Los mitos son más fuertes

El 24 de marzo de 1983, en la Biblioteca del Congreso, el presidente Ronald Reagan repitió las palabras del historiador Henry Commager: “la creación de los mitos nacionales nunca estuvo libre de conflictos; los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”. 21 años después, en octubre de 2004, luego de haber lanzado la masiva invasión en Irak y antes de que el presidente George W. Bush reconozca su insignificante error, uno de sus asistentes (muy probablemente Karl Rove) insistirá con la misma idea en forma de confesión al periodista del Wall Street Jornal, Ron Suskind: “Somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Mientras otros estudian esa realidad, nosotros actuaremos una vez más, creando otras realidades que luego serán estudiadas. Somos los actores de la historia … y ustedes, todos ustedes, se limitarán a estudiar lo que hacemos nosotros”.

Para una cultura, para un pueblo entrenado para creer a fuerza de repeticiones cada domingo, creer sin pruebas frente al gazette, a la radio o al televisor el resto de la semana resulta tan natural como una guerra lejana o como cortar el pasto los sábados por la tarde. Creer contra todas las evidencias es un mérito que sólo evidencia el tamaño de la fe de un creyente. Si una verdad es desagradable, se cierra los ojos y se reza hasta que la realidad se dobla ante la fuerza del deseo. Claro que no siempre funciona, pero de cualquier forma esa es una de las definiciones de fanatismo. El fanático confunde fe, religión, ciencia, política e ideología, error que el pensador hispano musulmán Averroes ya había advertido hace casi nueve siglos atrás.

De un reconocimiento crítico, las palabras de Commager se convierten en reivindicación política en la boca del nuevo presidente. Si la realidad no se adapta a nuestros deseos, peor para la realidad. Claro que dentro de la palabra realidad caben siglos y pueblos enteros. Los mitos sólo se cruzan con la realidad para modificarla o para aplastarla. Los mitos crean y destruyen, y son más difíciles de cambiar que la realidad material. Es por esta razón que las fake news son tan poderosas, aun contra toda evidencia, porque son votos de fe que confirman y adornan el mito central. Los mitos fundadores nacen en momentos en que el futuro grupo dominante, el tótem, todavía es pequeño y capaz de modelar su visión del mundo de forma unánime, la que será heredada por la multiplicación de las generaciones siguientes, como en la mitosis de las células que reproducen un mismo ADN y así crearan organismos y especies enteras, luego definidas como parte de la naturaleza.

A muy largo plazo, un mito puede ser dominado y desplazado (no aniquilado) por otro mito. También puede ser vencido de forma parcial por el recurso del análisis histórico, de la denuncia persistente y por una resistencia social capaz de romper ciertos límites. Sin embargo, probablemente porque las facultades racionales, analíticas o de conciencia son mucho más recientes en la evolución humana, nunca alcanzarán la fuerza del mito enraizado en el subconsciente individual y colectivo.

Aparte de otros poderosos factores (como las enfermedades, las armas de fuego y los caballos) los mitos fundadores jugaron un rol relevante en la conquista española de la América indígena. Los primos Hernán Cortés y Francisco Pizarro, uno en México y el otro en Perú, conquistaron y sometieron a dos poderosos imperios con la inestimable ayuda de sus creencias propias y de las creencias de sus invadidos. Para los europeos, su dios los impulsaba a matar hombres, niños y mujeres y tomar todas las riquezas que pudieran sin remordimiento alguno. Aunque imperios a su vez y con frecuencia tan violentos como los invasores, los aztecas y los incas carecieron de la nueva tecnología militar y de la certeza fanática de que ocupaban el poder de forma legítima. Por el contrario, sus dioses estaban insatisfechos o estaban detrás de las acciones de conquista del invasor. Para sobrevivir al conquistador y para sobrevivir al conquistado, estos mitos se fueron travistiendo a lo largo de siglos sin perder ciertas características centrales.[1]

El pasado no se puede cambiar, pero lo que entendemos por el pasado sí, dependiendo de si decidimos agregar más maquillaje o desnudar su rostro. La opción de quienes sufrieron y continúan sufriendo de esta visión fanática de la realidad (“los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”) es invertir la fórmula: nosotros, estadounidenses o no, no aceptamos una verdad sustentada por el deseo del poder sino en el revelador rescate de aquella realidad que ha sido enterrada por los vencedores.


[1] Sobre este fenómeno publicamos El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008).

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