Díaz Pacheco: El naufragio del factor humano

El naufragio del factor humano

Humanismo y antihumanismo

Nuestro tiempo es testigo de una lucha que es, a un mismo tiempo, clara en sus definiciones y turbia en sus procedimientos. Después de un breve momento de excesivo esplendor, el existencialismo cayó en la miseria del descrédito y el olvido. A pesar de su sospechosa frivolidad parisiense, podemos reconocer que fue el último gran proyecto del humanismo. Pronto, en los años sesenta, otros franceses —Lévi-Strauss, Michael Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida— se encargarían de darle el golpe de gracia reestableciendo y profundizando una corriente de pensamiento antihumanista que dura hasta nuestros días con sus estratégicas variaciones. Como siempre, el marxismo servirá para múltiples propósitos: si en Sastre potenciaba y daba sentido a un pensamiento humanista, en los marxistas posmodernos servirá para confirmar el antihumanismo de la dinámica de las sociedades: el sujeto, el individuo no existe.

Entiendo que el mayor mérito de este pensamiento es la destrucción de mitos sociales como los de libertad, individuo y progreso. Pero el antihumanismo no es sólo materialista. Según Frederic Jameson y Jacques Lacan, el hombre es un esclavo del lenguaje y, por lo tanto, no es el creador de sus propios pensamientos. También un “anti-estructuralista” como Jacques Derrida es, igual que sus adversarios, un antihumanista: la diferencia fundamental entre Derrida y sus antecesores consiste en responder a la cuestión central de Jorge Luis Borges: ¿es el Universo un caos o un laberinto? Si es un laberinto hay, aunque oculto, un orden, una jerarquía, un centro. Si los estructuralistas se deciden por el laberinto, Derrida elige el caos o, al menos, un laberinto sin centro, sin orden jerárquico. Este orden o desorden está referido a las relaciones simbólicas. Derrida reconoce en Nietzsche a su precursor. Madan Sarup advierte una línea desde Nietzsche hasta Derrida que tiende, no sin paradoja, al abandono del sujeto humano como objeto del pensamiento. Antes de la Teoría de la Relatividad en las ciencias, Nietzsche había negado la posibilidad de un punto de vista privilegiado, la existencia de un mundo único, visto desde diferentes contextos culturales. No; sólo hay perspectivas y ninguna es definitiva. Como lo sugirieron los sofistas y quiso negarlo Sócrates y la tradición racionalista, no hay posibilidad de escapar a los límites del lenguaje; el pensamiento está basado y limitado por el instrumento retórico que pretende expresarlo.

Ahora, notemos que el abuso de nuestro tiempo consiste en que el pensamiento de izquierda se ha refugiado en el antihumanismo mientras que el pensamiento de derecha —suponiendo que esto no es un oximoron— ha tomado el discurso humanista, o pseudohumanista, de la “libertad” del individuo. Lo que en Sastre era inevitable —estamos condenados a ser libres—, lo que en los críticos de la modernidad era una utopía posible —el rescate del individuo alienado por el individualismo, desde pensamientos tan diferentes como el de Borges, Sábato y Ernesto Che Guevara—, en el Occidente de principios de siglo XXI es apenas un discurso conveniente a las tácticas y estrategias de dominación imperiales o de clase. Tenemos, entonces, el viejo humanismo secuestrado por las ideologías del poder y la crítica antihumanista reaccionando contra este mito impuesto. En cierta forma y medida, toda reacción es prisionera de la acción que pretende contestar. Pero este círculo vicioso no es inevitable y salirse de él significa el inicio de una liberación. Aún es posible rescatar el humanismo. Aún es posible prever la rebelión del individuo. De hecho, también las actuales reacciones conservadoras en el mundo son eso:reacciones ante una nueva realidad que puja por surgir. El problema es saber cuántos años, cuántas décadas llevará esta liberación, esta rebelión del individuo y si, finalmente, un día será posible o morirá antes de nacer. Con respecto a esto, soy un pesimista esperanzado.

Ahora, desde un punto de vista histórico, y al decir del filósofo español Eduardo Subirats en referencia de Horkheimer y Adorno, la cultura ha sido absorbida por los medios de producción y reproducción mecánica; la industria cultural “usurpa al sujeto su función intelectual”. N. García Canclini estaría de acuerdo: la cultura popular es gestionada y conducida por los empresarios según las reglas del mercado. Es decir, estamos ante la posición contraria según la cual el individuo no existe porque no existe su pretendida libertad. Repetir como en un rosario que soy libre no nos hace más libres sino todo lo contrario.

Si consideramos cómo se forman las ideologías y, probablemente, también las ideas humanas, había más razones para ser antihumanista que para ser un humanista tardío. Pero si ésta fuese una verdad radical, la historia misma del pensamiento ya se hubiese detenido hace mucho tiempo. Bastaría con advertirlo para tener una buena razón para emprender una lucha quijotesca contra ese monstruo paralizante. Es decir, somos humanos no por lo que tenemos sino por lo que nos falta. Somos humanos no sólo por lo que hemos hecho en la historia sino también por lo que pretendemos hacer de nosotros mismos. Somos lo que somos no sólo por lo que somos sino también por lo que no somos y pretendemos ser.

La literatura, ese “algo más”

Según Terry Eagleton, considerar algo así como una “teoría literaria pura” es un mito académico: es una forma de ignorar la historia y las implicaciones (y las motivaciones) políticas de dicha teoría. Sin embargo, como ya lo expusimos en otro ensayo, podemos considerar cada aspecto de la experiencia existencial desde cada uno de los otros aspectos de esa misma complejidad; y si queremos evitar simplificaciones y convertir a un hombre o a una mujer en un cadáver disecado, debemos rescatarlo de la unidimencionalidad. La misma lucha es la que libra hoy la literatura. Es decir, una obra de arte puede ser entendida como una obra política, económica, religiosa, sexual, ideológica, etc. Pero si Hamlet fuese sólo un instrumento —producto y reproductor— de una ideología, sería un discurso político y no una obra de arte. Claro, en este punto se podría argumentar que la diferencia radica en la definición de lo qué es una obra de arte. En otro momento el mismo Eagleton pareciera responder a este punto contra nuestro argumento: Shakespeare no es simplemente “gran literatura” reposando en nuestras manos, la cual la “institución literaria” (la academia, la crítica) debe descubrir. Es gran literatura porque la institución la ha definido como tal. El razonamiento parece de hierro. Pero se quiebra bajo cierto esfuerzo. Por un lado Eagleton procura escapar a cierto escencialismo, a cierto platonismo al considerar “la gran literatura que debe ser descubierta”, como si fuese una cosa concreta que está debajo de una trama que el crítico puede y debe remover. Sin embargo, por otro lado cae en ese mismo escencialismo del que pretende escapar, creando, inadvertidamente, un objeto platónico llamado “institución literaria”. Es decir, una obra de arte es una gran obra de arte no por sí misma sino porque esa institución (la crítica, la academia, la tradición) lo ha establecido así hace cuatrocientos años. Más, ese objeto trascendente llamado “institución” tendría más de dos mil años si consideramos la literatura griega. Por la misma línea podemos recordar el razonamiento de Ernesto Sábato sobre una observación de Karl Marx, quien se asombraba del hecho de que la tragedia griega pudiese sobrevivir cuando las condiciones económicas y sociales habían desaparecido mucho tiempo atrás. La respuesta de Sábato, aunque no libre de cierto “escencialismo” descansaba en la “condición humana”, es decir, en aquellos elementos “profundos” del alma humana que se prueba con la misma resistencia y sobrevivencia de Esquilo o de Homero. “El arte no es sólo expresión sino creación, y así añade algo diferente a la realidad de la que surgió”, dice Sábato. La literatura no se explica sin “ese fenómeno tan extraño que hace perdurar el arte muchísimo tiempo después que las estructuras sociales y económicas en que surgió han desaparecido por completo”.  El psicoanálisis estaría gustoso con este tipo de respuestas, no obstante nos sirve para responder a aquellos que pretenden reducir un texto a una única dimensión de su contexto. Cada acto humano es un acto político, es un acto religioso, es un acto económico, es un acto artístico, es un acto ideológico; pero no puede ser reducido a ninguno de sus componentes. Y lo mismo podríamos decir de los otros componentes de la complejidad humana. La estética no puede ser reducida a una ideología; no obstante, cada estética posee una dimensión ideológica al servicio de una clase social, de un género sexual, de un grupo determinado en un determinado momento. En una palabra, no hay acción humana que sea inocente, no hay obra de arte que esté libre de implicaciones metaartísticas, como no hay teoría independiente del resto de los factores “metateóricos”: factores estéticos, políticos, económicos, ideológicos y sexuales. En La deshumanización del arte, Ortega y Gasset había observado que estudiar al arte por la psicología era como estudiar al cuerpo humano por la sombra que arroja. Nuestra respuesta ha sido, repetidas veces, que la literatura (o las literaturas) sólo se pueden definir por su diferencia indefinible: una obra de arte es la integración de todas las dimensiones posibles de la experiencia existencial más “algo más” que no está incluida en ninguna de esas dimensiones consideradas de forma aislada. En el caso del arte, ese “algo más” es lo que lo aproxima a la vida humana, es ese “algo más” que diferencia a un hombre de su cadáver. Si un fenómeno biológico puede ser reducido a leyes químicas, la literatura —como la vida— procede de forma inversa: comienza a existir en el momento en que escapa a la reducción explicativa y logra ese algo másinalcanzable por la razón y el análisis. Razón por la cual podemos decir que desde un punto de vista crítico, académico, no estudiamos literatura sino el fenómeno socialde la literatura. La literatura es otra cosa. La literatura estará siempre en los márgenes sagrados del ser humano para humanizarlo. Pero la gran literatura —atrevámonos a juzgar categorías, digamos de una vez que no todo es oro ni todo es basura— tampoco está en los balances financieros de las grandes empresas ni en los supermercados. El consumidor es el individuo simplificado: es la no persona. Cuando estamos en presencia de literatura chatarra, de literatura para consumidores, estamos ante ese “algo menos” que entiende y promueve un individuo unidimensional, al servicio de un sistema metahumano, de una sociedad que todo lo cuantifica, que define el éxito por el incremento del Producto Bruto Interno.

El factor humano rescatado en la literatura de Agustín Díaz Pacheco

El humanismo, al menos como la última utopía de Occidente, está vivo en la gran literatura de nuestro tiempo. Con él, el mismo individuo, con sus contradicciones, con sus aspiraciones y fracasos, con el desafío subversivo de su imaginación. Es aquí donde cumple su antigua y sagrada función esa raza de escritores a la cual pertenece Agustín Díaz Pacheco. El autor de Línea de naufragiocarece de la parafernalia y del circo que caracteriza la mayor parte de la literatura contemporánea. Su humildad lo salva y lo pierde. A pesar de una colección de premios recibidos en diferentes concursos, de lectores consecuentes que siguen su obra de este lado del Atlántico y del otro, no creo exagerar al afirmar que nunca ha sido reconocido como se merece. Tal vez nunca lo sea mientras vivamos bajo el imperio de la frivolidad. O tal vez no sea necesario ni sea su destino atraer y complacer a las grandes masas consumidoras. Porque, en definitiva, ese tipo de éxito sería como una palada de tierra sobre la tumba del creador. Otro tipo de éxito le está reservado como a pocos: su prosa, su arte problemático lo sobrevivirá. No creo que esto pueda significarle una forma de aliento personal, pero es la única forma que tiene el tiempo —ese insobornable crítico— de premiar a sus hijos prodigios.

En la primera mitad del siglo XX muchos declararon que el arte se había deshumanizado. Según otros, se trataba de un arte corrupto y degenerado. Sábato observó que no era el arte sino la humanidad quien estaba deshumanizada. Quien afirme que la literatura de Díaz Pacheco es una lectura difícil debería comprender algo semejante: es esta raza de escritores responsables la que persiste en exigirlealgo al lector. Los otros buscarán la complacencia de aquellos que han dejado de hacer el esfuerzo de comprender la literatura y el mundo. No son individuos; son consumidores. Pagan y reclaman una satisfacción inmediata. Las grandes editoriales se especializan precisamente en eso: en premiar la literatura fácil, en anestesiar la conciencia de los lectores alienados por la frivolidad y el consumo.

Fuera de los circuitos comerciales y de las pasarelas de la moda, con frecuencia Díaz Pacheco alcanza la dignidad de los clásicos. Actualmente, su obra comienza a ser objeto de estudio en algunas universidades de Estados Unidos. No sin paradoja —o como reacción natural— este autor, fuera de los circuitos de consumo, no encuentra dificultades en ser comprendido y admirado por jóvenes lectores, insatisfechos con lo que hay. Varios de sus cuentos integran el syllabus de The University of Georgia, además de haber sido seleccionado —con Roberto Arlt, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Ernesto Sábato y Elena Poniatowska— para encabezar diferentes proyectos de análisis de la literatura hispánica.

Libros como El camarote de la memoria, Breves atajos y Línea de naufragiosignifican una forma de resistencia, una negación y una confirmación: es esa otra voz que la propaganda ignora o pretende acallar. Es esa voz incómoda, admirable, que no encaja ni en la literatura de consumo ni se rebaja al viejo panfleto político. Es el índice cuya vocación es señalar permanentemente ese “algo más” que nos recuerda que el “factor humano” es inabarcable, que la misión del arte es rescatar al individuo de la simplificación, de la repetición monótona de la existencia, de la alienación. Es así que sus cuentos van de la simplicidad elegante de una historia razonable hasta tocar y vulnerar los límites de la comprensión racional; navegan desde la simple percepción estética, desde la emoción de la más humilde experiencia vital hasta la duda y la angustia; desde la fascinación y el temor hasta la experiencia de la euforia y el fracaso, desde la creación irracional de “Bedieza” hasta la ironía y la parodia consciente de “Destoicos”. En la pluralidad, en la desafiante exposición de sus historias, Agustín Díaz Pacheco reconstruye un ser humano complejo, alienado y devastado por la propaganda. Su literatura radica en enfocar su halo de luz sobre esa otra parte de la naturaleza humana, quizás la mejor, quizás la más auténtica, seguramente la más valiente, que se resiste a perecer en un mundo de simulacros. Sus temas son diversos, contradictorios como las nieves tropicales del Teide, pero marcados por igual por su carácter marginal: el inefable laberinto del mar, la isla, el archipiélago como metáfora central, la comunión malograda, la derrota y la humillación de un triste boxeador caído al que se le arroja unas monedas, como parte del salvaje espectáculo de la frivolidad. Con frecuencia, sus historias rescatan el misterio que subyace en un mundo olvidado, anestesiado por la sobreexcitación artificial del consumo moderno: nos recuerdan el factor humano perdido o a punto de naufragar.

Si José Saramago eligió las islas Canarias para vivir —el rincón más periférico de Europa, la Europa morena, entre Barbaria y América Latina—, Agustín Díaz Pacheco no: es un hijo natural de esas islas fantásticas, nacidas de violentas erupciones volcánicas, rodeadas aún del antiguo aura de misterio al mismo tiempo que maquillada por la nueva Europa que ha promovido su propio paraíso exótico, sus fantasías tropicales. Díaz Pacheco es un hijo del margen y de la antigua Europa humanista. Sus cuentos poseen la virtud de la pincelada breve, precisa o enigmática, pero nunca complaciente. Lo que queda de individuo en el hombre y la mujer de nuestro tiempo resurgen y resisten todavía en sus páginas. Y seguirán resistiendo, hasta que la fragata naufrague y nuestra humanidad alcance definitivamente la alienación, la deriva sin rumbo o naufrague en la tormenta.

Es en la gran literatura donde comienza el mundo humano que el análisis no puede alcanzar. Es ahí donde abandono mis razonamientos para dejar paso a esa otra aventura humana. Es necesario, no obstante, una última advertencia antes de abandonar tierra firme: el mar al que entran a partir de aquí es insondable, está cruzado de impredecibles corrientes y no existe una carta de navegación precisa; tampoco los cielos giran según el orden inalterable de la astronomía. Aquellos lectores que no resistan el desafío, naufragarán.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 2006.

La liberación postergada

Neptuno alegórico, by Sor Juana Inés de la Cru...

Image via Wikipedia

La liberación postergada

Con escasas excepciones, los ejércitos latinoamericanos han sido siempre el brazo derecho de la oligarquía criolla. Por lo general y con heroicas excepciones, cada soldado, por humilde que fuese, siempre tuvo un único discurso ideológico, basado en conceptos como “orden”, “patria” y “honor”, que le permitió una acción rápida e irreflexiva, llegando a matar en “cumplimiento del deber”. Su tarea no era la de pensar, claro; ese sería un grave defecto en un militar de bajo rango, según el sistema al cual debe someterse y defender incondicionalmente. En un militar de alto rango el pensamiento esta permitido, aunque limitado sólo a aspectos técnicos; nunca —o rara vez— filosóficos. Pese a todo, sus acciones siempre estuvieron justificadas en la salvación de la “verdadera moral” (es el lugar donde se “hacen hombres”), al mejor estilo de la vieja Inquisición. Esto es lógico: todos sabemos que una respuesta que no acepta cuestionamientos —por la razón lógica o por las armas— es siempre la verdad.

Se comprende, entonces, por qué la tradición de los ejércitos latinoamericanos, como el de la Iglesia Católica —por lo menos hasta finales del siglo XX—, ha sido conservar los privilegios de una clase criolla acomodada, en usufructo de una ideología transparente. Aquí quisiera aclarar que, para mí, toda ideología dominante es “transparente” (nos rodea de forma invisible), mientras que cualquier otra ideología que se le oponga tendrá el carácter inevitable de “visibilidad”, con lo cual son definidas, peyorativamente, como “ideologías”, como si la ideología principal no lo fuera, como si formara parte de la naturaleza, del aire. Por otro lado, las ideologías dominantes suelen operar a través de falsos “pares de opuestos”. En nuestra historia más reciente, esos pares fueron orden/desorden, patriota/vendepatria y luego pacificación/memoria, etc. Una vez establecido arbitrariamente la dicotomía, se busca identificar al oprimido con el segundo término: el negativo (Jacques Derrida).

La clase dominante, junto con la Iglesia tradicionalista dictaron el discurso ideológico legitimador, la moral del terrateniente latinoamericano. Por ello Phillip Berryman llamó a las dictaduras latinoamericanas “fascismo dependiente” ()

Cualquiera que haya salido del continente latinoamericano puede observar cuáles son las tres instituciones que caracterizan el paisaje social e histórico de América Latina: el Estado, la Iglesia y el Ejercito. Ésta es una característica de las sociedades latinoamericanas que la diferencian de otras regiones del mundo, como pueden serlo Europa y Estados Unidos. Bien, se podrá decir que el poder del ejército norteamericano es un elemento de primer orden político e ideológico. Sin embargo, la manifestación de este poder ha sido, después de la Guerra Civil del siglo XIX, hacia fuera —característica que la hace más coherente con la propia concepción histórica de ejercito—, mientras que en el caso latinoamericano tradicionalmente su acción represiva ha apuntado hacia dentro, no en beneficio de un país —como siempre se pretendió con el conocido eslogan “salvaguardia de la patria”— sino en beneficio de una clase: la clase dominante.

La historia latinoamericana está llena de estos ejemplos. El delito del sacerdote Romero en El Salvador fue repetir que “ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios: no matarás” Por esta prédica “peligrosa” fue asesinado por el ejército mientras decía una misa. Quienes lo mataron lo hicieron bajo la convicción de “salvar a la patria del marxismo”, aunque ninguno de ellos tenía una vaga idea de quién había sido Marx (más allá de que se llamaba Groucho y fumaba habanos, como el Che Guevara). Ninguno de sus asesinos sabía si el “curita revoltoso” era, de hecho, marxista o no. ¿Pero eso qué importa? ¿Cuándo importó —sinceramente— la razón, el diálogo, la reflexión? ¿Para qué pensar si eso es peligroso? ¿Para qué cuestionar? A Cristo y a Sócrates los condenaron a muerte por esa mala costumbre de “remover” las sólidas verdades donde se asienta el “honor” de una sociedad. Y por ello todas las universidades de América Latina —y de más allá— están llenas de idiotas que se dedican a investigar y a pensar. Subversivos, en una palabra. Rehenes del marxismo, de los terroristas y de Sor Juana Inés de la Cruz, sin duda, la peor de todas.

Sin embargo, la pureza no ha sido posible a través de la “limpieza”. Así como todos somos freudianos en alguna medida, lo mismo podíamos decir sobre el marxismo: ¿qué corriente feminista, por ejemplo, podría decir que sus reivindicaciones no tienen un origen marxista? Por supuesto que podemos encontrar feministas que vivieron antes del siglo XIX. Sor Juana, por ejemplo. Murió silenciada por la Santa Iglesia en 1695 (vieja costumbre de la santidad: pecar y cien años después pedir perdón). Pero eso es una lectura que podemos hacer desde nuestro tiempo, hacia atrás. Si quisiéramos, también podríamos interpretar que Cleopatra era feminista, y entonces no existía eso que llamamos “feminismo”. La diferencia es que el pensamiento marxista hizo consciente un cúmulo de conceptos y análisis que hoy es moneda común hasta en la derecha más reaccionaria, por lo menos como discurso. Prácticamente no existe aquel, por más antimarxista que sea, que no haya defendido algún principio de origen marxista, ya sea político, económico, metodológico o filosófico. Sólo que su ignorancia lo salva y lo purifica.

Ahora, veámoslo desde una perspectiva histórica y política. Creo que no se puede entender la resistencia latinoamericana, en su gran mayoría “izquierdista” a través de la historia, por una simple influencia cubana o soviética. Para ello, debemos considerar el insoportable peso de la clase oligárquica en América Latina desde el nacimiento como naciones “independientes”, apoyada siempre por las grandes instituciones verticales de la Iglesia Católica tradicional y el ejército. Las grandes diferencias sociales que ostentó de forma obscena la familia Latinoamericana es otro elemento de tensión que explican la “reacción” de las clases desposeídas.

Nuestro país, gracias a Dios, ha sido históricamente el país más laico de las Américas. Pero su relativo laicismo nunca fue la norma en el continente. La estrecha relación del Estado y la Iglesia en América Latina es una herencia de la vieja España que, con agresividad —y confundiendo, como era costumbre en sus tratados de caballería, la cruz con la espada—, luchó contra moros y judíos y trasladó la batalla mesiánica al nuevo continente. Su estructura de dominación, rígida y vertical, encontró en los nuevos ejércitos los sustitutos de las antiguas caballerías del renacimiento que se vanagloriaban de cortar mil cabezas en los campos de batallas para imponer la “sagrada fe católica”.

Este proceso no fue el mismo en Norteamérica, donde una visión más liberal de la sociedad y del individuo la independizaron de las rígidas estructuras españolas. No sólo la Reforma fue una desestructuración del poder central (al tiempo que puso el acento en el valor del individuo) sino que además los colonos de los nuevos Estados Unidos fueron capaces de una independencia más real que la que obtuvimos en América Latina que sustituyó —como dice José Luis Gómez-Martínez— la autoridad española por la oligarquía criolla. Ésta oligarquía, caudillista y dirigente, nunca fue consciente de que la liberación económica de las clases sumergidas resultaría en un beneficio general. O tal vez sí fue consciente… Por lo tanto, nunca hubo una verdadera independencia para el resto de la población. Razón por la cual siempre estamos hablando de “liberación”, como si en el inconsciente colectivo estuviese presionando, de forma permanente, el trauma de “no haber sido”.

Aún hoy, en América Latina, se da la norma que las instituciones de enseñanza católicas (ya sean de educación básica como universitaria) se caracterizan por servir a las clases más ricas —futuras elites de dirigentes—, en vez de ocuparse de las clases más pobres, como parece sugerir el Evangelio. Lo cual es una larga tradición que se acepta sin mayores cuestionamientos.

Sin embargo, y procediendo de una historia diferente, la potencia económica y militar del siglo XX, Estados Unidos, cuando intervino en América Latina lo hizo para contrarrestar la insurgencia de las clases pobres, de las clases obreras que se identificaban con el discurso de la izquierda, ya que no podían hacerlo con sus tradicionales opresores —la oligarquía, la iglesia y el ejército—. Esta intervención, según Berryman, “combinaba la ayuda para el desarrollo con un aumento de los ejércitos y de la policía para enfrentar el desafío de la insurgencia”

Claro, el escenario nacional e internacional ha cambiado. También cambiará el escenario político. Sin embargo, las estructuras culturales, económicas y sociales son prácticamente mismas. Un cambio político podrá impulsar grandes cambios personales y simbólicos, pero prácticamente ninguno en lo que se refiere a la estructura opresiva. Para ello serían necesarios tres pasos indispensables:

1)    Toma de conciencia;

2)    Toma de acción;

3)  Toma del poder.

Conciencia del individuo y de la sociedad en su conjunto sobre su opresión y sobre su propia potencialidad deconstructora y creativa. Acción en tal sentido, individual y colectiva, con el objetivo de alcanzar el poder necesario para una verdadera liberación. Finalmente, me refiero al poder civil, aquel que resulte de una unión consciente y comprometida (desobediente) de cada individuo, del verdadero ciudadano del mundo, aquel que ha logrado la liberación a través de la desobediencia moral.

Sólo así se romperá el perverso ciclo que lleva al recambio y a la renovación de actores y de colores en la misma historia de opresión de siempre.

© Jorge Majfud

Athens, abril de 2004

La estética de la ética y la política de la neutralidad

Jorge Luis Borges en 1963

Jorge Luis Borges en 1963

La estética de la ética y la política de la neutralidad

En “La biblioteca de Babel” (El jardín de senderos que se bifurcan, 1941) Jorge Luis Borges logra una síntesis inquebrantable entre ensayo y ficción. Como cuento, el protagonista es una biblioteca infinita compuesta de hexágonos. Como ensayo, la idea central adelanta más de veinte años las afirmaciones del prematuramente envejecido pensamiento posmoderno. El discurso-narración es una afiebrada serie de especulaciones, ninguna de las cuales pretende predominar, al igual que la realidad infinita de los libros contenidos en ella. Sin embargo, de la misma forma que la biblioteca es infinita y niega cualquier centro espacial, está construida con valores constantes que pueden ser arbitrarios o significativos: el número de lados de los hexágonos, el número de páginas de cada libro —410—, el número constante de letras del alfabeto con el cual se multiplican infinitamente los textos —las interpretaciones—, etc. Este cuento-ensayo, construido con un entramado casi perfecto de especulaciones que se niegan a sí mismas, posee un centro: el escepticismo, imposibilidad de conocer el mundo. Y una justificación: la estética. La vana búsqueda de una posible verdad del mundo, “el universo (que otros llaman la Biblioteca)”, es representada con otro sustituto o metáfora: la histórica búsqueda de “un libro, acaso del catálogo de catálogos”. Jacques Derrida era un niño de diez años y Roland Barthes un joven que no había terminado aún sus estudios cuando Borges o el narrador especulaba: “yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí”. La intertextualidad en su más pura radicalidad se expresa en estas otras líneas: “cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página”. En una nota a pié de página lo confirma: “basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible”.

En “La Biblioteca de Babel” el Universo es un laberinto —textual— sin un centro, es decir, un caos estéticamente organizado —un mundo de apariencias que se duplican— donde todas las interpretaciones son posibles, menos la verdad, obsesiva e inútilmente buscada a lo largo de la historia; menos el mundo fuera del juego referencial del los textos.

Un ejemplo de literatura no-comprometida, “literatura esteticista” o “arte por el arte”, podría ser considerada gran parte de la obra de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares o Severo Sarduy. En todos parece predominar la ausencia del factor político y la confirmación de la estética pura. Pero no es casualidad que a esta dicotomía siga la formulación filosófica de presencia o ausencia del referente en el texto literario. Según Ariel Dorfman, a Borges no lo distingue del resto de los escritores del continente por la ausencia de lo americano en su literatura, sino que los otros “no necesitan inventar mundo eternos fuera de la realidad, porque lo eterno se encuentra dentro de lo real, lo social, lo histórico”. En cambio, Borges “prefiere enmascarar ese mundo, distorsionarlo, negar, borrar, olvidar”. La confirmación de una fe de los intelectuales comprometidos niega cualquier hedonismo nihilista. Incluso cuando revindica la sensualidad y el sexo, lo hará como respuesta a la desacralización del nihilismo, del materialismo, del consumismo erótico y simbólico del capitalismo tardío.

Por el contrario, la reivindicación del hedonismo en el cubano Severo Sarduy pretende significar una negación o la indiferencia a la dimensión política, social e histórica de la literatura. Ese hedonismo —como en Daiquiri (1980), por ejemplo— recae en un elemento tan metaliterario como cualquier otro significante: la sensualidad y las recurrentes referencias al placer sexual. Está de más decir que el sexo o el amor no son más ni menos literarios que un drama social o una revolución política. Roland Barthes, refiriéndose a Sarduy, va más allá y revindica este juego con pretensiones de pureza literaria. Según Barthes, hasta Mallarmé la literatura nunca había podido concebir “un significante libre, sobre el cual ya no pesara la censura del falso significado e intentar la experiencia de una escritura libre por fin de la represión histórica en que la mantenía los privilegios del “pensamiento”. Luego, de forma más explícita, se refiere a la obra de Sarduy: “En De donde son los cantantes, texto hedonista y por ello mismo revolucionario, vemos entonces desplegarse el gran tema propio del significante […] no hay nada que ver tras el lenguaje”. Quizás así se justifique la opinión de Barthes sobre los intelectuales, citada por Mario Benedetti: “ni siquiera Roland Barthes pudo evitar la seducción de lo negativo cuando considera que los intelectuales ‘son más bien el desecho de la sociedad’. Siempre la misma palabra: desecho”. Héctor Schmucler, en su prólogo a Para leer al pato Donald (1972), advierte que “la idea burguesa del trabajo intelectual como no productivo insiste por un lado en mantener la dicotomía consagrada por la división social del trabajo y, por otro, en marginarlo en los conflictos en la que necesariamente participa la producción de bienes materiales”.

Pero la idea de que “más allá de las palabras no hay nada” no es tanto una observación sobre un fenómeno sino una prescripción: si acepto esta idea como verdad, estaré modificando mi lectura sobre un texto particular o modificaré mis “hábitos de lectura”, es decir, el prejuicio inevitable con el cual siempre me acerco a un texto. Estaré así introduciendo un código concreto de lectura, una carta de navegación que me lleva a un puerto elegido por el cartógrafo y no por el navegante, pero sobre la idea de la libertad absoluta del navegante.

Aquella crítica posmoderna ha insistido en la idea de la muerte del autor (Ronald Barthes) y la consideración del texto como una red semiótica autoreferencial (Jacques Derrida). Como si estuviese contestando directamente a sus futuros críticos, otro francés, Jean-Paul Sartre, décadas antes en La responsabilité de l’écrivain (1946), había proclamado que “le mot est donc un véhicule d’idées”. Cuando la palabra cumple esa función la olvidamos. Cualquiera puede exponer la teoría de Descartes, utilizar las palabras que dan una perfecta idea sobre el cogito y nunca serán las mismas palabras que usó Descartes. Es decir —concluía Sastre— que son las palabras las que están al servicio de la idea. En otro momento Sartre complementó esta idea con lo que podría ser la respuesta a una lógica objeción: este razonamiento se aplica a la escritura filosófica, conceptual. En caso de la poesía, podemos considerar a la palabra como objeto y no como medio o instrumento. No obstante, aún cuando el Modernismo iberoamericano tomó esta bandera como reivindicación, sus esfuerzos por alejar el referente nunca lograron eliminarlo.

Eward Said, en The World, the Text, and the Critics (1983), contesta aquel pensamiento posmoderno que siguió a Sartre, acusándolo de haber creado una utopía del texto homogéneo, un “text connected serially seamlessly, and immediately only with other texts” . A esta idea dominante en la filosofía posmoderna, Said opone el concepto de “affiliation”, que es aquello que hace posible que el texto se mantenga como texto, implicado en una red de circunstancias tales como el estatus del autor, el acontecer histórico, las condiciones de escritura y publicación, los valores implícitos, etcétera. Por esta misma razón, la literatura no-comprometida podría entenderse como comprometida de hecho, por su funcionalidad social. Especialmente en nuestro tiempo la “literatura” como un agente cultural se ha vuelto cada vez más ciega a su real complicidad con el poder. Desde la perspectiva latinoamericana el problema era doble. Mario Benedetti, acusa que el continente ha sido repetidas veces colonizado por los imperios de turno; “algunos de nuestro críticos han sido colonizados por la lingüística. Una de las típicas funciones de éstos otros misioneros culturales ha sido la de reclutarnos para el ahistoricismo”.

Junto con la ideología de la muerte del autor y de lo extra-literario como realidad ontológica, se deriva la sobreestimación de la libertad del lector. Sin embargo, si algo significa la escritura es el intento de limitar la libertad del lector. Y si algo significa la lectura, es el reconocimiento de esos límites. Esto es más claro cuando entendemos un texto en su función comunicante. Pero sigue siendo válido cuando lo entendemos como un fenómeno puramente estético.

Jorge Majfud

The University of Georgia

Enero 2008

Inocencia del arte, ideología de la neutralidad

La idea de que el arte está más allá de toda realidad social se parece a la teología descarnada que proscribe interpretaciones políticas en la muerte de Jesús; o a las mitologías nacionalistas impuestas como sagrados valores universales; o a los templarios del idioma, que se escandalizan con la impureza ideológica de la lengua que usan los pueblos rebelados. En los tres casos, la reacción contra interpretaciones o deconstrucciones sociales, políticas e históricas tiene un mismo objetivo: la imposición social, política e histórica de sus propias ideologías. La misma “muerte de las ideologías” fue una de las ideologías más terribles ya que, al igual que los otros estados dictatoriales del status quo, presumía de pureza y de neutralidad.

En el caso del arte, dos ejemplos de esta ideología se tradujeron en la idea de “el arte por el arte”, en Europa, y del Modernismo en Hispanoamérica. Este último, si bien tuvo el mérito de reflexionar y practicar una visión nueva sobre los instrumentos de expresión, pronto se reveló como la “torre de marfil” que era. No sin paradoja, sus mayores representantes comenzaron cantándole a blancas princesas, inexistentes en el trópico, y terminaron convirtiéndose en las máximas figuras de la literatura comprometida del continente: Rubén Darío, José Martí, José E. Rodó, etc. Décadas más tarde, el mismo Alfonso Reyes reconocerá que en América latina no se puede hacer arte desde la torre de marfil, como en París. A lo sumo, en medio del realismo trágico se puede hacer realismo mágico.

Las torres de marfil nunca fueron construcciones indiferentes a la crudeza de la realidad del pueblo, sino formas nada neutrales de negación de la misma, por el lado de los artistas, y de consolidación de su estado, por el lado de las elites dominantes (políticamente dominantes, se entiende). Hay variaciones históricas: hoy la torre de marfil es una estratégica atalaya, un minarete o un campanario laico levantado por el mercado de consumo. El artista es menos el rey de su torre, pero su labor consiste en hacer creer que su arte es pura creación, incontaminada por las leyes del mercado o con la moral y la política hegemónica. Porque más que de contradicciones —como afirmaban los marxistas— el capitalismo tardío está construido de sutiles coherencias, de pensamiento único, etc. El capitalismo es consecuente con sus contradicciones.

La explicación de los más fieles consumidores de arte comercial es siempre la misma: buscan una forma sana de diversión que no esté contaminada de violencia o de política, todo eso que abunda en los informativos y en los escritores “difíciles”. Lo que nos recuerda que pocos partidos hay tan demagogos y populistas como el partido imperial del mercantilismo, con sus eternas promesas de juventud eterna, de satisfacción plena y de felicidad infinita. La idea de “diversión sana” lleva implícito el entendido de que la ficción fantástica o la ciencia ficción son géneros neutrales, aparte de la historia política del mundo y aparte de cualquier manipulación ideológica. Hay por lo menos cinco razones para este consenso: (1) también así pensaban grandes de la literatura, como Jorge Luis Borges; (2) escritores mediocres han confundido frecuentemente la profundidad o el compromiso del escritor con el panfleto político; (3) es lícito entender el arte desde esta perspectiva purista, porque el arte también es diversión y pasatiempo; (4) la idea de neutralidad es parte de la fuerza de una cultura hegemónica que es todo menos neutral; por último, (5) se confunde neutralidad con “valores dominantes” y a éstos con lo universal.

A partir de aquí, creo que es muy fácil advertir al menos dos grandes tipos de arte: (1) aquel que busca dis-traer, di-vertir. Es decir, aquel que procura “salirse del mundo”. Paradójicamente, la función de este tipo de arte es la inversa: el consumidor sale de su rutina laboral y entra en este tipo de ficción pasatista para recuperar energías. Una vez fuera de la sala onírica del cine, fuera del best-seller mágico, la obra no importa más que por su valor anecdótico. Es el olvido lo que importa: dentro de la obra se procura olvidar el mundo rutinario; al salir de la obra, se procura olvidar el problema planteado por la misma, ya que siempre es un problema inventado al comienzo (el muerto) y solucionado al final (el asesino era el mayordomo). Esta es la función del happy ending. Es una función socialmente reproductiva: reproduce la energía productiva y los valores del sistema que se sirve de ese individuo agotado por la rutina. La obra de arte cumple aquí la misma función que el prostíbulo y el autor es apenas la prostituta que cobra por el placer reparador.

Diferente es el tipo de arte problemático: no es confort lo que ofrece a quien entra en su territorio. No es olvido sino memoria lo que le reclama a quien sale de él. El lector, el espectador no olvidan lo expuesto en ese espacio estético porque el problema no ha sido solucionado. La gran obra no soluciona un problema porque no ha sido ella quien lo ha creado: es la exposición del problema existencial del individuo, lo que se llevará al salir de ella. Está claro que en un mundo consumista este tipo de arte no puede ser el prototipo ideal. Paradójicamente, la obra problemática es una implosión del autor-lector, una mirada hacia adentro que debería provocar una conciencia crítica en el exterior que lo rodea. La obra pasatista es lo inverso: es anestesia que impone el olvido del problema existencial reemplazándolo con la solución de un problema creado por la obra misma.

Quiero decir que, al reconocer las múltiples dimensiones y propósitos de una obra de arte —que incluye la diversión y el solo placer estético—, significa también reconocer las dimensiones ideológicas en cualquier producto cultural. Es decir, también una obra de “pura imaginación” está recargada de valores políticos, sociales, religiosos, económicos y morales. Bastaría con poner el ejemplo de la ciencia ficción en Julio Verne o de la literatura fantástica de Adolfo Bioy Casares. La invención de Morel (1940) calificada por Borges como perfecta, es también la perfecta expresión de un escritor de la clase alta argentina que podía darse el lujo del cultivo de la imaginación más descarnada en medio de una sociedad convulsionada por “la década infame” (1930-1943) Un lujo y una necesidad para una clase que no quería ver más allá de su estrecho círculo llamado “universal”. ¿Qué hay más alejado de los problemas de la Argentina del momento que una isla perdida en medio del océano, con una máquina reproduciendo la nostalgia de una clase alta, hedonista por donde se la mire, con un individuo perseguido por la justicia que busca un Paraíso sin pobres y sin obreros? ¿Qué más alejado de un mundo en medio del holocausto de la Segunda Guerra mundial?

La libertad, quizás, sea la principal característica diferencial del arte. Y cuando esta libertad no le da vuelta la cara a la realidad trágica de su pueblo, entonces la característica se convierte en conciencia moral. La estética se reconcilia con la ética. La indiferencia nunca es neutral; sólo la ignorancia es neutral, pero resulta un problema ético y práctico promoverla en nombre de alguna virtud.

Jorge Majfud

The University of Georgia

Julio 2007

The Terrible Innocence of Art

The idea that art exists beyond all social reality is similar to the disembodied theology that proscribes political interpretations of the death of Jesus; or to the nationalist mythologies imposed like sacred universal values; or the templars of language, who are scandalized by the ideological impurity of the language used by rebellious nations. In all three cases, the reaction against social, political and historical interpretations or deconstructions has the same objective: the social, political and historical imposition of their own ideologies. The very “death of ideologies” was one of the most terrible of ideologies since, just like the other dictatorial states of the status quo, it presumed its own purity and neutrality.

In the case of art, two examples of this ideology were translated in the idea of “art for art’s sake” in Europe, and in the Modernismo of Spanish America. This latter, although it had the merit of reflecting upon and practicing a new vision with regard to the instruments of expression, soon revealed itself to be the “ivory tower” that it was. Not without paradox, its greatest representatives began by singing the praises of white princesses, non-existent in the tropics, and ended up becoming the maximal figures of politically-engaged literature of the continent: Rubén Darío, José Martí, José Enrique Rodó, etc. Decades later, none other than Alfonso Reyes would recognize that in Latin America one cannot make art from the ivory tower, as in Paris. At most, in the midst of tragic realism one can make magical realism.

Ivory towers have never been constructions indifferent to the rawness of a people’s reality, but instead far from neutral forms of denial of that reality, on the artists’ side, and of consolidation of its state, on the side of the dominant elites (politically dominant, that is). There are historical variations: today the ivory tower is a watchtower strategy, a secular minaret or belltower raised by the consumer market. The artist is less the kind of his tower, but his labor consists in making believe that his art is pure creation, uncontaminated by the laws of the market or with hegemonic morality and politics. At the foot of the stock market tower run rivers of people, from one office to another, scaling in rapid elevators other glass towers in the name of progress, freedom, democracy and other products that spill from the communication towers. All of the towers raised with the same purpose. Because more than from contradictions – as the Marxists would assert – late capitalism is constructed from coherences, from standardized thought, etc. Capitalism is consistent with its contradictions.

The explanation of the most faithful consumers of commercial art is always the same: they seek a healthy form of entertainment that is not polluted by violence or politics, all that which abounds in the news media and in the “difficult” writers. Which reminds us that there are few political parties so demagogic and populist as the imperial party of commercialism, with its eternal promises of eternal youth, full satisfaction and infinite happiness. The idea of “healthy entertainment” carries an implicit understanding that fantasy and science fiction are neutral genres, separate from the political history of the world and separate from any ideological manipulation. There are at least five reasons for this consensus: 1) this is also the thinking of the literary greats, like Jorge Luis Borges; 2) mediocre writers frequently have confused the profundity or the commitment of the writer with the political pamphlet; 3) it is justifiable to understand art from this purist perspective, because art is also a form of entertainment and pastime; 4) the idea of neutrality is part of the strength of a hegemonic culture that is anything but neutral; lastly, 5) neutrality is confused with “dominant values” and the latter with universal values.

At this point, I believe that it is very easy to distinguish at least two major types of art: 1) that which seeks to distract, to divert attention (“divertir” means to entertain in Spanish). That is to say, that which seeks to “escape from the world.” Paradoxically, the function of this type of art is the inverse: the consumer departs from his work routine and enters into this kind of entertaining fiction in order to recuperate his energies. Once outside the oneiric lounge of the theater, outside the magical best-seller, the work of art no longer matters for more than its anecdotal value. It is the forgetting that matters: within the artwork one is able to forget the routine world; upon leaving the artwork, one is able to forget the problem presented by that work, since it is always a problem invented at the beginning (the murder) and solved at the end (the killer was the butler). This is the function of the happy ending. It is a socially reproductive function: it reproduces the productive energy and the values of the system that makes use of that individual worn out by routine. The work of art fulfills here the same function as the bordello and the author is little more than the prostitute who charges a fee for the reparative pleasure.

Different is the problematic type of art: it is not comfort that it offers to whomever enters into its territory. It is not forgetting but memory that it demands of he who leaves it. The reader, the viewer do not forget what is exhibited in that aesthetic space because the problem has not been solved. The great artwork does not solve a problem because the artwork is not the one who has created it: the exposition of the existential problem of the individual is what will lead to departure from it. Clearly in a consumerist world this type of art cannot be the ideal prototype. Paradoxically, the problematic artwork is an implosion of the author-reader, a gaze within that ought to provoke a critical awareness of one’s surroundings. The entertaining artwork is the inverse: it is anasthesia that imposes a forgetting of the existential problem, replacing it with the solution of a problem created by the artwork itself.

I mean to say that, recognizing the multiple dimensions and purposes of a work of art – which include entertainment and mere aesthetic pleasure – means also recognizing the ideological dimensions of any cultural product. That is to say, even a work of “pure imagination” is loaded with political, social, religious, economic and moral values. It would suffice to pose the example of the science fiction in Jules Verne or of the fantastical literature of Adolfo Bioy Casares. Morel’s Invention (1940), considered by Borges to be perfect, is also the perfect expression of a writer of the Argentine upper class who could allow himself the luxury of cultivating the starkest imagination in the midst of a society convulsed by the “infamous decade” (1930-1943). A luxury and a necessity for a class that did not want to see beyond its narrow so-called “universal” circle. What could be farther from the problems of the Argentina of the moment than a lost island in the middle of the ocean, with a machine reproducing the nostalgia of an unbelievably hedonistic upper class, with an individual pursued by justice who seeks a Paradise without poverty and without workers? What could be farther from from a world in the midst of the Holocaust of the Second World War?

Nevertheless, it is a great novel, which demonstrates that art, although it is not only aesthetics, is not only politics either, nor mere expression of the relations of power, nor mere morality, etc.

Freedom, perhaps, may be the main differential characteristic of art. And when this freedom does not turn its face away from the tragic reality of its people, then the characteristic turns into moral consciousness. Aesthetics is reconciled with ethics. Indifference is never neutral; only ignorance is neutral, but it proves to be an ethical and practical problem to promote ignorance in the name of some virtue.

Dr. Jorge Majfud

Translated by Dr. Bruce Campbell