La secreta sobrevivencia de la América indígena en la América europea

 Una nota al pie de El eterno retorno de Quetzalcóatl

  

Podemos ejemplificar cómo el quechua y hasta probablemente el maya antiguo se fue filtrando en el idioma hasta sobrevivir en formas del castellano. En un país alejado geográficamente y con una muy menor influencia de la cultura indígena, encontramos conjugaciones típicas de la forma “estoy yendo esta noche para ahí”, que pertenece, según los lingüistas —y aunque podamos encontrarla con frecuencia en el inglés—, a una estructura propia del quechua, irreconocible en la España de la época. En Los ríos profundos (1958) de José María Arguedas, un indio pongo le dice al niño narrador: “Niñito, ya te vas; ya te estás yendo! ¡Ya te estás yendo!” (Ríos, 169). En una aclaración al pié de esa misma página, Gonzalo Ricardo Vigil cita a Rowe que, en 1979, también observa la traslación de la sintaxis quechua al español.

A lo largo de la novela podemos reconocer otras palabras comunes en Uruguay y Argentina con el mismo sentido. Opa, que en quecha significa “tonto”, es una expresión común en nuestros países y significa lo mismo. Minga, en la región andina (ver, por ejemplo, la novela Huasipungo, 1935, de Jorge Icaza) se refería al trabajo gratuito, generalmente realizado por los indios en el período colonial y un desprecio semejante de “no recibirás nada” significa entre las clases bajas de Uruguay y Argentina.

Entre el hermetismo de los adolescentes del interior rioplatense, el vandálico acto de golpear en grupo a otro se llama “guasquear” o “hacerle la huasca”. Aunque con implicaciones sexuales, ya que normalmente no pasaba del desnudo semipúblico de la víctima, nunca o rara vez estos revolcones eran excesivamente violentos, pero significan lo mismo que en quecha, según Argueda, significa huayquear.

Según Jiménez Rueda, para los mayas el Cosmos estaba compuesto de trece cielos. El dios que gobernaba el mundo más bajo —Mitival—, se llamaba Ah Puch, y era el dios de la muerte (Historia, 77). En regiones como el Río de la Plata, dominados por la cultura europea y la supuesta ausencia del factor indígena, cuando alguien se encuentra con una noticia o una sorpresa desagradable exclama “ah-puch”, “ah-la-pucha”. En Centroamérica es común escuchar “hij’ ue puch”. Si le preguntásemos al hablante qué significa eso, probablemente diga que es una forma de evitar la palabra obscena “puta”. Lo cual sería también cierto, pero ello no niega el origen histórico de la expresión referida a la cosmología amerindia. Por otro lado, no es verosímil que una prostituta asuste a un hombre como podía asustarlo el ahora olvidado dios de la muerte.

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