La ciudad de los muertos

Andy Warhol, Marilyn Diptych (1962)

de la novela Crisis (2012)

 

Viernes 6 de marzo. Dow Jones: 6.626

Colma, California. 6:15 PM

El señor Fernando Villa llegó esta tarde, como había prometido. Vino sólo; no quiso que la opinión de su esposa y de sus hijos fuera a precipitarlo en una mala decisión. Le marqué en el mapa donde estaban los Villa y los Fernández Soto y sin decir mucho se fue para allá con su chofer.

La esposa del señor Villa estuvo la semana pasada. Vino con sus lentes negros y su sonrisa tan bonita. Hizo unas preguntas raras, estuvo una hora dando vueltas en su auto y se fue. Se lamentaba que los muertos no podían mudar de residencia cuando el barrio se ponía feo. Quería saber si se podía y le dije que no, que me parecía que no se podía pero eso tenía que consultarlo con un abogado. O consultó o se olvidó, pero no volvió con la historia de mover a su familia del Camino Real, que más que Camino Real, decía, era una autopista como cualquier otra y llena de muertos desconocidos.

No se puede uno andar mudando finados, por algo estos barrios se llaman Eternal Home Cementery, porque son para siempre, le dije, muy respetuosamente. Pero ella me dijo que nada es para siempre y tal vez tenía razón, porque gran parte de la población de Colma vino desplazada por decreto de los cementerios de San Francisco, hace como un siglo, cuando la tierra se puso cara.

Y vaya a saber Dios si un día no se abre la gran falla que está aquí no más a la vuelta y todos estos huesitos terminan desparramados por el mar. En todo caso se joden los habitantes de Pacífica, me dice mi hijo, porque son los que están del otro lado de la falla. Pero yo no me fío que se vaya a hundir sólo la franja de la costa. Si viene el gran temblor vamos a saltar todos.

Mi hijo, que es economista, siempre se ríe de mis temores sobre la falla. Él tiene una visión diferente. Me dice que tal vez no sería tan trágico. Así como se hunden las tierras así también surgen por otro lado. Así que si perdemos Pacífica y una buena rebanada de la península, bien podríamos ganar alguna que otra isla, cuyo valor inmobiliario sería incalculable.

El señor Villa debe ser de la misma opinión. Debería presentarle a mi hijo que siempre soñó con trabajar en Google. Pasa que el señor Villa ahora está para otra cosa. Desde hace meses viene y da vueltas por Colma buscando el lugar ideal. Qué más ideal que estar con sus viejos, le digo a Eusebio, pero pasa que el señor Villa no le gusta el lugar, o no está seguro de la opción, porque siempre hay una mejor opción, y menos después que los Ayala construyeron ese horrible panteón para su hija Lucy con un ángel llorando encima del coffin. Es kitsch, dice. Les faltó pintarlo de dorado, dice. Además la chica aquella tenía unas costumbres que lo espantan al señor Villa. No sé, Eusebio tampoco sabe qué costumbres pero creo que tenía tatuajes hasta en lo que no se nombra y se rapaba para que se le vieran los tatuajes que tenía en la cabeza. Otra loquita de esas que andan por el downtown, pero por ahí no era mala del todo.

En Colma hicimos lo que pudimos por presentarle al señor Villa todas las opciones habidas y por haber y todavía no se decide. Su único consuelo, dice, es que como las opciones son inacabables, siempre va a tener la libertad de elegir algo mejor. El problema es que en ese proceso de elegir la muerte le puede tomar de sorpresa. No digo porque el señor Villa sea viejo, no. No debe pasar de los sesenta. Pasa que cuando uno cumple esa edad, lo digo por experiencia, uno empieza a pensar en la parca, como dice la canción del Serrat. Debe ser lo que le anda pasando al señor Villa y por eso anda buscando un lugar con buena vista.

Cuando supe que la tumba al lado del nicho de la Marilyn Monroe en Los Angeles había sido vendida en más de cuatro millones de dólares enseguida me dije, ese es el señor Villa. Los de Colma sabemos que la tumba de Marilyn es una de las más populares de su cementerio, por lo que tener un nombre y un lugar a su lado tiraría para arriba las ventas de cualquier empresa. El Westwood es chiquito al lado de Colma, una poquita nada, pero hay que reconocer que tiene su plantel de famosos. Además de la Monroe están Dean Martin, Truman Capote y Farrah Fawcett, el ángel que se mudó para allí hace poquito. Dicen que justo arriba de la Monroe, boca abajo, estaba un tal Richard Poncher con una lápida que decía “Al hombre que nos lo dio todo y más”. Pero su viuda decidió sacarlo de allí, no por celos sino porque necesitaba pagar un millón de dólares por la hipoteca de su casa de Beverly Hills. Lo puso a la venta por eBay en medio millón de dólares y zás, bingo. Pero luego resultó que el japonés que la compró se dio cuenta que no tenía el dinero suficiente y la viuda se lo ofreció a los ofertantes que no habían llegado a la desesperación del japonés.

Yo sé que el señor Villa y su esposa son pesos pesados en eBay. Él porque tiene acciones ahí y ella porque es adicta a las compras. Eso me lo dijo Eusebio. Pero al otro día vi llegar al señor Villa y me dije que no. Pero quién sabe, digo yo. Quién sabe si el señor Villa no compró ese nicho al lado de la Monroe y todavía sigue indeciso, buscando algo en Colma, que en realidad es el mejor lugar, a juzgar por el paisaje. Quién sabe si no estará buscando una segunda opción para luego vender la primera. Quién sabe si lo del nicho al lado de la Marilyn no fue más que una inversión.

Quién sabe si en realidad no se trata de un regalo del señor Villa para su esposa. O aquel encima de Marilyn o éste de Colma. Al fin y al cabo a la señora le gustan mucho las señoras. Como tiene tiempo siempre puede pensar en otras opciones. Y el señor Villa prefiere verla junto a otra mujer por toda la eternidad a soportar una aventura más con alguno de sus maestros de gimnasia.

 

Jorge Majfud

De la novela Crisis (2012)

Milenio (Mexico)

Milenio II (Mexico)

 

 

El fin de la Ley de Caducidad en Uruguay

Se impuso la historia, pero no hay nada que festejar

Saludo el derribo final de una de las leyes más vergonzosas de mi país y de la historia por la lucha por los derechos humanos.

Ahora sólo queda destruir otra tradición: la del miedo.

En las últimas horas hemos leído y escuchado a militares retirados manifestando nerviosismo por posibles juicios por crímenes y violaciones durante la dictadura y apelando al respeto por la voluntad del pueblo que ratificó la ilegitima Ley de Caducidad con una mayoría simple de abstenciones. Alguno incluso sacó a la luz un supuesto “pacto entre combatientes”, aludiendo al presidente de la Republica, los tupamaros y los ex militares represores. Como siempre, los pactos dejan por fuera a las verdaderas víctimas, a todos aquellos que fueron aterrorizados con una sistemática caza de brujas y bajo la cobarde excusa de que “los fines justifican los medios”.

Hemos repetido desde hace años el más básico de los conceptos: los Derechos Humanos no se negocian ni se plebiscitan. Cualquier ley que viole un solo derecho humano no sólo es inconstitucional; es inmoral y contra todo derecho natural.

En una democracia las decisiones de la mayoría se respetan. Excepto cuando se viola los derechos humanos de una sola persona. De lo contrario, deberíamos estar de acuerdo con las hordas que apedrean a las adúlteras y queman a los ladrones, por una simple razón de mayorías. Una democracia es mucho más que una simple dictadura de las mayorías. En una democracia las leyes no se violan; se cambian. Y el respeto y protección de los derechos humanos, así como el ejercicio de la justicia son sus componentes más básicos.

Saludo el principio del fin de esta Ley de Impunidad, no con alegría sino con la serenidad que requiere y otorga cualquier acto de justicia.

No hay nada que festejar. Sólo hay una gigantesca lección histórica que aprender. Siempre he creído que la justicia que tarda no llega. Pero algo es algo y, sobre todo, queda la continuidad de un camino que afortunadamente y con mucho trabajo nos ha alejado algo de los tiempos de los barcos negreros, de los campos de concentración y la picana eléctrica.

No hay nada que festejar. Algo de la justicia que los uruguayos renunciaron o negaron a alguno de sus compatriotas apenas podría comenzar hoy. Podría. Conociendo los antecedentes, nada es seguro.

Jorge majfud

Pagina/12 (Argentina)

Sobre las declaraciones del comandante en Jefe del Ejército del Uruguay

Three Wise Monkeys
Image by Frangipani Photograph via Flickr

Uruguay : les 3 singes de la sagesse (French)

La sabiduría de los tres monitos

“no veo, no escucho, no hablo”

El comandante en Jefe del Ejército del Uruguay, teniente coronel Jorge Rosales, dijo que “hay nerviosismo entre los militares retirados por la posible anulación de la Ley de Caducidad”. Esta ley aprobada más de veinte años atrás protege a los militares que cometieron delitos de lesa humanidad durante la última dictadura en Uruguay (1973-1984). No explican por qué se autoimplican de una forma tan explícita en la violación de los Derechos Humanos.

¿Por qué habría yo de estar nervioso porque se juzguen las violaciones a los Derechos Humanos perpetuadas por los arquitectos o los profesores de literatura en mi país o alrededor del mundo? El problema no es que hayan sido profesores, obreros o militares durante la dictadura sino, simplemente, que hayan violado los Derechos Humanos de un solo individuo.

Dentro de esta misma confusión, el General Jorge Rosales afirma que existe una “predisposición del consiente colectivo” hacia las Fuerzas Armadas.

Eso hay forma de solucionarlo. Pero mientras no se sepa quienes cometieron crímenes y nunca lo pagaron con un solo día de cárcel, y ni siquiera han tenido el detalle de reconocerlo o ayudar un poco en la búsqueda de los desaparecidos antes de pedir perdón, entonces la población podrá desconfiar de cualquiera de los militares retirados. Los militares más jóvenes sólo pueden ser acusados de apoyar la perpetuación el silencio y la impunidad, pero hasta ahora nadie los ha acusado de ser responsables de los delitos que se cometieron en el pasado. Ni siquiera se acusa a la institución.

Es decir, que la queja parte de un malentendido que los mismo militares de hoy alimentan, no solo con su silencio sino ahora también con declaraciones muy reveladoras de este tipo.

¿Por qué se insiste en enseñarnos que la paz se puede alcanzar olvidando y perdonando a quienes nunca han sido juzgados y nunca se han arrepentido de nada?

¿O es que en el fondo estamos de acuerdo en que a veces, en determinadas circunstancias, es lícito secuestrar, torturar, asesinar para evitar que otros lo hagan primero pero de forma no profesional?

¿No ha sido acaso ese mismo método (el olvido sistemático, por ley, pro referéndum o por decreto) el que se ha aplicado desde el fin de la dictadura y todavía no han logrado calmar la necesidad de justicia de los familiares de las víctimas?

¿Es que acaso las víctimas deben agradecer “cierto grado” de justicia? ¿Debemos acusarlos de revoltosos o de insaciables porque piden toda la justicia o la misma justicia que tienen otros ciudadanos pertenecientes a otros estamentos sociales? Porque cuando la ley no es igual para todos estamos en una sociedad estamental, como en la Edad Media donde a cada clase social se le aplicaban leyes diferentes; como en las actuales relaciones internacionales donde los más fuertes siempre tienen la justicia de su lado.

¿Cómo explicarles a los jóvenes que la justicia siempre hace descuentos especiales para criminales mayoristas? ¿Cómo explicarles a los más viejos que la paz de los cementerios ha sido honrada con la paz de la injusticia?

Jorge Majfud

6 de abril de 2011

Pagina/12 (Argentina)

La Republica (Uruguay)


¿Para qué sirve la literatura? (II)

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Image by all-i-oli

¿Para qué sirve la literatura? (I)

What good is literature? (II) (English)

À quoi sert la littérature ? (French)

¿Para qué sirve la literatura? (II)

Cada tanto algún político, algún burócrata, algún inteligente inversor resuelve estrangular las humanidades con algún recorte en la educación, en algún ministerio de cultura o simplemente descargando toda la fuerza del mercado sobre las atareadas fábricas de sensibilidades prefabricadas.

Mucho más sinceros son los sepultureros que nos miran a los ojos y, con amargura o simple resentimiento, nos arrojan en la cara sus convicciones como si fueran una sola pregunta: ¿para qué sirve la literatura?

Unos esgrimen este tipo de instrumentos no como duda filosófica sino como una pala mecánica que lentamente ensancha una tumba llena de cadáveres vivos.

Los sepultureros son viejos conocidos. Viven o hacen que viven pero siempre están aferrados al trono de turno. Arriba o abajo van repitiendo con voces de muertos supersticiones utilitarias sobre el progreso y la necesidad.

Responder sobre la inutilidad de la literatura depende de lo que entendamos por utilidad, no por literatura. ¿Es útil el epitafio, la lápida labrada, el maquillaje, el sexo con amor, la despedida, el llanto, la risa, el café? ¿Es útil el fútbol, los programas de televisión, las fotografías que se trafican las redes sociales, las carreras de caballos, el whisky, los diamantes, las treinta monedas de Judas y el arrepentimiento?

Son muy pocos los que se preguntan seriamente para qué sirve el fútbol o la codicia de Madoff. No son pocos (o no han tenido suficiente tiempo) los que preguntan o sentencian ¿para qué sirve la literatura? El futbol es, en el mejor de los casos, inocente. No pocas veces ha sido cómplice de titiriteros y sepultureros.

La literatura, cuando no ha sido cómplice del titiritero, ha sido literatura. Sus detractores no se refieren al respetable negocio de los best sellers de emociones prefabricadas. Nunca nadie ha preguntado con tanta insistencia ¿para qué sirve un buen negocio? A los detractores de la literatura, en el fondo, no les preocupa ese tipo de literatura. Les preocupa otra cosa. Les preocupa la literatura.

Los mejores atletas olímpicos han demostrado hasta dónde puede llegar el cuerpo humano. Los corredores de Formula Uno también, aunque valiéndose de algunos artificios. Lo mismo los astronautas que pisaron la Luna, la pala que construye y destruye. Los grandes escritores a lo largo de la historia han demostrado hasta dónde puede llegar la experiencia humana, la verdaderamente importante, la experiencia emocional; el vértigo de las ideas y la múltiple profundidad de las emociones.

Para los sepultureros sólo la pala es útil. Para los vivos muertos, también.

Para los demás que no han olvidado su condición de seres humanos y se atreven a ir más allá de los estrechos límites de su propia experiencia, para los condenados que deambulan por las fosas comunes pero han recuperado la pasión y la dignidad de los seres humanos, para ellos, es la literatura.

Jorge Majfud

La Republica (Uruguay)

Milenio (Mexico)

El diario (Bolivia)

¿Para qué sirve la literatura? (I)

¿Cuál es el nombre de América Latina?

Jorge Luis Borges, escritor argentino

Image via Wikipedia

Why the name of Latin America? (English)

¿Cuál es el nombre de América Latina?

El componente escencialista de la antigua búsqueda de la identidad como parte de diferentes proyectos nacionalistas —y que ocupó tanto tiempo a intelectuales como Octavio Paz—, no ha desaparecido completamente o se ha transmutado en una relación comercial de signos en lucha, en un nuevo contexto global. Y como siempre la realidad es un subproducto de equívocos de sus propias representaciones.

¿Qué significa “latino”? Por años, el latinoamericano típico —que es otra forma de decir “el latinoamericano estereotípico”— fue representado por el indígena de origen azteca, maya, inca o quechua que conservaba sus tradiciones ancestrales mezclándolas con los ritos católicos. Lo que tenían en común estos pueblos era la lengua castellana y la violencia común de la colonización. Sin embargo, todos, a los ojos europeos, norteamericanos e, incluso, ante sus propios ojos, eran definidos monolíticamente como “latinoamericanos”. A los habitantes de la región del Río de la Plata se los llamaba, por parte de los anglosajones, “los europeos del Sur”.

Si volvemos a la etimología de la palabra latina, veremos una fuerte contradicción en esta identificación anterior: ninguna de las culturas indígenas que encontraron los españoles en el nuevo continente tenían algo de “latino”. Por el contrario, otras regiones más al sur carecían de este componente étnico y cultural. En su casi totalidad, su población y su cultura procedía de Italia, de Francia, de España y de Portugal.

En Valiente mundo nuevo, Carlos Fuentes nos dice: “Lo primero es que somos un continente multirracial y policultural. De ahí que a lo largo de este libro no se emplee la denominación ‘América Latina’, inventada por los franceses en el siglo XIX para incluirse en el conjunto americano, sino la descripción más completa Indo-Afro-Ibero-América. Pero en todo caso, el componente indio y africano está presente, implícito”.

A esta objeción del ensayista mexicano, Koen de Munter responde con la misma piedra, observando que el discurso indigenista ha pasado a ser una moda, siempre y cuando se refiera a la defensa de pequeños grupos, políticamente inofensivos, folklóricos, de forma de olvidar las grandes masas que migran a las ciudades y se mimetizan en una especie de mestizaje obligatorio. Este mestizaje, en países como México, sería sólo la metáfora central de un proyecto nacional, principalmente desde los años noventa. Fuentes que sostiene que afortunadamente fuimos una colonia española y no inglesa, lo que permitió un “mestizaje” en el continente. Pero Koen de Munter entiende este tipo de discurso como parte una demagogia “hispanófila”, de una “ideología del mestizaje” por la cual se soslayan las condiciones inaceptables de la actual realidad latinoamericana. Según el mismo autor, la hispanofilia de estos intelectuales no les permite recordar el racismo colonial de la España que luchó contra moros y judíos al tiempo que se abría camino en el nuevo continente. En resumen, más que mestizaje deberíamos hablar de una “multiple violation”.

Al parecer porque el término propuesto era demasiado largo, Carlos Fuentes se decide por usar “Iberoamérica”, siendo éste, a mi juicio, mucho más restrictivo que el propuesto “interesadamente” por los franceses, ya que se excluye no sólo a las oleadas de inmigración francesa en el Cono Sur y en otras regiones del continente en cuestión, sino a otros inmigrantes aún más numerosos y tan latinos como los pueblos ibéricos, como lo fueron los italianos. Bastaría con recordar que a finales del siglo XIX el ochenta por ciento de la población de Buenos Aires era italiana, motivo por el cual alguien definió a los argentinos —procediendo con otra generalización— como “italianos que hablan español”.

Por otra parte, la idea de incluir en una sola denominación el componente indígena (“Indo”) junto con el nombre “América” nos sugiere que son dos cosas distintas. Semejante, es la suerte de la pudorosa y “políticamente correcta” referencia racial “afroamericano” para referirse a un norteamericano de piel oscura que tiene tanto de africano como Clint Eastwood o Kim Basinger. Podríamos pensar que los pueblos indígenas son los que más derecho tienen a revindicar la denominación de “americanos”, pero se ha colonizado el término como se colonizó la tierra, el espacio físico y cultural. Incluso cuando hoy en día decimos “americano” nos referimos a una única nacionalidad: la estadounidense. Para el significado de este término, tan importante es la definición de lo que significa como de lo que no significa. Y esta definición de las fronteras semánticas no deriva simplemente de su etimología sino de una disputa semántica en la cual ha vencido la exclusión de aquello que no es estadounidense. Un cubano o un brasileño podrán argumentar fatigosamente sobre las razones por las cuales se les debe llamar a ellos también “americanos”, pero la redefinición de este término no se establece por la voluntad intelectual de algunos sino por la fuerza de una tradición cultural e intercultural. Si bien los primeros criollos que habitaban al sur del río Grande, desde México hasta el Río de la Plata se llamaban a sí mismos “americanos”, luego la fuerza de la geopolítica de Estados Unidos se apropió del término, obligando al resto a usar un adjetivo para diferenciarse.

Es posible, también, que esta simplificación se deba al predominio de la perspectiva del otro: la europea. Europa, como Estados Unidos, no sólo ha sido históricamente egocéntrica y egolátrica sino también los pueblos colonizados lo han sido. Pocos en América, sin una carga ideológica importante, han estimado y han estudiado las culturas indígenas tanto como la europea. Es decir, es posible que nuestras definiciones simplificadas y simplificadoras de “América Latina” se deban a la natural confusión que proyecta siempre la mirada del otro: todos los indios son iguales: los mayas, los aztecas, los incas y los guaraníes. Sólo en lo que hoy es México, existía —y existe— un mosaico cultural que sólo nuestra ignorancia confunde y agrupa bajo la palabra “indígena”. Con frecuencia, estas diferencias se resolvían en la guerra o en el sacrificio del otro.

De cualquier forma, aún considerando América Latina como una prolongación de Occidente (como extremo Occidente), sus nombres y sus identidades han estado, principalmente desde mediados del siglo XIX, en función de una negación. En julio de 1946, Jorge Luis Borges observaba, en la revista Sur, este mismo hábito cultural restringido a los argentinos. Los nacionalistas “ignoran, sin embargo, a los argentinos; en la polémica prefieren definirlos en función a algún hecho externo; de los conquistadores españoles (digamos) o de alguna imaginaria tradición católica o del imperialismo sajón”.

Las repúblicas latinoamericanas fueron sucesivos inventos literarios de la elite intelectual del siglo XIX. Definir, prescribir y nombrar no son detalles menores. Pero la realidad también existe y ésta nunca se adaptó del todo a sus definiciones, a pesar de la violencia de la imaginación. La diferencia entre la concepción y la realidad del pueblo muchas veces tuvo el tamaño de centenarias injusticias, exclusiones y violentas revueltas y rebeliones que nunca llegaron a la categoría de revoluciones. Lo representado sigue siendo más débil que su representación.

Cornel West: La audacia de la crítica

Cover of "Hope on a Tightrope: Words and ...

Cover of Hope on a Tightrope: Words and Wisdom

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

Cornel West:


La audacia de la crítica

Con su inconfundible estilo de afro sin blanquear, Cornel West, el autor deRace Matters (1993), levanta a la gente por donde pasa. No usa peluca ni se alisa el pelo. No se ha dejado engordar. Es un provocador de la talla de Noam Chomsky pero cuando habla desborda energía física: es un trueno que habla con todo su cuerpo. Suele vestir un austero traje negro que acomoda por detrás del cuello con un tic que anuncia una conclusión en forma de pregunta.

A diferencia de Noam Chomsky, West combina el ritmo y la pasión proselitista del pastor norteamericano con la protesta aguda del activista. Es lo que se conoce como “profesor estrella”, género casi desconocido en America latina y que en las populosas clases universitarias de Europa y Estados Unidos le hacen sombra a las estrellas de Hollywood o de la NBA. Frantz Fanon fue otro filósofo negro que dejó una huella indeleble en el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX, reconocido por Jean-Paul Sartre y practicado por Ernesto Che Guevara y Paulo Freire en América Latina. Pero el psiquiatra caribeño-argelino, autor del precoz ensayo postcolonialista Peau noire, masques blancs (1952) no recibió en vida el crédito que hoy la academia norteamericana le reconoce sino persecución, descrédito y, por momentos, injusto olvido. Cuando no la burla propagandística de la derecha latinoamericana.

Como Friedrich Nietzsche, Cornel West es un profesor y filosofo de combate. Como Nietzsche, combina en sus intereses y convicciones el pensamiento y la música. Pero West es un rebelde cristiano. Si en Nietzsche la palabra es poder, en West es justicia, “la forma que toma el amor en público”. Lejos de la definición nietzscheana del cristianismo tradicional y lejos también de la teología de humillaciónde la tradición europea, en West el cristianismo retoma los valores que debió tener antes de Constantino.

En su último libro, Hope On a Tightrope (La esperanza en la cuerda floja), West vuelve en un estilo poco académico. Pero este estilo de lectura fácil, elegante, más próximo a Kahlil Gibran que a Edward Said, sin conceptos complejos, tiene la virtud de la comunicación popular. Casi no hay personaje histórico que no sea fácilmente reconocido por lectores no especializados. Entre sus páginas Napoleón y tantos otros dejan de ser grandes sin el criterio militar que escribió la historia para los textos de educación primaria. “Occidente llama grande a Churchill —anota West—. Él creía que los negros eran subhumanos. Estaba con Mussolini. Fue grande resistiendo a los nazis para el imperio británico. Puedo reconocérselo. […] Pero no piense usted que solo porque su sufrimiento está en el centro de su discusión por eso puede pasar por alto el mío” (167).

Su perfil de cristiano vuelto intelectual critico y radical se resume en la frase que nos recuerda, literalmente pero sin Dios, a Che Guevara: “Cualquier resistencia a la injusticia, sea en Estados Unidos, en Egipto, en Cuba, en Arabia Saudita, es una actividad dirigida por Dios, porque la indignación contra el trato cruel de cualquier grupo de personas es un eco de la voz divina para todos aquellos de nosotros que consideramos la cruz con seriedad” (169). Luego: “MLK lo dijo claramente cuando dijo que ‘la matanza criminal de los vietnamitas, especialmente los niños, es un signo de la brutalidad americana” (169). Tres días antes de su asesinato, MLK había preparado un discurso llamado “Por qué America se puede ir al infierno” (170). Pero la desmemoria histórica es un instrumento de gran utilidad. “En 1969 los Panteras Negras solían leer en público algunos fragmentos de la declaración de independencia. Y eso molestaba a la gente. Yo escuché a Huey Newton leer esto cuando salió de prisión. La gente decía, ‘¿Qué doctrina revolucionaria nos está leyendo ahora?’ Era la Declaración de Independencia de Jefferson” (173).

Refiriéndose al jazz, el blues y el hip-hop como formas de expresión, escape y reivindicación de las clases negras oprimidas, hoy adoptados mundialmente, West entiende que “ninguna otra clase social en Estados Unidos puede considerarse creadora de la más importante fuerza cultural en el planeta” (179). Lo cual es erróneo si consideramos que, precisamente Hollywood y otras industrias culturales, diseñadas para consolidar la supremacía que se critica, la supremacía imperial, ha sido de hecho la fuerza cultural más importante del mundo, creado por la clase dominante norteamericana.

Con respecto a las Américas del Sur, West recuerda por donde va que “Estados Unidos ha intervenido militarmente en América latina más de cien veces en los últimos 162 años. Es muy difícil para un gobierno luchar contra el terrorismo con la democracia, cuando ha institucionalizado políticas militaristas que con frecuencia han apoyado regimenes antidemocráticos cuando no ha derribado regimenes democráticos. La ‘seguridad nacional’ se ha vuelto más que un término elástico. Ahora justifica la agresión imperial estadounidense e invasiones preventivas y guerras en nombre de la democracia. Pero la tiranía nunca puede ser promovida como democracia” (179).

Otros aforismos breves, simples, anotaciones al margen acompañan el último libro de West que alude al título y a la muletilla más conocida de uno de los amigos del autor, el presidente Barack Obama (The Audacity of Hope, 2006/La audacia de la esperanza). Pero cuando habla, West no es condescendiente con su “hermano” Obama. Todo lo contrario. Pocos días atrás, en la capilla de Lincoln University definió el problema de una forma simple: no hay que mirar si hay un negro en la cúpula sino cuantos negros hay todavía en el sótano. Quizás los académicos se aburran leyendo frases como “solo más democracia puede mejorar la suerte de las victimas de la democracia americana”.

Pero el West oral es bastante más persuasivo que el West escrito, lo que ya es demasiado. Cierta vez, en una mesa redonda sobre Setiembre 11, Bill Maher le preguntó si creía en las teorías de la conspiración. West respondió con un estilo que refleja su filosa inteligencia: “No. Yo sé que el mundo es un lugar misterioso. Sé que suelen tomarse decisiones en secreto. Pero no creo en ninguna conspiración”.

Cuando un estudiante le preguntó por qué enseñaba en la elitista Princeton University, Cornel West confirmó: todos podemos hacer algo desde cualquier lugar donde estemos. Sin duda, esa voz se escucha más fuerte desde Princeton. Por lo menos para las masas, se escucha más fuerte que valiente y también lúcida voz de Frantz Fanon, por un tiempo apagada entre el polvo de Argelia, reverberando como un susurro entre los anaqueles de las faraónicas bibliotecas norteamericanas.

Jorge Majfud

Lincoln University, april 2009.

Eduardo Galeano

LOS OJOS ABIERTOS DE AMERICA LATINA

Son muy pocos los casos de escritores que sostienen una total indiferencia por la ética de su trabajo. No son pocos los que han entendido que en la práctica literaria es posible separar la ética de la estética. Jorge Luis Borges, no sin maestría, practicó una forma de política de la neutralidad estética y quizás estuvo convencido de esta posibilidad. Así, el universalismo del precoz posmodernismo borgeano no era otra cosa que el mismo eurocentrismo de la Era Moderna matizado con el exotismo propio de un imperio que, como el británico, se aferraba con la nostalgia de viejo decadente a los misterios de la India sometida y de las noches de una Arabia fuera de los peligros de la historia. No era el reconocimiento de la diversidad –de la igual libertad– sino la confirmación de la superioridad del canon europeo adornado con souvenirs y botines de guerra.

Quizás hubo un tiempo en que verdad, ética y estética eran lo mismo. Quizás fueron los tiempos del mito. También ha sido un rasgo propio de lo que llamamos literatura del compromiso. No una literatura hecha para la política sino una literatura integral, donde el texto y el autor, la ética y la estética van juntos; donde literatura y metaliteratura son la misma cosa. Diferente ha sido el pensamiento publicitario de la posmodernidad, estratégicamente fragmentado sin conexiones posibles. Legitimados por esta moda cultural, los críticos del establishment se dedicaron a rechazar cualquier valor político, ético o epistemológico de un texto literario. Para este tipo de superstición, el autor, su contexto, sus prejuicios y los prejuicios de los lectores quedaban fuera del texto puro, destilado de toda contaminación humana. Pero ¿qué quedaría de un texto si le quitamos todo lo metaliterario? ¿Por qué el mármol, el terciopelo o el sexo repetido hasta el vacío habrían de ser más literarios que el erotismo, un drama social o la lucha por la verdad histórica? Rodolfo Walsh dijo que una máquina de escribir podía ser un abanico o una pistola. ¿No ha sido esta fragmentación y posterior destilación una estrategia crítica para convertir la escritura en un juego inocente, en un calmante más que en un instrumento de inquisición contra la musculatura del poder?

En su nuevo libro Eduardo Galeano contesta estas preguntas con su inconfundible estilo –Borges reconocería: con amable desdén–, sin ocuparse de ellas. Como sus libros anteriores desde Días y noches de amor y de guerra (1978), Espejos está organizado con la fragmentación posmoderna de la cápsula breve. No obstante todo el libro, como el resto de su obra, muestra una inquebrantable unidad. Su estética y sus convicciones éticas también. Aun en medio de las más violentas tormentas ideológicas que sacudieron la más reciente historia, esta nave no se ha resquebrajado.

Espejos amplía a otros continentes el área geográfica de América latina que había caracterizado por décadas el interés principal de Eduardo Galeano. Su técnica narrativa es la misma que de la trilogía Memoria del Fuego (1982-1986): con un narrador impersonal que cumple con el propósito de aproximarse a la voz anónima y plural de “los otros” y evitando la anécdota personal, con un orden temático algunas veces y con un orden cronológico casi siempre, el libro se inicia con los mitos cosmogónicos y culmina en nuestros tiempos. Cada breve texto es una reflexión ética, casi siempre reveladora de una realidad dolorosa y con el invalorable consuelo de la belleza de la narración. Quizás no otro es el principio de la tragedia griega: la lección y la conmoción, la esperanza y la resignación o la lección mayor del fracaso. Como en sus libros anteriores, el paradigma del escritor comprometido latinoamericano, y sobre todo el paradigma de Eduardo Galeano, parece reconstruirse una vez más: la historia puede progresar, pero ese progreso ético-estético tiene por destino utópico el origen mítico y por instrumentos de lucha la memoria y la conciencia de la opresión. El progreso consiste en una regeneración, en la recreación de la humanidad tal como lo hiciera el más sabio, justo y vulnerable de los dioses amerindios, el hombre-dios Quetzalcóatl.

Si quitásemos el código ético desde el cual se realiza la lectura de cada texto, Espejos estallaría en fragmentos brillantes; pero no reflejarían nada. Si quitásemos la maestría estética con la cual fue escrito este libro dejaría de ser memorable. Como los mitos, como el pensamiento mítico que reivindica su autor, no hay forma de separar una parte del todo sin alterar el sagrado orden del cosmos. Cada parte no es sólo un fragmento alienado sino una pequeña pieza que ha desenterrado un arqueólogo consecuente. La pequeña pieza vale por sí sola, pero mucho más vale por los otros fragmentos que han sido ordenados y éstos valen aún más por aquellos fragmentos que se han perdido y que ahora se revelan por los espacios vacíos que se han formado, revelando el jarrón, toda una civilización sepultada por el viento y la barbarie.

La primera ley del narrador, no aburrir, se cumple. La primera ley del intelectual comprometido también: en ningún caso la diversión se convierte en narcótico sino en lúcido placer estético.

Espejos ha sido publicada este año simultáneamente en España, México y Argentina por Siglo XXI, y en Uruguay por Ediciones del Chanchito. Esta última continúa una colección ya clásica de tapas negras alcanzando el número 15, representado significativamente con la letra ñ. Los textos van acompañados de ilustraciones a manera de pequeñas viñetas que recuerdan el cuidadoso arte de la edición de libros en el Renacimiento además de la época juvenil del autor como dibujante. Aunque su concepción del mundo lo lleva a pensar de forma estructural, es difícil imaginarse a Eduardo Galeano pasando por alto algún detalle. Como buen joyero de la palabra que pule en búsqueda cada uno de sus diferentes reflejos, así también es cuidadoso en las ediciones de sus libros como objetos de arte.

Con cada entrega, este icono de la literatura latinoamericana nos confirma que otros premios formales, como el Premio Cervantes, se están demorando demasiado.

Jorge Majfud

Lincoln University, Mayo 2008

Eduardo Galeano:

The Open Eyes of Latin America

On Mirrors, Stories of Almost Everyone

There are very few cases of writers who maintain total indifference toward the ethics of their work. There are not so few who have understood that in the practice of literature it is possible to separate ethics from aesthetics. Jorge Luis Borges, not without mastery, practiced a kind of politics of aesthetic neutrality and was perhaps convinced this was possible. Thus, the universalism of Borges’ precocious postmodernism was nothing more than the very eurocentrism of the Modern Age nuanced with the exoticism proper to an empire that, much like the British empire, held closely to the old decadent nostalgia for the mysteries of a colonized India and for Arabian nights removed from the dangers of history. It was not recognition of diversity—of equal freedom—but confirmation of the superiority of the European canon adorned with the souvenirs and booty of war.

Perhaps there was a time in which truth, ethics and aesthetics were one and the same. Perhaps those were the times of myth. This also has been characteristic of what we call committed literature. Not a literature made for politics but an integral literature, where the text and the author, ethics and aesthetics, go together; where literature and metaliterarure are the same thing. The marketing thought of postmodernity has been different, strategically fragmented without possible connections. Legitimated by this cultural fashion, critics of the establishment dedicated themselves to rejecting any political, ethical or epistemological value for a literary text. For this kind of superstition, the author, the author’s context, the author’s prejudices and the prejudices of the readers remained outside the pure text, distilled from all human contamination. But, what would remain of a text is we took away from it all of its metaliterary qualities? Why must marble, velvet or sex repeated until void of meaning be more literary than eroticism, a social drama or the struggle for historical truth? Rodolfo Walsh said that a typewriter could be a fan or a pistol. Has this fragmentation and later distillation not been a critical strategy for turning writing into an innocent game, into more of a tranquilizer than an instrument of inquiry against the musculature of power?

In his new book, Eduardo Galeano responds to these questions with unmistakable style—Borges would recognize: with kind contempt—without concerning himself with them. Like his previous books, since Days and Nights of Love and War (1978), Mirrors is organized with the postmodern fragmentation of the brief capsule narrative. Nevertheless the entire book, like the rest of his work, evinces an unbreakable unity. His aesthetics and his ethical convictions as well. Even in the midst of the most violent ideological storms that shook recent history, this ship has not broken up.

Mirrors expands to other continents from the geographical area of Latin America that had characterized for decades Eduardo Galeano’s main interest. His narrative technique is the same as in the trilogy Memory of Fire (1982-1986): with an impersonal narrator who fulfills the purpose of approaching the anonymous and plural voice of “the others” and avoiding personal anecdote, with a thematic order at times and almost always with a chronological order, the book begins with the cosmogonic myths and culminates in our times. Each brief text is an ethical reflection, almost always revealing a painful reality and with the invaluable consolation of a beautiful narration. Perhaps the principle of Greek tragedy is none other than this: lesson and commotion, hope and resignation or the greater lesson of failure. As in his previous books, the paradigm of the committed Latin American writer, and above all the paradigm of Eduardo Galeano, seems to be reconstructed once again: history can progress, but that ethical-aesthetical progress has mythical origin for its utopian destination and memory and awareness of oppression for its instruments. Progress consists of regeneration, of the recreation of humanity in the same manner as the wisest, most just and most vulnerable of the Amerindian gods, the man-god Quetzalcóatl, would have done it.

If we were to remove the ethical code with which each text is read, Mirrorswould shatter into brilliant fragments; but it would reflect nothing. If we were to remove the aesthetic mastery with which this book was written it would cease to be memorable. Like myths, like the mythical thought redeemed by the author, there is no way of separating one part from the whole without altering the sacred order of the cosmos. Each part is not only an alienated fragment but a tiny object that has been unearthed by a principled archeologist. The tiny object is valuable in its own right, but much is more valuable due to the other fragments that have been organized around it, and these latter become even more valuable due to those fragments that have been lost and that are now revealed in the empty spaces that have been formed, revealing an urn, an entire civilization buried by wind and barbarism.

The first law of the narrator, to not be boring, is respected. The first law of the committed intellectual as well: never does entertainment become a narcotic instead of a lucid aesthetic pleasure.

Mirrors has been published this year simultaneously in Spain, Mexico, and Argentina by Siglo XXI, and in Uruguay by Ediciones del Chanchito. The latter continues an already classic collection of black cover books which has reached number 15, represented meaningfully with the Spanish letter ñ. The texts are accompanied with illustrations in the manner of little vignettes that recall the careful art of book publishing in the Renaissance, in addition to the author’s drawings as a young man. Even though his conception of the world leads him to think structurally, it is difficult to imagine Eduardo Galeano skipping over any detail. Like a good jeweler of the word who polishes in search of every one of his different reflections, he is equally careful in the publication of his books as works of art. The English edition, Mirrors, Stories of Almost Everyone, translated by Mark Fried, will be published by Nation Books.

With each new contribution, this icon of Latin American literature confirms for us that additional formal prizes, like the Cervantes Prize, should not be long in coming.

Dr. Jorge Majfud, Lincoln University

Translated by Dr. Bruce Campbell, St. John’s University

Tout le poids de la loi

ruined beauty

Odpusti Naše Grehe (Slovenian)Image by Hilarywho via Flickr

Odpusti Naše Grehe  (Slovenian)

Tout le poids de la loi


Dans la matinée du 27 juillet, les journaux et la télévision donnèrent la nouvelle d’un rare crime commis à Sayago. Deux indigents avaient donné la mort à un troisième, possiblement dans la nuit du jour précédent. Quoique sans arriver à inquiéter, la nouvelle en a surpris plusieurs. Ce qui est raisonnable et, ce qui est plus habituel, c’est de tuer pour de l’argent, par orgueil ou pour quelque passion familiale. Et rien de cela ne pouvait avoir un pygmée vivant dans les décharges de la ville.

Jamais on ne sut exactement le motif de l’agression; et alors personne ne voulût en savoir plus lorsque le juge donna aux assassins dix années de prison. Mais moi, le juge, jamais je n’oublierai le cas et, quelques années plus tard, je visitai les prisonniers dans leur cellule. Je le fis en secret, comme d’habitude, parce que les gens se plaisent à dire que j’avais une préférence pour les criminels plutôt que pour les victimes. Maintenant si je devais dicter une sentence de nouveau, je leurs donnerais dix autres années supplémentaires; non par justice, mais par compassion. Je crois que je peux m’expliquer.

L’indigent assassiné était le docteur Enriquez, celui qui avait porté cette vie sans toit pendant les derniers six mois. Eusebio Enriquez était un chirurgien et avait perdu sa fille aînée dans une salle d’opération le 24 janvier, où lui–même prétendait la soulager d’une maladie incurable. Le chirurgien n’avait aucune raison de se sentir coupable, mais peu importe les raisons parce que, subitement, il devint fou et s’en fût de sa maison. Il traversa la ville sous une pluie de janvier et s’abandonna du côté des voies ferrées, à Sayago. Il se laissa pousser la barbe, devint sale et négligea ses vêtements; il maigrit rapidement et son visage se fit plus obscur et creusé, ce qui lui donna une apparence méconnaissable de sannyasin hindou. Il se rendit si en marge de la société qu’il cessa d’exister pour le gouvernement et pour le monde, et pour cette raison personne ne put le retrouver. Peu de temps après, il rencontra Facundo et Barbarroja, les deux hommes qui plus tard le tueraient à coup de barre de fer. Ni Facundo ni Barbarroja n’étaient des criminels, mais les gens en avaient peur ou, pour mieux dire, les fuyaient, comme si la pauvreté était contagieuse. Tandis qu’il y avait des gens qui croyaient en Dieu ou à l’Enfer et qui leurs donnaient des aumônes. Mais, peu à peu, la bonne conscience et les subsides décrûrent, et ces misérables en vinrent à intégrer l’inconscient national, la honte dissimulée d’une économie prospère ou prétentieuse.

Les deux hommes traînaient une vie presque nomade. Ils habitaient tous ou certains des recoins de la vieille station de chemin de fer, évitaient toujours que le gardien les découvre dormant dans quelque wagon abandonné, ou dans le dépôt de fer où ils se réfugiaient par temps de pluie. “Cet endroit est triste” se disait Enriquez, “tant mieux s’ils ne s’en rendent pas compte.”

Mais, je le répète, aucun des deux n’était capable de tuer un oiseau. Aussi il est vrai que pendant les six mois que dura cette convivialité, Enriquez ne leurs adressa la parole qu’une seule fois. Malgré tout, les mendiants ne lui gardèrent aucune rancœur. Ils savaient qu’il était un pauvre fou qui, autrefois, avait vécu comme les gens ordinaires, qu’il avait eu une maison et une auto et, jusqu’à une famille, parce qu’ils l’avaient vu fuir une femme élégante portant une robe propre. Ils avaient appris à cohabiter avec lui comme en famille, et paraissait muet ou handicapé. Certaines fois, lorsque le froid devenait intolérable et que ses mâchoires commençaient à trembler, ils lui donnaient une boîte de conserve replie d’herbes bouillantes. Et lui ne la repoussait pas.

Mais cet hiver fut l’un des pires dont se souviendront les mendiants. Les températures tombaient en dessous de zéro; les mares commençaient à geler et les pâturages devenaient blancs. Il était chaque fois plus difficile sinon impossible de se procurer des bouteilles de verre et encore plus de les vendre. Parce que les gens s’éloignaient de ces hommes qui, chaque année, dépérissaient toujours plus, négligeant leur barbe et leurs vêtements. Et ainsi, peu à peu, ils perdirent le peu de contact oral qui les réunissait au monde.

Barbarroja tomba malade de faim et Facundo commença à se plaindre toute la nuit de rhumatisme ou de quelqu’autre chose d’indéchiffrable. Les maladies et les souffrances crûrent jusqu’à se confondre en un unique enfer. Cependant, les deux mendiants continuaient d’espérer le printemps et la chaleur de l’été qui chaque jour paraissaient plus lointain.

Enriquez le savait. Il savait que cela pouvait être le dernier hiver de ses compagnons. Ils avaient les pieds gonflés et violets, leurs visages étaient pâles et renfoncés, leurs mains inutilisables. Seul les aidait un optimisme déprimant, selon lui.

Un matin, Enriquez ouvrit la bouche pour leurs dire la sentence de leur mort. Ce jour fut l’unique fois qu’ils parlèrent tous les trois et ils parlèrent durant des heures. Facundo et Barbarroja s’informèrent de qui était le fou et cela confirma presque tout ce qu’ils avaient imaginé. En réalité, le fou était ou avait été un homme riche. Un petit bourgeois, pour ses connaissances, mais un homme riche pour ces marginalisés.

La conversation se termina par un proposition du fou. “Il viendra plus de froid” leur dit-il, et “vous-mêmes mourrez. Déjà vous n’avez plus de défenses et vos corps agonisent. Ils endureront la souffrance jusqu’en septembre. Ou, dans le pire des cas, jusqu’en octobre. Mais vous mourrez. Et si vous avez la chance de survivre cette année, vous mourrez l’année prochaine, à la suite d’avoir souffert le double de ce que vous souffrirez cet hiver. Mais vous être si pauvre que vous n’avez ni même d’idées. Vous ne saurez pas comment sortir de cet enfer. Ni même de la façon la plus facile. Vous êtes si pauvre que vous n’avez même pas pensé à aller en prison où les gens jouissent d’un lit avec des couvertures et un toit, où ils mangent presque tous les jours. Vous êtes si pauvres que vous n’avez même pas les forces suffisantes pour voler dans un marché, parce que si vous l’essayeriez, ils vous sortiraient à coup de pommes de terre et vous en termineriez sur le pavé avec le front ensanglanté. Et s’ils vous emprisonnaient pour vol, ils vous remettraient à la rue au bout de deux jours parce que les prisons sont pleines, et parce que même le juge aurait pitié de deux misérables affamés. Mais, comme je suis médecin, je vais vous dire quoi faire pour vous en sortir.”

Les mendiants se regardèrent pour se consulter. Ils ne savaient guère quoi en penser. Ils commençaient même à douter de l’histoire qu’il leurs avait racontée au début, au sujet de sa famille et de sa vie antérieure.

“Pour aller en prison, pour plusieurs années, vous devez me tuer. Ne me regardez pas ainsi comme des idiots. Dissimulez cette stupidité honnête qui vous fait puer dans vos vêtements.”

Facundo et Barbarroja surent ou imaginèrent qu’en ce jour le fou était pire que jamais. Mais il continuait d’insister, avec un réalisme fanatique, sur la convenance de sacrifier un des trois.

– “Dieu nous punira” dit Barbarroja.
– “Dieu déjà vous a punis. Peut-être imaginez-vous un Enfer pire que celui-ci ? Voyez–vous ce que je vous dit ? Vous êtes si pauvres que vous n’avez pas d’idées. Déjà vous ne raisonnez plus. Dois-je venir pour vous dire ce que vous avez à faire ? De plus, pourquoi Dieu aurait-il à punir quelqu’un qui tue un assassin ? La Bible ne dit-elle pas « œil pour œil, dent pour dent » ? J’ai tué une enfant, ma propre fille. Auriez-vous de la compassion pour moi ?”

Les mendiants se levèrent et se retirèrent craintifs. Le fou commençait à leur faire peur pour de vrai. Le temps passa, une semaine ou deux, et ils n’en reparlèrent plus. Ni même ne l’approchaient et allaient jusqu’à éviter de le regarder. La journée du 24, il plût intensément. Facundo et Barbarroja emménagèrent dans le hangar de la station. Comme je l’ai dit auparavant, ils allaient là seulement les jours de pluie, parce que cela ennuierait le gardien de les trouver là. D’autre part, je crois qu’ils préféraient le wagon sans toit, parce qu’il était plus discret et que le vide noir de la hauteur de ce dépôt ne les dérangeait pas. (Malgré qu’ils vivent dans la rue et que je découvris qu’ils souffraient d’une forme rare d’agoraphobie).

Durant ce jour, le fou n’entra pas dans le hangar. Il demeurait sous la pluie toute la nuit comme un fantôme les mains dans les poches et regardait souvent dans le ciel les éclairs que la pluie obscure effaçait.

La journée du 25, le fou, épuisé par la faim et le peu d’envie de vivre, tomba inconscient. La journée du 26, les mendiants se décidèrent à lui apporter une tisane d’herbes bouillies. Mais il ne réagissait déjà plus. Son regard était perdu et à peine pouvait-il bouger les paupières. La peau était blanche et froide, il n’avait ni réaction ni sensibilité d’aucun type. Facundo appuya son oreille sur la poitrine du fou et constata qu’elle ne remuait presque plus. Pendant toute la nuit les deux hommes contrôlèrent en silence les quasis imperceptibles coups que rendait le cœur du fou. Ils attendirent et en prirent soin avec crainte et anxiété. Barbarroja commença à trembler comme jamais auparavant, les épaules contractées et sans pouvoir contrôler les lèvres qui paraissaient réciter un discours sans voix.

La journée du 27, le cœur du fou maintenant ne s’entendait plus et, à la nuit, ils le crurent mort. Mais il ne l’était pas. Par conséquent, la conclusion du médecin légiste était correcte : Eusebio Enriquez n’était pas mort de froid ni de faim, il fut assassiné de coups donnés par deux délinquants qui reconnurent le délit et qui se sauvèrent d’un lynchage certain à la sortie du procès, parce que la police les entraîna jusqu’à une camionnette où ils furent déposés comme déchets.

Jorge Majfud
Uruguay, 1998

Traduit de l’espagnol par:
Pierre Trottier, mai 2006
Trois–Rivières, Québec, Canada

Crisis XVI

Crisis XVI

Jueves 16 de julio. Dow Jones: 8.711

Terra Bella, California. 9: 15 PM

Lupita recoge el puñado de frutillas, pero las frutillas vuelven a resbalar de su mano. Por culpa de esta mano torpe, se queja Lupita, la pobre espalda ya no resiste más. La mano sucia, agrietada, casi no tiene movimientos, casi no duele. Pero la espalda y el vientre sí. Lupe intenta recoger las frutillas otra vez pero las frutillas se alejan como en un túnel. En media hora termina su jornada. Son ocho horas de reverencias sobre la tierra, bajo el sol que da vida a las frutillas.

Pero la media hora se estira como el túnel que aleja las cinco frutillas de su mano.

Dicen que en ningún lugar se producen frutillas tan grandes y rojas, aunque no saben como las de allá, decía Lupita. En el Wal Mart huelen mejor, decía José, por el aire acondicionado. No son frutillas, son frutotas, limpiecitas y ordenaditas en cajitas tranparentes.

Ayer fue igual. 110 grados desde el mediodía hasta las cinco de la tarde. A la sombra, dice Ramón, 110 grados a la sombra. Cuánto es eso, José? Como 40 o 45 grados de allá. Luego bajó a 105 y dicen que al terminar la chamba había 95 y el sol pegaba de abajo. Lo bueno es que el sol se mueve y no te quema siempre del mismo lado. A veces es como si pegara de abajo, decía Lupita. Y cuando pega de abajo es como si una cayera en un túnel oscuro y el sol es el final.

José se reía. Las cosas que una mujer se imagina cuando es tan jovencita. Ella le había alegrado la chamba, desde que llegó hacía dos semanas. José siempre se las arreglaba para trabajar en una línea cerca y ella se sentía más segura cuando lo veía aproximándose con sus manos que eran como máquinas de juntar frutillas. La máquina de piscar, le decían. Pero cuando pasaba cerca de Lupita era como si fuese más despacio, como un nadador que desacelera para descansar.

En una de esas lo perdió de vista. Lupita rogaba a Dios que corriera la última media hora, que llegara el final, que el José dijera “al fin terminamos por hoy”, aunque Lupe sabía que su canasta no se había llenado tan de prisa como ayer y que seguro le estaban poniendo un ojo por bajo rendimiento.

Pero las frutillas, grandes como cinco corazones palpitantes, seguían cayendo por las escaleras del templo y el sol no aflojaba. Hasta que su espalda se quebró y su cara fue a dar contra la tierra seca y un olor a sangre y frutilla, espeso como la sal del mar, borró el sol al final del túnel. Un río caliente corrió por sus piernas hasta regar la madre tierra que a esa hora era como un dragón sediento. “Miguelito”, fue lo último que dijo la Lupe, casi gritando pero sin poder gritar, dijo José.

Michael, dijo la máquina de piscar que no ha vuelto hoy, era el crío que la chica nueva llevaba en sus entrañas. Dicen que ahora andan buscando a quién entregarle la compensación por la finadita.

Jorge Majfud

Milenio (Mexico)

¿Qué es un ideoléxico?

Little Rock, 1959. Rally at state capitol, pro...

Integración racial es comunismo

What Is an Ideolexicon? (English)

 

¿Qué es un ideoléxico?

Varias veces me han pedido que defina qué entiendo por ideoléxico. Nunca he dado la misma respuesta, pero eso no se debe a que la idea sea ambigua o indefinida sino todo lo contrario.

Si bien este es un neologismo, no creo que en su raíz la idea sea original: todo aquello que se nos ocurre ya otros lo intuyeron antes. Basta con leer a los antiguos griegos para descubrir allí los primeros indicios de la teoría de la evolución de Darwin (Empédocles), los átomos de Dalton o Bohr (Leucipo o Demócrito), la equivalencia de masa-energía de Einstein (Heráclito), la epistemología moderna (ídem), la psiquis bicefálica de Freud (Platón), el postestructuralismo de Derrida o Lyotard (los sofistas), etc.

Yo sospecho que el italiano Antonio Gramsci podía haber ampliado el concepto de ideoléxico en los años ’30 (quizás ya lo hizo en su Quaderni del carcere, aunque no he podido encontrar ese momento preciso entre las más de dos mil páginas de esta desarticulada obra). Una de las observaciones de Gramsci al marxismo fue la advertencia de cierta autonomía de la supraestrcutura. Es decir, si anteriormente se entendía que la infraestructura (el orden económico, productivo) determinaba la realidad supraestructural (la cultura en general), luego se vio que el proceso no sólo podía ser inverso (Max Weber) sino simultáneo o dialéctico (Althusser). Para mí, ejemplos de lo primero son la esclavitud, la educación moderna, el feminismo, etc. Los ideales humanistas que condenaban la esclavitud existían desde siglos antes de que se transformaran en un precepto social. Una explicación marxista es inmediata: sólo cuando la industria de los países desarrollados (Inglaterra y el norte de Estados Unidos) encontró un problema económico en el sistema esclavista, se impuso la nueva (práctica) moral. Lo mismo la educación universal: la uniformidad de las túnicas de los niños, el riguroso cumplimiento de horarios no hacen otra cosa que adaptar al futuro obrero a la disciplina de la industria (o del ejército), de la cultura de la estandarización. Razón por la cual hoy en día las universidades y la educación en general comenzaron un proceso inverso de des-uniformización. También los reclamos feministas son antiguos (y parte del humanismo), pero no se convierten en una exigencia moral hasta que la sociedad capitalista y las sociedades comunistas industrializadas necesitaron nuevos trabajadores y, sobre todo, nuevas asalariadas.

Aparte, podemos entender que, aunque estos logros no se hayan obtenido por una conciencia ética sino por iniciales intereses de los opresores (como el voto universal a un pueblo fácilmente manipulable por el caudillo y la propaganda), de cualquier forma el camino recorrido “hacia adelante” no se desandará tan fácilmente, aunque cambien aquellos intereses que los hicieron posible. El poder nunca es absoluto; siempre debe hacer concesiones para mantenerse.

En nuestra época, aunque el uso de la fuerza bruta como en tiempos de Atila no se desprecia del todo, ya no es posible arrasar pueblos y oprimir otros hombres y mujeres sin una legitimación. Menos en una sociedad global que, aunque todavía sumergida en las tradicionales redes de información, progresivamente tiende a arrebatarle a los poderes sectarios la narración de su propia historia. Estas legitimaciones del poder pueden ser burdas (aún confían en la frágil memoria de los pueblos obedientes o amedrentados por la violencia física y moral), pero su fuerza es el poder de manipulación semántica que produce una determinada realidad: cuando se tira una bomba desde un avión y mueren decenas de inocentes, se usan nombres como “defensa”, “liberación”, “efectos colaterales”, etc. Si la misma bomba es puesta por un individuo en un mercado y mata la misma cantidad de inocentes, ese acto es definido como “terrorista”, “bárbaro”, “asesino”, etc. Del otro lado, los ideoléxicos serán diferentes: unos son imperialistas, los otros rebeldes o patriotas.

En el siglo XIX, el argentino D. F. Sarmiento definió a José Artigas como “terrorista” (para otros libertador, rebelde), mientras el general Julio Argentino Roca se convertía en un héroe militar, en múltiples estatuas de bronce, por la limpieza étnica que su ejército llevó a cabo contra los originales dueños de la Patagonia (“No hubo batalla, fue una cabalgata bajo el sol patagónico y logramos 1600 muertos y otros 10.000 de la chusma. Era el destino de una raza salvaje que ya estaba vencida”, informó el venerado general Roca).

Es decir, un ideoléxico es una palabra o una combinación de términos que han sido colonizados en su semántica con un propósito político-ideológico (extremista, radical, patriota, normal, demócrata, buenas costumbres). Esta colonización generalmente es llevada a cabo por una cultura hegemónica, pero su mayor particularidad radica en la manipulación discursiva de un poder político hegemónico que es disputado por las ideologías resistentes. La calificación de “radical” o “extremista”, al poseer una valoración negativa, será un instrumento de lucha: cada adversario —el dominante y el marginal— procurarán asociar este ideoléxico (cuya valoración no se encuentra en disputa) a aquellos otros ideoléxicos ajenos de valoración inestable, como progresista, feminista, homosexual, liberal, globalización, civilización, etc.

En resumen, un ideoléxico es un arma semántica con un uso politikós (o sociopolítico) y al mismo tiempo es el objetivo de disputa de diferentes grupos en una sociedad. Cuando uno de ellos se consolida como valor negativo o positivo (ej., comunismo), pasa a ser un instrumento de colonización de otros ideoléxicos que se encuentran en disputa social, histórica.

A su vez, cada ideoléxico se compone de un campo semántico positivo y otro negativo cuyos límites se definen según el avance o retroceso de los grupos sociales en disputa (por ejemplo, justicia, libertad, igualdad, etc.). Es decir, cada grupo procurará definir lo que significa y lo que no significa “justicia”, “libertad”, a veces usando instrumentos clásicos como la deducción o la inducción, pero por lo general operando una suerte de declaración ontológica (A es B, B no es C) mediante la asociación o intercepción de los campos semánticos de dos o más ideoléxicos (integración racial = comunismo; igualdad + libertad = justicia, etc.)

Cuando en los años ’50 en Estados Unidos la integración racial se encontraba en disputa, quienes se oponían a este cambio se manifestaron con carteles por las calles: “race mixing is communism” (la integración racial es comunismo). La palabra “comunismo” —como “marxismo” en América Latina— se encontraba consolidada en sus valores negativos, demoníacos. Su significado y valoración no estaban en disputa. Cuando los soldados de las oligarquías latinoamericanas asesinaban a un cura o a un periodista o a un sindicalista, en cualquier caso se justificaban aduciendo que eran marxistas, sin haber leído jamás un libro de Marx y sin tener más idea del marxismo de aquella que habían recibido de la estratégica repetición diaria.

Jorge Majfud

Junio 2007.

The University of Georgia

Milenio (Mexico) 

 

What Is an Ideolexicon?

I have been asked several times to define what I mean by ideolexicon. I have never given the same response, but that is not due to the idea being ambiguous or undefined but quite the contrary.

Although this term is a neologism, I do not believe that at root the idea is original: everything that occurs to us others have already intuited before. It is sufficient to read those ancient Greeks in order to discover there the first indications of Darwin’s theory of evolution (Empedocles), Dalton or Bohr’s atoms (Leucippius or Democritus), Einstein’s mass-energy equivalency (Heraclitus), modern epistemology (idem), Freud’s bicephalic psyche (Plato), Derrida or Lyotard’s poststructuralism (the Sophists), etc.

I suspect that the Italian Antonio Gramsci could have broadened the ideolexicon concept in the 1930s (perhaps he had already done so in his Quaderni del carcere, although I have not been able to find that precise moment among the more than two thousand pages of this disarticulated work). One of Gramsci’s observations with regard to Marxism was the warning of a certain autonomy of the superstructure. That is, if previously it was understood that the infrastructure (the productive, economic order) determined superstructural reality (culture in general), later it was seen that the process could not only be the inverse (Max Weber) but simultaneous or dialectical (Althusser). For me, examples of the first are slavery, modern education, feminism, etc. Humanist ideals that condemned slavery existed centuries before they would be transformed into a social precept. A Marxist explanation is immediate: only when the industry of the developed countries (England and the northern United States) found an economic problem with the slavery system was the new morality (and practice) imposed. The same with universal education: the uniformity of the children’s tunics, the rigorous compliance with schedules do nothing more than to adapt the future worker to the discipline of industry (or the army), the culture of standardization. For which reason today the universities and education in general have begun a reverse process of de-uniformization. Feminist demands are also ancient (and part of humanism), but they do not become a moral exigency until capitalist society and the industrialized communist societies needed new workers and, above all, new female wage workers.

Anyway, we can understand that, although these advances have not been obtained by an ethical conscience but by initial interests of the oppressors (like the universal vote for a people easily manipulable by the caudillo and propaganda), at any rate the road travelled “forward” is not walked backward so easily, even if those interests that made it possible were to change. Power is never absolute; it always must make concessions in order to maintain itself.

In our time, even though the use of brute force like in the times of Attila is not entirely looked down upon, it is no longer possible to lay waste to peoples and oppress other men and women without a legitimation. Much less in a global society that, though still submersed in the traditional networks of information, progressively tends to snatch from sectarian powers the narration of its own history. These legitimations of power may be farcical (they still trust in the fragile memory of obedient nations, or nations terrified by physical and moral violence), but their strength is the power of semantic manipulation to produce a determined reality: when a bomb is dropped from a plane and tens of innocents die, terms are used like “defense,” “liberation,” “collateral effects,” etc. If the same bomb is placed by an individual in a market and it kills the same quantity of innocents, that act is defined as “terrorist,” “barbaric,” “murderous,” etc. From the other side, the ideolexicons will be different: some are imperialists, other rebels or patriots.

In the 19th century, the Argentine D.F. Sarmiento defined José Artigas as “terrorist” (for others he was liberator, rebel), while the general Julio Argentino Roca became a military hero, in multiple bronze statues, because of the ethnic cleansing that his army carried out against the original owners of Patagonia (“There was no battle, it was a parade beneath the Patagonian sun and we achieved 1600 dead and another 10,000 of the rabble. It was the fate of a savage race that was already defeated,” informed the venerated general Roca).

Which is to say, an ideolexicon is a word or a combination of terms (extremist, radical, patriot, normal, democrat, good manners) that has been colonized in its semantics with a politico-ideological purpose. This colonization generally is carried out by a hegemonic culture, but its greatest particularity is rooted in the discursive manipulation of a hegemonic political power that is disputed by resistant ideologies. The qualification of “radical” or “extremist,” by possessing a negative valorization, will be an instrument of struggle: each adversary – the dominant and the marginal – will seek to associate this ideolexicon (whose valorization is not found to be in dispute) with those other ideolexicons whose valorization is unstable, like progressive, feminist, homosexual, liberal, globalization, civilization, etc.

In summary, an ideolexicon is a semantic weapon with a political (or socio-political) usage and at the same time it is the object of dispute of different groups in a society. When one of them is consolidated as a negative or positive value (ex., communism), it comes to be an instrument of colonization of other ideolexicons that are in social and historical dispute.

In its turn, each ideolexicon is composed of a positive semantic field and a negative one whose limits are defined according to the advance and retreat of the social groups in dispute (for example, justice, freedom, equality, etc.). That is, each group will seek to define what is meant and what is not meant by “justice,” “freedom,” at times using classical instruments like deduction and induction, but generally operating a kind of ontological declaration (A is B, B is not C) by way of association or interception of the semantic fields of two or more ideolexicons (racial integration=communism; equality+freedom=justice, etc.). When in the 1950s in the United States racial integration was in dispute, those who opposed this change demonstrated in the streets with placards: “race mixing is communism.” The word “communism” – like “Marxism” in Latin America – had been consolidated in its negative, demonized, values. Its meaning and valorization were not in dispute. When the soldiers of the Latin American oligarchies would murder a priest or a journalist or a unionist, whatever the case they justified themselves by adducing that the victims were Marxists, without having ever read a book by Marx and without having any more idea of what Marxism was than what they had received through strategic daily repetition.

Dr. Jorge Majfud

Translated by Dr. Bruce Campbell

Virginia Tech: un análisis ideoléxico de una tragedia

La mayoría de las medicinas que se venden en forma de píldoras, recubren una determinada droga, químico o compuesto con una capa de color atractivo y gusto dulce. En español, la sabiduría popular usa esta particularidad para construir una metáfora: “tragarse la píldora” tiene una connotación negativa y expresa la acción de consumir una cosa con la forma o el gusto de otra. Es decir, creer o aceptar una verdad como hecho incuestionable sin ser conscientes de las verdaderas implicaciones. En la tradición literaria, este fenómeno epistemológico se entendía con la metáfora del caballo de Troya, también usado hoy en día para designar virus informáticos. Un ideoléxico puede entenderse como una pastilla que el discurso hegemónico prescribe e impone con seductora violencia. Por ejemplo, el ideoléxico libertad viene recubierto de una plétora de lugares comunes y dulcemente positivos (la libertad, como precepto universal lo es). Sin embargo, dentro de este recubrimiento dulce y brillante se esconden las verdaderas razones de las acciones: la dominación, la opresión, la violencia de los intereses sectarios, etc. El recubrimiento dulce y brillante anula la percepción se sus opuestos: el contenido amargo y opaco.

La tarea del crítico consiste en romper la envoltura, es des-cubrir, en des-velar el contenido de la píldora, del ideoléxico. Claro que esta tarea tiene resultados amargos, como el centro de la píldora. Los adictos a una droga no renunciarán a ella sólo porque alguien descubra las graves implicaciones de su confort momentáneo. De hecho, se resistirán a esta operación de exposición.

Analicemos un ideoléxico común en el discurso dominante del capitalismo tardío: la responsabilidad personal. De entrada vemos que su cobertura es del todo dulce y brillante. ¿Quién sería capaz de discutir el valor de la responsabilidad de cada individuo? Un posible cuestionamiento sería rápidamente anulado por una falsa alternativa: la irresponsabilidad. Pero podemos comenzar problematizando el nuevo falso dilema observando que el mismo adjetivo —personal— de este ideoléxico compuesto anula o anestesia otro menos común y más difícil de apreciar por los sentidos: no se menciona la posibilidad de la existencia de una “responsabilidad social”. Tampoco se habla o se acepta —en base a una alarga tradición religiosa— que puedan existir “pecados sociales”.

Vayamos más al centro de un caso concreto: la trágica matanza ocurrida en la Universidad de Virginia Tech. Quienes pusieron el dedo acusador —tímidamente, como siempre— en la cultura de las armas en Estados Unidos, fueron criticados en nombre del ideoléxico de la responsabilidad personal. “No son las armas las que matan gentes —comentó un amigo del rifle en un diario— sino la gente misma. El problema está en los individuos, no en las armas”. La píldora muestra un alto grado de obviedad, pero lleva nuevamente otros problemas: nadie cuestionó cómo podría hacer un desquiciado para matar a treinta personas con una piedra, con un palo o, incluso, con un cuchillo.

Esta lógica se expresa cubriendo una contradicción interna del discurso. Cuando se habla de drogas, se culpa a los productores, no a los consumidores. Pero cuando se habla de armas, se culpa del mal a los consumidores, no a los productores. La razón estiba, entiendo, en el lugar que ocupa el poder. En el caso de las drogas, los productores son los otros, no “nosotros”; en el caso de las armas, los consumidores son los otros; “nosotros” nos limitamos a su producción. El discurso hegemónico nunca menciona que si no existiese el consumo de drogas en los países ricos no existiría la producción que satisface la demanda; si no existiera esta calamidad en la ilegalidad tampoco existirían las mafias de narcotraficantes. O su existencia sería raquítica, en comparación a lo que es hoy. Pero como los otros (los productores de los países pobres) son los responsables individuales, “nosotros” (los productores de armas, los responsables administradores de la ley) estamos legitimados para producir más armas que los otros deberán consumir, para respaldar la ley —y para quebrantarla.

Si alguien, como el asesino de Virginia Tech compra un par de armas con más facilidad y cien veces más rápido con que uno puede comprar un auto, y comete una masacre, toda la responsabilidad radica en el desquiciado. Entonces, se llega a una trágica paradoja: una sociedad armada hasta los dientes está a la merced de los desquiciados que no saben ejercer correctamente su responsabilidad personal. Para corregir este problema, no se recurre a la responsabilidad social, combatiendo las armas y el sistema económico y moral que lo sustenta, sino vendiendo más armas a los individuos responsables, para que cada uno pueda ejercer con más fuerza su propia “responsabilidad personal”. Hasta que vuelve a aparecer alguien excepcionalmente enfermo —en una sociedad de santos los demonios son excepciones muy frecuentes— y comete otra masacre, esta vez más grande, ya que el poder de destrucción de las armas siempre se perfecciona, gracias a la alta tecnología y a la moral de los individuos responsables.

Jorge Majfud

The University of Georgia

Abril 2007

Virginia Tech: an ideo-lexical analysis of a tragedy

Most of the medicines that it is sold as pills cover a certain drug, chemic or compound with a coat that has an attractive color and a sweet taste. In Spanish, popular wisdom uses this characteristic to build a metaphor: “to swallow the pill” has a negative meaning and expresses the action of taking something with the shape or the taste of something else. That means, to believe or accept a truth as an unquestionable event without being conscious of the true implications. In literary tradition this epistemological phenomena is understood with the Troy Horse metaphor, which is also still use to name some computer viruses. An ideo-lexical may be understood as a pill prescribed and imposed by an hegemonic discourse with a seducing violence. For example, the ideo-lexical freedom is covered by a plethora of common and sweetly positive places (freedom, as a universal precept is so).

However, within this sweet and brilliant cover there are the true reasons behind the actions: domination, oppression, violence against sectarian interests, etc. The sweet and brilliant cover annuls the perception of its opposites: the sour and opaque content.

The job of the critic is to break the cover, to discover, to reveal the content of the pill, of the ideo-lexical. Of course, this job has bitter results, just like the center of the pill. Those who are addicted to a drug do not renounce to it just because someone might discover the grave implications of their momentary comfort. In fact, they will try to resist this operation of exposition.

Let us analyze a common ideo-lexical in the dominating discourse of late capitalism: personal responsibility. To start of we notice that its cover is totally sweet and brilliant. Who would be capable of arguing the value of the responsibility of each individual? A possible question would be quickly annulled by a fake alternative: irresponsibility. But we may start by taking the new fake dilemma as the problem by observing that the adjective itself-personal-of this compound ideo-lexical annuls or anesthetizes another one which is less common and harder to appreciate by the senses: the possibility of the existence of a “social responsibility” is never mentioned. It is also never mentioned or accepted-due to a long religious tradition-that there might be “social sins.”

Let us go deeper in a specific case: the tragic massacre which took place at the Virginia Tech University. Those people who—shyly, as ever—placed their accusing finger in the weapons culture from the United States, were criticized in the name of the personal responsibility ideo-lexical. “Weapons are not what kill people-commented a friend of the rifle in a newspaper-people are who kill people. The problem is the people, not the weapons.” The pill shows a high level of obviousness, but there are again some other problems: nobody questioned how some crazy man could kill thirty people with a stone, with a stick or even with a knife.

This logic is expressed by covering an internal contradiction in the discourse. When we talk about drugs, we are blaming the producers, not the consumers. But when we talk about weapons, we are blaming the consumers, not the producers. The reason is to be found, I believe, in the place where power is to be found. In the case of drugs, the producers are the others, not us; in the case of the weapons, the consumers are the other; we are only producing them. The hegemonic discourse never mentions that if there were no drug consumption in the wealthy countries there would be no production to satisfy that demand; if there was no illegality there would also never exist the mafia groups of drug dealers. Or at least, their existence would be minimal, compared to what we have today. But because the others (the producers from the poor countries) are individually responsible, we (the producers of weapons, who are responsible of administrating the law) are legitimized to produce more weapons which should be consumed by the others to back up the law-and to break it.

If someone like the Virginia Tech murder buys a couple of guns more easily and a hundred times faster than you can buy a car and commits a massacre, the responsibility is completely of the madman. We reach then a tragic paradox: a society that is armed to their teeth is entirely in the hands of the crazy people who do not know how to correctly control their personal responsibility. In order to solve this problem, they don’t turn to social responsibility, by fighting the weapons and the economic and moral system that sustains them, but they sell more weapons to the responsible individuals, so that every single one of them may be more capable of performing their own “personal responsibility.” Until somebody else who is exceptionally ill-in a society of saints, demons are very frequent exceptions-may appear again and commits another massacre, bigger this time, because the power of destruction of the weapons is getting more and more perfected, thanks to the high technology and the moral of the responsible individuals.

Dr. Jorge Majfud

Translated by Dr. Bruce Campbell

La rebelión de los lectores, la clave de nuestro siglo

Uno de los sitios recurrentes para los turistas en Europa son sus catedrales góticas. Los espacios góticos, tan diferente a los románicos siglos anteriores, nos suelen impresionar por la sutileza de su estética, algo que comparte con la antigua arquitectura del pasado imperio árabe. Quizás lo que más pasa inadvertido es la razón de los relieves en sus fachadas. Aunque la Biblia condena la costumbre de representar figuras humanas, éstas abundan en las piedras, en los muros y en los vitrales. La razón es, antes que estética, simbólica y narrativa.

En una cultura de analfabetos, la oralidad era el sustento de la comunicación, de la historia y del control social. Aunque el cristianismo estaba basado en las Escrituras, escritos era lo que menos abundaba. Al igual que en nuestra cultura actual, el poder social se construía sobre la cultura escrita, mientras que las clases trabajadoras debían resignarse a escuchar. Los libros no sólo eran piezas casi originales, escasas, sino que estaban cuidados con celo por quienes administraban el poder político y la política de Dios. La escritura y la lectura eran casi un patrimonio de la nobleza; escuchar y obedecer era función del vulgo. Es decir, la nobleza siempre fue noble porque el vulgo era muy vulgar. Razón por la cual el vulgo, analfabeto, asistía cada domingo a escuchar al sacerdote leer e interpretar los textos sagrados a su antojo —al antojo oficial— y confirmar la verdad de estas interpretaciones en otro tipo de interpretación visual: los íconos y los relieves que ilustraban la historia sagrada sobre los muros de piedra.

La cultura oral de la Edad Media comienza a cambiar en ese momento que llamamos Humanismo y que más comúnmente se enseña como Renacimiento. La demanda de textos escritos se acelera mucho antes que Johannes Gutenberg inventara la imprenta en 1450. De hecho, Gutenberg no inventó la imprenta, sino una técnica de piezas móviles que aceleraba aún más este proceso de reproducción de textos y masificación de lectores. El invento fue una respuesta técnica a una necesidad histórica. Este es el siglo de la emigración de los académicos turcos y griegos a Italia, de los viajes de los europeos a Medio Oriente sin la ceguera de una nueva cruzada. Quizás, también es el momento en que la cultura occidental y cristiana gira hacia el humanismo que sobrevive hoy mientras la cultura islámica, que se había caracterizado por este mismo humanismo y por la pluralidad del conocimiento no religioso, hace un giro inverso, reaccionario.

El siglo siguiente, el XVI, será el siglo de la Reforma protestante. Aunque siglos más tarde se convertiría en una fuerza conservadora, su nacimiento —como el nacimiento de toda religión— surge de una rebelión contra la autoridad. En este caso, contra la autoridad del Vaticano. No es Lutero, sin embargo, el primero en ejercitar esta rebelión sino los mismos humanistas católicos que estaban disconformes y decepcionados con las arbitrariedades del poder político de la iglesia. Esta disconformidad se justificó por la corrupción del Vaticano, pero es más probable que la diferencia radicase en una nueva forma de percibir un antiguo orden teocrático.

El protestantismo, como lo dice su palabra, es —fue— una respuesta desobediente a un poder establecido. Una de sus particularidades fue la radicalización de la cultura escrita sobre la cultura oral, la independencia del lector en lugar del escucha obediente. No sólo se cuestionó la perfección de la Vulgata, traducción al latín de los textos sagrados, sino que se trasladó la autoridad del sermón a la lectura directa, o casi directa, del texto sagrado que había sido traducido a lenguas vulgares, a las lenguas del pueblo. El uso de una lengua muerta como el latín confirmaba el hermetismo elitista de la religión (la filosofía y las ciencias abandonarían este uso mucho antes). A partir de este momento, la tradición oral del catolicismo irá perdiendo fuerza y autoridad. Tendrá, sin embargo, varios renacimientos, especialmente en la España de Franco. El profesor de ética José Luis Aranguren, por ejemplo, quien hiciera algunas observaciones progresistas de la historia, no estuvo libre de la fuerte tradición que lo rodeaba. En Catolicismo y protestantismo como formas de existencia fue explícito: “el cristianismo no debe ser ‘lector’ sino ‘oyente’ de la Palabra, y ‘oírla’ es tanto como ‘vivirla’” (1952).

Podemos entender que la cultura de la oralidad y la obediencia tuvieron un revival con la invención de la radio y de la televisión. Recordemos que la radio fue el instrumento principal de los nazis en la Alemania de la preguerra. También lo fueron, aunque en menor medida, el cine y otras técnicas del espectáculo. Casi nadie había leído ese mediocre librito llamado Mein Kampf  (su título original era Contra la Mentira, la Estupidez y la Cobardía) pero todos participaron de la explosión mediática que se produjo con la expansión de la radio. Durante todo el siglo XX, el cine primero y después la televisión fueron los canales omnipresentes de la cultura norteamericana. Por ellos, no sólo se modeló una estética sino, a través de ésta, una ética y una ideología, la ideología capitalista.

En gran medida, podemos considerar el siglo XX como una regresión a la cultura de las catedrales: la oralidad y el uso de la imagen como medios de narrar la historia, el presente y el futuro. Los informativos, más que informadores han sido y siguen siendo aún formadores de opinión, verdaderos púlpitos —en la forma y en el contenido— que describen e interpretan una realidad difícil de cuestionar. La idea de la cámara objetiva es casi incontestable, como en la Edad Media nadie o pocos se oponían a la verdadera existencia de demonios e historias fantásticas representadas en las piedras de las catedrales.

En una sociedad donde los gobiernos dependen del respaldo popular, la creación y manipulación de la opinión pública es más importante y debe ser más sofisticada que en una burda dictadura. Es por esta razón por la cual los informativos de televisión se han convertido en un campo de batalla donde sólo una de las partes está armada. Si las armas principales en esta guerra son los canales de radio y televisión, sus municiones son los ideoléxicos. Por ejemplo, el ideoléxico radical, que se encuentra valorado negativamente, siempre se debe aplicar, por asociación y repetición, al adversario. Lo paradójico, es que se condena el pensamiento radical —todo pensamiento serio es radical— al tiempo que se promueve una acción radical contra ese supuesto radicalismo. Es decir, se estigmatiza a los críticos que van más allá de un pensamiento políticamente correcto cuando éstos señalan la violencia de una acción radical, como puede serlo una guerra, un golpe de estado, la militarización de una sociedad, etc. En las pasadas dictaduras de nuestra América, por ejemplo, la costumbre era perseguir y asesinar a todo periodista, sacerdote, activista o gremialista identificados como radicales. Protestar o tirar piedras era propio de radicales; torturar y asesinar de forma sistemática era el principal recurso de los moderados. Hoy en día, en todo el mundo, los discursos oficiales hablan de radicales cuando se refieren a todo aquel que no concuerda con la ideología oficial.

Nada en la historia es casual, aunque sus causas están más en el futuro que en el pasado. No es casualidad que hoy estamos entrando a una nueva era de la cultura escrita que es, en gran medida, el instrumento principal de la desobediencia intelectual de los pueblos. Dos siglos atrás lectura significaba dictado de cátedra o sermón de púlpito; hoy es lo contrario: leer significa un esfuerzo de interpretación, y un texto ya no es sólo una escritura sino cualquier trama simbólica de la realidad que transmite y oculta valores y significados.

Una de las principales plataformas físicas de esa nueva actitud es Internet, y su procedimiento consiste en comenzar a reescribir la historia al margen de los tradicionales medios de imposición visual. Su caos es sólo aparente. Aunque Internet también incluye imágenes y sonidos, éstas ya no son productos que se reciben sino símbolos que se buscan y se producen como en un ejercicio de lectura.

A medida que los poderes económicos, las corporaciones de todo tipo, pierden el monopolio de la producción de obras de arte —como el cine— o la producción de ese otro género de ficción de pupitre, el sermón diario donde se administra el significado de la realidad, los llamado informativos, los individuos y los pueblos comienzan a tomar una conciencia más crítica que, naturalmente es una consciencia desobediente. Quizás en un futuro, incluso, estemos hablando del El fin de los imperios nacionales y la ineficacia de la fuerza militar. Esta nueva cultura lleva a una inversión progresiva del control social: del control de arriba hacia abajo se convierte en el más democrático control de abajo hacia arriba. Los llamados gobiernos democráticos y las dictaduras de viejo estilo no toleran esto porque sean democráticos o benevolentes sino porque no les conviene la censura directa de un proceso que es imparable. Sólo pueden limitarse a reaccionar y demorar lo más posible, recurriendo al viejo recurso de la violencia física, el derrumbe de sus imperios sectarios.

Jorge Majfud

The University of Georgia

16 de febrero de 2007

 

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L’Humanisme, la dernière grande utopie d’Occident.

L’Humanisme, la dernière grande utopie d’Occident

“L’Occident n’a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux ne l’oublient jamais”.

Par Jorge Majfud *

El Correo . Paris, 2 février 2007.

Une des caractéristiques de la pensée conservatrice tout au long de l’histoire moderne fut de voir le monde à travers des compartiments plus ou moins isolés, indépendants, incompatibles. Dans son discours, ceci est simplifié par une seule ligne de démarcation : Dieu et le diable, nous et ils, les véritables hommes et les barbares. Dans sa pratique, on répète l’ancienne obsession par des frontières de toute sorte : politiques, géographiques, sociales, de classe, de genre, etc. Ces murs épais sont élevés avec l’accumulation successive de deux louches de peur et d’une de sécurité.

Traduit dans un langage postmoderne, cette nécessité de frontières et de cuirasses est recyclée et vendue comme une micropolitique, c’est-à-dire, une pensée fragmentée (la propagande) et une affirmation locale des problèmes sociaux en opposition à la vision la plus globale et structurelle de l’Ere Moderne précédente.

Ces segments sont mentaux, culturels, religieux, économiques et politiques, raison pour laquelle ils se trouvent en conflit avec les principes humanistes que prescrit la reconnaissance de la diversité en même temps qu’une égalité implicite au plus profond et au cœur de ce chaos apparent. Sous ce principe implicite sont apparus des Etats prétendument souverains il y a quelques siècles : même entre deux rois, il ne pouvait pas y avoir une relation de soumission ; entre deux souverains, il pouvait seulement y avoir des accords, pas d’obéissance. La sagesse de ce principe a été étendue aux peuples, prenant une forme écrite dans la première constitution des Etats-Unis. Reconnaître comme sujets de droit, les hommes et les femmes (“We the people…”) était la réponse aux absolutismes personnels et de classe, résumé dans la réplique cinglante de Louis XIV,”l’État c’est Moi”. Plus tard, l’idéalisme humaniste de la première heure de cette constitution a été relativisé, excluant l’utopie progressiste de l’abolition de l’esclavage.

La pensée conservatrice, par contre, a traditionnellement procédé de manière inverse : si les pays sont tous différents, toutefois quelques uns sont meilleurs que d’autres. Cette dernière observation serait acceptable pour l’humanisme si elle ne portait pas explicitement un des principes de base de la pensée conservatrice : notre île, notre bastion est toujours le mieux. En plus : notre pays est le pays choisi par Dieu et, par conséquent, doit régner à tout prix. Nous le savons parce que nos chefs reçoivent dans leurs rêves la parole divine. Les autres, quand ils rêvent, délirent.

Ainsi, le monde est une concurrence permanente qui s’est traduite, finalement, dans des menaces mutuelles et dans la guerre. La seule option pour la survie du meilleur, du plus fort, de l’île choisie par Dieu est de vaincre, d’annihiler l’autre. Il n’est pas rare que les conservateurs dans le monde soient définis comme individus religieux et, en même temps, qu’ils soient les principaux défenseurs des armes, qu’elles soient personnelles ou étatiques. C’est, précisément, la seule chose qu’ils tolèrent à l’État : le pouvoir d’organiser une grande armée où mettre tout l’honneur d’un peuple. La santé et l’éducation, en revanche, doivent relever des “responsabilités personnelles” et non être une charge sur les impôts des plus riches. Selon cette logique, nous devons la vie aux soldats, non aux médecins, ainsi que les travailleurs doivent le pain aux riches.

En même temps que les conservateurs haïssent la Théorie de l’évolution de Darwin, ils sont des partisans radicaux de la loi de survie du plus fort, non appliquée à toutes les espèces mais aux hommes et aux femmes, aux pays et aux sociétés de tout type. Qu’est-ce qu’il y de plus darwinien que les entreprises et le capitalisme à sa racine ?

Pour le très douteux professeur de Harvard, Samuel Huntington, “l’impérialisme est la conséquence logique et nécessaire de l’universalisme”. Pour nous les humanistes, non : l’impérialisme est seulement l’arrogance d’un secteur qui est imposé par la force aux autres, il est l’annihilation de cette universalité, c’est l’imposition de l’uniformité au nom de l’universalité.

L’universalité humaniste est autre chose : c’est la maturation progressive d’une conscience de libération de l’esclavage physique, moral et intellectuel, tant de l’oppressé que de l’oppresseur en dernier ressort. Et il ne peut pas y avoir pleine conscience s’il n’est pas global : on ne libère pas un pays en oppressant un autre, la femme ne se libère pas en oppressant à l’homme, et son contraire. Avec une certaine lucidité mais sans réaction morale, le même Huntington nous le rappelle : “L’Occident n’a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux ne l’oublient jamais”.

La pensée conservatrice aussi s’est différencie du progressiste par sa conception de l’histoire : si pour le première l’histoire se dégrade inévitablement (comme dans l’ancienne conception religieuse ou dans la conception des cinq métaux d’Hésiode (Poète grec, milieu du 8ème Siècle avant J.C.), pour l’autre c’est un processus d’amélioration ou d’évolution. Si pour l’un, nous vivons dans le meilleur des mondes possibles, bien que toujours menacé par des changements, pour l’autre le monde est bien loin d’être l’image du paradis et de la justice, raison pour laquelle le bonheur de l’individu n’est pas possible au milieu de la douleur d’autrui.

Pour l’humanisme progressiste, il n’y a pas d’individus sains dans une société malade comme il n’y a pas société saine qui inclut des individus malades. Il n’ y a pas d’ homme sain avec un problème grave au foie ou au cœur, comme un cœur sain dans un homme déprimé ou schizophrénique n’est pas possible. Bien qu’un riche soit défini par sa différence avec les pauvres, personne de véritablement riche n’est entouré de pauvreté.

L’humanisme, comme nous le concevons ici, est l’évolution intégratrice de la conscience humaine qui pénètre les différences culturelles. Les chocs de civilisations [1], les guerres stimulées par les intérêts sectaires, tribaux et nationalistes peuvent seulement être vues comme des tares de cette géo-psychologie.

Maintenant, voyons comment le paradoxe magnifique de l’humanisme est double :

1) ce fut un mouvement qui dans une grande mesure est apparu chez les Catholiques pratiquants du XIVème siècle et ensuite a découvert une dimension séculaire de la créature humaine, et

2) il a été en outre un mouvement qui en principe revalorisait la dimension de l’homme comme individu pour atteindre, au XXème siècle, la découverte de la société dans son sens le plus plein.

Je me réfère, sur ce point, à la conception de l’individu comme ce qui est opposé à l’individualité, à l’aliénation de l’homme et de la femme en société. Si les mystiques du XVème siècle se centraient sur « son soi » comme forme de libération, les mouvements de libération du XXème siècle, bien qu’apparemment ayant échoués, on a découvert que cette attitude de monastère n’était pas morale depuis le moment qu’elle était égoïste : on ne peut pas être pleinement heureux dans un monde plein de douleur. A moins que ce soit le bonheur de l’indifférent. Mais il ne l’est pas à cause d’ un certain type d’indifférence vers la douleur d’autrui qui définit toute morale n’emporte où dans le monde. Y compris dans les monastères et les Communautés les plus fermées, traditionnellement on se donnait le luxe de s’éloigner du monde des pécheurs grâce aux subventions et aux quotes-parts qui venaient de la sueur du front des ces mêmes pécheurs.

Les Amish aux Etats-Unis, par exemple, qui utilisent aujourd’hui des chevaux pour ne pas être contaminés par l’industrie des véhicules à moteur, sont entourés de matériels qui sont arrivés jusqu’ à eux, d’une manière ou d’une autre, par un long processus mécanique et souvent par l’exploitation du prochain. Nous-mêmes, qui nous nous scandalisons de l’exploitation d’enfants dans les métiers à tisser de l’Inde ou dans les plantations en Afrique et Amérique Latine, nous consommons, d’une manière ou d’une autre, ces produits. L’orthopraxie n’éliminerait pas les injustices du monde – selon notre vision humaniste -, mais nous ne pouvons pas renoncer ou affaiblir cette conscience pour laver nos remords. Si déjà nous n’espérons plus qu’une révolution salvatrice change la réalité et change les consciences, essayons, en revanche, de ne pas perdre la conscience collective et globale pour soutenir un changement progressif, fait par les peuples et non par quelques illuminés.

Selon notre vision, que nous identifions par le dernier stade de l’humanisme, l’individu avec conscience ne peut pas éviter l’engagement social : changer la société pour que celle-ci fasse naître, à chaque pas, un individu nouveau, moralement supérieur. Le dernier humanisme évolue dans cette nouvelle dimension utopique et radicalise quelques principes de la précédente Ere Moderne, comme l’est la rébellion des masses. Raison pour laquelle nous pouvons reformuler le dilemme : il ne s’agit pas d’un problème de gauche ou de droite mais d’avant ou d’arrière. Il ne s’agit pas de choisir entre religion ou sécularisme. Il s’agit d’une tension entre l’humanisme et le tribalisme, entre une conception diverse et unitaire de l’humanité et une autre opposée : la vision fragmentée et hiérarchique dont le but est de régner, d’imposer les valeurs d’une tribu sur les autres et en même temps nier tout type d’évolution.

Telle est la racine du conflit moderne et postmoderne. Tant la Fin de l’Histoire que le Choc de Civilisations prétendent cacher ce que nous estimons être le véritable problème de fond : il n’y a pas dichotomie entre l’Est et l’Occident, entre eux et nous, mais entre la radicalisation de l’humanisme (dans son sens historique) et la réaction conservatrice que brandit encore le pouvoir mondial, bien qu’en retrait -et à partir de là sa violence.

*Dr. Jorge Majfud est auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de “La reina de América” et de “La narración de lo invisible”.

Traduction de l’espanol pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

Note :

[1] The clash of Civilizations , de Samuel Hungtington

 

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El sentido común

Horse

Los pies sobre la tierra

El sentido común

Cierta vez me llamaron para dar una explicación a una falla constructiva. Un tanque de agua de cinco mil litros se había fisurado de forma irreparable. Cuando llegué manaban gruesos chorros de agua por las paredes y por el fondo del magnífico cilindro. La razón era técnicamente obvia, pero entonces me interesó el proceso. Pedí hablar con el constructor, quien resultó, como era la costumbre, un hombre pragmático, “hecho en obra”.

Siempre sentí admiración por este tipo de profesional sufrido, “sin escuela”, por otra parte indispensable en la construcción de cualquier edificio y en la construcción de la sociedad toda. Pero una cosa es reconocer un esfuerzo, un mérito, y otra engañarnos. Sin obreros no se construyen torres, pero sin teóricos tampoco.

—No me explico —me decía C., entre perplejo y herido en su orgullo—, he construido decenas de tanques más grandes que este y jamás tuve problema alguno.

—¿Tanques más grandes que este?

—Sí, el doble más grandes que este y con los mismos materiales.

Nuestro amigo había construido durante años tanques con el doble de capacidad. Es decir, tanques con más de veinte mil litros. Pero, casualmente, de alturas mucho menores. Evidentemente, podría haber construido tanques diez o cien veces más grandes. El tamaño no importa a los efectos hidráulicos. Lo que importa es la altura. Un delgado tubo de dos metros de alto ejerce progresivamente sobre sus partes más bajas mucho más presión que el océano Pacífico a un metro de profundidad. Esto, que es obvio para cualquiera que haya tomado unas pocas clases de física, no lo era para el experimentado hombre de obra.

El razonamiento del “hombre práctico” se revelaba demasiado simple. Una relación causa-efecto. Sin embargo, la intuición, que siempre tiene muy buen tacto, suele ser ciega. La cadena “causa-efecto” es, antes que nada, una construcción mental, y si omitimos o confundimos las causas, los nuevos efectos pueden ser desastrosos. Bastaría con observar los resultados de los conflictos mundiales. Sobre todo cuando quienes tienen la voz de mando en el mundo tienen al mismo tiempo una visión anacrónica de la realidad, del proceso histórico, y se ufanan de su ignorancia en nombre de la acción. La ventaja de la construcción es que los desastres quedan a la luz; en la política, aunque haya una diferencia de cien mil muertos, simplemente se los justifica: los errores se convierten en convicciones y los muertos en héroes, mártires o simples efectos colaterales.

Normalmente tampoco coincide la percepción intuitiva de un problema con sus razones teóricas. En la creación de nuevas teorías es fundamental la intuición, pero cuando la intuición bajo el epíteto de “sentido común” se enfrenta a una teoría confirmada, por regla pierde. El sentido común suele ser una intuición o una percepción deformada por una práctica o por viejas teorías arraigadas en la sociedad y casi siempre superadas entre los llamados “teóricos”.

En mi breve experiencia como arquitecto “demasiado joven”, debí enfrentarme siempre con el prejuicio de orgullosos hombres “hechos en la práctica” de los años acumulados. Con frecuencia observaba la repetición de errores ad infinitum, salvados de la catástrofe sólo por la escala menor de las obras y por la generosidad del despilfarro de los más pobres.

En otra obra que dirigí en Uruguay para una empresa española, estuve un par de veces al borde de la tragedia. La última vez, varios operarios se salvaron poco antes de que reventara una enorme cámara de agua. Esta vez el error provenía de los cálculos originales de los técnicos de la empresa. Después de fallar en las pruebas de resistencia y de intentar en vano reparar el problema repetidas veces usando el mismo método, decidí rediseñar parte de la estructura aplicando únicamente conceptos teóricos. Cuando a la mañana siguiente llegué a obra con los nuevos planos, el capataz (el jefe de obra) tomó dos frágiles bloques huecos que estaban indicados en el plano y, golpeando uno contra el otro, los deshizo. Con ironía, me preguntó:

—Arquitecto, ¿con esta mierda vamos a contener cincuenta mil litros de agua?

Cerré los ojos y le dije:

—Simplemente, hágalo.

Afortunadamente para mí, de esa forma se solucionó en dos días y con menos material un problema que llevaba un mes sin pasar las pruebas y las inspecciones del gobierno.

Unos años después mi padre sufrió un doble infarto y fue operado del corazón. Antes de entrar a la sala de operaciones, advirtió, con sorpresa y desconfianza, que el equipo de médicos estaba liderado por “muchachitos”. Esos muchachitos le sacaron el corazón, como en un ritual azteca, lo reconstruyeron durante horas y se lo volvieron a colocar en su lugar, devolviéndole de esa forma la vida. Mi padre, también un “hombre de práctica”, con su tendencia liberal a aceptar el valor ajeno, contó la anécdota con entusiasmo.

No hace mucho, un político norteamericano, molesto porque en las universidades se enseñaba una teoría que iba contra sus principios religiosos, propuso que sólo se enseñaran “hechos” y no teorías. Para eso se pagan los impuestos: para obtener resultados prácticos. Como todo político envestido repentinamente de un poder excesivo, se mantuvo en la común superstición de que las leyes lo arreglan todo. El problema surge apenas nos preguntamos qué se entiende en historia o en física cuántica por hechos. La respuesta, sea cual sea, es, naturalmente, una teoría. O algo mucho peor: una hipótesis ligera, una opinión.

Si aceptamos que el arca de Noé es un hecho y la teoría de la evolución de Darwin es sólo una teoría, habría que decir que los hechos dependen de una fe y no de pruebas materiales, porque de la barca no quedan muchos rastros aparte de la referencia de las Sagradas Escrituras. Por otra parte, no creo que un religioso debería molestarse porque alguien diga que para aceptar la historia de la barca de Noé es necesaria más fe que pruebas científicas. La misma fe que se necesita para afirmar que Noé puso en una barca a billones de especies animales y vegetales —incluyendo canguros, pingüinos y peces de agua dulce—sin recurrir, al menos, a la posibilidad de que haya metido sólo algunas que fueron “el origen a las especies” más diversas que surgieron después, evolución mediante. Por otra parte, lo que se puede probar no necesita de ningún acto de fe, razón por la cual no entiendo el celo y la competencia de algunos religiosos con respecto a las ciencias.

Está de más recordar que si eliminamos la enseñanza de “teorías” en las universidades deberíamos proscribir no solo las humanidades sino todas las ciencias, desde sus raíces. ¿O alguien piensa que el hombre ha llegado a la Luna practicando salto alto? Ese simple “hecho” (que todavía no está suficientemente probado, dicho sea de paso) fue la culminación de un proceso acumulativo, de prueba y error que arranca mucho antes de Arquímedes. La bomba atómica se origina en una especulación absolutamente abstracta sobre la relatividad del tiempo, después de repetidas fallas en la búsqueda de “hechos” basados en una intuición que por entonces resultaba obvia, incuestionable: el éter y el espacio absoluto de tres dimensiones. Incluso hoy en día las teorías de Newton, ya superadas por la ciencia contemporánea, dieron excelentes resultados en el desarrollo de tecnologías, tanto para la vida como para la muerte. El mismo Ptolomeo y sus seguidores pudieron calcular y prever eclipses, basados en aquella teoría —basada en el sentido común— de que la Tierra era el centro del Universo. Teoría que hoy hace reír, aunque según la Relatividad no es tan descabellada, ya que en el Cosmos no existe un punto privilegiado de observación, y la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol sólo es válida para un observador imaginario situado fuera del Sistema solar.

Es común en la historia ver a artesanos y obreros de taller inventando objetos con admirables resultados prácticos. Sin embargo, estos“hombres de práctica” no fueron inventores gracias a su sentido común sino todo lo contrario: fueron hombres prácticos que construyeron con una imaginación teórica, superando fracasos en el esfuerzo de dar respuestas teóricas a problemas prácticos. Es decir, hombres y mujeres de teoría; problematizadores de la realidad, no simplificadores.

Recientemente un aventajado alumno de uno de mis cursos de literatura me hacía ver que en inglés common sense también se dice horse sense. Me llamó la atención el sinónimo en un pueblo que se ufana de su practicidad. En español no decimos “sentido de caballo”, para referirnos al sentido común. Al menos en el Río de la Plata “entrar como un caballo” significa actuar con ingenua imprudencia. Sin duda que un caballo tiene más sentido común que cualquiera de nosotros. De hecho, en español con frecuencia se dice que tener “sentido común” es tener “los pies en la tierra”. Como los caballos, que hasta duermen parados.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 23 de noviembre de 2006.

Pagina/12 (Argentina)

La Republica (Uruguay)

Milenio (Mexico)

katrina: la hiperrealidad de la imagen

Post-Katrina School Bus

Image by laffy4k via Flickr

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image (Spanish)

La hiperrealidad de la imagen


En el siglo XVI, fray Bartolomé de las Casas escribió una apasionada crónica sobre la brutal conquista del Imperio Español en el nuevo mundo. La denuncia de este cristiano converso (es decir, “de sangre impura”) a favor de un humanismo universal, provocó las Juntas de Valladolid (1550) en la cual se enfrentó, ante el público y ante el rey, a Ginés de Sepúlveda. Usando una cita bíblica tomada de Proverbios, Juan Ginés de Sepúlveda y sus partidarios defendieron el derecho del Imperio a esclavizar a los indios, no sólo porque lo hacían en nombre de la “verdadera fe” sino, sobre todo, porque la Biblia decía que el hombre inteligente debía someter al tonto. Como siempre, sólo una minoría promovía una nueva ética basada en “principios”. Se debió esperar hasta el siglo XIX para que estos “principios” se convirtieran en realidad por la fuerza de la “necesidad”.

Poco después, Guamán Poma Ayala denunció una historia semejante de violaciones, torturas y matanzas. Pero lo hizo, además, con una colección de dibujos, que entonces eran una forma de crónica, tan válida como la escrita. Su impacto e interés fue mínimo en su época, a pesar de la crudeza de las imágenes. Por entonces, al igual que en los tiempos de la Edad Media, las imágenes tenían una gran utilidad porque la mayoría de la población no sabía leer. No obstante, y por ello mismo, se puede explicar por qué no tuvo consecuencias de gran importancia: porque la “masa”, la población, no contaba como agente de cambios. O simplemente no contaba. La rebeldía podía encabezarla un cacique, como Tupac Amaru, pero la población no era protagonista de su propia historia.

Ahora a lo que voy: este proceso se ha revertido hoy en día. La “masa” ya no es “masa” y comienza a contar. No obstante, la lucha radica en este frente: como la masa (ahora sujetos de rebeldía) cuenta en la generación de la historia, aquellos que aun pertenecen al viejo orden buscan dominarla con su propio lenguaje: la imagen. Y muchas veces lo logran a la perfección. Veamos.

Nuestra cultura popular occidental está basada (y a veces atrapada) en códigos visuales y en una sensibilidad visual. Sabemos que la cultura de las clases dirigentes (dominantes) se sigue basando en las complejidades del texto escrito. Incluso los expertos en imágenes basan sus estudios y teorías en la letra. ¿Por qué la imagen es un “texto” básico para las sociedades capitalistas? Porque su “consumo” es rápido, desechable, y por lo tanto es confortable. El problema surge cuando esta imagen (el signo, el texto) deja de ser confortable y complaciente. En este momento el público reacciona, toma conciencia. Es decir, el entendimiento, la conciencia, entra por los ojos: una fotografía de una niña huyendo de las bombas de napalm en Viet Nam, por ejemplo. Por la misma razón se “recomendó” no mostrar al público las imágenes sobre la guerra de Irak donde aparecían niños destrozados por las bombas, los féretros de los soldados americanos regresando al país, etc. Por el contrario, el caso Terri Schiavo ocupó el tiempo y la preocupación del público americano durante muchas semanas, día a día, hora a hora. Hasta que esta pobre mujer se murió para descansar en paz de tanta imagen obscena de las cuales fue víctima e instrumento involuntario. Sin embargo, durante esas mismas semanas continuaron muriendo cientos de iraquíes e, incluso, de soldados americanos y ni siquiera fueron noticia, más allá de las estadísticas diarias que se publican. ¿Por qué? Porque no son personas, son números para una sensibilidad que sólo se conmueve por las imágenes. Y esto quedó demostrado con las fotografías de Abú Graib y con un video que mostraba a un soldado americano disparando contra un herido. Esos fueron los dos únicos momentos en que el público americano reaccionó indignado. Pero debemos preguntarnos, ¿alguien piensa que en la guerra no pasan esas cosas? ¿Alguien cree todavía en ese cuento posmoderno de las guerras higiénicas, donde existen “efectos especiales” pero no sangre, muerte y dolor?

Lo mismo podemos analizar sobre el problema reciente de Nueva Orleáns. La catástrofe no fue comprendida mientras los meteorólogos advirtieron de la escala de la tragedia, varios días antes. Tampoco se tomó conciencia del problema cuando los reportes hablaban de decenas de muertos. De igual forma, una contradicción dialéctica (una mentira revelada, por ejemplo) carece de consecuencias porque es “invisible”. Hoy, cuatro días después, sabemos que los muertos pueden ascender a centenares. Probablemente miles, si consideramos aquellos que morirán por falta de diálisis, por falta de insulina y otras medicinas de emergencia. Pero la televisión no ha mostrado ningún muerto. Cualquiera podrá recorrer las páginas de los principales diarios de Estados Unidos y nunca encontrarán una imagen “ofensiva”, una de esas fotografías que podemos ver en diarios de otras partes del mundo: cuerpos flotando, niños muriendo “como en África”, violencia, violaciones, etc. Porque si algo no faltan son las cámaras digitales; pero sobra “pudor”. Pudor propio, no ajeno, porque publicar en la tapa de una revista los cadáveres de una hombruna en África es tan tolerable como no censurar los senos de una africana y sí los de una mujer blanca o, al menos, “civilizada”. No soy partidario del morbo gratuito, ni de mostrar sangre repetidas veces y sin necesidad: soy partidario de mostrarlo todo. Como dijo alguien, refiriéndose a la guerra, “si fuimos capaces de hacerlo debemos ser capaces de verlo”.

Una tragedia natural como ésta (como el tsunami en Asia) es una desgracia de la cual no podemos responsabilizar a nadie. (Dejemos de lado, por un momento, la cuota de responsabilidad que tienen las sociedades en el calentamiento global de los mares.) Sin embargo, la tragedia de Nueva Orleáns está demostrando que una superpotencia como Estados Unidos puede movilizar decenas de miles de soldados, la más alta tecnología del mundo, la máquina más efectiva de ataque conocida hasta ahora en la historia de la humanidad para quitar a un presidente (o dictador) extranjero, pero no ha podido acceder hasta donde están miles de víctimas del huracán Katrina, en una ciudad que está dentro de su propio país. En Nueva Orleáns, en este momento, se están produciendo actos de vandalismo, violencia, violaciones y caos general mientras las víctimas se quejan que ni siquiera han visto un policía o un soldado que los ayudase, en un área que se encuentra bajo la ley marcial. Este reclamo lo hacen delante de las cámaras, por lo cual podemos pensar que al menos los periodistas sí pudieron acceder a esos lugares. Unos saquean por oportunistas, otros por desesperación, ya que comienzan a experimentar una situación de lucha por la sobrevivencia que no es conocida en el país más poderoso del mundo. Ayer el presidente G. W. Bush apeló a la ayuda privada y esta mañana ha dicho que no es suficiente. Falta de recursos no hay, claro (la guerra de Irak costó más de trescientos mil millones de dólares,  diez veces más de todos los destrozos producido por el huracán en esta tragedia); el parlamento ha votado una ayuda económica de diez mil millones de dólares para las víctimas. Pero éstas siguen muriendo, atrapados en estadios, en los puentes, viviendo a la intemperie, dando una imagen que no se corresponde con un país cuyos pobres sufren problemas de sobrealimentación, donde a los mendigos se los multa con mil dólares por pedir lo que no necesitan (ya que el Estado les provee de todo lo necesario para sobrevivir sin desesperación en caso de que no puedan hacerlo por sus propios medios). Una tragedia doble la sufren los hispanos indocumentados: no son objetos de compensaciones como sus vecinos, pero pierdan cuidado que serán ellos los primeros que pongan mano a la reconstrucción. ¿Quién más si no? ¿Qué otro grupo social de este país tiene la resistencia física, moral y espiritual para trabajar bajo límites de sobrevivencia y desesperanza? ¿O todavía creemos en los cuentos de hadas?

El pueblo norteamericano tomará conciencia de los objetivos y prioridades de este gobierno cuando compare la eficiencia o ineficiencia en diferentes lugares y momentos. Pero para ello debe “verlo” en sus televisores, en los medios de prensa de Internet escritos en inglés, a los cuales suelen acudir por costumbre. Porque de nada o de poco sirve que lo lean en los textos escritos, como no sirven los críticos artículos del New York Time que, con un gran número de brillantes analistas anotaron uno por una las contradicciones de este gobierno y, en vano, tomaron partido público en contra de la reelección de G. W. Bush. Ahora, cuando se produce un “cansancio” en la opinión pública, la mayoría de los habitantes de este país entiende que la intervención en Irak fue un error. Claro, como decía mi abuelo, tarde piaste.

La “opinión pública” norteamericana tomará conciencia de lo que está ocurriendo en Nueva Orleáns (y del por qué está ocurriendo, más allá del fenómeno natural) cuando puedan ver imágenes; una parte de aquello que están viendo las víctimas y narrando oralmente para un público que escucha pero no se conmueve por la narración oral, como no se conmueve por un análisis dialéctico que no apela a imágenes o a metáforas bíblicas. Se darán real cuenta de lo que está sucediendo cuando vean las imágenes “crudas”, siempre y cuando no confundan esas imágenes con el caos en algún país subdesarrollado.

El genial educador brasileño, Paulo Freire, expulsado por la dictadura de su país “por ignorante”, publicó en 1971 Pedagogía del oprimido en una editorial de Montevideo. Allí mencionó una experiencia pedagógica de una colega. La profesora mostró a un alumno un callejón de Nueva York lleno de basura y le preguntó qué veía. El muchacho dijo que veía una calle de África o de América Latina. “¿Y por qué no una calle de Nueva York?”, observó la profesora. Poco antes, en los años ’50, Roland Barthes había hecho un interesante análisis de una fotografía en la cual un soldado negro saludaba “patrióticamente” la bandera del imperio que oprimía a África (el imperio francés), y de ahí concluyó, entre otras cosas, que la imagen estaba condicionada por el texto (escrito) que la acompaña y es éste el que le confiere un significado (ideológico). Podemos pensar que el problema semántico (semiótico) es algo más complejo que esto, y depende de otros “textos” que no son escritos, que son otras imágenes, otros discursos (hegemónicos), etc. Pero la imagen “cruda” también tiene su función reveladora o, al menos, crítica. ¿Qué significa esto de “crudo”?  Son, precisamente, aquellas imágenes que el discurso hegemónico ha censurado (o reprimido, para usar un término psicoanalítico). Razón por la cual aquellos que usamos la dialéctica y el análisis relacionado históricamente con el pensamiento y con el lenguaje, debemos reconocer, al mismo tiempo, el poder de aquellos otros que manejan el lenguaje visual. Para dominar o para liberar, para ocultar o para revelar.

Una vez, en una aldea de África, un macúa me contó cómo una hechicera había transformado un saco de arena en un saco de azúcar y cómo otro hechicero había bajado volando del cielo. Le pregunté si recordaba un sueño extraño de los últimos tiempos. El macúa me dijo que había soñado que veía su aldea desde un avión. “Ha viajado alguna vez en un avión”, pregunté. Obviamente, no. Ni siquiera había estado cerca de alguno de estos aparatos. “Sin embargo usted dice que lo vio”, observé. “Sí, pero era un sueño”, me dijo. Los espíritus en cuerpos de leones, los hombres voladores, la arena convertida en azúcar no eran sueños. Historias como éstas podemos leerlas en las crónicas de los españoles que conquistaron América Latina en el siglo XVI. También podemos verlas hoy en día en muchas regiones como América Central. Mi respuesta a mi amigo macúa entonces fue la misma que les daría a los “evolucionados” norteamericanos: tengamos siempre presente que no es verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.

© Jorge Majfud, 2 de setiembre de 2005

The University of Georgia

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image

by Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

In the 16th century, the Dominican brother Bartolomé de las Casas wrote an empassioned chronicle about the brutal conquest by the Spanish Empire of the new world. The denunciation by this Christian convert (which is to say, “of impure blood”) in behalf of a universal humanism, resulted in the Juntas de Valladolid (1550) in which he faced off, before the public and the king, with Ginés de Sepúlveda. Using a biblical quotation taken from Proverbs, Juan Ginés de Sepúlveda and his partisans defended the right of the Empire to enslave indigenous peoples, not only because they did it in the name of the “true faith” but, above all, because the Bible said that the intelligent man must subjugate the idiot. We will not go into who were the intelligent men. What matters now is knowing that over the centuries, a debate resulted among the “chroniclers” (the only literary genre permitted by the Spanish Inquisition in the Americas). As always, only a minority promoted a new ethics based on ethical “principles.” In this case the humanists and defenders of the “natural right” of the indigenous peoples. One had to wait until the 19th century for these “principles” to become reality by the force of “necessity.” In other words, the Industrial Revolution needed wage laborers, not free labor that competed with standardized production and that, besides, had no consumption power. From that point on, as always, “necessity” quickly universalized the “principles,” so that today we all consider ourselves “anti-slavery,” based on ethical “principles” and not by “necessity.”* I have explained this elsewhere, but what is important to me now is to briefly analyze the power of the written text and, beyond this, the power of dialectical (and sometimes sophistic) analysis.

Using the denunciations of father Bartolomé de las Casas, a nascent empire (the British) quickly found writers to create the “black legend” of Spain’s colonial enterprise. Then, like any new empire, it presumed an advanced morality: it presented itself as the champion of the anti-slavery struggle (which – what a coincidence – only became a reality when its industries developed in the 19th century) and pretended to give moral lessons without the necessary authority, which was denied by its own history of brutal oppression, equally as brutal as that of the old Spanish empire.

Shortly after the De las Casas-Supúlveda controversy and following the approval of the New Laws governing treatment of the indians as a consequence (although the laws weren’t worth the paper they were printed on), Guamán Poma Ayala denounced a similar history of rapes, torture and mass murder. But he did it, in contrast, with a collection of drawings, which at the time was a form of chronicle as valid as the written word. These drawing can be studied in detail today, but we would have to say that there impact and interest was minimal in their own time, despite the starkness of the images. In those days, just as during the Middle Ages, images had a special usefulness because the majority of the population did not know how to read. Nevertheless, and for that very reason, it is easy to explain why Guamán Poma’s chronicle was of no great consequence: because the “masses,” the population, didn’t matter as an agent of change. Or it simply didn’t matter. Rebellion might be headed by a cacique, like Tupac Amaru, but the population was not a protagonist of its own story.

Now here’s where I’m going with this: this process has been reversed today. The “masses” are no longer “masses” and have begun to matter: citing Ortega y Gasset, we might say that we had a “rebellion of the masses” but now can longer speak of “masses” but of a population composed of individuals that have started to question, to make demands, and to rebel. Nonetheless, the struggle is rooted on this front: as the masses (now subjects in rebellion) matter in the generation of the story, those who still belong to the old order seek to dominate them with their own language: the image. And often they succeed to perfection. Let’s take a look.

Our Western popular culture is based (at times trapped) in visual codes and a visual sensibility. We know that the culture of the ruling (or dominant) classes continues to be based on the complexities of the written text. Even the experts on images base their studies and theories on the written word. If in Latin America public opinion and sensibility are strongly conditioned by an ideological tradition (formed from the time of the Conquest, in the 16th century, and exploited by opposing political groups in the 20th century), here, in the United States, the relationship with the past is less conflict-oriented, and hence the lack of historical memory can, in some cases, facilitate the work of the proselytizers. We will not get into that issue here. Suffice it to say that the United States is a complex and contradictory country, and therefore any judgement about “Americanness” is as arbitrary and unfair as speaking of “Latinamericanness” without recognizing the great diversity that exists within that mythological construct. We must not forget that all ideology (of the left or of the right, liberal or conservative) sustains itself via a strategic simplification of the reality it analyzes or creates.

I understand that these factors should be taken into account when we want to understand why the image is a basic “text” for capitalist societies: its “consumption” is quick, disposable, and therefore “comfortable.” The problem arises when this image (the sign, the text) ceases to be comfortable and pleasant. When this happens the public reacts, becomes aware. That is to say, the understanding, the awareness, enters through the eyes: a photograph of a girl fleeing the napalm bombs in Viet Nam, for example. For the same reason it was “recommended” to not show the public images of the war in Iraq that included children torn apart by bombs (see the daily papers of the rest of the world in 2003), the coffins of American soldiers returning home, etc. By contrast, the Terri Schiavo case occupied the time and concern of the American public for many weeks, day after day, hour after hour; the president and governor Bush of Florida signed “exceptions” that were rejected by the judiciary, until the poor woman died to rest in peace from so many obscene images of which she was the unknowing and unwilling victim. Despite it all, during thos same weeks hundreds of Iraqis, as well as American soldiers, continued to die and they didn’t even make the news, beyond the publication of the daily statistic. Why? Because they aren’t persons, they are numbers for a sensibility that is only moved by images. And this was proved by the photographs of Abu Graib and with a video that showed an American soldier shooting a wounded man. Those were the only two moments in which the American public reacted with indignation. But we should ask ourselves, does anyone really believe that these things don’t happen in war? Does anyone still believe in that postmodern story about hygienic wars, where there are “special effects” but no blood, death and pain? Yes. Many people do. Lamentably, a majority. And it’s not due to lack of intelligence but to lack of interest.

We can analyze the same process at work with the recent problem of New Orleans. The catastrophe was not grasped when the meteorologists warned of the scale of the tragedy, several days before. Nor was there broad awareness of the problem when reports spoke of tens of dead. Four days after, we knew that the number of dead could rise into the hundreds. Possibly thousands, if we consider those wuo will die for lack of dialysis, lack of insulin and other emergency medicines. But television did not show a single dead person. Anyone can search the pages of the principal daily newspapers of the United States and they will not find an “offensive” image, one of those photographs that we can view in daily papers from other parts of the world: bodies floating, children dying “like in Africa,” violence, rapes, etc. Because if there is one thing in abundance it is digital cameras; but there is even more “modesty.” I am no advocate of morbid gratuitousness, nor of showing blood over and over again unnecessarily: I am an advocate of showing everything. As a U.S. citizen said with reference to the war, “if we were capable of doing it we should be capable of seeing it.”

A natural tragedy like this one (or like the tsunami in Asia) is a disgrace for which we cannot hold anyone responsible. (Let’s set aside, for a moment, the share of responsibility that societies have in the global warming of the oceans.) Nonetheless, the tragedy of New Orleans demonstrates that a superpower like the United States can mobilize tens of thousands of soldiers, the most advanced technology in the world, the most effective machinery of assault in human history in order to remove a foreign president (or dictator), but prove incapable of reaching thousands of victims of Hurricane Katrina, in a city within its own country. In New Orleans, there were acts of vandalism and violence, rapes and general chaos while victims complained that there were no policemen or soldiers to help them, in an area that found itself under martial law. This complaint was made in front of the cameras, and so we can believe that at least the journalists were able to gain access to those places. Some loot because they are opportunists, others out of desperation, as they begin to experience a situation of struggle for survival previously not seen in the most powerful country in the world. On September 1 president G.W. Bush appealed for private aid and on September 2 he said it was not sufficient. There is no lack of resources, of course (the war in Iraq cost more than three hundred billion dollars, ten times more than all the damages produced by the hurricane in this tragedy); the Congress voted for economic aid of ten billion dollars for the victims. But the latter continued to die, trapped in stadiums, on bridges, without shelter, offering up a jarring image for a country whose poor suffer from problems of overeating, where beggars are fined a thousand dollars for asking for things they don’t need (since the State supposedly provides them everything necessary to survive without desperation in case they can’t do so by their own means). Undocumented Hispanics suffer a double tragedy: they will not receive compensation like their neighbors, but rest assured that they will be the first to take up the task of reconstruction. Who else? What other social group in this country has the physical, moral and spiritual toughness to work under conditions of survival and hopelessness? Or do we still believe in fairy tales?

The people of the United States will become aware of the objectives and priorities of this government when they compare its efficiency or inefficiency in different places and moments. But for that to happen they must “see it” on their television sets, in the English-language news media on the Internet, to which they turn out of habit. Because it is of little or no use for them to read it in written texts, since the critical analyses of the New York Times are seemingly useless – a paper that, with a large number of brilliant analysts noting one by one the contradictions of this government, took sides publicly against the the reelection of G. W. Bush. Now, when there is a “fatigue” in public opinion, the majority of the country’s population understands that the intervention in Iraq was a mistake. Of course, as my grandfather used to say, you chirped too late.

U.S. public opinion will become aware of what is happening in New Orleans (and of what is happening beyond the natural phenomenon) when people can see images; a part of what the victims see and tell orally to a public that listens but is unmoved by a dialectical analysis that doesn’t appeal to images or biblical metaphors. The U.S. public will realize what is happening when its sees “raw” images, as long as they don’t confuse those images with the chaos of some underdeveloped country.

The brilliant Brazilian educator, Paulo Freire, exiled by the dictatorship of his country “out of ignorance,” published in 1971 The Pedagogy of the Oppressed with a publishing house in Montevideo, Uruguay. He mentioned there the pedagogical experience of a colleague. The teacher had shown to a student an alley of New York City filled with garbage and asked him what he saw. The boy said that he saw a street in Africa or Latin America. “And why not a street in New York City?” observed the teacher. A short timearlier, in the 1950s, Roland Barthes had done an interesting analysis of a photograph in which a black soldier saluted “patriotically” the flag of the empire that oppressed Africa (the French empire), and concluded, among other things, that the image was conditioned by the (written) text that accompanies it and that it is the latter that confers on the image (ideological) meaning. We might think that the semantic (or semiotic) problem is a bit more complex than this, and arises from other unwritten “texts,” other images, other (hegemonic) discourses, etc. But the “raw” image also has a revelatory, or at least critical, function. What do I mean by “raw”? “Raw” images are precisely those images censored (or repressed, to use a psychoanalytic term) by the dominant discourse. For this reason those of us who use dialectics and analysis related historically to thought and language must recognize, at the same time, the power of those others who control visual language. To dominate or to liberate, to hide or to reveal.

Once, in an African village, a Macua man told me how a sorceress had transformed a sack of sand into a sack of sugar, and how another sorcerer had come flying down from the sky. I asked him if he remembered any strange, recent dream. The Macua man told me he had dreamed that he saw his village from an airplane. “Have you ever flown in a plane?” I asked. Obviously not. He hadn’t even been close to one of those machines. “But you say that you saw it,” I observed. “Yes, but it was a dream,” he told me. Spirits in the bodies of lions, flying men, sand turned into sugar aren’t dreams. Stories like these can be read in the chronicles of the Spaniards who conquered Latin America in the 16th century. We can also see them today in many regions of Central America. My response to my Macua friend was the same as I would give to the more “evolved” U.S. public: we must always be aware that not everything we see is true, nor is can everything true be seen.

*This same principal that I call “necessity” was identified in the 19th century by Bautista Alberdi, when he recognized that laicism in the Rio de la Plata was (and had to be) a consequence of the great diversity of religions, a product of immigration. It was not possible to expel or engage in “ethnic cleansing,” as Spain did in the 15th century, since in Alberdi’s time we were in a different arena of history, and of the concept of “necessary resources.”

Translated by Bruce Campbell

© Jorge Majfud, september 2006.

Civilización y barbarie

DAVOS-KLOSTERS/SWITZERLAND, 29JAN09 - Tony Bla...
Image via Wikipedia

Bitácora (La Republica)

Civilización y barbarie

¿Incluyen nuestros valores la imposición de nuestros valores? De cómo presentar el horror propio como una novedad ajena.

En un discurso ante el World Affairs Council de Los Ángeles, el primer ministro inglés, Tony Blair, dijo que todas las luchas que libran los países libres alrededor del mundo son para defender nuestros valores. “No es solo sobre seguridad —dijo el Primer ministro— o sobre tácticas militares; se trata de mentes y de corazones. Se trata de de inspirar a la gente y persuadirlos sobre la integridad de nuestros valores […] Se trata de demostrarles que nuestro sistema de valores es robusto, verdadero y vencerá sobre los suyos” (CNN, 1º de agosto de 2006).

Como todo discurso, también éste va dirigido a una masa previamente modelada. Bastaría con observar que diferenciar “tácticas militares” con “mentes y corazones” no es más que un nuevo y falso dilema hecho a la medida del consumidor. ¿Qué sería de los ejércitos del mundo ultramoderno si no contaran con el apoyo cómplice de las “mentes y los corazones” de los pueblos? Pero basta con que el Ministro trace otra línea en el suelo para imponer la nueva dicotomía: no se trata sólo de tirar bombas; se trata de conquistar los corazones. El público deberá asumir que nuestra conquista de los corazones se realiza con Amor, mientras la conquista del fanatismo ajeno se realiza con Odio. Ya en otro ensayo me ocupé de este punto, de la cultura del odio, que es el principal instrumento de dominación que comparten hoy en día los supuestos adversarios, las supuestas civilizaciones en conflicto. Veamos ahora brevemente el problema de “nuestros valores”.

Es lógico y natural que todos consideremos nuestros valores como superiores a los valores ajenos; si no fuera así, adoptaríamos otros valores. El problema surge cuando en nombre de unos valores se materializan realidades opuestas. Como por ejemplo: en nombre de la tolerancia se suprime al diferente; en nombre de la compasión se bombardean ciudades; en nombre de la vida se riega los campos de muerte. En nombre de la “defensa de nuestros valores” —que incluye la aceptación del otro— se invaden países lejanos para “imponer nuestros valores”.

Creo que la pregunta central aquí sería: ¿Nuestros valores incluyen la imposición de nuestros valores? El Ministro ha hablado de “persuasión” (It’s about inspiring people, persuading them). Pero habrá que reconocer que la guerra como forma de persuasión es un sofisma antiguo que sólo sobrevive gracias a la inagotable estupidez humana que se renueva con cada generación. ¿No tenemos aquí un dilema que exige el principio de no-contradicción?: o se persuade o se impone. La persuasión no es el primer recurso, sino el amable complemento para quienes sobreviven a la sagrada imposición.

Pero he aquí una nueva muestra de lo que he llamado “la colonización del lenguaje”. ¿Por qué se llamó “conquista” a la usurpación, robo, esclavización y masacre de pueblos enteros en América? O hay dos formas de conquistas (una por seducción; otra por imposición) y no nos aclararon de qué acepción se trataba, o hay una palabra colonizada: si un asiático conquista, eso es barbarie; si un occidental conquista, eso es seducción. Y seguramente lo mismo podemos decir desde la otra perspectiva.

Manuel González Prada, en 1908 observaba la costumbre de los teóricos europeos al especular sobre las razas. Muchos —decía el intelectual peruano— se refieren a “la solidaridad entre los hombres civilizados de la raza europea frente a la Naturaleza y la barbarie humana. Donde se lee barbarie humana tradúzcase hombre sin pellejo blanco”.

No es mi intención separar de forma absoluta el discurso (la narrativa ideológica de la realidad) de los “hechos”. No obstante, decir y hacer todavía siguen siendo dos cosas diferentes. Veamos, entonces, algunos hechos históricos.

En la antigüedad eran los pueblos “bárbaros” los que solían invadir las civilizaciones más avanzadas. No obstante, desde las invasiones musulmanas a España y las turcas en el este de Europa, el proceso ha sido abrumadoramente el contrario. ¿Cuándo en los últimos quinientos años, una tribu africana, un pueblo sudamericano, un a país asiático ha invadido Europa o Estados Unidos, es decir, los centros “civilizados” del mundo? A lo sumo la “invasión” ha sido pacífica, en forma de productiva inmigración, por necesidad y no por desbordada ambición. Pero nunca militar; ni siquiera ideológica. Las invasiones de “defensa” han procedido siempre desde el centro a la periferia, del mundo “civilizado” hacia los pueblos “bárbaros”. Así han procedido todos los imperios orgullosamente llamados “occidentales”: El imperio romano (por no comenzar con Alejandro), el imperio español, la Francia imperialista, el imperio británico y el imperio norteamericano. Siempre en nombre Dios, la Libertad, la Democracia y la Civilización; todo lo cual se resume en una única bandera: la defensa de los mejores valores —los nuestros.

Lo que significa que esos “valores” han sido, principalmente, los valores de la invasión de territorios ajenos por la fuerza de las armas y del dinero. Por lo tanto, no invadir a un país más débil es entendido como una forma de traición a esos “valores occidentales” —tanto como criticarlo.

En nuestro tiempo, el hecho de que exista la doctrina de la singularidad de Estados Unidos no tiene nada de singular. La (arbitraria) singularidad justifica la imposición de los valores propios. Lo mismo han pensado todos o casi todos los pueblos del mundo primitivo, especialmente aquellos que por alguna razón material han predominado sobre otros más débiles. La fuerza es el mayor legitimador de la barbarie, porque el “éxito” siempre procede de “dios”. La idea de singularidad habilita a soslayar las mismas leyes que se les imponen a otros. Predomino, luego fui elegido por mi alta moral. Incluso los pigmeos —y no hago alusión al tamaño físico— se consideran “los verdaderos hombres”. No tiene nada de particular, entonces, que en Estados Unidos los líderes religiosos consideren que este es el nuevo “pueblo elegido”. Si cien países votan en la ONU por no y uno o dos votan por sí, eso no es entendido como una derrota abrumadora de Uno o Dos. Por el contrario, es una prueba de que el mundo es malo y aún así es salvado por Uno o Dos pueblos elegidos por Dios. Porque Dios no puede beneficiar a todos los pueblos por igual y llamar a todos los pueblos “pueblos elegidos”. Esta es la razón lógica de la singularidad. La razón práctica se demuestra con la superioridad militar de uno o dos sobre cien o doscientos, lo que hace cualquier votación una muestra irrefutable de la impotencia de cien o doscientos contra la voluntad de Dios. Cuando un pueblo elegido sufre una catástrofe (natural, económica o militar), es tan grande su singularidad y su excepcionalidad, que la tragedia nunca es atribuida a Dios sino a fenómenos naturales o a la maldad humana. Es el único momento cuando los fanáticos religiosos se acuerdan de la Naturaleza.

Tampoco tiene nada de singular ni de novedoso para la historia el hecho de que hoy sea Estados Unidos el país que más influencia tiene en el mundo —para bien y para mal— y al mismo tiempo sus habitantes sean las personas que más ignoran lo que pasa más allá de sus fronteras.

Por otra parte, todas estas paradojas —toda esta singularidad—, no es propia de una raza o de un pueblo en particular o de una religión: es propia del vencedor.

Ángel Gavinet anotaba, a finales del siglo XIX: “Yo quisiera ver —ha escrito Cobden— un mapa del mundo según la proyección de Mercator, con puntos rojos marcados en todos aquellos lugares en que los ingleses han dado alguna batalla; saltaría a la vista que, al contrario de todos los demás pueblos, el pueblo inglés lucha desde hace siete siglos contra enemigos extranjeros en todas partes menos en Inglaterra. ¿Será preciso decir una palabra más para demostrar que somos el pueblo más agresivo del mundo?”. Años antes, en 1866, el ecuatoriano Juan Montalvo escribía: “Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación”. Y más adelante: “La paz de Europa no es la paz de Jesucristo, no: la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra, la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así cree en paz; la otra se dilata por los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la tierra, y sólo así cree en paz. Los zuavos, los huásares, los cazadores de Vincennes son la paz de Francia; los buques acorazados, Gibraltar, Malta son la paz de Inglaterra […] Rusia ahogando a Polonia, ahorcándola, azotándola, mandándola a los steeps de Siberia, es la paz de Europa. La Gran Puerta degollando, desterrando, aniquilando a mansalva a los montenegrinos, es la paz de Europa. Prusia defendiendo el derecho divino, oprimiendo a Dinamarca…” En 1942, Alfonso Reyes recordaba al primer ensayista francés: “Es cierto, se decía Montagne, que aquellos indígenas [de las Amazonas] son caníbales, pero ¿no es peor que comerse a sus semejantes el esclavizar y consumir, como lo hace el europeo, a las nueve décimas partes de la humanidad? América tortura a sus prisioneros de guerra; Pero Europa, piensa Montagne, se permite mayores torturas en nombre de la religión y la justicia”. El mismo Juan Montalvo había observado: “el tigre devora al corzo, pero ¿vemos que jamás el tigre devora al tigre, ni el oso al oso, el buitre al buitre? Sólo el hombre devora al hombre y en esto viene a ser peor condición que la bestia misma”.

Ahora, si las diferencias religiosas fueran tan importantes como lo promueve la ideología de The Clash of Civilizations, las diferentes comunidades en un mismo país vivirían en permanente guerra. La razón de los conflictos mundiales radican en los intereses del poder, y éstos generan las ideologías y los discursos moralizantes que las sostienen.

La cultura del odio es el instrumento democrático del cual se sirve el cálculo del interés, que es el fin aristocrático. La lógica nos dice que la repetida y saturada invocación a Dios por parte de los fanáticos de un lado, debería hacer reflexionar a los fanáticos del otro bando que recurren a la misma invocación divina con la misma insistencia. La locura ajena debería iluminar la locura propia: secuestrar a Dios es una pretensión arbitraria y criminal. Sin embargo, observamos que el efecto es estrictamente el contrario: los fanáticos de un lado y del otro profundizan el mismo recurso sin ver la paja en el ojo propio. Lo que bastaría para demostrar que no los guía la razón ni la sensatez, sino el mismo fanatismo. Pero ¿cómo explicarle esto a un fanático que se cree elegido por Dios?

Aún mantengo la creencia en el progreso de la historia. Pero cuando miro el repetido horror del cerebro humano, cometidos en nombre de la Verdadera Religión y de los Mejores Valores, lo único que le pido a Dios es que exista.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, agosto 2006.

Civilisation et Barbarie

Est-ce que nos valeurs incluent l’imposition de nos valeurs? Comment présenter notre propre horreur comme un événement dû aux autres.

Dans un discours devant le World Affairs Councils de Los Angeles, le premier ministre Anglais Tony Blair a dit que toutes les luttes que livrent les pays libres autour du monde le sont afin de défendre nos valeurs. ‘‘Ce n’est pas uniquement une question de sécurité, a dit le premier ministre, ou de tactiques militaires; il s’agit de mentalités et de cœurs. Il s’agit de rassurer les gens et de les persuader de l’intégrité de nos valeurs. Il s’agit de leurs démontrer que notre système de valeurs est robuste, vrai et vainquera sur les leurs’’. (CNN, 1er août 2006)

Comme tout discours aussi, celui-ci va être dirigé vers une masse préalablement modelée. Il suffirait d’observer que différencier ‘‘tactiques militaires’’ d’avec ‘‘mentalités et cœurs’’ n’est pas plus qu’un nouveau et faux dilemme fait à la mesure du consommateur. Que seraient les armées du monde ultramoderne si elles ne comptaient pas avec l’appui complice des ‘‘mentalités et des cœurs’’ des peuples ? Mais il suffit que le Ministre trace une autre ligne sur le sol pour imposer une nouvelle dichotomie : il ne s’agit pas seulement de tirer des bombes; il s’agit de conquérir les cœurs. Le public doit assumer que notre conquête des cœurs se réalise avec Amour, tandis que la conquête du fanatisme étranger se réalise par la Haine. Déjà, dans un autre essai, je me suis occupé de ce point, de la culture de la haine, qui est le principal instrument de domination que partagent à ce jour les supposés adversaires, les supposées civilisations en conflit. Voyons maintenant brièvement le problème de ‘‘nos valeurs’’.

Il est logique et naturel que tous nous considérions nos valeurs comme supérieures aux valeurs étrangères; s’il n’en était pas ainsi nous adopterions d’autres valeurs. Le problème surgit lorsque au nom de quelques valeurs se matérialisent des réalités opposées. Comme par exemple : au nom de la tolérance on supprime la différence; au nom de la compassion on bombarde des villes; au nom de la vie on arrose les champs de mort. Au nom de la ‘‘défense de nos valeurs’’, quoiqu’elle inclue l’acceptation de l’autre, on envahit des pays étrangers afin de leurs ‘‘imposer nos valeurs’’.

Je crois que la question centrale ici serait : ‘‘Nos valeurs incluent-elles l’imposition de nos valeurs’’? Le Ministre a parlé de persuasion (It’s about inspiring people, persuading them). Mais il faudra reconnaître que la guerre comme façon de persuasion est un antique sophisme qui survit seulement grâce à l’inépuisable stupidité humaine qui se renouvelle avec chaque génération. N’avons-nous pas ici un dilemme qui exige le principe de la non-contradiction ?: ou on persuade ou on impose. La persuasion n’est pas le premier recours mais l’aimable complément pour ceux qui survivent à la sacrée imposition.

J’ai ici un exemple de ce que j’ai appelé « la colonisation du langage ». Pourquoi appelle-t-on ‘conquête’ l’usurpation, le vol, l’esclavagisme et le massacre de peuples entiers en Amérique ? Ou il y a deux formes de conquête (l’une par séduction; l’autre par imposition) et ils ne nous éclaireront sur quelle acceptation il s’agit; ou bien il y a une parole colonisée : si un asiatique conquiert cela est barbarie; si un occidental conquiert cela est séduction. Et nous pouvons sûrement dire la même chose à partir de l’autre perspective.

Manuel Gonzalez Prada observait en 1908 la coutume des théoriciens européens de spéculer sur les races. Beaucoup d’entre eux disait l’intellectuel péruvien se réfèrent à la ‘ solidarité entre les hommes civilisés de la race européenne face à la Nature et à la barbarie humaine. Où on lit barbarie humaine cela se traduit par homme sans peau blanche’.

Ce n’est pas dans mon intention de séparer de façon absolue le discours (le récit idéologique) de la réalité des faits. Cependant, dire et faire continuent encore d’être deux choses. Voyons alors certains faits historiques.

Dans l’Antiquité, les peuples « barbares » étaient ceux qui avaient l’habitude d’envahir les civilisations plus avancées. Cependant, depuis les invasions musulmanes en Espagne et les invasions turques dans l’est de l’Europe, le procédé a été de manière accablante le contraire. Quand, dans les derniers cinq cent ans, une tribu africaine, un peuple sud-américain ou un pays asiatique a t-il envahit l’Europe ou les États-Unis, c’est-à-dire, les centres « civilisés » du monde? Tout au plus, ‘l’invasion’ a été pacifique, sous forme d’immigration productive, par nécessité et non par ambition démesurée. Mais jamais militaire, ni même idéologique. Les invasions de « défense » ont toujours procédé à partir du centre vers la périphérie, du monde « civilisé » vers les peuples « barbares ». Ainsi ont procédé tous les empires orgueilleusement appelés ‘‘occidentaux’’. L’empire romain (pour ne pas commencer avec Alexandre), l’empire espagnol, la France impérialiste, l’empire britannique et l’empire nord-américain. Toujours au nom de Dieu, de la Liberté, de la Démocratie et de la Civilisation. Tout cela se résume sous une unique bannière: la défense des meilleures valeurs : les nôtres.

Ce qui signifie que ces ‘‘valeurs’’ ont été, principalement, les valeurs de l’invasion de territoires étrangers par la force des armes et de l’argent. Par conséquent, ne pas envahir un pays plus faible est compris comme une forme de trahison envers ces ‘‘valeurs occidentales’’, autant que les critiquer.

De nos jours, le fait qu’existe la doctrine de la singularité des États-Unis n’a rien de singulier. La (arbitraire) singularité justifie l’imposition de leurs valeurs propres. Ont pensé de la même façon tous les peuples du monde primitif, ou presque, spécialement ceux qui, pour quelque raison matérielle, ont prédominé sur d’autres plus faibles. La force est le plus grand légitimateur de la barbarie parce que le ‘‘succès’’ procède toujours de ‘‘dieu’’. L’idée de singularité habilite à éviter les mêmes lois qu’on impose aux autres. Je domine, par la suite je fus élu pour ma haute morale. Même les pygmées, qui ne font pas allusion à la taille physique, se considèrent les ‘‘vrais hommes’’. Il n’y a rien de particulier alors qu’aux États-Unis, les leaders religieux les considèrent comme le nouveau ‘‘peuple élu’’. Si cent pays à l’ONU votent ‘‘non’’ et qu’un ou deux pays votent ‘‘oui’’, cela n’est pas compris comme une défaite écrasante par ces derniers. Au contraire, c’est une preuve que le monde est mauvais et encore qu’il est sauvé par un ou deux de ces peuples élus de Dieu. Parce que Dieu ne peut favoriser tous les peuples de manière égale, et appeler tous les peuples ‘‘ ses élus’’. Cela est la raison logique de la singularité. La raison pratique est démontrée par la supériorité militaire d’un ou de deux sur cent ou deux cent, ce qui fait de quelconque vote la preuve irréfutable de l’impuissance de cent ou de deux cent sur la volonté de Dieu. Lorsqu’un peuple élu subit une catastrophe (naturelle, économique ou militaire) que tant est grande sa singularité ou son exceptionnalité, que jamais la tragédie n’est attribuée à Dieu mais aux phénomènes naturels ou à la méchanceté humaine. C’est le seul moment où les fanatiques religieux s’accordent avec la Nature.

Non plus n’a rien de singulier ni de nouveau pour l’histoire le fait que les États-Unis aujourd’hui soit le pays qui possède le plus d’influence sur le monde, pour le bien ou pour le mal, et que ses habitants soient ceux qui ignorent les plus ce qui se passe au-delà de leurs frontières.

D’autre part, tous ces paradoxes, toute cette singularité, n’est pas le propre d’un peuple ou d’une race en particulier, ou d’une religion : c’est le propre du vainqueur.

Angel Gravinet notait, à la fin du XIX è siècle : ‘‘Je voudrais voir, a écrit Cobdeno, une carte du monde selon la projection de Mercator, avec des points rouges sur tous les lieux où les Anglais ont livré quelque bataille; il sauterait à la vue qu’au contraire de tous les autres peuples que le peuple anglais lutte depuis sept siècles contre des ennemis étrangers dans toutes les parties du monde, moins en Angleterre. Faut-il dire une parole de plus pour démontrer que nous sommes le peuple le plus agressif du monde’’?

Des années auparavant, en 1866, l’équatorien Juan Montalvo écrivait : ‘‘Les peuples les plus civilisés, ceux dont l’intelligence s’était élevée jusqu’au ciel même et dont les pratiques cheminaient de concert avec la morale, ne renonçaient pas à la guerre : leurs poitrines brûlaient toujours, leur cœur jaloux sautait avec des élans d’extermination’’. Et plus avant : ‘‘La paix de l’Europe n’est pas la paix de Jésus-Christ, non : la paix de l’Europe est la paix de la France et de l’Angleterre, la méfiance, la peur réciproque, la menace; l’une possède des armées pour dominer le monde, et ainsi seulement on croit en la paix; l’autre s’étend par les mers, s’empare de tous les détroits, domine les forteresses les plus importantes de la terre, et ainsi seulement on croit en la paix. Les zouaves, les huasares, les chasseurs de Vincennes sont la paix de la France; les bateaux cuirassés, Gibraltar, Malte sont la paix de l’Angleterre. La Russie étouffant la Pologne, l’abandonnant, la fouettant, l’envoyant aux steppes de Sibérie, c’est la paix de l’Europe. La Grande Porte détruisant, exilant, annihilant en toute tranquillité les monténégrins, c’est la paix de l’Europe. La Prusse défendant le droit divin, opprimant le Danemark? En 1942, Alfonso Reyes, rappelait au premier essayiste français : ‘‘Il est certain, disait Montagne, que ces indigènes (de l’Amazonie) sont des cannibales, mais n’est-il pas pire de manger ses semblables en les rendant esclaves et en les détruisant, comme le fait l’Europe au neuf dixièmes de l’humanité ? L’Amérique torture ses prisonniers de guerre; mais l’Europe, pense Montagne, se permet de plus grandes tortures au nom de la religion et de la justice’’. Le même Juan Montalvo avait observé : ‘‘Le tigre dévore le chevreuil, mais a-t-on jamais vu le tigre dévorer le tigre, ni l’ours dévorer l’ours et le vautour dévorer le vautour’? Seul l’homme dévore l’homme et en cela il en vient à être en pire condition que la bête même’’.

Maintenant, si les différences religieuses furent si importantes comme le promeut l’idéologie de The Clash of Civilizations, les différentes communautés dans un même pays vivraient en guerre permanente. La raison des conflits mondiaux réside dans les intérêts du pouvoir, et ces derniers génèrent les idéologies et les discours moralisants qui les soutiennent.

La culture de la haine est un instrument démocratique dont se sert le calcul de l’intérêt, qui est le fin aristocratique. La logique nous dit que la répétée et saturée invocation à Dieu de la part des fanatiques d’un côté, devrait faire réfléchir les fanatiques de l’autre bande qui recourent à la même invocation divine avec la même insistance. La folie d’autrui devrait illuminer notre propre folie : séquestrer Dieu est une prétention arbitraire et criminelle.

Cependant, nous observons que l’effet est strictement le contraire : les fanatiques, d’un côté et de l’autre, approfondissent le même discours sans voir la paille dans leur propre oeil. Ce qui suffirait afin de démontrer que ce qui les guide ne sont ni la raison, ni la sagesse, mais le même fanatisme. Mais comment expliquer cela à un fanatique qui se croit élu par Dieu ?

Je nourris encore la croyance dans le progrès de l’histoire. Mais lorsque je regarde la répétée horreur du cerveau humain, commise au nom de la Véritable Religion et des Meilleures Valeurs, tout ce que je demande à Dieu, c’est qu’il existe.

© Jorge Majfud

Université de Géorgie, Août 2006

Traduit de l’Espagnol par :

Pierre Trottier, août 2006

Trois-Rivièrs, Québec, Canada

(1)              Le Choc des Civilisations, de Samuel Huntington. [N. du T.]

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over » (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

Jorge Majfud

juillet 2006, Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

La inmoralidad del arte

Tripleta Literaria (32 de 52 y 1/2)

Bitacora (La Republica)

La inmoralidad del arte, la maldad de los pobres

El pasado mes de octubre, en un encuentro de escritores en México, alguien del público me preguntó si pensaba que el sistema capitalista caería finalmente por sus propias contradicciones. Momentos antes yo había argumentado sobre una radicalización de la modernidad en la dimensión de la desobediencia de las sociedades. (*) Aunque aún debemos atravesar la crisis del surgimiento chino, la desobediencia es un proceso que hasta ahora no se ha revertido, sino todo lo contrario. Lo cual no significa abogar por el anarquismo (como se me ha reprochado tantas veces en Estados Unidos) sino advertir la formación de sociedades autárticas. El estado actual, que en apariencia contradice mi afirmación, por el contrario lo confirma: lo que hoy tenemos es (1) una reacción de los antiguos sistemas de dominación —toda reacción se debe a un cambio histórico que es inevitable— y (2) a la misma percepción de ese empeoramiento de las libertades de los pueblos, debida a un mayor reclamo, producto también de una creciente desobediencia. Mi respuesta al señor del público fue, simplemente, no. “Ningún sistema —dije— cae por sus propias contradicciones. No cayó por sus propias contradicciones el sistema soviético y mucho menos lo hará el sistema capitalista (o, mejor dicho, el sistema “consumista”, que poco se parece al capitalismo primitivo). El sistema capitalista, que no ha sido el

peor de todos los sistemas, siempre ha sabido cómo resolver sus contradicciones. Por algo ha evolucionado y dominado durante tantos años”. Las contradicciones del sistema no sólo se resuelven con instituciones como las de educación formal; también se resuelven con narraciones ideológicas que operan de “costura” a sus propias fisuras.

Dos anécdotas me ocurrieron después, a mi regreso a Estados Unidos, las que me parecen sintomáticas de estas “costuras” del discurso que pretenden resolver las contradicciones del propio sistema que las genera. Y las resuelven de hecho, aunque eso no quiere decir que resistan a un análisis rápido. Veamos.

La primera ocurrió en una de mis clases de literatura, la cual había dejado a cargo de un sustituto por motivo de mi viaje. Una alumna se había retirado furiosa porque en la película que se estaba proyectando (Doña Bárbara, basada en el clásico de Rómulo Gallegos), había una escena “inmoral”. La muchacha, a quien respeto en su sensibilidad, furiosa argumentó que ella era una persona muy religiosa y la ofendía ese tipo de imágenes. Al contestarle que si quería comprender el arte y la cultura hispánica debía enfrentarse a escenas con mayor contenido erótico que aquellas, me respondió que conocía el argumento: algunos llaman “obra de arte” a la pornografía. Con lo cual uno debe concluir que el museo del Louvre es un prostíbulo financiado por el estado francés y Cien años de soledad es la obra de un pervertido libinidoso. Por citar algunos ejemplos amables. Aparentemente, el público anglosajón está acostumbrado a la exposición de muerte y violencia de las películas de Hollywood, a los violentos playstation games que compran a sus niños, pero le afecta algo más parecido a la vida, como lo es el erotismo. En cuanto a los informativos, ya lo dijimos, la realidad llega totalmente pasterizada.

—Si uno es estudiante de medicina —argumenté—, no tiene más remedio que enfrentase al estudio de cadáveres. Si su sensibilidad se lo impide, debe abandonar la carrera y dedicarse a otra cosa.

Pero el problema no es tan relativo como quieren presentarlo los “absolutistas” religiosos. Aunque no lo parezca, es muy fácil distinguir entre una obra de arte y una pornografía. Y no lo digo porque me escandalice esta última. Simplemente entre una y otra hay una gran diferencia de propósitos y de lecturas. La misma diferencia que hay entre alguien que ve en un niño a un niño y otro que ve en él a un objeto sexual; la misma diferencia que hay entre un “avivado” y un ginecólogo profesional. Si no somos capaces de ponernos por encima de un problema, si no somos capaces de una madurez moral que nos permita ver el problema desde arriba y no desde bajo, nunca podríamos ser capaces de ser ginecólogos, psicoanalistas ni, por supuesto, sacerdotes. Pero si hay sacerdotes que ven en un niño a un objeto sexual —faltaría que lo negásemos—, eso no quiere decir que el sacerdocio o la religión per se es una inmoralidad.

Por supuesto que semejantes argumentos sólo podrían provocarme una sonrisa. Pero no me hace gracia pretender simplificar al ser humano en nombre de la moral y no estoy dispuesto a hacerlo aunque me lo ordene el Rey o el Papa. Y entiendo que mantenerme firme en esta defensa es una defensa a la especie humana contra aquellos que pretenden salvarla castrándola de cuerpo y alma. Estos discursos moralizadores no dejan de ser sintomáticos de una sociedad que obsesivamente busca lavar sus traumas con excusas, para no ver la gravedad de sus propias acciones. Y sobre esto de “no querer ver lo que se hace” ya le dediqué otro ensayo, así que mejor lo dejo por aquí.

—Usted es demasiado liberal —me dijo más tarde R., mi alumna.

Luego el catecismo inevitable:

—¿Tiene usted hijos?

Me acordé de los viejos que siempre se escudan en su experiencia cuando ya no tienen argumentos. Como si vivir fuese algún mérito dialéctico.

—No, no aún —respondí.

—Si tuviera hijos comprendería mi posición —observó.

—¿Por qué, tiene usted hijos? —pregunté.

—No— fue la repuesta.

—Es decir que la pregunta anterior no la hizo usted, me la hicieron sus padres. ¿Con quién estoy hablando en este momento?

Opiné que para ser auténtico primero había que ser libre.

—En este mundo hay demasiada libertad —se quejó R.

—¿Cree usted en Dios? —pregunté, como un tonto.

—Sí, por supuesto.

—¿Cree por su propia voluntad o porque se lo han impuesto?

—No, no. Yo creo en Dios por mi propia voluntad.

—Es decir que la libertad sigue siendo una virtud, a pesar de todo…

Pocos días después, en otra clase, una de mis mejores alumnas me preguntó sobre el problema de las drogas en el mundo. Quería saber mi opinión sobre las posibles soluciones. La suya era que si Estados Unidos creaban trabajo en los países pobres de América Latina eso lograría terminar con el tráfico de drogas y quería saber si yo pensaba igual. Mi respuesta fue terminante (y tal vez pequé de elocuencia): no. Simplemente, no.

En la pregunta reconocí el viejo discurso hegemónico norteamericano: “nuestros problemas se deben a la existencia de malos en el mundo”. Una simplicidad a la medida de un público que antes se reconocía como ciudadano y ahora se reconoce como “consumidor”. Claro, no muy diferente es la teoría maniquea en América Latina: “todos nuestros males se los debemos al imperialismo yanqui”.

—¿Por qué no?—, preguntó sorprendida mi alumna, una muchacha con toda las buenas intenciones del mundo.

—Por la misma lógica del sistema capitalista —respondí—. Si los pobres tuviesen mayores y mejores oportunidades de trabajo eso mejoraría sus vidas, pero no eliminaría el narcotráfico, porque no son ellos los motores de este monstruoso mecanismo. La demonización de los productores es un discurso del todo estratégico —no entraré a explicar este punto tan obvio—, pero no sirve para resolver el problema ni lo ha resuelto nunca.

—¿Y cuál es la causa del problema, entonces?

—En el sistema capitalista, sobre todo en el capitalismo tardío (y dejemos de lado a Keynes por un momento), la oferta aparece siempre para satisfacer la demanda, ya sea de forma legal o ilegal. El objetivo de toda empresa es descubrir las “necesidades insatisfechas” (creadas, de forma creciente, por la propia cultura de consumo) y lograr infiltrarse en el mercado con una oferta a la medida. En español se habla de “nicho del mercado”, lo cual tiene lógicas connotaciones con la muerte. Si hay demanda de trabajadores, allí habrán inmigrantes ilegales para satisfacer la demanda y evitar que la economía se detenga. Al mismo tiempo, surgirán nuevas narraciones y nuevos “patriotas” que se organicen para salvar al país de estos sucios holgazanes venidos del sur para robarles los beneficios sociales.

Pocos pueden dudar de que los principales consumidores de drogas del mundo están en el mercado norteamericano y europeo, los dos polos del progreso mundial. La conclusión era obvia: los primeros responsables de la existencia del narcotráfico no son los pobres campesinos colombianos o peruanos o bolivianos: son los ricos consumidores del primer mundo. Aparte de los narcotraficantes, claro, que son los únicos beneficiados de este sistema perverso. Pero vaya uno a decirlo sin riesgo.

No deberíamos nosotros, minúsculos intelectuales, recordarle a los capitalistas cómo funcionan sus cosas. Ellos son los maestros en esto, aunque también son maestros en hacerse los tontos: nadie produce ni trafica algo que nadie quiere comprar. Mientras haya alguien que está interesado en comprar mierda de perro, habrá gente en el mundo que la recoja en bolsitas de nylon para su exportación. Pero culpar a las prostitutas por inmorales y absolver a los hombres por “machos” es parte del discurso ideológico de cada época. En este último caso, hubiese bastado la lucidez de Sor Juana Inés de la Cruz que a finales del siglo XVII se preguntaba «¿quién es peor / la que peca por la paga / o el que paga por pecar?» Claro que los puritanos no entendieron un razonamiento tan simple e igual la condenaron al infierno.

—Si es así, entonces ¿cuál es la solución? —preguntó otro alumno, sin convencerse del todo.

—La solución no es fácil, pero en cualquier caso está en la eliminación de la demanda, en la superación de la Cultura del Consumo. En una cultura que premia el consumo y el éxito material, ¿qué se puede esperar sino más consumo, incluido el de drogas y otros estimulantes que anestesien el profundo vacío que hay en una sociedad que todo lo cuantifica? La coca es usada en Bolivia desde hace siglos, y no podemos decir que la drogadicción haya sido un problema hasta que aparecieron los traficantes buscando satisfacer una demanda que se producía a miles de kilómetros de ahí. Yo recuerdo en un remoto rincón de África campos de marihuana que nadie consumía. Claro, apenas los nativos veían a un hombre blanco con un sombrero y unos lentes negros enseguida se la ofrecían con tal de ganarse unas monedas. Y hubiese bastado un pequeño ejército de esos consumidores extranjeros para activar el cultivo sistemático y la recolección de estas plantas hasta que unos años después pasaran por encima unos aviones arrojando pesticidas para combatir a la producción y a los miserables productores, culpables de todo mal del mundo.

La discusión terminó como suelen terminar todas las discusiones en Estados Unidos: con un formalismo democrático y consciente de las consecuencias pragmáticas: “Acepto su opinión pero no la comparto”

Hasta hoy espero argumentos que justifiquen esta natural discrepancia.

© Jorge Majfud

The University of Georgia

Octubre, 2005.

(*) Normalmente, la Posmodernidad se definía en oposición a los valores característicos de la Modernidad: racionalismo, logocentrsmo europeo, metanarraciones absolutistas, etc. Por lo cual podemos entender a la Posmodernidad como una Antimodernidad. Pero esto es una simplificación. Hay elementos que significan aún hoy una continuación y una radicalización de la Modernidad: es lo que llamo la Sociedad Desobediente.

L’immoralité de l’Art, la méchanceté des pauvres

Par Jorge Majfud

Professeur à l’Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par:

Pierre Trottier

Au mois d’octobre passé, dans une rencontre d’écrivains à Mexico, quelqu’un du public me demanda si je pensais que le système capitaliste tomberait finalement de ses propres contradictions. Quelques moments auparavant, j’avais argumenté sur une radicalisation de la modernité dans la dimension de la désobéissance des sociétés.* Bien que nous devions encore traverser la crise de l’apparition chinoise, la désobéissance est un processus qui, jusqu’à maintenant, ne s’est pas atténué, tout au contraire. Ce qui ne signifie pas plaider pour l’anarchisme (comme on me l’a si souvent reproché aux États-Unis) mais observer la formation de sociétés “autartiques”. L’état actuel, qui en apparence contredit mon affirmation, la confirme au contraire: ce que nous avons aujourd’hui est (1) une réaction des vieux systèmes de domination –toute réaction est due à un changement historique qui est inévitable –et (2) la perception même de la dégradation des libertés des peuples, due à une plus grande réclame, produit aussi d’une croissante désobéissance. Ma réponse au monsieur du public fut simplement, non. Aucun système, dis-je, ne tombe de ses propres contradictions. Le système soviétique n’a pas tombé de ses propres contradictions, et encore moins ne le fera le système capitaliste (ou, pour mieux dire, le système de “consommation de masse”, qui ressemble peu au capitalisme primitif). Le système capitaliste, qui n’a pas été le pire de tous les systèmes, a toujours su comment résoudre ses contradictions. Ce n’est pas pour rien qu’il a évolué et dominé pendant tant d’années. Les contradictions du système non seulement se résolvent avec des institutions comme celle de l’éducation formelle; elles se résolvent aussi par des narrations idéologiques qui opèrent des “coutures” à ses propres fissures.

Deus anecdotes m’arrivèrent à mon retour aux États-Unis, de celles qui m’apparaissent symptomatiques de ces “coutures”,du discours que prétendent résoudre les contradictions de ce même système qui les génère. Et elles les résolvent de fait, quoique cela ne veut pas dire qu’elles résistent à une analyse rapide. Voyons.

La première arriva dans une de mes classes de littérature, laquelle avait été laissée à un substitut pendant mon voyage au Mexique. Une étudiante s’était retirée furieuse parce que sur le film qui était projeté (Doña Bárbara, basé sur le classique de Romulo Gallegos) se trouvait une scène “immorale”. La jeune fille, très sensible, argumenta furieuse qu’elle était une personne très religieuse et que ce type d’image l’offensait. A lui répondre que si elle voulait comprendre l’art et la culture hispanique, qu’elle devrait affronter des scènes avec de plus grands contenus érotiques que cette dernière, elle me répondit qu’elle connaissait l’argument: certains appellent “œuvre d’art” la pornographie. Avec lequel quelqu’un doit conclure que le musée du Louvre est une maison de tolérance financée par l’état français et que Cent années de solitude est l’œuvre d’un perverti libidineux. Pour citer quelques exemples aimables. Apparemment, le public anglo-saxon est accoutumé aux expositions de mort et de violence des films d’Hollywood , et aux jeux violents de playstation qu’il achète à ses enfants, mais, quelque chose qui ressemble plus à la vie, tel l’érotisme, l’affecte davantage. Et en ce qui concerne les contenus informatifs, nous l’avons déjà dit, la réalité arrive totalement pasteurisée.

Si quelqu’un est étudiant en médecine, argumentai-je, il n’a pas d’autre remède que d’affronter l’étude des cadavres. Si sa sensibilité lui fait trop obstacle, il doit abandonner la carrière et s’adonner à autre chose.

Mais le problème n’est pas aussi relatif comme veulent le présenter les “absolutistes” religieux. Quoiqu’il n’y paraisse, il est très facile de distinguer entre une œuvre d’art et celle pornographique. Et je ne dis pas cela parce que cette dernière me scandalise. Simplement, entre l’une et l’autre il y a une différence d’intentions et de lectures. La même différence qu’il y a entre quelqu’un qui voit un enfant comme un enfant, et un autre qui voit en lui un objet sexuel; la même différence qu’il y a entre un “excité” et un gynécologue professionnel. Si nous ne sommes pas capables de nous mettre au-dessus d’un problème, si nous ne sommes pas capables d’une maturité morale qui nous permet de voir le problème à partir d’en-haut et non d’en-bàs, jamais nous ne pourrons être gynécologue, psychanalyste ni, bien sûr, prêtre. Et s’il y a des prêtres qui voient dans des enfants des objets sexuels, il faudrait que nous les niions –cela ne veut pas dire que la prêtrise ou la religion “en soi” est une immoralité.

Il est certain que de semblables arguments ne pourraient me susciter qu’un sourire. Mais cela ne me plaît pas du tout prétendre réduire l’être humain au nom de la morale, et je ne suis pas disposé à le faire même si me l’ordonne le Roi ou le Pape. Et j’entends rester ferme dans cette défense: c’est une défense de l’espèce humaine contre ceux qui prétendent la sauver la castrant de son corps et de son âme. Ces discours moralisateurs ne cessent d’être symptomatiques d’une société qui obsessivement cherche à laver ses traumas avec des excuses pour ne pas voir la gravité de ses propres actions. Et sur cela de “ne pas vouloir voir ce qui se fait”, j’ai déjà dédié un autre essai meilleur que je ne le fais ici.

–Vous êtes trop libéral –me dit plus tard R., mon étudiante.

Par la suite le catéchisme inévitable:

–Avez-vous des enfants?

Je pensai aux vieilles personnes qui se retranchent toujours derrière leur expérience alors qu’elles n’ont plus d’arguments. Comme si vivre fut le fait de quelque mérite dialectique.

–Non, pas encore –répondis-je.

–Si vous aviez des enfants vous comprendriez ma position –observa-t-elle.

–Pourquoi, vous avez des enfants –demandai-je?

–Non, fut la réponse.

–C’est dire que la question antérieure ne vient pas de vous, elle vient de vos parents. Avec qui suis-je en train de parler en ce moment?

Je pensai que pour être authentique qu’il fallait d’abord être libre.

–Dans ce monde il y a trop de liberté– se plaignit R.

–Croyez-vous en Dieu? –demandai-je comme un bêta.

–Oui, bien sûr.

–Y croyez-vous par vous-même ou parce qu’on vous l’a imposé?

–Non, non je crois en Dieu par ma propre volonté.

–C’est dire que la liberté continue d’être une vertu malgré tout.

Peu de jours plus tard, dans une autre classe, une autre de mes étudiantes m’interrogea sur le problème des drogues dans le monde. Elle voulait connaître mon opinion sur les solutions possibles. La sienne était que si les États-Unis créaient du travail dans les pays pauvres d’Amérique Latine, cela aurait pour effet d’en finir avec le narcotrafic, et elle voulait savoir si j’opinais dans le même sens. Ma réponse fut formelle (et peut-être péchai-je d’éloquence): non. Simplement non.

Dans la question je reconnus le vieux discours hégémonique nord-américain: “nos problèmes sont dus à l’existence des méchants dans le monde”. Une simplicité à la mesure d’un public qui avant se reconnaissait citoyen et qui maintenant se reconnaît comme “consommateur”. Bien sûr, non moins différente est la théorie manichéenne en Amérique Latine: “tous nos maux sont dus à l’impérialisme yankee”.

–Pourquoi non –me demanda surprise mon étudiante, une jeune fille avec toutes les bonnes intentions du monde.

–Par la logique même du système capitalista – répondis-je–. Si les pauvres avaient de plus grandes et de meilleures opportunités de travail, cela améliorerait leurs vies, mais cela n’éliminerait pas le narcotrafic, parce que ce ne sont pas là les moteurs de ce monstrueux mécanisme. La démonisation des producteurs est un discours avant tout stratégique –je ne commencerai pas à expliquer ce point de vue d’une telle évidence –mais cela ne sert pas à résoudre le problème et ne l’a jamais fait.

–Et quelle est la cause du problème alors?

–Dans le système capitaliste, surtout dans le capitalisme tardif (et laissons de côté Keynes pour le moment), l’offre apparaît toujours afin de satisfaire la demande, que ce soit de façon légale ou illégale. L’objectif de toute entreprise est de découvrir les “nécessités insatisfaites” (crées, de façon croissante, par la propre culture de consommation), et de réussir à s’infiltrer sur le marché avec une offre sur mesure. En espagnol, on parle de “niche de marché”, ce qui possède des connotations logiques avec la mort. S’il y a une demande de travailleurs, il y aura là des travailleurs illégaux afin de satisfaire la demande et éviter que l’économie ne s’effondre. En même temps, surgiront de nouvelles narrations et de nouveaux “patriotes” qui s’organiseront afin de sauver le pays de ces sales paresseux venus du sud afin leurs voler leurs bénéfices sociaux.

Peu peuvent douter que les principaux consommateurs de drogues dans le monde sont sur le marché nord-américain et européen, les deux pôles du progrès mondial. La conclusion est évidente: les premiers responsables du narcotrafic ne sont pas les pauvres paysans colombiens ou péruviens ou boliviens: ce sont les riches consommateurs du premier monde. Mis à part les narcotrafiquants , ce sont bien sûr les uniques bénéficiaires de ce système pervers. Mais que quelqu’un le dise sans risque.

Nous devrions nous, minuscules intellectuels, rappeler aux capitalistes comment fonctionnent leurs choses. Ils sont les maîtres en cela, quoiqu’ils soient aussi les maîtres à faire les sots: personne ne produit quelconque trafic que personne ne veut acheter. Tant qu’il y aura quelqu’un intéressé à acheter de la merde de chien, il y aura des gens dans le monde qui la ramasseront et la mettront dans du nylon pour son exportation. Mais accuser les prostitués d’immoralité et absoudre les hommes d’être “mâles” fait partie du discours idéologique de chaque époque. Dans ce dernier cas, la lucidité de Sœur Jeanne Agnès de la Croix, à la fin du XVII è siècle, eut été suffisante, laquelle se demandait: “qu’est-ce qui est pire / celle qui pèche pour la paie / ou celui qui paie pour pécher”? Bien sûr que les puritains ne comprirent pas un raisonnement aussi simple et la condamnèrent à l’enfer.

–S’il en est ainsi, quelle est la solution? –demanda un autre élève, sans être persuadé du tout.

–La solution n’est pas facile mais, dans tous les cas, c’est dans l’élimination de la demande, dans le dépassement de la Culture de Consommation. Dans une culture qui récompense la consommation et le succès matériel, à quoi peut-on s’attendre sinon à plus de consommation, incluant celle des drogues et autres stimulants qui anesthésient le vide profond qu’il y a dans une société qui quantifie tout? La coke est utilisée en Bolivie depuis des siècles, et l’on ne peut pas dire que l’addiction à cette drogue aie été un problème jusqu’à ce qu’apparaissent les trafiquants cherchant à satisfaire une demande qui se produisait à des milliers de kilomètres de là. Je me souviens d’un lointain coin d’Afrique, de champs de marijuana dont personne ne consommait. Bien sûr, à peine les natifs voyaient un homme blanc muni d’un chapeau et de lunettes fumées, on lui offrait avec cela de se faire de l’argent. Et il y eut une petite armée suffisante de ces consommateurs étrangers pour activer la culture systématique et la collecte de ces plantes jusqu’à ce que, quelques années plus tard, des avions passent arroser ces champs de pesticides afin de combattre la production et les misérables producteurs coupables de tous les maux du monde.

La discussion se termina comme ont l’habitude de se terminer toutes les discussions aux États-Unis: par un formalisme démocratique et conscient des conséquences pragmatiques: “j’accepte votre opinion mais je ne la partage pas”.

Encore aujourd’hui j’attends des arguments qui justifient cette divergence naturelle.

Jorge Majfud

Professeur à l’Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par:

Pierre Trottier, octobre 2005

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* Normalement, la Posmodernité se définit en opposition aux valeurs caractéristiques de la Modernité: rationalisme, logocentrisme européen, métanarrations absolutistes, etc. Sur quoi nous pouvons comprendre la Posmodernité comme une Antimodernité. Mais cela est une simplification. Il y a des éléments qui signifient encore aujourd’hui une continuation et une radicalisation de la Modernité: c’est ce que nous appelons la Société Désobéissante.

Los esclavos de nuestro tiempo

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...

Image via Wikipedia

The History of Immigration (English)

Los esclavos de nuestro tiempo

Inmigrantes apátridas: tírelos después de usar


Una de las imágenes más típicas – corrijamos: estereotípicas – de un mexicano ha sido, desde el siglo pasado, un hombre de poca estatura, borracho y pendenciero que, cuando no aparecía con una guitarra cantando un corrido, se lo retrataba sentado en una calle echándose una siesta debajo de su enorme sobrero. Esta imagen del perfecto holgazán, del vicioso irracional, podemos verla desde viejas ilustraciones del siglo XIX hasta los souvenirs que los mismos mexicanos producen en masa para satisfacer la industria turística, pasando por las tiras cómicas de las revistas y los dibujos animados de Walt Disney y Warner Bros en el siglo XX. Sabemos que nada es casualidad; aún los defensores de la “inocencia” del arte, del valor intrascendente y pasatista del cine, de la música y de la literatura no pueden impedir que señalemos la trascendencia ética y la funcionalidad ideológica de los personajes más infantiles y de las narraciones más “neutrales”. Claro, el arte es mucho más que un mero instrumento ideológico; pero eso no lo salva de la manipulación que un grupo humano hace de él en beneficio propio y en perjuicio ajeno. Al menos que no llamemos “arte” a esa basura.

Ironías del destino: pocos grupos humanos, como los mexicanos que viven hoy en Estados Unidos – y, por extensión, los demás grupos hispanos, – pueden decir que representan mejor el espíritu de sacrificio y de trabajo de este país. Pocos (norte) americanos podrían competir con esos millones de abnegados trabajadores que podemos ver por todas partes, sudando bajo el sol en los más sofocantes días de verano, en las ciudades y en los campos, desparramando asfalto caliente o quitando la nieve de los caminos, arriesgando sus vidas en altas torres en construcción o lavando los cristales de importantes oficinas donde se decide la suerte de millones de personas que, en el lenguaje posmoderno, se conocen como “consumidores”. Por no mencionar a sus compañeras que hacen el resto del trabajo difícil – ya que no podemos llamarlo “sucio”, – ocupando puestos en los que rara vez veremos a ciudadanos con derechos plenos. Nada de lo cual justifica el discurso racista que el presidente de México, Vicente Fox, hiciera recientemente, declarando que los mexicanos hacían en Estados Unidos el trabajo que “ni los negros americanos quieren hacer”. La presidencia nunca se retractó, nunca reconoció este “error” sino que, por el contrario, acusó al resto de la humanidad de haber “malinterpretado” sus palabras. Luego procedió a invitar a un par de líderes “afroamericanos” (algún día me explicarán qué tienen estos americanos de africanos), haciendo ejercicio de una vieja táctica: al rebelde, al disconforme se lo neutraliza con flores, a las fieras con música y a los esclavos asalariados con cine y con prostíbulos. Claro, hubiese bastado con evitar el adjetivo “negro” cambiándolo por el de “pobre”. En el fondo, este maquillaje semántico hubiese sido más inteligente aunque nunca del todo libre de sospecha. La ética capitalista condena el racismo, ya que su lógica productiva es indiferente a las razas y, como lo demuestra el siglo XIX, el tráfico de esclavos siempre fue contra sus intereses de producción industrial. Por lo tanto, el humanismo antirracista ya tiene un lugar ganado en el corazón de los pueblos y ya no es tan fácil extirparlo si no es a través de prácticas ocultas detrás de elaborados y convincentes discursos sociales. Sin embargo, la misma ética capitalista aprueba la existencia de “pobres”, por lo cual no hubiese escandalizado a nadie si en lugar de “negros”, el presidente mexicano hubiese dicho “pobres americanos”. Todo lo que demuestra, por otra parte, que no sólo los del norte viven de los infelices inmigrantes que arriesgan su vida cruzando la frontera, sino también los políticos y la clase dirigente del sur que obtienen, millonarias remesas mediante, el segundo ingreso más importante del país después del petróleo, vía “Wester-Union-madre-pobre”, de la sangre y del sudor de los expulsados por el mismo sistema que se enorgullece de ellos y así los premia, con tan brillantes discursos que sólo sirven para sumarles un problema más a sus desesperadas vidas de prófugos productivos.

La violencia no es sólo física; también es moral. Luego de contribuir con una parte imprescindible de la economía de este país y de los países de los cuales proceden – de aquellos países de los que fueron expulsados por el hambre, la desocupación y el desprivilegio de la corrupción, – los hombres sin nombre, los no-identificados, deben volverse a sus hacinadas habitaciones con el temor de ser descubiertos en la ilegalidad. Cuando se enferman, simplemente resisten, hasta que están al borde de la muerte y acuden a un hospital donde suelen recibir el servicio y la comprensión de una parte consciente de la población mientras otra parte pretende negársela. Es este último el caso de varias organizaciones anti-inmigrantes que, con la excusa de proteger las fronteras o defender la legalidad, ha promovido leyes y actitudes hostiles que, de forma creciente, les niega el derecho humano a la salud o a la tranquilidad a todos aquellos trabajadores que han caído en la ilegalidad por la fuerza de la necesidad, por el imperio de la lógica del mismo sistema que no los reconoce, que traduce sus contradicciones en muertos y reventados. Por supuesto que no podemos ni debemos estar a favor de algún tipo de ilegalidad. Una democracia es aquel sistema donde las reglas se cambian; no se quiebran. Pero las leyes son producto de una realidad y de un pueblo, se cambian o se conservan según los intereses de quienes tienen el poder de hacerlo y a veces este interés puede pasar por encima de los más elementales Derechos Humanos. Los trabajadores indocumentados nunca tendrán el más mínimo derecho de participar siquiera en algún simulacro electoral, ni de este ni del otro lado de la frontera: han nacido sin tiempo y sin espacio propio, con la única función de dejar su sangre en el proceso productivo, en el mantenimiento del orden de privilegios que repetidamente los excluye y, al mismo tiempo, se sirve de ellos. Todos saben que existen, todos saben dónde están, todos saben de dónde vienen y hacia dónde van; pero nadie quiere verlos. Tal vez sus hijos dejen de ser esclavos asalariados, mal nacidos, pero para entonces los esclavos habrán muerto. Y si no hay cielo se habrán jodido del todo. Y si lo hay y no tuvieron tiempo de repetir cien veces las palabras correctas, peor, porque se irán al Infierno, el reconocimiento póstumo en lugar de alcanzar el olvido y la paz tan anhelada.

Mientras los ciudadanos, los “verdaderos humanos”, mantengan los beneficios de sus sirvientes con salarios mínimos y prácticamente sin derechos, día y noche amenazados por todo tipo de fantasmas, no tendrían ninguna necesidad de cambiar las leyes para reconocer una realidad instaurada a posteriori. Lo cual hasta parece lógico. Sin embargo, lo que deja de ser “lógico” – si descartamos algún tipo de ideología racista – son los argumentos de aquellos que acusan a los trabajadores inmigrantes de perjudicar la economía del país haciendo uso de servicios como los de hospitalización. Por supuesto que estos grupos anti-inmigrantes ignoran que el Seguro Social de Estados Unidos recibe la nada despreciable suma de siete billones de dólares anuales por parte de las contribuciones que hacen los inmigrantes ilegales y que, de morirse el trabajador antes de alcanzar la legalidad, nunca recibirán beneficio alguno. Lo que significa menos comensales para un mismo banquete. Tampoco pueden entender, claro está, que si un empresario tiene una flota de camiones debe destinar un porcentaje de sus beneficios para reparar el desgaste, los imperfectos y los accidentes que de dicha actividad se derivan. Sería un razonamiento interesante, sobre todo para un empresario capitalista, no enviar esos camiones al servicio para ahorrarse la erogación del mantenimiento; o enviarlo y echarle luego la culpa al mecánico de estar aprovechándose de su negocio. No obstante, esta es la clase y la altura de los argumentos que se leen en los periódicos y se escucha en la televisión, casi a diario, por parte de estos grupos de enardecidos “patriotas” que, aunque lo reclamen, no representan a un pueblo mucho más heterogéneo de lo que puede verse desde afuera – millones de hombres y mujeres, olvidados por la simplista retórica anti-americana, sienten y actúan de otra forma, de forma más humana.

Claro que no sólo les falla la dialéctica. También sufren de desmemoria. Olvidaron, de súbito, de dónde descendían sus abuelos. Salvo un reducidísimo grupo étnico de americano-americanos – me refiero a los indígenas que llegaron antes de Colón y del Mayflower, y que son los únicos que nunca se los ven dentro de estos grupos de anti-inmigrantes, ya que entre los xenófobos abundan los mismos hispanos, no por casualidad ciudadanos recientemente “naturalizados”. El resto de los habitantes de este país ha venido de alguna parte del mundo que no es, precisamente, donde están parados aquellos con sus perros, sus banderas, sus mandíbulas adelantadas y sus binoculares de cazadores, salvaguardando las fronteras de malolientes descamisados que pretenden hacerles algún mal atacando la pureza de la identidad ajena. Olvidan, de súbito, de dónde procede gran parte de los alimentos y las materias primas y en qué condiciones se producen. De súbito olvidan que no están solos en este mundo y que este mundo no les debe más de los que ellos le deben al mundo.

En otro momento he mencionado los ignorados esclavos de çfrica, que si son pobres por su culpa no son menos infelices por culpa ajena; aquellos que proveen al mundo de los chocolates más finos o de las maderas más caras sin las retribuciones mínimas que el orgulloso mercado reclama como Ley Sagrada, estratégica fantasía, ésta que sólo procura enmascarar la única Ley que rige al mundo: la ley del poder y de los intereses bajo el ropaje de la moral, la libertad y el derecho. Tengo en la memoria, grabada a fuego, aquellos jóvenes aldeanos de un rincón remoto de Mozambique que cargaban toneladas de troncos, quebrados y enfermos, por una paga inexistente o por una cajilla de cigarrillos. Cargas millonarias que luego aparecían en los puertos para enriquecer a algunos empresarios blancos que llegaban del extranjero, mientras en los bosques quedaban algunos muertos, nada importante, aplastados por los troncos e ignorados por la ley de su propio país.

De súbito olvidan o no quieren recordar. No les pidamos más de lo que pueden. Recordemos brevemente, para nosotros, el efecto de la inmigración en la historia. Desde la prehistoria, a cada paso encontraremos movimientos de seres humanos, no de un valle al otro sino atravesando océanos y continentes enteros. La “raza pura” reclamada por Hitler no había surgido por generación espontánea o de alguna semilla plantada en el fango de la Selva Negra sino que había atravesado media Asia y seguramente era el resultado de incontables mestizajes y de una negada e inconveniente evolución (que une a rubios con negros) que aclaró los originales rostros oscuros y puso oro en sus cabellos y esmeralda en sus ojos. Luego de la caída de Constantinopla en manos de los turcos, en 1453, la oleada de griegos hacia Italia provocó una gran parte de ese movimiento económico y espiritual que luego conocimos como el Renacimiento. Aunque generalmente se eche al olvido, también las inmigraciones de los pueblos árabes y judíos provocaron, en la adormecida Europa de la Edad Media, diferentes movimientos sociales, económicos y culturales que la inmovilidad de la “pureza” había prevenido durante siglos. De hecho, la vocación de “pureza” – racial, religiosa y cultural – que hundió al imperio Español y lo llevó a la quiebra varias veces, a pesar de todo el oro americano, fue la responsable de la persecución y expulsión de los judíos (españoles) en 1492 y de los árabes (españoles) un siglo después. Expulsión que, paradójicamente, benefició a los Países Bajos y a Inglaterra en un proceso progresista que culminaría con la Revolución Industrial. Y lo mismo podemos decir de nuestros países latinoamericanos. Si me limitara sólo a mi país, Uruguay, podría recordar los “años dorados” – si alguna vez existieron años de este color – de su desarrollo económico y cultural, coincidentes, no por casualidad, con una efervescencia inmigratoria que tuvo sus efectos desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Nuestro país no sólo desarrolló uno de los sistemas de educación más avanzados y democráticos de la época, sino que, comparativamente, su población no tenía mucho que envidiarle al progreso de los países más desarrollados del mundo, aunque careciera, por su escala, del peso geopolítico que podían tener otros países de entonces. Actualmente la inmovilidad cultural ha provocado una migración inversa, del país de sus hijos y nietos al país de sus abuelos. La diferencia radica en que los europeos que huían del hambre y de la violencia encontraron en el Río de la Plata (y en tantos otros puertos de América Latina) las puertas abiertas de par en par; sus descendientes, o los hijos y nietos de aquellos que les abrieron las puertas, entran ahora a Europa por la puerta de atrás, aunque en apariencia caigan del cielo. Y si bien es necesario recordar que una gran parte de la población europea los recibe de buena gana, en el trato, ni las leyes ni las prácticas se corresponden con esta voluntad. Ni siquiera son ciudadanos de tercera; no son nada y la casa se reserva el derecho de admisión, lo que puede significar una patada en el traste y la deportación como criminales.

Para ocultar la viaja e insustituible Ley de los intereses, se argumenta – como lo ha hecho con tantas sinrazones Oriana Fallaci – que éstos no son los tiempos de la Primera o de la Segunda Guerra y, por lo tanto, no se puede comparar una inmigración con la otra. De hecho, sabemos que nunca un tiempo es asimilable a otro, pero sí que pueden ser comparados. O la historia y la memoria no sirven para nada. Si en Europa se repitieran mañana las mismas condiciones de necesidad económica que llevara a sus ciudadanos a emigrar, rápidamente olvidarían el argumento de que estos tiempos no son comparables a otros tiempos de la historia y, por lo tanto, es lícito olvidar.

Entiendo que, diferente a dos esferas en un laboratorio, en una sociedad cada causa es un efecto y viceversa – una causa no puede modificar un orden social sin convertirse en el efecto de sí misma o de algo diferente. Por la misma razón, entiendo que tanto la cultura (el mundo de las costumbres y de las ideas) influye en un determinado orden económico y material tanto como su relación inversa. La idea de la infraestructura determinante es la base del código de lectura marxista, mientras que su inversa (la cultura como determinante de la realidad socio-económica) lo es de aquellos que reaccionaron ante la fama del materialismo. Por lo antes expuesto, entiendo que el problema aquí radica en la idea de “determinismo”, ya sea en un sentido como en el otro. A su vez cada cultura promueve un código de lectura según sus propios Intereses y, de hecho, lo hace en la medida de su propio Poder. Una síntesis de ambas lecturas es necesaria también en nuestro problema. Si la pobreza de México, por ejemplo, fuese resultado sólo de una “deformación” cultural – tal como lo proponen actualmente los especialistas y teóricos de la Idiotez latinoamericana, las nuevas necesidades económicas de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos no producirían los trabajadores más estoicos y sufridos que conoce este país: simplemente produciría “holgazanes inmigrados”. Y la realidad parece mostrarnos otra cosa. Claro que, como dijo Jesús, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, marzo 2006.

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Les esclaves de notre temps

Les immigrants apatrides

Par Jorge Majfud

Traduit de l’espagnol par : Pierre Trottier

Une des images des plus typiques – que nous corrigions : stéréotypiques – d’un mexicain a été, depuis le siècle passé, un homme de peu de stature, ivre et querelleur qui, lorsqu’il n’apparaissait pas avec une guitare chantant un air local, était dépeint assis sur la chaussée faisant une sieste avec son énorme chapeau. Cette image du parfait fainéant, du vicieux irrationnel, nous pouvons la voir à partir de vielles illustrations du XIX è siècle jusqu’aux souvenirs que ces mêmes mexicains produisent afin de satisfaire l’industrie touristique, en passant par les bandes comiques des revues et les dessins animés de Walt Disney et Warner Bros du XX è siècle. Nous savons que rien n’est fortuit ; encore les défenseurs de « l’innocence » de l’art, de la valeur peu importante et récréative du ciné, de la musique et de la littérature ne peuvent empêcher que nous signalions la transcendance éthique et la fonctionnalité idéologique des personnages les plus infantiles et des narrations les plus “neutres”. Bien sûr, l’art est beaucoup plus qu’un simple instrument idéologique ; mais cela ne le met pas à l’abri de la manipulation idéologique qu’un groupe humain fait de lui en son bénéfice propre et au préjudice d’autrui. A moins que nous n’appelions pas « art » ces ordures.

Ironies du destin : peu de groupes humains comme les mexicains qui vivent aujourd’hui aux États-Unis—, et par extension, les autres groupes hispaniques —peuvent dire qu’ils représentent mieux l’esprit de sacrifice et de travail de ce pays. Peu (Nord) d’américains pourraient rivaliser avec ces millions de dévoués travailleurs que nous pouvons voir de toutes parts, suant sous le soleil des plus suffocants jours de l’été, dans les villes et les campagnes, répandant l’asphalte chaud ou quittant la neige des chemins, risquant leur vie dans les hautes tours en construction ou lavant les vitres des importants bureaux où se décide le sort de millions de personnes que, dans le langage post-moderne, l’on connaît comme « consommateurs ». Pour ne pas parler de leurs compagnes qui font le reste du travail difficile, pour ne pas dire « sale », occupant des postes dans lesquels nous verrons rarement des citoyens de droits entiers. Rien pour justifier le discours raciste que le président Vicente Fox fit récemment déclarant que les mexicains faisaient aux États-Unis le travail que “ni même les noirs américains ne voulaient faire”. La présidence ne s’est jamais rétractée, n’a jamais reconnu cette “erreur” mais au contraire, a accusé le reste de l’humanité d’avoir “mal interprété” ses paroles. Par la suite, il en vint à inviter deux leaders “afro-américains” (un beau jour on m’expliquera qu’avaient d’africain ces américains), faisant l’exercice d’une vieille tactique : au rebelle, au divergent, on le neutralise avec des fleurs ; avec les fauves, par la musique; aux esclaves salariés, avec du cinéma et des maisons de tolérance.

Bien sûr, il eut suffit d’éviter l’adjectif « noir » le changeant pour celui de « pauvre ». Dans le fond, ce maquillage sémantique eut été plus intelligent quoique jamais libre de toute suspicion. L’éthique capitaliste condamne le racisme, puisque sa logique productive est indifférente aux races et, comme le démontre le XIX è siècle, le trafic d’esclaves fut toujours contre ses intérêts de production industrielle. Par conséquent, l’humanisme anti-raciste maintenant a gagné dans le cœur des peuples et il n’est pas aussi facile de l’extirper si ce n’est à travers de pratiques occultes derrière d’élaborée et convaincants discours sociaux. Cependant, la même éthique capitaliste approuve l’existence de « pauvres », selon lequel l’emploi de “pauvres américains”, au lieu de “noirs”, de la part du président mexicain, n’eut scandalisé personne. Tout ceci démontre, d’autre part, que non seulement ceux du Nord vivent des malheureux immigrants qui risquent leur vie en traversant la frontière, mais aussi que les politiciens et la classe dirigeante du Sud, moyennant des remises millionnaires, le second revenu le plus important du pays après le pétrole, via la “Western Union madre pobre”, moyennant le sang et la sueur des expulsés par ce même système qui s’enorgueillit d’eux, et ainsi les récompense avec de si brillants discours qui servent seulement à ajouter un problème de plus à leurs désespérantes vies de fugitifs productifs.

La violence n’est pas seulement physique ; elle est aussi morale. Après avoir contribués à une partie indispensable de l’économie de ce pays et des pays desquels ils proviennent – de ces pays desquels ils furent expulsés par la faim, le chômage et le désavantage de la corruption – les hommes sans nom, les non-identifiés doivent revenir à leurs demeures dans la peur d’être découverts dans l’illégalité.

Lorsqu’ils tombent malades, ils résistent simplement jusqu’à ce qu’ils soient au bord de la mort et ils se rendent à un hôpital où généralement ils reçoivent le service et la compréhension d’une partie consciente de la population, pendant qu’une autre partie cherche à les nier. C’est le cas de plusieurs organismes anti-immigrants qui, avec l’excuse de protéger les frontières ou de défendre la légalité, ont promu des lois et des attitudes hostiles qui, de façon croissante, leurs nie le droit humain à la santé ou à la tranquillité, à tous ces travailleurs qui sont tombés dans l’illégalité par la force de la nécessité, par l’empire de la logique du même système qui ne les reconnaît pas, qui traduit ses contradictions par des morts et des épuisés. Bien sûr que nous ne pouvons pas et ne devons pas être en faveur de quelque type d’illégalité. Une démocratie est ce système où les règles se changent ou se conservent selon les intérêts de ceux qui ont le pouvoir de le faire, et souvent cet intérêt peut passer au-dessus des plus élémentaires Droits Humains. Les travailleurs sans papiers n’auront jamais le plus minime droit de participer ni même à quelque simulacre électoral, ni d’un côté ni de l’autre côté de la frontière : ils sont nés sans temps et sans espace propre, avec l’unique fonction de laisser leur sang dans le processus productif, dans le maintien de l’ordre des privilèges qui les excluent de façon répétée et, en même temps, se sert d’eux. Tous savent qu’ils existent, tous savent où ils sont, tous savent d’où ils viennent et vers où ils vont; mais personne ne veut les voir. Peut-être les enfants cesseront-ils d’être des esclaves salariés, mal nés, mais alors les esclaves seront morts. Et s’il n’y a pas de ciel alors ils se seront foutus de tout. Et s’il y en a un, pire, ils iront en Enfer, la reconnaissance posthume au lieu de l’oubli et de la paix tant souhaitée.

Pendant que les citoyens, les « véritables humains » gardent les bénéfices de leurs serviteurs par des salaires minimes et pratiquement sans droits, jour et nuit menacés par tout type de phantasmes, ils n’éprouveront aucune nécessité de changer les lois pour reconnaître une réalité instaurée à postiori. Ce qui, jusqu’ici, paraît logique. Cependant, ce qui cesse d’être “logique”—si nous écartons quelque type d’idéologie raciste—ce sont les arguments de ceux qui accusent les travailleurs immigrants de porter préjudice à l’économie du pays, faisant usage de services comme ceux de l’hospitalisation. Il est certain que ces groupes anti-immigrants ignorent que la Sécurité Sociale des États-Unis reçoit rien de moins que la méprisable somme de sept milliards de dollars annuellement des contributions que font les immigrants illégaux, et qu’avant d’atteindre la légalité, avant de mourir, le travailleur ne recevra aucun bénéfice. Ce qui signifie moins de convives pour un même banquet. Ils ne peuvent comprendre non plus qu’une entreprise possédant une flotte de camions doit destiner un pourcentage de ses bénéfices afin de réparer l’usure, les imperfections et les accidents qu’une telle activité entraîne. Ce serait un raisonnement intéressant, surtout pour un entrepreneur capitaliste, de ne pas envoyer ses camions au garage afin d’économiser sur le coût de la maintenance ; ou de les envoyer pour ensuite jeter la faute sur le mécanicien l’accusant de profiter de son entreprise. Cependant, c’est la sorte et la hauteur des arguments qu’on lit dans les journaux et qu’on entend à la télévision presqu’à tous les jours de la part de ces groupes d’échauffés « patriotiques » qui, quoiqu’ils le revendiquent, ne représentent pas un peuple beaucoup plus hétérogène que l’on peut voir de l’extérieur—des millions d’hommes et de femmes oubliés par la simpliste rhétorique anti-américaine, sentent et agissent d’une autre façon plus humaine. Bien sûr qu’il lui manque la dialectique. Aussi, ils souffrent de mauvaise mémoire. Ils oublièrent soudain d’où descendaient leurs ancêtres. Sauf un groupe ethnique très restreint d’américain-américain—je me réfère aux indigènes qui arrivèrent avant Colomb et le Mayflower, et qui sont les seuls qu’on ne voit jamais à l’intérieur de ces groupes d’anti-immigrants—, maintenant qu’entre les xénophobes abondent les mêmes hispanos, ce n’est pas par hasard qu’ils sont des citoyens récemment « naturalisés ». Le reste des habitants de ce pays sont venus de toutes les parties du monde qui n’est pas, précisément, où sont les indolents avec leurs chiens, leurs drapeaux, leurs mâchoires avancées et leurs binoculaires de chasseurs, sauvegardant les frontières des malodorants sans-chemises qui prétendent leur faire du mal attaquant la pureté de l’identité d’autrui. Ils oublient, soudainement, d’où proviennent une grande partie des aliments et des matières premières, et des conditions dans lesquelles ils sont produits. Soudainement, ils oublient qu’ils ne sont pas seuls dans ce monde et que ce monde ne leur doit pas plus qu’ils ne doivent au monde.

En un autre moment, j’ai mentionné les esclaves ignorés d’Afrique qui, s’ils sont pauvres de par leur faute, n’en sont pas moins malheureux par la faute d’autrui; ceux qui procurent au monde le chocolat le plus fin et le bois le plus cher sans les rétributions minimales que leur orgueilleux marché réclame comme Loi Sacrée, stratégique fantaisie, celle qui a pour unique effet de masquer l’unique Loi qui régit le monde : la loi du pouvoir et des intérêts sous la couverture de la morale, de la liberté et du droit. J’ai en mémoire, gravé à feu, ces jeunes villageois d’un coin lointain du Mozambique qui chargeaient des tonnes de troncs, brisés et malades, pour un salaire inexistant ou pour un paquet de cigarettes, charges de millionnaires qui, par la suite, apparaissaient dans les ports afin d’enrichir certains entrepreneurs blancs qui arrivaient de l’étranger, pendant que dans les forêts restaient quelques morts, rien d’important, écrasés par les troncs et ignorés par la loi de leur propre pays.

Soudainement, ils oublient ou ne veulent pas se souvenir. Ne leurs demandons pas plus qu’ils ne le peuvent. Rappelons-nous brièvement, pour nous-mêmes, l’effet de l’immigration dans l’histoire. Depuis la pré-histoire, à chaque étape nous rencontrons des mouvements d’êtres humains, non d’une vallée à l’autre, mais traversant des océans et des continents entiers. La « race pure » réclamée par Hitler n’avait pas surgit par génération spontanée ou de quelque semence plantée dans la boue de la Forêt Noire, mais avait traversé l’Asie moyenne et était sûrement le résultat d’incontestables métissages et d’une incapable et inconvéniente évolution (qui unit aux rouges les noirs), qui a éclaircit les visages obscurs originaux et mis de l’or dans leurs cheveux et de l’émeraude dans leurs yeux.

A la suite de la chute de Constantinople aux mains des Turcs, en 1453, la grande vague de grecs déferlant sur l’Italie provoqua une grande partie de ce mouvement économique et spirituel que nous avons connu par la suite comme la Renaissance. Quoique généralement cela est mis à l’oubli, aussi les immigrations des peuples arabes et juifs provoquèrent dans l’Europe assoupie du Moyen-Âge différents mouvements sociaux, économiques et culturels que l’immobilité de la « pureté » avait préparé durant des siècles. De fait, la vocation de « pureté » raciale, religieuse et culturelle – qui enfonça l’empire Espagnol et le porta à la faillite plusieurs fois, malgré tout l’or de leurs colonies américaines, fut la responsable de la persécution et de l’expulsion des juifs (espagnols) en 1492 et des arabes (espagnols) un siècle plus tard. Expulsion qui, paradoxalement, profita aux Pays-Bas et à l’Angleterre dans un processus progressiste qui culminera avec la Révolution Industrielle.

Et nous pouvons dire de même de nos pays latino-américains. Si je me limitais seulement à mon pays, l’Uruguay, je pourrais rappeler les “années dorées”—si toutefois existèrent des années de cette couleur—de son développement économique et culturel, coïncidant, non par hasard, avec une effervescence immigratoire qui eût ses effets à partir de la fin du XIX è siècle jusqu’au milieu du XX è siècle. Notre pays non seulement développa un système d’éducation des plus avancé et démocratique de l’époque mais, comparativement, sa population n’avait pas beaucoup à envier au progrès des pays les plus développés du monde, quoiqu’il lui manquait, à son échelle, le poids géopolitique que pouvaient avoir alors les autres pays de ce temps. Actuellement¸l’immobilité culturelle a provoqué une migration inverse, du pays de ses enfants et petits-enfants au pays de ses grands-parents. La différence réside en ce que les européens qui fuyaient la faim et la violence trouvèrent dans le Rio de la Plata —et dans tant d’autres ports d’Amérique Latine— des portes grandes ouvertes ; leurs descendants, ou les enfants et les petits-enfants de ceux qui leurs ouvrirent les portes, rentrent maintenant en Europe par la porte de derrière, bien qu’en apparence ils tombent du ciel. Bien qu’il soit nécessaire de rappeler qu’une grande partie de la population européenne les reçoit volontiers, dans les relations ni les lois ni les pratiques correspondent à cette volonté. Ils ne sont ni même citoyens de troisième zone. Ils ne sont rien et la maison se réserve le droit d’admission, ce qui peut signifier un dossier en suspend et la déportation comme criminels.

Afin de cacher la vieille et irremplaçable Loi des intérêts, on argumente—comme l’a fait avec tant d’égarements Oriana Fallaci—qu’ils ne sont pas du temps de la Première Guerre ou de la Seconde Guerre et, par conséquent, on ne peut comparer une immigration à une autre. De fait, nous savons que jamais une époque n’est assimilable à une autre, mais bien sûr qu’elles peuvent être comparées. Ou bien l’histoire et la mémoire ne servent à rien. Si en Europe se répètent demain les mêmes conditions de nécessités économiques qui porteraient ses citoyens à émigrer, ils oublieraient rapidement l’argument que cette époque n’est pas comparable à une autre époque de l’histoire et, par conséquent, il est permis d’oublier.

Je comprends que, différent de deux milieux dans un laboratoire, dans une société chaque cause est un effet et vice-versa – une cause ne peut modifier un ordre social sans se convertir en l’effet d’elle-même ou de quelque chose de différent. Pour la même raison, je comprends que tant la culture—le monde des coutumes et des idées—influence un ordre économique et matériel déterminé, autant l’inverse est vrai. L’idée de l’infrastructure déterminante est la base du code de lecture marxiste, pendant que son inverse—la culture comme déterminant de la réalité socio-économique—l’est de ceux qui réagissent devant la réputation du matérialisme. Pour ce qui est exposé ci-haut, je comprends que le problème ici réside dans l’idée de « déterminisme », que ce soit dans un sens ou dans l’autre. A son tour, chaque culture promeut un code de lecture selon ses propres intérêts et, de fait, le fait dans la mesure de son propre Pouvoir. Une synthèse des deux lectures est nécessaire aussi dans notre problème. Si la pauvreté du Mexique, par exemple, eut été le résultat d’une désinformation culturelle—tel que le proposent actuellement les spécialistes et théoriciens de l’Idiotie latino-américaine—, les nouvelles nécessités économiques des immigrants mexicains aux États-Unis ne produiraient pas les travailleurs les plus stoïques et les plus patients que connaît ce pays : elles produiraient simplement des “émigrés désœuvrés”. Et la réalité paraît nous montrer autre chose. Bien sûr que, comme le dit Jésus, “il n’y a pas de pire aveugle que celui qui ne veut pas voir”.

© Jorge Majfud

Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, mars 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

L’invasion latinoaméricaine.

Par Jorge Majfud

Paris, 27 mars 2007.

Je n’ai jamais compris quel est le mécanisme de la publicité idéologique ou, plus précisément, quel est le mécanisme par lequel la publicité arrive à manipuler l’avis des gens si ce n’est pas par la propension historique à l’obéissance, à la paresse intellectuelle ou ce qu’Erich Fromm appelait “la peur à la liberté”.

Prenons quelques exemples. Un d’eux relatif aux Etats-Unis et l’autre à Amérique latine. Il y a quelques jours un « cicéron » connu d’extrême droite répétait sur les ondes d’une radio un avis qui est devenu courant de nos jours : les immigrants illégaux doivent être accusés de “malhonnêtes” et de “criminels”, non seulement parce qu’ils sont entrés illégalement dans le pays mais, principalement, parce qu’ils ont comme objectif la “Reconquête”. Avec un mauvais accent espagnol, il les a appelé les “reconquistadors”, raison pour laquelle il n’y avait pas de doutes : ces gens ne sont pas seulement malhonnêtes mais, mais en plus, ce sont des criminels.

Négligeons cette utopie de la reconquête. Négligeons les nuances d’une parenté imprécise comme “criminel”. Analysons le syllogisme posé. Même en assumant que les travailleurs illégaux sont “reconquistadors “, c’est-à-dire ceux qui réclament de vastes territoires perdus par le Mexique dans les mains des colons anglo-saxons au XIX ème siècle, il faut conclure, selon l’argument des radicaux, que leur pays est fondé sur l’illégitimité et sur l’action des supposés “criminels”. (le Texas “a été conquis” en 1836 et de cette manière on a rétabli l’esclavage dans un territoire où il était illégal ; la même chance a gagné les autres états de l’Ouest, moyennant une guerre et un paiement aux vaincus sous forme d’achat, parce que alors l’argent était déjà un puissant agent de légitimation.)

Ceci ce n’est pas moi qui le dis ; cela se déduit de ses propres mots. Si une reconquête est un “crime”, qu’est ce qu’une conquête ? En tout cas il serait plus logique d’affirmer que ce phénomène migratoire n’est pas “politiquement nécessaire” – bien qu’économiquement en effet il le soit. Mais, malhonnête ? Criminel ? Oseraient-ils qualifier de criminel la Reconquête espagnole ? Non, bien sûr, et non parce qu’elle n’aurait pas été menée à force de sang et de racisme, mais parce que dans ce cas il s’agissait de chrétiens contre des musulmans et des juifs. Par ces temps du Moyen Âge, la publicité, politique et religieuse était également indispensable. (Les grands drapeaux couvrent toujours les visages de ceux qui les soutiennent). Curieusement, la noblesse, les classes élevées, à l’époque comme maintenant étaient celles qui produisaient la plus grande quantité de publicité nationaliste, destinée à la moralisation du peuple. Curieusement, la noblesse était considérée comme une classe guerrière, mais les chroniques – écrites par des fonctionnaires du roi – ne mentionnent presque pas les plébéiens qui mouraient par milliers chaque fois que les messieurs sortaient de leur palais pour chasser de nouveaux honneurs et étendre leurs terres au nom de la véritable Religion. (Ou, comme l’a écrit le brésilien Érico Veríssimo en Ana Terra, sur la conquête de l’Uruguay : “Guerra era bom para homens como o Cel. Amaral e outro figurões que ganhavam como recompensa de seus serviços medalhas e terras, ao passo que os pobres soldados às vezes nem o soldo receberiam”.) “Guerre était bonne pour des hommes comme le Col. Amaral et autres figures qui gagnaient comme récompense de leurs services, médailles et terres, pendant que les pauvres soldats quelquefois ni leur solde recevraient”.)

Cependant, tant durant les premières années de la conquête musulmane en Espagne que lors de la conquête espagnole en Amérique, les classes élevées ont été les premières à se mettre d’accord avec les envahisseurs pour ne pas perdre leurs privilèges sociaux. Et une fois retourné l’exploit étranger en exploit propre, l’honneur et la fierté furent la pierre fondamentale de l’éboulement ultérieur, aussi long et agonisant que brève a été la gloire de l’Empire. En 1868, le très espagnol Juan Valera a formulé dans une critique qui a choqué beaucoup de ses compatriotes : “La tyrannie des rois de la Maison d’Asturies, leur mauvais gouvernement et les cruautés du Saint Office, n’ont pas été la cause de notre décadence… ce fut une épidémie qui a infecté la majorité de la nation ou la partie la plus brillante et forte. Ce fut une fièvre de fierté, Un délire d’arrogance que la postérité a fait pousser dans les esprits en triomphant après les huit siècles de la lutte contre les infidèles “.

De toute façon ce raisonnement manque de substance ; ce qui importe c’est la publicité. La publicité est le crochet à la mâchoire de l’histoire. L’idée renouvelée d’une reconquête – on omet l’adjectif mexicaine parce qu’on assume que le Mexique s’étend du Rio Grande jusqu’à l’Amazone ; de l’autre côté commence l’Antarctide -c’est une fiction pour des millions de travailleurs expatriés, les déshérités de toujours qui cherchent seulement à survivre et à nourrir leurs familles marginalisées par une tradition sociale centenaire, injuste et anachronique. Mais une fiction stratégique pour les propagandistes qui essayent de dissimuler ainsi les dramatiques raisons économiques qui existent derrière le processus de légalisation.

Cette manipulation de l’opinion publique n’est pas vue comme telle parce qu’il ne passe par la tête de personne de penser que la démagogie puisse être faite par des conservateurs ou par les élites des hautes classes sociales. Non, clairement pas, la démagogie est affaire de populistes, c’est-à-dire, de ces vulgaires qui prétendent conquérir le populo, le vulgo, avec des mots. Comme si les directeurs des grandes entreprises ne se spécialisaient pas, précisément, en démagogie – même si c’est d’une manière plus scientifique -, sans laquelle ils ne pourraient pas vendre de manière massive des aliments recyclés comme s’ils étaient des fins mets ou des articles inutiles comme si d’eux dépendait le bonheur d’un pauvre malheureux qui travaille dix heures par jour pour les obtenir. Parce que si les bâtiments sont construits de briques, les réalités sociales sont construites de mots.

Le sophiste Protagoras disait que l’éthique est seulement appliquée quand elle convient aux intérêts propres. Pour être plus précis, pas l’éthique, mais la moralisation.

Arrivé à ce point d’aliénation je m’éloigne et, presqu’asphyxié, j’essaye de chercher des alternatives. Mais comme le monde est stratégiquement divisé en gauche et droite, je prête attention inconsciemment à ce qui est vendu comme gauche. Et qu’est ce que je trouve ? Quelques nouveaux caudillos latinoaméricains remuant les masses, comme toujours, non pas pour organiser la vie proprement dite, mais pour crier contre le Démon qui régit le monde. Vraiment je ne vois pas de meilleure façon de servir le démon que de s’en occuper de chaque jour. Le Démon n’a jamais été plus vivant que dans les temps de la Sainte Inquisition, quand on brûlaient des personnes vivantes pour nier son existence.

Les drapeaux sont récupérés avec facilité. Si quelqu’un veut mettre un terme à l’espoir d’un peuple qu’il se présente comme le seul étendard de l’Espoir et ensuite vous me racontez. Et pour cela il n’a pas besoin de raisons mais de publicité, c’est-à-dire, le discours fragmenté et répétitif de la déjà désuète Postmodernité.

Cependant, la publicité a ses faiblesses. Comme cela arrive à beaucoup, chaque fois que j’écoute un prédicateur, je perds la foi. Ceci m’arrive presque tous les jours devant “les raisons évidentes” de ces harangueurs de l’extrême droite étasunienne ou de ces nouveaux “leaders de la libération” de l’Amérique latine. Chaque fois que je m’expose aux poèmes médiatiques de ces caudillos nationalistes je perds toute ma foi dans l'”alternative”. Plus j’écoute moins je crois. Mais ceci est sûrement du à une incapacité personnelle par laquelle je ne puis pas jouir de ce dont d’autres gens jouissent, comme la sécurité des tranchées creusées par la publicité et l’autosatisfaction.

En 1640 Diago Saavedra Fajardo a publié « Idea de un príncipe » (Idée d’un prince), adressé au roi, où il déclarait convaincu : “Le vulgo juge par la présence les actions, et pense qu’est meilleur prince le plus beau”. “Pour commander ce doit être par la science, pour obéir, il suffit d’une discrétion naturelle, et parfois de la seule ignorance”. “Le commandement est studieux et perspicace ; l’obéissance presque toujours rude et aveugle “. “L’éloquence est vraiment nécessaire au prince, étant la seule tyrannie qu’il peut utiliser pour attirer à lui doucement les esprits et les faire obéir” (Diego Saavedra Fajardo. Idée d’un prince politicien- chrétien. Madrid : Espasa Calpe, 1942, pág. 39). Ne sont elles pas les lois principales de la propagande moderne ?

Dans une récente révolte à Madrid contre des immigrants latinoaméricains, un pamphlet disait  :

“Ils nous volent, ils nous envahissent et ils nous tuent.

Jusqu’à quand tu es disposé à le tolérer.

Joins-toi Kontre cette scorie humaine et de la société

enseignons le chemin du retour à leur terre

ou à l’enfer. K aussi k baissent la tête.

Toute la fureur espagnole tombera sur eux.

Joins-toi et ils s’en iront plus vite “.

(El Mundo, Madrid, 22 janvier 2007)

J’ai écrit une brève note avec cette observation : “Merde alors, mes frères, pendant un moment j’ai pensé qu’ils avaient ressorti un ancien document de Guamán Poma Ayala ou de l’un de ces millions d’indigènes exterminés par des Espagnols conquérants et colonisateurs du passé. Qui par chance ne sont pas les Espagnols civilisés et conscients d’aujourd’hui, une majorité écrasante, si nous comparons avec ceux à la mémoire très courte… ” Quelqu’un, qui est incapable de voir l’humanité parce que les drapeaux de son nationalisme lui couvrent toute perspective panoramique, a voulu le prendre comme une offense à tout un pays, à ce pays que j’aime tant. Un autre, l’éditeur d’un prestigieux journal de la péninsule a regretté de ne pas pouvoir publier mes reproductions parce que le style n’était pas de pure souche. Il est certain que l’ironie est plus commune dans le Rio de la Plata, mais le pamphlet auquel on fait allusion plus haut, ne représentait pas non plus la brillance orthographique dont s’est vantée des années durant la Real Académie Espagnole. Le moins qu’on puisse dire c’est que dans le texte il y avait trois “K” hors sujet.

Après ils sont scandalisés par les étasuniens.

© Jorge Majfud

* The University of Georgia, abril 2007.

Traduction de l’espagnol de : Estelle et Carlos Debiasi

The History of Immigration

One of the typical – correction: stereotypical – images of a Mexican has been, for more than a century, a short, drunk, trouble-maker of a man who, when not appearing with guitar in hand singing a corrido, was portrayed seated in the street taking a siesta under an enormous sombrero. This image of the perfect idler, of the irrational embodiment of vice, can be traced from old 19th century illustrations to the souvenirs that Mexicans themselves produce to satisfy the tourist industry, passing through, along the way, the comic books and cartoons of Walt Disney and Warner Bros. in the 20th century. We know that nothing is accidental; even the defenders of “innocence” in the arts, of the harmless entertainment value of film, of music and of literature, cannot keep us from pointing out the ethical significance and ideological function of the most infantile characters and the most “neutral” storylines. Of course, art is much more than a mere ideological instrument; but that does not save it from manipulation by one human group for its own benefit and to the detriment of others. Let’s at least not refer to as “art” that kind of garbage.

Ironies of history: few human groups, like the Mexicans who today live in the U.S. – and, by extension, all the other Hispanic groups, – can say that they best represent the spirit of work and sacrifice of this country. Few (North) Americans could compete with those millions of self-abnegating workers who we can see everywhere, sweating beneath the sun on the most suffocating summer days, in the cities and in the fields, pouring hot asphalt or shoveling snow off the roads, risking their lives on towering buildings under construction or while washing the windows of important offices that decide the fate of the millions of people who, in the language of postmodernity, are known as “consumers.” Not to mention their female counterparts who do the rest of the hard work – since all the work is equally “dirty” – occupying positions in which we rarely see citizens with full rights. None of which justifies the racist speech that Mexico’s president, Vicente Fox, gave recently, declaring that Mexicans in the U.S. do work that “not even black Americans want to do.” The Fox administration never retracted the statement, never recognized this “error” but rather, on the contrary, accused the rest of humanity of having “misinterpreted” his words. He then proceeded to invite a couple of “African-American” leaders (some day someone will explain to me in what sense these Americans are African), employing an old tactic: the rebel, the dissident, is neutralized with flowers, the savage beast with music, and the wage slaves with movie theaters and brothels. Certainly, it would have sufficed to avoid the adjective “black” and used “poor” instead. In truth, this semantic cosmetics would have been more intelligent but not completely free of suspicion. Capitalist ethics condemns racism, since its productive logic is indifferent to the races and, as the 19th century shows, slave trafficking was always against the interests of industrial production. Hence, anti-racist humanism has a well-established place in the hearts of nations and it is no longer so easy to eradicate it except through practices that hide behind elaborate and persuasive social discourses. Nevertheless, the same capitalist ethics approves the existence of the “poor,” and thus nobody would have been scandalized if instead of “blacks,” the Mexican president had said “poor Americans.” All of this demonstrates, meanwhile, that not only those in the economic North live off of the unhappy immigrants who risk their lives crossing the border, but also the politicians and ruling class of the economic South, who obtain, through millions of remittances, the second most important source of revenue after petroleum, by way of Western Union to the “madre pobre,” from the blood and sweat of those expelled by a system that then takes pride in them, and rewards them with such brilliant discourses that serve only to add yet another problem to their desperate lives of fugitive production.

Violence is not only physical; it is also moral. After contributing an invaluable part of the economy of this country and of the countries from which they come – and of those countries from which they were expelled by hunger, unemployment and the disfavor of corruption – the nameless men, the unidentified, must return to their overcrowded rooms for fear of being discovered as illegals. When they become sick, they simply work on, until they are at death’s door and go to a hospital where they receive aid and understanding from one morally conscious part of the population while another tries to deny it to them. This latter part includes the various anti-immigrant organizations that, with the pretext of protecting the national borders or defending the rule of law, have promoted hostile laws and attitudes which increasingly deny the human right to health or tranquility to those workers who have fallen into illegality by force of necessity, through the empire of logic of the same system that will not recognize them, a system which translates its contradictions into the dead and destroyed. Of course we can not and should not be in favor of any kind of illegality. A democracy is that system where the rules are changed, not broken. But laws are a product of a reality and of a people, they are changed or maintained according to the interests of those who have power to do so, and at times these interests can by-pass the most fundamental Human Rights. Undocumented workers will never have even the most minimal right to participate in any electoral simulacrum, neither here nor on the other side of the border: they have been born out of time and out of place, with the sole function of leaving their blood in the production process, in the maintenance of an order of privilege that repeatedly excludes them and at the same time makes use of them. Everyone knows they exist, everyone knows where they are, everyone knows where they come from and where they’re going; but nobody wants to see them. Perhaps their children will cease to be ill-born wage slaves, but by then the slaves will have died. And if there is no heaven, they will have been screwed once and forever. And if there is one and they didn’t have time to repeat one hundred times the correct words, they will be worse off still, because they will go to Hell, posthumous recognition instead of attaining the peace and oblivion so desired.

As long as the citizens, those with “true human” status, can enjoy the benefits of having servants in exchange for a minimum wage and practically no rights, threatened day and night by all kinds of haunts, they will see no need to change the laws in order to recognize a reality installed a posteriori. This seems almost logical. Nonetheless, what ceases to be “logical” – if we discard the racist ideology – are the arguments of those who accuse immigrant workers of damaging the country’s economy by making use of services like hospitalization. Naturally, these anti-immigrant groups ignore the fact that Social Security takes in the not insignificant sum of seven billion dollars a year from contributions made by illegal immigrants who, if they die before attaining legal status, will never receive a penny of the benefit. Which means fewer guests at the banquet. Nor, apparently, are they able to understand that if a businessman has a fleet of trucks he must set aside a percentage of his profits to repair the wear and tear, malfunctions and accidents arising from their use. It would be strange reasoning, above all for a capitalist businessman, to not send those trucks in for servicing in order to save on maintenance costs; or to send them in and then blame the mechanic for taking advantage of his business. Nevertheless, this is the kind and character of arguments that one reads in the newspapers and hears on television, almost daily, made by these groups of inflamed “patriots” who, despite their claims, don’t represent a public that is much more heterogeneous than it appears from the outside – millions of men and women, overlooked by simplistic anti-American rhetoric, feel and act differently, in a more humane way.

Of course, it’s not just logical thinking that fails them. They also suffer from memory loss. They have forgotten, all of a sudden, where their grandparents came from. Except, that is, for that extremely reduced ethnic group of American-Americans – I refer to the indigenous peoples who came prior to Columbus and the Mayflower, and who are the only ones never seen in the anti-immigrant groups, since among the xenophobes there is an abundance of Hispanics, not coincidentally recently “naturalized” citizens. The rest of the residents of this country have come from some part of the world other than where they now stand with their dogs, their flags, their jaws outthrust and their hunter’s binoculars, safeguarding the borders from the malodorous poor who would do them harm by attacking the purity of their national identity. Suddenly, they forget where a large part of their food and raw materials come from and under what conditions they are produced. Suddenly they forget that they are not alone in this world and that this world does not owe them more than what they owe the world.

Elsewhere I have mentioned the unknown slaves of Africa, who if indeed are poor on their own are no less unhappy for fault of others; the slaves who provide the world with the finest of chocolates and the most expensive wood without the minimal recompense that the proud market claims as Sacred Law, strategic fantasy this, that merely serves to mask the one true Law that rules the world: the law of power and interests hidden beneath the robes of morality, liberty and right. I have in my memory, etched with fire, those village youths, broken and sickly, from a remote corner of Mozambique who carried tons of tree trunks for nothing more than a pack of cigarettes. Cargo worth millions that would later appear in the ports to enrich a few white businessmen who came from abroad, while in the forests a few dead were left behind, unimportant, crushed by the trunks and ignored by the law of their own country.

Suddenly they forget or refuse to remember. Let’s not ask of them more than what they are capable of. Let’s recall briefly, for ourselves, the effect of immigration on history. From pre-history, at each step we will find movements of human beings, not from one valley to another but crossing oceans and entire continents. The “pure race” proclaimed by Hitler had not emerged through spontaneous generation or from some seed planted in the mud of the Black Forest but instead had crossed half of Asia and was surely the result of innumerable crossbreedings and of an inconvenient and denied evolution (uniting blonds with blacks) that lightened originally dark faces and put gold in their hair and emerald in their eyes. After the fall of Constantinople to the Turks, in 1453, the wave of Greeks moving into Italy initiated a great part of that economic and spiritual movement we would later know as the Rennaissance. Although generally forgotten, the immigration of Arabs and Jews would also provoke, in the sleepy Europe of the Middle Ages, different social, economic and cultural movements that the immobility of “purity” had prevented for centuries. In fact, the vocation of “purity” – racial, religious and cultural – that sunk the Spanish Empire and led it to bankrupcy several times, despite all of the gold of the Americas, was responsible for the persecution and expulsion of the (Spanish) Jews in 1492 and of the (Spanish) Arabs a century later. An expulsion which, paradoxically, benefited the Netherlands and England in a progressive process that would culminate in the Industrial Revolution. And we can say the same for our Latin American countries. If I were to limit myself to just my own country, Uruguay, I could recall the “golden years” – if there were ever years of such color – of its economic and cultural development, coinciding, not by accident, with a boom in immigration that took effect from the end of the 19th until the middle of the 20th century. Our country not only developed one of the most advanced and democratic educational systems of the period, but also, comparatively, had no cause to envy the progress of the most developed countries of the world, even though its population lacked, due to its scale, the geopolitical weight enjoyed by other countries at the time. At present, cultural immobility has precipitated an inverted migration, from the country of the children and grandchildren of immigrants to the country of the grandparents. The difference is rooted in the fact that the Europeans who fled from hunger and violence found in the Río de la Plata (and in so many other ports of Latin America) the doors wide open; their descendants, or the children and grandchildren of those who opened the doors to them, now enter Europe through the back door, although they appear to fall from the sky. And if indeed it is necessary to remember that a large part of the European population receives them happily, at a personal level, neither the laws nor general practice correspond to this good will. They aren’t even third class citizens; they are nothing and the management reserves the right to deny admission, which may mean a kick in the pants and deportation as criminals.

In order to obscure the old and irreplaceable Law of interests, it is argued – as Orian Fallaci has done so unjustly – that these are not the times of the First or Second World War and, therefore, one immigration cannot be compared to another. In fact, we know that one period can never be reduced to another, but they can indeed be compared. Or else history and memory serve no purpose. If tomorrow in Europe the same conditions of economic necessity that caused its citizens to emigrate before were to be repeated, they would quickly forget the argument that our times are not comparable to other historical periods and, hence, it’s reasonable to forget.

I understand that in a society, unlike a controlled laboratory experiment, every cause is an effect and viceversa – a cause cannot modify a social order without becoming the effect of itself or of something else. For the same reason, I understand that culture (the world of customs and ideas) influences a given economic and material order as much as the other way around. The idea of the determining infrastructure is the base of the Marxist analytical code, while the inverse (culture as a determinant of socio-economic reality) is basic for those who reacted to the fame of materialism. For the reasons mentioned above, I understand that the problem here lies in the idea of “determinism,” in either of the two senses. For its part, every culture promotes an interpretive code according to its own Interests and, in fact, does so to the measure of its own Power. A synthesis of the two approaches is also necessary for our problem. If the poverty of Mexico, for example, were only the result of a cultural “deformity” – as currently proposed by the theorists and specialists of Latin American Idiocy – the new economic necessities of Mexican immigrants to the United States would not produce workers who are more stoic and long-suffering than any others in the host country: the result would simply be “immigrant idlers.” And reality seems to show us otherwise. Certainly, as Jesus said, “there is none more blind than he who will not see.”

© Jorge Majfud

The University of Georgia, March 2006.

Translated by Bruce Campbell

Aquellos valientes de antes

Poster by the NGO the Madres de la Plaza de Ma...

Image via Wikipedia

Aquellos valientes de antes

La noticia de que el mundialmente célebre coronel retirado Nino Gavazzo será finalmente procesado por la justicia en Tacuarembó, Uruguay, es una buena noticia para la justicia.

Mi abuelo fue uno de los incontables torturados por estos soldados de la patria. Lo reventaron cuando logró sacarse la capucha y ver que el torturador era un vecino del pueblo donde, por casualidad o por paradoja divina, algunos de ellos son procesados ahora por alguno de sus tantos servicios.

Luego dicen que llegó el coronel Gavazzo y quiso darle unas buenas trompadas. Pero cada vez que el viejo las esquivaba el coronel se enfurecía aún más.

Mi abuelo tenía las manos atadas. Así es como se hacían valientes los héroes de entonces, torturando y dándole trompadas a gente que tenía las manos atadas, cuando no estaban encapuchados o rodeados por otros elementos de seguridad.

Quizás sea por esta razón que las dictaduras nunca produjeron héroes históricos y por eso debían conformarse con colgarse en los uniformes, unos a otros, veinte o treinta medallitas y esperar que la vejez y algún religioso de rango perdonase sus pecados y proveyese de paz a sus orgullosas almas. Cosa que no resultaba difícil, porque casi siempre tenían algún jerarca eclesiástico al alcance de la mano, bendiciendo sus armas e imponiendo silencio disciplinario a los curitas de barrio que no comulgaban como corresponde.

Lástima que mi abuelo murió en 2003. Él siempre dijo que iba a llegar este momento. Treinta años atrás parecía una quimera, una fantasía que iba en contra de siglos de abusos e impunidades. Era como esperar la nieve en Jamaica.

Siempre he pensado que cuando la justicia tarda no llega. Pero algo es algo. Por lo menos significa que los abusadores de turno ya no descansarán en paz en sus inexpugnables fortalezas. Tampoco la autocomplacencia del pueblo. Como aquella anestesia crítica que por entonces había asustado y adoctrinado a medio pueblo, reclinado como a un confortable sillón a la tradición y la propaganda oficial.

Esta conciencia primitiva se resumía (no quiero decir que ha sido superada) en una actitud al mejor estilo Poncio Pilatus: “si Juancito está preso y si a María la mataron por algo será. No les hubiese pasado nada se hubiesen dedicado a estudiar o a trabajar”.

Antes de analizar una violación a los derechos humanos la propaganda imponía la criminalización de la víctima, por su tormento y por el estado histórico y presente de la sociedad. Un razonamiento típicamente prostibulario: los señores salvan su honor de hombres estigmatizando a mujeres marginales que funcionan como trapos de piso. Como una misa mal entendida sirve de lavadora.

La santa inquisición dictó cátedra en cuanto a procesos de obtención de información, falsa y verdadera, mediante la investigación policial sobre brujas y herejes que incluía un variado menú de tormentos físicos y psicológicos. En Europa existen tenebrosos museos de la tortura donde se recuerda este estado de terror dominante.

En el Rio de la Plata se actualizaron casi todos los métodos inquisitoriales. No somos tan románticos como los europeos; no somos afines a los museos. Pero un Museo de la Guerra Sucia es una materia pendiente en el Cono sur.

La picana eléctrica y otras maravillas de la tecnología que hinchaban de orgullo a los raquíticos inventores de nuestras tierras deberían estar presentes.

Por entonces, las invocaciones religiosas de los dictadores latinoamericanos eran más una excusa que la fiebre sincera de la Europa gótica y barroca.

A unos los movía la sincera superstición de que cada vez que torturaban o violaban a la mujer de un subversivo estaban salvando la patria, la libertad, la democracia y los derechos humanos. Al fin y al cabo la inquisición también torturaba y quemaba seres humanos para salvarlos del fuego eterno y salvar al resto de la humanidad del horror de la herejía.

A otros los movía el cumplimiento con el deber, con el deber de proteger la tradición de colonias y feudos disfrazados de republicas democráticas.

A otros, los movía simplemente el sadismo.

Todos esos son males universales. No son exclusivos de la derecha ni de la izquierda, de los de arriba ni de los de abajo.

La justicia, cuando es justicia, tampoco es exclusiva de ningún grupo. Es un bien universal.

Jorge Majfud

Agosto 2010