Un meteorito llamado Democracia

Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad de los pueblos indígenas de América que el capitalismo secuestró y anuló

Para el siglo XVII, el capitalismo ya había nacido, aunque estaba en pañales y necesitaba cambiarlos con urgencia. Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2023), su origen no fue ni la banca italiana ni el comercio holandés. Las novedades financieras (la banca, las bolsas de valores, las compañías y sociedades anónimas) solo fueron un instrumento; el milenario libre mercado, solo fue la primera víctima de su desarrollo. El capitalismo nace con el sistema del enclosure, con el cercado y privatización de las tierras comunales medievales en Inglaterra y continúa con la misma idea sobre el resto del mundo―sobre las tierras de las colonias de otros continentes y sobre los cuerpos de sus habitantes, privatizados y comercializados como esclavos de grilletes, primero, y como esclavos de alquiler, después.

Casi al mismo tiempo que el capitalismo europeo crea su imperialismo, genocida y extractor, su población se hundía en la insatisfacción, en gran medida porque las expectativas de lograr el nuevo sentido de la existencia (el éxito y las riquezas, no sólo por imposición cultural sino también religiosa, con el nacimiento simultáneo del protestantismo) no podían ser satisfechas y, más tarde, porque la Revolución Industrial terminaría por hundir en la miseria y la desesperación material a la clase productiva de las metrópolis imperiales.

Para el siglo XVIII, los intelectuales―al menos aquellos sin necesidad de riquezas―ya casi se habían independizado de sus mecenas, de la clase dominante. Sus ingresos comenzaron a depender más de la pequeña burguesía y, luego, de la clase proletaria a través de los nuevos lectores de diarios y de libros. Para entonces, las ideas de libertad, igualdad y democracia (fraternité) ya tenían mucho tiempo dando vueltas en el consciente y, sobre todo, en el inconsciente popular―colectivo.

Desde los primeros años de la conquista americana, la contranarrativa europea se había poblado de innumerables historias, ideas, debates y fantasías sobre el paraíso americano y, sobre todo, en torno a lo que faltaba en la crecientemente poderosa Europa, siglos antes de la Revolución Francesa: liberté, égalité, fraternité―por fraternidad, solidaridad, democracia. Tres ideas, tres valores que se chocaban de frente con la realidad del capitalismo y del imperialismo en desarrollo. Como veremos―mejor, como propondremos más adelante―, en este contexto, ambas realidades, la capitalista y la anticapitalista, eran ineludibles.

¿Cómo se resolvió la contradicción? Había y hay sólo dos formas: (1) demonizar al enemigo; (2) secuestrarlo. Las dos opciones fueron practicadas y aún lo son, pero, por lejos, la segunda fue y es la más efectiva: redefinir democracia y libertad―incluso, igualdad―para hacerlas compatibles con el capitalismo, con la propiedad privada, con el poder de los nobles de la Edad Media convertidos en los liberales de la Edad Moderna.

Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad eran centrales en las naciones nativoamericanas que descubrieron, atónitos, los europeos en América, desde los exploradores y misioneros, hasta los intelectuales que nunca salieron de su continente. A partir de ahí, tenemos una larga historia de apologías y rechazos.

Sobre esto, profundizaremos más adelante, pero ahora, para abreviar, recordaremos que Chateaubriand, en su novela Atala (1801), fue uno de los primeros escritores en relativizar, desde un punto de vista cristiano, la idea del “buen salvaje” de los roussonianos, iniciada medio siglo antes. Luego, a lo largo del siglo XX, como reacción a los intelectuales comprometidos que preocupaban especialmente a los críticos literarios de la CIA―anticapitalistas, marxistas, reivindicadoras de las culturas nativas―, proliferaron ensayos de estudiantes de maestría y libros comerciales anteponiendo siempre “el mito del” a “buen salvaje”. Algo fácil de criticar, ya que presumir santidad en un grupo humano cualquiera es un proyecto destinado al fracaso y otra forma de deshumanización.

En este estudio no nos interesa discutir algo tan irrelevante, sino analizar la influencia de las culturas nativoamericanas en la Ilustración y en los conceptos de democracia, libertad e igualdad para comprender el siglo XXI. La influencia devastadora ―el meteorito―, el disparador histórico de un super ciclo, la Ilustración; no la invención de sus conceptos.

Muchas confederaciones nativoamericanas (como las Iroquesa, Wendat-Huron, Powhatan, Wampanoag, Cheroqui, Tlaxcala, entre otras) eran, en la teoría y en la práctica, ejemplos consistentes de democracia real. Esta influencia también fue radicalizada por los propios agregados de los exploradores y, sobre todo, de los intelectuales que nunca pusieron pie en América, pero cambiaron la historia contracultural de Europa, de Occidente y del resto del mundo más tarde.

Para volver a una respuesta breve antes de continuar profundizando, podríamos conjeturar que este proceso se inició apenas Colón puso pie en San Salvador y, al año siguiente, publicó su célebre carta a los reyes católicos. Casi de forma inmediata, siguieron las cartas de Américo Vespucio y el libro de ficción basado en éstas, Utopía, del canciller de Inglaterra, Tomás Moro, más tarde ejecutado por traición a la patria por no renunciar a su catolicismo.

Sobre el mismo problema, y también como contranarrativa, a finales de siglo se publicaron los ensayos de Michel de Montaigne. Lo mismo Shakespeare a principios del siglo siguiente, hasta llegar a la ola de producción artística y filosófica de múltiples escritores franceses, poco antes de Jean-Jacques Rousseau.

En esta línea de dominó, llegamos al siglo XIX, con los socialistas utópicos y, luego, con los socialistas llamados científicos. Para el año en que Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista (1848), profundamente influenciado por los utópicos anteriores y en la cultura francesa de la época, poblada de referencias norteamericanas a sus nativos, como la novela histórica El último mohicano (1821) de James Cooper, o la prolífica obra de Henry Schoolcraft iniciada más de una década antes. También fueron relevantes obras etnológicas como Historical and Statistical Information Respecting the History, Condition, and Prospects of the Indian Tribes of the United States (1851), donde el autor Henry Schoolcraft analiza el sistema igualitario y de autogobierno de las naciones nativas―por entonces, la palabra democracia no era de uso común. Más tarde, al final de sus vidas, Marx y Engels no sólo leyeron, sino que estudiaron y escribieron sobre otros antropólogos estadounidenses que aportaban datos y análisis más rigurosos, como Lewis Morgan ―profundizaremos más adelante.

Sin embargo, la relación entre ausencia (restricción) de propiedad privada y su relación con la igualdad, la armonía social y la ecología ya habían sido formuladas por Rousseau un siglo antes y en base a fuentes y elaboraciones, pocas veces citadas de forma directa, provenientes de los mismos pueblos nativoamericanos. Los socialistas, luego llamados utópicos medio siglo después―Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen―no hicieron referencia a los nativoamericanos como fuentes de inspiración, pero a fines del siglo XVIII la Ilustración ya estaba madura y había superado su etapa fundacional. Incluso, se podría especular―ya que no hay referencias explícitas sino avalanchas de un fenómeno cultural imposible de negar―que la idea de los falansterios de Fourier tiene mucho en común con el sistema socio arquitectónico de la confederación iroquesa: las casas largas en las cuales convivían varias familias y de la misma Liga de la Paz que era vista por sus habitantes como una gran casa larga―Haudenosaunee―, en la que habitaban las cinco naciones. Esta idea y realidad era conocida en Francia desde el siglo XVII por las crónicas del capitán Samuel de Champlain y de los múltiples volúmenes publicados en París por los jesuitas misioneros que nunca pudieron convertir a los iroqueses al cristianismo. 

Cronológicamente hablando, entre los socialistas y los comunistas aparecen los anarquistas definidos, como Pierre-Joseph Proudhon. Su libro ¿Qué es la propiedad? (1840) presenta el problema de la propiedad (“la propriété, c’est le vol”, “la propiedad es el robo”) como elemento central de su pensamiento sociopolítico. Para Proudhon, el derecho a la propiedad no es absoluto sino una convención conveniente para apropiarse del esfuerzo ajeno y radicalizar las diferencias sociales. Estas ideas serán centrales en el pensamiento de Marx y Engels.

La relación propiedad-democracia y democracia-comunismo nativo es central en este estudio sobre la democracia real entre los nativoamericanos y que. Socialistas, anarquistas y comunistas tenían más en común con las culturas nativoamericanas que con las europeas. Por millas, kilómetros y leguas.

Jorge Majfud, abril 2026 (Del libro Tawíscara. El secuestro de la democracia, 2026)

Tawiscara. El secuestro de la democracia
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