¿Por qué no le copiamos a Estados Unidos?

La semana pasada tuve el gusto de visitar la Freie Universität de Berlín para una charla y, de paso, aceptar una vieja invitación de la Deutsche Welle (la televisión pública alemana que solía ver de niño, con cierto sagrado pavor, con sus programas dedicados a pintores, escultores y todo tipo de gente rara pero fascinante). El edificio donde actualmente funciona el Lateinamerika-Institut de la Freie Universität fue un proyecto de Max Taut y Franz Hoffmann, dos celebridades de la Bauhaus. El espíritu de la escuela de Weimar, única en la historia moderna, sólo se siente, y con una intensidad conmovedora, al caminar por su interior. Los nazis la cerraron en los años treinta por considerarla un reducto de degenerados, más o menos lo mismo que pensaba Stalin del arte de un comunista llamado Pablo Picasso. Sin embargo, mientras la destructiva historia del Tercer Reich ha muerto, o casi, la desaparecida Bauhaus todavía vive en las cosas que nos rodean. Aunque no lo sepamos.  

El viaje de regreso fue agotador, como siempre. En el moderno aeropuerto de Dublín debí esperar horas infinitas. En una mesa de un café cerrado, a las 2:30 de la madrugada, me puse a leer los diarios en mi vieja tablet.

Hasta que pasó un señor canoso que reconoció la página de un diario argentino.

— ¿Argentino? —preguntó.

—No. Uruguayo.

Más allá de Brasil, es más o menos lo mismo. Se sentó en la silla libre y se presentó. No recuerdo su nombre; a esa hora me debatía entre irme por otro capuchino o dormirme sentado.  

—Me encanta Uruguay —dijo, antes de dejarme en claro quién era y qué pensaba de América Latina y del mundo. Aunque los uruguayos tienen un gobierno socialista, o algo así, no le caía del todo mal. Al menos no son corruptos.

Los uruguayos somos el muchacho tranquilo del barrio.

El hombre canoso era, o había sido, un concejal de la provincia de Buenos Aires. En menos de una hora me informó de toda la corrupción del gobierno anterior, de la limpieza del actual, de las decisiones difíciles que habían tenido que hacer en la provincia y en el país para poner orden…  

—Justo ayer —dijo—, el gobierno anunció que se va a liberar el precio de la nafta (combustible) para que fluctúe según la hora y las localidades. De esa forma, cada estación de servicio podrá fijarlo según la oferta y la demanda, como en Estados Unidos. ¿Qué le parece?

—No sé, pero eso de la liberación suena bien.

—Lo mejor, como siempre, es copiar de los americanos. ¿Qué piensa del sistema de precios de combustibles que tienen allá?

—No sé —dije—, me resulta divertido, eso de ir de un lado para el otro buscando ahorrar unos centavos. Da esa sensación de libertad que se tiene cuando se atraviesa el Valle de la Muerte. Allá, aparentemente, funciona.

—No lo dude —dijo el hombre canoso—. Nosotros deberíamos copiar a los americanos.

—Algunas cosas. Como PBS, su televisión pública. O como los inodoros en Alemania.

—¿Perdón?

—En Berlín los inodoros tienen dos tanques de agua. Un botón según las necesidades del caso. Así uno puede ahorrar agua. Lo vi en Medio Oriente hace un cuarto de siglo. Aprender algunas cosas concretas parece razonable. Ahora, copiar… Copiar en crudo es un suicidio.

—No, ¡qué va! ¡Si hubiésemos copiado a los yanquis mucho antes, hoy seríamos como ellos!

—¿No lo hemos hecho antes? Con resultados diferentes. Con todo, eso tiene varias aristas. Como la sola idea de éxito.

—No. No le des muchas vueltas a la cosa o te mareás.

—Bueno, supongamos que éxito es tener dinero y ser famoso. Aun así, sea cual sea, la copia ignora las características culturales de cada pueblo, lo que hace que cada copia sea siempre imperfecta, hasta ridícula, y sus consecuencias imprevisibles.

—No, no. Me la estás poniendo muy complicada. Las cosas son más simples.

—Está bien, olvidemos lo anterior. Pero pensemos que, para ser un día tan próspero como Estados Unidos, Argentina deberá copiarle algo que Estados Unidos nunca aceptará que le copien.

—Como por ejemplo…

— Primero, Argentina debería convertirse en un imperio.

—Me lo venía venir. Ese discurso de los sesenta. Pero el mundo ha cambiado.

—Sí, claro, pero no tanto. El imperio americano todavía está ahí. Llamémoslo hegemonía, para que no se sienta incómodo. Cultura hegemónica, capitales hegemónicos, ideología de la no ideología, como la del libre mercado…

—Ustedes los zurdos (te lo digo con respeto) se pierden en una maraña de razonamientos.

—Bueno, tal vez usted no me ha seguido, pero yo no me siento perdido.

—Puras abstracciones. ¿Podrías darme un ejemplo concreto de eso que llamás imperialismo?

—Pongamos dos. Primero, Argentina debería desplegar unas cien bases militares en cada continente. Incluida dos o tres en Miami y otras tantas en Oregón. Segundo, el peso argentino debería ser la divisa global dominante. ¿Vio que cada vez que los países latinoamericanos tienen problemas económicos imprimen o devalúan su moneda?

—Repúblicas bananeras.

—Sí. Hay unas cuantas. Pero Europa y Estados Unidos no han hecho nada muy diferente. Para salir de la crisis del 2008, la FED inundó el mundo con un tsunami de dólares. Entre cuarenta y cincuenta billones de esos papelitos se vertieron al mercado cada mes, durante muchos años. Sí, ya sé, no es sólo imprimir. Por eso le llaman “expansión cuantitativa”, “compra de bonos”. ¿Hubo alguna explosión inflacionaria por semejante bananismo monetario? Claro que no. Eso les pasa a los países periféricos. No al país que posee la divisa global. El desastre se redistribuye (perdón por la palabra) globalmente. Siempre me he preguntado qué pasa con los ahorros de un humilde trabajador o un pequeño empresario, sea en India, en Argentina o en California, que tiene dólares sucucheados en algún banco, cuando la FED imprime más papel moneda. ¿No hay, acaso, una transferencia de valor de esos ahorros a los nuevos papelitos que van a parar a manos de otra gente, empezando por quienes lo imprimen? Si no, ¿de dónde procede el valor de esos nuevos papelitos verdes, ya que ni siquiera tienen un respaldo en oro?

—Eso pregúnteselo a un economista.

—Sería lo mejor. Sin embargo, sea cual sea la respuesta, es evidente que no es tan fácil copiar para parecerse. Siempre quedan algunos detalles, ¿no?

El hombre canoso suspiró cansado. Debían ser las 4:00 de la madrugada. Se levantó, comentó algo del Barcelona, Messi, Suárez, me deseó buen viaje, y se fue arrastrando su maleta.

 

JM

enero 2018

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2 comentarios en “¿Por qué no le copiamos a Estados Unidos?

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