Díaz Pacheco: El naufragio del factor humano

El naufragio del factor humano

Humanismo y antihumanismo

Nuestro tiempo es testigo de una lucha que es, a un mismo tiempo, clara en sus definiciones y turbia en sus procedimientos. Después de un breve momento de excesivo esplendor, el existencialismo cayó en la miseria del descrédito y el olvido. A pesar de su sospechosa frivolidad parisiense, podemos reconocer que fue el último gran proyecto del humanismo. Pronto, en los años sesenta, otros franceses —Lévi-Strauss, Michael Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida— se encargarían de darle el golpe de gracia reestableciendo y profundizando una corriente de pensamiento antihumanista que dura hasta nuestros días con sus estratégicas variaciones. Como siempre, el marxismo servirá para múltiples propósitos: si en Sastre potenciaba y daba sentido a un pensamiento humanista, en los marxistas posmodernos servirá para confirmar el antihumanismo de la dinámica de las sociedades: el sujeto, el individuo no existe.

Entiendo que el mayor mérito de este pensamiento es la destrucción de mitos sociales como los de libertad, individuo y progreso. Pero el antihumanismo no es sólo materialista. Según Frederic Jameson y Jacques Lacan, el hombre es un esclavo del lenguaje y, por lo tanto, no es el creador de sus propios pensamientos. También un “anti-estructuralista” como Jacques Derrida es, igual que sus adversarios, un antihumanista: la diferencia fundamental entre Derrida y sus antecesores consiste en responder a la cuestión central de Jorge Luis Borges: ¿es el Universo un caos o un laberinto? Si es un laberinto hay, aunque oculto, un orden, una jerarquía, un centro. Si los estructuralistas se deciden por el laberinto, Derrida elige el caos o, al menos, un laberinto sin centro, sin orden jerárquico. Este orden o desorden está referido a las relaciones simbólicas. Derrida reconoce en Nietzsche a su precursor. Madan Sarup advierte una línea desde Nietzsche hasta Derrida que tiende, no sin paradoja, al abandono del sujeto humano como objeto del pensamiento. Antes de la Teoría de la Relatividad en las ciencias, Nietzsche había negado la posibilidad de un punto de vista privilegiado, la existencia de un mundo único, visto desde diferentes contextos culturales. No; sólo hay perspectivas y ninguna es definitiva. Como lo sugirieron los sofistas y quiso negarlo Sócrates y la tradición racionalista, no hay posibilidad de escapar a los límites del lenguaje; el pensamiento está basado y limitado por el instrumento retórico que pretende expresarlo.

Ahora, notemos que el abuso de nuestro tiempo consiste en que el pensamiento de izquierda se ha refugiado en el antihumanismo mientras que el pensamiento de derecha —suponiendo que esto no es un oximoron— ha tomado el discurso humanista, o pseudohumanista, de la “libertad” del individuo. Lo que en Sastre era inevitable —estamos condenados a ser libres—, lo que en los críticos de la modernidad era una utopía posible —el rescate del individuo alienado por el individualismo, desde pensamientos tan diferentes como el de Borges, Sábato y Ernesto Che Guevara—, en el Occidente de principios de siglo XXI es apenas un discurso conveniente a las tácticas y estrategias de dominación imperiales o de clase. Tenemos, entonces, el viejo humanismo secuestrado por las ideologías del poder y la crítica antihumanista reaccionando contra este mito impuesto. En cierta forma y medida, toda reacción es prisionera de la acción que pretende contestar. Pero este círculo vicioso no es inevitable y salirse de él significa el inicio de una liberación. Aún es posible rescatar el humanismo. Aún es posible prever la rebelión del individuo. De hecho, también las actuales reacciones conservadoras en el mundo son eso:reacciones ante una nueva realidad que puja por surgir. El problema es saber cuántos años, cuántas décadas llevará esta liberación, esta rebelión del individuo y si, finalmente, un día será posible o morirá antes de nacer. Con respecto a esto, soy un pesimista esperanzado.

Ahora, desde un punto de vista histórico, y al decir del filósofo español Eduardo Subirats en referencia de Horkheimer y Adorno, la cultura ha sido absorbida por los medios de producción y reproducción mecánica; la industria cultural “usurpa al sujeto su función intelectual”. N. García Canclini estaría de acuerdo: la cultura popular es gestionada y conducida por los empresarios según las reglas del mercado. Es decir, estamos ante la posición contraria según la cual el individuo no existe porque no existe su pretendida libertad. Repetir como en un rosario que soy libre no nos hace más libres sino todo lo contrario.

Si consideramos cómo se forman las ideologías y, probablemente, también las ideas humanas, había más razones para ser antihumanista que para ser un humanista tardío. Pero si ésta fuese una verdad radical, la historia misma del pensamiento ya se hubiese detenido hace mucho tiempo. Bastaría con advertirlo para tener una buena razón para emprender una lucha quijotesca contra ese monstruo paralizante. Es decir, somos humanos no por lo que tenemos sino por lo que nos falta. Somos humanos no sólo por lo que hemos hecho en la historia sino también por lo que pretendemos hacer de nosotros mismos. Somos lo que somos no sólo por lo que somos sino también por lo que no somos y pretendemos ser.

La literatura, ese “algo más”

Según Terry Eagleton, considerar algo así como una “teoría literaria pura” es un mito académico: es una forma de ignorar la historia y las implicaciones (y las motivaciones) políticas de dicha teoría. Sin embargo, como ya lo expusimos en otro ensayo, podemos considerar cada aspecto de la experiencia existencial desde cada uno de los otros aspectos de esa misma complejidad; y si queremos evitar simplificaciones y convertir a un hombre o a una mujer en un cadáver disecado, debemos rescatarlo de la unidimencionalidad. La misma lucha es la que libra hoy la literatura. Es decir, una obra de arte puede ser entendida como una obra política, económica, religiosa, sexual, ideológica, etc. Pero si Hamlet fuese sólo un instrumento —producto y reproductor— de una ideología, sería un discurso político y no una obra de arte. Claro, en este punto se podría argumentar que la diferencia radica en la definición de lo qué es una obra de arte. En otro momento el mismo Eagleton pareciera responder a este punto contra nuestro argumento: Shakespeare no es simplemente “gran literatura” reposando en nuestras manos, la cual la “institución literaria” (la academia, la crítica) debe descubrir. Es gran literatura porque la institución la ha definido como tal. El razonamiento parece de hierro. Pero se quiebra bajo cierto esfuerzo. Por un lado Eagleton procura escapar a cierto escencialismo, a cierto platonismo al considerar “la gran literatura que debe ser descubierta”, como si fuese una cosa concreta que está debajo de una trama que el crítico puede y debe remover. Sin embargo, por otro lado cae en ese mismo escencialismo del que pretende escapar, creando, inadvertidamente, un objeto platónico llamado “institución literaria”. Es decir, una obra de arte es una gran obra de arte no por sí misma sino porque esa institución (la crítica, la academia, la tradición) lo ha establecido así hace cuatrocientos años. Más, ese objeto trascendente llamado “institución” tendría más de dos mil años si consideramos la literatura griega. Por la misma línea podemos recordar el razonamiento de Ernesto Sábato sobre una observación de Karl Marx, quien se asombraba del hecho de que la tragedia griega pudiese sobrevivir cuando las condiciones económicas y sociales habían desaparecido mucho tiempo atrás. La respuesta de Sábato, aunque no libre de cierto “escencialismo” descansaba en la “condición humana”, es decir, en aquellos elementos “profundos” del alma humana que se prueba con la misma resistencia y sobrevivencia de Esquilo o de Homero. “El arte no es sólo expresión sino creación, y así añade algo diferente a la realidad de la que surgió”, dice Sábato. La literatura no se explica sin “ese fenómeno tan extraño que hace perdurar el arte muchísimo tiempo después que las estructuras sociales y económicas en que surgió han desaparecido por completo”.  El psicoanálisis estaría gustoso con este tipo de respuestas, no obstante nos sirve para responder a aquellos que pretenden reducir un texto a una única dimensión de su contexto. Cada acto humano es un acto político, es un acto religioso, es un acto económico, es un acto artístico, es un acto ideológico; pero no puede ser reducido a ninguno de sus componentes. Y lo mismo podríamos decir de los otros componentes de la complejidad humana. La estética no puede ser reducida a una ideología; no obstante, cada estética posee una dimensión ideológica al servicio de una clase social, de un género sexual, de un grupo determinado en un determinado momento. En una palabra, no hay acción humana que sea inocente, no hay obra de arte que esté libre de implicaciones metaartísticas, como no hay teoría independiente del resto de los factores “metateóricos”: factores estéticos, políticos, económicos, ideológicos y sexuales. En La deshumanización del arte, Ortega y Gasset había observado que estudiar al arte por la psicología era como estudiar al cuerpo humano por la sombra que arroja. Nuestra respuesta ha sido, repetidas veces, que la literatura (o las literaturas) sólo se pueden definir por su diferencia indefinible: una obra de arte es la integración de todas las dimensiones posibles de la experiencia existencial más “algo más” que no está incluida en ninguna de esas dimensiones consideradas de forma aislada. En el caso del arte, ese “algo más” es lo que lo aproxima a la vida humana, es ese “algo más” que diferencia a un hombre de su cadáver. Si un fenómeno biológico puede ser reducido a leyes químicas, la literatura —como la vida— procede de forma inversa: comienza a existir en el momento en que escapa a la reducción explicativa y logra ese algo másinalcanzable por la razón y el análisis. Razón por la cual podemos decir que desde un punto de vista crítico, académico, no estudiamos literatura sino el fenómeno socialde la literatura. La literatura es otra cosa. La literatura estará siempre en los márgenes sagrados del ser humano para humanizarlo. Pero la gran literatura —atrevámonos a juzgar categorías, digamos de una vez que no todo es oro ni todo es basura— tampoco está en los balances financieros de las grandes empresas ni en los supermercados. El consumidor es el individuo simplificado: es la no persona. Cuando estamos en presencia de literatura chatarra, de literatura para consumidores, estamos ante ese “algo menos” que entiende y promueve un individuo unidimensional, al servicio de un sistema metahumano, de una sociedad que todo lo cuantifica, que define el éxito por el incremento del Producto Bruto Interno.

El factor humano rescatado en la literatura de Agustín Díaz Pacheco

El humanismo, al menos como la última utopía de Occidente, está vivo en la gran literatura de nuestro tiempo. Con él, el mismo individuo, con sus contradicciones, con sus aspiraciones y fracasos, con el desafío subversivo de su imaginación. Es aquí donde cumple su antigua y sagrada función esa raza de escritores a la cual pertenece Agustín Díaz Pacheco. El autor de Línea de naufragiocarece de la parafernalia y del circo que caracteriza la mayor parte de la literatura contemporánea. Su humildad lo salva y lo pierde. A pesar de una colección de premios recibidos en diferentes concursos, de lectores consecuentes que siguen su obra de este lado del Atlántico y del otro, no creo exagerar al afirmar que nunca ha sido reconocido como se merece. Tal vez nunca lo sea mientras vivamos bajo el imperio de la frivolidad. O tal vez no sea necesario ni sea su destino atraer y complacer a las grandes masas consumidoras. Porque, en definitiva, ese tipo de éxito sería como una palada de tierra sobre la tumba del creador. Otro tipo de éxito le está reservado como a pocos: su prosa, su arte problemático lo sobrevivirá. No creo que esto pueda significarle una forma de aliento personal, pero es la única forma que tiene el tiempo —ese insobornable crítico— de premiar a sus hijos prodigios.

En la primera mitad del siglo XX muchos declararon que el arte se había deshumanizado. Según otros, se trataba de un arte corrupto y degenerado. Sábato observó que no era el arte sino la humanidad quien estaba deshumanizada. Quien afirme que la literatura de Díaz Pacheco es una lectura difícil debería comprender algo semejante: es esta raza de escritores responsables la que persiste en exigirlealgo al lector. Los otros buscarán la complacencia de aquellos que han dejado de hacer el esfuerzo de comprender la literatura y el mundo. No son individuos; son consumidores. Pagan y reclaman una satisfacción inmediata. Las grandes editoriales se especializan precisamente en eso: en premiar la literatura fácil, en anestesiar la conciencia de los lectores alienados por la frivolidad y el consumo.

Fuera de los circuitos comerciales y de las pasarelas de la moda, con frecuencia Díaz Pacheco alcanza la dignidad de los clásicos. Actualmente, su obra comienza a ser objeto de estudio en algunas universidades de Estados Unidos. No sin paradoja —o como reacción natural— este autor, fuera de los circuitos de consumo, no encuentra dificultades en ser comprendido y admirado por jóvenes lectores, insatisfechos con lo que hay. Varios de sus cuentos integran el syllabus de The University of Georgia, además de haber sido seleccionado —con Roberto Arlt, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Ernesto Sábato y Elena Poniatowska— para encabezar diferentes proyectos de análisis de la literatura hispánica.

Libros como El camarote de la memoria, Breves atajos y Línea de naufragiosignifican una forma de resistencia, una negación y una confirmación: es esa otra voz que la propaganda ignora o pretende acallar. Es esa voz incómoda, admirable, que no encaja ni en la literatura de consumo ni se rebaja al viejo panfleto político. Es el índice cuya vocación es señalar permanentemente ese “algo más” que nos recuerda que el “factor humano” es inabarcable, que la misión del arte es rescatar al individuo de la simplificación, de la repetición monótona de la existencia, de la alienación. Es así que sus cuentos van de la simplicidad elegante de una historia razonable hasta tocar y vulnerar los límites de la comprensión racional; navegan desde la simple percepción estética, desde la emoción de la más humilde experiencia vital hasta la duda y la angustia; desde la fascinación y el temor hasta la experiencia de la euforia y el fracaso, desde la creación irracional de “Bedieza” hasta la ironía y la parodia consciente de “Destoicos”. En la pluralidad, en la desafiante exposición de sus historias, Agustín Díaz Pacheco reconstruye un ser humano complejo, alienado y devastado por la propaganda. Su literatura radica en enfocar su halo de luz sobre esa otra parte de la naturaleza humana, quizás la mejor, quizás la más auténtica, seguramente la más valiente, que se resiste a perecer en un mundo de simulacros. Sus temas son diversos, contradictorios como las nieves tropicales del Teide, pero marcados por igual por su carácter marginal: el inefable laberinto del mar, la isla, el archipiélago como metáfora central, la comunión malograda, la derrota y la humillación de un triste boxeador caído al que se le arroja unas monedas, como parte del salvaje espectáculo de la frivolidad. Con frecuencia, sus historias rescatan el misterio que subyace en un mundo olvidado, anestesiado por la sobreexcitación artificial del consumo moderno: nos recuerdan el factor humano perdido o a punto de naufragar.

Si José Saramago eligió las islas Canarias para vivir —el rincón más periférico de Europa, la Europa morena, entre Barbaria y América Latina—, Agustín Díaz Pacheco no: es un hijo natural de esas islas fantásticas, nacidas de violentas erupciones volcánicas, rodeadas aún del antiguo aura de misterio al mismo tiempo que maquillada por la nueva Europa que ha promovido su propio paraíso exótico, sus fantasías tropicales. Díaz Pacheco es un hijo del margen y de la antigua Europa humanista. Sus cuentos poseen la virtud de la pincelada breve, precisa o enigmática, pero nunca complaciente. Lo que queda de individuo en el hombre y la mujer de nuestro tiempo resurgen y resisten todavía en sus páginas. Y seguirán resistiendo, hasta que la fragata naufrague y nuestra humanidad alcance definitivamente la alienación, la deriva sin rumbo o naufrague en la tormenta.

Es en la gran literatura donde comienza el mundo humano que el análisis no puede alcanzar. Es ahí donde abandono mis razonamientos para dejar paso a esa otra aventura humana. Es necesario, no obstante, una última advertencia antes de abandonar tierra firme: el mar al que entran a partir de aquí es insondable, está cruzado de impredecibles corrientes y no existe una carta de navegación precisa; tampoco los cielos giran según el orden inalterable de la astronomía. Aquellos lectores que no resistan el desafío, naufragarán.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 2006.

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