Fundaciones de la historia

Fundaciones de la historia

 

Oros y diamantes

Mirando una carta de póker nos detiene la pregunta. ¿Por qué el rombo es el símbolo del diamante? ¿Por qué cortar una piedra tan valiosa en una figura que deja tantos desperdicios? Esa forma conoidal multiplicaba los brillos en la corona de la piedra pulida. Para el ojo común, los brillos debían ser lo más importante de las piedras preciosas y ¿cuál más brillante y más dura que el diamante? Por siglos, el brillo, la alucinación del diamante no tuvo competencia. Solo el sol brillaba con más fuerza, pero esa piedra era demasiado popular y nadie podía poseerla ni guardarla en un cofre para la contemplación privada de los brahmanes, del emperador, del rey o del duque. Y algo que pertenece a todos, aunque la sociedad dependa de él, no tiene valor social porque no confiere poder a unos sobre otros.

Hoy en día casi todos pasan su mirada indiferente sobre los cuadros de Fray Angélico, pero en su tiempo esos primeros atisbos de perspectiva renacentista conmovían las sensibilidades desacostumbradas a cualquier sustituto de la naturaleza o de la arquitectura centenaria, que era como la naturaleza misma. Los visitantes se desmayaban ante tan conmovedor efecto que confundían con el arte o con una revelación divina. Algo parecido ocurrió con las primeras proyecciones de cine que hizo saltar a los espectadores de sus asientos.

Basta con imaginar una ínfima parte de esa antigua sensibilidad, construida en el tiempo lento de las sombras y las estrellas, de los espacios naturales y previsibles para comprender algo del asombro o la admiración que podía provocar la contemplación de las joyas, del brillo del diamante. Si bien el vidrio es tan antiguo como el código de Hammurabi, rara vez las técnicas disponibles lograban la claridad del agua. Cuando los cristales, como los de Bohemia o de Murano, lograron hacerlo se hicieron famosos. Y caros. Aunque de mayor utilidad que el diamante, la relativa facilidad de su producción lo hacía dudosamente escaso. Pero eran tiempos cuando los brillos artificiales no abundaban.

Hoy en día aburren a los jóvenes y a los viejos acostumbrados al vértigo y al brillo excesivo de las pantallas de plasma, de los aviones, de los ascensores panorámicos, de los automóviles bailando en los tréboles de autopistas y sumergiéndose a setenta millas por hora en los túneles de colores.

¿Cuánto valdría hoy un diamante si la humanidad lo hubiese descubierto a finales del siglo XX? Seguro no hubiese impresionado a muchos. Quizás no valdría gran cosa y sin duda valdría mucho menos de lo que vale hoy.

 

Hitos y mitos fundadores

Podemos pensar que la valoración de un objeto como el de una conducta, el valor material y el valor moral pueden ser variables y pueden depender de un tiempo histórico, pero lo más interesante es observar también opuesto: hay valores materiales y valores morales que han sido definidos y cristalizados, para bien o para mal, en un tiempo dado según las condiciones y el momento de desarrollo de la humanidad.

Por ejemplo, los textos sagrados como el Bhagavad Gita, la Biblia o el Corán. Desde una perspectiva laica, podríamos preguntarnos por qué algunos textos como algunos hechos históricos se levantan como hitos inmóviles y persisten, aún cuando las condiciones económicas, sociales, culturales y simbólicas han cambiado de forma radical y con frecuencia contradicen esa realidad, hasta el punto de adaptar la realidad a esos textos mediante la violencia física o ideológica o adaptar los textos a la realidad mediante el uso y abuso de la interpretación. Donde dice blanco quería decir negro, pero lo que dice sigue siendo sagrado.

Una vez impuesta o reconocida, la autoridad del texto como el valor del diamante persiste, de una forma o de otra, cruzando generaciones, avatares históricos, políticos y culturales; traspasando a veces civilizaciones y mentalidades. Aun asumiendo toda su variabilidad y relatividad de interpretaciones y contradicciones, la Biblia y el Corán establecieron un valor ético y sobre todo teológico que pesaría, modificaría y controlaría los movimientos de cientos de generaciones posteriores.

De no ser por estos hitos fundadores, deberíamos aplicar a rajatabla el precepto marxista según el cual las necesidades básicas, los métodos de producción, de sobrevivencia, en fin, todo aquello que conforma la base material de la vida humana son los únicos o los principales responsables de los valores morales y culturales. Aunque en esto ni Marx era tan marxista, lo que no invalida ni contradice sus descubrimientos sobre la evolución de la historia sino, quizás, lo complementa. Tendríamos así una suerte de psicoanálisis historicista según el cual hay momentos propicios y singulares de la historia donde —dadas las condiciones materiales, el número reducido de la población y la ausencia de una memoria histórica que relativice una experiencia “traumática”, significativa o conmovedora— un hecho o un texto se convierte en un capitulo fundador de toda una civilización.

Como el peso de la tradición simbólica en el valor del oro y del diamante, fijados como un trauma en una etapa X de la humanidad que aun pesa en los tiempos contemporáneos, así pesan ciertos textos, ciertos hechos, ciertos mitos o ciertas verdades en el inconmensurable universo de otras posibles verdades, de otras posibles manías, obsesiones y fijaciones que pudieron moldear a la humanidad de otra forma, ahora inimaginable.

 

 

Jorge Majfud

Lincoln University, mayo 2009.

 

 

 

La historia baja al pueblo

 

Con voz suave pero robótica, Heather dice: “dobla a la derecha y mantente sobre la izquierda”. Entonces doblo a la izquierda. Heather se sorprende: “recalculando posición”, dice, para inmediatamente insistir: “Conduce dos millas. Luego mantente sobre la derecha y toma la rampa a la derecha”. Heather tiene un objetivo fijo y no dejará de recalcular mi posición para volver a insistir. “When possible, make a U-turn”. Nadie hace mejor ese trabajo que ella. Con su visión satelital calcula y en fracciones de segundo determina el mejor camino hasta X. “Make a U-turn now!” Ella lo ve todo y, al mismo tiempo, no entiende lo que ve. “Make a U-turn now!” A veces juzga mal porque tiene una fuerte tendencia a elegir los caminos más rápidos y no entiende mis preferencias por las zonas pobladas en lugar de las autopistas y los túneles.

La imposición de Heather por llegar a X es relativa. “Recalculating…” Antes de salir de casa yo mismo le di la orden. En realidad X era mi objetivo inicial. ¿Pero qué pasaría si X fuese un objetivo erróneo o un objetivo decidido por la costumbre o por una falsa obligación? O peor: ¿qué ocurriría si desconozco cuál es mi destino final, que fue definido previamente por alguien más y, ante mi propia ignorancia o ceguera o simple incertidumbre decido obedecer a Heather, por miedo a perderme, por la casi siempre inútil y hasta perversa ansiedad de no perder tiempo, por miedo a romper un orden, por miedo al caos?

Nuestro presente está mucho más definido por nuestro futuro —por nuestra imprecisa visión del futuro— que por nuestro pasado. Pero no sabemos con certeza cuál es nuestro destino X al cual creemos dirigirnos. Nos movemos en varios niveles de conciencia por lo cual nunca podemos decir que estamos completamente despiertos. Para mantener la ilusión de que somos consientes de nuestra dirección hacia X, nos mantenemos dentro del marco de los mitos fundadores: como la voz robótica de Heather, el navegador, el mito fundador nos indica, con insistencia y precisión el camino a X.

La mañana siguiente al triunfo electoral de Barack Obama, vi por los pasillos de las oficinas un pequeño grupo de gente que se abrazaba y decía “estoy soñando”; “esto es realmente un sueño”. Los diarios del mundo relacionaron el famoso “Yo tengo un sueño” de Martin Luther King cuarenta años atrás con el “sueño realizado” de Obama. Como nunca antes en la historia de las elecciones de Estados Unidos, una apreciable proporción del mundo se alegró del resultado. Todos esperamos cambios del nuevo presidente; aunque no muchos ni radicales, cambios que no acentúen la pesadilla, cambios que no agraven nuestras decepciones por venir.

En otros ensayos anotamos que el reciente cambio político en Estados Unidos, así como el cambio geopolítico del mundo en los últimos años, aparentemente apuntaban a la misma dirección y sentido trazado por la revolución del pensamiento humanista del Renacimiento. Las reacciones contrarias de las últimas décadas, en gran medida representadas por las ideologías conservadoras del imperialismo postcolonial del último tercio del siglo XX habrían sido un “desvío” en esa hoja de ruta, una violenta ralentización de la historia, una confirmación de que la verdad es una permanente reconstrucción del poder ideológico-militar del momento, de que la fuerza de la razón no tiene ninguna posibilidad ante la razón de la fuerza, que el único poder procede del músculo, no de la sabiduría ni mucho menos de la justicia, tal como puede entenderla un humanista. ¿Pero cómo saber si un desvío que dura décadas y un objetivo X que aparece como inalcanzable, pueden ser ralamente considerados desvío uno y objetivo el otro?

Hay una diferencia radical. El navegador GPS es sólo un instrumento de nuestros propósitos. Para los mitos sociales, en cambio, somos nosotros los instrumentos de sus propósitos. Los mitos sociales pueden funcionar como un obsesivo navegador que, sin importar el inesperado rumbo de nuestro camino, permanentemente están buscando un nuevo camino para llegar al mismo punto y tienen la fuerza de imponerlo. Justificar una masacre en nombre de la libertad y poner todo el tradicional aparataje mediático para hacerlo creíble, sino incuestionable al menos posible, es sólo un mínimo ejemplo. Llamar terrorista a un asesino que mata niños y a otro que hace el mismo trabajo honrarlo como héroe, aquél porque calcula sus barbaridades y éste  porque calcula sus errores inevitables, es sólo parte de la narratura social que consolida el mismo mito. Esta idea enquistada en el inconsciente colectivo, a veces estimulada por el miedo o la autocomplacencia, fue observada ya por el español Ángel Gavinet hace 101 años:

“Un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ametralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibre, aunque deja el campo sembrado de cadáveres, es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadáveres. Un soldado que lucha cuerpo a cuerpo y que mata a su enemigo de un bayonetazo, empieza a parecernos brutal; un hombre vestido de paisano, que lucha y mata, nos parece un asesino. No nos fijamos en el hecho. Nos fijamos en la apariencia” (Idearium, 1897).

Pero esta percepción no es producto de una mera “naturaleza psicológica” sino del laborioso trabajo del poder social a lo largo de los siglos.

Los mitos fundadores preexisten a cualquier cambio político, a cualquier decisión individual e incluso colectiva. De ahí las eternas frustraciones ante los cambios políticos. Sin embargo, si echamos una mirada general a la historia, podemos sospechar que hay algo más fuerte que cualquier mito social: los grandes movimientos de la historia —los más imperceptibles—, las ideas sobre la justicia y el poder, sobre la libertad y la esclavitud, sobre la rebelión de los pueblos y la fuerza arrogante de los césares, persisten o se radicalizan.

Hay un cambio sensible en nuestra época que es congruente con ese movimiento general de la historia de los últimos siglos, que significa la continuación de los valores humanistas que, si bien no han sido los valores dominantes, sí han sido los más persistentes y aquellos que más se han legitimado desde la caída intelectual de las teocracias europeas de la Edad Media. En nuestro tiempo ese signo es la progresiva separación de las creencias populares de los poderes imperiales. Si a mediados del siglo XX “imperio” seguía siendo una palabra que llenaba de orgullo a quien lo representaba —por ejemplo, el imperio británico, brutal como cualquier otro— desde los sesenta ya se ha confirmado como signo de agresión y opresión injustificable. Si a mediados del mismo siglo la narratura social todavía estaba en manos de una minoría propietaria de los medios de comunicación y entretenimiento —dos ideoléxicos paradójicos— hoy en día la voz mayoritaria de quienes no tienen nada de ese poder han descubierto un nuevo poder.

Esa voz ha probado ser todavía inmadura e irresponsable. Esa nueva conciencia todavía no es consciente de su poder o lo usa para distraerse e, incluso, para la autodestrucción. Podemos conjeturar, no sin un alto riesgo de equivocarnos, que gran parte de la antigua masa —esa que despreciaba Ortega y Gasset— aún no ha dejado de ser rebaño y todavía se guía por los antiguos mitos sociales que la oprimen. Pero esa gente, esa humanidad, está creando poco a poco una nueva cultura, una nueva conciencia y una silenciosa pero imparable rebeldía ante la histórica agresión de los césares, de los negreros, de los antiguos dueños del mundo. O quizás confundimos deseo con realidad.

“Recalculating… Take ramp ahead”.

 

Jorge Majfud

Lincoln University, enero 2009.

 

 

 

 

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