Los estigmas sociales del latino

Los estigmas sociales del latino

Hace algunos meses iba en un bus de la ciudad y delante de mí iba un hombre leyendo en el periódico Eco Latino uno de mis ensayos sobre los mitos de la inmigración. En ese ensayo, simplemente daba datos y razones que contradecían los discursos repetidos en los medios de comunicación. El hombre llevaba ropa de obrero, la piel quemada por el sol y las manos embrutecidas por algún trabajo extenuante. Los gestos cansados de un intocable latinoamericano. Lo observé leer, aparentemente con atención y de cabo a rabo. Pensé entonces (o quise pensar) que ese ensayo estaba justificado; no sólo porque pretendía decir una verdad —muy a pesar de mi frecuente escepticismo—, sino porque esa verdad tenía un valor ético: era la verdad de los oprimidos, de los desheredados, la reivindicación moral de un hombre o de una mujer violentado por las relaciones de producción mundiales; pero aún más violentado por los discursos moralizantes que, en sus casos más extremos los acusan de criminales, delincuentes y poco menos que terroristas —al mismo tiempo que se sirven de ellos, claro. Finalmente, el hombre sin nombre cerró el diario, se quedó mirando por la ventana y esperó su parada. Se bajó y siguió caminando con la cabeza gacha, tal vez pensativo, y se perdió de mi vista. Intenté imaginar lo que podía estar pensando. Traté de ponerme en su lugar y comprendí que era inútil. O casi imposible.

En aquel ensayo observábamos las contradicciones del discurso que responsabiliza a los inmigrantes de afectar negativamente la economía de Europa y Estados Unidos —razón por la cual, cada tanto, se pretende legislar recortándoles derechos de salud y asistencia— con datos que indicaban precisamente lo contrario: los inmigrantes, aún aquellos trabajadores indocumentados, representan un sector importante en la producción económica y en el sustento del mismo Seguro Social. Estos hombres y mujeres invisibles, los eternos fugitivos, sustentan las economías de los países de los cuales fueron expulsados y de los países a los cuales son obligados a emigrar por el mismo sistema global que los desprecia. No volveremos sobre esos temas. Veamos otro mito social, estratégicamente construido por la ideología del miedo.

Existe la idea de que los inmigrantes son los responsables del aumento de los índices de criminalidad. Este mito social cae con más fuerza en la cabeza de los inmigrantes latinos, y muchas veces es reproducido por los mismos latinos, así como después de siglos de deformación colonial muchas veces fueron los mismos indígenas los que oprimieron a sus hermanos, recordándoles su condición de raza inferior, olvidándose que ni Machu Pichu ni Chichen Itzá ni Teotihuacan ni Tenotchitlan hubieran podido ser jamás levantados por sociedades de retardados mentales. Lo que demuestra el poder amnésico de una “educación” al servicio de una clase de exitosos traidores. El mismo “machismo latinoamericano” no fue un invento indígena sino parte de esta misma deformación lograda por los invasores en complicidad con los caciques y las elites indígenas que aún hoy se presentan como salvadoras de los pueblos oprimidos, unas veces bajo el discurso criollo capitalista, otras bajo la demagogia neo-indigentita, sazonado de retórica revolucionaria y de anacrónica práctica caudillista.

Según los datos recogidos a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, la inmigración de europeos a Estados Unidos había elevado los índices de criminalidad, de violencia organizada y de comunidades desorganizadas. No obstante, diferente a la historia antes referida y contradiciendo el discurso hegemónico de hoy en día, el incremento de la inmigración —en su mayoría latina, en su mayoría indocumentada— no ha provocado un aumento en los índices de criminalidad sino todo lo contrario. Como lo demuestra el profesor Robert J. Sampson de Harvard University, el incremento de la inmigración en los últimos veinte años se corresponde con una disminución proporcional de la criminalidad. El punto de inflexión de esta tendencia es el año 2000: es a partir de aquí que la inmigración comienza a disminuir y, también proporcionalmente, comienza a aumentar el índice de delincuencia. Luego de su exhaustivo estudio, Robert J. Sampson llegó a la conclusión obvia: “si queremos bajar los índices de criminalidad, cerrar las fronteras no es la respuesta”.[1]

Los sociólogos norteamericanos han verificado que los latinos (aún en condiciones económicamente desventajosas, por no decir “extremas”) son menos propensos a la violencia que el resto de la población, por lo que han llamado a esa revelación con el nombre de “Latino paradox”. La misma expresión demuestra un prejuicio previo que asume que si alguien es latino debe ser violento, porque ese factor parecería ser intrínseco a la cultura, cuando no a la raza. Este mito probablemente está en gran parte alimentado por la violencia permanente que viven varios países latinoamericanos, especialmente azotados por el narcotráfico y por los fenómenos pandilleros como el de las maras —sin mencionar que ambos fenómenos son el resultado de un contexto global sin el cual no podrían existir—. No obstante, la violencia entre los inmigrantes latinos es la mitad que la alcanzada por las terceras generaciones de americanos.

La dramática diferencia que existe entre distintos grupos de “latinos” en diferentes contextos —políticos, sociales y económicos— demuestra que si bien nadie está determinado sólo por la infraestructura económica tampoco existe el determinismo cultural: si las maras son un fenómeno “latino” ese fenómeno no obliga a la abrumadora mayoría de miembros de esa región cultural a comportarse como pandilleros. No obstante, la publicidad y los discursos xenófobos se aferran a las excepciones y no a las reglas. ¿Por qué? Primero porque todo discurso ideológico sólo ve y muestra lo que le conviene; segundo porque nuestra cultura visual está formada y deformada por el fenómeno de las excepciones y, por lo tanto, por las criminales simplificaciones: una cámara de televisión —patético instrumento epistemológico, paradigma de la “verdad objetiva” y del control democrático— sólo puede enfocar excepciones. Una cámara de televisión no puede mostrar una verdad sinóptica general, abstracta, al menos que se refiera al estado del tiempo. Una conclusión abstracta de un conocido profesor de alguna universidad no puede entrar por los ojos ni puede ser representada de una forma divertida. Si hiciera el intento probablemente pasaría inadvertida por una población anestesiada por los “reality shows”, esas ficciones del capitalismo tardío que pretenden pasar por “hiperrealidad”. Y lo que es peor: no se puede cuestionar a una persona que está embriagada por el mito de la libertad individual y el orgullo del éxito económico. Con todo, este no es un desmérito de nuestros tiempos. Hace dos mil quinientos años ya Demócrates se lamentaba: “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano.”

Esta contradicción entre el mito social y el resto de la realidad nunca es una casualidad y podríamos pensar que posee una funcionalidad específica en el control de unos estratos sociales sobre otros en desventaja económica e ideológica. De la misma forma, observábamos que la idea del “mexicano haragán”, durmiendo la siesta debajo de un enorme sombrero, se contradice de forma dramática con los inmigrantes mexicanos (y latinos en general) que representan el grupo social más sufrido y trabajador, para los cuales hay más obligaciones que derechos. Si los radicales que desfilan armados por las fronteras fuesen un poco más coherentes, deberían dejar de comer pollo, frutas y verduras; deberían evitar caminar por aceras limpias o conducir sobre caminos donde se ha empleado mano de obra indecente; la mayoría de ellos debería cambiar sus casas por alguna carpa levantada sin ayuda extranjera y a la hora de cobrar la jubilación deberían arrojar a la hoguera un buen porcentaje del cobro, ya que no es despreciable la cuota que procede de aquellos aportes no reclamados por los hombres invisibles que escaparon a la cacería humana. Estos tristes y orgullosos personajes no solo ignoran su presente sino también su propia historia. Ignoran, o han olvidado, que incluso después de los atentados terroristas de 1919 cundió en Estados Unidos lo que se llamó “el susto rojo”, en referencia a la nueva amenaza comunista, lo que provocó una serie de razias y deportaciones de extranjeros. Desde entonces, el congreso aprobó fuertes restricciones a la inmigración en 1921, 1924 y, finalmente, en 1929. Los años ’20 fueron los años de la Ley Seca, del resurgimiento del Ku Klux Klan y del desprecio por los inmigrantes no anglosajones; fue la década de las radicalizaciones, en que John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Charles Darwin; la década de la gran prosperidad que terminó en la crisis económica más dramática del mundo Occidental moderno. Olvidan o recurren a su único argumento: no les interesa —aunque debería interesarles.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, abril 2006.

[1] The New York Times, 11 de marzo de 2006, pág. A27.

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