La tiranía del lenguaje (colonizado)

El idioma inglés tiene más de 170 mil palabras, pero no pocos jóvenes usan menos de cien. Algunos se convierten en influencers (¿existe una palabra más ingenua que esta?) y posan de rebeldes, burlándose de otros pobres como ellos o presumiendo de tener mucho dinero. Es difícil encontrar algún adolescente que no los conozca y admire.

Naturalmente, no pocos piensan y hablan como estos héroes culturales, es decir, con frases de cinco palabras, todas precedidas por (1) “F-word” (“cogido/follado/jodido”), (2) “B-word” (“perra/puta”) y culminadas por (3) “N-word” (“negro asqueroso/retardado”). Las otras dos palabras intermedias son elegidas de un menú más corto que el de McDonald’s. 

Intoxicado con este lenguaje sexista y racista, un día perdí la paciencia y le dije a uno de estos jóvenes: 

“¿Por qué no se van con el racismo a otra parte?”

Los jóvenes me miraron y se rieron hasta mostrar las muelas de juicio. 

“¿De qué racismo habla usted?”

“Cada frase la cierran con la palabra negro y siempre como insulto”.

“¡No es racismo! Nosotros somos negros y podemos decirla”.

Muy previsible. Había escuchado este argumento unas mil veces.

“No importa si son negros, blancos o amarillos. El uso que le dan es profundamente racista”.

“¡Es que usted no entiende la cultura americana (estadounidense)!”, dijo uno de ellos, probablemente notando que mi acento no era de allí.

“Ustedes, tampoco. Por eso la reproducen”.

No es la palabra. No hay palabras malas. Es el uso y la manipulación del lenguaje que luego nos manipula. Es la corrupción del lenguaje que nos corrompe con extrema efectividad.

En los años heroicos de las lucha por los derechos civiles, gigantes como Martin L. King, Mohammed Ali, Malcolm X y James Baldwin la usaban siempre con ese coraje que se ha perdido. Al mismo tiempo que se ha hecho de la palabra “negro” un tabú, se la ha usado más y más para degradar a los negros, no en boca de los racistas blancos sino de sus propias víctimas. Una cosa es que alguien le diga negro con cariño a una persona que ama (incluso “puta”; cada cual con sus fantasías privadas) y otra muy diferente es usarla sistemáticamente como recurso denigrante. 

Años atrás, en una biblioteca, escuché a un padre que le decía “negro” a su hijo de seis o siete años porque el chico no entendía un problema matemático. ¿Qué hay más efectivo para trasmitir el racismo que un padre denigrando a su hijo por su color? El mensaje es claro: si no eres inteligente eres negro; y viceversa. Lo dice quién te quiere y te protege. Ni un nazi argumentando a favor de la superioridad blanca o un patriota desmemoriado ondeando la bandera de la Confederación podría lograr tanto para la causa racista. 

De la misma forma, ¿quiénes han sido, desde hace siglos, el canal más efectivo para la transmisión y perpetuación del machismo, sino las madres? Históricamente han sido mujeres quienes han servido de reproductoras de esa calamidad histórica. Bastaría con recordar a la venerada Santa Teresa y unas cuantas senadoras de moda.

Ser mujer no inmuniza a nadie contra el machismo, como ser negro no inmuniza a nadie contra el racismo e, incluso, contra el racismo supremacista blanco. De la misma forma, no importa si alguien es un trabajador pobre: el clasismo en favor de los de arriba ha sido históricamente reproducido por los vasallos de abajo. No importa si los individuos son buenos o malos. Son ellos los perfectos transmisores de los valores del amo, del poder hegemónico. 

¿Qué hay más efectivo para la transmisión y perpetuación del clasismo que venera a los millonarios por ser responsables del orden y el progreso de las sociedades, que los mismos trabajadores que los defienden como a sus dioses? ¿Acaso eran pocos los esclavos quienes defendían a sus amos por la comida que recibían y los harapos con que se vestían? ¿Qué mejor que un esclavo, una mujer y un asalariado para defender los intereses y la moral de los esclavistas, del machismo y de las plutocracias? 

¿Acaso no fue el genio perverso de Edward Bernays quien descubrió que una propaganda sólo es efectiva cuando uno logra que otros digan lo que nos interesa decir a nosotros? ¿No eran los esclavos de la antigüedad llamados “adictos” porque decían, hablaban por sus amos?

Pero el poder no deja grieta sin llenar y, cuando aparecen pequeñas áreas de crítica, se pone nervioso. Recientemente, en Chicago, la docente de secundaria Mary DeVoto perdió su trabajo por pronunciar la “palabra N” (“the N-word”) mientras intentaba analizar la historia de este país. Hannah Berliner Fischthal, instructora en la Universidad Católica de Queens por veinte años, fue despedida por leer en su clase de literatura un párrafo de la novela antirracista Pudd’nhead Wilson, escrita por Mark Twain, uno de los fundadores de la Liga Antiimperialista y la mayor celebridad literaria de su tiempo. El párrafo incluía La palabra. “Fue muy penoso escuchar la palabra” denunció uno de los estudiantes, infantilizado e hipersensible por el lado equivocado, como muchos de su generación. Lo mismo les ha pasado a profesores de historia, como al profesor Phillip Adamo de Augsburg University de Minnesota, quien fue suspendido por leer un párrafo de un libro del famoso intelectual y activista negro James Baldwin. 

Cualquiera que ha estudiado las fuentes originales de la historia de este país, Estados Unidos (tan adicto a los mitos edulcorados), se ha encontrado miles de veces con esa, La palabra, de la forma más despectiva posible en boca de los hombres más poderosos del siglo XIX y XX. Ahora, citar los discursos en el Congreso, los artículos en los diarios y las cartas de los héroes nacionales en su versión original se ha convertido en un peligro, por lo cual la autocensura, la forma más efectiva de censura imaginable, funciona a la perfección.

Del racismo de la actual sociedad estadounidense y del racismo en esteroides de sus guerras genocidas en nombre de la libertad, ni una palabra.

¿Qué más efectivo que la infantilización de las nuevas generaciones para evitar enfrentar la realidad? A mis estudiantes les advierto desde el primer día de clase: “si aquí hay alguien cuya sensibilidad no le permite enfrentar las asquerosas verdades de la historia, por favor abandone el curso y no nos haga perder el tiempo”. Pero ya no digo La palabra, por las dudas. No vale la pena perder la guerra por querer ganar una batalla perdida.

Como en el ajedrez, podemos renunciar a una pieza, a una palabra, y seguir usando otras para acosar al maldito rey. Las palabras importan y son el principal arma de cualquier poder social. Cuando un político habla de “planes de austeridad” nunca se refiere a reducir los lujos de las clases altas, sino lo contrario. Se refiere a recortar los servicios básicos de quienes, por obligación, ya viven de forma austera.

Este absurdo, que en el discurso social pasa por lógico y normal, debería ser suficiente ejemplo. Una vez colonizadas, las palabras, los ideoléxicos, piensan por sus amos, y solo una crítica radical puede liberarlas para liberar a los individuos y a los pueblos.

JM, febrero 2022.

(Para un análisis más completo, ver el libro Una teoría política de los campos semánticos, Majfud, 2005)

https://www.pagina12.com.ar/402698-la-tirania-del-lenguaje-colonizado

The tyranny of (colonized) language

The English language has more than 170 thousand words, but not a few young people use less than a hundred. Some become influencers (is there a word more naive than this?) and pose as rebels, making fun of other poor people like them or showing off that they have a lot of money. It is difficult to find any teenager who does not know and admire them.

Not a few think and speak like these cultural heroes, that is, with five-word sentences, all preceded by (1) the “F-word”, (2) the “B-word”, and close by (3) the “N-word”. The other two middle words are chosen from a shorter menu than McDonald’s.

Intoxicated with this sexist and racist language, one day I lost patience and said to one of these young people:

“Why don’t you go with all that racism somewhere else?”

The young people looked at me and laughed until they showed their wisdom teeth.

“What racism are you talking about?”

“Each sentence is closed with the N-word and always as an insult.”

“It’s not racism! We are black and we can say it.”

Very predictable. I had heard this argument a thousand times.

“It doesn’t matter if you’re black, white, or yellow. Your use of it is profoundly racist.”

“You just don’t understand American culture!” one of them said, probably noticing that my accent wasn’t from there.

“You, neither. That’s why you reproduce it.”

It’s not the word. There are no bad words. It is the use and manipulation of language that later manipulates us. It is the corruption of language that corrupts us with extreme efficiency.

In the heroic years of the Civil Rights Movement, giants like Martin Luther King, Mohammed Ali, Malcolm X, and James Baldwin always used it with that courage that has (strategically) been lost. At the same time that the “N-word” has been made a taboo, it has been used more and more to degrade black people, not by white racists but by their own victims. It is one thing for someone to affectionately call a person he loves N*** (even “bitch”; each one with his or her private fantasies) and quite another to use it systematically as a demeaning resource. Nothing new: the idea that a black person is worth three-fifths of a white in electoral terms (in the Constitution for a century) and the idea of sending free blacks back to Africa were supported by many anti-racist advocates.

Years ago, in a library, I heard a father call his six or seven-year-old son “N**r” because the boy didn’t understand a math problem. What is more effective in transmitting racism than a father denigrating his son because of his color? The message is clear: if you are not intelligent you are black; and vice versa. Says who loves you and protects you. Not even a Neo Nazi arguing for white supremacy or a forgetful patriot waving the Confederate flag could accomplish so much for the racist cause.

In the same way, who has been, for centuries, the most effective channel for the transmission and perpetuation of machismo, if not mothers? Historically, it has been women who have served as reproducers of this historical calamity. It would suffice to recall the venerated Saint Teresa and nowadays a few fashionable senators.

Being a woman does not immunize anyone against machismo, just as being black does not immunize anyone against racism and even against white supremacist racism. In the same way, it does not matter if someone is a working poor: classism in favor of those above has historically been reproduced by the servants below. It doesn’t matter if individuals are good or bad. They are the perfect transmitters of the master’s values, of hegemonic power.

What is more effective for the transmission and perpetuation of classism that venerates millionaires for being responsible for the order and progress of societies, than the workers themselves who defend them as their gods? Were there few slaves who defended their masters because of the food they received and the rags they wore? What better than a slave, a woman, and an employee to defend the interests and morals of slave owners, machismo, and plutocracies?

Wasn’t it the wicked genius of Edward Bernays who discovered that propaganda is only effective when you get others to say what we want to say? Were not the slaves of Ancient Rome called “addicts” because they said (dico), they spoke for their masters?

But power leaves no rift unfilled, and when small areas of criticism show up, it gets nervous. In Chicago recently, high school teacher Mary DeVoto lost her job for reading the “N-word” while she was trying to analyze the history of this country. Hannah Berliner Fischthal, an instructor at Queens Catholic University for twenty years, was fired for reading a paragraph in her literature class from the anti-racist novel Pudd’nhead Wilson, written by Mark Twain, one of the founders of the Anti-Imperialist League and the greatest literary celebrity of his time. The paragraph included The word. “It was very painful to hear the word” denounced one of the students, infantilized and hypersensitive to the wrong side, like many of his generation. The same thing has happened to history professors, such as Professor Phillip Adamo of Augsburg University in Minnesota, who was suspended for reading a paragraph from a book by famous black intellectual and activist James Baldwin.

Anyone who has studied the original sources of the history of this country, the United States (so addicted to sugar-coated myths), has encountered thousands of times that The word, in the most derogatory way possible in the mouths of the most powerful men of the 19th and 20th century. Now, quoting congressional speeches, newspaper articles, and letters from national heroes in their original form has become dangerous, so self-censorship, the most effective form of censorship imaginable, works perfectly.

Of the racism of current American society and the racism on steroids of its genocidal wars in the name of freedom, not a word.

What is more effective than the infantilization of the new generations to avoid facing reality? Every semester, I warn my students from the first day of classes: “if there is someone here whose sensibilities do not allow them to face the disgusting truths of history, please drop the course and do not waste your time.” But I do not say The word, just in case. It is not worth losing the war for wanting to win a losing battle.

As in chess, we can give up a piece, a word, and continue to use others to harass the damned king. Words matter and are the main weapon of any social power. Once colonized, the words, the ideolexicons, think for their masters, and only a radical critique can free them to free individuals and peoples.

JM, February 2022.

(For a more complete analysis, see the book A Political Theory of Semantic Fields, Majfud, 2005)

3 comentarios en “La tiranía del lenguaje (colonizado)

  1. Las palabras, como usted explica,revelan u ocultan intereses y actitudes.Me acuerdo del papa polaco retando a Ernesto Cardenal y diciéndole que no tenía claro cómo resolver su relación con la iglesia.Si tenía claro la amistad que lo unía a Marcial Maciel y otros monstruos pedofilos.Ernecto Cardenal, no tenía un peso para aportar a la ominosa burocracia católica pero Marcial Maciel,millones y millones.Dento de poco no se podrá decir»pobre»

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  2. sí, recuerdo, incluso queda una foto denigrante de ese momento. además de asesinar a varios «curas rojos» solo por trabajar con los pobres y reclamar dignidad para los desaparecidos y desplazados de «las dictaduras amigas»

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