Armas biológicas contra Cuba

El 19 de febrero, Henry Kissinger viajó a Brasil para firmar un acuerdo de cooperación con otro dictador amigo, el general Ernesto Geisel. En Brasilia, debió soportar todo un partido de soccer, del cual no entendió ni la regla del offside. Al mismo tiempo en Colombia, el gobierno decretaba estado de sitio ante las protestas estudiantiles contra la inminente visita del Secretario de Estado.

El New York Times del domingo 22, en su portada, informó: “El acuerdo brinda un fuerte impulso a las aspiraciones de Brasil de ser reconocido como una potencia mundial emergente”.[i]

El mismo artículo reprodujo las declaraciones del Secretario de Estado:

―Hemos expresado varias veces ―había dicho Kissinger― nuestras opiniones sobre la cuestión de los derechos humanos. Estados Unidos apoya el respeto a los gobiernos democráticos de cada país… Quisiera que quede claro que no quiero convertir nuestra política para el hemisferio en una obsesión con un pequeño país caribeño… Nuestras conversaciones en Brasil se han centrado exclusivamente en cuestiones de mercados.

No fue la primera ni la última vez que Mr. Kissinger le mintió a la prensa a cara de perro. No fue la primera y ni la última vez que la prensa colaboró en el intento. Una de sus obras maestras fue aparecer ante las cámaras de la televisión el 12 de setiembre de 1973 afirmando y confirmando que su gobierno no tenía nada que ver con el golpe de Estado en Chile. A pesar de haber sido un superviviente de la barbarie nazi, era, ante todo, un ferviente enemigo de los soviéticos, los únicos enemigos del nazismo cuando todo Occidente amaba las ideas de Hitler.

En 1976, a pesar de los escándalos que hicieron renunciar a Nixon y de los descubrimientos de la Comisión Church sobre la sistemática manipulación de la prensa y de los múltiples planes de asesinatos encubiertos, la CIA y sus sucursales no reconocidas continuaban al mando. La dictadura brasileña, con diez años más de experiencia que la chilena, ya había trabajado en armas biológicas en el laboratorio Butantan de la Universidad de San Pablo. De este laboratorio, Michael Townley recibió información sobre la elaboración y los efectos de las toxinas nerviosas que fueron usadas para eliminar a disidentes sin dejar rastros. El gobierno de Pinochet recibió partidas de neurotoxina botulínica, una toxina derivada de la bacteria clostridium botulinum, con un efecto mucho más potente que el cianuro. Los disidentes en los cuales se probó el nuevo descubrimiento sufrieron intoxicación y parálisis muscular. La dolorosa muerte solía producirse por esta parálisis de los pulmones, antes que por la asfixia del envenenamiento. La efectividad de la nueva maravilla fue recibida con entusiasmo.

Por entonces, desde el Cono Sur hasta Europa, las muertes de prisioneros y disidentes por envenenamiento de vinos, pasteles y medicamentos en hospitales se convirtió en moneda común. El gas sarín también. Este gas había sido descubierto por el gobierno nazi de Alemania y una de sus mayores virtudes consistía en la ausencia de rastros luego de su aplicación. Luego de la Segunda Guerra, no sólo mil ingenieros nazis fueron contratados por la Nasa, sino que muchos más fueron canalizados por la CIA para apoyar dictaduras amigas en todo el mundo, como fue el conocido caso de Klaus Barbie en Bolivia. Todos fueron contratados por sus conocimientos y su fanático anticomunismo. No por su raza superior. La misma CIA invirtió décadas y montañas de dólares desarrollando sus propios experimentos con drogas y venenos. Uno de sus experimentos consistió en inocular sífilis y gonorrea a un millar de pobres en Guatemala. Uno de sus proyectos fue MK-Ultra, para encontrar la droga de la verdad, el que inició el primer foco de adicción al LSD y otras drogas en Estados Unidos. Todo por una buena causa.

Luego que en 1975 varios de estos proyectos de asesinatos planeados por el Estado Paralelo fueron expuestos por la Comisión Church del Senado de Estados Unidos, la agencia continuó con su tradición de decidir quién merece vivir y quién no, como si nada hubiese pasado. Para finales de la década, las armas biológicas habían multiplicado sus ofertas. Uno de sus objetivos fue, como no podía ser de otra forma, la maldita e indoblegable isla del Caribe. Orlando Bosch y otros reconocidos héroes históricos de Miami participaron de los bombardeos de napalm y fósforo sobre los molinos y los campos azucareros de Cuba, los que arruinaron varias zafras. Con todo, tampoco este brutal sabotaje dio los resultados esperados, por lo que se recurrió a otros medios más devastadores.

En 1980, el cubano Eduardo Arocena fue acusado, entre otras cosas, de introducir en Cuba la epidemia del dengue hemorrágico, la que enfermó gravemente a más de 300 mil personas. En 1984, ante un jurado federal de Estados Unidos, Arocena reconoció haber participado en este atentado masivo con un arma biológica, planeado y ejecutado por su equipo de Miami.

―Llevamos a Cuba algunos gérmenes para usarlos contra los soviéticos y contra la economía cubana ―dijo Arocena―. No era mi intención hacerle mal a ningún cubano inocente…[ii]

Poco antes, el Departamento de Estado había calificado esta acusación como absurda, aunque no se trataba de algo nuevo―ni los sabotajes ni la negación de alguna responsabilidad en los sabotajes. La CIA, agencia que casi nunca informa de sus actividades a otros poderes del Estado y respeta las leyes sólo cuando no les resultan un estorbo, lo había hecho mucho antes. Ninguno de sus agentes fue alguna vez llevado ante un tribunal por sus crímenes. Ni lo serán, por las muchas generaciones por venir. Sus crímenes, cuando se conocen en parte, sólo se conocen décadas después, cuando todos los involucrados están muertos y ya no es necesario tachar sus nombres cuando algún antipatriota solicita una desclasificación oficial, amparado en la Ley por la Libertad de la Información.

Según el Washington Post de 1979, el uso de armas biológicas desarrolladas por la CIA para doblegar otros países incómodos, como Vietnam, se había concentrado en la destrucción de la agricultura cubana con agentes como el thrips palmi, el virus letal Newcastle contra los pollos, primero, y la fiebre porcina africana más tarde, en 1971, la que costó medio millón de cerdos muertos en la isla.[iii]

Por pura casualidad (¿o no?), la catástrofe en Cuba coincidió con la fiebre porcina en la isla más próxima. No existe ningún estudio que vincule los dos hechos, por lo que podríamos calificar esta observación como una mera especulación. Sin embargo, por el mismo tiempo, la República Dominicana sufrió una peste devastadora que arrasó con sus cerdos. Para prevenir que la plaga se extienda a Estados Unidos, Washington apareció con una idea genial: matar y enterrar a un millón de cerdos negros en Haití. El gran negocio del exterminio preventivo de los cerdos negros de Haití y su reemplazo por los delicados cerdos blancos de Iowa, generó grandes ingresos en algunas compañías del norte, pero provocó otra crisis económica en La Española.[iv] Los campesinos más pobres de Haití no recibieron ninguna compensación por matar a sus cerdos negros. La OEA y Washington invirtieron los prometidos 23 millones de dólares, pero solo siete millones alcanzaron a los perjudicados, quienes nunca supieron que, en realidad, habían perdido 600 millones dólares gracias a la gran idea del país que sabe cómo se hacen las cosas. Según la Universidad de Minnesota, si la enfermedad hubiese alcanzado el mercado estadounidense, el país habría perdido hasta cinco mil millones de dólares. El país o las corporaciones. Como sea, los cerdos negros de Haití fueron reemplazados por los cerdos blancos de Iowa. Por siglos, los cerdos negros se habían adaptado a las condiciones de la isla, mientras que el plan de sustitución de los expertos de Washington requería que los nuevos cerdos de Iowa fueran cuidados mejor que los mismos campesinos podían cuidar a su propios hijos. Los cerdos de Iowa, más blancos y más gordos que los tradicionales cerdos negros, solo podían beber agua filtrada. Las malas lenguas de aquel país aseguraban que también necesitaban aire acondicionado para sobrevivir al calor de la isla.

En Cuba, la catástrofe ocurrió dos años después de que Nixon anunciara que Estados Unidos abandonaba el desarrollo y uso de armas biológicas. En todos los casos, los ataques de la CIA con armas biológicas contra Cuba fueron llevadas a cabo por cubanos, en ocasiones estacionados en Panamá e introducidos a Cuba desde la base de Guantánamo.[v] Cuando la CIA fue cuestionada por el Congreso, culpó del contagio a Europa, primero, y a África, después. Las versiones contradictorias aportadas por la CIA al comité del Congreso fueron refutadas por científicos del momento, ya que, entre otras razones, los virus aludidos no se correspondían con la altísima mortandad causada.

Finalmente, un agente de inteligencia (encargado de entregarle el virus a los cubanos) filtró la información a los periodistas Drew Fetherston y John Cummings del Washington Post. La información confirmaba que estos agentes patógenos habían sido introducidos a Cuba por exiliados cubanos de Miami.

Debido al bloqueo, la Casa Blanca le negó a Cuba una provisión del larvicida temephos, para reducir la catástrofe del sabotaje de dengue. Como detalle habitual y que a casi nadie importa, es necesario recordar que, gracias a esta genial idea, 158 personas murieron, casi todos niños, y cientos de miles más fueron gravemente afectadas por la epidemia. Dos décadas después, el 7 de mayo de 2002, el subsecretario de Estado de George W. Bush, John Bolton, acusará a Cuba de estar desarrollando armas biológicas.

El líder de Omega 7, Eduardo Arocena (conocido como Omar) será uno de los pocos implicados en múltiples actos terroristas que terminará en una cárcel de Estados Unidos. El FBI lo acusó de, al menos, dos asesinatos y de la explosión de treinta bombas a lo largo de la Costa Este. Periodistas de Miami, como Ángel Cuadra del Diario de las Américas, lo definirán como “un condenado por motivos relacionados con la ya vieja lucha de los cubanos anticastristas, por la libertad de Cuba, su patria. Es Arocena, quizás el preso político más antiguo en el mundo”. [vi]

Es decir, un preso político. Luego de una larga campaña de firmas en su favor, será liberado en 2021. En Miami, será recibido como un héroe.


[i] Jonathan Kandell “U.S. and Brazil Sign Accord on Tie” The New York Times. 22 de febrero de 1976, p. 1.

[ii] Digital Repository, University of New Mexico. digitalrepository.unm.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=9988&context=noticen

[iii] CIA Reading room. Desclasificado. CIA /readingroom/docs/CIA-RDP90-01208R000100220001-8.pdf.

[iv] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. Rebelde Editores. 2021. p. 501.

[v] CIA Reading room. Desclasificado. CIA /readingroom/docs/CIA-RDP90-01208R000100220002-7.pdf

[vi] Ángel Cuadra. “Eduardo Arocena: el prisionero más antiguo”. Diario de la Américas, 23 de setiembre de 2016.

Capítulo del libro 1976. El exilio del terror (2024)

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