Carácter nacional

 El presidente que decía la verdad

En El laberinto de la soledad (1950) Octavio Paz observó que a los estadounidenses no les interesa entender la realidad sino utilizarla. Probablemente la actitud latinoamericana ha sido la contraria y alcanza su expresión paradójica en un presidente, el presidente de Uruguay, José Mujica. Su sinceridad continúa causando sensación mundial: su última frase viral la repitió en una gira por Estados Unidos y luego en una entrevista para un canal europeo: “Yo tengo una casa presidencial con 42 funcionarios que cobran un sueldo y yo no vivo ahí, no puedo cerrarla porque si lo intento me matan” (en un país como Uruguay esto es más bien una metáfora), al tiempo que criticó la tradición del funcionario estatal, inamovible en sus puestos y en sus sillas.

No conozco a ninguno de esos 42 funcionarios ni sé lo que hacen allí, así que no diré palabra alguna sobre ellos. Pero como cualquier ciudadano de ese país que ha rechazado sistemáticamente ofrecimientos políticos y que ha trabajado en muchos otros países, creo que puedo decir que esa es una vieja tradición uruguaya y latinoamericana con una explicación lógica:demasiados pocos trabajan demasiado para mantener demasiados que trabajan demasiado poco. Cuando trabajan. 

Mujica es un es presidente sincero y liberado de las formas del poder (y probablemente de sus hipocresías también) lo cual en un presidente ya es una rareza mundial. De ahí su celebridad, sobre todo fuera de fronteras; porque uno admira y celebra aquello de lo que carece.

Pero como presidente debería hacer algo más para cambiar cosas que él mismo considera injustas, como la existencia (por no decir abundancia) de funcionarios públicos que todos alguna vez, muchas, innumerables veces sufrimos por su inamovible pereza. Claro que no se puede simplemente despedirlos a sangre fría, sin considerar sus vidas y sus familias. Pero tampoco la solución es conformarse o echarle la culpa a alguien más. Pueden ser reasignados, se les puede dar cierto plazo para que se busquen la vida como cualquier otro ciudadano que debe reforzar su esfuerzo y su creatividad para sobrevivir y pagar impuestos para mantener a otros que no hacen el mismo esfuerzo ni se enferman de los nervios cada día buscándose la vida. Recuerdo el caso de un señor que se jubiló de tropero y él mismo divertía a sus amigos diciendo que los únicos caballos que había conocido en su vida eran los de los naipes. La anécdota, tal vez anacrónica, ilustra un estilo de vida, la “viveza criolla” que algunos festejan como patrimonio nacional.

De esta tradición se derivan otras realidades. Por ejemplo, Uruguay es el país latinoamericano con menores desequilibrios sociales. Sin embargo, no es una isla. Aunque hubo algunos progresos en la última década, América Latina sigue destacándose a nivel mundial por sus grandes desigualdades. El presidente Mujica ha dicho en Estados Unidos que este continente es el que peor reparte. Lo es en todo sentido. Como en siglos anteriores, las clases dominantes se llevan casi todos los beneficios de las exportaciones mientras los trabajadores ponen el hombro por los de arriba que ponen la plata y por los de abajo que reciben algunas magras pensiones o beneficios del Estado sin trabajar demasiado o fingiendo que trabajan, cumpliendo horarios para matar el tiempo complicándole la vida a alguien que de vez en cuando necesita resolver algún problema burocrático. Una pintura que hunde sus raíces en la España de aristócratas pobres de siglos anteriores y que quedó retratada por observadores como Mariano José de Larra en “Vuelva usted mañana” (1833).

El presidente Mujica ha dicho que “los uruguayos no nos matamos trabajando” y enseguida aclaró que esto no es un defecto, lo cual, en un mundo alienado en muchos aspectos, es una observación filosóficamente superior y, con frecuencia, de dudosa moral. Porque ¿cuáles uruguayos no se matan trabajando? El estereotipo de un rioplatense tomando mate, con el aparente efecto inverso de la cafeína que contiene, reflexionando sobre el sentido de la vida mientras se le cae el techo del rancho, se parece al del mexicano perezoso durmiendo la siesta debajo de un gran sombrero: en realidad, la imagen se ajusta a algún grupo de nacionales mientras otros millones trabajan como bestias a ambos lados de la frontera norte, incluso los domingos mientras los estadounidenses están salvando sus almas en las iglesias. Algunos estadounidenses, digamos, ya que el mal común es ver estereotipos por encima de la inevitable diversidad que forma eso que uno engañosamente llama nación o país, como si se tratase de un individuo y no de una familia. De la misma forma, los uruguayos que trabajan, trabajan por el resto, trabajan más y más duro que europeos y estadounidenses. El problema es el del principio: demasiados pocos trabajan demasiado para mantener demasiados que trabajan demasiado poco.

Entonces, cuando hablamos de tradiciones nacionales y de justicia social es crítico considerar esta realidad. Porque ¿basta con repartir para hacer justicia social? ¿Es justo que los trabajadores (en su sentido amplio y real) mantengan otro tipo de gente, sean ricos o pobres? ¿Es eso justicia social, sacárselo al que se esfuerza con las manos o con el cerebro para dárselos a aquellos que sólo cuidan de su propia salud? 

El mismo Octavio Paz, con reminiscencia del pensamiento marxista y de la práctica capitalista, contradiciendo la tradición del pensamiento griego y eclesiástico, observaba: “En lugar de interrogarnos a nosotros mismos, ¿no sería mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de sumergirse en ella?”

 

 

Jorge Majfud

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