La sensibilidad de los números

La sensibilidad de los números

Ya terminando este año 2003 quisiera enviar unas memorias a mis queridos compatriotas que luchan, sueñan y sufren en el Sur. El resto del mundo no ha mejorado, ustedes lo saben. Ha empeorado. Y continuará empeorando. Entonces, me escriben con frecuencia, ¿cómo aún sostiene esa utópica teoría de la Sociedad Desobediente? La respuesta no se ajusta al espacio de una carta o de un artículo. Pero si atienden a los hechos que continúan desencadenándose observarán que la gran revolución de este siglo será la desobediencia civil, y será no el inicio de la violencia sino su disminución.

En Uruguay ustedes han tenido, recientemente, una pequeña muestra. Todavía quedan largos años de conflictos en que las fuerzas monopolizadoras continuarán sometiendo a grandes masas de población. Sin embargo, esta relación es cada vez más difícil de sostener por muchas razones, dos de las cuales podemos nombrar brevemente:

1)   La dominación económica y moral (par inseparable) ya no se ejerce sobre hordas incultas y desinformadas, como en la Edad Media, y cada vez lo será menos.

2) Tampoco se ejerce sobre ejércitos de trabajadores industriales, rígidamente limitados a un espacio y a una actividad mecánica, engranajes entre los gerentes de las grandes empresas y los grandes sindicatos.

La verdadera crisis enfrentará los intereses de la sociedad global a las antiguas cúpulas de poder. Es, en este sentido que no puedo estar de acuerdo con una ciega resistencia a la Globalización, ya que es esta misma una de las principales esperanzas de las futura Sociedad Desobediente.

Desde las páginas de este mismo diario he repetido que la mayor debilidad de nuestras “democracias” es el sistema representativo, ya que cada vez es menos “representativo” y cada vez lo será menos. No sólo porque los gobiernos han perdido la mayor parte de su poder a manos de los sistemas financieros, sino porque ya no responden a las necesidades físicas e intelectuales de los nuevos habitantes.

Los políticos del siglo XX son incapaces de comprender esto y se enfurecen cada vez que lo menciono. Seguramente porque además de no comprenderlo no les conviene perder sus actuales posiciones de “representantes del pueblo”. Cada día se hará más evidente la brecha que existe entre los antiguos sistemas de gobierno (de Estados) y la nueva sociedad. Si en mi país los políticos tradicionales se enfurecen con la frecuencia anual de los referendums, que les resta legitimidad, tendrán que acostumbrarse a algo “peor”: la Sociedad Desobediente no aceptará resoluciones de los “sabios representantes” y cada vez más exigirá su derecho a decidir por sí misma, no cada cuatro años, no cada diez meses, sino todos los días sobre una infinidad inabarcable de tópicos comunitarios.

Siempre se confunde la democracia  con los sistema representativos que, en nuestros tiempos, son cualquier cosa menos representativos. Colombia, por ejemplo, no es una democracia. Para que exista una Democracia real primero es necesario que los integrantes de la sociedad en cuestión sean realmente libres. Y la libertad individual y colectiva suele estar amputada por el poder, la economía y la educación. Una sociedad obediente ¾¿obediencia a qué, para qué, para quién?¾ nunca es libre en términos reales sino a través de un discurso. Una sociedad se puede creer libre, justa, independiente y no ser ninguna de estas tres cosas.

Uno de los peores defectos en las llamadas “democracias representativas” de América Latina es el “caudillismo”. Su mayor defector es que se confunde con una virtud: la genialidad carismática del líder. Su mayor contradicción es que se supone democrática. Considero que en países como Uruguay es urgente la derrota del antiguo sistema hereditario de poder (de castas económicas y burocráticas). Sin embargo, pasada esta etapa sobrevendrá otro problema: la izquierda (en este caso concreto) es heredera del caudillismo tradicional. Y éste será su mayor contradicción con los nuevo simpulsos democratizadores. Tambien aquí seremos testigos de un conflicto. Pero, recordemos, que será un conflicto necesario en el camino de los pueblos a su propia autodeterminación, a un mayor grado de libertad.

Los individuos y los pueblos no pueden ser libres bajo un régimen de apropiación de los recursos por parte de una minoría¾también llamada “privatización”¾. Tampoco puede ser libre sumergida en un sistema burocrático estatal.

A una semana de iniciada la invasión de Mesopotamia, la ministra de Relaciones Exteriores del reino Ibérico fue interrogada por un periodista de radio sobre las muertes de niños inocentes que habían ocurrido en un mercado de Bagdad, aunque aún no se había confirmado la información. “Aún cree en los resultados positivos de esta guerra?”, preguntó el periodista. “Hablemos de hechos —respondió la ministra, con un contundente acento castellano—. Las bolsas: han subido. El petróleo: ha bajado. Hoy, a cada español el litro de combustible le cuesta unos céntimos más barato. Esos son Hechos, señor periodista, hechos, no palabras”

Pero si bien a veces es inútil acudir a la sensibilidad de los ministros, se puede buscar algo de sensibilidad por otro lado. La sensibilidad de las bolsas existe, por ejemplo, y quedó demostrada en la Guerra del Golfo II. El mundo pudo presenciar el espectáculo bursátil con menos conmoción de la que mostraron los actores. A cada avance o retroceso de las tropas aliadas, las bolsas subían o bajaban en la misma proporción. Claro que las bolsas no son perfectas. A cada bomba que caía sobre un mercado callejero, suprimiendo a unas pocas decenas de seres humanos, las bolsas reaccionaban con una respetuosa indiferencia. Ni un punto para arriba, aunque tampoco medio punto para abajo. No sé si es conveniente o no para la economía del mundo, pero sería deseable, en consideración al resto de las personas que no tenemos acciones en las mismas, que no continúen dando muestras tan descaradas de cuáles son sus verdaderos intereses. Sus únicos intereses, vale precisar.

En Uruguay y Argentina, el índice que mide el “riesgo país” tuvo una vertiginosa escalada en el año 2002, cuando se temió por la seguridad de los grandes capitales extranjeros. Lo cual, por otro lado, es lógico, ya que este índice es un invento de los capitales extranjeros, en defensa de sus propios intereses. La no-devolución de los ahorros de la clase trabajadora no influyó demasiado en este índice que, actualmente, ha comenzado a descender al mismo tiempo y en la misma proporción que aumenta la pobreza y la marginación. La desnutrición, el hambre y, finalmente, la muerte de muchos niños no es una variable de la ecuación que mide el riesgo país. O es una variable que, por error, alguien pasó del numerador al denominador resultando, en consecuencia, que a mayor marginación menor riesgo país, tal vez porque se ha comprendido que por debajo de un determinado nivel de dignidad los seres humanos pueden perder incluso su capacidad de rebeldía.

 

 

 

© Jorge Majfud

Athens

24 diciembre de 2003

 

 

 

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