Lenguaje: el pasado es un país extranjero

Hace pocos días iba caminando por Jacksonville Beach y leí el nombre de un edificio de apartamentos muy caros: Beachcomber. Recordé que ése era el origen de una de las palabras más rioplatenses que se puedan escuchar: “bichicome”, y que significa alguien pobre que anda buscando cosas (en la playa, “beach-comber”), algo similar a la palabra “chusma”, que procede del árabe, como un cuarto de las palabras españolas, como “cheque”, “algebra”, “algoritmo”, y tantas otras referidas a las ciencias. 

Mirando la fotografía de la góndola de un supermercado en Uruguay, volví a comprobar que “el pasado es un país extranjero”. Los frascos de Nescafé estaban anunciados con un cartelito de letras impresas que decía “Precio Bajo”, expresión que, como tantas otras, proviene del inglés “low price“, omnipresentes en los supermercados de Estados Unidos. Hace solo quince años, allá en el lejano sur de las Américas, se decía “oferta”. Seguramente, dentro de un tiempo quizás, cuando uno se dé una vuelta por su país de origen y hable de oferta te salgan con eso de “la influencia del inglés”. (¿De dónde saldrá la antigua expresión rioplatense “cuánto sale”? ¿Habría sido una adopción del inglés “sale”, cuando algo está en oferta, en liquidación, a “precio bajo”?)

Entiendo que el lenguaje de los que emigran a otros países madura (como, en cualquier caso, porque los individuos maduramos) y se adapta, como en el caso específico de quienes viven una realidad particular, cultural y lingüísticamente diferente. Eso no es un defecto, sino una evolución, parte de la rica diversidad de la experiencia humana en este planeta. Si yo no fuese sensible al spanglish, no podría entender ni hablar, ni siquiera de forma mínima, funcional, de la realidad de cincuenta millones de hispanos que viven en Estados Unidos. De mi experiencia en una cultura en la que el inglés es dominante y en la que cada día se escuchan variaciones dialectales del español que jamás se escucharían en ningún país latinoamericano, donde un provinciano de un país cree que el provinciano de otro país habla de forma incorrecta o, por lo menos, exótica. Ninguna de esas variaciones impide la comunicación si el individuo se libera de su propia arrogancia provinciana.

Hace un tiempo, un año quizás, escuché al expresidente Julio María Sanguinetti, un hombre de ochenta años, decir que los jóvenes ya no “compran esa idea”. Era la primera vez que lo escuchaba en español. Les comenté esta rareza a unos amigos periodistas de allá y me dijeron que no les parecía raro. Lo tenían naturalizado. Por no entrar a hablar de expresiones populares en los programas televisivos de Buenos Aires, donde los jurados “daban retorno” a los concursantes, típica expresión inglesa de “feedback”. Un par de décadas atrás “retorno” en la televisión se aplicaba a una conexión de audio, no a la crítica constructiva. No es casualidad, porque desde Gran Hermano hasta los programas de competencia de cocineros (un medio como la televisión, que carece de olores y sabores, siempre está obsesionado con los programas de cocina, como las películas eróticas sin sexo, los programas deportivos sin deporte, o los programas de políticos sin ideas). O programas de cocineros famosos humillando restaurantes sucios. Todo eso, sea bueno o malo, primero se inventa aquí, primero lo vemos aquí y luego se copia allá. Nada nuevo.

Sin embrago, cuando dejé Uruguay ningún supermercado usaba esa expresión de “Precio bajo” como etiqueta en lugar de “oferta”. Me hubiese resultado tan extraña como cuando escuché aquí en Estados Unidos, por primera vez, expresiones como “I don’t buy it”, para decir “no me lo creo” o “no me lo trago”. Por entonces, aprendí a aceptar y usar estas expresiones que me parecieron propias de una cultura materialista, con miles de idioms (dichos) y expresiones referidas al dinero, a la compra o venta de algo: “no es mi negocio” (por “no me importa”), “paga atención” (por “presta atención”), “me siento como un millón de dólares” (por “me siento feliz”), “te pagaré una visita” (por “te haré una visita”), el mozo en un restaurante, muy amablemente: “¿todavía están trabajando?” (por “¿no terminaron (el placer de) la comida?”) y así un largo etcétera.

Por otro lado, los países naturalmente van cambiando su lenguaje, sus expresiones y hasta sus pronunciaciones. Basta con escuchar un audio o un video de una sesión parlamentaria de medio siglo atrás. En el caso del castellano de países alejados de los centros anglosajones de poder y de irradiación cultural, los cambios son más evidentes para quienes dejaron ese país que para aquellos que conviven cada día con la lenta metamorfosis del lenguaje. Quien dejó su país y convive por un largo período con otra cultura y otro lenguaje, puede alterar sus expresiones, pero también mantiene un material lingüístico mucho menos alterado. En muchos aspectos, y a pesar de que también consumimos información de esos mismos lugares (diarios, radio, televisión, conversaciones por Skype con familiares), nuestro lenguaje materno permanece mucho mejor conservado en un tiempo pasado. Como las mismas memorias de los lugares permanecen inalterados, lejos de los inevitables cambios de esos lugares y de los inevitables cambios de nosotros mismos. Como la misma memoria de las cosas y de las gente está sensibilizada en el que se fue, por una nostalgia mucho más profunda y recurrente.

No es casualidad que, en español, el voseo del Rio de la Plata y de regiones colombianas menos accesibles por el antiguo monopolio español, sea más antiguo que el tuteo de España. O que en Estados Unidos se usen expresiones y palabras del inglés que se dejaron de usar en Inglaterra tiempo atrás, como, por ejemplo, fall en lugar de autumn.

Hace unos años, en una discusión en un comité de mi universidad, escuché que una profesora argumentaba en favor de un nombre para una nueva ley del programa de matemáticas porque era “more sexy”. Pocos años después, todo el mundo hablaba de títulos sexys y propuestas sexys, que no tenían nada que ver con ninguna sensualidad física. Quiero decir, muchachos, que si en la periferia geopolítica del mundo la gente comienza a hablar de ideas sexys que no se refieren a nada relacionado con el deseo sexual, ya saben de dónde proviene todo ese “puro castellano”.

 

JM, agosto 2018

 

La marca país

El soylent verde y sus síntoma lingüísticos

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Los países ya no son países. Ni siquiera compañías. Son productos. De ahí que últimamente se insista tanto en hablar de “la marca Grecia”, “la marca España” o “la marca México”. Mejor dicho, los grandes medios hablan de marcas en lugar de países, ya que la gente común no usa este lenguaje. No todavía, porque sabemos que es cuestión de tiempo.

Probablemente el más reciente sinceramiento lingüístico que ha inundado los grandes medios de comunicación (y que en español muchas veces son anglicismos inadvertidos por el uso sistemático) comenzó cuando se comenzó a llamar “consumidores” a los ciudadanos, cuando los derechos humanos dejaron lugar a los “derechos de los consumidores” y a las oportunidades de trabajo simplemente se los reconoció como “nichos del mercado”, primero, y “nichos” a secas, después.

A partir de la comprensible exigencia sobre “la calidad del producto” y de “un mundo más eficiente”, se fue dibujando un ser monodimensional que lógicamente abandonó otras no menos obsesivas disputas ideológicas por algo menos heroico y conformista, pero no menos peligroso, como lo es la obsesión por un nirvana llamado “éxito” que, en última instancia, se reduce a un par de números estadísticos, cuyo rey y santo es el PIB de un país. Ahora no sólo los gobiernos están obsesionados con medírsela y comparárselas con la del vecino, sino que cada “consumidor” necesita asegurarse que la sociedad anónima de consumidores que integra es capaz de realizar el milagro complementario de que los “consumidores” mantengan fuertes tasas de “producción” y “crecimiento”.

Sabemos que todo lenguaje es la expresión de muchas dimensiones materiales y existenciales, pero los poderes dominantes en cada momento son los agentes principales de su manipulación y colonización semántica (de la creación y mutación de ideoléxicos). Un lenguaje refleja y reproduce valores. Esto es fácil comprenderlo e, incluso, es relativamente muy simple probarlo en, por lo menos, la evolución que desde la Edad Media han seguido los actuales idiomas de origen europeo. Todo lo cual nos sugiere que el lenguaje, aun siendo un cuerpo vivo, es al mismo tiempo un objeto arqueológico y un instrumento de predicción. No es sólo un instrumento o un medio de comunicación sino, además, el campo de batalla de diferentes grupos sociales e históricos con valores e intereses en conflicto. Por lo tanto, también es el trofeo principal del ganador, es decir, de aquellos que ejercen un poder que, aun sin ser absoluto, es dominante por la sola razón de su diferencia.

Basta echar una mirada a Grecia o a España para comprobar cómo la naturaleza del poder social ya no se expresa de formas tan directas y visuales como en el pasado, a través de ejércitos en las calles y de gobiernos dictatoriales. Eso ya había quedado claro a finales del siglo XX. También parecía bastante claro que el poder ejercido a través de algo tan simbólico y virtual como el dinero, cada vez iba a necesitar menos de estos recursos. Por entonces, veíamos cómo organismos como el FMI y otros bancos presionaban o tomaban las decisiones por los gobiernos más débiles de America latina. Aunque sugerimos que un día estos dioses sordos serían ignorados por aquellos países que entraban en crisis, no nos imaginamos que quince años después las víctimas de la tiranía financiera serían los propios países europeos.

Estos países no sólo han perdido autonomía política y monetaria, no sólo sus gobiernos no gobiernan sino que se han reducido al rol de interlocutores, sino que hasta el más humilde ciudadano (o “consumidor”, como un hincha de fútbol que paga por su entrada pero no puede incidir en el resultado del partido más allá de unos gritos desesperados) suspira por el buen o mal humor de los índices bursátiles, de las primas de riesgo, del crecimiento del producto bruto y de la brutalidad de una tiranía del “realismo economicista” que ya no necesita presidentes militares ni exiliados ni presos políticos. En alguna medida, todos son presos financieros y los jóvenes exiliados monetarios.

Mientras termino de bosquejar estas pocas notas, escucho en la televisión española, una vez más, como al comienzo, que la huelga de infomativistas en Grecia, en solidaridad con la clausura de la televisión pública (antes las clausuras de medios en países pequeños eran hechas por gobiernos salvadores con un señor vestido de militar al estilo Fidel Castro o Rafael Videla) “es un golpe importante para la marca Grecia”.

Mientras tanto, los verdaderos tiranos, los magos del mundo de las finanzas que pueden hacer algunos billones de dólares, de euros o de bites en un sólo día, los dueños de la prosperidad, de la verdad, del realismo y de la realidad, festejan en sus castillos de cristal el sano y natural ciclo económico que lleva de crisis en crisis. Todo lo bueno que disfrutamos hoy en día se lo debemos a ellos y a su sagrado sistema de poderes. No a Arquímedes, ni a Newton, ni a Voltaire, ni a Jefferson, ni a Pasteur, ni a Martin L. King, ni a los millones de hombres y mujeres de las ciencias, de las humanidades, de las industrias, de las pequeñas o de las más innovadoras empresas. Las crisis mundiales son lo mejor que puede pasarles a estos mercaderes de carne humana. Son numerosas las pruebas (basta mirar sus balances) de que estas crisis tienen el maravilloso efecto de multiplicar sus capitales, mientras el resto de los verdaderos productores (conocidos como consumidores) financia sus inversiones con los impuestos que el maldito Estado les garantiza para proteger sus aventuras, mientras el resto pierde sus casas o endeuda a sus hijos.

Como cerdos destinados a la chacinería, primero los consumidores aprenden a ejercitar su hambre voraz. Hasta que llega la temporada de ajustes y sacrificios, y se les reclama esa carne tan preciada en los banquetes. Por algo todavía hay empresas intentando patentar el genoma humano. Todo lo que recuerda a aquella conocida película norteamericana de ciencia ficción de 1973, Soylent Green, que predecía para 2022 una catástrofe ecológica y la comercialización camuflada de carne humana bajo el aspecto de un derivado del plancton, según la propaganda, soylent verde.

Jorge Majfud

junio 2013

Milenio (Mexico)

La Gaceta (Argentina)

La Republica (Uruguay)

Naufragando entre las marcas (majfud) tv 5 Publicidad (majfud) tv 4 Publicidad (majfud) tv 3 Publicidad (majfud) tv 2 Publicidad (majfud) 1

El lenguaje de un presidente

El lenguaje de un presidente

 

En los últimos días estalló la polémica en Uruguay por una entrevista que el candidato a la presidencia, el senador José Mujica, dio al diario argentino La Naciónel 13 de setiembre. La discusión se centró en abruptos como “la justicia tiene un hedor a venganza de la puta madre que lo parió” y “en la justicia no creo un carajo”.

Ante los posibles réditos electorales que suelen derivar de los escándalos lingüísticos, los candidatos conservadores de la oposición no perdieron tiempo y salieron a las tribunas a mostrar su orgullosa indignación.

El Dr. Alberto Lacalle, el ex presidente que puede disputarle la presidencia al Frente Amplio en el gobierno, dramatizó sobre el uso lingüístico de su adversario. Apelando a la ternura infantil, presentó el uso de las palabras obscenas de Mujica como un mal ejemplo para los niños y una desautorización ante las correctas maestras de escuela.

Escuchando los discursos del senador Mujica, siempre me asaltan dos reacciones contradictorias. Una, de respeto ante sus habilidades intelectuales a las que suma una cultura ilustrada que deliberadamente oculta detrás de una fachada tipo Diógenes. Otra, cierto rechazo ante el abuso, a veces populista —como cuando presentó el titulo universitario de alguien no como un merito sino como un defecto, como si se tratase de un titulo nobiliario—, del “choriozaso”, de la simplificación extrema de los medios de expresión que en el pasado y hasta ahora le han dado mucha popularidad.

En Uruguay como en Estados Unidos, un lugar común, una vaca sagrada declara que uno debe elegir un presidente “como uno”. Pero ese narcisismo, propio de nuestra cultura del siglo XXI, no me sirve. Prefiero elegir a alguien que sea mejor que yo. Creo que el senador Mujica sería, por lejos, mejor presidente que yo y que muchos “hombres comunes”. Por eso debería ser presidente, no por ser “como cualquiera”. Es lo menos que podemos pedirle al obsoleto y contradictorio sistema de democracia representativa.

Ahora, vamos a suponer, por un momento de delirio lingüístico, que el idioma es lo más importante en la vida de una sociedad. Aún así, en lingüística los prescriptivistas han perdido casi todo el terreno que poseían desde que en 1492 Nebrija escribió la primera gramática castellana para, como el mismo autor lo reconoció, apoyar las fuerzas del imperio que nació de la intolerancia, de la limpieza étnica, religiosa y lingüística. Es decir, de la exclusión, de la exclusividad.

En los países latinoamericanos, los prescriptivistas se convirtieron en policías del lenguaje. Durante la dictadura, en Uruguay se invirtieron inmensos recursos del Estado en una campaña nacional conocida por el lema “hablemos correctamente nuestro idioma” que simplemente consistía en “así no se dice; se dice así”. Y punto. Lo paradójico es que en nuestras escuelas los maestros privilegiaban e incluso imponían una gramática y hasta una pronunciación peninsular en desmedro del más antiguo y castellano voceo, asociado a las clases populares. Ni que hablar que estas “prescripciones” van en sustitución de la crítica abierta y suelen ser obra de regímenes dictatoriales (régimen del dictado) donde los seres humanos son tratados como errores ortográficos: se los corrige o se los elimina.

Personalmente, ni siquiera como escritor de novelas, suelo recurrir al “puteo” como estilo. No me interesa, no le encuentro ventajas. Dejo a mis personajes libres de putear, pero yo solo lo uso en mi casa cuando me martillo un dedo. Según estudios en Estados Unidos, putear ayuda a resistir el dolor.

Pero tampoco me escandalizo por escucharlo de boca de un presidente. De un presidente me escandalizan más sus silencios.

No hay, stricto sensu, formas incorrectas sino formas pobres de hablar. Esto queda demostrado con los mismos discursos críticos que escuchamos horas después de la entrevista de Mujica en La Nación. Los candidatos que le disputan la presidencia se burlaron del lenguaje y de las ideas del senador Mujica sin ninguna idea y sin hacer gala de ninguna riqueza en el lenguaje. Porque normalmente la riqueza en el lenguaje y las ideas van juntas, se retroalimentan. Por el contrario, escuchamos una plétora de lugares comunes, apelaciones a la patria, al futuro y a la decencia. Es decir, gastadas cantinfladas en sus correctas versiones de caudillos rioplatenses, con el mentón levantado y el recurso infaltable de la anáfora poética, del sentimentalismo romántico, del nacionalismo reciclado. Otros ejemplos gráficos de la decadencia lingüística y social podemos verlo en películas como La vendedora de rosas (1998) o Cidade de Deus (2002).

Por si fuese poco, no podían dejar de recurrir al más común de los lugares comunes: lo “políticamente correcto”. Un defecto que no es exclusivo de America Latina sino también de los políticos europeos y norteamericanos. La única vez que escuché algo diferente en Estados Unidos fue el 18 de mayo de 2008, cuando Barack Obama todavía era candidato a la presidencia y llamó a una cadena de televisión. En sus mejores momentos, no fue complaciente. Fue la primera vez que vi a un político retar a todo un pueblo que se había escandalizado al escuchar del reverendo Wright que Dios no amaba a America, Dios la condenaba por sus acciones. Si bien Obama estratégicamente tomó distancia de su viejo amigo, también se puso de pie para mirar de frente a ese pueblo que podía quitarle el voto. Y lo retó. A la mañana siguiente un comentarista de televisión ironizó: “el doctor Obama nos ha tratado como si fuésemos adultos”.

Cuando Mujica dice que no cree en la justicia, ¿de que nos escandalizamos? La contradicción sería que diga, como el expresidente Juan María Bordaberry, que no cree en la democracia, ya que Mujica no es candidato a la Suprema Corte sino a la presidencia. Las críticas, siempre vestidas de escándalo e indignación, se centraron en la pureza celestial del poder judicial, tal como lo manifestó poco después el candidato a la presidencia, Pedro Bordaberry, acérrimo defensor del pasado político de su padre, el dictador Juan María Bordaberry.

¿Quién seriamente cree que hay un cuerpo del Estado que sea infalible, divino o por lo menos incuestionable? Hasta la democracia toda es cuestionable. Empezando por la falacia de representabilidad que, sabemos, antes que nada representa a los sectores más fuertes de cualquier sociedad, empezando por los lobbies financieros.

El problema no radica en la critica y desacralización de un sistema imperfecto y frecuentemente corrupto. Radica en que defendemos este sistema solo porque aun no tenemos en la práctica un modelo mejor para organizar una sociedad. Como entendieron los mismos padres fundadores de Estados Unidos, aquel puñado de filósofos, con sus contradicciones pero aun así una especie rara hoy en día, “todo gobierno es un mal necesario”. El Estado Moderno se creó para garantizar una igualdad de derechos que no existía en etapas anteriores, cuando la igualdad y la libertad no eran valores positivos sino inventos del demonio, según el pensamiento religioso que domino Europa hasta bien entrado el siglo XX. Y así como se creó para defender la igualdad de derechos se lo adaptó para legitimar las desigualdades de hecho.

Reconocer que no se cree en la justicia no es un pecado. El pecado es la demagogia de exigir un acto de fe ante cualquier creación humana. Bastaría con ver los interminables volúmenes de historia que hablan de la injusticia humana administrada por la Justicia Estatal para reconocer que el abrupto del senador Mujica fue apolíticamente inoportuno pero filosóficamente irrefutable. Si a veces criticamos al senador Mujica de abuso demagógico del método, nada más demagógico que escandalizarse por estos momentos de sinceridad filosófica. Algo que también suele ser común en Mujica y un acto rarísimo en la demagogia de los caudillos tradicionales que se sienten más cómodos en los lugares comunes del discurso social, de escuela primaria.

Ahora, cuando Mujica dice que el reclamo de justicia contra los dictadores tiene “hedor a venganza” y que él no quiere presos ancianos, está en parte de acuerdo con las leyes y la justicias de muchos países.

No obstante, llámese justicia o venganza, lo importante es que se apliquen las mismas leyes a todos por igual, sean obreros, doctores o dictadores. ¿Por qué esas excepciones? Y si un pobre viejito que ha secuestrado, torturado y asesinado puede manejar un auto y puede votar un presidente y hasta puede asustar a un pueblo, ¿por qué no puede ir preso por sus crímenes? ¿Porque es viejito? ¿Por qué ese recurso fácil de bajar la edad de imputabilidad para resolver las debilidades de una sociedad toda?

 

Jorge Majfud

Lincoln University

 

El dulce azote del lenguaje

Milenio (Maxico)

El dulce azote del lenguaje

¿Por qué los negros en Estados Unidos se llaman “afroamericanos”? ¿Por qué los blancos no se llaman “euroamericanos”?  A los blancos se les dice americanos; a los negros, afroamericanos, que es como decir “casi-americanos”. Porque la palabra “negro” es despectiva mientras nadie se ofende por ser llamado “blanco”. ¿Qué tienen los llamados “afroamericanos” de africanos, además del color de la piel? Más tienen de Europa por asimilación y por reacción que de África por su cultura o por su memoria (y lo digo por haber vivido entre tribus africanas). De los europeos, la mayoría heredó su religión y la ideología capitalista; de los europeos heredaron la máquina, el dolor, la humillación y a veces el resentimiento. Razón por la cual los afroamericanos deberían ser llamados “euroamericanos”, si no fuese porque afroamericano es un eufemismo de “negro” (tabú que indica algo malo) que no se refiere a una cultura africana sino, simplemente, a su color de piel. Algo así como decir “hijo ilegítimo”. ¿Cómo un recién nacido (un ser humano sin pecado) puede ser ilegítimo? ¿Cómo un indocumentado puede ser “ilegal”?

Ninguna palabra es inocente (ya lo sabía Antonio Nebrija en 1492, cuando decía que el lenguaje es el principal compañero del imperio), pero hay algunas que están hinchadas de ideología, como por ejemplo las palabras “libertad”, “democracia”, “justicia”, “liberación”, “progreso”, etc. Usándolas como espadas sagradas, nos permitimos imponer nuestras convicciones aún por la fuerza, como hace casi quinientos años Cortés, Pizarro y tantos otros “adelantados” salvaron a América Latina decapitando, torturando, violando, esclavizando y quemando pueblos enteros como forma de persuasión. Creer que importando e imponiendo un sistema político cambiará automáticamente la realidad de un país es ignorar su cultura y su historia. Bastaría con los repetidos fracasos maquillados de éxitos que tenemos que presenciar cada día en el mundo para darse cuenta de ello. Bastaría con imaginar a China imponiendo un sistema monárquico a Estados Unidos en el 2040, por citar un ejemplo inverso. Para cambiar la cultura de un pueblo por la fuerza se necesitan siglos o décadas de corrupción y violencia, como bien lo demostró la colonización española, la inglesa, la americana… Siglos de violenta narración.

“Seguí mi camino —reportó Hernán Cortés en 1520 en carta al rey Emperador Carlos V— considerando que Dios es sobre natura, y antes que amaneciese di sobre dos pueblos, en que maté mucha gente y no quise quemarles casas por no ser sentidos con los fuegos de las otras poblaciones que estaban muy juntas. Y ya que amanecía di con otro pueblo tan grande que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. Y como las tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, y comencé a hacerles algún daño; y viendo que no tenían resistencia vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos; y que bien veían que ellos tenían la culpa en no me haber querido servir […] Después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar y cómo dejaba aquellos pueblos en paz, hubieron mucho placer” .

Tener una convicción no es malo a priori; todo lo contrario; el problema son los métodos, como la inocente manipulación ideológica del lenguaje. Cada día asistimos a la lucha por el significado, desde los “medios de comunicación”, desde los discursos políticos, religiosos, académicos, etc. Estamos sumergidos en una guerra semiótica y semántica basada en la asociación arbitraria de conceptos-imágenes-palabras que es construida día a día, por repetición, con un objetivo ideológico y económico. Esos premoldeados productos semánticos —la Libertad, la Democracia, la Civilización, el Progreso, etc.— se convierten luego en axiomas donde se asientan las nuevas discusiones, axiomas que hacen suyos hasta quienes deben sufrir el significado impuesto por esta forma de violencia ideológica. Todo lo cual no significa que la libertad, la democracia, la civilización y el progreso no existan; pero por la misma razón de que existen, o puede existir, se los coloniza antes de que sean apropiados por sus víctimas.

El objetivo casi nunca es la verdad, la búsqueda interesada de comprender al otro, de escuchar: el objetivo es ser escuchado, es convencer en nombre de los “verdaderos valores”. Actualmente no existe el diálogo; existen discusiones permanentes, intentos dialécticos de legitimar con símbolos y palabras algo que no depende de los símbolos ni de las palabras. No puedo decir que estamos ante un diálogo de sordos porque los sordos cuando dialogan se entienden.

En ese aspecto nuestro orgulloso tiempo se parece a la Edad Media: por entonces, quien triunfaba por la fuerza de su brazo y de su caballo se atribuía toda la verdad de una disputa dialéctica, ajena al brazo y al caballo. La fuerza no sólo impone su verdad por el miedo y la coacción sino, sobre todo, por la seducción del vencido (luego de masacrados, los mexicanos reconocían llorando ante Cortés que la culpa era de ellos, por resistir a la invasión).

Un hombre pobre nada tiene que enseñarle a un hombre rico sobre cómo hacer fortuna, aunque la fortuna del hombre rico se deba a la lotería o al despojo ajeno. De ahí se sigue que un hombre pobre también es, necesariamente menos sabio y menos inteligente que un hombre rico (razón por la que los presidentes y senadores de una Gran Democracia casi siempre son hombres ricos o amigos de millonarios), con lo cual llegamos a la concusión de que Einstein era un retrasado mental y Sylvester Stallone un genio. Y peor si ese hombre pobre es un habitante del Tercer Mundo —categoría de por sí misma ideológica— que asume y confirma que la riqueza material es riqueza, a secas: espiritual, moral, intelectual, etc.

¿Quién se atrevería a decir que una comunidad indígena que ha tenido la sabiduría de vivir en paz durante siglos es el Primer Mundo? Podríamos decirlo, pero nos rompe los oídos, debido al “buen gusto” que hemos desarrollado escuchando otras frases y otros conceptos prefabricados.

Por qué, de igual forma, llamamos “afroamericanos” a seres humanos europeizados por la cultura y por la violencia de la historia? ¿No es una nueva forma de violencia ideológica que hace suya la misma víctima, que de esa forma se define como periférica, por el color de su piel, al tiempo que cree revindicar una cultura como forma de resistencia y reivindicación? ¿No es esta una clasificación compulsiva que una persona de piel oscura se autoimpone, creyendo de esa forma resistir a una imposición? ¿No es esta clasificación una forma de dominación de una ideología que se pretende superar?

Porque, entiendo, una cosa muy diferente es la cultura afroamericana —indudablemente rica, desde Nicolás Guillén en Cuba hasta los seguidores de Yemanjá en Argentina, desde el Jazz en Chicago y Nueva Orleáns hasta la Samba en Río— y otra cosa muy distinta es clasificar a una persona como “afroamericano” sólo por el color de su piel —como si le hiciéramos un favor.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

El Porvenir (Mexico)

 

Mémoire douce de la barbarie:

La prison de Liberté

Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.

Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi; la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore dans sa mémoire quelque espace, peut-être fait-il partie de son quota de regrets. J’ajouterai que cette professeure, selon mon jugement, n’était pas une mauvaise personne. Peut-être était-elle plus heureuse que les autres professeures de littérature que j’eus par la suite pendant des années. La seule chose qu’elles avaient en commun était une certaine sensualité, insoupçonnable, par la façon de se vêtir ou de parler.

A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant, que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique – ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-là fut, bien sûr, ma famille. Mais je ne vais pas entrer dans ceci maintenant.

Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay. Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait à mon grand-père, Ursino Albernaz, le vieux rebelle, le révolutionnaire, le mouton noir d’une famille de paysans conservateurs. Mon grand-père avait été renié par sa première famille; il lui restait celle que lui-même avait construite et, sans le vouloir, détruite aussi. Il fut torturé par plusieurs «petits soldats de la patrie». Je passerai sous silence le nom de voisins, quoiqu’ils vivent encore et que je n’aie de preuves que la confession de mes êtres chéris, maintenant tous décédés; je dirai seulement que le célèbre “Nino” Govazzo fut d’entre ses lâches inquisiteurs. Quoique l’adjectif «lâche» est une redondance historique, car les dictatures ne soulignent aucun acte héroïque, ni de ses soldats et encore moins de ses généraux. Ni même ne purent en inventer; non seulement parce qu’elles manquaient d’imagination, mais parce que ni eux-mêmes ne se croyaient lorsqu’ils s’accrochaient des étoiles et des médailles à leurs uniformes, une après l’autre, jusqu’à se couvrir toute la poitrine de ferraille qu’ils portaient orgueilleusement dans les fêtes sociales. Il ne reste que le souvenir de la permanente et obsessive propagande détaillant les horreurs d’autrui. Ou les démonstrations d’amour des religieux partisans de Pinochet qui, dans les années 90’, défilaient avec les portraits des disparus sous le régime et montrant une légende qui disait : “Grâce à Dieu, ils sont morts”. (Récemment était ici à l’Université de Géorgie le célèbre Frederic Jameson qui, avec son habituel clin d’œil provocateur, rappela les coutumes narratives des empires, le plaisir du succès et de la torture : l’épique appartient aux vainqueurs pendant que le romantisme est le propre des perdants. Cependant, c’est ce dernier qui demeure. En Amérique Latine, il n’y eut même jamais une épique des vainqueurs. Qui peut imaginer un écrivain, si petit soit-il, repêchant quelque chose des misérables succès de nos Attila?)

De ces courses en enfer, mon grand-père en sortit avec une rotule claquée et quelques coups qui ne furent pas si démoralisateurs comme ceux dont dû souffrir son fils cadet, Caito, mort avant de voir la fin de ce qu’il appelait «les temps obscurs». Au début des années 70’, ils montèrent tous les deux au plus grand espace symbolique de la dictature : ils furent envoyés à la prison de Liberté.

Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence, parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération: “la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela. Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie, rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces mêmes confessions, de la part de l’ex-capitaine de navires Adolfo Scilingo, qui scandaliseraient le monde. Cela se passait en 1995, selon mes souvenirs; je lus cette nouvelle dans quelque pays d’Europe – par l’architecture ce pourrait être Prague -, ce qui me donna une idée de la suspecte innocence du monde et d’une bonne partie de notre société. Suite à Scilingo ou Tilingo (*), je me ravisai argumentant que tout cela avait été un «roman».

Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.

A un certain moment, mon grand-père se leva et alla au téléphone parler à son fils. Une épaisse vitre les séparait. Ce même soir, ou bien un autre semblable, il lui avoua qu’il avait été là, en prison, où il s’était convertit en ce pour lequel il avait été emprisonné. Quelque temps plus tard, il me répéta aussi la même conviction : s’il était tombé injustement, maintenant, du moins, il avait une justification qui rendait toutes ses années de jeunesse plus supportables. Maintenant il avait une cause, une raison, quelque chose pour laquelle se sentir fier et racheté.

Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait, le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander : “Comment vont les papas?” “Alors, as-tu une fiancée?”

Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis, à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-là n’entende pas le message que j’avais pour lui. Il devint sérieux.

Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins. Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau, traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973 ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route. Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et commença à se demander : “Pourquoi naissons-nous si nous devons mourir?” La maman, la grand-mère Joaquina, qui était une inébranlable chrétienne, celle que je ne vis jamais dans aucune église, dit que la mort n’est pas quelque chose de définitif mais seulement un passage pour le ciel. Excepté pour ceux qui s’enlèvent la vie

–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?

–Peut-être que non – répondait ma grand-mère –, quoique cela personne ne le sait.

Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :

Estaba la calavera

Sentada en un butaca

Y vino la muerte y le preguntó

Por qué estaba tan flaca? (**)

Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort. La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent. Je gisais immobile mais conscient dans un sous-sol rempli de déchets. Quelqu’un, avec la voix de ma grand-mère disait : “Laisse-le, il est mort”. Alors, il était doublement abandonné : par moi-même et par les autres. Ce rêve, comme certains autres – quoique les critiques littéraires se plaisent à répéter que les rêves n’ont d’importance qu’à ceux qui les rêvent – sont transcrits, presque littéralement, dans mon premier roman. Mon frère et moi nous sûmes, par déduction secrète, pourquoi elle l’avait fait. Quoique maintenant je pense que personne ne peut culpabiliser personne d’un suicide sinon celui qui presse la gâchette ou qui se pend à un arbre. Ni même un dictateur. Laisser pour son propre suicide des lettres rendant responsable quelqu’un qui n’est pas présent à ce moment est de compléter la lâcheté de l’acte suprême d’évasion – et une preuve posthume de la manipulation des émotions d’autrui que la mort exerça ou voulut exercer de son vivant. Dans le cas de la tante Marta, ce ne fut pas un acte politique; elle fut seulement victime de la politique et de ses propres faiblesses.

L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.

Jorge Majfud

Université de Géorgie

Février 2006

(*) “bête”

(**) Était la tête de mort

Assise sur un fauteuil

Et vint la mort et lui demanda

Pourquoi était-elle si maigre?

Traduit de l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada