Dios se lo pague

Dios se lo pague

Alperico aprovechó su visita para regalarle al Tatius el último número de Forbes. Había un afán casi religioso en su generosidad.

—Según esta revista -dijo Alperico, eufórico, mirando a su amigo Manuel, -las 400 personas más ricas de Estados Unidos poseen más capital que los cuatro países del Mercosur. ¿Qué más prueba de la eficiencia de la gran empresa? ¿Qué serían los países sin esa fabulosa producción de capitales? ¿Sabían ustedes que este año el hombre más rico del mundo es un mexicano?

El entusiasmo eufórico de Alperico me hizo recordar aquellas palabras del historiador y diplomático español Salvador de Madariaga. Verifiqué luego el momento preciso: “La aristocracia inglesa se halla sólidamente asentada sobre el consentimiento del pueblo. (…) no se trata de una aristocracia que tiene a su merced un pueblo, sino un pueblo que dispone de una aristocracia y que se ufana de tenerla. Porque el pueblo inglés tiene su aristocracia como el banquero su automóvil de lujo. La aristocracia es, pues, una manifestación y no la causa de una tendencia general del pueblo inglés: el aristocratismo, que es tan vivaz en el hombre del pueblo (y sobre todo en su mujer) como en el cortesano”. (Ingleses, franceses, españoles. Ensayo de psicología comparada, 1942)

Lástima que Madariaga no completó su razonamiento: no se trata de un imperio que tiene a su merced a las colonias, sino de las colonias que disponen de un imperio y se ufanan de tenerlo. El colonialismo es pues, una manifestación y no la causa de la tendencia general del mundo a ser colonizado. Etcétera.

—Tengo una reunión en una hora -quise decir.

Desde hacía tiempo, me había propuesto no involucrarme en discusiones inútiles. Traté de escapar a tiempo, pero no pude.

—¿Pero saben quién es el hombre más rico del mundo, sí o no? -insistió Manuel.

—Creo que vi una foto en el diario -dije. -Una enorme sala llena de dólares hasta la mitad, muy bien ordenaditos. Se parecía a la cámara de Atahualpa, versión moderna. O a la piscina de monedas del tío del Pato Donald. Debe ser muy relajante darse un baño de ese tipo, ¿no?

—No, no. Ese dinerito era de un chino mentiroso que ni siquiera habla bien español. El hombre más rico del mundo es un latinoamericano.

—¿Se dan cuenta? —preguntó Alperico.

—Mexicano, para ser más precisos -precisó Manuel.

—Sí, estaba enterado —reconoció el Tatius. -El hombre más rico del mundo.

—¿Quién diría unos años atrás?

—Según el Banco Mundial, en realidad todavía existe en México un 53 por ciento de pobreza moderada y 20 por ciento de pobreza extrema, aunque esta realidad ha mejorado un tres por ciento en la última década.

—Ese señor ha hecho muchas donaciones, muchas más de las que harías tú, el señor aquí presente o cualquier otro en toda su buena vida.

Por alguna razón el tal Manuel había adivinado el volumen de mi cuenta bancaria.

—Sí, el sistema es generoso -dijo el Tatius. -Hasta convierte a un multimillonario rodeado de pobres en un hombre bueno rodeado de inútiles. Como el “Dios se lo pague” de aquellos esclavos que agradecían los golpes de su amo porque no habían sido tan fuertes como se lo merecían.

—Yo votaría a ese señor para presidente, no a un perdedor, a un fracasado, a un desempleado…

—Yo votaría por alguien que definiera mejor qué es eso de éxito -dije. -Nos evitaría tanta sangre, sudor y lágrimas.

—Por perdedor -dijo el Tatius, -supongo que se refieren a esos hombres y mujeres invisibles que sostienen la economía de nuestros países, ¿no?

Alperico cruzó una mirada cómplice con Manuel.

—No sé a quiénes te refieres -dijo. -Es más que obvio quiénes sostienen la economía en nuestros países. No los vagos, por supuesto. La riqueza brota desde la fuente de los ricos y al desbordarse derrama hacia los pobres.

Esta metáfora de la copa desbordando generosidad, tan repetida hoy en día en las radios y la televisión, se parecía tanto a la más antigua alegoría de las migas de pan cayendo de la mesa… Pero, por alguna razón, había cobrado un significado opuesto.

—Sin dudas es así -reconocí. -Un amigo colombiano una vez me contó un chiste de gusto muy dudoso. No me consta que sea verdad. Como en un pueblo las estadísticas indicaban que todas las mujeres sufrirían en su vida al menos una violación, el cartel de bienvenida advertía: “Si no hay forma de evitarlo, relájense y disfrútelo”.

—Y sería mejor todavía -continuó el Tatius -si la copa de los millonarios no tuviese una capacidad casi infinita.

—Tal vez la copa no derrama porque esté llena, sino porque ésa es su estrategia de sobrevivencia -especulé en voz alta.

—Por eso los fracasados son expulsados de su tierra y luego rechazados en tierras ajenas (suponiendo que los países tienen dueño). Claro que es sólo un rechazo moral, porque si fuera de hecho no habría quién construyera casas ni quien hiciera posible los alimentos frescos y baratos en la mesa de los exitosos.

—En la vida se gana y se pierde -sentenció Manuel. -Hay triunfadores y fracasados.

—¿Qué sería de tanto millonario exitoso si desaparecieran estos fracasados? No me refiero a que se quedarían sin servicio doméstico, sin qué llevarse a la boca y sin techo. Me refiero a que sus fortunas quebrarían en un país sin esas remesas de sangre y sudor, vía madre pobre.

—En un país libre cada uno es responsable de su suerte. Tómalo o déjalo; nadie obliga a nadie.

—Libertad hecha a medida, como un traje de sastre. Pero cuando el saco aprieta un poco aquí y sobra de allá y le queda mejor a otro, entonces ya no sirve, ya no es traje, ya no es libertad.

—Oferta y demanda, querido. Quien puede pagar por el traje, se lo lleva.

— Como siempre. Ésa es la moral del mercado.

—Y la nuestra.

—Claro, un pobre tercermundista tiene más opciones: uno, morirse de hambre, de frío, de calor o humillados en su propia tierra; dos, arriesgar la vida cruzando desiertos o tirándose al agua para ver si sobreviven al mortal abrazo del sol. Si logran atravesar el infierno, nunca, o casi nunca, alcanzarán el paraíso, sino el indefinido purgatorio. Los trabajadores ilegales son los intocables de nuestro maravilloso sistema. Un exitoso especulador (no digamos lavador de dinero) logra un estatus legal casi inmediato en cualquier país en el que ponen pie. Un trabajador, en cambio, debe ocultarse como el peor de los criminales, porque el trabajo es el castigo por el pecado original, según algunos excitados religiosos y según Paris Hilton y sus amigos.

—No me venga con sensiblerías de idiotas -Alperico ya había olvidado simular suficiencia. -¿En qué país no existen pobres? En Estados Unidos son más del 12 por ciento…

—Sí, una buena porción de violencia moral -el Tatius seguía simulando la suya. -Pero un norteamericano pobre no arriesgará su vida cruzando un desierto para sobrevivir o mantener a su familia. Por lo general, un pobre norteamericano (exceptuando los homeless) debe sufrir del aburrimiento de sus casas con aire acondicionado, una educación escasa, el desinterés generalizado por el origen de su triste confort y una cultura aún más superficial que la media. El estado les paga para que se queden quietos en sus casas, que es mejor que gastar dinero en cárceles y lidiar con una permanente inquietud civil. Una buena digestión sustituye cualquier crítica social.

—Bueno, che, no seas exagerado -protesté. -Es mejor que morirse de hambre.

—A ese precio, yo prefiero morirme de hambre.

—El capitalismo no tiene un pelo de tonto, en eso estamos de acuerdo.

—El sistema es virtuoso -siguió el Tatius; -si hay problemas, eso se debe a la moral defectuosa de algunos individuos. De algunos millones. La obsesión generalizada sobre lo que llaman “responsabilidad personal” les impide ver cualquier otra realidad más allá de fronteras cerradas. A veces esas fronteras son nacionales, a veces familiares, individuales… Casi siempre, dentro de estas fronteras meten a Dios, o a esa idea particular de Dios que a un tiempo predica la universalidad y practica todo tipo de sectas para Very Important Person. Se banderean con Dios, la patria y la familia, pero los saca de quicio la humanidad.

—Por humanidad quieres decir internacionalismo -dijo Manuel. -Te descubro fácil, bolche de cuarta.

Alperico sonrió, dijo que tenía cosas más productivas que hacer y se fue como había llegado, saludando al perro del Tatius que lo miraba de reojo, midiendo cuidadosamente el accionar de esa mano que acariciaba su nuca. La sospecha del canino era comprensible.

Pasé por la biblioteca central y anoté aquella cita en que otro mexicano se confesaba: “Sonrientes o coléricos, con la mano abierta o cerrada, los Estados Unidos ni nos oyen ni nos miran pero caminan, y al caminar, se meten por nuestras tierras y nos aplastan. Es imposible detener a un gigante; no lo es, aunque tampoco sea fácil, obligarlo a oír a los otros: si escucha se abre la posibilidad de la convivencia. Por razón de sus orígenes (el puritano habla con Dios y consigo mismo, no con los otros) y, sobre todo, de su poderío, los norteamericanos sobresalen en el monólogo: son elocuentes y, también, conocen el valor del silencio. Pero la conversación no es su fuerte: no saben ni escuchar ni replicar” (Octavio Paz, Posdata, 1969, a El laberinto de la soledad).

Se me ocurrió pensar que no se trataba sólo de un carácter nacional, sino de uno de los rasgos del éxito. Para confirmarlo estaban Alperico y Manuel, que si bien no eran exitosos en nada se consideraban como tales. Y la imaginación es el primer requisito para cualquier realidad.

De dónde viene la voz del pueblo?

Es probable que así como la rima servía a los trovadores para memorizar historias en una antigüedad sin prensa escrita, el ingenio cumpla la misma función de ayudamemoria. Pero si ingenio no es lo opuesto a genio, mucho menos es su sustituto. De ahí las fábulas y las parábolas. O los sofismas como: “Puedo resistir cualquier cosa, menos la tentación” (atribuido a Óscar Wilde); “un comunista es alguien que ha leído a Marx; un anticomunista es alguien que lo ha comprendido” (ídem, Ronald Reagan); o las más inteligentes ocurrencias de Groucho Marx. El sofisma es una minúscula pieza de ingenio que con frecuencia sustituye o pretende disimular la carencia de un pensamiento más complejo, algo así como el Reader’s Digest de la cultura universal.

La esperanzadora y popular frase de Lincoln, “puedes engañar a todos por poco tiempo, a unos pocos por todo el tiempo, pero no puedes engañar a todos por todo el tiempo” se parece a la de Churchill, “nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”. Tal vez la geometría fonética – “…all the people part of the time, and part of the people all the time, but not all the people all the time”- conspire contra la verdad histórica. Depende lo que significa “poco tiempo” o “unos pocos”. Para déspotas y dictadores tal vez un par de décadas sea “tan poco”, pero para quienes deben sufrirlos media hora sea “tanto tiempo”.

Por otro lado, quién sabe si “engañar a mucha gente por mucho tiempo” no es otra forma triste de la verdad: si una mentira dura lo que dura una civilización, entonces ¿cómo vamos a definir esa mentira? Durante siglos, la idea de que el Sol giraba alrededor de la Tierra era unánime. El viejo sistema de Ptolomeo -bastante nuevo si consideramos que otros griegos entendían que en realidad la Tierra se movía alrededor del Sol- era la vox populi sobre cosmología. Los cálculos que consideraban el modelo de Ptolomeo podían predecir eclipses. Ese modelo cosmológico se derrumbó, poco a poco, a partir del Renacimiento. Hoy en día el heliocentrismo es vox populi. Suena por lo menos ridículo decir que en realidad el Sol gira alrededor de la Tierra. Sin embargo, esta realidad es innegable. Hasta un ciego puede verlo. Desde el punto de vista de un terrícola, paradójicamente nuestro punto de vista más común y casi siempre el único, lo que gira es el Sol, no la Tierra. Y si consideramos el primer principio einsteniano de que no hay punto de vista privilegiado ni sistema de observación único en el Universo, no hay ninguna razón para negar que el Sol gira alrededor de la Tierra. La idea heliocéntrica sólo es válida para un punto de vista (imaginario) exterior al Sistema Solar, punto de vista más simple y de más alta estética -de ahí su superioridad científica-, nunca experimentado por ser humano alguno pero fácil de concebir.

Otra paradoja de esta frase prefabricada: una de las primeras menciones escritas de vox populi, vox Dei la hace Flaccus Albinus Alcuinus hace más de mil años, precisamente para refutarla: …tumultuositas vulgi semper insaniae proxima sit (“…la cordura del vulgo es más bien locura”). Su raíz pagana y tal vez demagógica, autoriza al pueblo en nombre de Dios, pero/y es utilizada por toda una gama de ateos o anticlericales. Por otro lado, la burocracia que le han inventado a Dios para ayudarlo a administrar su Creación, ha practicado históricamente el lema contrario: “El poder del rey procede de Dios”. Por lo menos desde Tutankamon hasta los generalísimos y (no) muy católicos Franco, Videla, Pinochet y los neoconservadores norteamericanos. Tampoco El Vaticano recurrió jamás a la vox populi para elegir la vox Dei. ¿Cómo habría Dios de dotarnos de inteligencia y luego exigirnos una conducta de rebaño?

Desde los tiempos en que imperaba la propaganda feudal y teocrática y en tiempos de los reyes absolutistas, la vox populi fue una creación de (1) púlpitos y pupitres y de (2) historias populares de reyes y de princesas. No muy diferente a (2) las más actuales telenovelas y a las revistas de Ricos&Famosos donde se exponen las elegantes miserias de las clases dominantes para consumo moral del pueblo. Diferente, aunque no tanto, se forma hoy la vox populi en (1) los estrados políticos y los mass media dominantes.

No muy diferente de aquel primer debate blanco y negro de Nixon-Kennedy. ¿Existe algún candidato que se atreva a desafiar la sagrada opinión pública? Sí, sólo aquel que sabe no tiene probabilidades serias de ganar y no teme meter el dedo en la llaga. Pero los políticos con chance no pueden darse el lujo de incomodar esa vox populi, razón por la cual suelen acomodar el cuerpo hacia todo tipo de centros -el espacio ideológico creado por los medios- en nombre del pragmatismo. Si el objetivo mediato es la pesca de votos, ¿alguno se atrevería a decir algo que, de antemano, sabe que no caerá bien en la masa votante? Los candidatos no debaten; compiten en seducción, como si estuviesen cantando por un sueño.

Ahora, ¿quiere decir todo eso que el pueblo tiene la autoridad de imponer una conducta a sus propios candidatos? ¿Quiere decir que el pueblo tiene el poder? Para responder debemos considerar si esa opinión pública no es frecuentemente creada, o al menos influenciada por los grandes medios de comunicación -título de por sí falso y a veces demagógico-, como en la Edad Media era creada e influenciada desde el pupitre y la comunicación se reducía al sermón y el mensaje era, como hoy, el miedo.

Claro, no voy a defender la libertad de prensa en Cuba. Pero por otra parte, la repetida libertad de prensa del autoproclamado mundo libre bajo la lupa no luce igual. No me refiero sólo a la democrática autocensura de quien teme perder su empleo, o a los desempleados políticos que deben maquillar sus ideas para convencer a un posible empleador. Si en los países no libres la prensa está controlada por el Estado, ¿quién controla los medios y los fines en el mundo libre? ¿El pueblo? ¿Alguien que no pertenezca a la selecta familia de los grandes medios que ejercen la cobertura mundial, puede decidir qué tipo de noticias, qué tipo de ideas debe dominar el aire, la tierra y los mares como el pan nuestro de cada día? Cuando se dice que la nuestra es una prensa libre porque está regida por la libertad del mercado, ¿se está argumentando a favor o en contra de la libertad de la prensa y de los pueblos? ¿Quiénes deciden qué noticias y qué verdades deben ser repetidas 24 horas por CNN, Fox o Telemundo? ¿Por qué Paris Hilton llorando por dos semanas de cárcel -y luego vendiendo la historia de su delito y de su conversión moral- es primera plana y los miles de muertos por injusticias evitables son apenas un número junto con el pronóstico del tiempo?

Para completar la (auto)censura en nuestra cultura, cada vez que alguien se atreve a poner una lupa o garabatear interrogantes, es acusado de preferir los tiempos del estalinismo o algún rincón de Asia, donde la teocracia impera a su antojo. Éste es, también, parte de un conocido terrorismo ideológico del cual debemos estar intelectualmente alertas y resistentes.

La historia demuestra que los grandes cambios han sido impulsados, previstos o provocados por minorías atentas a las mayorías. Casi por regla, los pueblos han sido más bien conservadores, quizás debido a las históricas estructuras que le impusieron obediencias de plomo. La idea de que “el pueblo no se equivoca”, se parece mucho a la demagogia de “el cliente siempre tiene la razón”, aunque esté escrita con la otra mano. En el mejor sentido (humanístico), la frase vox populi, vox Dei puede referirse no a que el pueblo tiene necesariamente la razón, sino a que el pueblo es su propia razón. Es decir, toda forma de organización social lo tiene a él como sujeto y objeto. Excepto en una teocracia, donde esta razón es un dios que se arrepintió de haberle conferido libre albedrío a sus pequeñas criaturas. Excepto en el mercantilismo más ortodoxo, donde el fin es el progreso material y los medios la carne humana.

 

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia

Julio 2007

 

 

 

Le faux dilemme entre la liberté et l’égalité.

 

1. Les différences que la liberté ne produit pas.

 

La loi V du Titre Premier de Las siete partidas, Les sept parties (*), reconnaissait le fait que le roi “est toujours mis à la place de Dieu”. Une idée semblable a survécu dans la même Espagne, huit siècles plus tard. La légende des pièces de cent pesetas à l’effigie du général Francisco Franco confirmait cette vieille prétention du pouvoir : “Caudillo de l’Espagne par la Grâce de Dieu”.

Ces lois du XIIIème siècle, promues par le roi Alfonso X le Sage, mettaient sur papier d’autres évidences. Par exemple, on reconnaissait qu’une des vertus d’honneur des chevaliers était leur cruauté. Les nobles devaient être “cruels pour ne pas avoir de remords de voler leurs ennemis, ni de les blesser ni de tuer”. (II, T 21, loi 2, pag. 195). Pour cette raison on choisissait un chevalier parmi mille – de là le mot militia, milice, militer – qui devait de préfère correspondre, selon les mêmes lois, à des bouchers, charpentiers et forgerons, parce que ces travailleurs étaient forts de leurs mains et étaient habitués à la violence.

Mais la différenciation “logique et naturelle” était non seulement de classes ; elle était aussi de sexe et de race. “Aucune femme – établissait le sage code -, bien qu’elle soit informée du droit ne peut être avocat lors d’un jugement ; et ceci pour deux raisons : la première, parce qu’il n’est pas chose nécessaire ni honnête que la femme prenne office d’homme en étant publiquement entourée avec les hommes pour raisonner pour un autre ; la deuxième, parce que anciennement l’on interdit les sages… ”  (III, T 6, loi 3, pág. 247-248) De même, les aveugles ne pouvaient pas non plus être des avocats parce qu’ils ne pouvaient pas voir les juges et leur rendre des honneurs.

Mais la loi européenne – tout comme les lois incas commentées par Guamán Poma Ayala – légiférait aussi sur le territoire intime du sexe. L’homme qui gisait avec une femme mariée n’était pas déshonoré, mais l’était bien la femme en l’imitant. Pourquoi ? Pour une raison d’inégalité naturelle : “l’adultère que fait l’homme avec une autre femme ne fait pas de dommages ni déshonore la sienne ; l’autre [oui ] parce que de l’adultère que ferait sa femme avec un autre, reste le mari déshonoré, en recevant la femme à un autre dans son lit, c’est pourquoi les dommages et les déshonneurs ne sont pas égaux, nécessaires est qu’il puisse accuser sa femme d’adultère si elle l’a fait, et elle pas à lui ; et ceci a été établi par d’anciennes lois, bien que selon le jugement de la sainte Église il ne soit pas ainsi” (T 17, Loi 2, p 402). Ce qui en passant rappelle que l’Église Catholique n’a pas toujours été plus conservatrice que la société qu’elle intégrait, bien que pour une raison politique elle tolérait des détails du type suivant : “Tellement mauvais en étant un certain chrétien qu’on retournerait juif, envoyons qu’ils le tuent pour cette raison, bien ainsi que s’il serait retourné héresiarque”  (T 24, loi 7, p 417).

 

 

2. Stratégies du faux dilemme.

 

Malgré toutes ces différences sociales établies par la loi et le sens commun de l’époque, le même code volumineux reconnaissait que l’esclavage est “la plus vil chose de ce monde”. (IV, T 23, loi 8). Autrement dit, “la liberté est la chose la plus chère que l’homme peut y avoir dans ce monde” (II, T 29, Loi 1, p 226).

C’est ici où nous découvrons une des aspirations humaines les plus profondes qui, en même temps, coexistait avec une violente démonstration de force imposée par le pouvoir de classe, le pouvoir de type et le pouvoir ecclésiastique. C’est-à-dire, l’élan (et l’ideoléxique) de liberté devait coexister en promiscuité avec son élan contraire : les intérêts sectaires de classe, de type, de race. Le principe de liberté n’était pas reconnu comme un processus de libération mais devait mortellement s’accommoder des inégalités établies par la tradition qui parlait et agissait – non sans violence – au nom de la liberté.

Autrement dit, l’idée de liberté ne survivait pas par les différences sociales mais malgré ces différences. Histoire qui nous rappelle toutes les dictatures modernes, qui s’appellent dictadures, dictamoles (sic. Pinochet) ou démocraties.

Nous que comprenons nous de l’histoire des cinq dernières cents années comme la progression imparfaite mais persistante de l’élan libertaire et égalitaire de l’humanisme, nous n’acceptons pas cet élément commun qu’oppose liberté à égalité. Ces égalités ne signifient pas uniformisation, élimination des diversités, mais tout le contraire : nous sommes également différents. Les différences humaines sont des différences horizontales ; non verticales. Les différences verticales sont des différences de pouvoir. Pour notre humanisme, démocratique est synonyme d’égalitaire. C’est la violence de l’inégalité celle qui impose des uniformisations ; c’est la volonté despotique d’une des parties de l’humanité sur les autres. Et la liberté est démocratique ou c’est simplement la dictature de la liberté : la dictature de quelques hommes libres sur d’autres qui ne le sont pas autant. Parce que pour exercer toute liberté nous avons besoin d’une quote-part minimale de pouvoir ; et si ce pouvoir est mal distribué, aussi le sera la liberté.

Cette vieille discussion entre liberté et égalité assume et confirme une dichotomie qui est ensuite traduite en étendards politiques et dans des discours idéologiques : depuis deux cent ans, ses noms sont libéralisme et socialisme, droite et gauche. Les positions antagoniques se disputent le terrain sémantique de la justice sociale sans mettre en question le faux dilemme posé ; en le confirmant.

L’idéal de liberté-et- d’égalité (liberté égale) est, pour le moment, une utopie : l’anarchie. Toutefois, voyons que la même valorisation négative de cet ideoléxique -l’anarchie est automatiquement associée au chaos -, non seulement est due à une raison de survie dans une société immature, mais aussi de l’exploitation primitive du plus fort. C’est-à-dire, l’organisation verticale et autoritaire de la société aurait pu avoir comme origine une raison d’organisation pour la survie du groupe, mais ensuite a dégénéré dans une tradition oppressive. C’est le cas du patriarcat ou du militarisme. Cependant, j’ose le dire, l’histoire des derniers mille ans a été une conquête progressive de l’anarchie, avec ses réactions correspondantes et logiques des oligarchies. Elle Continuera à coûter du sang et de la douleur, mais cette vague ne s’arrêtera pas .

La société étatique a survécu en Espagne jusqu’au XVIIIème siècle et de fait, bien que pas de droit, dans les sociétés latinoaméricaines jusqu’au XXe siècle : les indigènes, les créoles déshérités, les immigrants exilés, sous la commande du corregidor, du propriétaire terrien ou de la Mining & Fruit CO, ignoraient la jouissance de la pratique du droit égalitariste au nom du devoir ou de la productivité. D’une certaine manière, le libéralisme a été une forme de socialisme -tous les deux de fait sont le produit de l’Ere Moderne et de l’humanisme – ; pour tous les deux, l’individu doit être libéré des structures traditionnelles qui organisent la société de manière verticale. L’utopie marxiste d’une société sans gouvernement et sans bureaucratie – phénomène des pays communistes qui a tant déçu le Che Guevara -, ressemble beaucoup à l’utopie libérale d’une société composée d’individus libres. La différence entre ce libéralisme et le socialisme était située dans une intériorité chrétienne : pour l’un, l’égoïsme était le moteur de progrès ; tandis que pour l’autre, l’était la solidarité, la coopération. Raison pour laquelle l’un s’est mis à faire confiance au marché et l’autre dans le progrès de la morale du “nouvel homme”. La valorisation négative traditionnelle de l’égoïsme et la valeur positive de la solidarité est résolue en partie, par les nouveaux libéraux, en qualifiant l’un comme réaliste et l’autre comme ingénu. Comme réponse, les partisans de l’égalitarisme ont qualifié ce réalisme d’hypocrite et de sauvage et la prétendue ingénuité comme une valeur altruiste et humaine.

Mais la dichotomie est encore artificielle. Il suffirait de se demander : la liberté s’est elle exercée individuellement dans une société ou à travers les autres ? ; la liberté individuelle s’est exercée en collaboration ou en concurrence avec les autres ? Si la liberté de quelques uns produit de grandes différences de pouvoir, ne serait-il pas que la liberté de l’un est exercée contre la liberté de l’autre et grâce à ce raccourci ? Est-ce la même chose la liberté que le libéralisme ? Est -ce la même chose l’égalité que l’égalitarisme ? Est-ce la même chose l’individu que l’individualisme ?

Y compris en assumant qu’il y a des individus plus habiles que d’autres, pourquoi accepter que les premiers monopolisent ou accaparent des pans de pouvoir qui restreignent le pouvoir et la liberté des autres ? On assume qu’il n’y a pas de liberté dans un système qui impose l’égalité – l’égalitarisme -, mais on oublie qu’il n’y a pas non plus de liberté dans un système qui reproduit des différences qui seulement candidement peuvent être attribuées à l’“expression naturelle” des différentes habilités individuelles. Comme si quelqu’un ne savait pas que pour être un oppresseur, un exploitant ou un tyran, une grande intelligence n’est pas nécessaire ni de grandes valeurs morales : il suffit d’une ambition débordée, une cruauté inhumaine et une hypocrisie légitimée par quelque autre théorie conçue sur mesure pour le pouvoir du jour. Et quand l’opprimé ne collaborera pas, il suffit de la force anéantissante de la machine de militaire.

L’humanisme doit faire face à cette contradiction apparente sans contradiction : la recherche de liberté est seulement possible à travers une égalité progressive, de la même manière que la recherche d’égalité doit être donnée dans une libération progressive de l’humanité. Ce n’est ne pas bon d’annuler ou de retarder l’une au nom de l’autre.

 

 

Jorge Majfud

* The University of Georgia, 30 mars 2007.

 

(*) Alfonso X Le Sage. Les sept parties, 1265.

 

Traduction de l’espagnol de : Estelle et Carlos Debiasi.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s