Los cabellos blancos de un presidente

Los cabellos blancos de un presidente


El pasado lunes por la noche, el presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, fue homenajeado por la revista Istoé, que lo eligió Brasileiro do Ano. Significativamente, la revista entregó otras distinciones: IstoÉ Dinheiro e IstoÉ Gente, que puestos en su propio contexto podrían significar dos premios redundantes.

El texto de AFP, repetido por una docena de diarios del continente, dice: “‘Las cosas evolucionan de acuerdo con la cantidad de cabellos blancos y la responsabilidad que uno tiene’, dijo Lula, de 61 años, señalando sus canas en un improvisado discurso”. Y más adelante: “‘Si uno conoce a un izquierdista muy viejo es porque debe estar con problemas’, dijo el presidente arrancando carcajadas y aplausos del público formado por empresarios políticos y artistas”.

En algo llevan razón sus palabras: los viejos izquierdistas como seu Luiz ya no son izquierdistas porque resolvieron sus problemas. No obstante, aunque se refuta a sí mismo, el mensaje fue leído sin ambigüedades por todo un continente y por los hilarantes empresarios: el presidente convertido a la sensatez se refería a los problemas psicológicos e ideológicos de quienes ya no piensan como él. Lo cual constituye la tesis central y el único recurso dialéctico de libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano: la mera calificación de las facultades mentales del adversario.

Analicemos brevemente el silogismo planteado.

En la antigüedad, para reclamar respeto se aludían a las blancas barbas. Seu Luiz tiene barba pero el nuevo pudor ideológico le impide aludir a su pasado remanente y al dramático travestismo ideológico que supone el encanecimiento de aquellas barbas, más de una vez en remojo. El antiguo aforismo que pretende recordar y confirmar la sabiduría —política— de los hombres que peinan canas, sólo nos garantiza que dicho discurso proviene de un anciano. En este caso, de un anciano en el poder. En Informe sobre ciegos (1961), Ernesto Sábato decía, por boca de un canalla: “al sustantivo ‘viejito’ inevitablemente anteponen el adjetivo ‘pobre’, como si todos no supiéramos que un sinvergüenza que envejece no por eso deja de ser sinvergüenza, sino que, por el contrario, agudiza sus malos sentimientos con el egoísmo y el rencor que adquiere o incrementa con las canas”.  Canalla, pero irrefutable. Por culpa de este tipo de canallas, un “pobre viejito” como el recientemente fallecido General Augusto Pinochet debió ser cremado para que su tumba —según sus familiares— no se convierta en un santuario de protestas y profanaciones. En India la cremación tiene una finalidad semejante: así se evita la continuación del samsara, la indeseable reencarnación del fallecido.

América Latina posee una larga historia de caudillos que ascienden al poder por la escalera de la izquierda y luego se sostienen aferrándose al pasamano de la derecha. Entre los recursos narrativos más recurrentes del poder de turno ha estado siempre la falsa alternativa del “justo medio”. A las confesiones aplaudidas por los empresarios en San Pablo, el compañero Lula, agora o seu Luiz, agregó que, como en toda conducta humana, lo ideal es el “camino del medio” y el “equilibrio”.

Entre México y Buenos Aires existe una distancia con un inequívoco punto medio. El problema es calcular ese punto medio en un orden político, social, donde se disputan el negro y el oscuro como si fuesen dos opciones radicales. ¿Cuál es el punto medio cuando un niño llora de hambre o ni siquiera tiene fuerzas para llorar? ¿Cuál era el camino del medio cuando Hernán Cortés quemaba ciudades enteras y decapitaba hombres y mujeres indefensas? ¿Cuál era el camino del medio cuando hasta ayer los dictadores militares o caudillos más pequeños en nuestro continente disponían de países enteros como un hacendado dispone de su ganado? ¿Existe un sabio camino del medio entre los violadores de los Derechos Humanos y aquellos radicales que por años reclamaron la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad cuando pensaban que habían recuperado la democracia? ¿Se puede ser medio criminal, medio violador, medio hipócrita? ¿Qué significa equilibrio para una sociedad que produce indistintamente palacios y favelas?

Los dilemas que se usan en política para establecer un equilibrio, un punto medio, casi siempre son falsos; como el juego de regateo en un mercado, que deja contento al cliente que paga de más al lograr un precio algo más bajo que el inicial propuesto por el vendedor. Por supuesto que todos valoramos el equilibrio entre los reclamos y los logros humanos, pero el problema surge cuando tomamos este precepto y lo generalizamos a rajatabla por una razón de conveniencia personal o de clase o de gremio: no es lo mismo un equilibrio entre las posibilidades materiales y el deseo, que el equilibrio entre la justicia y la violación de los derechos.

Cuando el mismo presidente Lula subió al poder con su utópico slogan Fome Zero (Hambre Cero), no estaba proponiendo un camino del medio sino una opción radical. Radical e inexcusable en un país donde el Estado invierte millones para proteger mansiones improductivas mientras las cifras de niños muertos antes de los cinco años es de 35 cada mil, bastante mayor que la de países como Panamá (24 cada mil) o Chile (9 cada mil). El natural fracaso de una propuesta radical como la de Fome Zero no debería significar cambiarse hipócritamente de bando sino morir insistiendo en un derecho humano, irrenunciable, honrosamente radical. En este caso, la derrota ante la realidad no es tan vergonzosa como el discurso ideológico que pretende justificarla con frases dictadas por los constructores y los narradores de esa misma realidad.

Claro, cambiar no es malo. Todo lo contrario. La historia de las posiciones religiosas, científicas, filosóficas y políticas es rica en todo tipo de cambios, con frecuencia cambios dramáticos. En el mundo de las pasiones y del pensamiento estos virajes son comunes y a veces célebres: es el caso de Jean-Paul Sarte o de Mario Vargas Llosa. Del primero, Octavio Paz dijo que tantos cambios afeaban su obra. Del segundo se dijeron cosas peores, quizás porque, al menos hasta ayer, se consideraba que la cultura era un campo de batalla que sirve o se resiste al poder de turno. Renegar o no tomar posición era una forma de traición. En el caso de Ernesto Sábato los cambios y las rupturas han sido dramáticas y abundantes. De forma extraña, todas estas contradicciones filosóficas —para no llamarlas simplemente políticas— se asociaron a una coherencia existencial y, finalmente, a la coherencia, a secas.

Ahora, atribuir los cambios a una mayor sabiduría simplemente es un engaño de las apariencias que peinan canas. Einstein revolucionó las ciencias físicas con veinticinco años. Diez años después, en 1915, logró una de sus últimas proezas intelectuales: la generalización de su Teoría de la Relatividad. Desde entonces hasta que murió en 1955 se pasó toda la vida negando las posibilidades de gran parte de la física cuántica, aquella que tendría más éxito que su frustrada búsqueda de una teoría determinista y unificadora, al mejor estilo de la ciencia del siglo XIX —en lo que respecta al determinismo— y de la filosofía del siglo V a. C., en lo que respecta al precepto epistemológico de la verdad unitaria. Una broma común dice: “Si los padres saben más que los hijos, ¿por qué el padre de Edison no inventó la bombita de luz?”.

Las canas, señor Presidente, pueden significar más experiencia, sí. Pero no garantizan mucho más que eso. Más experiencia puede ser una buena base para la sabiduría o para una de las formas de la estupidez, como lo es la misma creencia de que la experiencia produce ideas. Esta superstición ha sido refutada en todos los laboratorios del mundo pero se mantiene viva gracias al orgullo senil de quienes ya no tienen ideas.

Señor presidente, resulta patético justificar un travestismo ideológico con las ideas del pato Donald al mismo tiempo que se señala sus propias canas como si fuesen las canas de Einstein —ya que no las de Marx—. ¿Qué nuevo acto de fe es necesario para creer en sus nuevas opiniones? ¿Qué nuevo acto de hipocresía es necesario para reírse a carcajadas junto con sus comensales del Gran Empresariado Tercermundista en otro de sus clásicos delirios de grandeza? Dejarse crecer el pelo blanco no ayuda mucho en la comprensión de una ecuación geodésica. Sólo lo asemejaría a usted aún más a Benny Hill.

Sinceramente, señor presidente, no me interesa defender aquella izquierda que lo llevó al poder de su país. Soy demasiado escéptico y probablemente demasiado cínico como para creer en discursos de izquierda, de centro o de derecha. Tal vez me repugne menos la demagogia de un discurso callejero que la hipocresía de una cena con champagne. Pero si vamos a analizar la profundidad de los pensamientos de esa sabiduría encarnada ahora por usted, podríamos comenzar por las siguientes conclusiones: (1) que habitualmente los hombres y mujeres de izquierda se vuelvan viejos y viejas de derecha no garantizan a nadie su sabiduría; rigurosamente, del silogismo planteado sólo se deduce que (2) la derecha está, como cualquier viejito canoso, más cerca del poder y de la muerte que la izquierda. Por lo cual habría que felicitar a los viejitos izquierdistas por su espíritu juvenil.

Jorge Majfud

13 de diciembre de 2006

A President’s White Hair

Jorge Majfud

The University of Georgia

Translated from Spanish by Bruce Campbell

Recently, the president of Brazil, Luiz Ignacio Lula da Silva, was honored by the magazine IstoÉ, which elected him Brazilian of the Year.  Significantly, the magazine handed out other distinctions: IstoÉ Money and IstoÉ People, which placed in their proper context could represent two redundant prizes.

The AFP text, repeated by a dozen of the continent’s daily newspapers, states: “‘Things evolve according to the amount of white hair and responsibility that one has,’” said Lula, 61 years old, indicating his white hair in an impromptu speech.”  And later: “‘If one meets a very old leftist it is because he must have problems,’ said the president, drawing laughter and applause from the audience of businessmen, politicians and artists.”

His words make a certain sense: old leftists like Mr. Luiz are no longer leftists because they have solved their problems. Nonetheless, even though it refutes itself, the message was read ambiguously by an entire continent and by the hilarious business people: the president, having come to his senses, referred to the psycological and ideological problems of those who no longer think like him.  Which constitutes the central thesis and the only dialectical resource of books like Manual for the Perfect Latin American Idiot: the mere qualification of the mental faculties of the adversary.

Let’s analyze briefly the syllogism posited here.

In olden times, in order to command respect one alluded to the white chin whiskers.  Mr. Luiz has a beard but the new ideological modesty bars him from alluding to his residual past and the dramatic ideological cross-dressing that the graying of those whiskers, soaked more than once,  represents. The old aphorism that pretends to recall and confirm the wisdom – political wisdom – of men who comb gray hair only guarantees to us that said discourse comes from an old man.  In this case from an old man in power.  In Informe sobre ciegos (Report on the Blind, 1961), Ernesto Sábato commented, through the voice of a scoundrel: “before the noun ‘little old man’ they inevitably place the adjective ‘poor,’ as if we didn’t all know that just because a reprobate grows old he doesn’t cease to be a reprobate, but rather, on the contrary, refines his ill-will with the selfishness and rancor that he acquires or develops along with his gray hair.”  A scoundrel, but irrefutable.  Due to the fault of this kind of rabble, a “little old man” like the recently deceased General Augusto Pinochet had to be cremated so that his grave – according to his family – would not become a sanctuary for protests and profanations.  In India cremation has a similar purpose: the continuation of the samsara, the undesireable reincarnation of  the deceased, is thereby avoided.

Latin America possesses a long history of strongmen who ascend to power up the staircase of the left and then sustain themselves by clinging to the handrail of the right.  Among the más frequently repeated narrative resources of  those in power has always been the the false alternative of the “fair middle.”  To the confessions applauded by businessmen in Sao Paulo, comrade Lula, now Mr. Luiz, added that, as in all human conduct, the ideal is “the middle road” and “balance.”

Between Mexico and Buenos Aires there exists a distance with an unequivocal middle point.  The problem is calculating that middle point in a social or political order, where black and dark are disputed as if they were two radical options.  What is the middle point when a child cries from hunger or doesn’t even have the strength to cry?  What was the middle road when Hernán Cortés was burning entire cities and decapitating defenseless men and women?  What was the middle road when until recently military dictators or smaller strongmen on our continent had at their disposal entire countries, like the large landowner has his cattle?  Does a wise middle road exist between the violators of Human Rights and those radicals who for years demanded the truth, the whole truth and nothing but the truth when they thought they had recuperated democracy?  Can one be half-way criminal, half-way rapist, half a hypocrite?  What does balance mean for a society that produces palaces and favelas alike?

The dilemmas that are used in politics to establish a balance, a middle point, are almost always false; like the game of haggling in a market, which leaves the customer who overpays happy because he achieved a price somewhat lower than the initial one proposed by the vendor.  Of course we all value the balance between human demands and achievements, but the problem arises when we take this precept and we generalize it across the board for reasons of personal or class or professional convenience: a balance between material possibilities and desire is not the same as the balance between justice and the violation of rights.

When president Lula himself rose to power with his utopian slogan Fome Zero (Zero Hunger), he was not proposing a middle road but a radical option.  Radical and inexcusable in a country where the State invests millions to protect unproductive mansions while the number of children who die before the age of five is 35 in every thousand, much greater than that of countries like Panama (24 in every thousand) or Chile (9 in every thousand).  The natural failure of a radical proposal like Fome Zero should not mean hypocritically switching sides but insisting to the death on a non-negotiable, honorably radical human right.  In this case, defeat in the face of reality is not so shameful as the ideological discourse that attempts to justify it with phrases dictated by the builders and narrators of that same reality.

Obviously, change is not bad.  Quite the contrary.  The history of religious, scientific, philosophical and political positions is rich in all kinds of changes, frequently dramatic changes.  In the world of passions and thought these shifts are common and at times famous: such is the case of Jean-Paul Sarte or of Mario Vargas Llosa.  Of the first, Octavio Paz said that so many changes made his life’s work ugly.  Of the second, worse things were said, perhaps because, at least until recently, it was considered that culture was a battle field that either served or resisted the powers that be.  To refuse or not take a position was a form of treason.  In the case of Ernesto Sábato the changes and ruptures have been dramatic and abundant.  In a strange way, all of these philosophical – so as not to call them political – contradictions were associated with an existential coherence and, in the end, with coherence, simply put.

Now, attributing changes to a greater wisdom is simply an illusion of the appearance of those who comb white hair.  Einstein revolutionized the physical sciences when he was twenty five.  Ten years later, in 1915, he accomplished one of his last intellectual feats: the generalization of his Theory of Relativity.  From that point on until he died in 1955 he spent his entire life denying the possibilities of a great part of quantum physics, that theoretical physics which would have greater success than his frustrated search for a unifying and determinist theory, in the best style of 19th century science – with respect to determinism – and of the philosophy of the 5th century B.C., with respect to the epistemological precept of unitary truth.  A common joke says: “If parents know more than children, why didn’t Edison’s father invent the light bulb?”

White hair, Mr. President, can indeed signify more experience.  But it doesn’t guarantee much more than that.  More experience can be a good basis for wisdom or for one of the forms of stupidity, like the belief that experience produces ideas.  This superstition has been refuted in all of the laboratories of the world but remains alive thanks to the senile pride of those who no longer have ideas.

Mr. President, it is pathetic to justify one’s ideological cross-dressing with the ideas of Donald Duck at the same time that one indicates one’s own white hair as if they were the white hairs of Einstein – since they are no longer those of Marx.  What new act of faith is necessary to believe  your new opinions?  What new act of hypocrisy is necessary to roar with laughter along with the guests of the Great Third World Business Class in another classic delusion of grandeur?  Allowing one’s hair to grow white does not help much in comprehending the geodesic equation.  It only makes you look even more like Benny Hill.

Sincerely, Mr. President, I am not interested in defending the left that brought you to power in your country.  I am too skeptical and probably too cynical to believe in the speeches of the left, right or center.  Perhaps I find less repugnant the demagoguery of a speech on the street than the hypocrisy of a dinner with champagne.  But if we are going to analyze the profundity of the thoughts of that wisdom now incarnated in you, we might begin with the following conclusions: (1) that the men and women of the left habitually become old men and women of the right guarantees wisdom to nobody; rigorously, from the syllogism posited one can only deduce that (2) the right is, like any white haired little old man, closer to power and to death than the left.  For which reason, one would have to congratulate the little old leftists for their youthful spirit.

Translated by Bruce Campbell


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