La blasa

La blasa tenía forma de pez. Era, en realidad, un gran trozo de algún otro aparato metálico. A juzgar por algunos detalles, debió ser parte de alguna nave mayor, de una de aquellas naves futuristas que en el pasado surcaban los cielos y el espacio exterior. El futuro había terminado en 1979. La nave tenía algo del Apollo 13 y de los shuttles espaciales como el Discovery o el Atlantis que vinieron un poco después. 

Tal vez había sido un avión de combate o un submarino en desgracia que había emergido hacia la superficie, como un barco que naufraga al revés. Todavía conservaba parte de los motores inútiles; para lo único que servían tantos fierros allí abajo, era para estabilizar en algo los restos a la deriva y prolongar su agonía en la superficie y, sobre todo, para mantener ocupado al único pasajero, quien había vivido desde siempre obsesionado con el enigma de esos fierros retorcidos.

Pero la nave no se mantenía a flote por sí misma. El pasajero y tripulante se ocupaba todo el día de que la blasa no abandonara la superficie del mar. Para eso, cada día debía sacar el agua que se acumulaba en su barriga. Así había sido desde que tenía memoria. Durante más de treinta semanas se las ingenió para mantener a flote aquella mole de acero. Los días de lluvia acumulaba agua dulce y los días de tormenta retrasaban la tarea de reducir las aguas del fondo, a veces más allá de los límites tolerables según sus cálculos.

No a pesar de su soledad sino por estar solo, eran pocos los días en que el hombre podía descansar. Siempre había algo urgente que hacer en la blasa. Las pocas y casi excepcionales horas de descanso las dedicaba a echarse bajo la lona verde. Inexplicablemente, lo atraían las manchas de la lona que cobraban vida según los diferentes soles y las diferentes lunas que la penetraban. Unas veces parecían monstruos marinos. Otras veces eran como dioses que bajaban austeros del cielo o surgían sensuales desde las aguas. Tenía en mente la imagen de una mujer que no conocía pero le era familiar. De todas, era la que más se repetía en los reflejos de la lona verde, sobre todo cuando lo ganaba el cansancio al atardecer y se quedaba tirado, exhausto, borracho de sudor y satisfacción por haber reducido al mínimo, en un ataque de furia y hastío, las aguas de la bodega. 

Pero no se abandonaba a la simple complacencia. Las horas de descanso eran pocas y estaban estrictamente limitadas por su responsable impaciencia. Sabía que si una emergencia lo encontraba exhausto podría ser el fin de sus días. Su mente debía estar clara y atenta; sus músculos siempre dispuestos a entrar en acción y a resistir largas horas de tensión, subiendo y bajando las escaleras para reducir las aguas, sosteniendo las cuerdas para que el viento no se lleve la vela y el mástil, controlando que ninguna pieza metálica pudiera resbalarse fuera de la nave. En su vida se había arrojado muchas veces al mar para rescatar insignificantes trozos de madera, cajas de plástico, botellas y hasta una silla, pero sabía que una pieza metálica que se caía al agua, sea una herramienta o una simpe tuerca, no paraba de hundirse a la velocidad del rayo hasta encontrar el infinito más oscuro. 

En raras excepciones se daba el lujo de mirar las revistas que había en la blasa. No eran muchas, pero él las cuidaba porque eran sagradas. Aunque estaban escritas en algún idioma incomprensible al que nunca renunció a comprender (sabía que los símbolos son como las nubes y las estrellas; quien sabe leerlos puede conocer el presente y predecir el futuro), de todas formas podía comprender sus imágenes. Una mujer muy hermosa, de pelo color pez y vestida de rojo coral, dominaba la revista principal, desde la tapa hasta las páginas centrales. Estaba casi desnuda y él la adoraba como al sol, razón por la cual sólo se permitía admirarla las noches de luna llena, ya que fue una noche de luna cuando la descubrió y una noche de luna cuando sintió todo su cuerpo conmoviéndose ante su presencia. Cuando vio las fotos en su interior supo que ella, la misma en diferentes poses, con diferentes estados de ánimo. Junto con otras mujeres que la rodeaban, esperaban en algún lugar en forma de nave gigante sobre una cubierta infinita, rodeada de nubes verdes sin mar.

En todas las revistas aparecían mujeres y hombres como él, casi siempre sonriendo, echados en la arena de una playa (ese lugar donde termina el mundo y comienza el Paraíso) o caminando por un pasillo enorme, rodeado de edificios muy altos. Había una que lo impresionaba especialmente porque le recordaba sueños que había tenido mucho antes de descubrir las revistas. Era la imagen de una ciudad con muchos edificios muy altos vistos desde el mar. Siempre se imaginaba que una mañana se despertaría y al mirar hacia el horizonte vería la ciudad surgiendo desde las tranquilas aguas del Oeste.

Los días de sol el hombre levantaba la improvisada vela y dirigía la nave hacia la puesta del sol. No estaba seguro por qué ni cuando había elegido esa orientación. Reflexionó meses sobre esta primera decisión y en algún momento concluyó que era la correcta. Primero, porque esa era la dirección que hacía cada día el sol. Segundo, porque era más conveniente mantener el curso de una nave perdida para evitar un rumbo errante o circular que prolongara peligrosamente el naufragio. Tarde o temprano debía llegar a alguna parte o el mundo era un infinito océano, sin treguas. 

Sin embargo, tardó mucho en aprender a orientarse usando las estrellas. El movimiento de los astros nocturnos era mucho más complejo que el simple movimiento del sol y, por otra parte, había tomado el hábito de dormir por la noche, no durante el día, lo que le impedía alcanzar alguna ciencia sobre el orden cósmico de las cosas que están muy arriba. Por esta razón, sabía que quizás su navegación no había mantenido siempre la misma dirección. Tal vez por las noches se desviaba hacia algún otro punto cardinal. Tal vez desandaba el camino recorrido durante el día. Sólo la mujer que sonreía podría decirlo algún día.

Con el tiempo descartó esta segunda posibilidad. Efectivamente, había navegado hacia alguna parte del universo. Durante el día el sol hacía un camino diferente, más inclinado y más frío, como si hubiese envejecido. Como consecuencia lógica, las aguas se habían enfriado y ya no eran tan trasparentes como al comienzo, según recuerda, aunque con cierta dulce vaguedad, tal vez atribuible a la nostalgia. 

En las dos últimas semanas sobre todo las aguas habían mostrado un cambio inquietante. Se habían vuelto más frías, más sucias, más tristes y a veces más interesantes. Casi a diario divisaba en su horizonte algún objeto de plástico, como si hubiese pertenecido a alguna otra blasa como la suya. No se imaginaba a otro navegante arrojando trozos de su nave, porque sabía lo valioso que eran estos materiales que, como los dientes, no se recuperan y en cada pérdida nos acercan más al destino de los peces que acaban en sus entrañas o en las entrañas de otros peces. Cada día descubría alguna de estas muestras de la muerte de algún semejante, y se lanzaba al agua para rescatarlas. 

Los nuevos desperdicios siempre tenían alguna utilidad. A veces iban a cubrir una necesidad de muchos días, como un trozo de madera que reemplazó un pequeño pilar que sostenía la loneta verde debajo de la cual dormía la siesta y se comunicaba con los dioses. Otras veces iban a descansar en la bodega semi inundada en espera de algún propósito. 

Otro cambio importante que siguió al incremento de desperdicios fueron las aves. Unas aves blancas de pico negro que volaban mucho más alto que los brillantes peces de los primeros días. Aquellos peces eran inofensivos, como los delfines y las aguas trasparentes, pero estas creaturas voladoras parecían casi tan amenazantes como los tiburones que lo seguían día y noche esperando el naufragio final.

Supo que ya no tenía salvación. Si se hundía, los tiburones harían pedazo su cuerpo; si moría sobre la nave, las aves de pico negro harían lo propio bajo la luz del sol antes que la blasa se hundiese. 

Por días lo acosó este pensamiento mientras acomodaba la vela para acelerar su marcha. Increíblemente, la última semana había logrado duplicar la velocidad gracias a la nueva posición que le había dado a la vela.

Una mañana se produjo el milagro. La ciudad estaba allí. Al despertar, como cada mañana, miró hacia el Occidente y la vio, entre el cielo turbio y el brillo del mar. Se alegró. Casi levanta los brazos en signo de triunfo. Pero su corazón comenzó a palpitar de una forma violenta. Ni en las peores tormentas había experimentado esa forma de latido incontrolable. 

Logró controlarse aunque la excitación del descubrimiento perduraba en el parpadeo de los ojos y en los movimientos inútiles de sus manos. Reflexionó un largo rato sobre el descubrimiento hasta que decidió confiar en su instinto de supervivencia. Había comprendido justo a tiempo el terrible error que había cometido y sostenido toda su vida.

Entonces, justo a tiempo, dio vuelta y puso marcha hacia la región más cálida, donde los peces vuelan y el agua es transparente.  Puso dirección hacia donde había nacido, cuarenta semanas atrás, mucho después que la mujer del pelo de pez sonriera para indicarle el verdadero camino que recién ahora encontraba. 

Del libro Algo salió mal (Editorial Baile del Sol, 2014)

http://bailedelsol.org/index.php?option=com_booklibrary&task=view&id=721&Itemid=427&catid=58

Audiobook:

https://www.audible.com/pd/Algo-salio-mal-Something-Went-Wrong-Audiobook/B01AKQO4QE

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