Consumismo, otra herencia del sistema esclavista

(Versión castellana de la conferencia para HowTheLightGetsIn, Institute of Art and Ideas, London, 2021)

Consumismo, otra herencia del sistema esclavista (parte I)

Estrategia y dogma

Para decretar la abolición de la esclavitud tradicional en sus posesiones del Caribe, los ingleses previeron un tipo de esclavitud deseada por los nuevos esclavos. El 10 de junio de 1833, un miembro del Parliament, Rigby Watson, lo había resumido en términos muy claros: “Para hacerlos trabajar y crearles el gusto por los lujos y las comodidades, primero se les debe enseñar, poco a poco, a desear aquellos objetos que pueden alcanzarse mediante el trabajo. Existe un progreso que va desde la posesión de lo necesario hasta el deseo de los lujos; una vez alcanzados estos lujos, se volverán necesidades en todas las clases sociales. Este es el tipo de progreso por el que deben pasar los negros, y este es el tipo de educación al que deben estar sujetos”. (1)

En 1885, el senador Henry Dawes de Massachusetts, reconocido como un experto en cuestiones indígenas, informó sobre su última visita a los territorios cheroqui que iban quedando. Según este informe, “no había una familia en toda esa nación que no tuviera un hogar propio. No había pobres ni la nación debía un dólar a nadie. Los cheroquis construyeron su propia capital y sus escuelas y sus hospitales. Sin embargo, el defecto del sistema es evidente. Han llegado tan lejos como pueden, porque son dueños de sus tierras comunales… Entre ellos no hay egoísmo, algo que está en la base de la civilización. Hasta que este pueblo no decida aceptar que sus tierras deben ser divididas entre sus ciudadanos para que cada uno pueda poseer la tierra que cultiva, no harán muchos progresos…” (2)

Naturalmente, la opinión de los administradores del éxito ajeno prevalecerá y las tierras cheroquis serán divididas y generosamente ofrecidas a sus habitantes en forma de propiedad privada. Exactamente la misma receta de privatizaciones continuó el Dictador Porfirio Díaz en México contra el sistema de producción comunal y para copiar el éxito estadounidense, logrando el mérito de dejar sin tierras al ochenta por ciento de la población rural, lo que terminaría muchos años después en la Revolución Mexicana.

En 1929, el periodista más promocionado por la UFCo (y amigo de Henry Ford), Samuel Crowther, informó que en América Central “la gente trabaja sólo cuando se les obligaba. No están acostumbrados, porque la tierra les da lo poco que necesitan… Pero el deseo por las cosas materiales es algo que debe cultivarse… Nuestra publicidad tiene el mismo efecto que en Estados Unidos y está llegando a la gente común, porque cuando aquí se desecha una revista, la gente la recoge y sus páginas publicitarias aparecen como decoración en las paredes de las chozas de paja. He visto los interiores de las cabañas completamente cubiertos de páginas de revistas estadounidenses… Todo esto está teniendo su efecto en despertar el deseo de consumo en la gente” (3). Samuel Crowther consideraba al Caribe como el lago del Imperio americano, el cual protegía y dirigía el destino de sus países para gloria y desarrollo de todos.

La por entonces reciente derrota política de la Confederación proesclavista se desquitó con varios triunfos culturales e ideológicos. Todos pasaron inadvertidos. En tiempo récord se levantaron cientos de monumentos a los héroes derrotados, se hicieron películas idealizando a los defensores de la esclavitud y las teorías sobre la raza superior en peligro de extinción inundaron los escritorios de políticos y generales. 

Una de estas victorias secretas consistió en idealizar a los amos y demonizar a los esclavos. En lenguaje moderno, los patrones y los asalariados. Por eso, por las muchas generaciones por venir, en Estados Unidos se celebrará el Memorial Day (en memoria de los caídos en las guerras) y el Veterans Day (en honor a los ex combatientes de esas guerras imperialistas), todo en nombre de la defensa y la libertad, una copia exacta de la retórica de los esclavistas del sur que se expandieron sobre territorios indios, mexicanos y ultramarinos y crearon el nuevo imperio americano. 

El Memorial Day es un título abstracto; el Veterans Day, algo concreto por demás. Para los trabajadores no habrá Día de los Trabajadores y, mucho menos, será el primero de mayo que recordará en todo el mundo la masacre de trabajadores en Chicago que, como en todo el país, reclamaban el derecho a las ocho horas laborales. Para olvidar este inconveniente, el presidente Grover Cleveland oficializará el Labor Day (Dia del trabajo) en setiembre, casi en las antípodas de mayo, como si hubiese trabajo sin trabajadores, lo cual significó otro oculto triunfo de los esclavistas derrotados en la Guerra Civil dos décadas atrás: los negros, los pobres, los de abajo, los que trabajan, no sólo son holgazanes, inferiores y, al decir del futuro presidente Theodore Roosevelt, perfectamente idiotas, sino que también son muy peligrosos. Sobre todo, por su número. Sobre todo, por esa costumbre de proponer uniones. Los amos (blancos), los de arriba, los sacrificados del champagne, son quienes crean trabajo con sus inversiones. Son quienes, cada tanto, deben ser protegidos por sus protegidos: las iglesias y los militares (en Estados Unidos con el culto al veterano de guerra que “protege nuestra libertad” y en América Latina los militares que corrigen los errores de las democracias con sangrientas dictaduras). Para la vieja tradición esclavista, para los amos de lo que el viento se llevó, pero siempre vuelve, los verdaderos responsables del progreso, de la estabilidad, de la paz y de la civilización son los amos de las plantaciones, los empresarios de las industrias, quienes controlan y se benefician en primer lugar del sistema dominante. Son la élite del pueblo elegido y representan todo eso que los sucios y mal hablados esclavos (ahora blancos asalariados venidos de la pobre Europa) quieren destruir. 

El origen del consumismo como otra expresión del esclavismo fue rápidamente ocultado por derrotas aparentes, como el sufrido en la Guerra civil estadounidense. Luego del trauma nazi en la admirada Alemania de Hitler, las potencias colonialistas de Noroccidente (retaguardias y garantes de transnacionales como UFCo, Standard Oil, Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell, Nestlé, ITT, Ford, Pepsi, etc.) abandonaron la antigua retórica que justificaba sus invasiones e intervenciones por la inferioridad racial de los países negros y mestizos. Mientras las potencias colonialistas se encontraban distraídas con la guerra, una docena de países latinoamericanos, desde Argentina hasta Guatemala, recuperaron sus democracias. 

Hasta que las nuevas ayudas de Washington terminen por imponer una nueva ola de dictaduras y la zanahoria del consumo se imponga sobre cualquier otra dimensión humana como un acto de fe, como un dogma indiscutible. 

JM, abril 2021

Para la conferencia HowTheLightGetsIn del Institute of Art and Ideas de Londres a realizarse en mayo.

Consumismo, otra herencia del sistema esclavista (parte II)

Micropolítica y desmovilización

Durante la Guerra fría, las potencias noroccidentales vencedoras de la Segunda Guerra borraron de sus discursos la palabra negros y la sustituyeron por comunistas. Este enroque lingüístico tenía la ventaja de que podía ser aplicado a cualquiera y a piacere, sin importar su color de piel y, de paso, se evitaba un lenguaje inconveniente para que los imperios que no querían más ser llamados así, pudieran continuar haciendo lo mismo que habían hecho en los últimos siglos. Gracias a la militarización de los países latinoamericanos por parte de Washington, en menos de dos décadas la región frustró todas sus revoluciones democráticas y una decena de dictaduras fueron reinstaladas en esos países para asegurar el “orden en el caos” (pieza lingüística heredada del período en que los indios y negros eran el problema), ahora bajo la doctrina de la Seguridad Nacional y en defensa de la libertad y la democracia. 

La nueva excusa de una lucha contra un comunismo, irrelevante en la región, se complementó con otro sustituto del racismo anterior: las naciones subdesarrolladas tenían “culturas enfermas” y “raíces torcidas”. A todos aquellos que decidieron reivindicar las culturas colonizadas, como mi amigo Eduardo Galeano, se los calificó de “perfecto idiota latinoamericano” y se los responsabilizó por el subdesarrollo de esos países. Incluso, el repetido argumento para la vieja práctica expansionista de Estados Unidos (sobre territorios indios, mexicanos y luego ultramarinos), la repetida auto victimización de “fuimos atacados primeros y tuvimos que defendernos” fue arrojada como otro bombardeo sobre los colonizados, como una enfermedad psicológica de los otros: los subdesarrollados, los pobres están como están porque se victimizan. Del imperialismo y las múltiples intervenciones militares y económicas, de los bloqueos y las explotaciones de las poderosas corporaciones privadas, nada.

En Estados Unidos, la comunidad hispana ni siquiera pudo tener un Malcolm X. Cualquiera que se aproximara de lejos, cualquiera que pensara diferente y se atreviera a publicarlo fue demonizado como “comunista” o “antiamericano”. Los “coloridos híbridos”, fueron adoctrinados con discursos sobre el éxito, la libertad y la democracia, sin importar que la amplia mayoría de ellos nunca alcanzó ni lo uno ni lo otro, sino un rosario de dogmas ideológicos y propagandísticos llenos de odio para sus hermanos que se quedaron en las repúblicas bananeras y más odio a los pobres del sur, “los ilegales que quieren invadir esta gran nación”.

No siempre fue así. Hace un siglo, en Estados Unidos hubo organizaciones como la American Anti-Imperialist League que protestaron contra las intervenciones en Cuba, Filipinas y hasta tomaron posición en favor de Augusto Sandino en Nicaragua. Entre los antiimperialistas estuvieron escritores como Mark Twain, feministas como Jane Addams y hasta un millonario como Andrew Carnegie. Más recientemente, la guerra en Vietnam provocó diversas protestas y movilizaciones, las que tuvieron algún efecto, pero pronto fueron neutralizadas por las reacciones neoconservadoras, a fuerza de millones de dólares y una poderosa logística enraizada en los grandes negocios, en varias iglesias y en el gobierno.

Ahora estos movimientos son prácticamente inexistentes, a pesar de que las movilizaciones por una mayor justicia racial se han incrementado. Un factor ha sido la desmovilización de la conciencia internacional, como la que en su momento resumió el boxeador Mohammed Alí: “¿Por qué me exigen que me ponga un uniforme y vaya a tirar bombas sobre gente morena en Vietnam mientras que los negros en Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos básicos?” Por el contrario, los raperos que ahora venden rebeldía conveniente, rebeldías de cocaína, de obscenidades tóxicas y no paran de presumir en sus canciones que tienen muchos millones de dólares y que los perdedores no tienen nada. Como si todo se tratase de otra campaña multimillonaria de los servicios secretos, de esas que tanto abundan el pasado conocido. Ahora los movimientos antirracistas de Estados Unidos no organizan marchas ni protestas por el racismo internacional de las grandes potencias mundiales que interfieren a gusto en naciones más débiles. Como si todo se hubiese resuelto. Este divorcio es estratégico, como la fragmentación de la sociedad y del pensamiento, distraído en problemas de micropolítica. 

Nada nuevo. Poco antes de la Revolución Americana, los gobernadores lo tenían claro y lo escribieron en sus cartas: para evitar que negros, indios y blancos pobres continuasen peligrosamente conviviendo y trabajando juntos, se inoculó el odio entre las razas. Así, los blancos pobres pudieron ver más claramente el color de piel de sus vecinos y no la opresiva condición social a la que pertenecían ambos. Se liquidaron las rebeliones de los oprimidos sustituyéndolas por el odio racial promovido por los de arriba. 

La otra estrategia, en este caso cuidadosamente planificada, consistió en secuestrar reivindicaciones legítimas: en el siglo XIX Rebecca Latimer Felton, feminista, educadora y senadora por 24 horas en 1922, revindicó el linchamiento en masa de los negros para que no hagan caer en tentación a las doncellas blancas. En el siglo XX el publicista y manipulador de la opinión publica, Edward Bernays, secuestró el movimiento feminista para vender más cigarrillos con sus “antorchas de libertad”. Más recientemente, se reivindicaron y financiaron desde Washington los otrora peligrosos movimientos indígenas, ahora en contra de los gobiernos desobedientes como en Ecuador y Bolivia. En el resto del continente, la CIA secuestró movimientos rebeldes financiando “sindicatos libres”, gremios de estudiantes opositores, libros y medios de centro izquierda, fundaron y financiaron cursos universitarios para “crear líderes responsables”. 

La misma estrategia de fraccionar-y-secuestrar continúa reproduciéndose hoy entre los rebeldes. Para resolver el antiguo conflicto racial se echa al olvido la injusticia internacional que, históricamente, se sustentó en el racismo, pero siempre sirvió a intereses menos coloridos. Una parte de la retórica de la supremacía blanca se sustituyó por el odio nacionalista. Las causas de la micropolítica (derecho a usar este o aquel baño, reivindicación de una matemática negra discriminada en la NASA, derecho de los homosexuales a ser soldados) suelen ser justas y necesarias, pero han perdido conciencia global, la idea del injusto marco general que incluye sus justos reclamos.

El consumismo es otra fragmentación y una reclusión del pensamiento, de las emociones y los deseos en un marco estrecho que no solo impide pensar en otros pueblos que lo sufren, sino que impide cualquier cambio individual en los pueblos que supuestamente se benefician de ese tóxico, ya que se trata de una adicción anestésica. Así también, el racismo y el clasismo internacional se reproducen en catástrofes olvidadas como los derramamientos de petróleo en países pobres de África o de América latina. Se reproduce en el olvido de la opinión pública por la destrucción del medioambiente debido al cambio climático, causado por las potencias mundiales y sufrido, sobre todo, por los países pobres. Se reproduce en el odio por los desplazados de las guerras, de dictaduras amigas, de una economía que descarta a los seres humanos cuando ya no le sirven. Se reproduce en el siempre conveniente odio entre los de abajo que no logran el consumo prometido por el dogma y la publicidad. 

JM, abril 2021

Ideas para la conferencia HowTheLightGetsIn del Institute of Art and Ideas de Londres a realizarse en mayo.

(1) “To make them labour, and give them a taste for luxuries and comforts, they must be gradually taught to desire those objects which could be attained by human labour. There was a regular progress from the possession of necessaries to the desire of luxuries; and what once were luxuries, gradually came, among all classes and conditions of men, to be necessaries. This was the sort of progress the Negroes had to go through, and this was the sort of education to which they ought to be subject in their period of probation”

(2) “The defect of the [reservation] system was apparent. It is [socialist] Henry George’s system and under that there is no enterprise to make your home any better than that of your neighbors. There is no selfishness, which is at the bottom of civilization. Till this people will consent to give up their lands, and divide among their citizens so that each can own the land he cultivates they will not make much more progress.” 

(3) “[…] …I have seen the inside of huts completely covered by American magazines and with the timetable and folders issued by railroads. Our national advertisers would be surprised to discover how their products are known by picture and name.” “Romance and the Rise of the American Tropics.” (1929) Samuel Crowther

‘…and their purchasers are not only Americans. Our advertising is slowly having the same effect as in the United States —and it is reaching the mozos. For when a periodical is discarded, it is grabbed up, and its advertising pages turn up as wall paper in the thatched huts. I have seen the insides of huts completely covered with American magazine pages and with the timetables and folders issued by our railroads. Our national advertisers would be surprised to discover how well their products are known by picture and name—although few would recognize the names of their products if they heard them pronounced! All of this is having its effect in awakening desires.»

“Romance and the Rise of the American Tropics.” (1929) Samuel Crowther. Page 342

https://www.commondreams.org/views/2021/06/10/consumerism-another-inheritance-slavery-system

https://iai.tv/articles/what-consumerism-learnt-from-slavery-auid-1851?_auid=2020

Consumerism, another inheritance from the slavery system

 by Jorge Majfud

HowTheLightGetsIn Conference, Institute of Art and Ideas, London, September 2021

Translated by Andy Barton, Tlaxcala

 I
Strategy and dogma

To declare the abolition of traditional slavery for their possessions in the Caribbean, the British envisioned a new type of enslavement that the new slaves would themselves desire. On 10th June 1833, Rigby Watson, a member of parliament, clearly summarised this idea: “To make them labour, and give them a taste for luxuries and comforts, they must be gradually taught to desire those objects which could be attained by human labour. There was a regular progress from the possession of necessaries to the desire of luxuries; and what once were luxuries, gradually came, among all classes and conditions of men, to be necessaries. This was the sort of progress the Negroes had to go through, and this was the sort of education to which they ought to be subject in their period of probation”.

In 1885, Henry Dawes, a U.S. senator from Massachusetts recognised as an expert in indigenous matters, gave a report on his most recent visit to the Cherokee territories that still remained. According to this report, “there was not a family in that whole nation that had not a home of its own. There was not a pauper in that nation, and the nation did not own a dollar. It built its own capitol, and it built its schools and its hospitals. Yet the defect of the system was apparent. They have got as far as they can go because they own their land in common … There is no selfishness, which is at the bottom of civilisation. Til this people will consent to give up their lands, and divide them among their citizens so that each can own the land he cultivates, they will not make much more progress…”. Naturally,the opinions of people like Dawes would prevail, in other words, those who manage others’ success, and the Cherokee territories would be divided up and generously offered back to their inhabitants as private property. The Mexican dictator Porfirio Díaz would impose the same exact privatisation programme on the communal production system as a way to emulate the success of the United States, achieving the feat of leaving 80% of the rural population without any land of their own, something which would culminate in the Mexican Revolution many years later.

In 1929, Samuel Crowther, the journalist and prized asset of the United Fruit Company (and Henry Ford’s friend), reported that in Central America “people only work when they are forced to. They are not used to it because the land gives them what little they need… However, the desire for material things is something that must be cultivated… Our advertising is slowly having the same effect as in the United States —and it is reaching the mozos. For when a periodical is discarded, it is grabbed up, and its advertising pages turn up as wallpaper in the thatched huts. I have seen the insides of huts completely covered with American magazine pages and with the timetables and folders issued by our railroads… All of this is having its effect in awakening desires”. Samuel Crowther viewed the Caribbean as the lake of the U.S. empire, which protected and guided the destiny of its constituent countries towards glory and universal development.

The political defeat of the pro-slavery Confederacy around this time was avenged by various cultural and ideological victories. All passed by unnoticed. In record timing, hundreds of monuments to the defeated ‘heroes’ were erected, films were made idealising the proponents of slavery and the theories about a superior race in danger of extinction flooded the desks of politicians and army generals.

One of these secret victories consisted in idealising the masters and demonising the slaves. In modern terms: the owners and the salaried workers. For that reason, in the many generations that were to follow, the United States would celebrate “Memorial Day” (in memory of the casualties of war) and “Veterans Day” (in honour of the former soldiers in these imperialist wars), all in the name of defence and of freedom, a carbon copy of the rhetoric of the Southern slaveowners who forayed into indigenous, Mexican and overseas territories and created the new American empire.

“Memorial Day” is an abstract title; “Veterans Day” is overtly literal. For the workers, there would be no “Worker’s Day”. Even less likely was 1st May, the day on which the whole world would remember the massacre of those workers in Chicago, who demanded their right to an eight-hour workday just like the rest of the country. To forget this inconvenient detail, President Grover Cleveland would formalise “Labor Day” in September, nearly the polar opposite of May, as if there were work without workers. This would mean yet another hidden victory for the slaveowners defeated in the American Civil War. Not only are Black Americans, the poor, those below, and those that work all idle, inferior, and in the words of future American President Theodore Roosevelt, “perfectly stupid”; they are also the perfect threat. Especially on account of their numbers. Especially for their habit of proposing unions.

The masters (white Americans), those above, those sacrificed at the champagne altar, they are the ones who create employment with their investments. They are the ones who, every so often, must be protected by who they protect: churches and soldiers (in the U.S., with the cult of the veteran who “protects our liberty”, and in South America, with the soldiers who fix democracies’ mistakes with bloody dictatorships). In the eyes of the old slave-owning tradition, the masters of what was gone with the wind yet always returns, those who are really responsible for progress, stability, peace and civilisation are the plantation owners and the industry businessmen. In short, all those who control and immediately benefit from the hegemonic system. They are the chosen elite of the people, and they represent everything that the dirty and illiterate slaves (and then the salaried white workers from the poorer parts of Europe) want to destroy.

The origins of consumerism as an alternative expression of slavery were rapidly hidden by apparent defeats, such as in the American Civil War. After the trauma of the Nazis in the admired Germany of Adolf Hitler, the colonial powers of the North West (the rear-guard and the guarantors of such transnationals as the United Fruit Company, Standard Oil, Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell, Nestlé, ITT, Ford, Pepsi, etc.) abandoned the old rhetoric justifying their invasions and interventions for the racial inferiority of the different Black and mestizo countries. While the colonial powers were distracted by war, a handful of South American countries, from Argentina to Guatemala, restored their democracies.

That was, until the new ‘help’ from Washington would end up imposing a new wave of dictatorships and the carrot of consumerism would impose itself upon every other dimension of human life as an act of faith, an incontrovertible dogma.

II

Micro-politics and demobilisation

During the Cold War, the victorious North Western powers deleted the word “blacks” from their discourse and substituted it for “communists”. The advantage of this linguistic manoeuvre was that it could be applied to anyone, at will, without the colour of their skin being an issue. It simultaneously avoided an inconvenient use of language, and thus the empires, which no longer wished known as such, could continue to do exactly as they had been for the last few centuries. Thanks to the militarisation of South American countries under Washington’s command, in under two decades, the region stifled its democratic revolutions, and a rabble of dictatorships were reinstalled in those countries to guarantee “order amid the chaos” (a linguistic artefact inherited from the time when the indigenous and Black populations were the problem), now as part of the doctrine of national security and in defence of freedom and democracy.

The new excuse of a fight against communism, irrelevant in the region, was paired with another substitute for the old racism: the underdeveloped nations had “diseased cultures” and “twisted roots”. Anyone who decided to stand up for the colonised cultures, such as my friend Eduardo Galeano, was branded the “perfect Latin American idiot” and was made responsible for the underdevelopment of those countries. Even the repeated argument from the old-school expansionist days of the United States, the continued self-victimisation of “they attacked us first; we were forced to defend ourselves” was hurled over the colonised like yet another bombing campaign, as if the colonised had a mental illness: the underdeveloped, the poor, they are like this because they victimise themselves. Not so much as a word on the imperialism, the multiple military and economic interventions, the embargos and the exploitation, however.

In the United States, the Hispanic community was not even allowed their own “Malcom X”. Anyone who came from a distance, anyone who thought differently and dared publish it was demonised as a ‘communist’ or ‘anti-American’. The ‘coloured hybrids’ were indoctrinated by discourses about success, freedom and democracy, without it mattering that the large majority of them never experienced either; instead, they received a handful of dogmatic and propagandistic ideologies brimming with hatred towards their brothers and sisters that stayed in the banana republics, with more hatred for the poor from the South, “the illegal aliens who want to invade this great nation”.

It was not always this way. A century ago, the United States was home to organisations such as the American Anti-Imperialist League, which protested against the invasions of Cuba and the Philippines, even adopting a stance in favour of Augusto Sandino in Nicaragua. Among the ranks of the anti-imperialists were writers such as Mark Twain, feminists like Jane Addams, and even a millionaire like Andrew Carnegie. More recently, the Vietnam War provoked diverse protests and mobilisations that did have a certain degree of impact, but they were quickly neutralised by the reactionary neoconservatives under the force of millions of dollars and a powerful network rooted in big corporations, various churches and the government.

Presently, these movements have all but ceased to exist, despite the fact that the mobilisations demanding greater racial justice have increased. One factor has been the demobilisation of the international consciousness. As the boxer Mohammed Ali summarised in his time: “why should they ask me to put on a uniform and go ten thousand miles from home and drop bombs and bullets on other innocent brown people in Vietnam while so-called Negro people in Louisville are treated like dogs and denied simple human rights?’’ On the contrary, there are rappers who now sell a convenient rebellion, rebellions of cocaine and toxic obscenities, who do nothing but boast in their songs about how they have millions of dollars and how the losers have nothing. It almost has the whiff of another multi-million-dollar campaign by U.S. intelligence services in the oeuvre of those we already know so much about. Now, the anti-racist campaigns in the United States do not organise marches or protests against the international racism of the global powers that interfere at will in weaker nations, as if everything had been resolved. This divorce is strategic, just like the fragmentation of society and of thought, distracted in the problems of micro-politics.

This is not new. Shortly before the American Revolution, the governors were clear in their minds, and they wrote it in their letters: to avoid the dangerous continued coexistence and shared workplaces of the poor Black, indigenous and white people, hatred was bred between the different the races. This way, the poor whites could see the skin colour of their neighbours more clearly than they could the oppressive social conditions to which both were subjected. The rebellions of the oppressed were dissipated, substituting them for racial hatred promoted by those above.

The other strategy, curiously planned out in this case, consisted in hijacking legitimate demands: in the 19th century, Rebecca Latimer Felton, a feminist, educator and senator for 24 hours in 1922, advocated the lynching en masse of Black Americans so that they would not tempt the country’s fair white maidens. In the 20th century, Edward Bernays, the publicist and manipulator of public opinion, hijacked the feminist movement to sell cigarettes with his “torches of freedom”. More recently, Washington advocated for and financed previously dangerous indigenous movements, this time in opposition to ‘disobedient’ governments, such as those in Ecuador and Bolivia. In the rest of the continent, the CIA hijacked rebel movements, financing ‘free unions’, collectives of dissident students, centre-left books and media outlets, and university courses to “produce responsible leaders”.

The same strategy of divide-and-hijack continues to take place today in rebel groups. To resolve the historical racial conflict, global inequality, which was historically sustained by racism, but always served the interests of the lightest skin colours, is discarded without a second thought. One aspect of the rhetoric of white supremacy was substituted for nationalist hate. Micropolitics’ causes (the right to use this or another bathroom, support for a Black mathematician discriminated against in NASA, homosexuals’ right to be in the army) are usually legitimate and necessary, but they have lost all global consciousness and any semblance of a general framework that incorporates their legitimate demands.

Consumerism is another fragmentation and restricting of thoughts, emotions and desires within a narrow framework. Not only does it prevent thinking about the suffering of other nations; it also prevents any kind of individual change within those nations that supposedly benefit from this poison, as it is primarily an addiction that numbs the senses. Similarly, international racism and classism are reproduced in forgotten catastrophes, such as the oil spills in poor countries in Africa or in South America. They are reproduced in the public opinion’s amnesia about the destruction of the environment due to climate change, caused by the global powers and suffered, above all, by poorer countries. They are reproduced in the hatred for those displaced by wars, by cosying up to dictatorships and by an economy that discards human beings when they are no longer profitable. They are reproduced in the perennially convenient hatred among those below, who do not reach the glorious consumption promised by the dogma and the advertising.

JM, May 2021

https://iai.tv/articles/what-consumerism-learnt-from-slavery-auid-1851?_auid=2020

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.