Esclavistas, millonarios y sindicatos en EE.UU.

Al ser una crisis controlable (aunque trágica) el Covid-19 no hizo colapsar el sistema global capitalista, pero envió al CTI a su hijo pródigo, el neoliberalismo. El principio del egoísmo individual como fórmula de la prosperidad colectiva de Adam Smith (el dogma más perverso de la historia moderna) ha sido puesto en cuestionamiento, sobre todo con la lentísima aceptación del cambio climático. Al igual que en la depresión de los años 30, en esta crisis los estados confirmaron su rol de bomberos, no por sus ejércitos sino por sus servicios sociales. La percepción positiva de los sindicatos trepó veinte puntos en pocos años y la de los militares cayó del 70 en 2018 al 56 por ciento, aún antes del fiasco de Afganistán. 

Al igual que en los 30, se comienza a reconsiderar el rol de diferentes organizaciones populares, como los demonizados sindicatos. Por un lado, se ha alcanzado un mínimo histórico en el número de afiliados (11 por ciento; seis por ciento en el sector privado) y, por el otro, llegamos a un máximo (desde 1965) de percepción positiva del 68 por ciento, 20 puntos sobre la medición anterior de 2009. Si consideramos el grupo de jóvenes menores de 34 años, la aprobación llega al 77 por ciento.

Durante esta pandemia, la fortuna de individuos como Jeff Bezos y Elon Musk se multiplicó, mientras el salario mínimo es el mismo desde 2010. Hoy Tesla vale casi tanto como la economía de Australia y Amazon más que toda Canadá. Pero no se puede inflar un globo por siempre. Los diversos estudios que confirman la existencia de una correlación entre agremiados y la brecha de ingresos entre los ricos y la clase trabajadora han germinado en la conciencia popular. Las nuevas generaciones serán culpadas de la decadencia hegemónica de Estados Unidos, pero su percepción es consecuencia de esa misma decadencia que los mantiene atrapados en deudas y falta de perspectivas (algo que también los profesores percibimos cada día en nuestros estudiantes).

La sobrevivencia de la cultura esclavista

En 1865 los confederados del sur fueron derrotados por los unionistas de Lincoln pero, a partir de ahí, comenzaron a ganar múltiples batallas políticas y culturales que persisten hasta hoy. No sólo sus generales fueron indultados por intentar destruir el país; no solo lo regaron con monumentos a los racistas más radicales de la historia, sino que consolidaron la vieja cultura de la impunidad de la extrema derecha y revirtieron varios logros legales de los negros, de los mestizos y de los pobres con las leyes Jim Crow, con golpes de estado cuando los negros ganaron elecciones, con políticas de segregación y exclusion, con la creación de guetos urbanos para negros a través del trazado de autopistas, y con la criminalización de negros y latinos a través de excusas, como la más reciente guerra contra las drogas. 

Pero hubo una herencia aún mayor en el corazón ideológico del país. No sólo le arrancaron Texas y el resto de los estados del Oeste a México para reinstalar la esclavitud donde era ilegal, sino que aventureros como William Walker la legalizaron apenas se autonombraron presidentes de paises como Nicaragua, u operaron en diversas “repúblicas bananeras” sin respetar ninguna ley de las “razas inferiores”. Luego, de forma deliberada, exportaron el consumismo a su patio trasero para reemplazar la esclavitud legal por la esclavitud asalariada. 

Quienes eran minoría en Estados Unidos lograron imponer un sistema electoral que persiste hasta hoy para dominar la política en Washington. De la misma forma que esos poderosos esclavistas del sur expandieron la esclavitud por generaciones en nombre de la civilización y la libertad, luego de la Guerra civil impusieron la idea de que la libertad y la prosperidad dependían de los empresarios millonarios. Amenazar su prosperidad era amenazar la prosperidad y la existencia de toda una nación. La más reciente “Teoría del derrame” no es otra cosa que la continuación de la teoría del amo como benefactor de sus esclavos. La idea de que son los ricos quienes crean empleo y no los trabajadores, no es otra cosa que la continuación de la sacralización de los amos y la demonización de los esclavos, convertidos ahora en asalariados. 

A dos décadas de la derrota de 1865, se evitó recordar la masacre de Chicago celebrando el “Día de los trabajadores”; se lo reemplazó con un día abstracto, el “Día del trabajo”, justo cuando los sindicatos de obreros eran fuertes en los estados del norte. No por casualidad, cuando en 1935 F. D. Roosevelt promovió la Ley Wagner para apoyar a los sindicatos en un Nuevo Contrato Social que sacaría al país de su mayor crisis económica, en los estados que antes conformaron la Confederación casi no hubo sindicalización.

En la historia nada se crea ni se destruye completamente. Todo se transforma. El “Destino manifiesto” se continuó con la retórica del liderazgo de “La raza/el mundo libre”. La obsesión anglosajona de tener todo bajo control, sobre todo a las razas inferiores que no sabían gobernarse, se continuó con la excusa de la guerra contra el comunismo durante la Guerra Fría… y más allá. El zar de la prensa William Hearst fue un millonario progresista (mientras sus clientes fueron trabajadores) hasta que Franklin Roosevelt promovió, con nuevas leyes, el derecho de los trabajadores a agremiarse. Entonces se convirtió en el primer McCarthy antes de la Guerra Fría. Hearst fue uno de los inventores de la prensa amarilla y de la Guerra contra España (junto con el venerado Pulitzer) que le secuestró la revolución a los cubanos en 1898. Tres décadas después, atendiendo a sus intereses económicos, lanzó una campaña mediática identificando a Roosevelt y los sindicatos con el comunismo, como antes se identificó a los negros con el caos y con una imaginaria violacion colectiva de las hijas rubias. Su coqueteo con el nazismo (como el de tantos otros millonarios de este lado) tenía todo de la tradición del Sur esclavista: la raza superior, la clase dominante es la salvación de la civilización, la libertad y el progreso. 

Sindicatos en Estados Unidos hoy

No pocos esclavos apoyaron la esclavitud. No pocos asalariados apoyaron a millonarios poderosos como Herbst. En abril 2021 los trabajadores de Amazon en Alabama votaron (1798 a 738) contra el establecimiento de un sindicato, a pesar de sus paupérrimas condiciones de trabajo, lo que demuestra que los mitos nacionales (si los millonarios sufren, se acaba el mundo) son más fuertes que las necesidades personales. Una moraleja reproducida por asalariados y empresarios que venden en la calle se hizo viral entre los hispanos de Florida: “Los ricos madrugan como pobres y los pobres duermen como ricos”

Pero hay otras razones: Amazon acosó a sus trabajadores de Alabama por email y con reuniones individuales para que votaran en contra. Práctica que luego llamó “educación”. La vieja tradición esclavista de educar a los de abajo para que apoyen los intereses de los de arriba. 

Según un proyecto de ley del nuevo gobierno, conocido como Protecting the Right to Organize, estas prácticas de acoso podrían ser penalizadas con 50.000 dólares. Una propina para Walmart o Amazon, pero algo es algo. Aún así, es probable que el partido Republicano lo boicotee en el senado.

Estamos marchando a un escenario similar al de la Segunda República española un siglo después. Por un lado las organizaciones sindicales con su utopía y, por el otro, la derecha nacionalista refugiada en el pasado. Algún día, tal vez dentro de unas décadas, los historiadores verán nuestro tiempo como la culminación de un absurdo: un puñado de familias acaparando casi toda la riqueza del mundo y defendida por el resto, como los esclavos defendían a sus amos. 

JM, octubre 2021

Slavers, Corporations, and Unions in the US

Being a controllable (albeit tragic) crisis, Covid-19 did not make the capitalist global system collapse, but sent its prodigal son, neoliberalism, to the ITC. The principle of individual selfishness as a formula for collective prosperity by Adam Smith (the most perverse dogma in modern history) has been called into question, especially with the very slow acceptance of climate change. As in the depression of the 1930s, in this crisis, the governments confirmed their role as firefighters, not by their armies but by their social services. The positive perception of the unions climbed twenty points in a few years and that of the military fell from 70 in 2018 to 56 percent, even before the fiasco in Afghanistan.

As in the 30s, the role of different popular organizations, such as the demonized unions, is beginning to be reconsidered. On the one hand, a historical minimum has been reached in the number of affiliates (11 percent; 6 percent in the private sector) and, on the other, we reached a maximum (since 1965) of positive perception of 68 percent, 20 points over the previous measurement of 2009. If we consider the group of young people under 34 years of age, the approval reaches 77 percent.

During this pandemic, the fortunes of individuals like Jeff Bezos and Elon Musk multiplied, while the minimum wage is the same since 2010. Today Tesla is worth almost as much as the economy of Australia and Amazon more than all of Canada. But you can’t inflate a balloon forever. The various studies that confirm the existence of a correlation between union members and the income gap between the rich and the working class have germinated in the popular consciousness. The new generations will be blamed for the hegemonic decline of the United States, but their perception is a consequence of that same decline that keeps them trapped in debt and lack of prospects (something that professors also perceive every day in our students).

The survival of the slave culture

In 1865 the southern Confederates were defeated by the Lincoln Unionists but, from there, they began to win multiple political and cultural battles that persist to this day. Not only were his generals pardoned for trying to destroy the country; They not only strewn it with monuments to the most radical racists in history, but they consolidated the old culture of impunity of the extreme right and reversed several legal achievements of blacks, mestizos, and the poor with the Jim Crow laws, with coups when blacks won elections, with policies of segregation and exclusion, with the creation of urban ghettos for blacks through the layout of highways, and with the criminalization of blacks and Latinos through excuses, such as the most recent war on drugs.

But there was an even greater heritage in the ideological heart of the country. Not only did they tear Texas and the rest of the western states from Mexico to reinstate slavery where it was illegal, but adventurers such as William Walker legalized it as soon as they named themselves presidents of countries like Nicaragua, or operated in various “banana republics” without respecting any law of the “lower races.” Then they deliberately exported consumerism to their backyard to replace legal slavery with wage slavery.

Those who were a minority in the United States managed to impose an electoral system that persists to this day to dominate politics in Washington. In the same way that those powerful southern slaveholders spread slavery for generations in the name of civilization and freedom, after the Civil War, they imposed the idea that freedom and prosperity depended on wealthy businessmen. To threaten their prosperity was to threaten the prosperity and existence of an entire nation. The most recent “trickle-down theory” is nothing more than the continuation of the theory of the master as a benefactor of his slaves. The idea that it is the rich who create jobs and not the workers, is nothing more than the continuation of the sacralization of the masters and the demonization of the slaves, now converted into low-wage earners.

Two decades after the defeat of 1865, it was avoided to remember the Chicago massacre by celebrating “Workers’ Day”; instead, it was replaced with an abstract day, “Labor Day,” just when labor unions were strong in the northern states. Not by chance, when in 1935 F. D. Roosevelt promoted the Wagner Act to support the unions in a New Deal that would bring the country out of its greatest economic crisis, in the states that previously made up the Confederation there was almost no unionization.

Nothing in history is created or completely destroyed. Everything transforms. Manifest Destiny was continued with the leadership rhetoric of “the free race,” then “the free world.” The Anglo-Saxon obsession to have everything under control, especially the inferior races that did not know how to govern themselves, was continued with the excuse of the war against communism during the Cold War … and beyond. Press Czar William Hearst was a progressive millionaire (while his clients were workers) until Franklin Roosevelt promoted, with new laws, the right of workers to unionize. Then he became the first McCarthy before the Cold War. Hearst was one of the inventors of yellow journalism and the Spanish-American War (along with the revered J. Pulitzer) that kidnapped the Cuban revolution in 1898. Three decades later, serving his economic interests, he launched a media campaign identifying Roosevelt and the unions with communism, as before blacks were identified with chaos and with imaginary gang rape of blonde daughters. His flirtation with Nazism (like that of so many other millionaires on this side) had everything from the South slave tradition: the superior race, the ruling class is the salvation of civilization, freedom, and progress.

Unions in America Today

Not a few slaves supported slavery. Not a few low-wage earners supported powerful millionaires like Herbst. In April 2021, Amazon workers in Alabama voted (1798-738) against the establishment of a union, despite their very poor working conditions, proving that the national myths (if millionaires suffer, the world ends) are stronger than personal needs. A moral reproduced by wage earners and businessmen who sell on the streets went viral among Hispanics in Florida: “The rich get up early as poor and the poor sleep as rich.”

But there are other reasons: Amazon harassed its Alabama workers by email and with one-on-one meetings to get them to vote against it. A practice that it later called “education.” The old slave tradition of educating those below to support the interests of those above.

According to a new government bill, known as Protecting the Right to Organize Act, these harassing practices could be penalized with $ 50,000. A tip for Walmart or Amazon, but something is something. Still, the Republican party is likely to boycott it in the Senate.

We are marching to a scenario similar to that of the Second Spanish Republic a century ago. On the one hand, the trade union organizations with their utopia and, on the other, the nationalist right-wing mutinying in the past. Someday, perhaps decades from now, historians will see our time as the culmination of absurdity: a handful of families hoarding almost all the wealth in the world and defended by the rest, as slaves defended their masters.

JM, October 2021

2 comentarios en “Esclavistas, millonarios y sindicatos en EE.UU.

  1. Su análisis pule un espejo donde la sociedad americana debe verse con sinceridad, sobre todo en la demostración de cómo las viejas mentiras se reciclan.Algo hay en usted profesor Majfud de la consigna artiguista: Con libertad no ofendo ni temo. Muchas gracias!

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