¿Quiénes amenazan a la especie humana?

Algo salió mal

 

La teoría de la Evolución de Darwin es increíblemente efectiva para explicar el desarrollo de los fenómenos biológicos hasta en los diseños más complejos de la naturaleza, como el ojo falso en la cola de un pez, o las franjas estampadas en la piel de las cebras para confundir la mirada de sus depredadores, etc. Su complejidad tiene un principio extremadamente simple: no hay nada que hasta el más azaroso método de prueba y error con algunos millones de ocurrencias no pueda corregir y adaptar.

Antes de Darwin, Adam Smith había sentado las bases del liberalismo económico según el cual cada individuo, al perseguir su propio beneficio, inevitablemente conduce a un “equilibrio natural” y al “bienestar general”. El éxito de los mercaderes parecía confirmarlo: a lo largo de la historia, fueron ellos agentes relevantes, no sólo en el intercambio de bienes sino también en el intercambio de cultura y de conocimiento.

La exitosa (y maldita, para los creyentes de Noé) teoría de la Evolución de Darwin ha sido actualizada varias veces, por ejemplo, para explicar el hecho de que un individuo se sacrifique en beneficio del grupo o de la especie. Un pájaro que con su canto alerta a sus iguales es presa fácil de un depredador, pero con su sacrificio el individuo salva al grupo. Distintas particularidades intelectuales en los seres humanos (como un estado de alerta patológico en algunas personas) se pueden explicar como un perjuicio para el individuo en beneficio de la especie, al menos en tiempos pasados.

En casi todas las sociedades contemporáneas, el “menos apto” sobrevive gracias a la solidaridad y la compasión del grupo. Tal vez el bullying es un resabio de tiempos prehistóricos cuando el grupo entendía que los débiles eran una carga inconveniente, pero hoy la cultura y la sensibilidad moral han revertido esa práctica a fuerza de educación en nuevos valores. La eterna disputa dialéctica entre el Poder y la Justicia (entre las posibilidades del beneficio del individuo y las del beneficio del grupo) se ha balanceado en favor de esta última. La disputa práctica, en cambio, parece definirse otra vez por el Poder, por la imposición de los más fuertes, no sin primero secuestrar la dialéctica de sus adversarios, aquellos que luchan por la justicia, generalmente una dialéctica igualitaria en favor del grupo. Para verlo, basta con echar una mirada al poder económico y militar acumulado por el uno por ciento de la población del mundo, lo cual, en principio, está en consonancia con la teoría y justificación moral de “la sobrevivencia del más apto”, que tanto sedujo a la Europa imperial del siglo XIX, a los estadounidenses del siglo XX y a los ricos y poderosos de todos los siglos.

Por el contrario, el hecho de que los menos aptos, los más pobres, se reproduzcan más que los más aptos, lo más ricos, parecería indicar que la cultura contradice el principio evolucionista de la “sobrevivencia del más apto”. Entonces, ¿los valores morales confirman o contradicen la teoría de la Evolución?

Lo más probable es lo primero. La moral, la cultura y la educación pueden significar la supresión o limitación de la violencia del más fuerte (del más apto) contra el resto del grupo, contra el resto de la especie. Es decir, la Justicia no es una contradicción de los principios básicos de la Evolución darwiniana sino uno de sus elementos necesarios para la sobrevivencia del grupo.

En contraposición con todo lo planteado anteriormente, llegamos, finalmente, a un posible elemento de contradicción, de quiebre o a una patología terminal, como puede serlo el cáncer en la lógica de un cuerpo sano. La historia reciente de la humanidad parece mostrar una seria y critica excepción a la lógica de la evolución. No son las sociedades más pobres, los países menos desarrollados los que están amenazando la existencia de la especie en la faz de la Tierra sino los más poderosos, “los más aptos”.

Este peligro no sólo radica en la mayor potencia de destrucción militar de los países más poderosos sino en sus capacidades de destrucción del medio ambiente. Son los más aptos (los más fuertes, los más ricos, los ganadores) los más capacitados para poner en peligro la existencia de la especie humana. Peligro que ha dejado de ser una potencialidad y comienza a concretarse.

Es posible que la inteligencia humana (al menos aquella al servicio del poder) sea una anormalidad cancerosa de nuestra especie, si consideramos que los tiburones y las hormigas han estado en este planeta millones de años antes que nosotros. En apenas unos pocos miles de años y, sobre todo como consecuencia de los últimos siglos, la especie humana se ha acercado peligrosamente, como nunca antes, a la extinción por suicidio propio.

No obstante, si es la inteligencia la enfermedad de nuestra especie, es también la conciencia la cura y el recurso de nuestra evolución. En el triunfo de una de ellas nos jugamos nuestro futuro en este planeta y, probablemente, nuestra existencia en este Universo.

JM, 5 de mayo de 2017

Teología del dinero IV

El secuestro de la moral

 

 

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 1.    La violencia de las simplificaciones

Durante años he leído y estudiado diferentes tesis que intentan probar, como un teólogo prueba lo que nunca intentó cuestionar, cápsulas del tipo “la propiedad es el robo”. Esta afirmación resulta tan verdadera como falsa, dependiendo de dónde se aplique; no obstante, el espiritu de partido necesita simplificar para tomar posición combativa.

Como es la regla, una vez que un ideoléxico está consolidado se ponen cosas diferentes dentro de una misma bolsa. Por ejemplo, dentro de “propiedad privada” o de “éxito” cabe una diversidad de ideas y cosas con valores frecuentemente opuestos. “Éxito” significa muchas cosas, pero dentro de un mundo creado por la narrativa conservadora norteamericana, significa acumulación ilimitada de capitales financieros y de poder político y religioso.

Pero “éxito”, aún dentro de un estrecho marco capitalista, también puede referirse a un inventor que se hace rico al mismo tiempo que beneficia a millones de personas con el resultado de sus ideas. ¿Qué tiene que ver el éxito económico y social de un innovador con el éxito de un especulador de bolsa que se hace millonario arruinando a vida de miles sino de millones de personas? ¿Qué tiene que ver aquel “mercado” que historicamente ha expandido la cultura y el bienestar material de los pueblos con aquel otro “mercado” que ha esclavizado continentes cuando no ha destruido y prostituido culturas enteras?

Por otro lado, el modesto éxito de un pequeño empresario o artesano es normalmente despreciado por aquellos otros que, por ejemplo, se consideran creadores sólo porque escriben poesía o novelas, pintan cuadros o hacen alguna forma de música. Sin embargo, un creador puede ejercer su genio en cualquier actividad, con un lápiz, sobre un teclado, en un taller de bicicletas o revolucionando la forma en que la gente usa una cerradura o un simple jabón. Un poema, si realmente tiene valor, puede expandir la experiencia existencial de un individuo, de una sociedad, levantándola de la miseria de los actos meramente animales, como comer y reproducirse. Pero también un simple proceso de purificación de agua puede sacar de la miseria material a pueblos enteros. Las dos son creaciones humanas, aunque se refieren a diferentes aspectos vitales de la existencia.

Entonces, en un mundo diverso, en lo personal no me preocuparía que alguien invierta toda su creatividad para convertirse en un millonario exitoso. Como escritor, por ejemplo, no me interesa en lo más mínimo hacer fortuna ni mido el éxito de mi trabajo por la venta de mis libros. Sí me interesa que quienes aman el lujo y el dinero no lo obtengan explotando a los demás. Algo que es muy difícil, argumentará alguien. Pero no imposible, y así como no creo que debamos imponer a todos mi desprecio por el lujo y las joyas, tampoco sería justo que quienes aman el dinero y consideran fracasados a quienes no pertenecen a esa religión, impongan sus reglas de juego a una sociedad por la simple virtud del poder excesivo que emana de sus cuentas bancarias y sus influyentes amigos.

Veamos cómo la pasión de unos se puede traducir en el martirio de otros.

 

 

2. Robo para la corona

Ahora, dentro de esta relatividad de un mundo vasto, complejo y diverso, podemos observar ciertos patrones históricos que nos aportan pistas para comprender la “normalidad” de nuestro presente. El poder, que puede llegar a ser un agente constructivo, con más frecuencia ha sido opresivo y destructor. En Estados Unidos, por ejemplo, los grupos más conservadores son los grupos más religiosos, que son los grupos más ricos o aquellos grupos que trabajan y repiten con pasión un discurso en defensa de las clases altas, conservadoras y religiosas. Cuando un pobre defiende con tanta pasión el derecho a la acumulación ilimitada de capitales, lo hace como si fuese condición y consecuencia del “éxito del capitalismo”. Generalmente este pobre es republicano, religioso y conservador, ya que no rico.

Naturalmente, los partidarios del egoísmo como virtud del capitalismo ortodoxo deben recurrir a un had hoc que pueda unir este impulso individualista con el altruismo religioso y humanista del que presumen ser los campeones: la compasión, una especie de impuesto moral que no se paga por obligación al Estado laico sino personalmente o a través de una iglesia, de forma voluntaria y cuando sobra. De esa forma se puede ver la mano que arroja las limosnas en la puerta de la iglesia mientras los pobres repiten “que Dios se lo pague”. Un negocio redondo por donde se lo mire.

Entonces, se da la paradoja de que los partidarios del egoísmo como virtud del éxito económico y divino son también los más fanáticos practicantes de una religión como la crisitiana, que desde su fundación y de forma explícita en sus Escrituras opta por los pobres y condena el mercado y la riqueza. El humanismo renacentista había revindicado el comercio como una legítima actividad humana, rescatándola de la maldicion católica (que no se aplicaba de obispos para arriba); pero más tarde el calvinismo logró que Dios reconociera la riqueza como signo de virtud moral y metafísica y condenara a los pobres por sus vicios o por no haber sido elegidos antes de nacer.

El patrón histórico ha sido siempre el mismo: cada vez que una revolución religiosa es hecha por los de abajo, por los marginados que en cierto momento se convierten en mayoría y su conciencia rebelde madura y triunfa en el discurso social, dicha revolución es secuestrada por los ricos y poderosos. No otra cosa ocurrió con la rebelión de los pobres y marginados iniciada por Jesús contra el establishment de los poderosos fariseos, colaboracionistas de un imperio ocupante como lo era el imperio romano de la época. No otra cosa ocurrió tres siglos después cuando los perseguidos cristianos se convirtieron en mayoría y de ahí en religión oficial del Imperio, legalizada estratégicamente por un emperador brutal como Constantino e institucionalizada luego de una forma aún más brutal por siglos de violencia física y moral, administrada por una policía dogmática que tuvo sus peores tiempos en la Inquisición, persiguiendo a su vez a todo lo que no se parecía a sí mismo o amenazaba los privilegios de reyes, príncipes, duques, abismos, cardenales, papas y otros administradores del poder y la riqueza social del momento. No otra cosa ocurrió con la rebelión de Lutero cuando reivindicó los derechos del individuo sobre el poder arbitrario y concentrado de los papas. No otra cosa ocurrió cuando los perseguidos peregrinos trajeron a América sus nuevas sectas y sus formas menos aristocráticas de organización social y unos siglos después terminaron convirtiéndose en las doctrinas dominante de los políticos y de los empresarios en el poder.

No otra fue la historia de los Estados modernos, que surgieron como revoluciones de los de abajo o a favor de los de abajo contra el abuso arbitrario de los de arriba. Sin embargo, ahora cuando vemos que la mayoría de los “representantes” pertenecen a la minúscula minoría más rica del país (bajo la excusa del ser “exitosos”), vemos que los Estados modernos están dirigidos por aquellos por los cuales surgieron los Estados modernos en defensa del resto más numeroso y menos poderoso de la sociedad.

Entonces, de forma casi invariable la historia nos muestra que los ricos son especialistas en secuestrar Estados, religiones y narrativas sociales. En consecuencia, no es extraño que algunos desconfíen de los hermosos discursos que elogian el “éxito” de los ricos que están en el poder mientras se presentan como los salvadores de la moral, la religión, y además, como beneficiarios de los pobres que no saben cuidarse a sí mismos.

 

Jorge Majfud

Jacksonville Univeristy

majfud.org

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)