La pesada carga del hombre blanco, II

Los buenos creamos el mundo y toda su riqueza

El autor del texto no es responsable por las opiniones generadas en este audio a partir del mismo.

El 2 de agosto de 2026, el Wall Street Journal publicó un artículo destacado de opinión titulado “A Brief History of Wealth Creation” y subtitulado “The ancients aggregated wealth. America was built by creating it. Socialists are blind to all this.” (“Breve historia de la creación de riqueza. Los antiguos acumulaban riqueza. Estados Unidos se construyó creándola. Los socialistas son ciegos a todo esto”.)

Allí el autor, John Steele Gordon, no sólo demuestra una profunda y estratégica ceguera histórica sobre cómo Estados Unidos creó riqueza, sino un nerviosismo creciente del establishment por un cambio en la opinión de parte del pueblo estadounidense hacia “los ciegos socialistas”.

Gordon comienza con una observación correcta, que usará para diferenciar a su propio Imperio: “La grandeza del Imperio romano se cimentó en la acumulación de riqueza. Valiéndose de una organización militar superior, Roma conquistó a sus vecinos, se apoderó de su oro y plata, y vendió a sus poblaciones como esclavos. Cuando el imperio se quedó sin vecinos que conquistar, la economía romana comenzó a tambalearse”.

Enseguida, el autor no sólo realiza un salto milenario, obviando la historia del capitalismo que destruyó y vampirizó a todos los continentes del mundo desde el siglo XV, sino que pasa por el costado del período fundacional de Estados Unidos, desde los asaltos, robos y masacres de sus vecinos indígenas de los colonos para vender sus tierras (sobre todo a partir de la Royal Proclamation Act de 1763) y luego el robo de más de la mitad del territorio de sus vecinos mexicanos, hasta la acumulación de riqueza basada en la esclavitud, institución que fundó la acumulación extractiva de los grandes bancos y corporaciones que luego invertirían en la industria y que, aún hoy, existen con los mimos nombres.

Cuando Gordon describe cómo el Imperio romano se hizo rico y poderoso, lo hace describiendo a la perfección el Imperio americano. Reescribamos el primer párrafo de Gordon:  La grandeza del Imperio americano se cimentó en la acumulación de riqueza. Valiéndose de una organización militar superior, Estados Unidos ‘conquistó’ a sus vecinos, desde los territorios nativos hasta los territorios mexicanos; se apoderó de sus tierras, de su oro y de todos sus recursos; reinstauró y expandió la esclavitud donde era ilegal o no existía. Cuando el imperio se quedó sin vecinos que conquistar y sin protectorados de ultramar que someter, la economía americana comenzó a tambalearse.

Pese a su propia cita sobre Roma, Gordon confunde creación de riqueza con acumulación: “Hoy en día, Estados Unidos atraviesa la mayor época de creación de riqueza que el mundo haya conocido jamás. Nuestra historia es una historia de innovación, y todos somos más ricos gracias a ella”.

Estados Unidos atraviesa su mayor época de declive. Su mayor extracción de riqueza procede de lo que el presidente y general Ike Eisenhower advirtió con preocupación: el Complejo Militar Industrial; procede de las guerras y del juego financiero; procede de la creación virtual de dólares… Todas prácticas improductivas, destructivas y extractivas. La creación real de riqueza material es hoy liderada por China y, en menor medida, por otros países, incluidos los países pobres como el Congo, de donde se continúa extrayendo el material básico para la industria electrónica a fuerza de cientos de miles de esclavos, incluyendo 40.000 niños que ganan un par de dólares diarios sin poder estudiar, mientras se envenenan en las minas que alimentan y hacen posible nuestra prosperidad.

Las innovaciones han sido algo común en distintos periodos de la historia, como por ejemplo la explosión de innovación científica y tecnológica del Imperio islámico, cuyos descubrimientos y desarrollos matemáticos (desde los números hasta el álgebra y los algoritmos) y la separación de la razón y la verdad religiosa fueron la base de las ciencias modernas. Incluso simples inventos que tardaron siglos en desarrollarse, como la rueda o la escritura, fueron miles de veces más importantes para la historia y el presente de la humanidad que Internet o los chips que venera el señor Gordon.

Con una ingenuidad que ni un estudiante de primaria presumiría, Gordon cree que la creación de riqueza se demuestra con la lista de millonarios de Forbes:

“En 1982, se requerían 100 millones de dólares para figurar en la Lista de Forbes; el estadounidense más acaudalado era Daniel Keith Ludwig, con una fortuna de 2000 millones de dólares… En 2025, se necesitaban 3800 millones de dólares para entrar en la lista, y quien ocupaba el primer puesto era Elon Musk, con una fortuna de 428 000 millones de dólares… ¿Cómo se produjo este rápido aumento de la riqueza? La respuesta es sencilla: gracias al microprocesador y a Internet”.

En 1982, Washington continuaba destruyendo democracias en África y América Latina y apoyando decenas de regímenes fascistas y neocoloniales, incluido el apartheid de Sudáfrica, y comenzaba su etapa de endeudamiento inoculado en los países del Sur Global. La lógica era y es sencilla: nosotros imprimíamos dólares sin respaldo, se los prestábamos a los países con recursos naturales y producción real, de forma que debieran exportarlos a un precio de miseria para que pudieran comprar dólares y, con ellos, nos pagaran deudas que nunca podían pagar ni nosotros queríamos que nos pagaran, por obvias razones.

Luego el Sr. Gordon se detiene en alabar los inventos de la Revolución Industrial como si se tratase de la Creación original. Una vieja costumbre occidental. Por supuesto que esta Revolución produjo enormes cambios, como muchas otras revoluciones. La que Gordon se refiere, ocurrió en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, dos siglos después de que Inglaterra destruyese la naciente revolución industrial en India y Bangladesh, los centros de la economía mundial de los siglos anteriores a la llegada de las “compañías europeas”. No, Sr. Gordon; la máquina de vapor no la inventó James Watt en 1781. Taqi al-Din, en la actual Turquía, ya había construido una turbina a vapor en 1551. Antes, en el siglo X, los árabes crearon autómatas con válvulas y sistemas de control hidráulico. Mil años antes que estos, Herón de Alejandría, en Egipto, también.

Como casi todos los descubrimientos e inventos europeos desde el Renacimiento, fueron reelaboraciones de tecnologías e ideas científicas ya conocidas y practicadas por culturas y pueblos que el supremacismo europeo convenientemente enterró bajo toneladas de tierra, no solo olvidando herencias anteriores, sino sus propios robos intelectuales y sus propios crímenes que, solo durante el capitalismo, se cuentan en varios cientos de millones de muertos.

La misma revolución industrial inglesa no hubiese sido posible sin la privatización de las tierras comunales en Europa y sin el robo de todo tipo de recursos económicos de América Latina (luego de África) que sirvieron para alimentar a los campesinos desplazados y hacinados en las nuevas ciudades industriales. Es más, invenciones como la máquina de hilar algodón provocaron que, poco después de que Inglaterra ilegalizara la compraventa de africanos, la esclavitud fuese expandida unas décadas después por los estadounidenses sobre Texas y otros territorios mexicanos donde era ilegal. Es decir, Sr. Gordon, la definición perfecta de “riqueza por extracción”.

Bueno, Sr. Gordon, termine de una vez: “En 1859, se perforó el primer pozo petrolífero. Para el año 1900, los nombres de Rockefeller y Flagler ya eran legendarios, y el precio del queroseno había descendido”. Otra vez, todo logrado en base a violentos golpes de Estado y las dictaduras más violentas en “países atrasados”. ¿Extracción? ¿Opresión? Oh, no, “creación de riqueza”.

Finalmente, Grodon cierra su Frankenstein con el siguiente párrafo:

“Steve Jobs y Steve Wozniak fundaron poco después Apple y desarrollaron la primera computadora personal destinada al mercado masivo que llegó a los consumidores. Microsoft suministró software a IBM y Bill Gates se convirtió, durante un tiempo, en el hombre más rico del mundo. Gracias a estos hombres, hoy en día los escolares llevan en sus mochilas más potencia informática de la que el Pentágono habría podido permitirse en la década de 1950”.

Por supuesto que el autor no va a mencionar que ninguno de esos genios creó algo relevante, excepto empresas privatizadoras y extractoras de riqueza. Las innovaciones tecnológicas del siglo XX no sólo se basan en miles de años de innovaciones, patrimonio de la humanidad, sino que las investigaciones más importantes y costosas fueron realizadas por los gobiernos que tenían dinero extraído de los países neocolonizados: París, Londres y Washington. Incluso la Unión Soviética aportó innovaciones como los primeros satélites. Starlink de Elon Musk le debe a Stalin algo, además de todo lo que ha succionado directamente del gobierno de Estados Unidos, es decir, de los contribuyentes.

Lo del título: el lamento y el elogio de sí mismo de Rudyard Kipling sobre “la pesada carga del hombre blanco”.

Jorge Majfud

agosto 2026


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