Historian And Activist Aviva Chomsky To Speak On Immigration Nov. 2

In a timely lecture, celebrated historian, activist and Latin America specialist Aviva Chomsky will give a talk on immigration issues at 6:30 p.m. Thursday, Nov. 2, in Gooding Auditorium.

Chomsky, professor of history and coordinator of Latin American studies at Salem State University in Massachusetts, will speak on “Criminalization, Immigration and Citizenship in the 21st Century.” The event is hosted by the JU College of Arts and Sciences‘ Division of Humanities and is free to the public.

Chomsky’s most recent book is Undocumented: How Immigration Became Illegal (Beacon Press). Her scholarly work has its origins in the mid-‘70s, when she worked for the United Farm Workers union, piquing her interest in the Spanish language, migrant workers, labor history and social movements, and in how people collectively organize for social change.

“Thematically, I incorporate the issues of colonialism, economic development, migration, race, labor, environment and global inequality,” she says in her Salem State bio.

“In a post-truth era mistakenly taken for ‘appealing and angry political incorrectness,’ it is very important to have a real politically incorrect, intellectual challenger figure such as Aviva Chomsky, a world-respected scholar who presents the complex reality of facts — particularly those conveniently forgotten by socially fabricated narratives — in a way that anyone can understand,” said Dr. Jorge Majfud, associate professor of Spanish, who is co-organizing the event.

Chomsky is the author of numerous additional books, including They Take Our Jobs! And 20 Other Myths About Immigration (Beacon Press), and writes regularly for The Nation and the venerated essayist site TomDispatch.com, including articles such as «Clinton and Obama Laid the Groundwork for Donald Trump’s War on Immigrants,» «America Wanted to Keep Immigrants Out Long Before Donald Trump Was Even Born,» and «The Criminalization of Immigrants From Clinton to Trump.»

In its review of Undocumented, Publisher’s Weekly states: “Chomsky reminds readers that, contrary to the freedom with which American citizens travel, for many, ‘freedom to travel is a distant dream.’ Professional in her scholarship, Chomsky has written a book that will be relevant to those who do not share her position as well as to those who do.”

Prior to her lecture in English at 6:30 p.m., Chomsky will record an interview in Spanish with Dr. Douglas Hazzard, associate professor of Spanish, and Dr. Majfud for European and Latin American audiences.

For more information on the lecture, visit www.ju.edu/spanish/latinoture/international-studies/aviva-chomsky.php or contact Dr. Jorge Majfud, jmajfud@ju.edu, (904) 256-7929.

 

 

https://www.ju.edu/spanish/latinoture/events/aviva-chomsky-2017.php

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Cómo (no) desafiar la violencia racista

«Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala?»

 

Por Aviva Chomsky

Traducción de Jorge Majfud

 

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado «alt-Right» han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda «antifa» [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos «accidentes», pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

 

Aviva Chomsky es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Diálogos con Gabriel Conte III

Barack_Obama_Young

Obama y los misterios de la historia”

 

Con Gabbriel Conte

Jorge Majfud

 

 

G.C. Cuando se dice que Obama expresó una serie de palabras en sentido «progresista», ¿debemos entender al término como «de carácter más hacia la izquierda que el común de los presidentes norteamericanos»?

 

J.M. Sí, si consideramos los últimos presidentes, desde Jimmy Carter. No, si consideramos un número mayor. Por ejemplo, Se podría considerar a los redactores de la constitución americana, la primera y la única, como fuertemente progresistas, como revolucionarios radicales. Es muy difícil encontrar en la historia de la humanidad la fundación de una nación sobre ideas y leyes tan radicales para la época. Se podría considerar a Thomas Jefferson como un presidente progresista, a pesar de que también fue un hombre de su tiempo, un propietario de tierras y esclavos. Pero cuando juzgamos a un hombre o a una mujer desde una perspectiva histórica, lo que importa es la diferencia que cada uno pueda hacer como progresista o conservador, como revolucionario o como reaccionario, como humanista o como enemigo de la humanidad. También podemos considerar como presidentes progresistas al republicano Abraham Lincoln y al demócrata Franklin Roosevelt, que no solo sacó a Estados Unidos de su peor depresión sino que además fue el creador de los programas sociales mas importantes que existen hoy, además de sus políticas económicas que en su momento fueron consideradas estatistas o keynesianas por los conservadores y por los seguidores de Milton Friedman. Desde un punto de vista más especifico, es evidente que las políticas de Obama, fácilmente reconocibles, se están inclinando a la izquierda (los conservadores lo acusan de socialista y liberal), aunque también el grado de filiación depende de quien lo mida. Como ya lo hemos repetido hasta el cansancio, incluso antes de su triunfo en el 2008, su segundo mandato iba a ser más radical. Ya lo es desde el tono de poca paciencia que está mostrando en sus discursos y en las negociaciones con los republicanos, que todavía dominan la cámara baja y tienen todo el poder de trabar la mayoría de sus proyectos. Creo que poco a poco, de aquí hasta su vejez, al igual que Jimmy Carter, Obama volverá a sus raíces intelectuales, que están en sus años ochenta, cuando en la universidad de Columbia leía escritores críticos y asistía y a reuniones de obreros e intelectuales que hubiesen escandalizado a los reaganistas y lo hubiesen llevado a la cárcel en los años cincuenta. A Obama se lo ha acusado erróneamente de muchas cosas, como de no haber nacido en Estados Unidos. Nació en Hawái, es decir, en la Polinesia, cuando Hawái hacía un par de años que se había convertido en el estado cincuenta de Estados Unidos. Hubiese sido un hijo ilegítimo en varios otros estados, ya que el matrimonio entre un negro y una blanca por entonces estaba prohibido. Aquel niño creció y se educó en el país islámico más poblado del mundo, Indonesia, pero no es musulmán, como una gran parte de la población cree. Se llama Barck Hussein Obama, un nombre lleno de reminiscencias a los enemigos obsesivos de Estados Unidos, según el discurso oficial y popular de las últimas décadas. Estuvo afiliado a una iglesia simpatizante a la teoría de la liberación, un invento latinoamericano de los sesenta y, para peor, como algunos biógrafos como Stanley Kurtz en su libro Radical-in-Chief: Barack Obama and the Untold Story of American Socialism (“El comandante radical: Barack Obama y la historia oculta del Socialismo estadounidense”) se encargan de subrayar, el joven Obama en sus años de universidad leía a Karl Marx y asistía a “conferencias de académicos socialistas”. Títulos que uno adivina son puestos más por los enemigos que por los amigos. Todo eso hace una diferencia con, por ejemplo, los tiempos no tan lejanos de Ronald Reagan, que pocos alcanzan a distinguir. Por otro lado, podríamos observar que esta tendencia a la izquierda se expresa más a nivel nacional que a nivel internacional. También si observamos las acciones de los presidentes socialistas de Europa, como el de François Hollande en Francia, por ejemplo, la regla de oro sigue siendo la misma que alguna vez improvisó Winston Churchill cuando le preguntaron qué países tenía Inglaterra como amigos. Churchill dijo, “señor, Inglaterra no tiene amigos; tiene intereses”. Sinceridad de viejo.

Barack Obama and Michelle Obama

G.C. Entonces ¿se podría decir que Obama es el más «progresista», en ese sentido, de todos los demócratas?

J.M. Tal vez sí, si consideramos las mayores figuras de su partido hoy en día. No obstante, en política internacional, el republicano Ron Paul es mucho más “progresista” para el estándar latinoamericano, con su insistencia radical contra las guerras, contra las bases militares y contra los intervencionismo en otros países, con su acusación al gobierno de Estados Unidos de crear reacciones y líderes “antiimperialistas” los cuales, según lo ha repetido en muchos debates, son naturales reacciones a los intervencionismos norteamericanos, etc. Fuera de los demócratas también podríamos mencionar al senador socialista Bernie Sanders.

G.C. Recuerdo el año pasado haber hablado con una decepcionada Aviva Chomsky, a quien aprecio mucho por su gran capacidad de análisis e investigación sobre los procesos migratorios. Ella dejó de creer en Obama y de hecho en las últimas elecciones pensó que era mejor apoyar al partido Verde, aunque también era bueno darle un voto de confianza al actual mandatario en aquellos estados en donde el voto estaba «peleado». ¿A quién le habla Obama cuando lo hace en tono «progresista»? ¿Quiere reconquistar a sus desencantados seguidores de la gestión anterior? ¿O «queda bien» decir esas cosas y nada más?

 J.M. Bueno, es natural que un intelectual deba ser un critico radical. Si uno no es radical en su crítica significa que no está yendo a la raíz de un problema. No obstante yo prescribiría, otra vez, “piensa radical, actúa moderado”. Y creo que Noam Chomsky, su padre, básicamente ha practicado esta línea y la ha articulado en sus conferencias y libros cuando insiste que no es posible tener un plan totalizador que solucione todos los problemas de una sociedad, porque las sociedades son naturalmente complejas y cambiantes. Por lo tanto, dice Noam Chomsky, lo mejor es tener ciertos principios claros de hacia dónde se quiere llegar y luego proponer ciertos cambios, llevarlos a la práctica de una forma concreta, y observar los resultados antes de continuar por ese camino. También Chomsky ha sido muy crítico con Obama. ¡Cómo no serlo con un presidente! Mucho más con el presidente de la principal potencia mundial. El problema, me parece a mí, es que un político, sea bueno o malo, siempre tiene que lidiar con la basura de la realidad política, con los intereses, con lo posible dentro de lo deseable. Los llamados intelectuales, los críticos, en cierta forma estamos libre toda esa basura, lo cual no nos hace mejores personas pero nos da cierta independencia que algunos preferimos mantener. Una independencia relativa, claro, ya que vivimos en un mundo concreto, en una sociedad llena de conflictos y no en un ideal espacio platónico. De cualquier forma, tenemos una independencia mayor de la que puede tener cualquier político de la actual era de las democracias representativas. Personalmente, yo nunca creí en Obama ni en ningún político. De hecho, creo que no deberíamos guiarnos por creencias sino por escepticismos. Pero por otro lado siempre hay que tomar una decisión. No votar, por ejemplo, es renunciar a esa minúscula parte que cada uno tiene para hacer una diferencia mayor a largo plazo. Por lo tanto, en cada elección, en cada referéndum, en cada situación en la cual tenemos más de una opción, uno siempre debe elegir el mal menor. Esto no quiere decir ser conformista, sino reconocer que nadie puede imponer sus ideales al resto ni nadie puede cambiar un mundo dominado por fuerzas infinitamente mayores a cualquier grupo o individuo. De ahí el valor de la critica radical y de las acciones colectivas. Un ejemplo simple y concreto es la lucha contra el tabaco. ¿Cómo es posible que aquellas grandes corporaciones tabacaleras de hace pocas décadas atrás fueron, en gran medida, derrotadas por el bien colectivo que comenzó con acciones de pequeños grupos de activistas?

G.C. ¿Piensa que Obama puede cumplir con esa agenda que prometió en su discurso?
J.M. Eso es como predecir el resultado de un partido de futbol. Yo diría que tiene una gran oportunidad y fuerzas moderadas para hacerlo. No olvidemos que sus adversarios no son solo los republicanos sino, quizás sobre todo, los grandes lobbies, las grandes corporaciones que todos conocemos. Y aun así no podemos estar totalmente seguros si esas fuerzas son realmente sus adversarios o sus aliados. Sólo él, su almohada y Dios lo saben mejor que el resto de nosotros.

G.C. ¿Cuál cree que sería el sesgo o el tono que tendrían sus discurso si tradujera en palabras sus acciones en el exterior?

J.M. Hasta ahora sus acciones a nivel internacional han sido poco diferentes a las iniciadas por George Bush. Con algunas diferencias, claro: un tono menos belicista, un intento por explotar alianzas estratégicas, etc. Es lo que se llama el “poder blando”, que normalmente suele ser ejercitado más por el más fuerte del vecindario, es decir, por aquel que es respetado por un “poder duro” que se reserva, que por los más débiles que deben recurrir acciones más violentas para hacer alguna diferencia a su favor. Su idea de un estado palestino y uno israelí según las fronteras de 1967 chocó contra un muro. Su aparente desinterés por África y America Latina continúa. No creo que haya una gran contradicción entre sus discursos y sus acciones. A mí lo que más me interesa son sus verdaderas intenciones, y creo que eso hay que leerlo siempre entre líneas, como si hiciéramos un trabajo psicoanalítico. Eso es lo verdaderamente importante cuando hablamos de Obama y muchos otros líderes mundiales. Ahora, que lo interesante sean más sus intenciones más íntimas, no significa al final termine haciendo una gran diferencia con respecto a las verdaderas intenciones de las titánicas fuerzas de las sectas financieras que todavía administran gran parte del poder del mundo. Al fin y al cabo, Obama es sólo un hombre.

Milenio I, II, III, IV x  (Mexico)