El Producto de la Bestia Interior

El Producto de la Bestia Interior


La delincuencia, la cultura de la impunidad y los valores contemporáneos

 

 

Redefinir

Uno de los mejores americanos fue un inglés. El mayor incendiario, independentista, anarquista, promotor de la desobediencia civil y defensor de los derechos de igualdad y libertad de pensamiento fue un hijo del mayor imperio del momento. Su librito más importante, Common Sense (1776), fue la llama que prendió el hilo de pólvora, por entonces inerte en la mente de la mayoría de los americanos y hasta del mismo George Washington. La primera idea que inicia El sentido comúnde Thomas Paine, no sin paradoja, afirma que la costumbre de pensarcorrectamente da la superficial idea de estar en lo cierto, lo que garantiza la feroz defensa de una costumbre.

En nuestros tiempos, uno de esos lugares comunes es, por ejemplo, repetir y sostener que los criminales son “inadaptados sociales”. Lo que de paso sirve para calmar la conciencia del resto de la sociedad que no anda por ahí matando por un kilo de basura. Pero si vemos algo del bosque, hasta el peor asesino es un perfecto adaptado social. No lo son sus víctimas, en todo caso, por lo cual han perecido. No eran adaptados sociales ni Sócrates, ni Jesús ni el modesto verdulero que se puso a contar las magras ganancias del día sin atender al asesino que lo acuchilló.

Cuando repudiamos el horror de un crimen en el fondo repudiamos lo que somos como sociedad y nuestra impotencia es la negación de ese reconocimiento, ya que si pudiésemos matar al asesino de un amigo no lo haríamos y si lo hiciéramos no calmaríamos nuestro espíritu por ese acto de fuerza absoluta.

 

Gobiernos permisivos

En Europa y en Estados Unidos un creciente número de personas responsabiliza a la inmigración por el incremento de la violencia. Aunque podemos pensar que la ilegalidad, la falta de goce de derechos civiles y la desesperación pueden llevar fácilmente a un individuo a la delincuencia, aún así parece que los ilegales se abstienen más del crimen que los ciudadanos. Como los estudios más serios demuestran con números que las olas inmigratorias no son las causas del incremento de la criminalidad sino que en muchos contextos tienen un efecto contrario, se argumenta que si no es la cantidad por lo menos es la calidad de los nuevos crímenes. Es posible que los medios de difusión jueguen un factor en la percepción de un horror antiguo, pero podemos aceptar que la violencia ha llegado o se mantiene en niveles intolerables para una sensibilidad civilizada —dejemos de lado que estos crímenes también son un fenómeno de la ciudad, de la civilización.

En América latina, como no se les puede echar la culpa a los antiguos inmigrantes, se le echa la culpa a la permisividad de los gobiernos. Así surge la tentación fácil de reclamar el regreso de las viejas dictaduras o, por lo menos, de sus viejos métodos.

Primero, considerando que todos éstos son países republicanos, la acusación no tiene sustento. No son los gobiernos los que administran la justicia.

Segundo, no es casualidad que los reclamos de “mano dura” provengan siempre de sectores de la derecha política cuando hoy en día, rompiendo con una tradición centenaria, la mayoría de los gobiernos se declaran de izquierda.

Tercero, en mi país, Uruguay, y en muchos otros, esta acusación además es paradójica. Quienes cometieron crímenes en masa, violaciones al por mayor, han obtenido grandes descuentos cuando no el perdón oficial y, en algún período de la reciente historia, el perdón de la mayoría del electorado. Entonces ¿cómo los políticos que durante décadas construyeron un discurso ideológico de impunidad y de olvido ante los mayores crímenes contra la humanidad pueden hablar ahora de “gobiernos permisivos”? ¿Por qué habría un país de usar mano dura con un asesino que mata a un inocente y promover el megaolvido y el megaperdón de una cofradía de asesinos que secuestra, tortura, viola y asesina a cientos y a miles? ¿Cómo pueden estos mismos discursantes de la moral pública levantar las cejas de asombro ante olas de delincuentes como si esta verdadera “adaptación social” hubiese sido aprendida en cuatro cursos acelerados de Perversión Civil?

 

Síntomas de una civilización enferma

Hay, sin embargo, un factor central que no depende de los políticos criollos de turno, sean de derecha o de izquierda. Tampoco vamos a pensar que nuestros caminales, sean reos o sean ex presidentes, son los responsables del rumbo de toda una civilización. También ellos son, llegados el caso, colaboradores, quizás involuntarios, de un sistema que, si no supera el tamaño de sus egos, al menos sí supera el alcance de sus poderes reales.

También son ellos y somos nosotros hijos de una cultura y de una civilización. La civilización del músculo, del proselitismo y de la conquista; la cultura del materialismo y de la más reciente fiebre del consumismo como síntoma de éxito.

¿Por qué se llaman “países emergentes” a Rusia, China e India? Su “éxito” radica en parecerse algo más a Estados Unidos al tiempo de presentarse como “algo distinto”. Con demasiado anticipo celebran el fin del imperialismo americano mientras cada uno de ellos deja la vida por convertirse en nuevos imperios capitalistas. Copian defectos ajenos mientras conservan los propios. El éxito de estos países “tan distintos” se mide y se define en las bolsas de las capitales financieras, en el gasto interno, en el consumo de combustible, en el número de nuevos millonarios, en la construcción de nuevos centros comerciales con sus Halloween, sus barbies rubias de ojos rasgados. El objetivo es el éxito y éste se mide con los mismos valores que ya fueron definidos e impuestos por Estados Unidos.

El especulador de Wall Street, el traficante de drogas y el ladrón de gallinas persiguen lo mismo, porque sus valores son esencialmente los mismos: el éxito económico, con o sin el éxito del prójimo, con o sin el imperio del la ley. (El exceso de testosterona provoca mayor placer en la derrota del rival que en la victoria propia; es lo que se llama “poner huevo”.) La diferencia radica en que unos ejercen el peso de la ley, no porque son buenos sino porque les conviene. Cuando la ley deja de convenirles surgen los Bernard Madoff con sus calculadas megaetafas. ¿Cuántos miles, sino millones de víctimas dejan estos criminales? Sin duda muchas más que un horrible asesino que descarga toda la basura de su subcultura en una pobre víctima individual. Y el horror se ve con la sangre, no con los hambreados del despido ni con los muertos anónimos bajo las bombas de los intereses corporativos.

Quizás los criminales comunes sean la forma en que una sociedad expurga sus propios pecados. Quien roba, asesina, viola, trafica con drogas es un perfecto adaptado social. Adaptado a los valores básicos de nuestras sociedades contemporáneas, fundadas en la competencia, la avaricia y la desesperación por el éxito individual. Unos ejercitamos ese vicio a través del arte, de las ciencias. Otros a través de las intrigas públicas, en caso de un político, o de las intrigas domésticas, en caso de un pobre diablo. Otros son más directos y asaltan, roban y matan. Esos criminales representan los valores más profundos de nuestras sociedades pero carecen del arte y de la educación de los buenos jugadores que triunfan porque respetan las reglas del juego. Sin importar si se trata de un juego de damas o de la ruleta rusa o de Abu Ghraib.

En esta cadena de violencias ninguna es contradictoria con la otra. Son parte de un mismo mecanismo. Un pequeño engranaje parece girar en sentido opuesto a un engranaje mayor, pero éste se mueve por aquel y aquel para éste.

Nadie puede cambiar por sí solo el rumbo de la civilización. Ella nos crea. Pocos pueden cambiar el destino de millones de personas que sufren o se benefician de sus decisiones. Casi todos podemos hacer algo por cambiar nuestro entorno más inmediato. Todos, sin duda, podemos hacer mucho por cambiarnos a nosotros mismos. El único problema es que casi nunca queremos. Estamos demasiado enamorados de nuestros defectos y preferimos hablar de los defectos ajenos.

 

 

 

Jorge Majfud

Lincoln University, mayo 2009.

 

 

 

 

 

Consumo, ergo soy

 

Money, money, money

 

Un descenso en el consumo es la peor noticia de estos últimos meses del 2008 en Estados Unidos, México, Europa, Rusia, Japón, Indonesia, China y la Cochinchina. Los presidentes de todo el mundo, de todos los colores y de todas las ideologías en consumo, tratan desesperadamente de confirmar la fe de los consumidores en La Economía, para que vuelvan a consumir más y no cunda el pánico de una catástrofe de consumidores que no consumen. Europa, Japón y Estados Unidos ya han inyectado dinero en los mercados para que los consumidores consuman. Casi nadie habla de los problemas de la producción sino de los problemas del consumo. Si antes el ahorro era la base de la fortuna ahora la obligación moral es el gasto, porque es la base de la reactivación.

Casi un año atrás el gobierno norteamericano había enviado jugosos cheques a cada uno de sus consumidores para que los invirtieran en consumir, pero a alguno se le ocurrió la mala idea de ahorrarlo o prefirió pagar alguna que otra deuda. Hasta los programas de la farándula —que son los principales programas de educación popular—, como El Gordo y la Flaca de Miami parecen haber hecho causa heroica sobre la obligación de consumir para impulsar el desarrollo, por lo cual irse de shopping pasa a ser un valiente acto de altruismo. Una vez más los pobres y hambrientos del mundo tienen más motivos para agradecer a los ricos despilfarrantes.

Hace unos cuatro años le dije a un amigo brasileño que defendía la costumbre de la gente en Estados Unidos de comprar y tirar sin necesidad, que un progreso que se base en este consumo desorbitado no me convencía en su lógica interna. Mi amigo me replicó que si no fuera por todo lo que se tira y desperdicia en Estados Unidos no habría tantas industrias en África y en América latina ni países socialistas como Venezuela venderían tanto petróleo a precios tan altos.

Hasta cierto punto tenía razón, pero visto en su globalidad afirmar que cada vez que uno tira a la basura media pizza, un televisor o una silla fuera de moda, en realidad le está haciendo un favor a un pobre en alguna parte del mundo es una lógica que falla por algún lado. Hasta cierto punto es comprensible que si los yanquis no consumen la basura que produce China, los otros países productores de materias primas, países en vías de consumo, pierden más mercados, empezando por el mercado del petróleo. Pero como entre los drogadictos, las inyecciones de dinero dulce se han repetido con menor efecto cada vez. A largo plazo, basar el progreso en el mero consumo sigue siendo un absurdo que tendrá que cambiar algún día. Un absurdo del que todos formamos parte de una forma o de otra.

Ahora, ¿cómo es posible mantener viva esta superstición por tanto tiempo?

 

 

Miénteme muy lentamente

 

Pese a todo, la narrativa macroeconómica ha sido, increíblemente sincera: el objetivo de los consumidores —antes ciudadanos, gente, personas— es consumir. O las crisis vuelven sinceros a sus actores o el trabajo sucio lo sigue haciendo la narratura social. Veamos.

Un comercial de Best Buy muestra a una joven empleada hablando en spanglish. La joven narra cómo recientemente atendió a dos niños que querían hacerle un regalo a su madre y sólo tenían unas cuantas monedas. Ella los ayudó a conseguir un modesto disco de música para que los niños tuviesen algo qué regalar. Al final, la joven concluye con una moraleja al estilo de los Exemplos del Conde Lucanor en el siglo XIV: “no importa el valor del regalo sino que éste sea hecho con el corazón”. En otro comercial casi simultáneo, Wal*Mart aconseja a los consumidores que ahorren dinero en tiempos de crisis económica. Claro, para ahorrar, deben ir a consumir a Wal*Mart.

El primer sentido y objetivo de la empresa y del comercial —los beneficios económicos producidos por la venta, grande o modesta— es oculto detrás de una narración que apela a la emoción y a un discurso tradicional y políticamente correcto. El explícito “no importa el valor monetario sino el valor emocional” sustituye el verdadero sentido de la narración, que es el contrario implícito: “no nos importa el amor sino que los niños compraron, consumieron, y detrás de ellos y en su propio futuro está la continuidad de estas ganancias”. Ahora, si la lógica del beneficio no es mala ni para un socialista que vive en un mundo capitalista, ¿por qué ocultarla?

Quizás porque uno sólo puede tener una fe ciega en aquello que no se ve. La narración de la ideología hegemónica hace invisible su objetivo central presentando una visualización contraria de esa narración, es decir, creando la máscara de la historia real. De la misma forma, el mundo secular del capitalismo se enmascara con la narración religiosa que predomina en sociedades como Estados Unidos.

La narratura social —narrativa que sutura las contradicciones sociales— disocia la realidad del discurso poniendo el discurso por encima de una determinada realidad que cubre como un manto. Se confía que el público no atenderá a esa realidad sino al discurso. El discurso, al ser políticamente correcto y repetitivo, es ingerido como ideoléxico, como el espacio moral que es compartido por diferentes grupos sociales, políticos, religiosos, raciales, generacionales, and so on.

Hace unos años en Estados Unidos existían eslóganes de clínicas privadas que rezaban “Your health is our passion (Su salud es nuestra pasión)”. Tal vez porque este slogan no era del todo verosímil, para re-suturar esta contradicción, los comerciales comenzaron a incluir cápsulas dialécticas de este tipo: “your health is our business, but it is also our passion” (Su salud es nuestro negocio, pero también es nuestra pasión)”. Mientras tanto, para que una persona logre obtener un seguro de salud primero debe demostrar que no está enfermo. Es lógico, desde la perspectiva del mercado: si las compañías aseguradoras asegurasen enfermos perderían dinero. Y cuál es el objetivo de una compañía que vende derechos de salud? La salud? Sí, la salud de la compañía. La aseguradora se asegura que el asegurado no necesita un seguro antes de vendérselo. Si una compañía de seguros de salud sospecha que el aplicante puede enfermarse seriamente en los próximos años, le denegará la aplicación. Está en su derecho de proteger sus beneficios. Si de todas formas usted quiere comprar un plan de salud deberá ir a una clínica y gastarse sus ahorros para que un médico le asegure a la aseguradora que usted está perfectamente sano. Si logra hacerlo, tendrá un servicio de primera: la mejor medicina con la mejor tecnología; y si es hospitalizado tendrá el mejor menú en las salas más amplias y más confortables del mundo. Porque eso es buen servicio. Si no puede, mejor declárese indigente, porque el Estado tiene buenos programas en estos casos. Pero recuerde, usted debe ser gente o indigente, ese es el negocio.

“No importa el dinero sino comprar con el corazón”; “Su salud es nuestro negocio, pero también es nuestra pasión”. La verdad y la mentira llegaron a un acuerdo: iban a caminar juntas pero cada una seguiría disfrazada de la otra, para que el trabajo de distinguirlas sea aún más dificultoso. Ambas también acordaron hablar un idioma común y el uso de la narratura social como género literario predominante de cada nueva cultura hegemónica. Así, iban a buscar cada día nuevas estrategias para negar lo que se dice y decir lo que se niega y, al mismo tiempo, lograr que quienes deban sufrir la violencia de una determinada realidad sean ellos mismos quienes repitan la narratura que la provoca y la sostiene. Violencia dulce, pero dulce al fin. Y cuando alguien se atreva a dudar de cuál es cual, si quien habla es la verdad o la mentira, será crucificado o exiliado por la misma turba en nombre de la coherencia práctica y de la paz mundial.

 

Jorge Majfud

Diciembre 2008

 

 

 

Consumo, logo existo

 

Dinheiro, dinheiro, dinheiro

 

Uma queda no consumo é a pior notícia dos últimos meses de 2008 nos Estados Unidos, México, Europa, Rússia, Japão, Indonésia, China e na Cochinchina. Os presidentes de todo o mundo, de todas as cores e de todas as ideologias em consumo, tratam desesperadamente de confirmar a fé dos consumidores na Economia, para que voltem a consumir mais e não se espalhe o pânico de uma catástrofe de consumidores que não consomem. Europa, Japão e Estados Unidos já injetaram dinheiro nos mercados para que os consumidores consumam. Quase ninguém fala dos problemas da produção e sim dos problemas do consumo. Se antes a poupança era a base da fortuna agora a obrigação moral é o gasto, porque ele é a base da reativação.

Quase um ano atrás, o governo norte-americano havia enviado suculentos cheques a cada um de seus consumidores para que os investissem em consumo, mas a algum ocorreu a má idéia de economizá-lo, ou preferiu pagar uma ou outra dívida. Até os programas de auditório — que são os principais programas de educação popular—, como El Gordo y la Flaca de Miami parecem ter transformado em causa heróica a obrigação de consumir para impulsionar o desenvolvimento, de modo que ir às compras passou a ser um valente ato de altruísmo. Uma vez mais os pobres e famintos do mundo têm mais motivos para agradecer aos ricos esbanjadores.

Há uns quatro anos eu disse a um amigo brasileiro, que defendia o hábito das pessoas nos Estados Unidos de comprar e jogar fora sem necessidade, que um progresso que se baseie nesse consumo excessivo não me convencia em sua lógica interna. Meu amigo respondeu que se não fosse por tudo o que se descarta e desperdiça nos Estados Unidos não haveria tantas indústrias na África e na América Latina, nem países socialistas como a Venezuela venderiam tanto petróleo a preços tão altos.

Até certo ponto ele tinha razão, mas, visto em sua globalidade, afirmar que cada vez que alguém joga no lixo uma meia pizza, um televisor ou uma cadeira fora de moda, na realidade está fazendo um favor a um pobre em alguma parte do mundo é uma lógica que falha por algum lado. Até certo ponto é compreensível que se os yanquees não consomem o lixo que a China produz, os outros países produtores de matérias-primas, países em vias de consumo, perdem mais mercados, começando pelo mercado do petróleo. Mas, assim como entre os viciados, as injeções de dinheiro doce se repetem com menor efeito a cada vez. A longo prazo, basear o progresso no mero consumo continua sendo um absurdo que terá de mudar algum dia. Um absurdo do qual todos fazemos parte, de uma forma ou de outra.

Agora, como é possível manter viva esta superstição por tanto tempo?

 

Mente-me muito lentamente

 

Apesar de tudo, a narrativa macroeconômica tem sido incrivelmente sincera: o objetivo dos consumidores —antes cidadãos, gente, pessoas— é consumir. Ou as crises tornam sinceros os seus atores ou o trabalho sujo continuará sendo feito pela narratura social. Vejamos.

Um comercial da Best Buy mostra uma jovem funcionária falando em spanglish. A jovem conta como recentemente atendeu a dois meninos que queriam dar um presente à sua mãe e só tinham algumas moedas. Ela os ajudou a conseguir um modesto disco de música para que eles tivessem algo a presentear. Ao final, a jovem conclui com uma lição de moral ao estilo dos Exemplos do Conde Lucanor no século XIV: “não importa o valor do presente mas que este seja dado com o coração”. Em outro comercial quase simultâneo, a Wal-Mart aconselha os consumidores que economizem dinheiro em tempos de crise econômica. Claro, para economizar, devem consumir na Wal-Mart.

O primeiro sentido e objetivo da empresa e do comercial —os benefícios econômicos produzidos pela venda, grande ou modesta— está oculto atrás de uma narração que apela para a emoção e de um discurso tradicional e politicamente correto. O explícito “não importa o valor monetário mas sim o valor emocional” substitui o verdadeiro sentido da narração, que é o contrário implícito: “não nos importa o amor, mas que as crianças compraram, consumiram, e por trás deles e em seu próprio futuro está a continuidade desses ganhos”. Agora, se a lógica do benefício não é ruim nem para um socialista que vive em um mundo capitalista, por que ocultá-la?

Talvez porque só se possa ter uma fé cega naquilo que não se vê. A narração da ideologia hegemônica torna invisível seu objetivo central apresentando uma visualização contrária dessa narração, quer dizer, criando a máscara da história real. Da mesma forma, o mundo secular do capitalismo se mascara com a narração religiosa que predomina em sociedades como os Estados Unidos.

A narratura social —narrativa que sutura as contradições sociais— dissocia a realidade do discurso, colocando o discurso acima de uma determinada realidade que cobre como um manto. Confia-se que o público não atenderá a essa realidade mas sim ao discurso. O discurso, ao ser politicamente correto e repetitivo, é ingerido como ideoléxico, como o espaço moral compartilhado por diferentes grupos sociais, políticos, religiosos, raciais, de gerações, and so on.

Há alguns anos, nos Estados Unidos existiam slogans de clínicas privadas que pregavam “Your health is our passion (Sua saúde é nossa paixão)”. Talvez porque este slogan não era de todo verossímil, para re-suturar esta contradição os comerciais começaram a incluir cápsulas dialéticas do tipo: “your health is our business, but it is also our passion (Sua saúde é nosso negócio, mas também é nossa paixão)”. Enquanto isso, para que uma pessoa consiga obter um seguro de saúde, primeiro deve demonstrar que não está doente. É lógico, sob a perspectiva do mercado: se as companhias seguradoras segurassem enfermos, perderiam dinheiro. E qual é o objetivo de uma companhia que vende direitos de saúde? A saúde? Sim, a saúde da empresa. A seguradora se assegura que o segurado não necessita de um seguro antes de vendê-lo. Se uma companhia de seguros de saúde suspeita que o candidato pode adoecer seriamente nos próximos anos, lhe negará a apólice. Está em seu direito de proteger seus benefícios. Se, de qualquer forma, você quiser comprar um plano de saúde, deverá ir a uma clínica e gastar suas economias para que um médico assegure à seguradora que você está perfeitamente são. Se conseguir fazer isso, terá um serviço de primeira: a melhor medicina com a melhor tecnologia; e se for hospitalizado, terá o melhor menu nas salas mais amplas e mais confortáveis do mundo. Porque isso é bom serviço. Se não puder, é melhor declarar-se indigente, porque o Estado tem bons programas para estes casos. Mas, lembre-se, você deve ser gente ou indigente, esse é o negócio.

“Não importa o dinheiro mas sim comprar com o coração”; “Sua saúde é nosso negócio, mas também é nossa paixão”. A verdade e a mentira chegaram a um acordo: vão caminhar juntas mas cada uma seguirá disfarçada da outra, para que o trabalho de distingui-las seja mais difícil. Ambas também concordaram em falar um idioma comum e usar a narratura social como gênero literário predominante de cada nova cultura hegemônica. Assim, buscarão a cada dia novas estratégias para negar o que se disse e dizer o que se nega e, ao mesmo tempo, fazer com que aqueles que devem sofrer a violência de uma determinada realidade sejam eles próprios que repitam a narratura que a provoca e sustenta. Violência doce, mas doce até o fim. E quando alguém se atrever a duvidar de qual é qual, se quem fala é a verdade ou a mentira, será crucificado ou exilado pela mesma turba, em nome da coerência prática e da paz mundial.

 

Prof. Jorge Majfud

Traduzido por  Sylvia Bojunga

 

 

 

Rebeldes à la carte

 

En 1772 José Cadalso escribió Eruditos a la violeta, la parodia de un manual para aprender todo lo necesario de las artes y las ciencias en siete días. Por entonces, para la aristocracia y la nueva burguesía, la cultura era un simple medio para presumir en sociedad. En nuestro tiempo eso ya no es posible; no porque falten los pedantes sino porque la cultura de lo grave es estratégicamente despreciada cuando no ignorada. La frivolidad y la pereza intelectual ya no son obstáculos para la fama y el éxito sino un requisito.

Aunque revolución alude a “giro radical”, es decir, “vuelta de dirección”, en el contexto histórico de la Era moderna (simplifiquemos: 1650-1950) significó lo contrario: era la radicalización de lo que se entendía como “progreso de la historia”. Es decir, consistía en evitar precisamente una “vuelta atrás”, una reacción, lo que en gran parte se logró en el breve período de la Posmodernidad. Hasta finales del siglo XX las fuerzas reaccionaras en América Latina se sirvieron del poder de la fuerza militar. Luego, esa particularidad del margen se apropió de un recurso propio del centro. En su segunda gran obra, Les damnés de la terre (1961), Frantz Fanon ya había observado en África que cuando la burguesía colonialista se da cuenta de los inconvenientes de sostener su dominación por la fuerza, decide mantener un combate sobre el terreno de la cultura. Ernesto Che Guevara —que probablemente sintió una fuerte influencia del filósofo negro— razonaba en 1961, doce años antes del golpe de estado en Chile: “si un movimiento popular ocupara el gobierno de un país por amplia votación popular, y resolviese, consecuentemente, iniciar las grandes transformaciones sociales que constituyen el programa por el cual triunfó […] es lógico pensar que el ejército tomará partido por su clase, y entrará en conflicto con el gobierno constituido. Ese gobierno puede ser derribado mediante un golpe de estado más o menos incruento y volver a empezar el juego de nunca acabar”. Guevara se equivocó muchas veces, pero en esto la historia le dio la razón.

En la actualidad, con los ejércitos tradicionales en franca decadencia por todas partes (¿veremos en el siglo XXI el fin de los ejércitos?), el status quo se sirve del discurso de la neutralidad y del culto a un sustituto de su adversario. El principio es el mismo que rige para inmunizar a una persona contra alguna enfermedad usando una vacuna hecha en base al mismo virus esterilizado para provocar un aumento de la reacción inmunológica del cuerpo.

En América Latina, cuando los adolescentes piensan en un icono de la rebeldía piensan en grupos como RBD (“Rebelde”), un grupo musical nacido de una telenovela mexicana. Como bien satirizó el comediante Adal Ramones con su indiscutible genio histriónico, la rebeldía de estos “rebeldes” es terrible: qué padre animarse a usar la corbata del colegio floja y de un costado, teñirse el pelo de una onda que, way, re-rebbelde, qué padre tantos escuincles de la high so rebeldes. La canción bandera de este grupo repite hasta el hastío que “soy rebelde cuando no sigo a los demás / y soy rebelde cuando me juego hasta la piel”. Otra prueba de que la realidad se construye más con palabras que con ladrillos: si se trata de que todos sigan una conducta de rebaño, se identifica esa misma conducta con el valor contrario. “No seguir a los demás” significa, exactamente, repetir todo lo que hacen los demás. O repetir lo que tres señores inventaron una noche entre cuatro paredes y sacando cuentas, para que el rebaño se identifique con “la realidad de la calle” o “la verdadera realidad”. Así tenemos re-rebeldes con la corbata de un costado y el pelo teñido de rojo, terribles actos de osadía en un mundo que nos ha hecho libres de elegir entre cien marcas diferentes del mismo desodorante, entre condones y combustibles con aromas frutales o de flores salvajes.

Al mismo tiempo que se repiten lugares comunes, se repite también la inocente pretensión de ser absolutamente originales. Incluso la idea de que ser progresista pretende significar un rechazo a todo lo dado, todo lo heredado de la historia en nombre de la originalidad, es paradójica. Pero si negásemos o destruyésemos todo lo que existe, no seríamos progresistas sino reaccionarios. No hay progreso posible sin una memoria y sin el reconocimiento de un proceso histórico previo (la ideología posmodernista niega todo posible progreso, excepto el tecnológico; de ahí su complaciente reacción o indiferencia radical). Ese proceso se realiza con sus propias contradicciones, avances y retrocesos, suponiendo un objetivo común de la historia, del cual soy partidario. El mismo Pablo Picasso, paradigma del genio creador, del destructor del pasado y de la creación de realidades inexistentes hasta él, fundamentó toda su obra en un inicial, profundo y serio estudio sobre las artes plásticas. El mismo cubismo posterior le debe al arte africano casi toda su originalidad. Lo mismo podemos decir de The Beatles y todo aquel grupo verdaderamente “creador”. La idea del creador, del artista innovador que destruye todos los cánones para crear un arte “rebelde”, en base a su propia ignorancia, no es más que una vana voluntad de contestar a la sociedad que se le opone y ejercitar, al mismo tiempo, su propia pereza intelectual. Pero de ninguna forma es un acto original y mucho menos independiente de esas fuerzas hegemónicas que guían su rebeldía. Ser famoso por quince minutos, como profetizó Andy Warhol, o por tres meses de inactividad bajo la lupa que confiere la fama, como los personajes de Gran Hermano cuyo paradigma moral es “ser uno mismo”—como si “uno mismo” no fuese el resultado de una deformación social, ideológica y cultural—, revindicar que “detrás de su obra y sus actos” no hay nada más que el “yo del artista”, libre y rebelde, es una fantasía. Ni siquiera es una fantasía del individuo, ni siquiera es producto de su rebeldía sino todo lo contrario: es la consecuencia lógica y complaciente de una cultura del consumo que vende la idea de libertad del individuo, de una ideología del vaciamiento del significado (Barthes, Derrida, Lyotard), una cultura del consumo sin ventanas ni puertas de salidas que convierte a la cultura ya no en una inquisidora de su propias raíces sino en una sirvienta de las necesidades del mercado, del apaciguamiento social e ideológico, de la domesticación del rebelde recluido en su propio yo que se cree original y aislado y, sin embargo, se parece a una lata de sopas Campbell en una góndola de Wall Mart o de Carrefour. Pero visto desde una perspectiva histórica más amplia, no hay libertad ni hay originalidad ni hay individuo. Hay masa, consumidora y complaciente. El artista es eso: no un creador, sino un reproductor (comprometido). Razón de la paradoja inicial: el rebelde no es un revolucionario, es un conservador. Por el contrario, el progresista no es un elefante en el bazar de la civilización; es un constructor de “nuevas realidades” a partir de la conservación y rescate de un tesoro infinitamente superior a sus propias fuerzas: toda la obra de la humanidad, recogida por la historia, por la memoria viva de la crítica permanente, por un respeto mínimo a la cultura de las culturas.

Hay momentos en la historia en que las fuerzas conservadoras se sirven de los rebeldes esterilizados, en que los individuos que pretenden ser originales en base a un conocido elogio a la ignorancia, apenas son reaccionarios, ya que pretender ser originales sin una cultura previa, sin una memoria y sin la valoración y cuidado de la obra histórica que la humanidad ha realizado siglo tras siglo, es pretender ser un hombre de las cavernas en la era digital. Es decir, un hombre sin historia, sin memoria colectiva, orgulloso de su originalidad, de su rebeldía liliputiense.

El problema no está en la forma. El problema surge cuando en nombre de la originalidad se bombardea la catedral de Colonia o Notre Dame o el Taj Mahal para levantar allí un supermercado o una discoteca. Y si estos monumentos de la memoria han sido producto de la injusticia social de su momento, por eso mismo lo ha de estimar la cultura. A nadie se le ocurriría quitar de allí las pirámides de Gizeh porque fueron construidas por esclavos. Por eso los soldados de Napoleón, cuando se divertían disparándole a la Esfinge eran bárbaros. No porque aprobemos la esclavitud sino por lo contrario: porque la pérdida de la memoria colectiva, de la memoria —viva o muerta— de la historia nos hunde en la esclavitud de la mediocridad, requisito indispensable para cualquier tipo de opresión. Al decir de F. Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, “la jovialidad del esclavo [es la] que no sabe hacerse responsable de ninguna cosa grave, ni aspirar a nada grande, ni tener algo pasado o futuro en mayor estima que el presente”.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, Setiembre 2007

 

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