia” basado en el conocimiento y el ejercicio de la igual-libertad, podemos ver que la humanidad, tantas veces puesta en peligro de extinción por sí misma, ha logrado algunos avances que le ha permitido sobrevivir y convivir con su creciente fuerza muscular. Y aún así, nada bueno hemos agregado al resto de la naturaleza. En muchos aspectos, quizás en ese natural proceso de prueba y error, hemos retrocedido o nuestros errores se han vuelto exponencialmente peligrosos.

El consumismo es uno de esos errores. Ese apetito insaciable nada o poco tiene que ver con el progreso hacia una posible y todavía improbable era sin-hambre, post-escasez, sino con la más primitiva era de la gula y la codicia. No digamos con un instinto animal, porque ni los leones monopolizan la sabana ni practican el exterminio sistemático de sus victimas, y porque hasta los cerdos se sacian alguna vez.

La cultura del consumismo ha errado en varios aspectos. Primero, ha contradicho la condición antes señalada, pasando por encima de las diversidades culturales, sustituyéndolas por sus baratijas universales o creando una pseudo diversidad donde un obrero japonés o una oficinista alemana pueden disfrutar dos días de una artesanía peruana hecha en China o cinco días de las más hermosas cortinas venecianas importadas de Taiwán antes que se rompan por el uso. Segundo, porque también ha amenazado el equilibrio ecológico con sus extracciones ilimitadas y sus devoluciones en forma de basuras inmortales.

Ejemplos concretos podemos observarlos a nuestro alrededor. Podríamos decir que es una suerte que un obrero pueda disfrutar de las comodidades que antes les estaban reservadas sólo a las clases altas, las clases improductivas, las clases consumidoras. No obstante, ese consumo —inducido por la presión cultural e ideológica— se ha convertido muchas veces en la finalidad del trabajador y en un instrumento de la economía. Lo que por lógica significa que el individuo-herramienta se ha convertido en un medio de la economía como individuo-consumidor.

En casi todos los países desarrollados o en vías de ese “modelo de desarrollo”, los muebles que invaden los mercados están pensados para durar pocos años. O pocos meses. Son bonitos, tienen buena vista como casi todo en la cultura del consumo, pero si los miramos fijamente se rayan, pierden un tornillo o quedan en falsa escuadra. Ahora resulta un exotismo aquella preocupación de mi familia de carpinteros por mejorar el diseño de una silla para que durase cien años. Pero los nuevos muebles descartables no nos preocupan mayormente porque sabemos que han costado poco dinero y que, en dos o tres años vamos a comprar otros nuevos, lo que de paso da más interés y variación en la decoración de nuestras casas y oficinas y sobre todo estimulan la economía del mundo. Según la teoría en curso, lo que tiramos aquí ayuda al desarrollo industrial en algún país pobre. Por eso somos buenos, porque somos consumidores.

No obstante, esos muebles, aún los más baratos, han consumido árboles, han quemado combustible en su largo viaje desde China o desde Malasia. La lógica de “tírelo después de usar”, que es lo más razonable para una jeringa de plástico, se convierte en una ley necesaria para estimular la economía y mantener el PBI en perpetuo crecimiento, con sus respectivas crisis y fobias cuando su caída provoca una recesión del dos por ciento. Para salir de ella hay que aumentar la droga. Sólo Estados Unidos, por ejemplo, destina billones de dólares para que sus habitantes vuelvan a consumir, a gastar, para salir de la locura de la recesión y así el mundo pueda seguir girando, consumiendo y desechando.

Pero esos desechos, por baratos que sean —el consumismo está basado en mercaderías baratas, desechables, que hace casi inaccesible el reciclaje de productos duraderos— poseen trozos de madera, plástico, baterías, caños de hierro, tornillos, vidrio y más plástico. En Estados Unidos todo eso y algo más va a la basura —aún en este tiempo llamado “de gran crisis” por razones equívocas— y en los países pobres, los pobres van en busca de esa basura. A la larga, quien termina consumiendo toda la basura es la naturaleza mientras la humanidad sigue poniendo en suspenso sus cambios de hábitos para salir de la recesión primero y para sostener el crecimiento de la economía después.

Pero ¿qué significa “crecimiento de la economía”, ese dos o tres por ciento que obsesiona al mundo entero, de Norte a Sur y de Este a Oeste?

El mundo está convencido de que se encuentra en una terrible crisis. Pero el mundo siempre estuvo en crisis. Ahora es definida como crisis mundial porque (1) procede y afecta la economía de los más ricos; (2) el paradigma simplificado del desarrollo ha irradiado su histeria al resto del mundo, restándole legitimidad. Pero en Estados Unidos las personas siguen inundando las tiendas y los restaurantes y sus recortes no llegan nunca al hambre, aun en la gravedad de millones de trabajadores sin trabajo. En nuestros países periféricos una crisis significa niños en la calle pidiendo limosna. En Estados Unidos suele significar consumidores consumiendo un poco menos mientras esperan el próximo cheque del gobierno.

Para salir de esa “crisis”, los especialistas se exprimen el cerebro y la solución es siempre la misma: aumentar el consumo. Irónicamente, aumentar el consumo prestándole a la gente común su propio dinero a través de los grandes bancos privados que reciben la ayuda salvadora del gobierno. No se trata solo de salvar algunos bancos, sino, sobre todo, de salvar una ideología y una cultura que no sobreviven por sí solas sino en base a frecuentes inyecciones ad hoc: estímulos financieros, guerras que impulsan la industria y controlan la participación popular, drogas y diversiones que estimulan, tranquilizan y anestesian en nombre del bien común.

¿Realmente habremos salido de la crisis cuando el mundo retome un crecimiento del cinco por ciento mediante el estímulo del consumo en los países ricos? No estaremos preparando la próxima crisis, una crisis real —humana y ecológica— y no una crisis artificial como la que tenemos hoy? ¿Realmente nos daremos cuenta que ésta no es realmente una crisis sino sólo una advertencia, es decir, una oportunidad para cambiar nuestros hábitos?

Cada día es una crisis porque cada día elegimos un camino. Pero hay crisis que son una larga una via crusis y otras que son críticas porque, tanto para oprimidos como para opresores significa una doble posibilidad: la confirmación de un sistema o su aniquilación. Hasta ahora ha sido lo primero por faltas de alternativas a lo segundo. Pero nunca hay que subestimar a la historia. Nadie hubiese previsto jamás una alternativa al feudalismo medieval o al sistema de esclavitud. O casi nadie. La historia de los últimos milenios demuestra que los utópicos solían preverlo con exagerada precisión. Pero como hoy, los utópicos siempre han tenido mala fama. Porque es la burla y el desprestigio la forma que cada sistema dominante ha tenido siempre para evitar la proliferación de gente con demasiada imaginación.

Jorge Majfud

Lincoln University, febrero, 2009.

Crisi dei ricchi, via crucis dei poveri

Le teorie dell’evoluzione dopo Darwin assumono una dinamica divergente. Due specie possono discendere da una comune; ogni tanto, le specie stesse possono scomparire in forma graduale o drastica, ma mai due specie finiscono con il confluire in una sola. Non esiste meticciato se non all’interno della stessa specie. Nel lungo periodo, una gallina e un’uomo sono parenti lontani, discendenti di un qualche rettile ed entrambi rappresentano una risposta positiva della vita nella lotta per la sopravvivenza.

Cioé, la diversità è la forma in cui la vita si espande e si adatta ai diversi ambienti e alle diverse condizioni. Diversità e vita sono sinonimi per la biosfera. I processi vitali tendono alla diversità ma allo stesso tempo sono espressione di una unità, la biosfera, Gaia, l’esuberanza della vita nella sua permanente lotta per sopravvivere in ambienti ostili al suo stesso miracolo.

Per la stessa ragione la diversità culturale è un requisito per la vita dell’umanità. Ovvero, e comunque potrebbe essere una ragione sufficiente, la diversità non si limita solo a evitarci la noia della monotonia ma, inoltre, è parte della nostra sopravvivenza vitale come umanità.

Nonostante ciò, siamo stati noi esseri umani la unica specie che ha sostituito la naturale e prudente sostituzione di specie con un artificiale e minaccioso sterminio, con il saccheggio industriale e con la contaminazione del consumismo. Coloro tra noi che sostengono un possibile ma non inevitabile “progresso della storia” basato sulla conoscenza e l’esercizio dell’eguale-libertà, possono vedere che l’umanità, tante volte posta in pericolo di estinzione da se stessa, ha ottenuto alcuni successi che le hanno permesso di sopravvivere e di convivere con la propria crescente forza muscolare. E nonostante ciò, non abbiamo aggiunto niente di buono al resto della natura. In molti aspetti, in questo naturale processo di prove ed errori, forse siamo andati indietro o i nostri errori sono diventati esponenzialmente più pericolosi.

Il consumismo è uno di questi errori. Questo appetito insaziabile ha poco o niente a che fare con il progresso verso una possibile e comunque improbabile era senza-fame, post-scarsità, piuttosto ha a che vedere con una più primitiva era della gola e dell’avidità. Non diciamo che ha a che fare con un istinto animale, perchè nemmeno i leoni monopolizzano la savana né praticano lo sterminio sistematico delle proprie vittime, e perchè perfino i maiali si saziano solo di tanto in tanto.

La cultura del consumismo ha mostrato i suoi limiti in vari aspetti. Primo, ha contraddetto la condizione prima segnalata, superando le diversità culturali, sostituendole con i suoi ninnoli universali o creando una pseudo diversità dove un operaio giapponese o una meccanica tedesca possono utilizzare per due giorni un oggetto di artigianato peruviano fatto in Cina o possono godere cinque giorni della più bella tendina veneziana importata da Taiwan prima che si rompano per l’uso eccessivo. Secondo, perchè ha anche minacciato l’equilibrio ecologico con le sue estrazioni illimitate e le sue restituzioni sotto forma di spazzatura immortale.

Esempi concreti possiamo osservarli attorno a noi. Potremmo dire che è una fortuna che un operaio possa apprezzare le comodità che prima erano riservate solo alle classi agiate, le classi improduttive, le classi consumatrici. Nonostante ciò, questo consumo –indotto dalla pressione culturale e ideologica- si è convertito molte volte nella finalità del lavoratore e in uno strumento dell’economia. Il che, a rigor di logica, significa che l’individuo-strumento si è convertito in un mezzo dell’economia in quanto individuo-consumatore.

In quasi tutti i paesi sviluppati o in via di questo “modello di sviluppo”, i mobili che invadono i mercati sono pensati per durare pochi anni. O pochi mesi. Sono carini, hanno un bell’aspetto come quasi tutto nella cultura del consumo, ma se li fissiamo a lungo si rigano, perdono una vite o sono squadrati. Ogni giorno di più risulta esotica la preocupazione della mia familia di carpentieri per migliorare il disegno di una sedia perchè durasse cent’anni. Dei nuovi mobili usa-e-getta non ci si preoccupa molto perchè sappiamo che sono costati poco e che, in due o tre anni ne compreremo degli altri nuovi, il che comporta maggior interesse e trasformazione nella decorazione delle nostre case e dei nostri uffici e soprattutto stimola l’economia mondiale. Secondo la teoria in corso, ciò che buttiamo qui aiuta lo sviluppo industriale in qualche paese povero. Per questo ci sentiamo buoni, perchè siamo consumatori.

Ma questi mobili, anche quelli più economici, hanno consumato alberi, hanno bruciato combustibile nel loro lungo viaggio dalla Cina o dalla Malesia. La logia del “butto dopo aver usato”, che è la cosa più ragionevole per una siringa di plastica, diventa una legge necessaria per stimolare l’economia e mantenere il PIL in perpetua crescita, con le sue rispettive crisi e fobie quando la caduta provoca una recessione del due per cento. Per uscire dalla crisi bisogna aumentare la droga. I soli Stati Uniti, per esempio, destinano milioni di dollari perchè i suoi abitanti ritornino a consumare ed a spendere, destinano milioni di dollari per uscire dalla disperazione della recessione in modo che così il mondo possa continuare a girare, consumare e buttare.

Ma questi rifiuti, pur economici che siano –il consumismo è basato su della mercanzia economica, usa-e-getta, che rende quasi impossibile il riciclaggio di prodotti durevoli- possiedono pezzi di legno, plastica, batterie, canne di ferro, viti, vetro e ancora plastica. Negli Stati Uniti tutto ciò e anche di più va nella spazzatura –anche in questo tempo chiamato per ragioni equivoche “di grande crisi” – mentre nei paesi poveri, i poveri vanno alla ricerca della stessa spazzatura. Alla lunga, chi finisce con il consumare tutta la spazzatura è la natura mentre l’umanità continua a sospendere i cambiamenti nel proprio stile di vita al fine di uscire dalla recessione e al fine di sostenere la crescita dell’economia.

Ma cosa significa “crescita economica”, cosa significa questo due o tre per cento che ossessionano tutto il mondo, da Nord a Sud da Est a Ovest?

Il mondo è convinto che si trova in una terribile crisi. Ma il mondo è sempre stato in crisi. Ora la crisi è definita come mondiale perché (1) avanza e colpisce l’economia dei più ricchi; (2) il semplificato paradigma dello sviluppo ha diffuso la propria isteria al resto del mondo, contribuendo a darle legittimità. Ma negli Stati Uniti le persone continuano ad innondare i negozi e i ristoranti e i loro tagli non implicano mai la fame, sebbene siano in una situazione di gravità in cui milioni di lavoratori si trovano senza lavoro. Nei nostri paesi periferici una crisi significa bambini per la strada a chiedere elemosina. Negli Stati Uniti vuol dire consumatori che consumano un po’ meno mentre aspettano il prossimo ticket del governo.

Per uscire da questa “crisi”, gli specialisti si strizzano il cervello e la soluzione risulta sempre la stessa: aumentare il consumo. Ironicamente, aumentare il consumo prestando alla gente comune il suo stesso denaro attraverso le grandi banche private che ricevono l’aiuto salvifico del governo. Non si tratta solo di salvare alcune banche, ma, soprattutto, di salvare una ideologia e una cultura che da sole non sopravviverebbero se non ricevessero frequenti iniezioni ad hoc: stimoli finanziari, guerre che promuovono l’industria e controllano la partecipazione popolare, droghe e diversioni che stimolano, tranquillizzano e anestetizzano in nome di un bene comune.

Usciremo veramente dalla crisi quando il mondo ricomincerà una crescita del cinque per cento attraverso lo stimolo del consumo nei paesi ricchi? Non staremo preparando la prossima crisi?, una crisi reale –umana ed ecologica- e non una crisi artificiale come quella che subiamo oggi? Quando ci renderemo conto che questa non è veramente una crisi ma solo un’avvertenza, ovvero una opportunità per cambiare le nostre abitudini?

Ogni giorno rappresenta una crisi perchè ogni giorno scegliamo un percorso. Ma ci sono crisi che sono una lunga via crucis e altre che sono critiche perchè, sia per gli oppressi che per gli oppressori comportano una doppia possibilità: la conferma di un sistema o il suo annichilimento. Finora la prima ha prevalso sul secondo per mancanza di alternative. Ma non bisogna mai sottostimare la storia. Nessuno avrebbe mai pensato ad una alternativa al feudalesimo medioevale o al sistema schiavista. O quasi nessuno. La storia degli ultimi millenni dimostra che gli utopici l’avevano previsto con una precisione esagerata. Ma, come ai giorni nostri, gli utopici hanno sempre goduto di una cattiva fama. Perchè sono la denigrazione e il discredito le forme che ciascun sistema dominante ha sempre avuto per evitare la proliferazione di gente con troppa immaginazione.

di Jorge Majfud

Lincoln University

Febbraio 2009

Traduzione di Ruggero Fornoni

Niemals darf die Geschichte unterschätzt werden

Krise der Reichen, Kreuzweg für die Armen


Jorge Majfud

Übersetzt von  Isolda Bohler

Die Evolutionstheorien nehmen nach Darwin eine Dynamik von Meinungsverschiedenheiten an. Zwei Arten können von einer gemeinsamen abstammen; immer wieder können diese Variationen allmählich oder abrupt verschwinden, aber niemals werden sich zwei Spezies zu einer vereinigen. Es gibt nur innerhalb der gleichen Spezies Artenmischung. Auf die Dauer gesehen sind die Henne und ein Mensch weitläufig verwandt, Nachkommen von irgendeinem Reptil und jeder von ihnen bedeutet eine erfolgreiche Antwort des Lebens im Kampf um sein Überleben.

Das heißt, die Vielfalt ist eine Form, in der sich das Leben entfaltet und sich an die verschiedenen Umweltbedingungen anpasst. Vielfalt und Leben sind für die Biosphäre Synonyme. Die lebenswichtigen Prozesse neigen zur Verschiedenartigkeit, aber sie sind gleichzeitig der Ausdruck einer Einheit, der Biosphäre. Gaia, die Überfülle des Lebens im permanenten Kampf um ihre eigenes Wunder in einer feindlichen Umgebung zu überleben.

Aus dem selben Grund ist die kulturelle Vielfalt eine Bedingung für das Leben der Menschheit. Das heißt, obwohl es ein ausreichender Grund wäre, begrenzt sich die Verschiedenartigkeit nicht nur darauf, uns vor der Langeweile der Monotonie zu bewahren, sondern sie ist außerdem Teil von unserem vitalen Überleben als Menschheit.

Trotzdem waren wir, die Menschen, die einzige Art, die den natürlichen und diskreten Verlust von Arten durch eine künstliche und bedrohliche Ausrottung ersetzt hat, durch die industrielle Verwüstung und durch die Umweltverschmutzung des Konsumdenkens. Jene, die wir einen möglichen, wenngleich nicht unvermeidlichen „Fortschritt in der Geschichte“ aufrechterhalten, der auf der Kenntnis und der Ausübung von Gleichheit – Freiheit basiert, können sehen, dass die Menschheit, die sich so viele Male aus eigenem Verschulden in der Gefahr des Aussterbens befand, einiges an Fortschritten erreichte, die ihr zu überleben und mit ihrer wachsenden Muskelkraft zusammenzuleben erlaubten. Und obgleich dies so ist, haben wir nichts Gutes dem Rest der Natur hinzugefügt. In vielen Aspekten haben wir uns vielleicht in diesem natürlichen Prozess der Prüfung und des Irrtums zurückentwickelt oder unsere Irrtümer sind zu großen Gefahren geworden.

Der Konsumzwang ist einer dieser Fehler. Dieser unersättliche Appetit hat nichts oder wenig mit dem Fortschritt auf eine mögliche oder noch unwahrscheinliche Ära ohne Hunger, post-Mangel, zu tun, sondern mit der primitivsten Ära der Gefräßigkeit und der Habsucht. Wir können nicht einmal sagen, aus einem tierischen Instinkt heraus, denn die Löwen monopolisieren weder die Savanne, noch praktizieren sie die systematische Ausrottung ihrer Opfer und sogar die Schweine fressen sich manchmal satt.

Die Kultur des Konsumdenkens irrte sich in verschiedenen Aspekten. Zuerst widersprach sie der zuvor aufgezeigten Bedingung, ging über die kulturellen Verschiedenheiten hinweg, indem sie die durch ihren universellen Schund ersetzte oder eine Pseudovielfalt schuf, mit der sich ein japanischer Arbeiter oder eine deutsche Büroangestellte zwei Tage an peruanischem Kunsthandwerk, hergestellt in China, erfreuen kann oder fünf Tage an den schönsten aus Taiwan importierten venezianischen Vorhängen, ehe sie durch den Gebrauch zerreißen. Zweitens, weil sie auch mit ihren unbegrenzten Extraktionen und ihren Rückgaben in Form von umweltbelastendem „unsterblichem“ Müll das ökologische Gleichgewicht bedrohten.

Konkrete Beispiele können wir in unserer Umgebung beobachten. Wir könnten sagen, es ist ein Glück, dass sich ein Arbeiter an den Bequemlichkeiten erfreuen kann, die früher nur für die obere Klasse reserviert waren, den unproduktiven Klassen, der Konsumentenklasse. Aber dieser Konsum – durch kulturellen und ideologischen Druck irregeführt – ist oft zum Zweck der Arbeit des Arbeiters und zu einem Wirtschaftsinstrument geworden. Was logischerweise bedeutet, dass sich das Individuum – Werkzeug in ein Mittel der Wirtschaft als Individuum – Kosument verwandelte.

In fast allen entwickelten Ländern oder in solchen, auf dem Weg zu diesem „Entwicklungsmodell“, sind die Möbel, die die Märkte überfluten, dafür gedacht, wenige Jahre zu halten. Oder wenige Monate. Sie sind hübsch, schön anzuschauen, wie fast alles in der Kultur des Konsums; wenn wir sie aber genau betrachten, bekommen sie Kratzer, verlieren eine Schraube oder verziehen sie sich. Jetzt kommen mir jene Sorgen meiner Familie von Schreinern, das Design eines Stuhles zu verbessern, damit der hundert Jahre halten konnte, fremd und sonderbar vor. Aber die neuen Wegwerfmöbel beunruhigen die Mehrheit nicht, denn wir wissen, dass sie wenig Geld kosteten und wir in zwei oder drei Jahren neue kaufen werden, was nebenbei mehr Abwechslung in unsere Häuser und Büros bringt, sie interessanter macht und v.a. kurbeln sie die Weltwirtschaft an. Gemäß der zur Zeit laufenden Theorie hilft das, was wir hier wegwerfen, der industriellen Entwicklung in einem armen Land. Deshalb handeln wir gut, denn wir sind Konsumenten.

Aber diese Möbel, auch die billigsten, konsumierten Bäume, verbrannten Brennstoffe im Laufe ihrer Reise von China oder von Malaysia. Die Logik von „nach Gebrauch wegwerfen“, die für eine Plastikspritze das vernünftigste ist, wird zu einem notwendigen Gesetz für den  wirtschaftlichen Anreiz und zum Erhalt des BSP durch ständiges Wachstum, mit ihren jeweiligen Krisen und Phobien, wenn ihr Fallen eine Rezession von zwei % hervorruft. Um aus ihr herauszukommen, muss die Droge erhöht werden. Nur die USA beispielsweise bestimmen zwei Billionen Dollar, damit ihre Bewohner wieder konsumieren, wieder Geld ausgeben, um aus der Verrücktheit der Rezession herauszukommen und so kann sich die Welt weiter drehen, konsumierend und wegwerfend.

Aber diese Abfälle, auch wenn sie noch so billig sind, – der Konsumzwang basiert auf billigen Wegwerf- Handelswaren, die fast das Recycling von dauerhaften Produkten unerreichbar machen – bestehen aus Stücken von Holz, Plastik, Batterien, Eisenrohren, Schrauben, Glas und noch mehr Plastik. In den USA geht all dies und etwas mehr in den Müll – obgleich in dieser Zeit der aus falschen Gründen sogenannten „großen Krise“ – und in den armen Ländern, suchen die Armen in diesem Müll. Wer auf die Dauer den ganzen Müll konsumieren wird, ist die Natur, während die Menschheit weiterhin das Verändern ihrer  Gewohnheiten in der Schwebe hält, um zuerst aus der Rezession zu kommen und danach das Wirtschaftswachstum aufrechterhalten zu können,.

Aber was bedeutet „wirtschaftliches Wachstum“? Diese zwei oder drei %, die der ganzen Welt von Nord nach Süd und von Ost nach West keine Ruhe lassen?

Die Welt ist davon überzeugt, dass sie sich in einer schrecklichen Krise befindet. Aber die Welt befand sich immer in Krise. Jetzt wird sie als eine weltweite Krise definiert, denn (1) kommt sie von der Wirtschaft der Reichen und betrifft diese; (2) strahlte das vereinfachte Paradigma der Entwicklung seine Hysterie auf den Rest der Welt aus, ihr Legitimität entziehend. Aber in den USA überschwemmen die Leute weiterhin die Läden und die Restaurants und die Kürzungen erreichen nie den Hunger, sogar in der schweren Situation  von Millionen arbeitsloser Arbeiterinnen und Arbeiter. In unseren peripheren Ländern bedeutet eine Krise, Kinder auf der Straße, die um Almosen bitten. In den USA bedeutet sie, ein bisschen weniger konsumierende Konsumenten, während sie auf den nächsten Scheck der Regierung warten.

Die Spezialisten strengen ihr Gehirn an, wie aus dieser „Krise“ herauszukommen ist und die Lösung ist immer die gleiche: Der Konsum. Ironischerweise bedeutet den Konsum zu steigern, den gemeinen Leuten ihr eigenes Geld durch die großen Privatbanken zu leihen, denen die Regierung die rettende Hilfe zukommen lässt. Es handelt sich nicht nur um die Rettung einiger Banken, sondern v.a. um die Rettung einer Ideologie und einer Kultur, die nicht für sich allein überlebt, sondern nur aufgrund der häufigen ad hoc Injektionen: Finanzielle Anreize, Kriege, die die Industrie antreiben und die Teilnahme des Volks kontrollieren, Drogen und Vergnügungen, die im Namen des gemeinsamen Guten anregen, beruhigen und betäuben.

Sind wir wirklich aus der Krise gekommen, wenn die Welt wieder fünf % Wachstum mittels des Konsumanreizes in den reichen Ländern annimmt? Werden wir so nicht die nächste Krise vorbereiten, eine reale Krise – für die Menschen und die Ökologie – und keine künstliche Krise, wie die von heute? Werden wir wirklich merken, dass es tatsächlich keine Krise ist, sondern nur eine Warnung, d.h. eine Gelegenheit, unsere Gewohnheiten zu ändern?

Jeder Tag ist eine Krise, weil wir jeden Tag einen Weg wählen. Aber es gibt Krisen, die ein langer Leidensweg sind und andere, die Beurteilungen sind; denn sowohl für die Unterdrückten als auch für die Unterdrücker bedeuten sie eine doppelte Möglichkeit: Die Bestätigung eines Systems oder ihre Vernichtung. Bis jetzt war es die erste wegen des Fehlens von Alternativen für die zweite. Aber niemals sollte die Geschichte unterschätzt werden. Niemals hätte jemand eine Alternative zum mittelalterlichen Feudalismus oder zum Sklavensystem vorhergesehen. Oder fast niemand. Die Geschichte der letzten Jahrtausende zeigt, dass die Utopien sie mit übertriebener Genauigkeit vorherzusehen pflegten. Aber, wie auch heute, hatten die Utopisten einen schlechten Ruf. Da der Spott und die Herabsetzung die Form ist, die jedes herrschende System immer benutzte, um die Ausbreitung von Leuten mit zu viel Vorstellungskraft zu verhindern.

Jorge Majfud

Lincoln University

Crise pour les riches,

chemin de croix pour les pauvres

Auteur:  Jorge Majfud

Traduit par  Isabelle Rousselot, révisé par Fausto Giudice

Les théories de l’évolution post-Darwinienne supposent une dynamique de divergences. Deux espèces peuvent avoir pour origine une espèce commune ; de temps en temps, ces variations peuvent disparaître de façon progressive ou soudaine, mais deux espèces ne finissent jamais par confluer  en une seule. In n’y a de métissage possible qu’au sein de la même espèce. Sur la longue durée, la poule et l’ homme sont des parents éloignés, tous deux descendants d’un reptile et chacun d’eux offre une réponse réussie de la vie dans sa lutte pour la survie.

En d’autres mots, la diversité est la forme dans laquelle la vie se développe et s’adapte aux divers environnements et conditions. La diversité et la vie sont synonymes pour la biosphère. Les processus vitaux tendent à la diversité mais en même temps, ils sont l’expression d’une unité, la biosphère, Gaia, l’exubérance de la vie dans sa lutte permanente pour la survie de son propre miracle dans des environnements hostiles.

Pour la même raison, la diversité culturelle est une des conditions à la vie de l’humanité. C’est-à-dire, et bien que cela puisse être une raison suffisante, la diversité ne se borne pas seulement à éviter l’ennui de la monotonie mais elle prend part en plus, de façon primordiale, à notre survivance en tant qu’humanité.

Néanmoins, nous, les êtres humains, sommes la seule espèce à avoir remplacé la perte naturelle et discrète des espèces par une extermination artificielle et dangereuse, avec une dégradation industrielle et la pollution du consumérisme. Ceux d’entre nous qui soutiennent un « progrès de l’histoire » possible même s’il nest pas inévitable, fondé sur le savoir et sur l’exercice de l’égal-liberté, peuvent voir que l’humanité, qui se place si souvent, elle-même, en danger d’extinction, a réalisé certaines avancées qui lui ont permis de survivre et de coexister avec son pouvoir musculaire croissant. Et ceci même si nous n’avons rien rajouté de bon au reste de la nature. À bien des égards, peut-être avons-nous, dans ce processus naturel d’expériences, régressé ou nos erreurs sont –elles devenues, de façon exponentielle, plus dangereuses.

Le consumérisme est une de ces erreurs. Cet appétit insatiable n’a peu ou rien à voir avec l’évolution vers une époque sans famine, post-pénurie, possible bien que peu probable et a, au contraire, tout à voir avec une ère plus primitive de cupidité et de gloutonnerie. On ne peut pas parler d’un instinct animal car même les lions n’accaparent pas la savane ni ne pratiquent une extermination systématique de leurs victimes et même les cochons connaissent parfois la satiété.

La culture de la société de consommation s’est fourvoyée de plusieurs façons. Premièrement, elle a contredit la condition susmentionnée, traversant les diversités culturelles, les remplaçant par ses babioles universelles ou créant une pseudo-diversité où un ouvrier japonais ou un employé de bureau allemand peuvent profiter pendant deux jours d’un produit de l’artisanat péruvien traditionnel fabriqué en Chine, ou pendant cinq jours, de magnifiques rideaux vénitiens importés de Taïwan, avant qu’ils ne se délabrent et ne soient plus utilisables. Deuxièmement, car elle a aussi menacé l’équilibre écologique avec ses extractions illimitées et ses rejets sous la forme de déchets immortels.

Nous pouvons en observer des exemples concrets tout autour de nous. Nous pouvons dire que c’est une chance qu’un travailleur puisse bénéficier des produits qui étaient auparavant réservés aux classes supérieures, aux classes improductives, aux classes consommatrices. Pourtant, cette consommation – provoquée par la pression culturelle et idéologique – a souvent été transformée en finalité du travailleur et en un instrument de l’économie. Ce qui signifie logiquement que l’individu en tant qu’outil a été transformé en un moyen de l’économie en tant qu’individu-consommateur.

Dans pratiquement tous les pays développés, ou ceux qui suivent ce « modèle de développement », le mobilier qui envahit les marchés, n’est pas prévu pour durer plus de quelques années. Ou quelques mois. Les objets du mobilier sont jolis, ils paraissent beaux comme presque tout dans la culture de la consommation, mais si on les regarde de plus près, ils sont rayés, il leur manque une vis ou ils sont un peu de travers. La préoccupation de ma famille de menuisiers d’améliorer la conception d’une chaise afin qu’elle dure une centaine d’années, paraît aujourd’hui exotique. Mais le nouveau mobilier jetable ne nous inquiète pas trop car nous savons qu’il nous coûte peu et que, dans deux ou trois ans, nous allons acheter de nouvelles choses, qui apporteront du coup un nouvel intérêt et du changement dans la décoration de nos maisons et bureaux et surtout, qui stimuleront l’économie mondiale. Selon la théorie actuelle, ce que nous jetons aide le développement industriel de certains pays pauvres. Donc nous sommes bons car nous sommes des consommateurs.

Et pourtant, ces objets de mobilier, même les meilleur marché, ont consommé des arbres et brûlé du carburant pendant leur long voyage depuis la Chine ou la Malaisie. La logique du « jeter après usage » qui est plutôt raisonnable lorsqu’il s’agit de seringues en plastique, devient une loi nécessaire pour stimuler l’économie et maintenir la croissance perpétuelle du PIB, avec les crises et les phobies qui l’accompagnent à chaque fois que sa chute provoque une récession de 2 %. Afin d’échapper à la récession, il faut augmenter la dose de drogue. Les USA à eux seuls, par exemple, consacrent des milliards de dollars pour que leurs résidents puissent continuer à consommer, à dépenser afin d’échapper à la folie de la récession et ainsi permettre au monde de continuer à tourner, à consommer et à jeter.

Mais ces rebuts, aussi bon marché qu’ils soient – le consumérisme est basé sur une marchandise bon marché, jetable qui rend le recyclage des produits durables presque inabordable – comprennent des morceaux de bois, de plastique, des piles, des vis, du verre et plus de plastique. Aux USA, tout cela et plus encore va à la poubelle – même dans cette période de ce qu’on appelle la « grande crise » pour des raisons douteuses – et aux pays pauvres, les pauvres qui vont récupérer ces déchets. À long terme, celle qui se retrouve à consommer tous ces déchets est la nature, tandis que l’humanité continue à reporter à plus tard tout changement de ses habitudes afin de, d’abord, sortir de la récession et pour, plus tard, soutenir la croissance de l’économie.

Mais quelle est la signification de cette « croissance de l’économie » de 2 à 3 % qui obsède le monde entier, du nord au sud et d’est en ouest ?

Le monde est convaincu de se trouver dans une crise terrible. Mais le monde a toujours été en crise. Maintenant la crise est définie comme étant mondiale car 1) elle a pour origine et affecte l’économie des plus riches ; 2) le paradigme simplifié du développement a irradié son hystérie dans le reste du monde, sapant sa légitimité. Mais aux USA les gens continuent d’envahir les magasins et les restaurants et leurs restrictions n’entraînent jamais la faim, même dans les cas les plus graves où des millions de travailleurs se retrouvent sans emploi. Dans nos pays périphériques, une crise signifie que des enfants mendient dans les rues. Aux USA, cela signifie plutôt que les consommateurs consomment un peu moins en attendant le prochain chèque du gouvernement.

Afin de sortir de cette « crise », les experts se creusent la cervelle et arrivent toujours à la même solution : augmenter la consommation. Ironiquement, augmenter la consommation signifie prêter aux gens ordinaires leur propre argent à travers les grosses banques privées qui reçoivent de l’aide du gouvernement. Il ne s’agit pas seulement de sauver quelques banques mais, surtout, de sauver une idéologie et une culture qui ne peuvent pas survivre seules sans injections fréquentes et de circonstance : stimulant financier, guerres pour promouvoir l’industrie et contrôler la participation populaire, drogues et divertissements qui stimulent, calment et anesthésient au nom du bien commun.

Serons-nous vraiment sortis de la crise quand le monde sera revenu à un taux de croissance de  5 % à travers la stimulation de la consommation dans les pays riches ? N’allons-nous pas préparer le terrain pour la prochaine crise, une vraie crise cette fois – humaine et écologique – et non pas une crise artificielle comme celle que nous traversons maintenant ? Allons-nous enfin réaliser que celle-ci n’est pas une vraie crise mais juste un avertissement, c’est à dire, une occasion de changer nos habitudes ?

Chaque jour est une crise car chaque jour nous choisissons une voie.  Mais il y a des crises qui sont un long chemin de croix et d’autres qui sont décisives car, pour l’opprimé comme pour l’oppresseur, elles offrent une alternative : la confirmation d’un système ou son annihilation. Pour l’instant, c’est la première possibilité qui se produit à cause d’un manque d’alternatives à la seconde. Mais on ne doit jamais sous-estimer l’histoire. Personne n’aurait pu prévoir une alternative au féodalisme médiéval ou au système de l’esclavage. Enfin, presque personne. L’histoire du dernier millénaire démontre que les utopistes prévoient généralement l’avenir avec une précision exagérée. Mais, et c’est toujours le cas aujourd’hui, les utopistes ont toujours eu mauvaise réputation. Car la dérision et la décrédibilisation sont la forme qu’utilisent les systèmes dominants pour éviter la prolifération des gens avec trop d’imagination.

Jorge Majfud

Lincoln University

Crisis for the Rich, Via Crucis for the Poor

Theories of evolution after Darwin assume a dynamic of divergences. Two species can derive from one in common; every now and then, these variations can disappear gradually or abruptly, but two species never end up flowing together into one. There is no mixing except within a given species. In the long view, a hen and a man are distant relatives, descendants of some reptile, and each one represents a successful response by life in its struggle for survival.

In other words, diversity is the form in which life expands and adapts to diverse environments and conditions. Diversity and life are synonymous for the biosphere. Vital processes tend toward diversity but at the same time they are the expression of a unity, the biosphere, Gaia, the exuberance of life in permanent struggle for the survival of its own miracle in hostile surroundings.

For the same reason, cultural diversity is a condition for the life of humanity. That is to say, and even though it might be motive enough in itself, diversity is not limited merely to avoiding the boredom of monotony but instead is, besides, part of our vital survival as humanity.

Nevertheless, we humans are the only species that has replaced the natural and discrete loss of species with an artificial and threatening extermination, with industrial depredation and with the pollution of consumerism. Those of us who insist on a possible though not inevitable “progress of history” based on knowledge and the exercise of equal-liberty, can see that humanity, so often placing itself in danger of extinction, has achieved some advances that have allowed it to survive and abide its growing muscular power. And even so, we have added nothing good to the rest of nature. In many respects, perhaps in that natural process of trial and error, we have regressed or our errors have become exponentially more dangerous.

Consumerism is one of those errors. That insatiable appetite has little or nothing to do with progress toward a possible and yet improbable post-scarcity, hunger-free era, and everything to do with the more primitive era of greed and gluttony. Let’s not say with an animal instinct, because not even lions monopolize the savanna or practice systematic extermination of their victims, and because even pigs are sated sometimes.

The culture of consumerism has erred in several ways. First, it has contradicted the aforementioned condition, passing over cultural diversities, substituting them for its universal trinkets or creating a pseudo-diversity where a Japanese laborer or German office worker can enjoy for two days a piece of traditional Peruvian craftwork made in China, or for five days the most beautiful Venetian curtains imported from Taiwan, before they fall apart from use. Second, because it also has threatened the ecological balance with its unlimited extractions and its returns in the form of immortal garbage.

We can observe concrete examples all around us. We might say that it is good fortune that a worker could enjoy commodities that previously were reserved only for the upper classes, the unproductive classes, the consumer classes. Nonetheless, that consumption – induced by cultural and ideological pressure – often has been turned into the very purpose of the worker and an instrument of the economy. Which logically means that the individual-as-tool has been turned into a means of the economy as individual-as-consumer.

In almost all of the developed countries, or those following that “model of development,” the furniture that invades the markets is intended to last only a few years. Or a few months. The furniture items are pretty, they look good just like almost everything in the culture of consumption, but if we look closely they are scratched, missing a screw or our out of square. That preoccupation of my family of carpenters with improving the design of a chair so that it might last a hundred years turns out to be exotic now. But the new disposable furniture does not worry us too much because we know that it costs little and that, in two or three years we are going to buy some more new stuff, which happens to provide more interest and variation in the decoration of our homes and offices and above all stimulates the world economy. According to the current theory, what we throw away here aids the industrial development of some poor country. Thus we are good, because we are consumers.

And yet, those furniture items, even the cheapest ones, have consumed trees and burned up fuel in their long journey from China or from Malaysia. The logic of “dispose of it after use,” which is most reasonable for a plastic syringe, becomes a necessary law for stimulating the economy and maintaining the perpetual growth of GDP, with its respective crises and phobias whenever its fall provokes a recession of two percent. In order to escape the recession one must increase the dosage of the drug. The United States alone, for example, dedicates billions of dollars so that its residents might continue to consume, to spend, in order to escape the madness of the recession and thus allow the world to continue to turn, consuming and discarding.

But those discards, as cheap as they may be – consumerism is based on cheap, disposable merchandise that makes the recycling of durable products almost inaccessible – possess bits of wood, plastic, batteries, steel pipe, screws, glass and more plastic. In the United States all of that and more goes into the garbage – even in this time of what is called “great crisis” for the wrong reasons – and in the poor countries, the poor go out looking for that garbage. Over the long term, the one who ends up consuming all the garbage is nature, while humanity continues to suspend its changes of habit in order to get out of the recession first and in order to sustain the growth of the economy later.

But what is the meaning of “growth of the economy,” that two or three per cent with which the whole world is obsessed, from North to South and East to West?

The world is convinced that it finds itself in a terrible crisis. But the world was already in crisis. Now the crisis is defined as worldwide because 1) it proceeds from and affects the economy of the wealthiest; 2) the simplified paradigm of development has radiated its hysteria out to the rest of the world, undermining its legitimacy. But in the United States people are still flooding the stores and restaurants and their cut backs never involve hunger, even in the gravest cases of the millions of workers without jobs. In our peripheral countries a crisis means children begging in the streets. In the United States it tends to mean consumers consuming a little less while they await the next government check.

In order to get out of that “crisis,” the experts squeeze their brains and the solution is always the same: increase consumption. Ironically, increasing consumption by lending regular people their own money through the big private banks that receive rescue aid from the government. It’s not only a matter of saving a few banks, but, above all, of saving an ideology and culture that cannot survive on their own without frequent ad hoc injections: financial stimulus, wars that promote industry and control popular participation, drugs and entertainment that stimulate, tranquilize and anaesthetize in the name of the common good.

Will we have really emerged from the crisis when the world returns to a five percent growth rate through the stimulation of consumption in the wealthy countries? Will we not be laying the ground for the next crisis, a real – human and ecological – crisis and not an artificial crisis like the one we have now? Will we truly realize that this one is not truly a crisis but just a warning, which is to say, an opportunity for changing our habits?

Every day is a crisis because every day we choose a road. But there are crises that are a long via crucis and others that are critical because, for oppressed and oppressors alike, it means a double possibility: the confirmation of a system or its annihilation. So far it has been the first because of a lack of alternatives to the second. But one must never underestimate history. Nobody could have ever foreseen an alternative to medieval feudalism or to the system of slavery. Or almost nobody. The history of the most recent millennia demonstrates that utopians usually foresee the future with an exaggerated precision. But like today, the utopians have always had a bad reputation. Because mockery and disrepute are the form that every dominant system has always used to avoid the proliferation of people with too much imagination.

Dr. Jorge Majfud

Febrero, 2009

Lincoln University

Translated by

Dr. Bruce Campbell

St. John’s University

Canibalismo social

south cone satellital images from NASA Blue Ma...

Image via Wikipedia

Canibalismo social

La semana pasada los controladores aéreos españoles realizaron una huelga que originó la suspensión de vuelos por varios días. Miles fueron afectados. Más allá de las pérdidas millonarias de las compañías aéreas, de las cuales no nos vamos a lamentar, muchas otras personas comunes, como nosotros, tuvieron perjuicios irreparables en sus propios trabajos.

El sindicato protestaba (por usar un eufemismo políticamente correcto) para mejorar la dignidad de su trabajo, aunque no negociaron tocar los sueldos que van desde 200 a 900 mil euros anuales. El salario promedio es tres veces el sueldo del presidente del gobierno español y muy superior al de los controladores ingleses y alemanes que rondan los 80 mil euros anuales.

Como en cualquier país medianamente democrático, los trabajadores tienen un justo derecho a la protesta y a la huelga. Tal vez el problema está en las diferentes culturas que dan forma a las prácticas y usos de los mismos derechos.

En el Cono Sur la cultura de los últimos años es, en cierta medida, consecuencia de las últimas dictaduras. Estas potenciaron una forma de resistencia muchas veces heroica que se fue transformando en un autocomplaciente modus vivendi. Una vez desaparecida la dictadura quedó su fantasma en diversos rincones: por un lado, ciertas impunidades permanecieron; por el otro, muchos grupos y actores sociales se quedaron atrapados en sus propias ideas, practicando un reaccionario sentido de la fidelidad retorica. Descubrieron, o tal vez ni eso, que una cosa es resistir la tiranía, el imperialismo, el terrorismo de Estado, y otra cosa es promover la creatividad y hacerse responsables del destino propio.

Pero la práctica y la cultura de la responsabilidad, de la creatividad individual y colectiva, es desalentada cada día con la cultura y la práctica de la “lucha por el reparto”, que en Uruguay y Argentina ha producido el fenómeno del superhéroe piquetero, extraña mezcla de patotero y luchador social que hasta el periodismo incisivo teme enfrentar.

La cultura del piquete encuentra su expresión práctica en instituciones de cierto prestigio del pasado, como lo es, o lo era, el sindicalismo. El sindicalismo caníbal (a la inversa del canibalpitalismo) no invierte sus energías físicas e intelectuales en innovar, en crear alternativas, en tomarse el desafío de hacer nacer y desarrollar una idea. No sabe, nunca lo ha hecho y no cree necesario un esfuerzo intelectual que salga de los carriles habituales que son los mismos que se aplicaban en la dictadura o contra los grandes lobbies y sectas corporativas que se esconden en impenetrables laberintos financieros.

En casos, la lucha del nuevo sindicalismo no es contra la explotación capitalista. Es el capitalismo sin capital que ha dejado de ser liberal y se ha refugiado en la nueva hegemonía de un discurso anacrónico. Su objetivo es el beneficio de la tribu (el internacionalismo descansa en paz en el cementerio de Facebook), no a través de la creatividad, la movilidad y la libertad social de sus individuos sino a través de la fuerza coactiva de la tribu, del castigo directo al resto de la sociedad sin instrumentos de coacción.

En este nuevo orden, el recurso del paro es sólo la continuación de las negociaciones laborales por otros medios. Quien tenga más fuerza de coacción social logrará más justicia social para sí mismo en desmedro de la justicia social del otro. En una cultura en la que  desde hace décadas prevalece la inmovilidad del funcionario público, no solo por ley sino por rigurosa tradición, pocos se sienten estimulados a cambiar de trabajos, porque ello supondría un riesgo y un esfuerzo, no solo en la búsqueda sino en la mejora de las habilidades necesarias para emprender algo nuevo. Por otra parte, ¿para qué vamos a estudiar, para qué vamos a forzar la imaginación en nuevas empresas y nuevas cooperativas si mi sindicato se encargara de que mi sueldo aumente progresivamente?

¿Cuánto han hecho los lideres sindicales para que los recolectores de basura logren mejorar su nivel de educación para cambiar de rubro? Algún nuevo taller, alguna actividad novedosa que le aporte al individuo y al nuevo grupo un estimulo económico, psicológico y existencial que lo saque de la rutina y lo libere del peso de sus estrechos limites sociales. Por ejemplo, ¿Por qué los sindicatos no se unen para crear la Universidad Sindical? ¿Por qué no crean un fondo que premie la innovación laboral, los sistemas sociales y económicos que eliminen o combatan el hambre y el frio infantil? ¿Por qué se castiga a los trabajadores que destacan y no se buscan mecanismos de premiación? (¿Porque eso beneficiaría al maldito empleador? ¿Un obrero no tiene derecho a sobresalir? ¿Está condenado a su moral de hormiga?) La lista de posibilidades sería interminable.

No, porque eso quitaría clientela a algunos caciques sindicales, pocos de ellos con habilidades especiales, con algún nivel sobresalientes de educación o de creatividad, lo que se demuestra con la escasa  variación de recursos intelectuales a la hora de liderar sus gremios, repitiendo las misas palabras y las mismas practicas recurrentes de la Era industrial (por no decir del siglo XIX).

¿Qué se puede esperar de los pobres obreros recolectores de basura si sus líderes, para nada pobres ni necesitados, muestran y demuestran una carencia de imaginación que no alarma a nadie? Se los venera por la capacidad de choque, como se preciaban a los jefes de las tribus en épocas pasadas, porque la sobrevivencia del grupo dependía de la capacidad guerrera del líder.

¿Qué proyectos innovadores han aportado hasta este momento, aparte de “paros, movilizaciones y nuevas medidas de lucha”? (Incluso el mayor proyecto del cual Uruguay se enorgullece con justicia, el plan Ceibal o “One Laptop per Child”, básicamente nació de un yanqui sin problemas económicos allí en una universidad norteamericana.) La falta de vergüenza social de algunos líderes los previene de cualquier autocritica, de cualquier debilidad o duda en sus imparables carreras de rinocerontes.

Un gobierno puede cambiar la educación pero no puede cambiar toda una cultura. El cambio cultural es una empresa de toda una sociedad. Y el primer paso es permitirse la duda, aceptar una crítica radical. No limitarse a la queja estéril de siempre. Es decir, el primer paso es tener un poco de coraje intelectual y reconocer que en nombre de la “defensa del obrero” se lo está hundiendo, condenando a la inmovilidad mental, a una vejez de cuatro paredes oscuras con algunos cuadritos del campeón del clausura.

Sería el primer paso. Un paso improbable mientras una sociedad siga poniendo exageradas expectativas en un gobierno y en los actores políticos como únicos agentes de cambio social, confundiendo el acto de votar deferente con un futuro diferente. Ese cambio podría comenzar, por ejemplo, en un cambio que estimule y premie a líderes que son lideres por su creatividad y no por su fuerza de choque. Mientras tanto, nuestros países seguirán dormidos en un confortable optimismo de turno, arriesgando ese futuro que se anuncia por todas partes como brillante.

Pero basta con no cambiar para esperar una nueva catástrofe. Si en tiempos de una primavera económica, en mayor medida debida a condiciones globales que escapan a su administración, la sociedad sigue estancada en una mentalidad de siglo XX, el invierno la encontrará sin suficiente leña y sin suficientes previsiones para el siglo XXI.

Jorge Majfud

La Republica (Uruguay)