Escudos humanos y “efectos colaterales”

Escudos humanos y más “efectos colaterales”

 

El pasado lunes 17, en una elegante mesa, el presidente George Bush, creyéndose en la intimidad, le dijo a Tony Blair, quien ese día lucía una enrome, pulcra, inglesa corbata rosada: “what they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over.” (“lo que tienen que hacer es obligar a Siria a que Hezbollah pare esta mierda, y listo”) Se refería al nuevo conflicto, bombardeo, masacre, absurdo entre Israel y Líbano, o entre Israel y la guerrilla Hizbollah —este punto no está claro. El diario inglés Daily Mirror, escandalizado, tituló: “Bush, empiece por respetar a nuestro ministro”.

En 1941, Erich Fromm psicoanalizaba (en El miedo a la libertad) que el oro equivale a la mierda y la retención de ésta en el niño prefigura el carácter del capitalismo. Desde el punto de vista de la crítica histórica, en algo tiene razón el presidente de Estados Unidos: esto es una mierda. Oh, no seamos tan finos: aunque los toilettes tengan grifos de oro, la civilización aún se yergue sobre sus cloacas.

Pero vayamos al punto. Siempre he defendido el derecho de Israel a defenderse. Nunca he dudado en publicar un ensayo, o lo que sea, señalando las contradicciones y la enfermedad moral del antisemitismo. Y lo seguiré haciendo porque en algo no puedo transar, en algo soy intolerante: por encima de cualquier secta, por encima de cualquier arbitraria división, por encima de cualquier mediocre y arrogante fanatismo, racismo, sexismo, clasismo, por encima de cualquier ridículo sentimiento de superioridad de nobleza hereditaria, la humanidad es una sola, es una sola raza. Una raza siempre enferma, pero la única que tenemos y a la que no podemos dejar de pertenecer, aunque a veces envidiemos la vida más franca de los perros.

Pese a todo esto, nunca podré justificar la masacre de un solo inocente y menos de cientos, bajo el argumento de que entre ellos se encuentra algún terrorista. Esta dialéctica ya está siendo disco rayado, mientras las víctimas —vaya casualidad— siempre son, en su casi totalidad, los inocentes, la masa, los anónimos, sean árabes o judíos, iraquíes o americanos, macúas o macondes. Cada tanto muere algún jefe ajeno, claro, que sirve para justificar el éxito de todo el horror propio.

Quien pone una bomba y mata a diez, a cien personas es un monstruo, un terrorista. Pero matar cientos de inocentes con bombas más “inteligentes”, a lo lejos y desde arriba ¿resulta acaso una proeza del Derecho Internacional y del Progreso por la Paz? Los terroristas son criminales por usar escudos humanos; y los otros líderes (que no sé cómo llamarlos) ¿no son igualmente criminales al bombardear esos “escudos” como si fueran murallas de piedra y no carne inocente de un pueblo? Porque si decimos que esos niños, jóvenes, viejos y mujeres ni siquiera son inocentes, estamos tan enfermos como los terroristas. Con un toque de hipocresía, claro.

Ahora, ¿qué podemos esperar de un pueblo bombardeado? ¿Amor al prójimo? ¿Comprensión? Es más: ¿podremos esperar un mínimo de racionalidad de alguien que ha perdido a su familia reventada por una bomba, aunque sea una bomba cargada de Derecho, Justicia y Moral? No podemos esperar este milagro de ninguna de las dos partes. La diferencia está —suponemos— que a un terrorista no le interesa ningún tipo de racionalidad y comprensión de la otra parte, mientras que habríamos de suponer que la otra parte apela a esta facultad humana, si no como valor ético al menos como estrategia de sobreviencia, o de convivencia, o de alguna de esas cosas nobles que siempre escuchamos en los discursos. Esa carencia racional del odio humano es un triunfo del terror. Quienes la crean o la alimentan son responsables, sin importar si estaba primero el huevo o la gallina.

Para que nuestro pesimismo sea completo, cada escalada de violencia indiscriminada en el mundo es la mejor advertencia y la más perfecta excusa para que otros trasnochados comprendan el mensaje: más vale sospechoso bien armado que inocente sin armar. Como aquellos políticos “democráticos” que obtienen la obediencia ciega de sus seguidores en base al miedo del adversario, también los terroristas de turno obtienen sus seguidores de esta siembra de odio. El odio es el veneno más democrático en el que agoniza la humanidad; sospechamos que será imposible de extirparlo de nuestra especie, pero también sabemos que, pese a su desprestigio posmoderno, sólo la racionalidad es capaz de controlarlo dentro de los reductos infernales del subconsciente individual y colectivo.

El presidente de Estados Unidos se quejó que Kofi Annan, el secretario general de la ONU es partidario de un alto al fuego inmediato. “Cree que esto es suficiente para arreglar el problema”. No, claro, ¿cuándo una medida fue suficiente para superar las matanzas en este mundo? Pero dejar de matar ya es algo, no? ¿O usted considera que doscientas personas muertas en una semana son apenas un detalle? ¿Serían sólo un detalle si la mitad de estos hablaran inglés?

En 1896 Ángel Gavinet en su libro Idearium español observó, con escepticismo y amargura: “Un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ametralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibre, aunque deja el campo sembrado de cadáveres, es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadáveres. Un soldado que lucha cuerpo a cuerpo y que mata a su enemigo de un bayonetazo, empieza a parecernos brutal; un hombre vestido de paisano, que lucha y mata, nos parece un asesino. No nos fijamos en el hecho. Nos fijamos en la apariencia.”

Mi tesis ha sido siempre la siguiente: no es verdad que la historia nunca se repite; se repite siempre. Lo que no se repiten son sólo las apariencias. Mi primera advertencia tampoco ha cambiado: la violencia indiscriminada no sólo siembra muerte sino, además, lo que es aún peor —odio.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, Julio 2006.

 

 

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

 

 

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing  this sh…, and it’s over »  (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque  médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à  tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

 

 

Jorge Majfud

juillet 2006, Université de Géorgie

 

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

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