
¿Compañera, psicóloga, amante y asesina?
El vendedor de sustituto
Reseña de Silicona 5.0, de Jorge Majfud (Baile del Sol, Tenerife, España, 2020; reedición de Humanus, 2023, 320 páginas).
Hay novelas que envejecen y novelas que, sin cambiar una línea, se vuelven más exactas. Silicona 5.0 pertenece a la segunda especie. Majfud la escribió en 2017 —el mismo año en que la marca californiana RealDoll presentó a Harmony, la primera muñeca con personalidad configurable desde una aplicación, según reconstruye The Guardian— y hoy se lee menos como anticipación que como acta notarial.
La novela
Un sábado 17 de marzo, a las diez de la noche, Facundo Walsh Ocampo se está muriendo de un infarto en el pasillo de un apartamento de Daytona Beach mientras alguien pone a Selena a todo volumen. Tiene cincuenta y nueve años, casi diez millones de dólares en el banco, un divorcio en curso y el cargo de Chief Operating Officer de un grupo empresarial que él mismo describe como «un pequeño Estado absolutista que no fue elegido por nadie». En la cocina, dentro de una caja de FedEx, hay una mujer «en posición fetal, inmóvil y con los ojos abiertos». Es Silvanna. Tardaremos cien páginas en entender qué es exactamente Silvanna, y la respuesta es que es tres cosas a la vez: la esposa de su jefe, el prototipo de las androides que la empresa fabrica en Asia, y el objeto sin abrir que Facundo no se atreve ni a usar ni a destruir.
Sobrevive al infarto y se queda con dos tareas: deshacerse de la muñeca y resolver un robo de identidad. Alguien usa una de sus tarjetas en Tijuana: 144 dólares en un supermercado, 32,16 en un restaurante llamado Cola de Pez, seis retiros pequeños. Facundo recuerda vagamente haber cenado allí con un ciego enfrente, pero no recuerda cómo llegó. Con eso arma un viaje.
El libro se parte en dos mitades espejadas. «Del otro lado» es Florida: un hombre solo, medicado, con lagunas de memoria, reconstruyendo cómo su jefe Jeff Al Ferro inventó las muñecas terapéuticas y cómo él las colocó ante los directorios de Seúl, Kuala Lumpur y Singapur. «Del otro otro lado» es Baja California: el mismo hombre, ahora llamado «don Luis», rodeado de gente que lo conoce mejor de lo que él se conoce y que recuerda cosas suyas que él ha olvidado —que toca el Nocturno de Chopin, que dio consejos a una muchacha, que ya estuvo allí el 15 de octubre del año anterior—. La investigación del fraude se vuelve, sin avisar, una investigación biográfica, y el desenlace da la vuelta a la pregunta inicial de un modo que no conviene revelar. Basta con el epígrafe, que reaparece como despedida en boca de una mujer: «A ti te mataron allá del otro lado, vaya a saber cuándo, y ahora crees que persigues algo y, en realidad, huyes de tu propio cadáver. Eres un fugitivo que se cree el detective.»
Lo que hoy suena distinto
La decisión más inteligente del libro es formal: casi todo lo que sabemos sobre la inteligencia artificial nos llega en lenguaje de reunión de directorio. No hay singularidad, no hay rebelión de las máquinas, no hay científico visionario. Hay comerciales de nivel medio, con jet lag y whisky a las siete y media, vendiendo un producto que no entienden.
Jeff, que abandonó álgebra en la universidad, formula la doctrina completa del sector en una sobremesa: «¿Qué tal si un día se logra un algoritmo que logre descifrar los sentimientos humanos mejor que los humanos mismos?», y enseguida el corolario que ninguna presentación de inversores dice en voz alta: «Tal vez ese día esté lejos aún, pero lo importante es vender la idea para que otros logren desarrollarla.» La necesidad la deduce de su propio fracaso en terapia de pareja: «tanto las mujeres como los hombres necesitamos sustitutos que no sean ni mujeres ni hombres sino abstracciones de cada uno, versiones mejoradas, con sus virtudes y sin sus defectos». Y remata con la línea que resume la industria del deseo: «las modelitos tienen que fingir ser robots para ser apetitosas y los robots deberán fingir ser seres humanos para ser exitosas».
Nueve años después ese mercado existe con nombres y cifras. El comercio de muñecas sexuales se valuó en 6.600 millones de dólares en 2025, con proyección de superar los 13.400 millones en 2033 (The Guardian), y la compañía artificial sin cuerpo se volvió masiva: las aplicaciones de compañeros de IA crecieron un 700% entre 2022 y mediados de 2025, Character.AI llegó a veinte millones de usuarios mensuales —más de la mitad menores de veinticuatro años— y una encuesta de octubre de 2025 halló que casi uno de cada cinco estudiantes había tenido una relación romántica con una IA o conocía a alguien que la había tenido (American Psychological Association). En enero de 2026, Google y Character.AI acordaron cerrar las demandas de varias familias que atribuían a los chatbots la muerte de sus hijos adolescentes, entre ellas la de Megan García, cuyo hijo de catorce años se suicidó en febrero de 2024 (The Guardian). La novela ya había puesto el mercado antes que el producto: «alguien que se compra una muñeca de veinte mil dólares es alguien que tiene un problema». No necesita explicar por qué se venderán; le basta describir la vida del vendedor, sus aeropuertos, sus hoteles «cinco estrellas, pero desolados hasta la muerte», sus dos teléfonos que parecen «insectos luminosos».
Tres aciertos más, y son los que más incomodan.
El consentimiento. Silvanna no es una víctima pasiva: firma. Quiere ser inmortalizada antes de envejecer y quiere vengarse de su marido. «Le cedí todo a los chinos. Imagen, voz, y quince horas de Personal Input, que, como sabes, es la semilla que se pone en la psicología de las Inteligencia Artificial.» Es, palabra por palabra, el contrato de licencia de rostro y voz que hoy discuten actores, dobladores y modelos. Su contracara es peor: cuando la empresa necesita otro rostro, lo obtiene de una muchacha de Tijuana en un casting fingido para un reality universitario. Facundo se manda a sí mismo una nota que luego olvidará: «¿qué pobre chica en México se le ocurría demandar a una empresa en corea del sur por el parecido de uno de sus productos?» La novela nombra en 2017 lo que hoy llamamos arbitraje jurisdiccional de datos, con la fría alegría de un memo interno.
El trabajo. Un pasaje enumera, casi de paso, las capacidades de los sistemas de recursos humanos: leer cientos de miles de curriculums, prever «cuándo un empleado renunciaría a su trabajo, cuándo pediría aumento de sueldo». En 2026 la inteligencia artificial es la razón que las empresas estadounidenses invocan con más frecuencia al anunciar despidos —citada en 112.713 anuncios de recorte hasta julio, según el informe de Challenger, Gray & Christmas— y Amazon eliminó 16.000 puestos corporativos en enero dentro de un plan de 30.000, con la automatización de por medio. Pero Majfud no escribe sobre el desempleo, sino sobre algo más certero: los ejecutivos que serán reemplazados ya se habían convertido en máquinas antes. «Los que lo logran el éxito, lo hacen al precio de haberse convertidos en máquinas […] Si uno reemplaza esos cyborgs por robots con inteligencia artificial, no habrá mucha diferencia.» Facundo no teme perder su empleo frente a un algoritmo; teme descubrir que hace veinte años trabaja como uno.reuters+1
La muerte. En el capítulo «Los sustitutos», junto a la cama de un moribundo, Facundo imagina la etapa siguiente de la especie: «Los hijos ya no llorarán la muerte de sus padres con tanta angustia, porque los Sustitutos estarán allí para prolongar por algún tiempo más la existencia de sus progenitores. La existencia o la ilusión de la existencia, que pronto serán la misma cosa.» Eso es, literalmente, la industria del grief tech: empresas que cobran una cuota mensual por mantener encendido el clon conversacional de un familiar muerto, con investigadores que ya estudian si esos robots de duelo alivian la pérdida o la vuelven crónica (CBC, TechXplore). La novela lo enmarca mejor que muchos ensayos: pone en una misma serie tres tecnologías de inmortalidad —la religión, el dinero y la inteligencia artificial— y anota, a propósito de los funerales japoneses para los perros robot AIBO, que «o creemos que cada cosa tiene un alma o reconocemos, de una buena vez por todas, que nada lo tiene».
El argumento de fondo
Frente al catastrofismo de moda, el cuñado Ernesto —profesor de español, «mezcla imposible de Sócrates, Jesucristo y Che Guevara»— formula la tesis del libro: «No necesitamos que los robots no persigan para destruirnos, como en The Terminator; basta con que nos resuelvan todos los problemas. Con eso basta para convertirnos en apéndices, para tener una existencia de gusanos.» Y en otro momento: «No es a la tecnología a lo que le tengo miedo […] sino a la cultura que crea todo eso.» Es la formulación más útil que ofrece la novela para 2026, cuando el debate oscila entre el pánico existencial y el entusiasmo de accionista: el riesgo que describe no es la extinción, es la atrofia.
La otra mitad del libro
Sería injusto venderla como una novela de tecnología. La mitad mexicana es un libro distinto y, para muchos lectores, mejor: un ciego que diagnostica la clase social por el olfato («No hay más capitalista que los vendedores callejeros. Sólo que a los capitalistas que fracasamos no nos llaman capitalistas sino zánganos»), una dueña de restaurante que fue estudiante de medicina y le dice a Facundo la única verdad del libro, un profesor de geografía que reparte cigarrillos en un Buick LeSabre de 1984, un albañil agonizante que sobrevivió a Tlatelolco. Allí la novela habla de frontera, de dinero que cambia de escala al cruzarla, de masculinidad depredadora, de envejecimiento —con una simetría notable: el pánico de Silvanna ante sus treinta y muchos y el de Facundo ante sus canas en un espejo borroso— y de un exilio que no es político sino de éxito, y por eso más amargo. El apellido Walsh, la abuela que delira sobre unos Ocampo asesinados y un tío desaparecido en 1977 abren una genealogía argentina que el protagonista nunca descifra: «la vida no es una novela de Agatha Christie ni una película de detectives».
Cómo está escrita
Tercera persona pegada a la conciencia de Facundo, en indirecto libre digresivo, con pensamientos, correos, mensajes de texto y titulares de CNN y Fox mezclados sin comillas: una conciencia empapelada de feeds. Los capítulos son breves y se titulan con frases arrancadas del diálogo —«—Casi olvido que eres un ser humano… / —Todavía…»—, de modo que el libro parece armado con retazos de audio capturados, igual que el input con que se entrenan las muñecas: la forma imita el procedimiento que denuncia. El humor va de la sátira corporativa con nombres transparentes (el doctor Pain, Elton Musk, el Banco Gran Verga Mundial) a la ironía rioplatense que la novela tematiza como intraducible, y de allí a un humor de retretes que contrapesa el discurso sobre la vida eterna digital. El inglés irrumpe sin cursivas, como irrumpe en la vida del personaje.
Dos advertencias. Hay pasajes deliberadamente crudos —misoginia, racismo, escatología, un relato de violación— puestos en boca de los personajes como material satírico: el libro retrata esas voces, no las suscribe. Y quien busque una trama policial cerrada saldrá insatisfecho; varias líneas quedan abiertas por decisión poética y la última página es una elipsis. La novela lo dice de sí misma: «Como todo, nunca sabremos la verdad.»
Por qué leerla ahora
Para recuperar algo que el debate actual sobre inteligencia artificial casi ha perdido: la escala humana del asunto. Ninguna de las cifras que hoy citamos —los miles de millones de mercado, los millones de usuarios, los cientos de miles de despidos— explica por qué un hombre con diez millones de dólares tiene una mujer de silicona sin abrir en la cocina y no puede tirarla. Silicona 5.0 trabaja exactamente en ese punto, y por eso su diagnóstico sigue intacto: el problema nunca fue que las máquinas se parezcan a nosotros, sino la clase de personas que hay que ser para fabricarlas, venderlas y comprarlas.
Una nota editorial: la ficha de la edición de Humanus consigna la primera edición en 2021, mientras Baile del Sol y las reseñas de la época la fechan en Tenerife, 2020; si vas a publicar la reseña, conviene fijar ese dato. Si querés, puedo preparar además una versión corta de 400 palabras para redes o para la contratapa.
La trama
Punto de partida
Facundo Luis Walsh Ocampo tiene cincuenta y nueve años, es argentino con veranos de infancia uruguayos, y es Chief Operating Officer del Simons Hayyet Group, un conglomerado organizado por estados del sur de Estados Unidos. Estudió Economía en Buenos Aires, hizo una maestría en Negocios Internacionales y llegó a acumular casi diez millones de dólares vendiendo proyectos a directorios asiáticos. El sábado 17 de marzo, a las diez de la noche, sufre un infarto en el pasillo de un apartamento alquilado en 1420 Atlantic Avenue, Daytona Beach, al que se había mudado el día anterior. Nadie lo oye caer porque un vecino escucha «Bidi Bidi Bom Bom» a todo volumen. Tampoco lo oye Silvanna, que está en la cocina, «en una caja, en posición fetal, inmóvil y con los ojos abiertos».
Sobrevive. Vuelve al apartamento con antidepresivos, lagunas de memoria —ha olvidado el PIN de la alarma de su casa— y dos objetivos: resolver un robo de identidad y deshacerse de Silvanna cuanto antes.
Primera parte: «Del otro lado» (Florida)
Es una parte casi estática, hecha de recuerdos, que avanza por tres hilos entrelazados.
El fraude. Facundo detecta consumos pequeños hechos en Tijuana y Baja California con una de sus «tarjetas alternativas»: 144 dólares en un supermercado el 6 de enero, 75,06 en marzo, seis retiros de sesenta y cien dólares desde septiembre, y 32,16 en un restaurante llamado Cola de Pez. Recuerda haber cenado en ese lugar, con un ciego sentado enfrente, pero no recuerda cómo llegó ni cuándo. Denuncia el caso a la policía de Palm Beach, que no esclarece nada.
El negocio. En paralelo reconstruye el origen del producto que lo ha hecho rico. Su jefe, Jeff Al Ferro, leyó un artículo sobre inteligencia artificial donde un profesor sostenía que hay cosas que solo los humanos entienden, «y a veces ni los humanos pueden entender a otros humanos». Jeff, que fracasó en su terapia de pareja, convirtió esa objeción en modelo de negocio: androides terapéuticas que ofrezcan «sexo, psicoanálisis e higiene, por primera vez en la historia de la humanidad». Facundo vendió la idea en Kuala Lumpur, Seúl, Singapur y Honolulu. El producto se llama AR21, de la marca RealPerson: androides fabricadas por una empresa china que no caminan pero conversan, aprenden y mantienen relaciones sexuales, con un «Procesador de Emociones» como diferencial frente a la competencia californiana, a veinte mil dólares la unidad y un mercado potencial de mil millones de personas.
Silvanna. Silvanna, esposa de Jeff, exmodelo de pasarela y graduada de Princeton, se ofrece en un café para ser el prototipo de las AR21. Sus motivos son dos: quiere ser inmortalizada antes de envejecer —«así como la Gioconda fue inmortalizada por Leonardo da Vinci»— y quiere vengarse de su marido. Cede por contrato «imagen, voz, y quince horas de Personal Input». Facundo firma el acuerdo el 21 de mayo en Kuala Lumpur, y lo hace por despecho: Silvanna le ha hecho saber que Jeff se acostó con Elena, su mujer, en junio de 2016, en el Park Hyatt de Nueva York, habitación 411. Como venganza personal, además, hace enviar una de las primeras muñecas al domicilio del gordo Leonard Gasper, el jefe de los jefes, dejando en el paquete el nombre de Jeff.
La parte cierra con el divorcio en marcha, la fortuna devaluada por la inflación y Facundo subiendo a un avión a San Diego, con la sensación de que «el Facundo de los diez millones se había muerto de un infarto en un pasillo de un apartamento mediocre».
Segunda parte: «Del otro otro lado» (Baja California)
Facundo aterriza en San Diego, alquila un auto barato y cruza a Tijuana. Se aloja en el hotel La Aurora, cabina 28, donde la recepcionista lo reconoce: ya estuvo allí el 15 de octubre del año anterior. Él no lo recuerda. Es el primer aviso de que el pasado que cree investigar es su propio pasado borrado.
Tarda tres días en encontrar el Cola de Pez, que en realidad se llama One Way. Adentro lo espera un mundo que ya lo conoce y lo llama «don Luis», porque él usaba su segundo nombre y su segundo apellido como identidad alternativa: María, la dueña, que fue estudiante de medicina; los mozos; David Román, profesor de geografía y repartidor de cigarrillos que se convierte en su guía; don José, un albañil moribundo que sobrevivió a Tlatelolco; y Susan, su hija de rostro japonés, atada a un mafioso menor llamado Ángel. Varios recuerdan de él cosas que él ha olvidado: que toca el Nocturno de Chopin que le enseñó su tío Alberto en Piriápolis, que dijo ser escritor, que dio consejos a Susan.
Mientras tanto llegan las noticias del negocio. El gordo Gasper ha muerto el 4 de julio, asfixiado por la muñeca que Facundo le hizo enviar; el periódico estudiantil titula «The Killer Doll». Después se confirma un segundo caso en Hong Kong. Hay dos muertes por asfixia, retirada del producto y furia de Jeff. En un viaje anterior a Asia, Facundo había visitado la sede del fabricante y conocido a Lucía, una androide que trabaja de recepcionista mientras una cámara oculta mide «el tiempo en que tardan en darse cuenta de que Lucía no es un robot».
Los dos giros
El primero es la disolución del caso policial. María le arranca la verdad: no hubo ningún robo de identidad. Facundo mismo le había entregado a Susan su tarjeta alternativa, con el PIN, en la calle, un año antes, en un impulso de compasión que después olvidó por completo. La muchacha apenas usó el dinero. Todo el viaje era, otra vez, una distracción.
El segundo es más oscuro y toca al negocio. Meses antes, Facundo entrevistó y grabó biométricamente a una joven en el Tijuana Marriott, con la excusa de un casting para un reality universitario, y envió ese material a Corea del Sur para alimentar la próxima generación de androides. Se había mandado a sí mismo una nota, que también olvidó, calculando que ninguna «pobre chica en México» iba a demandar a una empresa coreana. Pero la joven del casting no era Susan: era Sandra Betancourt, su hermana gemela, dada en adopción al nacer y reencontrada por azar en una universidad de Baja California. Sandra fue asesinada poco después, confundida con Susan, en un supuesto asalto a una taquería.
En paralelo, Silvanna le confiesa por carta el trauma que explica su venganza: fue violada a los catorce años por el dueño obeso de una tienda, durante una entrevista de trabajo, y se rio al enterarse de que Gasper había muerto asfixiado. La carta se corta a mitad de frase.
El final
En sus últimas horas en Tijuana, Facundo recibe cuatro mensajes: su exmujer le pide que se ocupe de una muchacha venezolana a la que protegía; Silvanna le escribe que lucha por no enamorarse de la Silvanna que le enviaron gratis; Jeff lo amenaza con que se arrepentirá de haber nacido; David le avisa que mataron a María en el depósito del piano. Camino al aeropuerto, en el taxi, lo pica un insecto. Alcanza a ver que es «una máquina en miniatura, con alas, ojos y dos aspas telescópicas» —exactamente el dron que Jeff había anticipado en la primera parte—. Se marea, apoya la cabeza en el vidrio de la ventana y no despierta.
La novela deja deliberadamente sin resolver si lo mata el narco, la empresa que necesita tapar el escándalo, o su propio corazón. El epígrafe del libro ya lo había dicho, y María se lo repite antes de la despedida: «A ti te mataron allá del otro lado, vaya a saber cuándo, y ahora crees que persigues algo y, en realidad, huyes de tu propio cadáver. Eres un fugitivo que se cree el detective.»
La forma de la trama
Las dos partes no son sucesivas sino especulares. La primera es el relato que Facundo se hace desde el lado del poder: aeropuertos, directorios, Big Data, whisky a las siete y media. La segunda es el mismo hombre visto desde abajo, donde se llama Luis, nadie sabe que tiene diez millones y la gente lo conoce mejor que él mismo. El vendedor de sustitutos humanos descubre que él ya fue sustituido: por su máscara profesional, por su doble mexicano, por las muñecas que ayudó a crear. La trama policial se disuelve a propósito, y varias líneas quedan abiertas —quién mató a Sandra, quién violó a Silvanna, qué pasó con el tío desaparecido en 1977—. Como dice el propio texto: «Como todo, nunca sabremos la verdad.»

Deja un comentario