Los beneficios de la libertad de expresión

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Los homofóbicos también tienen derechos

Tal vez alguien piense que caigo en contradicción luego que a lo largo de tantos años he escrito tanto contra la opresión y la discriminación de minorías, de mayorías débiles o de grupos despojados de alguno de sus derechos humanos y civiles, como el de los homosexuales. Sin embargo entiendo que no me contradigo cuando me opongo a que la recientemente electa rectora de la Universidad de Montevideo sea procesada o penalizada por la justicia civil de su país por sus declaraciones homofóbicas en una publicación local. Aunque condenables y fácilmente rebatibles (sobre todo esa tradicionalmente inconsistente idea de la homosexualidad como “contra natura”, que más bien se encuentra en la naturaleza, a diferencia de otras anormalidades humanas como el celibato, la autoflagelación, el uso de ropa, de Internet, el proselitismo, el odio basado en el amor de algún dios o la ingesta de vino y Coca-Cola), las expresiones homofóbicas de la profesora Mercedes Rovira caen dentro de su derecho de libertad de expresión.

Por otra parte, la discriminación que hace o podría hacer ella o su institución en la contratación de profesores según su orientación sexual, también puede ser entendida como un derecho institucional o sectario, aunque nos choque a quienes estamos en contra. Y si realmente agrede algún derecho humano, como el derecho a no ser discriminado laboralmente por su religión, sexo o raza, de hecho, respetadas sectas e instituciones con millones de seguidores se fundamentan en el ejercicio de discriminaciones de varios tipos. ¿No es una discriminación que las mujeres no puedan ser sacerdotes? ¿No es discriminación el hecho de que los santos oficiales son blancos casi por unanimidad a pesar de que, no de ahora, la mayoría de los católicos son africanos, caribeños y latinoamericanos? ¿No es discriminación el hecho de que en algunas sectas legales los matrimonios interreligiosos son malvenidos y a veces directamente prohibidos? ¿No es discriminación contra otras instituciones y contra los negocios honestos que dan trabajo a mucha gente mientras luchan por sobrevivir el hecho de que las iglesias en casi todo el mundo no pagan impuestos? Etcétera. Ninguna de estas discriminaciones se basa en el mérito de los individuos, precisamente.

También en materia de discriminación las sectas cristianas, las marginadas y las institucionalizadas, repetidamente contradicen el espíritu y las mismas palabras del carpintero de Nazaret, pero eso no tiene importancia para ninguna iglesia cristiana y es materia (infinita) de discusión. Lo que define una secta o a una institución religiosa es el respeto y la directa sumisión de sus miembros a sus propias reglas y dogmas. Lo mismo vale para otras sectas islámicas, judías o cientificistas.

Ahora, si la iglesia católica no acepta la homosexualidad, un homosexual convencido simplemente debería abstenerse de ser católico, al menos hasta que sus santos gobernantes decidan cambiar de criterio y dejen de jugar con el silogismo interruptus de que no aceptan la homosexualidad pero sí aceptan a los homosexuales (calladito, claro). Un creyente se define por su fe, pero alguien que “pertenece” a una religión no. Un católico, por ejemplo, se define por la aceptación de las reglas de una institución llamada Iglesia católica y quienes no pertenecen a ella aunque puedan criticar pero no cambiar sus reglas. De hecho ni siquiera los mismos católicos pueden hacerlo, excepto los obispos en algún concilio, una o dos veces por siglo. Al fin y al cabo, si alguien realmente cree en Dios no necesita ninguna religión o, en el peor de los casos, puede buscarse una que se le acomode, ya que no son religiones lo que falta en este mundo.

Por lo tanto, y aunque en lo personal nos parezca un primitivismo o una posición propia de los tiempos de la Inquisición, creo que el resto de la sociedad no debe ir más allá de la crítica y abstenerse de penalizar a través de la justicia civil a alguien por ejercer su libertad de expresión. Por supuesto que los jueces determinarán si sus expresiones violan alguna ley en vigencia del Estado uruguayo. Pero si así fuese, entiendo que esa ley estaría violando un derecho humano fundamental, como lo es la libertad de expresión.

Es mucho más discutible el hecho de si un empleador puede abstenerse de emplear a alguien por su condición sexual. Más allá de lo establecido por las leyes, tiendo a pensar que aunque la conducta es éticamente reprobable, todavía cae en el derecho individual de un empleador privado.

Por otro lado, la institución en la que trabaja la profesora Rovira sabrá si cumple con sus propios códigos de ética y si le conviene o no mantener su nombramiento como rectora. Los estudiantes, por su parte, deberán decidir su matriculación o el abandono de dicha institución basado en la libertad de conciencia de cada uno.

Como hemos sostenido mucho antes, cuando la ley de un país no reconoce a una pareja homosexual estrictamente todos y cada uno de los derechos que tenemos los heterosexuales, la ley no sólo se está metiendo en la vida privada de una persona sino que además está violando otro derecho, un derecho humano, un derecho natural que preexiste a cualquier derecho, como es el derecho a la igualdad fundamental. Pero ninguna ley puede obligar a nadie a reconocer que la homosexualidad es parte de la naturaleza humana y del resto de las especies animales también. Ninguna ley debería condenar a alguien por afirmar categóricamente que la homosexualidad es una anormalidad. Si así lo hiciere, no estaría protegiendo ningún derecho de los homosexuales; estaría violando un derecho de los homofóbicos, sean éstos homosexuales o heterosexuales. Y el resto de la población estaría ejerciendo una antigua práctica que se parece en algo a los tiempos de la Inquisición, contra la cual el humanismo y la ilustración lucharon durante siglos: el silenciamiento y el escarnio social de quienes sostienen ideas políticamente incorrectas.

Por el contrario, la protección de la libertad de expresión, aún en los peores casos, lleva, además, agregado el beneficio de que los más desprevenidos tienen alguna oportunidad de enterarse con quienes tratan o dónde se meten. Lo demás cae dentro de la responsabilidad de cada uno, no del Estado ni de la moral pública, sea ésta una moralina pasada de rancia o verde de más.

 

 

Jorge Majfud

Jacksonville University.

 Panamá América

Milenio (Mexico)

 

creer y pensar

Si los profesores corrompen o adoctrinan adultos, con una conciencia previamente formada, las iglesias siempre llevan la ventaja de hacer lo mismo pero con menores y por mucho más tiempo.

Inquisition torture chamber

Inquisition torture chamber (Photo credit: Wikipedia)

 

Corruptores

 

Así como una democracia nunca se ha definido ni se ha probado ni ha avanzado por el nacionalismo de un pueblo sino por sus críticos, de igual forma todo lo que hoy llamamos “progreso de la historia” (con todo lo relativo que tiene esa expresión), como los múltiples derechos de las minorías, como la superación de muchas formas de explotación y esclavitud, nunca han sido producto de mentalidades conservadoras sino de aquella otra tradición que redescubrieron los humanistas al final del Edad Media y que incluyó a seculares y religiosos de extensa cultura.

Ese movimiento de una larga y lenta revolución en defensa de las libertades colectivas e individuales tuvo su raíz principalmente en aquellos profesores que huyeron de Grecia a la caída de Constantinopla y en aquellos otros (menos reconocidos) que en Córdoba y otras ciudades del sur de lo que hoy es España traducían textos científicos mientras discutían filosofía y religión en latín, hebreo, árabe y otras lenguas parecidas al castellano.

Como bien criticó el gran Ernesto Sábato a mediados del siglo pasado, el movimiento liberador del Renacimiento condujo a varias paradojas, como la de haber sido un movimiento humanista que en el siglo XX acabó en la deshumanización, un movimiento que se preocupó por la naturaleza y terminó en la máquina, un movimiento secular que terminó en una nueva religión: el fetichismo de la razón y las ciencias, donde sus paradójicos sacerdotes no eran los grandes científicos sino los cientificistas y sus rebaños estaban compuestos de tecnólatras.

Ahora, superado los paradigmas de la Era Moderna, y como bien lo había adelantado Umberto Eco hace varias décadas, volvemos a la Edad Media. Si en la Era Moderna convivían los racionalistas con los románticos, en nuestra nueva Edad Media conviven los fanáticos religiosos con el barroquismo de la publicidad, del consumismo y la hiperfragmentación del Homo Digital.

En Estados Unidos, como en muchos otros países, uno de los blancos preferidos de los neo inquisidores son los profesores y, por extensión, todos aquellos que se dedican a alguna disciplina humanística o, como se conoce en Estados Unidos, a alguna “liberal arts”. A los conservadores más radicales no sólo los irrita el adjetivo, “liberal” (que convierten en sustantivo para lanzarlo como una piedra), y la posibilidad de que exista la duda como recurso, sino los mismos fundamentos declarados de las “liberal arts”, entre los cuales está la promoción del pensamiento crítico antes que el pensamiento profesional. (Recientemente, participamos de un largo y duro debate en las asambleas de profesores que gobierna mi universidad, entre Economía y Negocios; la primera, una clásica “liberal art”; la segunda, una disciplina profesional que, por ende, se restringe mucho más a los cómo que a los por qué de la primera).

Desde los candidatos presidenciales que apelan a sus religiones como armas políticas (cada vez se parecen más a sus enemigos, los islamistas; no a aquellos medievales que apreciaban la diversidad sino a los fanáticos más contemporáneos) hasta los arengadores de los medios audiovisuales, el rebaño ha ido creciendo no sólo en número sino en su agresividad proselitista y moralizadora. No se conforman con ser los elegidos de Dios y sus voceros oficiales; además necesitan mandar al infierno al resto de infieles.

Como hiciera Anito y sus demagogos que en la democrática Atenas lograron la condena del viejo Sócrates, la fobia antiintelectual acusa a los profesores de hoy de las mismas dos cosas que hace dos mil quinientos años: (1) son demasiado incrédulos y (2) corrompen a la juventud haciéndoles demasiadas preguntas y sugiriéndoles que tal vez hay otras formas de ver un mismo problema.

Los líderes de esos poderosos grupos, orgullosamente definidos como religiosos y conservadores, en su mayoría ha realizado un pasaje fugaz por alguna universidad, más bien como ese necesario trámite administrativo que exige una sociedad contradictoria. Probablemente habrá sido para ellos una pérdida de tiempo, si no se dedicaron a algo práctico como los negocios. Junto con los lobbies secretos, estos grupos poseen una reserva incalculable de poder político y social.

Por norma y por lógica se definen como conservadores, aunque todas sus religiones y sus tradiciones han sido fundadas por revolucionarios que sucesivamente fueron torturados, crucificados o condenados de diversas formas y por diversos grupos conservadores de su tiempo.

Por supuesto que entre los malos profesores el proselitismo (típica tradición cristiano-musulmana que heredó el pensamiento ideológico en la Era Moderna, como cierto marxismo panfletario) tampoco es raro. No obstante, por definición, el pensamiento crítico no promueve la creencia ni la sumisión intelectual a la autoridad sino todo lo contrario. Los profesores no son predicadores, ni pastores ni políticos, y nada ganan con fastidiar las conciencias jóvenes.  La mejor tradición académica sigue basándose en el ejercicio de la duda y el escepticismo sobre las obviedades. En la academia también hay trabajo clerical (como en una iglesia pueden haber grandes espíritus críticos), ya que un investigador suele ser un intelectual profesional, con todos los riesgos y ventajas que esto implica, pero el clericalismo no es el ideal por el cual se define la profesión académica.

Es comprensible que en las universidades, donde normalmente se investiga, también se ejercite la duda y el cuestionamiento con alguna frecuencia. Tan comprensible como que en las iglesias de todo tipo estén casi monopolizadas por personas que en su vida nunca se les ocurriría cuestionar algo de sus propias convicciones sin considerarlo inmoral o diabólico.

Sin embargo, el caso sobre corrupción de la sociedad que llevó a Sócrates a la muerte y a Jesús al martirio, no es tan grave como se declara. Si bien es cierto que un porcentaje de estudiantes que entran a una universidad salen con ideas diferentes, con habilidades y traumas diferentes, no es menos cierto que de igual forma se podría acusar a las iglesias. Con el agravante de que si los profesores corrompen o adoctrinan adultos, con una conciencia previamente formada, las iglesias siempre llevan la ventaja de hacer lo mismo pero con menores y por mucho más tiempo. Ese es su trabajo: convencer o adoctrinar niños inocentes, incapaces de responder y sin siquiera recibir una buena nota por dudar de la verdad revelada, como suele ocurrir en las universidades. Las iglesias inyectan sus verdades (verdaderas o no, eso es materia de discusión, como los religiosos bien saben cuando se refieren a religiones ajenas, las falsas) en la más temprana edad y continúan haciéndolo por el resto de la vida de los feligreses. La mayoría de los universitarios pasa en un campus académico apenas cuatro o seis años. Cuatro o seis años felices, dicen luego, pero un tiempo casi insignificante desde el punto de vista de la adoctrinación de un individuo, que ya venía formado desde la cuna.

Entonces, señores elegidos de Dios, portavoces del Señor, miembros permanentes del Paraíso, sería bueno que, antes de criminalizar a los “liberal professors” de este país y de muchos otros, procedieran con las mismas reglas y las mismas oportunidades. Dejen de adoctrinar, dejen de lavar el cerebro de los niños y nosotros dejaremos de enseñar a los jóvenes que dudar es bueno. Aunque a partir de entonces ustedes dejarán de beneficiarse de todos los inventos que los investigadores y los espíritus críticos producen y nosotros no podamos beneficiarnos de la salvación de ustedes, sino lo contrario, como hasta ahora.

 

Jorge Majfud

Jacksonville University

majfud.org

Marzo 2012.

Milenio (Mexico)

Milenio II (Mexico)

Diario Dominicano (RD)

La Republica (Uruguay)