El imperio de los falsos dilemas

El imperio de los falsos dilemas

Providas y proabortos


Una costumbre del pensamiento de las últimas décadas consiste en rechazar todo lo que proviene del análisis estructuralista, como la idea de que el mismo pensamiento tiende a organizarse en pares de opuestos. No podemos negar que la crítica debe considerar que estos pares —como blanco/negro, inteligencia/ sensibilidad, civilización/barbarie— son construcciones ideológicament interesadas o con una específica función social. Sin embargo estos pares existen y además son útiles en el mismo análisis.

Por ejemplo, si bien es una simplificación hablar, como fue común en el pensamiento poscolonialista, de opresor/oprimido, no hay pruebas ni argumentos que nieguen la existencia de grupos humanos que se benefician o creen beneficiarse de su dominación sobre otros grupos, sea de género, de raza, de clase o simplemente de intereses diversos. Paradójicamente, quienes niegan esta dicotomía suelen ser ideólogos del neoliberalismo o “pragmáticos gerentes” que están a favor de la ley darwiniana en los negocios y, por extensión, en la vida de las personas y de los países. Por competitividad no se refieren, precisamente, a cooperación, sino simplemente a “supresión de la competencia”.

Es decir, la construcción de las dicotomías, de dilemas estratégicos, no sólo existe de hecho y puede ser un instrumento consciente de análisis para desenmascarar una relación inconsciente de dominación sino, sobre todo, sirve para su contrario: la construcción de falsos dilemas —o dilemas arbitrarios— es el arma fundamental de la política y también de las campañas ideológicas a largo plazo y a gran escala.

Pongamos a elegir entre hormigas, gansos, tigres y gaviotas y el electorado, tarde o temprano se dividirá entre partidarios de tigres y hormigas, o de gansos y gaviotas hasta que un cinco por ciento de diferencia determine el triunfo de los tigres o de los gansos y con ellos la mitad de la especie zoológica que los apoyaron previamente en el dilema. Esto no quiere decir que hoy en día tengamos un sistema mejor para organizar y distribuir el poder político y social de una comunidad, sino que la historia electoral induce a pensar que esa es la mecánica más común de la democracia representativa: al división en dos, el partido (en dos), más allá de si los intereses son múltiples. Pero como el humanismo asume una progresión posible de la historia al mismo tiempo que una igualación a través de la diversidad de sus partes, podemos pensar que ese mecanismo no es fatal ni inevitable sino sólo un necesario paso de transición hacia algo mejor.

Ahora, los ejemplos del abuso del recurso del falso dilema con el fin de una dominación absoluta a través de ese cinco por ciento relativo, son incontables. Como el recurrente falso dilema de “Están con Nosotros o Están Contra Nosotros”. Además de arrogante es falso porque traza una línea en un espacio bidimensional que impide elegir entre otras opciones: ustedes o nosotros, izquierda o derecha, sin atrás ni adelante, sin arriba ni abajo o al costado. Es más fácil y complaciente ver el mundo como un tablero de ajedrez que con la inabarcable complejidad de todos sus colores.

Falsos dilemas más sutiles —propios de talk shows y “debates en vivo”— se construyen cuando formulamos preguntas socráticas del siguiente tipo: “¿un sospechoso tiene derecho a no ser torturado o es lícita esta práctica para sacarle información y así salvaguardar la seguridad de un grupo social X?” La última cláusula de la segunda opción ya es tendenciosa. Pero aún olvidando esto, observemos que la misma pregunta asume que hay un dilema, A o B. Como está presentado en un escenario dramático y de lucha dialéctica, no deja otra opción a quien responde que elegir entre A o B. Casi siempre por pasión, quien responde elige rápidamente y dedica el resto de sus energías intelectuales a argumentar sobre la razón de su elección. De esta forma se eliminan las otras variables de la ecuación. Es decir, ¿por qué debemos elegir entre A o B si desde el principio la pregunta está viciada de ilegitimidad? Por ejemplo, ¿qué seguridad puede tener el grupo social X si cualquiera puede ser privado de su seguridad personal debido a una sospecha?; ¿por qué un sospechoso debe ser encarcelado?; ya que la sospecha suele depender más de quien sospecha que del sospechado, y en estos términos fácilmente un sospechador profesional puede encontrar que, salvo él mismo, el resto de la raza humana es objeto de sospecha, entonces ¿por qué ese sospechoso y no un millar o un millón de otros más?; etc.

Avancemos otro ejemplo, con un tono diferente. Personalmente estoy a favor del aborto sólo en circunstancias muy especiales, como cuando la madre corre riesgo de vida o el feto viene con graves malformaciones. Aún así no estoy libre de dudas sobre el valor moral de esta afirmación, ya que cuando debí enfrentarme a esta duda crítica en mi vida concreta, irracionalmente me negué a considerar la posibilidad de considerarlo. La sola palabra aborto me golpea como un crimen del que no sería capaz. Pero esta posición personal no es parte fundamental de un análisis más general: mis emociones y mis opciones personales no tienen por qué ser modelo para las opciones ajenas. Lo menciono porque los lectores suelen buscar siempre la posición del escritor para atacarlo o defenderlo a rajatabla, aún sin terminar de leer un ensayo completamente, por breve que sea. Es parte de la difundida obligación que solemos imponernos de tomar partido y es parte de la cultura de la velocidad y la inmediatez de nuestro mundo digital y consumista.

Según varios grupos religiosos, no importa si la vida de la madre está en peligro o si el feto viene con graves deficiencias. En ambos casos se trata de la decisión de Dios, por lo cual no se debe hacer nada. No aplican el mismo argumento cuando deciden operarse del corazón para corregir un error de nacimiento, cuando defienden la pena de muerte para un delincuente o cuando apoyan que se arroje una bomba sobre una plaza llena de gente que parece que estaba ahí porque Dios lo había permitido así. Es decir, a veces hay que ayudar a Dios a hacer su propia voluntad. Cuando el huracán Katrina golpeó New Orleans, muchos grupos dijeron que había sido la voluntad de Dios, ya que se trataba de una ciudad pecaminosa. Cuando un tornado arrasa con alguna iglesia en el Midwest, un terremoto derriba una iglesia en México o un habub entierra una mezquita en África o en Medio Oriente, no. Cuando eso ocurre se trata de la cola del Diablo o de una prueba del Señor, como la que impuso a Job. Sinceramente, no creo que Dios sea el promotor de este tipo de manipulaciones tan mezquinas, como no creo que haya sido alguna vez aficionado al olor de carne asada de los holocaustos.

Entiendo que sobre este mismo problema se han creado falsos dilemas que destacan por su brutalidad ideológica. Un ejemplo consiste en la práctica común de definirse por un término o una idea que incluye todas las virtudes —un ideoléxico—, como si ese grupo fuera capaz de colonizar el Bien y dejar el resto para sus adversarios, es decir, el Mal. Por ejemplo, cuando los grupos neoconservadores se definen como “compasivos” y “pro-life” (pro-vida), se asume que sus adversarios son “crueles”, “anti-life” o por lo menos indiferentes a la vida y a la necesidad ajena. Esta definición se refiere a la condena del aborto pero no a la promoción de guerras, al uso generalizado de armas, a la afición por la caza deportiva o a la persecución de inmigrantes pobres, todas prácticas de las cuales estos mismos grupos suelen ser radicales defensores.

El efecto de este falso dilema es devastador: del otro lado los adversarios se someten a él defendiendo con todos los argumentos a su alcance el derecho al libre aborto como derecho a la libertad individual, sin importar la circunstancia concreta.

Creo que algunos grupos feministas, como parte de las corrientes consecuentes con la larga tradición contestataria del humanismo, en su lucha por liberar a la mujer —reconozco que este último puede ser otro ideoléxico— no tienen necesidad de confundir liberación con irresponsabilidad, sino todo lo contrario. Por ejemplo, un embarazo “no deseado” no es argumento suficiente para interrumpirlo sino un argumento para imponerle al hombre la media cuota de responsabilidad que le toca por sus actos pasados. Desde un punto de vista secular, toda persona tiene el derecho de hacer con su cuerpo lo que considere mejor, siempre y cuando no afecte a otra persona. Pero argumentar que una mujer puede decidir por sí sola la interrupción de un embarazo (eufemismo que evita decir, “matar a un feto humano”), que debe ser libre para hacer con su cuerpo lo que quiera, es como decir que un padre tiene derecho a dormir ocho horas seguidas sin importar que su bebé recién nacido necesite comer cada dos horas. Y que lo deje desnutrirse o morir de hambre. Es parte de toda responsabilidad algún grado de sacrificio. Eso es lo que distingue a una mujer y a un hombre libre de un hombre o una mujer egoísta.

Por lo tanto, tampoco basta alinearse en la fila de los abortistas o en la de los antiabortistas porque este no sólo es un dilema falso y arbitrario sino además trágicamente estúpido. Aún aquellos que pueden “estar a favor del aborto” en determinadas circunstancias, nunca están a favor del aborto per se, como si estuviesen a favor de la caza deportiva, sólo por placer de la muerte ajena. Sólo que no son plenamente conscientes de ello y toman partido por lo que desprecian. Al menos que se trate de un monstruo, de los que tampoco faltan en nuestra especie.

Jorge Majfud

Athens , abril 2008

El sexo imperfecto. ¿Por qué Sor Juana no es Santa?

Cada poder hegemónico en cada tiempo establece los límites de lo normal y, en consecuencia, de lo natural. Así, el poder que ordenaba la sociedad patriarcal se reservaba (se reserva) el derecho incuestionable de definir qué era un hombre y qué era una mujer. Cada vez que algún exaltado recurre al mediocre argumento de que “así han sido las cosas desde que el mundo es mundo”, sitúa el origen del mundo en un reciente período de la historia de la humanidad.

Como cualquier sistema, el patriarcado cumplió con una función organizadora. Probablemente, en algún momento, fue un orden conveniente a la mayoría de la sociedad, incluida las mujeres. No creo que la opresión surja con el patriarcado, sino cuando éste pretende perpetuarse imponiéndose a los procesos que van de la sobrevivencia a la liberación del género humano. Si el patriarcado era un sistema de valores lógico para un sistema agrícola de producción y sobrevivencia, hoy ya no significa más que una tradición opresora y, desde hace tiempo, bastante hipócrita.

En 1583, el reverenciado Fray Luis de León escribió La perfecta casada como libro de consejos útiles para el matrimonio. Allí, como en cualquier otro texto de la tradición, se entiende que una mujer excepcionalmente virtuosa es una mujer varonil. “Lo que aquí decimos mujer de valor; y pudiéramos decir mujer varonil (…) quiere decir virtud de ánimo y fortaleza de corazón, industria y riqueza y poder”. Luego: “en el hombre ser dotado de entendimiento y razón, no pone en él loa, porque tenerlo es su propia naturaleza (…) Si va a decir la verdad, ramo de deshonestidades es en la mujer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le debe ser agradecido”. Luego: “Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo: ‘Hagámosle un ayudador su semejante’ (Gén. 2); de donde se entiende que el oficio natural de la mujer y el fin para que Dios la crió, es para que fuese ayudadora del marido”. Cien años antes de que Sor Juana fuese condenada por hablar demasiado y por defender su derecho de hablar, la naturaleza de la mujer estaba bien definida: “es justo que [las mujeres] se precien de callar todas, así aquellas a quienes les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben, porque en todas es no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco”. Luego: “porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo a las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca. (…) Así como la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un oficio simple y doméstico, así les limitó el entender,  por consiguiente les tasó las palabras y las razones”. Pero el moralizador de turno no carecía de ternura: “no piensen que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino para que le consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos amor, y la familia piedad, y todos generalmente acogimiento agradable”.

Ya en el nuevo siglo, Francisco Cascales, entendía que la mujer debía luchar contra su naturaleza, que no sólo estaba determinada sino que además era mala o defectuosa: “La aguja y la rueca —escribió el militar y catedrático, en 1653— son las armas de la mujer, y tan fuertes, que armada con ellas resistirá al enemigo más orgulloso de quien fuere tentada”. Lo que equivalía a decir que la rueca era el arma de un sistema opresor.

Juan de Zabaleta, notable figura del Siglo de Oro español, sentenció en 1653 que “en la poesía no hay sustancia; en el entendimiento de una mujer tampoco”. Y luego: “la mujer naturalmente es chismosa”, la mujer poeta “añade más locura a su locura. (…) La mujer poeta es el animal más imperfecto y más aborrecible de cuantas forma la naturaleza (…) Si me fuera lícito, la quemara yo viva. Al que celebra a una mujer por poeta, Dios se la de por mujer, para que conozca lo que celebra”. En su siguiente libro, el abogado escribió: “la palabra esposa lo más que significa es comodidad, lo menos es deleite.” Sin embargo, el hombre “por adorar a una  mujer le quita adoración al Criador”. Zabaleta llega a veces a crear metáforas con cierto valor estético: la mujer en la iglesia “con el abanico en la mano aviva con su aire el incendio en que se abraza”. (1654)

En 1575, el médico Juan Huarte nos decía que los testículos afirman el temperamento más que el corazón, mientras que en la mujer “el miembro que más asido está de las alteraciones del útero, dicen todos los médicos, es el cerebro, aunque no haya razón en qué fundar esta correspondencia”. Hipócrates, Galeno, Sigmund Freud y la barra brava de Boca Juniors estarían de acuerdo. El sabio e ingenioso, según el médico español, tiene un hijo contrario cuando predomina la simiente de la mujer; y de una mujer no puede salir hijo sabio. Por eso cuando el hombre predomina, siendo bruto y torpe sale hijo ingenioso.

En su libro sobre Fernando, otro célebre moralista, Baltasar Gracián, dedica unas líneas finales a la reina Isabel. “Lo que más ayudó a Fernando —escribió el jesuita— [fue] doña Isabel su católica consorte, aquella gran princesa que, siendo mujer, excedió los límites de varón”. Aunque hubo mujeres notables, “reinan comúnmente en este sexo las pasiones de tal modo, que no dejan lugar al consejo, a la espera, a la prudencia, partes esenciales del gobierno, y con la potencia se aumenta su tiranía. (…) Ordinariamente, las varoniles fueron muy prudentes”. Después: “En España han pasado siempre plaza de varones las varoniles hembras, y en la casa de Austria han sido siempre estimadas y empleadas”. (1641)

Creo que la idea de la mujer varonil como mujer virtuosa es consecuente con la tolerancia al lesbianismo del sistema de valores del patriarcado que, al mismo tiempo, condenaba la homosexualidad masculina a la hoguera, tanto en Medio Oriente, en Europa como en entre los incas imperiales. Donde existía un predominio mayor del matriarcado, ni la virginidad de la mujer ni la homosexualidad de los hombres eran custodiadas con tanto fervor.

Una mujer famosa —beatificada, santificada y doctorada por la iglesia Católica— Santa Teresa, escribió en 1578: “La flaqueza es natural y es muy flaca, en especial en las mujeres”. Recomendando un extremo rigor con las súbditas, la futura santa argumentaba: “No creo que hay cosa en el mundo, que tanto dañe a un perlado, como no ser temido, y que piensen los súbditos que puedan tratar con él, como con igual, en especial para mujeres, que si una vez entiende que hay en el perlado tanta blandura… será dificultoso el gobernarlas”. Pero esta naturaleza deficiente no sólo impedía el buen orden social sino también el logro místico. Al igual que Buda, en su célebre libro Las moradas la misma santa reconocía la natural “torpeza de las mujeres” que dificultaba alcanzar el centro del misterio divino.

Es del todo comprensible que una mujer al servicio del orden patriarcal, como Santa Teresa, haya sido beatificada, mientras otra religiosa que se opuso abiertamente a esta estructura nunca haya sido reconocida como tal. Yo resumiría el lema de Santa Teresa con una sola palabra: obediencia, sobre todo obediencia social.

Santa Teresa murió de vieja y sin los martirios propios de los santos. Sor Juana, en cambio, debió sufrir la tortura psicológica, moral y, finalmente física, hasta que murió a los cuarenta y cuatro años, sirviendo a su prójimo en la peste de 1695. Pero nada de eso importa para canonizarla santa cuando “la peor de todas” cometió el pecado de cuestionar la autoridad. ¿Por qué no proponer, entonces, Santa Juana Inés de la Cruz, santa de las mujeres oprimidas?

Quienes rechazan los méritos religiosos de Sor Juana aducen un valor político en su figura, cuando no meramente literario. En otro ensayo ya anotamos el valor político de la vida y muerte de Jesús, históricamente negado. Lo político y lo estético en Santa Teresa —la “patrona de los escritores”— llena tanto sus obras y sus pensamientos como lo religioso y lo místico. Sin embargo, una posición política hegemónica es una política invisible: es omnipresente. Sólo aquella que resiste la hegemonía, que contesta el discurso dominante se hace visible.

Cuando en una plaza le doy un beso en la boca a mi esposa, estoy ejerciendo una sexualidad hegemónica, que es la heterosexual. Si dos mujeres o dos hombres hacen lo mismo no sólo están ejerciendo su homosexualidad sino también un desafío al orden hegemónico que premia a unos y castiga a otros. Cada vez que un hombre sale a la calle vestido de mujer tradicional, inevitablemente está haciendo política —visible. También yo hago política cuando salgo a la calle vestido de hombre (tradicional), pero mi declaración coincide con la política hegemónica, es transparente, invisible, parece apolítica, neutral. Es por esta razón que el acto del marginal siempre se convierte en política visible.

Lo mismo podemos entender del factor político y religioso en dos mujeres tan diferentes como Santa Teresa y Sor Juana. Quizás ésta sea una de las razones por la cual una ha sido repetidamente honrada por la tradición religiosa y la otra reducida al círculo literario o a los seculares billetes de doscientos pesos mexicanos, símbolo del mundo material, abstracción del pecado.

Jorge Majfud

22 de diciembre de 2006

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s