Dios, liberales y conservadores

Dios, entre liberales y conservadores

 

En Estados Unidos es casi unánime la idea de que los conservadores son gente religiosa y compasiva, mientras que los liberales son progresistas, están siempre a favor de los cambios y de la socialización de la compasión. Si en América Latina un liberal es un indigno servidor del imperio americano, en Estados Unidos es un estúpido izquierdista, en ocasiones algo menos que un traidor a la nación bendecida por Dios.

Pero éstas no son sólo definiciones populares; los discursos moralizantes siempre van acompañados con algún tipo de práctica que los confirman o los contradicen. Por ejemplo, no pocos compasivos conservadores angloamericanos son aficionados a las armas. Con frecuencia son los mismos que se escandalizan del horrible espectáculo que dan los españoles torturando y matando a un toro por placer, mientras su deporte favorito es salir a matar ciervos, pájaros y todo bicho que se mueva, no por compasión sino como civilizada diversión. Hay excepciones: algunos millonarios salen a matar animales para alimentarse, lo cual es un argumento respetable, propio de un alma compasiva. O es un problema de tamaños o simplemente es la vieja historia: los salvajes son los otros, no nosotros. Los mapas de la Europa medieval nombraban a África con el nombre “Barbaria”; para los antiguos griegos y romanos, en cambio, los bárbaros eran los rubios del norte, de la periferia del imperio, and so on.

La última tendencia indica que para ser considerado un buen liberal —si los hay, porque esta calificación ya se usa como insulto— hay que tener al menos valores y principios conservadores. Esta simplificación es producto de la escolarización realizada por los medios de desinformación, especialmente por las radios, donde se opera una paradoja histórica muy común en otros países: los antiguos liberales republicanos son ahora los más radicales (y a veces enfurecidos) conservadores.

Como ya vimos, después del término “conservador” el adjetivo asociado por la repetición del discurso social es el de “compasivo”, lo cual indica una eterna sospecha de que un conservador no es un ser compasivo. Algo así como decir “religión tolerante” o “socialista democrático”. Si es socialista debería ser democrático, pero como la historia del siglo XX ha demostrado una tendencia opuesta, se une el adjetivo como una forma de aclaración, de advertencia inconsciente. Lo curioso, lo paradójico, es que si hay un calificativo o una condición difícil de acoplar a la categoría de “conservador” es la de “ecologista”. En resumen, según los más radicales, la compasión conservadora cosiste en que la limosna que reciben los necesitados sea recibida de la propia mano del donante, en ocasiones a través de una iglesia (de paso Dios se entera) pero nunca a través de un sistema abstracto, impersonal como el Estado. Para que esta lógica funcione, claro, no deberían existir los impuestos —no por casualidad en Estados Unidos las donaciones caritativas se descuentan de los impuestos. Es como matar dos pájaros de un tiro, aunque el santo desconfíe.

La genial idea económica que domina el pensamiento conservador de los últimos cuarenta años es la siguiente: si las clases altas se enriquecen más de lo que ya son, esta riqueza desbordará hacia las clases bajas. El éxito no hay que castigarlo, por lo tanto cuanto más rica una persona menos impuestos debería pagar. Una vez un elocuente arengador radial dijo que los negros pobres de Estados Unidos poseían más riquezas que los negros de las clases medias de África, por lo cual cada negro debía de sentirse privilegiado por haber nacido en este suelo y no en la tierra de sus antepasados. Faltaba que cada afroamericano se lo agradeciera también a aquellos que sirvieron de agentes de inmigración para los asuntos africanos en el siglo XIX. Estas observaciones revelan una mentalidad irreversiblemente materialista; ignora que la violencia moral no se mide en dólares sino en relaciones sociales (lo que puede ser una bendición en un contexto, en otro es una humillación). Esta idea, la idea de las clases bajas recibiendo los beneficios que desbordan de las clases altas, aparentemente dista mucho de ser compasiva, propia de una moral religiosa donde todos somos “hijos de Dios”. El principio universalista y democrático de Jesús queda anulado, pero es anulado por otra idea religiosa mucho más antigua: Dios ha querido que haya “grupos elegidos”. No obstante, la idea de que la riqueza cuando se acumula en exceso desborda naturalmente, asume que el ser humano tiene un límite en sus ambiciones. Idea que ha sido refutada históricamente por la práctica, con casos honrosos. Casos honrosos que son repetidamente puestos como ejemplos sin considerar que son ejemplos por significar una excepción a la regla y no la regla en sí misma.

Pero el punto que me interesa ahora es el primero. ¿Qué relación lógica, necesaria o, al menos, histórica existe entre ser conservador y ser un espíritu religioso? No vamos a refutar la inocente idea de que para ser religioso hay que ir a la iglesia. Bastaría con que una sola persona se declare profundamente religiosa y anticlerical, religiosa y antidogmática, religiosa e indiferente ante todo tipo de ritual o demostración pública para anular esta condición necesaria. ¿Quién podría negarme el hecho de autodefinirme religioso sin religión? Por un lado, podríamos pensar que está en la tradición religiosa la idea (aunque de origen griego) de que “todo pasado fue mejor” y, por lo tanto, cualquier cambio nos corrompe cada vez más. Por el contrario, la “esencia” del progresismo (pilar central de la antigua Modernidad) es, precisamente, que la historia evoluciona para bien: “todo futuro puede ser mejor”.

Ahora, el consenso de que para ser una persona profundamente religiosa debe ser al mismo tiempo conservadora se choca de cabezas con la historia. No conozco un solo líder religioso que haya sido conservador, aunque sin duda eso se debe a mi vasta ignorancia. Tal vez mi conocimiento se limita sólo a los más grandes revolucionarios: Moisés, Buda, Jesús, Mahoma, etc. Incluso Martin Lutero. ¿Qué no fue el padre de los conservadores sino un revolucionario? No por casualidad su reforma se llamó “protestante”, aunque bastaría con decir que fue una reforma. Un teólogo podrá decir que una parte de su reforma ponía el acento en un regreso a los antiguos testamentos, pero aún en ese punto, “regreso” significó una profunda confrontación a siglos de autoridad de la iglesia a la cual pertenecía el mismo Lutero. Y si bien fue políticamente conservador en algunos momentos de la lucha de los campesinos, no es menos cierto que sus reformas terminaron por liquidar el orden medieval de organización social, además de negarles al Papa y a su Iglesia la autoridad de interpretar los textos sagrados. Su reforma fue un arriesgado acto de desobediencia y una revolución en las estructuras sociales de su época.

Aún menos en Jesús podemos descubrir algo que pueda ser calificado de conservador. Por el contrario, abundan los ejemplos de su desinterés por el dogma y las convenciones sociales y religiosas de su época. No me imagino al hijo del carpintero saliendo de caza con un grupo de ostentosos fariseos o recriminándole a la viuda por su miserable moneda. Más que desinterés por el poder y el protocolo: sosegado desprecio. Bastaría con recordar cada uno de sus cuestionamientos a la ley, al orden establecido por su propia religión y por la estructura política del Imperio: no se enfrentó al poder político tirando bombas o promoviendo guerras sino negando su valor en la vida humana, es decir, dejando de reconocer la autoridad, desobedeciendo. La idea de dar al César lo que era del César es un desprecio y no una claudicación. Cuando salvó a la mujer adúltera de una muerte segura que imponía la ley de Moisés, lo hizo anulando esta misma ley; no declarando que la ley debía ser ignorada, quebrantada, sino procediendo con un razonamiento muy simple e implacable: “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Si la ley permanecía vigente, ya no podía haber un juez sobre la tierra que la aplicara. Que es lo mismo que su anulación. Claro que si Jesús hubiese hecho la misma pregunta en nuestros orgullosos tiempos más de un pecador hubiese arrojado no una piedra sino una maravilla de la ciencia. ¿Qué no diría Cristo de aquellos cristianos compasivos que defienden con ardor y serenidad la pena de muerte? No estaría de más recordarle a aquellos puritanos que se golpean el pecho por su alta moral, que no sólo el orgullo es el peor de los pecados, profusamente mencionado en sus libros sagrados (y en los mismos escritos luteranos), sino que el mismo Jesús, cuando fue abandonado y negado por alguno de sus discípulos, fue seguido y llorado en soledad por una prostituta, María Magdalena (aunque los teólogos de batalla han hecho inhumanos esfuerzos por demostrar que Magdalena no era prostituta). Olvidan también que la doctrina calvinista de la riqueza material como signo de ser uno de los elegidos por Dios, se derrumba ante una sola frase de Jesús: “Más fácil será que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos”. Hay que ver a Jesús, el hijo de un pobre carpintero que nunca realizó su sueño americano (o romano) porque tampoco le interesaba, cambiando su burro por un Suburban Utility Vehicle o por los confortables primera clase de los aviones que usa el Papa. O la subversiva costumbre de Jesús de rodearse de pobres y enfermos, gente de una unánime clase baja, viudas y quién sabe qué otros marginados que fueron borrados de la memoria de la humanidad trescientos años después, en el Concilio de Nicea, cuando se eliminaron decenas de evangelios que inmediatamente pasaron a ser declarados “apócrifos”. O su único momento de furia, expulsando a los mercaderes del templo, tan bien representados hoy en día por las obscenas alianzas “morales” entre políticos, firmas financieras, petroleras e iglesias. (*)

La expresión “God bless America” (Dios bendiga América) ha sido, en ocasiones, parafraseada y contestada por otros americanos que prefieren decir: “God bless America and every country in the world” (Dios bendiga a todos los países del mundo). Paradójicamente, estos “liberales” han sido acusados de traidores. Paradójicamente estas acusaciones han venido de sectores conservadores, es decir, de aquellos que profesan la religión del Amor universal de Dios.

Claro que la condición de liberal o de conservador nada tiene que ver con el valor moral de cada individuo. La mentira y la estupidez no es propiedad de ninguno. Pero hay momentos en la historia en que uno de los bandos acumula todo el poder, la soberbia, la mentira propia y estupidez ajena.  La costumbre entre los más poderosos es negar acciones inmorales o tomar total responsabilidad por sus errores. En ambos casos las consecuencias son las mismas: ninguna.

 

 

© Jorge Majfud

 

The University of Georgia, febrero 2006

 

 

(*) Mateo 21:12: Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; (21:13) y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

 

 

 

 

Dieu, entre libéraux et conservateurs

Par Jorge Majfud

 

Aux États-Unis, l’idée est quasi unanime que les conservateurs sont des gens religieux et compassifs, pendant que les libéraux sont progressistes, qu’ils sont toujours en faveur des changements et de la socialisation de la compassion. Si en Amérique Latine un libéral est un indigne serviteur de l’empire américain, aux États-Unis c’est un stupide gauchiste, en certaines occasions un peu moins qu’un traître envers la nation bénie de Dieu.

Mais ces définitions ne sont pas seulement des définitions populaires; les discours moralisateurs sont toujours accompagnés par quelque type de pratiques qui les confirment ou les contredisent. Par exemple, ils ne sont pas peu nombreux les conservateurs compassifs anglo-américains attachés aux armes. Fréquemment, ce sont les mêmes qui se scandalisent de l’horrible spectacle que donnent les Espagnols torturant et tuant un taureau pour le plaisir, tandis que leur sport favori est d’aller tuer des cerfs, des oiseaux et toute bestiole qui bouge, non par compassion mais par divertissement civilisé. Il y a des exceptions : quelques millionnaires sortent tuer des animaux afin de s’alimenter, ce qui est un argument respectable, propre à une âme compassive. Ou c’est un problème de taille ou simplement c’est une vielle histoire : les sauvages, ce sont les autres, et non nous-mêmes. Les cartes de l’Europe médiévale appelaient l’Afrique du nom de “Barbarie”; pour les Grecs antiques et les Romains, les barbares étaient les “rouges” du Nord, de la périphérie de l’empire, and so on.

La dernière tendance indique que pour être considéré un bon libéral – s’il y en a – parce que cette qualification maintenant s’emploie comme une insulte – il faut avoir au moins des valeurs et des principes conservateurs. Cette simplification est le produit de la scolarisation réalisée par les médias de désinformation, spécialement par les radios, où s’opère un paradoxe historique très commun dans d’autres pays : les antiques libéraux républicains sont maintenant les plus radicaux (et souvent les plus furieux) conservateurs.

Comme nous l’avons déjà vu, à la suite du terme “conservateur” l’adjectif associé par la répétition du discours social est celui de compassif, lequel indique un éternel soupçon de ce qu’un conservateur n’est pas un être compassif. Quelque chose comme dire “religion tolérante” ou “socialiste démocrate”. Si c’est socialiste cela devrait être démocratique, mais comme l’histoire a démontré une tendance opposée du XX è siècle, on adjoint l’adjectif comme une forme de mise au point, d’avertissement inconscient. Ce qui est curieux, paradoxal, c’est que s’il y a un qualificatif ou une condition difficile à accoupler à la catégorie de “conservateur” c’est celle “d’écologiste”. En résumé, selon les plus radicaux, la compassion conservatrice consiste en ce que l’aumône que reçoivent les nécessiteux soit reçue de la main propre du donateur, en des occasions à travers une église (en passant, Dieu en prend note). Mais jamais à travers un système abstrait, impersonnel comme celui de l’État. Pour que cette logique fonctionne, bien sûr, les impôts ne devraient pas exister – ce n’est pas par hasard qu’aux États-Unis les impôts sont déductibles. C’est comme abattre deux oiseaux d’un seul tir, quoique le saint se méfie.

La géniale idée économique qui domine la pensée conservatrice des dernières quarante années est la suivante : si les classes hautes s’enrichissent, cette richesse débordera vers les classes basses. On ne devrait pas pénaliser le succès, par conséquent, plus une personne est riche moins elle devrait payer d’impôts. Une fois, un harangueur radial a dit que les noirs pauvres aux États-Unis possédaient plus de richesses que ceux de la classe moyenne d’Afrique, selon lequel chaque noir devrait se sentir privilégié d’être né sur ce sol, en non sur la terre de leurs ancêtres. Il ne manquait que chaque afro-américain ne remerciât ceux qui servirent d’agent d’immigration pour les affaires africaines au XIX è siècle. Ces observations révèlent une mentalité irréversiblement matérialiste; on ignore que la violence morale ne se mesure pas en dollars mais en relations sociales (ce qui peut être une bénédiction dans un contexte est une humiliation dans un autre). Cette idée, l’idée que les classes bases reçoivent les bénéfices qui débordent des classes hautes est apparemment beaucoup éloigné d’être compassif, propre d’une morale religieuse où tous nous sommes “enfants de Dieu”. Le principe universaliste et démocratique de Jésus reste annulé, mais il est annulé par une autre idée religieuse beaucoup plus vieille : Dieu a voulu qu’il y ait des “groupes élus”. Cependant, l’idée que la richesse déborde naturellement lorsqu’elle s’accumule en excès assume que l’être humain possède une limite à ses ambitions. Idée qui a été réfutée historiquement dans la pratique, avec des exceptions honorables. Exceptions qui sont mises en exemples de façon répétée sans considérer qu’elles sont des exceptions et non la règle en elle-même.

Mais le point de vue qui m’intéresse maintenant est le premier. Quelle relation logique, nécessaire ou, à tout le moins, historique existe-t-il entre “être conservateur” et “être un esprit religieux” ? Nous n’allons pas réfuter l’innocente idée que pour être religieux il faille aller à l’église. Il suffirait qu’une seule personne se déclare profondément religieuse et anti-cléricale, religieuse et anti-dogmatique, religieuse et indifférente devant tout type de rituel ou de démonstration publique pour annuler cette condition nécessaire. Qui pourrait me nier le fait de m’auto définir religieux sans religion ? D’un côté, nous pourrions penser que l’idée que “tout passé fut meilleur” est dans la tradition religieuse (quoique d’origine grecque) et, par conséquent, tout changement nous corrompt chaque fois plus. Au contraire, “l’essence” du progressisme (pilier central de l’antique Modernité) est, précisément, que l’histoire évolue pour le bien : “tout futur peut être meilleur”.

Maintenant, le consensus que pour être une personne profondément religieuse doit être en même temps conservatrice entre en contradiction avec l’histoire. Je ne connais pas un seul chef religieux qui ait été conservateur, quoique cela, sans doute, soit dû à ma vaste ignorance. Peut-être ma connaissance se limite-t-elle seulement aux grands révolutionnaires : Moïse, Bouddha, Jésus, Mahomet, etc. Même Martin Luther. Qui ne fut pas le père des conservateurs sinon un révolutionnaire ? Ce n’est pas par hasard que sa réforme s’est appelée “protestante”, quoiqu’il suffirait de dire que ce fut une réforme. Un théologien pourrait dire qu’une partie de sa réforme mettait l’accent sur un retour aux Anciens Testaments, mais encore sur ce point de vue, “retour” signifie une profonde confrontation à des siècles d’autorité de l’église à laquelle appartenait ce même Luther. Et bien qu’il fut politiquement conservateur à certains moments de la lutte des paysans, il n’en est pas moins certain que ses réformes en terminèrent avec l’ordre médiéval d’organisation sociale, en plus de nier au Pape et à son église l’autorité d’interpréter les textes sacrés. Sa réforme fut un acte risqué de désobéissance et une révolution dans les structures sociales de son époque.

Encore moins en ce qui concerne Jésus nous ne pouvons découvrir quelque chose qui puisse être qualifiée de conservatrice. Au contraire, les exemples abondent de son désintérêt pour le dogme et les conventions sociales et religieuses de son époque. Je ne m’imagine pas le fils du charpentier sortant à la chasse avec un groupe de magnifiques pharisiens ou reprochant à la veuve sa misérable pièce de monnaie. Plus que désintérêt pour le pouvoir et le protocole : calme mépris. Il suffirait de rappeler chacun de ses questionnements à la loi, à l’ordre établi par sa propre religion et par la structure politique de l’Empire : il n’affronta pas le pouvoir politique en tirant des bombes ou promouvant des guerres, mais en niant sa valeur à la vie humaine, c’est-à-dire, cessant de reconnaître l’autorité, désobéissant. L’idée de rendre à César ce qui lui revenait est un mépris et non une claudication. Lorsqu’il sauva la femme adultère d’une mort certaine qu’imposait la loi de Moïse, il le fit annulant cette même loi; non en déclarant que la loi devait être ignorée, transgressée, mais procédant avec un raisonnement très simple et implacable : “Que celui qui est libre de toute faute lui lance la première pierre”.

Si la loi demeurait en vigueur, alors il ne pourrait y avoir de juge sur terre qui l’appliquerait. Ce qui est la même chose que son annulation. Bien sûr que si Jésus eut posé la même question en nos orgueilleux temps, plus d’un pécheur eut lancé non une pierre mais une merveille de la science. Que nous dirait le Christ de ces chrétiens compassifs qui défendent avec ardeur et sérénité la peine de mort ? Ce ne serait pas inutile de rappeler à ces puritains qui se frappent la poitrine pour leur haute morale, que non seulement l’orgueil est le pire des péchés profusément mentionné dans les livres sacrés (et dans les écrits luthériens), mais que le même Jésus, lorsqu’il fut abandonné et nié par certains de ses disciples, fut suivi et pleuré en solitude par une prostituée, Marie-Madeleine (quoique les théologiens de bataille ont fait d’inhumains efforts pour démontrer que Marie-Madeleine n’était pas une prostituée). Ils oublient aussi que la doctrine calviniste de la richesse matérielle comme signe d’être un des élus de Dieu, s’écroule devant une seule phrase de Jésus : “Il sera plus facile à un chameau de passer par le chas d’une aiguille qu’à un riche d’entrer dans le Royaume des Cieux”. Il faut voir Jésus, le fils d’un pauvre charpentier, qui jamais ne réalisa son rêve américain (ou romain) parce que cela ne l’intéressait pas de changer son rêve pour une Suburban Utility Vehicule ou pour les confortables premières classes des avions qu’utilise le Pape. Ou la subversive coutume de Jésus de s’entourer de pauvres et de malades, gens d’une unanime classe basse, veuves et qui sait d’autres marginalisés qui furent effacés de la mémoire de l’humanité trois-cent années plus tard, au concile de Nice, lorsqu’on élimina des dizaines d’évangiles qui furent immédiatement déclarés “apocryphes”. Ou son unique moment de colère, expulsant les commerçants du Temple, si bien représentés à ce jour par les obscènes alliances « morales » entre politiciens, entreprises financières, pétrolières et églises. (1)

L’expression “God Bless America” (Dieu Bénisse l’Amérique) a été, en certaines occasions, paraphrasée et contestée par d’autres américains qui préfèrent dire : “God bless america and every country in the world” (Dieu bénisse l’Amérique et tous les pays du monde). Paradoxalement, ces “libéraux” ont été accusés de traîtres. Paradoxalement, ces accusations sont venus des secteurs conservateurs, c’est-à-dire, de ceux qui professent la religion de l’Amour universel de Dieu.

Il est certain que la condition de libéral ou de conservateur n’a rien à voir avec la valeur morale de chaque individu. Le mensonge et la stupidité ne sont l’apanage d’aucun. Mais il y a des moments dans l’histoire dans lesquels une des bande accumule tout le pouvoir, l’orgueil, le mensonge véritable et la stupidité d’autrui. La coutume entre les plus puissants est de nier les actions immorales ou de prendre la totale responsabilité de leurs erreurs. Dans les deux cas les conséquences sont les mêmes : aucune.

 

 

© Jorge Majfud

Université de Géorgie, Février 2006

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier

Trois-Rivières, Québec, Canada. Mars 2006

 

(1) Matthieu 21 :12-13 : “ Jésus entra dans le temple de Dieu. Il chassa tous ceux qui vendaient et qui achetaient dans le temple; il renversa les tables des changeurs, et les sièges des vendeurs de pigeons. Et il leur dit : Il est écrit : Ma maison sera appelée une maison de prière. Mais vous en faites une caverne de voleurs”.

 

 

 

On How to Topple an Empire

Jorge Majfud

The University of Georgia

 

 

The same day that Christopher Columbus left the port of Palos, the third of August of 1492, was the deadline for the Jews of Spain to leave their country, Spain.  In the admiral’s mind there were at least two powerful goals, two irrefutable truths: the material riches of Asia and the perfect religion of Europe.  With the former he intended to finance the reconquest of Jerusalem; with the latter he would legitimate the looting.  The word “oro,” Spanish for “gold,” spilled from his pen in the same way the divine and bloody metal spilled from the ships of the conquistadors who followed him.  That same year, the second of January of 1492, Granada had fallen, the last Arab bastion on the Iberian Peninsula.  1492 was also the year of the publication of the first Castilian grammar (the first European grammar in a “vulgar” language).  According to its author, Antonio de Nebrija, language was the “companion to empire.”  Immediately, the new power continued the Reconquest with the Conquest, on the other side of the Atlantic, using the same methods and the same convictions, confirming the globalizing vocation of all empires.

At the center of power there had to be a language, a religion and a race.  Future Spanish nationalism would be built on the foundation of a cleansing of memory.  It is true that eight centuries before Jews and Aryan Visigoths had called for and later helped Muslims replace Roderick and the rest of the Visigoth kings who had fought for the same purification.  But this was not the principal reason for despising the Jews, because it was not memory that was important but forgetting.  The Catholic monarchs and successive divine royalty finished off (or wanted to) the other Spain, multicultural and mestizo Spain, the Spain where several languages were spoken and several religions were practiced and several races mixed.  The Spain that had been the center of culture, the arts and the sciences, in a Europe submerged in backwardness, in the violent superstitions and provincialism of the Middle Ages.  More and more, the Iberian Peninsula began closing its borders to difference.  Moors and Jews had to abandon their country and emigrate to Barbaria (Africa) or to the rest of Europe, where they integrated to peripheral nations that emerged with new economic, social and intellectual restlessness.1  Within the borders were left some illegitimate children, African slaves who go almost unmentioned in the better known version of history but who were necessary for undignified domestic tasks.  The new and successful Spain enclosed itself in a conservative movement (if one will permit me the oxymoron).  The state and religion were strategically united for better control of Spain’s people during a schizophrenic process of purification.  Some dissidents like Bartolomé de las Casas had to face, in public court, those who, like Ginés de Supúlveda, argued that the empire had the right to invade and dominate the new continent because it was written in the Bible (Proverbs 11:29) that “the foolish shall be servant to the wise of heart.”  The others, the subjugated, are such because of their “inferior intellect and inhumane and barbarous customs.”  The speech of the famous and influential theologian, sensible like all official discourse, proclaimed: “[the natives] are barbarous and inhumane peoples, are foreign to civil life and peaceful customs, and it will be just and in keeping with natural law that such peoples submit to the empire of more cultured and humane nations and princes, so that due to their virtues and the prudence of their laws such peoples might throw off their barbarism and reduce themselves to a more humane life and worship of virtue.”  And in another moment: “one must subjugate by force of arms, if by other means is not possible, those who by their natural condition must obey others but refuse to submit.”  At the time one did not recur to words like “democracy” and “freedom” because until the 19th century these remained in Spain attributes of humanist chaos, anarchy and the devil.  But each imperial power in each moment of history plays the same game with different cards.  Some, as one can see, not so different.

Despite an initially favorable reaction from King Carlos V and the New Laws that prohibited enslavement of native Americans (Africans were not considered subject to rights), the empire, through its propertied class, continued enslaving and exterminating those peoples considered “foreign to civil life and peaceful customs” in the name of salvation and humanization.  In order to put an end to the horrible Aztec rituals that periodically sacrificed an innocent victim to their pagan gods, the empire tortured, raped and murdered en masse, in the name of the law and of the one, true God.  According to Bartolomé de las Casas, one of the methods of persuasion was to stretch the savages over a grill and roast them alive.  But it was not only torture – physical and moral – and forced labor that depopulated lands that at one time had been inhabited by thousands of people; weapons of mass destruction were also employed, biological weapons to be more specific.  Smallpox and the flu decimated entire populations unintentionally at times, and according to precise calculation on other occasions.  As the English had discovered to the north, sometimes the delivery of contaminated gifts, like the clothing of infected people, or the dumping of pestilent cadavers, had more devastating effects than heavy artillery.

Now, who defeated one of the greatest empires in history, the Spanish Empire?  Spain.  As a conservative mentality, cutting across all social classes, clung to a belief in its divine destiny, as the “armed hand of God” (according to Menéndez Pelayo), the empire sank into its own past.  The society of empire fractured and the gap separating the rich from the poor grew at the same time that the empire guaranteed the mineral resources (precious metals in this case) allowing it to function.  The poor increased in number and the rich increased the wealth they accumulated in the name of God and country.  The empire had to finance the wars that it maintained beyond its borders and the fiscal deficit grew until it became a monster out of control.  Tax cuts mainly benefited the upper classes, to such an extent that they often were not even required to pay them or were exempted from going to prison for debt or embezzlement.  The state went bankrupt several times.  Nor was the endless flow of mineral resources coming from its colonies, beneficiaries of the enlightenment of the Gospel, sufficient: the government spent more than what it received from these invaded lands, requiring it to turn to the Italian banks.

This is how, when many countries of America (what is now called Latin America) became independent, there was no longer anything left of the empire but its terrible reputation.  Fray Servando Teresa de Mier wrote in 1820 that if Mexico had not yet become independent it was because of the ignorance of the people, who did not yet understand that the Spanish Empire was no longer an empire, but the poorest corner of Europe.  A new empire was consolidating power, the British Empire.  Like previous empires, and like those that would follow, the extension of its language and the dominance of its culture would be common factors.  Another would be publicity: England did not delay in using the chronicles of Bartolomé de las Casas to defame the old empire in the name of a superior morality.  A morality that nonetheless did not preclude the same kind of rape and criminality.  But clearly, what matters most are the good intentions: well-being, peace, freedom, progress – and God, whose omnipresence is demonstrated by His presence in all official discourse.

Racism, discrimination, the closing of borders, messianic religious belief, wars for peace, huge fiscal deficits to finance these wars, and radical conservatism lost the empire.  But all of these sins are summed up in one: arrogance, because this is the one that keeps a world power from seeing all the other ones.  Or it allows them to be seen, but in distorted fashion, as if they were grand virtues.

 

 

©  Jorge Majfud

The University of Georgia

February 2006.

 

Translated by Bruce Campbell

 

(1) It is commonly said that the Renaissance began with the fall of Constantinople and the emigration of Greek intellectuals to Italy, but little or nothing is said of the emigration of knowledge and capital that were forced to abandon Spain.

 

 

 

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