La violencia de las democracias liberales

En 1941, el periodista Raymond Lonergan escribió en Labor una frase que el juez de la Suprema Corte Louis D. Brandeis le habría confesado: “Podemos tener una democracia o podemos tener una gran riqueza concentrada en unas pocas manos, pero no podemos tener las dos cosas al mismo tiempo”. Por siglos, esta simple lógica fue conocida por los pueblos nativos americanos. ¿Qué ocurre cuando se pretende tener ambas al mismo tiempo? El agua parece indiferente al fuego hasta que, en un instante, cambia de estado. Hierve y se convierte en vapor. Hegel lo llamó el salto de la cantidad a la calidad.

Desde el año 2000 las protestas sociales no han dejado de crecer. Durante décadas, fue un paisaje de la periferia, como las revueltas del pan o la guerra del agua en Cochabamba ―dejemos de lado las clásicas inoculaciones de “freedom fighters” de las agencias secretas de Occidente. Luego, sobre todo desde la invasión de Irak en 2003, las protestas masivas comenzaron a desplazarse al centro del sistema: París, Londres, Nueva York, Los Ángeles. Que proteste el Sur forma parte del decorado colonial. Que proteste el corazón del Imperio es un síntoma estructural. A diferencia de las protestas de los 60, los resultados efectivos han sido casi nulos, por lo que nadie sabe a qué temperatura estamos, pero la olla se sigue calentando.

Sin alguna forma de fuerza o de violencia, la protesta es un ritual inofensivo, una terapia de grupo que el poder tolera, reclama y exhibe como prueba de su vocación democrática.

Pero la fuerza o la violencia, por mínima que sea, es una espada de doble filo. Puede significar un logro, una concesión del poder, o puede ofrecer la coartada perfecta para más represión y descrédito de las víctimas. No por casualidad, las protestas suelen ser infiltradas. Bastan unas pocas vidrieras rotas para que la furia cambie de dirección. El dueño de la zapatería de la esquina es parte de la clase que protesta, pero a la mañana siguiente debe pagar los vidrios. El sistema que le recorta el futuro a sus hijos; el dinero que le roban en impuestos o de su retiro para financiar guerras que masacran miles de inocentes no se siente igual. Así, los de abajo se fragmentan y terminan aplaudiendo la represión de un poder que vive de ellos. Al viejo divide et impera le basta con un ladrillo bien lanzado y una cámara bien ubicada.

Las protestas están en su derecho a exigir con un grado de violencia hasta romper los cristales de la indiferencia de un sistema secuestrado. Las democracias liberales se han convertido, si alguna vez fueron otra cosa, en el principal instrumento de extorsión de las élites que concentran el poder real. Un presidente puede jugar a ser el hombre más poderoso del mundo, pero solo hasta cierto límite. Si lo cruza, es eliminado, como Kennedy. Mucho más sencillo y frecuente es hacerle perder las próximas elecciones.

Por eso, las elecciones importan tanto. No porque le entreguen el poder al pueblo, sino porque funcionan como un chantaje periódico al sistema político. Cada cuatro años se le recuerda al “representante del pueblo” quién lo financia, quién lo promueve y quién decide qué se ve y qué no.

Este sistema es mucho más eficaz que una dictadura personal. Al dictador se lo ve: tiene rostro, uniforme y palacio, y por eso se rodea de guardias. Un poder abstracto no tiene dirección postal. Contra Pinochet se podía marchar, pero contra un algoritmo o una junta de accionistas no hay plaza donde reunirse. No son dictaduras personales ni de partido único. Son dictaduras sistémicas.

Las democracias controladas

Desde siempre, demócratas y republicanos han sido las dos caras de una misma moneda que compraban los oligarcas capitalistas. Debido a que el sistema electoral estadounidense es una herencia del sistema esclavista, cualquier tercera opción estuvo siempre destinada al fracaso. Cuando ocurrió la excepción, ganó Lincoln y todo un sistema se derrumbó. Pero la abolición de la esclavitud no llegó por algún voto, sino por una sangrienta guerra civil.

Lo que hoy es modestamente nuevo (y se debe al catalizador de Gaza, el nuevo código de lectura de la realidad) es que varios políticos están traduciendo el cambio de opinión de los jóvenes. Primero Israel dejó de ser el ídolo sagrado, el tabú intocable. Luego, cuando la realidad comenzó a leerse con el nuevo código, el mismo sistema capitalista comenzó a ser cuestionado en grados que no se veían por generaciones. Los nuevos demócratas que han tenido éxito en las urnas ya no se parecen a Hillary Clinton o a Biden. ¿Hasta dónde el verdadero poder tolerará este modesto corrimiento “hacia el socialismo”? Este cambio se encontrará con un check point militarizado cuando la gente intente cambiar algo por las urnas en lugar del clásico recurso de la historia: la violencia.

Mientras, los de arriba continúan concentrando un control absoluto de las finanzas y de los medios. Los Ellison acaban de comprar CBS News a través de Paramount y, con la absorción de Warner Bros. Discovery, también CNN. Oracle, de Larry Ellison, es socio principal de la nueva TikTok. Elon Musk, financia candidatos republicanos (una sola de sus donaciones es mayor a la recibida por los 10 candidatos principales de los demócratas) y manipula la mayor red social creadora de opinión política, X. Trump ha llamado a los Ellison amigos y grandes partidarios, y dijo esperar que CNN “se comportara” bajo sus nuevos dueños. No hace falta una conspiración cuando alcanza con un contrato de compraventa.

Brasil cuenta con un Tribunal Superior Electoral capaz de regular, auditar y sancionar. En Estados Unidos, en cambio, las elecciones las organizan estados y condados, y la Comisión Federal Electoral apenas tiene dientes. Es decir, las tecnológicas poseen en el país una capacidad de centralización que supera a la del propio sistema electoral.

Por eso, lo que en Brasil se presenta como protección del proceso electoral, en Estados Unidos se denuncia como censura. Pero esa “libertad de expresión” no beneficia a la gente sino a las corporaciones que monopolizan la información. Mientras tanto, los votantes permanecen dispersos, cada uno frente a su pantalla, convencido de que piensa por sí mismo. Si el tribunal brasileño puede ordenar a las plataformas que eliminen cuentas falsas, es porque las plataformas tienen el poder de hacerlo y, mientras les interese, no lo hacen.

Otra paradoja resulta del marco ideológico. Un partido liberal no puede ser nacionalista, aunque se envuelva en la bandera de un país. Sus relaciones carnales son con las élites de otros países, con los mismos fondos de inversión, los mismos foros de Davos, los mismos bancos. Tienen conciencia de clase; son marxistas. La izquierda, nacida bajo el internacionalismo obrero, en el capitalismo periférico ha sido históricamente nacionalista. Su nacionalismo no es supremacista: no busca expulsar al otro sino liberarse del colono. Por eso, mientras Trump le impone aranceles del 50 por ciento a Brasil, el patriotismo del Partido Liberal y el de los Bolsonaro consiste en peregrinar a Washington para pedir sanciones contra los jueces de su propio país.

El poder ya no necesita uniformes ni palacios. Le basta con administrar el miedo de los políticos, la dispersión de los votantes y la rabia de los de abajo, cuidando que nunca apunte hacia arriba. Pero el agua sigue calentándose y la olla continúa levantando presión.

Jorge Majfud, 24 de octubre de 2026

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