cannabis

English: Health Profession, Nursing, Pharmacy ...

Un nuevo mito sobre la marihuana que se esfuma

 

Hace unos meses el presidente de Uruguay, José Mujica, propuso legalizar la marihuana. La discusión giró principalmente en torno a los efectos en la salud. Esto fue una distracción al centro de la propuesta, ya que no se trata de promover el uso de la marihuana sino de hacerse de su control. Como el consumo de marihuana es legal en Uruguay pero no su comercialización, se da la contradicción de que los consumidores deben recurrir al mercado negro para obtener el producto, mercado que, obviamente, está controlado en gran parte por la mafia internacional.

Sin embargo, el mismo presidente reconoció que si el 60 por ciento de la población estaba en contra, este proyecto sería retirado. Actualmente las encuestas indican que el 66 por ciento de la población está en contra de la legalización. El porcentaje es mucho más alto entre la población que sólo tiene educación primaria (normalmente la población más conservadora en todo el mundo), y mucho más bajo entre aquellos que tienen educación terciaria.

Pero más allá de esta discriminación por educación, que no mide ni considera la alta cultura de muchos individuos que ni siquiera han terminado la educación secundaria, el problema radica en la educación general del pueblo sobre un tema puntual. No ha habido suficiente debate y casi todos han girado en torno a distractores. Muchos de ellos apoyados por psiquiatras en franca contradicción con estudios profundos sobre el tema de diferentes universidades norteamericanas que han dedicado décadas al problema. Podríamos mencionar una lista de estos estudios pero creo que necesitaríamos un espacio mucho mayor.

Creo que un argumento razonable en contra sería la observación de que estos estudios están realizados con participantes mayoritariamente norteamericanos. No obstante, también podemos pensar que el cuerpo humano no varía mucho entre Michigan y Ushuaia (quienes mencionan los efectos negativos de la marihuana también hacen referencia a estudios norteamericanos, sólo que más antiguos o sin mencionar que dichos estudios todavía son materia de debates y han sido cuestionados por muchas otras investigaciones). Por otra parte, las conductas sociales relacionadas a este tema no son muy diferentes desde el momento en que los consumidores en Occidente y en gran parte de Oriente viven según las reglas culturales del consumismo y según las reglas del mercado capitalista.  Sí hay algunas diferencias. Paradójicamente se menciona a Holanda como un ejemplo de fracaso en la legalización. Pero aparte que la experiencia holandesa no ha sido un fracaso, ya que ha podido realizar ajustes según su realidad concreta, lo interesante es que la situación de Holanda con respecto a la violencia del narcotráfico está muy lejos de la violencia diaria que deben sufrir los países latinoamericanos.

Como vivo en el área, habitualmente me entero de primera mano de algunas cosas. Uno de los estudios más recientes, por ejemplo, lo hizo la Universidad de Florida. Aquí han estudiado largamente la marihuana y hace pocos días, caminando por este campus universitario, me enteré sobre los detalles de un estudio que establece que el alcohol, no la marihuana, es la puerta de acceso a otras derogas más peligrosas en la juventud. La información y el estudio completo se podrá leer en el número del mes próximo, agosto, del Journal of School Health.

Este es sólo uno de los tantos estudios sobre el tema. Lamentablemente la población mundial continúa juzgando en base a la ignorancia en los temas tabúes (lo cual tampoco es una excepción sino la regla). Y lo digo yo como alguien que aprecia la calidad del buen vino y que no consume marihuana ni le interesa. Por el contrario, me preocupa la falta de estímulo que las sociedades consumistas pretenden sustituir con una abundancia de estimulantes artificiales y excitaciones que sólo dejan beneficios en las arcas de las grandes corporaciones.

Entonces, no me interesa la marihuana. Me interesa la verdad. Como mencioné en algunos artículos anteriores, algunos estudios recientes realizados en universidades norteamericanas demuestran que para el hígado es lo mismo tomar cierta cantidad de alcohol que una aparentemente inofensiva gaseosa, debido al shock de azúcar que significa. El vino, por lo menos, tiene beneficios para la salud; una gaseosa, ninguno. Pero a ningún gobierno se le ocurriría prohibir el consumo de bebidas colas o de tortas de cumpleaños. No porque entones tendríamos lógicamente cola y pastelestraficantes, sino porque basan sus juicios finales en el prejuicio y en la reacción conservadora antes de abrirse a un verdadero debate desinteresado y no uno de esos clásicos, aburridos y anesteciantes debates políticos donde cada uno defiende su posición rodeándose de trincheras de ideas.

 

Jorge Majfud

Jacksonville University

julio 2012

 majfud.org

La Republica (Uruguay)

Milenio (Mexico)

 

 

 

Brutal honestidad de presidente de Uruguay sorprende en discurso de cumbre Río+20 [English subs.]

El presidente de Uruguay, José Mujica, sigue ganando adeptos a nivel internacional debido no sólo a su proverbial humildad, sino también a la honestidad con que aborda temas que otros políticos evaden o complican.

Así lo demostró durante su intervención este miércoles en la cumbre de Río+20, que se lleva a cabo en Brasil con representantes de 139 países bajo el alero de la ONU, y donde el mandatario charrúa volvió a cosechar los aplausos de su audiencia.

Pero no lo hizo proponiendo planes ni realizando promesas, sino lanzando preguntas tan fundamentales sobre la actual situación de la humanidad que podrían pecar de inocentes. ¿Qué es lo que buscamos? ¿Somos realmente felices? ¿Estamos gobernando nuestras invenciones o dejamos que ellas nos gobiernen a nosotros?

“¿Qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para respirar? ¿Es posible hablar de solidaridad y que estamos todos juntos en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?”, fueron algunas de las interrogantes que dejó a la conciencia del mundo.

Sobre el proyecto de legalizar la cannabis en Uruguay

Map indicating locations of Argentina and Uruguay

Sobre la legalización de la marihuana en Uruguay

Nunca estuve ni estaré a favor del uso innecesario de ninguna droga. Mucho menos de su comercio para destruir vidas ajenas. Bastante basura en hermosos envases estamos obligados a consumir cada día en los alimentos y casi no podemos evitarlo. Recuerdo que en las aldeas más alejadas de África había vastos campos de estas plantas que crecían salvajes y los nativos no le daban ningún uso, excepto cuando una vez por año se aparecía por allí algún hombre blanco. Es la misma historia del uso ancestral de la hoja de coca en Bolivia y de sus derivados alucinógenos en la cultura occidental.

Obviamente que la pandemia de las drogas es una consecuencia directa del sistema capitalista tardío, en lo que se refiere a su tráfico y comercialización, pero sobre todo es una consecuencia natural de la cultura del consumismo que cada día se va agravando sin que se perciba claramente como se percibe un terremoto o un tsunami. No obstante ningún gobierno del mundo hoy en día está en situación real de cambiar por sí sólo ni el sistema ni la cultura consumista. Por lo tanto, debe recurrir a medidas paliatorias que, aunque modestas, a largo plazo pueden producir cambios revolucionaros.

En consecuencia, estoy a favor de la legalización de la marihuana con restricciones. Al fin y al cabo el alcohol puede ser tanto o más destructivo que la marihuana y no sólo es legal en la mayoría de los países sino que casi no existen organizaciones criminales asociadas a su tráfico y, en consecuencia, la violencia en proporción a la que produjo hace décadas la Ley seca en Estados Unidos es mínima.

Obviamente que luego queda por saber qué margen hay para el abuso de este derecho individual. O si ni siquiera hay un margen, conociendo la naturaleza humana. Sin embargo, los beneficios pueden ser mucho mayores que los perjuicios.

Por su tamaño, por su ubicación geográfica –con respecto a los circuitos del narcotráfico–, por la relativa buena educación de sus ciudadanos, por su larga historia de modernidad y progresismo, Uruguay es el país ideal para poner en marcha este experimento como lo hiciera ya en otras áreas de la vida social.

Sí, es un experimento. Esto no es malo, sino todo lo contrario. Como dice mi amigo Noam Chomsky, debido a que cualquier sociedad posee una altísima complejidad que la hace incomprensible e imprevisible en su totalidad, no es posible hacer cambios radicales sin correr el riesgo de destruir todo lo bueno que se quiere conservar. Por eso, no hay mejor forma de avanzar en los cambios sociales que por progresivos experimentos, por el quizás poco atractivo método de prueba y error.

Como en todo experimento en el que participan seres humanos, es necesario ser moderado y cuidadoso con las personas que podrían resultar negativamente afectadas.

Por otra parte, aún si el experimento fracasara, el Uruguay le estaría haciendo un favor al resto de la humanidad y el país siempre podría revisar y revertir el paso dado.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Página/12 (Argentina)

Milenio , Nac. (Mexico)

Panama America (Panama)


The Technology of Barbarism

Prisionero

Image by Crisologo via Flickr

Tecnología de la barbarie (Spanish)

The Technology of Barbarism

           Uncle Caíto was about thirty years old when they took him in 1972. They said that he had collaborated with some Tupamaro guerrillas who were running loose in the countryside where he worked.

           I remember him as balding and with a big mustache. He still stuttered whenever he was nervous.

           If he were still alive, we would probably fight a lot, due to political disagreements. Why did you get involved in that? How could you not realize that the Russians had their dictatorship too, their own crimes, their own injustices, their own excrement?

           Of course, it’s easy to think that now. It’s easy to solve the problems of the past. If we had only seen where we were going with the same clarity with which we look behind us, where it is too late for us to do anything. But that’s the human condition: we learn at the same rate that we cease needing to learn. We learn to raise a child when that child has already grown or we truly understand a parent when he is already an old man or is no longer with us.

They took Uncle Caíto in a field in Tacuarembó, Uruguay, and they dragged him behind a horse as if his body was a plow. They tried to drown him several times in a creek. He was not able to confess anything because he knew less than the soldiers who wanted to know something, and to have a little fun as well; because the days were long and their salaries were meager.

Maybe Caíto made up a name or a place or some detail to make things easy on himself for a moment.

He had to spend some time in prison. One visiting day he confessed to his mother that he had become a Tupamaro there inside. At least from then on the military dictatorship had a reason for holding him.

Military justice must have had other reasons for using pleasure and entertainment through the suffering of others, the way respectable spectators receive pleasure from the torture of an animal in a bullfight.

The military personnel at that time were quite ingenious when they were bored. I have proposed several times the creation of a Museum of the Cold War, as a monument to the human condition. However, I have always been told that this would be somewhat inconvenient, something that would not promote understanding among all Uruguayans. Maybe that is why there are so many museums about the Charrúa indians where pottery and little arrows from those sympathetic savages is collected, but not a single one about the Charrúa holocaust carried out by some of those heroes who still gallop like multiplied ghosts on their bronze horses through the streets of many cities. I am certain that the material of such a museum would be diverse, with so many declassified documents here and there (those sterile psychoanalytical confessions that democracies make every thirty years to relieve their existential conflicts), with so many sexual toys and other curiosities so instructive for students and scholars.

For example. One day the soldiers punished a prisoner and pretended that they had castrated him. Then they came by Caíto’s cell and showed him a kidney-shaped surgical basin filled with blood.

“Today we castrated this guy”, said one of them. “Tomorrow it’s your turn.”

The next day Caíto’s groin was monstously swollen. He had spent the entire night trying to hide his testicles.

I heard this story from some of those who had been imprisoned with him. That was when I remembered and understood why my grandmother Joaquina had told someone, secretly, that they had not been able to find her son’s testicles. When I was little I had imagined that my uncle suffered from a congenital defect and that was why he had never had children.

They told his wife, Marta, something similar:

“Today we castrated him. Tomorrow we shoot him.”

Of course, the soldiers of the fatherland did neither of these things. They didn’t go to such extremes because in Uruguay the disappearances were not as common as in Argentina or in Chile. We Uruguayans were always more moderate, more civilized. More subtle. We always felt so small between Brazil and Argentina, and always so relieved and so proud of not engaging in the barbarities practiced by our stepbrothers. At the end of the day, if one does not speak of such things, they do not exist, like in García Lorca’s The House of Bernarda Alba: “silence, silence, silence I said…”

In those days my brother and I were in our grandparents’ house in the countryside. I was three years old and my brother almost doubles that. We were playing on the patio, next to the wheels of a wagon, when we heard a very loud noise. I remember the patio, the wagon, the tree and almost everything else. We went running and were the first to arrive at Aunt Marta’s room. Our aunt was laying face up on the bed, with a hole in her chest.

An adult immediately dragged us outside to avoid the inevitable.

The assumption was we would be traumatized, turned into delinquents or something of the kind.

I don’t know about the trauma, but I can testify that the most outside the law I have been in my life was when I was five years old. I climbed the control tower of a prison and set off the alarms. After the commotion of security guards chasing after me, they brought me down hanging from one arm.

Caíto died not long after being set free. This is an ironic manner of speaking. He was held in the largest prison for political prisoners, in a town called Libertad (or Freedom). Let’s just say, to be precise, he died in the countryside, shortly after leaving prison, at the age of 39. Perhaps from a heart attack, like the doctor said, or from a blow to the head, as his mother believed, or from both. Or from all the other things.

If he were alive today, we would be arguing all the time about politics. I would be throwing his mistakes in his face. He would be calling me “petty bourgeois” or something equally deserved. Or maybe I’m wrong and we would continue being the good friends we were until he died.

Because ultimately what matters most are not political arguments. The sadism they practiced on him has no ideology, although eventually it may serve left-wing or right-wing dictatorships, democracies of the North or those of the South.

The Caítos and the Martas of Uruguay are not considered very important. They weren’t disappeared, and they died of natural causes or committed suicide. On the other hand, those soldiers with a sense of humor who played at castrating prisoners today are probably poor little old men who make sure that their grandchildren don’t watch violence on television, while they explain to them that violence is a lack of morality in today’s society, and has resulted from a loss of fundamental family values.

 Squawk Back (USA)

Jorge Majfud

majfud.org


El lenguaje de un presidente

El lenguaje de un presidente

 

En los últimos días estalló la polémica en Uruguay por una entrevista que el candidato a la presidencia, el senador José Mujica, dio al diario argentino La Naciónel 13 de setiembre. La discusión se centró en abruptos como “la justicia tiene un hedor a venganza de la puta madre que lo parió” y “en la justicia no creo un carajo”.

Ante los posibles réditos electorales que suelen derivar de los escándalos lingüísticos, los candidatos conservadores de la oposición no perdieron tiempo y salieron a las tribunas a mostrar su orgullosa indignación.

El Dr. Alberto Lacalle, el ex presidente que puede disputarle la presidencia al Frente Amplio en el gobierno, dramatizó sobre el uso lingüístico de su adversario. Apelando a la ternura infantil, presentó el uso de las palabras obscenas de Mujica como un mal ejemplo para los niños y una desautorización ante las correctas maestras de escuela.

Escuchando los discursos del senador Mujica, siempre me asaltan dos reacciones contradictorias. Una, de respeto ante sus habilidades intelectuales a las que suma una cultura ilustrada que deliberadamente oculta detrás de una fachada tipo Diógenes. Otra, cierto rechazo ante el abuso, a veces populista —como cuando presentó el titulo universitario de alguien no como un merito sino como un defecto, como si se tratase de un titulo nobiliario—, del “choriozaso”, de la simplificación extrema de los medios de expresión que en el pasado y hasta ahora le han dado mucha popularidad.

En Uruguay como en Estados Unidos, un lugar común, una vaca sagrada declara que uno debe elegir un presidente “como uno”. Pero ese narcisismo, propio de nuestra cultura del siglo XXI, no me sirve. Prefiero elegir a alguien que sea mejor que yo. Creo que el senador Mujica sería, por lejos, mejor presidente que yo y que muchos “hombres comunes”. Por eso debería ser presidente, no por ser “como cualquiera”. Es lo menos que podemos pedirle al obsoleto y contradictorio sistema de democracia representativa.

Ahora, vamos a suponer, por un momento de delirio lingüístico, que el idioma es lo más importante en la vida de una sociedad. Aún así, en lingüística los prescriptivistas han perdido casi todo el terreno que poseían desde que en 1492 Nebrija escribió la primera gramática castellana para, como el mismo autor lo reconoció, apoyar las fuerzas del imperio que nació de la intolerancia, de la limpieza étnica, religiosa y lingüística. Es decir, de la exclusión, de la exclusividad.

En los países latinoamericanos, los prescriptivistas se convirtieron en policías del lenguaje. Durante la dictadura, en Uruguay se invirtieron inmensos recursos del Estado en una campaña nacional conocida por el lema “hablemos correctamente nuestro idioma” que simplemente consistía en “así no se dice; se dice así”. Y punto. Lo paradójico es que en nuestras escuelas los maestros privilegiaban e incluso imponían una gramática y hasta una pronunciación peninsular en desmedro del más antiguo y castellano voceo, asociado a las clases populares. Ni que hablar que estas “prescripciones” van en sustitución de la crítica abierta y suelen ser obra de regímenes dictatoriales (régimen del dictado) donde los seres humanos son tratados como errores ortográficos: se los corrige o se los elimina.

Personalmente, ni siquiera como escritor de novelas, suelo recurrir al “puteo” como estilo. No me interesa, no le encuentro ventajas. Dejo a mis personajes libres de putear, pero yo solo lo uso en mi casa cuando me martillo un dedo. Según estudios en Estados Unidos, putear ayuda a resistir el dolor.

Pero tampoco me escandalizo por escucharlo de boca de un presidente. De un presidente me escandalizan más sus silencios.

No hay, stricto sensu, formas incorrectas sino formas pobres de hablar. Esto queda demostrado con los mismos discursos críticos que escuchamos horas después de la entrevista de Mujica en La Nación. Los candidatos que le disputan la presidencia se burlaron del lenguaje y de las ideas del senador Mujica sin ninguna idea y sin hacer gala de ninguna riqueza en el lenguaje. Porque normalmente la riqueza en el lenguaje y las ideas van juntas, se retroalimentan. Por el contrario, escuchamos una plétora de lugares comunes, apelaciones a la patria, al futuro y a la decencia. Es decir, gastadas cantinfladas en sus correctas versiones de caudillos rioplatenses, con el mentón levantado y el recurso infaltable de la anáfora poética, del sentimentalismo romántico, del nacionalismo reciclado. Otros ejemplos gráficos de la decadencia lingüística y social podemos verlo en películas como La vendedora de rosas (1998) o Cidade de Deus (2002).

Por si fuese poco, no podían dejar de recurrir al más común de los lugares comunes: lo “políticamente correcto”. Un defecto que no es exclusivo de America Latina sino también de los políticos europeos y norteamericanos. La única vez que escuché algo diferente en Estados Unidos fue el 18 de mayo de 2008, cuando Barack Obama todavía era candidato a la presidencia y llamó a una cadena de televisión. En sus mejores momentos, no fue complaciente. Fue la primera vez que vi a un político retar a todo un pueblo que se había escandalizado al escuchar del reverendo Wright que Dios no amaba a America, Dios la condenaba por sus acciones. Si bien Obama estratégicamente tomó distancia de su viejo amigo, también se puso de pie para mirar de frente a ese pueblo que podía quitarle el voto. Y lo retó. A la mañana siguiente un comentarista de televisión ironizó: “el doctor Obama nos ha tratado como si fuésemos adultos”.

Cuando Mujica dice que no cree en la justicia, ¿de que nos escandalizamos? La contradicción sería que diga, como el expresidente Juan María Bordaberry, que no cree en la democracia, ya que Mujica no es candidato a la Suprema Corte sino a la presidencia. Las críticas, siempre vestidas de escándalo e indignación, se centraron en la pureza celestial del poder judicial, tal como lo manifestó poco después el candidato a la presidencia, Pedro Bordaberry, acérrimo defensor del pasado político de su padre, el dictador Juan María Bordaberry.

¿Quién seriamente cree que hay un cuerpo del Estado que sea infalible, divino o por lo menos incuestionable? Hasta la democracia toda es cuestionable. Empezando por la falacia de representabilidad que, sabemos, antes que nada representa a los sectores más fuertes de cualquier sociedad, empezando por los lobbies financieros.

El problema no radica en la critica y desacralización de un sistema imperfecto y frecuentemente corrupto. Radica en que defendemos este sistema solo porque aun no tenemos en la práctica un modelo mejor para organizar una sociedad. Como entendieron los mismos padres fundadores de Estados Unidos, aquel puñado de filósofos, con sus contradicciones pero aun así una especie rara hoy en día, “todo gobierno es un mal necesario”. El Estado Moderno se creó para garantizar una igualdad de derechos que no existía en etapas anteriores, cuando la igualdad y la libertad no eran valores positivos sino inventos del demonio, según el pensamiento religioso que domino Europa hasta bien entrado el siglo XX. Y así como se creó para defender la igualdad de derechos se lo adaptó para legitimar las desigualdades de hecho.

Reconocer que no se cree en la justicia no es un pecado. El pecado es la demagogia de exigir un acto de fe ante cualquier creación humana. Bastaría con ver los interminables volúmenes de historia que hablan de la injusticia humana administrada por la Justicia Estatal para reconocer que el abrupto del senador Mujica fue apolíticamente inoportuno pero filosóficamente irrefutable. Si a veces criticamos al senador Mujica de abuso demagógico del método, nada más demagógico que escandalizarse por estos momentos de sinceridad filosófica. Algo que también suele ser común en Mujica y un acto rarísimo en la demagogia de los caudillos tradicionales que se sienten más cómodos en los lugares comunes del discurso social, de escuela primaria.

Ahora, cuando Mujica dice que el reclamo de justicia contra los dictadores tiene “hedor a venganza” y que él no quiere presos ancianos, está en parte de acuerdo con las leyes y la justicias de muchos países.

No obstante, llámese justicia o venganza, lo importante es que se apliquen las mismas leyes a todos por igual, sean obreros, doctores o dictadores. ¿Por qué esas excepciones? Y si un pobre viejito que ha secuestrado, torturado y asesinado puede manejar un auto y puede votar un presidente y hasta puede asustar a un pueblo, ¿por qué no puede ir preso por sus crímenes? ¿Porque es viejito? ¿Por qué ese recurso fácil de bajar la edad de imputabilidad para resolver las debilidades de una sociedad toda?

 

Jorge Majfud

Lincoln University

 

El mandato histórico

Marchers for Salvador Allende. A crowd of peop...

Image via Wikipedia

“El mandato histórico”

“Los principios que sostienen la Patria”

El discurso del presidente del Centro Militar del Uruguay, Manuel Fernández, que incendió la opinión pública se enmarca en los reclamos presupuestarios de las Fuerzas Armadas uruguayas, uno de los presupuestos más altos del mundo en términos porcentuales referidos a su población y a su PIB.

Desde un punto de vista político no deja de ser irónica la observación de Fernández de que en la sociedad uruguaya de hoy “existen como nunca profundas diferencias filosóficas, ideológicas y políticas”. Cuando el general estaba en ejercicio del deber durante la dictadura militar, no había tantas diferencias. De hecho los que pensaban y sentían diferente no podían hablar o desaparecían, razón por la cual se entendía que entonces no existían diferencias, ni profundas ni de ningún tipo.

Pero como una mentalidad maniquea solo puede ver las cosas de un lado o del otro de una línea arbitraria que alguien con voz firme y pulso tembloroso trazó en el suelo separando así el Bien del Mal, entonces esas diferencias que en cualquier sociedad humanizada significan diversidad, automáticamente se convierten en “la población dividida en dos bandos netamente diferenciados”. Como en las prácticas militares donde siempre hay un enemigo imaginario “netamente diferenciado” del otro lado de la trinchera o de la muralla, se avanza con un tambor y al ritmo de un discurso repetido, un panfleto para niños de escuela (uno de aquellos que consumíamos a diario en mi escuela primaria, durante la dictadura) que se confunde con lectura filosófica cuando no sagrada.

Según el retirado, desde 2005 “el 50,1 por ciento de la población está de un lado y el 49,9 por ciento del otro”. Lo que es otra forma de decir que su pensamiento “netamente definido” representa a la casi-mitad del país sin poder político. Lo cual no deja de ser un progreso si recordamos que en los años ‘80 y ‘90 los presidentes conservadores eran electos por menos de un tercio. Incluso eran electos con mucho menos votos que el perdedor. Por no hablar de los presidentes de la dictadura militar, que eran elegidos por un puñado de elegidos.

Refiriéndose al actual gobierno del ex tupamaro José Mujica, el retirado denunció que “a partir de marzo del 2005 las reglas de juego cambiaron al acceder legítimamente al gobierno una coalición de mayoría marxista-leninista…”

¿Todavía algunos militares tienen problemas con la legitimidad? ¿Qué reglas cambiaron? ¿El anterior gobierno democrático no era legítimo o no es legítimo cambiar? ¿La legitimidad del actual presidente de Uruguay es tan incomoda como lo era la legitimidad del gobierno democrático de Salvador Allende?

Obviamente quien cambió fue el presidente Mujica. No el retirado Fernandez. Su gobierno es legítimo, entre otras cosas, porque renunció al “honor de las armas” al que son tan afectos algunos militares de la vieja guardia. Algunos de sus “enemigos” han experimentado eso como una bofetada de la historia y son psicológicamente incapaces de superarlo.

Obviamente, de marxista-leninista el presidente solo tiene los instrumentos de crítica y análisis ya que no la practica, que se basa en las reglas del mercado de una forma más liberal que en el mismo modelo militar de los ’70 y ‘80. Lo de Mujica, en todo caso, es Revolución sin R, lo cual con suerte puede ser sinónimo de progresismo. De madurez para unos; de traición par otros. Para mí, el poder hace soberbios a unos y humildes a otros. Creo que éste último es el caso de un guerrillero que asumió sus errores y mal o bien trata de ser inclusivo sin creerse ingenuamente, como Lula en Brasil, el artífice del progreso de un país.

La mención al marxismo tiene el tono setentista del cliché multipropósito que servía para cualquier caza de brujas. Según el retirado, quienes hoy dirigen las fuerzas armadas son “civiles enemigos”. Su estructura mental le impide ir más allá de las dimensiones de su formación. En una democracia, normalmente la mayoría de la población es civil y se suelen elegir civiles para dirigir una institución que está al servicio del país y no al revés. Aun si un país decidiera eliminar las Fuerzas Armadas, lo cual no es el caso de Uruguay, la población estaría en su derecho. La existencia de cualquier institución pública está condicionada a los intereses de un pueblo.

Ni Dios las creó ni las fuerzas armadas crearon al país.

El General Artigas era un militar de profesión (subversivo, está de más decir) pero no sus montoneros. Y todas o casi todas las ideas que fundaron nuestros países del Sur, “nuestras tradiciones”  procedieron del extranjero, de la Europa humanista y de los Estados Unidos revolucionarios. No las recogimos de un pitanguero y lamentablemente nuestros fundadores fueron, en casos, muy heroicos pero no nos dejaron ideas muy originales.

Desde entonces, el país se ha mantenido por el esfuerzo diario de sus trabajadores y de sus innovadores. No vamos a excluir a las fuerzas armadas si realmente cumplen con una función. Pero el ejército, desde la vieja derecha, asume posiciones sectarias como algunos gremios, desde la vieja izquierda, que se creen la escancia de un pueblo, de un país sin los cuales no podría existir.

Tampoco la supuesta “disolución de las fuerzas armadas” es de “puro cuño leninista”. Tendrá el general retirado que invertir mejor sus horas de largo ocio para repasar la historia militar, sobre todo la historia de los movimientos antimilitaristas. Podrá encontrar a Albert Einstein diciendo que el ejército es una de las peores enfermedades que creó la humanidad, pero nunca a un Stalin, por ejemplo.

Según Fernández, las Fuerzas Armadas “son la última frontera de la nación. De los principios que sostienen la Patria”. ¿Las Fuerzas Armadas contienen y definen una nación o es al revés? ¿Las fuerzas armadas preexisten a un país? ¿Un ejército nacional posee una naturaleza supranacional? ¿Los principios que sostienen la Patria, incluían en los ’70 y ’80 el secuestro, la tortura, la desaparición, la propaganda y el terrorismo de Estado? ¿Incluía todo eso “nuestras tradiciones” y “el mandato histórico”, con todo el énfasis que usted le pone?

¿De que “patria” estamos hablando? ¿Por qué esa repetida falacia de los ejércitos como reserva mortal, sostén de la nación y una plétora de otros ideoléxicos arraigados por repetición?

¿No tiene el sindicato de panaderos el mismo derecho? “Panaderos y lecheros, la ultima frontera de la nación. Panaderos y lecheros, vanguardia de la patria”. ¿Por que no? Al menos gracias a ellos comemos todos los días. ¿Y los médicos, los  limpiadores de calles, los choferes de autobuses, los científicos, las amas y amos de casa?

¿Hasta cuando algunos militares se considerarán la reserva moral de los países? ¿Hasta cuando abusarán del poder que un pueblo le confía con la honesta y, con frecuencia, ingenua intención de ser defendidos y no atacados, sino por la fuerza bruta, por la fuerza de la intimidación y la amenaza?

En la Edad Media los nobles inventaban guerras para mantener su honor (de ahí la palabra “nobleza”) y juntaban grupos de a miles de campesinos y trabajadores (de ahí “milicia”) ya que el trabajo y la producción estaban en manos del vulgo (de ahí “vulgares”) y deshonraba a quien necesitaba de él para sobrevivir. En tiempos de paz el noble descansaba y el vulgar trabajaba. En tiempos de guerra el noble se ennoblecía y el habitante de las villas se hacia villano, como los peones defendiendo a la aristocracia en el ajedrez, morían al frente, sin honor.

Desde entonces algunas cosas han cambiado. Otras no tanto. Un país pobre suele tener instituciones pobres. La educación, la salud y la defensa suelen ser pobres. Para salir de su pobreza económica y mental se acepta que un país pobre llegue a tener una educación y una salud rica. Sería una curiosidad sostener que un país pobre debería tener un ejército rico para salir de su pobreza. Sería necio, insensato. Pero en países necios, insensatos, esa es la regla.

Jorge Majfud