A modo de ficción

Unos párrafos de la novela Memorias de un Desaparecido (1996)

Usted debería saberlo, dada su antigua ocupación: no existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo. Por ejemplo, cuando se descubría que Bormann estaba en el Paraná, nosotros lo “descubríamos” en el Paraguay. Hacíamos una o dos fotos falsas y luego la entregábamos a la prensa. Les hacíamos asegurar que el sujeto estaba en tal o cual lugar: un rancho abandonado, una tumba. Corrían como locos al lugar señalado, escarbaban hasta descubrir que en realidad se trataba de los huesos de un indio sucio. ¡Cómo nos reíamos con Martin!

(…)

La Serpiente prometió al hombre que llegaría a ser lo que es, y cumplió. Casi todas las proezas, los milagros que se cuentan en Las Escrituras como obras de Yahveh, fueron repetidas hasta no hace mucho por los hombres. Así, el hombre se asemejó a Dios; realizó maravillas científicas, aprendió a distinguir el bien del mal (abusando de este último). Sodoma y Gomorra fueron un poroto al lado de Hiroshima y Nagasaki. La gente comenzó a preguntarse, “¿por qué Dios ya no hace milagros?”. ¿Y para qué, digo yo, si ahora hasta la aparición de Cristo puede ser producto de los efectos especiales de Hollywood? Y podría seguir enumerando los plagios que se le hizo al Demiurgo: pestes de laboratorio para reconstruir, pero en mayor escala, la calamidad que otrora cayera sobre Egipto; la omnipotencia tecnológica, la omnipresencia de los satélites espías.

Desde esta perspectiva sólo se puede ver el fin del mundo. Si no por manos del Creador enfurecido, por manos del Demonio y sus aliados, los hombres. O por los hombres, simplemente, porque con ellos basta. Si no por una catástrofe devastadora y abrupta, por una forma imperceptible, imprevista, como un sueño lento que va atrapando al hombre cansado, sin que alcance a darse cuenta.

Digamos que ese sueño lento, esa muerte inexorable, ya está aquí. Los hombres reinan por última vez. ¿Quiénes son esos dioses humanos? Pongamos por ejemplo uno: el jefe del Pentágono, señor que no se diferencia mucho del dios mosaico. Moisés era un tipo realista: no prometió el Paraíso, sino un trozo de tierra cananea (palestina); no amenazó con el Infierno, sino con el dolor y la muerte terrenal. Para todo eso se sirvió de los mismos recursos de la high tech militar. Otros dioses: los grandes Ideólogos. Omniscientes en economía, profetizaron un nuevo orden, justicia social. Como los antiguos profetas, eran fatalistas: la Historia, como la tecnología y las ciencias, habría de avanzar, les guste o no a los seres humanos. Más dioses: los Grandes Gerentes de multinacionales. Estos casi realizaron el sueño cristiano-musulmán del Paraíso. ¿Cómo? Sencillo: cultivando la Estupidez Humana hasta el refinamiento. Con ellos, la especie se dirigió al estado final. (El único error fue pretender levantar el Paraíso en la Tierra, lo cual es una contradicción de principio). Les demostraron a los Ideólogos que la Humanidad no se dirigía hacia el logro de la justicia a través del sacrificio altruista, sino hacia la Eficacia. La justicia no tuvo ninguna posibilidad cuando se comprobó que era incapaz de incrementar el PBI. Será por estas razones, por sus deficiencias económicas, que caerán los grandes regímenes comunistas; no por sus injusticias. El Imperio Capitalista, en cambio, no puede perder; él mismo es la perdición, el sueño lánguido de risa tenebrosa, el alucinógeno de la última carcajada. La justicia (para definirla un poco) es como lo ilustra la alegoría: una mujer con los ojos vendados; no puede ver un carajo, pero es capaz de levantar una espada en una mano mientras en la otra ostenta, descaradamente, una balanza de mercader. Una mujer lujuriosa y alucinada en un mundo materialista.

Si al Romanticismo del siglo XIX se lo asocia al corazón, si al racionalismo el cerebro, nuestro fin de milenio habrá que asociarlo al estómago. Recuerdo un cuadro de Warhol en el cual toda la composición se reducía a un conjunto de etiquetas de sopas Campbell, ordenadas con el rigor cartesiano propio de los supermercados. La sonrisa de la Gioconda reemplazada por la conmovedora expresión del estómago. Un eructo metafísico. Satisfacer necesidades y, por supuesto, crear otras nuevas. El proceso placentero exige permanentes cambios, nuevos estímulos incrementados de forma logarítmica o siguiendo la ley de Fletcher. ¡Orgía del sobreestímulo anestésico! ¡Taradez suprema y maravillosa! Los jainistas creían en los ciclos cósmicos. A lo más bajo se llega por “la serie descendente”, la que termina en los hombres injustos y lujuriosos, en las peores tempestades, en la desolación. Y todo debía ser imperceptible.

Y así lo es porque la Estupidez y la Decadencia se nos aparece con un maquillaje de cultura e inteligencia. Esto es fácil de explicar: Estupidez Suprema no significa Ignorancia Total. Por el contrario, se trata de un proceso evolutivo que se logra con cierta práctica. La gente confunde inteligencia con mera acumulación de información. Para ellos, sus nenes son más vivos que los de antes sólo porque están más saturados de información (inútil) que ingieren de la televisión. El abombamiento colectivo se institucionalizó a nivel mundial. Se inventaron implacables métodos para idiotizar a un pueblo, como los llamados programas de “entretenimiento”. Hasta se recurrió a la farsa de llamarlos “juegos de ejercicio mental”. Todo bien estudiado.

Un productor de cine (Darryl) dijo en 1946 que la gente pronto se aburriría de ver cada noche una caja de madera. Se refería a la televisión. No se puede tener tan poca imaginación. Cómo no darse cuenta de que una cosa es mirar un objeto y otra es mirar a través de él. La televisión es un medio, no de comunicación, sino de expresión. Lo que cada noche la gente ve en esa caja de madera es el “espíritu colectivo”, usado y alienado por los dioses que oligopolizan el Poder. (Dioses oscuros que necesitan un pueblo estúpido para decirles que deben consumir más y pensar menos). Unas risas en off le dicen al pobre diablo que está mirando, cuándo debe reírse y cuándo no; una garra que golpea un piano indica que debe prepararse para comenzar a llorar. Lo Irremediable es sustituido por lo pseudo-remediable. Todo debe terminar en un espectáculo: una peste en África, un ciclón, una guerra civil, la muerte trágica de un deportista. El sentido de lo trascendental se sustituye por la voracidad del espectáculo. Recuerdo haber presenciado en una montaña un eclipse de sol. Conmigo estaban otras cien personas. El instante culminante fue recibido con aplausos y algarabía. ¿Qué aplaudían? ¿Qué los emocionaba? ¿Tal vez Dios, tal vez el mensaje armónico de la Naturaleza? No, nada de eso. No aplaudían a nada que estuviese más allá del fenómeno. Aplaudían el espectáculo, el mero espectáculo y nada más. También la Naturaleza formaba parte del show. La misma suerte corrieron las pirámides de Egipto, el Cañón del Colorado, los muertos del Ganges y la misma Jerusalén. El dinero, dios celoso y vengativo, impone en todos lados la cultura que lo diviniza. Las sociedades capitalistas desparraman sus embajadores por todo el mundo: los turistas. Llenan el Taj Mahal, Abu Simbel, Chichén-Itzá. Lo que luego reproducen en sus propios países es el ego de cada uno, no las culturas que sirvieron de fondo a sus fotografías (los japoneses son expertos en este tema). En cambio, los habitantes del Nilo, lo único que pueden aprender de esos embajadores de la frivolidad, día tras día, es a vestir sus mujeres con pantalón corto, a usar lentes oscuros. Aquellos lugares que un día fueron el altar de los dioses, luego el objeto de la arqueología, finalmente acabaron en simples piezas del espectáculo. (¿Cuándo el Corán o El ser y la nada serán el próximo objetivo de esta gente?). Y el deporte, que en Grecia fue honor de los dioses, del espíritu humano, hoy sólo es espectáculo. ¿Quién mató el misterio de las cosas? Seguro no fue el descubrimiento de la Verdad.

Para ciertos pueblos primitivos, el Orden cósmico estaba en manos de los hombres. Para los modernos, también. La diferencia está en que los primitivos creían que sus actos podían destruir el mundo. Los modernos no, pero son capaces de hacerlo. Los mayas y los aztecas preservaban este Orden practicando sacrificios humanos (como si existiese en el hombre un antiguo sentimiento de culpa). En este siglo, los sacrificios individuales, en vivo y en directo, se consideraron una aberración retrógrada. Se prefirió los holocaustos colectivos y a larga distancia, que además eran espectaculares.

Como los sueños, las imágenes electrónicas poseen su propio lenguaje. Naturaleza inmediata, fugaz. Los publicistas pasan a ser una especie de Freud invertido. Cualquier persona deberá comprender en treinta segundos un mensaje que a Mahoma le hubiese llevado más de las setenta mil palabras con las que se resumió el Corán. A un crimen puede seguir un beso; a una catarata que cae hacia arriba, una goma de mascar. Todo con máxima rapidez y vértigo (no sea que alguien se ponga a pensar). Para incrementar el vértigo, los estímulos deben ser incrementados según la ley de Fletcher. No es la velocidad estética de Turner, ni la velocidad conceptual de los futuristas de Marinetti. La nuestra es una velocidad VISCERAL. Ir de prisa, no se sabe adónde.

Hacia qué patrias del silencio. Memorias de un desaparecido (1996). Jorge Majfud

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