La incoherencia de los otros

No siempre pero, por lo general, las discusiones políticas no conducen a nada. Cada vez menos, porque la cultura del disenso civilizado se ha perdido casi completamente (probable efecto de sustituir las tertulias de café, cara a cara, por el barbarismo semianonimo y a distancia de las redes sociales) y la política se ha convertido en una pasión de fútbol, en un acto de fe religioso contra cualquier evidencia. En el hemisferio norte se ha deteriorado aún más rápido que en el sur y ya desde hace tiempo campea el tribalismo. Como todo, o casi todo, aquí siempre ocurre primero y se realiza más rápido. Pera peor, algunos andan a la búsqueda de (¿cómo decirlo?) un “tenis dialéctico” y no sé cómo hacen pero logran meterte en su juego.

Más o menos la cosa fue así:

—¿Vio que Daniel Martínez, el candidato socialista a la presidencia de Uruguay, tiene una hija estudiando aquí en Estados Unidos? —me dijo un visitante de Uruguay.

—No sabía. Pero muchos chinos son comunistas y tienen cientos de miles de hijos estudiando aquí. También nuestros estudiantes estadounidenses van a estudiar a Cuba, aunque el gobierno de aquí no les permite mucho tiempo. Por no hablar de los votantes de Trump que pasan sus vacaciones en Cancún o se jubilan y se van a vivir a Ajijic en México.

—Incoherencias. Como ese Rafael Correa, el expresidente de Ecuador. ¿Lo conoce? Se recibió de economista aquí en Estados Unidos… ¿Sabía?

—Sí, una buena parte de los yanquis dicen lo mismo: las universidades están infestadas de progresistas. Hace años, tal vez dos décadas, copié el artículo “¿Por qué el socialismo?” de Einstein, de cuando daba clases en Princeton University, y lo publiqué en un foro con otro nombre. El texto recibió una lluvia de insultos. “Idiota” y “Retardado mental” fue de lo más amable que escribieron los genios. Tal vez el hombre estaba equivocado, pero retardado mental… Las universidades se caracterizan por reclutar tontos de todas partes del mundo. Hice lo mismo con otro texto del Dr. Martin Luther King, sobre su socialismo y contra la guerra de Vietnam. “Traidor” y “antipatriota” fueron de las acusaciones favoritas…

—¿Es usted socialista?

—Nunca supe qué soy, exactamente, y no creo que sea importante. Cuando era niño los militares me arrastraron de un brazo por no obedecer órdenes y un par de profesores en la secundaria me expulsaron de clase por preguntar qué entendían ellos por democracia y derechos humanos. Pero Rebelde sería un título muy grande. Inconformista, tal vez. Sí, suena menos pretencioso y no llega a ser un insulto.

—Yo no me avergüenzo de decir que yo sí siempre supe quién soy y sé quién es quién cuando lo escucho hablar.

—Bueno, prefiero que no me lo diga. Para eso están los vómitos y comentarios a pie de página. Ahora, si le sirve de consuelo, en Estados Unidos hay más zurdos que en la mayoría de los países del Sur.

—A mí lo que me jode es la inconsistencia. Le repito, esa de Martínez…

—¿No es usted capitalista y neoliberal y vive en Uruguay, “gobernado por quince años por socialistas y tupamaros”, como dice usted mismo? A mí no me parece que eso sea una incoherencia. Sería sospechoso si todos pensaran como Mujica o como Tabaré Vázquez. Más que sospechoso, sería una secta de tres millones de individuos.

—No todos somos…

—Aquí tampoco somos todos… Mucho menos una secta de trescientos millones, aunque es lo que quisieran los autoproclamados patriotas, nacidos aquí o recién llegados, que se creen dueños de todo un país. ¿O también van a proponer una limpieza ideológica, país por país y comarca por comarca?

—Pero si se dicen socialistas deberían por lo menos vivir como Mujica, en una cueva. Al viejo tupamaro no lo trago, pero al menos vive en una cueva.

—Es lo que quisieran, que todos los que piensan diferente vivan en una cueva. Pero de verad no creo que el objetivo del socialismo sea la pobreza sino todo lo contrario. El hombre vive como quiere vivir no porque sea socialista sino porque es un poco hippie, medio Thoreau. Igual eso no lo salva de los insultos. En julio estuve en Uruguay y una señora, que hablaba igualito a Mujica, me quería convencer de “todo lo que se había robado Mujica”. Le faltó decir que por eso vive en un palacio.

—Socialistas ricos como Maradona hay muchos.

—No me interesa la vida privada de Maradona ni la ningún otro ejemplo particular, pero si es una incoherencia ser un socialista rico también lo es, y peor, ser un capitalista pobre, y de éstos no hay solo ejemplos y excepciones. Son la norma.

—Dele todas las vueltas que quiere darle al asunto. Pero al pan, pan y al vino, vino. Si uno es socialista no debería estudiar en Estados Unidos.

—Y todos deberían comer solo McDonald’s, mirar “beisbol” e ir a la iglesia los domingos por la mañana a lavar los trapos sucios…

—No caricaturice.

—¿Usted es capitalista y recurre al maldito Estado dos por tres? ¿Dónde está la coherencia, entonces?

—¿Yo? Yo pago mis impuestos. Es el Estado el que vive de mí.

—Pues muy bien, con toda esa plata que le paga de impuestos al Estado, intente pagar la policía que cuida de sus propiedades; las escuelas, la salud y la jubilación de sus hijos o de sus empleados; las ayuda a los más pobres para que no afeen la ciudad ni el frente de su casa ni las puertas de las iglesias; intente rescatar las grandes empresas capitalistas, generalmente insaciables, que cuando se hunden le van a llorar al gobierno de turno para que las salve… Haga cuentas y luego me dice si le alcanza.

—Si los privados invirtiésemos el dinero de los impuestos en fondos de inversión y nos organizáramos, podríamos hacer todo eso.

—Pues, justamente eso se llama Estado.  

 

JM, setiembre 2019

 

 

 

 

 

 

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El viejo cuento de la corrupción

French

English

La narrativa política que justifica cualquier opción como forma de acabar con la corrupción es tan antigua como la política y como la narrativa. En América Latina es un género clásico y sólo gracias a la poca memoria de los pueblos es posible repetirla, generación tras generación, como si se tratase de una novedad.

Pero esta narrativa, que sólo sirve a la consolidación o a la restauración de una determinada clase en el poder, se centra exclusivamente en la corrupción menor: un político, un senador, un presidente recibe diez mil o medio millón de dólares para favorecer a una gran empresa. Rara vez un pobre ofrece medio millón de dólares a un político para que le otorgue una pensión de quinientos dólares mensuales.

Es corrupto quien le paga un millón de dólares a un político para ampliar los beneficios de sus empresas y es corrupto el pobre diablo que vota por un candidato que le ha comprado las chapas para el techo de su casita en la villa miseria.

Pero es aún más corrupto aquel que no distingue entre la corrupción de la ambición y la corrupción de quien busca, desesperadamente, sobrevivir. Como decía la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz a finales del siglo XVII, antes que el poder del momento la aplastara por insumisa:

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

Rara vez las acusaciones de corrupción se refieren a la corrupción legal. Ni importa si, gracias a una democracia orgullosa de respetar las reglas de juego, diez millones de votantes aportan cien millones de dólares a la campaña de un político y dos millonarios aportan sólo diez millones, una propina, al mismo candidato. Cuando ese político gane las elecciones cenará con uno de los dos grupos, y no es necesario ser un genio para adivinar cuál.

No importa si luego esos señores logran que el congreso de sus países apruebe leyes que benefician sus negocios (recortes de impuestos, desregulación de los salarios y de las inversiones, etc.), porque ellos no necesitarán violar ninguna ley, la ley que ellos mismos escribieron, como un maldito ladrón que no le roba a diez millones de honestos e inocentes ciudadanos sino a dos o tres pobres trabajadores que sólo sentirán la ira, la rabia y la humillación por el despojo que ven y no por el que no ven.

Pese a todo, aún podemos observar una corrupción aún mayor, mayor a la corrupción ilegal y mayor a la corrupción legal. Es esa corrupción que vive en el inconsciente del pueblo y que no procede de otro origen sino de la persistente corrupción del poder social que, como una gota, cava la roca a lo largo de los años, de los siglos.

Es la corrupción que vive en el mismo pueblo que la sufre, en ese hombre cansando, de manos curtidas o de títulos universitarios, en esa mujer sufrida, con ojeras, o en esa otra de naricita levantada. Es esa corrupción que se va a la cama y se levanta con cada uno de ellos, cada día, para reproducirse en el resto de su familia, de sus amigos, como la gripe, como el ébola.

No es simplemente la corrupción de unos pocos individuos que aceptan dinero fácil por los misteriosos atajos de la ley.

No, no es la corrupción de quienes están en el poder, sino esa corrupción invisible que vive como un virus de la frustración de quienes buscan acabar con la corrupción con viejos métodos probadamente corruptos.

Porque corrupción no es solo cuando alguien da o recibe dinero ilícito, sino también cuando alguien odia a los pobres porque reciben una limosna del Estado.

Porque la corrupción no es sólo cuando un político le da una canasta de comida a un pobre a cambio de su voto, sino cuando quienes no pasan hambre acusan a esos pobres de corruptos y holgazanes, como si no existieran los holgazanes en las clases privilegiadas.

Porque la corrupción no es sólo cuando un pobre holgazán logra que un político o el Estado le den una limosna para dedicarse a sus miserables vicios (vino barato en lugar de Jameson Irish whiskey), sino también cuando quienes están en el poder se convencen y convencen a los demás que sus privilegios lo ganaron ellos solos y en la más pura, destilada, justa ley, mientras que los pobres (esos que lavan sus baños y compran sus espejitos) viven del intolerable sacrificio de los ricos, algo que sólo un general o un Hombre de Negocios con mano dura puede poner fin.

Porque corrupción es cuando un pobre diablo apoya a un candidato que promete castigar a otros pobres diablos, que son los únicos diablos que el pobre diablo resentido conoce, porque se ha cruzado con ellos en la calle, en los bares, en el trabajo.

Porque corrupción es cuando un mulato como Domingo Sarmiento o Antonio Hamilton Martins Mourão siente vergüenza de los negros de su familia y odio infinito por los negros ajenos.

Porque corrupción es cuando un elegido de Dios, alguien que confunde la interpretación fanática de su pastor con los múltiples textos de una Biblia, alguien que va todos los domingos a la iglesia a rezarle al Dios del Amor y al salir tira unas monedas a los pobres y al día siguiente marcha contra el derecho a los mismos derechos de gente diferente, como los gays, las lesbianas, los trans, y lo hace en nombre de la moral y del hijo de Dios, Jesús, sí, ese mismo que tuvo mil oportunidades de condenar a esa misma gente diferente, inmoral, y nunca lo hizo, sino lo todo contrario.

Porque corrupción es apoyar a candidatos que prometen la violencia como forma de eliminar la violencia.  

Porque corrupción es creer y repetir con fanatismo que las dictaduras militares que asolaron América Latina desde el siglo XIX, esas que practicaron todas las variaciones posibles de corrupción, pueden alguna vez ser capaces de terminar con la corrupción.

Porque corrupción es odiar y, al mismo tiempo, acusar al resto de sufrir de odio.

Porque la corrupción está en la cultura y hasta en el corazón de los individuos más honestos de una sociedad.

Porque la peor de las corrupciones no es la que se lleva un millón de dólares, sino aquella otra que no deja ver ni escucha los alaridos de la historia, ni se escucha ni deja que se vea hasta que es demasiado tarde.

 

JM, octubre 2018

 

 

La paradoja de las clases sociales

Aunque las sociedades están compuestas de una gran diversidad de grupos y de intereses, todavía podemos abstraer su estructura en su clásica pirámide tripartita. De la historia observamos algunas persistencias críticas que podemos formular así para entender el presente y reflexionar sobre el futuro:

Postulado 1: Mientras las clases alta y baja tienden a ser conservadoras, la clase media es más liberal o progresista.

Postulado 2: La clase media le teme más a la clase baja que a la clase alta.

Corolario: La clase media es más propensa a renunciar en cuotas a sus derechos y beneficios durante un largo período que a arriesgar a perder sus privilegios remanentes en una revuelta abrupta.

Ad Hoc: La motivación de un hecho sociopolítico, intencional o no, debe ser atribuible al grupo que se beneficia de él.

 

Postulado 1.

Este principio ha sido aún más claro durante los últimos siglos de la Era Moderna. Con abrumadora frecuencia, los esclavos, los desposeídos de la tierra, los campesinos y obreros deshumanizados por su pobreza, por su etnia o por su lenguaje, tardaron décadas y generaciones (apenas interrumpidas por algunas revueltas) hasta que fueron mal o bien conducidos por individuos de la clase media, generalmente gente culta o educada (Gandhi, Guevara, Lumumba, Martin Luther King), a romper con un determinado orden. En la era contemporánea, en la Era de las Post revoluciones, sus votantes se inclinaron, con más frecuencia, por los políticos conservadores que por los progresistas o reformadores. Por otra parte, el recurrente “cambio” propuesto por la clase dominante siempre significó status quo o vuelta atrás.

Postulado 2.

Entre otros periodos y regiones, este fenómeno se observó durante las dictaduras latinoamericanas a lo largo de más de un siglo. Los pequeños comerciantes, empleados y burócratas toleraron y hasta apoyaron de forma activa o pasiva los regímenes militares hasta el extremo de justificar la violencia estatal como respuesta necesaria a la rebelión o subversión de grupos “radicales”. Quienes no lo hicieron de forma voluntaria fueron suprimidos por el aparato represor. En la Era contemporánea, este factor se expresa en la forma de votar a grupos políticos que le ofrecen a la clase media sacrificio a cambio de estabilidad, beneficios inmediatos para las clases altas a cambio de una promesa de prosperidad general a (muy) largo plazo, generalmente bautizada con los ideoléxicos “responsabilidad” y “seguridad”.

 

Corolario

La traducción política de esta dinámica es similar a la psicología de los seguros. Los conductores más responsables pagan por los menos responsables; los no fumadores por los costos médicos de los fumadores; los países austeros (pobres) pagan por los excesos del consumismo del primer mundo. Si no existieran los segundos, los primeros pagarían mucho menos en cada póliza, porque los costos de las aseguradoras serían menores.

Hay una diferencia. En el caso político, el miedo de quien compra un antivirus es el negocio de quien lo produce, por lo cual, aplicando el ad hoc mencionado arriba, podemos sospechar que policías y ladrones mantienen una relación simbiótica de “antagónico necesario”.

En otras palabras. La brecha económica y social que separa el uno por ciento del restante 99 por ciento siempre tiende a crecer. Un motivo es la dinámica política y económica: cuanto más capital un grupo tiene, más posibilidades tiene de dominar las narrativas sociales a través de los principales medios de prensa. Cuanto más dominio de la narrativa y poder de donación o financiación de campañas políticas, más acceso tiene al congreso, al gobierno y a otros poderes del Estado de su país. Cuanto más poder político en el congreso y en el gobierno, más leyes que protejan sus propios intereses pueden pasar. Hoy en día, el 66 por ciento de los representantes en el Congreso de Estados Unido son millonarios. Es decir, una minoría con dinero representa los intereses de una mayoría sin dinero. La excusa de que esa minoría debe gobernar porque es exitosa reduce no solo el concepto de éxito a la mera acumulación de dinero, sino que no deja posibilidades de igual poder político a aquellos otros que no están interesados en ser millonarios, pero tampoco en ceder derechos democráticos a una plutocracia.

 

Ad hoc analítico

En 2017 el gobierno de Estados Unidos acusó al gobierno cubano por un extraño ruido que estaba causando problemas de salud en los funcionarios de la embajada estadounidense en La Habana. Todavía no conocemos las razones del fenómeno, pero la primera pregunta de análisis debe ser: ¿a quién beneficia el incidente? Asumimos que el gobierno de Cuba está interesado en avanzar con los acuerdos realizados con el gobierno estadounidense anterior, para recuperar un poderoso mercado, bloqueado desde los años 60. El nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha insistido en su intención de revertir también este “logro” de su predecesor. La pregunta crítica nos deja mirando hacia un solo lado.

Lo mismo debe considerarse en cualquier acción de “bandera falsa” y con respecto a grandes procesos. Cuando cada vez menos familias (ahora son 60) poseen lo mismo que la mitad más pobre del mundo, cuando en las sociedades observamos que las diferencias económicas van aumentando desde hace décadas, debemos hacer la pregunta inicial: ¿a quién beneficia el sistema económico mundial? ¿A quién benefician las leyes? ¿A quién benefician las nuevas tecnologías? Una respuesta funcional (según la premisa del Postulado 2 y el Corolario) salta automáticamente: “si el mundo fuse de otra forma nos hundiríamos en la catástrofe”. “De otra forma, el 99 por ciento no disfrutaría de los beneficios del progreso que disfruta hoy”. Etc.

Pero veamos que el progreso no se debe al uno por ciento sino al 99 por ciento. En todo caso, “de otra forma” el uno por ciento no disfrutaría de ser los dueños del mundo.

Por otra parte, la aparente estabilidad (olvidémonos de quienes en este mundo feliz pasan hambre, de los que no tienen trabajo y de quienes sí lo tienen y trabajan como esclavos para sobrevivir) es una estabilidad inestable. Excepto las crisis económicas controlables (esas que sirven para que quienes tienen grandes capitales lo multiplican comprando por nada las propiedades y valores de quienes apenas trabajan para sobrevivir) la lógica que sostiene la Paradoja tarde o temprano se rompe en una crisis mayor que no beneficia ni al uno ni al restante 99 por ciento.

Si en ciencias esto se llama, como lo definió T.S. Kuhn, un “Cambio de paradigma”, en términos de sociedad y civilización se llama suicidio colectivo.

JM

 

 

El cromañón que todos llevamos dentro

Aunque las religiones y los partidos políticos poseen múltiples dimensiones existenciales, una de ellas es el impulso tribal que está más desnudo en las competencias deportivas, sobre todo en las más populares, es decir, aquellas donde dos tribus, casi siempre representadas por un tótem (la mascota) se enfrentan en una batalla simbólica por el territorio y por la presa (el balón), como lo es el fútbol, tanto en su versión estadounidense como en su versión más civilizada que aquí llaman soccer o fútbol de mujeres y que el resto del mundo llama fútbol.

Este impulso primitivo, que estructura la vida contemporánea, básicamente se podría resumir en dos: (1) la necesidad de pertenecer a un grupo y (2) la complementaria necesidad de atacar al grupo adversario. La dinámica defensa-y-ataque resulta en una cultura de Partidos (partidos en dos) donde hasta la más radical pluralidad de ideas y practicas terminan, tarde o temprano, reagrupándose en dos grupos antagónicos. Si esos grupos son partidos políticos participando en elecciones, generalmente se repartirán los votos de forma más o menos equilibrada. Si uno de ellos saca un diez o veinte por ciento de ventaja en una elección en un sistema tradicional de democracia liberal, en la próxima, invariablemente, la ventaja se reducirá o se invertirá.

Algo tan simple se sublima en nuestra civilización de diferentes maneras: los programas televisivos con contenido político pueden luchar por cierta objetividad, pero de una forma o de otra (a veces de forma explícita e intencional, como Fox and Friends Democracy Now!) van a reforzar los intereses ideológicos, narrativos de un determinado grupo atacando al otro sin que haya necesariamente un interés real y concreto (económico, por ejemplo) que sería la primera explicación del pensamiento marxista. Dimensión que no está excluida, sino que interactúa y se superpone al impulso tribal. Ello explica la pasión de los militantes y votantes aun cuando su partido o su religión lo están perjudicando psicológica y materialmente. Así, la lanza y el garrote fueron reemplazados por la narrativa proselitista, por lo menos desde las primeras religiones que prescribían el celo teológico y tribal en beneficio de unos pocos.

Tarde o temprano, las disputas sociales tienden a dividirse en dos posiciones antagónicas. Hay tesis y antítesis, pero no síntesis.

El pensamiento corporativo tiene sus efectos en la propia dinámica tribal. Por lo general es una corporación ideológica donde los beneficiados no son la mayoría o aquellos grupos que la defienden con pasión –y en ocasiones con sus vidas, como es el caso de las guerras y de los conflictos civiles.

Esta dinámica puede tener, en el mejor de los casos, una justificación en la acción: si los poderes están desbalanceados, si el objetivo de mi grupo es destronar o erosionar el poder del adversario, podría suceder que pretender aparecer como neutral criticando a unos y a otros por igual, resulte artificial y en favor del más fuerte. Lo que a veces se ve como traición bien puede ser una forma razonable de pragmatismo. Sólo resta saber si es justo o injusto y queda por determinar de qué lado estamos, si le quitamos poder al débil o al poderoso.

Veamos un ejemplo concreto e ilustrativo. La derecha conservadora de Estados Unidos, antes representada en el partido Demócrata del Sur, desde hace varias décadas se ha reagrupado e identificado con el partido Republicano. ¿Cuál sería el perfil razonable de un conservador estadounidense? En primer lugar, sería un hombre o mujer religiosa, un cristiano protestante, para ser más exactos. Pero como los conservadores han estado de una forma u otra en el poder político, hay otros actores: las grandes corporaciones (como las compañías cuyo primer y normalmente único objetivo son las ganancias a cualquier coste) y los lobbies poderosos como la Asociación Nacional del Rifle. (Dejemos de lado las hipócritas y lacrimógenas donaciones de estas corporaciones, como McDonald’s, la Coca-Cola o las tabacaleras.)

Por razones de intereses tenemos, por lo menos, tres grupos: las Iglesias dueñas de Dios, los grandes negocios y lobbies como la ANR. Considerando el espíritu de partido (o impulso tribal) esos grupos y cualquier otro grupo que se integre por compartir intereses económicos y de poder comenzarán a defenderse unos a otros y, poco a poco, irán compartiendo sus principales causas. De esa forma, se llega al aparente absurdo de que cuánto más religiosa es una persona en Estados Unidos, cuanto más seguidor de un líder espiritual llamado Jesús (profesor del Amor democrático hasta para los enemigos, que cuestionó las riquezas del rico, se rodeó de pobres y marginados de todo tipo, perdonó adúlteras y le reprochó a sus discípulos el uso de la violencia en lugar de ofrecer la otra mejilla, condenado a la pena máxima por subversión contra el Imperio de la época y sus acomodaticios alcahuetes) terminan siendo los más fervientes amantes de las armas, de la riqueza de los más ricos y poderosos, de la pena de muerte y del desprecio de los pobres como síntomas del pecado o, mejor dicho, como prueba del desprecio de Dios a su propia creación y de su propio espíritu tribal. De la misma forma, la actitud de conservación de la naturaleza, en contradicción con los intereses económicos de las petroleras y otros grandes grupos económicos, terminarán siendo atacadas por igual por todos aquellos integrantes tribales sin importar que se trate de cristianos compasivos, espirituales y anti materialistas.

Cada grupo terminará mimetizándose ideológicamente, aunque las raíces morales e históricas de sus clubes sean estrictamente las contrarias. De esa forma, un miembro pobre de la tribu es capaz de defender con dientes y uñas la necesidad de recortar los impuestos a los ricos y eliminar sus propios beneficios de salud al tiempo que sale con carteles y con insultos racistas (en el mejor de los casos) a manifestarse contra otros pobres de otras tribus, como los inmigrantes mexicanos sin papeles.

Claro, se dirá que el mismo análisis se puede hacer con los grupos de izquierda, y que no lo he hecho porque me simpatizan más éstos que aquellos. Sin duda el mismo análisis se puede hacer sobre cualquier otro grupo y, sí, puede ser que elegí a los conservadores de Estados Unidos porque son mis antagónicos. Puede ser, eso no es problema ni invalida el ejemplo ni el análisis. Ahora, es precisamente aquí cuando pasamos al resto de a realidad.

Las divisiones de izquierda y derecha son parte de esta naturaleza. El error, creo, radica en que sugieren una relación horizontal de poder social, “igualitaria”, casi neutral, donde todo se reduce a una cuestión de opiniones tribales que los individuos atribuyen a su propia libertad individual.

Pero la realidad humana no es un simple partido de futbol, aunque sea prisionera de su dinámica. Hay otras razones, otras realidades más profundas que se aprovechan de ese primitivo impulso que es más poderoso que el sexo en la vida social. La realidad también existe y si hubiese que resumirla en una palabra tal vez esa sería “intereses”. Intereses económicos, intereses de poder.

Teniendo en cuenta estas dos dimensiones hasta aquí resumidas, quizás una clasificación ideológica más objetiva sería, en lugar de izquierda yderecha, una visualización de arriba y abajo, los ricos y pobres, poderosos y sin poder, los narradores del poder y los consumidores de narraciones, todo presentado por la distorsión del antiguo y casi invencible antagonismo de Nosotros, los buenos, y Ellos, los malos, independientemente de la objetiva realidad de los privilegiados y los desposeídos, los opresores y los oprimidos (¿Acaso no hay santos y criminales unidos por la bandera del Real Madrid?).

Sobre esta visualización de la realidad queda por determinar lo que es justo y lo que no lo es, sobre lo cual cada uno tiene su propio juicio.

Pero eso ya es harina de otro costal.

JM, junio 2017

 

 

Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción

Al día siguiente de las elecciones parlamentarias en Estados Unidos un estudiante me preguntó qué cambios importantes veía en el país a partir del histórico triunfo del partido republicano. “Ninguno”, dije. “Sí veo cambios, pero ninguno importante”. Es parte de un patrón histórico.

Para empezar, el amplio triunfo del partido opositor en el segundo mandato del presidente no es ninguna novedad. Como todos saben, la política es un asunto de intereses para unos pocos, de ideas para unos más y de puras emociones para los demás. Sobre todo en una campaña electoral, lo que triunfa es el “espíritu de partido”, que es una forma elegante de decir “el espíritu futbolístico”: una vez que alguien toma posición, la verdad pasa a ser apenas un legitimador; lo que importa es vencer. Por otra parte, ¿quién puede confiar plenamente en un político? Muchos de ellos hacen trabajos muy nobles, altruistas y sacrificados, pero por la lógica interna de la democracia representativa, poco o nada pueden hacer si pierden las elecciones. Y para ganarlas deben, antes que nada, seducir a un electorado. En otras palabras, deben adularlo, deben decirle lo que quiere escuchar, no lo contrario. Conozco pocos políticos que se dedican a desafiar al electorado. Obviamente, ninguno de ellos ha ganado la presidencia. En Estados Unidos, uno de esos casos es el viejo lobo Ron Paul, del partido republicano.

Si comparamos en términos estándar, Estados Unidos se encuentra de lejos mejor de lo que estaba al terminar la presidencia de George Bush. Hoy en día el país tiene (según el método de medición tradicional) una tasa de desempleo del 5,8%. En los últimos años se han creado mensualmente un promedio de 220.000 puestos de trabajo. Casi todas las industrias, como las automotoras que habían quebrado en el 2009, han recobrado los primeros lugares en la producción mundial y tienen billonarios superávits. El mercado inmobiliario se ha reactivado con una borrachera de inversiones extranjeras y otras nacionales que retornaron. Hace meses que el combustible baja cada día, no solo por los problemas económicos en otras partes del mundo sino por el exceso de producción de petróleo nacional (en gran parte debido a las nuevas y cuestionables tecnologías de extracción), lo cual ha llevado al país a exportar este producto, algo impensable diez años atrás. La economía ha crecido cada año desde 2010. Para este año se prevé un crecimiento similar a los anteriores, alrededor del 2% que, comparado con el 0,5% de Brasil y algo similar en la Eurozona, no es un numero pequeño, aún más considerando que se trata de la primera economía mundial. Wall Street sigue rompiendo récords, a pesar de atendibles advertencias de un nuevo estallido de las bolsas.

No es menos cierto que, mientras los ricos y las corporaciones han multiplicado sus beneficios (en todos los países las crisis son excelentes negocios para quienes tienen dinero), la clase media apenas ha visto una mínima parte de esa bonanza. Pero esta tendencia no es nueva. Tiene, por lo menos, cuatro décadas. Tampoco es nueva la poca memoria histórica del pueblo, por la cual cada cuatro años expresa su “frustración por el rumbo que ha tomado el país”, como si todo se tratase de la obra de un individuo que ocupa la presidencia. En parte es una característica de la cultura protestante: como en las tapas de las revistas Time, se ven rostros, individuos concretos, no realidades abstractas, no cambios o permanencias históricas. En parte, es la lógica del sistema representativo.

Esos individuos se sienten frustrados y, en cada elección (como en cualquier otro país donde existe este sistema, nunca suficiente pero necesario en cualquier democracia representativa), luchan desesperadamente para que su partido gane con la ilusión de un cambio. Porque de eso se trata básicamente: mantener la ilusión de que, si el partido opositor gana las elecciones, las cosas van a cambiar.

Demócratas y republicanos son más o menos el mismo partido. Puede ser que con uno haya alguna que otra guerra más o menos, alguna clase social se beneficie de algún que otro plan: los conservadores republicanos, que hace dos o tres generaciones eran los liberales, probablemente insistan en recortar impuestos a las clases mas adineradas; los liberales demócratas, que hace dos o tres generaciones eran los conservadores, probablemente insistan en extender el seguro de desempleo o las ayudas familiares. Pero básicamente, todas son variaciones de un mismo partido conservador.

La idea de que los partidos políticos han hecho los cambios en un país normalmente es una ilusión. En Estados Unidos, por ejemplo, esos mismos partidos que en cada elección insisten con la palabra “cambio” han sido, irónicamente, los que han impedido o retrasados esos mismos cambios fundamentales.

Echemos una mirada al siglo XX, por lo menos desde la Segunda Guerra hasta hoy. Por la misma naturaleza de la democracia representativa que mencionaba antes, los políticos parten y terminan en el discurso correcto, es decir, evitan hasta donde sea posible desafiar el status quo, que es donde surge la narrativa social. Ahora veamos todos los ejemplos d​e verdaderos​ cambios sociales en este país, desde la lucha por los derechos civiles de los negros, simbolizada y simplificada en la figura de Martin Luther King; la lucha de los trabajadores hispanos que también fue una lucha protoecologista, liderada por Cesar Chávez en el oeste; los movimientos antibélicos de los sesenta; las revisiones de la historia colonialista, imperialista e intervencionista de las potencias noroccidentales, generalmente realizada por malditos intelectuales; la lucha por los derechos de las mujeres, de los homosexuales, y un largo etcétera.

Dichos cambios sociales, grandes o pequeños, fueron impulsados por movimientos sociales de resistencia que, paradójicamente significaron progreso social. Todos esos logros fueron posibles, no por los partidos políticos, sino a pesar de ellos.

Entonces, ¿quiénes representan el cambio y quienes la reacción? ¿Quiénes son los verdaderos motores y salvaguardas de la democracia? ¿Los partidos políticos o los movimientos sociales que lucharon contra esas fuerzas reaccionarias? Como siempre, y por la misma lógica, cuando alguna de esas luchas, luego de años de resistencia feroz, lograba imponerse en cierta minoría significativa (como hace 1.700 años Constantino comprendió que tenía más que perder si no reconocía y oficializaba a los cristianos perseguidos), el poder político sube al poder (es decir, se mantiene en él) secuestrando el discurso de los nuevos valores que antes combatía para presentarlos como una reivindicación propia con un discurso de cambio.

Y la gente vuelve a pensar que algún partido puede hacer una gran diferencia, cuando su misión es precisamente la contraria: resistir los cambios hasta donde sea posible. Y, cuando estos verdaderos cambios se hacen imparables, entonces sí, se presentan como los campeones del progreso.

 http://www.huffingtonpost.es/jorge-majfud/cuando-la-resistencia-es-_b_6133478.html 

El Huffington Post

The Candidate

Los lobbies políticos no son tan estúpidos como parecen. Ponen los candidatos adecuados que sean capaces de recoger el dinero de la gente inteligente y los votos de gente que carece de ambas cosas.

 

Political lobbies are not as stupid as they seem. They put the right candidates who will be able to collect money from intelligent people and the votes of people who lack both.

Más sobre la primavera árabe

Les élections en Barbarie (French) 

Las elecciones en Barbaria

 

Luego del triunfo del partido los Hermanos Musulmanes en Egipto no faltaron las expresiones de preocupación en la prensa occidental. Algunos artículos de opinión y una plétora de comentarios anónimos al pié incluso los calificaron de terroristas-listos-para-invadirnos, lo que probablemente podría justificar alguna nueva intervención diplomática, económica o militar en el área—esas mismas que siempre se toman su tiempo, se quedan en los discursos o miran hacia otro lado ante verdaderas tragedias humanitarias.

En cualquier caso, aún sin ninguna de esas respuestas internacionales, al menos la gran prensa —la prensa cautiva que cautiva— cumple con su tradicional rol de inflamar los tribalismos de siempre.

Para aquellos que estamos a favor de un progreso de la historia en la línea de los derechos de las mayorías y de las minorías, de las libertades individuales y colectivas que preceden a cualquier jerarquía política y social, las reacciones de los islamistas más conservadores no representan ninguna promesa de avance en tal sentido sino todo lo contrario. Menos los fanáticos puristas como los talibán que se creen dueños de toda la moral de este Universo y con derecho a imponérsela a los demás; o los dictadores, religiosos o seculares al viejo estilo de Al-Assad en Siria que apenas ven amenazado su trono fusilan a inocentes de su propio pueblo. Pero tampoco son menos agresivas y arbitrarias las reacciones basadas en cualquier otra tradición religiosa, no por lo que tienen de religión sino por lo que tienen de intereses bien materiales. Como en las cartas de Cristóbal Colón y las crónicas de todos sus sucesores, mientras leemos el nombre de Dios repetidas veces en cada página, vamos observando cómo sus acciones conducen siempre al maldito oro de los pueblos salvajes.

La acusación de terrorismo ha facilitado en las últimas décadas ya no sólo la abolición de la máxima de Jesús sobre poner la otra mejilla al agresor —lo cual es comprensible—, sino que ha introducido una prescripción muy audaz y creativa: debemos agredir a alguien que podría llegar a agredirnos algún día. A eso llamamos autodefensa preventiva. Cualquier ley de cualquier Código civil, antiguo o moderno, lo condenaría como un crimen absurdo o paranoico. No las leyes internacionales que todavía viven en la Edad Media y no se basan en el derecho sino en el interés y la fuerza. Hasta la regla moral más antigua de la que registra la historia civilizada y que repitieron los sabios desde China hasta Nueva Inglaterra y Extremo Occidente —“no hagas a los demás lo que no quisieras que los demás haga contigo” — es violada cada día en nombre del derecho a la defensa propia.

Si fuésemos ingenuos encontraríamos curioso que nosotros, los demócratas occidentales, hayamos apoyado dictaduras como la de Mubarak en Egipto y cuando el pueblo elige a alguien según el sistema electoral por el cual hemos invadido varios países, los llamamos terroristas sólo porque no nos gusta el ganador o representa la cultura y la religión “del enemigo”. La democracia es buena para nosotros que somos civilizados y sabemos elegir, pero es mala para ellos, porque son barbaros y no saben lo que quieren. De igual forma, nuestro nacionalismo es patriotismo del bueno; el nacionalismo ajeno es peligroso terrorismo.

Es curioso que los occidentales llamemos “terroristas-listos-para-invadirnos” a los egipcios o a alguno de sus gobiernos del cual debemos protegernos —y prevenirnos— cuando Egipto, como la cualquier otro país periférico, nunca ha invadido ningún país occidental. Occidente, en cambio, posee un largo historial de invasiones y destrucciones de ese país que van desde las invasiones militares de Francia e Inglaterra hasta las económicas, como la que se refiere a su historia del algodón, por ejemplo. Las potencias occidentales han saqueado y destruido ese país con cierta regularidad. Una parte mínima y simbólica de ese saqueo podemos verlo en los museos del mundo rico que ellos llaman “generosas donaciones” —típicas donaciones de países colonizados o bajo control extranjero.

No por buenos sino por no poseer ejércitos tan heroicos, probablemente, los egipcios nunca han hecho lo mismo con ninguna potencia occidental. Pero nosotros continuamos repitiendo lo que la gran prensa —el brazo derecho de los poderes sectarios, la continuación de la política por otros medios— inocula cada día en la mente y los corazones de los demócratas, racionales y compasivos.

Antes los mapas europeos llamaban Barbaria la región norte de África. Ahora la gran prensa los representa como terroristas o fanáticos que quieren tomar control del mundo. Ambas son dos formas de perpetuar el miedo en Occidente y las futuras agresiones a Oriente. Como la gran prensa del otro lado no es muy diferente, en lugar de un Dialogo de culturas y de civilizaciones tenemos una extensa Guerra de Sordos que sirve, como toda guerra, a los intereses de unos pocos en nombre de unos muchos.

Por supuesto que hay muchos lectores inteligentes que no se compran este discurso. Probablemente éstos sean un número cada vez mayor y esas estadísticas están poniendo más nerviosos y más agresivos a quienes hoy controlan el poder del mundo. Pero por el momento, mientras planean alguna nueva revolución democrática, continúan aplicando el viejo método: miente, asusta, que algo quedará.

 

Jorge Majfud

Milenio, Nacional (Mexico)

Les élections en Barbarie