Quevedo: Política de Dios, Govierno de Christo.

 

 

El Siglo del Loro

 

 

Spanish writer Francisco de Quevedo (1580–1645...

Si no fuera por el genio inigualable de Cervantes, de Lope de Vega y de Calderón de la Barca, si no fuera por el genio anónimo del realismo español (como el de Lazarillo de Tormes) y el histórico flujo de metales preciosos de América hacia España, lo que la crítica ha llamado “Siglo de Oro” debería llamarse “Siglo del Oro” o “Siglo del Loro”, debido a la inundación verborragica del palabrerío sin sustento y sin sustancia de un gran número de otras figuras menores, reverenciadas más por la superficialidad del ingenio barroco que por la profundidad del genio español. Más genios y en menos tiempo tuvo la llamada Edad de plata: Gaudí, Picasso, Dalí, Lorca, Machado, Hernández, Alberti, Ortega y Gasset, Falla…

Baltasar Gracián, por ejemplo, que se hizo célebre por su máxima sobre el valor de lo mínimo —“lo bueno, si breve, dos veces bueno”— prefirió el juego a la brevedad lingüística. Pero los hubo peores: Góngora, Juan de Zabaleta, Saavedra Fajardo…

Si echamos una mirada a las ideas y convicciones de Quevedo, uno de los escritores más afamados de su época y de las épocas posteriores, veremos que, aunque contemporáneos, el mismo Don Quijote se le adelantaba varios siglos. El pensamiento de Quevedo no sólo es medieval; además es lento. Como en muchos otros de sus contemporáneos, sus palabras iban más rápido que sus ideas.

Increíblemente, la crítica conservadora ha valorado la profundidad de su contenido moral, quizás porque sus raíces se encuentran en los tiempos romanos.

Por esta época, el Mayflower acababa de llegar a Massachusetts y en Inglaterra, un país menor y más bien marginal a pesar de Shakespeare, ya comenzaban los primeros chispazos de la rebelión de los innobles y el cuestionamiento a las formas de gobierno tradicional. Pero España, a las puertas de una crisis económica y un dramático descenso de su población, todavía estaba en el apogeo de su autosatisfacción y su orgullo nacionalista que, como en los cuentos de hadas, se reproducía a través de un discurso dulce, desde arriba hacia abajo.

Seguramente porque en aquellos tiempos (de pobreza rampante en la mayor parte de su población pero todavía con un fuerte sentido aristocrático) las discusiones políticas y sociales eran mínimas o intrascendentes, los intelectuales con alguna inquietud social se dedicaban a dar consejos a los reyes. En Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás (1626), Quevedo formula y detalla el ideal del gobernante, apoyado, con frecuencia, en los Evangelios.[1] En gran medida, este libro se demora en largas arengas teológicas con comentarios bíblicos sazonados con citas latinas, que es lo único que quedó el humanismo anterior. Su discurso es oscuro y retorcido, como Francisco Cascales advirtiese con respecto a Góngora más o menos por la misma época. Quizás porque los Evangelios prescriben no mencionar el nombre de Dios en vano, Quevedo lo menciona una decena de veces en una sola página, en la 49.

Desde el primer capítulo, Quevedo se despacha con pensamientos como “El entendimiento bien informado guía la voluntad, si le sigue” (41). Luego de detenerse en la historia de Caín (44) y en el pecado de la enviada, advierte que “grandes son los peligros del reinar” (45). Como ha sido parte de una larga tradición de cientos y miles de años, siempre se exonera a los reyes y se culpa a los mandos medios o se excusa a aquellos por las malas influencias de los consejeros, lo cual recuerda la figura del príncipe de las tinieblas, el eterno consejero.

Nada diferente al resto de los escritores dorados de este siglo, el misoginismo no podía faltar en ningún análisis políticamente correcto: “en dexandole Dios consigo [Eva a Adán] sirvió a la muger con la sujeción y obediencia” (49). La sujeción y la obediencia al hombre eran claras virtudes que Dios habría dado a las mujeres. Por supuesto, medio siglo antes Santa Teresa estaba totalmente de acuerdo.

Según Quevedo, los reyes deben saber quiénes los están robando (57-58), ya que Jesús hizo lo mismo cuando una mujer lo tocó y “sintió salir virtud de Él” (56).

En el Capítulo V, Quevedo lo hace más explícito y se apoya en la justificación que hace Jesús ante Judas, quien le había preguntado por qué dejaba que una mujer le echara un perfume caro a los pies y no se lo vendía para darles a los pobres, como era su prédica. Quevedo lo traduce a su gusto o al gusto de su rey: “Ni para los pobres se ha de quitar del Rey. Ioan 12” (59).

Claro que hay distintas especies de ladrones. Cuando se refiere a los ministros y otros personajes infiltrados en el gobierno, nos recuerda a nuestro propio tiempo y, sobre todo, a los lobbies que contribuyen con los gobiernos de formas tan generosas: “el mayor ladrón no es el que hurta porque no tiene; sino el que teniendo da mucho por hurtar más” (118).

La tarea del rey no es fácil, ni siquiera hoy: “Vna cosa es entre los soldados obedecer órdenes; otra es seguir el exemplo” (63), por lo cual el rey debe cuidar “de que los suyos no pierdan la fe” (63).

De igual forma que Jesús trató con indiferencia a su propia familia, el rey debe hacer lo mismo con la suya. El Capítulo IX, incluso, aconseja que el rey debe castigar a los ministros en público para dar ejemplo, a imitación de Cristo; consentirlos es dar escándalo, a imitación de Satanás (72).

Recién en el capítulo XVIII descubrimos el verdadero propósito de los reyes. “Los Reyes nacieron para los solos y desamparados” (109). “Los necesitados no han de buscar al rey y a los ministros. Igual que Jesús, cuando expulsó a los mercaderes del tempo, demostrando por única vez verdadero enojo, igual debía hacer el rey con aquellos que “con pretexto de Religión hacen hazienda” (112).

Quevedo inicia cada capítulo con una cita y luego se extiende comentándola según las necesidades y los intereses del momento, según la actual práctica de los conservadores de todo el mundo. En el capitulo catorce, un lapsus: “Es tan fecunda la sagrada Escritura, que sin demasía, ni proligidad, sobre vna cláusula se puede hazer vn libro, no dos capítulos” (92).

En todo el libro se asume que el Rey debe ser la imagen de Cristo, ya que el Poder procede de arriba hacia abajo. Esta estratégica confusión entre la cosa divina y la cosa política es una tradición de miles de años y va desde los faraones egipcios hasta algún que otro presidente norteamericano, pasando por los incas y los reyes absolutistas de Europa.

La misma idea tenía el general Francisco Franco, cuando mandó acuñar en las monedas de su tiempo su imagen rodeada de la leyenda “Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Igual gritaban los romanos antes de entrar en batalla (“Nobiscum Deus”) y grabaron los nazis en sus insignias (“Gott mit uns”): Dios está con nosotros; confiamos en Dios.

Porque nada sucede sin el consentimiento del Creador. Nada, incluso lo bueno, que parece malo.

 

Jorge Majfud

Jacksonville University

 majfud.org

Milenio (Mexico)

Panama America (Panama)

 


[1] 

. Política de Dios, Govierno de Christo. [1626] Valencia: University of Illinois Press y Editorial Castalia, 1966.

 

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Literatura femenina y literatura feminista (I y II)

Isabel Allende

Isabel Allende

Literatura femenina y literatura feminista (I)

Hermeneutica >>

Isabel Allende estuvo en Uruguay para promover su última novela. Una vez más fue presentada como “la autora que vende millones de libros” y una vez más demostró que hay algo que le importa mucho, aunque diga precisamente lo contrario.

En muchas otras ocasiones ha criticado a los críticos, a los que llama “hombres de barba”, a pesar que existe una lista considerable de críticas mujeres que han sido mucho más impiadosas con ella (bastaría con recordar a la gran escritora mexicana, Elena Poniatowska: “Isabel Allende, Ángeles Mastretta o Laura Esquivel entran en la literatura como fenómenos comerciales y hacen “literatura femenina”).

Para rechazar la calificación de “literatura femenina”, Allende ha formulado una regla según la cual “todo adjetivo disminuye la literatura”. Hablar de literatura femenina sería como hablar de literatura afroamericana.

Sin embargo, cuando hablamos de “literatura griega”, “literatura latinoamericana”, “literatura posmoderna”, “literatura comprometida” o “literatura judía” no necesariamente estamos disminuyendo la literatura, ya que no podemos probar que exista una Literatura en lugar de Las literaturas.

El problema es que, desde muchos aspectos, la expresión “literatura femenina” sí suele indicar, por acumulación de evidencias, una disminución de las expectativas de la literatura. Si Isabel Allende no lo piensa, lo siente; e inconscientemente lo prueba cada vez que sale de su claustro californiano y hace declaraciones a la prensa.

No voy a etiquetar su obra como “literatura femenina”. Creo que es algo más que eso. Tal vez si sólo hubiese publicado La casa de los espíritus y Paula hubiese sido mejor escritora.

Pero la llamada literatura femenina existe y es todo lo opuesto a la literatura feminista. Para un crítico humanista, por ejemplo, el adjetivo “feminista” no disminuye el valor de una literatura particular; trasciende sus propias definiciones.

El adjetivo “problemática” tampoco disminuye al sustantivo “literatura” como sí lo hace el adjetivo “fácil”. Si bien el mercado editorial (que no se diferencia en nada del mercado de jabones) ha establecido que la primera condición y el primer requisito de cualquier literatura debe ser una “lectura fácil”, este canon nunca rigió las grandes obras. También la crónica sobre la boda real del príncipe de Inglaterra es una lectura fácil, divierte y entretiene, pero no ese tipo de literatura la que tenemos en mente cuando hablamos de la gran literatura. Ese es un requisito del mercado; no del arte.

Cervantes fue uno de esos raros casos de un gran escritor que tuvo éxito de ventas en su tiempo. También lo fue Lope de Vega. Pero Cervantes no es grande por el éxito de ventas de El Quijote sino por haber resistido y trascendido los tiempos, entre otras cosas. Obviamente, se echa al olvido los cientos de otros escritores exitosos en su época que cayeron en el olvido o se los recuerda hoy porque pasaron a ser una anécdota histórica y sociológica. Hernán Cortes, por ejemplo, fue un best seller en su época, y la historia no lo recuerda por sus virtudes literarias sino por su heroísmo militar o por sus monstruosidades genocidas.

También Corín Tellado fue un éxito casi infinito en el mercado editorial de la lengua española y ha pasado a la historia de la literatura por estas mismas razones y no por haber sido una gran escritora. Es decir, no por haber aportado algo a la historia de la literatura o haber buceado en las profundidades de la sensibilidad humana sino, quizás, todo lo contrario. Su literatura, como el cine más comercial, es la confirmación de estereotipos que encapsulan al ser humano, lo simplifican y lo lanzan de nuevo a la sociedad como productos funcionales a los mismos valores de esa sociedad.

Sí, también hay una literatura compleja, problemática y sofisticada, como hay lectores complejos, problemáticos y sofisticados. También hay una “ciencia popular” y hay una ciencia que podríamos llamar “elitista”. La palabra es odiosa, más aun para un humanista. Uno de los principios y practicas del Humanismo desde la Edad Media ha sido la popularización de la cultura, la democratización del conocimiento y el interés por las manifestaciones populares; paradójicamente, desde comienzos del Renacimiento los humanistas han sido, en cierta forma, grupos elitistas que han cambiado el mundo yendo contra todas las fuerzas establecidas de tradiciones centenarias y de instituciones omnipresentes, como hoy lo es el mercado.

La crítica contra Allende se debe, según Allende, a la injusticia de que las mujeres no sean consideradas como modelos de escritores. “Se supone –comentó– que la literatura es escrita siempre por un hombre, y blanco, generalmente de bigotes”. Según Allende, el famoso Boom latinoamericano (Rulfo, Cortázar, García Márquez, etc.) fue un club de “machos” que excluía a las mujeres.

Cierto, en el pasado los “grandes escritores” fueron en su gran mayoría hombres. Muchos hombres blancos y algunos con bigotes. Pero fue así por una razón de injusticia social, donde la mujer estaba más bien marginada y reprimida; no porque los grandes escritores no fueran realmente grandes.

Esta es seguramente la razón principal por la cual también la lista de hombres filósofos y científicos es abrumadoramente mayor que la lista de mujeres. El mismo Max Plank, genio de la física quántica, era machista; y de Albert Einstein tengo muchas dudas al respecto. Lo mismo Pablo Picasso en pintura o los genios de la era digital (Gates, Jobs, etc.). Por otro lado, también es posible que las mujeres estén ocupadas en cosas mas importantes que la civilización masculina no considera importantes, como reproducir y conservar la vida, por ejemplo.

También la proliferación de genios griegos en tiempos de Esquilo, de Arquímedes, de Sócrates o de Pitágoras, por mencionar unos pocos, fue posible por una injusticia social, no sólo de género sino también de clase, en una sociedad que daba el privilegio de una vida democrática a unos y la servidumbre de los esclavos a otros. Pero no por todas estas injusticias aquellos genios dejan de serlo.

(continúa)

Milenio (Mexico)

Literatura femenina y literatura feminista (II)

(continuación)

Escritores blancos con bigotes, en realidad, no son muchos. Pero podemos enlistar a Shakespeare, a Cervantes o a Ernesto Sábato. Vargas Llosa perdió el bigote junto con sus ideas políticas de la juventud. García Márquez tal vez no se consideraría blanco. Menos Nicolás Guillén o Franz Fanon. Pero no es cierto que, como afirma Allende, los hombres blancos y de bigotes sean (injustamente) los únicos modelos de escritores.

Aquí Allende demuestra su dolor por no haber recogido de la crítica especializada el mismo éxito que obtuvo de los lectores consumidores de ese tipo de literatura donde ella es una experta. Tal vez debería darse por feliz con ese logro. Hay muchas mujeres, miles o millones, que ven en Allende un modelo de escritora sin necesidad de usar bigotes. El mercado y las editoriales no las marginan. Todo lo contrario.

Aunque Allende recurre a un feminismo lacrimógeno, el hecho es que la “literatura femenina” es todo lo opuesto a la “literatura feminista”. Sólo en el último siglo tuvimos muchas escritoras de la estatura de los Sarte o mayores que él (bastaría con citar a su compañera, Simone de Beauvoir, o a Virginia Woolf, Susan Sontag, Toni Morrison, etc.). Pero estas escritoras rara vez tuvieron el éxito de Isabel Allende o de J. K. Rowling, la autora de la Harry Potter que logró millones de lectores y millones de fanáticos, además de millones de copias vendidas y muchos millones más de dólares. Algunas de aquellas grandes ni siquiera tuvieron algún éxito de ventas en sus tiempos.

Corín Tellado, Agatha Christie, Isabel Allende y J. K. Rowling no hacen una mínima fracción de Sor Juana Inés de la Cruz, aquel genio que vivió en México en el siglo XVII. De acuerdo, Sor Juna tenía carencias. Tenía conciencia de género pero no tenía conciencia de clase y la única vez que menciona a una esclava de su propiedad fue en un contrato de venta. Sus poemas repetían las formas, no los contenidos, de algunos patéticos escritores españoles del Siglo de Oro (bastaría con un poema simple como “Redondillas” para demostrarlo). Pero verlo desde nuestro tiempo es fácil. Verlo desde un tiempo y desde una sociedad marcada por el éxito del misoginismo y la opresión de las mujeres es propio de genios como Sor Juana. Y hacerlo como ella lo hizo con su vida y con su literatura es una prueba irrefutable de su grandeza. Sor Juana no tuvo casi ningún éxito. Cuando el establishment patriarcal decidió hacerla famosa publicándola, fue para sentenciarla al ostracismo y a la muerte de una forma cruel y sutil.

El feminismo es una posición compleja y sofisticada. La literatura feminista no es una literatura fácil. Todo lo contrario. La literatura feminista no reproduce los valores del establishment sino que los cuestiona y los deconstruye. Por el contrario, la “literatura femenina” es un producto y un instrumento de los mismos valores patriarcales (y hasta de la misma cultura machista).

El feminismo es una de las mayores revoluciones de la historia, quizás la mayor revolución de nuestro tiempo. La literatura femenina, como todos los cánones de la “verdadera mujer” de Hollywood y de los medios de comunicación de todo el mundo, son funcionales al mercado, a la cultura y los valores masculinos. Sirven como catarsis y analgésico, como monologo y como válvula de escape de un orden masculino.

Las autoras de la literatura femenina tienen muchas cosas en común: escriben torres de libros, venden montañas de ejemplares. ¿Cómo decir que no son aceptadas por la sociedad? Todo lo contrario. Son aceptadas por una sociedad que no desea ser desafiada en sus convicciones. Por una sociedad consumista y autocomplaciente, que prefiere verse como víctima para justificar sus frustraciones (producto de la misma fiebre consumista) pero no está muy dispuesta a  cuestionarse la raíz de esas insatisfacciones. Es más fácil echarle la culpa al compañero que está al lado que criticar un sistema en el cual ambos son coparticipes, autores y consumidores, víctimas y victimarios simultáneamente.

La literatura femenina, que es vendida por millones pero no alcanza a promover un mínimo cambio sino la misma inmovilidad, es como el cine comercial o el prostíbulo tradicional: es una institución, un instrumento funcional al status quo, a los valores dominantes, incluso cuando parecen criticarlos, como una telenovela confirma la injusticia radical de un orden social presentando a la pobre mucama como víctima y a la rica explotadora como opresora. En ese drama estereotipado, la mucama termina venciendo, la justicia del pobre se realiza, y así la raíz del orden injusto permanece oculta a los ojos lacrimógenos de los espectadores.

Obviamente que algunos escritores y “críticos” como yo mismo, si dedicamos una hora a escribir sobre Allende (en mi caso también he enseñado alguno de sus cuentos en la universidad) es porque, aunque no la consideremos una gran escritora o consideremos sus opiniones muy objetables, no deja de ser un fenómeno insoslayable, típico de nuestro tiempo pero que sólo elige a unos pocos entre miles. Sus opiniones nos interesan, como nos interesan las opiniones de un político o de un deportista exitoso que tiene el poder, no de crear más sensibilidades y más opinión pública, sino de expandir y consolidar lugares comunes que surgen de una cultura hegemónica que cada tanto se trasviste para sobrevivir.

Tampoco Allende deja de tener el talento para escribir libros tan bien escritos y, sobre todo, para lograr semejante fenómeno social. Objetable, pero fenómeno al fin.

Jorge Majfud

Milenio II (Mexico) 

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cine pilitico

¿Por qué escribimos?

Ernesto Sabato

Image via Wikipedia

¿Por qué escribimos?

Desde Uruguay me piden que responda en veinte líneas la antigua y nunca acabada pregunta ¿por qué escribes? Reincidiendo en un viejo defecto, en diez minutos excedí al límite sugerido y me tardé casi una hora tratando de comprimir y recortar por aquí y por allá. Imagino que otros medios que tantas veces me han tolerado excesos peores, reciban bien la respuesta original. Aquí va, así era.

Cuando comenzó el Renacimiento en Europa terminó en España. Este detalle se pasa por alto por los países que reivindican ser la cuna del Renacimiento y por España misma —o lo que quedó de España— por su afán de negar grandes méritos a la realidad anterior a Fernando e Isabel, por querer negar que la Reconquista no fue un simple período de transición a un estado de satisfacción política, moral e ideológica sino una montonera de siglos sobre los cuales se desarrolló una cultura renacentista en su sentido humanista, científico, multirracial, multirreligioso, multicultural y progresista de la palabra. Aunque ninguno de estos méritos posmodernos llegaba al ideal sin frecuentes contradicciones, lo cierto es que luego fueron aniquilados por los venerados Fernando e Isabel y sus sucesores. Sus efectos sobrevivieron hasta Franco. No pocos investigadores entienden que España no tuvo Renacimiento y que su continuación de la Reconquista europea en la Conquista americana fue, en realidad, la exportación de un espíritu renacentista con una mentalidad medieval. Pero no sólo el hombre renacentista fue aventurero, conquistador y dominador. También lo fue el hombre medieval, tal como lo prueban las cruzadas. La diferencia radica en el rasgo secular y capitalista del nuevo hombre renacentista. Con la Reconquista castellana se liquida la diversidad y la inquietud intelectual de la España centrada en Córdoba, en el hemisferio sur de la península, y se instala una cultura medieval que ya abandonaba el resto del continente.

Para inmortalizar tantas matanzas promovidas por la nobleza, muchas veces como un deporte en tiempos de aburrimiento y llevada adelante por la milicia —los “de a miles” que procedían de las clases de campesinos y carniceros—, aparecieron los biógrafos. Estos escritores casi siempre vivían del mecenazgo de la nobleza.

Un descendiente de judíos, como Fernando del Pulgar, en 1486 alabó a un noble viejo diciendo que el conde Cifuentes “era ijodalgo, de limpia sangre”. Es decir, sin abuelos judíos. Antes, en 1450, Fernán Pérez de Guzmán, había tenido la lucidez de reconocer que ese oficio de escribir estaba implícitamente bajo la influencia del poder de los reyes, razón por la cual se pasaban por crónicas las exageraciones adulatorias.

De cualquier forma este oficio de contar sobre otros pronto se convirtió en un oficio de contar sobre uno mismo. Mucho antes de los aventureros en América —quienes escribían sus relaciones a modo de cartas como parte de su búsqueda de fama y favores del rey— otros practicaron la confesión literaria. Estos escritores hablaban sobre ellos mismos y sobre los demás, pero en gran medida eran los árabes y judíos que iban quedando, ya que la nobleza no consideraba digno exponer su interioridad. Tampoco era digno trabajar con las manos o con el intelecto. Salvo las guerras promovidas por príncipes, duques y obispos, actividad eminentemente noble, fuente inagotable de honores, casi ningún otro trabajo era digno.

En tiempos de Cervantes la escritura ya era un oficio y un negocio, como lo demuestra Lope de Vega. Un buen oficio y un mal negocio para muchos, como hoy. En el siglo XX, en casi todo el mundo, la exposición del yo, de la interioridad del individuo se convirtió en un requisito de la literatura, de casi todo el arte. Como lo demuestran los mass media, los reality shows, ahora hay otras formas de exponer elyo individual. Incluso cuando la norma es que el yo ha dejado de ser individual —si alguna vez lo fue— para ser una repetición del mismo individualismo, una repetición estandarizada de un mismo yo. El valor ético y políticamente correcto es “ser uno mismo”, como si en eso hubiese algún merito y alguna diferencia.

Ernesto Sábato también exaltó el valor y la particularidad del yo como materia prima, al mismo tiempo que descubría que esa particularidad de la ficción moderna era lógica expresión de la soledad del siglo. Ese yo decía que escribía porque no era feliz; Borges, porque era feliz, al menos mientras escribía. Cortazar porque quería jugar. Onetti porque quería leerse a sí mismo.

Muchos otros escritores menores tenemos razones igualmente diversas. Ante la pregunta de por qué escribo quizás tenga muchas formas de responderla y ninguna definitiva. Podría decir, por ejemplo: empecé a escribir de niño para alegrar a mis abuelos que vivían lejos en el campo y no tenían televisión. Seguí escribiendo para reproducir la emoción que me provocó el descubrimiento de la literatura fuera del salón de clase. Después porque quería escapar del mundo. Hoy en día escribo porque sufro y me apasiona la complejidad del mundo que me rodea. Escribo porque quiero batalla con este mundo que no me conforma y escribo porque a veces quisiera refugiarme en algo que no está aquí y ahora, algo que está libre de la contingencia del momento, algo que se parece a un más allá humano o sobrehumano. Pero todo lo que escribo surge a partir de aquí y ahora, de mi inconformidad con el mundo, de una sospechosa necesidad de olvidarme de mí mismo al tiempo que, no sin reprochable contradicción, no me niego a que difundan mis trabajos, al tiempo que espero justificar mi vida a través de algunos lectores que han encontrado algo útil en lo que hago. Uno siempre puede hacer otra cosa, pero quien se siente escritor de verdad, sea bueno o sea malo, no puede dejar esto, esa obsesión de luchar contra la muerte sin saberlo.

Pero si las razones personales son suficientes para justificar lo que uno hace, nunca son suficientes razones para explicar por qué uno hace lo que hace. Desde una perspectiva más amplia, por ejemplo y retomando las reflexiones iniciales, vemos que finalmente no fue la nueva Edad Media española la que venció en el siglo XIX y en el XX sino el Renacimiento centroeuropeo, con su ambiguo foco en el humanismo y en el individualismo, en la nueva libertad del antiguo villano, otrora sumiso obediente, y la creciente tiranía del capital. No fue el odio que Santa Teresa profesaba a la libertad, su amor a la obediencia ciega a la jerarquía política y eclesiástica la que venció entre los escritores e intelectuales modernos, sino la herejía utópica de Tomás Moro y de humanistas como Erasmo de Róterdam. Todos aquellos escritores que creemos ejercer la libertad de pensamiento también somos,casi completamente, productos históricos, productos de esas batallas políticas, ideológicas y culturales. (También los más ortodoxos reaccionarios que se creen intérpretes de la palabra de Dios lo son.) La libertad intelectual está siempre en ese “casi”. Sabemos que somos prisioneros de nuestro tiempo, que nuestro tiempo es producto de una larga y pesada historia. Pero la sola sospecha funciona como una llave. A veces esa llave no puede abrir ninguna puerta, pero nos indica por donde mirar. Y basta el ojo de una cerradura para convertir esa “casi libertad” en una de las más vertiginosas aventuras humanas: la libertad de conocer, de formularse preguntas que logren cuestionar, si no desarticular, la gran prisión, la que no debe ser obra de ningún Dios bondadoso sino pura construcción humana —a veces en su nombre.

Jorge Majfud

Lincoln University

Milenio I, II (Mexico)

 

¿Para qué sirve la literatura?

Estoy seguro que muchas veces habrán escuchado esa demoledora inquisición “¿Bueno, y para qué sirve la literatura?”, casi siempre en boca de algún pragmático hombre de negocios; o, peor, de algún Goering de turno, de esos semidioses que siempre esperan agazapados en los rincones de la historia, para en los momentos de mayor debilidad salvar a la patria y a la humanidad quemando libros y enseñando a ser hombres a los hombres. Y si uno es escritor, palo, ya que nada peor para una persona con complejos de inferioridad que la presencia cercana de alguien que escribe. Porque si bien es cierto que nuestro financial time ha hecho de la mayor parte de la literatura una competencia odiosa con la industria del divertimento, todavía queda en el inconsciente colectivo la idea de que un escritor es un subversivo, un aprendiz de brujo que anda por aquí y por allá metiendo el dedo en la llaga, diciendo inconveniencias, molestando como un niño travieso a la hora de la siesta. Y si algún valor tiene, de hecho lo es. ¿No ha sido ésa, acaso, la misión más profunda de toda la literatura de los últimos quinientos años? Por no remontarme a los antiguos griegos, ya a esta altura inalcanzables por un espíritu humano que, como un perro, finalmente se ha cansado de correr detrás del auto de su amo y ahora se deja arrastrar por la soga que lo une por el pescuezo.

Sin embargo, la literatura aún está ahí; molestando desde el arranque, ya que para decir sus verdades le basta con un lápiz y un papel. Su mayor valor seguirá siendo el mismo: el de no resignarse a la complacencia del pueblo ni a la tentación de la barbarie. Para todo eso están la política y la televisión. Por lo tanto, sí, podríamos decir que la literatura sirve para muchas cosas. Pero como sabemos que a nuestros inquisidores de turno los preocupa especialmente las utilidades y los beneficios, deberíamos recordarles que difícilmente un espíritu estrecho albergue una gran inteligencia. Una gran inteligencia en un espíritu estrecho tarde o temprano termina ahogándose. O se vuelve rencorosa y perversa. Pero, claro, una gran inteligencia, perversa y rencorosa, difícilmente pueda comprender esto. Mucho menos, entonces, cuando ni siquiera se trata de una gran inteligencia.

© Jorge Majfud

Montevideo

Diciembre de 2000

 

What good is literature, anyway?

I am sure that you have heard many times this loaded query: “Well, what good is literature, anyway?” almost always from a pragmatic businessman or, at worst, from a Goering of the day, one of those pseudo-demigods that are always hunched down in a corner of history, waiting for the worst moments of weakness in order to “save” the country and humankind by burning books and teaching men how to be “real” men. And, if one is a freethinking writer during such times, one gets a beating, because nothing is worse for a domineering man with an inferiority complex than being close to somebody who writes. Because if it is true that our financial times have turned most literature into a hateful contest with the leisure industry, the collective unconscious still retains the idea that a writer is an apprentice sorcerer going around touching sore spots, saying inconvenient truths, being a naughty child at naptime. And if his/her work has some value, in fact he/she is all that. Perhaps the deeper mission of literature during the last five centuries has been precisely those things. Not to mention the ancient Greeks, now unreachable for a contemporary human spirit that, as a running dog, has finally gotten exhausted and simply hangs by its neck behind its owner’s moving car.

However, literature is still there; being troublesome from the beginning, because to say its own truths it only needs a modest pen and a piece of paper. Its greatest value will continue to be the same: not to resign itself to the complacency of the people nor to the temptation of barbarism. Politics and television are for that.

Then, yes, we can say literature is good for many things. But, because we know that our inquisitors of the day are most interested in profits and benefits, we should remind them that a narrow spirit can hardly shelter a great intelligence. A great intelligence trapped within a narrow spirit sooner or later chokes. Or it becomes spiteful and vicious. But, of course, a great intelligence, spiteful and vicious, can hardly understand this. Much less, then, when it is not even a great intelligence.

© Jorge Majfud